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La Cartuja de Lanaja 


Os Monegros g

Un día cualquiera en la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes. Una literaria crónica que apareció publicada en el Diario de Huesca el 3 de septiembre de 1908 y cuyo periodista firma con una anónima “X”. Un recorrido visual muy descriptivo y, sobretodo, complaciente con el entonces rico propietario de la cartuja monegrina Mariano Bastaras. Con la desamortización de Mendizábal (1835-1836), la cartuja pasó a manos privadas de la familia Bernabé Romeo, adquirida en 1841 por Francisco Romeo Martínez de Bengoa. Tras el intento fallido de transformar la cartuja en un balneario y la rescisión del préstamo, la cartuja salió a subasta pública siendo adquirida por la familia Bastaras en 1896 hasta que en el 2015  fue adquirida por la Diputación Provincial de Huesca.

Sin título

Cuando el periodista, como el héroe cervantino, sale a correr aventuras, todos los molinos de viento se lo antojan gigantes y todas las ventas del camino castillos encantados. Tiene razón el maestro Moya. Ni el militar al hacer sus apuestos guerreros para próxima lucha, ni el marino al levar anclas para lanzarse a cruzar la inmensidad de los mares, sienten emociones tan placenteras como el humilde croniqueur al armarse de carnet y lápiz para llevar a cabo una excursión que ha de proporcionarle recreo para su espíritu y ocasión de cumplir con su deber profesional.

Cariñosamente requerido por D. Mariano Bastaras, dignísimo diputado provincial, para pasar un día en su magnífica posesión llamada La Cartuja, ni el sinsabor de un madrugón a que no estoy acostumbrado, ni las molestias de un viento tan huracanado como frío, fueron obstáculo para que montado en un lujoso vehículo de D. Teodoro Casamayor, propietario de Alcubierre y amigo mío, llegase en compañía de éste á Lanaja, a las seis de la mañana. En esta villa nos esperaba nuestro predilecto amigo D. Mariano Berdún, y media hora después arribamos los tres a la antigua residencia de los hijos de San Bruno, cedida por los condes de Sástago a estos religiosos entre los siglos XIII y XIV.

En el centro de una superficie de veinte hectáreas, coreada por muro de tapia y ladrillo, se levanta majestuoso el antiguo monasterio, evocando el recuerdo de aquellos ascetas que en la soledad purificaban sus almas con la mortificación y castigaban sus almas con el trabajo material. A la entrada del edificio salúdanos efusivamente el Sr. Bastaras y con la distinguida familia de éste oímos la Santa Misa en el templo exmonacal, inundado de luz que hacía resaltar el colorido de las pinturas que cubren todas sus, paredes y techumbre.

Después de cumplido este precepto cristiano—era domingo,—recorrimos el laberinto de pasillos y dependencias quedando agradablemente sorprendido al ver el llamado claustrillo, pintado por el tercero de los hermanos Bayeu, que desde el año 1784 al 96 se ocupó en decorar este pequeño claustro y las diez o doce capillas que lo circundan. Vimos molduras en yeso, de irreprochable gusto, algunos frescos de gran mérito y en una de las celdas la estela de sus maravillosas concepciones artísticas qué allí dejó el insigne Goya. Bs de alabar, y la religión y el arte lo han de agradecer, el interés del Sr. Bastaras por conservar joyas de tan estimable valor, sin hacer caso de los cuantiosos dispendios que supone el sostenimiento de un edificio de tan colosales proporciones.

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Todavía me esperaba otra sorpresa muy agradable. Quien desde Tardienta recorre el trayecto que media hasta Lanaja y ve campos agostados, montes inmensos con raquítica vegetación y, por consiguiente, sin árboles que tanto agrandan la hermosura natural de un paisaje, no puede suponer que en las inmediaciones de La Cartuja ha de encontrarse con frondosa huerta, cubierta de verdor, rodeada por espesos cañaverales y árboles gigantescos y fecundada por copiosa fuente de aguas sulfato-nitrotadas, tan cristalinas como frescas. Esto es un oasis, un sueño de hadas, decía yo a D. Mariano, y quien como usted puede hacer frente al calor estival en una finca como La Cartuja que, a las sublimidades del arte, une tan bellísimos encantos naturales, seguramente no echará de menos el veraneo en las más concurridas playas.

La comida resultó un banquete suntuoso y espléndido, de los que acreditan la marca Bastaras. Sentámonos a la mesa los señores de la casa, Dª Florencia Gabarre, madre política de D. Mariano, las bellísimas señoritas Visitación Ferrer, de Albalatillo; Rafaelita Vizcarra, de Selgua; Carmen Mur, de Lanaja; los ya expresados D. Mariano Berdúa, D. Teodoro Casamayor y el que estas líneas escribe. Presidio o hizo los honores con exquisita y delicadísima galantería la distinguida y muy bondadosa Dª Matilde Ferrer, digna esposa de D. Mariano Bastaras, que para todos los comensales tuvo frases de familiar cortesanía. Después del café tuvimos audición de Gramófono y… ¡qué veloz pasa el tiempo cuando el alma se recrea en las placideces que siempre proporciona la reunión con personas de nuestro agrado e intimidad! Llegó la hora del regreso, y cuando al salir de La Cartuja vi en la era de nuestro digno diputado una veintena de criados sonrientes y satisfechos amontonando trigo y llenando carros con este cereal, pensé en que nuestro amigo jamás se yergue sobre el pedestal de su opulencia y trabaja para que su nombre, tan conocido en la región aragonesa, sea pronunciado más como bueno que como inmensamente rico, y en que el problema social perdería todo su aspecto pavoroso si la burguesía estuviera representada por hombres del talento, cultura y bondades de D. Mariano Bastaras. ¡Qué hermosa es la democracia cuando en ella se confunden los aristócratas de más elevada alcurnia!

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Pueblo: Bujaraloz


Cruce de caminos, al sur, Bujaraloz también es capital de Los Monegros. Municipio de gran historia que se sitúa en plena estepa monegrina, en la provincia de Zaragoza, a medio camino entre Madrid y Barcelona. En 1910 contaba con 1.473 habitantes y a partir de entonces comenzó un imparable descenso demográfico hasta llegar a los 1.040 habitantes en 1960. Luego llegó una leve recuperación, hasta la década de 1980, cuando llegó a los 1.210 habitantes. Actualmente son 1.048 habitantes (INE 2008), una densidad de 8,62 hab/km² y su índice de viabilidad demográfica es cero. Considerado lugar de paso por la Nacional II, Bujaraloz, como Los Monegros, no es tierra de paso, es de gente y de pueblos llenos de vida que luchan por su futuro. 

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Bujaraloz

A través de jóvenes de la localidad conocemos su visión de la vida rural y sus inquietudes. Una perspectiva joven para reflexionar sobre el presente y futuro de nuestras localidades, una serie de entrevistas enmarcadas en la serie “Pueblo” de la iniciativa cultural “Os Monegros”. Gracias al IES Sabina Albar de Bujaraloz y muy especialmente a Chusé Rozas Auría por ayudar a hacer posible este proyecto. Gracias también a Marisol Frauca.

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Marina Baches (1)

  • IES Sabina Albar de Bujaraloz.
  • Curso: 3º de la E.S.O.
  • Localidad: Bujaraloz
  • Libro: Desconocidos.
  • Música: Rosalía.
  • Equipo: F.C. Barcelona.
  • Aficiones: Jota y baile, pertenece al grupo “Aires de Monegros”.

Marina prefiere el pueblo frente a la ciudad, aunque sabe que al final tendrá que marchar a estudiar a Zaragoza, de hecho quiere acabar bachillerato en Caspe y luego ir a la universidad para estudiar magisterio infantil. Le gusta la vida de pueblo: “No hay tantas aglomeraciones y hay muchas cosas que hacer, hay libertad para salir con las amigas”. De vez en cuando, Marina va con la familia de compras a Zaragoza.

En Bujaraloz hay un equipo de futbol que suele ir a ver, “Hacíamos patinaje y judo pero lo dejaron de hacer”. Lo peor del pueblo son los olores “Aunque ya estamos acostumbrados”.

