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Florentina Casamayor Giménez, La comadre de Alcubierre


Siempre he sentido curiosidad por los motes que se le ponen a las diferentes casas en los pueblos. Aquí en Alcubierre hay una larga lista de ellos, en una ocasión delante de una de estas casas, en la calle granero nº 4, le pregunté a José Antonio Pérez Lacambra: ¿Por qué se conoce tu casa como “casa la comadre”? No me podía imaginar que detrás de ese apodo iba a encontrar una asombrosa historia de superación, de amor propio, de búsqueda de autoestima en un contexto que se hizo cada vez más duro y terrible, que gracias a algunas pistas que recordaba Pérez, he podido ir completando para conocerla un poco mejor.

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Florentina, ya viuda, con sus hijos y su madre ciega.

Florentina Casamayor Giménez, La comadre de Alcubierre

Por Alberto Lasheras Taira.

Florentina nació en Alcubierre el 14 de marzo de 1870 y era hija de Simón Casamayor y de Agustina Giménez. Su niñez estuvo marcada por el final de las Guerras carlistas (La Tercera 1872-1876) y la acción de Mariano Gavín Suñén (1838-1875) como bandolero, desarrollada entre 1870-1875, conocido como el bandido “Cucaracha”.

Respecto a su familia hemos encontrado un hermano, Pablo Casamayor Giménez, casado con Julita Usieto, con la que tuvieron ocho hijos y de la que aportamos una fotografía como testimonio de esta época. Otra fotografía muy interesante es la de Florentina, ya viuda, con sus hijos (Mariano, Ángel, Cándido, Vicenta y Enrique) y su madre Agustina. Agustina era ciega desde hacía unos años y muy probablemente debido a la diabetes. Voy a transcribir una historia que me contó José Antonio relacionada con el marido de Florentina y que Agustina, por una casualidad pudo transmitir a un importante personaje:

Agustina ya ciega, estaba sentada en la puerta de una casa en el barrio del Arrabal, de Zaragoza, llorando desconsoladamente. Al verla en ese estado se acercó un señor y le preguntó por su amargura y ella le respondió: “¡Ay señor, que han denunciado a mi yerno Mariano por estar descargando leña en la puerta del corral de casa! Como no ha podido pasar una tartana que llevaba a un terrateniente de Alcubierre, con mucha prisa, éste le ha denunciado a la Guardia Civil y le han requisado las mulas. Sin ellas, no puede trabajar y le han dicho que tiene que ir a Sariñena al juzgado a presentarse para resolver el asunto, si no, lo detendrán y lo llevarán esposado, ¡tendrá que ir andando porque no tiene las mulas!”. También le acusaron de haber falsificado el nombre, por no haberlo dado completo ya que él les dio sólo un nombre y los dos apellidos. No sabemos muy bien quién era este caballero que estaba pasando unos días de descanso en una torre de Zaragoza. Le decían el senador o quizá fuese un magistrado de Madrid. El caso es que le pidió a Agustina que le dijese la fecha del juicio porque él se personaría en el juzgado de Sariñena para estar presente en la resolución del conflicto y ver qué se podía hacer. Así ocurrió y cuando le plantearon las acusaciones a Mariano, el “senador” le preguntó a continuación y rebatió una a una las quejas por injustas, consiguiendo la libertad de cargos y la devolución de las mulas para que volviese a casa. Al terminar la vista, con voz clara y fuerte exclamó: “Mariano Remigio Lacambra Cisterna, libre y sin costas. ¡A la calle! Una historia que nos muestra la dureza de una época para la mayoría de la gente humilde y el poder de las pocas personas con recursos.

Es muy probable que de joven aprendiera de su madre, Agustina, las habilidades y conocimientos de una buena comadrona; “recoger” a los recién nacidos en los partos. La asistencia a los partos en España hasta bien entrado el siglo XX, tenía lugar en el propio domicilio de la parturienta, normalmente en el dormitorio. De este modo “el dormitorio ha actuado como hilo conductor de la vida ya que normalmente se nacía y se moría en él” (Nuria Ruiz Comín 2008). Así, Florentina, contribuía con algunos reales a la estrecha economía familiar.

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Tumba de Mariano Remigio

Se casó con Mariano Remigio Lacambra Cisterna (Alcubierre 1863- Alcubierre 1921), quedando viuda el 13 de marzo de 1921. Poco tiempo antes, llegó un médico nuevo a Alcubierre y estando ella en el dormitorio asistiendo a la parturienta, el médico le pidió el título de matrona y al ver que no sabía leer ni escribir, la despachó a cajas destempladas y le prohibió ejercer de matrona, bajo la amenaza de denunciarla. Es muy probable que en el desarrollo del parto surgiese alguna dificultad que Florentina pudo solventar antes que el médico y esto hiriese el orgullo del galeno.

Florentina, ya viuda, tomó una importante decisión: aprender cuanto antes a leer y escribir para matricularse en Zaragoza, cursar estudios y poder ejercer de matrona. No sabemos el tiempo que dedicó para el aprendizaje pero sí que el día 2 de junio de 1926 se certifica que ha realizado el examen de ingreso para matrona, en la Escuela Normal de Maestras de Huesca, mereciendo la calificación de aprobado.

