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Cueva del capitán y otras de Robres


El frente de Aragón, durante la guerra de España de 1936 a 1939, se estableció, en parte, en la sierra de Alcubierre. Particularmente, la localidad de Robres estableció su propio sector defendido por milicias de la columna Carlos Marx, ubicando su cuartel general en la localidad vecina de Tardienta. Más hacía el frente de Alcubierre, operaron la columna Macià-Companys y milicias del POUM, esta última estableciéndose con fuerza en la población y demás posiciones de Alcubierre.

En la ruta de la memoria democrática de Aragón, del Frente de Los Monegros, entre otros vestigios, en Robres se señalan los refugios y trincheras cerca de la posición de La Pajera en plena sierra de Alcubierre, destacando una serie de seis cuevas excavadas por el hombre durante la contienda.

Las cuevas se localizan a unos 2,6 kilómetros de Robes, partiendo desde Robres dirección al indicado refugio de la Pajera (Coordenadas aproximadas 41.851715, -0.493747). De acuerdo con Víctor Pardo Lancina, ciudadano, escritor, periodista y gran investigador de la guerra en el Altoaragón, las cuevas se ubican “En el punto kilométrico 2,6, se alza en la parte derecha del camino un montículo conocido popularmente como «Grada Blanca», si bien la denominación topográfica es la de Val Socarrada. Se encuentra exactamente en la ladera de la cota 500, en cuya superficie se ha construido una balsa para almacenamiento de agua destinada al servicio de granjas ubicadas en el entorno. El aspecto desmochado del montículo es inconfundible, apreciándose, además, un desbordamiento de lodos que, precipitados hacia el campo, han laminado parte de la ladera sembrada de matorrales. Mapa Topográfico Nacional de España. Robres. 324-III.”

Las cuevas, excavadas aproximadamente en septiembre de 1936, aparecen a media cota, en la zona conocida como «la filada»: “Se pueden observar seis oquedades y una depresión en tierra que ofrece el aspecto de una cueva hundida.” Víctor Pardo Lancina aporta una detallada descripción de las cavidades, un conjunto que “ofrece una interesante panorámica de las condiciones de vida de los artilleros durante el conflicto”.

  • El primer agujero a la izquierda, el más próximo al camino, es el resto de una cueva que tuvo grandes dimensiones pero que sólo se conserva en parte: 1,5 metros de profundidad e idéntica altura. Se accede, como en las demás, a través de un breve surco practicado a la entrada.
  • La segunda cueva, hacia la derecha, se encuentra igualmente en estado semi ruinoso.
  • La tercera oquedad aparece hundida, y es bien visible el desmonte a pesar de matojos y rastrojeras.
  • El cuarto de los refugios se conserva en buen estado, siendo sus dimensiones de 5 metros de fondo, 3 de ancho 1,5 de alto. Es de señalar una suerte de habitáculo contiguo que servía como hogar o lugar destinado al fuego, siendo bien visible una gran chimenea que se abre a la ladera en un diámetro de 80 centímetros. Excavada en tierra arenisca, son visibles las vetas de yesos, mineral abundante en todo el terreno.
  • La antepenúltima de las excavaciones es la conocida como «Cueva del Capitán», en la que se llegaron a refugiar y pernoctar hasta 17 personas, de acuerdo con el relato de Miguel Bolea Cuello, artillero y colaborador en los trabajos necesarios para adecuar el habitáculo. En la actualidad se conserva una gran sala en la entrada de 4 metros de profundidad y 3 de anchura, con una altura de 1,6 metros. Al fondo se abre otra oquedad de 3 metros de anchura y 1 metro de fondo. Repisas laterales practicadas en la tierra y una chimenea en la parte derecha son bien visibles en el interior de esta cueva. La denominación de «Cueva del Capitán» deriva del hecho de albergar en la misma el mando de las piezas artilleras y obuses de 11,5 mm instalados en el entorno. Además, en el techo un miliciano esculpió una estrella de cinco puntas labrada en un círculo de piedra, adherido a la tierra compacta, de casi un metro de diámetro.
Cueva del Capitán. Fotografía Víctor Pardo Lancina.
  • A la derecha, en la parte de la ladera más lejana al camino, la penúltima de las cuevas se encuentra totalmente arruinada.
  • En la zona superior, entre la «Cueva del Capitán» y la última mencionada, aparece otra también en estado de deterioro, si bien todavía es perceptible una oquedad de 2 metros de anchura y 1,5 de fondo. La entrada se halla muy poblada de vegetación y se hace complicada su localización en la ladera.
Estrella cueva capitán Robres. Fotografía Víctor Pardo Lancina.

Ya en las afueras de la localidad se encuentra el refugio de la Pajera, en un montículo conocido como Grada Blanca (Val Socarrada). En la vaguada se excavaron seis cuevas, la de mayor tamaño para albergar hasta diecisiete personas, la Cueva del Capitán, en cuyo techo se grabó una estrella de cinco puntas dentro de un anillo circular de un metro de diámetro.

Escenarios de la Guerra Civil en la provincia de Huesca. Paseos por la Historia.
Diputación Provincial de Huesca.

Imagen Guerra Civil en Aragón. Comarca de Los Monegros.

Las excavaciones fueron construidas por la mano del hombre. Cinco de ellas son más bien pequeñas, pero en la sexta se refugiaron y pernoctaron hasta 17 personas. Es llamada “la cueva del capitán”. En el techo de esta última se labró sobre el techo una estrella de cinco puntas dentro de un anillo circular de un metro aproximadamente de diámetro. La que conserva la estrella es de las últimas a la derecha mirando el conjunto desde la pista.

Memoria Aragón Democrática Frente Rutas de memoria de Aragón.

Las cuevas se encuentran en mal estado de conservación con problemas de humedad, afectadas por la construcción de una granja y balsa en sus proximidades, La estrella de cinco puntas ha sido de lo más destacado de las cuevas, siendo incluso utilizada su imagen por la comarca de Los Monegros en su difusión y puesta en valor del patrimonio de memoria histórica de la comarca monegrina «Patrimonio recuperado». Lamentablemente se ha perdido, tal y como cuenta Víctor Pardo Lancina “El gran fragmento desprendido se encuentra en el fondo de la cueva”. Es paradójico su puesta en valor y a la vez la falta de protección, un patrimonio que vamos perdiendo.

La escuela del Barrio de la Estación en los años sesenta.


A mí me gustaba mucho ir a la escuela; tanto debió ser que le cogí gusto y no dejé de hacerlo en toda mi vida. Dicen que la vocación para dedicarte a la docencia te la suele contagiar alguno de los maestros que has tenido viéndolo disfrutar dando clase; por este motivo les doy las gracias porque de alguna manera decidieron que me dedicara a esta profesión tan bonita, arriesgada y emocionante.

Por Asun Porta Murlanch.

Merendola. Mari Carmen Garcés, Montse Blasco, Asun Porta, María José Villa y María Rosa Sancho, también está Mercedes Pérez en el lado izquierdo

Pero vamos a los años sesenta…

Salíamos de casa con mi hermano cartera en mano ―no se habían inventado las que iban cargadas a la espalda y, si existían, al Barrio de la Estación no habían llegado―.  Íbamos  con unos minutos de antelación porque nos gustaba entretenernos por el camino con cualquier cosa: un hormiguero, un gorrión que se había caído del nido, el perro de Francisquer que lo incordiábamos y nos encorría siempre. La despedida de mi madre era: ¡cuidado con el tren! Cruzábamos las vías varias veces al día: para ir a la escuela, a la iglesia, a comprar, a ver a los amigos… La estación,  el traqueteo de ir y venir de los trenes, su característico pitido, los raíles y las personas que trabajaban allí, así como las familias que en aquella década vivían en el Barrio, formaban parte de nuestra vida.

Mi hermano José Luis  iba a la clase de los chicos y yo a la de las chicas como era normal en aquella época. El número de alumnos variaba de año en año pero entre los dos grupos rara vez bajábamos de los veinte.

La cartera nos pesaba poco, unos llevaban el Catón, el Parvulito o una cartilla para aprender a leer y los cuadernos de caligrafía; otros, los más mayores, llevábamos la enciclopedia Álvarez (que era un libro más grueso donde estaban todas las materias), el cuaderno de dos líneas ―indispensable para seguir haciendo buena letra, cosa que conmigo no funcionó―, el plumier de madera con unas pocas pinturas, las plumillas, la tinta china de colores, el lápiz, la goma de Milán, unas cuantas pinturas y el tajador. Y no faltaba alguna canica, los cromos para cambiar, las chapas aplastadas por el tren que colocábamos con cuidado en los raíles, la goma para jugar y hasta algún tebeo del Capitán Trueno o Jabato que nos encantaban.

Las clases tenían unos enormes ventanales orientados al sur por donde nos entraba el sol. Enfrente de la entrada, una pizarra enorme con su clarión ―que es una palabra preciosa que con el tiempo pasó a ser tiza―, la mesa de la maestra, los pupitres, un armario con libros y en el centro una estufa. Al lado, un cuarto donde se guardaba el carbón, el pozal con el badil para recoger el carbón y llevarlo a la estufa, algo de leña y apoyados en una esquina los mapas enrollados, algún armario, una mesa y algún pupitre viejo.

Los pupitres estaban perfectamente alineados. En la madera estaban las huellas, a modo de muescas o pequeños dibujos que habían labrado en algún momento de rabia o despiste nuestros predecesores y que permanecían con los años. En la parte alta había un surco alargado para dejar el lápiz y  un hueco redondo para poner el tintero y así poder copiar textos a plumilla o pintarlos con la tinta china de colores.

Al entrar, antes de sentarnos, rezábamos o cantábamos alguna canción patriótica, que era lo que en aquellos años dictaban las normas, después corregíamos las cuatro operaciones que nos habían puesto de deberes: una suma de «tres pisos», una resta de llevar, una multiplicación por cuatro cifras y una división enorme. Los más mayores también debíamos hacer un par de problemas de cuatro operaciones, que en nuestro caso servían como punto de encuentro de toda la familia. En mi casa los hacíamos entre todos, mi padre decía que al final se trataba de entenderlos para saber contestar al día siguiente las preguntas de la maestra.

No nos librábamos ningún día del dictado, y si teníamos faltas había que escribirlas decenas y cientos de veces,  hasta que las habíamos interiorizado correctamente. También si nos portábamos mal el castigo más normal, además de algún cachete o quedarnos sin recreo, era el copiar cien veces: me portaré bien. La verdad es que no daba mucho resultado pues el que era travieso y algo movido, pronto se le olvidaba.

Leíamos y copiábamos cuentos, fábulas, vidas de santos, trozos de la historia de España llena de héroes, conquistadores y reyes justos y valientes. Esos trozos de la historia o definiciones gramaticales las debíamos aprender de memoria,  la mayoría de las veces sin entender siquiera qué significaban. Nos sucedía igual con el catecismo, nos lo sabíamos de memoria aunque mucho de lo que allí se explicaba no lo entendiéramos muy bien.

Alguna tarde las chicas dedicábamos un rato a coser porque se suponía que en un futuro necesitaríamos zurcir calcetines, bordar sábanas y mantelerías…, pero sobre todo remendar la ropa que en aquellos tiempos no era muy abundante. Todas teníamos un pañito de batista blanco dónde entrenábamos con finura y paciencia: pasadas, punto atrás, sobrehilar, bodoques, punto al lado, bordado de lagartera, cadeneta… También hacíamos trabajos manuales con granos de arroz, garbanzos o pinzas de madera como los chicos, y dibujábamos. Recuerdo especialmente una técnica que me gustaba mucho: el calcado. Si querías copiar un dibujo del libro, por ejemplo Santiago Apóstol, debías calcarlo en papel de celofán que era traslúcido, le dabas la vuelta y ennegrecerlo con el lápiz, entonces lo colocabas sobre el cuaderno y lo volvías a repasar teniendo mucho cuidado que no se moviera pues le podía quedar algún pie o la cabeza fuera de su sitio al Santo Apóstol.

En los primeros años de la década al salir al recreo ya estaba preparada el agua caliente para echarnos los polvos y hacer un vaso de leche. Obligatorio tomarla. Recuerdo el olor a vainilla, el sabor dulzón y como se deshacían los grumos en la boca. A nosotros nos gustaba más la leche de vaca que nos traían de Capdesaso o íbamos a comprar a casa de la Señora Antonia y el señor Feliciano, detrás de la escuela, que también tenían horno de pan y carnecería.

