Archivo de la categoría: Rostros

Carmen Pueyo Dueso


Tiene 90 años en la actualidad y es viuda del que fuera su consorte D. Fausto Gonzalvo Mainar, Director del Grupo Escolar de Sariñena, en las décadas 50 y 60 del pasado siglo. Por Juan Antonio Casamayor Anoro.

20170504_083222

Carmen Pueyo de maestra con el grupo escolar de Sariñena, año 1959. 

      A pesar de su largo trayecto de enseñante en Sariñena, hasta la edad de su jubilación, la maestra reconoce que su vocación de seguir impartiendo clase y formando a los jóvenes no ha disminuido y aún afirma que le gustaría seguir en las aulas formando chicas y chicos como en sus buenos tiempos. Yo me he sentido muy gratificada a lo largo de aquellos ( casi 50 años ), en que estuve ejerciendo, hasta que me tocó optar por la jubilación.

        Su madre de hecho le inculcó el amor por el Magisterio al que se dedicó y más tarde sería ella, la protagonista de este reportaje, quien recogiera la vocación de ésta. Con ella, su progenitora, vivió en la casa de la Travesía del Enado nº 1, y la cuidó hasta su fallecimiento y es en la misma casa familiar donde reside hoy la maestra.

     Cuenta Carmen Pueyo, que tras de cursar Magisterio en las Teresianas de Zaragoza, ejerció en las escuelas rurales de Bubal, en el valle de Tena, en la villa de Tardienta, de Pertusa y después en la localidad próxima al nudo ferroviario de Selgua, Monesma de San Juan, localidad a la que se desplazaba cada lunes en el tren, desde Sariñena y enlazaba después con su bicicleta, la cual guardaba en la estación del ferrocarril. De allí por caminos inhóspitos pedaleaba durante casi una hora hasta la escuela del pueblo, en el que residía durante la semana. El esfuerzo era importante y las condiciones de vida duras, debido a las escasas comodidades existentes en las casas del pueblo en que nuestra maestra impartió la enseñanza durante casi 40 años. Mi vocación por el magisterio me compensaba sin embargo y en ningún momento pensé en abandonar, – cuenta Carmen –  aunque la compensación económica de los maestros era bastante exigua por aquel entonces. Unas 600 ptas. al mes, era lo que percibía y debo admitir que me podía permitir muy pocos ratos de ocio y mucho menos practicar algunas aficiones que estaban entre mis preferencias, desde mis tiempos de enseñante en el Pirineo oscense. Este es el caso del esquí, que siempre  había deseado el practicarlo.

     Y algo que me fue muy difícil de realizar, viajar a las Fiestas del Pilar de Zaragoza, que más tarde realizaría con mi esposo, aunque Fausto no era un hombre de “muchas fiestas”.

      De los años vividos en Momesma de San Juan – resalta la maestra-  lo complicado que era mantener una higiene aceptable dadas las carencias de instalaciones adecuadas en las casas. Los orinales en las habitaciones y los vertidos en el corral de nuestros excrementos eran lo cotidiano y las camas habían de calentarse con elementos muy rudimentarios.

     ¿Quizá hubiera de calentar un ladrillo, o una botella, con los que elevar la temperatura de la ropa de la cama – le preguntamos?

     – Y duda,…. pero nos sonríe al responder,….”El frío en invierno era penoso de soportar y las estufas y los braseros eran elementos casi de lujo”. Todo ello, -refiere- lo viví en primera persona.

20170509_103455

Juan Antonio Casamayor y Carmen Dueso.

     Pero mi deseo más importante era venir a Sariñena, bastante difícil por lo que representaba el acceso a una localidad de importancia, Cabeza de Partido en la Organización Territorial de entonces y la suerte se me acercó, al conocer a quien sería mi esposo, Fausto el Director del Grupo Escolar, en unas jornadas de teatro que se organizarían en la villa de Sariñena. Solicitar la plaza de hecho, lo pude hacer, “por concurso de consorte”, al desposarme con el Director D. Fausto Gonzalvo Mainar, un hombre de recia personalidad, que pesó bastante en mi ánimo de hacerlo mi esposo, en octubre de 1957.

     Dña. Carmen que es una mujer de gran entereza y carácter, con algo de ironía en sus apreciaciones, -no duda en afirmar– como tomó su decisión de desposarse, para poder venir a ejercer la enseñanza en Sariñena. De hecho, tras de su solicitud y aceptación de la misma, obtuvo la plaza en propiedad ( como ella había deseado siempre ) y dedicó el resto de sus años de ejercicio a la docencia, en la Escuela en que había enseñado también su madre, María Dueso.

    Dña. Carmen no tuvo descendencia y ello le permitió una gran dedicación a la profesión que tanto amaba, introduciendo algunas disciplinas deportivas en las clases habituales como la gimnasia, -que reconoce– era muy apreciada por las chicas del Grupo Escolar de Sariñena.

     Muchos son los alumnos y alumnas que esta buena maestra tuvo bajo la batuta de su disciplina y varias las anécdotas que de algunos recuerda, así que,… concluir esta historia para nuestro Blog de Mujeres Monegrinas, con algún recuerdo acerca de anécdotas que vivió a través de sus alumnos, nos gustaría mucho referirlas, si bien deseamos respetar su memoria, y sólo rememorar la entereza de esta maestra singular de Sariñena, Dña. Carmen Pueyo Dueso.

     Los desvelos de esta gran mujer y cuanto hizo conjuntamente con su consorte D. Fausto Gonzalvo, por nuestra formación. La nuestra  y la de muchos otros sariñenenses, quedan implícitos en la personalidad y formación de los autores de esta historia.

Juan Antonio Casamayor Anoro

 

     Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Juan Antonio Casamayor por participar aportando una entrañable y magnifica entrevista, gracias Juan Antonio!.

