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Francisco Amador Mene y Rosa Lacambra Taira


Francisco Amador Mene, de familia de agricultores, nació en Zaragoza en 1933, aunque siempre ha sido y ha vivido en Alcubierre. Rosa Lacambra Taira también nació fuera, en Barcelona en 1937, aunque su familia también era de Alcubierre, localidad a la que regresaron tras la guerra. A través de ellos recorremos parte reciente de la historia de Alcubierre y de su sierra.

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Francisco estudió en la escuela de Alcubierre -Entonces había unos 90 alumnos en la escuela-. Había dos colegios en Alcubierre, uno de chicas con dos clases, donde actualmente está el centro médico, y otro de chicos, donde se encuentra la farmacia; contaba con dos cursos.

Paco vivió la guerra civil y recuerda cuando se retiraron las tropas republicanas -muchos se refugiaron en las casetas del monte-. La familia de Paco se refugió en la paridera de saso Cabero, en el corral de Lasheras. Desde allí veían como bajaban todos los milicianos retirándose hacía Lanaja. Dos milicianos se detuvieron en la paridera y llamaron a la puerta: -Salgan fuera o le prenderemos fuego al pajar-, gritaron los milicianos.  Dentro estaban cuatro o cinco familias y gracias a la actuación de su tío consiguieron disuadirlos -No tenía ningún sentido, éramos familias y las tropas nacionales pronto iban a ocupar la zona-. El tío acabó convenciéndoles para que marcharan -¡Hombre, por favor, no hagan una cosa de estas!-. Tardaron en volver al pueblo, hasta que el grueso del ejército del bando nacional continuó su avance.

Paco, como conocen en Alcubierre a Francisco, recuerda como tras la guerra hacían instrucción en la era Ruata y en la escuela cantaban el Cara al Sol. Hubo interrogatorios en la planta alta del ayuntamiento e incluso un hombre se tiró por la ventana, suicidándose, para no ser torturado. Algunos fueron obligados a ir a limpiar los váteres a las casas ricas.

El ayuntamiento de Alcubierre, cuenta Paco, se construyó en 1896 -Fueron años malos y el gobernador Alvarado destinó dineros para hacer el ayuntamiento-. También fue un año muy malo 1945 y el gobernador de entonces incentivó Alcubierre con la construcción del barrio nuevo -Cada semana iba a trabajar uno de cada familia, así se repartía el trabajo que tan necesario era-. Por suerte, el año siguiente (1946) fue muy bueno.

En verano iban a remojarse las cuadrillas a las balsas, nadaban en la balsa de monte viejo, donde está el pequeño pantano (El Pantaner). Un día, el tío Nogues les encarrañó -Cogimos la ropa como pudimos y escapamos corriendo desnudos-.

-Por donde la granja de Franchón estaba el Chorro de la botija, el agua bajaba del barranco y corría un buen chorro de agua, allí se iba a lavar la lana -. Entonces, cuentan Paco y Rosa,  todas las lomas estaban peladas y enseguida bajaba agua cuando llovía -¡Qué viene barrancada!-, decían. -En una ocasión, en casa de Antonio Ramón el agua llegó hasta el balcón en una barrancada, recuerda Paco. -Por el barranco del Piojo bajaba mucha agua, atravesaba parte del pueblo y el tío Pascual tenía que colocar dos tablones para pasar la calle. Antes llovía mucho, incluso se ponían tajaderas en las puertas de las casas para que no entrase el agua-.

Para desviar el agua, del barranco del Piojo, había un badén en la antigua carretera, los autos tenían que aflojar mucho y los chicos aprovechaban para subirse a las escaleretas del coche correo de línea. El coche venía de Tardienta, era la línea de Huesca a Lanaja. También estaba el coche que venía desde Zaragoza. Desde Robres, el coche ascendía la cuesta de El Tollo, le costaba mucho subir, así que iba muy despacio, circunstancia que los zagales también aprovechaban para subirse a las escaleretas del coche. -El coche iba tan lento y era tan viejo que una vez Juanito se bajó antes de la subida y le dijo al chofer-arriba te espero, que voy a mear-.

De críos les gustaba patinar en la balsa cuando en invierno helaba, hasta cruzaban la balsa con la bicicleta -Se formaba hasta un palmo de hielo-. Lo hacían en la balsa grande y pequeña, eran las balsas para el ganado. Al lado del silo estaba el Balsón, donde se iba a buscar agua para beber –Antes se iba a buscar agua con pozales-. -Desde la balsa de Valmediana se llevó una tubería hasta una fuente del pueblo, fue durante la república. En la calle había un pozo manantial, el pozo el Hospital-.

Hasta más o menos 1950 nevaba mucho, comenta Paco y Rosa -En el 46 cayó una nevada de más de un metro de nieve, la gente salió a quitar la nieve de El Tollo para que llegase el coche de línea-.

Se hacían bailes los domingos por la tarde, las fiestas de Navidad, la pascua y las mayores de Santa Ana. Incluso llegaron a haber dos bailes y se traían orquestas, el salón de Padrilla y el granero de casa L´Angela. Entonces se iba a comer y beber por las casas, se cantaban jotas y se bebía vino, -nada más que vino-. En Alcubierre, aunque no había huerta había mucha viña. -De quintos se hacían trastadas, se daba la vuelta a los carros, movían las macetas…-.

En casa Ruata había tres pastores y tres rebadanes -Había mucho ganado-. Existía la Bicera, un rebaño solamente de cabras  que lo componía hasta unas doscientas cabras. Se juntaban en la plaza de las Cabras, la plaza de la Virgen del remedio -Entonces se bebía mucha leche de cabra.

A la sierra subían con caballerías a los corrales, subían con mulos y carros de dos ruedas -Subir costaba unas tres hora-. Había muy pocos pinos, casi no había, terrancos. Había sabinas, comenta Paco, sobretodo había oído que había muchas por la zona de Monteoscuro.

Sierra Alcubierre

Sierra de Alcubierre con localización incendio de 1945.

 En 1945 hubo un gran incendio en la sierra de Alcubierre, el fuego comenzó en la zona del Peaje, cerca de San Caprasio, en la huega entre los montes de Alcubierre, Lanaja y Farlete. El fuego avanzó muchísimo hacia el noroeste, hasta cerca de Lomagorda, monte de Lanaja. Se quemó mucho terreno y se tuvieron que realizar repoblaciones.

Luego vinieron años muy malos y gracias a las repoblaciones hubo trabajo (Repoblaciones en la sierra de Alcubierre). En la zona de la balsa de las Piedras se instaló un vivero y actualmente aún queda la caseta de los forestales. Trabajaban unas doscientas personas. Paco subía andando desde Alcubierre hasta san Caprasio, tenía unos 18 años, sería el año 1951. De forestal estaba Adrián, era algo loco. Salían de Alcubierre a las cinco de la mañana para comenzar la jornada de trabajo a las ocho, por las faldas de san Caprasio. Los de Robres venían en bicicleta. Trabajaban ocho horas y luego se volvían para el pueblo.

Domingo el de Calavera, en la balsa Pina, cuando rayaba el alba decía -Pronto lloverá-, veía el destello del alba que anunciaba lluvias.  Alberto Lasheras, cómplice de esta entrevista, recuerda un refrán que decían cuando giraba la veleta de la torre por el vierto y se veían las nubes venir de Pina: “El agua de Pina, llena la badina”.

A jada ahoyaban, iban haciendo los agujeros hasta que cambiaba el tiempo en invierno y se comenzaba con la plantación. La planta se traía desde Huesca con un camión y se descargaba en el vivero de la balsa de las Piedras. Después, con un burro se subía a las lomas donde se estaba trabajando. Se llevaba en los esportones de los burros.

También venía gente de Lanaja, se quedaban a dormir en la sierra ya que tenían mucha distancia. En verano, por los taludes, ponían lazos para cazar conejos pues entonces había mucho.

Para los trabajos agrícolas la gente se quedaba en los corrales -subían hasta las gallinas-. En Valmayor había muchos corrales, el de Arazo, el Sorder, el de la Ángela, el Calavera (por los hondos de Valmayor), los de casa Camilo, caseta el Bonico… No dejaban hacer leña de pino, no se podía cortar hasta que comenzaron a dar lotes de unos tres pinos cada uno. Los marcaba el forestal, primero Adrián y luego el de Cuarte. Los lotes los hacían por Loma Gorda y los arrastraban con mulas. Acabaron sacando leñas de la zona de Cinacorba, una de las partes altas. Por la zona de Las Labaneras estuvieron aclareciendo, con el forestal Luis Madorrán.

-Paco de las Carrascas, barranco el Hambre, barranco de san Caprasio, la Plana…- muchos lugares recuerda paco y Rosa. -El manantial de la Fontaneta, donde el agua es muy salada y no se podía beber, en cambio, el agua de pozo Pablico, subiendo a la sierra, sí que se bebía-. A Valmediano, por Monte Viejo, se iba a buscar agua hasta que se enronó. Su padre llegó a ver lobos, estaba la casa del tío Matalobos.

Subían de romería a san Caprasio. Una vez subieron un piano para la fiesta, lo tocó el abuelo de Alberto Lasheras. Se subía en carros, con mulas y burros. Con el tiempo comenzaron a subir en tractores y montados hasta en alguna traella y arrastrando un pino para hacer polvareda. En otra ocasión subieron en un camión y en una faja plana bulcaron. -Han pasado muchas cosas pero por suerte nada grave-. Al santo lo llegaron a bajar y subir en hombros entre cuatro, fueron unas veces excepcionales –lo que nos cansemos-. Una vez bajaron al santo debido a una rogativa para pedir lluvia y en otra ocasión para su rehabilitación.

Para la vieja Remolona, tradición de Alcubierre, recogían huevos por las casas y poca cosa más. Con lo que recogían, les hacían una gran tortilla de patatas para merendar, luego chocolate y torta de cacerola. La Petreta les vestía bien maja la vieja remolona y les hacía la merienda. -Antes había pique para haber cuál era la primera cuadrilla que salía a pedir por el pueblo-.

En la calle vivían 100 personas y ahora apenas 20, Paco y Rosa han conocido tres generaciones. Ha trabajado en el campo pero también en un taller y de albañil, formaron un grupo de albañiles mientras uno se encargaba de las tierras. Se hicieron Agrupación Agrícola.

Estuvo trabajando en la instalación del sagrado corazón de Jesús de Alcubierre, recogían las piedras con caballerías en Valdelumbierre, luego con tractor y remolque. Las piezas las descargaron en la virgen del remedio y las subían con un carro y un macho. La grava y la arena la traían de Torres de Barbués, con un carro y un tractor con pala.

Lo montó el albañil Escanero de Lanaja con andamios y una grúa. El Jesús Redentor llegó desmontado, por piezas, y se guardó en la antigua cárcel. Una fuerte airera casi tiró todo el andamiaje, daba miedo, tuvieron que atar todo con sogas.

Gracias a Albero Lasheras Taira por hacer posible esta entrevista que, de la mano de Paco y Rosa, nos ha trasladado a la vida de antes en Alcubierre y parte de la historia de la sierra que tanta vida tuvo antaño.

Diario distópico de Los Monegros


Caseta

Día 0 antes del aislamiento.

Los primeros días decían que el virus estaría de paso, seguramente viajaría por la nacional II y con suerte solo se detendría por alguna de las áreas de descanso de Bujaraloz o Peñalba, tomaría un café y continuaría de nuevo con su infeccioso viaje. Simplemente estaría de paso.

Aquí, en Los Monegros, no suele venir mucha gente, así que parecía un lugar seguro. La situación parecía controlada, pero las noticias no pararon de alarmar, en Madrid se estaba haciendo fuerte y pronto iban a tomar medidas muy duras por todo el país. El virus se estaba extendiendo.

Aurora bajó pronto a Sariñena, era sábado, un 14 de marzo del 2020. Al aproximarse a la tienda observó gran cantidad de gente que se encontraba agolpada en el interior. Había de todos los pueblos y muchos habían vuelto desde las ciudades a refugiarse, salían con los carros repletos, estaban acaparándolo todo. El riesgo de contagio era muy alto.

Aurora volvió al pueblo sin la compra y sin perder un segundo se reunió con su marido. Antonio estaba con ella, cogieron a sus tres hijos y a la abuela María y les comunicaron su decisión: Se iban a refugiar todos en la antigua caseta del monte.

Prepararon todo, cargaron alimentos en la furgoneta, enseres de cocina, colchones, mantas ropa, herramientas, libros, cuadernos, lápices y bolígrafos, pozales y tinajas llenas de agua… y la muñeca de Elisa, la pequeña de los tres hermanos. Incluso en el remolque subieron las gallinas, unos tres cerdos y a Mallacán, un perro Beagle joven y vital que no paraba de correr y que costó lo suyo subir al carro.

Partieron antes del anochecer, con el tiempo justo de acomodar la vieja caseta, recoger algo de leña, encender el fuego, cenar caliente y acostarse.

Día 1 de aislamiento, 15 de marzo del 2020.

Amanecieron en la caseta con los primeros rayos de sol entrando por la maltrecha ventana. La puerta tampoco andaba muy lejos, también dejaba pasar el aire y la luz y el tejado necesitaba una conveniente revisión. De manera que el tejado fue una prioridad, se avecinaban lluvias y había muchas cosas por hacer.

Pronto Antonio se puso manos a la obra, arreglando el tejado, colocando bien las tejas y cambiando las que estaban mal. Mientras, Aurora reconstruía algunas partes del corral para instalar bien las gallinas y tocinos. Le ayudaba Josete, el hijo mayor, mientras Clara, la mediana, se dedicaba a recoger leña junto a Elisa, que andaba distraída jugando con el imparable Mallacán.

A la hora de comer, la caseta ya se encontraba en orden y la abuela María había cocinado una riquísima sopa, -como  las de antes-, viejos sabores que le traían agradables recuerdos.

Por la tarde vieron como las nubes iban acechando y poco a poco todo se fue oscureciendo, amenazaba una gran tronada. No tardó la fuerte tormenta en aparecer, haciendo temblar la caseta, arreciando una gran airera que sacudía los pinos de la sierra como si fuesen a caer. Los relámpagos entraban por la aún maltrechas ventana y puerta. Todos se agruparon a la lumbre, la hoguera les daba luz y calor. Elisa sujetaba fuertemente su muñeca y el silencio se veía interrumpido por intermitentes y estrepitosos truenos. Josete atribuyó todo al cambio climático, mientras Clara veía una mano maligna para desestabilizar a China con el Covid-19, sin embargo para  Antonio todo eran tonterías. Aurora les interrumpió, no quería que la joven Elisa se asustase más y comenzó a tatarear una vieja canción que creía olvidada.

La abuela María no pudo evitar conmoverse de felicidad, ha vuelto a su niñez con sus padres y hermanos en la caseta que la vio nacer y donde ahora se encontraba con su hija Aurora, con Antonio el yerno y los nietos Josete, Clara y Elisa.

Pasada la tormenta la noche estuvo en calma. Se acostaron pronto sumiéndose en la profundidad de la noche hasta que un inesperado chillido irrumpió los serenos sueños. Era Elisa.

Día 2 de aislamiento, 16 de marzo del 2020.

El chillido de Elisa había despertado a todos pero en la caseta no se veía nada, el fuego del hogar había perdido vitalidad y apenas iluminaba; ninguno sabía lo que pasaba.

Aurora encendió una vela y el interior de la caseta se iluminó con sus sombras y penumbras. Elisa estaba de pie, agarrando su muñeca, la estrujaba, mientras un ratón chiquitín se encontraba acorralado por Mallacán. –No, atrás Mallacán- gritó Elisa –No le hagas daño-. Rápidamente Antonio agarró por el collar a Mallacán y lo empujó al otro lado de la caseta. Aquel momento lo aprovechó el escurridizo ratón y ágilmente desapareció a través de una pequeña grieta en la pared. Se había evitado una matanza segura.

Ratoncín, Elisa dijo que así se llamaría su nuevo amigo y lo iba a proteger frente al malvado, cruel y despiadado  Mallacán. Elisa estaba bastante enfadada con el joven Beagle y  aunque por la mañana la despertó muy alegremente, mantuvo su enfado durante unos largos, larguísimos cinco minutos.

El día apareció lluvioso y la familia no tuvo más remedio que permanecer dentro de la caseta. Confinados como estaban en el resto de las casas, continuaron realizando mejoras, arreglando la ventana y la puerta, resguardando bien las provisiones y el resto de utensilios y enseres.

También se dedicaron a la lectura o a pasar el rato mirando fijamente el fuego; alguna vez se asomaban por la puerta y salían corriendo a buscar algo de leña. Aprovecharon la lluvia para recoger agua, incluso Antonio fue a la pequeña balseta de la caseta para arreglar con la azada el abandonado sistema de captación de agua. Sin embargo, a Josete y Clara la falta de su teléfono móvil y el ordenador les empezaba a inquietar, no entendían como no estaban como los demás, en sus casas, como la gente normal, con agua, luz, internet y televisión.  Todo acabó en una bronca monumental. Elisa habría preferido la tormenta del día anterior, pero como siempre, la calma volvió tras la tempestad.

Cenaron con las malas caras de Josete y Clara, estaban mudos, refunfuñando de vez en cuando. Ni se reían con las muecas de Elisa, se enfadaban más.  La abuela María trataba de ser cuidadosa y amable, no sabía ser de otra manera.

No tardaron en recostarse pronto, al caer la luz poco o casi nada había que hacer. Elisa trató con todas sus fuerzas no quedarse dormida, con la mirada atenta esperando que Ratolín apareciese de nuevo. Miraba fijamente, sin distraerse, pero también pensando en lo que había escuchado decir a sus padres sin que se hubiesen dado cuenta: habían cerrado las fronteras, no dejaban salir a las calles e incluso en muchas tiendas había desabastecimiento. Prefirió no pensar en ello y permanecer atenta a que se dejase ver Ratolín con sus alegres ojillos. Pero Elisa cayó dormida, a pesar de las historias terribles que contaban sobre el virus y que Josete no escatimó en detallar, describiendo como a los infectados les aparecía un nuevo ojo en la frente, antenas en la cabeza y se volvían verdes como los marcianos.

Día 3 de aislamiento, 17 de marzo del 2020.

Los ladridos de Mallacán despertaron a toda la familia, Elisa en seguida temió por Ratolín e inmediatamente se puso a chillar. Antonio tropezó al tratar de coger a Mallacán y cayó al suelo llevándose a Clara con él. Al fin, Aurora consiguió encender la luz y ver el desorden en que se había convertido todo. Clara lloraba al haberse lastimado un poco la pierna, Josete trataba de ayudar a Antonio a levantarse y por poco se caen los dos. Entre tanta confusión, Elisa continuaba con sus chillidos.

Mallacán no gritaba por Ratolín, era por algo que había escuchado afuera. -Quizá sea alguna ave nocturna, una lechuza o un búho-, dijo Clara, aún magullada por el golpe. Aurora abrió la puerta de la caseta y miró al exterior, después salieron todos menos la abuela María que no paraba de advertir que tuviesen cuidado. Sin darse casi cuenta, Mallacán salió disparado perdiéndose en la oscuridad, con sus fuertes ladridos. Elisa se asustó y comenzó a llamar a Mallacán, todos se sumaron a llamarlo, pero Mallacán no volvía; tampoco lo veían ni podían ir a buscarlo entre tanta oscuridad. Elisa comenzó a llorar a la vez que continuaba llamando desesperadamente a Mallacán. Hasta que de repente, entre la oscuridad, de la misma manera que había desaparecido, volvió Mallacán a aparecer. -¡Mecachis!- Elisa lo abrazó con fuerza mientras Mallacán movía alegremente la cola. Todos regresaron a la caseta, reprendiendo y a la vez acariciando al atrevido Mallacán.

Por la mañana simplemente el día goteaba un poco, los romeros, el tomillo, las aliagas… estaban en flor, los aromas embriagaban y los cantos de los pajarillos alegraban el amanecer. Clara descubrió unas pisadas, no eran las de Mallacán, eran muy parecidas pero no coincidían con la del joven Beagle. Josete encontró cerca otro rastro, eran unos excrementos sobre una piedra, debían de ser de una rabosa que había estado merodeando por la noche. -Por eso había ladrado Mallacán- exclamó Clara.

Tras la presencia de la rabosa había que reforzar el corral, proteger las gallinas y levantar más la tapia. La familia se puso en ello, fueron trayendo y colocando piedras en el muro. Tenían que tener cuidado al levantar cada piedra del suelo, debajo podía aparecer un alacrán y picar.  El espinguitero de Josete le dijo a Elisa que si le picaba un alacrán le transmitiría el virus y se volvería verde. Elisa dejó de coger piedras y se entretuvo jugando con Mallacán, no quería volverse una marciana.

Tras la cena, estuvieron un rato agrupados al calor del hogar, recordaron lo que había pasado por la madrugada, soltaron decenas y decenas de risas y carcajadas. Elisa también reía pero a la vez no dejaba de observar a su familia, tal vez alguno pudiera haber sido picado por un alacrán y pudiese comenzar a volverse verde.

Elisa pronto comenzó a caer rendida, cansada del duro día. En seguida se fue a dormir, colocando un poquer de grano para Ratolín, cerca de la grieta por la que había desaparecido por última vez. Trató con todas sus fuerzas de no quedarse dormida para poder ver de nuevo a su amigo, esperando que tampoco estuviese afectado por el virus y no fuese un ratón marciano.

Día 4 de aislamiento, 18 de marzo del 2020.

La noche por fin fue completamente tranquila, durmieron de un tirón y sin ningún sobresalto. En la vieja caseta se levantaron temprano, no sin antes remolonear al abrigo de los sacos de dormir. El día amaneció nublado, como los días anteriores, pero ya sin nada de lluvia. Alimentaron el fuego y se llevaron algo a la boca en forma de desayuno. Sin dilatar más el tiempo se dispusieron a trabajar.

Josete, Elisa y la abuela fueron a buscar agua a la balseta, es lo que la abuela había hecho desde su niñez hasta que llegó el agua corriente a las casas. Iban con pozales y cantaros sobre sus cabezas, casi todos los días acudían a buscar agua a la balsa, para beber, asearse, fregar, lavar la ropa… -No fuiste a la escuela, abuela- preguntó Josete, -Entonces a la escuela se iba poco, había que ayudar en casa- respondió la abuela. Además de ir a buscar agua a la balsa, María les contó muchas de las cosas que hacía de pequeña: ayudaba con todas las faenas de casa, cocinar, fregar, lavar la ropa, cuidar a sus hermanos y además atendía los animales del corral, iba a la siega, cogía esparto, hacía sogueta… -¿Sogueta?- pregunto extrañada Elisa sin saber qué era -Ya te contaré- contestó la abuela –Aura vamos pa la balseta a coger agua, que no tenemos toda la mañana-.

Elisa nunca se había imaginado que la abuela hubiese hecho tantas cosas, incluso era capaz de hacer las más sabrosísimas croquetas, unos súper peducos de lana para ir por casa y unas cosquilletas o bufadetas y pedorretas insufribles por la pancha y el melico. Sin lugar a duda, era una híper mega súper abuela.

Todos continuaron haciendo muchas faenas hasta la hora de comer, luego se permitieron descansar un ratico.

Esquilas, sin esperarlo comenzaron a escuchar esquilas de un rebaño y el balido de ovejas y cabras. Así fue, un rebaño de una doscientas cabezas comenzó a asomar tras la loma. Ya era por la tarde y el pastor recogía el rebaño para que no se le echase la noche. Aurora y Antonio conocían al pastor, era del pueblo. Hablaron un rato con el pastor y consiguieron que les dejase unas cuatro cabras para leche y un choto, -Cuando todo pase te las devolveremos, prometió Antonio. Federico, el pastor, marchó cabeceando y exclamando –Dura, muy dura va a ser esta batalla, ¡Qué os vaya bien!-. Entre tanto, Clara tuvo que sujetar a Mallacán para que no se abalanzase sobre las ovejas.

A Elisa la situación le comenzaba a intrigar demasiado, Federico había comentado que hacía días que habían movilizado el ejército  por todo el país y la gente permanecía confinada en sus casas, la situación era muy preocupante. El ataque del virus alienígena era una terrible amenaza, se estaban librando grandes batallas por todo el mundo y había que estar preparados. Elisa se durmió urgiendo un plan contra los extraterrestres: volverse invisible.

Día 5 de aislamiento, 19 de marzo del 2020.

A media noche Elisa despertó decidida a poner en práctica su arduo plan contra los extraterrestres y sin contemplaciones se puso manos a la obra para hacerse invisible. Aunque lo pensó mejor y vio que no era suficiente con hacerse solamente ella invisible, debía de hacerlo extensible a toda la familia.

Al alba, una ligera boira cubría el horizonte y, aunque el gorjeo de los gurriones alegraba la mañana, el invierno resistía a marcharse. Pero ¿Qué pasó con el plan de Elisa? ¿Había hecho a su familia invisible?.

La familia despertó con un sobresalto al contemplarse los unos a los otros, quedándose perplejos, turulatos y patidifusos; todos menos Elisa, la única que no puso cara de sorpresa. Tal vez, por algo todos la miraron con aires acusatorios, sabiendo que ella era la responsable. Ante tal inesperada sorpresa, flipe y alucine, no pudieron dejar de desternillarse, descuajaringarse y troncharse de risa. Pero esto, claramente, para nada iba a quedar así y una buena carrañada planeaba sobre Elisa.