 

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Florentina en zaragoza

Florentina fue a vivir a Zaragoza para poder cursar sus estudios y se domicilió en la Calle del Horno número 11, piso 4º. Con 55 años se matriculó como alumna de enseñanza oficial en el curso primero de la carrera de matrona, de 1925 a 1926, el 24 de agosto de 1926 (no es de extrañar que en la facultad sus compañeros de curso la llamaran, cariñosamente, “la abuelita”). El 29 de agosto de 1925, D. Juan Isite y Ara, Decano del Cuerpo Médico de la Beneficencia provincial de Zaragoza, firma un certificado en el que consta que Florentina: “ha realizado las prácticas correspondientes al primer curso de matrona que previenen las disposiciones vigentes para obtener el título de Practicante, autorizado para la asistencia a partos normales durante el tiempo reglamentario, en el Hospital Provincial”. Los profesores y alumnos compañeros de Florentina escuchaban con atención su opinión y su forma de resolver los problemas que podían presentarse en un parto, y sentían un profundo respeto por su amplia experiencia. Contaba un caso en el que el médico daba por muerto el recién nacido y ella insistió en que le dejase reanimarlo, y lo consiguió. Acabado primero de carrera satisfactoriamente, se matriculó para el segundo curso el día 15 de octubre de 1926, para el periodo lectivo 1926 a 1927. El 19 de mayo de 1927 paga por los derechos a examinarse  de este curso.

Finalmente, el cuatro de enero de 1928, en Zaragoza, Florentina Casamayor Jiménez firma que “he recibido de la Secretaría de la Facultad de Medicina de esta capital mi Título de Matrona expedido en Madrid a 4 de noviembre de 1927”.

Florentina sacó el puesto número uno de su promoción y sus compañeros la sacaron a hombros gritando: ¡Viva la abuelita!.

A partir de este momento, se preocupó de estar al día en todo lo referente a su profesión. En mayo de 1929 se celebró el Primer Congreso nacional de Matronas, en Madrid, una reunión exclusivamente femenina por lo que fue un caso muy singular en esa época. El objetivo prioritario del congreso era logar para el colectivo la colegiación obligatoria. La Real Orden de 7 de mayo de 1930 concedió la colegiación obligatoria a la clase de matronas y aprobó para el régimen de los colegios los estatutos  que se insertan en dicha orden (Gaceta de Madrid 9 de mayo de 1930, pág. 913-915).

Los responsables de denunciar el intrusismo contra las matronas, a partir de este momento, serían los gobernadores civiles, los inspectores provinciales de Sanidad y los subdelegados de medicina. Las denuncias no sólo irían dirigidas hacia las personas que atendieran el parto sin la titulación correspondiente sino que también podían dirigirse contra aquellas matronas que ejerciendo profesionalmente no estuviesen inscritas en su colegio respectivo.

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Hermano de Florentina, con la mujer y sus hijos.

Florentina, una vez terminados sus estudios, obtuvo plaza como comadrona titular en Escatrón, donde ejerció como tal, hasta que el estallido de la Guerra de España 1936-1939 la desplazó con la llegada de las tropas franquistas el 12 de marzo de 1938. Tras la batalla de Teruel, el ejército nacional fue avanzando en dirección a la margen izquierda y, por lo tanto retirándose los republicanos desde la serranía Ibérica en dirección a la margen izquierda del Ebro. Me puse en contacto con el ayuntamiento de esta localidad y me dijeron que con la quema de los archivos municipales en la pasada Guerra Civil, había desaparecido toda clase de información. Me facilitaron un contacto: Bautista Antorán Zabay, autor de dos libros sobre Escatrón, quien me dijo que había encontrado dos referencias en el Archivo de Salamanca que podían interesarme.

La primera está fechada “En Escatrón, a 22 de agosto de 1937. Reunidos los consejeros expresados al margen bajo la presidencia del camarada vice-presidente, fueron tomados los siguientes acuerdos:

1º Sobre una petición de Florentina Casamayor pidiendo una cantidad en metálico a cuenta del titular, se acuerda se miden sus débitos en Abastos y se le da en metálico proporcionalmente según se le reste.

2º Sobre petición de Mercedes Capdevila para visitar a su hijo concederle una cantidad con arreglo a las necesidades que informe el médico.

3º Se acuerda anunciar la plaza de secretario para este Consejo. Obligatorio el poseer el título y ser antifascista antes del 19 de julio de 1936.

4º Se acuerda el poner al cobro la iguala a las caballerías por trimestre, aumentando en el primer trimestre los gastos del veterinario interino.

Y no habiendo más asuntos que tratar, se dio por terminada la reunión a las siete de la tarde.” (Libro de Actas del Consejo Municipal de Defensa. Archivo de Salamanca).

El nuevo ayuntamiento franquista acordó por unanimidad suspender de empleo y sueldo a todos los funcionarios municipales de la etapa republicana e instruir los oportunos expedientes a cada uno de ellos, ordenando que se haga un bando para que en el plazo de ocho días los vecinos dispongan en pro o en contra de los mismos en los citados expedientes.

El día primero de mayo, se procedió a la revisión de los expedientes anteriormente citados, con el fin de ver las actuaciones de los empleados y a propuesta del juez instructor se acordó por unanimidad: “Declarar cesantes  de empleo y sueldo a partir de la liberación de esta villa a los empleados D. Francisco Aguerri Ariño, voz pública; Dña. Florentina Casamayor Giménez, comadrona; D. Sixto Martín Artal, alguacil; D.Emilio Canales Baeta, inspector municipal veterinario; D. Pascual Villagrasa Lahoz, auxiliar de Secretaría y a D. Francisco Mur Cavero, guarda municipal, como comprendidos  en el decreto nº 93 de 3 de diciembre de 1936, art. 1º en relación con el Decreto nº 108 de 13 de Septiembre de 1936…” (Libro de Actas del Consejo Municipal de Defensa. Archivo de Salamanca).