 

Joaquina Cáncer Bailo


Para muchas mujeres del mundo rural, servir en las casas ricas fue su única salida laboral. Otras muchas mujeres marcharon a servir a Barcelona, Madrid o Zaragoza, donde ganaban más. Ha sido un trabajo escasamente reconocido, por no decir nulo, no se pagó la seguridad social ni repercutió en su pensión. Pero no todo fue malo y Joaquina guarda muy buenos recuerdos de su época en casa Ruata de Alcubierre y así nos transmite sus memorias con una envidiable y entrañable vitalidad.

Juaquina Rostro

Joaquina Cáncer Bailo

            Joaquina Cáncer Bailo nació en Zaragoza el 3 de febrero de 1938, aunque su vida siempre ha transcurrido en Alcubierre y es toda una alcoberreña de pies a la cabeza. De familia de labradores, sus padres Eulalia Bailo y Antonio Cáncer tuvieron cuatro hijos Pilar, Carmen, Pascual y Joaquina.

            Con el inicio de la guerra de España de 1936, su familia marchó a Zaragoza, junto a sus vecinos de la posada de “La Campana”. Primero pasaron unos días en la posada de Leciñena donde encontraron muy buena acogida, pero ante la falta de trabajo se vieron obligados a continuar su viaje hasta Zaragoza. Una vez en Zaragoza, su padre encontró trabajo en la base militar, gracias al coronel Antonio González Gallarza. Allí trabajó de portero en la base y al finalizar, el teniente González le redactó una carta de recomendación, un salvoconducto. El militar González Gallarza (1898-1986) fue pionero en la aviación española y se retiró en 1957 con el grado de Teniente General.

            La familia de Juaquina marchó a Zaragoza sin nada. Gracias a José Lacruz, natural de Alcubierre, que tenía el establecimiento zaragozano de telas “La Palma”,  cerca de la plaza del Pilar, pudieron tener sabanas y mantas. La madre de Juaquina fue muy buena costurera y junto a una modista prepararon el ajuar necesario para la ordenación de Vicenta Ruata en la orden religiosa de Santa Ana, de la que llegó a ser superiora. La familia Ruata también se había instalado en Zaragoza durante la guerra. Eulalia pasó muchos días cosiendo los hábitos y poco a poco se fueron apañando y pudieron ir tirando adelante.

            Joaquina nació en Zaragoza, en el Barrio del Arrabal, en la Calle las Ranas. Juliana “La Calderera” (hija de Mariano Gavín Campo, hermano de Cucaracha, por parte de padre), tenía teléfono en casa, y cuando Eulalia Bailo tuviese los primeros síntomas de parto, debía telefonear a Ascensión Rufas (esposa de Agustín Ruata) para poner en marcha la asistencia al difícil parto que se avecinaba. Ascensión preparó todo lo necesario (paños, ropa…) y bajó con el médico al domicilio de Eulalia y Antonio.

            A su vuelta a Alcubierre, la familia encontró la casa familiar desvalijada y gracias a unas pocas gallinas y unos tocinos pudieron ir subsistiendo. Compraban al trueque, huevos por lechugas, hortalizas o verduras.., la moneda más común era la cebada o el trigo. Juaquina fue a la escuela hasta los 14 años, recuerda con gran cariño a la maestra Doña Rosario Rodriguez Román, una maestra toledadana que sufrió la represión franquista y fue desterrada de su tierra para acabar ejerciendo en Alcubierre. Su marido vino con ella y trabajó como practicante. De joven, Joaquina iba a segar, las mujeres daban las mies y los hombres ataban los fajetes, cuando tenían 7 u 8 fajetes los ataban con los fencejos. También iban a coger olivas, recogían grandes olivares de familias ricas y se quedaban con una cuarta parte de lo recolectado.

            En Alcubierre había viñas y almendros y siempre ha habido una excelente miel, en casa Andresa (La Leciñenera), casa Licer y casa Barrios. Para la siega llegaban muchos segadores a Alcubierre y en casa Ruata una vez faltaron dos personas para llegar al centenar de segadores. Se formaba una gran fila a la hora de comer, dormían en las cuadras y venían de Murcia, Soria… A Juaquina le gustaban muchos los higos verdes.

            A los 20 años Joaquina sirvió en casa Ruata, durante cinco años, “estuvo muy bien, aunque carrañaba mucho con la dueña, pero siempre en un tono muy familiar”. Una vez discutieron fuertemente Juaquina y la Tía Ruata, Ascensión Rufas Aguareles, Juaquina no quería bajar a la bodega a coger el agua, tenía miedo a las ranas. Tras la discusión, Juaquina se marchó de la casa pero enseguida Ascensión la fue a buscar y Joaquina volvió a casa Ruata. Las tinajas las llenaban en invierno y de ella bebían todo el año, también tenían un deposito y cada día, con cantaros, subían el agua necesaria para la casa. Juaquina trabajó muchísimo: lavó, fregó, planchó… vivía en la misma casa y cobraba 825 pesetas al mes. De cocinera estaba Silvestra, de casa Silvano. Recuerda un cumpleaños del amo Agustín Ruata, el 28 de agosto, cuando a Juaquina la llevaron a Zaragoza para uniformarla de sirvienta, fue una ocasión especial.

            Años más tarde Juaquina marchó a servir a casa del Médico y a casa Gavín, las dos a la vez. Cuando algo se rompía o se hacía perder dinero los amos decían “iras al descuento” y descontaban del jornal la parte proporcional.

            Joaquina se casó en 1977 con Alfredo Valero de casa El Molinero. La familia de Alfredo se encargaba del horno de pan, donde la gente del pueblo llevaba su masa, ya preparada, y la cocían en el horno. La familia de Alfredo construyó el molino, María y Cecilio eran hermanos del padre de Alfredo, vinieron de La Zaida (provincia de Zaragoza, en la Ribera Baja del Ebro), y llevaron la corriente eléctrica para mover el molino, (aún sigue en pie el edificio, aunque por dentro está totalmente cambiado). El viejo horno se encontraba en el edificio que el gremio de Los Ganaderos construyó para aquel fin y donde ahora aún podemos encontrar la tradicional panadería familiar Valero.