Su lugar especial de Bujaraloz es el pilar de la plaza de Martín Cortes “Tiene mucha leyenda” y el parque de La Petanca, donde se juntan a menudo. Marina saca su alma jotera “Antes de las fiestas se hace un festival de jotas”, es una de sus aficiones. Las fiestas patronales, a san Agustín, son las mejores: las Damas “Cada año es una quinta”,  los autos de choque, el dance y las procesiones: “Las damas se visten de joteras y es un día muy especial”.

Marina piensa a lo grande y le gustaría tener un centro comercial en Bujaraloz, ya sabe que es totalmente descabellado, pero al fin de todo es lo que le gustaría. Al menos se conformaría con una pequeña tienda de regalos, “Aunque hoy en día por internet se puede comprar de todo”.

Los Monegros es donde vive, donde está su familia y amigos, su entorno. Las saladas de Bujaraloz y la Retuerta de Pina de Ebro son sus lugares preferidos.

Su abuelo le cuenta muchas cosas y le sorprende que sólo tuviese un libro para todo. Marina es muy consciente de que ha cambiado todo mucho: “Iban a enfriar los alimentos al pozo de hielo, tenían un aljibe… y mi abuelo vivió parte de una guerra”.

Marina no echa en falta mucho, vive muy a gusto en Bujaraloz “Nacen menos y cada vez somos menos en los pueblos”. Así, Marina se despide con su deseo para Bujaraloz: “Que siga habiendo la misma vida y que no vayamos para atrás, sino que vaya siempre para adelante el pueblo”.

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Plaza de Bujaraloz. Fotografía de Marisol Frauca.

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  • IES Sabina Albar de Bujaraloz.
  • Curso: 3º de la E.S.O.
  • Localidad: Bujaraloz
  • Libro: La hija del Tuareg.
  • Música: Natos Waor.
  • Película: Tres metros sobre el cielo.
  • Equipo: Real Sociedad.
  • Aficiones: Jugar a la Play Station.

Lucas es de pueblo “Nunca he vivido en la ciudad” aunque suele ir una vez al mes de compras a Zaragoza con sus padres. Quiere acabar el bachiller en Caspe y le gustaría estudiar arquitectura.

Está abierto a conocer otros lugares. Lucas es abierto y sabe que será difícil vivir en su pueblo. Lo que más le gusta del pueblo es la gente y lo que menos es el aire, el cierzo. Pero sobre todo, de Bujaraloz, le gusta mucho el nuevo pabellón donde va a jugar a futbito.

Le gustan las fiestas mayores de Bujaraloz: las ferietas, orquestas y el dance, del que dice que es muy bonito. Echa en falta algo de ocio “Hace poco que pusieron unas mesas de ping pon y dan mucha vida”.

Los Monegros es su comarca, se siente monegrino “Es una zona muy desierta y me gusta”. A Lucas le da pena que cada vez haya menos gente y él lo tiene claro: “Preferiría vivir en Bujaraloz”. Lucas es consciente que los tiempos cambian “Mi abuelo me contaba que se iba a bañar a la balsa”.

Su deseo es “Que Bujaraloz nunca se despueble y siempre haya gente para vivir”.

Continuará…

El dance de Castejón de Monegros


El dance de Castejón de Monegros corresponde a uno de los típicos dances monegrinos, un dance completo de pastoradas, duelo de ángel y diablo, dichos y mudanzas al son de la gaita de boto aragonesa. Como muchos dances se interrumpió durante la guerra y aunque fue reanudado débilmente tras la contienda, poco a poco se fue perdiendo hasta que en la década de 1970 se recuperó definitivamente, aunque de forma parcial. Gracias a la incorporación de la mujer, hoy en día goza de gran vitalidad y futuro.

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El dance de Castejón de Monegros  se representa para la festividad mayor de Santa Ana el 26 de julio y la menor de San Sebastián el 20 de enero. Un dance con una gran historia recogida por Simeón Serrate Valdovinos en la revista “Pliegos” de la Asociación de Gaiteros de Aragón “Historia del antiguo dance de Castejón de Monegros”.

Tras su interrupción, durante la guerra, el dance se reanudó en 1940 con los pasacalles hasta su desaparición a mediados de la década de 1960. Recuperado a principios de la década de 1970, actualmente, se representa mediante el dance de palos interpretado en procesión y mudanzas y la representación del duelo del ángel y el diablo.

Históricamente, en Castejón de Monegros se ha venerado a la Virgen de la Lumbre, siendo su santa patrona “Nuestra señora de la Lumbre”, hasta que una plaga de langostas causó el cambio a Santa Ana, tal y como lo recogió Lucia Pérez:

En el caso de Castejón es curioso observar que, según las informaciones de los ancianos, la Virgen de la Candelaria era la antigua patrona del lugar y que en enero, para el d í a de San Sebastián, tenían lugar las fiestas de invierno. El patronazgo de Santa Ana se debe a que «antiguamente en esta tierra había muchas plagas de langosta y otras que dejaban sin cosecha el campo». Esto naturalmente ocurría cuando las espigas ya estaban granadas y una de esas plagas «se paró y desapareció justo el día de la Santa», así que «en agradecimiento se la nombró patrona». 

Lucia Pérez

El dance de Castejón de Monegros “Abuelos del mejor nieto”. Andalán nº432-433

Es en la década de 1970 cuando un grupo de jóvenes castejoneros comenzó a retomar y revitalizar el dance de Castejón de Monegros. Gracias principalmente al tío Virgilio, Ángel Tabueña, Fructuoso Sampietro y al tío Simeón “Cachencho” la nueva generación comenzó a recuperar el dance. Aunque la falta de relevo generacional de hombres propició la entrada de mujeres para poder mantener la tradición. Así, con cierta naturalidad, las chicas comenzaron a entrar en el dance de Castejón de Monegros: “No hubo grandes problemas y a partir de entonces siempre tuvieron las puertas abiertas” explica Ana Puey.

Acabadas las fiestas en el año 65 dejamos de danzar durante siete años. El dance estuvo dormido hasta que una señora lo despertó en 1973.Siendo Florentino Badimón mayordomo mayor de Santa Ana, su esposa Rafaela Badimón de Badimón, tuvo la obsesión y empeño de que volviera el dance y volvió. 

Simeón Serrate Valdovinos

Historia del antiguo dance de Castejón de Monegros. Pliegos.

Maricarmen Lavilla Calvete fue una de aquellas mujeres pioneras que entraron en el grupo de dance. Maricarmen fue reina de fiestas en 1973 y al año siguiente estaba de reina saliente “los hombres danzaban con pantalón, camisa y banda”; Maricarmen danzó por primera vez en 1975 con ropa de calle. El primer año que debieron de danzar las mujeres debió de ser en 1974, así lo fecha Simeón Serrate. Faltaba gente para danzar y, aunque no les gustaba que danzasen mujeres, fueron aceptadas para que no se perdiese. Eso sí, no faltó quien decía “No tenéis fuerza para danzar” o “El dance es cosa de hombres”.

“Los hombres fueron dejando poco a poco el dance hasta que al final sólo quedaron mujeres”.

“Aquellos años los maestros discrepaban sobre cómo se debía ejecutar el dance y cada uno lo recordaba a su manera, tanto el tío Simeón como el tío Virgilio tenía su propia forma de ver el dance”. Fructuoso Sampietro había sido danzante y se entregó mucho en su recuperación, “Fructuoso Sampietro era el más mayor y el que más se acordaba de las mudanzas, era muy enérgico y danzó con nosotras”, recuerda Maricarmen con gran cariño. Ángel Tabueña provenía de Pallaruelo de Monegros y había sido antes danzante de su Pallaruelo natal. “En la recuperación del dance en los años 70 fue crucial el empeño de Florencio y Rafaela Badimon. Compraron los trajes, gaitas y regalaron una moneda de oro a cada uno de los danzantes. Rafaela fue de casa en casa convenciendo a los antiguos danzantes y animando a los jóvenes para que se incorporarán” recuerda Carmina Vidaller Salillas.

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Para aprender formaron cuadros de chicas con chicos, dos a dos. Se tuvieron que recuperar las viejas mudanzas, “cada fiesta tiene sus propias mudanzas”. “Nos lo pasábamos muy bien en los ensayos, con el gaitero los ensayos los hacíamos del 15 al 23 de julio, venía todos los días desde La Almolda”. Cuando ensayaban sin gaitero se tatareaban las melodías mientras danzaban.

