Archivos Mensuales: marzo 2020

Diario distópico de Los Monegros


Caseta

Día 0 antes del aislamiento.

Los primeros días decían que el virus estaría de paso, seguramente viajaría por la nacional II y con suerte solo se detendría por alguna de las áreas de descanso de Bujaraloz o Peñalba, tomaría un café y continuaría de nuevo con su infeccioso viaje. Simplemente estaría de paso.

Aquí, en Los Monegros, no suele venir mucha gente, así que parecía un lugar seguro. La situación parecía controlada, pero las noticias no pararon de alarmar, en Madrid se estaba haciendo fuerte y pronto iban a tomar medidas muy duras por todo el país. El virus se estaba extendiendo.

Aurora bajó pronto a Sariñena, era sábado, un 14 de marzo del 2020. Al aproximarse a la tienda observó gran cantidad de gente que se encontraba agolpada en el interior. Había de todos los pueblos y muchos habían vuelto desde las ciudades a refugiarse, salían con los carros repletos, estaban acaparándolo todo. El riesgo de contagio era muy alto.

Aurora volvió al pueblo sin la compra y sin perder un segundo se reunió con su marido. Antonio estaba con ella, cogieron a sus tres hijos y a la abuela María y les comunicaron su decisión: Se iban a refugiar todos en la antigua caseta del monte.

Prepararon todo, cargaron alimentos en la furgoneta, enseres de cocina, colchones, mantas ropa, herramientas, libros, cuadernos, lápices y bolígrafos, pozales y tinajas llenas de agua… y la muñeca de Elisa, la pequeña de los tres hermanos. Incluso en el remolque subieron las gallinas, unos tres cerdos y a Mallacán, un perro Beagle joven y vital que no paraba de correr y que costó lo suyo subir al carro.

Partieron antes del anochecer, con el tiempo justo de acomodar la vieja caseta, recoger algo de leña, encender el fuego, cenar caliente y acostarse.

Día 1 de aislamiento, 15 de marzo del 2020.

Amanecieron en la caseta con los primeros rayos de sol entrando por la maltrecha ventana. La puerta tampoco andaba muy lejos, también dejaba pasar el aire y la luz y el tejado necesitaba una conveniente revisión. De manera que el tejado fue una prioridad, se avecinaban lluvias y había muchas cosas por hacer.

Pronto Antonio se puso manos a la obra, arreglando el tejado, colocando bien las tejas y cambiando las que estaban mal. Mientras, Aurora reconstruía algunas partes del corral para instalar bien las gallinas y tocinos. Le ayudaba Josete, el hijo mayor, mientras Clara, la mediana, se dedicaba a recoger leña junto a Elisa, que andaba distraída jugando con el imparable Mallacán.

A la hora de comer, la caseta ya se encontraba en orden y la abuela María había cocinado una riquísima sopa, -como  las de antes-, viejos sabores que le traían agradables recuerdos.

Por la tarde vieron como las nubes iban acechando y poco a poco todo se fue oscureciendo, amenazaba una gran tronada. No tardó la fuerte tormenta en aparecer, haciendo temblar la caseta, arreciando una gran airera que sacudía los pinos de la sierra como si fuesen a caer. Los relámpagos entraban por la aún maltrechas ventana y puerta. Todos se agruparon a la lumbre, la hoguera les daba luz y calor. Elisa sujetaba fuertemente su muñeca y el silencio se veía interrumpido por intermitentes y estrepitosos truenos. Josete atribuyó todo al cambio climático, mientras Clara veía una mano maligna para desestabilizar a China con el Covid-19, sin embargo para  Antonio todo eran tonterías. Aurora les interrumpió, no quería que la joven Elisa se asustase más y comenzó a tatarear una vieja canción que creía olvidada.

La abuela María no pudo evitar conmoverse de felicidad, ha vuelto a su niñez con sus padres y hermanos en la caseta que la vio nacer y donde ahora se encontraba con su hija Aurora, con Antonio el yerno y los nietos Josete, Clara y Elisa.

Pasada la tormenta la noche estuvo en calma. Se acostaron pronto sumiéndose en la profundidad de la noche hasta que un inesperado chillido irrumpió los serenos sueños. Era Elisa.

Día 2 de aislamiento, 16 de marzo del 2020.

El chillido de Elisa había despertado a todos pero en la caseta no se veía nada, el fuego del hogar había perdido vitalidad y apenas iluminaba; ninguno sabía lo que pasaba.

Aurora encendió una vela y el interior de la caseta se iluminó con sus sombras y penumbras. Elisa estaba de pie, agarrando su muñeca, la estrujaba, mientras un ratón chiquitín se encontraba acorralado por Mallacán. –No, atrás Mallacán- gritó Elisa –No le hagas daño-. Rápidamente Antonio agarró por el collar a Mallacán y lo empujó al otro lado de la caseta. Aquel momento lo aprovechó el escurridizo ratón y ágilmente desapareció a través de una pequeña grieta en la pared. Se había evitado una matanza segura.

Ratoncín, Elisa dijo que así se llamaría su nuevo amigo y lo iba a proteger frente al malvado, cruel y despiadado  Mallacán. Elisa estaba bastante enfadada con el joven Beagle y  aunque por la mañana la despertó muy alegremente, mantuvo su enfado durante unos largos, larguísimos cinco minutos.

El día apareció lluvioso y la familia no tuvo más remedio que permanecer dentro de la caseta. Confinados como estaban en el resto de las casas, continuaron realizando mejoras, arreglando la ventana y la puerta, resguardando bien las provisiones y el resto de utensilios y enseres.

También se dedicaron a la lectura o a pasar el rato mirando fijamente el fuego; alguna vez se asomaban por la puerta y salían corriendo a buscar algo de leña. Aprovecharon la lluvia para recoger agua, incluso Antonio fue a la pequeña balseta de la caseta para arreglar con la azada el abandonado sistema de captación de agua. Sin embargo, a Josete y Clara la falta de su teléfono móvil y el ordenador les empezaba a inquietar, no entendían como no estaban como los demás, en sus casas, como la gente normal, con agua, luz, internet y televisión.  Todo acabó en una bronca monumental. Elisa habría preferido la tormenta del día anterior, pero como siempre, la calma volvió tras la tempestad.

Cenaron con las malas caras de Josete y Clara, estaban mudos, refunfuñando de vez en cuando. Ni se reían con las muecas de Elisa, se enfadaban más.  La abuela María trataba de ser cuidadosa y amable, no sabía ser de otra manera.

No tardaron en recostarse pronto, al caer la luz poco o casi nada había que hacer. Elisa trató con todas sus fuerzas no quedarse dormida, con la mirada atenta esperando que Ratolín apareciese de nuevo. Miraba fijamente, sin distraerse, pero también pensando en lo que había escuchado decir a sus padres sin que se hubiesen dado cuenta: habían cerrado las fronteras, no dejaban salir a las calles e incluso en muchas tiendas había desabastecimiento. Prefirió no pensar en ello y permanecer atenta a que se dejase ver Ratolín con sus alegres ojillos. Pero Elisa cayó dormida, a pesar de las historias terribles que contaban sobre el virus y que Josete no escatimó en detallar, describiendo como a los infectados les aparecía un nuevo ojo en la frente, antenas en la cabeza y se volvían verdes como los marcianos.

Día 3 de aislamiento, 17 de marzo del 2020.

Los ladridos de Mallacán despertaron a toda la familia, Elisa en seguida temió por Ratolín e inmediatamente se puso a chillar. Antonio tropezó al tratar de coger a Mallacán y cayó al suelo llevándose a Clara con él. Al fin, Aurora consiguió encender la luz y ver el desorden en que se había convertido todo. Clara lloraba al haberse lastimado un poco la pierna, Josete trataba de ayudar a Antonio a levantarse y por poco se caen los dos. Entre tanta confusión, Elisa continuaba con sus chillidos.

Mallacán no gritaba por Ratolín, era por algo que había escuchado afuera. -Quizá sea alguna ave nocturna, una lechuza o un búho-, dijo Clara, aún magullada por el golpe. Aurora abrió la puerta de la caseta y miró al exterior, después salieron todos menos la abuela María que no paraba de advertir que tuviesen cuidado. Sin darse casi cuenta, Mallacán salió disparado perdiéndose en la oscuridad, con sus fuertes ladridos. Elisa se asustó y comenzó a llamar a Mallacán, todos se sumaron a llamarlo, pero Mallacán no volvía; tampoco lo veían ni podían ir a buscarlo entre tanta oscuridad. Elisa comenzó a llorar a la vez que continuaba llamando desesperadamente a Mallacán. Hasta que de repente, entre la oscuridad, de la misma manera que había desaparecido, volvió Mallacán a aparecer. -¡Mecachis!- Elisa lo abrazó con fuerza mientras Mallacán movía alegremente la cola. Todos regresaron a la caseta, reprendiendo y a la vez acariciando al atrevido Mallacán.

Por la mañana simplemente el día goteaba un poco, los romeros, el tomillo, las aliagas… estaban en flor, los aromas embriagaban y los cantos de los pajarillos alegraban el amanecer. Clara descubrió unas pisadas, no eran las de Mallacán, eran muy parecidas pero no coincidían con la del joven Beagle. Josete encontró cerca otro rastro, eran unos excrementos sobre una piedra, debían de ser de una rabosa que había estado merodeando por la noche. -Por eso había ladrado Mallacán- exclamó Clara.

Tras la presencia de la rabosa había que reforzar el corral, proteger las gallinas y levantar más la tapia. La familia se puso en ello, fueron trayendo y colocando piedras en el muro. Tenían que tener cuidado al levantar cada piedra del suelo, debajo podía aparecer un alacrán y picar.  El espinguitero de Josete le dijo a Elisa que si le picaba un alacrán le transmitiría el virus y se volvería verde. Elisa dejó de coger piedras y se entretuvo jugando con Mallacán, no quería volverse una marciana.

Tras la cena, estuvieron un rato agrupados al calor del hogar, recordaron lo que había pasado por la madrugada, soltaron decenas y decenas de risas y carcajadas. Elisa también reía pero a la vez no dejaba de observar a su familia, tal vez alguno pudiera haber sido picado por un alacrán y pudiese comenzar a volverse verde.

Elisa pronto comenzó a caer rendida, cansada del duro día. En seguida se fue a dormir, colocando un poquer de grano para Ratolín, cerca de la grieta por la que había desaparecido por última vez. Trató con todas sus fuerzas de no quedarse dormida para poder ver de nuevo a su amigo, esperando que tampoco estuviese afectado por el virus y no fuese un ratón marciano.

Día 4 de aislamiento, 18 de marzo del 2020.

La noche por fin fue completamente tranquila, durmieron de un tirón y sin ningún sobresalto. En la vieja caseta se levantaron temprano, no sin antes remolonear al abrigo de los sacos de dormir. El día amaneció nublado, como los días anteriores, pero ya sin nada de lluvia. Alimentaron el fuego y se llevaron algo a la boca en forma de desayuno. Sin dilatar más el tiempo se dispusieron a trabajar.

Josete, Elisa y la abuela fueron a buscar agua a la balseta, es lo que la abuela había hecho desde su niñez hasta que llegó el agua corriente a las casas. Iban con pozales y cantaros sobre sus cabezas, casi todos los días acudían a buscar agua a la balsa, para beber, asearse, fregar, lavar la ropa… -No fuiste a la escuela, abuela- preguntó Josete, -Entonces a la escuela se iba poco, había que ayudar en casa- respondió la abuela. Además de ir a buscar agua a la balsa, María les contó muchas de las cosas que hacía de pequeña: ayudaba con todas las faenas de casa, cocinar, fregar, lavar la ropa, cuidar a sus hermanos y además atendía los animales del corral, iba a la siega, cogía esparto, hacía sogueta… -¿Sogueta?- pregunto extrañada Elisa sin saber qué era -Ya te contaré- contestó la abuela –Aura vamos pa la balseta a coger agua, que no tenemos toda la mañana-.

Elisa nunca se había imaginado que la abuela hubiese hecho tantas cosas, incluso era capaz de hacer las más sabrosísimas croquetas, unos súper peducos de lana para ir por casa y unas cosquilletas o bufadetas y pedorretas insufribles por la pancha y el melico. Sin lugar a duda, era una híper mega súper abuela.

Todos continuaron haciendo muchas faenas hasta la hora de comer, luego se permitieron descansar un ratico.

Esquilas, sin esperarlo comenzaron a escuchar esquilas de un rebaño y el balido de ovejas y cabras. Así fue, un rebaño de una doscientas cabezas comenzó a asomar tras la loma. Ya era por la tarde y el pastor recogía el rebaño para que no se le echase la noche. Aurora y Antonio conocían al pastor, era del pueblo. Hablaron un rato con el pastor y consiguieron que les dejase unas cuatro cabras para leche y un choto, -Cuando todo pase te las devolveremos, prometió Antonio. Federico, el pastor, marchó cabeceando y exclamando –Dura, muy dura va a ser esta batalla, ¡Qué os vaya bien!-. Entre tanto, Clara tuvo que sujetar a Mallacán para que no se abalanzase sobre las ovejas.

A Elisa la situación le comenzaba a intrigar demasiado, Federico había comentado que hacía días que habían movilizado el ejército  por todo el país y la gente permanecía confinada en sus casas, la situación era muy preocupante. El ataque del virus alienígena era una terrible amenaza, se estaban librando grandes batallas por todo el mundo y había que estar preparados. Elisa se durmió urgiendo un plan contra los extraterrestres: volverse invisible.

Día 5 de aislamiento, 19 de marzo del 2020.

A media noche Elisa despertó decidida a poner en práctica su arduo plan contra los extraterrestres y sin contemplaciones se puso manos a la obra para hacerse invisible. Aunque lo pensó mejor y vio que no era suficiente con hacerse solamente ella invisible, debía de hacerlo extensible a toda la familia.

Al alba, una ligera boira cubría el horizonte y, aunque el gorjeo de los gurriones alegraba la mañana, el invierno resistía a marcharse. Pero ¿Qué pasó con el plan de Elisa? ¿Había hecho a su familia invisible?.

La familia despertó con un sobresalto al contemplarse los unos a los otros, quedándose perplejos, turulatos y patidifusos; todos menos Elisa, la única que no puso cara de sorpresa. Tal vez, por algo todos la miraron con aires acusatorios, sabiendo que ella era la responsable. Ante tal inesperada sorpresa, flipe y alucine, no pudieron dejar de desternillarse, descuajaringarse y troncharse de risa. Pero esto, claramente, para nada iba a quedar así y una buena carrañada planeaba sobre Elisa.

Todos llevaban la cara pintada de verde y un tercer ojo en la frente, Elisa les había transformado en marcianos –Así el virus no nos atacará!-, era la mejor forma de volverse invisibles al virus –Ahora somos marcianitos y pensaran que somos de los suyos-, pero el resto de la familia no la tomaron en serio. Todos acabaron restregándose la pintura de la cara a pesar del fastidio de Elisa, pues en vano se resistió a quitarse la pintura. Pero lo peor de todo es que le confiscaron las pinturas, no habían entendido el plan de Elisa, eran unos irresponsables y sus vidas estaban en peligro.

El sol por fin apareció y dejó atrás la ligera boira. Tuvieron que ir a buscar mucha más agua, se estaba convirtiendo en una rutina pero hoy era mucho más necesaria, habían gastado mucha para lavarse la cara. A Josete aún se le marcaba el tercer ojo, logrando la burla y recochineo de Elisa y Clara durante toda la mañana.  –Así nos aseábamos antes, calentábamos el agua al fuego y luego nos íbamos aseando poco a poco con el agua y a los más pequeños dentro de un barreño- contó la abuela, -Ahora vivimos como tú antes, abuela- respondió Clara y así es, nunca María había imaginado terminar viviendo en la vieja caseta con sus nietos.

Cocinar lento al fuego del hogar, lavar la ropa y secarla al aire libre, alimentar las gallinas, coger los huevos, sacar a pastar y ramonear a las cabras, ir a buscar leña… todo obligaba a ir realizando faena tras faena. Pero hoy había una novedad, había que ordeñar las cabras. Las colocaron una a una sobre un altero, les limpiaron con agua tibia las ubres y luego las ordeñaron cuidadosamente depositando la leche sobre un pozal. Colaron y guardaron la leche para hervirla varias veces antes de consumirla. Todos bebieron un poco de leche de cabra antes de acostarse a dormir.

Elisa se acostó sabiendo que su plan había fracasado, era una pena, pero lo mejor era que habían sobrevivido un día más al letal virus alienígena. -¡Ay!-, había caído en cuenta que hace tiempo que no sabía nada de Ratolín y el grano que había dejado aún estaba. Se quedó contemplando la grieta pero el sueño le venció sin llegar a ver a Ratolín.

Día 6 de aislamiento, 20 de marzo del 2020.

Ratolín había salido de su escondite, olisqueaba todo y poco a poco fue acercándose al puñado de comida que Elisa había depositado sobre el suelo. Justamente Elisa abrió los ojos y lo contempló por un instante hasta que Ratolín se esfumó al advertir su presencia. Por un momento se habían mirado directamente a los ojos, una mirada inocente y fugaz, pero que bastaba a Elisa para saber que verdaderamente era su amigo. Y suerte que, por esta vez, Mallacán no se había enterado.

La primavera había llegado. Amaneció el día despejado, al principio algo frío pero fue mejorando a la vez que el sol transcurría a través del horizonte. Esta vez desayunaron leche de cabra. La leche de cabra era rara, tenía un sabor diferente pero no había otra, así que tenían que ir acostumbrándose. Había que habituarse a muchas cosas nuevas, no había baño ni forma de ducharse, tenían una zona determinada, un aujero detrás de unas coscojas donde pichar y hacer asuntos mayores. Allí iban todos, todos menos Mallacán que lo hacía donde le venía en gana a pesar de las muchas carrañadas que se llevaba.

Las mañanas se estaban convirtiendo en una rutina de trabajos mientras que las tardes eran más libres, para jugar, pintar o leer. Elisa acababa agotada todas las mañanas y aquel mediodía se tumbó sobre la húmeda hierba. Mallacán había hecho lo mismo pero a la vez mordisqueaba un palo que, poquer a poquer, fue despedazando. Entre tanto las nubes flotaban en el cielo, con sus formas de seres y objetos, una se parecía a Ratolín y otra a la vieja cafetera de la abuela -¡Qué bonitas son las nubes!-, pensó para sí misma Elisa.

Ovnis

No, no podía ser, unas nubes parecían platillos volantes, trataban de confundirse con las nubes, pero Elisa no iba a caer en esa trampa. Los llamó a todos y les señaló los ovnis, los había desenmascarado. –A la caseta, a la caseta a esconderse- gritó Elisa mientras su familia, siguiéndole el juego, obedeció apresuradamente. Allí permanecieron ocultos hasta que Elisa comprobó que el peligro había desaparecido, se había pintado la cara de verde y un tercer ojo en la frente, le faltaba la antena, pero corrió con ese riesgo y se asomó a través de la ranura de la puerta. Minuciosamente comprobó como las nubes alienígenas habían desaparecido y felizmente todos pudieron salir seguros y en calma.

La tarde fue tranquila, al resguardo de la caseta y el calor del hogar. María lavó a Elisa cuidadosamente y luego le cepilló el cabello detenidamente. Tras la cena estuvieron hablando de muchas cosas, de cómo irían las cosas por el pueblo y si todos estarían bien. Pronto Elisa se fue a dormir, pensando que no podía quedarse con los brazos cruzados, tenía que hacer algo para mantener a salvo a su familia. Sabía que tenía que tramar un plan, pues esos malditos marcianos no iban a ganar.

Distopico

Día 7 de aislamiento, 21 de marzo del 2020.

Los días de aislamiento comenzaban a causar desánimo en la familia, después de todo habían desconectado socialmente y tecnológicamente del resto del mundo, sin ningún tipo de noticias por teléfono móvil, internet, televisión, radio o prensa y sin contacto con familiares, amigos o vecinos. No obstante, si bien se habían aislado completamente, podían gozar de una comedida libertad en plena naturaleza. Resulta una vuelta atrás, a la vida de sus antepasados, renunciando a las comodidades de hoy en día pero con la esencia de la condición humana, de valorar lo verdaderamente importante y sustancial, de estar juntos en familia. Una forma de vida plenamente ligada a la naturaleza, a las raíces profundas de los saberes y cultura ancestral que nos han acompañado y definido durante siglos.

Amadrugó el 21 de marzo en pleno equinoccio de primavera, a partir de ahora los días iban a alargar. Las cebada estaban preciosas, crecidas y vigorosas, frondosas y verdes; la abuela decía que este año iba a ver una gran cosecha. Cerca de la balsa, por los margüines salían rojos ababoles y florecillas blancas y otras amarillas. Revoloteaban las mariposas y una marieta centró la atención de Elisa, era una mariquita roja de siete puntos negros. Elisa se encontraba bajo una sabina, una de las muchas que salpican Los Monegros. Una piedra blanca, completamente blanca llamó su atención, era preciosa.

Elisa le enseñó la piedra a su abuela -Es una piedra de yeso. Antes las recogían para cocerlas en un horno, luego las molían y de esta forma obtenían el yeso en polvo para construir-. Definitivamente, la yaya María sabía muchas cosas. –Para el horno empleaban de leña fajos de romero que ataban con un fencejo-. -¿Qué es un fencejo?- preguntó Elisa. –Es una sogueta, de esparto, servía para atar muchas cosas como las gabillas, fajos de cebada o trigo, durante la siega-.

De verdad que era una piedra muy bonita, blanca, brillante… y había muchas más, esta se la iba a guardar.

Por la noche, recogidos al calor del hogar la abuela contó algunas cosas más  sobre la sogueta, de la que curiosamente había un trozo en la misma caseta. -Recogían el esparto y luego hacían sogueta muchas mujeres y niños y niñas por las calles en verano o en las casas durante el invierno, al calor del hogar. -¡Cómo sufrían las manos!-, pero su elaboración ayudó mucho a salir adelante a las gentes humildes de Los Monegros. –Para evitar plagas en los frutales, en la noche de san Juan, se ataba un trozo de fencejo en el tronco y se hacía un ñudo- Era una especie de amuleto protector. Cumpliendo con las creencias antiguas y viejas supersticiones la familia decidió por unanimidad colocar en la puerta un trozo de sogueta viejo que había por la caseta a modo de objeto protector.

Era noche de luna menguante y próximamente habrá luna llena. Elisa ya contaba con un buen amuleto que le iba a asegurar protección, su piedra blanca y brillante de yeso. Igualmente contaban con el fencejo en la puerta de entrada de la caseta que la hacía inexpugnable frente al virus, alienígenas y otros seres malignos. Pero no había que bajar la guardia, la batalla iba a ser larga.

Día 8 de aislamiento, 22 de marzo del 2020.

La sabina se había convertido en su refugio particular, un lugar donde escaparse y jugar con su muñeca; era su rincón favorito. -La sabina era muy longeva-, contaba la abuela, -pueden alcanzar más de 500 años-. Elisa sentía su fuerza cuando abrazaba el tronco de la añosa sabina. Aparecen aisladas y en pequeños bosquetes –Son un relicto de antiguos bosques del periodo Messiniense o Mesiniano, hace entre 7,246 y 5,332 millones de años atrás- continuaba relatando la yaya. – ¡Uff, qué vértigo dan tantos años!- exclamó Elisa -¡Del año catapum!-. Pero una cosa tenía segura: la sabina era un árbol precioso, imponente y majestuoso. Había de dos tipos de sabinas, una era la albar, la más clara y abundante, con el fruto rojizo (gálbulo), y la otra la negral, que como bien dice su nombre es más oscura, con el fruto azul. La madera es muy aromática y antiguamente era quemada como incienso, con su olor resinoso intenso y agradable –Su olor ahuyenta a los insectos y hace huir a las serpientes-. -¿Y a los virus?-, preguntó Elisa –Seguro que sí- respondió la yaya María.

Elisa recogió ramillas secas de sabina, los fue guardando en una bolsa y a partir de ahora las irá arrojando al fuego una a una  cuando estén todos alredol del fogaril. La protección iba aumentando, había que hacer todo lo posible para evitar ser contagiados. Los virus alienígenas no iban a poder con Elisa y su familia. Asimismo, en ello coincidieron todos, la ramilla de sabina perfumaba maravillosamente la caseta.

El recorrido del sol comenzaba a ser familiar, solo con verlo ya sabían, más o menos, que hora del día era. La hora de comer era sagrada y solía coincidir con el sol en lo más alto.

Por la tarde, Elisa comenzó a subir a una pequeña colina desde la que divisaba un amplio territorio, desde allí vigilaba cualquier presencia, veía a rapaces surcar el cielo y olía el romero o el tremoncillo. Era como una atalaya o torre de vigilancia. Josete y Clara solían aprovechar las tardes para sus estudios y Elisa, aunque se escaqueaba bastante, también tenía que hacer sus tareas de estudio, leer y pintar.

Elisa ya tenía su sitio especial, un refugio seguro bajo la vieja sabina, fuertemente enraizada atestiguando el paso del tiempo, de sucesos, hechos y vicisitudes. Además, Elisa siempre llevaba consigo misma su amuleto, la blanca y brillante piedra de yeso. Al acostarse no olvidó de depositar, sobre el suelo, un puñado de grano para Ratolín, que aunque no lo viese, todas las noches salía para comer lo que, con mucho cariño, le dejaba.

Día 9 de aislamiento, 23 de marzo del 2020.

Ciertamente, la leche de cabra cada vez estaba más buena. Para ello tenían que ordeñar y sacar las cabras a pastar todos los días. A las cabras les gustaba trepar por la misma loma por donde Elisa había establecido su atalaya. No resultaba extraño, ya que se entretenían por el lado sur, donde había una mayor pendiente y por donde no dejaban ir a Elisa para evitar que se despeñase. Tampoco era tan patosa y la valiente Elisa se atrevía a deslizarse por una pendiente por donde se escurría de culos, a modo de esbarizaculos, hasta que sus pantalones comenzaron a desgarrarse y despedazarse. Josete y Clara descubrieron su divertimento y no desaprovecharon la oportunidad de bajar por el divertidísimo tobogán de Elisa.  Por fortuna, Caprasio custodiaba la sierra, rebaños, campos y gente.

Desde la atalaya de Elisa se veían los Pirineos y la sierra de Guara. Elisa decía que la sierra de Guara estaba a un tiro de gayata -¿cómo?- preguntaron Josete y Clara. –Así lo cuenta la leyenda de san Caprasio- respondió Elisa, a quien la abuela María se la había narrado: Caprasio debía su nombre a que fue pastor de cabras por la sierra de Guara, donde cuidaba su rebaño hasta que descubrió su vocación de monje. Con todas sus fuerzas lanzó su cayado de pastor que vino a parar a la sierra de Alcubierre. En el lugar exacto comenzó milagrosamente a emanar agua y allí se erigió la ermita en su nombre. De esta manera, San Caprasio es la mayor de las atalayas de la sierra de Alcubierre y con sus 834 metros de altitud sobre el nivel del mar es la cumbre más alta de Los Monegros. La segunda cima de Los Monegros es Monteoscuro, con una altitud de 824 metros.