            En Alcubierre había y siguen estando dos hornos de pan, el de la familia Valero fue construido por el Tío Calvo. Después de la guerra, la gente iba a cocer el pan al horno llevando las masas en una tabla que la llevaban sobre la cabeza. Como combustible usaban aliagas, paja… “entonces los hornos conservaban mucho el calor”. Juaquina comenzó a trabajar en el horno al pronto de casarse con Alfredo, la gente ya no llevaba la masa y el oficio de panadero era como actualmente lo conocemos, “aún hubo un tiempo que la gente traía su propia harina”. Cada día se hacían unos 180 panes de kilo que las familias consumían durante dos semanas, todo se anotaba en una libreta y se contabilizaba todo lo elaborado. También se hacía alguna barra y algún chusco, cuando el pan se hacía duro lo llamaban pan asentado. Antiguamente se cocía un pan que se llamaba la Polla.

            Joaquina y Alfredo continuaron con la panadería, tuvieron dos hijos, chico y chica, que aún continúan con la panadería. Juaquina trabajó haciendo las faenas de la casa y la panadería, sobretodo atendía en el despacho de pan. Juaquina destaca el trato con la gente, cercano y familiar, en un pueblo que a principios del siglo XX contaba con cerca de 1600 habitantes y que actualmente apenas llega a los 500.

            Tortas de almendra, de anís, de coco, farinosos, empanadicos… y torta legañosa, una torta de pan con aceite y azúcar, una larga tradición panadera y repostera de sabores auténticos. Juaquina aún permanece por la panadería, con sus hijos y nietos, con los recuerdos que tanto marcaron a las generaciones pasadas. Vidas pretéritas que permanecen con el sabor de siempre, en nuestra memoria y en nuestros corazones.

  Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Alberto Lasheras Taira.

19059589_10213081818865205_1937810209215983778_n

María Villagrasa Rozas


María la “La Pollera” sorprende por su extraordinaria memoria, retrotrayéndonos al Bujaraloz de antes, cuando nevaba más: “nevaba todos los años, al menos una vez, y había que hacer sendas para poder ir al colegio”; algo que ahora nos cuesta creer. María es un ejemplo de mujer emprendedora y de su mano conocemos las vicisitudes de una vida de trabajo y esfuerzo. 

 

Maria Villagrasa Rostro

Maria Villagrasa Rozas

            Natural de Bujaraloz, María Villagrasa Rozas nació el 16 de noviembre de 1932. De familia de agricultores, su padre murió en 1944 cuando apenas María contaba con doce años. Así, su madre quedó viuda con seis hijos y sola tuvo que sacar adelante a toda su familia. A María le conocen por ser de casa Bolea, por parte de su abuela Andresa Bolea: “toda una gran mujer que iba con su marido vendiendo pucheros por los pueblos de Los Monegros, llegaban hasta Lalueza y Poleñino, ¡era una mujer muy negociadora!”. De su abuela Andresa, María y su madre heredaron su carácter valiente para emprender negocios. María recuerda salir del refugio detrás de su abuela Andresa, con sus hermanas subían las escaleras agarradas a su saya, mientras desde afuera les animaban a salir: “por fin, había acabado la guerra”. Durante la guerra quemaron tallas y el altar de la iglesia, María recuerda ver como entraban los camiones hasta la misma iglesia. Andresa murió al poco después de acabar la guerra.

       María fue a la escuela hasta los catorce años, por la mañana daban materias generales y las tardes las dedicaban a labor: cosían y hacían punto. Las clases eran separadas, por un lado las chicas y por otro los chicos, y si jugaban con los chicos les decían “chicotes”.

            El agua la guardaban en tinajas y en aljibes, los hombres llenaban los aljibes con cubas y luego filtraban el agua con sacos, principalmente filtraban los “cullarones”, los renacuajos. Las tinajas las guardaban en las bodegas o en los patios de las casas y, a pesar de ser Bujaraloz un territorio árido y seco, las bodegas se anegaban. En cada casa había un pozo de agua y aunque el agua era salada  la usaban para lavar.

            En Bujaraloz había hornos de yeso y María recuerda llevar por las noches patatas asadas a su padre mientras cuidaba el horno de yeso. El hermano mayor llevaba las tierras y las hermanas mayores se encargaban de las labores de casa. Limpiaban los hogares,  los de antes, donde cocinaban y se calentaban, limpiaban los hierros frotando con una vieja alpargata y arena. La leña la traían de la retuerta de Pina de Ebro, normalmente de pinos y sabinas viejas o enfermas.

            Muchas mujeres iban al campo a respigar, especialmente la gente más necesitada. También, en vez de segar, se dedicaban a arrancar directamente la cebada o el trigo, era más duro. Las mujeres llevaban el almuerzo, la comida y la merienda al campo, María recuerda cuando su madre le mandaba con la sopera y el puchero.

            Su madre sabía escribir y solía ayudar a otras personas, entonces se tenían que apoyar más entre todos los vecinos y vecinas, había más necesidad. Entre 1960 y 1963, la madre de María arrendó y regentó el “Mesón Aragonés”. María y sus hermanas trabajaron en el mesón: “una hermana fregaba de rodillas todas las noches el comedor, entonces no existía la fregona”. Su madre ejerció de cocinera y llegaron a contar con alguna sirvienta. Bujaraloz siempre ha sido lugar de paso entre Madrid y Barcelona y muchos hostales y restaurantes han existido a lo largo de la historia, donde las mujeres han ejercido un papel fundamental.