Las matronas fueron consideradas por el bando sublevado personas especialmente peligrosas, por la posible influencia que podían tener sobre otras mujeres, porque al ocuparse de la salud reproductiva femenina, podían constituir un riego para la moralidad de la población, por lo que fueron objeto de encarcelamiento y represión. Hay importantes trabajos que estudian la represión de las matronas como víctimas de la Guerra Civil Española, por ejemplo los de Dolores Ruiz-Berdún y Alberto Gomis.

Florentina abandonó Escatrón y se dirigió hacia Alcubierre, donde no pudo entrar y llegó a Poleñino. Le preguntó a uno de su mismo pueblo que se encontraba allí, si sabía dónde se encontraba su familia y su hija. Como no le dieron razón y no podía volver hacia atrás, siguió camino hacia Cataluña. Durante la guerra, su familia estaba en el corral de “El Abejar” y en el de “Las Fierlas”, dos corrales más en el monte donde estaban las gentes de Alcubierre por miedo a los bombardeos y buscando seguridad.

Florentina de Cataluña pasó a Francia en una columna de refugiados y muy probablemente ingresó en el campo de Argeles sur le Mer, donde falleció y fue enterrada en una fosa común.

Alberto Lasheras Taira

Fuentes y agradecimiento:

-Historia de las matronas en España en la II República, la Guerra Civil y la Autarquía (1931-1955), Dolores Ruiz Berdún y Alberto Gomis Blanco.

-Matronas Víctimas de la Guerra Civil Española, Dolores Ruiz-Berdún y Alberto Gomis 2016.

-Muchas gracias a José Antonio Pérez Lacambra, nieto de Florentina, a quien he visto emocionarse y alegrarse por recuperar esta historia, por las fotos y las pistas aportadas.

-Muchas gracias al archivo y biblioteca de UNIZAR por localizar y facilitarme el expediente de Florentina Casamayor Giménez.

-Muchas gracias a Bautista Antorán Zabay por su colaboración y por facilitarme sus libros.

-Muchas gracias a Gonzalo Casamayor Suñén por la fotografía de la familia de Pablo Casamayor.

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Carmen Novellón Oliván


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Carmen nació en Sariñena en 1932, en la calle La Meca, enfrente del reloj de la plaza Alvarado, ahora plaza de la Constitución. Su padre, Andrés Novellón fue caminero, controlaba y mantenía un tramo de camino antes de que se asfaltaran y convirtieran en las actuales carreteras. Su trabajo era controlar y mantener un tramo: “limpiaba cunetas, arreglaba pequeños baches y si estos eran muy grandes venía una máquina”. Andrés estuvo trabajando en distintos lugares, por Ontiñena, Terreu… “lo fueron trasladando por varios sitios”. En algunos puestos tenían una casilla, una caseta donde guardaban material y se refugiaban, en otros no tenían nada. “Andrés fue muy honrado”, recuerda Carmen, “en una ocasión se encontró una caja de tabaco y la guardó hasta que volvió a pasar el camión de reparto y la devolvió”. Su madre Rosalía Oliván tuvo seis hijos y trabajó en casa. Carmen fue la cuarta y hasta los 14 años fue a la escuela de Sariñena.

Carmen, de joven, iba a buscar agua a la fuente del quiosquer, enfrente del bar de Pitera, “hasta pusieron una sombrilla para poder descansar en verano”. Iba a lavar a la acequia y al río: “detrás de las monjas había unas escaleras que bajaban abajo y allí estaba el lavadero, un lavadero grandioso y cubierto”. Este lavadero era de pie, era más cómodo que el que estaba camino de la Laguna, que también estaba cubierto pero había que lavar de rodillas, mucho más incómodo. Por el lavadero de la Laguna estaba el tejar. Al río iban a lavar con sus madres, por la zona cercana al puente, donde aprovechaban para bañarse y volvían con las ropas limpias: “la ropa se secaba tendida por las matas”.

Durante la guerra, Carmen se acuerda de la evacuación del pueblo “En una tartana de Anoro se subieron niños y ancianos y marcharon a refugiarse a las masadas”. Su padre trató de salvar algunas cosas de casa, pero muchas se quedaron, entre ellas olvidó un apreciado y viejo acordeón de su tío. Les dejaron una burra y aprovecharon para que fuera su madre con su hermano pequeño, pero con el estruendo de un cañonazo, la burra se asustó y los tiró al suelo. Luego veían los camiones militares llevando muñecos que cogían de las casas, puestos en los camiones, lo que hizo sufrir a los zagales.

Con Carmen vamos recordando aquella Sariñena de entonces: “En frente del antiguo hostal Romea estaba la tienda de ultramarinos de Jesús Portella, luego la trasladaron a la calle Eduardo Dato, cerca del estanco. Allí también vendía petróleo Candido. Arriba vivía una profesora, Josefina, a quien iba a fregar y limpiar, la llevaba en el carrito de la leña por la casa, era una forma de divertirse”.

“En la plaza hubo una fuente, en la esquina del ayuntamiento, luego en frente estaba la farmacia de Loste, el comercio de Ferraz y la carnicería de la Catalana.”

Carmen vivió por la calle Soldevilla. Por allí estaba la carnicería de Mariano Huerva, de Pichirrin, la carbonería de Pilar y el antiguo cuartel de la guardia civil; allí luego vivieron Asunción Paraled, Trallero, Ferraz… Pilar “la Carbonera” estaba arriba de la calle: “le traían camiones de afuera y lo vendía a capazos, era carbón brillante de bolas y trozos”. El camión basculaba en la calle y cuando limpiaban el suelo el agua bajaba completamente negra.  También estaba el bar de casa Pedro, al lado de la carnicería, era de Madrid. Era normal que sirviese una bebida y un plato de olivas, casa Pedro fue muy conocida y respetada.