“Plétora de selenita”, cuenta la leyenda como en el lugar elegido abundaba en selenita, un mineral de yeso parecido al amuleto de Elisa pero cristalizado, brillante y transparente. No obstante, la abuela decía que los selenitas también son los habitantes de la luna. Quizá morasen seres lunares por estas tierras, escondidos en los recónditos lugares, en esas cuevas escavadas en el salagón. -¡Ojalá los selenitas aterroricen a los marcianos!-.

De nuevo ha vuelto a pasar el pastor Federico cerca de la caseta, el sonido de las esquilas ha advertido su presencia. Traía noticias pero no eran buenas, se habían detectado personas infectadas en Sariñena y en otros pueblos de la provincia. La situación se estaba poniendo fea y el periodo de confinamiento se iba alargar, al menos, dos semanas más.

El estado de ánimo se había mermado bastante en la familia. Josete, Clara y Elisa echaban de menos sus amigos, el colegio, la plaza, los columpios, el tobogán… También habían hablado que los mayores tenían que tener mucho cuidado, que eran personas de alto riesgo. A la hora de dormir, Elisa cogió su amuleto, su piedra blanca y brillante de yeso y se la entregó a su abuela María para que estuviese protegida, pues ella la necesitaba mucho más.

Día 10 de aislamiento, 24 de marzo del 2020.

A media noche una luz cegadora atravesó los muros de la caseta iluminando completamente el interior. Elisa se levantó desconcertada, turbada, confundida… observando a su alrededor una luz deslumbrante y constatando que su familia no se encontraba en la caseta, ni siquiera estaba Mallacán. Las piernas se tambaleaban ante la intrigante situación, inquieta y nerviosa fue acercándose hacía la puerta tratando de salir al exterior a pesar de la pesadumbre de su cuerpo, como si fuese arrastrando las piernas. El miedo producía un escalofrío que recorría su cuerpo paralizándolo, se estremecía  cada vez que daba un paso. El miedo iba adueñándose de la joven Elisa, el misterio, la incertidumbre, el suspense aceleraba el corazón y la respiración. Al asomarse por la puerta no vio nada, se había quedado completamente cegada por la luz.

Ahí estaba ante un paisaje desértico, lunar, como las salinas de Bujaraloz sin agua. Una docena de marcianitos la estaban esperando, amenazantes, completamente verdes, con una antena y un tercer ojo en la frente que le miraban fijamente. Elisa buscó apresuradamente su amuleto pero no lo encontró, mientras los marcianos la amenazaban con sus pistolas láser, de rayos gamma y haz de virus alienígenas. Los extraterrestres emitían maléficas y endiabladas carcajadas, habían transformado a todos, incluso a Mallacán que era completamente verde, sus orejas eran antenas y soltaba babas repugnantes por la boca. También habían capturado a los selenitas, los seres lunares con ojos grandes y saltones.

De repente los marcianos dispararon a Elisa su haz, recibiendo un shock tremendo, todo se volvió blanco, quedándose paralizada y sin voz para gritar. Elisa despertó sobresaltada, incorporándose violentamente y con la respiración acelerada. Su amuleto estaba con ella y poco a poco se fue relajando y tranquilizando. Ratolín le observaba distante con prudencia y al instante desapareció atravesando la grieta. Jolín, vaya pesadilla había tenido Elisa. Mallacán se había despertado, olisqueó la zona y se acurrucó cerca de Elisa.

El día fue normal realizando las faenas habituales. Por la tarde Elisa se quedó en la caseta, estudiando y haciendo ejercicios. Luego todos hicieron un rato de lectura y Elisa leyó algunos de sus tebeos, el de los irreductibles galos Astérix y Obélix. La caseta era esa aldea irreductible, invencible ante la pandemia vírica que acecha al mundo. -¡Por Tutatis, están locos estos marcianos- pensaba Eisa para sí misma imaginando a Obélix derrotándolos a guantazo limpio.

Por la noche Elisa salió afuera de la caseta con su abuela, hacía fresco y sobre los hombros María le colocó una de sus toquillas de lana que ella misma había tejido. Había luna nueva y el cielo estaba completamente despejado,  pudiendo contemplar un maravilloso cielo estrellado, un firmamento amplio y esperanzador: -Todo irá bien, Elisa, con paciencia pronto volveremos a casa y recuperaremos la normalidad-  tranquilizó María. Elisa se durmió enseguida, sabiendo que su mejor protección era su familia.

Día 11 de aislamiento, 25 de marzo del 2020.

Ratolín con sus ojos saltones debía de ser un selenita, todo tenía sentido, por eso siempre estaba vigilante por las noches, cuidando de todos cuando estaban más indefensos. El mal sueño de Elisa, la noche anterior, aún daba mucho que pensar, había que tomar nota y estar prevenidos. Por suerte, los selenitas estaban con ellos.

La leche de cabra empezaba a entrar con ganas y mucho mejor caliente en un día que había amanecido nuboso y frío. La rabosa no había causado mayores problemas, había merodeado por el corral, pero este se mantenía seguro y las gallinas iban poniendo riquísimos huevos. Les dieron de comer y beber, también a las cabras les daban de beber ya que a la balseta, donde cogían el agua, no dejaban que los animales se acercasen.

La yaya solía encargarse de la comida, tenía mucha paciencia y la hacía poco a poco en el hogar, para subir el fuego metía más leña o si quería menos la retiraba. También calentaban el agua para lavarse, para que no estuviese tan fría y se aseaban a la antigua, casi sin gastar agua, y luego se secaban calentándose al calor del hogar. Lavar la ropa también era complicado, más bien llevaba mucho más tiempo y esfuerzo, no era tan fácil como meterla en la lavadora en casa. Había que restregarla a mano, enjabonarla y luego aclararla muy bien, era mucho esfuerzo y uno acaba agotado.

Las mañanas eran duras, pero se pasaban rápidas, casi sin darse cuenta. A Elisa ni le daba tiempo de pensar en virus ni marcianos. Eso sí, el que mejor vivía era Mallacán, siempre jugando de aquí p´allá, -¡Qué envidia!-

La sabina ocupaba parte de su tiempo, sobre todo las tardes. La yaya María le había contado historias de un antiguo bandolero que robaba a los ricos y daba a los pobres, era el temido Mariano Gavín Suñen: El Bandido Cucaracha. –Contaban- decía María- que el Cucaracha escondía parte de su botín enterrado bajo una sabina- Esta podía ser la sabina del Cucaracha, donde tramaría sus hurtos y robos y se sentiría seguro ante sus perseguidores- pensó Elisa -Igual, además de su botín, podría estar el trabuco del célebre Cucaracha. ¡Cómo lo encuentre ya se poden ir preparando los malvados marcianos!-.

Hoy empezaba la fase de luna creciente y seguro que la luna ayudará a combatir el virus. Elisa se sentía segura, en la sierra donde se refugió el malhechor Cucaracha. Mucha gente estaba luchando contra el virus mientras otros tenían que resguardarse. Era lo que Antonio y Aurora repetían cada día, lo debían de hacer.

Hemos aprendido a guardar las distancias, pero nos hemos vuelto más humanos.

Día 12 de aislamiento, 26 de marzo del 2020.

Amaneció un día claro, despejado y algo frío. Aurora había alimentado el fuego pronto por la mañana, había echado una buena toza y la caseta se encontraban cálida. Ratolín se había comido todo, debía estar hecho todo un glotón. Mallacán también era un comilón, tragón y zampón, había que tener cuidado sobre todo para las comidas, pues en un santiamén te arramblaba alguna chulla. Era un terremoto, no paraba cuenta con nada y llevaba a la familia de calle. A veces pillaba la turruntera con algún palo, zaborro o cacharro o se entretenía con algún rastro, olisqueaba los cados de conejos o trataba de ir a la balseta. Casi siempre andaba pegado a Josete, Clara y especialmente a Elisa.

Los tres hermanos salían salir a buscar leña todas las mañanas y entretanto se distraían por el bosque de la sierra de Alcubierre. Habían oído hablar mucho al abuelo contando sus viejas historietas de antes, cuando subían a la sierra a cortar pinos o se quedaban días durante la siembra o siega. Entonces no le hacían mucho caso –eran cosas del yayo-.  Ahora se daban cuenta, ahora ellos estaban recorriendo su sierra, los pinos que su generación plantaron y ahora es un bosque fantástico que van descubriendo. La primavera resulta preciosa y entre los pinos aparecen carrascas, quejigos, sabinas, enebros, arces… Hay pinos afectados por procesionaria y muérdago, muchos son enormes y otros retorcidos, la yaya dice que son hermosos, esos pinos retorcidos que han salido adelante con muchas dificultades, en suelos pobres y erosionados, con sequias, plagas, vientos… pero aun así sobreviven en una tierra sufrida. Son un ejemplo, una admiración de adaptación, lucha y esfuerzo, Elisa había aprendido de ellos y, por mucho que la vida le obligase a retorcerse, siempre iba a crecer buscando la luz.

Josete, Clara y Elisa regresaron con abundante leña a la caseta, allí estaban la yaya María y los papis Aurora y Antonio. La caseta parecía de cuento, encantadora. Piedra a piedra la habían levantado sus antepasados y conservado hasta nuestros días. Sí, ahora estaban ellos, parecía increíble, y estaban refugiándose ante una epidemia mundial -¡si el yayo estuviese!-

Con rasmia y sin reblar, decía Antonio Beltrán, somos los monegrinos y monegrinas; fuertes y forjados en una tierra dura que nos ha enseñado a sobrevivir. Cada día Josete, Clara y Elisa se sentían más herederos de la memoria de nuestros antepasados, de sus saberes tradicionales y su cultura. Ahora cobraban sentido las palabras del abuelo Paco: Solamente quien carga su propia agua sabe el valor de cada gota derramada en el suelo.

Día 13 de aislamiento, 27 de marzo del 2020.

Los Monegros responden a un horizonte llano, limpio y claro, con un cielo intenso que despliega matices y tonalidades fascinantes. Hay amaneceres y atardeceres únicos que nos recogen en lo más profundo de nuestro ser. Toda parte del mundo tiene su belleza, decía Braulio Foz, simplemente hay que saberla apreciar.

El cierzo recorre esta tierra en pleno corazón del valle del Ebro, nos despeja la atmósfera, la limpia y nos regala el aire limpio. A veces cuesta quererlo, el cierzo es bravo y se prolonga por varios días, nos sacude con su fuerza pertinaz como si nos quisiera tirar. Pero nunca lo consigue, nosotros también somos bravos. Elisa suele respirar, ser consciente y sentir el aire llenando sus pulmones, inspiración, inhalación, y luego soltar todo el aire, exhalación, espiración. La respiración no puede parar, igual que el corazón. Elisa juega con la respiración y trata de quedarse sin oxígeno en sus pulmones para volver a llenarlos una y otra vez. Se infla como la gaita de boto antes de rugir y dar comienzo al dance, dejando escapar el aire al bordón, a la bordoneta y al clarín.

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José Beulas: Monegros, 2003. Óleo sobre tela. CDAN.

La tierra es clara, seca y árida. Las arcillas son juguetonas y presentan sus matices, distintas franjas rojizas por oxidación o verdosas por periodos de encharcamiento y falta de oxígeno. Los Monegros son parajes espectaculares, los torrollones de la Gabarda, el monte de Cajal, entre Sariñena, Castelflorite y Sena, y Jubierre en Castejón de Monegros. Tonalidades, saturaciones, luminosidad, brillo… pinceladas de colores que describen el paisaje, que lo vuelven a crear, esa esencia exacta y precisa que capturó Beulas y transmitió en sus acuarelas. Esa intensidad del cielo azul frente a la tierra reseca, de rabiosos secanos, “y horizonte bajo separados por una banda negra”. Esa franja oscura es la sierra de Alcubierre, esos montes oscuros y negros que nos describen como tierra negra, que se observan desde la lejanía y destacan en Tierra Plana. Es la sierra de Alcubierre quien nos define como montes negros, nuestra razón de ser: Los Monegros.

Sí, el cierzo es pertinaz, es tozudo como somos los aragoneses. Porque a pesar de todo no reblamos, no nos rendimos fácilmente y luchamos con esfuerzo y tesón, con nobleza y corazón, porque en nuestra historia sobrevivir ha sido una constante. Así se sentía Elisa, desde su loma contemplando el horizonte.

Sentir respirar, decía la yaya María, ser consciente es básico para entender la vida y de vez en cuando detenerse y dejarse llevar por el simple placer de respirar, de sentir su fuerza. El aire, el maravilloso oxígeno que nos permite la vida, el necesario oxigeno que nos regalan los árboles. Imposible entender tanta contaminación, tanto destruir un planeta que es nuestro hogar. Incomprensible entender devastar la tierra cuando dependemos de ella. Triste que, al final, un virus alienígena nos acabe quitando lo más importante: el poder respirar.

Día 14 de aislamiento, 28 de marzo del 2020.

Alunau, desustanziau, manbrún, matraco, tozoludo, zamadungo… estaba muy estalentau  Mallacán al punto de la mañana despertando a toda la caseta, estaba alborotau y descontrolau. Asinas no había cosa más que hacer que levantarse, saludarlo y abrirle la puerta de la caseta para que saliese a hacer sus cosas. Como no sabía trucar, a la vuelta ladraba y así sabían que quería entrar. Mallacán era la alegría de la caseta, con su coda vivaracha y pizpireta, objeto de infinitas caricias, achuchones y arrumacos, pero también daba mucho mal –mucho, muchísimo mal-.

Como cada día continaron con las faenas varias, recogían la ceniza con el badil, ventilaban la caseta, escobaban, limpiaban y ordenaban cacharros y zarrios, reorganizaban los víveres y planificaban tareas. El agua la llevaban con sumo cuidau, la guardaban en una tinaja dentro de la caseta, la colaban con un paño y la tapaban bien para conservarla. Había que prestar atención a bichos y cucos, además de pulgas, caparras… La vida en el campo tiene otras prioridades, aunque no dejaban de echar de menos sus móviles, el ordenador, televisión… los amigos, la familia y los primos, salir a la calle a jugar, juntarse en el banco de la plaza, ir a comprar chuches y lamines a la tienda de Margarita o al horno de Alfonso a por unos bollos.

La soleada mediodiada dejaba un rato muy agradable. Esas horas las aprovechaban para hacer trabajos fuera de la caseta y la yaya se sentaba al sol, -como un fardacho cargaba las pilas-. También se paseaba y se acercaba a la sabina donde Elisa enredaba con sus una y mil historias. Elisa se había punchado con un escambrón y María le ayudó a quitarle la puncha. -¿El enebro también puncha?-, -Sí-, contestó la yaya –Pero mucho menos que el escambrón. El enebro tiene la hojita punzante pero no tan hiriente, es un arbusto que aparece mucho por la sierra. El enebro da nombre al género de las sabinas y es un símbolo de longevidad, fuerza, carácter atlético y fertilidad-.

Pinos, sabinas, carrascas, enebros, escambrones… Josete, Clara y Elisa estaban aprendiendo mucho de la sierra, hace unos días no diferenciaban un pino de un chopo y ahora descubrían y conocían muchas especies. Para averiguar su nombre cogían alguna hoja, ramilla, fruto… para que las identificase la yaya. Igual pasaba al observar huellas, pajarillos o rapaces surcando el cielo, rápidamente corrían a preguntar a la yaya, como la águila culebrera, tan clara y blanca, que dominaba su territorio del que ellos ya formaban parte.

A la noche, como siempre, Elisa dejó un zarpau de grano a Ratolín. Agotada, se sumergió en sus sueños en la recogida caseta, ya no resultaba extraña, era familiar.

Día 15 de aislamiento, 29 de marzo del 2020.

No hay ninguna piedra de otro color que negra, otros dicen también que los diablos allí moran”.

Los Monegros se remontan siglos atrás, un territorio legendario que quedó recogido en el cantar de gesta más antiguo escrito en lengua romance de Europa. Es el pasaje que cita su paso por Los Monegros el cantar de gesta francés Chanson de Roland. Un poema épico de varios miles de versos escritos en el siglo XI, escrito en francés antiguo, atribuido a Turoldo, un monje normando.

 La tierra negra donde dicen que moran los diablos, quedó grabado en la mente de Elisa.

-Todo ha cambiado mucho-, dice siempre la yaya y también lo decía el yayo Paco. Las casas eran de barro, adobas de barro y paja cocidos al sol, los tejados de cañizos que hacían entrelazando cañas y luego las tejas. Las calles eran de tierra, sin luz ni agua -y ya puedes imaginar que alacetes tenían las casas-, decía yayo Paco. Tapiales, sillares de arenisca y piedra, piedra de la sierra –la buena es la campanil, la que al golpearla con un hierro suena como una campana. La otra es mala y no sirve para construir- . Por la sierra había balsetas revestidas de piedra y las vaguadas las aterrazaban con muros de piedra seca, sin argamasa que las uniese.  Aún se ven los muros que el bosque va adueñándose, de esos pequeños campos que trataban de aprovechar al máximo los recursos para conseguir las mejores cosechas. –Otros tiempos- decía la yaya María -Cuando había malas cosechas el hambre se extendía como el mayor de los males. Mucha miseria y mucha hambre, sequias, plagas… se pedían dineros prestados y si no se devolvían se pagaba con las tierras. Marchar era la única solución-.

Federico pasó por la caseta, iba chino chana con el ganau, cabizbajo y pensativo. Saludó a Antonio y Aurora y, como ya iba siendo habitual, les informó de los últimos acontecimientos: -Se ha muerto el de casa Fulano, la de Mengano, la de Zutano y el de casa Perengano. -¡Mejor!- exclamó Antonio, pronunciando esa maldita palabra, profunda, ahogada, de maldita sorpresa, dolor, pena y pésame ante una desgracia. -No somos nada-  y la garganta entumecida, reseca y ahogada ya no dejó hablar más.

Día 16 de aislamiento, 30 de marzo del 2020.

La primavera había comenzado fría y obligaba a recogerse en la caseta. Ello forzaba a tener que hacer los trabajos más apresuradamente de lo normal para no coger frío. Debían de recoger leña y más leña para tener buen acopio, se avecinaban malos días y cada vez había que ir a buscarla mucho más lejos. Durante la larga quincena, que llevaban confinados y aislados en la caseta, habían replegado a fondo la redolada y ahora cerca no había nada de leña. Paizía la descripción de Orwell, cuando estuvo en las trincheras de Alcubierre durante la guerra, y en la que decía que no encontraban nada para calentarse. Afortunadamente, ahora la sierra está cubierta por una frondosa masa forestal.

Ratolín no fallaba y se iba comiendo el zarpau de grano que Elisa le va dejando cada noche. Mallacán era todo un terremoto, había salido fuera de la caseta y, como tardaba en regresar, Clara le dio buen chuflido para que regresase. Mallacán volvió como un caballo desbocau, entrando de aquí p´allá y de allá p´aquí, ¡hasta la caseta tremolaba!. Clara se cayó del empentón que le dio y se hizo una cuquera en la garra. Josete y Elisa comenzaron a esmelicarse de risa por su caída -jolio!, vaya leñazo que s´ha dau!-, – ja, ja ¡qué chollazo!-, -ji, ji, ¡menuda espanzurrada!-, -ja, ja casi s´esnuca-, -ja, ja ¡s´ha esmorrau!-…  Elisa, enfadada, les dio un buen pescozón a cada uno para que escarmentasen por tanta burla y fácil risa.

El día se desarrolló enfurruñau y enfadaus por el enrebullau de la mañana. Por la tarde continuaron con sus estudios aunque Elisa se mantuvo, parte del tiempo, distraída contemplando las tararainas de la caseta. Asinas, poquer a poquer el tiempo fue pasando.

Cenaron juntos pegados al calor del hogar. Era una fortuna conservar la caseta, muchas se habían espaldau hace tiempo, muchas eran enruena y ya ni querían subir al monte los que aún quedaban. Era una pena ver como todo su pasado, lleno de vida, había casi desaparecido. Abandonadas, dejadas caer, viejas casetas, aldeas, masadas, corrales y parideras. Por fortuna, de la caseta familiar aún sale humo en la fría noche de primavera y entre sus muros se charran viejas historias, aquellas que tantas veces han sentido los viejos muros de piedra. Mientras haya vida todo resiste.

Día 17 de aislamiento, 31 de marzo del 2020.

-¡Nieve, nieve, nieve!- Había amanecido con una ligera capa de nieve y la sierra se mostraba blanca, esplendida, nadie lo podría haber imaginado; menuda sorpresa ver nevar a finales de marzo. Elisa salió corriendo a jugar con Mallacán que descubría por primera vez la nieve. Detrás salieron Clara y Josete que iban dejando marcadas sus pisadas. Todo era fabuloso hasta que una bola de nieve acabó en el cuerpo menudo de Elisa. Sin contemplaciones comenzó una sucesión de fuego de artillería brutal, una batalla despiadada y sin tregua con un incesante lanzamiento de bolas de nieve imparables y disparadas con puntería, destreza, fuerza y acierto. Una lucha sin cuartel, sin piedad, implacable hasta que un grito de un alto mando y rango detuvo la guerra: -¡Basta ya! ¡Ahora mismo todos p´adentro inmediatamente!. La tropa cabizbaja, derrotada y en fila entraron a la caseta, acataron al unísono y firme pronunciamiento: –Sí, mama-. Sin rechistar, parecían verdaderos prisioneros de guerra.

Las ropas estaban mojadas, las zapatillas y los calcetines chupidos completamente. Como era previsible, el frío comenzó a hacer mella en los aguerridos guerreros que fueron obligados a ser despojados de sus prendas y secarse lo más cerca posible del fuego. También fueron obligados a vestirse con ropa limpia y seca. Mallacán, que no hacía caso a naide, había entrado con sus zarpas embarradas y chupido de tozuelo a coda completamente. Se sacudió rujiando, embadinando, embardando la caseta por lo que tuvieron que limpiar todo hasta dejarlo bien escoscau. Antonio sirvió a los derrotados guerreros un tazón de leche caliente y enseguida entraron en calor.

-Antes nevaba mucho-, contó la yaya María –lo mismo que helaba muchísimos días durante el invierno-. En las balsas se formaba hielo y se recogía para guardarlo. Incluso se hacía un palmo de hielo y se atrevían a cruzar la balsa a pie, esbalizandose y dándose buena culada más de una vez. También de la montaña bajaban nieve y se almacenaba en los neveros por capas prensadas y separadas por paja. Así, se disponía de hielo en verano, aunque había otras formas de conservar frescos los alimentos. En todas las casas estaba la fresquera, una especie de armario en la pared, fresco y ventilado donde guardar alimentos perecederos y también, en las casas donde había pozo, se guardaban en el pozal y con la carrucha se bajaba a la parte fresca del pozo.

– ¡Qué orache! ¡Estoy chelau!-. No paró de llover todo el día y pronto se deshizo la nieve. En la caseta pasaron el día juntetes, al calor del hogar. Antes no había casi tiempo, se trabajaba de sol a sol, pero se sacaba tiempo para las cosas importantes, para estar con la familia reunidos al calor del hogar o salir a la calle a la fresca en verano. No había otra cosa, contaba la abuela, estar juntos como ahora, pequeños y mayores, charrando y charrando de muchas cosas. Alparcerios, alcagüeterios, chafarderías, sucesos, historietas… y el día a día de la familia, vecinos y amigos. -Si alguna trastada era muy sonada se acababa contando en los dichos para la fiesta, como ahora-. Todo no ha cambiado afortunadamente y hay cosas que aún se mantienen. En cambio ahora hay mucho tiempo para hacer muchas cosas, para ir al bar, al gimnasio, al cine, navegar por internet, ver series, películas, televisión… pero no hay tiempo para lo importante, a muchos ni les van a ver a la residencia.

-Tanto echar ramillas de sabina nos vas a entufar- le carrañaron a Elisa que no paraba de mover y tizoniar el fuego y alguna purna brincaba fuera del hogar. La yaya María preparó una tortilla de patatas para cenar, las hacía buenísimas y al fuego tenían un toque muy especial. Trancaron bien la puerta y la ventana, la noche afuera era muy fría y se abrigaron bien antes de acostarse para dormir. Elisa había puesto un poco más de grano de lo normal a Ratolín, para que cogiese fuerzas para el frío.

Día 18 de aislamiento, 1 de abril del 2020.

La lluvia continuaba cayendo, era fina pero constante. Por suerte podían aguantar varios días sin tener que ir a buscar leña ya que tenían bastante guardada. También tenían algo de encendallo para prender fuego, pero estos días no iban a dejar que se apagase. Habían sido previsores, como era la yaya María con sus conservas, siempre había sido una exagerada embotando todo lo que podía y ahora, mira por donde, les estaba sacando las castañas del fuego. Era la tremenda paciencia de la yaya, aquella de antes, horas y horas en el lavadero enjabonando, restregando y escurriendo la ropa que llevaban en cestos sobre sus cabeza, sus canastos de pan que amasaban en casa y llevaban a cocer al horno, o con cantaros yendo y viniendo trayendo agua. Siempre de un lau pa otro portando el peso sobre sus cabezas, el peso de la familia.

La paciencia, tras esquilar las ovejas, limpiar el vellón, escardar la lana, hilar, hacer ganchillo y tejer ropas,  jerséis, peducos, bufandas, toquillas, colchas… Los antiguos colchones de lana que cada cierto tiempo tenían que variar para soltar la lana apelmazada. La lana, el ganado lanar que en Los Monegros fue vital, grandes pastos dominaron el territorio, cuando los campos eran pequeños, labrados a mulas y cosechados a dalla y hoz. – Había un rico que decía  que su lana valía más que todo el pueblo -.  Las casas más pudientes tuvieron grandes rebaños con varios pastores y rebadanes –La gente trabajaba para ellos, sirviendo y realizando faenas varias, labrar, sembrar, segar…-

La paciencia de ir triando una a una las lentejas, garbanzos o judías blancas para limpiar impurezas y porquerías. Antes llevaban el huerto, el corral, mataban pollos y los desplumaban con agua hirviendo, las gallinas para el caldo, la matazía del tocino, la caza, algún conejo, codorniz o perdiz. La siña María, como le decían por el pueblo, era muy querida y siempre había tenido la puerta abierta de su casa para todo el que precisase de ella.

La paciencia de la yaya María es infinita, inconmensurable.

De vez en cuando, Antonio y Aurora enchegaban el auto para que no se quedase sin batería y aprovechaban para escuchar la radio y enterarse de las últimas noticias. La maldita pandemia a nivel mundial había desembocado en epidemia, los hospitales se encontraban colapsados, las familias confinadas en sus casas, el trabajo paralizado y había mucho miedo al contagio; era una visión apocalíptica. Paciencia, paciencia había que tener, no había otra. Así los días iban pasando, -¡resistiremos!, ¡saldremos de esta!- Mientras, Elisa continuaba con sus amuletos, con su piedra blanca y brillante se sentía segura, con el perfume de las ramillas de sabina quemadas, con Ratolín protegiéndolos por la noche, con los selenitas morando la sierra y la vieja caseta, de fuertes muros, que tantos tiempos ha resistido.

