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Situación de las diversas unidades y milicias republicanas en marzo de 1937 en Los Monegros.  


La distribución, de las diferentes unidades militares, a lo largo del frente de Los Monegros, no es una foto fija, pues fue variable a lo largo de la guerra. Su situación resulta complicada ante el número de columnas, regimientos, compañías, secciones, batallones, centurias…

José Bertrán y Musitu, en marzo de 1937, realizó un detallado mapa sobre la “situación de las diversas unidades y milicias Rojas en el Frente de Aragón” para el Servicio de Información del Nordeste de España (SIFNE). El mapa aparece publicado en su libro “Experiencias de los servicios de información del nordeste de España durante la guerra”, Madrid: Espasa Calpe, 1940.

José Bertrán y Musitu (Montpellier, Francia, 2.II.1875 – Barcelona, 11.III.1957) fue un abogado y político, miembro de una de las grandes familias de la sociedad catalana. De acuerdo con la Real Academia de la Historia de España, Bertrán y Musitu, al estallar la guerra civil, marchó a Francia donde tuvo un papel esencial en la organización, junto a Cambó y el ministro de Economía y Hacienda durante el directorio civil primorriverista, Francisco de Asís Moreno y Zuleta de Reales, conde de los Andes, del servicio de espionaje denominado Servicio de Información del Nordeste de España (SIFNE). En 1938, el SIFNE es unificado en el Servicio de Información de Policía Militar (SIPM), comprendiendo todos los servicios de información que actuaban en favor del levantamiento. (Real Academia de la Historia de España).

Es el 21 de julio de 1936, con la creación del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, cuando se comienzan a formar y organizar numerosas columnas que partieron al frente de Aragón. Así, a finales de julio, las milicias fueron tomando posiciones en el Frente de Los Monegros

En septiembre de 1936, el gobierno de Largo Caballero, decretó la disolución del Comité de Milicias y comenzó la organización de un ejército regular, concluyendo en octubre de 1936 cuando se produce la militarización de las milicias, pasando a formar parte del Ejército Popular de la República (EPR).

En abril de 1937 la columna del POUM se convierte en la 29ª División. En el mes de agosto la división terminaría siendo disuelta y reorganizada,​ distribuyéndose a sus antiguos miembros entre otras unidades (Casanova, Julián (1985). Anarquismo y revolución en la sociedad rural aragonesa, 1936-1938. Siglo XXI Editores). La división estuvo operativa hasta marzo de 1939. 

El 28 de abril de 1937 se crea  la 26ª División, la antigua Columna Durruti. División constituida durante toda la guerra por las brigadas mixtas 119.ª, 120.ª y 121.ª.4​, correspondiendo a los regimientos 1.º, 2.º y 3.º de la división Durruti. La división estuvo operativa hasta febrero de 1939. 

Igualmente, el 28 de abril de 1937, la columna Carlos Marx pasa a ser la 27ª División.  La nueva unidad quedó constituida por tres brigadas mixtas, la 122.ª, la 123.ª y la 124.ª,6 cada una con cuatro batallones de cinco compañías cada uno. En cada brigada agregaban además, unidades de artillería y de caballería. Una de sus más conocidas unidades fue el 1.er batallón de la 122.ª BM, denominado batallón de choque «la Bruja» (Maldonado, José M.ª (2007). El frente de Aragón. La Guerra Civil en Aragón (1936–1938). Mira Editores.). La división estuvo operativa hasta febrero de 1939. 

Igualmente, la columna Ascaso se convirtió en la 28ª División.  La nueva división, formada  por las fuerzas de la columna Ascaso, sumó los restos de otras fuerzas milicianas y pasó a estar compuesta por las brigadas mixtas 125.ª, 126.ª y 127.ª. La división estuvo operativa hasta el 27 de marzo de 1939. 

La columna Macià-Companys formó la 30ª División hasta febrero de 1939. 

Las dividsiones estuvieron operativas en el frente de Los Monegros hasta su retirada en marzo de 1938 con la ofensiva franquista en el frente de Aragón. 

En el presente trabajo, se transcriben las distintas unidades del frente de Los Monegros, abarcando parte de la Hoya de Huesca y Ribera Baja del Ebro en base al mapa de José Bertrán y Musitu. Además, se incluyen algunas notas para acercarnos a una visión más precisa de las distintas unidades en el frente de Los Monegros.

Agradecimiento a José Luis Orella Martínez, historiador de la edad contemporánea, y al investigador Jaime Cinca Yago.

Situación de las diversas unidades y milicias Rojas en el Frente de Aragón. Marzo de 1937.

Arguis

División Francisco Ascaso.

3er Regimiento Rojo y Negro.

2º Batallón.

1º y 2ª Compañías.

Columna Rojo y Negra Centuria 13 y 14 y Averbe.

Frente de Lierta

Columna de Aragón.

Milicias de Barbastro y 1ª Centuria Vida.

Frente de Arascues

1ª Centuria de Aragón.

3era Centuria.

Grupo Ametralladoras.

Milicias de Barbastro.

5ª Centuria.

Apiés

División Francisco Ascaso.

Columna Rojo y Negra.

Grupo Minadores Zapadores.

1ª Columna Aragón

4ª Centuria.

Milicias de Barbastro.

Igriés

División Francisco Ascaso.

3er Regimiento Rojo y Negro. Sección Ametralladoras.