Ana Puey ha danzado durante 15 años, comenzó en 1978 y ahora son sus hijas quienes han tomado su relevo. A principios de la década de 1980 los hombres dejaron de danzar, aproximadamente entre 1980 o 1982. A partir de entonces, los cuadros del dance de Castejón de Monegros están conformados totalmente por mujeres.

Al tío Virgilio lo querían mucho, era una persona muy buena y cariñosa, recuerda Ana Puey, tenía mucha consideración cuando enseñaba. Primero fue mayoral el tío Virgilio llevando el típico palo de pastor y luego, cuando se fue haciendo mayor, tomó relevo el tío Simeón. El palo tenía el característico gancho de pastor e iba adornado con cintas de colores.

Mayorales que he conocido en el dance: Primero Telesforo Segura, su apodo el Pelaire; segundo Mariano Serrate, apodado Marta; tercero Luis Buil, de apodo Padura; cuarto Hilario Segura, hijo del primero, de apodo el Trenero; quinto Enrique Martín, el Valenciano; sexto Virgilio Villanúa, este último sin apodo. En la actualidad es un servidor Simeón Serrate, de apodo Cachencho.  

Simeón Serrate Valdovinos

Historia del antiguo dance de Castejón de Monegros. Pliegos.

Al principio danzaban en el salón viejo del ayuntamiento y quien no estaba a las diez no entraba, la puerta se cerraba y para Santa Ana no danzaba. Luego danzaban enfrente de la balsa, al lado del monte blanco. “El suelo del ayuntamiento temblaba cada vez que bailaban” recuerdan Maricarmen y María Jesús. Incluso se ensayó en casa del tío Virgilio, en el pasillo de su casa, explica Martín Blecua Vitales: “Fue cuando se reanudó tras la guerra”.

El antiguo gaitero de Castejón de Monegros fue el tío Senen, que murió en 1954. El tío Senen debió de acompañar al dance de Castejón de Monegros hasta sus últimos años hasta que quizá fue sustituido por Vicente Capitán de Sariñena hasta su desaparición en la década de 1960. Vicente Capitán debió de tocar también antes del tío Senen, también debieron de pasar los gaiteros sariñenenses el Malo y el Rey. La gaita de tío Senen se conserva en una casa de Castejón de Monegros. Tomas Serrate, padre de Simeón Serrate fue gaitero, al igual que su padre (Historia del antiguo dance de Castejón de Monegros. Simeón Serrate Valdovinos. Pliegos). Simeón Serrate cita a Blas Villanua, aunque lo conoció ya muy mayor y nunca lo escuchó tocar.

Con la recuperación del dance, el gaitero oficial de Castejón de Monegros fue Mariano Labat de La Almolda, con una gaita gallega.

En 1983, el joven gaitero sariñenense Martín Blecua Vitales, junto a Pedro Mir, se acercaron a Castejón de Monegros para ver el dance. Al finalizar, mientras tomaban un trago en el bar “Metropol”, con Simeón Serrate y Mariano Labat, el tío Virgilio se acercó para conocer a los nuevos gaiteros. Martín, que llevaba una gaita de boto aragonesa en el coche, la sacó y tocó, el tío Virgilio emocionado dijo “Esto sí, esto sí, creía que no volvería a escucharla nunca”. Aquel año Martín había comenzado como gaitero en el dance de Valfarta.

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Al año siguiente murió la madre de Mariano Labat: ”No tocó en La Almolda así que tampoco le pareció bien tocar en Castejón de Monegros”. Las danzantes María Jesús, Pili y Tere bajaron a Sariñena para proponerle al gaitero de Sariñena Martín Blecua Vitales que tocase en el dance de Castejón de Monegros, Martín aceptó sin dudar. Fue en 1984 cuando Martín se incorporó al dance de Castejón de Monegros con la recuperada gaita de boto aragonesa, del que ha sido pilar fundamental, con aquel sonido autentico que los viejos danzantes reconocían con gran emoción. De la mano de Virgilio, Martín recuperó la esencia del sonido de gaita del dance de Castejón de Monegros, lo abrió a una nueva etapa forjando fuertes lazos con el grupo de dance de Castejón de Monegros: “Martín llegó en un Seat 127 junto a Virgilio”, recuerda Ana. Al año siguiente Mariano Labat ya no quiso tocar y desde entonces Martín les ha acompañado incondicionalmente: “Martín es muy querido en Castejón de Monegros, ¡Es nuestro gaitero!”. María Jesús Roca Balien comenzó a danzar en 1977 y al final acabó casándose con el gaitero, así, como bien es sabido, “la mujer del gaitero es mujer de fortuna”.

“El dance al principio no se abría hasta que llegó Martín y entonces se abrieron los cuadros al bailar”

Virgilio se acordaba del paloteado y a Martín le iba cantando las melodías, Martín las fue sacando, eran parecidas a las de Sariñena y Virgilio exclamaba “¡Pues te las sabes todas!”. Las diferencias son algunas notas, matiza Martín Blecua, algunas son más cortas pero en el fondo no hay muchas diferencias. Cuando abrieron los cuadros hablaron con el tío Magarro, que conservaba gran memoria.

Un año, en la presentación de las fiestas de Castejón de Monegros tocó el gaitero  Mario Gross Herrero, pues aquel año Martín no pudo estar para la presentación. Y en una salida a Zaragoza tocó Miguel Ángel Fraile, seria en torno a la década de 1990. Son las únicas veces que Martín no ha tocado con el dance de Castejón de Monegros desde que comenzó.

La vestimenta tradicional era la típica de fiesta, un pantalón negro, camisa blanca con cuello de tirilla, fajín blanco y alpargatas. “El traje se recuperó inspirado en el de Huesca, pero en pobre, la banda sin bordar y las zapatillas sin florituras”, explica Ana Puey. Simeón Serrate cita que los trajes fueron realizados en 1954. Aquellos trajes quedaron guardados en unas arcas en una casa de Castejón de Monegros y cuando quisieron volverlos a utilizar, en la década de 1970, los encontraron en mal estado y no los pudieron usar. Con la recuperación del dance un modista hizo trajes nuevos, igual que los inspirados en los danzantes de Huesca.

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Mariano Labat y Simeón Serrate.

Son cinco cuadros, uno central de volantes y cuatro exteriores. Cada cuadro luce un color característico en las bandas y el fajín, dependiendo al cuadro al que pertenecen van de color verde, rojo, azul, amarillo y lila. El cuadro de color lila corresponde a los volantes, de las que se inician al dance. Los otros cuadros son los adultos, los cuadros que se abren danzando al exterior. El traje se complementa con una mantilla de fiesta y un pañuelo alrededor del cuello. “El pañuelo los hombres lo llevaban en la cabeza a modo de cachirulo y las mujeres lo comenzaron a llevar a modo de segadoras, atado en la cabeza, ahora se lleva colgado al cuello”, comentan Maricarmen y María Jesús. “Antes llevaban alpargatas miñoneras ahora son zapatillas blancas de esparto  con las cintas del mismo color que las cintas y el fajín” comenta Ana puey.

Cuando empezaban en el dance las empleaban para llevar las flores, los palos y el banderín y, aunque iban a los ensayos y se sabían las mudanzas, si no había sitio en los cuadros, iban acompañando. El grupo tiene su propio estandarte “Agrupación de danzantes Santa Ana Castejón de Monegros”, realizado aproximadamente en 1978-1979.

Los dances de Castejón de Monegros

 La villa de Castejón de Monegros pertenece también al partido judicial de Sariñena. Los dances son dos. En el primero interviene el general cristiano con sus diez danzantes, y el turco o moro, con otros diez. La contienda entre los dos bandos acaba con  el vencimiento de los moros, al tiempo que el ángel aparece y convierte a los infieles. Salen después el pastor y dos repatanes, con lo que termina la introducción. Siguen largos “dichos” o elogios a la patrona Santa Ana, a cargo de los generales y los danzantes, donde el autor hace alarde de cultura hagiográfica. El dance segundo es más interesante e ingenioso. El demonio trata de engañar a los dos generales, persuadiéndoles, con sofismas y falaces, pero agudos argumentos, a que suspendan el festejo. Ya decididos, el ángel deshace la artimaña y confunde a Lucifer. Con esto acaba la introducción y siguen los “dichos” por los danzantes. Estos dichos se escribieron o enmendaron en el año 1878. El dance termina con una regocijante intervención de los dos repatanes.