Carmen trabajó para la panadería de Silvina la Tora y José Orquín Casañola, la panadería estaba por la calle de La Meca, por donde estaba Vitales y la casa del pregonero, allí estaba el horno: “una calle sin salida”. Antes de la carnicería de Latre estuvo la carpintería de Orquín, José Orquín tocaba en la orquesta Cobalto. Un hermano de José murió en la Guinea Española.

En la panadería, Carmen comenzó de niñera además de ir a vender pan al barrio de la Estación. Subía con Juanito Anoro, tenía un coche grande abierto por la parte de atrás donde ponían los paquetes y maletas. Después de comer, el coche de Anoro paraba en la panadería y Carmen colocaba los sacos con pan, subía a la estación y a las ocho de la tarde volvía. El pan lo vendía en una casa detrás de la iglesia del barrio de la Estación, allí tenían el despacho del pan. Allí conoció a su marido, en el despacho de pan, Julián Latorre de Peralta de Alcofea. Julián trabajaba cargando y descargando en la estación y después marchó a casa Mirasol, “El Recio”, de labrador. Carmen y Julián se casaron en Sariñena y de viaje de novios fueron a Peralta de Alcofea, en tren hasta El Tormillo donde les fueron a buscar. Tuvieron dos hijos, un chico y una chica, aunque Carmen continuó trabajando en el horno: “al mayor me lo llevaba al horno”.

Con el tiempo Carmen comenzó a trabajar para el ayuntamiento de Sariñena, se dedicó a la limpieza y le dieron un piso en el ayuntamiento, junto a los pisos del jefe de Correo y el del secretario, que estaban en la parte de arriba. El piso de Carmen estaba en la planta baja por donde luego ampliaron la antigua biblioteca.

Gracias a Carmen hemos ahondado en la memoria de nuestro pueblo, recorriendo parte de su historia. Carmen siempre ha sido muy conocida y querida en Sariñena y con sus entrañables recuerdos y vivencias hemos disfrutado de un agradable encuentro, ¡Gracias Carmen!.

Un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

La memoria de ellas


La memoria de ellas responde a una síntesis de todo lo recogido con la serie biográfica de Rostros, una retrospectiva sobre la mujer monegrina. Una reflexión sobre el papel de la mujer rural en nuestro pasado más reciente, aportando una visión etnográfica y a la vez social. Ellas, un motor de cambio social que ha configurado nuestra realidad actual y que continúa luchando por una sociedad más justa e igualitaria.

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En el sistema patriarcal, la mujer ha estado predeterminada a ocupar un papel secundario, dirigido tanto por la educación tradicional en la escuela como por la religión, estableciendo un rol secundario de servidumbre bajo el control familiar y conyugal. Hasta hace unas pocas décadas las mujeres eran educadas para sus labores, para satisfacer a su esposo, hijos e hijas y sin reconocimiento social ni laboral, reproduciendo así las desigualdades estructurales entre hombres y mujeres. Todo sin derechos, que han tenido que ir conquistando: el derecho a voto, a disponer de sus propios bienes, a abrir una cuenta sin la autorización de su marido, a acceder al mercado laboral, a adquirir la patria potestad sobre sus hijos/as, al divorcio, al aborto…, con un horizonte de igualdad abierto pero aún por vencer: equiparación salarial, cuotas de poder y de dirección, eliminación de la explotación y la violencia….

En 1915, las mujeres de Lanaja marcharon caminando a Huesca reclamando pan y trabajo, reivindicando el futuro de su pueblo. A pesar de ser expulsadas de Huesca por la fuerza y devueltas hasta Lanaja en dos autobuses que fletó el propio Gobierno Civil, aquellas mujeres se convirtieron en todo un ejemplo de lucha.

La educación tradicional subordinaba a la mujer para ser una buena esposa, sin posibilidad ni expectativas de acceder a estudios superiores ni desarrollar una carrera profesional. Las labores de costura han ocupado gran parte de su “educación”: punto atrás, hilvanes, vainica, pespuntes, costuras, ojales, bordados, lagarteras, punto de cruz, festones, patrones de ropa… y tal como recuerda Manuel Antonio Corvinos, en Las Escuelas Nacionales de Sariñena en los años cincuenta, “Mientras cosían una compañera les leía pasajes de algún libro religioso”.

Clases separadas por sexo, una educación sesgada con un fin sexista de una sociedad patriarcal y machista. El franquismo ahondó en la sociedad Española un modelo de mujer dependiente del hombre, de aquel “macho ibérico”, retrocediendo los avances que había significado la segunda república Española, aboliendo el voto femenino, el divorcio, el aborto y volviendo a una educación separada por sexos. Una impronta aún presente en el subconsciente social español.

Así, desde muy jóvenes ellas comenzaban a realizar tareas familiares: cuidar a sus hermanos/as, ir a buscar agua y leñas, cocinar, limpiar, lavar, fregar, ayudar a cuidar a los mayores en casa… Ahora resulta inconcebible no tener agua corriente, ni luz eléctrica, ni calefacción, ni productos sin elaborar… recursos básicos donde la mujer resultó vital para la supervivencia familiar. El agua la iban a buscar a las balsas, a las fuentes, a los pozos o a los ríos; especialmente en Los Monegros a las balsas, pues el agua ha sido un elemento vital escaso. Con los cántaros sobre su cabeza, las mujeres dedicaban gran parte de su tiempo a acarrear agua a las casas y la almacenaban en tinajas que luego poco a poco se iba disponiendo en los hogares.

Igualmente sobre sus cabezas portaban los cestos de ropa que iban a lavar a los lavaderos o a los ríos, el esfuerzo de restregar, una tarea de horas interminables sufriendo los fríos invernales y los calores estivales. Horas restregando la ropa sobre la piedra de lavar, a veces de rodillas, igual que cuando fregaban el suelo. También lavaban profusamente la lana esquilada de las ovejas y la cardaban para luego hilarla y tejer jerséis, chaquetas, toquillas, calcetines… Y los colchones y almohadas de lana, que cada cierto tiempo había que varear para esponjar y limpiar la lana.