1er Batallón y Sección Fus. Ametralladoras.

Columna Rojo y Negra.

Centurias 6 y 10.

Sección Ametralladoras.

Columna CNT FAI. 3er Batallón. 1ª Compañía. Sección Ametralladoras.

Banastas

Fuerzas Columna Ascaso.

Fuerzas Columna Rojo y Negra.

Loporzano

Columna Rojo y Negra.

Destacamento.

Frente de Huesca (Granja)

División Francisco Ascaso

Batallón Internacional. 1ª Compañía.

Los Aguiluchos. Centurias 9 y 15.

Columna Ascaso. Centuria 4ª. Grupo 19.

Huerrios (Casa Blanca)

División Francisco Ascaso.

Batallón Internacional y Aguiluchos.

Batallón Italiano.

6ª Sección Ametralladoras. 2ª Compañía Liber.

Entre Huerrios y Banariés

División Francisco Ascaso.

2º Regimiento 19 de Julio.

1er Batallón Paso a la idea.

3ª Compañía y 3ª Compañía Sección Ametralladoras.

Cuarte

Artillería 7º Ligero-

Los Aguiluchos.

Batería Durruti.

Vicién

División Francisco Ascaso,

Batallón Internacional.

2ª Batería 7`5.

93 Batallón Artillería Ligera.

Batallón Ingenieros Minadores Zapadores Castillo Vicente Segura.

Fuerzas Infantería Regimiento Durruti División Ascaso.  

Sangarrén

División Francisco Ascaso 1ª y 2ª Compañía.

1er Regimiento infantería. Sección ametralladoras. 2ª centuria.

Entre Sangarrén y Frente de Almudévar

División Francisco Ascaso 1er Regimiento Durruti.

2º Batallón 1ª Compañía 2ª y 3ª Sección.

Frente de Almudévar

División Francisco Ascaso.

1er Regimiento de Infantería.

1er Batallón 1ª Compañía. 2º Batallón 1ª y 2ª Compañías.

3º Batallón 2ª Compañía.

Tardienta

División Carlos Marx.  Centuria 6, 8, 10, 13 y 18.

1ª Columna Aragón.

5ª Centuria Regimiento infantería nº 1. 3ª Compañía.

Nota: El 24 de julio la Columna Carlos Marx, también llamada Columna «Trueba-Del Barrio», partió de Barcelona con unos 2.000 efectivos hacia el frente de Aragón. Columna, organizada por la Unión General de Trabajadores (UGT) y el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC). El 28 de julio, la Carlos Marx ocupó Sangarren y Almuniente, estableciéndose en Poleñino, Torralba y Robres. La Columna “Carlos Marx” acabó integrándose en el XI Cuerpo del Ejército Popular republicano formando la 27 División con sus tres brigadas mixtas 122,123 y 124. El 29 de julio, la Columna Carlos Marx ocupó Almudévar, viéndose frenado su avance hacía Zuera, quedando desplegada en el sector de Huesca y estableciendo su Cuartel General en Tardienta «Al sector de Tardienta se disponían de 1.000 efectivos: 500 milicianos y 500 soldados del Batallón de Montaña nº 3 (Les Milícies Antifeixistes de Catalunya. Berguer, Gonzalo).

Grañen

División Francisco Ascaso.

Centuria Pancho Villa.

Intendencia General.

Bons Kropotkine.

Sanidad.

Nota: Al frente de Huesca y Tardienta, Sangarren y Vicién, llegaron las columnas cenetistas de la Columna de Ascaso, comandada por García Vivancos, y la «Columna de los Aguiluchos», al mando de Juan García Oliver, llegaron hasta Grañen por vía férrea (Les Milícies Antifeixistes de Catalunya. Berguer, Gonzalo). Establecieron su cuartel general en Grañen el 28 de agosto de 1936. Ambas participaron en la ofensiva a Huesca. Especialmente junto a la Columna Ascaso. «Las posiciones de Huesca, controladas por el PSUC se situaban a la izquierda de la columna Ascaso y a la derecha de la Columna Alas Rojas. Eran un total de 1.000 efectivos sin segunda línea ni reserva» (Les Milícies Antifeixistes de Catalunya. Berguer, Gonzalo).

Torralba (Sierra de Torralba)

Regimiento URSS nº 1, 3er Batallón 4ª Compañía.

Guerrilleros de Zuera.

Grupo de guerrilleros de Torralba.

Robres

Regimiento URSS nº 3.

2º Batallón. 3era Compañía.

Nota:  A finales de julio la columna Carlos Marx llegó a la localidad monegrina de Robres; columna organizada por el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) y la Unión General de Trabajadores (UGT)se instaló el Cuartel General de la 123 Brigada Mixta de la Carlos Marx.

Alcubierre (Sierra de Alcubierre)

Columna Comandante Piquer.