Teníamos un botijo para beber agua fresca colocado a la salida entre las dos clases, de él bebíamos todos. Alguna vez se llenó de bichos y alguno se los tragó con los consiguientes espasmos, arcadas y risas; claro, entonces no sabíamos que pasados los años los venderían como un gran manjar.

Aunque el espacio de recreo estaba limitado por la carretera y un camino, rara vez jugábamos solo allí. Nos movíamos por las casas de alrededor si tocaba esconderse.  En un pueblo que en nuestros ratos libres recorríamos  todos los rincones, poner límites a un espacio abierto es como meter en una jaula de pájaros una mosca. Todo el barrio era nuestra casa y por todo nos movíamos libremente.

En el mes de mayo hacíamos un altar a la Virgen con manteles blancos con puntillas y flores naturales que íbamos trayendo de las que teníamos en casa, del jardín o del huerto. Y todos los días, los diez últimos minutos de clase, rezábamos, recitábamos poesías  y le cantábamos canciones a la Virgen muy devotos, serios y formales.

Un año plantamos cipreses bordeando el recreo, cada uno el suyo para que lo  cuidáramos y estuviéramos orgullosos de verlo crecer.  Hoy, después de casi sesenta años, todavía se conserva alguno.

Hasta los diez años tuve de maestra a Dña. Tere Guillén, la señorita Tere como la llamábamos nosotros, le teníamos mucho cariño y respeto. Recuerdo su voz, su pelo rubio siempre tan bien peinado con esas ondas y sus gafas que a mí me parecían preciosas. En la clase de al lado tuvieron a Don Manuel y Don Ramón Sambía. Cuando faltaba la señorita Tere nos pasaban a todos a la clase de Don Ramón y nos encantaba porque sacaba su microscopio y nos pinchaba el dedo con un alfiler para ver los glóbulos rojos de la sangre, también las células de las hojas de la cebolla y los gránulos de almidón de la patata.

Alguna vez para la primavera solíamos hacer alguna excursión: nos íbamos a caminar un buen rato por algún camino cercano, parábamos a merendar y vuelta.

Cuando cumplí los diez años llegaron al barrio Don Francisco Pons y Dña. Urbana Ruiz que serían los que nos prepararían para examinarnos de bachiller en el Instituto Ramón y Cajal de Huesca, en junio y con una sola prueba por cada asignatura, ahí te lo jugabas todo. Entonces ya teníamos un libro para cada asignatura. Ella nos daba gimnasia y música a las chicas. Yo tenía muy mal oído y no había manera de solfear nada, así que, mi prima Trinita que estudiaba solfeo y piano me grababa en un magnetófono todas las canciones del libro, y todo era cuestión de oírlas cien veces hasta que te la aprendías de memoria: Sol-fa-mi-fa-sol-la-si-do-re-do-si-sol-fa-mi-fa-sol-la-si-do-la-sol… Si las repetías tal cual en el examen, tenías un sobresaliente. Yo no aprendí música pero alguna de aquellas canciones con su sol-fa-mi-,  no se me han olvidado.

D. Francisco me contagió la pasión por las matemáticas y las ciencias, sus explicaciones y ejemplos eran cristalinos y siempre te invitaba a razonar con sus preguntas.  Creo que su forma de explicar y de hacerme pensar fue el detonante de mi vocación de maestra. Para que me aprendiera sin dudar todos los rincones de España ―como así exigía el libro de primero de bachiller―, me hizo construir un gran mapa mudo y fuimos poniendo las cordilleras con chinchetas marrones, las ciudades con rojas, los ríos con azules, las provincias con negras, … y poco a poco aquel mapa se llenó. Llegamos a contar casi quinientas chinchetas por todo el territorio español. Con el tiempo y el esfuerzo bastaba con señalar una para saber qué era y dónde se situaba.

Salvo las matemáticas y el latín, todo lo demás debíamos aprenderlo de memoria, ¡hasta las tablas de gimnasia!: el libro de «pe a pa» porque en junio nos lo jugábamos todo a un solo examen. Lástima que el tiempo y el poco uso de algunas de las cosas que tanto nos costó memorizar se hayan borrado totalmente.

En el recreo jugábamos todos juntos, chicos y chicas: al corro, al chocolate inglés, a cortar el hilo, a la goma, a la comba, al escondite, a las tabas, a las canicas, al pañuelo, a «churro mediamanga y mangaentera», al diábolo, zancos hechos con latas, a hacer caminos en la tierra, puentes con palos…

En el barrio éramos una gran familia en el que la mayoría trabajaban alrededor del tren que en aquellos años funcionaban con máquina de vapor.  Cuando llegó el TAF con su motor de gas oíl todos nos alegramos pero al mismo ritmo que el motor de los trenes se modernizaba, la gente del barrio iba marchando, luego llego el TER, el TALGO, … y después ya prescindieron hasta del jefe de estación.

La escuela se cerró en 1971. Mi hermano pequeño tuvo que ir junto a otros niños del barrio, ya quedaban poquitos, a la escuela de Sariñena. 

El edificio de mi escuela se convirtió con el tiempo en un centro de la Cruz Roja donde mi hermano Jaime  junto con otros jóvenes de Sariñena hicieron la mili. Hoy es un centro social que se abre para las fiestas del Barrio o cuando algún vecino lo solicita. El recreo se ha arreglado como un parque y alguna vez, raramente, se ve algún niño con su madre o su abuela, pero si me acerco y cierro los ojos, aún puedo oír aquellas alegres canciones y el griterío con nuestras voces de niños.

La escuela ha cambiado mucho igual que la sociedad en la que vivimos pero, para cada uno, siempre formará parte de nuestras vidas porque mucho de lo que hoy somos lo empezamos a forjar en la escuela.

Asun Porta.

Villa de Sariñena


Sariñena villa inmortal, inconmensurable de tiempos pretéritos, noble historia, pasado, presente y futuro. Resistes imparable al tiempo, a la vera del Alcanadre que nos brinda su paso con sus aguas entrecortadas, badinas, ripas y frondoso y bello soto. Resistes, al igual que la altiva ermita de Santiago, fundada en tiempos por tu discípulo San Eufrasio, y permaneces erguida y entronada, con tu crucero, contemplando, con tu románica elegancia, la villa que tanto nos enorgullece, nos cuida y protege.

Contempla la ermita la huerta vieja, aquella que tanta hambre aplacó. Somos hijos de la huerta, de sus hortalizas y frutos, aunque seamos carnones, sariñenenses y sariñenensas somos hijas de la acequia Valdera y del Molino, de las jadas, jadicos y jadetas que tanto ahondaron la tierra y la hoz y dalla que tantos secanos segaron. Somos hijos del esparto, de los pastos y ganados que apacentaron tus agostadas tierras, encostradas y secas como una piel desnuda agrietada por la sed, de pastores de yermos y rabiosos secanos. Somos hijas de las Almunias, Cachicorba, las Ciquinaltas y Ciquinbajas, los Cajales y Corcullos, los Sasos, Presiñena o Puyalón, de Salaver, Miranda, Moncalvo, La Cenadilla y La Sandena, de las masadas, casetas, parideras y balsas, del barranco Malfaras y el Gallipuente. Somos hijos de la vid, las almendreras y oliveras, de las higueras, las manzaneras, minglaneras y pereras, de nuestros abuelos y abuelas. De los campos roturados, despedregados, de la transformación y modernización de regadíos, felizmente fértiles, regados con aguas del canal que tanto dolor causaron y la lluvia que tanto rogamos, Virgen de las Fuentes.

Somos hijas del cierzo, del bochorno, la boira y la ontina y el sisallo, de la aliaga y el ababol, de la tamarizera y la rabosa, de la cardelina y el gurrión, del ciquilín y el esparvero, de la sabina y la carrasca, del albardín y el jabalí, del arraclán y la gripia, somos polvo y al norte los Pirineos. Somos la Isuela y su corriente chispeante, de su devenir y porvenir. Somos de la sierra callada, de la sierra Alcubierre que da nombre a nuestros oscuros montes de Los Monegros. Somos de los yesos, del salagón y las calizas. Somos hijos del mallacán, del arar y labrar, de cosechar un futuro que espiga como la cebada y el trigo y despunta como el panizo.

Sí, somos hijos del sol, aquel que implacable nos domina desde el horizonte, aquel que nos forja como tierra árida y se abre paso en la vida. Siempre con rasmia y sin reblar. Corazón ardiente en cada amanecer y en cada vibrante atardecer, con su paleta de colores en el cielo, de rojizos profundos que hacen arder al mismo cielo. Somos hijos de la noche, de un firmamento rebosante de estrellas y un universo deslumbrante.

Sariñena palpitante, de calles inquietantes, con sus cicatrices del pasado, con sus arrugas que esconden tantas historias de sus gentes, de su ir y venir, de una villa de fuerte impronta y seña de identidad. Somos hijos de la adoba, del tapial, del ladrillo, cañizos y tejares, de sillares de areniscas y pueblo herido de guerra que siempre ha sabido volverse a levantar. Somos de cada casa, con su propio apodo o mote.

De Aragón, tierra y villa, escudo rojo corazón, entre ramas de olivo y laurel, corona real y cinco escudetes señales de Aragón, dorada ballesta, cargada de ilusión por una tierra baldía hecha hogar y paisaje, con el esfuerzo y lucha de sus gentes; nuestra memoria y legado.

San Salvador, rondan entorno a ti joteros y joteras con voz valiente y brava, templada y fuerte, bailan y honran danzantes sus antiguas danzas y vibra Sariñena al son de la gaita que tanto furor aguarda, tanto como amor te profesamos, villa de Sariñena.

Sariñena azul y blanco, azul como su laguna, oasis de Los Monegros y blanco como la pureza de su gente, que en nuestro corazón llevamos bordada nuestra villa, la inmortal y siempre eterna villa de Sariñena. Zagales y zagalas, quios y quias, peñistas, la agrupación de Peñas y el Casino, la albahaca y la Virgen de Loreto, el melocotón con vino, la pañoleta y el fajín ¡Preta el codo gaitero! Que Sariñena vibra con tan solo sentir el rugir del bordón, la bordoneta y el clarín con piel de culebra. Que comiencen las mudanzas y los palos a entrechocar, los cascabeles a resonar, los danzantes y volantes con su cintas rojas y verdes, el diálogo entre el mayoral y el rabadán -la pastorada-, el duelo entre moros y cristianos, el rosco, los dichos, el degollau y el tarirán a nuestro patrón san Antolín.

Historia y tradición. Cultura en un pueblo de artesanos, del tonelero y el botero, el guarnicionero, carnicerías y todas las tiendas y negocios de siempre, de sus plazas llenas de risas, de correteos por sus calles, por las Barceladas, el Carmen, Castillo Alto, Corruncueis, el Enado, el Mercado, el Mercadal, el Portillo, la Ronda de San Francisco o el Muro, por los Cuadrones o el barrio de la Estación y su patrón San Jorge, con sus silos, harinera y estación ferroviaria, por camino las Torres, los Esquiñones o los Olivares, por las eras, placetas y replacetas, el pesquero o las fuentes de Villanueva, del Cántaro, del Matadero, del León o la fontaneta del Juez y a la fresca, en las noches de verano, mientras el Alcanadre pasa sereno y tranquilo y en sus orillas late este lugar que llevamos grabado en nuestros corazones, querida villa, villa de Sariñena.

De los sucesos acaecidos en la Villa de Sarinyena a finales del siglo XV


           

 Los hechos que a continuación narro, bien pudieron haber sucedido en la vieja villa de Sarinyena en un momento en el que la Edad Media daba sus últimos coletazos y se avecinaba la era de la modernidad y la razón. Por aquel entonces gobernaba el reino de Aragón el Católico Fernando II apoyado en la sombra por la Inquisición y su brazo secular. Mientras tanto los judíos soportaban su enésima persecución.

Por M.A Corvinos Portella.

   La noche del 14 de septiembre de 1485 fue asesinado en la Seo de Çaragoça Pedro de Arbués, primer inquisidor general del nuevo Tribunal del Santo Oficio del reino de Aragón. El crimen, instigado por la comunidad conversa zaragozana, motivó una dura represión contra los judíos alentada por el pueblo y se extendió por todos los confines del reino aragonés.