De jóvenes no podían salir solas, a los bailes debían ir acompañadas y siempre vigiladas, era el chico quien sacaba a la chica a bailar. Los casamientos tenían que contar con el consentimiento paterno, influyendo la condición social y económica, encorsetando también en muchos casos al hombre.

Ellas hacían su propio ajuar, bordaban cuidadosamente sábanas y manteles y además se confeccionaban sus trajes de novia, de color negro tradicional hasta que llegó el blanco. Cuando se casaban ellas se dedicaban a sus labores, a cuidar del marido, hijos/as y mayores de la casa. Un trabajo ni valorado ni reconocido.

Recoger leña, mantener el fuego, hacer la comida, atender las gallinas, los conejos y tocinos, matar pollos y gallinas, desplumarlos, la matacía, capolar, embutir, cuidar el huerto, hacer conservas, ordeñar las vacas y las cabras, limpiar la caza y guisarla, amasar el pan y llevarlo al horno, administrar la casa, recoger almendras, las olivas, los higos, secar, hacer mermeladas…

Dejar a fiar y a deber, el trueque entre productos, la economía familiar, enseñar a coser, hacer apaños, parches, remendar y arreglar descosidos; las cosas se reutilizaban, no había abundancia, sino escasez. Además las tareas eran más pacientes y más costosas, las lentejas se limpiaban desplazando de un montón a otro una a una, las borrajas y los cardos se limpiaban finamente, la cocción era más lenta… todo era más artesanal.

Ellas iban a la siega, a dar la gavilla y a atar las garbas, a la trilla… se cubrían los brazos para que el sol no les tomase pues era síntoma de baja condición social. Las más pobres iban a respigar los campos ya cosechados y en algunos lugares se iba a la remolacha, durante el invierno, pasando mucho frío. Ellas recogían el esparto y lo trabajaban hasta elaborar con sus duras manos la sogueta.

Había más solidaridad, se ayudaba en los partos, las comadronas, y existía la figura de ama de leche, mujeres que ayudaban a sacar adelante amamantando criaturas que sus madres no podían alimentar. El hambre fue una constante. Se casaban muy jóvenes y la mortalidad infantil fue muy grande.

Muchas iban a servir a casas por dormir y comer, sin sueldo. Muchas marchaban a las ciudades para tener condiciones más dignas, tener una pequeña remuneración; algunas sólo tenían unas horas libres los domingos por la tarde.

La decencia y la apariencia, bien tapadas y recatadas, el no significarse, el control social de la iglesia, la confesión y en misa, las mujeres a la derecha y los hombres a la izquierda. El duelo, guardar el luto al hombre imponiéndose el negro y la tristeza durante años; la alegría y el color respondían a una falta de respeto al difunto que la sociedad no toleraba. Se velaban los muertos en las casas y el luto se extendía a todas las mujeres de la casa. Incluso mujeres jóvenes encadenaban lutos de algún hermano y padre, perdiendo su juventud e incluso la edad para casarse. Ellas, que se quedaron viudas, con trabajos que no fueron reconocidos y se encontraron con miserables pensiones no contributivas.

Ellas tomaban la fresca por las noches de verano, se juntaban a la caída de la noche para hablar y contarse las cosas, en invierno se recogían al calor del hogar. Ellas han sido motor de la transmisión oral, del saber popular, de recetas, remedios tradicionales y medicinales, trucos, consejos, refranes, historias, leyendas, juegos… ¡Cuánta memoria se pierde con ellas!.

Sobrevivieron valientes, sin tiempo para la rendición. En Sariñena subían al barrio de la Estación y cogían carbón de los trenes para calentar sus hogares, arriesgándose a encontrar a la Guardia Civil que les requisaba el cargamento. También formaron parte del estraperlo que hubo entre poblaciones y en especial con la línea de ferrocarril, se vendía trigo a comerciantes que iban en los trenes, era una forma de sobrevivir.

El tiempo atrapa aquella memoria y el silencio se apodera de una memoria a veces tan amarga que resulta casi imposible pronunciar. Cómo recuperar la realidad de tantas mujeres que se vieron obligadas a conseguir avales para salvar a sus padres, maridos e hijos tras la guerra, al chantaje y abuso al que se vieron sometidas, para que no fuesen fusilados. Aquellas luchadoras que acudían al Auxilio Social con sus hijos/as hambrientos, señaladas,rapadas, castigadas, encarceladas y desterradas. Aquellas que se les presentaba en casa la guardia civil preguntando sobre sus maridos, hijos o padres para encontrarlos y fusilarlos. Aquellas despreciadas socialmente y aquellas obligadas a ser obedientes, aguantar y callar. Aquellas mujeres cumplieron un doble castigo: ser roja y mujer. Aquellas que primero fueron pecadoras, luego brujas, histéricas y locas.

Ellas, mujeres de nuestra memoria más reciente son nuestras raíces y su memoria debería no ser olvidada, pues su lucha es ejemplo para continuar construyendo una sociedad más justa, libre y plenamente igualitaria. Ellas no se merecen el olvido, ni la desmemoria porque ello significa renegar de nuestra esencia, de ellas, como de nuestra madre naturaleza.

A la memoria de ellas.