Nota: Las milicias republicanas del POUM, Columna Arquer-Grossi, comandada por Manuel Grossi y Jordi Arquer, partió de Barcelona el 24 de julio. La columna del POUM alcanzó Alcubierre el 3 de agosto, llegando desde Sariñena tras su paso por Grañen y Robres. La columna, dirigida por Rovira y Arquer, se concentró con unos 400 milicianos en Alcubierre mientras otra parte marchó al norte de Huesca. A finales de julio de 1936 las milicias del POUM, Columna Lenin, comenzaron a ocupar posiciones en la sierra de Alcubierre. Mientras algunas posiciones del frente de Alcubierre fueron ocupadas por la Columna del Barrio, montes de Irazo y Pucero, otras fueron ocupadas por la Columna del POUM que llegó a adentrarse hasta Perdiguera. En febrero de 1937, las milicias del POUM fueron disueltas, mucho antes de  la disolución del Consejo de Aragón, el 18 de agosto de 1937. Las milicias del POUM pasaron a convertirse en la 29 división republicana en abril de 1937, aunque fue disuelta y nuevamente fundada a comienzos de 1938. La zona es ocupada por la columna Carlos Marx, la 27, con Cuartel General en Tardienta.

También, por el sector de Alcubierre estuvieron unos 700 hombres de la Columna Maciá-Companys, formada por voluntarios de ERC y en menor parte de Estat Catalá. La unidad acabó respondiendo a la División 30, Brigadas Mixtas 131 y 132, al mando de Jesús Pérez Salas. Además estuvo una unidad de Guardias de Asalto nº 14, algunos de ellos por el sector de Barbués.

Entre Alcubierre y Monte Oscuro (Perdiguera).

División Durruti. 2ª Sección.

Ametralladoras. 4ª Agrupación 7ª Maquina.

3er Regimiento. 2º Batallón. 2ª Compañía.

Base Farlete.

Nota: La columna Durruti – Peréz Farrás alcanzó Bujaraloz el 25 de julio de 1936, estableciendo en la localidad monegrina su Cuartel General, operando en lo que más tarde se denominaría Sector de Bujaraloz de la circunscripción centro del Frente de Aragón. Pronto desarrollaron dos ofensivas destacables en su avanzada hacia Zaragoza, una hacía el sur, Pina, Quinto, Fuentes, Gelsa y otra hacía el norte, Monegrillo, Farlete y Perdiguera. De esta manera, la toma de Monegrillo y Farlete fue un gran objetivo de la columna anarquista Durruti – Peréz Farrás. Así, fuerzas de los aguiluchos de la FAI “Se encarnizaron en lucha, campo a través”, hasta la localidad de Farlete.

Monte Oscuro (Perdiguera)

División Durruti.

Columna Volante.

Centuria Federica Montseny.

Nota: Una columna formada por militantes de Estat Català se desplegó por las posiciones de Monte Oscuro (Perdiguera) a partir de enero de 1937. La columna acabó reconvirtiéndose en la 132 Brigada Mixta. (Fuente: Fons de Documentació de l’Esquerra Independentista a les comarques de Ponent).

Farlete

División Durruti

Batallón Monte Oscuro 1ª y 2ª Compañía.

Centurias 2, 16, 22, 31, 33, 49 y 50.

3er Regimiento 1er Batallón 1ª y 3ª Compañía.

3er Regimiento 1er Batallón 1ª Compañía Sección F.A.

3er Regimiento 2º Batallón 2ª Compañía.

1ª Compañía Hijos de la noche.

4ª y 5ª Agrupación.

Ametralladoras.

2ª Sección.

1ª y 2ª Batería de Montaña.

5ª Batería. 7º Regimiento Ligero. Tanque número 3.

Cuartel Sanidad Montaña 5º Grupo.

Sección Tanque número 15.

Nota: El grupo exploración «Hijos de la noche», un grupo de combatientes de asalto llamado así por su necesidad de moverse en la oscuridad (Antoine Giménez. Del amor, la guerra y la revolución.). Farlete.

Frente de Alfajarín

División Durruti.

2º Batallón. 1ª Compañía.

3ª Sección 2º. Batallón. 3ª Compañía. 3ª Sección. 5ª Agrupación.

1ª Sección Ametralladoras.

Monegrillo

División Durruti

2ª Batería de Montaña de Garrido Escuadrón de Caballería.

2ª Batería de Montaña del 10`5.

Nota: Monegrillo fue tomado el 11 de agosto de 1936 por la centuria Tarrasa, compuesta por milicianos anarquistas. En Monegrillo se instaló el cuartel de la 120 Brigada Mixta de acuerdo a la comunicación publicada en La Vanguardia de 18n de junio de 1937: “División Durruti (26) Se comunica a los individuos que a continuación se expresa, pertenecientes al segundo batallón de la 120 Brigada Mixta (antes segundo regimiento), que en el plazo máximo de cuarenta y ocho horas deben presentarse en el cuartel de dicha Brigada (Monegrillo), ya que de no hacerlo se tomarán las determinaciones pertinentes o se entregarán a los Tribunales militares.”

Bujaraloz

5ª Agrupación Ametralladoras.

Compañía Rojo y Negra del Bajo Llobregat.

Sección Morteros.

Ambulancia 27.

Delegación de Guerra.

Nota: En el sector de Bujaraloz se distribuyó la Columna cenetista de Durruti. Llegaron en camiones unos dos mil hombres al mando del comandante Pérez Farrás y de Buenaventura Durruti, como Delegado Político; llegaron el 25 de julio con el objetivo de avanzar hacía Zaragoza. A los pocos días, en Pina de Ebro fue frenado su avance, consolidándose Bujaraloz como cuartel general de la milicia anarquista. Ocuparon posiciones en Monegrillo o Farlete e incluso llegaron a ocupar Perdiguera. El 28 de abril de 1937 se constituyó en la 26 División (119, 120 y 121 Brigadas Mixtas), al mando de Ricardo Sanz.