 Hasta la villa de Sarinyena llegaron los sobresaltos de la persecución y seguramente por esa circunstancia ocurrió un suceso a finales del año 1487 en el que se vio envuelto un judío converso llamado Johan de Santa Fe. Era comerciante de productos agrícolas y ganaderos que exportaba a Levante y también prestamista cuando surgía la oportunidad. El vigilante que lo denunció aseguraba haberle visto leer el Talmud, mudarse de ropa los sábados y por si fuera poco hacer el ayuno del Yom Kippur.

  Esas acusaciones en aquellos tiempos revueltos, generalmente terminaban como poco con la ruina de los presuntos acusados. Por este motivo, las minorías conversas debían ir con mucho cuidado con lo que hacían o decían puesto que si alguno de ellos era sorprendido en actitudes contradictorias sería catalogado de judaizante “ipso facto”. También solía haber denuncias falsas guiadas por intereses personales, denuncias que si se llegaba a revelar su falsedad no acostumbraban a tener consecuencias para el desaprensivo confidente.

  En el caso que nos ocupa, el delator era un “familiar” (así eran llamados los vigilantes de la pureza cristiana) a las órdenes del tribunal inquisitorial y daba la casualidad que dicho confidente tenía una deuda de 300 sueldos jaqueses a un interés del 8% con el denunciado.

  Avisado el Tribunal de la Inquisición de Çaragoça por el prior de Sarinyena, no tardó en dirigirse el Santo Oficio a la villa para analizar si la denuncia era conforme a delito o no y obrar en consecuencia.

  Era pues el primer viernes del undécimo mes del año del señor de 1487 cuando el inquisidor ordinario Martín García, maestro en Sancta Theología, canónigo de la Seu de Çaragoça, vicario de dicho Sancto Oficio de la Inquisición y amigo de Pedro de Arbués, se llegó hasta la villa con el fin de iniciar las indagaciones pertinentes y los trámites necesarios que en estos casos se llevaban a cabo.

  Serían la cuatro de la tarde cuando, entre la bruma habitual del invierno monegrino, apareció el cortejo por el camino que viene de Çaragoça y que divide en dos a la laguna de la villa. El inquisidor se hacía acompañar de un teólogo llamado Agustín Oliván, del asesor doctor en derecho Andrés Palacios, del notario Juan de Anchías por si fuese necesario registrar las propiedades del encausado, de un escribano, de dos sacerdotes dominicos y de dos alguaciles.

  Aquella inquietante comitiva fue recibida por el sonido acusador de las campanas de la torre; también por distintas dignidades eclesiásticas como Juan de Rebolledo, primogénito de los señores de Salas Altas y Salas Bajas, abad de Montearagón y de San Victorian; por el converso Sánchez prior del priorato de Sarinyena; por mossen Salvador Gómez vicario de San Salvador y por el resto de clérigos y racioneros.

  Entre las autoridades civiles estaban los jurados de la villa, los cuatro consejeros del concejo, el notario, el sobrejuntero y el lugarteniente del justicia.

  Y como espectadores curiosos y ávidos de presenciar aquel primer acto de la morbosa representación teatral que se avecinaba, se llegó un gentío que con sus antorchas iluminaba el mortecino crepúsculo.

  El viejo lavadero, que es abastecido por la acequia denominada Baldera, sirvió como punto de reunión para grupos tan dispares.

  Después de los besamanos, bendiciones y saludos preceptivos, todos juntos se aproximaron a los altos muros que protegen la villa y sin entrar en ella cogieron el camino de la izquierda que bordea la muralla aproximándose al arrabal de los moriscos que habitan en la calle denominada Meca.

  Llegados al citado barrio, la turbamulta giró a la derecha y se dirigió al viejo convento de los franciscanos, que se halla contiguo a la iglesia de Loreto y cuya fundación data de mitad del siglo XIII. Allí, los del Santo Oficio fueron recibidos por el superior y por sus veinte frailes menores conventuales con sus hábitos de color gris. Después de las salutaciones y de un breve oficio litúrgico, los inquisidores y demás acompañantes religiosos tomaron alojamiento en el cenobio, los laicos en alguna dependencia del castillo y el resto se fue cada uno a su casa comentando preocupados la experiencia vivida.

  Al día siguiente sábado, Martín García, hombre circunspecto y de mirada sagaz, mandó al alguacil que clavara en la puerta de la iglesia del Salvador (antigua mezquita reconvertida hacia el año 1.141) un requerimiento por el que conminaba a todo el pueblo (158 fuegos, el equivalente a unos 700 habitantes) a que asistiera a la misa dominical del día 6.

  Amaneció para los “pecadores” el citado día entre nieblas, miedos y malos augurios. También amaneció para los cristianos viejos que, a pesar de su contrastada pureza de sangre, no las tenían todas consigo. Y, por supuesto, amaneció entre los muros terrosos del convento franciscano después de que se cumpliesen los rezos de maitines.  

   Aposentada definitivamente la luz entre los mortales, no tardó en abrirse el portalón del Monasterio de San Francisco. Salieron los clérigos entre las miradas de los curiosos y, sin mediar palabra, se fueron colocando en orden preeminente antes de dar comienzo a la procesión. En primer lugar, y abriendo camino, se situaron los dos clérigos dominicos, uno portaba la Cruz Verde de la inquisición enlutada con velo negro por la tristeza que causaban a la iglesia los agravios de sus hijos y el otro con una antorcha recordando el fuego del infierno. Inmediatamente detrás se colocaron las figuras del legado del Santo Tribunal y la del abad de Montearagón, después el resto de representantes inquisitoriales y clérigos. Seis frailes del convento flanqueaban con antorchas a la comitiva que con paso ceremonioso se dirigió hacia su destino entre el soniquete de las plegarias y la fascinación que produce el incienso.

 Accedieron a la villa por la puerta norte de la muralla y se fueron adentrando por entre las callejuelas bien empedradas de Sarinyena que desembocan en la plaza que acoge al templo vicarial. El gentío expectante no perdía detalle del ceremonial que le ofrecían los eclesiásticos y seguía atónito las evoluciones de los ministros de Dios.

  Mientras la procesión discurría hacia San Salvador, las campanas bandeadas por Johan de Corrigel no cesaban de recordar a los fieles cuál era su obligación esa mañana. En las puertas de la iglesia estaban esperando: el vicario Mossen Salvador Gómez; los clérigos Mossen Belenguer Martín, Mossen Carcassén, Mossen Guillem Dolz y Mossen López Conesa; los 18 racioneros, entre los que destacaban Antonio Úrbez Reyner, Iosephi Mazuque, Antonio Mazuque (naturales de la villa y ordenados curas) y trece más; el Hermitanyo de Santa María de Las Fuentes; Pere Miguel hospitalero encargado del albergue de los caminantes que van a Santiago; Johan Fames (lugarteniente del Justicia); Jayme Carcares (Merino cobrador de impuesto reales); Steban de la Cueba notario de la villa; Martín Falcón Escribano Real, el Sobrejuntero encargado del mantenimiento del orden público y los tres jurados de la villa.

  Llegada la comitiva a las escaleras del templo y después de los saludos de rigor, todos juntos entraron en el lugar sagrado y se acercaron al presbiterio. Allí el inquisidor se sentó en un lugar preferente al lado del altar mayor, el resto de clérigos en los primeros bancos y el pueblo llano donde pudo.

  Comenzó la misa con los cantos ordinarios de frailes y racioneros, sonidos que poco a poco se fueron introduciendo inexorablemente en las preocupadas conciencias de creyentes y conversos. El miedo que se escapaba de aquellas desdichadas almas volaba a sus anchas por la bóveda del templo mezclándose con el humo de las velas, con el olor a incienso, las letanías y los motetes. Aquella extraña combinación de emociones, sustancias volátiles y soniquetes fue transformando la atmósfera sacra en una antesala del desasosiego y la incertidumbre.

  Terminó el evangelio y el dominico de más edad subió al púlpito donde comenzó un sermón vibrante dedicado íntegramente a resaltar la fe católica y a exhortar a los vecinos a defenderla. Seguidamente, se rezó el Credo y se llevó a cabo la liturgia de la Eucaristía, terminada ésta y después de la bendición final se levantó el reverendo inquisidor de su sitial, se encaminó al púlpito con la lentitud del que se sabe superior, subió pausadamente los seis peldaños y llegando a lo alto de la plataforma miró fijamente, durante unos eternos segundos, a los presentes. Su mirada los hizo sentir culpables de algún secreto pecado. Inmediatamente y mientras utilizaba su dedo índice como puntero acusador, procedió a leer con atronadora y amenazante voz los pecados y las herejías que hasta los oídos del Santo Tribunal habían llegado.

  Terminado el alegato, cambió el tono de su diatriba animando a todos los feligreses a acudir a los Tribunales de la Inquisición para descargar sus conciencias. Finalizó su intervención dando el nombre del presunto culpable y le dirigió las siguientes palabras: -Johan de Santa Fe, te conmino a que abjures de tus herejías y pecados cometidos contra las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia. Si no lo haces serás excomulgado y tu alma acabará en el fuego eterno del infierno y tus herederos serán desposeídos de todos los bienes terrenales que posees.- advirtió intimidante el clérigo.- Pero si te retractas, obtendrás el perdón de la Iglesia y tu familia mantendrá el patrimonio y las rentas de que dispones.-concluyó indulgente.

   Luego acabó animando al resto de la población a que delatará a algún otro hereje, si lo hubiese.

  Finalizada la invectiva de Monterrubio, la mayoría de feligreses se sintieron aliviados y el templo se llenó de murmullos y suspiros.

  Al concluir el oficio litúrgico, las autoridades y el pueblo en masa prestaron juramento de defender la fe y ayudar en la persecución de los herejes. Después, el “culpable” fue llevado a la torre que hacía las veces de calabozo entre las miradas atónitas de unos y los vituperios de los más exaltados.

  Aquella misma tarde Esperanza Santa Fe, mujer de Paulo de Santa Fe y cuñada del reo, y Clara Diez, mujer de Martín Díez,se acercaron apesadumbradas al convento de los franciscanos y pidieron convertirse a la fe cristiana y allí mismo recibieron el bautismo. El notario Juan de Anchías tomó nota de la conversión y extendió el acta que las convertía en cristianas nuevas.

  El resto de la tarde el convento fue un ir y venir de presuntos testigos que fueron contando al tribunal lo que pretendían saber o lo que habían oído decir de segunda o tercera mano del judío converso.

  Los comisionados de la Inquisición visitaban diariamente al “marrano” (judeo converso que seguía practicando el judaísmo secretamente) para llevar a cabo el programa que la institución tenía pensados para estas ocasiones.

  El primer día, lunes 7 de noviembre, preguntaron al desgraciado por su instrucción religiosa, o sea, por el conocimiento que tenía de las principales oraciones católicas, tales como el Padre Nuestro, el Ave María, el Credo y el rezo del Santo Rosario. Al ver que su conocimiento sobre esta materia era impecable ese día no lo importunaron más.    

  Al día siguiente y recién comenzada el alba, los delegados del tribunal se acercaron hasta la torre para interpelar al reo sobre sus herejías:

-¡Johan de Santa Fe!, ¿admites o niegas las herejías de las que se te acusa?. Has de saber que en caso de que te obceques y rechaces las acusaciones, el tribunal no se hace responsable de los daños que se te puedan causar.

  Él, a pesar de las claras amenazas, negó vehementemente todos los cargos que se le atribuían.

  -No soy culpable de lo que se me acusa, es una falsedad que ha propalado alguien contra mi persona por algún motivo que desconozco y por eso mismo no puedo aceptar mi culpabilidadarguyó, entre apesadumbrado, afligido y digno.

  Entonces los alguaciles, a una señal del inquisidor, comenzaron a torturarle. Ese primer día de suplicios le aplicaron la técnica de los cordeles. Rodeáronle con ellos brazos y piernas y fueron tensándolos progresivamente hasta que el dolor le hizo perder el conocimiento. El dolor debió ser insufrible, pero ese día el converso resistió los embates de los verdugos.

  La tercera jornada no auguraba nada bueno para el reo. El día se levantó gris y la densa niebla que lo envolvía todo parecía querer añadir un toque fantasmagórico a la representación dramática que se estaba viviendo.