Día 19 de aislamiento, 2 de abril del 2020.

Los ojos saltones de Ratolín brillaban en la oscuridad de la caseta apenas iluminada por la débil lumbre de los rescoldos del hogar. Ratolín minchaba el grano que todas las noches le dejaba Elisa hasta que, en un determinado momento, el pequeño ratoncillo quedó paralizado por unos movimientos que venían del otro lado de la caseta. Aurora se había despertado para avivar el fuego, echó unos tronquetes y cogió de nuevo fuerza iluminando la caseta y reconfortando gratamente el interior. Aurora se volvió a acostar. Luego, Ratolín se terminó el montoncete que le quedaba de grano y se retiró de nuevo tras la grieta, no sin antes olisquear el ambiente de la caseta. Elisa lo había observado con los ojos entreabiertos, callada y completamente inmóvil, evitando hacer el más mínimo ruido o movimiento para no espantarlo. Reconfortados al calor, el sueño volvió a adueñarse de la caseta, con el continuo y ligero sonido de lluvia.

Amaneció de nuevo el día lluvioso hasta que a mitad de la mañana dejó de llover. Se vieron forzados a realizar las tareas pendientes que la lluvia les había impedido hacer y una de las faenas primordiales, como era de esperar, fue la de ir a buscar agua y leña. Josete, Clara y Elisa comenzaron su ir y venir trayendo agua, leñas, ramas secas y troncos secos que cortaban con una sierra o con la astraleta. Tenían que moverse con ciudau, el suelo estaba mojado y en cualquier momento podían esbalizarse.

El corral de las gallinas y los tozinos era todo un barrizal, solamente podían meterse con las botas de agua y luego había que limpiarlas y quitarles todo el buro que se quedaba pegado como el pringoso tarquín de la balsa. Antonio cogió un brazau de paja y lo echó de cama para las gallinas, para que tuvieran cama seca y continuaran poniendo sabrosísimos huevos.

No dejo de estar nublau en todo el día dejando pasar escasamente algunos rayos de sol que les alegraron el día. Por la tarde se refugiaron en la caseta y aprovecharon a hacer deberes y ejercicios. Decidieron hacer una merienda cena y Aurora y Antonio no pararon de estrujar la bota hasta que la dejaron vacía –¡Preta, preta el codo gaitero!-. Menos mal que habían traído un tonel de vino ya que solo con la bota se hubiesen quedado secos. Durante la cena no pararon de pedir la bota el uno a otro y hasta la yaya bebió, -para mojar un poco los labios- decía. Josete, Clara y Elisa quisieron probar beber en bota -¡Quios, que corra la bota!-, gritaron cansinamente. Cuando quedaba poquer lo ameraron con agua y les dieron de beber. Miaja acierto tuvieron, más que beber se lo tiraron por encima, pero con tanta probatina acabaron una miajeta pifaus.  Antonio, Aurora y la yaya María recordaron cuando de críos les daban como merienda pan con vino y azúcar, con eso se alimentaban -¡qué tiempos aquellos!-. Esta noche se fueron a dormir muy a gusto, durmiendo Elisa profundamente como un lirón.

Día 20 de aislamiento, 3 de abril del 2020.

Efectivamente habían dormido de un tirón, como un tronco, a pierna suelta…  El día comenzó a aclarar mientras algunas nubes se resistían a marchar. -¡Qué escampen las nubes!- gritaba Elisa en medio de la era de la caseta, gritando y dando vueltas totalmente alocada. Mallacán se animaba con los gritos de Elisa y corría y ladraba sin sentido de un lado para otro.  -¡Brujilla!-, -¡Brujilla!-, Josete y Clara comenzaron a llamarle brujilla -¡La Elisa es una brujilla!- repetían burlándose de la pequeñaja. Sin embargo a Elisa no le pareció mal, -no es malo-, pensó Elisa, ser una bruja tiene su lado positivo. Desde ese momento, Elisa decidió que se iba a poner muy en serio con el mundo de la brujería y la hechicería. Sería una discípula de legendarias brujas como Ana Pérez Duesca, Alice Kyteler, Margaret Jones o Juana de Navarra, seguiría la estela del arte de la brujería y las ciencias oscuras.

-Una bruja solitaria habitó en la sierra-, contaba la yaya –nadie se atrevía a acercarse por su solitaria caseta-. Le tenían miedo, terror a que les lanzase algún juramento, maldición o hechizo. Eso era bueno, así podía alejar malos espíritus y virus alienígenas, elaborar pociones  y decir sus conjuros. La Nivela, bruja de Sariñena, esparcía sal a la entrada de la casa bajo el branquil, o colocaba tijeras abiertas en cruz cuando amenazaba tormenta o pedregada. Eran tiempos difíciles y había que protegerse con todos los medios posibles. Por ahora el trozo de sogueta en la puerta de entrada, la piedra blanca y brillante de yeso, las ramillas quemadas de sabina, Ratolín y los Seleneitas habían tenido su efecto, pero no había que bajar la guardia.

Elisa debía de tener todo preparado, pócima y brebaje y sus palabras mágicas. En el monte hay muchos hierbajos que tienen propiedades medicinales y curativas. Antes estaban las pilmadoras pa torzeduras y roturas, infusiones para anginas, cataplasmas y supersticiones. Y lo principal, decía siempre la yaya, era la época lunar. La luna estaba en fase creciente y para muchas cosas siempre era mejor en menguante.

Elisa recogió unas cuantas hiervas del monte y las mezcló bajo la sabina, las conjuró en un ritual propio de la más alta curia de la brujería y hechizería. A modo de varita utilizó un palo de sabina y dándole movimientos circulares pronunció las palabras mágicas: “Abracadabra, patas de cabra, ojos de sapo y ancas de ranas, a cascarla virus más allá de venus”. Elisa extendió su encantamiento por todos sus dominios afortunadamente antes que Mallacán le arramblase su varita mágica y escapase corriendo para que Elisa le persiguiese.

Día 21 de aislamiento, 4 de abril del 2020.

Al alba, a la madrugada todo había ido bien. La noche había transcurrida tranquila, Ratolín se había comido completamente el puñado de grano que dejaba Elisa cada noche y, aunque el gallo cantaba cada mañana, Mallacán era el despertador. Cuando él se levanta no para hasta despertar a todos y hasta que no se le abría la puerta y salía corriendo no había tranquilidad en la caseta.

La mañana fue esplendida, la temperatura se había suavizado pero aún hacía fresco. Pronto cada uno a su tarea, aunque a Elisa le gustaba estar con la abuela María mientras ordeñaba las cabras. Luego las soltaban  y subían por la loma rebautizada como Loma Elisa. Josete y Clara se enfadaban un poco con Elisa, decían que se escaqueaba de las faenas, hacía fauneta. No dejaban de tener algo de razón, en cuanto podían Elisa y Mallacán desaparecían corriendo en busca de mil aventuras. Para Josete y Clara no dejaban ser majaderías de la chalada y majara Elisa, la brujilla piruji, que toleraban por ser la pequeña.

Elisa siempre llevaba con ella su amuleto, la piedra blanca y brillante de yeso. La guardaba bien en la buchaca de su pantalón. La yaya le había contado la existencia de las rosas del desierto, que aparecen sobre todo por Bujaraloz, una roca de cristales finos de yeso que forman una flor. Son difíciles de encontrar, pero Elisa dio y dio vueltas mirando al suelo buscando su rosa del desierto. Elisa quería su rosa del desierto, pero no halló fortuna.

Rosa desierto

Así fue pasando el día, con la rutina de los días acumulados. Ya llevaban más de veinte días, los suficientes como para estar seguros que no se habían contagiado ni habían desarrollado el virus. Pero la reserva de víveres había mermado mucho, tenían que volver a casa para hacer acopio de nuevos alimentos. Antonio y Aurora bajaron con el auto al pueblo, lo hicieron después de cenar, por la noche para tratar de no encontrarse a nadie. Josete, Clara y Elisa se quedaron con la yaya María pegados al fuego y les fue contando historietas del bandido Cucaracha, de las muchas fechorías que realizó, de su ingenio y habilidad para escapar.

Cuando Antonio y Aurora regresaron estaban ya dormidos. Ambos se sentaron alrededor del fuego y gozaron de una inusual calma, resultaba extraño tanto silencio, Morfeo había encantado la caseta.

Día 22 de aislamiento, 5 de abril del 2020.

En un lugar indeterminado de Los Monegros, una familia cumple con el vigésimo segundo día de encierro. España se encuentra en estado de alerta ante la pandemia global del Covid-19 y todos están obligados a permanecer confinados en sus casas. Permanecen aislados en una caseta en medio del monte, en un lugar de la sierra de Alcubierre, de cuyo nombre no quiero acordarme.

En aquel lugar, no ha mucho tiempo que vivía un bandolero de los de trabuco enfajado, navaja de carraca antigua, rocín flaco y mula sosegada. Andanzas pretéritas y fascinantes de escaramuzas y tropelías. Asimismo, cuentan que la historia del célebre y despiadado bandolero Cucaracha aún se extiende por estas tierras oscuras y en su guarida, bajo la sabina, aún resisten los últimos de la banda del Cucaracha: Elisa Cucaracha y Mallacán el Cerrudo. Elisa y su banda, con el gran temido Mallacán el Cerrudo, volvían a dominar la sierra. Es, pues, de saber que nadie puede adentrarse por aquestos confines sin su consentimiento.

-¡Elisa!, ven aquí inmediatamente que hay faenas por hacer!-. Elisa acató sin contemplaciones la orden. Por la mañana tuvieron que guardar todo lo que los papis habían traído la noche anterior. Hicieron una cadena humana y entraron todo a la caseta colocándolo en su correspondiente lugar. Todo ocupa su lugar en esta vida, el lugar de una persona que tanto definía el escritor chalamerino Ramón J. Sender. En la obra Crónica del Alba, en La onza de oro aparecen versos del que fue mayoral de Sariñena Antonio Susín. El mismo Susín los reclamó como suyos “pues Martín El Donato, El Cartujano y Almunias Altas, no había ni hay, más que en Sariñena”. Sender aprendió de su entorno y su gente, su lugar, donde igual caben los versos de un humilde pastor que los versos de uno de los grandes escritores de esta tierra.

Federico ha estado de paso, acostumbrado a dejar un saco con pan para por lo menos aguantar una semana. Ha contado que el gobierno alarga el estado de alarma y que habrá que permanecer encerrados muchos días más. Dice que los zagales tendrán que olvidarse de la escuela, en principio es buena noticia, pero tanto Josete, Clara y Elisa echan mucho de menos sus amigos y a las maestras, el patio, las clases, los juegos, sus ratos de estudio en casa… pero lo que más, lo que más echaban de menos a sus amigos. Pero entendían la situación, era muy complicada, dura y difícil. Estaba muriendo mucha gente, conocidos, tan conocidos que la yaya se puso a llorar cuando le dijeron los que se habían ido. Finalmente, los abrazos de Elisa, Clara y Josete pudieron consolar a la yaya María, sin faltar Mallacán que tiempo le faltó para no desaprovechar la ocasión de estar en medio.

Día 23 de aislamiento, 6 de abril del 2020.

Volvían a aparecer nubes por el horizonte cubriendo el cielo. Las nubes son pasajeras del cielo, decía Elisa, surcan la tierra y se extienden llevando la lluvia por los distintos parajes del mundo –¡Las nubes son los árboles del cielo!- exclamaba Elisa, -son árboles con alas, como los pájaros surcando el cielo-.

En Los Monegros no suelen abundar las precipitaciones de lluvia y por poco somos un desierto. Hay años muy malos, muy secos y hace años se perdían completamente las cosechas. También se sufrieron terribles plagas de langostas por estas tierras, devoraban cultivos y condenaban al hambre y a la miseria. Pero hay épocas de lluvias que permite almacenar el agua y se desarrollan buenas cosechas de secano; la primavera es preciosa en Los Monegros.

Lo cierto es que muchas zonas de Los Monegros cambiaron con la llegada del canal de Monegros, trayendo el agua de los Pirineos para regar los campos. –¡Es impresionante!, el canal de Monegros tiene una longitud de 130 kilómetros y se comenzó a construir en 1915 aunque se concibió en 1902-. Joaquín Costa, el león de Graus, fue un decidido defensor de la distribución del agua como bien público y gran luchador por el progreso de esta tierra para que saliese de la absoluta miseria. Pero si a alguien hemos olvidado, fue a uno de los grandes artífices de la llegada del agua a los pueblos de Los Monegros: Juan Alvarado y del Saz. Alvarado fue un político liberal canario que representó al partido judicial de Sariñena reivindicando imparablemente la puesta en marcha de las necesarias obras de riegos del Altoaragón. El canal fue una gran transformación, socialmente trajo el desarrollo, pero no todo fue fácil, por el camino hubo muchas personas que perdieron sus pueblos. -La abuela Josefa bajó de la montaña-, contaba la yaya María. La yaya Josefa, que ya no está con nosotros, era la madre de papa, mientras María es la madre de Aurora. La yaya Josefa bajó de chica, con sus padres, habiendo perdido su casa bajo las aguas de un pantano. La yaya Josefa siempre llevó la pena en su corazón.

Las aguas bajan de la montaña y se abrazan en Tardienta, aguas del río Gallego y del Cinca se unen en el abrazo de Tardienta y luego discurren regando Los Monegros. Quedan muchas partes sin regar, Los Monegros sur continúan sin ver llegar las ansiadas aguas. Farlete, Monegrillo, Leciñena, Perdiguera… continúan con la tradicional agricultura de secano. Este año los campos de secano están preciosos, los ven todos los días verdes y frondosos, -Papa dice que habrá muy buena cosecha-.

Elisa se durmió soñando ser navegante de los cielos, siendo una nube blanca y hermosa que contempla el mundo mientras regala la vida.

Día 24 de aislamiento, 7 de abril del 2020.

Chiribí, caía una fina lluvia que pronto fue difuminándose, desapareciendo. Ratolín había cogido confianza y por las noches se comía sin problemas el puñado de grano y migas que Elisa le iba dejando. Hacía ruido y se entretenía mientras todos dormían, todos menos Elisa que lo contemplaba inmóvil con sus ojos entreabiertos. Mallacán dormía a garra suelta y ni se daba cuenta. Ratolín ya era de la familia, incluso de la banda: Elisa Cucaracha, Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza, la banda más temible de toda la sierra de Alcubierre.

“Elisa Cucaracha por la sierra d’Alcubierre se pasea, con Mallacán el atroz y todo el mundo le teme”. La intrépida Elisa deshacedora de entuertos e indomable guerrera contra los más sobrecogedores y malvados dragones que asedian Aragón y contra los virus y todo hatajo de marcianos y marcianitos que propagan el mal. Viles seres extraterrestres, el arrojo de Elisa Cucaracha y sus secuaces no tiene límites y hace honor a las batallas que le preceden. No tendrán piedad en la despiadada lucha que librarán contra vosotros.

-¡Elisa!, a recoger las cabras- De propio tuvo que subir Elisa a la loma, replegarlas y bajarlas al corral de la caseta. Por esta vez, Elisa había hecho bien la faena sin hacer ningún azierro. Pronto pudo volver bajo la sabina, a continuar con sus planes de guerra, incluso tuvo tiempo de encorrer a Mallacán por la era de la caseta antes de comer. Mallacán replegaba las orejas hacía atrás y corría como un condenau, -¡to despendolau!-

La yaya María había preparado unas fabulosas legumbres, cocidas al fuego durante toda la mañana, -¡Qué paciencia!-. Antes se alimentaban de farinetas, la yaya María contaba como las hacías con harina, agua, aceite y sal y las cocían revolviéndolas sin parar hasta que quedasen suaves, sin sulsirla. Cuando podían añadían algo de tocino pa darle más gusto y condimento. -Entonces no había mucho-, se trataba de hacer la matacía del cerdo y conservar lo máximo posible, se comía cordero, se mataban pollos de corral, se cazaban conejos y otros bichos… pero todo muy justo y escaso -Se pasó mucha hambre, sobretodo para la guerra y después de la misma-.

En Lanaja, comen paja

 en Alcubierre, “salvau”

en Lalueza, farinetas

 y en Sariñena, “pescau”

y en Castejón los bocaus, a puñaus.

La yaya María había vivido la guerra, no contaba muchas cosas, más bien nada. Perdió a un hermano y a su padre, solo dice que son cosas del pasado, que todo el mundo perdió a seres queridos y que ojalá ninguna guerra vuelva a suceder. Elisa era consciente de lo duro que fue la guerra pero no estaba dispuesta a rendirse, ella iba a luchar y no iba a permitir que el virus gane esta maldita guerra.

 

Día 25 de aislamiento, 8 de abril del 2020.

La luna de estos días había sido extraordinariamente hermosa, grande y brillante, la super luna rosa de abril ha hondeado alegremente en el firmamento. Con la calma de la noche han salido todos a ver la luna. ¿Calma?, bueno, relativa calma pues Mallacán no entendió bien lo que pasaba y no ha parado de dar vueltas por todos los lados, olisqueando y ladrando al aire. Mallacán no ha dudado en dar a entender que estos montes son sus dominios. –Seguro- pensó Elisa –el lobo estepario de Los Monegros ni se atreverá a merodear por aquí-.

Navegantes  viajeros se guiaron durante siglos por las estrellas. Cuentan que uno de Bujaraloz desarrolló un instrumento para determinar el tiempo a partir de la posición de una estrella. Era el nocturlabio, aunque al parecer tal vez lo inventó un tal Ramón Llull. Eso sí, Martín Cortés fue el primero que lo nombró en su obra El arte de navegar, publicado en 1551. Ya veis, Martín Cortés de Albacar (1510-1582) pasó de los secarrales monegrinos a la escuela naval de Cádiz donde se dedicó a la enseñanza, convirtiéndose en un importante estudioso de la náutica y la cosmografía durante el siglo XVI. Entre otras cosas, el bujaralocino diferenció el polo magnético del terrestre, gracias a las desviaciones que las brújulas daban en distintas zonas  descubrió la declinación magnética de la tierra y el polo norte magnético. Además inventó y desarrolló la carta esférica junto a su discípulo Alonso de Santa Cruz, cosmógrafo mayor del emperador Carlos V.

Cortés pervive en los anales de la historia, con su contemporáneo y también monegrino Miguel Servet. El sijenense murió quemado en la hoguera por cuestionar el dogma de la Trinidad de la iglesia católica. Quemaron a un gran científico universal que describió la circulación menor, también conocida como pulmonar. Elisa no lo hubiera permitido -¡Fue impresionante el descubrimiento que hizo!-, si por ella hubiese sido habría detenido al malvado  protestante ese de Calvino con la inestimable ayuda de Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza.

La bandera de la super luna rosa había hondeado hermosa por la noche y claramente tiene que tener un significado, un mensaje para los selenitas. La Luna igual que las estrellas nos envían mensajes y nos ayudan, nos orientan en la oscuridad. Para los selenitas es mucho mayor, ellos entienden a la perfección el lenguaje de la luna y las estrellas y las plantas y los animales también conocen parte del lenguaje. – Hasta la luna mece a los océanos con sus mareas-, estaba claro, la luna nos condiciona, nos afecta y la llevamos dentro,  innato en nuestra propia naturaleza.

Día 26 de aislamiento, 9 de abril del 2020.

¿Miércoles, jueves, viernes….? Ni idea qué día de la semana era, ¿Semana Santa?, ¡sí, semana santa ya!. Un día más, un día menos… ¡qué más da!. El aislamiento se va prolongando y casi, sin darse cuenta uno, parece que esta excepcionalidad se va normalizando. -¡Maldito virus!, aunque por fortuna la familia de Elisa había conseguido protegerse, sobre todo yaya María, la más vulnerable. Ahora tenían que hacer un poco más de esfuerzo y aguantar unos días más, unas semanas… no se sabía, la incertidumbre es lo peor.

Hoy Elisa iba a viajar, lo había decidido y predispuesto para surcar los cielos como una nube, planear como un águila real y admirar la amplitud. También volar como un esparbero,  cernirse y apreciar detalles que el paisaje va regalando. Desde loma Elisa era posible alzar el vuelo, alcanzar las cumbres de los Pirineos, las tres sórores, el lejano Turbón, el Cotiella, atisbar Peña Montañesa y disfrutar de la cercana y siempre preciosa sierra de Guara.

Cerca, los torrollones de Los Monegros son impresionantes, se aprecia la sierra de la Gabarda por Alberuela de Tubo, con El Abuelo y los dos imponentes Torrolones. Cerca el monte Mobache y el asentamiento de las Cias que junto a Gabarda, santo Domingo de Huerto y Usón formaron una línea defensiva hace muchísimos años, contaba yaya María. El viaje continuó su aventura por el monte de Jubierre donde aparecen  imponentes el Tozal Solitario, la Cobeta, de Colasico y los Tozales de Los Pedregales. A Elisa le parecía alucinante como podían haber subido esos enormes zaborros a lo alto de las montañentas. Podría ser de épocas pasadas, cuando vivían los dragones y gigantes. A la yaya le hizo mucha gracia la teoría de Elisa y le siguió la corriente de los gigantes.

Elisa echó a volar y fue fantástico, sobrevoló la sierra de Alcubierre, su extenso bosque, su campos verdes, sus caídas hacía Farlete y Monegrillo, la virgen de la Sabina y el santuario de Magallón en Leciñena, santa Quiteria en La Almolda, el castillo de Castejón de Monegros y en el corazón san Caprasio. –Estaba chachi pirulí esto de volar, habrá que hacerlo más veces-.

Día 27 de aislamiento, 10 de abril del 2020.

Un precioso día primaveral. Un buen tazón de leche de cabra y una tostada de miel. Mallacán ya iba corriendo por la era y las cabras comenzaron a tener ganas de salir. Josete, Clara y Elisa pronto salieron fuera de la caseta y comenzaron a realizar los trabajos de cada día. Es abrir el corral y las cabras salen solas subiendo a Loma Elisa.

Antonio y Aurora se dedicaron a lavar la ropa y tenderla en un tendedero que habían dispuesto a las afueras de la caseta. Les ocupó toda la mañana. Mientras, la yaya María, como cada día, se encargaba de la comida -¡Qué paciencia!-.

Las gallinas también salieron del corral y camparon libremente por la era, no iban muy lejos salvo cuando tenían que escapar de Mallacán que, de vez en cuando, les arremetía sin ninguna lógica.

Elisa aún daba vueltas imaginándose a los gigantes, imaginaba los gigantes de Sena cuando salen y bailan al son de gaitas y dulzainas para las fiestas. Llamó a Josete y le pidió que le llevase a encolicas, Elisa por un rato fue una gigante advirtiendo a los marcianos de su presencia, de su enorme tamaño y fuerza descomunal capaz de alzar grandes pedriscos a las más altas montañetas. Los torrollones atestiguan la grandeza y extraordinaria fuerza de los gigantes que habitaron Los Monegros y de quienes Elisa es heredera

Por la noche han permanecido arredol del hogar hablando como cada anochecer después de cenar. La yaya por fin ha contado cosetas sobre cuando hacían sogueta. Iban a recoger el esparto al monte, lo arrancaban verde entre julio y agosto y lo dejaban secar.  Una vez seco lo mallaban incluso pasaban las ruedas del carro por encima, para ablandarlo, lo humedecían con agua y lo iban trenzando. Lo trenzaban principalmente las mujeres y la vendían o hacían trueque por alimentos. Se vendía mucho esparto directamente, sin trenzar, para industrias metalúrgicas, como a la fundición Averly de Zaragoza. Cuando la siega las mujeres iban a dar gavilla y con ella anudaban las garbas, haces de trigo segado. –Pero yaya, antes las mujeres no trabajabais ¿no?- preguntó Elisa, la yaya rio dulcemente como ella siempre hacía –No hacíamos otra cosa, la casa ocupaba todo el día: los críos, los mayores, el agua, lavar, fregar de rodillas, el huerto, los animales… y a pesar de ello muchas cosían, hacían sogueta o tenían sus negocios, tiendas, pollerías, lecherías… Otras trabajaban sirviendo en casas y algunas incluso marcharon a las capitales a trabajar sirviendo-.

Elisa aún no sabía que quería ser de mayor, en verdad quería ser todo, de campeona de fútbol a maestra, ser astronauta a trabajar llevando las tierras de casa. -Ya habrá tiempo de decidirlo, ahora lo primero es acabar con el maldito virus-. Dispuso algo de comida para Ratolín y se acostó quedándose profundamente dormida. Un día más.

Día 28 de aislamiento, 11 de abril del 2020.

Una fina lluvia ha caído por la noche. Solamente ha sido un poco de lluvia, lo suficiente para revivir todo el olor a monte. La lluvia trae vida y la vida es alegría. -¡Maldita crisis sanitaria que trata de marchitar esta primavera!, no va a poder, las flores siempre van abriéndose camino-. -¡Ole por la yaya!- dijo Clara dando vivas a la yaya por las bonitas palabras que acababa de decir. El contagio del virus de la alegría y el entusiasmo fue apoderándose de la familia, entre vivas y vítores a la abuela hasta un enérgico y unísono –¡Esta yaya como mola, se merece una ola!- y todos realizaron el gesto de la ola de forma consecutiva. Elisa y Mallacán brincaban de alegría, parecía un día de fiesta.

Entre tanto estrapalucio la yaya volvió a sus quehaceres, según ella, ya no estaba para tantos trotes.

Sí, el día fue una fiesta, así lo decidieron, tenían que romper la rutina. Elisa y Mallacán pudieron jugar toda la mañana y por un buen rato estuvieron persiguiendo unas mariposas, luego siguieron un rastro que les llevó a muchas partes pero a ningún sitio y al final, desde loma Elisa otearon el horizonte cerciorándose que estaba todo tranquilo y en orden.

Aprovecharon para hacer una buena lifara a lo grande. La yaya preparó una excelente caldereta de ternasco -¡buenísma, para chuparse los dedos!.  Estaba muy buena, algo jauto al principio pero con una pizca de sal lo corrigieron; a la yaya le gustaba cocinar con poca sal por esas cosas de la salud. Acabaron bien fartos de tanto comer y beber, con sobremesa incluida. De espectáculo, para el café concierto, la actuación estelar corrió a cargo de Elisa Cucaracha y su obra Elisa contra el marciano Mallacán. La idea era acabar con el marciano Mallacán, que llevaba hierba verde arredol del cuello, sujetada por el collar, para aparecer verde como un auténtico marciano.  Con su amuleto, Elisa lo iba a derrotar, con su piedra de yeso blanca y brillante, pero Mallacán trató de quitársela y toda la actuación se fue al traste. Todos se esmelicaron de risa, el virus de la risa les había infectado, no paraban de reírse y hasta la barriga les dolía.

