Adiós Los Monegros, adiós

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Tierra muda y cortante que se desquebraja herida al sol. Tierra árida y seca que abre sus alas para huir y vagar del incandescente y abrasador sol. Tierra desnuda que trata de escapar del sol y buscar refugio en huidizas sombras. Tierra despejada donde siempre hay un abrigo bajo la sabina, cobijo que los hombres ya ni siquiera sabemos valorar. Los Monegros, secarrales de extensos estíos, de albardín, ontinas y sisallos, donde van mis amores, entre yermos y baldíos, entre balsas y cebadas.

También hay noches de cielos abiertos, tan oscuros que dejan entrever la luz, la luna, las infinitas estrellas y las purnas fugaces que surcan raudas y veloces el firmamento. Tremendamente ciegos quienes no saben contemplar la luz en la oscuridad. Tristemente ciegos quienes no saben contemplar la belleza de estos montes negros.

El cierzo, siempre tan presente azota esta tierra incansablemente, incesantemente, imparable. Escampa las boiras y nos descubre un cielo limpio y claro, de azules inmensos que inundan los amplios horizontes. Empenta la ciercera la tierra abrupta y quiebra la inexorable piel monegrina, constituyendo parte indisociable de su esencia, del paisaje y de sus gentes. También las boiras y los fríos, las rosadas y la niebla dorondonera, las heladas y gélidas ventoleras. La huidiza lluvia, la escasa y deseada lluvia se aguarda para que alivie tanta sed de tantos secanos que ansían respigar en la venidera primavera. Adiós a la boira juguetona entre sabinas y bienvenido de nuevo al sol, a su calor. Sol, a veces tan cercano y otras tan lejano.

Arena, margas y arcillas. Tierra de cielos celestes que se tiñen caprichosamente de tonos fuego, rojizos, anaranjados y morados intensos, puras creaciones artísticas que la madre naturaleza nos regala, de vez en cuando, en cada amanecer y cada atardecer. Un cuadro en movimiento de suntuosos trazos, de fantasía y armonía.

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El esparbero y el ratonero, la raposa y el tejón, el cucute, la golondrina, el abiarol, la cigüeña, la avutarda y el sisón. Fuina, fardacho, jabalí y salamanquesa. Los Monegros, has sido tierra de lobos y serás tierra de lobos. Y cantan las cardelinas y revolotean los gurriones. Tierra de aromas, sutil privilegio de esencias y fragancias. Entre tamarizeras y ginestras, carrascales y pinares, espartos y tremoncillos; florece el ababol, la aliaga y el romero.

Corretean fugitivas las capitanas, rodando libremente por güebras y rastrojos, acabando arremolinándose entre los margüines y ribazos de los campos y las calles de nuestros pueblos, deteniéndose en el tiempo. El polvo también se levanta recorriendo su propia tierra, erosionando y labrando el paisaje, también a la gente, con nuestros pliegues y arrugas, con nuestra memoria y con nuestros rostros. Bastos paramos de historias y leyendas, de forajidos bandoleros, del celebre y temible Cucaracha.

Llegan las tronadas con lluvias torrenciales a una tierra hermosa que anhela el agua. Se moldea la tierra para luego volver a desquebrajarse, retrocerse y lamentarse hasta que vuelve de nuevo el agua caprichosa a fluir en su presencia y en su ausencia. Atrevidos Alcanadre, Guatizalema e Isuela, sois vida.

Y el monte va quedando solitario, con sus casetas, masadas, malladas y aldeas, con sus pozos, balsas, balsetas y balsetes. Poquer a poquer la enrona acumula una forma de vida destruida que se desvanece. Ya no se juntan las familias alredol de los fogariles, las cadieras son de adorno, ya no hay tardes a la fresca con los vecinos, ni hay puertas abiertas, ni puertas vueltas, anchas o pataleras, ni hay historias que contar… Aquellas vidas arraigadas a la tierra, de cultura y tradiciones, de sabiduría popular, ya no se transmiten y no hay vuelta atrás. Lo aprendido durante miles de años lo desechamos, lo despreciamos, nos hemos vuelto ignorantes de nuestra propia esencia humana, de nuestra naturaleza.

Aguardan al fondo los Pirineos, lejanos al norte aparecen majestuosos como guardianes, centinelas, colosos olimpos que contemplan un Aragón inmenso. Ya no bajan rebaños de sus montañas ni suben de tierra plana, ni pastores ni repatanes, ya ni se sienten las esquillas ni los trucos. Trashumancia que unía y forjaba profundos vínculos, quedan caminos, cabañeras sin romances y sin canciones, sin jotas, sin palabras, ni versos. Pobres parideras y pastizales vacíos.

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Ni el jadón, ni la jada, ni el jadico han reblado en esta tierra dura y salvaje, miles de veces no han cejado ante el mallacán. Viejas almendreras, oliveras y viñas, raíces vivas que plantaron nuestros antepasados. Se han segado a hoz y dalla campos de doradas espigas de trigo y cebada. Pero el sudor ya no corre por las frentes de jornaleros y ahora llegan aguas lloradas, donde los ríos ya no unen sino separan. Tampoco las manos se agrietan arrancando el esparto, ni en la era trillando, ni abentando el trigo, ni yendo a carrear agua.

Desaparecen los gurriones, igual que las casas quedan desiertas. Pueblos de olvido y de futuro incierto. Y llegada la modernidad aún toca luchar por sobrevivir en esta tierra hermosa y salvaje de solitarios sasos, lomas, cerros, barrancos y estoicos torrollones. Un hogar y un paisaje, cuando, a veces, Los Monegros son simplemente un frágil susurro en la inmensidad.

Adiós Los Monegros, adiós.

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