Osera

División Durruti.

1er batallón. 2ª Compañía y 3ª Compañía. Sección Ametralladoras.

3er Batallón, 1ª Compañía.

Centurias 8, 36 y 37.

4º Grupo de Montaña.

Plana Mayor.

Los Calabazales. Juv, Lib. (Juventudes Libertarías),

3ª Sección Exploración.

3ª Batería Montaña.

Tanque nº 1.

Aguilar de Ebro

División Durruti.

Centuria 12.

Pina de Ebro

División Durruti.

1er Regimiento 2º Batallón. 2ª Compañía.

Centurias 22,43,47, 51, 53 y62.

1ª Sección Ametralladoras.

Grupo Exploración.

1er Batallón 3ª Compañía.

Centurias 11 y 22.

Gelsa

División Durruti

10ª Sección Ametralladoras.

Grupo Internacional.

Centuria 19.

Tanque nº 5.

Velilla de Ebro

División Durruti.

Grupo Internacional.

Velilla de Ebro

División Durruti.

Grupo Internacional.

La Zaida

División Luis Jubert.

1er Regimiento 3er Batallón

1ª Compañía.

Sección de Abastos.

Azaila

División Durruti.

1er Regimiento. 2º Batallón. 2ª Compañía.

Centurias 22, 43, 47, 51, 53 y 62.

1ª Sección Ametralladores.

Grupo Exploración.

1er Batallón. 3ª Compañía.

Centurias 11 y 22.

Victoriano Tarancón Paredes


La labor de un docente silenciada con las armas.

Por Costán Escuer.

Victoriano Tarancón Paredes.

Era sabido en Perdiguera que Victoriano Tarancón Paredes, maestro de la escuela de niños en el curso 1935/1936, había sido fusilado en el verano tras el final del curso, pero se pensaba que, como les ocurrió al secretario del ayuntamiento Felix Lamata Sanz y al médico Martín Serrano Díaz, dicho fusilamiento se había producido en Torrero.

En octubre de 2017 se pusieron en contacto conmigo desde la asociación memorialista de Soria “Recuerdo y Dignidad”, para comunicarme que se había encontrado en Cobertelada (Soria) una fosa que contenía los restos de cinco maestros asesinados después de ser sacados de la cárcel de Almazán.  Los maestros, asesinados según iban bajando de la camioneta que los trasladaba, eran: Eloy Serrano Forcén de 22 años, maestro de Cobertelada; Victoriano Tarancón Paredes de 26 años, maestro de Perdiguera; Elicio Gómez Borque de 23 años, maestro de La Seca; Hipólito Olmo Hernandez de 42 años, maestro de Ajamiel y Francisco Romero Carrasco de 57 años, catedrático de la Escuela de Magisterio.

Tres años más tarde de esta comunicación, en noviembre de 2020, la forense y criminóloga Mª Monserrat del Río, miembro de esta asociación, me pide información sobre el paso de Victoriano por Perdiguera y si podría contactar con algún alumno suyo que todavía estuviera en condiciones de hablar de su maestro. El objetivo era escribir un libro que narre las historias de estos cinco maestros y a la vez sirva de homenaje a su memoria. De estas inquietudes surge el libro “A la sombra del cenacho. La fosa de los maestros” y del capítulo que Monserrat escribió sobre Victoriano podemos saber la trayectoria vital de este maestro, servidor de la república y docente comprometido con la enseñanza en su más amplio sentido.

Victoriano, que era el mayor de diez hermanos, nació el 26 de agosto de 1909 en Baraona (Soria), un pueblo de 606 habitantes en el que tan solo sabían leer y escribir un tercio de su población. Sus padres hicieron un gran esfuerzo económico para que pudiera cursar los estudios de magisterio y Victoriano consigue el título que le habilitaba como maestro nacional en verano de 1927.

Tras varios cursos impartiendo clases como interino, aprueba el tercer ejercicio de la oposición para el ingreso al Magisterio en abril del año 1932, siendo nombrado maestro titular de Perdiguera para el curso 1935/1936.

Terminado el curso y ya comenzada la guerra civil, se marcha a su pueblo, Baraona, para pasar las vacaciones en compañía de su familia.

Tenemos una imagen suya proporcionada por las hijas de un primo que se exilió en Argentina. Por el testimonio de estos familiares, se pudo saber que Victoriano fue detenido – el 3 de agosto de 1936 según consta en el libro del registro penitenciario de Almazán – cuando se encontraba en compañía de sus hermanos pequeños sentado en el umbral de la puerta de su casa.

Su final, ya se sabe, fue sacado de esa cárcel tres semanas más tarde, el 25 de agosto, la víspera de su 27 cumpleaños y trasladado con los otros cuatro maestros hasta el lugar donde lo asesinaron y enterraron.

Fosa de Cobertelada (Soria).

Pero tras su muerte todavía ocurre un hecho absolutamente deleznable. El 30 de diciembre de 1939, pasados más de tres años desde su asesinato, en el expediente de la Comisión Depuradora del Magisterio de la provincia de Zaragoza, se estampa el sello de “resuelto”.