Todos llevaban la cara pintada de verde y un tercer ojo en la frente, Elisa les había transformado en marcianos –Así el virus no nos atacará!-, era la mejor forma de volverse invisibles al virus –Ahora somos marcianitos y pensaran que somos de los suyos-, pero el resto de la familia no la tomaron en serio. Todos acabaron restregándose la pintura de la cara a pesar del fastidio de Elisa, pues en vano se resistió a quitarse la pintura. Pero lo peor de todo es que le confiscaron las pinturas, no habían entendido el plan de Elisa, eran unos irresponsables y sus vidas estaban en peligro.

El sol por fin apareció y dejó atrás la ligera boira. Tuvieron que ir a buscar mucha más agua, se estaba convirtiendo en una rutina pero hoy era mucho más necesaria, habían gastado mucha para lavarse la cara. A Josete aún se le marcaba el tercer ojo, logrando la burla y recochineo de Elisa y Clara durante toda la mañana.  –Así nos aseábamos antes, calentábamos el agua al fuego y luego nos íbamos aseando poco a poco con el agua y a los más pequeños dentro de un barreño- contó la abuela, -Ahora vivimos como tú antes, abuela- respondió Clara y así es, nunca María había imaginado terminar viviendo en la vieja caseta con sus nietos.

Cocinar lento al fuego del hogar, lavar la ropa y secarla al aire libre, alimentar las gallinas, coger los huevos, sacar a pastar y ramonear a las cabras, ir a buscar leña… todo obligaba a ir realizando faena tras faena. Pero hoy había una novedad, había que ordeñar las cabras. Las colocaron una a una sobre un altero, les limpiaron con agua tibia las ubres y luego las ordeñaron cuidadosamente depositando la leche sobre un pozal. Colaron y guardaron la leche para hervirla varias veces antes de consumirla. Todos bebieron un poco de leche de cabra antes de acostarse a dormir.

Elisa se acostó sabiendo que su plan había fracasado, era una pena, pero lo mejor era que habían sobrevivido un día más al letal virus alienígena. -¡Ay!-, había caído en cuenta que hace tiempo que no sabía nada de Ratolín y el grano que había dejado aún estaba. Se quedó contemplando la grieta pero el sueño le venció sin llegar a ver a Ratolín.

Día 6 de aislamiento, 20 de marzo del 2020.

Ratolín había salido de su escondite, olisqueaba todo y poco a poco fue acercándose al puñado de comida que Elisa había depositado sobre el suelo. Justamente Elisa abrió los ojos y lo contempló por un instante hasta que Ratolín se esfumó al advertir su presencia. Por un momento se habían mirado directamente a los ojos, una mirada inocente y fugaz, pero que bastaba a Elisa para saber que verdaderamente era su amigo. Y suerte que, por esta vez, Mallacán no se había enterado.

La primavera había llegado. Amaneció el día despejado, al principio algo frío pero fue mejorando a la vez que el sol transcurría a través del horizonte. Esta vez desayunaron leche de cabra. La leche de cabra era rara, tenía un sabor diferente pero no había otra, así que tenían que ir acostumbrándose. Había que habituarse a muchas cosas nuevas, no había baño ni forma de ducharse, tenían una zona determinada, un aujero detrás de unas coscojas donde pichar y hacer asuntos mayores. Allí iban todos, todos menos Mallacán que lo hacía donde le venía en gana a pesar de las muchas carrañadas que se llevaba.

Las mañanas se estaban convirtiendo en una rutina de trabajos mientras que las tardes eran más libres, para jugar, pintar o leer. Elisa acababa agotada todas las mañanas y aquel mediodía se tumbó sobre la húmeda hierba. Mallacán había hecho lo mismo pero a la vez mordisqueaba un palo que, poquer a poquer, fue despedazando. Entre tanto las nubes flotaban en el cielo, con sus formas de seres y objetos, una se parecía a Ratolín y otra a la vieja cafetera de la abuela -¡Qué bonitas son las nubes!-, pensó para sí misma Elisa.

Ovnis

No, no podía ser, unas nubes parecían platillos volantes, trataban de confundirse con las nubes, pero Elisa no iba a caer en esa trampa. Los llamó a todos y les señaló los ovnis, los había desenmascarado. –A la caseta, a la caseta a esconderse- gritó Elisa mientras su familia, siguiéndole el juego, obedeció apresuradamente. Allí permanecieron ocultos hasta que Elisa comprobó que el peligro había desaparecido, se había pintado la cara de verde y un tercer ojo en la frente, le faltaba la antena, pero corrió con ese riesgo y se asomó a través de la ranura de la puerta. Minuciosamente comprobó como las nubes alienígenas habían desaparecido y felizmente todos pudieron salir seguros y en calma.

La tarde fue tranquila, al resguardo de la caseta y el calor del hogar. María lavó a Elisa cuidadosamente y luego le cepilló el cabello detenidamente. Tras la cena estuvieron hablando de muchas cosas, de cómo irían las cosas por el pueblo y si todos estarían bien. Pronto Elisa se fue a dormir, pensando que no podía quedarse con los brazos cruzados, tenía que hacer algo para mantener a salvo a su familia. Sabía que tenía que tramar un plan, pues esos malditos marcianos no iban a ganar.

Distopico

Día 7 de aislamiento, 21 de marzo del 2020.

Los días de aislamiento comenzaban a causar desánimo en la familia, después de todo habían desconectado socialmente y tecnológicamente del resto del mundo, sin ningún tipo de noticias por teléfono móvil, internet, televisión, radio o prensa y sin contacto con familiares, amigos o vecinos. No obstante, si bien se habían aislado completamente, podían gozar de una comedida libertad en plena naturaleza. Resulta una vuelta atrás, a la vida de sus antepasados, renunciando a las comodidades de hoy en día pero con la esencia de la condición humana, de valorar lo verdaderamente importante y sustancial, de estar juntos en familia. Una forma de vida plenamente ligada a la naturaleza, a las raíces profundas de los saberes y cultura ancestral que nos han acompañado y definido durante siglos.

Amadrugó el 21 de marzo en pleno equinoccio de primavera, a partir de ahora los días iban a alargar. Las cebada estaban preciosas, crecidas y vigorosas, frondosas y verdes; la abuela decía que este año iba a ver una gran cosecha. Cerca de la balsa, por los margüines salían rojos ababoles y florecillas blancas y otras amarillas. Revoloteaban las mariposas y una marieta centró la atención de Elisa, era una mariquita roja de siete puntos negros. Elisa se encontraba bajo una sabina, una de las muchas que salpican Los Monegros. Una piedra blanca, completamente blanca llamó su atención, era preciosa.

Elisa le enseñó la piedra a su abuela -Es una piedra de yeso. Antes las recogían para cocerlas en un horno, luego las molían y de esta forma obtenían el yeso en polvo para construir-. Definitivamente, la yaya María sabía muchas cosas. –Para el horno empleaban de leña fajos de romero que ataban con un fencejo-. -¿Qué es un fencejo?- preguntó Elisa. –Es una sogueta, de esparto, servía para atar muchas cosas como las gabillas, fajos de cebada o trigo, durante la siega-.

De verdad que era una piedra muy bonita, blanca, brillante… y había muchas más, esta se la iba a guardar.

Por la noche, recogidos al calor del hogar la abuela contó algunas cosas más  sobre la sogueta, de la que curiosamente había un trozo en la misma caseta. -Recogían el esparto y luego hacían sogueta muchas mujeres y niños y niñas por las calles en verano o en las casas durante el invierno, al calor del hogar. -¡Cómo sufrían las manos!-, pero su elaboración ayudó mucho a salir adelante a las gentes humildes de Los Monegros. –Para evitar plagas en los frutales, en la noche de san Juan, se ataba un trozo de fencejo en el tronco y se hacía un ñudo- Era una especie de amuleto protector. Cumpliendo con las creencias antiguas y viejas supersticiones la familia decidió por unanimidad colocar en la puerta un trozo de sogueta viejo que había por la caseta a modo de objeto protector.

Era noche de luna menguante y próximamente habrá luna llena. Elisa ya contaba con un buen amuleto que le iba a asegurar protección, su piedra blanca y brillante de yeso. Igualmente contaban con el fencejo en la puerta de entrada de la caseta que la hacía inexpugnable frente al virus, alienígenas y otros seres malignos. Pero no había que bajar la guardia, la batalla iba a ser larga.

Día 8 de aislamiento, 22 de marzo del 2020.

La sabina se había convertido en su refugio particular, un lugar donde escaparse y jugar con su muñeca; era su rincón favorito. -La sabina era muy longeva-, contaba la abuela, -pueden alcanzar más de 500 años-. Elisa sentía su fuerza cuando abrazaba el tronco de la añosa sabina. Aparecen aisladas y en pequeños bosquetes –Son un relicto de antiguos bosques del periodo Messiniense o Mesiniano, hace entre 7,246 y 5,332 millones de años atrás- continuaba relatando la yaya. – ¡Uff, qué vértigo dan tantos años!- exclamó Elisa -¡Del año catapum!-. Pero una cosa tenía segura: la sabina era un árbol precioso, imponente y majestuoso. Había de dos tipos de sabinas, una era la albar, la más clara y abundante, con el fruto rojizo (gálbulo), y la otra la negral, que como bien dice su nombre es más oscura, con el fruto azul. La madera es muy aromática y antiguamente era quemada como incienso, con su olor resinoso intenso y agradable –Su olor ahuyenta a los insectos y hace huir a las serpientes-. -¿Y a los virus?-, preguntó Elisa –Seguro que sí- respondió la yaya María.

Elisa recogió ramillas secas de sabina, los fue guardando en una bolsa y a partir de ahora las irá arrojando al fuego una a una  cuando estén todos alredol del fogaril. La protección iba aumentando, había que hacer todo lo posible para evitar ser contagiados. Los virus alienígenas no iban a poder con Elisa y su familia. Asimismo, en ello coincidieron todos, la ramilla de sabina perfumaba maravillosamente la caseta.

El recorrido del sol comenzaba a ser familiar, solo con verlo ya sabían, más o menos, que hora del día era. La hora de comer era sagrada y solía coincidir con el sol en lo más alto.

Por la tarde, Elisa comenzó a subir a una pequeña colina desde la que divisaba un amplio territorio, desde allí vigilaba cualquier presencia, veía a rapaces surcar el cielo y olía el romero o el tremoncillo. Era como una atalaya o torre de vigilancia. Josete y Clara solían aprovechar las tardes para sus estudios y Elisa, aunque se escaqueaba bastante, también tenía que hacer sus tareas de estudio, leer y pintar.

Elisa ya tenía su sitio especial, un refugio seguro bajo la vieja sabina, fuertemente enraizada atestiguando el paso del tiempo, de sucesos, hechos y vicisitudes. Además, Elisa siempre llevaba consigo misma su amuleto, la blanca y brillante piedra de yeso. Al acostarse no olvidó de depositar, sobre el suelo, un puñado de grano para Ratolín, que aunque no lo viese, todas las noches salía para comer lo que, con mucho cariño, le dejaba.

Día 9 de aislamiento, 23 de marzo del 2020.

Ciertamente, la leche de cabra cada vez estaba más buena. Para ello tenían que ordeñar y sacar las cabras a pastar todos los días. A las cabras les gustaba trepar por la misma loma por donde Elisa había establecido su atalaya. No resultaba extraño, ya que se entretenían por el lado sur, donde había una mayor pendiente y por donde no dejaban ir a Elisa para evitar que se despeñase. Tampoco era tan patosa y la valiente Elisa se atrevía a deslizarse por una pendiente por donde se escurría de culos, a modo de esbarizaculos, hasta que sus pantalones comenzaron a desgarrarse y despedazarse. Josete y Clara descubrieron su divertimento y no desaprovecharon la oportunidad de bajar por el divertidísimo tobogán de Elisa.  Por fortuna, Caprasio custodiaba la sierra, rebaños, campos y gente.

Desde la atalaya de Elisa se veían los Pirineos y la sierra de Guara. Elisa decía que la sierra de Guara estaba a un tiro de gayata -¿cómo?- preguntaron Josete y Clara. –Así lo cuenta la leyenda de san Caprasio- respondió Elisa, a quien la abuela María se la había narrado: Caprasio debía su nombre a que fue pastor de cabras por la sierra de Guara, donde cuidaba su rebaño hasta que descubrió su vocación de monje. Con todas sus fuerzas lanzó su cayado de pastor que vino a parar a la sierra de Alcubierre. En el lugar exacto comenzó milagrosamente a emanar agua y allí se erigió la ermita en su nombre. De esta manera, San Caprasio es la mayor de las atalayas de la sierra de Alcubierre y con sus 834 metros de altitud sobre el nivel del mar es la cumbre más alta de Los Monegros. La segunda cima de Los Monegros es Monteoscuro, con una altitud de 824 metros.

“Plétora de selenita”, cuenta la leyenda como en el lugar elegido abundaba en selenita, un mineral de yeso parecido al amuleto de Elisa pero cristalizado, brillante y transparente. No obstante, la abuela decía que los selenitas también son los habitantes de la luna. Quizá morasen seres lunares por estas tierras, escondidos en los recónditos lugares, en esas cuevas escavadas en el salagón. -¡Ojalá los selenitas aterroricen a los marcianos!-.

De nuevo ha vuelto a pasar el pastor Federico cerca de la caseta, el sonido de las esquilas ha advertido su presencia. Traía noticias pero no eran buenas, se habían detectado personas infectadas en Sariñena y en otros pueblos de la provincia. La situación se estaba poniendo fea y el periodo de confinamiento se iba alargar, al menos, dos semanas más.

El estado de ánimo se había mermado bastante en la familia. Josete, Clara y Elisa echaban de menos sus amigos, el colegio, la plaza, los columpios, el tobogán… También habían hablado que los mayores tenían que tener mucho cuidado, que eran personas de alto riesgo. A la hora de dormir, Elisa cogió su amuleto, su piedra blanca y brillante de yeso y se la entregó a su abuela María para que estuviese protegida, pues ella la necesitaba mucho más.

Día 10 de aislamiento, 24 de marzo del 2020.

A media noche una luz cegadora atravesó los muros de la caseta iluminando completamente el interior. Elisa se levantó desconcertada, turbada, confundida… observando a su alrededor una luz deslumbrante y constatando que su familia no se encontraba en la caseta, ni siquiera estaba Mallacán. Las piernas se tambaleaban ante la intrigante situación, inquieta y nerviosa fue acercándose hacía la puerta tratando de salir al exterior a pesar de la pesadumbre de su cuerpo, como si fuese arrastrando las piernas. El miedo producía un escalofrío que recorría su cuerpo paralizándolo, se estremecía  cada vez que daba un paso. El miedo iba adueñándose de la joven Elisa, el misterio, la incertidumbre, el suspense aceleraba el corazón y la respiración. Al asomarse por la puerta no vio nada, se había quedado completamente cegada por la luz.

Ahí estaba ante un paisaje desértico, lunar, como las salinas de Bujaraloz sin agua. Una docena de marcianitos la estaban esperando, amenazantes, completamente verdes, con una antena y un tercer ojo en la frente que le miraban fijamente. Elisa buscó apresuradamente su amuleto pero no lo encontró, mientras los marcianos la amenazaban con sus pistolas láser, de rayos gamma y haz de virus alienígenas. Los extraterrestres emitían maléficas y endiabladas carcajadas, habían transformado a todos, incluso a Mallacán que era completamente verde, sus orejas eran antenas y soltaba babas repugnantes por la boca. También habían capturado a los selenitas, los seres lunares con ojos grandes y saltones.

De repente los marcianos dispararon a Elisa su haz, recibiendo un shock tremendo, todo se volvió blanco, quedándose paralizada y sin voz para gritar. Elisa despertó sobresaltada, incorporándose violentamente y con la respiración acelerada. Su amuleto estaba con ella y poco a poco se fue relajando y tranquilizando. Ratolín le observaba distante con prudencia y al instante desapareció atravesando la grieta. Jolín, vaya pesadilla había tenido Elisa. Mallacán se había despertado, olisqueó la zona y se acurrucó cerca de Elisa.

El día fue normal realizando las faenas habituales. Por la tarde Elisa se quedó en la caseta, estudiando y haciendo ejercicios. Luego todos hicieron un rato de lectura y Elisa leyó algunos de sus tebeos, el de los irreductibles galos Astérix y Obélix. La caseta era esa aldea irreductible, invencible ante la pandemia vírica que acecha al mundo. -¡Por Tutatis, están locos estos marcianos- pensaba Eisa para sí misma imaginando a Obélix derrotándolos a guantazo limpio.

Por la noche Elisa salió afuera de la caseta con su abuela, hacía fresco y sobre los hombros María le colocó una de sus toquillas de lana que ella misma había tejido. Había luna nueva y el cielo estaba completamente despejado,  pudiendo contemplar un maravilloso cielo estrellado, un firmamento amplio y esperanzador: -Todo irá bien, Elisa, con paciencia pronto volveremos a casa y recuperaremos la normalidad-  tranquilizó María. Elisa se durmió enseguida, sabiendo que su mejor protección era su familia.

Día 11 de aislamiento, 25 de marzo del 2020.

Ratolín con sus ojos saltones debía de ser un selenita, todo tenía sentido, por eso siempre estaba vigilante por las noches, cuidando de todos cuando estaban más indefensos. El mal sueño de Elisa, la noche anterior, aún daba mucho que pensar, había que tomar nota y estar prevenidos. Por suerte, los selenitas estaban con ellos.

La leche de cabra empezaba a entrar con ganas y mucho mejor caliente en un día que había amanecido nuboso y frío. La rabosa no había causado mayores problemas, había merodeado por el corral, pero este se mantenía seguro y las gallinas iban poniendo riquísimos huevos. Les dieron de comer y beber, también a las cabras les daban de beber ya que a la balseta, donde cogían el agua, no dejaban que los animales se acercasen.

La yaya solía encargarse de la comida, tenía mucha paciencia y la hacía poco a poco en el hogar, para subir el fuego metía más leña o si quería menos la retiraba. También calentaban el agua para lavarse, para que no estuviese tan fría y se aseaban a la antigua, casi sin gastar agua, y luego se secaban calentándose al calor del hogar. Lavar la ropa también era complicado, más bien llevaba mucho más tiempo y esfuerzo, no era tan fácil como meterla en la lavadora en casa. Había que restregarla a mano, enjabonarla y luego aclararla muy bien, era mucho esfuerzo y uno acaba agotado.

Las mañanas eran duras, pero se pasaban rápidas, casi sin darse cuenta. A Elisa ni le daba tiempo de pensar en virus ni marcianos. Eso sí, el que mejor vivía era Mallacán, siempre jugando de aquí p´allá, -¡Qué envidia!-

La sabina ocupaba parte de su tiempo, sobre todo las tardes. La yaya María le había contado historias de un antiguo bandolero que robaba a los ricos y daba a los pobres, era el temido Mariano Gavín Suñen: El Bandido Cucaracha. –Contaban- decía María- que el Cucaracha escondía parte de su botín enterrado bajo una sabina- Esta podía ser la sabina del Cucaracha, donde tramaría sus hurtos y robos y se sentiría seguro ante sus perseguidores- pensó Elisa -Igual, además de su botín, podría estar el trabuco del célebre Cucaracha. ¡Cómo lo encuentre ya se poden ir preparando los malvados marcianos!-.

Hoy empezaba la fase de luna creciente y seguro que la luna ayudará a combatir el virus. Elisa se sentía segura, en la sierra donde se refugió el malhechor Cucaracha. Mucha gente estaba luchando contra el virus mientras otros tenían que resguardarse. Era lo que Antonio y Aurora repetían cada día, lo debían de hacer.

Hemos aprendido a guardar las distancias, pero nos hemos vuelto más humanos.

Día 12 de aislamiento, 26 de marzo del 2020.

Amaneció un día claro, despejado y algo frío. Aurora había alimentado el fuego pronto por la mañana, había echado una buena toza y la caseta se encontraban cálida. Ratolín se había comido todo, debía estar hecho todo un glotón. Mallacán también era un comilón, tragón y zampón, había que tener cuidado sobre todo para las comidas, pues en un santiamén te arramblaba alguna chulla. Era un terremoto, no paraba cuenta con nada y llevaba a la familia de calle. A veces pillaba la turruntera con algún palo, zaborro o cacharro o se entretenía con algún rastro, olisqueaba los cados de conejos o trataba de ir a la balseta. Casi siempre andaba pegado a Josete, Clara y especialmente a Elisa.

Los tres hermanos salían salir a buscar leña todas las mañanas y entretanto se distraían por el bosque de la sierra de Alcubierre. Habían oído hablar mucho al abuelo contando sus viejas historietas de antes, cuando subían a la sierra a cortar pinos o se quedaban días durante la siembra o siega. Entonces no le hacían mucho caso –eran cosas del yayo-.  Ahora se daban cuenta, ahora ellos estaban recorriendo su sierra, los pinos que su generación plantaron y ahora es un bosque fantástico que van descubriendo. La primavera resulta preciosa y entre los pinos aparecen carrascas, quejigos, sabinas, enebros, arces… Hay pinos afectados por procesionaria y muérdago, muchos son enormes y otros retorcidos, la yaya dice que son hermosos, esos pinos retorcidos que han salido adelante con muchas dificultades, en suelos pobres y erosionados, con sequias, plagas, vientos… pero aun así sobreviven en una tierra sufrida. Son un ejemplo, una admiración de adaptación, lucha y esfuerzo, Elisa había aprendido de ellos y, por mucho que la vida le obligase a retorcerse, siempre iba a crecer buscando la luz.

Josete, Clara y Elisa regresaron con abundante leña a la caseta, allí estaban la yaya María y los papis Aurora y Antonio. La caseta parecía de cuento, encantadora. Piedra a piedra la habían levantado sus antepasados y conservado hasta nuestros días. Sí, ahora estaban ellos, parecía increíble, y estaban refugiándose ante una epidemia mundial -¡si el yayo estuviese!-

Con rasmia y sin reblar, decía Antonio Beltrán, somos los monegrinos y monegrinas; fuertes y forjados en una tierra dura que nos ha enseñado a sobrevivir. Cada día Josete, Clara y Elisa se sentían más herederos de la memoria de nuestros antepasados, de sus saberes tradicionales y su cultura. Ahora cobraban sentido las palabras del abuelo Paco: Solamente quien carga su propia agua sabe el valor de cada gota derramada en el suelo.

Día 13 de aislamiento, 27 de marzo del 2020.

Los Monegros responden a un horizonte llano, limpio y claro, con un cielo intenso que despliega matices y tonalidades fascinantes. Hay amaneceres y atardeceres únicos que nos recogen en lo más profundo de nuestro ser. Toda parte del mundo tiene su belleza, decía Braulio Foz, simplemente hay que saberla apreciar.

El cierzo recorre esta tierra en pleno corazón del valle del Ebro, nos despeja la atmósfera, la limpia y nos regala el aire limpio. A veces cuesta quererlo, el cierzo es bravo y se prolonga por varios días, nos sacude con su fuerza pertinaz como si nos quisiera tirar. Pero nunca lo consigue, nosotros también somos bravos. Elisa suele respirar, ser consciente y sentir el aire llenando sus pulmones, inspiración, inhalación, y luego soltar todo el aire, exhalación, espiración. La respiración no puede parar, igual que el corazón. Elisa juega con la respiración y trata de quedarse sin oxígeno en sus pulmones para volver a llenarlos una y otra vez. Se infla como la gaita de boto antes de rugir y dar comienzo al dance, dejando escapar el aire al bordón, a la bordoneta y al clarín.

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José Beulas: Monegros, 2003. Óleo sobre tela. CDAN.

La tierra es clara, seca y árida. Las arcillas son juguetonas y presentan sus matices, distintas franjas rojizas por oxidación o verdosas por periodos de encharcamiento y falta de oxígeno. Los Monegros son parajes espectaculares, los torrollones de la Gabarda, el monte de Cajal, entre Sariñena, Castelflorite y Sena, y Jubierre en Castejón de Monegros. Tonalidades, saturaciones, luminosidad, brillo… pinceladas de colores que describen el paisaje, que lo vuelven a crear, esa esencia exacta y precisa que capturó Beulas y transmitió en sus acuarelas. Esa intensidad del cielo azul frente a la tierra reseca, de rabiosos secanos, “y horizonte bajo separados por una banda negra”. Esa franja oscura es la sierra de Alcubierre, esos montes oscuros y negros que nos describen como tierra negra, que se observan desde la lejanía y destacan en Tierra Plana. Es la sierra de Alcubierre quien nos define como montes negros, nuestra razón de ser: Los Monegros.

Sí, el cierzo es pertinaz, es tozudo como somos los aragoneses. Porque a pesar de todo no reblamos, no nos rendimos fácilmente y luchamos con esfuerzo y tesón, con nobleza y corazón, porque en nuestra historia sobrevivir ha sido una constante. Así se sentía Elisa, desde su loma contemplando el horizonte.

Sentir respirar, decía la yaya María, ser consciente es básico para entender la vida y de vez en cuando detenerse y dejarse llevar por el simple placer de respirar, de sentir su fuerza. El aire, el maravilloso oxígeno que nos permite la vida, el necesario oxigeno que nos regalan los árboles. Imposible entender tanta contaminación, tanto destruir un planeta que es nuestro hogar. Incomprensible entender devastar la tierra cuando dependemos de ella. Triste que, al final, un virus alienígena nos acabe quitando lo más importante: el poder respirar.

Día 14 de aislamiento, 28 de marzo del 2020.