Hay interpolados latines. La versificación es desigual. La copia que he utilizado, sin duda no es fiel, como hecha por el mainate o director del dance, que siempre es un sujeto rústico.

 

     Ricardo del Arco y Garay Notas de folklore altoaragonés (Madrid, 1943)”

La hagiografía es la historia de las vidas de los santos.

Para San Sebastián se va en procesión y se sube al castillo en pasacalles. Para Santa Ana se va en procesión danzando hasta la ermita de Santa Ana, llevando a hombros la santa y representando el duelo del ángel y el diablo a su vuelta en su particular lucha del bien contra el mal.

María Jesús recuerda que su abuela le contaba que “Antes se danzaba todos los días de la fiesta”. Se danzaba ya en la víspera de la fiesta “La víspera de Santiago, al atardecer, el mayoral del dance con el gaitero salían a dar una vuelta por el pueblo para anunciar la fiesta”, narra Simeón Serrate. Ya en el día de Santiago se subía danzando hasta la ermita de Santa Ana y se celebraban las “Completas”.

La noche del 25 al 26 se iba de ronda por las calles rondando a las mozas, a las solteras, y se cantaban romances: “Marichuana”, “Las trece pilares”… Se iba a “Recoger” y en un palo se iban colocando las tortas que estaban huecas en el centro.

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Para Santa Ana se subía en procesión a la ermita con las cinco banderas, tal y como recoge Simeón Serrate: “Con la de San Miguel, San Sebastián, Virgen del Rosario, Santa Ana y la de Nuestra Señora”. Llegando a la ermita se realizaba El Redolín, se formaban dos filas de danzantes y de nuevo en pasacalles, danzando, se llegaba a la ermita. En la ermita se ejecutaba El Tarirán, luego el gaitero interpretaba el Ofertorio y se regresaba de nuevo al pueblo. Durante la vuelta aparecía el diablo y el ángel, batiéndose en duelo hasta que el ángel derrotaba al diablo en la plaza.

La representación de moros y cristianos se hacía en la plaza el día de Santa Ana, los textos los recogió Ricardo del Arco y Garay en “Notas de folklore altoaragonés (Madrid, 1943)”; también se decían los dichos y motadas. Una de las particularidades del dance de Castejón de Monegros era la presencia de dos repatanes, que al igual que la figura del mayoral actualmente no se representan.

Los danzantes recitaban un largo «dicho» en que contaban la vida y milagros de la santa patrona y, al finalizar el número 20 de los danzantes, el gaitero hacía sonar su gaita bailando las mudanzas de rigor los danzantes con palos y espadas.

Lucia Pérez

El dance de Castejón de Monegros “Abuelos del mejor nieto”. Andalán nº432-433.

En la plaza se realizaba el Degollau, como en Sariñena, pero se hacía con varas en vez de espadas. El Degollau lo recordaba el tío Magarro, “un día en el campo de futbol nos lo explicó, en un encuentro de la Sociedad de Montes Blancos”, recuerda Mari Carmen.  No hay cuadro de volantes, así que durante el degollado no se sube arriba en forma de torre y lo que hacían era cruzar por encima de las varas, las cruzaban corriendo. Después, los mayordomos de la fiesta obsequiaban con un refrigerio.

Por la tarde se hacía el rosario y luego, como no había otra cosa, se volvían a hacer rondas por el pueblo. “Hasta entre fuego y fuego artificial se danzaba” recuerda María Jesús.

El tercer día, narra Simeón Serrate en La historia del dance de Castejón de Monegros,  se hacía la mudanza del Tormo: “Una vez terminada la ceremonia, los danzantes ensayaban una mudanza que se llamaba la mudanza del Torno y se interpretaba con unas varas. Cada danzante llevaba una vara cogida por las puntas, formaban un circulo y la gaita entonaba una danza”.

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Hace años de diablo hacía el tío Rubio el aventurado, Andres Mazuque. Durante los últimos años ha sido Javier Serrate Pueyo “Con una chispa y gracia intensa que hacía la delicia de mayores y el temor de zagales y zagalas”. “En Castejón de Monegros siempre ha sido difícil encontrar un chico o chica de menos de diez años para hacer de ángel, todos le tienen mucho miedo al diablo”. Ahora continúa su hijo Raul Serrate Giral que lleva cinco años desde que se retiró su padre en el ejercicio del mal hasta que, como siempre, acaba siendo derrotado por el ángel.  De ángel normalmente es un niño o niña de no mucho más de ocho años: “le tiene que ir bien el traje y que no tenga miedo al diablo”.

Tanto el traje de ángel como el diablo corresponden a aquellos trajes confeccionados después de la guerra. El traje del diablo es completamente negro con unas líneas amarillas onduladas adornando el traje: “La horca también está pintada de negro con una línea en amarillo”.

El diablo sale para Santa Ana “los críos lloran con sólo verlo”. Sale después de la misa, a la vuelta, por el barranco del Pelaire sale el diablo donde se enfrentan los danzantes. Luego, por el llano se baten en duelo el diablo con el ángel y un tercer enfrentamiento en la puerta de la iglesia, donde el ángel acaba matando al diablo. La espada del ángel es característica: “No es recta sino sinuosa”.

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En aquellos primeros años, de 1970 a 1980, fueron todos los años a danzar a Huesca a la plaza de toros. Han estado en muchos sitios, antes se pagaban los trajes y gastos con diferentes actuaciones. Han ido a Francia, Graus, Boltaña, Robres, La Almolda… En 1988 participaron en la inauguración de la plaza Mayoral Antonio Susín Palacio de Sariñena, el 27 de agosto de 1988 y la Calle del Dance “Se danzó y cantó el romance de Marichuana y Las trece advocaciones”. En aquel homenaje también participaron los dances de Sariñena, Sena, La Almolda y Monegrillo; además tocó Juan Mir la gaita y contaron con la honorable presencia de Marcell, lutier francés constructor de las tres primeras copias de la gaita de boto aragonesa. En el 2016 fueron a danzar a Huesca, en el 2018 participaron en el homenaje al gaitero Martín Blecua y hace poco en Zaragoza para las fiestas del Pilar en la feria de artesanía. A la ofrenda del Pilar de Zaragoza acuden algunas vestidas de danzantes, a modo particular. Una vez incluso fueron a danzar a Sabiñanigo, pues las fiestas coinciden con la de Castejón de Monegros. Así que fueron pronto por la mañana el día 25 de Santiago y volvieron para danzar al día siguiente “El autobús nos dejó en el baile y cuando bajaron las gente les aplaudió”. El baile no lo perdonaron, las fiestas del pueblo son las fiestas, aunque había que tener todo preparado para el día siguiente para el día 26 santa Ana “El traje tenía que estar impoluto”. Les pagaron 100.000 pesetas.

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El tío Simeón fue abanderado del dance de Castejón de Monegros. El antropólogo Julio Alvar grabó en 1982 al tío Simeón cantando los romances de Castejón de Monegros con Mariano Labat a la gaita. Carmina Vidaller Salillas cuenta además que Julio filmó el dance y la procesión de Santa Ana. “El texto del romance de Marichuana fue contraportada del programa de la Semana de Aragon en París organizada por la Casa de España de esa ciudad en 1983. Todo el trabajo de campo que Julio hizo en Castejon en el 81,82 y 83 se depositó en el Instituto Aragonés de Antropología”, explica Carmina Vidaller Salillas. Las grabaciones de Julio Alvar pueden consultarse en la fonoteca de la Fundación Joaquín Díaz.

Además, en 1988 Mario Gros y Luis Bajén recogieron y difundieron la gran tradición musical de Los monegros, del dance y cantos romances. De sus trabajos aparecieron “Monegros” (Música tradicional de Aragón SAGA, 1990), una extraordinaria recopilación del folklore monegrino, “La gaita en los Monegros” (Aragón LCD Prames) y “Romances de ronda” una recopilación de romances cantados por Simeón Serrate.

A la gente joven le encanta el dance, por ahora sólo se animan las chicas pero los chicos tienen completamente abiertas las puertas. Ahora hay dos cuadros de chicas ensayando, “Lo malo que muchas están fuera estudiando o trabajando y no pueden ensayar”.