  El tribunal se personó en la torre y después de cerciorarse de la situación del judío le preguntaron sobre su modo de vida y por los viajes que había realizado. Luego le volvieron a inquirir sobre la herejía y como volvió a negar la acusación le fue aplicado el potro. Para ello le ataron pies y manos a dos rodillos y los alguaciles los hicieron girar poco a poco de manera que el cuerpo del desventurado infeliz se iba estirando irremediablemente hasta cerca del desmembramiento. El dolor se hacía inaguantable, causándole gran aflicción y quebranto. Los quejidos salían por las estrechas aspilleras angustiando los corazones de los pocos habitantes que se habían congregado a los pies de la torre. A pesar de todo tampoco ese día consiguieron arrancarle ninguna confesión.   

  El jueves día 10 y antes de preguntarle nada le administraron el tormento del agua o suplicio del ahogamiento. Lo colocaron boca arriba y le introdujeron un paño en la boca, enseguida le fueron derramando lentamente un cántaro de agua sobre ella simulando un ahogamiento. Los espasmos y las toses que siguieron a la asfixia lo dejaron exhausto, casi muerto, por lo que tuvo que ser atendido por el cirujano local. Terminada esta tortura, el inquisidor le recordó que su negativa a aceptar los cargos podría salirle muy cara a él y a su familia, pues además de perder el patrimonio les esperaba el destierro. Hacia las dos de la tarde se marcharon todos y le dejaron meditar sobre lo que le estaba ocurriendo.

  El viernes 11 de noviembre apareció por la villa el prestigioso jurista Blas Dorante de Salazar (esposo de la sarinyenense Mariana de la Estrella) acompañado de dos pasantes, enviados por la Alhama de Çaragoça para ayudar al presunto hereje a elegir la solución más práctica para todos. Terminado el asesoramiento, los tres juristas se reunieron con Martín García y le manifestaron que el reo estaba dispuesto a admitir sus pecados y abjurar de sus costumbres judaicas.

  El inquisidor aceptó la solución y les comunicó que el domingo día 13 estaría todo dispuesto para llevar a cabo, en la iglesia del Salvador, el Auto de Fe Singular establecido por la Inquisición para estos casos. Para ello, manifestó que se realizaría una ceremonia colectiva con el objetivo de reafirmar la fe de los feligreses y de oficializar la culpabilidad del acusado.

  El sábado a las dos de la tarde se llevó a cabo la procesión de la Cruz Verde (símbolo de la Inquisición) por las calles principales de la villa hasta el templo del Salvador donde quedó alojada.

  Llegada la madrugada del domingo 13 de noviembre de 1487 se reactivó la vida en el convento franciscano y después de maitines y de un ligero refrigerio se puso en marcha el cortejo dirigiéndose a la prisión para recoger al reo. Al llegar, lo vistieron con un sambenito de color amarillo (color de los arrepentidos) y le colocaron un capirote en la cabeza. Reanudaron la marcha hacia el templo parroquial entre la máxima expectación popular.

  La iglesia, como cabía esperar, estaba abarrotada de familiares, vecinos y autoridades, ávidos todos de presenciar el desenlace de aquel drama.

   En el presbiterio, alrededor de una gran mesa, se sentaron: Monterrubio en la presidencia y a ambos lados se colocaron el teólogo Agustín Oliván, el jurista Andrés Palacios, el notario Juan de Anchías, un escribano y los dos dominicos. De pie figuraban los dos alguaciles.

  En primer lugar, uno de los dominicos subió al púlpito y realizó un sermón que versó mayoritariamente sobre las herejías y la abominación que Dios sentía por ellas. Seguidamente tuvo lugar el proceso de reconciliación con el juramento del reo que avalaba las confesiones realizadas por él en la cárcel y a partir de ese momento, ya no hizo falta seguir con la causa y el tribunal se retiró a deliberar durante un tiempo prudencial.

  Serían las doce del mediodía cuando regresaron los inquisidores de sus cavilaciones. Todo el mundo se puso de pie en señal de respeto. En medio de un gran silencio y después de ocupar sus asientos los miembros del tribunal, tomó la palabra el notario Juan de Anchías y se aprestó a leer el veredicto:

-Johan de Santa Fe, has sido hallado culpable de practicar ciertas costumbres heréticas por lo que se te culpa de judaizante y por ello deberás cumplir las siguientes penas aliviadas por tu sincero arrepentimiento: vestirás el sambenito durante un período de tres meses, pagarás a la hacienda del rey una cuantía dineraria de 400 sueldos, dispensarás la deuda del delator, pagarás las costas del proceso y no podrás salir de la villa hasta el total cumplimiento de dichas penas.

   Oídas las sanciones, el reo no dijo nada y marchó a su casa cabizbajo acompañado por sus familiares. En llegando a ella se dispuso a dar gracias, posiblemente a Jehová, por haber salido casi indemne de una situación tan apurada.

   Pasado el tiempo establecido y cumplimentado todo el castigo, la familia Santa Fe, no soportando las vejaciones sufridas, vendió su casa y sus negocios y se estableció en la villa de Montsó. Poco tiempo después le siguieron otros judíos y conversos hasta que la judería de Sarinyena se quedó vacía.

   A pesar de todo, los judíos ya nunca alcanzarían la paz en estas tierras en las que habían nacido puesto que en la definitiva persecución, la de 1.492, fueron expulsados por los Reyes Católicos. Se estima que en ese año de 1.492 debía haber unos 9.000 judíos en Aragón y que 5.000 de ellos eligieron el exilio. La mayoría tomaron los caminos de Navarra, del norte de África o de Turquía y los que se quedaron lo hicieron convirtiéndose al cristianismo.

   Tras incontables siglos de permanencia en la península, cerca de 100.000 judíos dejaron Sefarad y tanto ellos como sus descendientes se siguen llamando sefarditas.

                                                                               M.A Corvinos Portella.

                  

La Cartuja de las Fuentes, crónica de un humilde pasajero


Aventurarse por estas tierras, en pleno verano, resulta de lo más inapropiado, por no decir del todo desaconsejable. Y me dirijo a vosotros, ávidos lectores, que ya sabéis de la dureza del estío aragonés, del calor sofocante del que uno no puede escapar, de esa sed insaciable que acaba mermando el mayor de los espíritus aventureros; por muy Campeador o Quijotesco gustes ser. 

Aquí, en Los Monegros, arden las mismas piedras y el mismo suelo; para nada resulta extraño que puedan morar aquí los diablos. Malditos paramos bajo al azote de un sol implacable, donde encontrar una sombra es ardua tarea, solamente algún escaso árbol salpica el camino, entre los campos abiertos dorados de cebada y trigo. Parecían interminables, con ese horizonte claro y con la sierra callada de Alcubierre al fondo, oscura, inquietante, con su recortada silueta y misteriosa impronta donde historias de bandoleros se suceden mucho más allá de sus confines.

Ya me hubiese gustado no hablar del bochorno, de ese aire abrasador que golpea la débil faz y agrieta la tierra, pues, en estas tierras, hasta el aire arde.  No puede ser de otra manera y el carruaje del correo aprovecha las horas de menor calor para proseguir su empresa hacía Zaragoza, recorriendo el viejo camino real desde que partimos de Monzón.

Sin mucho tardar alcanzamos Sariñena, villa inmortal donde las haya, y su rica vega a orillas del Alcanadre. Cuando el sol culminaba en el cielo, guardamos merecido descanso, no sin antes deleitarnos de una deliciosa y copiosa comida y regar nuestros ansiosos estómagos con vino recio de la zona. Un vino duro que por lo menos engañaba la sed. A la tarde dejamos atrás la inmortal villa, pasando por su salada laguna, con el hedor de un muladar donde se amontonaban los huesos apilados de aquel preciado bestia que con tanto esfuerzo ha sacado adelante a esta pobre gente. Toda una oda a la muerte y a la vida.

Habréis notado una desafección por parte de quién redacta estás atrevidas líneas, pues así fue parte de la idea que me acompañó durante gran parte del trayecto, hasta que descubrí lo que, sin duda alguna, debería de considerarse como un auténtico oasis en el corazón de Los Monegros y, por qué no decir, de todo Aragón.   

Primero avisté su torre elevada en la planicie, destacando en el agreste paisaje, entre secarrales de espartos, albardín, ontinares y sisallares, romerales y tomillares, y secanos llenos de segadores resecos, con callos en las manos y la carga a cuestas de una cosecha que apresuraba llenar los graneros. Entenderéis, queridos lectores, que esta es tierra de sed y hambre, de cosechas perdidas, sequias, plagas de langostas y otros males que a veces hacen comprender a quienes se echan al monte, al mal oficio de bandolero, de malhechores y rufianes delincuentes.

Pero volviendo a lo que en verdad nos atañe, allí estaba una de las más desconocidas cartujas, mimetizada en el agreste paisaje, con su color a tierra, formando parte de ella. No obviare que sentí un recogimiento al acercarme, era como si hubiese estado aguardando mi llegada, esperando, y yo no hubiese tenido o deseado otro fin o destino en mi aventura de la vida que acabar acudiendo a su feliz encuentro.

Los hermanos se afanaban en los trabajos de la vida, llevaban una rica huerta y cuidaban el ganado, los pastos y secanos del predio, de un olivar y vid. Dentro, los padres llevaban su retiro y recogimiento, de silencio, y su espiritualidad emanaba de las paredes del monasterio, lo impregnaba todo. Indudablemente, la virgen protege este templo perdido en mitad de la nada, en un lugar de los olvidados Monegros.

En los aledaños del monasterio, como por arte de magia, brotanan unas aguas milagrosas de una fuente manantial. Aflora de las entrañas de la tierra un agua apreciada y deseada, con propiedades curativas y, con total certeza, bendecida por la venerable Virgen de Nuestra Señora de las Fuentes. Estas dichosas aguas aplacan la sed que tanto aflige esta tierra, la rabiosa sed que se apodera de todo y hace de la vida una lucha constante. No negaréis que no hay mayor milagro en la tierra que el agua que nos da la vida y bien podéis hacer gala de ello las gentes de Los Monegros.

A la entrada del recinto amurallado, si os acercáis a ella, hallaréis una pequeña hospedería donde, como no podía de ser de otra manera, acabamos recogidos. El trato fue cordial, los aposentos sencillos pero acogedores, suficiente para gentes de paso. Reinaba la paz y se guardaba escrupuloso silencio, había que respetar el trabajo de los hermanos y el silencio de los padres, no se podía perturbar la atmosfera divina que gobernaba el barroco cenobio.

Al caer la noche, en su profundo silencio, algo me hizo abandonar mis aposentos. No fue ningún ruido ni nada me molestó, fue algo interior, algo me estaba llamando. Salí al patio del monasterio, todo permanecía en rigurosa calma, solamente el aire se movía ligeramente refrescando la noche. El cielo rebosaba de estrellas mientras paseaba por su patio, no tardé en alcanzar la puerta de la iglesia, estaba entreabierta y sentí que alguien había en su interior.

La curiosidad pudo con mi alma y no puedo aún dejar de evitar mi sorpresa y jubilo cuando pude contemplar la iglesia y, aunque estaba completamente a oscuras, se apreciaba un conjunto de pinturas de extraordinaria belleza, de colorido y calidad. Quedé absorto, recorrí una a una cada pintura, por la iglesia, por su paredes, bóveda, cúpula, tribuna y claustrillo, allí entré a una de las capillas, completamente a oscuras, sentí una presencia. Advertí su larga túnica blanca con capucha, su rostro contemplativo mirando las pinturas, escudriñando cada pincelada, como quien admira su obra. Se atusaba su larga y espesa barba blanca, no dejaba de mirar cada detalle, sin alterarse de mi presencia, pues en verdad ni me advirtió, ni se percató que estaba allí. Solo más pude hacer que retirarme de nuevo a mis aposentos.

A la mañana siguiente, antes de remprender la marcha, pude volver a contemplar la iglesia, la luz se apoderaba maravillosamente del espacio y las pinturas lucían en todo su esplendor. En una de las pinturas vi el rostro de Fray Manuel Bayeu y para mí sorpresa correspondía al mismo monje de la noche anterior. Fray Manuel Bayeu era el autor de tal inconmensurable obra, pintor entre los grandes. -Tristemente nos dejó hace poco más de un año-, fueron las palabras que dijo un hermano que nos acompañaba en nuestra visita mientras yo me quedaba absolutamente perplejo. Involuntariamente, un escalofrío me invadió el cuerpo, un tremendo recogimiento se apoderó de mí, no dije palabra, quedé mudo y a nadie conté que me había sucedido la noche pasada. Quedé tan sumamente impresionado que hasta dudé de mi cordura, si fue el maldito vino de esta tierra o si había sido un sueño en mi profundo dormir.