            En casa de Maria criaban pollos, conejos, cerdos y tenían gallinas. Algunas casas tenían cabras que todos los días recogía el cabrero para llevarlas a pastar. Cuando volvían las cabras por las tardes las ordeñaban: “a veces la cabra tiraba el cántaro derramando toda la leche”. Cuando se moría una mula era una desgracia para la casa, en años malos podía significar la ruina para la casa. María recuerda ver pasar arrastrada la mula muerta hasta el muladar.

            María se casó en 1959 con Tomas labrador, quien trabajó en la fábrica de harinas de la localidad. Tuvieron tres hijos:“había pocas comodidades, no había ni lavadora ni calefacción, no como ahora que hay de todo y nos quejamos por todo”. A su madre nunca la escuchó quejarse, después de todo así les habían educado.

            Cuidaban pollos y María se animó a montar una Pollería, por ello en el pueblo la conocen cariñosamente como María “La Pollera”. Criaba pollos, los mataba, los pelaba y los vendía, realizaba todo el proceso completo y siempre contaba con la ayuda de una hermana. Probó suerte con el negocio y fue bastante bien; también tuvieron otros productos que complementaban el negocio. María se jubiló a los 65 años, le pilló la llegada del euro y le complicó muchísimo los últimos días.

            La madre de María comenzó a guardar el luto con 12 años, cuando un hermano marchó a la guerra de Cuba. Antiguamente, el luto condicionó mucho a las mujeres y, aunque su madre fue algo moderna, durante un tiempo no le dejaron ir a bailar. Las mujeres guardaban el luto vistiendo de negro, algunas llevaban una mantilla o un pañuelo negro sobre la cabeza. Algunas, muy estrictas, incluso no acudían a la boda de sus hijos o hijas por guardar un rígido luto, pues una boda no dejaba de ser una celebración. La mayoría de mujeres se casaban de negro y María no fue una excepción, se casó de negro y con un velo blanco: “casarse de blanco era un lujo”. Para la comunión si que vestían de blanco y los trajes se tenían que compartir o se vendían o compraban de segunda mano.

            Sobre los años setenta, unas 12 a 14 mujeres se pusieron a trabajar cosiendo gabardinas y luego pantalones para una casa de Zaragoza. Se instalaron en un local del ayuntamiento, que antes fue de la cooperativa “La Agrícola”. Fue muy importante y dio mucho trabajo a las mujeres.

            A María le ha gustado mucho salir a andar, salir a tomar la fresca por la noche y juntarse con los vecinos y vecinas; mientras cosían, hacían bordados, cruceta o bolillos. María quiere mucho a su pueblo y siempre ha colaborado y ayudado a mantener viva su memoria, guarda muchos recuerdos y una gran vitalidad que nos ha regalado transmitiendo la realidad de una vida pretérita que nos enseña tiempos que hemos dejado atrás, pero que no debemos de olvidar. ¡Gracias María!

          Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Marisol Frauca y a Cristina Labrador.

Pilar y Luisa, La fonda La Campana


La fonda de La Campana fue una posada de Alcubierre que albergó a gentes de paso, viajantes y tratantes, trabajadores y vecinos que buscaban refugio para pasar la noche o una estancia algo más prolongada. Luisa y Pilar regentaron y atendieron durante años la fonda y en su memoria se acumulan numerosas historias. Pero la gran historia es la vida de Pilar y Luisa, la vida de dos mujeres que con gran esfuerzo y trabajo dedicaron  su vida a sacar adelante la fonda y  sus familias.  

Pilar Moret Rostro

Pilar More Puyal

            Luisa y Pilar han dedicado más de cuarenta años a atender la fonda de “La Campana” de Alcubierre, una vida de dedicación, de día y de noche, sin parar. La fonda de La Campana tiene su origen en la familia de Luisa, de cuando su bisabuelo vino de Barbastro y la fundó en 1886.

            Luisa Cáncer Puyal nació en Alcubierre en 1927. En casa fueron cuatro hermanas y Luisa fue a la escuela hasta que comenzó la guerra. Al finalizar la guerra volvió a la escuela hasta que la terminó con 14 años. Después fue a servir a casa de Pedro Cura, casa que alojaba al cura y de ahí le venía el mote. Entonces, los criados de las casas iban a misa de los domingos a las siete de la mañana, mientras que los amos iban a la misa del medio día, a las doce de la mañana. Eran otros tiempos, no podían ni festejar, lo tenían que hacer a escondidas “teníamos que decir cada mentira que tronaba”. Se guardaba el luto, las mujeres vestían de negro, Luisa y Pilar recuerdan el caso de una mujer que le recriminaron por llevar un delantal de color estando de luto. Luisa se casó a los 25 años con Manuel Cáncer Casamayor, labrador de profesión, con quien tuvo dos hijos: María José y Alberto.

            Pilar More Puyal también nació en Alcubierre, el 7 de noviembre de 1934. Su padre fue albañil y fueron 13 hermanos. Fue muy poco a la escuela y con 10 años marchó a servir a casa de Ascensión Nogues, le pagaban 15 pesetas al mes y le daban de comer y alojamiento. Estaban hasta Santa Cruz, cuando quedaban libres y podían cambiar de casa, para San Miguel se rescindían los contratos de los trabajos del campo. Con 16 años comenzó a servir en la fonda de La Campana. Luego, a los 22 años, Pilar marchó a París donde durante cuatro años trabajó sirviendo en una casa. A su vuelta a Alcubierre, a los 27 años, se casó con el hijo del amo de la fonda, Jaime Cáncer Casamayor, con quien tuvieron dos hijos María Pilar y Pablo. Los maridos de Luisa y Pilar eran hermanos y ambos se dedicaron a la agricultura.