Alunau, desustanziau, manbrún, matraco, tozoludo, zamadungo… estaba muy estalentau  Mallacán al punto de la mañana despertando a toda la caseta, estaba alborotau y descontrolau. Asinas no había cosa más que hacer que levantarse, saludarlo y abrirle la puerta de la caseta para que saliese a hacer sus cosas. Como no sabía trucar, a la vuelta ladraba y así sabían que quería entrar. Mallacán era la alegría de la caseta, con su coda vivaracha y pizpireta, objeto de infinitas caricias, achuchones y arrumacos, pero también daba mucho mal –mucho, muchísimo mal-.

Como cada día continaron con las faenas varias, recogían la ceniza con el badil, ventilaban la caseta, escobaban, limpiaban y ordenaban cacharros y zarrios, reorganizaban los víveres y planificaban tareas. El agua la llevaban con sumo cuidau, la guardaban en una tinaja dentro de la caseta, la colaban con un paño y la tapaban bien para conservarla. Había que prestar atención a bichos y cucos, además de pulgas, caparras… La vida en el campo tiene otras prioridades, aunque no dejaban de echar de menos sus móviles, el ordenador, televisión… los amigos, la familia y los primos, salir a la calle a jugar, juntarse en el banco de la plaza, ir a comprar chuches y lamines a la tienda de Margarita o al horno de Alfonso a por unos bollos.

La soleada mediodiada dejaba un rato muy agradable. Esas horas las aprovechaban para hacer trabajos fuera de la caseta y la yaya se sentaba al sol, -como un fardacho cargaba las pilas-. También se paseaba y se acercaba a la sabina donde Elisa enredaba con sus una y mil historias. Elisa se había punchado con un escambrón y María le ayudó a quitarle la puncha. -¿El enebro también puncha?-, -Sí-, contestó la yaya –Pero mucho menos que el escambrón. El enebro tiene la hojita punzante pero no tan hiriente, es un arbusto que aparece mucho por la sierra. El enebro da nombre al género de las sabinas y es un símbolo de longevidad, fuerza, carácter atlético y fertilidad-.

Pinos, sabinas, carrascas, enebros, escambrones… Josete, Clara y Elisa estaban aprendiendo mucho de la sierra, hace unos días no diferenciaban un pino de un chopo y ahora descubrían y conocían muchas especies. Para averiguar su nombre cogían alguna hoja, ramilla, fruto… para que las identificase la yaya. Igual pasaba al observar huellas, pajarillos o rapaces surcando el cielo, rápidamente corrían a preguntar a la yaya, como la águila culebrera, tan clara y blanca, que dominaba su territorio del que ellos ya formaban parte.

A la noche, como siempre, Elisa dejó un zarpau de grano a Ratolín. Agotada, se sumergió en sus sueños en la recogida caseta, ya no resultaba extraña, era familiar.

Día 15 de aislamiento, 29 de marzo del 2020.

No hay ninguna piedra de otro color que negra, otros dicen también que los diablos allí moran”.

Los Monegros se remontan siglos atrás, un territorio legendario que quedó recogido en el cantar de gesta más antiguo escrito en lengua romance de Europa. Es el pasaje que cita su paso por Los Monegros el cantar de gesta francés Chanson de Roland. Un poema épico de varios miles de versos escritos en el siglo XI, escrito en francés antiguo, atribuido a Turoldo, un monje normando.

 La tierra negra donde dicen que moran los diablos, quedó grabado en la mente de Elisa.

-Todo ha cambiado mucho-, dice siempre la yaya y también lo decía el yayo Paco. Las casas eran de barro, adobas de barro y paja cocidos al sol, los tejados de cañizos que hacían entrelazando cañas y luego las tejas. Las calles eran de tierra, sin luz ni agua -y ya puedes imaginar que alacetes tenían las casas-, decía yayo Paco. Tapiales, sillares de arenisca y piedra, piedra de la sierra –la buena es la campanil, la que al golpearla con un hierro suena como una campana. La otra es mala y no sirve para construir- . Por la sierra había balsetas revestidas de piedra y las vaguadas las aterrazaban con muros de piedra seca, sin argamasa que las uniese.  Aún se ven los muros que el bosque va adueñándose, de esos pequeños campos que trataban de aprovechar al máximo los recursos para conseguir las mejores cosechas. –Otros tiempos- decía la yaya María -Cuando había malas cosechas el hambre se extendía como el mayor de los males. Mucha miseria y mucha hambre, sequias, plagas… se pedían dineros prestados y si no se devolvían se pagaba con las tierras. Marchar era la única solución-.

Federico pasó por la caseta, iba chino chana con el ganau, cabizbajo y pensativo. Saludó a Antonio y Aurora y, como ya iba siendo habitual, les informó de los últimos acontecimientos: -Se ha muerto el de casa Fulano, la de Mengano, la de Zutano y el de casa Perengano. -¡Mejor!- exclamó Antonio, pronunciando esa maldita palabra, profunda, ahogada, de maldita sorpresa, dolor, pena y pésame ante una desgracia. -No somos nada-  y la garganta entumecida, reseca y ahogada ya no dejó hablar más.

Día 16 de aislamiento, 30 de marzo del 2020.

La primavera había comenzado fría y obligaba a recogerse en la caseta. Ello forzaba a tener que hacer los trabajos más apresuradamente de lo normal para no coger frío. Debían de recoger leña y más leña para tener buen acopio, se avecinaban malos días y cada vez había que ir a buscarla mucho más lejos. Durante la larga quincena, que llevaban confinados y aislados en la caseta, habían replegado a fondo la redolada y ahora cerca no había nada de leña. Paizía la descripción de Orwell, cuando estuvo en las trincheras de Alcubierre durante la guerra, y en la que decía que no encontraban nada para calentarse. Afortunadamente, ahora la sierra está cubierta por una frondosa masa forestal.

Ratolín no fallaba y se iba comiendo el zarpau de grano que Elisa le va dejando cada noche. Mallacán era todo un terremoto, había salido fuera de la caseta y, como tardaba en regresar, Clara le dio buen chuflido para que regresase. Mallacán volvió como un caballo desbocau, entrando de aquí p´allá y de allá p´aquí, ¡hasta la caseta tremolaba!. Clara se cayó del empentón que le dio y se hizo una cuquera en la garra. Josete y Elisa comenzaron a esmelicarse de risa por su caída -jolio!, vaya leñazo que s´ha dau!-, – ja, ja ¡qué chollazo!-, -ji, ji, ¡menuda espanzurrada!-, -ja, ja casi s´esnuca-, -ja, ja ¡s´ha esmorrau!-…  Elisa, enfadada, les dio un buen pescozón a cada uno para que escarmentasen por tanta burla y fácil risa.

El día se desarrolló enfurruñau y enfadaus por el enrebullau de la mañana. Por la tarde continuaron con sus estudios aunque Elisa se mantuvo, parte del tiempo, distraída contemplando las tararainas de la caseta. Asinas, poquer a poquer el tiempo fue pasando.

Cenaron juntos pegados al calor del hogar. Era una fortuna conservar la caseta, muchas se habían espaldau hace tiempo, muchas eran enruena y ya ni querían subir al monte los que aún quedaban. Era una pena ver como todo su pasado, lleno de vida, había casi desaparecido. Abandonadas, dejadas caer, viejas casetas, aldeas, masadas, corrales y parideras. Por fortuna, de la caseta familiar aún sale humo en la fría noche de primavera y entre sus muros se charran viejas historias, aquellas que tantas veces han sentido los viejos muros de piedra. Mientras haya vida todo resiste.

Día 17 de aislamiento, 31 de marzo del 2020.

-¡Nieve, nieve, nieve!- Había amanecido con una ligera capa de nieve y la sierra se mostraba blanca, esplendida, nadie lo podría haber imaginado; menuda sorpresa ver nevar a finales de marzo. Elisa salió corriendo a jugar con Mallacán que descubría por primera vez la nieve. Detrás salieron Clara y Josete que iban dejando marcadas sus pisadas. Todo era fabuloso hasta que una bola de nieve acabó en el cuerpo menudo de Elisa. Sin contemplaciones comenzó una sucesión de fuego de artillería brutal, una batalla despiadada y sin tregua con un incesante lanzamiento de bolas de nieve imparables y disparadas con puntería, destreza, fuerza y acierto. Una lucha sin cuartel, sin piedad, implacable hasta que un grito de un alto mando y rango detuvo la guerra: -¡Basta ya! ¡Ahora mismo todos p´adentro inmediatamente!. La tropa cabizbaja, derrotada y en fila entraron a la caseta, acataron al unísono y firme pronunciamiento: –Sí, mama-. Sin rechistar, parecían verdaderos prisioneros de guerra.

Las ropas estaban mojadas, las zapatillas y los calcetines chupidos completamente. Como era previsible, el frío comenzó a hacer mella en los aguerridos guerreros que fueron obligados a ser despojados de sus prendas y secarse lo más cerca posible del fuego. También fueron obligados a vestirse con ropa limpia y seca. Mallacán, que no hacía caso a naide, había entrado con sus zarpas embarradas y chupido de tozuelo a coda completamente. Se sacudió rujiando, embadinando, embardando la caseta por lo que tuvieron que limpiar todo hasta dejarlo bien escoscau. Antonio sirvió a los derrotados guerreros un tazón de leche caliente y enseguida entraron en calor.

-Antes nevaba mucho-, contó la yaya María –lo mismo que helaba muchísimos días durante el invierno-. En las balsas se formaba hielo y se recogía para guardarlo. Incluso se hacía un palmo de hielo y se atrevían a cruzar la balsa a pie, esbalizandose y dándose buena culada más de una vez. También de la montaña bajaban nieve y se almacenaba en los neveros por capas prensadas y separadas por paja. Así, se disponía de hielo en verano, aunque había otras formas de conservar frescos los alimentos. En todas las casas estaba la fresquera, una especie de armario en la pared, fresco y ventilado donde guardar alimentos perecederos y también, en las casas donde había pozo, se guardaban en el pozal y con la carrucha se bajaba a la parte fresca del pozo.

– ¡Qué orache! ¡Estoy chelau!-. No paró de llover todo el día y pronto se deshizo la nieve. En la caseta pasaron el día juntetes, al calor del hogar. Antes no había casi tiempo, se trabajaba de sol a sol, pero se sacaba tiempo para las cosas importantes, para estar con la familia reunidos al calor del hogar o salir a la calle a la fresca en verano. No había otra cosa, contaba la abuela, estar juntos como ahora, pequeños y mayores, charrando y charrando de muchas cosas. Alparcerios, alcagüeterios, chafarderías, sucesos, historietas… y el día a día de la familia, vecinos y amigos. -Si alguna trastada era muy sonada se acababa contando en los dichos para la fiesta, como ahora-. Todo no ha cambiado afortunadamente y hay cosas que aún se mantienen. En cambio ahora hay mucho tiempo para hacer muchas cosas, para ir al bar, al gimnasio, al cine, navegar por internet, ver series, películas, televisión… pero no hay tiempo para lo importante, a muchos ni les van a ver a la residencia.

-Tanto echar ramillas de sabina nos vas a entufar- le carrañaron a Elisa que no paraba de mover y tizoniar el fuego y alguna purna brincaba fuera del hogar. La yaya María preparó una tortilla de patatas para cenar, las hacía buenísimas y al fuego tenían un toque muy especial. Trancaron bien la puerta y la ventana, la noche afuera era muy fría y se abrigaron bien antes de acostarse para dormir. Elisa había puesto un poco más de grano de lo normal a Ratolín, para que cogiese fuerzas para el frío.

Día 18 de aislamiento, 1 de abril del 2020.

La lluvia continuaba cayendo, era fina pero constante. Por suerte podían aguantar varios días sin tener que ir a buscar leña ya que tenían bastante guardada. También tenían algo de encendallo para prender fuego, pero estos días no iban a dejar que se apagase. Habían sido previsores, como era la yaya María con sus conservas, siempre había sido una exagerada embotando todo lo que podía y ahora, mira por donde, les estaba sacando las castañas del fuego. Era la tremenda paciencia de la yaya, aquella de antes, horas y horas en el lavadero enjabonando, restregando y escurriendo la ropa que llevaban en cestos sobre sus cabeza, sus canastos de pan que amasaban en casa y llevaban a cocer al horno, o con cantaros yendo y viniendo trayendo agua. Siempre de un lau pa otro portando el peso sobre sus cabezas, el peso de la familia.

La paciencia, tras esquilar las ovejas, limpiar el vellón, escardar la lana, hilar, hacer ganchillo y tejer ropas,  jerséis, peducos, bufandas, toquillas, colchas… Los antiguos colchones de lana que cada cierto tiempo tenían que variar para soltar la lana apelmazada. La lana, el ganado lanar que en Los Monegros fue vital, grandes pastos dominaron el territorio, cuando los campos eran pequeños, labrados a mulas y cosechados a dalla y hoz. – Había un rico que decía  que su lana valía más que todo el pueblo -.  Las casas más pudientes tuvieron grandes rebaños con varios pastores y rebadanes –La gente trabajaba para ellos, sirviendo y realizando faenas varias, labrar, sembrar, segar…-

La paciencia de ir triando una a una las lentejas, garbanzos o judías blancas para limpiar impurezas y porquerías. Antes llevaban el huerto, el corral, mataban pollos y los desplumaban con agua hirviendo, las gallinas para el caldo, la matazía del tocino, la caza, algún conejo, codorniz o perdiz. La siña María, como le decían por el pueblo, era muy querida y siempre había tenido la puerta abierta de su casa para todo el que precisase de ella.

La paciencia de la yaya María es infinita, inconmensurable.

De vez en cuando, Antonio y Aurora enchegaban el auto para que no se quedase sin batería y aprovechaban para escuchar la radio y enterarse de las últimas noticias. La maldita pandemia a nivel mundial había desembocado en epidemia, los hospitales se encontraban colapsados, las familias confinadas en sus casas, el trabajo paralizado y había mucho miedo al contagio; era una visión apocalíptica. Paciencia, paciencia había que tener, no había otra. Así los días iban pasando, -¡resistiremos!, ¡saldremos de esta!- Mientras, Elisa continuaba con sus amuletos, con su piedra blanca y brillante se sentía segura, con el perfume de las ramillas de sabina quemadas, con Ratolín protegiéndolos por la noche, con los selenitas morando la sierra y la vieja caseta, de fuertes muros, que tantos tiempos ha resistido.

Día 19 de aislamiento, 2 de abril del 2020.

Los ojos saltones de Ratolín brillaban en la oscuridad de la caseta apenas iluminada por la débil lumbre de los rescoldos del hogar. Ratolín minchaba el grano que todas las noches le dejaba Elisa hasta que, en un determinado momento, el pequeño ratoncillo quedó paralizado por unos movimientos que venían del otro lado de la caseta. Aurora se había despertado para avivar el fuego, echó unos tronquetes y cogió de nuevo fuerza iluminando la caseta y reconfortando gratamente el interior. Aurora se volvió a acostar. Luego, Ratolín se terminó el montoncete que le quedaba de grano y se retiró de nuevo tras la grieta, no sin antes olisquear el ambiente de la caseta. Elisa lo había observado con los ojos entreabiertos, callada y completamente inmóvil, evitando hacer el más mínimo ruido o movimiento para no espantarlo. Reconfortados al calor, el sueño volvió a adueñarse de la caseta, con el continuo y ligero sonido de lluvia.

Amaneció de nuevo el día lluvioso hasta que a mitad de la mañana dejó de llover. Se vieron forzados a realizar las tareas pendientes que la lluvia les había impedido hacer y una de las faenas primordiales, como era de esperar, fue la de ir a buscar agua y leña. Josete, Clara y Elisa comenzaron su ir y venir trayendo agua, leñas, ramas secas y troncos secos que cortaban con una sierra o con la astraleta. Tenían que moverse con ciudau, el suelo estaba mojado y en cualquier momento podían esbalizarse.

El corral de las gallinas y los tozinos era todo un barrizal, solamente podían meterse con las botas de agua y luego había que limpiarlas y quitarles todo el buro que se quedaba pegado como el pringoso tarquín de la balsa. Antonio cogió un brazau de paja y lo echó de cama para las gallinas, para que tuvieran cama seca y continuaran poniendo sabrosísimos huevos.

No dejo de estar nublau en todo el día dejando pasar escasamente algunos rayos de sol que les alegraron el día. Por la tarde se refugiaron en la caseta y aprovecharon a hacer deberes y ejercicios. Decidieron hacer una merienda cena y Aurora y Antonio no pararon de estrujar la bota hasta que la dejaron vacía –¡Preta, preta el codo gaitero!-. Menos mal que habían traído un tonel de vino ya que solo con la bota se hubiesen quedado secos. Durante la cena no pararon de pedir la bota el uno a otro y hasta la yaya bebió, -para mojar un poco los labios- decía. Josete, Clara y Elisa quisieron probar beber en bota -¡Quios, que corra la bota!-, gritaron cansinamente. Cuando quedaba poquer lo ameraron con agua y les dieron de beber. Miaja acierto tuvieron, más que beber se lo tiraron por encima, pero con tanta probatina acabaron una miajeta pifaus.  Antonio, Aurora y la yaya María recordaron cuando de críos les daban como merienda pan con vino y azúcar, con eso se alimentaban -¡qué tiempos aquellos!-. Esta noche se fueron a dormir muy a gusto, durmiendo Elisa profundamente como un lirón.

Día 20 de aislamiento, 3 de abril del 2020.

Efectivamente habían dormido de un tirón, como un tronco, a pierna suelta…  El día comenzó a aclarar mientras algunas nubes se resistían a marchar. -¡Qué escampen las nubes!- gritaba Elisa en medio de la era de la caseta, gritando y dando vueltas totalmente alocada. Mallacán se animaba con los gritos de Elisa y corría y ladraba sin sentido de un lado para otro.  -¡Brujilla!-, -¡Brujilla!-, Josete y Clara comenzaron a llamarle brujilla -¡La Elisa es una brujilla!- repetían burlándose de la pequeñaja. Sin embargo a Elisa no le pareció mal, -no es malo-, pensó Elisa, ser una bruja tiene su lado positivo. Desde ese momento, Elisa decidió que se iba a poner muy en serio con el mundo de la brujería y la hechicería. Sería una discípula de legendarias brujas como Ana Pérez Duesca, Alice Kyteler, Margaret Jones o Juana de Navarra, seguiría la estela del arte de la brujería y las ciencias oscuras.

-Una bruja solitaria habitó en la sierra-, contaba la yaya –nadie se atrevía a acercarse por su solitaria caseta-. Le tenían miedo, terror a que les lanzase algún juramento, maldición o hechizo. Eso era bueno, así podía alejar malos espíritus y virus alienígenas, elaborar pociones  y decir sus conjuros. La Nivela, bruja de Sariñena, esparcía sal a la entrada de la casa bajo el branquil, o colocaba tijeras abiertas en cruz cuando amenazaba tormenta o pedregada. Eran tiempos difíciles y había que protegerse con todos los medios posibles. Por ahora el trozo de sogueta en la puerta de entrada, la piedra blanca y brillante de yeso, las ramillas quemadas de sabina, Ratolín y los Seleneitas habían tenido su efecto, pero no había que bajar la guardia.

Elisa debía de tener todo preparado, pócima y brebaje y sus palabras mágicas. En el monte hay muchos hierbajos que tienen propiedades medicinales y curativas. Antes estaban las pilmadoras pa torzeduras y roturas, infusiones para anginas, cataplasmas y supersticiones. Y lo principal, decía siempre la yaya, era la época lunar. La luna estaba en fase creciente y para muchas cosas siempre era mejor en menguante.

Elisa recogió unas cuantas hiervas del monte y las mezcló bajo la sabina, las conjuró en un ritual propio de la más alta curia de la brujería y hechizería. A modo de varita utilizó un palo de sabina y dándole movimientos circulares pronunció las palabras mágicas: “Abracadabra, patas de cabra, ojos de sapo y ancas de ranas, a cascarla virus más allá de venus”. Elisa extendió su encantamiento por todos sus dominios afortunadamente antes que Mallacán le arramblase su varita mágica y escapase corriendo para que Elisa le persiguiese.

Día 21 de aislamiento, 4 de abril del 2020.

Al alba, a la madrugada todo había ido bien. La noche había transcurrida tranquila, Ratolín se había comido completamente el puñado de grano que dejaba Elisa cada noche y, aunque el gallo cantaba cada mañana, Mallacán era el despertador. Cuando él se levanta no para hasta despertar a todos y hasta que no se le abría la puerta y salía corriendo no había tranquilidad en la caseta.

La mañana fue esplendida, la temperatura se había suavizado pero aún hacía fresco. Pronto cada uno a su tarea, aunque a Elisa le gustaba estar con la abuela María mientras ordeñaba las cabras. Luego las soltaban  y subían por la loma rebautizada como Loma Elisa. Josete y Clara se enfadaban un poco con Elisa, decían que se escaqueaba de las faenas, hacía fauneta. No dejaban de tener algo de razón, en cuanto podían Elisa y Mallacán desaparecían corriendo en busca de mil aventuras. Para Josete y Clara no dejaban ser majaderías de la chalada y majara Elisa, la brujilla piruji, que toleraban por ser la pequeña.

Elisa siempre llevaba con ella su amuleto, la piedra blanca y brillante de yeso. La guardaba bien en la buchaca de su pantalón. La yaya le había contado la existencia de las rosas del desierto, que aparecen sobre todo por Bujaraloz, una roca de cristales finos de yeso que forman una flor. Son difíciles de encontrar, pero Elisa dio y dio vueltas mirando al suelo buscando su rosa del desierto. Elisa quería su rosa del desierto, pero no halló fortuna.

Rosa desierto

Así fue pasando el día, con la rutina de los días acumulados. Ya llevaban más de veinte días, los suficientes como para estar seguros que no se habían contagiado ni habían desarrollado el virus. Pero la reserva de víveres había mermado mucho, tenían que volver a casa para hacer acopio de nuevos alimentos. Antonio y Aurora bajaron con el auto al pueblo, lo hicieron después de cenar, por la noche para tratar de no encontrarse a nadie. Josete, Clara y Elisa se quedaron con la yaya María pegados al fuego y les fue contando historietas del bandido Cucaracha, de las muchas fechorías que realizó, de su ingenio y habilidad para escapar.

Cuando Antonio y Aurora regresaron estaban ya dormidos. Ambos se sentaron alrededor del fuego y gozaron de una inusual calma, resultaba extraño tanto silencio, Morfeo había encantado la caseta.

Día 22 de aislamiento, 5 de abril del 2020.

En un lugar indeterminado de Los Monegros, una familia cumple con el vigésimo segundo día de encierro. España se encuentra en estado de alerta ante la pandemia global del Covid-19 y todos están obligados a permanecer confinados en sus casas. Permanecen aislados en una caseta en medio del monte, en un lugar de la sierra de Alcubierre, de cuyo nombre no quiero acordarme.

En aquel lugar, no ha mucho tiempo que vivía un bandolero de los de trabuco enfajado, navaja de carraca antigua, rocín flaco y mula sosegada. Andanzas pretéritas y fascinantes de escaramuzas y tropelías. Asimismo, cuentan que la historia del célebre y despiadado bandolero Cucaracha aún se extiende por estas tierras oscuras y en su guarida, bajo la sabina, aún resisten los últimos de la banda del Cucaracha: Elisa Cucaracha y Mallacán el Cerrudo. Elisa y su banda, con el gran temido Mallacán el Cerrudo, volvían a dominar la sierra. Es, pues, de saber que nadie puede adentrarse por aquestos confines sin su consentimiento.

-¡Elisa!, ven aquí inmediatamente que hay faenas por hacer!-. Elisa acató sin contemplaciones la orden. Por la mañana tuvieron que guardar todo lo que los papis habían traído la noche anterior. Hicieron una cadena humana y entraron todo a la caseta colocándolo en su correspondiente lugar. Todo ocupa su lugar en esta vida, el lugar de una persona que tanto definía el escritor chalamerino Ramón J. Sender. En la obra Crónica del Alba, en La onza de oro aparecen versos del que fue mayoral de Sariñena Antonio Susín. El mismo Susín los reclamó como suyos “pues Martín El Donato, El Cartujano y Almunias Altas, no había ni hay, más que en Sariñena”. Sender aprendió de su entorno y su gente, su lugar, donde igual caben los versos de un humilde pastor que los versos de uno de los grandes escritores de esta tierra.

Federico ha estado de paso, acostumbrado a dejar un saco con pan para por lo menos aguantar una semana. Ha contado que el gobierno alarga el estado de alarma y que habrá que permanecer encerrados muchos días más. Dice que los zagales tendrán que olvidarse de la escuela, en principio es buena noticia, pero tanto Josete, Clara y Elisa echan mucho de menos sus amigos y a las maestras, el patio, las clases, los juegos, sus ratos de estudio en casa… pero lo que más, lo que más echaban de menos a sus amigos. Pero entendían la situación, era muy complicada, dura y difícil. Estaba muriendo mucha gente, conocidos, tan conocidos que la yaya se puso a llorar cuando le dijeron los que se habían ido. Finalmente, los abrazos de Elisa, Clara y Josete pudieron consolar a la yaya María, sin faltar Mallacán que tiempo le faltó para no desaprovechar la ocasión de estar en medio.

Día 23 de aislamiento, 6 de abril del 2020.

Volvían a aparecer nubes por el horizonte cubriendo el cielo. Las nubes son pasajeras del cielo, decía Elisa, surcan la tierra y se extienden llevando la lluvia por los distintos parajes del mundo –¡Las nubes son los árboles del cielo!- exclamaba Elisa, -son árboles con alas, como los pájaros surcando el cielo-.