Me despedí prosiguiendo mi camino, dejando atrás sus muros y su silueta que se iba perdiendo en el horizonte. ¡Ay mis gozos por esta cartuja, de mis entrañas, devoto de su virgen y de su fuente de vida que fluye como la sangre en el cuerpo! ¡Ay de mi, que veo presencias en la casa de dios! ¡Ay mi virgen, a ti me debo!

Sí, tuve la suerte de encontrar entre sus muros al más desconocido de los Bayeu, saga de pintores familiarmente unida al ilustre, entre los más ilustres, extraordinario pintor de corte Francisco de Goya. Parece que es obra del mismo Goya, los coloridos murales no dejan indiferente a quien tiene el privilegio de poder contemplarlos.

Me permitiré en no caer en el efecto de no volver a elogiar las pinturas que envuelven tan majestuoso templo, de anticipar al lector en sus maravillas para que las podáis contemplar en persona y sorprenderos por vosotros mismos. Pues es bien sabida su belleza y espectacularidad en su grandeza mural que no deja impasible hasta al menos formado en estas ilustradas artes.

En vano dije anteriormente que en estas tierras debía de morar el diablo, llevado por una desacertada y superficial impresión, pues he de ser digno de reconocer mi error y rendirme a los pies de esta tierra hermosa que resulta todo un milagro para la vida. Debéis de ser sabedores, que en mi ha dejado profunda impresión y huella, que desde entonces es dado en mí una imperiosa necesidad de transmitir tales misterios que me acontecieron, pues, si en alguna ocasión tenéis el privilegio de contemplar la gloria de la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes, recordar que entre sus paredes aún mora Fray Manuel Bayeu velando por sus pinturas, protegiéndolas al paso del tiempo para que sean eternas.

Miguel Rui
El Eco de la Luz
5 de agosto de 1810

Artículo de ficción. Os Monegros, 2022.

La fuente del Milagro de la cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes


¿Qué diremos de la fuente? La fuente fue la más concurrida, y, en verdad, que disponiendo de un agua tan excelente.

“Desde la Cartuja” S. Ortiz. Nueva España, 13 de mayo de 1954.

El entorno de la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes esconde una fuente milagrosa por donde brota el agua en el árido y seco paisaje monegrino, todo un oasis: la fuente del Milagro. Un lugar donde, según la tradición popular, apareció la imagen de la virgen de Nuestra Señora de las Fuentes, dando nombre al monasterio de la orden cartuja, establecido a principios del siglo XVI.

Fuente del Milagro de la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes

La fuente se localiza en una vaguada en un pequeño barranco al sur del actual monasterio y la loma contraria donde se encuentran las escasas ruinas del anterior monasterio. Cerca existen unos restos muy ruinosos de una pequeña iglesia. En el fondo, del pequeño y frondoso barranco, encontramos una pequeña construcción, un edificio de planta cuadrangular. Accediendo a su interior, podemos observar una construcción en mampuesto de caliza, abovedado y un suelo que casi siempre suele aparecer inundado. El agua brota a una pileta a través de tres caños que surgen por las bocas de unas figuras de cabezas humanas, en una placa metálica y rectangular con la inscripción – Agua Sulfatos Nitratada -. La placa debió de ser colocada cuando el monasterio fue utilizado como balneario a finales del siglo XIX.

A la izquierda aparece una entrada pequeña, con arco, que da paso a una red de galerías subterráneas que actúan para captar y canalizar el agua hasta la fuente. Las galerías fueron excavadas y parten en dos ramales, uno más corto hacía la derecha y otro a la izquierda mucho más largo que se divide en dos. De acuerdo al SIPCA (Sistema de información del Patrimonio Aragonés) su construcción se sitúa en la edad moderna, entre 1760 a 1790, con alguna reforma entre y 1881 y una restauración relativamente reciente en el 2011 –Tiene una puerta en el primer tramo, utilizada para regular la acumulación del agua. Tras esta puerta el ramal gira hacia la derecha y gira varios metros más hacia el fondo, donde se aprecian conductos para la filtración del agua y canales en el suelo para una mejor calidad del transporte. –

En el 2016, el Grupo de Tecnologías en Entornos Hostiles (GTE) de la Universidad de Zaragoza realizó un levantamiento topográfico de las galerías, cartografiando 220 metros de galerías. El resultado del trabajo se publicó bajo el título “La fuente del milagro, en la cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes” (Revista Lucas Mallada nº 18), por José Antonio Rausa, José Luis Villarroel y José Antonio Cuchí.

Levantamiento topográfico. GTE Universidad Zaragoza.

El artículo señala que las galerías fueron excavadas en distintas fases, algunos tramos aparecen revestidos en obra de mampostería tomada con mortero de cal y otros presentan las paredes desnudas, incluso -Conservan huellas de instrumentos metálicos y pequeñas hornacinas-. Las galerías debieron ser excavadas por los mismos cartujos: -Los frailes, conocedores sin duda de las corrientes subterráneas, minaron el terreno en diferentes direcciones y la dotaron de una cantidad suficiente al abasto, no solo del convento, sino de una regular población. Aquí se ve de cuanto es capaz la inteligencia del hombre, aplicada a cosas útiles.- (El Diario de Huesca 27 de noviembre de 1875). Testimonios orales cuentan que debió de existir algún tipo de pozo de ventilación, ya que en la superficie se observaban montículos de piedra donde se situaban.

El agua abandona la construcción y, a través de un reguero, conduce barranco abajo, hasta una pequeña balsa de almacenamiento. La fuente surtió a los monjes de agua de boca, riego y como fuente de energía del molino, apuntan desde SIPCA. -La fuente que riega la huerta, metida en un barranco, debió ser un manantial escaso de agua. También ensayaron el cultivo del olivo y de la vid, pues junto a la casa se ve un hermoso olivar y un campo con varias filas de una y otra planta, hoy lozanas y en completo desarrollo.- (El Diario de Huesca 27 de noviembre de 1875).

Como hemos comentado antes, el conjunto monástico fue transformado como balneario entre 1877 y 1891, según el SIPCA -Debido a la calidad de las aguas, el conjunto fue convertido en balneario durante un breve período tras su desamortización.–

Un nuevo establecimiento balneario se ha abierto en la provincia de Huesca, titulado de la “Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes”. Su excelente agua sulfato nitratada está dando gran resultado para la curación de varias enfermedades.

La Época, 23 de agosto de 1877.

El Globo, 1878

El balneario, fruto de la familia Romeo Belloc, quedó recogido en los medios de la época donde encontramos elogios al balneario y sus aguas. Incluso en una casa de Lanaja apareció una caja de madera para almacenar botellas de agua de boca de la Cartuja de las Fuentes.

La virtud de estas aguas, desconocida del público por espacio de tantos siglos, ha sido notada por el ilustrado propietario de dicha finca, D. Bernabé Francisco Romeo, y analizadas detenidamente, según tengo oído. por bastantes notabilidades médicas de España, los cuales las han encontrado excelentes para curar un sinnúmero de enfermedades. No puedo detallarlas porque no he podido hacerme con un prospecto, a pesar de la diligencia que para ello he puesto; pero esté V. seguro que no han de pasar muchos días sin que de todo me halle enterado, a fin de que por mi conducto lleguen estas cosas a conocimiento de los pacientes lectores de EL DIARIO, quienes de seguro aprovecharán mis noticias para buscar un remedio eficaz que ponga término a sus dolencias, o amengüe por lo menos las que hoy padecen.

Diario de avisos de Zaragoza Sariñena, 27 de junio de 1877.

Diario de Avisos de Zaragoza. Sariñena Editorial.

Querido amigo. Aquí me tienes hace ocho días saboreando los ricos manantiales de agua medicinal de que la naturaleza prodiga en toda clase de medios en bien de la humanidad, ha dotado a este establecimiento.

Cartuja de las fuentes (Sariñena) 24 de julio de 1877.

Diario de Avisos de Zaragoza. Sariñena Editorial.

Aquí se respira; el embalsamado y fresco ambiente vivifica, la temperatura primaveral que se disfruta reanima; y si a esto se añade los benéficos auxilios que proporciona la fuente medicinal, cuyas cristalinas aguas parece que incitan al más displicente y desfallecido, te con vencerás de la oportunidad de mi venida aquí, como el año pasado.

Cartuja de las fuentes (Sariñena) 24 de julio de 1878

Actualmente el agua no se puede considerar apta para el consumo humano. Este aspecto lo señala SIPCA  -Aunque la fuente continúa manando y sus propiedades son muy apreciadas por la población del entorno, carece de aprovechamiento, ya que, según los vecinos, debe ser consumida en el mismo lugar, pues pierde sus propiedades si es almacenada y transportada.–

Es el trabajo de José Antonio Rausa, José Luis Villarroel y José Antonio Cuchí, quien aporta un reciente análisis del agua de la fuente. Dicho análisis concluye: -Sin poder evaluar el efecto sobre la salud de los monjes y el fracaso del balneario a finales del siglo XIX, incluso en la actualidad, que el agua podría presentar problemas para su ingesta sin tratar.- Lo curioso es que cada uno de los dos tramos da un tipo de agua diferente, viéndose el tramo derecho afectado por el regadío frente al de la izquierda de tierras de secano -Uno más salino y cálido (galería principal y ramal oeste) procedente del acuífero del saso, en secano, y otro (galería norte) procedente de infiltraciones del cercano regadío. Hay que señalar que la cartuja se encuentra en el límite de la zona regada por el canal de Monegros.–

Sobre su carácter “Sulfatos Nitratadas”, el trabajo señala que, por lo general, -Las aguas subterráneas de la zona central de los Monegros suelen tener una composición tipo sulfatado sódico. – Mientras que las aguas del sistema de riego, procedentes del Gállego y del Cinca, tienen una composición bicarbonatado cálcica.– Sobre la característica de aguas nitratadas, actualmente se puede explicar por la presencia de una colonia de murciélagos en su interior a pesar de la actividad ganadera intensiva que conlleva una nitrificación de las aguas.

En definitiva, el agua del manantial es distinta al agua original y ha sufrido alteraciones, una “contaminación” modificando sus características y propiedades. Pero, ¿Cómo sería el agua del manantial? ¿Qué propiedades tenía?. Afortunadamente contamos con un análisis de sus aguas en torno a 1878, cuando el monasterio era balneario. El análisis fue elaborado por parte de la Escuela de Minas y aparece recogido en las memorias de la comisión del mapa geológico de España de 1878, en la descripción física y geológica de la provincia de Huesca desarrollado por Lucas Mallada. 

Entre el aluvión que cubre los derrames de la sierra de Alcubierre brota la fuente mineral de la Cartuja de Lanaja, a la que se ha pretendido dar importancia en estos Últimos años. Es muy abundarle, pues llega a 20 litros por minuto su caudal; brota á la temperatura de 17°, siendo 16° la del aire atmosférico; es de sabor algo salino, tiene una limpidez perfecta y se observan en ella algunas burbujas gaseosas muy fugaces. Cien litros de agua contienen, según análisis efectuada en la Escuela de Minas, las cantidades siguientes:

                                                            Gramos.

Carbonato sódico                             Indicios.

Carbonato ferroso                            Indicios.

Sulfato cálcico                                   35,00

Sulfato potásico                                4,30

Sulfato sódico.                                 39,70 

Cloruro sódico                                   10,40

Cloruro magnésico                           23,20

Nitrato magnésico                           27,20

Total                                                  139,80

La analítica aporta una interesantísima y valiosa información sobre la calidad del agua antes de su alteración. Con un caudal de unos 20 litros por minuto, el agua destacaba por su buena temperatura, casi ambiente, con un sabor salino, propio de Los Monegros, clara y limpia y con unas burbujas gaseosas “muy fugaces” fruto de los carbonatos. No obstante, las cantidades estudiadas responden a gramos por cada 100 litros de agua cuando lo propio son miligramos por litro:   

                                                            mgr/l

Carbonato sódico                             Indicios.

Carbonato ferroso                            Indicios.