Natividad Laguna Casaña y José Marcial Ripol


Nati y José nacieron en Albalatillo en 1933, eran vecinos de casa y con los años se convirtieron en matrimonio. José es de familia de agricultores: “En Albalatillo había secano, no mucha tierra, pero también había huerta vieja donde se regaban unas 300 hectáreas”. La madre de José trabajaba en casa, fueron tres hermanos y a los 13 años dejó la escuela. En aquellos años había muchos en la escuela, unos 22 chicos y unas 26 chicas en clases separadas: “Había una escuela de dos pisos”.

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“Te levantaban pronto por la mañana, cogía la gorra y al campo o al monte a labrar, sembrar, regar, cosechar…”, en casa de José tenían cerca de cincuenta almendreras que vendían a Antonio Porta del barrio de La Estación de Sariñena. “Hoy no hay novias a escoscar”, decían por las noches cuando al día siguiente no había almendras que coger. También iban al olivar donde recogían las aceitunas con sábanas, pues entonces no tenían mandiles. Las cargaban en sacos, se las echaban a los hombros y para casa.

“En Albalatillo había un pozo en cada casa y el agua era muy buena”, además contaban con la fuente del Saso, donde hicieron un lavadero los rojos cuando construyeron el aeródromo de Alas Rojas. En Albalatillo se recogía esparto, lo cargaban en un camión que compraba uno del pueblo y lo llevaban a vender a Sariñena, que luego vendían a Zaragoza. También se recogía el regaliz, se vendía a Salvador Betes, lo pagaba muy bien, había unos 25 hombres que picaban el regaliz para recogerlo.

La gente era humilde y muy trabajadora”, para las fiestas una orquesta estaba para todos los días, había carrera pedestre donde ganaban un pollo. Iba a correr Sabino, siempre llegaba el último pero nunca se rendía “¡Hacer la carrera hasta que se cansen todos, que ganaré yo!”. Se corría en la era de Ferrer.

Había cinco tabernas donde se podía comer: casa Tabernero, casa Palillos, casa el Herrero, casa Atares y casa la Matilde. En casa Palillos hacía cine y baile, “Hizo una gran obra”.  También estaba el guarnicionero José Ripol, la tienda de ultramarinos de María la Tornera, que también era carnicería, y María la estanquera. Acudía La Fragatina a vender naranjas por trapos y hierros. A Lanaja se iba a vender patatas y se traían leñas.

En casa de Nati eran dos chicos y dos chicas, tenían vacas y vendían la leche para gasto de la casa, “En una lechereta le llevaba leche a una tía que vivía en la plaza”. En una de esas veces comenzaron a bombardear el pueblo y la tía la cogió en brazos y la llevó a la orilla de la acequia donde se refugiaron como pudieron. Albalatillo sufrió los bombardeos, principalmente por su cercanía al aeródromo republicano: “Había un castillo en la plaza que quedó totalmente destruido”. Muchas casas quedaron también destruidas. Nati iba a coser como modista, iba a una casa y allí les enseñaban a varias chicas.

Durante 10 años José ha trabajado en la Hispano Oliveti. Se casaron a los 22 años y a los 23 años se marcharon a vivir a Barcelona, donde estuvieron hasta los 33 años. En la Hispano Oliveti no dejaban que las mujeres trabajaran y pasaban por las casas para comprobarlo. Aunque primero estuvo en Fusta Fabra, donde estuvo reparando ascensores durante tres meses. En Barcelona también trabajó de pintor y fontanero, faenas que continuó a su vuelta a Albalatillo donde además trabajó de agricultor.

Volvieron al pueblo y en Albalatillo Pepe ha trabajado de todo. En casa de sus padres había cinco caballerías, en casa del Quin, y cuando volvió adquirieron un tractor: “Se cogía más grano que con las cinco caballerías”. Luego montó su propia empresa “Marcial” que trabajaba realizando obras de fontanería, albañilería y pintura.

Tenían vacas y una granja de conejos. Los conejos se los llevaban todos los martes, criaba 125 conejos cada semana. De 1945 a 1950 fue presidente del equipo de fútbol de Albalatillo. El cuarto año se quedaron segundos y el decimosegundo año quedaron campeones, pero no pudieron seguir ya que andaban faltos de recursos. A los jugadores les invitaban a merendar y Pepe gastaba de unos diez a doce conejos cada merienda: “Oye quios!, si queréis merendar a ganar”.

Un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

 

María Alegre Peralta


Mucha gente se vio obligada a emigrar en busca de trabajo por distintas zonas de España, entre ellas Ángela Peralta Solanas, natural de Castelflorite, que trabajó sirviendo para una casa de Tarrasa y su marido Antonio Alegre Soldevila, natural de Belver de Cinca, que se dedicó a llevar una cuadra de vacas, a cuidarlas, arreglarlas, ordeñarlas…

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María Alegre Peralta

Fruto de aquel matrimonio nació en 1932 María Alegre Peralta, en Tarrasa, pero con el estallido de la guerra volvieron a Los Monegros, donde se alojaron en casa de los abuelos maternos de Castelflorite. “Dispues”, un amigo de su padre, un montañés, instaló una vaquería en Belver de Cinca y su familia se trasladó allí para trabajar en ella. También tenían tierras por Belver de Cinca, por los “Royeros” y el soto,  con un carro tirado por “bueys” acarreaban “alfalce” para las vacas.

En Belver de Cinca María fue a la escuela, pero como eran cinco hermanos tuvo que dejar la escuela para ayudar a su madre. “No vayas a la escuela que hoy no me encuentro bien”, Ángela sufría de males que le dejaban en cama muchos días. María quería ir a la escuela, le gustaba mucho, pero no tuvo más remedio que quedarse en casa a trabajar, ir a comprar, lavar, fregar, cuidar los animales de las cuadras…

Molían mucho, “enparece” que iba a moler a un molino que estaba “indo” por la carretera de Osso de Cinca, recuerda María. En el molino molían alfalfa, maíz, ordio… con lo molido hacían una pastura para las gallinas y los pollos. María se acuerda cuando iba a buscar a casa a los arrieros, su padre anotaba todo bien y lo controlaba todo.