En Los Monegros no suelen abundar las precipitaciones de lluvia y por poco somos un desierto. Hay años muy malos, muy secos y hace años se perdían completamente las cosechas. También se sufrieron terribles plagas de langostas por estas tierras, devoraban cultivos y condenaban al hambre y a la miseria. Pero hay épocas de lluvias que permite almacenar el agua y se desarrollan buenas cosechas de secano; la primavera es preciosa en Los Monegros.

Lo cierto es que muchas zonas de Los Monegros cambiaron con la llegada del canal de Monegros, trayendo el agua de los Pirineos para regar los campos. –¡Es impresionante!, el canal de Monegros tiene una longitud de 130 kilómetros y se comenzó a construir en 1915 aunque se concibió en 1902-. Joaquín Costa, el león de Graus, fue un decidido defensor de la distribución del agua como bien público y gran luchador por el progreso de esta tierra para que saliese de la absoluta miseria. Pero si a alguien hemos olvidado, fue a uno de los grandes artífices de la llegada del agua a los pueblos de Los Monegros: Juan Alvarado y del Saz. Alvarado fue un político liberal canario que representó al partido judicial de Sariñena reivindicando imparablemente la puesta en marcha de las necesarias obras de riegos del Altoaragón. El canal fue una gran transformación, socialmente trajo el desarrollo, pero no todo fue fácil, por el camino hubo muchas personas que perdieron sus pueblos. -La abuela Josefa bajó de la montaña-, contaba la yaya María. La yaya Josefa, que ya no está con nosotros, era la madre de papa, mientras María es la madre de Aurora. La yaya Josefa bajó de chica, con sus padres, habiendo perdido su casa bajo las aguas de un pantano. La yaya Josefa siempre llevó la pena en su corazón.

Las aguas bajan de la montaña y se abrazan en Tardienta, aguas del río Gallego y del Cinca se unen en el abrazo de Tardienta y luego discurren regando Los Monegros. Quedan muchas partes sin regar, Los Monegros sur continúan sin ver llegar las ansiadas aguas. Farlete, Monegrillo, Leciñena, Perdiguera… continúan con la tradicional agricultura de secano. Este año los campos de secano están preciosos, los ven todos los días verdes y frondosos, -Papa dice que habrá muy buena cosecha-.

Elisa se durmió soñando ser navegante de los cielos, siendo una nube blanca y hermosa que contempla el mundo mientras regala la vida.

Día 24 de aislamiento, 7 de abril del 2020.

Chiribí, caía una fina lluvia que pronto fue difuminándose, desapareciendo. Ratolín había cogido confianza y por las noches se comía sin problemas el puñado de grano y migas que Elisa le iba dejando. Hacía ruido y se entretenía mientras todos dormían, todos menos Elisa que lo contemplaba inmóvil con sus ojos entreabiertos. Mallacán dormía a garra suelta y ni se daba cuenta. Ratolín ya era de la familia, incluso de la banda: Elisa Cucaracha, Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza, la banda más temible de toda la sierra de Alcubierre.

“Elisa Cucaracha por la sierra d’Alcubierre se pasea, con Mallacán el atroz y todo el mundo le teme”. La intrépida Elisa deshacedora de entuertos e indomable guerrera contra los más sobrecogedores y malvados dragones que asedian Aragón y contra los virus y todo hatajo de marcianos y marcianitos que propagan el mal. Viles seres extraterrestres, el arrojo de Elisa Cucaracha y sus secuaces no tiene límites y hace honor a las batallas que le preceden. No tendrán piedad en la despiadada lucha que librarán contra vosotros.

-¡Elisa!, a recoger las cabras- De propio tuvo que subir Elisa a la loma, replegarlas y bajarlas al corral de la caseta. Por esta vez, Elisa había hecho bien la faena sin hacer ningún azierro. Pronto pudo volver bajo la sabina, a continuar con sus planes de guerra, incluso tuvo tiempo de encorrer a Mallacán por la era de la caseta antes de comer. Mallacán replegaba las orejas hacía atrás y corría como un condenau, -¡to despendolau!-

La yaya María había preparado unas fabulosas legumbres, cocidas al fuego durante toda la mañana, -¡Qué paciencia!-. Antes se alimentaban de farinetas, la yaya María contaba como las hacías con harina, agua, aceite y sal y las cocían revolviéndolas sin parar hasta que quedasen suaves, sin sulsirla. Cuando podían añadían algo de tocino pa darle más gusto y condimento. -Entonces no había mucho-, se trataba de hacer la matacía del cerdo y conservar lo máximo posible, se comía cordero, se mataban pollos de corral, se cazaban conejos y otros bichos… pero todo muy justo y escaso -Se pasó mucha hambre, sobretodo para la guerra y después de la misma-.

En Lanaja, comen paja

 en Alcubierre, “salvau”

en Lalueza, farinetas

 y en Sariñena, “pescau”

y en Castejón los bocaus, a puñaus.

La yaya María había vivido la guerra, no contaba muchas cosas, más bien nada. Perdió a un hermano y a su padre, solo dice que son cosas del pasado, que todo el mundo perdió a seres queridos y que ojalá ninguna guerra vuelva a suceder. Elisa era consciente de lo duro que fue la guerra pero no estaba dispuesta a rendirse, ella iba a luchar y no iba a permitir que el virus gane esta maldita guerra.

 

Día 25 de aislamiento, 8 de abril del 2020.

La luna de estos días había sido extraordinariamente hermosa, grande y brillante, la super luna rosa de abril ha hondeado alegremente en el firmamento. Con la calma de la noche han salido todos a ver la luna. ¿Calma?, bueno, relativa calma pues Mallacán no entendió bien lo que pasaba y no ha parado de dar vueltas por todos los lados, olisqueando y ladrando al aire. Mallacán no ha dudado en dar a entender que estos montes son sus dominios. –Seguro- pensó Elisa –el lobo estepario de Los Monegros ni se atreverá a merodear por aquí-.

Navegantes  viajeros se guiaron durante siglos por las estrellas. Cuentan que uno de Bujaraloz desarrolló un instrumento para determinar el tiempo a partir de la posición de una estrella. Era el nocturlabio, aunque al parecer tal vez lo inventó un tal Ramón Llull. Eso sí, Martín Cortés fue el primero que lo nombró en su obra El arte de navegar, publicado en 1551. Ya veis, Martín Cortés de Albacar (1510-1582) pasó de los secarrales monegrinos a la escuela naval de Cádiz donde se dedicó a la enseñanza, convirtiéndose en un importante estudioso de la náutica y la cosmografía durante el siglo XVI. Entre otras cosas, el bujaralocino diferenció el polo magnético del terrestre, gracias a las desviaciones que las brújulas daban en distintas zonas  descubrió la declinación magnética de la tierra y el polo norte magnético. Además inventó y desarrolló la carta esférica junto a su discípulo Alonso de Santa Cruz, cosmógrafo mayor del emperador Carlos V.

Cortés pervive en los anales de la historia, con su contemporáneo y también monegrino Miguel Servet. El sijenense murió quemado en la hoguera por cuestionar el dogma de la Trinidad de la iglesia católica. Quemaron a un gran científico universal que describió la circulación menor, también conocida como pulmonar. Elisa no lo hubiera permitido -¡Fue impresionante el descubrimiento que hizo!-, si por ella hubiese sido habría detenido al malvado  protestante ese de Calvino con la inestimable ayuda de Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza.

La bandera de la super luna rosa había hondeado hermosa por la noche y claramente tiene que tener un significado, un mensaje para los selenitas. La Luna igual que las estrellas nos envían mensajes y nos ayudan, nos orientan en la oscuridad. Para los selenitas es mucho mayor, ellos entienden a la perfección el lenguaje de la luna y las estrellas y las plantas y los animales también conocen parte del lenguaje. – Hasta la luna mece a los océanos con sus mareas-, estaba claro, la luna nos condiciona, nos afecta y la llevamos dentro,  innato en nuestra propia naturaleza.

Día 26 de aislamiento, 9 de abril del 2020.

¿Miércoles, jueves, viernes….? Ni idea qué día de la semana era, ¿Semana Santa?, ¡sí, semana santa ya!. Un día más, un día menos… ¡qué más da!. El aislamiento se va prolongando y casi, sin darse cuenta uno, parece que esta excepcionalidad se va normalizando. -¡Maldito virus!, aunque por fortuna la familia de Elisa había conseguido protegerse, sobre todo yaya María, la más vulnerable. Ahora tenían que hacer un poco más de esfuerzo y aguantar unos días más, unas semanas… no se sabía, la incertidumbre es lo peor.

Hoy Elisa iba a viajar, lo había decidido y predispuesto para surcar los cielos como una nube, planear como un águila real y admirar la amplitud. También volar como un esparbero,  cernirse y apreciar detalles que el paisaje va regalando. Desde loma Elisa era posible alzar el vuelo, alcanzar las cumbres de los Pirineos, las tres sórores, el lejano Turbón, el Cotiella, atisbar Peña Montañesa y disfrutar de la cercana y siempre preciosa sierra de Guara.

Cerca, los torrollones de Los Monegros son impresionantes, se aprecia la sierra de la Gabarda por Alberuela de Tubo, con El Abuelo y los dos imponentes Torrolones. Cerca el monte Mobache y el asentamiento de las Cias que junto a Gabarda, santo Domingo de Huerto y Usón formaron una línea defensiva hace muchísimos años, contaba yaya María. El viaje continuó su aventura por el monte de Jubierre donde aparecen  imponentes el Tozal Solitario, la Cobeta, de Colasico y los Tozales de Los Pedregales. A Elisa le parecía alucinante como podían haber subido esos enormes zaborros a lo alto de las montañentas. Podría ser de épocas pasadas, cuando vivían los dragones y gigantes. A la yaya le hizo mucha gracia la teoría de Elisa y le siguió la corriente de los gigantes.

Elisa echó a volar y fue fantástico, sobrevoló la sierra de Alcubierre, su extenso bosque, su campos verdes, sus caídas hacía Farlete y Monegrillo, la virgen de la Sabina y el santuario de Magallón en Leciñena, santa Quiteria en La Almolda, el castillo de Castejón de Monegros y en el corazón san Caprasio. –Estaba chachi pirulí esto de volar, habrá que hacerlo más veces-.

Día 27 de aislamiento, 10 de abril del 2020.

Un precioso día primaveral. Un buen tazón de leche de cabra y una tostada de miel. Mallacán ya iba corriendo por la era y las cabras comenzaron a tener ganas de salir. Josete, Clara y Elisa pronto salieron fuera de la caseta y comenzaron a realizar los trabajos de cada día. Es abrir el corral y las cabras salen solas subiendo a Loma Elisa.

Antonio y Aurora se dedicaron a lavar la ropa y tenderla en un tendedero que habían dispuesto a las afueras de la caseta. Les ocupó toda la mañana. Mientras, la yaya María, como cada día, se encargaba de la comida -¡Qué paciencia!-.

Las gallinas también salieron del corral y camparon libremente por la era, no iban muy lejos salvo cuando tenían que escapar de Mallacán que, de vez en cuando, les arremetía sin ninguna lógica.

Elisa aún daba vueltas imaginándose a los gigantes, imaginaba los gigantes de Sena cuando salen y bailan al son de gaitas y dulzainas para las fiestas. Llamó a Josete y le pidió que le llevase a encolicas, Elisa por un rato fue una gigante advirtiendo a los marcianos de su presencia, de su enorme tamaño y fuerza descomunal capaz de alzar grandes pedriscos a las más altas montañetas. Los torrollones atestiguan la grandeza y extraordinaria fuerza de los gigantes que habitaron Los Monegros y de quienes Elisa es heredera

Por la noche han permanecido arredol del hogar hablando como cada anochecer después de cenar. La yaya por fin ha contado cosetas sobre cuando hacían sogueta. Iban a recoger el esparto al monte, lo arrancaban verde entre julio y agosto y lo dejaban secar.  Una vez seco lo mallaban incluso pasaban las ruedas del carro por encima, para ablandarlo, lo humedecían con agua y lo iban trenzando. Lo trenzaban principalmente las mujeres y la vendían o hacían trueque por alimentos. Se vendía mucho esparto directamente, sin trenzar, para industrias metalúrgicas, como a la fundición Averly de Zaragoza. Cuando la siega las mujeres iban a dar gavilla y con ella anudaban las garbas, haces de trigo segado. –Pero yaya, antes las mujeres no trabajabais ¿no?- preguntó Elisa, la yaya rio dulcemente como ella siempre hacía –No hacíamos otra cosa, la casa ocupaba todo el día: los críos, los mayores, el agua, lavar, fregar de rodillas, el huerto, los animales… y a pesar de ello muchas cosían, hacían sogueta o tenían sus negocios, tiendas, pollerías, lecherías… Otras trabajaban sirviendo en casas y algunas incluso marcharon a las capitales a trabajar sirviendo-.

Elisa aún no sabía que quería ser de mayor, en verdad quería ser todo, de campeona de fútbol a maestra, ser astronauta a trabajar llevando las tierras de casa. -Ya habrá tiempo de decidirlo, ahora lo primero es acabar con el maldito virus-. Dispuso algo de comida para Ratolín y se acostó quedándose profundamente dormida. Un día más.

Día 28 de aislamiento, 11 de abril del 2020.

Una fina lluvia ha caído por la noche. Solamente ha sido un poco de lluvia, lo suficiente para revivir todo el olor a monte. La lluvia trae vida y la vida es alegría. -¡Maldita crisis sanitaria que trata de marchitar esta primavera!, no va a poder, las flores siempre van abriéndose camino-. -¡Ole por la yaya!- dijo Clara dando vivas a la yaya por las bonitas palabras que acababa de decir. El contagio del virus de la alegría y el entusiasmo fue apoderándose de la familia, entre vivas y vítores a la abuela hasta un enérgico y unísono –¡Esta yaya como mola, se merece una ola!- y todos realizaron el gesto de la ola de forma consecutiva. Elisa y Mallacán brincaban de alegría, parecía un día de fiesta.

Entre tanto estrapalucio la yaya volvió a sus quehaceres, según ella, ya no estaba para tantos trotes.

Sí, el día fue una fiesta, así lo decidieron, tenían que romper la rutina. Elisa y Mallacán pudieron jugar toda la mañana y por un buen rato estuvieron persiguiendo unas mariposas, luego siguieron un rastro que les llevó a muchas partes pero a ningún sitio y al final, desde loma Elisa otearon el horizonte cerciorándose que estaba todo tranquilo y en orden.

Aprovecharon para hacer una buena lifara a lo grande. La yaya preparó una excelente caldereta de ternasco -¡buenísma, para chuparse los dedos!.  Estaba muy buena, algo jauto al principio pero con una pizca de sal lo corrigieron; a la yaya le gustaba cocinar con poca sal por esas cosas de la salud. Acabaron bien fartos de tanto comer y beber, con sobremesa incluida. De espectáculo, para el café concierto, la actuación estelar corrió a cargo de Elisa Cucaracha y su obra Elisa contra el marciano Mallacán. La idea era acabar con el marciano Mallacán, que llevaba hierba verde arredol del cuello, sujetada por el collar, para aparecer verde como un auténtico marciano.  Con su amuleto, Elisa lo iba a derrotar, con su piedra de yeso blanca y brillante, pero Mallacán trató de quitársela y toda la actuación se fue al traste. Todos se esmelicaron de risa, el virus de la risa les había infectado, no paraban de reírse y hasta la barriga les dolía.

Como dice el refrán, todo aragonés fino después de comer tiene frío y casi todos se echaron la siesta. La tarde fue tranquila, leyeron, pasearon por las afueras de la caseta y Elisa se entretuvo bajo la sabina hasta que le hicieron recogerse a la caseta. Cenaron algo ligero y, tras la charradeta, se fueron a dormir.

Día 29 de aislamiento, 12 de abril del 2020.

Elisa rescató del olvido su balón de fútbol y trató de jugar un rato con él. Un chute p´allá, otro p´quí hasta que el travieso Mallacán se abalanzó contra el balón, lo atrapó y se lo llevó. –¡Mecachis Mallacán!, lo coge con la boca y no lo suelta- no sabía jugar, no dejaba jugar y mira que Elisa lo explicaba una y otra vez, pero Mallacán lo volvía a coger con la boca y se lo llevaba corriendo. Elisa le gritaba, daba semejantes gritos que sobresaltaba al resto de la familia, los soliviantaba –No grites tanto, vas a espantar a todos los jabalíes de la sierra- .

Elisa solía jugar con sus amigas a fútbol en el colegio, en la plaza o en las piscinas. Si querían jugar muchos tenían que bajar de otros pueblos, incluso a veces estaban tan pocos que ni siquiera podían jugar un partido. A algunos les tenían que traer sus padres, en sus pueblos están solos para jugar a fútbol. Antes estaban más, pero hay familias que han tenido que marchar a vivir a Huesca o Zaragoza y vienen muy pocas veces. Es una pena, Marieta y Ferminer, los primos que viven en Zaragoza, bajan solo los domingos, lo justo para comer y luego pronto se tienen que volver para no hacer tarde.

La mejor amiga de Elisa vive en un pueblo cercano. La pobre Laurita es la única de su edad en el pueblo – ni por encima ni por debajo de su quinta hay gente de su edad-. Ahora la entendía, en la solitaria caseta en la sierra. Aunque en el pueblo tampoco estaban muchos, se solían juntar unos seis o siete. Eso sí, para verano eran muchos más -¡Y para las fiestas!-.

La yaya hacía balones con las vejigas de los tocinos, cuando  era una zagala, las cogían de la matacía, las hinchaban, hacían un ñudo con un trozo sogueta y ya tenían pelota. También hacían balones con trapos viejos, aunque los trapos viejos preferían cambiarlos por naranjas. -¡Antes no teníamos nada!. Las muñecas las hacíamos con trapos, poco más teníamos, canicas, tirachinas, las tabas… no como ahora que hay tantos zarrios y cacharros-

Todos son del Huesca, Josete, Clara, Elisa y hasta la yaya se emociona con el equipo de fútbol del Huesca. Lo echaban de menos, esa normalidad, los partidos de fútbol, estar en la plaza con los amigos, ir por las calles del pueblo, enredar a don Mariano en su huerto o ser regañados por siña Asunción por toquinear las plantas.

Día 30 de aislamiento, 13 de abril del 2020.

Elisa era capaz de todo, su imaginación no tenía límites y viajaba de norte a sur y de este a oeste, de Albero Bajo a Peñalba y de Castelflorite a Leciñena. Los Monegros son su tierra, pero ella es de la tierra y de más allá de todos sus confines -¡De todo el universo!.

Loma Elisa era su lugar privilegiado, por sus vistas y sus paisajes. La sierra de Alcubierre ocupa el corazón de Los Monegros y a la vez son sus pulmones. Ahora Elisa ocupaba aquel corazón.  Un extenso pinar que esconde la historia de esta tierra y en su piel se hallan las cicatrices del paso del tiempo. La desforestación, el aprovechamiento de los recursos, la conversión de extensos pastos y monte a campos de cultivo han ido configurando Los Monegros.

-Mar, todo era mar hace 47 millones de años, en el Eoceno- Elisa no se lo podía creer, la yaya parecía majareta diciendo que esto había sido mar. Paro así había sido, la yaya siempre tenía razón, decía que era sabía cómo el diablo, pues yaya María solía decir: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Ya decía el Chanson de Roland que aquí moraban los diablos, la yaya María era una de ellas, una diabla, por lo que Elisa bebía ser una autentica diablilla.

Sí, Los Monegros son excepcionales, dicen que únicos y singulares. En verdad son una anormalidad frente al resto de sistemas esteparios ibéricos que, en su mayoría, son  de carácter africano. Los Monegros, como ha mantenido el gran investigador César Pedrocchi, han tenido y aún mantiene en algunas zonas un carácter asiático y constituye un retazo de las estepas asiáticas –¡De la Conchinchina!- se reía traviesa Elisa con su risilla de auténtica diablilla. La yaya María no podía evitar reírse de las gracietas de Elisa y por un momento tuvo que interrumpir su relato. -Los Monegros son mucho más-, continuó la yaya – Según Pedrocchi son como un laboratorio natural de evolución de primer orden, un espacio de especiación con origen en el terciario y aun activo en la actualidad-. –¡Jolio!, exclamó Elisa – Los Monegros son muy viejos, de cuando los dinosaurios dominaban la tierra y los gigantes monegrinos levantaron torrollones-.

Elisa fue a dormir pensando en todo lo que yaya María le había enseñado sobre Los Monegros. Ahora entendía muchas cosas, la formación de los torrollones, la presencia de piedras de yesos blancas y brillantes, las rosas del desierto y la presencia de los selenitas- ¡dónde sino iban a estar!-. -La tierra es sabía-, concluyó Elisa  -La tierra tiene sus huellas del paso del tiempo como las arrugas de la yaya María, la tierra es pura sabiduría, solo hay que saber entenderla-.

Día 31 de aislamiento, 14 de abril del 2020.

Un día primaveral, -¡qué gustazo de día¡. La experiencia estaba siendo alucinante para Josete, Clara y Elisa. También para los padres Antonio y Aurora y para la yaya María. Federico, el pastor, como siempre iba pasando cada pocos días. Federico dejaba una saca con pan para aguantar, por lo menos,  hasta que volviese a pasar y, además, contaba cómo iban las cosas en el pueblo. Antonio y Aurora no habían descuidado el mantenerse informado, escuchaban de vez en cuando las noticias y con un teléfono llamaban a la familia cada dos o tres días. La yaya María había preferido no saber nada, decía que así no pensaba y estaba más tranquila. Josete y Clara, al ser los mayores, sí que iban preguntando y se interesaban por la situación y, tal como iban pasando los días, ya se iban impacientando con el esperado regreso.

Elisa Cucaracha, Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza iban por su cuenta, tenían asumido que los mayores no eran conscientes de la verdadera naturaleza de la amenaza y que los auténticos causantes del virus eran los extraterrestres -¡los malvados marcianitos!-. Cuando pasaba Federico corrían a ver el ganado, las ovejas, cabras y los perros pastores a los que Mallacán saludaba con millones de ladridos. Luego veían como el rebaño se iba alejando sierra adentro. Pronto volvieron a sus aventuras y comenzaron a zurziquiar con los cacharros que tenía bajo la sabina, tenía un tirachinas y un arco, algunos zaborros que había espeldregau por la era, y flechas preparadas para lanzar. También tenía amuletos colgados por la sabina, incluso un cráneo de carnero sobre un palo a la marguin del camino de entrada a la caseta. La caseta era, por lo menos al cinco mil setecientos veintiocho por ciento, segurísima. -¡Aquí estamos malditos virus, cucos, bichos y marcianos babosos y repugnantes!-

Pero Elisa y la yaya María no podían alejarse de la realidad, aquella que parecía de película. Era flipante pero a la vez preocupante, como una pesadilla. Por las ciudades y los pueblos la gente iba con mascarillas y guantes, como si fuesen enfermeros o estuviesen malos; muchas tiendas y comercios cerrados, solo abiertos los de alimentación donde la gente hace filas separados a más de un metro; hay miedo a contagiarse y la gente no puede salir a la calle y desde los balcones hacen muchas cosas divertidas y alegres: bailan, cantan, aplauden e incluso hacen algunas tontadas. Todo se extiende a lo largo y ancho del mundo. -Ojalá, ojalá pase pronto. Bueno, todo no, menos lo de la caseta y los balcones-.

Día 32 de aislamiento, 15 de abril del 2020.

Ratolín

Ratolín

Ñám, ña´m, ñám… Elisa abrió los ojos y vio como Ratolín se zampaba el grano que le había dejado. Cogía un poco de grano y lo masticaba mirando, inquieto, a todos los lados, olisqueando y moviendo sus finos y estirados bigotes. Sus ojillos pequeñines y brillantes lo delataban en la oscuridad mientras aprovechaba para curiosear la caseta. Por un instante se cruzaron de nuevo sus miradas, se miraron fijamente y sorprendentemente Ratolín, esta vez, no se asustó. Elisa no se movió y continuó observándolo hasta que Ratolín volvió a desaparecer a través de la grieta de la pared. –Menos mal que Mallacán dormía como un tronco y no se enteraba-.

Se acercaban lluvias, no muchas, pero había que estar preparados para todo. El cielo estaba precioso, con sus nubes y el suave aire que las mecía. -Cada día es único e irrepetible, disfrutarlo depende de cada uno-, decía yaya María cuando hundía sus labios en las mejillas de Elisa con su beso de buenos días.

Tras un enorme y riquísimo tazón de leche de cabra emprendieron sus faenas. Josete, Clara y Elisa se adentraron a buscar leña por el pinar, descubriendo las carrascas, los quejigos que estaban sacando hoja y las muchas florecillas que van salpicando el monte en una primavera excepcional. -Eran preciosas-, las muchísimas florecillas que iban saliendo de diferentes y diversos colores; la naturaleza no entendía de tiempos de coronavirus.

Un corzo les sorprendió entre los pinos, a él también le sorprendió los pequeños leñadores. Antes los leñadores subían y tiraban algunos árboles que el forestal les marcaba, lo bajaban a la pista arrastrándolos con mulas, aún se ven algunas trozas, y luego los cargaban desramados y troceados a los carros para bajarlos al pueblo. La leña la vendían, pues antes se empleaba mucha en las casas –siempre estaba encendido el fuego del hogar-.