Como dice el refrán, todo aragonés fino después de comer tiene frío y casi todos se echaron la siesta. La tarde fue tranquila, leyeron, pasearon por las afueras de la caseta y Elisa se entretuvo bajo la sabina hasta que le hicieron recogerse a la caseta. Cenaron algo ligero y, tras la charradeta, se fueron a dormir.

Día 29 de aislamiento, 12 de abril del 2020.

Elisa rescató del olvido su balón de fútbol y trató de jugar un rato con él. Un chute p´allá, otro p´quí hasta que el travieso Mallacán se abalanzó contra el balón, lo atrapó y se lo llevó. –¡Mecachis Mallacán!, lo coge con la boca y no lo suelta- no sabía jugar, no dejaba jugar y mira que Elisa lo explicaba una y otra vez, pero Mallacán lo volvía a coger con la boca y se lo llevaba corriendo. Elisa le gritaba, daba semejantes gritos que sobresaltaba al resto de la familia, los soliviantaba –No grites tanto, vas a espantar a todos los jabalíes de la sierra- .

Elisa solía jugar con sus amigas a fútbol en el colegio, en la plaza o en las piscinas. Si querían jugar muchos tenían que bajar de otros pueblos, incluso a veces estaban tan pocos que ni siquiera podían jugar un partido. A algunos les tenían que traer sus padres, en sus pueblos están solos para jugar a fútbol. Antes estaban más, pero hay familias que han tenido que marchar a vivir a Huesca o Zaragoza y vienen muy pocas veces. Es una pena, Marieta y Ferminer, los primos que viven en Zaragoza, bajan solo los domingos, lo justo para comer y luego pronto se tienen que volver para no hacer tarde.

La mejor amiga de Elisa vive en un pueblo cercano. La pobre Laurita es la única de su edad en el pueblo – ni por encima ni por debajo de su quinta hay gente de su edad-. Ahora la entendía, en la solitaria caseta en la sierra. Aunque en el pueblo tampoco estaban muchos, se solían juntar unos seis o siete. Eso sí, para verano eran muchos más -¡Y para las fiestas!-.

La yaya hacía balones con las vejigas de los tocinos, cuando  era una zagala, las cogían de la matacía, las hinchaban, hacían un ñudo con un trozo sogueta y ya tenían pelota. También hacían balones con trapos viejos, aunque los trapos viejos preferían cambiarlos por naranjas. -¡Antes no teníamos nada!. Las muñecas las hacíamos con trapos, poco más teníamos, canicas, tirachinas, las tabas… no como ahora que hay tantos zarrios y cacharros-

Todos son del Huesca, Josete, Clara, Elisa y hasta la yaya se emociona con el equipo de fútbol del Huesca. Lo echaban de menos, esa normalidad, los partidos de fútbol, estar en la plaza con los amigos, ir por las calles del pueblo, enredar a don Mariano en su huerto o ser regañados por siña Asunción por toquinear las plantas.

Día 30 de aislamiento, 13 de abril del 2020.

Elisa era capaz de todo, su imaginación no tenía límites y viajaba de norte a sur y de este a oeste, de Albero Bajo a Peñalba y de Castelflorite a Leciñena. Los Monegros son su tierra, pero ella es de la tierra y de más allá de todos sus confines -¡De todo el universo!.

Loma Elisa era su lugar privilegiado, por sus vistas y sus paisajes. La sierra de Alcubierre ocupa el corazón de Los Monegros y a la vez son sus pulmones. Ahora Elisa ocupaba aquel corazón.  Un extenso pinar que esconde la historia de esta tierra y en su piel se hallan las cicatrices del paso del tiempo. La desforestación, el aprovechamiento de los recursos, la conversión de extensos pastos y monte a campos de cultivo han ido configurando Los Monegros.

-Mar, todo era mar hace 47 millones de años, en el Eoceno- Elisa no se lo podía creer, la yaya parecía majareta diciendo que esto había sido mar. Paro así había sido, la yaya siempre tenía razón, decía que era sabía cómo el diablo, pues yaya María solía decir: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Ya decía el Chanson de Roland que aquí moraban los diablos, la yaya María era una de ellas, una diabla, por lo que Elisa bebía ser una autentica diablilla.

Sí, Los Monegros son excepcionales, dicen que únicos y singulares. En verdad son una anormalidad frente al resto de sistemas esteparios ibéricos que, en su mayoría, son  de carácter africano. Los Monegros, como ha mantenido el gran investigador César Pedrocchi, han tenido y aún mantiene en algunas zonas un carácter asiático y constituye un retazo de las estepas asiáticas –¡De la Conchinchina!- se reía traviesa Elisa con su risilla de auténtica diablilla. La yaya María no podía evitar reírse de las gracietas de Elisa y por un momento tuvo que interrumpir su relato. -Los Monegros son mucho más-, continuó la yaya – Según Pedrocchi son como un laboratorio natural de evolución de primer orden, un espacio de especiación con origen en el terciario y aun activo en la actualidad-. –¡Jolio!, exclamó Elisa – Los Monegros son muy viejos, de cuando los dinosaurios dominaban la tierra y los gigantes monegrinos levantaron torrollones-.

Elisa fue a dormir pensando en todo lo que yaya María le había enseñado sobre Los Monegros. Ahora entendía muchas cosas, la formación de los torrollones, la presencia de piedras de yesos blancas y brillantes, las rosas del desierto y la presencia de los selenitas- ¡dónde sino iban a estar!-. -La tierra es sabía-, concluyó Elisa  -La tierra tiene sus huellas del paso del tiempo como las arrugas de la yaya María, la tierra es pura sabiduría, solo hay que saber entenderla-.

Día 31 de aislamiento, 14 de abril del 2020.

Un día primaveral, -¡qué gustazo de día¡. La experiencia estaba siendo alucinante para Josete, Clara y Elisa. También para los padres Antonio y Aurora y para la yaya María. Federico, el pastor, como siempre iba pasando cada pocos días. Federico dejaba una saca con pan para aguantar, por lo menos,  hasta que volviese a pasar y, además, contaba cómo iban las cosas en el pueblo. Antonio y Aurora no habían descuidado el mantenerse informado, escuchaban de vez en cuando las noticias y con un teléfono llamaban a la familia cada dos o tres días. La yaya María había preferido no saber nada, decía que así no pensaba y estaba más tranquila. Josete y Clara, al ser los mayores, sí que iban preguntando y se interesaban por la situación y, tal como iban pasando los días, ya se iban impacientando con el esperado regreso.

Elisa Cucaracha, Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza iban por su cuenta, tenían asumido que los mayores no eran conscientes de la verdadera naturaleza de la amenaza y que los auténticos causantes del virus eran los extraterrestres -¡los malvados marcianitos!-. Cuando pasaba Federico corrían a ver el ganado, las ovejas, cabras y los perros pastores a los que Mallacán saludaba con millones de ladridos. Luego veían como el rebaño se iba alejando sierra adentro. Pronto volvieron a sus aventuras y comenzaron a zurziquiar con los cacharros que tenía bajo la sabina, tenía un tirachinas y un arco, algunos zaborros que había espeldregau por la era, y flechas preparadas para lanzar. También tenía amuletos colgados por la sabina, incluso un cráneo de carnero sobre un palo a la marguin del camino de entrada a la caseta. La caseta era, por lo menos al cinco mil setecientos veintiocho por ciento, segurísima. -¡Aquí estamos malditos virus, cucos, bichos y marcianos babosos y repugnantes!-

Pero Elisa y la yaya María no podían alejarse de la realidad, aquella que parecía de película. Era flipante pero a la vez preocupante, como una pesadilla. Por las ciudades y los pueblos la gente iba con mascarillas y guantes, como si fuesen enfermeros o estuviesen malos; muchas tiendas y comercios cerrados, solo abiertos los de alimentación donde la gente hace filas separados a más de un metro; hay miedo a contagiarse y la gente no puede salir a la calle y desde los balcones hacen muchas cosas divertidas y alegres: bailan, cantan, aplauden e incluso hacen algunas tontadas. Todo se extiende a lo largo y ancho del mundo. -Ojalá, ojalá pase pronto. Bueno, todo no, menos lo de la caseta y los balcones-.

Día 32 de aislamiento, 15 de abril del 2020.

Ratolín

Ratolín

Ñám, ña´m, ñám… Elisa abrió los ojos y vio como Ratolín se zampaba el grano que le había dejado. Cogía un poco de grano y lo masticaba mirando, inquieto, a todos los lados, olisqueando y moviendo sus finos y estirados bigotes. Sus ojillos pequeñines y brillantes lo delataban en la oscuridad mientras aprovechaba para curiosear la caseta. Por un instante se cruzaron de nuevo sus miradas, se miraron fijamente y sorprendentemente Ratolín, esta vez, no se asustó. Elisa no se movió y continuó observándolo hasta que Ratolín volvió a desaparecer a través de la grieta de la pared. –Menos mal que Mallacán dormía como un tronco y no se enteraba-.

Se acercaban lluvias, no muchas, pero había que estar preparados para todo. El cielo estaba precioso, con sus nubes y el suave aire que las mecía. -Cada día es único e irrepetible, disfrutarlo depende de cada uno-, decía yaya María cuando hundía sus labios en las mejillas de Elisa con su beso de buenos días.

Tras un enorme y riquísimo tazón de leche de cabra emprendieron sus faenas. Josete, Clara y Elisa se adentraron a buscar leña por el pinar, descubriendo las carrascas, los quejigos que estaban sacando hoja y las muchas florecillas que van salpicando el monte en una primavera excepcional. -Eran preciosas-, las muchísimas florecillas que iban saliendo de diferentes y diversos colores; la naturaleza no entendía de tiempos de coronavirus.

Un corzo les sorprendió entre los pinos, a él también le sorprendió los pequeños leñadores. Antes los leñadores subían y tiraban algunos árboles que el forestal les marcaba, lo bajaban a la pista arrastrándolos con mulas, aún se ven algunas trozas, y luego los cargaban desramados y troceados a los carros para bajarlos al pueblo. La leña la vendían, pues antes se empleaba mucha en las casas –siempre estaba encendido el fuego del hogar-.

Por la tarde llovió un poco, se quedaron en la caseta haciendo sus obligados deberes y ejercicios. Merendaron tostadas con miel que estaban deliciosas. Un día más, parecía normal esta forma de vida de la que yaya María tantas veces había hablado y ahora estaban viviendo. Sin duda, la yaya María era la que más disfrutaba de la vuelta a la caseta, a la que nunca esperó regresar, donde tantos recuerdos habitan y otros tantos se van sucediendo.

Día 33 de aislamiento, 16 de abril del 2020.

san Caprasio

Cima de san Caprasio

Imponente, magno, majestuoso… san Caprasio aparece dominante, asomando entre el conjunto de lomas que conforman la sierra de Alcubierre. Lomas separadas que configuran el relieve de una sierra modelada gracias a la erosión diferencial producida en el valle del Ebro. No hay ningún río por esta sierra, es seca, profundamente seca. Los barrancos se han formado a base de tormentas y lluvias puntuales, torrenciales, que discurren gracias a un sistema de escorrentía de agua superficial escavando en el terreno considerables cárcavas y barrancos que drenan el agua de la sierra.

Las cabras tiran p´al monte y Elisa y Mallacán tiran más que las cabras. Por sus escarpadas lomas trepan a pesar del suelo suelto que dificulta los movimientos. Es tierra solamente apta para intrépidas aventureras como Elisa, por su gran destreza y agilidad, con la valentía necesaria para adaptarse a este medio tan agreste sin temor ni pavor. La adaptación define la vida en Los Monegros, a los suelos débiles, a los yesos y sales, a la escasez de precipitaciones, al aire seco y dominante cierzo y al abrasador bochorno, a las boiras y heladas de invierno, a los contrastes que describen esta tierra.

Elisa Cucaracha, Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza estaban adaptados completamente al medio, a sus vertientes pronunciadas con sus pendientes impracticables y a sus cuevas que parecen colgadas ante el abismo. Soportaban implacables e inmutables a las inclemencias climáticas, ya sean sequías o tormentas, fríos y heladas. Imparables, la sierra es su refugio.

Por Los Monegros discurren los ríos Alcanadre, Guatizalema, y Flumen, aunque siempre se ha dicho la Isuela, si en femenino y respetando su nombre tradicional de la Isuela. Por Peñalba está el barranco de la Valcuerna, con vocación de río estacional nacido en Los Monegros y que desemboca en el Ebro.

San Caprasio aparece excepcional, solemne, hermoso y bello, sencillo y humilde porque la verdadera grandeza reside en el corazón. Elisa lo contemplaba, lo miraba detenidamente, buscando, porque se lo había dicho yaya María, que en ocasiones suele aparecer el pastor Caprasio por la cima de la sierra de Alcubierre. Solamente tenía que mirar y esperar.

Día 34 de aislamiento, 17 de abril del 2020.

Abril se entretiene con sus lluvias, las nubes van pasando y de vez en cuando van dejando algo de agua. Las aliagas están hermosas con sus florecillas amarillas, pero punchan. Los pequeños leñadores han encontrado una orquídea preciosa, con colores intensos que van del verde al marrón, rojizo o azulado acerado. Un violeta muy intenso- La orquídea abeja o espejo de Venus- . Hay otras, cuenta la yaya, -Hay que ir mirando con cuidado el suelo para ir descubriéndolas-. -¡Qué chulo es el monte en primavera!-

-¿Cómo conociste al yayo Paco?- Preguntó Elisa la curiosa. La alcahueta y alparcera Elisa quiere saber todo y eso es bueno, ganas de aprender no le faltan. –Con el abuelo Paco nos conocimos ya de críos-, respondió yaya María-. -¿Ibais juntos a la escuela?-, -¡Ay!, no hija mía, antes íbamos a clases separadas, los chicos a una clase y las chicas a otra-. A Elisa no le entraba mucho esto en la cabeza, a Josete y Clara tampoco lo entendieron bien, pero como decía yaya María –¡Eran otros tiempos!-. En la escuela aprendían a leer, a escribir, las cuatro reglas sumar, restar, multiplicar y dividir y luego por las tardes las niñas a costura. Las caras de los tres era de sorpresa, ni se lo habrían imaginado. Mientras, el incombustible Mallacán quería jugar y no dejaba de enredar a Elisa, le mordisqueaba la zapatilla o le cogía del pantalón y tiraba de ella. Pero Elisa quería saber la historia de sus abuelos. -¡Estate quieto Mallacán, chitón!-

 – Venga yaya, ¿Cómo conociste al yayo Paco?-, volvió a preguntar Elisa. -Los domingos se hacía baile y los chicos nos sacaban a bailar, pero vuestro abuelo Paco era muy vergonzoso y nuca me sacaba a bailar. Hasta que llegó santa Agueda, ese día se permitía a las chicas sacar a bailar al hombre y por fin pude sacar a bailar al yayo -. -¡Qué raros eráis!-, sí, afirmó yaya María, nos vigilaban para que no bailásemos muy apretados, debíamos guardar las distancias y para tener intimidad nos teníamos que esconder. -¡Qué anticuados eráis!-, -Sí- volvió a afirmar la yaya, -pero aquellos tiempos tenían su encanto-.

Día 35 de aislamiento, 18 de abril del 2020.

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Ratolín el ratón pequeñín recorre la caseta de rincón a rincón, aprovecha la oscuridad que le brinda la noche para fisgonear y husmear por todos los recodos y recovecos. Elisa, si tiene suerte, se despierta suavemente para no alertarlo y lo contempla medio dormida, con los ojos entreabiertos. Por lo contrario, Mallacán es basto con sus lametazos y sus torpes zarpas que van dando pisotones cuando se acerca por las noches a Elisa.  Mallacán, cuando se mueve por la noche, despierta a todos. Ratolín es sigiloso y Mallacán estruendoso, uno es cuidadoso y el otro un torbellino.

El día estaba algo nuboso. La yaya María había dispuesto un cañizo que había por la caseta, a modo de mesa fuera en la era. Lo ha limpiado y lo ha dejado secar. Se empleaba mucho en la construcción, sobre todo para los tejados donde encima colocaban las tejas. Se hacían entrelazando, tejiendo cañas siendo muy fuertes y resistentes. Cuenta la yaya que antes los usaban para secar alimentos, dejan pasar el aire, almendras, ciruelas, higos, manzanas, panizo, pasas, pimientos, tomates, uvas… -Nos irá bien-.

-¡Qué cosas más raras hacíais antes!- exclamó Elisa –Con lo fácil que es ir a comprar a la tienda-. La yaya María reflexionó, se quedó pensativa, miró a Elisa con su cara dulce y le dijo –Antes no había un grifo por donde saliese todo el agua que quisieras, no había un enchufe que diese la luz, ni donde enchufar el ordenador, televisión o nevera donde elegir alimentos, no existían muchas de las cosas que ahora parecen imprescindibles. Había muy poco, pero lo suficiente para vivir, ahora hay de todo y no se valoran las cosas-. –Aquí es como antes, ¿verdad yaya?-, -¡Sí!, Elisa, así vivimos todos y todos los que nos precedieron-.

Antes había tan poca agua que las adobas se hacían con vino, -pero era el vino viejo que se picaba-. Las adobas o adobes, viejos ladrillos que amasaban a base de barro y paja y secaban al sol y al aire. Aquí, si algo tenemos es sol y aire, “Polvo, niebla, viento y sol… esta tierra es Aragón” decía el poeta José Antonio Labordeta. -Nos hemos olvidados que éramos humildes, parece que nos avergonzamos de nuestro pasado.  Muchas casas se construyeron a base de adobas y bien que se merece un homenaje la adoba -¡Claro que sí! ¡Viva la adoba!-.

Mallacán se acurruca para dormir, Mallacán es el día, el sol, mientras que Ratolín es la noche, el ángel de la guarda, protector de Elisa y su familia, la luna. Elisa se durmió pensando en las casas, casetas y muros que aún quedan hechos de adobas en el pueblo, de lo bonitas que son esas paredes, lo mucho que han soportado y lo mucho que debió de costar hacerlas. –Es verdad- pensó Elisa, -Ahora tenemos muchas cosas, compramos y tiramos mucho-.

Día 36 de aislamiento, 19 de abril del 2020.

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Otro día cubierto por las nubes que se van sucediendo, discurriendo por el cielo y depositando sobre la tierra la preciada lluvia. La tierra está húmeda con sus muchas florecillas que van sonriendo y llenando de colores la sierra. También brotan los quejigos con su verdes y brillantes hojitas. Se observan rastros de jabalíes, pisadas, rascadas en los pinos y las charcas o bañas. Las cebadas están altísimas y con el aire, al mecerse, forman un suave oleaje que te transportan al mar, a su balanceo de olas que serpentean en pleno desierto de Los Monegros. La lluvia transforma el paisaje, lo aleja de los veranos secos y abrasivos que socarran la vegetación y hacen arder la tierra y las piedras.

Han recogido leña y han estado con las cabras dando vueltas, no han ido muy lejos. –Andemos hasta el corral del Sabino- explicó Elisa Cucaracha. –No se dice “andemos”, se dice “andamos”- corrigió Josete, diciendo que Elisa era bastante basta hablando como los abuelos de antes. Pío Baroja pasó por tierras de Monegros y dejo constancia que éramos muy mal hablados en “Horas solitarias”. -¡Andamos! mentira, andemos, que tu no estabas- respondió Elisa refunfuñando. Para yaya María no había que avergonzarse del pasado y eso también debía de incluir la forma de hablar.

Ababol, Abadejo, Apatusco, Avechucho, Barrillas, Bitilaina, Bochiga, Boira, Cacharro, Cardelina, Coco, Cucute, Desustanciada, Dorondón, Encorrer, Enfarinoso, Esbarizaculo, Escocar, Escucarabajo, Esfullinar, Esparbel, Espiazau, Espinais, Esportetas, Estalentau, Estrapalucio, Ferringallo, Grillau, Jasco, Melico, Miaja, Mielsa, Miragüelo, Pantaziguera, Patalera, Pezolaga, Pintacoda, Pocasustancia, Rasmia, Rebadan, Sunsida, Tozaneta, Tufa, Yaya, Zamandungo, Zancarriana… Son muchas las palabras, expresiones y giros propios del aragonés, una lengua que se habló por Los Monegros hace tiempos y aún se han ido conservando retazos de la vieja lengua aragonesa.

Cada lengua sirve para aprender, entender, comunicar, expresar, sentir, pensar, crear…  son un tesoro patrimonial. -El respeto-, decía yaya María –Nos hace entender y comprender, convivir y empatizar con los demás. Nos enseña que a pesar de las diferencias, por pequeñas o grandes que sean, somos capaces de entender y tolerar-. La diversidad es respeto y el respeto es diversidad, y en la vida, como en todo el universo, todo es diverso. El universo es un eterno de versos diversos infinitos.

Las lenguas son toda una ventana que nos explican la verdadera esencia de nuestros antepasados, porque son sus palabras únicas, propias e indisociables a su forma de entender y comprender sus vidas y todo el saber y cultura que heredaron de sus antepasados. La yaya, como siempre, ha querido y amado todo lo aprendido de los mayores, igual que ahora Josete, Clara y Elisa van aprendiendo de yaya María y reciben el legado transmitido generaciones tras generaciones.

Por la tarde han ido pasando nubarrones amenazando tormenta. Hasta el anochecer no ha habido tronada, la sierra retumbaba, tremolaba la caseta de duros alazetes. Pero por muy dura que sea la tronada, Elisa Cucaracha y su banda ¡No reblan!.

Día 37 de aislamiento, 20 de abril del 2020.

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Mallacán agitaba con tremenda alegría la coda como cada mañana, otro día que aparecía nuboso, con esas nubes que dejan entrever el cielo que resalta con su inmenso azul claro. La rabosa no ha vuelto a merodear por la caseta, hay muchos conejos y será más fácil ir a cazar por donde tienen los cados. –Antes, por la sierra alta había mucho conejo-, cuenta yaya María, -cuando venían a plantar pinos los cazaban poniendo lazos-. Lo bueno de que no esté la rabosa es que las gallinas están tranquilas y van poniendo abundantes huevos que van recogiendo Josete, Clara y Elisa. La raboseta es astuta y por el mote va royeta y majeta.

Ir con las cabras les ha hecho más fuertes, suben las cuestas con gran destreza y agilidad, brincan las piedras y sortean las punchantes coscojas, aliagas y espinos. Ningún escollo, peñasco o risco resulta insalvable, nada detiene su imparable avance, saltan ripas, cruzan barrancos, atraviesan vales y llegan a pequeñas colinas que parecen que nunca nadie había alcanzado. Elisa, si podía, no dejaba de mirar a san Caprasio, aguardando que apareciese la figura de Caprasio merodeando por su cumbre y resguardando la sierra que se había vuelto su hogar. Allí, imponente como una erguida sabina siempre está san Caprasio.

Hacia el llano se ven las planas alargándose con sus maravillosas, frondosas y verdes cebadas. Los pueblos se ven pequeños, menudos, incluso Huesca al fondo resulta menuda. Hacia el este se ve claramente el monasterio barroco de la Cartuja de las Fuentes. Hace unos meses que lo fueron a visitar descubriendo las muchas pinturas que inundan el lugar, obra de un monje que vivió en el monasterio. Les enseñaron muchas pinturas y, entre tantas, un curioso auto retrato del monje pintor Fray Manuel Bayeu. Los demás no se percataron, pero Elisa vio como tenía un considerable y sospechoso parecido con el señor que les enseñaba el monasterio. Elisa no tuvo duda alguna que debía ser el mimo Bayeu -Aun sin esa barba larga y con algo más de pelo en la cabeza-.

Más al este se encuentra otra joya de Los Monegros, el monasterio románico de santa María de Sijena, con su portada con sus catorce arquivoltas que tanto le gusta contar a Elisa cada vez que va. Un lugar muy bonito, con muchas obras de arte que  han vuelto y otras que aún tienen que volver. Tesoros de los muchos que hay por Los Monegros, a los que siempre es bonito volver. –En cuanto pase todo esto-, pensó Elisa –volveré-.

Día 38 de aislamiento, 21 de abril del 2020.

Federico, el pastor, pasó pronto por la mañana, habían dado aguas y aprovechó la mañana para apacentar el rebaño. La cosa parecía que iba a mejor pero continuaba muriendo gente, todo va para largo y por ahora alargan el confinamiento hasta el once de mayo. –Lo peor- decía Federico –la que nos viene encima con la economía, va a ser la ruina-.

Por la tarde se quedaron al cobijo de la caseta mientras una fina y constante lluvia fue cayendo. La sierra fue recogiendo el agua, esta es buena, la va absorbiendo la tierra y el monte y los cultivos la agradece. La sierra se extiende desde Tardienta hasta La Almolda sin dejar de tener continuidad con la sierra de Sijena a través del monte de Pallaruelo. Una zona preciosa el monte de Pallaruelo, con su barranco de la Peña y el estupendo sabinar. Desde el alto de la Portellada se contempla en su esplendor el sabinar de Pallaruelo y la vista se puede extender a través de Los Monegros norte y la sierra de Guara hasta los altos Pirineos.

Por el monte de Pallaruelo, a mitad camino al monasterio de la Cartuja de las Fuentes permanecen los restos de una antigua iglesia gótica. -¿En mitad del monte?- preguntó Josete. –Sí- respondió yaya María – Resiste en pie una sola pared de la una antigua iglesia y ya nada más queda-. Los restos responden a un antiguo poblado que existió hace siglos y que desapareció sin que su historia llegue a nuestros días. -¿Nada?- se mostró extrañada Clara –Solamente la solitaria pared- respondió yaya María –resiste a la desmemoria-.

Moncalvo labordeta

-Hay leyendas que cuentan que fueron asesinados por no pagar impuestos, quemados vivos dentro de la iglesia y su historia la borró el tiempo-. -¡Qué horror!- concluyeron todos a la misma vez. Del viejo y desaparecido poblado de Moncalvo ya no queda nada de su memoria, de sus calles, de sus gentes, resulta misterioso e incomprensible- ¿Cómo se ha olvidado la gente de todo un pueblo?- preguntó extrañada Elisa. -El tiempo borra muchas cosas-, explicó yaya María.

Elisa empezó a dudar si ya estuvieron antes los marcianitos y fueron los verdaderos culpables de la desaparición del viejo poblado de Moncalvo -¡Malditos marcianos!. A partir de ahora la memoria de Moncalvo permanecerá viva, Elisa la mantendrá viva con su recuerdo y no dudará en transmitir su historia. Será como una Labordeta, que entre sus ruinas hizo sonar su guitarra y voz.

Día 39 de aislamiento, 22 de abril del 2020

Reconforta la tranquilidad que reina en la sierra, abruma a veces tanta soledad, pero la calma y el sosiego alimentan el alma. La naturaleza es acogedora, lejos del mundano ruido y bullicio de  la civilización y las cercanas ciudades de Zaragoza o Huesca. Respirar aire limpio y puro, lejos de la contaminación y el ruido. Aunque a los tres, a Josete, Clara y Elisa les encanta ir a la ciudad –de vez en cuando está bien. Hay mucha gente, tiendas y cosas que ver y hacer, lugares por donde pasear… nunca deja de sorprender tanto movimiento y actividad, tanta oferta de ocio y cultura-.