Sulfato cálcico                                   350,00

Sulfato potásico                                43,00

Sulfato sódico.                                 397.00 

Cloruro sódico                                   104,0

Cloruro magnésico                           232,00

Nitrato magnésico                           272,00

Total                                                  1398,00

De acuerdo a los datos, las aguas correspondían a aguas sulfatadas, propias de zonas secas y áridas como son Los Monegros. Los sulfatos aparecen en diferentes proporciones, tanto cálcico, potásico y sódico. Estas aguas sulfatadas estimulan las funciones orgánicas, principalmente del sistema digestivo, utilizadas en discinesias biliares, así como también hepato-protectoras y purgantes.

Agua de la cartuja de las Fuentes

La sal, también presente de cloruro de magnesio, previene la formación de cálculos renales, así como también la prevención de lesiones musculares y equilibrante del pH sanguíneo. La salinidad, dada por el cloruro sódico, no es limitante para su consumo como agua de boca, aunque para su ingesta, actualmente, sería necesario un informe bacteriológico para saber si era muy potable.

Los nitratos son muy bajos, por lo que la anunciada cualidad nitrosa no se ve reflejada en el análisis.

En definitiva, las aguas correspondieron a aguas medicinales con diversas propiedades curativas. Un oasis brotando en los secos Los Monegros, respondiendo a un milagro doble, el manantial y la virgen, dando origen y vida al monasterio de la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes. Todo un milagro.

Los Monegros/los Monegros/Monegros u Os Monegros


Los Monegros, como topónimo, se traduce en la composición de los términos “Monte” y “Negro”, presentando actualmente las diferentes formas de «Los Monegros», «los Monegros», «Monegros» e incluso «Os Monegros». En el presente trabajo indagamos en la propia naturaleza del término “Los Monegros”, en su raíz etimológica y evolución histórica, aproximándonos a su correcta denominación.

Los Monegros, oficialidad

Su denominación oficial es “Los Monegros”, Ley 17/2002, de 5 de julio, de Creación de la Comarca de los Monegros, artículo 1 que establece la creación y denominación de la Comarca de Los Monegros. Sin embargo, el mismo texto de ley, a pesar de su naturaleza jurídica, presenta ambigüedad al recoger, a la vez, las formas “Los Monegros” y “los Monegros”.

Evolución histórica

Durante el periodo de Al-Ándalus, Los Monegros fueron conocidos como «Al-Yabal al-aswad», término recogido por Emilio García Gómez en su trabajo Nuevas Ideas Sobre la Conquista Árabe de España. Toponimia Y Onomástica: Aswad, al-Yabal al- “Monte Negro” (al-Munt Nagar, Monegros). Concretamente, el término parte del geógrafo andalusí, al-UdriAl-Udri o El Odrí (Almería, 4 de septiembre del 1003 – Almería o Valencia, 1085) autor de un compendio geográfico-histórico sobre la Marca Superior de Al-Ándalus y que residió por algún tiempo en Zaragoza. En su descripción del término de la ciudad de Huesca, al-Udri expone: «Entre las sierras que están frente a sus ciudades y castillos y que sobresalen por su extensión, grandeza y vasta longitud y porque constituyen una cadena de montañas seguidas, está la sierra o monte conocido por al-Yabal al-Aswad ‘el Monte Negro’, que en la lengua de los cristianos se dice al-Munt Nagar, que un jinete a buena marcha recorre en tres días, mientras que una recua de trajineros lo cubre en seis etapas».

Emilio García Gómez señala que cuando en la toponimia hispanoárabe aparece la voz ‘niger’, ‘negro’ se pueden citar dos ejemplos: los Monegros de Aragón y Montenegro de Almería. Igualmente matiza “Yo creo que la sierra llamada al-Munt Nagar se identifica fácilmente con las sierras de la comarca de los Monegros, de gran extensión y limitada por los ríos Gállego, Ebro, Cinca y Alcanadre, desde Pina de Ebro y Sariñena hasta cerca de Fraga. Actualmente dicha comarca pertenece a los partidos judiciales de Sariñena y Fraga (provincia de Huesca) y Pina de Ebro (provincia de Zaragoza)”.

En el mismo siglo XI, el cantar de gesta francés Chanson de Roland, se calcula que fue escrito entre los años 1040 y 1115, nombra “Chernubles de Monegro”: De otro lado se encuentra Chernubles de Monegro. Sus cabellos son tan largos que le llegan hasta el suelo. […] Se dice que en su país ni hay sol, ni trigo creciendo, ni llueve, escarcha o rocía, que suelo y piedras son negros. Allí moran, según dicen, los demonios más perversos.” (El Cantar de Roldán. Transcripción de Redoli Morales (2006: LXXVIII, vv. 1773- 1786).

Durante el siglo XII se produce la incorporación de Los Monegros al Reino de Aragón, la zona norte por parte de Pedro I y la sur por el conde de Barcelona. El término árabe de Los Monegros sufre latinización. Gracias a Constantino Escuer, conocemos la denominación de “Monte Nigro” en 1168. La cita aparece recogida por el catedrático Ángel San Vicente en una separata de «Cuadernos de Historia Jerónimo Zurita», dedicada a Perdiguera. La referencia se encuadra cuando Alfonso II concede «Illam almunian qui es in Monte Nigro qui vocatur Asterolas» (Esa almunia que está en Monte Negro que se llama Asteruelas) al abad Raimundo Guillermo del monasterio de Nuestra Señora del Salz, abadía predecesora de la de Rueda. Constantino matiza que “esa almunia es la ermita de Santa Engracia con el poblado aledaño y todo el monte, que hoy pertenece a Perdiguera, pues un comerciante que nació aquí, la compra al Cister cuando este atraviesa una crisis económica y cuando muere la dona a Perdiguera.”

En 1174 encontramos las denominaciones de “Monte Nigro” y “Montenigro”, ambas recogidas por Pascual Miguel Ballestín, en su trabajo toponimia histórica de Aragón (2007), basada en Agustín Ubieto. Es preciso señalar que, en estas primeras referencias, la composición de los dos términos resulta en singular.

Un documento de 1174, depositado en la Biblioteca de Cataluña, cita la sierra de «Monte negro». En el texto, Bernardo de Pallars, comendador de Sena y Sigena, dona a los pobladores de Sena y Sigena la sierra de Monegros, la cual el rey Alfonso I de Aragón donó a la orden del Hospital, a cambio de que paguen los diezmos y las primicias. (ES/BC – ARXIUHISTORIC_PERGAMINS/3558).

ES/BC – ARXIUHISTORIC_PERGAMINS/3558

En 1276, en el Archivo de la Corona de Aragón, aparece un documento de la época de Pedro III, Cancillería, registros, nº38, fol. 90v. Gracias a Ánchel Conte Cazcarro conocemos que el término Los Monegros se encuentra en la forma de “Monti Negri”, dativo singular.

Desde entonces, no es hasta 1619 cuando, en la descripción de Reyno de Aragón de Ioan Baptista Lavaña, aunque no aparece Los Monegros como tal, consta el lugar de “Castillón de Monnegros”. Reseñable que el sustantivo aparece ya en plural. Asimismo, son relevantes los diferentes lugares con una denominación distinta a la actual, como son el caso de Cap de Saso, Castelflorit, El Almolda, Farletillo, Laperdiguera. Monnegrillo, Poliñino, Xixena o Vallaries. Además, aparece San Caravas como san Caprasio y la denominación histórica del río Isuela hasta su unión con el Alcanadre.

Rafael Vidaller Tricas aporta diferentes referencias escritas sobre Los Monegros. Así conocemos en 1655 el Tratado de la peste de Çaragoça del año 1652, compuesto por el licenciado Ioseph Estiche, donde, en la página 36, pone: “Tan lamentable que se tiene por cosa de milagro no auerse despoblado los Monegros, Almudebar, Buxalaloz, y otros lugares”.

En 1719, en el mapa de Bourguignom aparece Castejón de Monegros como “Monnegro”, mostrando el sustantivo en singular. Igualmente, notables son la denominación “sierra de Alcubierre”, la “Venta” entre “Liciñena” y “La Perdiguera”, los “Monts de Liciñena”, “San Carpas” como san Caprasio y la ermita de “N.S. del Romero” en “Faratillo”. Otra particularidad del mapa es el camino de Barbastro a Zaragoza, que pasa al sur del santuario de Magallón.

“Monegros” y “los Monegros” queda patente en los Discursos sobre los medios, que pueden facilitar la restauración de Aragón. Continuación de las reflexiones económico – políticas. por don Thomas Anzano, 1768:

“Muchos son de sentir también, que la gran remesa que se hizo de Barcelona para la urgencia, en que se hallaba este Reyno, especialmente Zaragoza en el mes de mayo de 1766. era Trigo de Monegros, y así de otros lances.”

“Es menester suponer, que aunque en todos los Pueblos sería útil la ereccion del Póſito; pero á lo menos en la mitad convendría infinito, y podría ser que no fuese menester en mas. En la Rivera de Xalon en los Monegros, en la Litera, en la Hoya de Huesca, de las cinco Villas, Sierra de Luna, las Pedrolas, tierra de Belchite, y algunos otros Partidos seria convenientísimo.”

En la Memoria de la sociedad económica de 1780, Antonio de Sancha cita “los Monegros”: “De los países mas distantes del agua que hay en España es el de los Monegros, y en él se hizo un pozo para regar el único olivar que hay en toda aquella tierra árida: iquanto mas útil sería este artificio para prados! El trigo sarraceno produce en qualquiera sequeral, y es un gran alimento para los bueyes.”

Antonio Ponz, en su Viaje de España, de 1788, expresa “los Monegros”: “A una parte del territorio expresado llaman los Monegros: á mí no me parece tan inepto como otros que he visto en Cataluña bastante bien cultivados. Es cierto que es caso de aguas, y, aun escasísimo; pero ¿qué diligencias se habrán practicado para tenerlas?.”

Centrándonos un poco en Castejón de Monegros, este aparece recogido en el mapa de Guss de 1798 como “Castejon de Monegro” y “Castejón de Monegros” en 1816 en el Plano Del Reyno Tomas López y “Castejón de Monegro” en el mapa de Spanien de 1825. Otras denominaciones encontradas más antiguas son “Castillon de Monegro” y “Castellon de Monnegro” [1211]. Rafael Vidaller apunta que Castellón o Castillón de Monnegro, en los mapas del XVII y XVIII suele salir en singular.

En relación a la documentación escrita, Rafael Vidaller señala a Roque Alberto Faci, en Aragón Reyno de Christo y dote de María Ss.ma., de 1739, al hablar de N. S. de la Guía de Bujalaloz, dice: «Está situado Bujaraloz en el Partido llamado de Monegros» y nombra un par de veces «Bujaraloz y su comarca».

Poco más tarde, en 1792, Pedro Blecua y Pascual (Descripción topográfica de la ciudad de Huesca y todo su partido en el Reyno de Aragón) nombra «Monegros» y «Sierra de Monegros” (Apunte de Vidaller Tricas, Rafael).

Ignacio de Asso, en su Historia de la Economía política de Aragón (1798), señala Rafael Vidaller, nombra Monegros unas cuantas veces, por ejemplo en las páginas 53-54 dedica un espacio a su etimología: «La porción más extensa de dicha faxa, que corre desde el rio ácia oriente, comprehende el territorio de los Monegros, así llamado por…» …»Los Monegros están situados entre el Ebro y la sierra de Alcubierre…».

Madoz, en su Diccionario de 1845-1850 tiene una entrada para «Monegros (Los) Comarca de Aragón…», y en Alcubierre, sierra: «Entre los dos brazos en que se divide la sierra al llegar a Castejón, está el terreno llamado de los Monegros, famoso por…» (Apunte de Vidaller Tricas, Rafael).

Los Monegros también quedan recopilados en las memorias de la comisión del mapa geológico de España de 1878, en la descripción física y geológica de la provincia de Huesca elaborada por Lucas Mallada: “Queda a la derecha del Alcanadre y del Cinca, hasta los confines meridionales de Zaragoza, la parte más triste, más seca, más desolada de la provincia, constituida por la sierra de Alcubierre y los Monegros. Aquella principia en los cerros de Santa Quiteria, al S. E. de Tardienta, se eleva como punto culminante en San Caprasio y esparcida en lomas sinuosas, cerradas por tortuosos barrancos a uno y otro lado, con matorrales y algunos grupos de pinos torcidos y delgados, separa los términos de Torralba, Senes, Robres, Alcubierre, Lanaja y Pallaruelo (Huesca) de los de Leciñena, Perdiguera, Farlete, Foratillo y La Almolda (Zaragoza). Al O. de Castejon se levanta Monte Oscuro, que se prolonga al S. hacía La Almolda, constituyendo la sierra de su nombre, que limita la hondonada de Valfarla, Bujaralóz y Peñalba, centro de los Monegros. Esta comarca, compuesta también del término de Candásnos, y parle de los de Fraga, Ballobar, Ontiñena, Villanueva de Sigena, Sena, Pallaruelo y Lanaja, es uno de los más agrestes y solitarios países de España, de los más secos y desnudos, rico en cereales algunos años, pero en general completamente árido.”