Por la tarde llovió un poco, se quedaron en la caseta haciendo sus obligados deberes y ejercicios. Merendaron tostadas con miel que estaban deliciosas. Un día más, parecía normal esta forma de vida de la que yaya María tantas veces había hablado y ahora estaban viviendo. Sin duda, la yaya María era la que más disfrutaba de la vuelta a la caseta, a la que nunca esperó regresar, donde tantos recuerdos habitan y otros tantos se van sucediendo.

Día 33 de aislamiento, 16 de abril del 2020.

san Caprasio

Cima de san Caprasio

Imponente, magno, majestuoso… san Caprasio aparece dominante, asomando entre el conjunto de lomas que conforman la sierra de Alcubierre. Lomas separadas que configuran el relieve de una sierra modelada gracias a la erosión diferencial producida en el valle del Ebro. No hay ningún río por esta sierra, es seca, profundamente seca. Los barrancos se han formado a base de tormentas y lluvias puntuales, torrenciales, que discurren gracias a un sistema de escorrentía de agua superficial escavando en el terreno considerables cárcavas y barrancos que drenan el agua de la sierra.

Las cabras tiran p´al monte y Elisa y Mallacán tiran más que las cabras. Por sus escarpadas lomas trepan a pesar del suelo suelto que dificulta los movimientos. Es tierra solamente apta para intrépidas aventureras como Elisa, por su gran destreza y agilidad, con la valentía necesaria para adaptarse a este medio tan agreste sin temor ni pavor. La adaptación define la vida en Los Monegros, a los suelos débiles, a los yesos y sales, a la escasez de precipitaciones, al aire seco y dominante cierzo y al abrasador bochorno, a las boiras y heladas de invierno, a los contrastes que describen esta tierra.

Elisa Cucaracha, Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza estaban adaptados completamente al medio, a sus vertientes pronunciadas con sus pendientes impracticables y a sus cuevas que parecen colgadas ante el abismo. Soportaban implacables e inmutables a las inclemencias climáticas, ya sean sequías o tormentas, fríos y heladas. Imparables, la sierra es su refugio.

Por Los Monegros discurren los ríos Alcanadre, Guatizalema, y Flumen, aunque siempre se ha dicho la Isuela, si en femenino y respetando su nombre tradicional de la Isuela. Por Peñalba está el barranco de la Valcuerna, con vocación de río estacional nacido en Los Monegros y que desemboca en el Ebro.

San Caprasio aparece excepcional, solemne, hermoso y bello, sencillo y humilde porque la verdadera grandeza reside en el corazón. Elisa lo contemplaba, lo miraba detenidamente, buscando, porque se lo había dicho yaya María, que en ocasiones suele aparecer el pastor Caprasio por la cima de la sierra de Alcubierre. Solamente tenía que mirar y esperar.

Día 34 de aislamiento, 17 de abril del 2020.

Abril se entretiene con sus lluvias, las nubes van pasando y de vez en cuando van dejando algo de agua. Las aliagas están hermosas con sus florecillas amarillas, pero punchan. Los pequeños leñadores han encontrado una orquídea preciosa, con colores intensos que van del verde al marrón, rojizo o azulado acerado. Un violeta muy intenso- La orquídea abeja o espejo de Venus- . Hay otras, cuenta la yaya, -Hay que ir mirando con cuidado el suelo para ir descubriéndolas-. -¡Qué chulo es el monte en primavera!-

-¿Cómo conociste al yayo Paco?- Preguntó Elisa la curiosa. La alcahueta y alparcera Elisa quiere saber todo y eso es bueno, ganas de aprender no le faltan. –Con el abuelo Paco nos conocimos ya de críos-, respondió yaya María-. -¿Ibais juntos a la escuela?-, -¡Ay!, no hija mía, antes íbamos a clases separadas, los chicos a una clase y las chicas a otra-. A Elisa no le entraba mucho esto en la cabeza, a Josete y Clara tampoco lo entendieron bien, pero como decía yaya María –¡Eran otros tiempos!-. En la escuela aprendían a leer, a escribir, las cuatro reglas sumar, restar, multiplicar y dividir y luego por las tardes las niñas a costura. Las caras de los tres era de sorpresa, ni se lo habrían imaginado. Mientras, el incombustible Mallacán quería jugar y no dejaba de enredar a Elisa, le mordisqueaba la zapatilla o le cogía del pantalón y tiraba de ella. Pero Elisa quería saber la historia de sus abuelos. -¡Estate quieto Mallacán, chitón!-

 – Venga yaya, ¿Cómo conociste al yayo Paco?-, volvió a preguntar Elisa. -Los domingos se hacía baile y los chicos nos sacaban a bailar, pero vuestro abuelo Paco era muy vergonzoso y nuca me sacaba a bailar. Hasta que llegó santa Agueda, ese día se permitía a las chicas sacar a bailar al hombre y por fin pude sacar a bailar al yayo -. -¡Qué raros eráis!-, sí, afirmó yaya María, nos vigilaban para que no bailásemos muy apretados, debíamos guardar las distancias y para tener intimidad nos teníamos que esconder. -¡Qué anticuados eráis!-, -Sí- volvió a afirmar la yaya, -pero aquellos tiempos tenían su encanto-.

Día 35 de aislamiento, 18 de abril del 2020.

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Ratolín el ratón pequeñín recorre la caseta de rincón a rincón, aprovecha la oscuridad que le brinda la noche para fisgonear y husmear por todos los recodos y recovecos. Elisa, si tiene suerte, se despierta suavemente para no alertarlo y lo contempla medio dormida, con los ojos entreabiertos. Por lo contrario, Mallacán es basto con sus lametazos y sus torpes zarpas que van dando pisotones cuando se acerca por las noches a Elisa.  Mallacán, cuando se mueve por la noche, despierta a todos. Ratolín es sigiloso y Mallacán estruendoso, uno es cuidadoso y el otro un torbellino.

El día estaba algo nuboso. La yaya María había dispuesto un cañizo que había por la caseta, a modo de mesa fuera en la era. Lo ha limpiado y lo ha dejado secar. Se empleaba mucho en la construcción, sobre todo para los tejados donde encima colocaban las tejas. Se hacían entrelazando, tejiendo cañas siendo muy fuertes y resistentes. Cuenta la yaya que antes los usaban para secar alimentos, dejan pasar el aire, almendras, ciruelas, higos, manzanas, panizo, pasas, pimientos, tomates, uvas… -Nos irá bien-.

-¡Qué cosas más raras hacíais antes!- exclamó Elisa –Con lo fácil que es ir a comprar a la tienda-. La yaya María reflexionó, se quedó pensativa, miró a Elisa con su cara dulce y le dijo –Antes no había un grifo por donde saliese todo el agua que quisieras, no había un enchufe que diese la luz, ni donde enchufar el ordenador, televisión o nevera donde elegir alimentos, no existían muchas de las cosas que ahora parecen imprescindibles. Había muy poco, pero lo suficiente para vivir, ahora hay de todo y no se valoran las cosas-. –Aquí es como antes, ¿verdad yaya?-, -¡Sí!, Elisa, así vivimos todos y todos los que nos precedieron-.

Antes había tan poca agua que las adobas se hacían con vino, -pero era el vino viejo que se picaba-. Las adobas o adobes, viejos ladrillos que amasaban a base de barro y paja y secaban al sol y al aire. Aquí, si algo tenemos es sol y aire, “Polvo, niebla, viento y sol… esta tierra es Aragón” decía el poeta José Antonio Labordeta. -Nos hemos olvidados que éramos humildes, parece que nos avergonzamos de nuestro pasado.  Muchas casas se construyeron a base de adobas y bien que se merece un homenaje la adoba -¡Claro que sí! ¡Viva la adoba!-.

Mallacán se acurruca para dormir, Mallacán es el día, el sol, mientras que Ratolín es la noche, el ángel de la guarda, protector de Elisa y su familia, la luna. Elisa se durmió pensando en las casas, casetas y muros que aún quedan hechos de adobas en el pueblo, de lo bonitas que son esas paredes, lo mucho que han soportado y lo mucho que debió de costar hacerlas. –Es verdad- pensó Elisa, -Ahora tenemos muchas cosas, compramos y tiramos mucho-.

Día 36 de aislamiento, 19 de abril del 2020.

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Otro día cubierto por las nubes que se van sucediendo, discurriendo por el cielo y depositando sobre la tierra la preciada lluvia. La tierra está húmeda con sus muchas florecillas que van sonriendo y llenando de colores la sierra. También brotan los quejigos con su verdes y brillantes hojitas. Se observan rastros de jabalíes, pisadas, rascadas en los pinos y las charcas o bañas. Las cebadas están altísimas y con el aire, al mecerse, forman un suave oleaje que te transportan al mar, a su balanceo de olas que serpentean en pleno desierto de Los Monegros. La lluvia transforma el paisaje, lo aleja de los veranos secos y abrasivos que socarran la vegetación y hacen arder la tierra y las piedras.

Han recogido leña y han estado con las cabras dando vueltas, no han ido muy lejos. –Andemos hasta el corral del Sabino- explicó Elisa Cucaracha. –No se dice “andemos”, se dice “andamos”- corrigió Josete, diciendo que Elisa era bastante basta hablando como los abuelos de antes. Pío Baroja pasó por tierras de Monegros y dejo constancia que éramos muy mal hablados en “Horas solitarias”. -¡Andamos! mentira, andemos, que tu no estabas- respondió Elisa refunfuñando. Para yaya María no había que avergonzarse del pasado y eso también debía de incluir la forma de hablar.

Ababol, Abadejo, Apatusco, Avechucho, Barrillas, Bitilaina, Bochiga, Boira, Cacharro, Cardelina, Coco, Cucute, Desustanciada, Dorondón, Encorrer, Enfarinoso, Esbarizaculo, Escocar, Escucarabajo, Esfullinar, Esparbel, Espiazau, Espinais, Esportetas, Estalentau, Estrapalucio, Ferringallo, Grillau, Jasco, Melico, Miaja, Mielsa, Miragüelo, Pantaziguera, Patalera, Pezolaga, Pintacoda, Pocasustancia, Rasmia, Rebadan, Sunsida, Tozaneta, Tufa, Yaya, Zamandungo, Zancarriana… Son muchas las palabras, expresiones y giros propios del aragonés, una lengua que se habló por Los Monegros hace tiempos y aún se han ido conservando retazos de la vieja lengua aragonesa.

Cada lengua sirve para aprender, entender, comunicar, expresar, sentir, pensar, crear…  son un tesoro patrimonial. -El respeto-, decía yaya María –Nos hace entender y comprender, convivir y empatizar con los demás. Nos enseña que a pesar de las diferencias, por pequeñas o grandes que sean, somos capaces de entender y tolerar-. La diversidad es respeto y el respeto es diversidad, y en la vida, como en todo el universo, todo es diverso. El universo es un eterno de versos diversos infinitos.

Las lenguas son toda una ventana que nos explican la verdadera esencia de nuestros antepasados, porque son sus palabras únicas, propias e indisociables a su forma de entender y comprender sus vidas y todo el saber y cultura que heredaron de sus antepasados. La yaya, como siempre, ha querido y amado todo lo aprendido de los mayores, igual que ahora Josete, Clara y Elisa van aprendiendo de yaya María y reciben el legado transmitido generaciones tras generaciones.

Por la tarde han ido pasando nubarrones amenazando tormenta. Hasta el anochecer no ha habido tronada, la sierra retumbaba, tremolaba la caseta de duros alazetes. Pero por muy dura que sea la tronada, Elisa Cucaracha y su banda ¡No reblan!.

Día 37 de aislamiento, 20 de abril del 2020.

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Mallacán agitaba con tremenda alegría la coda como cada mañana, otro día que aparecía nuboso, con esas nubes que dejan entrever el cielo que resalta con su inmenso azul claro. La rabosa no ha vuelto a merodear por la caseta, hay muchos conejos y será más fácil ir a cazar por donde tienen los cados. –Antes, por la sierra alta había mucho conejo-, cuenta yaya María, -cuando venían a plantar pinos los cazaban poniendo lazos-. Lo bueno de que no esté la rabosa es que las gallinas están tranquilas y van poniendo abundantes huevos que van recogiendo Josete, Clara y Elisa. La raboseta es astuta y por el mote va royeta y majeta.

Ir con las cabras les ha hecho más fuertes, suben las cuestas con gran destreza y agilidad, brincan las piedras y sortean las punchantes coscojas, aliagas y espinos. Ningún escollo, peñasco o risco resulta insalvable, nada detiene su imparable avance, saltan ripas, cruzan barrancos, atraviesan vales y llegan a pequeñas colinas que parecen que nunca nadie había alcanzado. Elisa, si podía, no dejaba de mirar a san Caprasio, aguardando que apareciese la figura de Caprasio merodeando por su cumbre y resguardando la sierra que se había vuelto su hogar. Allí, imponente como una erguida sabina siempre está san Caprasio.

Hacia el llano se ven las planas alargándose con sus maravillosas, frondosas y verdes cebadas. Los pueblos se ven pequeños, menudos, incluso Huesca al fondo resulta menuda. Hacia el este se ve claramente el monasterio barroco de la Cartuja de las Fuentes. Hace unos meses que lo fueron a visitar descubriendo las muchas pinturas que inundan el lugar, obra de un monje que vivió en el monasterio. Les enseñaron muchas pinturas y, entre tantas, un curioso auto retrato del monje pintor Fray Manuel Bayeu. Los demás no se percataron, pero Elisa vio como tenía un considerable y sospechoso parecido con el señor que les enseñaba el monasterio. Elisa no tuvo duda alguna que debía ser el mimo Bayeu -Aun sin esa barba larga y con algo más de pelo en la cabeza-.

Más al este se encuentra otra joya de Los Monegros, el monasterio románico de santa María de Sijena, con su portada con sus catorce arquivoltas que tanto le gusta contar a Elisa cada vez que va. Un lugar muy bonito, con muchas obras de arte que  han vuelto y otras que aún tienen que volver. Tesoros de los muchos que hay por Los Monegros, a los que siempre es bonito volver. –En cuanto pase todo esto-, pensó Elisa –volveré-.

Día 38 de aislamiento, 21 de abril del 2020.

Federico, el pastor, pasó pronto por la mañana, habían dado aguas y aprovechó la mañana para apacentar el rebaño. La cosa parecía que iba a mejor pero continuaba muriendo gente, todo va para largo y por ahora alargan el confinamiento hasta el once de mayo. –Lo peor- decía Federico –la que nos viene encima con la economía, va a ser la ruina-.

Por la tarde se quedaron al cobijo de la caseta mientras una fina y constante lluvia fue cayendo. La sierra fue recogiendo el agua, esta es buena, la va absorbiendo la tierra y el monte y los cultivos la agradece. La sierra se extiende desde Tardienta hasta La Almolda sin dejar de tener continuidad con la sierra de Sijena a través del monte de Pallaruelo. Una zona preciosa el monte de Pallaruelo, con su barranco de la Peña y el estupendo sabinar. Desde el alto de la Portellada se contempla en su esplendor el sabinar de Pallaruelo y la vista se puede extender a través de Los Monegros norte y la sierra de Guara hasta los altos Pirineos.

Por el monte de Pallaruelo, a mitad camino al monasterio de la Cartuja de las Fuentes permanecen los restos de una antigua iglesia gótica. -¿En mitad del monte?- preguntó Josete. –Sí- respondió yaya María – Resiste en pie una sola pared de la una antigua iglesia y ya nada más queda-. Los restos responden a un antiguo poblado que existió hace siglos y que desapareció sin que su historia llegue a nuestros días. -¿Nada?- se mostró extrañada Clara –Solamente la solitaria pared- respondió yaya María –resiste a la desmemoria-.

Moncalvo labordeta

-Hay leyendas que cuentan que fueron asesinados por no pagar impuestos, quemados vivos dentro de la iglesia y su historia la borró el tiempo-. -¡Qué horror!- concluyeron todos a la misma vez. Del viejo y desaparecido poblado de Moncalvo ya no queda nada de su memoria, de sus calles, de sus gentes, resulta misterioso e incomprensible- ¿Cómo se ha olvidado la gente de todo un pueblo?- preguntó extrañada Elisa. -El tiempo borra muchas cosas-, explicó yaya María.

Elisa empezó a dudar si ya estuvieron antes los marcianitos y fueron los verdaderos culpables de la desaparición del viejo poblado de Moncalvo -¡Malditos marcianos!. A partir de ahora la memoria de Moncalvo permanecerá viva, Elisa la mantendrá viva con su recuerdo y no dudará en transmitir su historia. Será como una Labordeta, que entre sus ruinas hizo sonar su guitarra y voz.

Día 39 de aislamiento, 22 de abril del 2020

Reconforta la tranquilidad que reina en la sierra, abruma a veces tanta soledad, pero la calma y el sosiego alimentan el alma. La naturaleza es acogedora, lejos del mundano ruido y bullicio de  la civilización y las cercanas ciudades de Zaragoza o Huesca. Respirar aire limpio y puro, lejos de la contaminación y el ruido. Aunque a los tres, a Josete, Clara y Elisa les encanta ir a la ciudad –de vez en cuando está bien. Hay mucha gente, tiendas y cosas que ver y hacer, lugares por donde pasear… nunca deja de sorprender tanto movimiento y actividad, tanta oferta de ocio y cultura-.

Mientras, en los pequeños pueblos las casas y las calles se ven vacías, cada vez más y por lo que dice Federico -poco se nota aquí el confinamiento-. Para comprar según qué cosas hay que ir a la ciudad, -aunque a tía Miranda le gusta comprar por internet y a los dos días se lo dejan en la puerta de casa-. Tía Miranda no para y con la asociación del pueblo no para de hacer montones de actividades, fiestas y jornadas culturales-.

La vida en la sierra es dura, han dejado atrás las comodidades, como cuando van de acampada. Yaya María ha vuelto a su juventud y disfruta compartiendo sus recuerdos, le encanta sentarse en una silla afuera de la caseta y contemplar la sierra y el trajín que llevan todos. La yaya vuelve a realizar la estrategia de lagartija o fardacho, de sangre fría, decía Elisa, buscando el sol, el haz de rayos que le aporten un revitalizante calor.

La sierra nunca ha estado tan silenciosa y vacía, antiguamente subían y bajaban carros tirados por caballos o mulas, cultivaban los campos y se segaban a dalla y hoz, se hacía leña y carbón vegetal, se dormía en las casetas o aldeas y los rebaños de cabras campaban por toda la sierra. Había grandes constructores de carros y galeras en los pueblos, un gran oficio de carpinteros y herreros que ha desaparecido. Los tiempos avanzan imparables y casi no da tiempo para reflexionar cuanto dejamos por el camino, tantas cosas que, quizá, no deberíamos de olvidar.

Día 40 de aislamiento, 23 de abril del 2020

Elisa desciende de una tierra de dragones y se los imagina sobrevolando los confines de esta tierra llamada Aragón. A Elisa le parecían simpáticos los dragones, no había conocido a ninguno, pero todos los animales son simpáticos. Aunque hay que saber guardar las distancias, decía muchas veces yaya María, algunos pueden verse amenazados y atacar; la naturaleza es salvaje. Especialmente lo decía cuando levantaba piedras Elisa, a la yaya le sabía muy malo -Para cuenta, que no sabes que te puedes encontrar, te puede aparecer una escolopendra, un arraclán  o una tarántula-.  -¡Mía que la fizadura es muy mala y ya no mincharás más pan!.

Tanto recoger y amontonar piedras por la zona de la sabina que comenzaba a parecer una autentica posición de la guerra civil, como monte Irazo, Pocero, loma Orwell o San Simón. Esas trincheras por donde estuvo el famoso escritor inglés George Orwell y el español Camilo José Cela por el otro bando. Elisa había parapetado con incontables piedras su posición de la sabina.

Camilo José Cela fue herido en esta sierra, de cierta gravedad, sintió un golpe seco en la nuca y se quedó sin conocimiento, la metralla de una granada de piña se le clavó en el pecho… después se fue despertando.  –Esta sierra tiene mucha historia- concluyó yaya María con sus sabias palabras.

La yaya explicó lo que sucedía cuando a uno le picaba la tarántula, pronto buscaban un tañedor y tocaban la guitarra, cantaban y bailaban jotas hasta que al enfermo se le pasaba la fiebre, -Aura p´al medico y una injición-. -¡Vaya fiesta se montaba!- y aunque a nadie le había picado, yaya María les cantó unas jotas a Josete, Clara y Elisa. Y a Mallacán también, que aunque no se enteraba de que iba la cosa, como siempre, participaba y estaba en medio de todo.

La sierra estaba tranquila, mal que el misterioso lobo de Los Monegros había vuelto a atacar por Leciñena, lo había comentado Federico el pastor. -¡Esta sierra es de cuidau!- exclamó alborotada Elisa –Dragones, demonios, gigantes, selenitas, escolopendras, arraclanes, tarántulas, gripias, lobos…!, no me extraña que por aquí no haya nadie ni se atrevan a venir los marcianitos con su maldito virus-.

La leyenda del Cucaracha será, pensó Elisa, menos mal que su sombra que se extiende hoy en día gracias a Elisa Cucaracha, Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza.

Día 41 de aislamiento, 24 de abril del 2020

Hace noches que Elisa no veía a Rotolín el pequeñín, miembro de la banda y más conocido como Ratolín el Farineza. Era ágil y huidizo, maestro en las artes de la invisibilidad, dominaba la noche y, a pesar de su menudo tamaño, era un componente terriblemente temido. Por la noche se había comido toda su ración y nadie en la caseta se había percatado.

Ninguno de la banda bebía vino, así que no los podían envenenar como a Mariano el Cucaracha. Tampoco con la comida, pues yaya María era la cocinera y era muy rigurosa con la comida, conservaba y guardaba muy bien los alimentos. La caseta está estratégicamente bien situada y desde loma Elisa se avista gran horizonte para advertir cualquiera que se atreva a acercarse por la caseta. El lugar era mucho más seguro que el corral de L´Anica donde mataron al Cucaracha.

Madroños, endrinos, barzas, gabarderas… muchos matorrales de los que crecen en esta sierra se pueden aprovechar para coger sus frutos, el fruto del madroño “Alborcero” resulta muy dulce y emborracha “Alborzas”, los arañones son buenísimos para hacer pacharán y las moras para no parar de comer una tras otra, pero había que esperar a otoño. También aparecen almendreras, higueras y oliveras por la sierra, hay cajas de abejas para hacer miel y un montón de plantas con propiedades medicinales y culinarias. Hay zonas que aguantan muy bien la humedad, en los barrancos hay mucha vegetación, en algunos incluso hay boj y por ello llevan su nombre como el Bujal. Otro barranco hace referencia al enebro en su forma aragonesa Puchinebro y el de la Estiva a su presencia de pastos elevados adecuados para el verano.

Todo bajo la protección de san Caprasio, aunque para Elisa el mejor amuleto protector era yaya María, sin duda alguna, era la que le hacía sentirse completamente segura. ¡Y la muñeca!, la que siempre estaba con ella, en las oscuras noches hasta cada nuevo amanecer.

Día 42 de aislamiento, 25 de abril del 2020

Los días medio nublados iban dejando días preciosos con sus ratos de calor, de sol radiante, momentos fabulosos para disfrutar de la primavera en todo su esplendor. La familia disfrutó de un día soleado, gozando enormemente y cargando las pilas mientras realizaban sus habituales faenas diarias. Un sin parar, un trajín incesante hasta que de repente echaron algo en falta. Demasiada tranquilidad, mucha calma y paz, algo no iba bien.

Elisa y Mallacán faltaban, no estaban por los alrededores de la caseta, ni tampoco dentro. Buscaron por todos los lados, por la sabina, por la loma, por el bosque, por la caseta… Todos iban mirando por todas partes, hasta yaya María buscaba incansable por los lugares más insospechados. Llamaban a gritos a Elisa y a Mallacán, que tenía mejor oído, pero no aparecían.

Poco a poco su falta comenzó a ser cada vez más preocupante, -¿Ande podrían haberse metido la bruja de Elisa y el cerrudo Mallacán?-  No los encontraban por ningún sitio, como si la tierra se los hubiese tragado. -¡¡Elisa!!, ¡¡Mallacán!!- Hasta Federico el pastor se acercó inquieto e intrigado por los gritos, los había escuchado mientras iba con el ganado y, tras saber lo que ocurría, se unió sin dudarlo a la búsqueda.

No podía ser, algo podría haberle ocurrido, yaya María se inquietaba cada vez más. Antonio y Aurora iban preocupados y enfadados, Josete y Clara sabían que a Elisa le iba a caer buena carrañada pero ante todo esperaban encontrarla, también estaban bastante preocupados.

Nada, Elisa y Mallacán no aparecían por ningún lado. Estaba comenzando a ser desesperante. Los nervios empezaron a cundir. De repente cayeron en cuenta que no habían mirado por la balsa y fueron todos corriendo, era un lugar peligroso, con el barro y el agua, le podía haber pasado algo.

Llegaron a la balsa y lo que encontraron les dejo paralizados, allí estaba Elisa tirada al borde de la balsa, en su orilla, sobre la toalla tomando el sol como si estuviese en la playa. Una escena surrealista, propia de Buñuel, que les hizo romper en carcajadas liberando toda la tensión que habían acumulado. Mallacán también estaba tumbado plácidamente, como si el mundo no fuese con ellos. Inocentemente, Elisa al verles les invitó a su playa ajena a todo lo que había pasado y así hicieron, la familia se unió al Monegros Beach de Elisa y Mallacán. Olvidaron el mal trago que habían pasado, no tuvieron más remedio, y disfrutaron del sol que calentaba el primaveral día de abril en el Monegros Beach.