Gracias a Ana Puey Campos, Maricarmen Lavilla Calvete, María Jesús Roca Balien, Carmina Vidaller Salillas, Martín Blecua Vitales y Mario Gros Herrero por sus explicaciones y fotografías en esta aproximación al dance de Castejón de Monegros. ¡Qué continúe! ¡Viva el dance de Castejón de Monegros! y ¡Viva los dances de Los Monegros!.

Crónica de un domingo en los años 60/70


Durante muchos calurosos domingos de julio y agosto en los años 60 y principio de los 70, unas cuantas familias del Barrio de la Estación y de Sariñena nos juntábamos en una arboleda a la orilla del río Alcanadre para pasar el día. Crónica de un domingo en los años 60/70, por Asun Porta Murlanch. Fotografías Asun Porta y Araceli Pueyo.

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La aventura de “ir al río” empezaba en la puerta de casa porque el juego y la diversión estaban garantizadas desde el minuto uno.  Mis padres, mis hermanos y yo bajábamos andando sobre las nueve o las diez de la mañana, a esas horas que, aunque nos diéramos un buen paseo al sol y cargados con toda la comida y la bebida, el aire todavía era fresco y se podía respirar.

Había varios caminos, pero solíamos ir por el más corto, que además era el más emocionante. Dejábamos a la derecha la iglesia del barrio y cogíamos un camino paralelo a la vía del tren por la parte de arriba del terraplén, después nos encontrábamos lo que llamábamos “la fija”(*). Cerca había un puente sobre la vía, era una parada obligatoria, allí nos entreteníamos un buen rato, buscábamos unos surcos que alguien había marcado en el borde de las dos barandas, colocábamos una piedra pequeña y la empujábamos suavemente al vacío, esperábamos en silencio unos segundos hasta que oíamos el sonido metálico y agudo que hacía la piedra al darle al raíl de la vía del tren.

Un poco más adelante bajábamos a la vía por el terraplén con mucho cuidado, el sendero era muy estrecho y resbaladizo por las piedras.  A veces, mientras caminábamos al lado de la vía pasaba algún tren y nos separábamos un par de escasos metros, allí se mezclaban los gritos, el miedo, el atrevimiento, las risas, esas emociones que hacen que esos momento no se olviden.

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Por fin llegábamos a un camino más ancho que enlazaba hacia el pueblo con el de los Olivares de Sariñena y pasábamos la vía por debajo, por un túnel que nos inspiraba a jugar: a pasar el túnel sin respirar, a pasarlo gritando sin parar, a pasarlo a la pata coja sin caernos, sin reírnos, callados, a oír el eco…, lo que daba de sí aquel estrecho y oscuro túnel.  Un poco más abajo estaba el camino que discurría entre la acequia del Molino y las huertas y más adelante cogíamos otro más estrecho hasta la arboleda de Chabarriga.

Al llegar dejábamos las cestas y capazos encima de la hierba, todos llevábamos algún bulto y nos tirábamos largos, entre risas, rodando por la hierba, a veces nos quedábamos descansando tumbados a la sombra respirando el aire más fresco y mirando los rayos de sol, que vistos desde allí debajo eran como destellos, pequeños rayos que pretendían pasar entre las hojas de aquellos enormes chopos, álamos y sauces. Era una sensación muy agradable poder disfrutar aquel descanso después de una hora caminando bajo el sol.

Mi madre colocaba la manta o el mantel en el suelo para coger sitio, al lado dejábamos las cosas y llevábamos el melón, los tomates, cebollas y bebidas a la fuente, lo depositábamos todo entre las piedras debajo del chorro de aquella agua fresca y cristalina, las botellas un poco más abajo atadas con una cuerda para que la corriente no se las llevara, así asegurábamos que se refrescara todo para la hora de comer. En el lecho de la fuente y hasta que salieron las típicas neveras azules de hielo, cabíamos todos, allí reposaban todos los tomates, melones, sandías, melocotones, botellas, de todas las familias que allí pasábamos el día. Algunos llevaban una gaseosa de brida así una vez que nos bebíamos el contenido, la llenábamos del aquel agua tan buena de la fuente y la poníamos otra vez a refrescar.

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Al poco rato llegaba Luis Pueyo con su Vespa y su familia, todo perfectamente colocado para que en el viaje desde Sariñena no se perdiera nada ni nadie. De conductor iba Luis, entre él y el manillar de la moto la más pequeña, Ana de pie, sentada detrás de su padre  Mariceli y  después Rosario, su mujer,  que se agarraba a Luis con una mano sujetando a la vez a Mariceli  y con la otra la cesta de la comida, porque a pesar de que iba bien atada al portamantas que llevaba la moto en la parte trasera, Rosario no se fiaba de que en algún bache saltase alguna fiambrera. Venían por la carretera hasta que ya no les quedaba otro remedio que recorrer los caminos y entonces debían evitar los agujeros, pedruscos y charcos del riego manteniendo el equilibrio por la seguridad de la comida y los pasajeros.

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Otra familia que solía venir eran Emilio Pallás, René y sus dos hijos Jos y Emilio, lo que era un lujo para los críos que estábamos por allí pues nos abastecían de flotadores hechos con las cámaras de las ruedas de motos, coches y alguna enorme de camión. Pallás les quitaba las válvula para que no nos hiciéramos daño y sellaba el agujero con el buen hacer de un gran profesional de las ruedas.

Nos juntábamos también con Paco el relojero y su familia, Teresa, su hija Tere y sus dos hermanos pequeños, Jesús Maza, Nati su mujer y sus hijas Mª Rosa y Nati y otras familias de Sariñena y la Estación.

Quizás recuerde mejor a las familias que nombro porque la amistad, la complicidad y el cariño que surgió en aquella arboleda entre las chicas y chicos que nos reíamos y jugábamos juntos muchos domingos, se ha mantenido en todas las etapas de nuestra vida. Recuerdo, con el mismo cariño y la ternura que ella repartía siempre, a Tere, que se fue demasiado joven.

Acudían también otras familias de la Estación. Cuando venían los Sanclemente no hacía falta que lleváramos tomates, cebollas o pepinos para la ensalada y algún melón o sandía para el postre porque, al pasar por delante de su huerta, cogíamos para todos. Eso nos encantaba, primero porque no teníamos que llevar peso desde la Estación y luego porque todo estaba buenísimo por recién cogido, por natural y por el hambre que un día de baño al aire libre nos levantaba.

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Una vez colocado todo, era la hora de bañarse en la “badina de la piedra”, debíamos cruzar el río delante de la arboleda, en esa parte  llevaba poca agua pero había muchas piedras, muchos cantos rodados de todos los tamaños, así que íbamos muy despacio y con mucho cuidado para no caernos, y así acercarnos a la badina que estaba a unos doscientos metros del puente de la vía, el sitio era además de bonito muy singular porque saludábamos con entrega a todos los trenes que pasaban por el puente y porque en esa badina aprendimos todos a nadar y a tirarnos de todas las formas posibles al agua.

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El hambre que teníamos al acabar la sesión de baño era tremenda, en la arboleda nos esperaba una buena ensalada, carne rebozada, tortilla de patata y una buena tajada de melón.  Otras veces hacían fuego, la leña no faltaba por los alrededores, y allí se cocía poco a poco una buena caldereta de cordero o conejo que nos encantaba. A algunos les gustaba comer a rancho directamente de la cazuela y a los críos nos la repartían en plato para controlar lo que comíamos. Ni que decir tiene que los platos quedaban limpios. Así era mejor, porque aquellos platos de metal había que fregarlos junto a la cazuela con la arena del río.

Recuerdo la arboleda siempre limpia, era la época que todo se aprovechaba y todo se recogía, la comida venía en fiambreras, la bebida en botellas retornables y lo metíamos todo en cestas o capazos, el uso de los plásticos aún no era muy habitual y si había restos orgánicos los tirábamos lejos, seguro que algún conejo, ratón o jabalí acabaría con ellos.  Encendíamos fuego entre los árboles en plenos meses de verano y no recuerdo que nunca hubiera ningún incendio porque se tenía mucho cuidado. Nos gustaba mucho ese rincón que año tras año la naturaleza nos regalaba y que su dueño, Chabarriga, nunca puso objeción alguna para que lo utilizáramos.