Mientras, en los pequeños pueblos las casas y las calles se ven vacías, cada vez más y por lo que dice Federico -poco se nota aquí el confinamiento-. Para comprar según qué cosas hay que ir a la ciudad, -aunque a tía Miranda le gusta comprar por internet y a los dos días se lo dejan en la puerta de casa-. Tía Miranda no para y con la asociación del pueblo no para de hacer montones de actividades, fiestas y jornadas culturales-.

La vida en la sierra es dura, han dejado atrás las comodidades, como cuando van de acampada. Yaya María ha vuelto a su juventud y disfruta compartiendo sus recuerdos, le encanta sentarse en una silla afuera de la caseta y contemplar la sierra y el trajín que llevan todos. La yaya vuelve a realizar la estrategia de lagartija o fardacho, de sangre fría, decía Elisa, buscando el sol, el haz de rayos que le aporten un revitalizante calor.

La sierra nunca ha estado tan silenciosa y vacía, antiguamente subían y bajaban carros tirados por caballos o mulas, cultivaban los campos y se segaban a dalla y hoz, se hacía leña y carbón vegetal, se dormía en las casetas o aldeas y los rebaños de cabras campaban por toda la sierra. Había grandes constructores de carros y galeras en los pueblos, un gran oficio de carpinteros y herreros que ha desaparecido. Los tiempos avanzan imparables y casi no da tiempo para reflexionar cuanto dejamos por el camino, tantas cosas que, quizá, no deberíamos de olvidar.

Día 40 de aislamiento, 23 de abril del 2020

Elisa desciende de una tierra de dragones y se los imagina sobrevolando los confines de esta tierra llamada Aragón. A Elisa le parecían simpáticos los dragones, no había conocido a ninguno, pero todos los animales son simpáticos. Aunque hay que saber guardar las distancias, decía muchas veces yaya María, algunos pueden verse amenazados y atacar; la naturaleza es salvaje. Especialmente lo decía cuando levantaba piedras Elisa, a la yaya le sabía muy malo -Para cuenta, que no sabes que te puedes encontrar, te puede aparecer una escolopendra, un arraclán  o una tarántula-.  -¡Mía que la fizadura es muy mala y ya no mincharás más pan!.

Tanto recoger y amontonar piedras por la zona de la sabina que comenzaba a parecer una autentica posición de la guerra civil, como monte Irazo, Pocero, loma Orwell o San Simón. Esas trincheras por donde estuvo el famoso escritor inglés George Orwell y el español Camilo José Cela por el otro bando. Elisa había parapetado con incontables piedras su posición de la sabina.

Camilo José Cela fue herido en esta sierra, de cierta gravedad, sintió un golpe seco en la nuca y se quedó sin conocimiento, la metralla de una granada de piña se le clavó en el pecho… después se fue despertando.  –Esta sierra tiene mucha historia- concluyó yaya María con sus sabias palabras.

La yaya explicó lo que sucedía cuando a uno le picaba la tarántula, pronto buscaban un tañedor y tocaban la guitarra, cantaban y bailaban jotas hasta que al enfermo se le pasaba la fiebre, -Aura p´al medico y una injición-. -¡Vaya fiesta se montaba!- y aunque a nadie le había picado, yaya María les cantó unas jotas a Josete, Clara y Elisa. Y a Mallacán también, que aunque no se enteraba de que iba la cosa, como siempre, participaba y estaba en medio de todo.

La sierra estaba tranquila, mal que el misterioso lobo de Los Monegros había vuelto a atacar por Leciñena, lo había comentado Federico el pastor. -¡Esta sierra es de cuidau!- exclamó alborotada Elisa –Dragones, demonios, gigantes, selenitas, escolopendras, arraclanes, tarántulas, gripias, lobos…!, no me extraña que por aquí no haya nadie ni se atrevan a venir los marcianitos con su maldito virus-.

La leyenda del Cucaracha será, pensó Elisa, menos mal que su sombra que se extiende hoy en día gracias a Elisa Cucaracha, Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza.

Día 41 de aislamiento, 24 de abril del 2020

Hace noches que Elisa no veía a Rotolín el pequeñín, miembro de la banda y más conocido como Ratolín el Farineza. Era ágil y huidizo, maestro en las artes de la invisibilidad, dominaba la noche y, a pesar de su menudo tamaño, era un componente terriblemente temido. Por la noche se había comido toda su ración y nadie en la caseta se había percatado.

Ninguno de la banda bebía vino, así que no los podían envenenar como a Mariano el Cucaracha. Tampoco con la comida, pues yaya María era la cocinera y era muy rigurosa con la comida, conservaba y guardaba muy bien los alimentos. La caseta está estratégicamente bien situada y desde loma Elisa se avista gran horizonte para advertir cualquiera que se atreva a acercarse por la caseta. El lugar era mucho más seguro que el corral de L´Anica donde mataron al Cucaracha.

Madroños, endrinos, barzas, gabarderas… muchos matorrales de los que crecen en esta sierra se pueden aprovechar para coger sus frutos, el fruto del madroño “Alborcero” resulta muy dulce y emborracha “Alborzas”, los arañones son buenísimos para hacer pacharán y las moras para no parar de comer una tras otra, pero había que esperar a otoño. También aparecen almendreras, higueras y oliveras por la sierra, hay cajas de abejas para hacer miel y un montón de plantas con propiedades medicinales y culinarias. Hay zonas que aguantan muy bien la humedad, en los barrancos hay mucha vegetación, en algunos incluso hay boj y por ello llevan su nombre como el Bujal. Otro barranco hace referencia al enebro en su forma aragonesa Puchinebro y el de la Estiva a su presencia de pastos elevados adecuados para el verano.

Todo bajo la protección de san Caprasio, aunque para Elisa el mejor amuleto protector era yaya María, sin duda alguna, era la que le hacía sentirse completamente segura. ¡Y la muñeca!, la que siempre estaba con ella, en las oscuras noches hasta cada nuevo amanecer.

Día 42 de aislamiento, 25 de abril del 2020

Los días medio nublados iban dejando días preciosos con sus ratos de calor, de sol radiante, momentos fabulosos para disfrutar de la primavera en todo su esplendor. La familia disfrutó de un día soleado, gozando enormemente y cargando las pilas mientras realizaban sus habituales faenas diarias. Un sin parar, un trajín incesante hasta que de repente echaron algo en falta. Demasiada tranquilidad, mucha calma y paz, algo no iba bien.

Elisa y Mallacán faltaban, no estaban por los alrededores de la caseta, ni tampoco dentro. Buscaron por todos los lados, por la sabina, por la loma, por el bosque, por la caseta… Todos iban mirando por todas partes, hasta yaya María buscaba incansable por los lugares más insospechados. Llamaban a gritos a Elisa y a Mallacán, que tenía mejor oído, pero no aparecían.

Poco a poco su falta comenzó a ser cada vez más preocupante, -¿Ande podrían haberse metido la bruja de Elisa y el cerrudo Mallacán?-  No los encontraban por ningún sitio, como si la tierra se los hubiese tragado. -¡¡Elisa!!, ¡¡Mallacán!!- Hasta Federico el pastor se acercó inquieto e intrigado por los gritos, los había escuchado mientras iba con el ganado y, tras saber lo que ocurría, se unió sin dudarlo a la búsqueda.

No podía ser, algo podría haberle ocurrido, yaya María se inquietaba cada vez más. Antonio y Aurora iban preocupados y enfadados, Josete y Clara sabían que a Elisa le iba a caer buena carrañada pero ante todo esperaban encontrarla, también estaban bastante preocupados.

Nada, Elisa y Mallacán no aparecían por ningún lado. Estaba comenzando a ser desesperante. Los nervios empezaron a cundir. De repente cayeron en cuenta que no habían mirado por la balsa y fueron todos corriendo, era un lugar peligroso, con el barro y el agua, le podía haber pasado algo.

Llegaron a la balsa y lo que encontraron les dejo paralizados, allí estaba Elisa tirada al borde de la balsa, en su orilla, sobre la toalla tomando el sol como si estuviese en la playa. Una escena surrealista, propia de Buñuel, que les hizo romper en carcajadas liberando toda la tensión que habían acumulado. Mallacán también estaba tumbado plácidamente, como si el mundo no fuese con ellos. Inocentemente, Elisa al verles les invitó a su playa ajena a todo lo que había pasado y así hicieron, la familia se unió al Monegros Beach de Elisa y Mallacán. Olvidaron el mal trago que habían pasado, no tuvieron más remedio, y disfrutaron del sol que calentaba el primaveral día de abril en el Monegros Beach.

Día 43 de aislamiento, 26 de abril del 2020

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Había sido surrealista ver tumbada con sus gafas super fashion a Elisa a la orilla de la balsa. -Una estrafalaria- decían Josete y Clara, solamente a Elisa se le podía haber ocurrido. La escena había sido propia de una película de Buñuel o de una naturalidad profunda de Almodovar, -¡sí!- aquel director de fama mundial que vivió por un tiempo en Poleñino donde realizó su primera comunión.

La guapa Penélope Cruz rodó en Los Monegros una película junto a Javier Bardem y Jordí Mollá, película que les lanzó a la fama. “Jamón, jamón”, la película de Bigas Luna que quedó fascinado por esta tierra, desde aquí tocó la Luna, seguro que descubrió a los selenitas, quedando abducido por sus extraordinarios poderes y sus terribles encantos lunáticos.

Lugares que inmortalizó Bigas Luna, con la nacional II, la bañera de Monegrillo y el toro de Peñalba. Penélope y Javier acabaron siendo matrimonio, con su hijo Leo y  su hija Luna, aquella que tocó Bigas Luna en Los Monegros y llevó a la pareja a lo más alto de las estrellas del cine mundial.

Ese surrealismo que parece que encierra Los Monegros aflora con el viejo documental de Antonio Artero y Labordeta “Monegros”. A similitud del documental de Buñuel, con Las Hurdes, trataron de hacer algo parecido pero con grandes pinceladas de creatividad. Recorrieron los paisajes monegrinos, con su mirada cinematográfica y poética, experimentando en la misma concepción de la creación audiovisual y su relación con la realidad. Al final, Almodovar, Artero, Buñuel o Luna  han sido excepcionales cuestionando y mostrando su particular visión de la realidad.

Los Monegros fueron tierra de miserias y pobreza, de años de ausencia de cosechas y plagas devastadoras de langostas, terribles sequias y hambrunas asolaron el territorio. Poco, poco se distanciaría con Las Hurdes.

Elisa iba a ser la nueva Penélope, una gran actriz y una gran mujer, valiente e independiente que iba a brillar intensamente en el firmamento. En Los Monegros brillan muchas estrellas, no es así en todos los lugares, no saben lo que se pierden.

Día 44 de aislamiento, 27 de abril del 2020

La lluvia de abril ha continuado cayendo como cada pocos días lo va haciendo, una madrugadora lluvia fina ha caído a primera hora de la mañana. Elisa y Mallacán no han podido salir a correr y han aprovechado la mañana para hacer los ejercicios y deberes de la escuela.

La naturaleza estaba tranquila, la ausencia de personas había permitido que muchos animales campen a sus anchas. Es extraño, reflexionaba Elisa, la naturaleza nos da agua clara y limpia y nosotros ensuciamos ríos y mares, nos regala aire puro y lo llenamos de humo, nos ofrece una frondosa vegetación llena de hermosísimas flores y lo llenamos todo de basura y plásticos. Quemamos nuestra tierra, le echamos veneno, derretimos los círculos polares, destrozamos bosques y selvas, matamos animales, cambiamos el clima y sufrimos sus consecuencias. Yaya María estaba de acuerdo, era difícil de entender, no tenía sentido y el futuro se estaba volviendo incierto, agotando y destrozando nuestro mundo que nos permite vivir. Hay personas que prefieren el cemento a los árboles – ¡Qué tontos!, igual piensan que pueden vivir sin respirar-.

Cuando paró de llover Elisa y Mallacán fueron a ver a la sabina, respiraron el profundo aroma que la lluvia había dejado en el ambiente. Los pajarillos con su ajetreo alegraban el día, un petirojo merodeó la sabina, se posó en una piedra cercana y contempló a Elisa. Elisa estaba descubriendo lo maravilloso que era vivir en la sierra, comprendiendo lo vital que es la naturaleza, lo verdaderamente importante para vivir.

La sabina era sabia, más sabía que los hombres, si no paramos acabaremos destruyendo nuestro hogar, con el calentamiento global y nuestras avaricias, agotando recursos y las estúpidas guerras. La sabina y el simpático petirojo no necesitaban entenderlo, ya lo sabían. En cambio, los humanos tenemos la capacidad de aprender, razonar y evolucionar pero aún no hemos sido lo suficiente inteligentes -¡sabios!-  para entender el verdadero significado de la vida y ser capaces de respetar, convivir y conservar nuestra madre tierra.

Día 45 de aislamiento, 28 de abril del 2020

Por las noticias que iba trayendo Federico el pastor la cosa estaba mejorando, los niños podían salir a pasear y pronto iban a comenzar la desescalada del confinamiento. Era un gran alivio pero aún había riesgo y miedo al contagio, había que guardar un distanciamiento social con el resto de las personas y la normalidad iba a costar recuperarla. Incluso había quienes dudaban de recuperar totalmente la normalidad, al menos hasta que los científicos descubran la vacuna.

La familia se replanteó su situación, hablaron de la posibilidad volver a casa ya y tratar de recuperar sus vidas. Todo tenía sus ventajas pero también sus inconvenientes, ni Josete, Clara y Elisa iban a volver a la escuela, ni a jugar con los amigos. Al final decidieron por unanimidad que iban a ser consecuentes con su decisión y la iban a llevar hasta el final, que su aventura en la sierra iba a durar hasta que el confinamiento comience a aligerarse significativamente, al menos hasta el once de mayo. Tanto esfuerzo no se podía dejar perder y había que aguantar un poco más.

A Elisa le pareció genial, no quería irse de la sierra, aunque una buena ducha de agua caliente le iría muy bien, la nevera, el microondas, tener luz abundante, ver alguna película tumbada en el sofá, el secador de pelo, hablar con sus amigas con el ordenador, tener las muchísimas cosas que echaba en falta de su cuarto…

Aquí había pocas cosas pero tenían muchas cosas que hacer Elisa Cucaracha, Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza. Y desde que estaba aquí había compartido muchas horas con su familia, todos estaban juntos casi todas las horas y había momentos especiales, sobre todo después de cenar, cuando al calor del hogar se juntaban para charrar y yaya María les contaba cosas de su juventud, como era antes el pueblo, el horno de pan, la balsa mayor, el transporte a Huesca, la central de teléfono, el bar de la plaza, el baile de los domingos, las mujeres de negro con el luto, el estraperlo, ir al lavadero, tomar la fresca, las noticias en la radio, la primera televisión…

–Pues imaginar lo que veré yo, seguro que surcaré el universo y seré capitana de mi propia nave interestelar-

Día 46 de aislamiento, 29 de abril del 2020

El Cucaracha recorría la sierra refugiándose por sus cuevas, casetas y corrales, huyendo y escapando tras las muchas fechorías realizadas. Robos, secuestros, extorsiones, asesinatos… siempre al margen de la ley y perseguido por las fuerzas de la guardia civil. El Cucaracha mostró gran ingenio con sus escaramuzas, burlando y escapando por los pelos en más de una ocasión, era muy huidizo, astuto y no dejaba de ganarse los favores de los más pobres a quienes compensaba con parte de su botín. Un bandolero terrible que robaba a los ricos, los que tenían, y daba a los pobres, los que nada tenían. Cucaracha pagaba los muchos favores a pastores y campesinos que le ayudaban a vivir al margen de la ley.

Elisa estaba segura que su sabina era la misma que la del temible Cucaracha. La misma sabina donde había escondido su botín para que nadie lo encontrase. Ciertamente, Elisa era heredera de aquel tesoro escondido en la sierra de Alcubierre, de aquel tesoro que muchas historias se habían contado  y muchos se habían aventurado a buscar sin éxito. Elisa era la protectora.

La yaya hizo unas apetitosas y suculentas migas para comer, las ha cocinado en una sartén enorme y se las han comido como antes: cucharada y p´atrás, sin agolparse en la sartén. Elisa usó como cuchara una corteza grande de pan. Todo venía a raíz de las historia que yaya María contaba. De aquella ocasión en la que dejaron al Cucaracha sin cuchara en una comida y se tuvo que comer el cocido con una corteza de pan, al acabar les dijo a los demás que de postre tenían que comerse la cuchara y, dando ejemplo, Cucarcaha se comió su cuchara.

La cuadrilla robó a lo largo y ancho de la comarca y más allá de sus límites, asaltaron las mejores casas, se disfrazaron de Carlistas y atracaron al pueblo de Farlete, confinándolos en el interior de la iglesia. Cogió tan mala fama que trató de ganarse a las gentes más humildes. Fue valiente y osado y no dudó en presentarse en el casino de Zaragoza y jugar una partida de cartas contra su gran perseguidor el gran teniente Lafuente. El teniente no lo había reconocido.

Robin Hood, Curro Jiménez y Cucaracha son muchos de los bandoleros románticos que sembraron de leyendas tiempos pasados. Pero hoy en día, al contemplar la sierra aún podemos sentir el aliento de estremecedores bandoleros que todavía campan por los cerros, vales y lomas de la sierra de Alcubierre: Elisa Cucaracha y su banda Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza.

Día 47 de aislamiento, 30 de abril del 2020

El árbol no quiere correr ni quiere volar, el hombre puede correr y sueña con volar. A Elisa le gusta bailar y bailar, girar y girar y continuar moviéndose al ritmo de la música sin parar. Soñamos con poder hacer lo que no podemos mientras no valoramos lo que verdaderamente podemos hacer.

Podemos correr, correr es nuestra gran libertad, Elisa y Mallacán corrían de un lado a otro de la era, imparables avanzaban a cada zancada, gastando energía y agotando sus fuerzas. Correr lleva su esfuerzo como volar lleva el suyo, esfuerzo que muchos no están dispuestos a realizar. La pereza ni anda, ni corre, ni vuela.

Si voláramos la gente no volaría, igual que no corre. Si fuésemos un árbol querríamos andar, soñaríamos con correr. Imagínate un árbol moviéndose, buscando un sitio con mejor suelo y disposición de agua, un árbol escapando por qué lo quieren cortar. Si fuésemos un árbol querríamos sentirnos libres y no pararíamos de correr de un lado para otro como Elisa y Mallacán en la era de la caseta de la sierra de Alcubierre.

Si fuésemos un árbol soñaríamos con correr. Somos personas y podemos correr, pero a mucha gente no le gusta ni quiere correr, es la libertad a la que mucha gente renuncia. Si fuésemos pájaros habría quienes no volarían, también renunciarían a su libertad. Se quedarían quietos perezosos por el esfuerzo que conlleva volar.

Pero el árbol se mueve creciendo buscando la luz y hundiendo sus raíces en un suelo de huidiza agua, como la paciente sabina de Elisa que despacio crece en los áridos Monegros. Elisa y Mallacán corren alrededor de la sabina, bailan como ritual, en el que ríen y disfrutan hasta caer tumbados sobre el suelo. Los árboles también vuelan, son nubes que surcan el cielo. Elisa soñaba con ser un árbol, corriendo, bailando y volando.

Día 48 de aislamiento, 1 de mayo del 2020

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Elisa era una trabajadora incansable, infatigable, curtida en el esfuerzo duro y constante. Atesoraba el valor de cada gota derramada, de cada paso portando los pesados pozales de agua, de mirar al cielo y adaptarse al tiempo que venía, de vivir con las horas de sol, de alumbrarse las noches a la luz de las velas, de administrar los recursos, de saber que todo lo que le contaba yaya María era de una sabiduría infinita desde tiempos inmemoriales.

Elisa acudía a la balsa y recogía el agua procurando recoger la más limpia y clara, ordeñaba las cabras con suavidad y delicadeza, recogía la leña perfectamente seca para alimentar el hogar, ayudaba a yaya María con la comida, pelaba patatas y lloraba con la maldita cebolla. Aprendía con cada guiso los sabores de antes, con la paciente yaya María que lo elaboraba con todo el cariño del mundo. Muchas recetas de siempre, guisos y cocidos del ingenio de la supervivencia, cocina de subsistencia con lo poco que había para llenar las muchas bocas que de sol a sol trabajaban duramente sin parar.

En muchas casas marchaban los hijos y las hijas mayores a trabajar a las casas ricas, a las faenas del campo y del monte y a servir. Algunas tuvieron que marchar a las grandes ciudades, muy jóvenes servían en casas pudientes las veinticuatro horas al día, limpiando, cocinando, cosiendo, cuidando los hijos de la casa… El trabajo de antes sin tantos avances como ahora, fregaban los suelos de rodillas, las planchas de carbón o de hierro se calentaba al fuego, -Ahora sin los electrodomésticos no sabríamos vivir-.

Josete, Clara y Elisa se fascinaban con las historias de antes de yaya María, de cómo vivían, de esa forma de vida que ha desaparecido. Sin calefacción tenían las cuadras en las casas para aprovechar el calor de los animales y el fuego de la casa nunca se apagaba.  Se calentaban con braseros de carbón, carbón vegetal que hacían en la sierra o carbón que algunas mujeres de Sariñena iban a buscar a las vías del tren. Mujeres recogían el carbón aún por consumir que caía de los trenes y lo aprovechaban para sus casas o lo vendían si la guardia civil no les pillaba y requisaba la vital mercancía. Mujeres trabajadoras que llevaron el peso de la familia en silencio y sin reconocimiento. Las arrugas de yaya María contaban tantas historias como la corteza rasgada por el tiempo de la imperecedera sabina, las arrugas del tiempo y la sabiduría.

Día 49 de aislamiento, 2 de mayo del 2020

Un sol radiante animaba la mañana que mostraba la primavera en todo su esplendor.  Una intensa actividad se desarrollaba en la sierra con los imparables pajarillos revoloteando con su risueño gorgojeo, trino y piar, el alegre canto que deleitaba los oídos. El conjunto creaba una armonía que relajaba, una música placentera que conquistó y cautivó a Elisa –la vida-, decía yaya María –son estás pequeñas cosas-.

Cardelina

chuflas al alba

porqué dende l´ocaso

soniabas con l´amaneixer.

Subían y bajaban los carros a la sierra, por los caminos transcurrían las gentes de estos lugares a pie y con sus caballerías. Pretéritos tiempos de cuando la sierra rebosaba vida, numerosos ganados apacentaban los montes y las casetas permanecían firmes.  Ahora, caídas y destruidas por el abandonoy quedan solitarias esparcidas por el monte. Aldeas, casetas, corrales, masadas y parideras que daban techo y resguardo ahora son montones de enruena. Sus muchas historias se han desvanecido con ellas.

Yaya María también corrió por la era de la caseta cuando era chica, muchas veces subió a la sierra con sus padres y hermanos a labrar el campo y a segar cuando las espigas doradas brillaban como el sol. Trillaban en la misma era y yaya María se subía al trillo y surcaba la era como capitana de los infinitos mares y océanos.

Las blancas sabanas aparecían tendidas al cierzo, las chamineras humeaban, los zagales y zagalas jugaban por las viejas sabinas y trepaban las antiguas carrascas y quejigos, abrazaban los grandes árboles y trepaban a sus copas.

Los caminos eran un trajín de ir y venir, carros y caballerías, tener mulas, caballos y yeguas era toda una fortuna y perderlos una autentica desgracia para muchas familias.

Hoy estos montes son desierto, sin nadie que suba a las casetas, a las aldeas como en la sierra se les conoce, ni nadie cuenta las historias que siempre se contaron.

Por la noche salieron fuera de la caseta y contemplaron el amplio firmamento. Una preciosidad bóveda celeste estrellada les embriagó el alma mientras una vergonzosa luna comenzaba a asomarse en su creciente deriva. Yaya María lloró emocionada, era como una de esas muchas noches de su niñez.

Día 50 de aislamiento, 3 de mayo del 2020

Ratolín era pequeñín pero estaba hecho todo un glotón, comía todo lo que Elisa le dejaba por las noches. Había forjado una gran amistad con Ratolín y este había cogido confianza con Elisa. No mucha, era cosa de bandidos, nunca se podía confiar en nadie, era la ley de los bandoleros. Pues eran como piratas del secano o solitarios vaqueros del lejano oeste.

Las capitanas del cierzo, barrillas o volandera surcan los llanos de Los Monegros, el far wets de Los Monegros, como en las películas. Por las lomas desnudas y áridas no era descartable que apareciese un cowboy o un indio navajo, salvaje como los bandoleros, esa estirpe de forajidos a la que pertenecía Elisa Cucaracha y su banda Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza.

Yaya María decía que quemaban las barrillas y con las cenizas hacían jabones y lejía para lavar la ropa. La limpieza y el aseo era y es muy importante.  Elisa había aprendido a recoger su melena y colocarse un pañuelo en la cabeza como hacía yaya María. Así no se ensuciaba tanto el pelo, pues era difícil el aseo en la sierra, no tenían ducha ni agua caliente y si hacía frío era para no lavarse. Yaya María decía que era una quejica, algo romancera había salido la pequeñeta Elisa -¡Menuda brujilla!-

El calor apretaba y en su ínsula Barataria, cuyo gobernador fue el gran Sancho Panza, Elisa dispuso todo contra el maldito virus. Sus amuletos protegían sus dominios, su blanca y brillante piedra de yeso resultaba infalible. Mallacán hacía ronda por los dominios de su ínsula, por su orilla circular que pronto volvía a encontrarse a sí misma. La tierra, todo el planeta Tierra era la ínsula Barataria de Elisa y la balsa el mar que todo lo rodea.

Día 51 de aislamiento, 4 de mayo del 2020

El calor comenzaba a apretar en Los Monegros y las faenas costaban más según las horas del día. Al mediodía era cuando comenzaba a calentar y por la tarde ya no se podía aguantar la calor. La sombra valía oro en estas tierras oscuras de Los Monegros.

Las faenas las iban haciendo a la fresca de la mañana, aunque tenían tantas por hacer que el trabajo les ocupó hasta bien entrado el mediodía. Elisa fue a buscar agua a la balsa y de la sudorina que pilló se rujió con el agua de la balsa para refrescarse. A Mallacán lo remojó y este corrió sin control de la ilusión que le hizo. Al yayo Paco poca gracia le hubiese hecho, -¡Malgastar de esa manera el agua!-.

La lluvia había traído una primavera fantástica a Los Monegros. Esa lluvia y agua tan escasa y deseada, de tantas rogativas que incluso su milagro erigió todo un monasterio cartujo en honor a la Virgen de las Fuentes.