Etimología

Los Monegros, por lo que hemos podido constatar, podemos plantear su origen árabe. Lo que está claro, es que de acuerdo con las diferentes formas, al-Yabal al-Aswad al-Munt Nagar, Monte Nigro, Montenigro, Monti Negri, Monegro, Monnegro, Monnegros y Montesnegros, además de las aragonesas Mon Negro y Mons Negros, etimológicamente el sustantivo Monegros se compone de las palabras Monte y Negro, como ya habíamos comentado al principio. Así, Los Monegros, responden a un topónimo claramente descriptivo, a aquellos que describen o enumeran alguna característica física del lugar, que resulta especialmente sobresaliente o relevante.  

Precisando su condición de monte, según la definición de la RAE (Real Academia de la lengua Española), sus dos primeras afecciones corresponden a:

1. m. Gran elevación natural del terreno.
2. m. Tierra inculta cubierta de árboles, arbustos, matas o hierba.

Por lo tanto, es evidente que el topónimo se refiere a una elevación del terreno que podemos asegurar responde a la sierra de Alcubierre, totalmente predominante en un territorio principalmente llano, tierra plana. Como habíamos visto al principio, en el siglo XI el geógrafo andalusí, al-UdriAl-Udri ya definió a los Monegros como el territorio al sur de Huesca, la sierra negra.  

Mientras, el adjetivo “Negro” parece ser que hace referencia a la tonalidad oscura de la sierra de Alcubierre con su vegetación de pinar, carrascas y sabinas, que a la distancia se observa al horizonte oscura y negra en contraste con los suelos pobres y desnudos, blanquecinos del llano.

Sin embargo, históricamente se ha considerado Los Monegros una mancha oscura por entenderla cubierta de vegetación. Es indudable que la comarca sufrió una gran deforestación, en ocasiones erróneamente atribuida a la armada invencible, pero el carácter árido y estepario del llano siempre ha estado presente desde tiempos inmemoriales. Este es el caso de Lucas Mallada, en su descripción de la provincia de Huesca de 1878: “Su nombre parece ser contracción de Montes Negros, y así debieron dibujarse totalmente los cerros y lomas que los componen antes de ser arrasados en largos trechos, limpiándoles de leña y arbolado; por lo cual hoy resultan más bien cenicientos y blanquecinos, y tan escasos de agua, que pocas comarcas habrá en la Península de menos manantiales.”

Los Monegros plural

Los Monegros ha sufrido la pluralización de su nombre, del singular Monte Megro o Mon Negro al plural Montesnegros. En este sentido es claro Francho Nagore Laín (Aragonesismos y otras voces de interés en Banderas rotas, de José Antonio Labordeta) quien manifiesta que “Naturalmente, el término analógico se basa en la falsa y común creencia de que Monegros proviene de Montes negros”, apuntando que “el uso en plural debe de ser posterior cronológicamente al uso del singular, Monegro”. Para ello argumenta que “el nombre de la localidad de Monegrillo es diminutivo de Monegro y la imposibilidad, desde el punto de vista de la evolución fonética, de que Monegros se cree a partir de Mons negros (en aragonés) o Montes negros (en castellano)”. Francho Nagore concluye que “Monegro se explica perfectamente a partir del singular Mon negro. Una vez creado el término Monegro, es cuando pudo difundirse, hasta generalizarse, el uso del plural Monegros”.

El artículo los

Como hemos visto al principio “Monegros” suele aparecer escrito principalmente con el artículo “Los/los”, tanto inicial en mayúscula o en minúscula. El uso del articulo Los/los viene regulado por la RAE (Real Academia de la lengua Española), concretamente la ORAE, 3.3.2. (Ortografía de la Real Academia de la lengua Española) estableciendo las mayúsculas iniciales en función de la condición o categoría cuando el artículo forma parte «oficialmente» del nombre propio, ambas palabras comenzarán por mayúscula. Ejemplos: El Salvador, La Zarzuela, La Habana, Las Palmas…».

En su evolución histórica, todo apunta a que el artículo “Los” ha pasado a formar parte del nombre propio, por lo que, de acuerdo a las actuales normas ortográficas, corresponde colocar con mayúscula inicial el artículo, lo que ha quedado consolidado con su propia denominación oficial de “Los Monegros”.    

Consideraciones

La sierra de Alcubierre, además de dar nombre a esta tierra, también ha servido para delimitar las zonas norte y sur de Los Monegros. Esta división se ha traducido en la parte norte dependiente del partido judicial de Sariñena y la sur al partido de Monegros, con capital en Bujaraloz. Todo hasta la creación de la actual comarca de Los Monegros con su propia delimitación. Zonas como Ballobar, Candasnos, Ontiñena e incluso Pina de Ebro, que han formado parte de Los Monegros históricos, han quedado excluidas de la delimitación comarcal oficial. Igualmente, diferentes poblaciones que nunca habían formado parte de Los Monegros han pasado a formar parte de la comarca.

Podemos considerar la sierra de Alcubierre como el corazón de Los Monegros. Sin embargo, Los Monegros connota aridez e incluso consideración de “desierto”, concepto más publicitario que real y curioso cuando su propia etimología se refiere a una sierra cubierta por una gran masa forestal. Así, se ha ido creando un imaginario de Los Monegros, incluso convirtiéndose en una marca reconocida, una imagen que transmite idea de desierto, paisaje árido y seco, muy asociada a diferentes acontecimientos multitudinarios y de gran repercusión internacional como la marcha ciclista Orbea Monegros, el evento internacional Nowhere y muy particularmente el festival de música electrónica “Monegros Desert Festival”. Por lo tanto, Los Monegros adquiere una dimensión mayor más allá de su concreción geográfica y natural, transcendiendo a una marca propia en sí misma. 

Por ello, aunque las diferentes formas de nombrar Los Monegros se puedan entender en diferentes contextos, hay una forma correcta de escribir Los Monegros, como territorio y comarca.  

Conclusión

En definitiva, Los Monegros provienen de Monte Negro, haciendo referencia a la sierra de Alcubierre, aproximando su origen al periodo musulmán de Al-Ándalus. En sus diferentes formas históricas, el topónimo Los Monegros ha sufrido dos evoluciones claras: su pluralización y la incorporación del artículo “Los”, que ha pasado a formar parte del propio nombre, concluyendo que debe de escribirse con la inicial en mayúsculas. Por lo tanto, la forma correcta y oficial responde a Los Monegros. Un hogar y un paisaje.

Con la colaboración de Ánchel Conte Cazcarro, Constantino Escuer Murillo y Rafael Vidaller Tricas.

Alberto Lasheras Taira


Alberto Lasheras Taira es todo un alcoberreño y monegrino, amante de su tierra, de sus paisajes, patrimonio, historia y cultura. Es una persona cercana, inquieta y curiosa, que muestra con pasión y cariño la Cartuja de Nuestra Virgen de las Fuentes, además de ser investigador de numerosas historias y tradiciones de Alcubierre y Los Monegros. Desde hace un tiempo es colaborador y miembro del equipo de redacción de la revista Montesnegros. Por ello, con la excusa del trigésimo aniversario de la revista Montesnegros (Montesnegros, 30 años), nos adentramos a conocer a parte de sus colaboradores y, a modo de entrevista, sus pueblos, la revista Montesnegros y una significación sobre nuestra tierra: Los Monegros.

Alberto Lasheras Taira

Nací en Alcubierre en 1956, donde se desarrolló mi infancia y la memoria me lleva a recordar la escuela con su recreo, las lecciones aprendidas con D. Melquiades, maestro de unas cuantas generaciones de mis vecinos, los juegos en la plaza antes de entrar por la tarde, el vaso de leche, los vía crucis los viernes de cuaresma y, cómo no, el día de “La Vieja Remolona”.

Recuerdo que con la cuadrilla de amigos recorríamos las ruinas, las cuevetas y los barrancos entre juegos y aventuras.

En 1969 fuimos cuatro amigos de la cuadrilla a estudiar a la Universidad Laboral de Cheste, en Valencia. Allí estudiamos los cuatro primeros cursos de bachillerato, con una beca de Mutualidades Laborales. Fuimos a este centro, en régimen de internado y volvíamos a casa por Navidad, Semana Santa y verano, al terminar cada trimestre. Fue toda una experiencia personal, de convivencia, con un método pedagógico muy innovador.

De Cheste  pasé a la Universidad Laboral de Huesca para continuar mis estudios con el bachillerato superior, C.O.U. e Ingeniería Técnica Industrial.

Mi afición a la Historia desde mi juventud, me llevó a indagar y a buscar información sobre hechos poco conocidos de la historia de mi localidad y de nuestra tierra en general.

Mi actividad laboral, la realizo en la empresa familiar de Alcubierre, Talleres Lasheras, junto a mi hermano. Nos dedicamos a la fabricación de chimeneas, barbacoas, hornos…

Una parte de mi tiempo libre la dedico a la actividad de “contador de historias” y guía en La Cartuja de Ntra. Sra. de Las Fuentes.

Alcubierre

Con una población actual de 463 vecinos, su ubicación al pie de la cara norte de la Sierra de Alcubierre, podríamos decir que forma parte de su identidad. Los hechos históricos a lo largo de los siglos nutren la memoria de Alcubierre; nos da una gran capacidad para reconocer el pasado con referentes propios que nos ayudan a enfocar el presente y mirar hacia el futuro.

Conocemos objetos del periodo Calcolítico, Íbero, Romano, acontecimientos medievales documentados, las tres ocasiones en las que Carlos V pasó, comió y durmió en Alcubierre, la Guerra de la Independencia con importantes personajes y sucesos, la figura de Cucaracha y el bandolerismo del XIX, la tragedia de la Guerra de España 1936-1939, la presencia de George Orwell en Alcubierre y en las trincheras.

Mantenemos tradiciones como la de San Caprasio desde 1276 y la Vieja Remolona, posiblemente desde el siglo XVII. En los tiempos actuales, Alcubierre apuesta por la inteligencia con su Torneo Internacional de Ajedrez, del que se va a celebrar su XV edición. En la Ruta Orwell se hacen recreaciones relacionadas con la última guerra en España y, también de alguna batalla de la II Guerra Mundial, para las que también sirve como marco el casco urbano.

En la Sierra podemos contemplar huellas geológicas, su flora y la recogida de agua en pozos, balsetas y balsetes. A todo ello, debemos añadir el interés creciente por el estudio de un buen número de fósiles.

Respecto al patrimonio, destacar la iglesia parroquial de estilo gótico-mudéjar-renacentista con su bella torre, las casas solariegas, el monumento al Corazón de Jesús, y el retablo mayor de la iglesia recreado a partir de fotos anteriores a su destrucción en 1936. El retablo original fue donado probablemente por el X Conde de Sástago, a cuya casa perteneció una parte de  Alcubierre hasta la abolición de los señoríos en el siglo XIX. A una rama de la casa de Sástago, el rey Alfonso XIII le dio el título nobiliario de Conde de Alcubierre, creado el primer día de julio de 1909 y se le concedió carácter perpetuo y hereditario el 31 de Enero de 1912.

Montesnegros

Empecé a colaborar en la revista porque Constán me invitó a escribir un artículo sobre La Cartuja de las Fuentes y otro sobre Cucaracha. Alcubierre todavía no se había reincorporado a la revista, un poco más adelante, al entrar como concejal en el Ayuntamiento de Alcubierre en 2015, lo propuse en un pleno y se aprobó. Así comenzamos a colaborar participando con nuevos artículos y acontecimientos producidos en nuestra localidad.

Durante este tiempo hemos aportado artículos sobre personas relacionadas con Alcubierre en tiempos pasados y actuales, como Ramón Cisterna Cáncer, Florentina Casamayor Giménez, Mariano Gavín Suñén, sobre el torneo de ajedrez, recreaciones históricas… En general sobre temas de nuestra localidad.