Después los mayores se echaban la siesta con unas mantas o trozos de telas, o se quedaban charlando o jugando a las cartas a la sombra de los árboles y nosotros nos dedicábamos a buscar culebras, ranas, renacuajos en las charcas que hacía el río entre las piedras, nidos entre los arbustos, también nos gustaba jugar al escondite y escondernos entre los cañaverales, carrizos y tamarices.

Siempre se oía a alguna madre gritar: -¡¡ Ven!!  ¡qué te voy a dar crema! ¡¡qué te vas a poner malo con tanto sol!!- Daba igual embadurnarnos de Nivea para que no nos “quemáramos con el sol”, ese remedio según se ha demostrado en el futuro no era eficaz y siempre regresábamos rojos como tomates.

La vuelta a casa también era una odisea porque al atardecer y al lado de la acequia había verdaderas nubes de mosquitos, entonces arrancábamos cañas con sus hojas largas y verdes y con las uñas las rasgábamos a lo largo para hacernos espantamoscas, y con las últimas hojas de la caña nos hacíamos un chuflete.  Así que entre los improvisados antimosquitos, el ruido de los chufletes acompañados de las risas y el bullicio, no sé si espantábamos algún mosquito, pero no había gorrión que se acercara por muy atrevido que fuera.

Como volvíamos sin peso, nos gustaba mucho, si era la época, coger moras en las abundantes zarzas que había al lado de la vía del tren o caracoles al lado de los brazales y la acequia.

Esperábamos a nuestro regreso coincidir con algún tren que nos pasaba al lado lleno de pasajeros, les decíamos adiós saltando, gritando y braceando y con ese gesto despedíamos también el día porque al llegar a casa caíamos rendidos.

“La fija”

En el Barrio de la Estación llamábamos así a un lugar dónde estaban los depósitos que recogían agua de la acequia Valdera. Había una casa con una chimenea que albergaba un motor que bombeaba el agua hasta un tanque en el Barrio de la Estación. Este motor funcionaba con el mismo sistema que las máquinas de vapor del tren de aquella época, había que echar carbón y mantenerlo en marcha para que el agua llegara a su destino. Vicente Sanclemente me contaba que con solo diez años se pasaba allí muchos días echando carbón ayudando a su padre, Teodoro, que era mecánico de RENFE. Años después colocarían un motor más moderno que era eléctrico, pero cuando se estropeaba se volvía a usar el de carbón. Con esos motores, el primero era muy antiguo,  se llevaba el agua tan necesaria para el Cuarto Agentes, las máquinas de tren, los lavabos, y al final para todo el barrio. El carbón que se utilizaba se quemaba a medias y se acababa de quemar en las casas porque los vecinos del barrio iban allí a recogerlo. En esos tiempos se aprovechaba todo.

Vicente Sanclemente (hermano de Teodoro) era el guarda de “la fija”. Allí había una cama, más bien camastro, y a Vicente más de una noche le tocaba quedarse a dormir.  En una ocasión, cuando ya estaba durmiendo, oyó un tremendo ruido que lo despertó, salió con su lámpara de carburo a averiguar qué había pasado, entonces encontró una gran roca que se había desprendido de un lateral del terraplén y había caído en la vía, al tiempo oyó el pitido de un tren que se acercaba, corrió hacia el tren haciendo señales de stop con sus candilejas. El tren consiguió parar a pocos metros de la roca, el maquinista bajó y le dio un gran abrazo a Vicente. Mi padre nos contaba muchas veces este hecho con verdadero orgullo de amigo.

Asun Porta Murlanch

 

 

Carmen Mir Loscertales


Vital y dinámica, familiar y amiga de sus amigas y vecinas, una mujer fuerte que ha sacado adelante su familia. Una campeona del guiñote, gran aficionada y jugadora. Así es Carmen, siempre muy alegre que nos acerca la vida de antes con ese cariño de siempre, de sus tortas de cuchara, magdalenas y farinosos que nos daba para merendar de críos, cuando con su nieto Luis, parábamos para verla. Con su nieta Carolina descubrimos a Carmen, con muchas historias y otras muchas que quedan por contar. 

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Carolina y Carmen.

De casa  “La Droguera”, Carmen nació en Sariñena el 3 de septiembre de 1927, en la calle de los Ángeles. Su padre trabajó en la estación “siempre iba y venía”, recuerda Carmen. Su madre Rosa Loscertales Tierz natural de Lalueza, de casa Guallart, fue de buena casa aunque fue la pequeña y tuvo que buscarse la vida. Una vez en Sariñena, Rosa iba mucho a casa Moreno, allí jugaba a las cartas mientras Carmen saltaba a la comba y jugaba a las tabas con otras chicas. Rosa lavó para otras mujeres en Sariñena, “fue muy querida y trabajadora”. Ademas, Rosa vivía junto a su hermano Manuel que era padre de Santiago, Josefa “la del Romea” y Mª Carmen, que se criaron junto a ella, siendo primas hermanas de Carmen: “nos une un gran vinculo familiar”.

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Carmen Mir y Eugenia Palacio.

Fueron cinco hermanos en casa: Carmen, Fina, Manuel “El Cubano”, Antonio y Jesús. Carmen fue muy amiga de Carmen Santolaria, hermana del que después fue su marido, iban a jugar al solar donde luego hicieron la casa, por la calle Ronda san Francisco: “Éramos como hermanas, íbamos a bailar, a saltar a la comba…”. Carmen aprendió a coser en casa de Dolores “La Hermosa”, la mujer del barbero: “la barbería la tenía por la calle del Mercado”.

Carmen fue a la escuela muy poco, la guerra le pilló justo entonces y esta se interrumpió. Carmen recuerda la sirena y las campanas que avisaban de los bombardeos y tener que ir corriendo al refugio de Torres, donde se juntaban muchísima gente. A Carmen se le murió un hermano “Jugando con una pelota que resultó ser una bomba”.

Su abuelos Antonio Loscertales, “El Zumarro” y su mujer Carmen Tierz Marías celebraron antes de hora la entrada de los nacionales y rezagados republicanos los asesinaron cuando se retiraban. La casa familiar la escachó la aviación durante los bombardeos, así que después de la guerra se mudaron a casa de los abuelos a la calle Larosa. Allí se reunían mucho la familia y tiempos después en la casa de la calle del Horno, casa de su hermana Fina. Tras la guerra, el racionamiento fue vital: “Tanto tocaba por uno”.

“Esa casa siempre estaba con gente y todos recuerdan a mi tía Fina y a mi bisabuela Rosa  con mucho cariño por su cercanía y su generosidad de tener siempre la casa abierta”

 Carolina Santolaria Lafita

Carmen se casó muy joven, a los dieciocho años. A su marido lo conoció en el cine del teatro Romea, él se acercaba al gallinero para verla y estar cerca de ella. Su marido fue Francisco Santolaria Cazacarra, conocido por el apodo de “El Calistro”. Paco tenía campos y fue labrador, además de ir con los albañiles: “Iba con todos”. Francisco tuvo mulas y carro y con el tiempo fue encargado en “Pretensados Alcanadre”, haciendo vigas. Su hermana Luisa tuvo una pescadería por el callejón del Saco, donde actualmente se encuentra el bar La Lifara.

En casa tenían conejos, pollos, pavos y mucha huerta, hacían conserva, mermeladas, peras cocidas al vapor, tomate embotado… “Para todo el año, sobre todo para pasar el invierno”. Paco le hacía ir de joven al huerto para ayudar con las faenas, pero a Carmen no le gustaba mucho. Tuvieron tres hijos: Luis, Paco y Rosa. Cuando estaba embarazada del primero le mataron al suegro en la conservera: “Escondía la caza y debieron pensar que era un maqui, le dispararon”.

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Carmen y Abelina

Los domingos por la mañana iban al casino a tomar vermut. Iban al Casino con el Riau (que tuvo un bar), con Abelina, Marianeta, Carmen y Florentín (El Cartujano). Iban al cine y a bailar los domingos por la tarde, había orquestas y casi siempre la orquesta sariñenense Cobalto.