“Vente, aquí se gana mucho más que en el pueblo”. María tenía una amiga que había ido a servir a Barcelona y le animó mucho a que también ella marchase. Así que María se animó y fue a servir a una casa de Tarrasa. Estuvo dos años, ella tendría unos 19 años y le tocó hacer de todo. A María le gustó mucho la vida en la ciudad: “Había un gran ambiente”.

A los dos años, María se volvió a Albalate. Su padre estaba de encargado en una vaquería, cercana a Albalate, en una finca donde había unas diez casas. Su padre tenía muy buena mano para el manejo de las vacas, mucha experiencia. Las trataba cuando estaban enfermas y cuando se hacían alguna herida les hacía “pegaos”. Recogía malvas por el campo, las hervía en agua, las trituraba y las espolvoreaba pimienta. Cuando ya lo tenía bien preparado, colocaba el preparado en un paño y lo aplicaba en la zona, lo ataba y lo aseguraba bien. Con aquel remedio las heridas de las vacas sanaban bien, las rozaduras, los granos…

En el baile conoció a quien fue su marido Joaquín Luna Hernández. María se casó con Joaquín en el mismo Albalate y se marcharon de viaje de novios a Barcelona durante un mes. María se casó de negro, con un traje que ella mismo hizo “La tela era muy bonita y tenía un brillo precioso”. Lo confecciono gracias a todo lo que había aprendido con la Paulina: coser, bordar…

El matrimonio se  asentó en Albalate, en casa de los suegros de María. Joaquín era labrador y llevaba las tierras, mientras María trabajaba en casa, iba a buscar almendras, a “escoronar” con un machete la remolacha… Se hacía en invierno, hacía mucho frío, María se llevaba un saco con algo de paja para ponerse de rodillas y amortiguar la dureza del suelo y el frío. Antes se recogía mucha remolacha que se llevaba a la azucarera de Monzón. Se sembraba más o menos en septiembre u octubre y si salían 2 o 3 en el mismo sitio había que clarecerla.

Joaquín realizó un curso para ser mayoral de pueblos de colonización, lo hizo en Gimenells. Al principio no lo llamaban hasta que al final le dieron como destino Mélida, un pueblo de Navarra. Estaban haciendo Rada y cuando lo acabaron fueron a vivir al pueblo. Estuvieron 10 años en Rada y allí nació su segunda hija y el hijo. Tuvieron tres hijos, dos chicas y un chico. Joaquín, como mayoral, se encargaba de controlar si iban bien los lotes, si lo trabajaban correctamente “Todo tenía que ser por escrito y luego el perito lo revisaba cada mes”, recuerda María.

Ellos no tenían lote pero si corral donde criaban animales y 1 o 2 tocinos que mataban cada año. María guarda muy buenos recuerdos “Allí salían muy buenas cosechas”. A los diez años volvieron a tierras oscenses, instalándose en el pueblo monegrino de Cantalobos donde Joaquín continuó ejerciendo de mayoral. El pueblo ya estaba construido, igual llevaban cinco años viviendo la gente. En Cantalobos han vivido más de 30 años y ahora los recuerdos de María nos han llevado a recorrer su historia, de esfuerzo  y trabajo.

Ahora tiene 86 años y goza de una excelente salud y memoria. Un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

Antonia López Conte, La Hornera


        Manuel Antonio Corvinos Portella nos descubre el antiguo oficio de hornera.  Una historia más de su serie “Oficios Desaparecidos”, unos testimonios de extraordinario valor que  Manuel Antonio nos transmite con cercanía y apego: Antonia López Conte, La Hornera.       

                        

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Antonia López Conte

Antonia era esposa de Mariano Laín Susín, nació en Sariñena en 1904 y falleció en su pueblo después de 94 años de dura vida. A edad muy temprana (10 años) se quedó huérfana de madre y aquella desgracia la marcó para siempre, pero al mismo tiempo la hizo espabilar para mitigar la pobreza que rondaba la casa. Por supuesto que aquello de ir a la escuela no fue para ella.

Fueron dos hermanas y un hermano, pero pronto se quedó sin su hermana mayor pues murió muy joven. Según cuenta su hija Maribel más de una vez oyó decir a su madre que debió morir de hambre.

A los 10 años ya se ofrecía en los hornos de las casas para barrer el suelo, buscar agua o lo que fuese menester y por esos trabajos recibía como paga una tajada de pan que repartía con su hermano. Enseguida aprendió el oficio de hornera y se quedó para siempre con ese apelativo.

En un tiempo sin panaderías las horneras eran mujeres a las que se les encargaba la elaboración del pan y la repostería. En el caso que nos ocupa, la “seña” Antonia amasaba la harina, añadía la levadura, vigilaba la fermentación de noche, le daba vueltas y de madrugada  la transportaba en una bacía en la cabeza tapada con un trapo blanco de lino o algodón recio a uno de los hornos que había en la localidad para proceder a su horneado. Terminada la operación lo llevaba a la casa que le había hecho el encargo y cobraba lo estipulado. El cobro solía consistir en un “pizco de pan” y en los céntimos  establecidos.

Estas mujeres tenían una clientela fija que les encargaba el pan para varios días ya que entonces duraba sin secarse mucho tiempo. Cada hornera señalaba con una marca sus productos para que no se confundieran con los de las otras mujeres que se dedicaban a este oficio.