La milagrosa agua que tanto cae en el norte y riega ahora tantos estíos secos de Los Monegros, gracias al canal de Monegros. Esfuerzo y sufrimiento, lucha que causó tanto dolor, pueblos inundados y despoblados. Aquellas aguas fueron una salvación para el llano, para tierra plana, una esperanza para salir de la miseria y la pobreza. Montes y pastos se volvieron fértiles tierras de cultivo. Se concentraron tierras, se nivelaron, se despedregaron campos y se labraron para su cultivo. Se crearon sistemas de riegos a base de acequias y canaletas que regaban a manta inundando las tierras. Luego llegó la modernización y se realizaron grandes inversiones en maquinaria, se crearon cooperativas y llegó el riego fijo. Un desarrollo imparable que nos ha situado en la vanguardia de la agricultura.

Antes se vivía con pocas hectáreas y ahora se hace imposible vivir. Cada vez menos jóvenes se pueden incorporar a la agricultura y la tierra acabará acabando en grandes fortunas o fondos de inversión. Tanto esfuerzo y sufrimiento de la gente para que acaben ganando los de siempre. ¡Sí Costa levantase la cabeza!.

Día 52 de aislamiento, 5 de mayo del 2020

Al final Los Monegros se define con cada sabina, en su paisaje árido y estepario, en su olor a romero, tremoncillo y ontina. Su esencia son esos aromas e intensos atardeceres que nos descubren una tierra fascinante que juega con el cielo.

Cada día Elisa descubría nuevas flores, de colores intensos y preciosísimos. Recogía flores y las llevaba a yaya María. Eso bastaba para una bellísima sonrisa de yaya que era velozmente correspondida con otra inmensamente preciosa de la dulce Elisa.

La yaya respondía a mujeres excepcionales que no lo tuvieron fácil en su tiempo, con pocos derechos y un papel completamente encorsetado. La mujer no podía hacer muchas cosas que solamente estaban reservadas para el hombre y su educación iba encaminada a ello. Mujeres valientes que se apoyaban entre ellas, se ayudaban en los partos y existía la figura de las amas de leche que alimentaban a los recién nacidos que sus madres no podían amamantar. Así existieron los hermanos de leche. Solidaridad, las puertas de las casas estaban abiertas y siempre había un plato para compartir aunque casi no hubiese nada para comer. Valores extraordinarios que el tiempo ha dejado atrás.

No había anestesia ni los avances médicos de ahora, decía yaya María que las muelas cucadas se las quitaba el barbero. Para sobrevivir hacían estraperlo, lo que ahora se conoce como contrabando, aunque en verdad era una forma de trueque y de subsistencia colectiva

Gente humilde pero digna, hablaban y se entendían con sus singularidades y particularidades, como ese ¡quio! y ¡quia! que tanto nos define y tan adentro llevamos. Hablaban con el corazón porque sabían cuál era su lugar, el lugar de cada persona que el escritor ramón J. Sender plasmó en su obra El lugar de un hombre.

 La pertenencia al pueblo, al lugar, la verdadera identidad que ha forjado como la sierra forja el carácter a los duros Elisa Cucaracha y su banda Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza.

Día 53 de aislamiento, 6 de mayo del 2020

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Elisa sabía que había aprendido de la abuela muchas cosas y que le iban a ayudar mucho en la vida para ser una gran mujer como ella. Cada uno tiene sus héroes y para Elisa yaya María era toda una heroína. Siempre estaba cuando se le necesitaba con su paciencia infinita igual que su amor, siempre infinito para los demás. Hundirse en sus abrazos para Elisa era lo mejor del mundo entero. Luego estaban los pequeños placeres: farinosos, empanadicos de calabaza, tortas de fiesta… Elisa era una gran laminera, aunque siempre le advirtiesen que, si comía mucho, le iba a doler la barriguita.

La sierra no dejaba de sorprender con su esplendor, los maravillosos sembrados de cebada y trigo altos y espigados con abundante grano ya comenzaban a amarillear. El suave aire mecía las altas espigas y el mar de Los Monegros volvía a aparecer con su agradable oleaje que transportaba a la inmensidad del azul mar. Los campos en barbecho se habían llenado de flores, de muchas florecillas diferentes y a cual más bellas, de las margaritas que Elisa desojaba a los delicados ababoles que pronto desprendían sus intensos rojizos pétalos.

La naturaleza andaba ajena al estado de alarma sanitaria que asolaba a la humanidad, más bien se beneficiaba de la ausencia de gente en el monte. Elisa y su familia habían desconectado completamente del resto del mundo y sin apenas contacto se habían habituado al silencio y soledad que habita en esta sierra monegrina.

Una raboseta roya había aparecido por las inmediaciones de la caseta y Elisa la vio muy de cerca. La raboseta se quedó por un momento inmóvil hasta que cruzó al marguín del campo, se volvió y contempló curiosa a Elisa. Enseguida apresuro el paso y se perdió por la altísima cebada. Mallacán apareció muy valiente, algo tarde, se reía Elisa. Dio unos ladridos al aire advirtiendo de su gran poderío y agitó la cola ante los ánimos de Elisa. Aunque pobre raboseta, ya no se atreverá a acercarse a la caseta nunca más, cualquiera se atrevía con el fiero Mallacán.

Día 54 de aislamiento, 7 de mayo del 2020

Las noches por la sierra gozan de una extraordinaria actividad, son muchas las aves nocturnas como lechuzas, conocidas como cholivetas, búhos, mochuelos… o mamíferos como los murciélagos, ginetas, tejones, rabosetas… que campan a sus anchas. Las charcas dan cuenta de ellos, sus pisadas y marcas delatan su presencia. Las muchas balsetas y balsetes, que aún se conservan, son auténticos oasis en esta seca y árida sierra. En ellas aparecen culebras, sapos, ranetas…. y cuando te acercas se ve como saltan dentro de la balseta para refugiarse en el agua. Los jabalís son los que más rastro dejan, hay pasos habituales y por los barrancos se pueden encontrar dormitorios.  Por los troncos de los árboles hay marcas de barro de cuando se rascan. Es importante conservar las balsas, balsetas y balsetes para pajarillos y animaletes de la sierra, decía yaya María.

Para Ratolín vivir en esta sierra, en un territorio tan hostil no debía de haber sido fácil. Son muchos los peligros que acechan y Ratolín se había curtido con gran destreza, zafándose de innumerables amenazas. Ratolín era pequeñín pero muy duro. Mallacán también era duro, nunca reblaba ante nada y además era un buen compañero de juegos y aventuras.

Pero la noche también es misteriosa. Con la llegada del buen tiempo, Elisa permanecía ratos y ratos en silencio escuchando los sonidos de la noche. La oscuridad crea esa incertidumbre y te hace estar en alerta, prevenida. Contemplaba el firmamento, las infinitas estrellas y esperaba atenta por si escuchaba el aullido del lobo de Los Monegros, pero nunca lo oía. Los selenitas seguro que también mirarían al cielo nocturno, a la gran luna que lucía llena, preciosamente radiante, en la oscuridad de la noche.

En estas noches, a la fresca de la caseta, Elisa acababa por caer rendida al profundo sueño. Cerraba los ojos poquer a poquer mientras la luna le desparecía y le volvía a aparecer, mientras se despistaba por un pequeño instante en el que los terribles marcianitos y su maldito virus podían hacer presencia y pillarla desprevenida.

Luna plena

dezaga d´un cielo anublau

apareixes e tornas a desapareixer

en un mar de nubes, en una fosca nuei

a tuya luz s´esbaliza entre as boiras

entre os foraus erraus d´as uembras.

Os uellos perdius en iste mar disierto

de oleaje inquieto que tal como viene, se´n va

aguardando que n´o cielo torne a luna a apareixer.

S´escubilla atro amaneixer

e as cardelinas tornarán a cantar

como a biella almendrera

que cada añada torna a floreixer.

 

Día 55 de aislamiento, 8 de mayo del 2020

La retirada y confinamiento en la caseta de la sierra de Alcubierre estaba llegando a su fin. Ya habían pasado muchos días en lo que se había convertido en toda una gran aventura, una total renuncia a las comodidades de hoy en día y una autentica vuelta a la forma de vida de sus antepasados.

El domingo regresarán a casa, había que comenzar a disponerlo todo para la vuelta, la vuelta a la normalidad. Una ducha de agua caliente, tumbarse a la cama, escuchar música, realizar una videollamada a las primas y amigas… Había un montón de cosas que echaban de menos y que, con tan solo llegar a casa, iban a hacer.

Pero Elisa estaba triste, también Josete y Clara, había una mezcla de sentimientos encontrados. En la caseta estaban a gusto, se sentían seguros y cómodos, descubriendo los muchos secretos que la sierra aguardaba y poco a poco les ha ido descubriendo. Para Mallacán era fenomenal, siempre había un montón de espacio para correr, para subir a loma Elisa y molestar a las cabras, de ir a la balsa o a la sabina, de ver llegar al pastor Federico o acudir velozmente a la caseta a la hora de la comida.

La sierra se iba a volver a quedar sin vida, Ratolín otra vez solo sin sus nuevos amigos, sin el calor y resguardo que la familia le había proporcionado. Elisa sabía que no lo iba a dejar solo, que iba a subir cada poco tiempo para hacerle compañía y recordar viejos tiempos de bandoleras y sus secuaces por estas tierras.

Festejaremos esta sierra con las jotas de antes, las que canta yaya María, cantaremos como cantaba Labordeta para aupar esta tierra hermosa, dura y salvaje donde siempre ha habido un hogar y un paisaje con el sudor de sus gentes. También de lágrimas vertidas porque la vida son sentimientos y esta tierra está llena de ellos. Así, firmes crecen las sabinas y erguidas resisten, sin reblar.

Día 56 de aislamiento, 9 de mayo del 2020

La sierra amanecía esplendida, difícil era recordar una primavera tan preciosa gracias a las abundantes lluvias que habían caído en las últimas semanas. Los pajarillos revoloteaban posándose de rama en rama, entre las abundantes coscojas, y acudían a la balsa para beber. Rebosaba la sierra de vida y alegría hasta que los gritos de Elisa y Mallacán rompieron la tranquilidad reinante.

Elisa y Mallacán corrían por la era brincando d´aquí p´allá, el suelo tremolaba de los arrolladores trotadores. Tan alocaus corrían que trepuzaron los dos -¡a casacala!-, gritos y gritos resonaron por toda la sierra, Elisa se enfadó con Mallacán -¡aibadai!-.  Elisa se había hecho algo de pupa y chemecó una miaja, un poquer, pues las bandoleras y bandidas no suelen llorar. Eso sí, Elisa, por aura, no iba a volver a jugar con Mallacán, -¡era un zaborrero y un estalentau!-.

En el desayuno Mallacán casi le arrambla la tostada a Elisa y el cabreo de Elisa no hizo más que ir en aumento. Incluso le amenazó con abandonarlo en la sierra. Pero poco duró el enfado de Elisa y al rato los dos campaban arredol de la sabina, por sus posiciones de trinchera desde la que defendían y protegían la caseta.

Pronto yaya María les llamó para comer, olía que alimentaba el guiso que había preparado. Comieron todos afuera de la caseta, ya lo habían hecho otras veces. Se dieron una buena lifara como si fuese un día de fiesta. Pero en verdad sonaba todo a despedida.

La tarde fue tranquila, fueron recogiendo algunas cosas y preparando el viaje de vuelta a casa. Elisa y Mallacán no pararon, recorrieron una y otra vez la caseta, la era y subieron a loma Elisa para otear el horizonte. La caseta aparecía con vida, la chaminera humeaba y algunos trastos se encontraban a las afueras de la caseta. Yaya María de vez en cuando salía y saludaba a Elisa, siempre estaba pendiente de ella.

Por la noche contemplaron el cielo estrellado y luego se templaron en el hogar, venían lluvias y el frescor se empezaba a notar. Elisa cogió algo de grano y lo dispuso como todas las noches para Ratolín, lo iba a echar mucho en falta, muchísimo.

Día 57 de aislamiento, 10 de mayo del 2020

Caseta

Cuando se despertó a media noche, Elisa descubrió al pequeñín Ratolín que la contemplaba tranquilamente. A pesar de estar medio dormida, Elisa también lo observó con todas sus fuerzas hasta caer vencida de nuevo por el sueño. Ratolín lo sabía, había sido su despedida,  aunque en verdad era un -¡Hasta luego!- pues la amistad entre bandoleros es para siempre.

-Asabelo de historias, de falordias que esconde esta sierra de mis entrañas-, iziba yaya María dejando caer lagrimas que recorrían sus tiernas arrugas igual que el agua se escurría entre los barrancos y vales. El agua discurría recorriendo las cicatrices del tiempo, las marcas de la sabiduría labradas en la caliza, el salagón y los yesos. La sierra corona Los Monegros aunque, como decía Manuel Benito,  más bien parece que la altura  de esta sierra sea testigo del fondo del mar que cubrió en otros períodos todas estas tierras. El último día había amanecido lluvioso, la sierra lloraba la marcha de sus últimos moradores.

Elisa fue a la sabina, cavó en la tierra, dejó su piedra blanca y brillante de yeso y la cubrió de tierra. Su amuleto se quedaba para proteger la caseta, su refugio donde quedaban guardadas tantas historias de la familia, como una cadiera donde se guardan los recuerdos, eso era la caseta para Josete, Clara y Elisa. Pero también un lugar para soñar nuevas vivencias. Además, Elisa dejó un buen puñado de comida para Ratolín y le gritó que volverá y que lo quería mucho, -¡muchísimo!-.

Josete, Clara y Elisa no pudieron evitar llorar cuando cerraron la puerta de la caseta. La habían dejado limpia y ordenada, el hogar sin cenizas y todos los utensilios y enseres cargados en el coche. Mallacán parecía que lo sabía y no quiso subirse al coche, hubo que obligarle ¡Tira p´al coche Mallacán!-. Al final subió, aunque no lo hizo a gusto, era terco y tozudo.

La caseta iba quedando atrás y poco a poco también la sierra con su característico tono oscuro. Allí quedan ancladas las raíces familiares y ahora las suyas, esa forma de vida que había dejado de existir, de esas paredes caídas que ya no transmiten los viejos romances que recitaban los pastores.

Josete, Clara y Elisa se llevaban un gran legado que esta experiencia les había dejado para sus vidas. Habían sido testigos de la forma de vida de su abuela, de yaya María, que poco a poco les había ido transmitiendo igual que ella lo aprendió de sus abuelos. Así siempre funcionó la vida.

Ya bajan los leñadores, los labradores y pastores con sus rebaños, con sus botijos, botas y alforjas vacías, con sus carros de mies y fajos de romeros… Ya baixan d´a sierra d´Alcubierre y en el altero queda Caprasio, siempre presente, aguardando a cuando volvamos. No era un adiós, era un hasta siempre.

Que escampe a boira

que no me deixa beyer

a sierra d´Alcubierre

en meyo d´os Monegros.

Con o suyo guardián san Caprasio

que ye nuestro protector

pastor d´as crabas que apacenta

por  istos camins que antis puyaban

as chens d´istos lugars.

S´han esboldregau

as aldeas e ixa traza de vida

de nuestros antepasaus

enruenas de piedra

rabiosos secanos

de biellos suenios

que l´agua siempre tornará

tornará a istos mons.

As sabinas en istos negros mons

charrran d´o nuestro pasau

aireras y tronadas

pedregadas y sequias

polvo, viento y sol

camins que siempre i serán.

Ya no puyan

de tierra plana

ya no baixan os leñadors

de istos foscos mons

d´a sierra d´Alcubierre.

Que escampe a boira

que no me deixa beyer

a sierra d´Alcubierre

en meyo d´os Monegros.

Siempre tornaremos enta un nuevo amaneixer.

 

  –FIN–

 

El Grupo Escolar Sariñena


La historia del Grupo Escolar de Sariñena y de muchos maestros y maestras que han formado parte de lo que hoy en día es el Colegio de Educación Infantil y Primaria de La Laguna – Sariñena.  Personas excepcionales que han marcado nuestras vidas, grandes maestros y maestras que llevamos profundamente grabados en nuestra memoria y corazones. Lamentablemente, se recoge solamente parte de su historia, con un sincero -lo siento- por no llegar a todos los maestros y maestras que han pasado por las diferentes escuelas sariñenenses. Así, a todos y todas les rendimos un sentido homenaje, recuerdo y un enorme agradecimiento por el gran legado que nos dejaron. No obstante, las puertas quedan abiertas para continuar recogiendo la historia del cole de Sariñena, especialmente de sus maestros y maestras.

Colegio Sariñena

Las antiguas escuelas nacionales de Sariñena

Las escuelas viejas se encontraban en la Ronda de San Francisco, antes muro de Fraga, donde actualmente está el Casino Nuevo de Sariñena y fueron inauguradas el 13 de febrero de 1901. Se estudiaba primaria hasta los catorce años y luego, los que podían, marchaban a estudiar a Huesca. Emilia Pascual Loste estudió el primer año en las antiguas escuelas: “Allí nos daban cultura general a chicos y chicas”. Las clases estaban separadas, incluso el recreo, contando con cuatro cursos de chicas y seis de chicos. Manuel Antonio Corvinos relata algunos aspectos de la escuela a mediados de los años cincuenta en su artículo Las Escuelas Nacionales en los años cincuenta: “Las mañanas de un día cualquiera estaban dedicadas a impartir cultura general de 9:30 h. a 12:30 h. y las tardes a labores, trabajos manuales o a llevar el huerto escolar dirigidos por don Blas. A media mañana el maestro o maestra repartía entre el alumnado un trozo de queso de color amarillo. Las chicas lo recibían  en clase de doña María y los chicos en sus aulas respectivas. Las niñas de primer y segundo grado disponían de un pequeño paño donde aprendían a hacer punto atrás, hilvanes, vainica, pespuntes,  costuras, ojales, etc.). En tercer grado  ya realizaban  bordados, lagarteras, punto de cruz, festones, patrones de ropa de bebé en papel de seda… Mientras cosían  una compañera les leía  pasajes de algún libro de carácter religioso”.

escuelas viejas

De directora estuvo Doña María Dueso, muy recta y exigente, se caracterizaba por la rigidez y disciplina de la época. María inculcó la vocación a su hija Carmen, quien también acabó de maestra en Sariñena. Carmen Pueyo Dueso cursó Magisterio en las Teresianas de Zaragoza tras lo que ejerció en las escuelas rurales de Bubal, en el valle de Tena, luego en la villa de Tardienta, Pertusa y Monesma de San Juan. Sobre 1957, Carmen ocupó plaza en el grupo escolar de Sariñena, pues Carmen siempre quiso estar en Sariñena. Contrajo matrimonio con Don Fausto Gonzalvo Mainar, quien desempeñó el cargo de director del grupo escolar. Carmen Dueso pasó luego a las nuevas escuelas, “Siempre ha sido muy moderna, en la forma de vestir y de ser”, recuerdan con cariño Emilia Loste, Purificación Casasnovas, Olga Gazol y Pili Barcos.

Doña María compró una imagen de la Inmaculada a la que colocaban flores amarillas en mayo, cuando se celebraba su día. Para resguardarla, Doña María se la llevaba a casa. Al jubilarse, la imagen se quedó en la escuela y en mayo se le continuó rezando hasta que, con la entrada de la Logse, se tuvo que retirar. También se eliminó la misa de principio de curso, a la que iban todos los niños y niñas.

La memoria de la maestra Doña Emilia Arán Bescos fue recogida por Cruz Ullod Borruel para una exposición sobre maestras y maestros del I.E.S. Montesnegros de Grañen. Emilia estuvo casada con Don Blas Casaús, también maestro en Sariñena. Ambos eran de Huesca y llegaron a las escuelas en 1947, donde estuvieron hasta su jubilación. Blas se jubiló en 1978 y Emilia en 1982 “Cuando se les rindió un merecido homenaje”. Cruz recuerda a Emilia con gratísimo cariño “Por su paciencia, su atención, sus explicaciones tan claras y sencillas, las labores que hacíamos, el mes de mayo… incluso estrenamos juntas las escuelas nuevas cuando yo estaba en primero de EGB”. Cruz recogió su magnífico testimonio: “El Grupo Escolar de Sariñena, aunque era antiguo, era un buen colegio para aquellos tiempos. Había unas escuelas hermosas, con dos recreos separados. Las maestras eran Doña María, la directora, Doña Victoria, Doña Josefina y su hermana Presen (dos maestras que llegaron a Sariñena cuando la guerra dese Alcoy y que ya no se fueron hasta que se jubilaron). Yo llegué a Sariñena un día que entraba que entraba la virgen de Fátima y ellas me ofrecieron su casa que estaba frente al bar Romea. El material que había era el pizarrín con un trapico colgando. Allí aprendían a sumar, restar… Después se pasaba al cuaderno de limpio. Los primeros grados estudiaban con el famoso Catón y luego con las enciclopedias. Se leía por obligación El Quijote. La lectura era muy importante. Se hacía por sección. Fue un adelanto cuando el ayuntamiento nos traía carbón para la estufa. Los primeros años los niños venían con una rejilla, una especie de lata en la que se metían brasas para poder calentarse los pies”.

Cruz Ullod Borruel recuerda con cariño a las maestras Doña Rosalía, maestra de infantil, Doña Emilia y Tere Guillen “Doña Tere”. Doña Tere Guillen, nació en Sariñena en 1923. Doña Victoria Usieto y su marido Don Pío Toda, matrimonio también de Huesca, ejercieron en las escuelas graduadas de Sariñena. Tenían dos hijos, Marivi y Pio.

Manuel Antonio Corvinos cita a Doña Urbana, María Pilar Pinilla, Pilar (De Lérida), Mariano Sampietro, Alfonso Aparicio, Ramón (de Sena), María Jesús Berdiel, directora…. A ellos podemos añadir a Doña Victoria Usieto, Don Félix Regaño, Don Pio Toda, Doña Flora, Don José Castanera, Doña Nieves, Don Martín

Alfonso Aparicio, maestro sariñenense llevaba una bata blanca y zapatos blancos. Sus hijos tuvieron Teléfonos detrás del ayuntamiento. Doña Urbana estaba junto a su marido Don Francisco, ella daba cuarto y quinto mientras que Francisco sexto, séptimo y octavo, ambos acabaron marchando a Zaragoza.

Antes de aquellas escuelas graduadas, las clases se daban en la antigua casa consistorial, donde acudían los chicos y en la calle baja del castillo las chicas. Don José Fatás y Bailo (Bernués, H., 1837 – Huesca, 1912): fue durante veinticinco años maestro en Sariñena y una calle recuerda su labor. José fue jefe de Instrucción Pública en Huesca y catedrático de Derecho en su Normal de Maestros, dirigió un periódico profesional y es autor de varias obras escolares declaradas de texto.

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Antes de la guerra hay que reseñar a la maestra Cristina Lana Villacampa quien con junto a Nicolás Baldús fue directora de la escuela graduada de Sariñena. Existía una alta tasa de analfabetismo, el Partido de Sariñena contaba con 23.178 habitantes, de los cuales 12.024 eran varones y 11.154 mujeres. La zona presentaba un 41,69% de analfabetos: 36,77% varones y 46,97% mujeres; un 10,2% más (Periódico La Tierra, julio de 1931). También, entre muchos otros maestros, por las escuelas de Sariñena  estuvo en 1934 el maestro leridano Juan Garcés Guiu, natural de Corbins (Historia de vida de un grupo de maestros. Fernando Jiménez Mier y Terán) y  José Sarasa Juan, natural de Almudevar, quien ejerció “En una sección de la escuela Graduada de niños de Sariñena en 1934” (Todos Los Nombres, Víctor Pardo Lancina y Raúl Mateo Otal).

Prudencia Martínez Hernández, natural de Guadalajara, fue condenada por un Consejo de Guerra, había sido miembro de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza de la UGT de Guadalajara, donde ejerció de maestra en la Escuela Graduada de niñas. Fue una de los muchos maestros y maestras depurados una vez entrada la dictadura. En marzo de 1946, Prudencia residió en Sariñena como maestra nacional sin ejercicio. En 1947 su expediente fue revisado resolviendo su reingreso en la enseñanza aun manteniendo algunas sanciones e inhabilitaciones. La educación, un arma revolucionaria.

La Escuela de la Estación de Sariñena

En 1932 la república española realizó el proyecto de la escuela del Barrio de la Estación de Sariñena, a cargo del arquitecto Antonio Uceda García. En 1933 se aprobó la subvención de 18.000 pesetas para llevar a cabo su construcción (El esfuerzo de la República en la construcción de nuevas escuelas en Aragón (1931-1937), a través de la Gazeta. Cazabaret).

Don José Castanera Escaned, natural de Binaced, ejerció de maestro en la escuela del Barrio de la Estación de Sariñena. Llegó antes de la guerra y tras la contienda fue reingresado como docente en 1940 en la escuela del Barrio de la Estación. Un año después fue destinado a las Escuelas Nacionales de Sariñena. Manuel Antonio Corvinos Portella recogió su memoria “En homenaje al maestro Don José Castanera Escaned” de quien cuenta: “Aún recuerdo su enjuta figura, su bien hacer, su carácter bondadoso y su célebre boina que utilizaba alguna que otra vez a modo de elemento admonitorio contra los que tenían dificultades  en mantener cierta disciplina. Tenía fama de buena persona y de buen maestro, con gran habilidad para enseñar  matemáticas, contabilidad y gramática. Incluso dicen que se sabía el Quijote de memoria”.

El sariñenense Don Rafael Mendiburo Allue también estuvo en la estación de maestro y luego en la Graduada de Sariñena. Gloria Mendiburo, hija de Rafael, recuerda como su padre estuvo con don Blas, doña Emilia, don Fausto… “Rafael era muy recto y le gustaba enseñar. Subía en bicicleta a la escuela estación, que estaba donde la cruz roja y llevaba la escuela con doña Adela”. Primero estuvo en Castelserás, en Lérida, pero se vinieron a Sariñena porque tenían casa, huerto y una horquilla grande. En la estación estuvo unos diez años y unos siete años, hasta jubilarse en la escuela de Sariñena.

Asun Porta Murlanch estudió hasta los diez años “Estudié con Dña. Tere Guillén en la escuela del Barrio de la Estación”. Allí le prepararon D. Francisco Pons y Dña. Urbana para el Bachiller Elemental para examinarse de forma libre en el Instituto Ramón y Cajal.

En 1969 se suprime la escuela de niños de acuerdo a la orden de 26 de julio (“Boletín Oficial del Estado” de 4 de agosto). Convirtiendo la escuela de niñas de La Estación en mixta (Nueva España – 14/08/1969). Las escuelas del Barrio de la Estación de Sariñena se debieron de cerrar en aquel año de 1969, cuando los maestros Don Ramon Sambia Alos y Doña Urbana pasaron a las escuelas viejas.