Se juntaban en las casas a merendar, tortas de casa y a jugar a las cartas. En verano por las noches a la fresca, en la calle se juntaban las vecinas y hablaban. Carmen ha sido una gran jugadora de cartas y con su compañera Abelina han ganado numerosos campeonatos de guiñote, tanto en la residencia como en el Casino. ¡¡Todas unas campeonas!!.

También Carmen ha tenido una grandísima amistad con su cuñada María Jesús, mujer de su hermano Manuel “El Cubano”, a quien recuerda con ternura porque eran los dos mayores: “Se supo buscar la vida”. Manuel regentó la tasca de “El Cubano”  siendo muy popular sus meriendas y él mismo. Allí han pasado alguna navidad todos juntos, al lado del hogar que estaba al final del local.

“La taberna de El Cubano venia  ya de su abuela Manuela por parte de su padre, que provenía de Alcolea, así  que tiene más de 100 años el bar”.

Carolina Santolaria Lafita

Carmen es muy familiar y muy querida por los suyos, amigas y vecinas. Su vida está llena de recuerdos y vivencias que con gran afecto nos ha transmitido, gracias Carmen. Y gracias a Carolina Santolaria Lafita, nieta de Carmen, que con su gran cariño y admiración a su abuela ha hecho posible esta entrevista.

José Casabón Peralta


José Casabón Peralta nació en Sariñena el 23 de diciembre de 1925. Descendiente de familia de herreros, su padre Eloy Casabón acabó siendo mecánico de automóviles, montando el taller familiar “Garajes Casabón”. Tras la guerra civil, la familia de José se vio obligada al exilio a Francia, del cual pudieron regresar con el tiempo y continuar con su vida y el negocio familiar. 

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A pesar del exilio, José pasó su infancia en Sariñena, jugando a los pitos y a las ingles, se ponían de cuclillas y saltaban por encima. Fue poco a la escuela, pues para la guerra tuvo que abandonarla. Siempre ha estado en el taller junto a su padre, de quien aprendió el oficio de mecánico. Su padre Eloy Casabón Tisaire comenzó trabajando en la herrería con su padre y hermano, pero a Eloy le gustaba mucho más la mecánica: “Arreglaba todo lo que podía”. Así que poco a poco fue aprendiendo mecánica, ya que en aquellos tiempos, en Sariñena, “Sólo había tres o cuatro coches”.

De zagal, Eloy se encargaba de llevar unos cinco litros de combustible a la avioneta que fotografiaba el terreno y que repostaba en la cabañera. Un día aquella avioneta se averió “Eloy la evaluó y le dijo al piloto que si quería la arreglaba”. El piloto sorprendido se rio, pero Eloy le matizó –Eso es la magneto-, a lo que el piloto le respondió -Pues oye, ¡arréglala!- . Finalmente, Eloy la desmontó y la llevó a Huesca para que la arreglasen, mientras aprovecho para estudiar la avioneta, su mecánica, hasta que la pieza regresó. Eloy la montó y la avioneta volvió a volar, entonces Eloy era muy joven.

José siempre ha estado con su padre en el taller, detrás de él aprendiendo todo lo que sabía. Eloy ponía unos tarugos en los pedales de un automóvil y mientras se subía en el estribo enseñaba a conducir a José. En el taller tenían un coche para alquilar, aquel era el que conducía José hasta que aprendió y tuvieron que comprar otro para alquilar.

El primer taller lo montó Eloy camino del río, al principio de la salida de Sariñena a mano derecha, en un pajar grande de un amigo junto a la fábrica de gaseosas de Masueras. Cuando evacuaron Sariñena durante la guerra, su padre se llevó todo lo que pudo del taller y de la casa en un camión, la familia tuvo que abandonar España. De alguna manera, Eloy trató de salvar su medio de vida, la forma de ganarse la vida de la que dependía su familia, pero cuando pasaron a Francia por Sallent, en la frontera tuvo que bascular el camión y abandonarlo todo.

José tenía un hermano y dos hermanas. A Eloy lo cogieron y lo llevaron a un campo de concentración, mientras a ellos se los llevaron a un refugio para mujeres, niñas y niños. Sus hermanas se pusieron a trabajar en una fábrica textil, de hilaturas, y ellos fueron a la escuela, eran los más pequeños. Cuando José cumplió la edad tuvo que dejar la escuela, allí estuvieron cuatro años hasta que alquilaron una casa. Afortunadamente Eloy conoció a un médico del campo que le ayudó a salir, se había puesto malo y le dijo que saliese “Que si no se iba a morir”, al final salió y pudo juntarse con su familia.

Antes, José había ido a buscar trabajo a un taller del pueblo, el dueño viajaba a Paris y cada semana traía dos coches para vender. Los traía en ferrocarril cada fin de semana, eran de la marca Sinca. Eloy fue a trabajar al taller cuando salió del campo frances.

Al tiempo se volvieron a Sariñena, aunque su padre tardó en volver por miedo y se quedó un tiempo más en Francia. En España, José realizó el servicio militar, se había sacado el carnet de conducir de segunda, y durante el servicio transportaba carbón en un camión en una mina en velilla de Cinca a la estación. En Sariñena José se casó con Aurelia Carpi, no han tenido hijos.

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Con su padre y un primo montaron de nuevo un taller en Sariñena, se llevaban muy bien y nunca discutían, así que con mucho trabajo y esfuerzo sacaron adelante “Garaje Casabón, Accesorios del Automóvil y Recambio Marías”. Arreglaban de todo, coches, camiones, tractores… y vendían tractores Barreiros. Gozaron de muy buena clientela y con mucho esfuerzo y trabajo sacaron adelante el taller. El taller estuvo en la avenida Huesca, luego hubo un garaje, con una puerta automática donde los críos se colgaban cuando se elevaba. El segundo taller se ubicó en la calle Gasset. Gracias a José por relatarnos su historia, la de un taller muy característico de la historia reciente de Sariñena, de una época de transición, de la tracción animal a los vehículos a motor, de los coches, tractores y camiones.

Un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

Virgilo Villanua Ainoza


Virgilio Villanua Ainoza, natural de Castejón de Monegros, nació el 26 de junio de 1912 y falleció el 14 de abril de 1993. Fue albañil, cantero, picador de piedra y danzante del dance de Castejón de Monegros. De la mano de José Luis Villanua, hijo de Virgilio, nos adentramos en su figura, recordando y reconociendo su impronta. También Martín Blecua Vitales plasma, en un sentido homenaje, la memoria de Virgilio, dedicando unas sentidas palabras que amablemente nos comparte y que tanto agradecemos.

 

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Virgilio Villanua Ainoza

 

Virgilio contrajo matrimonio con María Serrate Pueyo, también de Castejón de Monegros, una mujer que a los 14 años marchó a servir a Barcelona. A su vuelta conoció a Virgilio con quien se casó en seguida, un 22 de diciembre, se llevaban diez años. Con María, Virgilio tuvieron cuatro hijos: Tomas, José Luis, Pedro y Begoña, un quinto falleció al nacer. Virgilio trabajó de albañil adquiriendo maestría en el oficio de cantero y picador de piedra, trabajando en multitud de obras como las casas que hicieron para los jefes de obras del pantano de Sallen de Gállego, un arco en piedra picada a la salida sur del canal de los Monegros y en la pista de baile de Castejón de Monegros, lo que se denomina el frontón para jugar a la pelota de mano, que por detrás se puede ver qué es todo de piedra, desde el suelo hasta arriba y hecho totalmente por él, recuerda José Luis.

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Virgilio y María

“Era muy trabajador y muy buena persona” recuerda Blanca Villanua, nieta de Virgilio. Blanca inauguró la pila bautismal que realizó su abuelo en piedra para la iglesia de Castejón de Monegros. Gracias a Blanca por su trabajo, fotos, datos e información para hacer posible el presente artículo, demostrando el gran cariño que guarda a su abuelo. No obstante, Virgilio fue reconocido en vida y en su pueblo, en Castejón de Monegros, le realizaron dos homenajes, tanto el ayuntamiento en 1983 como el dance en 1992.

 

 

Así que recordamos a Virgilio Villanua Ainoza, poniendo en valor y honrando su extraordinaria figura que ha sido pilar fundamental en el dance de Castejón de Monegros, de nuestras tradiciones y raíces.

Virgilio, danzante de Castejón de Monegros.