Día 43 de aislamiento, 26 de abril del 2020

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Había sido surrealista ver tumbada con sus gafas super fashion a Elisa a la orilla de la balsa. -Una estrafalaria- decían Josete y Clara, solamente a Elisa se le podía haber ocurrido. La escena había sido propia de una película de Buñuel o de una naturalidad profunda de Almodovar, -¡sí!- aquel director de fama mundial que vivió por un tiempo en Poleñino donde realizó su primera comunión.

La guapa Penélope Cruz rodó en Los Monegros una película junto a Javier Bardem y Jordí Mollá, película que les lanzó a la fama. “Jamón, jamón”, la película de Bigas Luna que quedó fascinado por esta tierra, desde aquí tocó la Luna, seguro que descubrió a los selenitas, quedando abducido por sus extraordinarios poderes y sus terribles encantos lunáticos.

Lugares que inmortalizó Bigas Luna, con la nacional II, la bañera de Monegrillo y el toro de Peñalba. Penélope y Javier acabaron siendo matrimonio, con su hijo Leo y  su hija Luna, aquella que tocó Bigas Luna en Los Monegros y llevó a la pareja a lo más alto de las estrellas del cine mundial.

Ese surrealismo que parece que encierra Los Monegros aflora con el viejo documental de Antonio Artero y Labordeta “Monegros”. A similitud del documental de Buñuel, con Las Hurdes, trataron de hacer algo parecido pero con grandes pinceladas de creatividad. Recorrieron los paisajes monegrinos, con su mirada cinematográfica y poética, experimentando en la misma concepción de la creación audiovisual y su relación con la realidad. Al final, Almodovar, Artero, Buñuel o Luna  han sido excepcionales cuestionando y mostrando su particular visión de la realidad.

Los Monegros fueron tierra de miserias y pobreza, de años de ausencia de cosechas y plagas devastadoras de langostas, terribles sequias y hambrunas asolaron el territorio. Poco, poco se distanciaría con Las Hurdes.

Elisa iba a ser la nueva Penélope, una gran actriz y una gran mujer, valiente e independiente que iba a brillar intensamente en el firmamento. En Los Monegros brillan muchas estrellas, no es así en todos los lugares, no saben lo que se pierden.

Día 44 de aislamiento, 27 de abril del 2020

La lluvia de abril ha continuado cayendo como cada pocos días lo va haciendo, una madrugadora lluvia fina ha caído a primera hora de la mañana. Elisa y Mallacán no han podido salir a correr y han aprovechado la mañana para hacer los ejercicios y deberes de la escuela.

La naturaleza estaba tranquila, la ausencia de personas había permitido que muchos animales campen a sus anchas. Es extraño, reflexionaba Elisa, la naturaleza nos da agua clara y limpia y nosotros ensuciamos ríos y mares, nos regala aire puro y lo llenamos de humo, nos ofrece una frondosa vegetación llena de hermosísimas flores y lo llenamos todo de basura y plásticos. Quemamos nuestra tierra, le echamos veneno, derretimos los círculos polares, destrozamos bosques y selvas, matamos animales, cambiamos el clima y sufrimos sus consecuencias. Yaya María estaba de acuerdo, era difícil de entender, no tenía sentido y el futuro se estaba volviendo incierto, agotando y destrozando nuestro mundo que nos permite vivir. Hay personas que prefieren el cemento a los árboles – ¡Qué tontos!, igual piensan que pueden vivir sin respirar-.

Cuando paró de llover Elisa y Mallacán fueron a ver a la sabina, respiraron el profundo aroma que la lluvia había dejado en el ambiente. Los pajarillos con su ajetreo alegraban el día, un petirojo merodeó la sabina, se posó en una piedra cercana y contempló a Elisa. Elisa estaba descubriendo lo maravilloso que era vivir en la sierra, comprendiendo lo vital que es la naturaleza, lo verdaderamente importante para vivir.

La sabina era sabia, más sabía que los hombres, si no paramos acabaremos destruyendo nuestro hogar, con el calentamiento global y nuestras avaricias, agotando recursos y las estúpidas guerras. La sabina y el simpático petirojo no necesitaban entenderlo, ya lo sabían. En cambio, los humanos tenemos la capacidad de aprender, razonar y evolucionar pero aún no hemos sido lo suficiente inteligentes -¡sabios!-  para entender el verdadero significado de la vida y ser capaces de respetar, convivir y conservar nuestra madre tierra.

Día 45 de aislamiento, 28 de abril del 2020

Por las noticias que iba trayendo Federico el pastor la cosa estaba mejorando, los niños podían salir a pasear y pronto iban a comenzar la desescalada del confinamiento. Era un gran alivio pero aún había riesgo y miedo al contagio, había que guardar un distanciamiento social con el resto de las personas y la normalidad iba a costar recuperarla. Incluso había quienes dudaban de recuperar totalmente la normalidad, al menos hasta que los científicos descubran la vacuna.

La familia se replanteó su situación, hablaron de la posibilidad volver a casa ya y tratar de recuperar sus vidas. Todo tenía sus ventajas pero también sus inconvenientes, ni Josete, Clara y Elisa iban a volver a la escuela, ni a jugar con los amigos. Al final decidieron por unanimidad que iban a ser consecuentes con su decisión y la iban a llevar hasta el final, que su aventura en la sierra iba a durar hasta que el confinamiento comience a aligerarse significativamente, al menos hasta el once de mayo. Tanto esfuerzo no se podía dejar perder y había que aguantar un poco más.

A Elisa le pareció genial, no quería irse de la sierra, aunque una buena ducha de agua caliente le iría muy bien, la nevera, el microondas, tener luz abundante, ver alguna película tumbada en el sofá, el secador de pelo, hablar con sus amigas con el ordenador, tener las muchísimas cosas que echaba en falta de su cuarto…

Aquí había pocas cosas pero tenían muchas cosas que hacer Elisa Cucaracha, Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza. Y desde que estaba aquí había compartido muchas horas con su familia, todos estaban juntos casi todas las horas y había momentos especiales, sobre todo después de cenar, cuando al calor del hogar se juntaban para charrar y yaya María les contaba cosas de su juventud, como era antes el pueblo, el horno de pan, la balsa mayor, el transporte a Huesca, la central de teléfono, el bar de la plaza, el baile de los domingos, las mujeres de negro con el luto, el estraperlo, ir al lavadero, tomar la fresca, las noticias en la radio, la primera televisión…

–Pues imaginar lo que veré yo, seguro que surcaré el universo y seré capitana de mi propia nave interestelar-

Día 46 de aislamiento, 29 de abril del 2020

El Cucaracha recorría la sierra refugiándose por sus cuevas, casetas y corrales, huyendo y escapando tras las muchas fechorías realizadas. Robos, secuestros, extorsiones, asesinatos… siempre al margen de la ley y perseguido por las fuerzas de la guardia civil. El Cucaracha mostró gran ingenio con sus escaramuzas, burlando y escapando por los pelos en más de una ocasión, era muy huidizo, astuto y no dejaba de ganarse los favores de los más pobres a quienes compensaba con parte de su botín. Un bandolero terrible que robaba a los ricos, los que tenían, y daba a los pobres, los que nada tenían. Cucaracha pagaba los muchos favores a pastores y campesinos que le ayudaban a vivir al margen de la ley.

Elisa estaba segura que su sabina era la misma que la del temible Cucaracha. La misma sabina donde había escondido su botín para que nadie lo encontrase. Ciertamente, Elisa era heredera de aquel tesoro escondido en la sierra de Alcubierre, de aquel tesoro que muchas historias se habían contado  y muchos se habían aventurado a buscar sin éxito. Elisa era la protectora.

La yaya hizo unas apetitosas y suculentas migas para comer, las ha cocinado en una sartén enorme y se las han comido como antes: cucharada y p´atrás, sin agolparse en la sartén. Elisa usó como cuchara una corteza grande de pan. Todo venía a raíz de las historia que yaya María contaba. De aquella ocasión en la que dejaron al Cucaracha sin cuchara en una comida y se tuvo que comer el cocido con una corteza de pan, al acabar les dijo a los demás que de postre tenían que comerse la cuchara y, dando ejemplo, Cucarcaha se comió su cuchara.

La cuadrilla robó a lo largo y ancho de la comarca y más allá de sus límites, asaltaron las mejores casas, se disfrazaron de Carlistas y atracaron al pueblo de Farlete, confinándolos en el interior de la iglesia. Cogió tan mala fama que trató de ganarse a las gentes más humildes. Fue valiente y osado y no dudó en presentarse en el casino de Zaragoza y jugar una partida de cartas contra su gran perseguidor el gran teniente Lafuente. El teniente no lo había reconocido.

Robin Hood, Curro Jiménez y Cucaracha son muchos de los bandoleros románticos que sembraron de leyendas tiempos pasados. Pero hoy en día, al contemplar la sierra aún podemos sentir el aliento de estremecedores bandoleros que todavía campan por los cerros, vales y lomas de la sierra de Alcubierre: Elisa Cucaracha y su banda Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza.

Día 47 de aislamiento, 30 de abril del 2020

El árbol no quiere correr ni quiere volar, el hombre puede correr y sueña con volar. A Elisa le gusta bailar y bailar, girar y girar y continuar moviéndose al ritmo de la música sin parar. Soñamos con poder hacer lo que no podemos mientras no valoramos lo que verdaderamente podemos hacer.

Podemos correr, correr es nuestra gran libertad, Elisa y Mallacán corrían de un lado a otro de la era, imparables avanzaban a cada zancada, gastando energía y agotando sus fuerzas. Correr lleva su esfuerzo como volar lleva el suyo, esfuerzo que muchos no están dispuestos a realizar. La pereza ni anda, ni corre, ni vuela.

Si voláramos la gente no volaría, igual que no corre. Si fuésemos un árbol querríamos andar, soñaríamos con correr. Imagínate un árbol moviéndose, buscando un sitio con mejor suelo y disposición de agua, un árbol escapando por qué lo quieren cortar. Si fuésemos un árbol querríamos sentirnos libres y no pararíamos de correr de un lado para otro como Elisa y Mallacán en la era de la caseta de la sierra de Alcubierre.

Si fuésemos un árbol soñaríamos con correr. Somos personas y podemos correr, pero a mucha gente no le gusta ni quiere correr, es la libertad a la que mucha gente renuncia. Si fuésemos pájaros habría quienes no volarían, también renunciarían a su libertad. Se quedarían quietos perezosos por el esfuerzo que conlleva volar.

Pero el árbol se mueve creciendo buscando la luz y hundiendo sus raíces en un suelo de huidiza agua, como la paciente sabina de Elisa que despacio crece en los áridos Monegros. Elisa y Mallacán corren alrededor de la sabina, bailan como ritual, en el que ríen y disfrutan hasta caer tumbados sobre el suelo. Los árboles también vuelan, son nubes que surcan el cielo. Elisa soñaba con ser un árbol, corriendo, bailando y volando.

Día 48 de aislamiento, 1 de mayo del 2020

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Elisa era una trabajadora incansable, infatigable, curtida en el esfuerzo duro y constante. Atesoraba el valor de cada gota derramada, de cada paso portando los pesados pozales de agua, de mirar al cielo y adaptarse al tiempo que venía, de vivir con las horas de sol, de alumbrarse las noches a la luz de las velas, de administrar los recursos, de saber que todo lo que le contaba yaya María era de una sabiduría infinita desde tiempos inmemoriales.

Elisa acudía a la balsa y recogía el agua procurando recoger la más limpia y clara, ordeñaba las cabras con suavidad y delicadeza, recogía la leña perfectamente seca para alimentar el hogar, ayudaba a yaya María con la comida, pelaba patatas y lloraba con la maldita cebolla. Aprendía con cada guiso los sabores de antes, con la paciente yaya María que lo elaboraba con todo el cariño del mundo. Muchas recetas de siempre, guisos y cocidos del ingenio de la supervivencia, cocina de subsistencia con lo poco que había para llenar las muchas bocas que de sol a sol trabajaban duramente sin parar.

En muchas casas marchaban los hijos y las hijas mayores a trabajar a las casas ricas, a las faenas del campo y del monte y a servir. Algunas tuvieron que marchar a las grandes ciudades, muy jóvenes servían en casas pudientes las veinticuatro horas al día, limpiando, cocinando, cosiendo, cuidando los hijos de la casa… El trabajo de antes sin tantos avances como ahora, fregaban los suelos de rodillas, las planchas de carbón o de hierro se calentaba al fuego, -Ahora sin los electrodomésticos no sabríamos vivir-.

Josete, Clara y Elisa se fascinaban con las historias de antes de yaya María, de cómo vivían, de esa forma de vida que ha desaparecido. Sin calefacción tenían las cuadras en las casas para aprovechar el calor de los animales y el fuego de la casa nunca se apagaba.  Se calentaban con braseros de carbón, carbón vegetal que hacían en la sierra o carbón que algunas mujeres de Sariñena iban a buscar a las vías del tren. Mujeres recogían el carbón aún por consumir que caía de los trenes y lo aprovechaban para sus casas o lo vendían si la guardia civil no les pillaba y requisaba la vital mercancía. Mujeres trabajadoras que llevaron el peso de la familia en silencio y sin reconocimiento. Las arrugas de yaya María contaban tantas historias como la corteza rasgada por el tiempo de la imperecedera sabina, las arrugas del tiempo y la sabiduría.

Día 49 de aislamiento, 2 de mayo del 2020

Un sol radiante animaba la mañana que mostraba la primavera en todo su esplendor.  Una intensa actividad se desarrollaba en la sierra con los imparables pajarillos revoloteando con su risueño gorgojeo, trino y piar, el alegre canto que deleitaba los oídos. El conjunto creaba una armonía que relajaba, una música placentera que conquistó y cautivó a Elisa –la vida-, decía yaya María –son estás pequeñas cosas-.

Cardelina

chuflas al alba

porqué dende l´ocaso

soniabas con l´amaneixer.

Subían y bajaban los carros a la sierra, por los caminos transcurrían las gentes de estos lugares a pie y con sus caballerías. Pretéritos tiempos de cuando la sierra rebosaba vida, numerosos ganados apacentaban los montes y las casetas permanecían firmes.  Ahora, caídas y destruidas por el abandonoy quedan solitarias esparcidas por el monte. Aldeas, casetas, corrales, masadas y parideras que daban techo y resguardo ahora son montones de enruena. Sus muchas historias se han desvanecido con ellas.

Yaya María también corrió por la era de la caseta cuando era chica, muchas veces subió a la sierra con sus padres y hermanos a labrar el campo y a segar cuando las espigas doradas brillaban como el sol. Trillaban en la misma era y yaya María se subía al trillo y surcaba la era como capitana de los infinitos mares y océanos.

Las blancas sabanas aparecían tendidas al cierzo, las chamineras humeaban, los zagales y zagalas jugaban por las viejas sabinas y trepaban las antiguas carrascas y quejigos, abrazaban los grandes árboles y trepaban a sus copas.

Los caminos eran un trajín de ir y venir, carros y caballerías, tener mulas, caballos y yeguas era toda una fortuna y perderlos una autentica desgracia para muchas familias.

Hoy estos montes son desierto, sin nadie que suba a las casetas, a las aldeas como en la sierra se les conoce, ni nadie cuenta las historias que siempre se contaron.

Por la noche salieron fuera de la caseta y contemplaron el amplio firmamento. Una preciosidad bóveda celeste estrellada les embriagó el alma mientras una vergonzosa luna comenzaba a asomarse en su creciente deriva. Yaya María lloró emocionada, era como una de esas muchas noches de su niñez.

Día 50 de aislamiento, 3 de mayo del 2020

Ratolín era pequeñín pero estaba hecho todo un glotón, comía todo lo que Elisa le dejaba por las noches. Había forjado una gran amistad con Ratolín y este había cogido confianza con Elisa. No mucha, era cosa de bandidos, nunca se podía confiar en nadie, era la ley de los bandoleros. Pues eran como piratas del secano o solitarios vaqueros del lejano oeste.

Las capitanas del cierzo, barrillas o volandera surcan los llanos de Los Monegros, el far wets de Los Monegros, como en las películas. Por las lomas desnudas y áridas no era descartable que apareciese un cowboy o un indio navajo, salvaje como los bandoleros, esa estirpe de forajidos a la que pertenecía Elisa Cucaracha y su banda Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza.

Yaya María decía que quemaban las barrillas y con las cenizas hacían jabones y lejía para lavar la ropa. La limpieza y el aseo era y es muy importante.  Elisa había aprendido a recoger su melena y colocarse un pañuelo en la cabeza como hacía yaya María. Así no se ensuciaba tanto el pelo, pues era difícil el aseo en la sierra, no tenían ducha ni agua caliente y si hacía frío era para no lavarse. Yaya María decía que era una quejica, algo romancera había salido la pequeñeta Elisa -¡Menuda brujilla!-

El calor apretaba y en su ínsula Barataria, cuyo gobernador fue el gran Sancho Panza, Elisa dispuso todo contra el maldito virus. Sus amuletos protegían sus dominios, su blanca y brillante piedra de yeso resultaba infalible. Mallacán hacía ronda por los dominios de su ínsula, por su orilla circular que pronto volvía a encontrarse a sí misma. La tierra, todo el planeta Tierra era la ínsula Barataria de Elisa y la balsa el mar que todo lo rodea.

Día 51 de aislamiento, 4 de mayo del 2020

El calor comenzaba a apretar en Los Monegros y las faenas costaban más según las horas del día. Al mediodía era cuando comenzaba a calentar y por la tarde ya no se podía aguantar la calor. La sombra valía oro en estas tierras oscuras de Los Monegros.

Las faenas las iban haciendo a la fresca de la mañana, aunque tenían tantas por hacer que el trabajo les ocupó hasta bien entrado el mediodía. Elisa fue a buscar agua a la balsa y de la sudorina que pilló se rujió con el agua de la balsa para refrescarse. A Mallacán lo remojó y este corrió sin control de la ilusión que le hizo. Al yayo Paco poca gracia le hubiese hecho, -¡Malgastar de esa manera el agua!-.

La lluvia había traído una primavera fantástica a Los Monegros. Esa lluvia y agua tan escasa y deseada, de tantas rogativas que incluso su milagro erigió todo un monasterio cartujo en honor a la Virgen de las Fuentes.

La milagrosa agua que tanto cae en el norte y riega ahora tantos estíos secos de Los Monegros, gracias al canal de Monegros. Esfuerzo y sufrimiento, lucha que causó tanto dolor, pueblos inundados y despoblados. Aquellas aguas fueron una salvación para el llano, para tierra plana, una esperanza para salir de la miseria y la pobreza. Montes y pastos se volvieron fértiles tierras de cultivo. Se concentraron tierras, se nivelaron, se despedregaron campos y se labraron para su cultivo. Se crearon sistemas de riegos a base de acequias y canaletas que regaban a manta inundando las tierras. Luego llegó la modernización y se realizaron grandes inversiones en maquinaria, se crearon cooperativas y llegó el riego fijo. Un desarrollo imparable que nos ha situado en la vanguardia de la agricultura.

Antes se vivía con pocas hectáreas y ahora se hace imposible vivir. Cada vez menos jóvenes se pueden incorporar a la agricultura y la tierra acabará acabando en grandes fortunas o fondos de inversión. Tanto esfuerzo y sufrimiento de la gente para que acaben ganando los de siempre. ¡Sí Costa levantase la cabeza!.

Día 52 de aislamiento, 5 de mayo del 2020

Al final Los Monegros se define con cada sabina, en su paisaje árido y estepario, en su olor a romero, tremoncillo y ontina. Su esencia son esos aromas e intensos atardeceres que nos descubren una tierra fascinante que juega con el cielo.

Cada día Elisa descubría nuevas flores, de colores intensos y preciosísimos. Recogía flores y las llevaba a yaya María. Eso bastaba para una bellísima sonrisa de yaya que era velozmente correspondida con otra inmensamente preciosa de la dulce Elisa.

La yaya respondía a mujeres excepcionales que no lo tuvieron fácil en su tiempo, con pocos derechos y un papel completamente encorsetado. La mujer no podía hacer muchas cosas que solamente estaban reservadas para el hombre y su educación iba encaminada a ello. Mujeres valientes que se apoyaban entre ellas, se ayudaban en los partos y existía la figura de las amas de leche que alimentaban a los recién nacidos que sus madres no podían amamantar. Así existieron los hermanos de leche. Solidaridad, las puertas de las casas estaban abiertas y siempre había un plato para compartir aunque casi no hubiese nada para comer. Valores extraordinarios que el tiempo ha dejado atrás.

No había anestesia ni los avances médicos de ahora, decía yaya María que las muelas cucadas se las quitaba el barbero. Para sobrevivir hacían estraperlo, lo que ahora se conoce como contrabando, aunque en verdad era una forma de trueque y de subsistencia colectiva

Gente humilde pero digna, hablaban y se entendían con sus singularidades y particularidades, como ese ¡quio! y ¡quia! que tanto nos define y tan adentro llevamos. Hablaban con el corazón porque sabían cuál era su lugar, el lugar de cada persona que el escritor ramón J. Sender plasmó en su obra El lugar de un hombre.

 La pertenencia al pueblo, al lugar, la verdadera identidad que ha forjado como la sierra forja el carácter a los duros Elisa Cucaracha y su banda Mallacán el Cerrudo y Ratolín el Farineza.

Día 53 de aislamiento, 6 de mayo del 2020

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Elisa sabía que había aprendido de la abuela muchas cosas y que le iban a ayudar mucho en la vida para ser una gran mujer como ella. Cada uno tiene sus héroes y para Elisa yaya María era toda una heroína. Siempre estaba cuando se le necesitaba con su paciencia infinita igual que su amor, siempre infinito para los demás. Hundirse en sus abrazos para Elisa era lo mejor del mundo entero. Luego estaban los pequeños placeres: farinosos, empanadicos de calabaza, tortas de fiesta… Elisa era una gran laminera, aunque siempre le advirtiesen que, si comía mucho, le iba a doler la barriguita.

La sierra no dejaba de sorprender con su esplendor, los maravillosos sembrados de cebada y trigo altos y espigados con abundante grano ya comenzaban a amarillear. El suave aire mecía las altas espigas y el mar de Los Monegros volvía a aparecer con su agradable oleaje que transportaba a la inmensidad del azul mar. Los campos en barbecho se habían llenado de flores, de muchas florecillas diferentes y a cual más bellas, de las margaritas que Elisa desojaba a los delicados ababoles que pronto desprendían sus intensos rojizos pétalos.

La naturaleza andaba ajena al estado de alarma sanitaria que asolaba a la humanidad, más bien se beneficiaba de la ausencia de gente en el monte. Elisa y su familia habían desconectado completamente del resto del mundo y sin apenas contacto se habían habituado al silencio y soledad que habita en esta sierra monegrina.

Una raboseta roya había aparecido por las inmediaciones de la caseta y Elisa la vio muy de cerca. La raboseta se quedó por un momento inmóvil hasta que cruzó al marguín del campo, se volvió y contempló curiosa a Elisa. Enseguida apresuro el paso y se perdió por la altísima cebada. Mallacán apareció muy valiente, algo tarde, se reía Elisa. Dio unos ladridos al aire advirtiendo de su gran poderío y agitó la cola ante los ánimos de Elisa. Aunque pobre raboseta, ya no se atreverá a acercarse a la caseta nunca más, cualquiera se atrevía con el fiero Mallacán.

Día 54 de aislamiento, 7 de mayo del 2020

Las noches por la sierra gozan de una extraordinaria actividad, son muchas las aves nocturnas como lechuzas, conocidas como cholivetas, búhos, mochuelos… o mamíferos como los murciélagos, ginetas, tejones, rabosetas… que campan a sus anchas. Las charcas dan cuenta de ellos, sus pisadas y marcas delatan su presencia. Las muchas balsetas y balsetes, que aún se conservan, son auténticos oasis en esta seca y árida sierra. En ellas aparecen culebras, sapos, ranetas…. y cuando te acercas se ve como saltan dentro de la balseta para refugiarse en el agua. Los jabalís son los que más rastro dejan, hay pasos habituales y por los barrancos se pueden encontrar dormitorios.  Por los troncos de los árboles hay marcas de barro de cuando se rascan. Es importante conservar las balsas, balsetas y balsetes para pajarillos y animaletes de la sierra, decía yaya María.

Para Ratolín vivir en esta sierra, en un territorio tan hostil no debía de haber sido fácil. Son muchos los peligros que acechan y Ratolín se había curtido con gran destreza, zafándose de innumerables amenazas. Ratolín era pequeñín pero muy duro. Mallacán también era duro, nunca reblaba ante nada y además era un buen compañero de juegos y aventuras.

Pero la noche también es misteriosa. Con la llegada del buen tiempo, Elisa permanecía ratos y ratos en silencio escuchando los sonidos de la noche. La oscuridad crea esa incertidumbre y te hace estar en alerta, prevenida. Contemplaba el firmamento, las infinitas estrellas y esperaba atenta por si escuchaba el aullido del lobo de Los Monegros, pero nunca lo oía. Los selenitas seguro que también mirarían al cielo nocturno, a la gran luna que lucía llena, preciosamente radiante, en la oscuridad de la noche.