Este expediente recoge la información del alcalde de Perdiguera, quien en un durísimo documento, dice que nada puede decir de su actuación en la escuela, pero que era íntimo amigo del alcalde del Frente popular, del médico y del secretario del ayuntamiento (recordemos que el médico y el secretario fueron fusilados y que el alcalde, condenado a muerte, se salvó en el último momento), considerados los dos últimos como elementos peligrosos y recomienda que no vuelva a ejercer en este pueblo.

Más suaves son los informes del párroco y del sargento de la guardia civil, quienes destacan que a pesar de su laicismo profesaba un gran respeto hacia la religión, habiendo asistido en ocasiones a actos religiosos y que era un buen docente, aunque de ideas avanzadas. Incluso dicen que en el capítulo de la conducta moral se había comportado discretamente.

En consecuencia, el 13 de junio de 1939, como paso previo a la resolución de ese expediente, se determina su separación definitiva del cuerpo y la baja en el escalafón. Todo esto cuando Victoriano ya llevaba casi tres años bajo tierra.

Pude hablar a finales el año 2020 con los dos únicos alumnos de Victoriano que quedaban vivos: Isidoro Alfranca y Federico Gracia.

Los dos reconocieron inmediatamente a su maestro cuando les enseñé la foto.

Federico, que en aquel curso tenía seis años, por ser tan pequeño no tenía muchos recuerdos sobre las enseñanzas de Victoriano, pero sí me dijo que era una persona muy amable que, a diferencia de otros maestros, no gritaba y nunca pegó a nadie.

Isidoro, que ya tenía once años cuando le dio clase Victoriano, lo primero que me dijo cuando le conté que habían aparecido sus restos en una fosa común fue: ¡Pero cómo pudieron matar a ese maestro…! Todo lo que aprendí en la escuela se lo debo a él. Tenía una paciencia infinita, explicaba las cosas las veces que hiciera falta y acostumbrados como estábamos a recibir bofetadas con el anterior maestro nos sorprendió que no pegase nunca a nadie. Era un magnífico maestro y muy buena persona. Cómo lo pudieron matar…  me volvió a decir apesadumbrado, nunca nos habló nada de política.

Estos testimonios de quienes fueron sus alumnos, son un reconocimiento a la labor docente de Victoriano y suponen el mejor homenaje que puede hacerse a un maestro preocupado por dar a sus alumnos la mejor educación para hacer de ellos personas cultas y con juicio crítico.

                                                                                    

                                   

Barrio de la Estación


Segundo premio.- XXII CERTAMEN DE LITERATURA «MIGUEL ARTIGAS” Monreal del Campo.- Año 2022.

Este relato se basa en una foto que existe en realidad y que fue realizada -posiblemente en 1933- por un fotógrafo desconocido en un barrio rural ferroviario.

El topónimo Parrasernil es ficticio.

Rosalía y Dionisio y sus hijos Lourdes y Esteban en el Barrio de la Estación de Sariñena.

Por Victoria Trigo Bello .

A mi padre.

Barrio de la Estación

Aún pudo ver y verse mi padre en esa foto con las últimas luces de sus ojos. Hija mía, hija mía, sollozaba mi niño anciano y rendido… Esa foto, salvo en el número de personajes, se parece un poco al cartel de la película Los Santos Inocentes. A Delibes le hubiera inspirado una familia tan pobre, la misma que compondría una estampa pintoresca para aquel fotógrafo anónimo que recogía las imágenes de una barriada crecida junto al ferrocarril. A Delibes y a su castellano profundo les habría dictado una novela esa familia con lo mejor de su armario, varada en ese tiempo desde el que miran los muertos, una familia con la sorpresa de ser fotografiada allí, en el Barrio de la Estación de Parrasernil, a pocos metros de donde la vida era un estruendo de ruedas y del fuego que circulaba por los carriles.

Esa foto hoy comparte escritorio con mi ordenador. Como telón de fondo de la misma, tras el grupo aparece una parcela de planta única, vivienda alquilada por lo poco que pudiera permitirse un sueldo de mozo de tren asignado a esa estación, que llegó con su mujer y con una hija y apenas instalados vio nacer al heredero de su miseria al que tuvieron que meter en agua helada para que rompiera a llorar. Mis abuelos con expresión de estupor, ambos sentados en el centro de la escena. Ella, repeinada, mira con la desconfianza propia de una montañesa que sabe de las soledades de mil senderos de herradura y de la aspereza de una aldea perdida donde vale más un buey que una persona. Tiene a su izquierda a la primogénita, de cinco años y con la falda levantada por una ráfaga que le deja la braga al descubierto. El patriarca, envejecido de todos los peonajes de sol a sol que jalonaron su juventud, luce su chaqueta que huele a alcanfor, la que se pone con el pantalón bueno -el de tela de rayita y que también huele a alcanfor-, y calza los zapatos brillantes de cuando se casó -que le incomodan porque sus pies tratan más con las alpargatas que con el material fino del calcero para señoritos-, sostiene un cigarro de picadura en su mano diestra y con la otra respalda al chaval. Por último, este chaval, una criatura con un triciclo famélico al que una piedra ante la rueda delantera frustra el intento de escapar del posado.