            “Después de una faena otra”. En la fonda atendían a gentes de paso, viajantes, pastores de trashumancia, ingenieros, agentes forestales… contaban con siete camas. El puerto de la sierra de Alcubierre era mucho más largo y cansado de pasar, sus más de trescientas curvas hacían de el un recorrido muy agotador que obligaba a buscar alojamiento en los pueblos más cercanos.  Luisa se encargaba de la cocina y Pilar servía las mesas. Gozaba de buena reputación la cocina de la fonda y mucha gente acudía por su comida tradicional. La media estaba en unas veinte personas por día. Lavaban muchos manteles, muchas sabanas… “antes el suelo se fregaba a rastro”.

            Ciclistas, tratantes, pastores trashumantes, viajantes, ingenieros, obreros, el equipo de fútbol del Numancia… muchas historias y muchos recuerdos acumulados en la memoria de Luisa y Pilar. Recuerdos buenos y malos, como algún que otro percance, como un ingeniero borracho que se metió en el cuarto de Luisa y su marido y otro ingeniero que, también  afectado por la bebida, cayó por las escaleras. A unos ingenieros les tuvieron que dar de cenar a las doce de la noche, lo que les supuso agotadoras jornadas. También se alojaron cazadores, algunos eran muy señoritos, como unos vascos que se negaron a comer junto a sus compañeros y tuvieron que separar las mesas.

            El veterinario del pueblo Don Pedro estaba fijo en la fonda. También estuvo en Alcubierre de veterinario el Padre de Eloy Suarez. Un caso curioso fue el médico vietnamita Juan Wu Tai,  que ejerció en Alcubierre y por la década de 1970 estuvo alojado en la fonda de La Campana.

            Todos los días preparaban muchos bocadillos para los clientes, limpiaban los pozales y subían el agua a las habitaciones y al antiguo baño.  El agua la iban a buscar al Balsón o a la balsa de Valmediana, la acarreaban en un carro con una cuba de madera que tiraba un macho, con 22 cubadas llenaban el aljibe de la fonda. Después, con una bomba sacaban el agua del aljibe. En Alcubierre había pozos públicos, aunque la mayoría de las casas tenían su propio pozo. En la fonda sacaban cada día catorce pozales para lavar. Con el agua de los pozos regaban los huertos y en verano servía de fresquera, metían la comida en el pozal para conservarla y lo descendían en el pozo hasta casi tocar el agua.

Entrevista Pilar y Luisa

Pilar y Luisa durante la entrevista.

            Un plato muy típico para almorzar eran las “sopas duras de pan”, en la sartén con aceite echaban unos ajos que luego retiraban, después freían longaniza y panceta, añadían pan mojado, se daba vueltas mientras se iba haciendo hasta que quedase como una tortilla. Muy famosas eran las croquetas y rodajas de cebolla rebozadas, los domingos era un día que mucha gente iba a comer por placer. Hacían tres platos para cada comida, en la fonda tenían pollos, conejos, tocinos. Era muy habitual jugar a las cartas, incluso había quien iba de propio para jugar y apostar a las cartas.

            Durante la guerra mucha gente marchó a vivir en los corrales fuera del pueblo, Luisa se pasó más de 18 meses. La fonda fue ocupada por los altos mandos del ejército del frente de Alcubierre. El 18 de julio se encontraban los milicianos formando en la plaza de Alcubierre cuando aparecieron los aviones fascistas, el mando tardó en dar la orden de romper filas y cuando comenzó el bombardeo pilló a los milicianos, muchos resultaron muertos y heridos. El hospital lo montaron en casa Ruata, casa que fue saqueada. En casa Calvo montaron la cooperativa. Tras la guerra con la cartilla de racionamiento iban a casa María León.

            En las cocheras de la fonda se molía el yeso, aún queda la columna central que hacía de eje. Una estaca de caballo costaba unas 5 pesetas al día y un burro 3 pesetas, la paja y la cebada iba incluida.

            Tiempos pasados que quedan en la memoria, muchas historias, muchas vivencias en la fonda de La Campana. Gracias a Luisa y Pilar las puertas de la fonda siempre permanecerán abiertas en sus recuerdos y en sus vidas, mujeres rurales y monegrinas.

           Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Alberto y María José Cáncer y a Alberto Lasheras.

 

 

Elena Encuentra Nogues


El éxodo rural provocó la migración a las grandes ciudades, principalmente a Barcelona, Madrid o Zaragoza. Muchas mujeres marcharon a servir en busca de una vida mejor y allí acabaron haciendo su vida.  La vida de Elena es una de aquellas historias, historias que el  paso del tiempo y la distancia se han ido borrando de la memoria colectiva.

Elena Rostro

Elena Encuentra Nogues

            Elena Encuentra Nogues nació en Sariñena en 1944. Su padre Placido Encuentra, natural de Ballobar, fue sereno de Sariñena junto a Paco “El Manco”, ambos vigilantes de la noche sariñenense con su chuzo y capote característico. Su madre Antonia Nogues Roy trabajó de cocinera en las escuelas nacionales. Se conocieron en Barcelona, donde Antonia había emigrado para servir en una casa, mientras Placido trabajaba como portero. De familia humilde fueron cuatro hermanos: Nati, Elena, Leonor y Placido, todos acabaron emigrando a Barcelona. No tenían tierras, solamente un pequeño huerto que su padre cultivaba cuando podía.

            Elena iba a la escuela con alpargatas de esparto, eran blancas y las llevaba hasta en invierno. De camino a la escuela pasaban por la plaza de la Iglesia donde se formaba un gran charco que en invierno se helaba, rompían el hielo por diversión y se mojaban las alpargatas, luego iban a clase con los pies mojados y completamente helados. Elena recuerda su amistad con las chicas del Hotel Anoro.