Colegio de La Milagrosa de las Hijas de la Caridad de Sariñena

Las hermanas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul establecieron la escuela de “La Milagrosa” en 1950, desarrollando entre 1950-1951 el primer curso. Impartieron tres grados, párvulos, bachilleres, estudios de contabilidad, mecanografía y taquigrafía; como también todo lo que hacía referencia a la costura y labores. El primer curso contó con 183 alumnos y por la noche con la asistencia de 57 adultos. Como directora ejerció la madre religiosa sor Concepción, contando con otras hermanas religiosas como sor Adela y sor Magdalena.

La milagrosa

La primera década, de 1950 a 1960, las religiosas establecieron la escuela en la antigua abadía, entre la plaza de la Iglesia y la calle Rafael Ulled. El edificio comenzó a presentar muchos problemas estructurales y tuvo que ser abandonado. La antigua abadía fue derribada y el solar adquirido por el Casino de Sariñena para ampliar sus instalaciones. La nueva abadía se instaló en la antigua casa de las maestras, que también sirvió de escuela en su momento.

Se establecieron en el edificio de las monjas, en el actual parque de Mezín, un edificio construido por Regiones Devastadas tras la guerra. Estuvieron hasta mediados de la década de los noventa, cuando pasaron todos a estudiar a la escuela. Al poco, la congregación religiosa se despidió de la localidad marchando a otro destino

Carmen Casabón recuerda a sor Alicia en infantil, era muy dulce, sor Pilar daba las más duras, matemáticas, latín, francés y física de bachiller, sor María Jesús labores y hacia estudiar y preguntaba, era muy exigente en decir todo al pie de la letra y sor Felisa que daba clases de piano y dirigía el coro de la iglesia; tocaba un armónium.

Emilia Loste también recuerda a sus maestras: “Sor Felisa, sor Alicia, sor Celia, sor María Jesús… Sor Concepción era la directora, pequeñica, con algo de mal genio y daba matemáticas”, recuerda Emilia “A la escuela de las monjas iban los que hacían bachiller y estaba donde el abrevadero”. Las religiosas Paulas debieron de establecer el colegio en Sariñena en 1950 (Enciclopedia Aragonesa).

 AUSENCIA SENTIDA Hemos de lamentar la ausencia de nuestra población de sor Concepción Vicente, que durante siete años ha dirigido con notorio éxito el Colegio de la Milagrosa, de la Comunidad de San Vicente de Paúl. De sus manos ha salido una distinguida promoción de señoritas que son orgullo de la población, tanto por su preparación cultural, como por su formación religiosa. Al sentimiento general que su marcha ha producido unimos el nuestro y hacemos botas para que Dictó continúe inspirando como hasta ahora, los actos de esta admirable y respetable religiosa.

Nueva España – 11/09/1957.

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Pili Villacampa Escanero, natural de Sariñena fue alumna del colegio La Milagrosa desde los 4 años hasta los 13, cuando terminó cuarto de bachiller. En estos años tuvo de maestras a sor Alicia, sor Catalina y sor Magdalena en infantil y educación primaria, y en bachiller a Sor Pilar (Física y Química), sor Felisa (Matemáticas y Francés ), Sor María Jesús (Sociales y trabajos manuales), sor Ana María (Lenguaje), Don Ernesto (religión), Don José María (Latín y música) y Pilar Odina (profesora de educación física).

Al finalizar magisterio, Pili estuvo dos cursos escolares de 1981 a 1983 trabajando en La Guardería como educadora de Jardín de Infancia: “Llevaba a los más pequeñitos, de 18 meses a dos añitos y medio. Fue curioso, como dos profesoras mías de niñez, sor Felisa y sor María Jesús, pasaron a ser compañeras de trabajo. Dos cursos entrañables y muy emotivos. Mi labor era de psicomotricidad, lateralidad, y enseñar las vocales y números a través de canciones y juegos”.

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El nuevo Grupo Escolar

A mitad de la década se previó abrir en Huesca Secciones Delegadas en Monzón y Binefar (creada en 1966) y Colegios Libres Adoptados (CLA) entre otras localidades, Barbastro, Sariñena, Graus, Fraga, Ainsa y Borja (Historia de la Enseñanza Media en Aragón Actas del I Congreso sobre Historia de la Enseñanza Media en Aragón Celebrado en el I.E.S. «Goya» de Zaragoza del 30 de marzo al 2 de abril de 2009 Coordinador y editor literario Guillermo Vicente y Guerrero).

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En 1968 se da cuenta de la puesta en marcha en Sariñena de un “Grupo Escolar moderno, a la altura de las circunstancias”. En la publicación de la  Nueva España del 14 de abril de 1968 se hace mención “En tan interesante y magnífica realización, las autoridades locales poseerán el apoyo entusiasta de todo el vecindario, que advierte complacido el impulso que ha recibido la villa en los últimos años”.

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Emilia Pascual Loste es una sariñenense que ejerció como maestra. Estudió con las monjas en Sariñena, con ellas realizó hasta cuarto y la reválida a examinarse a Huesca. A los 18 estuvo provisional en Sariñena y luego en Luzás (cerca de Benabarre), Olvena, Villanueva de Sijena (12 años) y por fin Sariñena. Emilia llegó a Sariñena en 1982 donde dio 1º y 2º de primaria hasta que se jubiló en el 2004.

Hace unos días se anunció la convocatoria de la subasta de la obras del Grupo escolar, que nos pareció obras de gran interés y especial significado.

En estos momentos, disponemos de datos más ampliados y precisos, y no queremos desaprovechar la oportunidad de brindarlos a la consideración de nuestros lectores. Dicho centro docente comprende doce aulas, comedor escolar y vivienda para el conserje. El presupuesto -como ya señalamos en nuestro comentario anterior- se eleva a cuatro millones quinientas siete mil ciento setenta y cuatro pesetas, setenta y cinco céntimos. Cantidad que no dudamos ha de resultar bastante sugestiva para los contratistas.

Nueva España 19 de abril de 1968

El 28 de septiembre de 1969, el Diario Nueva España, informa que por la Delegación Provincial del Ministerio de Educación y Ciencia el señor Core da cuenta de la terminación del Grupo Escolar de Sariñena. El 16 de enero  de 1970 “Se ha verificado la recepción provisional de las obras del nuevo Colegio Nacional de Primera Enseñanza, el cual ha resultado verdaderamente suntuoso. Para su inauguración, el Ayuntamiento se halla pendiente de la recepción del material escolar que ha prometido enviar la Dirección General  de Enseñanza Primaria”.

Purificación Casasnovas Pelai, conocida como Doña Puri, es natural de Pallaruelo de Monegros. Estudió bachillerato en el Santa Rosa “Las misioneras dominicas de Huesca” y magisterio en el primer curso de plan nuevo en 1967. En 1970 accedió a la docencia de acceso directo, sin oposición, por sus excelentes resultados académicos. Realizó un año de prácticas en el sancho Ramírez de Huesca y luego estuvo en Aren (Ribagorza) y Villanueva de Sijena (2 años). Luego le dieron Saravillo “Estaba muy lejos” y acababa de contraer matrimonio, le fue más fácil ir a Cataluña con su marido. En Cataluña pasó tres años, entre Sardañola, Ripollet y Sabadell. Se especializó en educación infantil y se examinó en Gracia. Volvió a Aragón ejerciendo en Alcolea de Cinca, donde estuvo por dos años y lego ya a Sariñena, sería el curso 1976-1977. Purificación impartió infantil durante 33 años, hasta su jubilación en el 2009.

Las Escuelas Nuevas se iniciaron en 1969 y finalizaron en 1970, cumpliendo 50 años de su construcción en el 2020. Por el actual Colegio Público La Laguna de Sariñena han pasado gran cantidad de maestros y maestras, difícil de recordar a todos y todas, injusto, pero con la mayor de las intenciones, repasamos y nos acordamos de muchos.

María Jesús Blanco Mur “Doña Conchita”, nació en Sariñena un 31 de mayo de 1932. A los 8 años la llevaron a estudiar interna a Zaragoza. Empezó la carrera de farmacia, cursando el primer curso dándose cuenta que su verdadera vocación era la enseñanza. Como primer destino impartió clases en Campo, en Venta de Ballerías, Capdesaso y por último en Sariñena donde se jubiló. Una vez jubilada siguió manteniendo contacto con muchos de sus compañeros, especialmente con los que han seguido viviendo en Sariñena y con Don Félix y Doña María Jesús. Cuando ejercía en Capdesaso, en 1964, una vez que iba hacía su destino tomó mal la curva del barrio de la Estación y se metió dentro de la harinera embarazada de su primera hija. Antonio Torres, el alcalde, le ayudó a salir.

Doña Pilarin y Don Ramón Sambia Alos. Mª Pilar Romero García nació en un pueblo de la provincia de Zaragoza, aunque por motivos familiares llegó a Sariñena con siete años. Estudió en Zaragoza el Bachillerato de siete años en el centro privado  Santa Ana. Seguidamente cursó estudios de magisterio en el mismo centro, por el plan vigente de cuatro años. Al Centro Escolar de Sariñena llegó por oposición, a preescolar, poco antes de inaugurarse  el nuevo centro. “Ejercí en preescolar varios años. En aquel tiempo resultaba duro y estresante esta etapa de la enseñanza; pues no teníamos profesores de apoyo y, además, la matrícula era muy elevada. Los dos últimos años, antes me mi jubilación, pasé a los cursos primero y segundo de primaria. Allí la enseñanza tenía otro matiz, ya que la misma edad de los niños lo proporcionaban; pero, aunque fueron distintas etapas, de las dos guardo un grato recuerdo”.

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Ramón Sambia Alos nació en Lastanosa en 1925. Estudió en sus escuelas hasta los 11 años cuando estalló la guerra y se quedaron sin escuela. Realizó bachillerato tras realizar el servicio militar. En 1952 ya ejerció de profesor en Lasalle Montemolin Monreal de Ariza, Leciñena, como director, donde también daba clases gratis a los que se querían preparar el acceso a bachillerato. Luego estuvo en Zaidin y Fraga. En Fraga, con 32 años, hizo las oposiciones de magisterio y aprobó, pero dejo el curso y empezó a trabajar en la Notaria de D. Joaquin Prada. Una vez casado y ya en Sariñena retomó los estudios universitarios de Filología Hispánica “Acudía junto con el cura de Capdesaso a nocturno en Zaragoza”.  Terminada la carrera, ejerció en Fonz, Binies y, al final, en la Escuela del Barrio de la estación de Sariñena. “Por diversos motivos se cerraron esas escuelas y a la maestra (Dñª Urbana) y a mí nos dieron plaza en las llamadas hoy Escuelas Viejas. Poco estuvimos allí; pues pronto se acabaron de construir las llamada Escuelas Nuevas; pero sólo en la parte oriental; pues el edificio, también escolar, que está al otro lado de la calle, se tardó más en terminar y con algunas discusiones o problemas con los vecinos de esa zona, a causa de que suponía el cierre de la calle. Pero, al final, todo se arregló en y en la forma que se encuentra hoy. En mi caso y el de Don Gonzalo y algún otro maestro o maestra más, se nos asignó el curso 6º. Fuimos siguiendo en los cursos, cada cual en su especialidad. En mi caso, Lengua Española y Francesa, donde estuve con esas clases varios años. Pasados estos años me incorporé a la primera etapa, donde estuve 7 años”.

Fue este un periodo de tiempo, el de la primera etapa, al menos para mí, y creo que para varios alumnos también, bastante gratificante. Se cambiaron algunas estructuras de la enseñanza tradicional. El ordenador tomó posesión de su lugar de trabajo. El microscopio, ya no corto en aumentos, encontró si sitio en la mesa del profesor. El proyector de diapositivas estaba asentado a la distancia conveniente, desde donde proyectaba con nitidez, hacia el panel receptor, lo que se le encomendaba. En realidad, como decían algunos alumnos, con tales cacharros se podían hacer muchas cosas y se hacían. El ordenador era fiel al mandato de sus alumnos, sobre todo en las estructuras geométricas, que había que resolver, y también en otros aspectos matemáticos. No se portaba mal con el lenguaje y otras cuestiones. El microscopio tenía a su cargo el enseñar cómo es la circulación, cosa que se hacía con las patas de las ranas, recuento de glóbulos, estructuras celulares, etc. El proyector nos traía a la escuela mundos distantes, que servían para preguntar, comentar, dialogar……y, claro, también había explicaciones.

No quiero dejar de decir que, a petición de las Amas de casa, se hizo lo que se llamó Semana de Animación a la lectura. Se contó, para tal evento, con la entusiasta ayuda del encargado de la Biblioteca Municipal Fernando Otín. Se hicieron varias poesías, algunas se conservan, y dos obras de teatro.

Las reuniones, algunas, se hacían en el salón del ayuntamiento, donde a la explicación general, sobre el tema que nos ocupaba, seguían toda clase de preguntas. Parece que no salió mal.

También sucedió en ese tiempo de la primera etapa de E.G.B.

Alguna anécdota, tal como la de que un padre, no sé si enfadado o no, dijo que como podía sustituir el ordenador a los libros….

Mi respuesta fue rápida: muy pronto verás a tus hijos jugar y trabajar con ese extraño aparato en tu propia casa. Cosa que sucedió.

Y estuve en esa primera etapa hasta que llegó la jubilación

Ramón Sambia Alos

Gonzalo Yañez Asín y Aurora Serra Rodríguez. Aurora nació en Sariñena en noviembre de 1936, en la calle Goya. Aunque sus padres no eran de Sariñena vinieron a esta localidad a trabajar, donde su padre instaló una carpintería en la calle Goya. Fue a las antiguas escuelas, recordando a las maestras Doña Victoria Usieto, Don Félix Regaño, Don Pio Toda, Doña Flora, Don José Castanera, Doña Nieves Don Martín…. Doña Nieves marcó mucho a Aurora, con quien fue mucho a clase. Pronto vieron que tenía mucho potencial y a los nueve años comenzó a estudiar bachillerato libre, gracias a Doña Victoria y Don Pio, y Aurora realizó cuatro años de bachillerato teniéndose que ir a examinar a Huesca. Luego estudió magisterio y optó a oposiciones. El primer año de provisional ejerció en Sariñena , luego en Binefar y en 1976 logró su destino definitivo en Sariñena. Estuvo hasta su jubilación en 1996. Comenzó dando parvulitos y acabó llevando hijos e hijas de aquellos que había dado clases en sus inicios. Luego impartió cuarto, quinto y sexto de E.G.B., segunda etapa, impartiendo ciencias naturales, sociales y trabajos manuales. Gonzalo nació el mismo año, en 1936, pero era natural de Huesca. Primero estuvo en Salillas y Plasencia del Monte y a Sariñena llegó en 1965, a las antiguas escuelas, con Don Fausto como director. Llegó con Don Félix y de profesores estaban Don Blas, Doña Emilia, Doña María Pinilla y, ente muchos otros, el mallorquín Don Francisco Pons. Primero dio a los mayores, a séptimo y octavo, pero con el tiempo prefirió dar clases a edades más bajas, a quinto. Entonces fue cuando realizó en clase de manualidades un ajedrez y sus fichas, enseñó a su clase a jugar a ajedrez y jugaron un campeonato provincial del que quedaron campeones. Gonzalo también se jubiló en 1996.

Doña María Jesús Fontana y Don Félix Escartín eran de Huesca pero vivieron en Sariñena.  Ambos dieron tercero y cuarto. Estuvieron en casa de Alonso, donde había una pensión, allí estuvieron Félix y Gonzalo. Carmen Casabón recuerda como don Félix fue director del centro, “Trabajó muchísimo con la implantación de la EGB y la organizando el centro”.

Natividad Casabón Gilaberte, natural de Sariñena, se educó en el colegio de las hermanas de La Milagrosa “Mis recuerdos son felices: Sor Alicia me enseñó a leer, sor Celia encendió en mí el deseo de enseñar, de sor Pilar me atraía su saber en distintas materias,… sor María Jesús, sor Magdalena, sor Felisa… a todas ellas les debo agradecimiento”. Nati se examinó en Huesca de bachiller, libre, luego cursó magisterio en la escuela normal de Huesca. A los 16 años se tituló y aprobó oposiciones obteniendo como primer destino Sariñena. Empezó a ejercer en las antiguas escuelas de la Ronda San Francisco, con alumnos de tres años y medio. “Recuerdo que me costaba mucho tutear a los demás  maestros, a quienes conocía de siempre y me acogieron con mucho cariño. Don Fausto era el director.  Era el curso 1970-1971, y a mitad de él estrenamos el edificio nuevo (que se ampliaría con otro años más tarde)”. Luego, Nati ejerció en Aler, Benabarre, Maials y Fraga, regresando a Sariñena en 1983 “Al curso siguiente se comenzó a impartir ingles”. Estuvo ocho años impartiendo en 6º, 7º y 8º de E.G.B. dando inglés y lengua española. Luego se trasladó a Zaragoza, donde estuvo en el colegio Tío Jorge y Miraflores hasta que se jubiló en el 2011

Don Manolo Cagigós Villacampa fue director de la escuela. Natural de Huesca llegó al centro en 1974 y a partir de 1980 ocupó el cargo de Director del Colegio Público la Laguna de Sariñena. Don Carlos era de Tormos, pero vivió en Sesa donde se casó. Moya y Angelita, de Huesca, era uno de los muchos matrimonios que trabajaron en el colegio. Doña Celia y Don Sixto, matrimonio que vivió en Sariñena, en un piso encima del Casino Nuevo. Don Sixto dio séptimo y gimnasia, venía de Ainsa, mientras Doña Celia daba especial y venía de Vilas del Turbón.

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El colegio de primaria con el tiempo fue quedando pequeño y tuvo que construirse un segundo edificio, sería sobre 1981. Incluso se tuvo que dar clases en el ayuntamiento, donde el patio era la misma plaza, y en el edificio de la zona conocida como el Hospital. “El segundo curso tuve que realizarlo en el Hospitalillo ya que en el colegio no había suficiente capacidad para albergar todos los cursos, hasta octavo. En el Hospitalillo estábamos desde segundo hasta quinto de E.G.B. En aquella época dábamos todas las materias incluidas educación física y religión. En estos cursos no había idioma ni música”, recuerda Santos Pérez.

Santos Ángel Pérez Serrate nació un 28 de febrero de 1.953 en Castejón de Monegros. Sus primeros años de escolarización fueron en el colegio de Castejón, continuando sus estudios de bachillerato en el colegio salesiano de Huesca, hasta sexto de bachiller. Luego pasó a la Escuela de Magisterio de la misma ciudad. Su año de prácticas lo realizó en el colegio Pío XII. El mismo año en que terminó los estudios de magisterio lo destinaron a la Escuela Hogar de Jaca. Allí estuvo a lo largo de 6 cursos. De allí pasó a Sariñena, durante 2 cursos, como provisional  “Tuve la suerte de llevar los mismos alumn@s en primero y segundo”.

Luego, Santos estuvo dos años en Escucha en la provincia de Teruel, en la cuenca minera, al lado de Utrillas. Luego, en Villanueva de Sijena permaneció 15 cursos de los cuales 8 como director. Y por último Sariñena “He permanecido hasta mi jubilación, 20 cursos, cuatro de los cuales ocupé el puesto de director.  En esta segunda etapa empecé dando primer ciclo, cuando me nombraron director, tuve que coger tercer ciclo y terminé mi vida profesional impartiendo segundo ciclo. Siempre he impartido: Matemáticas, Lenguaje, Conocimiento del Medio y Plástica. En alguno de los cursos, Alternativa a la Religión. Tengo que decir que he vivido siempre en las localidades donde he ejercido como maestro. Lo cual me ha dado ventaja en algunas cosas al conocer a los/as alumnos/as, a sus familias y su ambiente económico/social. Ahora, jubilado, imparto clases en la Tercera Edad de Sariñena. Tengo 22 alumnos/as y llamamos Clases del recuerdo y refuerzo de la memoria. Aparte de mis compañeros y compañeras de esta última etapa quiero recordar a  mis compañeros/as de la primera. Félix y María Jesús, D. Manuel Cagigos, Aurora, Carlos Lasierra, Conchita, Carmen, Gonzalo, Tere Guillén, Puri, D. Blas y Doña Emilia, Antonio Jalle,…. Quiero decir que he disfrutado toda mi vida porque creo que elegí el camino mejor. El camino de la enseñanza y sobretodo educar como personas”.

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Además de dar clase, los docentes siempre se han encargado de vigilar el patio, recreo, pasillos, comedor y transporte. Don Gonzalo decía que a un crio le costaba 8 segundos subir a tocar el timbre cuando se lo mandaba. En el edificio principal se daba de primero a quinto. La segunda etapa se daba en el segundo edificio, de sexto a séptimo, en cada curso había tres clases. Acudían de Sariñena y de muchos pueblos de alrededor, del Barrio de la Estación,  Cartuja de Monegros, Castejón de Monegros, Castelflorite, Huerto, Lalueza, Lastanosa, Orillena, Pallaruelo de Monegros, San Juan, Sena, Villanueva de Sigena.

De conserje estuvo durante quince años Manuel Coto, mientras que su mujer María Calvete ejerció de cocinera junto con María Corniel Barta. Margarita Cabellud Brualla estuvo 35 años de conserje, parte de esos años viviendo con su familia en la casa incluida en el complejo escolar. Margarita realizó limpieza y alguna función de conserje y mas tarde, por motivos de salud, solamente de conserje. María, la mujer de Capuz, Berta Castanera o Pili Villa trabajaron de limpiadoras. Ahora están Marisa, Eva y Ana. Margarita Cabellud coincidió con Berta “Ella limpiaba el edificio nuevo y yo el viejo”. De cocinera también estuvo Carmela Vergara, Marisa (la madre de Manolo Millera), Josefina, Ana, Lucia, María Jesús, Guillermo, Victor, Miguel. Las de ahora son Laura y Marí Mar.  El comedor sirve alumnos y alumnas que vienen de los pueblos y algunos de Sariñena que hacen uso del comedor.

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Pili Barcos González estudió magisterio en Zaragoza y luego realizó magisterio ampliado con el plan nuevo de 1967. Estuvo interina un año en Andorra la Vella y otro en Lafortunada. En Orillena estuvo 9 años de maestra y en 1985 llegó al colegio de Sariñena. Ha dado 1º, 2º,3º, 5º y 6º, aunque especialmente siempre en 5º y 6º de primaria. Cuándo Pili llegó al colegio había unos 600 alumnos, unos 65 por curso.

Olga Gazol Andujar, natural de Lanaja, estudió bachiller con las monjas de Lanaja hasta que marchó a estudiar magisterio a Huesca. Las pruebas de acceso eran dos días, todo de golpe, un día letras y otro ciencias. Opositó en 1970 y estuvo dos años provisional en Montesusín y un año en San Juan de Plan. Luego le dieron 6 años en Pallaruelo de Monegros pero al final estuvo 10 años. En Sariñena estuvo de 1983 hasta en 2009 cuando se jubiló. Olga dio 6º y 7º de segundo ciclo de primaria.

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Carmen Casabón Gilaberte nació en Sariñena, fue al colegio de las monjas, luego estudió bachiller superior en Zaragoza y magisterio en Huesca, en San Vicente de Paul. Carmen estuvo en Caldera, donde solo había cinco alumnos, luego tres años de provisional en Sariñena, después en Gandesa (Tarragona) y Orillena unos 10 años. Sus últimos 20 años ejerció en Sariñena donde impartió matemáticas en 6º, también dio primero y definitivamente matemáticas en 7º y 8º; se jubiló en el 2013. Carmen recuerda que le tocó dar a su hija en tercero y cuarto de primaria, en el segundo ciclo. Siempre tuvo en mente venir a Sariñena “Era lo que esperaba y fue una meta que conseguí”. Carmen llegó el mismo el mismo año que Mariano Baches. Estuvo 6 años de jefa de estudios, con la directora Celia Barrabes a quien luego sustituyó Asun Porta.

Mariano Baches Mur nació el 28 de Febrero de 1949 en Castelflorite. Empezó la escolarización sobre los cinco años en la escuela de niños del pueblo, había dos clases.  A los 11 años sus padres decidieron que debía salir a estudiar fuera, bien a Huesca  o Barbastro y se decidieron por Barbastro por haber coche de línea. Estuvo en los Escolapios de Barbastro hasta 6º de bachillerato y posteriormente se matriculé en la escuela de Magisterio de Huesca en 1er. curso del nuevo plan.  Al terminar magisterio consiguió plaza como volante de inspección  “En un viaje de inspección me bajo a Barbastro con las inspectoras y acuerdan con el Director que me quede en este centro estuve siete años”. Posteriormente optó por marchar a la costa y le dieron Blanes (Gerona) donde estuvo 12 años. En el concurso traslados de 1991 consiguió plaza en Sariñena donde estuvo hasta su jubilación en el 2009. “Guardo muy buen recuerdo de los tres centros que he estado, pero sin duda alguna del que más es de Sariñena, yo recuerdo que llegue con Carmen Casabón, conocí y guardo buen recuerdo de todos Félix, María Jesús, Aurora, Gonzalo, Olga, Pili Barcos, Emilia, Santos, Lourdes, Pilar de música, Asunción Porta, Conchita Salcedo, Raquel Zamora, Elena, Ana Pueyo, Paco Cáncer, Ana Barreu, Pilar Fumanal, Carmen Jiménez, Eva Marquina… sabe mal dejarse algunos. Quiero resaltar el equipo directivo que formamos Asun Porta, directora, Carmen Casabón, jefa de estudios y yo, secretario, desde este equipo se empezó a transformar el Centro hasta lo que conocemos hoy”.

Asun Porta Murlanch natural de Sariñena, estudió en la escuela del Barrio de la Estación, luego accedió a Bachiller Superior interna en el Colegio Santa Rosa en Zaragoza y COU en el Instituto Ramón y Cajal en Huesca, así como la Diplomatura en Profesorado de EGB (Educación General Básica) en la especialidad de Matemáticas y Ciencias. Durante ocho años estuvo en Cataluña, estuvo en el Colegio San José de Cerdañola de Mataró, al año siguiente aprobó las oposiciones en Barcelona y pasó al Colegio “Torre LLauder” de Mataró como interina y después como propietaria provisional hasta que le dieron plaza definitiva en el Colegio “Pilar Mestres” de La Roca del Vallés. Regresó a Aragón ejerciendo un año en Peñarroya de Tastavins en Teruel, donde compartió casa, hijos y colegio con Margarita Périz. Desde allí le dieron por Concurso de Traslados la Escuela Unitaria de Albalatillo, donde estuvo nueve años, centro que luego se integró en el CRA Monegros Norte. Por concurso de traslados le dieron el Colegio La Laguna de Sariñena por Educación Infantil. Fue directora durante cuatro años del centro junto a Mariano Baches y Carmen Casabón. Emprendieron un proyecto de Convivencia y Mediación Escolar

Don Juan Carlos daba clases de religión, el párroco de Sariñena, luego, cuando se retiró, continuó Lourdes Marco de El Tormillo. Muchos maestros y maestras han pasado por el colegio Puri Conte, Isabel Pérez, Nieves Zalba, Mari Rodríguez, Ana Pueyo, Ana Laborda, José Luis Azagra, Blanca Lobateras… muchos que pido disculpas por no llegar a todos y todas.