La estación era el arrabal, el Gólgota de los obreros donde el tiempo y la existencia se medían en trenes. Ningún reloj mejor que el péndulo de esos dioses de hierro en sus idas y venidas, la carbonilla como estela, el vapor acolchando la mordedura de bielas y contra bielas. Una iglesia pequeña, suficiente para almas sin otra esperanza que la de marchar. Una cantina en la que algún trago de más y alguna mala racha en los naipes suponía más dificultad en la dificultad. Y los trenes, los trenes cargados de noches gélidas o de soles de brea, espadas que atravesaban ese paisaje de tierra roja, tierra de carne y sangre que adivinaba la proximidad de una guerra y que intuían que con ella todas las desgracias conocidas resultarían, por comparación, penurias aceptables, pecados veniales que con un poco de penitencia serían perdonables y no supondrían nada más grave que un diminuto borrón en un lienzo inmenso.

Esteban Trigo Estúa en la Estación ferroviaria de Sariñena.

El casco urbano de Parrasernil era otra cosa, otro planeta. Parrasernil era el pueblo. Parrasernil era la laguna, el ayuntamiento, las aceras, la escuela, las casas más habitables, el palacete venido a menos –la parte baja eran cuadras- pero con un escudo que hablaba de una lejana hidalguía, los edificios para gente que, aun siendo humilde, no se rozara mucho con el mal. El mal verdadero y mayúsculo se quedaba en el Barrio de la Estación, en sus calles polvorientas, en el paso a nivel que se abría y cerraba como las fauces de un monstruo. El mal era aquel calor que se pegaba amarillo y pajizo a las paredes, el otoño larguísimo como una culebra o una maldición, las lluvias que caían con desgana, hijas de nubes aburridas, los cristales eternamente sucios, las bombillas heridas de melancolía, los gatos apedreados, la jaula de una cardelina muda. El mal era el hambre en la infancia de rodillas huesudas, en las botas de puntera descosida, en la roña tras las orejas. El mal era el aviso de los trenes taladrando el silencio sin cesar, esposados a la vía hasta que se cayeran a pedazos.

Mi padre conservaba esa foto amortajada como un cadáver que no quería enterrar por completo. Era el fósil de su niñez, el único vestigio de su lugar de nacimiento en un verano de moscas que tejían su plaga sobre el cesto en que lo dejaba su madre para irse a lavar la colada de quien pudiera pagarle por la ofrenda de su espalda sacrificada, por sus manos de esparto, con las uñas comidas por la sosa. Esa foto de los cuatro ante la parcela, esa foto de esos pobretones hoy a pocos centímetros de la pantalla donde desfilan cotizaciones de bolsa y valores con los que configuro un sinfín de gráficos e informes, fue rescatada por mí cuando buscaba la póliza de decesos suscrita por mis abuelos en la década de los cuarenta, cuando se puso de moda asegurarse un hueco digno para los restos mortales. Me iba a tocar en breve utilizarla y ya se había interesado gentilmente por ella la directora del geriátrico para saber a quién llamar si usted no estuviera localizable cuando se produzca el óbito.

Esa foto me traslada a las últimas semanas de mi padre, cuando él deambulaba penosamente con el andador por los jardines, todavía saludando a otros residentes entre resoplidos asmáticos, sus paseos de calvario –los médicos, erre que erre en que saliera a tomar el aire- antes de fracturarse la otra cadera y quedar definitivamente encamado. Esa foto en sepia, con sus piernecillas tiernas en tensión, sus músculos aún de leche, pero ya rabiosos sobre los pedales como jinete en un caballo torpe, sus labios apretados tragando aquella frustración, negando una sonrisa al hombre desconocido que se la pediría tras una cámara montada sobre un trípode, marcó un hito en la vida de mi padre. Ese día de la foto, mi padre descubriría que no había camino posible con la barrera de un guijarro cerrándole el paso. Ese día mi padre aprendería a perder, a prensar la ira mandíbula contra mandíbula, a aguantar esa detención, esa brida, porque un fotógrafo daba órdenes y todos le obedecían.

Aún pudo ver y verse mi padre en esa foto con las últimas luces de sus ojos. Hija mía, hija mía, sollozaba mi niño anciano y rendido. Aún pudo sostenerla con sus manos ya abanico de venas secas, archipiélago de manchas, flores de cementerio. Aún pudo sonreír su rostro de mejillas hundidas al chiquillo que se empinaba sobre los pedales de aquel trasto, quizás préstamo de algún amigo un poco menos pobre. Aún pude yo encontrar en las piernas lacias de mi padre moribundo -sus pies presos en las taloneras, con las úlceras ansiosas de graparse a su pellejo- la fragilidad de aquel niño que no podía remontar el dique, la oposición de esa piedra. 

Enmarqué la foto y la coloqué como detalle vintage en mi despacho de ejecutiva. Aunque cercana a mi jubilación, no quiero privarme de esa imagen en el lugar donde desde hace muchos años paso más horas que en mi casa. He pensado también en el regreso que cinco décadas después del disparo de aquel fotógrafo hicimos al Barrio de la Estación con mi padre -entonces ya padre y abuelo-, para rastrear algún vestigio, algún hierro de triciclo oxidado que aún latiera por allí. He pensado en la búsqueda infructuosa que hicimos de alguna brizna de raíz, en nuestro tímido pulsar el timbre de la puerta de una casa –la única que parecía habitada-, en pronunciar el apellido Clavería ante una mujer, aproximadamente de mi edad, que hizo salir a su marido, algo mayor, y en cómo, entre ella y él, los dos a una, apenas pudieron tejer una sombra de lo que fuera aquel ayer tan lejano. Que si la harinera, que si una firma de gaseosas, que sí, que sí, que en una parcela hubo una pareja que venían -¿de dónde dicen ustedes que eran…?- con una chica y pronto les nació un chico, pero que no podían precisar más, porque todo eso era lo que ellos habían oído contar de siempre… De siempre y ya de nunca. Y luego, en aquella visita a Parrasernil, mi padre, cincuentón de buena planta, posó con estilo de actor bajo el cartel que identificaba la estación, jefe onírico de aquellos trenes tan perdidos.