Elena encuentra madre

Antonia Nogues

            Su madre iba a recoger el carbón que tiraban a la vía los trenes que pasaban por Sariñena. Iban muchas mujeres y volvían con los sacos llenos de carbón sobre sus cabezas, recorriendo los más de tres kilómetros que dista la vía férrea de Sariñena. Recogían el carbón quemado que aún se podía aprovechar y algún lingote que los maquinistas tiraban desde el tren. Una vez un lingote de carbón le dio en la cabeza a la pobre Antonia, que quedó muy dolorida. A veces llevaban una pequeña carreta para transportar el carbón, pero lo normal es que lo llevasen en sacos. Una vez en casa clasificaban y separaban el carbón según la calidad, por el color a veces cogían los “cagacierros”, carbón quemado que ya no servía y que tenían que tirar. La gente iba a las casas de las carboneras a comprar el carbón para calentarse en casa. Era una forma de ganarse el pan, para quitarse el hambre que tanto padeció la sociedad española de la postguerra.

          Iban a respigar los campos una vez segados, en una ocasión un guardia les denunció. El trigo lo iban a moler para hacer pan o hacer aquellas farinetas que tanta hambre quitaron. Con la cartilla de racionamiento iban al estanco donde les daban un kilo de harina o de arroz. Elena recuerda ir a pedir el Cabo d´año por las casas de Sariñena, a veces les daban un higo. Cuando había una boda ofrecían las sobras a las personas más necesitadas. Al Romea iban a pedir los posos del café que aprovechaban para hacer de nuevo café, “No había leche y así se hemos quedado, con males de huesos”.

           De Fraga venía Beltran a vender naranjas, a la plaza de la constitución, donde estaban los coches de Anoro y de Hispa. Su madre cambiaba un pozal de naranjas por trapos y para ganar peso ponía viejas alpargatas mojadas, así podía llevarse un pozal repleto de naranjas que hacía los gozos de Elena y sus hermanos. Una gran felicidad, la necesidad, el hambre obligaba. Una tía que servia en Terrasa les mandaba ropa que su madre cosía y arreglaba para que tuvieran ropa. La madre de Elena no era modista, pero sabía coser muy bien. A lavar iban al río o al lavadero que había cerca de las monjas.

            Elena no llegó a acabar sus estudios, con unos doce años se iba a cuidar a niños. Con unos 13 o 14 años fue a trabajar a casa de Salavert. A los quince años, sobre 1958, marchó a servir a Barcelona. Marchó en tren con su hermana y gracias a su tía pudo comenzar una nueva vida. Ya sabía lo que se iba a encontrar, escuchaba la radio y estaba muy informada. A pesar de las inseguridades, los sueños se abrían a un mundo de posibilidades. Al principio trabajó en una casa con seis hijos, trató de prosperar y estuvo sirviendo hasta en tres casas más. Con su hermana lucharon para conseguir un piso de protección oficial que al final consiguieron.

         Su madre murió en Sariñena en 1963, a los 54 años, y a los dos años su padre y hermano se trasladaron a Barcelona para vivir con ellas. Elena se casó en 1969 y ha tenido dos hijos y seis nietos, actualmente reside en Sabadell. Elena mira a su pasado sariñenense con sentimientos y sensaciones encontradas, de unos tiempos humildes donde gracias al trabajo y al esfuerzo de su madre pudieron salir adelante: “Las mujeres sufrían todo, soportaban la casa, eran las que más trabajaban y las que menos recibían”.

               Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros.

Joaquina Ardanuy Ripoll


Joaquina me recibe en su casa junto a dos de sus tres hijas, con Pili y Josefina Monter. Sorprende su vitalidad, su  memoria y aspecto físico a sus 102 años, lo que no es de extrañar en una casa que rebosa armonía y creatividad, música y pintura, espiritualidad y creatividad. Gracias a Joaquina descubrimos un valioso testimonio de la vida monegrina, de una generación que vivió una gran transformación tecnológica y social.

joaquina-rostro

Joaquina Ardanuy Ripoll

            Joaquina nació en Sena el 25 de noviembre de 1914. De casa “La Morena”, familia de labradores y hortelanos, fueron cuatro hermanas y dos hermanos. Tenían un pequeño rebaño ovino y cuatro mulas que pastoreaba un pastor común a otras casas de Sena; Joaquina recuerda como a su madre le gustaba mucho ir a pajentar el ganado.

            Joaquina fue a la escuela hasta los catorce años y aprendió a coser con las monjas. Desde niña hacía labores de casa, como ir a buscar agua a la acequia de Sena y al río con una burra. En verano, el río Alcanadre llevaba poca agua, “por eso lo llamábamos el matapanizo”. En la acequia existía un molino harinero y un lavadero donde iban las mujeres a lavar la ropa. El lavadero era muy bonito, con unas losas grandes y allí se juntaban para lavar la ropa. Era un lugar de encuentro social muy importante para las mujeres, donde hablaban y contaban chismes. También se juntaban las casas vecinas y familias para “tomar la fresca”, por las noches de verano después de cenar.

            En Sena siempre ha habido una buena huerta y los melones han sido el producto estrella, la tierra y las semillas de toda la vida han dado melones de un sabor exquisito: “para melones, los de Sena”.

joaquina-ardanuy

Joaquina por Josephine Monter.