En estas noches, a la fresca de la caseta, Elisa acababa por caer rendida al profundo sueño. Cerraba los ojos poquer a poquer mientras la luna le desparecía y le volvía a aparecer, mientras se despistaba por un pequeño instante en el que los terribles marcianitos y su maldito virus podían hacer presencia y pillarla desprevenida.

Luna plena

dezaga d´un cielo anublau

apareixes e tornas a desapareixer

en un mar de nubes, en una fosca nuei

a tuya luz s´esbaliza entre as boiras

entre os foraus erraus d´as uembras.

Os uellos perdius en iste mar disierto

de oleaje inquieto que tal como viene, se´n va

aguardando que n´o cielo torne a luna a apareixer.

S´escubilla atro amaneixer

e as cardelinas tornarán a cantar

como a biella almendrera

que cada añada torna a floreixer.

 

Día 55 de aislamiento, 8 de mayo del 2020

La retirada y confinamiento en la caseta de la sierra de Alcubierre estaba llegando a su fin. Ya habían pasado muchos días en lo que se había convertido en toda una gran aventura, una total renuncia a las comodidades de hoy en día y una autentica vuelta a la forma de vida de sus antepasados.

El domingo regresarán a casa, había que comenzar a disponerlo todo para la vuelta, la vuelta a la normalidad. Una ducha de agua caliente, tumbarse a la cama, escuchar música, realizar una videollamada a las primas y amigas… Había un montón de cosas que echaban de menos y que, con tan solo llegar a casa, iban a hacer.

Pero Elisa estaba triste, también Josete y Clara, había una mezcla de sentimientos encontrados. En la caseta estaban a gusto, se sentían seguros y cómodos, descubriendo los muchos secretos que la sierra aguardaba y poco a poco les ha ido descubriendo. Para Mallacán era fenomenal, siempre había un montón de espacio para correr, para subir a loma Elisa y molestar a las cabras, de ir a la balsa o a la sabina, de ver llegar al pastor Federico o acudir velozmente a la caseta a la hora de la comida.

La sierra se iba a volver a quedar sin vida, Ratolín otra vez solo sin sus nuevos amigos, sin el calor y resguardo que la familia le había proporcionado. Elisa sabía que no lo iba a dejar solo, que iba a subir cada poco tiempo para hacerle compañía y recordar viejos tiempos de bandoleras y sus secuaces por estas tierras.

Festejaremos esta sierra con las jotas de antes, las que canta yaya María, cantaremos como cantaba Labordeta para aupar esta tierra hermosa, dura y salvaje donde siempre ha habido un hogar y un paisaje con el sudor de sus gentes. También de lágrimas vertidas porque la vida son sentimientos y esta tierra está llena de ellos. Así, firmes crecen las sabinas y erguidas resisten, sin reblar.

Día 56 de aislamiento, 9 de mayo del 2020

La sierra amanecía esplendida, difícil era recordar una primavera tan preciosa gracias a las abundantes lluvias que habían caído en las últimas semanas. Los pajarillos revoloteaban posándose de rama en rama, entre las abundantes coscojas, y acudían a la balsa para beber. Rebosaba la sierra de vida y alegría hasta que los gritos de Elisa y Mallacán rompieron la tranquilidad reinante.

Elisa y Mallacán corrían por la era brincando d´aquí p´allá, el suelo tremolaba de los arrolladores trotadores. Tan alocaus corrían que trepuzaron los dos -¡a casacala!-, gritos y gritos resonaron por toda la sierra, Elisa se enfadó con Mallacán -¡aibadai!-.  Elisa se había hecho algo de pupa y chemecó una miaja, un poquer, pues las bandoleras y bandidas no suelen llorar. Eso sí, Elisa, por aura, no iba a volver a jugar con Mallacán, -¡era un zaborrero y un estalentau!-.

En el desayuno Mallacán casi le arrambla la tostada a Elisa y el cabreo de Elisa no hizo más que ir en aumento. Incluso le amenazó con abandonarlo en la sierra. Pero poco duró el enfado de Elisa y al rato los dos campaban arredol de la sabina, por sus posiciones de trinchera desde la que defendían y protegían la caseta.

Pronto yaya María les llamó para comer, olía que alimentaba el guiso que había preparado. Comieron todos afuera de la caseta, ya lo habían hecho otras veces. Se dieron una buena lifara como si fuese un día de fiesta. Pero en verdad sonaba todo a despedida.

La tarde fue tranquila, fueron recogiendo algunas cosas y preparando el viaje de vuelta a casa. Elisa y Mallacán no pararon, recorrieron una y otra vez la caseta, la era y subieron a loma Elisa para otear el horizonte. La caseta aparecía con vida, la chaminera humeaba y algunos trastos se encontraban a las afueras de la caseta. Yaya María de vez en cuando salía y saludaba a Elisa, siempre estaba pendiente de ella.

Por la noche contemplaron el cielo estrellado y luego se templaron en el hogar, venían lluvias y el frescor se empezaba a notar. Elisa cogió algo de grano y lo dispuso como todas las noches para Ratolín, lo iba a echar mucho en falta, muchísimo.

Día 57 de aislamiento, 10 de mayo del 2020

Caseta

Cuando se despertó a media noche, Elisa descubrió al pequeñín Ratolín que la contemplaba tranquilamente. A pesar de estar medio dormida, Elisa también lo observó con todas sus fuerzas hasta caer vencida de nuevo por el sueño. Ratolín lo sabía, había sido su despedida,  aunque en verdad era un -¡Hasta luego!- pues la amistad entre bandoleros es para siempre.

-Asabelo de historias, de falordias que esconde esta sierra de mis entrañas-, iziba yaya María dejando caer lagrimas que recorrían sus tiernas arrugas igual que el agua se escurría entre los barrancos y vales. El agua discurría recorriendo las cicatrices del tiempo, las marcas de la sabiduría labradas en la caliza, el salagón y los yesos. La sierra corona Los Monegros aunque, como decía Manuel Benito,  más bien parece que la altura  de esta sierra sea testigo del fondo del mar que cubrió en otros períodos todas estas tierras. El último día había amanecido lluvioso, la sierra lloraba la marcha de sus últimos moradores.

Elisa fue a la sabina, cavó en la tierra, dejó su piedra blanca y brillante de yeso y la cubrió de tierra. Su amuleto se quedaba para proteger la caseta, su refugio donde quedaban guardadas tantas historias de la familia, como una cadiera donde se guardan los recuerdos, eso era la caseta para Josete, Clara y Elisa. Pero también un lugar para soñar nuevas vivencias. Además, Elisa dejó un buen puñado de comida para Ratolín y le gritó que volverá y que lo quería mucho, -¡muchísimo!-.

Josete, Clara y Elisa no pudieron evitar llorar cuando cerraron la puerta de la caseta. La habían dejado limpia y ordenada, el hogar sin cenizas y todos los utensilios y enseres cargados en el coche. Mallacán parecía que lo sabía y no quiso subirse al coche, hubo que obligarle ¡Tira p´al coche Mallacán!-. Al final subió, aunque no lo hizo a gusto, era terco y tozudo.

La caseta iba quedando atrás y poco a poco también la sierra con su característico tono oscuro. Allí quedan ancladas las raíces familiares y ahora las suyas, esa forma de vida que había dejado de existir, de esas paredes caídas que ya no transmiten los viejos romances que recitaban los pastores.

Josete, Clara y Elisa se llevaban un gran legado que esta experiencia les había dejado para sus vidas. Habían sido testigos de la forma de vida de su abuela, de yaya María, que poco a poco les había ido transmitiendo igual que ella lo aprendió de sus abuelos. Así siempre funcionó la vida.

Ya bajan los leñadores, los labradores y pastores con sus rebaños, con sus botijos, botas y alforjas vacías, con sus carros de mies y fajos de romeros… Ya baixan d´a sierra d´Alcubierre y en el altero queda Caprasio, siempre presente, aguardando a cuando volvamos. No era un adiós, era un hasta siempre.

Que escampe a boira

que no me deixa beyer

a sierra d´Alcubierre

en meyo d´os Monegros.

Con o suyo guardián san Caprasio

que ye nuestro protector

pastor d´as crabas que apacenta

por  istos camins que antis puyaban

as chens d´istos lugars.

S´han esboldregau

as aldeas e ixa traza de vida

de nuestros antepasaus

enruenas de piedra

rabiosos secanos

de biellos suenios

que l´agua siempre tornará

tornará a istos mons.

As sabinas en istos negros mons

charrran d´o nuestro pasau

aireras y tronadas

pedregadas y sequias

polvo, viento y sol

camins que siempre i serán.

Ya no puyan

de tierra plana

ya no baixan os leñadors

de istos foscos mons

d´a sierra d´Alcubierre.

Que escampe a boira

que no me deixa beyer

a sierra d´Alcubierre

en meyo d´os Monegros.

Siempre tornaremos enta un nuevo amaneixer.

 

  –FIN–

 

El Sabinar Pallaruelo


Pallaruelo 3

Vista desde el alto de La Portellada

Entre Pallaruelo de Monegros y Castejón de Monegros aparece un excepcional sabinar bajo la plataforma tabular que mantiene unidas la sierra de Alcubierre y Sigena. El Sabinar de Pallaruelo forma parte de ellas y consta con el reconocimiento de la Red Natura 2000, a través del LIC ES2410076 “Sierra de Alcubierre y Sigena” y la ZEPA ES0000295 “Sierra de Alcubierre”, que incluye la Sierra de Alcubierre, Pallaruelo de Monegros y Sigena.

El sabinar de Pallaruelo va ascendiendo de los 340 metros de altitud, por el piedemonte, lo que conocemos como La Portellada, hasta coronar los 506 metros de altura, La Collada, ya Castejón de Monegros. El sabinar discurre por la cara norte, por la parte más llana entre campos de cereal mientras que, tal como va avanzando hacia arriba, se va desarrollando por una ladera incidida por una densa red de barrancos y cárcavas. Al oeste nos queda el desconocido pero a la vez precioso barranco de la Peña, mientras que hacía el este acabaríamos encontrando el singular paraje de Jubierre, ya en el término municipal de Castejón de Monegros.

Pallaruelo 4

Majestuosas sabinas monegrinas de portes variados, cónicas o piramidales o estrechas, columnares, esféricas, globosas e irregulares aparecen aisladas salpicando el paisaje, creando un mosaico excepcional con los campos de secano, o formando bosquetes. Algunas aparecen podadas, antiguamente servían sus ramas para alimentar el ganado, creando una forma característica y tradicional, otras aparecen con su forma principal, desarrollada desde abajo con frondosas ramas que le permiten una mayor supervivencia y adaptación al medio árido y seco de Los Monegros. Así es, las sabinas forman la comunidad vegetal sabinar continental, en plena aridez, a merced de altas temperaturas y sequías, además de fuertes y secantes vientos como el cierzo y el bochorno. Por el contrario, los inviernos son fríos, con nieblas persistentes, heladas e inversiones térmicas.

Pallaruelo 2

Raíces profundas, duramente ancladas en la aridez incluso en suelos de yesos. Un paisaje señero y extraordinario, pero además las sabinas aparecen en amplios enclaves de Los Monegros, principalmente a los pies de la sierra de Alcubierre, por la misma sierra y por la zona de Farlete y Monegrillo.

Pallaruelo

El sabinar de Pallaruelo adquiere su propia identidad, la sierra de Pallaruelo es un paraje extraordinario donde aventurarse y descubrir esplendidas sabinas. La principal sabina albar (Juniperus thurifera) pero también encontramos del mismo género la sabina negral (Juniperus Phoenicea) o el enebro (Juniperus oxycedrus). En estos sabinares abunda el romero, la ontina, el sisallo y otras plantas esteparias o mediterráneas. Pero sobre todo son unos valiosos ecosistemas, de biodiversidad y belleza paisajística que podemos contemplar desde el gran mirador que responde al alto de La Portellada. Además de contemplar el sabinar de Pallaruelo de Monegros, en un día despejado se abarca gran parte de la provincia de Huesca, desde Los Monegros oscenses, la Hoya de Huesca, la sierra de Guara y los Pirineos al fondo, como guardianes de nuestro único y majestuoso Alto Aragón.

Maquis por Los Monegros


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Sierra de Alcubierre

“Localizados por numerosos efectivos gubernamentales fueron perseguidos hasta lograr adentrarse en la Sierra de Alcubierre, tan acogedora como siempre con los que huían de la ley”. Así narra Manuel Benito el devenir de algunos guerrilleros que, en octubre de 1944, atravesaron los Pirineos para combatir el régimen de Franco y fueron expandiéndose con dificultad “por los valles intermedios, llegando a los somontanos y a las cercanías de Huesca”.

El maquis,​ fue el conjunto de movimientos guerrilleros comunistas y anarquistas de resistencia en España que comenzó durante la Guerra Civil. Muchos de ellos guerrilleros lucharon en la 2ª Guerra Mundial incorporados en la Resistencia Francesa y comprendidos en la Agrupación de Guerrilleros Españoles. Con el comienzo de la retirada de las tropas alemanas nazis, en 1944, muchos volvieron a España con la esperanza de acabar con el régimen fascista de Franco esperando que los aliados interviniesen también en España. “Los Maquis Perdieron la guerra pero no la esperanza de volver a su tierra en libertad. Lucharon contra la Alemania nazi en suelo francés, fueron los primeros en entrar a París y los últimos guerrilleros europeos. Crecidos por el triunfo, creyeron que obligarían a Franco a rendirse con la ayuda política internacional” Manuel Benito.

Todo apunta que en Los Monegros no llegó a establecerse un grupo estable de maquis o guerrilla antifascista. Para Ignacio Castán Andolz, en su obra Los pirineos y el Maquis, la sierra de Alcubierre “Hubiera podido actuar como eslabón en un camino que, en las zonas descampadas, se atravesara al amparo de la noche. Nada he podido, de todos modos, confirmar al respecto. De las entrevistas realizadas en estos pueblos no se desprende la existencia de grupos guerrilleros de una manera fija en el período estudiado”.

En la Enciclopedia Aragonesa señala que en 1944 la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA) realizó abundantes acciones en la sierra de Alcubierre. “En paralelo a la invasión del valle de Arán, a lo largo de la primera quincena de octubre de 1944 penetraron por la cabecera de los valles de Ansó y Echo cerca de 300 guerrilleros encuadrados en la 241ª Brigada, anteriormente llamada Brigada B, y comandados por José Cortés Brun, natural de Siresa (Huesca). Paulatinamente se fueron desplazando hacia el sur con la idea de agruparse en los montes de Zuera y Alcubierre. Arainfo”.

El régimen franquista dispuso fuerzas para hacer frente a las distintas incursiones estableciendo la  51ª División para guarnecer la zona de Zaragoza, especialmente en los Montes de Zuera y sierras de Alcubierre y Santo Domingo. Unidad integrada en la 152ª División, desplegada desde Aínsa hasta el límite con Cataluña (Luis Pérez de Berasaluce. Cuando los maquis. Guerrilla y pasos de frontera en el pirineo occidental).

Luis Pérez recoge el objetivo de reagruparse grupos guerrilleros en la sierra de Alcubierre en 1944. Según su trabajo Cuando los maquis. Guerrilla y pasos de frontera en el pirineo occidental, los maquis tenían los planes de adentrarse a los montes de Zuera y Cinco Villas y sierra de Alcubierre “Esperando levantamientos populares en Huesca y Zaragoza”. Las dificultades que se encontraron los grupos y la fuerte persecución de fuerzas del ejercito y la guardia civil les impidió alcanzar el objetivo de la sierra de Alcubierre (Cuando los maquis, Luís Pérez).

Algunos monegrinos formaron parte de los maquis, como Mariano Viñuales Tierz (Huerto, Huesca, 12 de febrero de 1919 – Huesca, 13 de octubre de 2013) que pasó armado los Pirineos para unirse a los maquis. Como muchos, Mariano ya había luchado en la guerra de España en las filas del Ejército Popular Republicano (EPR) y en la segunda Guerra Mundial en las Fuerzas Francesas del Interior (FFI). Mariano Viñuales fue denunciado y detenido cuando se encontraba en Huerto en 1944, siendo sometido a un Consejo de Guerra por un delito de Rebelión, Viñuales fue condenado en 1945 a la pena de 12 años y 1 día de cárcel. Los sariñenenses Antonio y Paco Larroy Masueras, también volvieron a España del exilio para luchar con la 21ª brigada de guerrilleros en la zona del Hospital de Benasque. Héroes de Francia y condecorados con la Cruz de Guerra con Estrella de Plata, mientras en su tierra natal la desmemoria y el olvido.

Otros grupos intentaron llegar al punto de reunión de la sierra de Alcubierre, para juntarse allí con los que venían del valle de Arán. De uno de ellos formaban parte Mariano Viñuales y Manuel Hervera, que se quedaron solos en los pinares de Castejón de Valdejasa, por lo que decidieron desmontar el fusil-ametrallador que tenían asignado y esparcir las piezas por el monte, así como una bomba hecha con trilita y un pasador, quedándose solamente con 2 metralletas. Cruzaron hacia el este los llanos de Almudévar, Tardienta y Grañén para, tras esconder las armas, llegar finalmente a Huerto, pueblo natal de Viñuales. Pero la presencia en su casa no pasó desapercibida a los vecinos y finalmente serían detenidos por 2 guardias civiles y 2 falangistas.

Cuando los maquis. Guerrilla y pasos de frontera en el pirineo occidental.

Luis Pérez de Berasaluce.

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Sobre mapa de la península, zonas de actuación de la guerrilla, hasta 1960. La guerrilla antifranquista. Andrés Sorel.

Sobre la presencia de maquis por Los Monegros, son varios los testimonios que se han ido recogiendo, como el de Miguel Inglan Tierz, quien con doce años se quedaba sólo en el monte, con un par de mulas por Las Almunias (Sariñena): “Era tiempo de maquis y eso causaba cierto pavor”. Los mismo le sucedía a Domingo Lana Novellón: “Recuerdo que, con 14 años, me quedé a dormir sólo en la paridera y en ese “bautismo iniciático” dormí poco,  sobre todo por el miedo que pasé sin luz, con el roer de las ratas y con las historias de maquis que aún se contaban”. También por las Almunias está el testimonio de Julián Royo Martínez: “Una noche, cenando con Pedro el jinete y otro más, aparecieron unos maquis. Estábamos preparando un calderito de patatas con aceite y al final tuvimos que hacer dos calderitos, pues no había suficiente para todos. En un momento, fui a llenar un jarrito a la balsa, que estaba a unos 50 metros y, como tardé un poco, los maquis se inquietaron “¡Oye!, este zagal tarda mucho en venir”, pues temían que pudiese avisar a la guardia civil. Los maquis llevaban un reloj de bolsillo y a las doce de la noche marcharon, no sin avisar que mejor no decir nada, que muchas veces la guardia civil acudía con quien denunciaba por delante y si había tiros siempre serían los primeros en recibir. Sacaron 10 pesetas para pagarles la cena, que no aceptaron, y marcharon. Al tiempo vieron pasar a muchos militares buscando maquis por la zona”.

Por la sierra de Alcubierre Jesús Perez Casamayor y Ángel Lacruz Escanero cuentan como en 1944 se encontraron por la sierra algunos maquis desperdigados: “Estuvieron poco y de paso”. Ángel encontró huellas cuando estaba trabajando de rebadán, para casa Calvo, y los maquis se llevaron una oveja: “En seguida aparecieron los guardias de asalto y partieron en su captura”. En otra ocasión, estando labrando con tres o cuatro pares de mulas por el Puyalón, les aparecieron tres maquis que les pidieron algo de comida: “Estaban muy hambrientos, agotados y desconfiados”. Al día siguiente aparecieron más de cien militares en su búsqueda. También aparecieron tres maquis cuando se encontraban ahoyando por la balsa de las piedras, donde actualmente se encuentra la escombrera, y los pararon para ver si tenían comida. Iba Julián, el padre de la abuela Carmen, con otros “menudas botas que llevaban, ¡unas botas! y olían mucho a humo”, pidieron comida y algo les dieron para comer.

En enero de 1945 el grupo “Alfonso” se sitúa al sureste de Torralba de Aragón con la intención de trasladarse a la sierra de Alcubierre. A aquel grupo se había unido el pastor Francisco Rasal Luna (Luis Pérez de Berasaluce. Cuando los maquis. Guerrilla y pasos de frontera en el pirineo occidental).Luis Pérez recoge la información por parte del SIGC (Servicio Información Guardia Civil) que el pastor Francisco Rasal se dirigía con los maquis a Leciñena o a la sierra de Alcubierre.

Los 8 guerrilleros fueron detectados 2 días después en Monte Oscuro y Farlete. Llegaron a un corral entre Monegrillo y Osera de Ebro, en donde un pastor les dio una oveja para cenar, pero cometieron el error de dejarle bajar al pueblo. A la mañana siguiente el edificio estaba rodeado por los guardias que habían “dejado una salida hacia el monte para poder dirigir mejor su fuego”, pese a lo cual, tras fijar un punto de reunión, salieron a la desesperada. Antonio Saila y Sebastián Almagro cayeron heridos. Camarasa convenció a este último de que continuara huyendo, pero al hacerlo le hirieron por segunda vez, por lo que quedó rezagado definitivamente. En la confusión Agustín Llop y ‘Delgado’ perdieron el contacto con el resto. El primero se entregaría herido a la Guardia Civil de Farlete, siendo probable que el segundo fuera el guerrillero que resultó muerto en Osera de Ebro el 30 de diciembre y se llamara en realidad Manuel Callau.

Los 2 guerrilleros restantes tras 24 horas de marcha ininterrumpida se refugiaron en la sierra de Alcubierre, donde se unirían a otros huidos durante más de 8 meses hasta que se separaron definitivamente.

Cuando los maquis. Guerrilla y pasos de frontera en el pirineo occidental.

Luis Pérez de Berasaluce.

La sierra de Alcubierre no debía haber gran vigilancia, lo que llevó a El Maño en agosto de 1945 a presentar un plan para extender la guerrilla “a otras zonas propicias” entre ellas la sierra de Alcubierre (Luis Pérez de Berasaluce. Cuando los maquis. Guerrilla y pasos de frontera en el pirineo occidental). Era importante “explorar” la sierra de Alcubierre para abrir un corredor hacía el Ebro y tratar de conectar con las sierras de Teruel donde se estaban organizando guerrillas.

En la publicación “Maquis y Pirineos”, de Ferran Sánchez i Agustí aparece la siguiente referencia: “Una columna al mando de José Marcos ocupó El Frago, pasó por Cinco Villas, fue bombardeada en Zuera, donde cayeron presos dos maquis, pero huyó hacía la sierra de Alcubierre. Octubre 1944”. Aunque las citas más precisas del paso de maquis por los Monegros las encontramos en la publicación “Maquis y Guerrilleros, del Pirineo al Maestrazgo, de Fernando Martínez de Baños Carrillo. Delsan LIibros, S.L. 2003”:

  • El 18 de noviembre llega a Sariñena el Batallón de Cazadores de Montaña “Galicia” número 10 por ferrocarril desde Ayerbe. También de esta localidad llega el 27 una Compañía del Batallón “Talavera” número 15. El día 14 de diciembre se realizaron reconocimientos entre Sariñena y Pallaruelo para localizar y batir una partida de tres guerrilleros.
  • En Robres el 19 de noviembre de 1944, el batallón 13 sostuvo un tiroteo con un grupo de  cinco guerrilleros  que lograron huir y el 20 capturaron a uno de ellos en la carrete a Alcubierre.
  • El 19 de noviembre de 1944, toman posiciones en la zona Puebla de Alfindén – Pina de Ebro fuerzas del ejército que realizaran un rastrilleo de la sierra de Alcubierre. Fuerzas del Batallón 13 capturan un guerrillero en la carretera a Robres. El reconocimiento finaliza el 21 de ese mes sin novedad. El Batallón “Las Navas” 14 salió el 29 de diciembre en persecución de un grupo de ocho guerrilleros en las estribaciones de la sierra. Estableció contacto con ellos, entre Monegrillo y Osera, capturó a dos rebeldes armados pero fue herido el soldado de la 1ª Compañía Luis Collado Samalea. Continuó la persecución en cooperación con fuerzas del   Batallón “Talavera” 15, que salieron en camión de Bujaraloz.
  • Diversas fuerzas parten el 25 de noviembre de 1944, de Perdiguera y Leciñena capturando un guerrillero armado de un grupo de seis. Un soldado del Batallón “Las navas” número 14 es herido en esa acción.
  • En Peñalba, el 30 de noviembre de 1944, se presenta una partida llevándose víveres. El día 1 de diciembre fuerzas de un Escuadrón y de un Batallón baten la zona comprendida entre Bujaraloz-Peñalba y el río Ebro para capturar una partida guerrillera que ha sido señalada en el sector. El día 13 de diciembre fuerzas del Batallón “Talavera” 15 persiguieron a una partida de tres guerrilleros sin alcanzarles, pero recogen dos fusiles rusos abandonados.
  • El 12 de noviembre de 1944 la Guardia Civil capturó en Leciñena tres guerrilleros sin armas y el 15 a cuatro más armados; uno el 16 y tres más, dos de ellos armados, el 17. Diversas fuerzas parten el 25 de noviembre de Perdiguera y Leciñena capturando un guerrillero armado de un grupo de seis. Un soldado del Batallón “Las Navas” número 14 es herido en esa acción. El 29 se presentan a la Guardia Civil dos maquis sin armamento acompañados de un labrador de esta localidad.
  • En Pallaruelo de Monegros, el 14 de diciembre de 1944, se realizaron reconocimientos entre Sariñena y Pallaruelo para localizar y batir una partida de tres guerrilleros.