Esteban y Victoria Trigo.

He pensado en lo que serían esos amaneceres de somier de paja y sábana basta, con el sueño hecho ojeras, los adultos siempre madrugando para hacer cualquier chapuza para algún amo pasajero, que la nómina del tren daba poco de sí. Lo que usted mande, no se preocupe. O si no me paga ahora, ya me dará algo para mis hijos, que les gustaron mucho los bollos y el chocolate de la semana pasada. He pensado en ese cuarteto de mis abuelos, mi padre y mi tía, ante la novedad de un fotógrafo, en el repetido estate quieto, hijo mío, no seas travieso, que este señor nos va a retratar. He escuchado a mi abuela preguntar si aquello costaría mucho dinero. He escuchado a mi abuelo responderle que no importaba, que así tendrían una foto para enviar a los parientes de Argentina, para que vieran qué majos estaban los chicos. He escuchado a mi tía decir que hacía frío, que se le metía el aire en los ojos, que le daba miedo aquel hombre tan serio que se escondía al otro lado de ese armatoste. He escuchado a mi padre insistir con un quiero marcharme y exprimir un chirrido de aquel cacharro, aquel jamelgo rodante que se negaba a avanzar.

Y también he escuchado la agonía de esas locomotoras cansadas pero a pesar de ello siempre grandiosas con su cargamento larguísimo, diosas descendientes de dinosaurios que evolucionaron del reino animal a un reino metalúrgico en el que latía un infierno. Y los juramentos de algún fogonero si el carbón era de mala calidad y las paladas resultaban insuficientes para alimentar aquel vientre de fuego. Y el silbato del Jefe de Estación que, banderín rojo enrollado, daba la salida a un maquinista que se sentiría, quizás, piloto de un avión que volaba por tierra.

Y junto a ellos, como coro gris e imprescindible decorado de la epopeya ferroviaria, he visto a los viajeros de maleta pobretona y pañuelo paquetero asomados a esas ventanillas para los adioses añadidos. He visto a las mujeres de abrigo raído y medias de muchos inviernos. He visto las lágrimas de todos los nunca jamases, las últimas recomendaciones en el andén. Porque la gente, más que venir se iba. Era raro ver a alguien esperando a quien llegara. Era raro un abrazo de bienvenida. Y, como bastidor del escenario, las traviesas crucificadas bajo aquellos carriles que las convertían en teclas de un piano trágico.

En esa foto de aquella familia ferroviaria está la negación de la esperanza. Y ahora yo, con mi padre ya ceniza a pie de vía, retorno a ese instante ahogado en el océano de trenadas de esa playa parrasernillense hoy casi desierta. Y desde la nostalgia heredada puedo inventar la historia de un crío navegando con un triciclo por los charcos, un crío al que un día cualquiera, un día sin marca alguna en el calendario, llama su padre desde lejos para que vuelva a casa. Allí, en el reducido comedor de aquella parcela, un señor se toma una copita de anís y dice al padre que les hará la foto en cuanto estén los cuatro listos, que mejor que no tarden para aprovechar la luz, que pronto dejará de ser tan buena para impresionar el negativo. Y su padre contesta que enseguida, como usted diga, y lleva al hijo recién entrado de la calle a lavar las manos y la cara con una astilla de jabón que huele a sebo que hay junto a un cubo de cinc que reposa en el pequeño patio interior, bajo los tendedores de alambre, cerca del ponedor donde una gallina vieja ejecuta cada pocos días el milagro de un huevo para alejar un poco la sombra del cuchillo. La madre, que ya ha abrochado a la chica los zapatos de ir a misa el domingo, aguarda a su retoño con una camisita limpia, sacada del paquete de ropa que recibieron de unos primos de Madrid, que les mandan todo lo que ya no sirve a sus hijos.

El fotógrafo comienza a preparar su equipo. Primero sale el padre, con orgullo de cabeza de familia, que pone dos sillas ante la puerta de la casa. Le sigue la madre, con las dudas de qué se le ha perdido allí a ese individuo un tanto atildado, de bigote pelirrojo y manos blanquísimas, que les ha entregado una tarjeta con la dirección de su estudio en Barcelona –la abuela, analfabeta, coge con recelo ese rectángulo de cartulina- y el artista visitante asegura que enviará antes de un mes la fotografía. Mejor dicho, las fotografías, porque serán dos copias, que el señor me ha pedido una para sus parientes, ¿verdad? Tras mi abuela va la chica, vergonzosa, que se arrima a su madre y, a regañadientes, se separa un poco obedeciendo al fotógrafo. Venga, guapa, no te pegues tanto a tu mamá, que llevas un vestido muy bonito y no lo vas a lucir. No, no coja a la chica en brazos, que ya es muy grande, no se la ponga encima. La chica ha de estar de pie y a su derecha, señora. Usted está ahí bien, sentada junto a su esposo. Por último él, mi padre, que no ha consentido en dejar dentro de casa el triciclo. Bueno, no importa, queda bien el niño así, con los pies en los pedales, aclara el fotógrafo. A ver, ahora miren todos aquí sin pestañear… No, no, no, que el chico se mueve. Nuevo intento. Otra vez el crío haciendo mención de largarse. No, hombre de Dios, no le pegue al chico que si se pone a llorar será peor porque perderemos más tiempo. A ver si esto sirve para conseguir que se esté quieto… Y el fotógrafo del bigote pelirrojo y las manos blanquísimas, se agacha, coge una piedra y la coloca allí, en la base de la rueda delantera, como un cepo que la amarrara y la soldara al suelo. Y mi padre callado, impotente ante esa piedra que ha hecho encallar su triciclo.