Recuerdan mis vecinas que había, por lo  menos, tres hornos en la villa: uno estaba en una de las calles laterales del antiguo ayuntamiento, otro en el Muro Bajo y el tercero en la calle del Horno.

La repostería de la señora Antonia era muy valorada por muchas familias de Sariñena y cuando ya se generalizaron los hornos industriales solía elaborarla en casa de “El Vidriero”. Famosos eran sus roscones, tortetas de cucharada, farinosos, magdalenas, tortas de fiesta o de bizcocho.

Me cuenta su hija Maribel una anécdota de su madre que, a pesar de lo dura que había sido  la vida para ella, indicaba la sensibilidad personal que tenía. Pues bien…, un día recibió un encargó de Pilar la de Rosendo para que le hiciera algunos productos de repostería. Cuando lo hubo realizado se lo llevó a la tienda y a la hora de cobrar le manifestó que no quería dinero, que sólo deseaba a cambio una fotografía en la que saliera favorecida para que se la pusieran en su tumba el día que muriera.

 Y yo añadiré que de los recuerdos que el que suscribe tiene de ella podrían resumirse en dos palabras que utilizaba a menudo al comienzo o al final de las frases y que dan cuenta de su recio carácter: “Rediós y Copón” (genio y figura).

                                                                             Manuel Antonio Corvinos Portella

Juan Bastida Cascales


Con la llegada de la telefonía fija se crearon centralitas de teléfonos donde la gente podía recibir y realizar llamadas. Se mantuvieron hasta que el teléfono fijo llegó a cada casa, dando paso a una nueva revolución tecnológica que cada día resulta más vertiginosa. De la mano de Juan Bastida Cascales  y de sus recuerdos viajamos a la Sariñena de la centralita de teléfonos de su tía Matilde, del locutorio y de aquellos tiempos tan especiales.

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Juan Bastida Cascales

Juan Bastida Cascales nació en Sariñena en 1948, de casa Cascales, su madre era Rosario Cascales y su padre Francisco Bastida, natural de Murcia. Tenían un monte por la zona de Capdesaso y allí tenían oliveras y almendreras.

Juan recuerda las calles sin asfaltar y de jugar a los pitos, a las canicas, por las calles y a las perras negras, monedas antiguas, “Si tenían buen sonido se cambiaban bien”. Había un juego en el que doblaban las cartas, jugaban al futbol y los domingos iban al cine del Casino. Eran socios del Casino, así que podía ir a ver el cine, era por la tarde y las películas eran en blanco y negro: “Se hacía en el salón de arriba del casino viejo”. Al casino también iba mucha gente a ver la televisión, sobre todo cuando había partidos de futbol, colocaban una televisión enorme en el salón de arriba y se sentaban en las butacas del cine. El cine Victoria era mejor, pero era más caro, “Para las fiestas ponían películas muy buenas”.

Estudió en las nacionales y Juan recuerda a muchos de los maestros como a Mariano Sampietro, Rafael Mendiburo, Blas Casaus, Encarnación… Después fue a las monjas donde preparaban para el bachillerato, luego iban a estudiar a Huesca, al instituto Ramón y Cajal. Juan acabó licenciándose en Derecho por la Universidad de Zaragoza y durante su vida trabajó para la Seguridad Social en Huesca

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Antigua centralita de Matilde.

Su tía Matilde Cascales llevaba la centralita de teléfonos de Sariñena. Matilde era hermana del médico Pedro Cascales y de Rosario Cascales, madre de Juan. Rosario ayudaba a Matilde con la centralita, que estaba en la calle Santamaria, enfrente de la calle del Mercado. Tenían unos paneles donde iban clavando clavijas mientras la gente iba a llamar o recibir llamadas: “Según el tiempo y el lugar se cobraba la llamada”. Su tía iba conectando las diferentes conferencias. La centralita funcionó hasta que llegó el teléfono a las casas.

En las centralitas manuales la distribución de llamadas se hacía con operadoras (casi siempre eran mujeres) que se encargaban de la conexión de las clavijas de la red en las tomas que correspondieran. De este modo, la persona que efectuaba la llamada telefónica realmente estaba contactando primero con la centralita, que enchufaba la clavija en la toma que correspondiera a la persona destinataria de la llamada.

Historia de la centralita telefónica

(http://www.criteriasistemas.com)

La centralita de teléfonos también llegó a estar en casa Sabineta. Después fue Pilar Aparicio quien estuvo encargada de teléfonos, cogió el relevo.  Matilde llevó la centralita a partir de la guerra y llegó a tener varias personas a su cargo trabajando en la centralita, a Silvia y Nuria (La Albalatillera). En casa Sabineta también estuvo Correos y luego se trasladó a la planta baja del ayuntamiento.

Matilde aceptaba la llamada y decía “Aquí Sariñena” y daba aviso de la conferencia. Juan se dedicó a dar avisos por las casas, llevaba el aviso anunciando a que hora se iba a realizar la llamada y el interesado firmaba el aviso confirmando su comunicación.

Su tío Pedro Cascales ejerció de médico por Cataluña y luego vino a Sariñena donde ejerció como titular. También, como médico, estuvo Nicolás Andión. Pedro Cascales no tuvo descendencia y murió en 1996, con 98 años. La consulta estuvo en la plaza san Roque, actual Mayoral Antonio Susín.

El teléfono fue inventado por Antonio Meucci en 1854 y no fue instalado en España hasta 1877. Su implantación fue lenta, en 1924 se creó la Compañía Telefónica Nacional de España y a partir de aquella fecha comenzó su generalización. Gracias a Juan Bastida nos hemos trasladados a aquellos tiempos, con un hilo romántico que abría Sariñena al mundo de las comunicaciones, donde la voz tomaba su momento:  “Aquí Sariñena”.

Y un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.