            En casa de Joaquina tuvieron dos vacas que debían de ordeñar, la leche la vendían a otras casas. Las mujeres se ocupaban de hacer la comida, de lavar, de fregar, de cuidar de los hijos… múltiples tareas en un sin parar. En Sena había dos hornos, se amasaba en casa y se llevaban al horno para cocer. Durante la época de siega subían a las masadas de los campos las familias enteras, se pegaban más de un mes sin bajar a Sena, así que se llevaban hasta las gallinas al monte. Subían antes del mes de agosto hasta que terminaban las faenas de la siega del cereal. Existían balsas fraguadas en piedra que conservaban bastante bien el agua para consumo humano, tristemente han desaparecido casi todas. Para el ganado aún se conservan dos grandes balsas comunales

            Joaquina vivió la llegada de la radio a Sena y también del cine. De la mano de Mosén Rafael Gudel, Joaquina escuchó, a través de unos auriculares, por primera vez la radio en 1920. “El Cureta”, como cariñosamente conocían en Sena a Mosén Rafael Gudel, fue una revolución para la localidad monegrina, una persona muy culta, amante de la música, la fotografía, la arqueología… “aunque tenía mucho genio”. Gracias a su amistad con unos ricos cazadores barceloneses consiguió regalos difíciles de obtener que sorprendían en el pueblo. Mosén Rafael trajo el cine a Sena, Joaquina recuerda verlo en la abadía durante la doctrina (catequesis). El Cureta ponía en las escaleras una tela blanca y proyectaba cine mudo. “Cuando en alguna película una pareja se besaba, Mosén Rafael decía que la mujer era sorda”, por eso el hombre se acercaba tanto, para decírselo al oído.

            Fueron tiempos que el mundo cambiaba rápidamente, donde pasaban de alumbrase con velas, candiles de aceite o el quinqué de petróleo a ver llegar la luz eléctrica. La luz llegó a Sena gracias al molino de harina. Al principió, en casa de los padres de Joaquina pusieron dos luces. Una luz en la cocina y otra en la cuadra, pero al ser conmutadas no podían tener encendidas las dos a la vez, así que cuando encendían la luz de la cuadra se quedaban sin luz en la cocina.

joaquina-ardanuy-2

Manos, por Josephine Monter.

            Joaquina vivió la Guerra de España, su padre y su novio tuvieron que ir a luchar al frente. Sena estaba lejos del frente, pero la aviación pasaba a menudo y tenían que correr al refugio. El paso de tropas por Sema protagonizó uno de los hechos más tristes para el patrimonio monegrino y aragonés: la destrucción de parte del conjunto monástico de Santa María de Sijena por milicias catalanas. Joaquina fue testigo directo de la profanación del sepulcro de Doña Sancha de Castilla, un testimonio muy importante que reproducimos en su integridad: “En Sena había militares que venían a descansar del frente, unos iban y otros venían. Entonces se fueron a Sijena (al monasterio) donde estaba la momia de Doña Sancha, estaba allí enterrada. Los militares estaban sin hacer nada y bajaron a Sijena donde destrozaron bastante y sacaron monjas que estaban allí enterradas. Por Sena estuvieron jugando con una momia que el médico reconoció como Doña Sancha, a quien al final tiraron tras una tapia. La tiraron al corral de una tía mía y la pobre mujer fue a dar vuelta a las gallinas y se encontró con la momia, dime tú que susto se llevó. Entonces avisó al pueblo y el pueblo la subió al cementerio y la enterraron”. No se sabe exactamente en que parte del cementerio de Sena se enterró, para el pueblo no fue fácil.  Joaquina recuerda que el cuerpo de Doña Sancha se conservaba bastante bien, “debía de estar muy bien embalsamada”. En el saber popular de Sena se cuenta que la momia de Doña Sancha presentaba el abdomen característico de mujer que había tenido descendencia, por eso la reconoció el médico senense.

            Joaquina se casó con José Monter Escalona, carpintero y constructor de carros de profesión. Tuvieron cuatro hijas, Teresa, la primera, murió con tan sólo tres meses, después nacieron Pilar, Josefina y Charo. A Sena venían muchos chicos de otros pueblos a trabajar en el campo y en los talleres de carros. Fue el caso de José Monter, que se inició en el taller de Agustiner hasta que años después instaló su propio taller de carpintería.

           Los carros los venían a comprar desde toda la provincia y muchos se vendían en Fraga y después se mandaban a Cataluña. Los cuatro talleres de carros de Sena fueron los de casa de Timoteo, de casa Agustiner, de casa el Chel y el taller más antiguo de casa el Carretero.

            En Sena había dos cafés bastante grandes, había mucho ambiente en el pueblo y gozaba de mucha vida, en las fiestas había hasta dos orquestas. Una noche muy especial era el canto romance, que permitía salir a los más jóvenes hasta muy tarde. También se hacía baile y el dance en la plaza, se juntaba todo el pueblo, era una verdadera fiesta. Por Sena pasaban comediantes, algunos llevaban música y al final pasaban el plato, pero mucha gente no tenía mucho que darles, “unos comediantes traían una mona y la hacían bailar”.

            Joaquina y su marido José adquirieron la casa del antiguo cuartel de la Guardia Civil, donde ahora reside con sus hijas Pilar y Josephine. José monto su carpintería en los bajos de la casa y se le recuerda como a un gran artesano de la madera.

       Queda la nostalgia de aquellos tiempos pasados “cuando no había mucho pero se disfrutaba de lo poco que se tenía”.  Tiempos que quedan en los recuerdos y en la memoria, que gracias a Joaquina continúan vivos formando parte de nuestra historia, donde las mujeres jugaron un papel fundamental.

          Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Pilar y Josefina Monter.

María Jesús Peña Pellicer


Con la construcción de nuevos pueblos en Los Monegros llegaron familias de diferentes lugares de España. Aunque principalmente los nuevos pueblos de colonización acogieron a familias aragonesas, en La Cartuja de Monegros  podemos encontrar vecinos de todas las comunidades de España. Un crisol de culturas ejemplo de convivencia en uno de los pueblos más jóvenes de España. Comenzar una nueva vida en un pueblo nuevo no fue fácil y la historia de María Jesús es una de las muchas historias que se escribieron con la formación de los nuevos pueblos de colonización.

jesusa-2

María Jesús Peña Pellicer

            María Jesús Peña Pellicer nació en Litago en mayo de 1923, pueblo de la comarca aragonesa de Tarazona y el Moncayo. De casa Puparra, su familia trabajó tierras de huerta y llevó un pequeño ganado ovino de unas cien cabezas, además de tener en casa caballería. Fueron cinco hermanos y Jesusa, como cariñosamente la llaman, fue a la escuela hasta los catorce años: “había un maestro para los chicos y una maestra para las chicas”. Cuando dejó la escuela hacía faenas propias de la huerta: ir a entrecavar, regar, sembrar, segar, trillar… “Allí no se pasó hambre, pero hubo que trabajar muchísimo, menos labrar me ha tocado hacer de todo”. Cuando acababan la siega iban al monte a coger chordones (frambuesas) que luego vendían en Tarazona.