Ya está. Mire, ya que ha sido usted tan amable de invitarme a esa copita, le hago un descuento y así la mujer se queda más tranquila. Seguro que habrán salido los cuatro estupendamente. Yo conozco bien mi oficio. Antes de un mes pondré en camino la fotografía. Dos fotografías, sí señora, dos. Luego, lo que tarde en llegar, que eso ya no depende de mí. Sí, descuide caballero, que ya he anotado las señas. Sí, le prometo que en letra bien grande pondré Parrasernil y, en letra aún mayor, Barrio de la Estación, para que no se pierda dando vueltas por la localidad. No, si la quieren enmarcada, eso es otro precio, señor mío. Además, hágame caso, aunque costara lo mismo, mejor enviarles solo la foto –dos fotos, señora, dos, duerma tranquila-, porque seguramente les llegaría el cristal roto, que ustedes mejor que nadie sabrán lo mal que tratan los paquetes en estos furgones, que agarran las sacas del correo y las lanzan como si las quisieran despeñar. Luego ya, compren un marco en Lérida o en Zaragoza. O quizás lo haya en Huesca, que para algo es también capital de provincia. La verdad, no creo que en un pueblo tan pequeño como Parrasernil haya alguna tienda de cosas finas así, vamos, me extrañaría mucho. Y gesticulaba como si sus brazos remataran en abanicos en vez de en manos.

Para la abuela, cada vez que veía pasar al cartero era un interrogante. Que no, mujer, que no hay nada a nombre de ustedes. Joder, qué pesada, todos los días preguntando. ¿Se cree que voy a quedarme para mí algo suyo? Igualmente cada día, bronca con el abuelo. Que si ese fotógrafo les había sacado los dineros y no les iba a enviar nada. Que si a saber si se perdía el sobre. Que si en mala hora le habían pagado por adelantado, que si algo quería ese hombre, que hubiera vuelto con la foto –con las dos fotos-, y entonces, después de ver si merecía la pena el resultado, le pagarían. Y el abuelo, harto de escucharla, le replicaba siempre lo mismo. ¡Qué termita eres, como si fuera el fin del mundo que ese floripondio nos hubiese timado! ¿Para qué iba él a querer la foto de unos pobretones? ¿Te crees que no fotografiará a gente importante y se sacará copia bien grande de militares y actrices, para poner en el escaparate? Y la abuela, vuelta a la carga de que eso de la foto sería una estafa, un sacaperras. Entonces el abuelo, incapaz de hacerla callar, pegaba un golpe en la mesa y se marchaba a la cantina dando un portazo.

Pero el sobre llegó cuando el tema estaba casi olvidado. En papel marrón rígido, con las señas puestas como había dicho el remitente, recibieron la foto –las dos fotos- y quedó atrás la pesadilla de la abuela de haber tirado el dinero y las discusiones con el abuelo. Y era cierto lo anunciado por el fotógrafo: habían salido muy bien. Hasta el vestido de la cría abanicado por el viento les hizo gracia. Fíjate, qué moza se le ve ya, apuntaría la abuela. Y mira el chaval, qué fuerza se le nota en las piernas, añadiría el abuelo satisfecho de la bravura que apuntaba su vástago.

Y, casi al instante, se pondría a buscar papel fino para escribir con bastante soltura a los parientes de Argentina. Queridos todos: os mandamos una foto para que conozcáis a los chicos. Nosotros vamos tirando, gracias a Dios. Ya nos contestaréis y nos diréis si os ha gustado. El crío no se quería estar quieto y el fotógrafo le puso una piedra delante de la rueda, ¿la veis? Ya llevamos dos años aquí en Parrasernil, en el Barrio de la Estación. En cuanto pueda, pediré cambiar a otro destino y a ver si allí encontramos una casa más grande, porque otra vez estamos esperando familia. Nos va mal, pero hay que aceptarlo a ver si trae un pan bajo el brazo. Nos da igual si es chico o chica con tal de que venga bien. ¿Qué tal estáis vosotros? Escribidnos pronto, que nos agradará leer lo que contéis. No sé cuándo os llegará la presente. Aquí termina el verano y ya hay alguna tormenta. Recibid el cariño de vuestros hermanos y sobrinos que no os olvidan.

Aún pudo ver y verse mi padre en esa foto con las últimas luces de sus ojos. Hija mía, hija mía, sollozaba mi niño anciano y rendido.

Los trenes rugían al otro lado, muy cerca. Él ya no podía pedalear.