El dance de Castejón de Monegros es uno de los más antiguos que se conservan en la actualidad. En un principio los danzantes solamente eran hombres, hasta que por unas cosas o por otras se perdió en el pueblo durante unos años. Se recuperó después con hombres y alguna mujer que se atrevió a danzar con ellos, hasta que los hombres terminaron dejándolo de lado y dejando paso a las mujeres, ellas son las que actualmente lo mantienen vivo y en activo. Además cuentan con la inestimable colaboración de una persona de Sariñena que ha puesto todo su interés y tiempo en ayudar a conservarlo, estoy hablando de Martín Blecua Vitales, buen gaitero y mejor persona (no hay quien lo ponga en duda).

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La relación entre Martín y Virgilio Villanúa, mi padre ya fallecido, comenzó cuando Martín era un chaval. En Castejón había danzantas pero no gaitero. Venia uno de La Almolda, pero el mozo tocaba de oído y las notas no las tenía muy claras. Un día propuso que el dance de Castejón danzara con mudanzas de La Almolda y fue entonces cuando Virgilio Villanúa se plantó y dijo que eso sí que no iba a ocurrir. Tuvieron sus palabras y acabó la relación.

Fue entonces cuando Enrique Pérez, que es un gran amigo de la familia, le dijo a mi padre que en Sariñena había un gaitero joven, si le interesaba…. Y a mi padre ¡¡¡tiempo le faltó!!!!. Se pusieron en contacto y empezaron los ensayos. Mi padre le tatareaba las mudanzas y Martin enseguida cogió el “tranquillo” y eso a Virgilio le ¡¡volvía loco!!. Martin era un crío, un  gaitero que tocaba las mudanzas con el arte con la que las tocaba… ¡Era una locura!. Mi padre quería mucho a Martín casi como a un hijo, supo darle aquello por lo que siempre había luchado.

Yo en mi niñez, como Rabadán de los danzantes, siempre me acuerdo que el primer gaitero que tocaba en Castejon fue también un chico de Sariñena, que también tocaba la gaita aragonesa, creo que se llamaba Domingo.

Yo como castejonero (aquí en Sariñena soy castejonero y en Castejón soy el de Sariñena… a estas alturas, no sé de donde soy). Bromas aparte, en mis recuerdos los mejores y únicos gaiteros que yo he conocido han sido los de Sariñena y por eso:

VIVA EL DANCE DE CASTEJON DE MONEGROS

VIVA EL DANCE DE SARIÑENA

Y VIVAN LOS GAITEROS QUE COLABORAN EN MANTENER VIVOS LOS DANCES

                                               José Luis Villanúa Serrate

Virgilio, cantero y picador de piedras

Virgilio fue toda su vida albañil y de ahí su afición y facilidad para picar piedra. Cuando él empezó con los tochos, bloques de cemento… pocos sabían trabajarlos y a él siempre le tocó manejarlos. Por su corpulencia no las podía manejar fácilmente pero tenía una gran habilidad, primero picándolas y haciéndoles cara y luego haciendo pared de piedra. Paredes que aún se conservan en perfecto estado.

En los montes de Castejon “abundaban” las canteras de piedra. Una piedra muy sana y que además, si sabias manejarla como hacia mi padre, se hacían obras de arte.

De sus últimos trabajos que hizo se conserva en la Iglesia de Castejon de Monegros una pila bautismal hecha íntegramente, desde la base hasta la pila.

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Bautizo de Blanca Villanua en la pila bautismal realizada por Virgilio. 

También hizo unas pilas para el agua bendita a la entrada de la Iglesia. Pero… como siempre tiene que haber un pero… el cura de entonces le dijo que si quería hacerse notar más que nadie en la Iglesia. Así que mi padre cogió tal rebote… que cogió las dos piletas de piedra picada y se las llevó a casa para comedero y bebedero de las gallinas del corral.

Otra de las obras de piedra que hizo fue por encargo de una antigua empresa de construcción de aquí, Albas- Huerva. Virgilio no era muy fuerte y las piedras que había que poner ahí pesaban lo suyo. Entonces le dijo a Manolo que le pusieran a alguien para ayudarle a darle la vuelta a las piedras: “Y, que si no  les parecía mal, le pusieran a una persona de Sariñena que también manejaba la piedra”. Le llevaron un hombre del que desconozco su nombre real, ya que siempre lo llamaban Casillas y por ese nombre lo conocíamos todos. Entre los dos hacían uno y así sacaron adelante el encargo.

 

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Se puede observar a día de hoy un ojo de buey hecho todo de piedra picada que se puede ver en la parte de detrás de la Iglesia. Vale la pena verlo. Ya que no es “moco de pavo” ya que las paredes de las iglesias son de unos 80 cm de ancho y para picar las piedras  y darles forma circular tiene su mérito y secreto. Así que desde aquí se merecen un recuerdo para Virgilio y Casillas por su buen trabajo.

José Luis Villanúa Serrate

A Virgilio Villanua, por Martín Blecua Vitales

Conocí a Virgilio Villanua un 26 de Julio de 1983, festividad de Santa Ana, Patrona de Castejón de Monegros. Aquel día, junto con Pedro Mir Tierz, habíamos ido a ver el Dance, que hacia su salida por las calles del pueblo en el rosario de la tarde. Nuestra intención era recopilar información para nuestro libro La Gaita de Boto en Aragón; sacar fotografías; hablar con nuestro amigo y gaitero Mariano Labat Pinós y con Simeón Serrate que era el actual Mayoral del Dance de Castejón.

Terminado el Rosario, nos reunimos con ellos en un bar de la localidad donde los danzantes estaban tomándose un refresco, transcurrido un rato se acercó a nuestra mesa un señor menudo que muy respetuosamente y tras presentarse, nos preguntó si éramos nosotros los gaiteros de Sariñena que le habían dicho que estaban en el pueblo, tras la respuesta afirmativa, se interesó por saber si la gaita que nosotros tocábamos era la Aragonesa, como la que tocaba Vicente Capitán. Aquel hombre menudo, resulto ser Virgilio Villanua, ultimo Mayoral del dance de Castejón antes de su recuperación en los años setenta.

Por un casual, llevábamos en el coche una de las gaitas que nos regaló el lutier francés Marcel Gastellu Etchegorry, se la mostramos y nos pidió si podíamos tocar algo, y si conocíamos la mudanza de la Zarza. Toque la melodía que tenemos en Sariñena con el mismo nombre, que resultó ser muy parecida a la de Castejón, tras escucharla, abriendo un poco los brazos y con la emoción reflejada en sus ojos y en su voz, nos dijo: “Esto sí, esto sí, creía que no volvería a escucharla nunca”.

Quedamos en hablar otro día a solas con él y pasadas las fiestas patronales, una tarde en su casa pudimos grabar en cassette todas las melodías del dance de Castejón, llevándonos una gran sorpresa por la cantidad de ellas, muchas de las cuales no se danzaban desde hacía muchos años, y otras que solo las conocíamos de oídas.

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Martín con José Luis, Blanca y Pablo.

El Tío Virgilio, hombre afable, al que le gustaban las cosas bien hechas, como amante del dance era exigente en la ejecución del mismo, su abuelo Blas fue gaitero de Castejón, durante los años que fue Mayoral acogía en su casa al gaitero de Sariñena Vicente Capitán, era lógico su gran conocimiento en el repertorio de mudanzas tanto del pueblo como de otros lugares.

Cuando en 1984 empecé a tocar el dance, se comportó conmigo como Mayoral, y siguiendo la tradición, junto con su esposa María  se me acogió en su casa como uno más de la familia, me acompañaba a los ensayos, donde el grupo de Dance demostraba un gran respeto hacia él y propició la recuperación de mudanzas olvidadas durante muchos años.

Virgilio Villanua es un personaje, que por haber realizado una actividad normal y habitual en Castejon, como es ser Mayoral del Dance, no se le ha dado la importancia que realmente merece, pues gran parte del patrimonio cultural del Dance Catejonero la tiene gracias a él.

Yo como gaitero, me siento orgulloso de haber podido ser el receptor y trasmisor de toda la sabiduría que atesoraba el Tío Virgilio; agradecido de poder gozar de su amistad y que hoy tiene continuidad con su familia y después de tantos años, seguir siendo gaitero del Dance de Castejón sintiéndome un Castejonero más.