            Vivió la Guerra de España en Litago, durante la cual murió su padre en 1937. Todos los hombres tuvieron que partir al frente y un hermano de Jesusa fue llamado a filas. Las mujeres, que se habían quedado solas, tuvieron que tirar para adelante con todas las faenas. Al terminar la guerra se racionalizaron mucho los alimentos y, para no pasar hambre, tenían que ir a escondidas a moler el trigo para hacer pan.

            María Jesús se casó con Sabino Macaya Miguel y los primeros años vivieron en Litago, donde tuvieron cuatro hijos. Sabino luchó en la Guerra de España y luego realizó el servicio militar durante tres años en África. En Litago construyeron una casa aprovechando un terreno que Jesusa había heredado de su madre. Sabino trabajó en la huerta y en la plantación de pinos, en el actual parque natural del Moncayo.

            Jesusa llegó a Sodeto sobre 1963, a los cuarenta años de edad. Tras el anuncio de la creación de pueblos de colonización, muchas familias presentaron solicitudes para ir a habitarlos. Muchas familias de Litago presentaron solicitudes para San Jorge, pero a ellos la suerte se decantó por el monegrino pueblo de Sodeto.

            Su marido y una hija se adelantaron un año antes para sembrar el campo y cuidarlo hasta su cosecha. Así que cuando Jesusa llegó a Sodeto ya había gente viviendo, llevaban más de un año en el pueblo. Había luz pero en las casas aún no había agua, llegó un poco más tarde y mientras tenían que ir a buscarla a la fuente de la plaza. El plan inicial para construir Sodeto era curioso, construir una casa en cada lote, pero al final no se llegó a realizar, aunque podemos encontrar algunas casas salpicadas por los campos de Sodeto. Primero construyeron las casas y luego los corrales, Jesusa recuerda dar de comer en casa a albañiles de Lanaja. A cada familia le correspondía casa, lote de ocho hectáreas, dos vacas y un remolque. Las vacas estaban preñadas y cuando parían, si eran hembras, las debían de cuidar para entregar a otras familias, de Litago se trajeron un caballo.

            A Jesusa en Sodeto la conocían como la “Litaguera”, el pueblo era una gran familia y allí tuvo a su quinto hijo. Pero a pesar de encontrar un buen ambiente y mantener una excelente relación con los vecinos, les tocó una tierra muy mala que no filtraba, de buro (barro). Sembraron una faja de patatas que acabó encharcándose y al final se pudrieron. También pusieron remolacha y alface (alfalfa), pero esa tierra sólo valía para el arroz. Tras cinco años en Sodeto les dieron la posibilidad de ir a vivir a otro pueblo. Así que familias que habían recibido lotes malos fueron a los nuevos pueblos de colonización de la Cartuja de Monegros (2 familias) y San Juan del Flumen (3 familias), alguna familia decidió quedarse en Sodeto.

            “En los pueblos de nueva construcción existía la figura del mayoral, un guarda del IRYDA (Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario).  El mayoral recibía a las nuevas familias, les enseñaba el lote y vigilaba el buen funcionamiento del pueblo. En Sodeto, el mayoral tenía la parada, donde llevaban las vacas y las tozinas para inseminarlas con los sementales.”

jesusa-4

Jesusa en su casa de la Cartuja de Monegros.

            La familia de Jesusa marchó al pueblo de la Cartuja de Monegros en 1968, con casa y lote de doce hectáreas. Los lotes se regaban por fajas, al principio con acequias de tierra y después de hormigón. Llevaron ocho vacas de leche y además les concedieron tener la parada, que siempre era una buena fuente de ingresos. En Cartuja de Monegros no había parada y los vecinos tenían que ir a Lanaja. Tener la parada fue una gran noticia que ya les comunicó el mayoral de Sodeto, antes de marchar a la Cartuja de Monegros.

            En la Cartuja de Monegros ya había agua y luz cuando llegaron, el pueblo se fundó en 1968. Se creó escuela, tienda, consultorio médico y una vecina hacía de guardería para los más pequeños del pueblo. En el pueblo vivía un cura que hacía misa a las Bastaresas en el monasterio del la Cartuja de las Fuentes

            En casa instalaron un molino, Jesusa tenía que atender a los vecinos que acudían a moler maíz o trigo y además tenía que sacar el toro cada vez que lo reclamaban como semental. A partir de los años ochenta comenzaron a pagar mal la leche y la gente se quitó las vacas. En todas las casas había vacas lecheras, una media de treinta vacas. Ordeñaban a mano y a las siete de la mañana recogían la leche de la tarde anterior y la que ordeñaban aquella misma mañana, se levantaba a las cinco de la mañana. Con el tiempo, en las casas instalaron ordeñadoras. Y también había que atender la casa, no se paraba nunca de trabajar.

            Jesusa guarda muy buenos recuerdos de Sodeto y una gran añoranza de su Litago natal a las faldas del Moncayo. Pero con el paso del tiempo, los nuevos pueblos y sus gentes han sabido construir un hogar que legan a las generaciones futuras, un esfuerzo que aún continúa tratando de mantener vivos nuestros pueblos monegrinos.

   Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Rafael Macaya Peña.