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Inauguración del Colegio Nuevo

El actual Grupo Escolar o Colegio Nacional fue inaugurado el siete de octubre de 1970. El acto contó con la presencia de varias personalidades de la época como el Gobernador Civil Víctor Fragoso del Toro, el alcalde de Sariñena Félix Regaño o el director del Grupo Escolar don Fausto Gonzalvo Mairal.

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El solar fue cedido por el ayuntamiento en el que además la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja levantó un bloque de viviendas. El bloque construido contó con un presupuesto de 8.000.000 de pesetas, obra de don Teodoro de los Ríos. Un bloque de treinta y dos nuevas viviendas construidas por la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja. Los pisos se alojan en cuatro plantas, de las cuales los bajos están destinados a locales comerciales, unos 10 en total.

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El colegio nuevo se construyó con un amplio patio que daba la bienvenida al colegio “cubierto en gran parte para que sirva de recreo a donde dan parte las aulas y demás dependencias”. Un colegio presupuestado en 4.500.000 de pesetas, donde el Estado aportó 3.750.000 pesetas y el resto fue a cargo del municipio. Dimensionado para recibir enseñanza unos 400 alumnos, el colegio consta de “Tres plantas y su estilo es funcional. Las aulas, los servicios, los pasillos, son impecables y el mobiliario escolar es modernísimo, llamándonos poderosamente la atención los de las aulas de párvulos. La visibilidad y luminosidad del nuevo edificio es, inmejorable”.

Hoy en día continúa siendo una enseña de Sariñena, donde maestros y maestras imparten a generaciones de niños y niñas, responsables de uno de los mayores valores de una sociedad: la educación. A todos ellos el mayor de los reconocimientos, recuerdo y agradecimiento.

Inauguración en Sariñena de un grupo escolar y de treinta y dos viviendas

Presidió los actos el Gobernador Civil y Jefe Provincial del movimiento. Asistieron asimismo altas personalidades de la caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, entidad constructora de los pisos citados.

La capital de los Monegros, Sariñena, no sugiere la estampa patética de una comarca dolorida y célebre por la ausencia de vegetación arbórea y por sus pertinaces sequias. Sariñena es una entidad urbana coquetona bien cuidada, limpia, alegre y con el aire de los pueblos que, volcándose hacia el porvenir, saben forjarlo en el cotidiano trabajo y en la unidad de ilusiones y esfuerzos de todos sus hijos. De la Sariñena de hoy, a la de hace cinco lustros, media un abismo. Quizás el símbolo más elocuente de su positiva evolución sea la Avenida de Huesca, es decir, la calle principal de entrada, donde ahora, y a sus márgenes, han surgido nuevos y modernos edificios, en una rúa perfectamente pavimentada, donde en uno de sus lados brilla un precioso y cuidado parque y jardín.

Pero, adentrándonos más en la villa, podremos calar en la profunda transformación de sus estructuras. Y de todo cuanto de mucho y bueno se ha hecho y se hará, ayer nos atrajo poderosamente la imagen de un soberbio Grupo Escolar o Colegio Nacional, admirable aspiración sariñenense que ahora se ha convertido en esplendida realidad. Y junto a este centro de la cultura, había también ayer un moderno bloque de viviendas sociales, construido por la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, tras la generosa cesión de los solares por el Ayuntamiento.

Dos caras de un mismo propósito: promoción social para los hogares ya construidos o los que puedan crearse, y promoción cultural a nivel de la educación primaria o general básica para las actuales y futuras generaciones. Dos obras extraordinarias que honran a quienes  las proyectaron, las desarrollaron y las culminaron. Dos obras, jalones importantes para ese futuro que día a día están configurándolo bajo signos entusiastas y eficaces, los actuales rectores municipales, igual que los anteriores, bajo el signo de la unidad, fructificadora, como señaló el gobernador civil, con las más nobles y ambiciosas empresas, como son la cultura y la vivienda.

Sobre las seis de la tarde de ayer, hacía su entrada en Sariñena el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, don Víctor Fragoso del Toro, a quien acompañaban el procurador en Cortes por los municipios, don Emilio Miravé Diez, y el delegado provincial de la Vivienda, don Pedro Gómez Mompart.

En le acera del nuevo bloque de  viviendas a inaugurar fue cumplimentado por el alcalde de Sariñena, don Félix Regaño; secretario, don Enrique Vicente Cantaloba; miembros de la Corporación; capitán de la línea de la Guardia Civil, don Cecilio Cuesta Cuesta; comandante de puesto, don Dalmiro Pérez; cura párroco, don Vicente Fuertes; procurador en Cortes por los Cabezas de Familia, don Francisco de Asís Gabriel Fonce; director del Grupo Escolar, don Fausto Gonzalvo Mairal, y los alcaldes y secretarios de los pueblos de la comarca.

Desde Huesca, y con anterioridad, se encontraban el delegado de Educación y Ciencia, don Cristina Alejo-Pita Contreras; secretario de Educación y Ciencia, don Antonio Core, y delegado de Educación Física y Deportes, don Manuel Mata.

Por la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, se encontraban el presidente del Consejo de Administración, don José María García Belenguer; secretario del Consejo, don ,José María Monterde; consejeros, don Anuro Guillén Urráiz don Severino Arruebo, don Fidel Lapetra director general, don José Joaquín Sancho Oronda; subdirector general señor García Cardón; director provincial de la Caja de Huesca, don Eran cisco Oliver Blanco, delegado de Sariñena, don Jesús Bellostas; jefe de Relaciones Públicas, don Manuel Cabeza Muñoz, y director de Radio Huesca don Alberto Turmo Tornil.

Asimismo se encontraban el ingenie ro, don Enrique Hidalgo, por la entidad constructora del bloque de viviendas.

BREVE DESCRIPCION DEL BLOQUE

Situado en la avenida de Madrid, a donde da su fachada, se encuentra el bloque de treinta y dos nuevas viviendas construidas por la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja. Los pisos se alojan en cuatro plantas, de las cuales los bajos se destinan a locales comerciales unos 10 en total.

Hay diversas clases de pisos, pero sus dimensiones, por término medio, son de unos 70 metros cuadrados útiles. Tienen tres accesos o escaleras así como antenas colectivas. Su inauguración se ha adelantado sobre las fechas previstas. Su presupueste se eleva a unos 8.000.000 de pesetas, y los beneficiarios deberán pagarlas en el plazo de quince años. Es autor del proyecto, don Teodoro de los Ríos.

Tras una rápida ojeada al bloque las autoridades y personalidades se dirigieron a la plaza de San Roque y calle de la Victoria, a donde dan las fachadas más importantes del nuevo y magnifico grupo escolar.

Se penetra por un amplísimo patio cubierto en gran parte para que sirva de recreo a donde dan parte las aulas y demás dependencias. La visibilidad y luminosidad del nuevo edificio es, inmejorable. Consta de tres plantas y su estilo es funcional. Las aulas, los servicios, los pasillos, son impecables y el mobiliario escolar es modernísimo, llamándonos poderosamente la atención los de las aulas de párvulos.

Con un presupuesto en números redondos de unos 4.500.000 de pesetas, se distribuye en doce aulas magníficas, comedor escolar, servicios, sala de juntas y despacho del director, así como conserjería, etc., etc.

De esta cuantía, el Estado ha contribuido con 3.750.000 pesetas, y el resto ha sido a cargo del municipio. Podrán recibir enseñanza unos 400 alumnos.

En una de sus dependencias, dio comienzo el sencillo acto inaugural.

En primer término, el párroco don Vicente Fuertes, bendijo los locales y después hizo uso de la palabra para destacar lo señalado en este día para Sariñena, en el que van a ponerse en marcha dos capítulos fundamentales: escuelas y viviendas. Hace una emotiva semblanza de ambos .capítulos y termina con un “¡Viva Sariñena!”, con testado unánimemente por todos los asistentes, muy numerosos.

A continuación el alcalde, don Félix Regaño, pronunció un discurso, siendo muy aplaudido. Inmediatamente, el director general de la Caja, señor Sancho Dronda, interviene para decir que la Caja habla tenido la suerte de haberse cuido a la serie de actos inaugurales que hoy se celebraban en Sariñena, y que ello se debía a la amable invitación recibida al efecto.

De la Importancia de este acto para la Caja, da idea la presencia aquí del presidente del Consejo de Administración y de la mayor parte de sus consejeros. Por ello debía hacer unas breves manifestaciones, primero para expresar su gratitud al Ayuntamiento de Sariñena por la ayuda prestada para estas viviendas. Se nos pide -añadió- por todos los pueblos, que hagamos viviendas sociales, las únicas que podemos hacer, dada la finalidad benéfica de la Caja; pero así como Sariñena os ha dado los solares, en otros  sitios nos es imposible por el precio de especulación de los terrenos. Estamos dispuestos a levantar viviendas sociales allí donde se nos requiera siempre dentro de nuestras posibilidades.

Terminó felicitando a Sariñena y a los adjudicatarios, recordando a cuantos no habían conseguido piso, les llevaba un mensaje de esperanza y de promesa en que la Caja haría cuanto estuviera de su parte para satisfacer estas legitimas apetencias, pero recabando que el ejemplo de Sariñena cundiera para hacer más rápida esa tarea social. Muchos aplausos.

Cerró el acto el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, quien comenzó diciendo que debería pronunciar unas breves frases para cerrar este acto que tanto le complacía y para facilitar, en primer término, al Ayuntamiento, a los vecinos y agradecer a la Caja la colaboración prestada para esta labor social. Felicitó también a los alumnos y a las maestros Porque en estos acogedores y magnifico, locales su tarea encontrarla un medio adecuado. Con este Grupo Escolar –añadió- se sienta un pilar en la educación, que es el primar cimiento de toda sociedad moderna, y civilizada. Y de todo ese vasto conjunto educativo, la general básica o Ia escuela, en una palabra, es la base imprescindible de la formación humana. Recientemente se ha promulgado la Ley de Educación. Este ha sido un hecho revolucionario el más importante, quizás, desde el 18 de Julio. Es hecho revolucionario el que todos puedan acceder a la cultura superior, no en virtud de los recursos económicos de  sus padres, sino en función de su vocación e inteligencia. Esta igualdad en la educación general básica, ya fue pedida por nosotros en el curso de un Consejo Económico Sindical, insistiendo se asentara sobre esos términos. Y así como el Régimen de Franco y del Movimiento Nacional acabó con aquel baldón de los soldados de cuota, también ha terminado el estudiante de cuota, es decir, aquel que estudia o se matricida en la Universidad, sólo porque sus padres poseen amigos financieros, mientras que el pobre veía cerradas sus puertas, aunque tuviera dotes para el trabajo intelectual.

Esta igualdad de educación, esta Igualdad de oportunidades, es el camino para engrandecer a un país. Porque la principal riqueza de los pueblos no son sus tierras o sus fábricas, sino sus hombres.

Evoca los tempos del liberalismo y de los partidos políticos que dividían a los pueblos y agrega que hoy no quieren oír hablar de eso, porque lo que necesitan esos ingenieros y arquitectos que les estudian y resuelven sus problemas, necesitan torrentes de agua para fecundar sus campos, escuelas para formar a sus hijos, viviendas para disfrutar de una vida decorosa y humana. Esto es lo, que quieren recibir los pueblos y no una regresión a épocas felizmente superadas, con sus soldados de cuota y sus estudiantes de ídem. Quieren la unidad, porque ella es la que les ha dado estas obras fehacientes y positivas, que no hubieran sido hechas sin Franco y sin el Movimiento Nacional.

Falta mucho todavía per hacer. Cierto. Pero serán las nuevas generaciones las encargadas de realizarlo. Y lo realizaran, si no olvidan estas serias palabras: Unidad. Franco, Movimiento Nacional. Con un vibrante viva Franco y a España, termino esa intervención, siendo muy aplaudido.

Después, y en el Hotel Yzuel, el Ayuntamiento de Sariñena ofreció a los asistentes una copa de vino español.

Nueva España – 08/10/1970.

 

La herencia de mis abuelos


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Presa de El Grado. Fuente Wikipedia.

Por Adela Hernandez Laguna

Esta primavera tocaba reunión familiar. Mis tíos, Santi y Manolo, consiguieron reunir a toda una segunda y parte de una tercera. Todos ellos hijos y nietos de emigrantes andaluces que trabajaron en la construcción de la Presa de el Grado.

La Puebla de Castro fue el lugar donde mi abuelo y sus dos hermanos vivieron mientras duraron los trabajos de construcción de la presa. En este pequeño pueblo de la Ribagorza, mi padre y sus primos compartieron ratos de juegos, meriendas, tardes de verano, baños en la fuente de las Cañutas, y noches durmiendo todos juntos al cuidado de la abuela Encarnación, mientras sus padres estaban fuera. Se trataba de rememorar la vida que llevaban entonces, y hasta allí nos desplazamos.

Su presencia en el pueblo causó un gran revuelo. Cuando los vecinos se enteraron de quienes eran, les dirigían gestos de cariño y se interesaban por lo que había sido de la vida de sus padres. Ellos respondían emocionados, hablando de sus mayores con respeto y admiración. Sentí como si les estuvieran dando un homenaje. Aquella visita suponía reconocer su punto de partida y el esfuerzo que sus padres habían hecho por ayudarles a salir adelante, regresando en otras condiciones distintas y mejores a las que tenían cuando se fueron ante aquellos vecinos que en su día les habían echado una mano facilitándoles comida y alojamiento.

Cincuenta años después volvían a pasear todos juntos por las calles de la Puebla y sus miradas se llenaban de recuerdos.

Mi padre y yo fuimos hasta allí en moto. Conforme subíamos la carretera que va desde el Grado a la Puebla, habiendo dejado atrás la caída del aliviadero de la presa, me preguntaba en qué estaría pensando mi abuelo mientras hacían ese mismo trayecto todos los días tras una agotadora jornada de trabajo. Supongo que en cómo solucionar el día a día de la mejor manera posible. Daría las gracias por haber salido ileso un día más del trabajo, dada la peligrosidad y las condiciones en las que trabajaban y por saber que podía seguir manteniendo a su familia hasta que la obra acabase. Al fin y al cabo habían
emigrado para buscarse la vida así que de momento cumplían con el objetivo de haber encontrado trabajo.

No se habían equivocado sus paisanos de Gorafe en la provincia de Granada, cuando tiempo atrás, unos y otros comentaban que por el norte iban a comenzar muchas obras que les brindarían la posibilidad de encontrar trabajo. Las obras a las que se referían eran las gestionadas por la empresa pública Empresa Nacional Hidroeléctrica del Ribagorzana, S.A. (ENHER), constituida en 1946 con capital mayoritario del I.N.I (Instituto Nacional de Industria), y encargada de gestionar la concesión del aprovechamiento hidráulico de la cuenca del río Noguera-Ribagorzana.

Obras como el Embalse de Escales fueron trabajos derivados de lo anterior y lo que les llevó a su primer destino, Puente de Montañana. Mi abuela, embarazada de siete meses, llegó junto a sus cuñadas tras un largo viaje de tres días donde les aguardaban mi abuelo y sus hermanos. El diecinueve de agosto de 1954 fueron contratados por la empresa ENHER. Al acabar estos trabajos se trasladaron a Guadalajara donde se estaba ejecutando el tramo de ferrocarril que unía Medina del Campo con Zamora, pero solo estuvieron allí ocho meses. Estaban en contacto permanente con sus compañeros de trabajo y alentados por el inminente comienzo de las obras de la Presa de el Grado se trasladaron a la Puebla de Castro. El dieciocho de octubre de 1958, comenzaron a trabajar para la empresa AUXINI, departamento de construcción del I.N.I.

Los primeros trabajos en la presa consistieron en construir los túneles que desviarían el cauce del río Cinca y que actualmente sirven como conductos de desagüe de la presa. En aquel momento mi abuelo trabajaba llevando una pala con la cual cargaba el material extraído sobre unas vagonetas que finalmente lo trasportaban hasta el exterior. Todavía conservamos la lámpara de carburo que mi abuelo utilizaba para alumbrarse en aquellos túneles. A continuación empezaron las excavaciones y la ejecución del muro de la presa.

El Grado 1

Mi abuelo Isaac como oficial de primera trabajaba de barrenador para extraer material de las canteras. Tenía de capataz a su hermano mayor Santiago.

La presa se ejecutaba mediante el encofrado y desencofrado, tras el fraguado, de grandes
bloques de hormigón. Lo que entre los obreros se conocía como “dados”. Las dimensiones de los bloques variaban en función de a qué altura de la presa eran ejecutados, pero se puede considerar un volumen medio de cubo o tongada de unos quince metros de ancho por quince de largo y un metro y medio de  alto. La solera de un nuevo bloque era la parte superior del anterior y lo primero que había que hacer era preparar la base donde se sustentaría el nuevo cubo. Esta operación consistía en eliminar la lechada superficial que se forma durante el vibrado del hormigón. Para ello picaban esa capa y los restos eran soplados con aire comprimido. Más tarde se preparaba el encofrado de la siguiente tongada y por último se vertía el hormigón. Entre bloques siempre quedaba un espacio que era rellenado posteriormente del mismo material para funcionar como junta de dilatación. Antes del vertido, la calidad del hormigón de una cantidad representativa de cubas era controlada por personal técnico de Confederación comprobando que su resistencia a compresión y cantidad de arcilla en arena fuera la adecuada mediante el análisis de muestras en el laboratorio dispuesto a pie de obra. Además, se llevaba a cabo un control visual de cada bloque cuyo objetivo era la detección de coqueras. Las coqueras son fallos producidos en el hormigón que se presentan como acumulaciones de grava y se producen normalmente por un mal vibrado. Estos fallos debían de ser rectificados mediante la limpieza de la grava, saneo y sustitución por hormigón reparador.

Conforme la presa ganaba altura los trabajos se hacían más peligrosos. Para evitar caídas los obreros solían atarse una cuerda a la cintura a modo de arnés que sujetaban por el otro extremo a una barra de hierro previamente fijada por ellos mismos al muro de la presa. En una ocasión en la que mi abuela bajo a comprar al economato vio a mi abuelo colgado del muro de la presa montado en una tabla y dos cuerdas a modo de columpio, y se angustió tanto que decidió no volver. Ese día mi abuelo estaba eliminando las malditas coqueras.

Aunque a ellos no les ocurrió nada, otros no corrieron la misma suerte. En una ocasión, estaban barrenando la pared del terreno de la margen derecha del cuenco de la presa y encontraron una veta de salagón. El terreno se desestabilizó y cayó sobre cuatro obreros que se encontraban en la base ejecutando uno de los dados. Se calcula que el peso del volumen de tierra desprendido fue de unas trescientas toneladas. Murieron los cuatro, pero mi abuelo dice que “podían haber sido muchos más, porque normalmente había más gente trabajando en el fondo de la presa”. Veinticuatro horas antes de que el liso se desprendiera, había trabajando en el fondo de la presa veinte personas. Así me lo confirma personal de Confederación Hidrográfica del Ebro, que fueron testigos presenciales del fatal acontecimiento. En los instantes posteriores al accidente sucedieron escenas verdaderamente dantescas. Cuando corrió la voz, las mujeres comenzaron a salir corriendo de sus casas y cuando comprobaban que sus maridos estaban a salvo, se abrazaban intensamente a ellos como nunca antes lo habían hecho.

Durante los años 1962 y 1963, la obra llegó a concentrar a unos mil trabajadores. El balance final de fallecidos en la presa de El Grado fue de once personas. Mientras, la vida seguía. La preocupación de las familias de los obreros aumentaba en la misma proporción que lo hacía el avanzase de las obras. Cuando aún no había amanecido, una línea de pequeños puntitos iluminados se aparecía sobre el fondo oscuro de la noche. Era el rastro de aquellos farolillos de carburo que iluminaban el camino a los obreros desde su casa hacia la presa, y que mi abuela observaba asomada a una pequeña ventana, hasta que desaparecía entre los accidentes del terreno. Esa marcha indicaba el inicio de un nuevo turno de trabajo. En ese momento su mente se desplazaba hacia lo peor y se evadía pensando en lo que debía hacer en lo que restaba de jornada. Sus hijos y la rutina diaria la mantenían muy ocupada y la aliviaban de pensamientos angustiosos.

En principio el material para fabricar el hormigón era extraído de las canteras. Al no cumplir con los parámetros técnicos exigidos para tal fin, se acabó obteniendo del río. Mi abuelo Isaac como oficial de primera trabajaba de barrenador para extraer material aquellas canteras. Tenía de capataz a su hermano mayor Santiago. Mi tío Santiago asumía también fuera del trabajo su papel de hermano mayor tomando las decisiones más importantes y sus hermanos le respetaban y obedecían sin discusión. Mi tío Manolo tenía el mismo cargo que mi tío Santiago, pero controlaba trabajos de ejecución de los dados de hormigón. Los dados estaban numerados, y en sus partes de trabajo debía de indicar el número de dado en el que se había trabajado ese día en cuestión.

El trabajo en la presa era frenético y constante. Llegó a haber tres turnos de trabajo de ocho horas cada uno hasta completar el día entero, aunque este hecho fue circunstancial y solo se dio durante un verano. En invierno no podía mantenerse el mismo ritmo de trabajo debido principalmente a las bajas temperaturas. Esta circunstancia también afectaba a la calidad de los materiales. Para evitar que el agua contenida en el hormigón se congelase y asegurar un correcto fraguado, era necesario verter anticongelante y en ocasiones incluso se utilizaba agua caliente para mezclar el hormigón.

El pago de los salarios por supuesto se hacía al contado. El “pagador” , que así se llamaba la persona encargada de entregar el dinero de la nómina a los obreros a pie de obra, era escoltado por dos guardias civiles hasta que acababa de liquidar las cuentas con el personal. Normalmente, tardaba dos días en pasar por todos y cada uno de los tajos. Los obreros formaban grandes colas frente a él esperando que les entregara la merecida paga.

El Grado 2

Mi tío Manolo tenía el mismo cargo que mi tío Santiago, pero controlaba trabajos de ejecución de los dados de hormigón. En la imagen pueden observarse las cerchas que servían para sostener la estructura de los encofrados.

Junto a los aledaños de las obras, se proyectaron todo tipo de instalaciones para cubrir las necesidades básicas de las familias. El Poblado de Nuestra Sra. De Perpetuo Socorro contaba con un colegio, parroquia, economato, estanco, servicio de asistencia médica e incluso un cuartel de la guardia civil. Se instalaron barracones para dar alojamiento a los obreros que habían llegado sin su familia. Mi abuelo y sus hermanos vivían en la Puebla en casas de alquiler. El día de la visita tuvimos la oportunidad de ver el interior de la casa donde vivía mi tío Santiago. Tenía dos pisos. El piso de abajo era una especie de corral y en el piso de arriba se encontraba las estancias y la cocina. Había dos habitaciones. Cual fue la sorpresa, cuando entrando en una de las estancias mi tía Mati encontró colgadas en la pared todas las postales que había pegado en su día (fotos de los Beatles, Rafael y Marlon Brandon entre otros). Estaban intactas, desde hace más de cincuenta años, esperando a que alguien volviera a recogerlas. Se quedo impresionada al verlas. Sencillamente, no se lo podía creer.

Después mi padre me enseñó donde vivía con mis abuelos y su hermano. Era el piso de arriba de una casa hoy en día restaurada. En el primer piso del edificio se celebraba el baile del pueblo y también era donde estaba el Cine. Mi padre me cuenta que mientras cenaba veía las películas que proyectaban, escondido tras una puerta para evitar ser visto. Eso le daba mucha más emoción al momento.

Mientras los hombres trabajaban en la presa, las mujeres atendían a sus hijos y cuidaban de la casa. En el lavadero de la Puebla, pasaban tardes enteras comentando las cosas que ocurrían en el pueblo, y aprovechaban para relacionarse con otras familias de emigrantes que estaban en su misma situación. Las extremeñas tenían por costumbre llevar sobre la cabeza el balde lleno de ropa limpia. En cambio, mi abuela y sus cuñadas no tenían esa habilidad y llamaban a sus hijos para que les ayudaran a llevar la carga en sus bicicletas. Por el camino paraban a respigar almendras, que luego vendían.

También había tiempo para el ocio. Mi abuelo solía tocar la guitarra en el baile y mi tío Santiago el laúd. Recordaban su papel como músicos en su tierra, donde siempre contaban con ellos para animar la fiesta. Como aficionados a las corridas de toros, solían desplazarse a Barbastro para asistir a ellas. Cuando esto ocurría la abuela Encarnación se quedaba al cuidado de todos sus nietos, que la recuerdan como una persona entrañable y muy aficionada a la lectura. Junto a ella pasaron momentos inolvidables.

Al regresar a Sariñena miraba cómo los aspersores regaban las fincas recién sembradas de maíz. Resulta ser una imagen acogedora. Me identifico mucho con ella y me hace sentir en casa. Pensaba que mi abuelo y sus hermanos, y otras gentes llegadas de otros lugares de España pusieron su granito de arena para esto fuera posible.

La presa de el Grado es una obra emblemática. Constituye una pieza fundamental en el funcionamiento del sistema regable de Riegos del Alto Aragón y almacena el agua que riega hoy en día nuestros campos.

No sé hasta que punto mi abuelo y sus hermanos eran conscientes de la importancia de la construcción de aquella infraestructura, cuando contemplaban como el casco del ingeniero jefe de obra junto con unas cuantas monedas de la época, eran enterrados con el vertido de la primera cuba de hormigón en el fondo de la presa. A día de hoy mi abuelo lo sabe. He aprovechado al máximo la oportunidad de explicarle que se trata de una obra clave para el desarrollo de la agricultura en nuestra zona y le he visto emocionarse cuando le recordaba los nombres de antiguos compañeros de trabajo. Le he hecho saber que mi trabajo y el de muchísima gente esta total o parcialmente ligado a la construcción de la presa. Al final todos estamos conectados. Del trabajo que hicieron otros en el pasado nos aprovechamos nosotros ahora.

El Grado 3

Pasamos una jornada inolvidable. Os recomiendo visitar la zona y la presa de el Grado, actualmente accesible gracias a la iniciativa lanzada por el Ayuntamiento de el Grado que organiza visitas guiadas a su interior.

Quiero dedicar este artículo a mis abuelos Isaac y Julia, y a toda la gente de su generación que supieron vivir con dignidad partiendo de cero, trabajando en duras condiciones para dejar una importante herencia a la sociedad.

En memoria de mis tíos Santiago y Manolo Hernández.

Agradecimientos:

A Ramón Latorre, de Confederación Hidrográfica del Ebro que participó en los trabajos de Dirección de Obra durante la construcción de la presa.

Al Excmo. Ayuntamiento de el Grado, en especial a Gabriel Chicote, por llevar a cabo la incitativa de organizar visitas guiadas a la presa.

Adela Hernandez Laguna