La revista Montesnegros es un vehículo de transmisión de cultura, es un lazo de vecindad entre los pueblos de la comarca que colaboran y participan en ella.

Casi podríamos decir que a lo largo de estos 30 años y los que vengan, todo lo publicado y por publicar, va a suponer una notable enciclopedia sobre este conjunto de municipios, a cuyos ayuntamientos hay que agradecer su soporte económico.

Me parece destacable el interés, el rigor y la pasión que se pone al elaborar cada número de la revista, la labor de nuestro director Ángel Longás, la humildad y generosidad de todos los colaboradores.

Personalmente, compartir  las páginas de la revista, con mis aportaciones y, sacar adelante temas que tanto nos gustan junto a todo el equipo, me produce una sensación de agrado y felicidad.

Montesnegros es una muestra de que se puede hacer cultura desde el medio rural y que puede llegar a cualquier rincón del mundo. Para sus lectores, la revista supone encontrarse con contenidos muy variados y cercanos, que no aparecen en otras publicaciones y que pueden llegar a emocionarles.

Los Monegros

El proceso silencioso de despoblación que sufre el mundo rural y que nos afecta a todos, debe servir para que juntos aprovechemos los recursos y las oportunidades que puedan ir llegando o que nosotros mismos creemos.

Hay que seguir buscando soluciones y mantener vivo el mundo rural, por todas las ventajas que conlleva y no perder de vista las energías renovables como oportunidad de crear trabajo y desarrollo.

Las personas que viven, trabajan y luchan día a día por mantener viva esta comarca en todos y cada uno de los aspectos que la conforman, son un auténtico tesoro para Monegros.

Vemos con optimismo y esperanza la llegada de nuevos vecinos, desde otros países incluso, a los que debemos ayudar a integrarse en nuestros pueblos. La inclusión depende de nuestra actitud hacia ellos con trato de igualdad, empatía y solidaridad.

El territorio de Monegros es nuestro espacio vital más inmediato. Sus paisajes se meten en el alma y son como un aliento de razón y de origen, de identidad, donde nos reconocemos a nosotros mismos.

Contemplar estos amplios espacios, recorrer sus caminos, su sierra, visitar su patrimonio, invitan  a una observación íntima y silenciosa que nos tiene que llevar a conocerlo y quererlo para así poderlo proyectar hacia otras gentes y lugares.

Gonzalo Gavín González


Gonzalo Gavin González es todo un enamorado y estudioso de su pueblo Leciñena, del que además ha sido alcalde. Ha colaborado en amplitud de revistas y tiene varias publicaciones, especialmente dedicadas a la historia de Leciñena y a nuestra comarca de Los Monegros. Igualmente, desde hace años es colaborador y miembro del equipo de redacción de la revista Montesnegros. Por ello, con la excusa del trigésimo aniversario de la revista Montesnegros (Montesnegros, 30 años), nos adentramos a conocer a parte de sus colaboradores y, a modo de entrevista, sus pueblos, la revista Montesnegros y una significación sobre nuestra tierra: Los Monegros.

Leciñena

En Leciñena se habían publicado varias revistas, de muy sencilla presentación, desde 1980. La Fraucada, una revista promovida por la Junta Cultural que canalizaba la acción cultural del Ayuntamiento. Ceprén, como iniciativa particular, pocos años después. Ambas con el objetivo de servir de vehículo a las iniciativas culturales y la actualidad del municipio. De alguna forma se pueden considerar precedentes de Montesnegros, que nació en 1992 desde la Junta Cultural, pero con la pretensión de incluir en su ámbito varios municipios próximos.

Revistas de Leciñena. Gonzalo Gavín González. Revista Montesnegros nº 67.

Montesnegros

Durante estos años, ya 30, transcurridos, Montesnegros ha permitido poner en las manos de sus lectores, en cada casa, un volumen muy importante de información relativa al pasado, la naturaleza, las costumbres y las personas de nuestros pueblos. Aunque hay publicaciones en forma de libros -en el número 68 de la revista un artículo enumera los publicados durante estos 30 años- no se dispondría a estas alturas de tal cantidad de información si no fuera por la revista. Se puede consultar en https://revistamontesnegros.com el índice de artículos por temas hasta el número 67 -próximamente se actualizará con los del número 68- y ahí se puede constatar lo fructífero que ha resultado este proyecto:

  • Información publicada en libros especializados que quedaban fuera del alcance de nuestros lectores y que se ha difundido en artículos de la revista.
  • Aficionados a distintos temas que estaban recopilando información (naturaleza, historia, costumbres) que han encontrado un cauce para transmitir esos datos a los vecinos.
  • La propia existencia de un medio de publicación que ha animado a muchos colaboradores a buscar documentación en archivos para publicarla, y que de no ser por la revista seguiría inédita.
  • a interesarse por distintas tradiciones y personajes para poder elaborar un artículo y dejar testimonio de información que quizá habría desaparecido con la muerte del protagonista.

Como proyecto cultural, Montesnegros ha venido a completar la actividad que se programa en cada localidad, situándose a medio camino entre el concepto de revista local tradicional y las revistas más cultas de los distintos centros de estudios (IFC, IEA, etc), es decir, tratando casi siempre temas locales o comarcales, pero acogiendo también artículos de investigación.

Por mi parte, empecé a colaborar en Montesnegros en el número 3, con un vocabulario de interés dialectal que había ido recopilando en Leciñena a lo largo de los años. Debido a su extensión se fraccionó en siete entregas. Este vocabulario fue posteriormente incluido en el libro Bocabulario monegrino, editado en 2005 por el Consello d’a Fabla Aragonesa -aunque eliminando todo el aparato bibliográfico con el que se publicó en la revista, y homogeneizando su presentación con el resto de vocabularios que incluía este libro.

Posteriormente la mayor parte de mis artículos han tratado de historia de Leciñena. También desde hacía años había recopilado las reseñas que sobre Leciñena aparecían en publicaciones que estudiaban distintos episodios del pasado y que de forma más o menos aislada citaban algún dato, un nombre, o una fecha relativa a Leciñena. Ese tipo de datos dio origen a un artículo Notas para una historia de Leciñena, que se publicó en varias entregas en la revista Santuario de Monegros, también editada a partir de 1992 en Leciñena. Pero intentando completar la información de tales publicaciones, comencé a buscar su origen en diversos archivos -lamentablemente no se conserva ningún archivo histórico local en Leciñena- pues era de suponer que unas referencias me podrían llevar a otras y recopilar información de interés local. A partir de la información recogida fui elaborando artículos que se han ido publicando a lo largo de los años. Una parte de esa información, convenientemente reelaborada, constituye el libro Notas para una historia de Leciñena, que la Institución Fernando el Católico publicó en 2016.

Constantino Escuer Murillo


Constantino Escuer Murillo es de Perdiguera, donde todo el mundo le conoce como Costán. Es agricultor, dedicándose al cultivo de cereales de secano, almendros y un pequeño olivar de donde saca el aceite que consume. Disfruta mucho con un buen libro y le gusta observar todo lo que la naturaleza le ofrece, especialmente en el mundo de la entomología y de la botánica. También le interesa mucho todo lo relacionado con la historia de su pueblo, Perdiguera, ya sea investigando en los archivos municipales o recopilando fotografías antiguas.

Costán lleva prácticamente desde el principio vinculado a la revista Montesnegros, como colaborador y parte del equipo de redacción. Con motivo del trigésimo aniversario de la revista Montesnegros (Montesnegros, 30 años), nos adentramos a conocer a parte de sus colaboradores y, a modo de entrevista, sus pueblos, la revista Montesnegros y una significación sobre nuestra tierra: Los Monegros.

Perdiguera

Mis recuerdos de infancia son de un pueblo todavía en blanco y negro, con calles de tierra, iluminación escasa, agua recogida en aljibes y con una agricultura que comenzaba a cambiar las caballerías por los primeros tractores.

En la escuela todavía se separaba a los niños de las niñas y cuando salías, a casa a buscar la merienda y a jugar por las eras.

Según íbamos creciendo, el pueblo iba cambiando, llegó el asfaltado de las calles, el cambio de las viejas bombillas por farolas (recuerdo que el día que las estrenaron, cogí a mi abuelo por la mano, lo saqué a la calle y le dije: mira abuelo, parece que es de día), vino el agua corriente con su red de vertido, se construyó la piscina municipal, comenzó la restauración de edificios como la iglesia y el ayuntamiento, se creó la cooperativa, más tarde se hizo la concentración parcelaria y se construyó un centro multiusos…

En fin, Perdiguera fue modernizándose, cambiando en lo físico, pero también fue cambiando su población, que se iba marchando en un goteo constante hacia la ciudad y que pasó de estar ocupada en su gran mayoría en la agricultura a buscar nuevas salidas laborales.

Producto de esa pérdida de población fue la venta por parte del ayuntamiento de dos parcelas municipales para hacer dos urbanizaciones que sumasen nuevos habitantes a una población que se iba quedando pequeña y envejecida. Esto hizo que gente proveniente de distintos sitios, viniese a vivir a Perdiguera, integrándose con quienes ya vivíamos aquí y supuso una enorme revitalización para el pueblo y para su escuela.

Y aquí es donde ahora nos encontramos, en una localidad con buenos servicios, buena calidad de vida, pero que no obstante, comienza de nuevo a perder población.

Montesnegros

Hace ahora treinta años, yo era concejal de cultura cuando Antonio Letosa vino, con una revista que dirigía en Leciñena y que ya llevaba publicados dos números, a invitarnos a participar en ella junto a los vecinos pueblos de Farlete y Monegrillo,.

Reunidos con un pequeño grupo de vecinos comprometidos con la cultura, escuchamos su propuesta y le dijimos que podía contar con nosotros. Allí comenzó mi andadura en la revista como coordinador y articulista en Montesnegros.

Desde aquellos inicios, he participado con la redacción de setenta artículos y todavía sigo siendo el coordinador de la revista en Perdiguera.

La mayoría de mis artículos tienen relación con la naturaleza de nuestra zona. Comencé  con la botánica y ahora escribo sobre todo sobre la rica biodiversidad de invertebrados que tenemos en Los Monegros.

Como ya dije, me interesa mucho la historia de mi pueblo, Perdiguera, y he dedicado también varios artículos a escribir sobre mis investigaciones en los archivos municipales. Reconozco que estoy muy satisfecho de lo que he escrito en este campo, sobre todo lo relativo al uso del agua y en especial de uno dedicado a la presencia de lobos y linces en nuestra sierra.

La revista Montesnegros es el resultado del compromiso con la cultura de un buen número de personas, que altruistamente, ponen sus conocimientos y sus diferentes sensibilidades a disposición de sus conciudadanos.

Es una ventana abierta al pasado, al presenta y al futuro de nuestros pueblos, desde la que podemos ver pasar los diferentes aspectos de conforman nuestra idiosincrasia en temas como la cultura, el deporte, la salud, el trabajo, la naturaleza, la historia…

Que haya llegado a cumplir treinta años, con la participación de 550 personas y cerca de 2000 artículos es un hecho casi sin precedentes en el mundo de las revistas comarcales o locales y nos habla de una revista viva, que se va adaptando a los tiempos, cambiando cuando es necesario formato, contenido y diseño, pero sin perder un ápice su calidad.

Montesnegros es un nexo de unión entre los pueblos que participan en la confección de la revista y sé de primera mano, que sus lectores más fieles reciben con especial cariño cada número que se reparte, guardándolo en sus colecciones particulares.

Montesnegros es CULTURA con mayúsculas.

Los Monegros

Los Monegros son la tierra donde se anclan mis raíces y las de mis antepasados.

Es una comarca que por sus especiales condiciones (clima, suelo…) nunca ha puesto la vida fácil a quienes la habitamos, ya seamos personas, flora o fauna.

Esto, sumado a la actual tendencia de la población a desplazarse para vivir en las grandes ciudades ha supuesto una pérdida constante de población, especialmente en los últimos tiempos.

Pero quienes aquí resistimos y vivimos, tenemos la satisfacción de poblar una tierra con unos extraordinarios paisajes y una biodiversidad apabullante que nos sale al encuentro en cada recodo del camino.

La resistencia y la solidaridad son los valores que hacen de Los Monegros un lugar donde la vida se abre camino y se disfruta pese a las dificultades.