Manuel Benito Moliner acabó diciendo “Unos murieron, otros se infiltraron, otros cayeron prisioneros, otros volvieron a Francia. Fueron los últimos bagaudas, bandoleros guerrilleros que recorrieron nuestra geografía en busca de lo imposible” . El maquis o guerrilleros son parte de nuestra historia más reciente, un capitulo por investigar y estudiar que a buen seguro el paso del tiempo nos irá aportando mucha más información.

Aldea


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Aldea por Valdecarros, güega entre Lanaja y Castejón de Monegros. 

Ya hace tiempo que nadie vuelve y el aire corre por estas viejas cuatro paredes. Duramente resisten los vetustos muros de piedra que inevitablemente comienzan a desmoronarse. Es tiempo de ausencias y de olvidos, ya no se cuentan añejas historias al calor de la lumbre del pequeño hogar, de un pequeño espacio que familias compartieron generaciones tras generaciones. La soledad embriaga tiempos sin memoria, de saberes populares, del esfuerzo y trabajo en esta sierra monegrina, de leyendas de bandoleros y del gran Cucaracha. Ya no humea la chimenea, ni despide antes del amanecer, ni espera después del anochecer.

Días de otoño, de preparar las tierras y sembrar, dormir al calor de las mulas en la pequeña aldea que hace muchísimos años se levantó piedra a piedra. Una a una se fueron colocando las piedras que se arrancaron a la sierra, con las manos encallecidas y duras, con las manos de segar en verano bajo el implacable sol, donde sólo la vieja sabina, a su sombra, se hallaba resguardo. Las mismas manos que aserraban los pinos y bajaban de la sierra las leñas, que arrancaban los romeros para los hornos y el esparto para hacer sogueta, las manos que recogían las almendreras, olivares y viñas.

La sierra permanece salpicada de aldeas espaldadas por tiempos que ya no valoran su propia historia, la de su gente, la de sus abuelos y abuelas. La vegetación va apoderándose, los tejados hundidos y los muros a merced de la erosión del abandono. Con ellas desaparece parte de nosotros y nosotras, vidas que fueron e incluso nacieron en aquellas solitarias aldeas esparcidas sobre la sierra de Alcubierre.

El aire, el cierzo corre por las cuatro paredes, entra por las puertas que ya nada guardan y nada resguardan, mientras la enrona se va acumulando en su abandonado espacio. Ya no bajan los carros llenos a los pueblos, ni van sus gentes montados en ellos, ni bajan ni suben. Y el viejo poblado de Peñalbeta aparece distante, resignado a la desmemoria, igual que los caminos los reclama el monte, igual que muchos campos que ya no se cultivan.

Os Monegros (1)

Sabina por Valdecarros, güega entre Lanaja y Castejón de Monegros. 

Las balsas ya no recogen el agua como antes, ya no sacian la sed, aquella sed que ya no fatiga a los hombres y mujeres en estos malditos y rabiosos secanos. Los muros de piedra de los campos se derrumban llevándose tantos recuerdos, tanta sabiduría que tanto costó aprender. Ya no abundan los rebaños de cabras y ya casi no hay pastores, las parideras quedan vacías y el silencio se adueña de todo. La sierra permanece como ausente.

Sólo el aroma a ontina, romero y tomillo, a monte, perdura la esencia de tantas gentes. Los cielos claros y limpios, el aire puro y el olor a tierra, los campos de trigo y cebada. Quien levantó cada piedra sabe el valor de cada muro y de cada aldea que siempre buscó legar a los suyos. Ahora nosotros y nosotras somos sus herederos y el frío entra entre las cuatro paredes, el aire recorre paredes que ya no hablan, callan porque ya hace tiempo que hemos dejado de escuchar.

Ya hace mucho tiempo que nadie vuelve y ya hace mucho que nadie espera. Aunque a veces parezca que aún quiere esperar.

  • Nota: Aldea es la forma de denominar a las casetas de monte en la sierra de Alcubierrre.

Repoblaciones en la sierra de Alcubierre


La sierra de Alcubierre aparece densamente cubierta por pino carrasco (P. halepensis), abriéndose una extensa masa forestal que plantea diferentes dudas sobre su origen natural o artificial y del que vamos a tratar aportando diversa información para su análisis e interpretación. Una sierra mediterránea que aún conserva restos de encinares con algunos quejigos, con un sotobosque de coscojas y piedemontes con sabinas que configuran auténticos sabinares. Una sierra seca, extraordinaria, en un entorno árido, al límite del subdesierto, donde la adaptación al medio es una de sus mayores características, debilidades y virtudes.

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Pero peor y más ridículo y absurdo es todo esto, del mismo artículo también: «…hoy los representantes en Cortes de la provincia de Huesca reclaman la restauración arbórea de aquella desolada sierra de Alcubierre, espina dorsal, digámoslo así, de la árida estepa de los Monegros, desierto páramo (dígalo usted así también) donde toda miseria y despoblación tienen su asiento.»

Palique. Clarín.

Madrid Cómico, 31 de octubre de 1897.

Cuentan que los lobos llegaban hasta Leciñena gracias al extenso arbolado que llegaba hasta el mismo pueblo. Una gran masa forestal se extendía antiguamente a lo largo y ancho de la sierra de Alcubierre, pero esta sufrió un gran retroceso por sus usos y aprovechamientos de leñas, agricultura y ganadería. Todo apunta que la gran deforestación comenzó aproximadamente en el siglo XVIII, tal y como la describía el naturalista Jordán de Asso (1742-1814): “Esta cordillera estuvo muy poblada de pinares y carrascales, que suministraban abundante materia para carbón, pero hace algunos años que los cortes hechos incontroladamente han disminuido en gran parte aquellos bosques”. Un testimonio que describe la sierra dominada por pinos y carrascas, estas últimas, junto a las sabinas, serían las que darían el color oscuro a esta sierra y a gran parte de Los Monegros, pudiendo ser el origen del nombre toponímico de Los Monegros. La deforestación continuó y fue en aumento hasta entrado el siglo XX, esencialmente debido a la expansión de la agricultura, el pastoreo y la necesidad de abastecimiento de leñas.

¿Hasta dónde llegó su deforestación? Bien conocida es la referencia de George Orwell en su obra cumbre “Homenaje a Cataluña” cuando narra su estancia en el frente de Aragón en 1936, en las trincheras de la sierra de Alcubierre, donde Orwell resalta que no encontraban leñas para calentarse. Pero vamos a ir más atrás, Pascual Madoz escribió, en su Diccionario Geográfico–Estadístico–Histórico de 1845-1850, “Es indudablemente la montaña más árida y despoblada de España”. Otro valiosísimo testimonio lo encontramos en 1912, con motivo de una excursión a San Caprasio el 10 de abril de 1912, de un articulista del Diario de Huesca firmado por las iniciales  T.B. quien resalta su atención en “Una negra mancha de arbolado y planta baja que cubre dilatada superficie”. Una mancha que podemos interpretar que destacaría en una despoblada sierra. El motivo de su excursión fue su participación en la tradicional romería a San Caprasio junto a las gentes de Alcubierre, Farlete, Monegrillo, Leciñena, Perdiguera y Lanaja, con sus respectivos actos religiosos, bailes y la banda de música de Villamayor. El articulista no puede terminar su crónica sin matizar: “Sin aplaudir como se merece el esfuerzo y cultura del pueblo de Alcubierre en la repoblación de su sierra”. Posiblemente se referiría a una zona que el pueblo de Alcubierre había vedado por diez años, una gran extensión de terreno que todos respetaron “Desde entonces (1905), los pinos brotan a millares por todas partes y la vegetación es exuberante en toda la zona respetada. Lástima que tan hermoso ejemplo no sea imitado por todos los pueblos, convenciéndose de que una de las causas principales que se oponen al progreso de, nuestra agricultura es la punible tala de los montes. Si Alcubierre no tuviese ya merecida fama de ilustrado, esta simpática nota bastaría para colocarle entre los primeros pueblos progresivos”.

“Alcubierre tiene en su haber el que desde el año de 1904 vedó una parte de monte en el cual cuenta ya con centenares de millares de pinos pequeños y desde aquella fecha se mima con cariño al árbol”

Diario de Huesca, 19 de mayo de 1925.

En el diario de Huesca, del 19 de mayo de 1925, un escrito del ayuntamiento de Alcubierre  “El arbolado y la sequía” expone que “Cuando se ven millares y millares de hectáreas de terreno que este no puede más que destinarse a la producción de arbolado sin una sola planta”. En dicho escrito, resulta reveladora la siguiente afirmación “Este vecindario, como otros muchos, no puede negarse que persiguió con saña al árbol y en la actualidad le alcanzan las consecuencias de tal funesto error”. Tal es el lamento que el escrito expresa: “Hace sesenta o cien años, dicha labor educativa hubiera hecho conservar una riqueza inmensa que sería el sostén de los pueblos en épocas de crisis tan graves como la que desgraciadamente atravesamos, pero hoy dicha riqueza está por crear”. Así, podemos afirmar que la deforestación de la sierra de Alcubierre fue todo un problema para un territorio seco que acumulaba grandes sequías y miserias.

«Ese llanto benéfico de las nubes está demostrado que el árbol nos lo trae».

Joaquín Costa

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Diario El Sol, edición 17 de junio de 1927.

Los pueblos de Monegros piden el auxilio del Gobierno para repoblar la Sierra de Alcubierre. Esto, que a primer a vista parece que viene a aumentar el número de las peticiones de los municipios que lo esperan todo del Estado, es, por el contrario, una petición en la que se solicita sólo la atención oficial, para que el sacrificio que de todos modos piensan realizar en bien de los tres vecindarios no sea un sacrificio estéril. Par a facilitar el logro de esa justa aspiración, los municipios de Lanaja, Alcubierre y Robres han formado un consorcio y lo han sometido a la aprobación del Estado. Al lado de esa iniciativa, encaminada a ofrecer mayores garantías al Tesoro, se proponen contribuir con el 50 por 100 de los gastos, excluyendo los de dirección y suministro de semillas, y se ofrece al Estado satisfacer entre los tres Ayuntamientos diez mil pesetas anuales hasta que los montes entren en plena producción. Llegado esto caso, abonarían el resto en cinco anualidades. “Pueblos éstos—nos dice el Municipio de Alcubierre—enclavados en la zona monegrina, que con frecuencia sufre los efectos de la sequía, con la pérdida total o parcial de sus cosechas, no se hallan en condiciones de realizar mayores sacrificios.”

En la solicitud dirigida al Poder, después de una breve historia de las gestiones realizadas y a con la misma finalidad, y fracasados por diversos motivos que pueden reducirse a uno solo, a la falta de dinero, piden que sea aprobado “el referido consorcio y se disponga que por la jefatura del distrito forestal se redacte, la propuesta de trabajos que se han de realizar en el primer año, y una vez aprobada, se conceda el crédito necesario par a su ejecución, con lo que, además de iniciarse los trabajos de repoblación, que tanto anhela esta comarca, se resolvería la crisis obrera proporcionando trabajo a los vecinos dentro de los pueblos de su naturaleza”.

Consideramos de todo punto justa esta solicitud. Puede afirmarse de antemano que el Estado accederá, convencido del noble deseo que la alienta y de que el dinero que haya de facilitar no será dinero perdido, sino, a la postre, multiplicado.

Articulo atribuido a Ramón J. Sender  en la obra “A lo largo de una escritura. Ramón J. Sender, guía bibliográfica”, de Elisabeth Espadas (IEA, Huesca, 2002).

Francis Chauvelier, en “La Repoblación Forestal en la provincia de Huesca y sus impactos geográficos” (1995), señala sobre la sierra de Alcubierre: “El bosque, muy degradado desde hace tiempo, se componía en el mejor de los casos de algunos terrenos para pastos en la vertiente norte de la Sierra de Alcubierre o en sus prolongaciones orientales. La leña para el fuego, así como la madera, se importaban de la montaña”. La desforestación de la sierra debió ser considerable, abarcando probablemente su total extensión. Sus extensas masas, posiblemente quedaron reducidas a un arbolado disperso, principalmente en margines de campos y zonas escarpadas de difícil acceso. La falta de agua en estas tierras dificultó enormemente la vida de los pueblos de Los Monegros, escasas cosechas de cereal y la imposibilidad de criar hortalizas, verdura y fruta hicieron de la leña y el carboneo un producto principal para su comercialización y muy necesario para la supervivencia de las gentes de los pueblos a los pies de la sierra. Pero la reforestación de la sierra también significó la renuncia a muchos pastos vitales para la gran ganadería lanar que existía en el árido territorio.

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Diario de Huesca 3/9/1930

Reprodujo EL DIARIO un artículo de la “Revista Contemporánea, escrito por el ingeniero de Montes señor Jordana Morera, abogando por la repoblación forestal en todo el centro aragonés y especialmente en la de la parte correspondiente a las vertientes N. y S. de las sierras de Alcubierre, Almudébar, Tardienta, Lanaja. Monegros y la Litera.

 Hace 33 años

Diario de Huesca 26/01/1928

Ya en 1879 la repoblación de la sierra de Alcubierre fue considerada como necesaria por la Comisión del plan forestal Español y, en 1894, el ingeniero de Montes José Jordana y Morera, en su artículo “La repoblación forestal en sus relaciones con la climatología, orografía e hidrología de la parte peninsular de España. Revista Contemporánea, Año XX, Tomo XCVI Octubre-Noviembre-Diciembre 1894″, hizo mención de la necesidad de repoblar la sierra de Alcubierre: “Que sea incuestionable también la conveniencia de cubrir de arbolado aquella parte de la cuenca del Ebro”.

En Aragón la sierra de Alcubierre y las Bárdenas Reales, situadas hacia la región media y parte central de la cuenca del Ebro, presentan caracteres de sequedad tal, que se hace imposible en ellas todo cultivo agrario permanente, a causa de las pertinaces sequías que allí se sienten. El suelo es muy bueno en el fondo de los valles, y si fuese posible suministrarle un riego moderado, se conseguiría dar a aquella zona una fertilidad extremada, con provecho evidente de la riqueza general del país.

Todos los publicistas que de dichas comarcas se han ocupado han reconocido como único medio para atraer el beneficio de las lluvias la repoblación forestal; trayendo a la memoria épocas atrasadas en que, por la existencia de los montes, la lluvia no era tan escasa como lo es actualmente.

No puede negarse la influencia que en la regularidad, sino en la cantidad absoluta de aquel meteoro, ejercen los montes, y de aquí que sea incuestionable también la conveniencia de cubrir de arbolado aquella parte de la cuenca del Ebro, donde además, por lo escueto del terreno, azotan con mucha violencia los vientos secos del O., que por este medio disminuirían su intensidad.

José Jordana y Morera

La repoblación forestal en sus relaciones con la climatología, orografía e hidrología de la parte peninsular de España.

Revista Contemporánea, Año XX, Tomo XCVI Octubre-Noviembre-Diciembre 1894

Poco a poco, la repoblación forestal en la sierra de Alcubierre comenzó a adquirir una enorme relevancia e importancia en el territorio. En 1891 la Diputación de Huesca solicitó al Ministerio de Fomento la repoblación de los montes de la Sierra de Alcubierre y su entorno “Dicho ministerio puso el asunto en manos de la Dirección General de Agricultura quien a su vez lo remitió al ingeniero jefe del Distrito Forestal  de Huesca (D. F. Huesca). Desde este distrito se redactó un Plan de Trabajos para la Repoblación de la Sierra de Alcubierre. La aprobación del mismo quedó demorado por tiempo indefinido. En 1926 se aprobó un nuevo Plan de Repoblaciones al cual se le dotó de nada menos que cien millones de pesetas del momento. En él quedaron incluidas, entre otras zonas, la repoblación de esta área oscense. El proyecto específico fue redactado por el D. F. de Huesca en 1928 y contempló la repoblación de 5.000 Ha en un plazo de diez años que incluyó otros montes de esa comarca. Así, dentro de esa superficie se incluyeron terrenos pertenecientes a montes públicos de Alcubierre (2.500 Ha), Lanaja (1.800 Ha) y Robres (700 Ha), todos ellos localizados en la Sierra de Alcubierre. La especie principal a emplear habría de ser el pino carrasco por ser la más adecuada, aunque también se contempló el empleo de roble y esparto”. (http://esmemoriaus.blogspot.com)

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La repoblación de la sierra fue una reivindicación por parte de las localidades a las que pertenece la sierra. El 6 de marzo de 1927 Alcubierre realizó la fiesta del árbol, los niños plantaron, en la carretera que va a Lanaja “102 árboles, 50 acacias de flor blanca y 52 chopos de Canadá comprados por el ayuntamiento, los que inmediatamente serán regados”. La crónica la escribe el secretario  Ángel Gavín Bailo, comprometido e intelectual de Alcubierre, que destacó con la publicación de escritos y noticias varías en el Diario de Huesca. En su crónica sobre la fiesta del árbol de Alcubierre, Ángel no deja de escapar la ocasión y revindicar la ansiada repoblación de la sierra: “El entusiasmo e interés sea insuperable porque cuando un vecindario siente palpitar en sus nobles corazones ansias de regeneración, cuando cifra su porvenir en usa mejora tan importante como, la de repoblar su Sierra, cuando se espera con avidez que el personal técnico encauce las loables iniciativas de gran número de propietarios que anheles una orientación para contribuir con todas sus actividades a tan magna obra, cuando se espera con ilusión la llegada de la prensa para ver si el Consejo Forestal ha dictaminado sobre la aplicación que ha de darse al presupuesto extraordinario de 9 de julio último por saber si nos alcanzan sus beneficios. Días de ansiedad, días de esperanza, días de ilusión están atravesando los vecinos del pueblo y sus dignas autoridades hasta conocer si es atendida la solicitud enviada en 10 de noviembre próximo pasado al excelentísimo señor ministro de fomento en la que solicita el ayuntamiento acogerse a los beneficios que determina el artículo 5º del real decreto ley de 26 de julio último”. Diario de Huesca del 9 de marzo de 1927.  En junio del mismo año, los ayuntamientos de Alcubierre, Lanaja y Robres dirigieron al ministro de fomento una exposición de motivos para la repoblación de la sierra “Como obra complementaria de los riegos del Altoaragón”. La repoblación buscaba “Aminorar los riegos del clima y solucionar la crisis económica” pidiendo fondos para un proyecto del que reconoce sus bondades, un proyecto realizado por el ingeniero Enrique de las Cuevas. Por tanto: A V. E. suplican se digne aprobar el referido consorcio y disponer que por la Jefatura del Distrito Forestal se redacte la propuesta de trabajos que se han de realizar en el primer año y una vez aprobada conceder el crédito necesario para su ejecución, con lo que además de iniciarse los trabajos de repoblación que tanto anhela esta comarca, se resolvería la crisis obrera, proporcionando trabajo a los vecinos dentro de los pueblos de su naturaleza. Gracia que esperan alcanzar de vuestra excelencia, cuya vida guarde Dios muchos años para bien de la nación. Alcubierre 12 de Juntó de 1927. El alcalde de Alcubierre, Jesús Casamayor.—El alcalde de Lanaja, Pascual Oto.-El alcalde de pobres, Vicente Maza —Es copia. — El secretario, Ángel Gavín”. Diario de Huesca 15 de junio de 1927.

Anoche «tuvieron en nuestra redacción los alcaldes de Lanaja y Robres don Pascual Otto y don Vicente Maza, junto con el secretario del Ayuntamiento de Alcubierre don Ángel Gavín, con objeto de saludarnos e invitarnos a la inauguración oficial de la repoblación de la sierra de Alcubierre.

Diario de Huesca 13 de noviembre de 1928

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Robres, Alcubierre y Lanaja  Justas demandas

Comisionados por los Ayuntamientos de Lanaja, Alcubierre y Robres, llegaron a esta población los alcaldes don Vicente Maza y don Jesús Casamayor, con el competente secretario don Ángel Gavín, quienes realizaron gestiones de transcendental interés para los pueblos dichos.

Como testimonio de agradecimiento y afecto entregaron al prestigioso ingeniero jefe del Distrito Forestal, don Enrique de las Cuevas, un artístico pergamino declarándole hijo adoptivo de los tres pueblos por sus cooperaciones en pro de la repoblación de la Sierra de Alcubierre, de positivos beneficios para aquella simpática comarca. 

De la Diputación solicitaron una subvención de 10.000 pesetas con reintegro a plazo fijo, y de su visita llevaron las mejores impresiones.

También el asambleísta señor Campo pudo facilitarles, en la visita que le hicieron, noticias satisfactorias de una ayuda del Estado para la construcción de una balsa en Alcubierre.

Tuvieron una extensa entrevista con el excelentísimo señor don Fernando Rivas, nuestro gobernador civil, que con su cortesía y amabilidad acostumbrada, escuchó de los comisionados los pormenores de problemas locales de gran interés y, sobre todos ellos, el planteado con la gravísima crisis de trabajo, motivada en la paralización de las obras de los Grandes Riegos en aquella zona y que obliga a estar parados y sin trabajo a unos 500 obreros.

El señor gobernador, que ya tenía conocimiento de esto, prometió hacer gestiones personales en Madrid en unión de los señores asambleístas para obviar rápidamente cuantos trámites u obstáculos impidan reanudar tales trabajos.

Finalmente visitaron las redacciones de los diarios locales, para los que tuvieron frases de reconocimiento y elogio por el apoyo que les han prestado siempre.

Todo lo merecen tan laboriosos y simpáticos pueblos, para los que son todas nuestras atenciones y deferencias.

Diario de Huesca 27 de febrero de 1929

En el diario de Huesca 22 del 6 de 1928 se da cuenta de la decisión del Ayuntamiento de Acubierre de la incorporación del director del Diario de Huesca en un cuadro de Honor de ilustres que han actuado en pro de la repoblación de la sierra de Alcubierre. Comunicando, además, de la inauguración de las obras a las que se dará invitación “A cuantas entidades, periódicos y persones se han interesado en pro de nuestra repoblación firmado por el alcalde Jesús Casamayor, a 19 de junio de 1928″. El 23 de septiembre de 1929 se realizó el acto de inauguración de las repoblaciones en la sierra de Alcubierre.

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Aspecto de una ladera del monte La Sarda en 1947 tras ser ahoyado a mano. Foto: Archivo Cartagra. Fuente: http://esmemoriaus.blogspot.com

Los sueños y aspiraciones de Monegros convertidos en realidad

El optimismo de una comarca

Una tarde gloriosa

Así fue la de anteayer en Alcubierre, donde se congregaron sus convecinos y compañeros de inquietudes y alegrías, los de Lanaja y Robres, y contingentes muy numerosos de toda la comarca con comisiones oficiales presididas por los alcaldes respectivos.

Todos los actos fueron presididos por el general Mayandía, que representaba al jefe del Gobierno.

Vimos también en Alcubierre al director general de Montes señor Elorrieta, gobernador civil de Huesca, presidente de la Diputación y alcalde, capitán general y alcalde de Zaragoza, delegado de Hacienda, asambleísta señor Coarasa, don Ricardo del Arco, ingenieros señores Cuevas, Navarro, Armingol y Etnbún, gobernador militar, teniente coronel de la Guardia civil, delegado gubernativo, don Mariano Gavín y el inspector provincial de Sanidad.

Inauguración de la repoblación

Tuvo lugar en el término «Pucero», a cuatro kilómetros de la villa. Allí, bajo un templete de olorosos romeros y mejorana, habló el alcalde don Octavio Lasheras, que en nombre de su villa, con las de Robres y Lanaja, ofreció a todos y al jefe del Gobierno, Mayandía y Guadalhorce en especial, el testimonio de una profunda gratitud.

Habló seguidamente el ingeniero jefe de Montes señor Cuevas, que dijo que lo hacía por razón de su cargo, estimando que representaba la inauguración el principio de una cruzada precisa en la lucha del trabajo con la Naturaleza. Ya en 1879, esta gran obra de regeneración fue considerada como necesaria por la Comisión del plan forestal.

Invita a los tres pueblos interesados a que recuerden sus antiguas campañas y no olviden lo que han tenido que suplicar para alcanzar este primer pilar de la reconstrucción nacional de la repoblación, como le llamó Costa.

Elogia la intervención de marqués de Estella, Guadalhorce y Mayandía, para llegar a día fausto, y aplaude el esfuerzo económico de los monegrinos que ofrece el grato espectáculo de los pueblos que se asocian a la obra del Estado, con la letra que hoy giran y que tan recompensada les será después. Pide perseverancia y respeto en el amor al árbol, cuyos beneficios canta. Ofrécese como representante de la Administración forestal. El señor Banzo estima que no es posible la ausencia de la Diputación en estos actos y por eso vino e interviene.

Ofrece el concurso de la Diputación, ya demostrado a los monegrinos y que estima merecido y además la tierra es madre y lo pide clamando agua y árboles y que todos la defendamos que ella nos dará el ciento por uno. Termina con un himno al árbol que él nos da la cuna y el ataúd y el mástil de la sagrada bandera patria.

Diario de Huesca – 25/09/1929

El director General de Montes, en frases muy elocuentes, saludó y felicitó a todos con elogios para los tres pueblos. Aplaude la organización forestal y la labor de los señores Cuevas y Embún, terminando con atinadas enseñanzas sobre el problema de los montes en sus aspectos distintos. Por último, el ilustre aragonés Mayandía, en este discurso precursor de ocho o diez más, mostró su gratitud de buen hijo por los vivas y aclamaciones incesantes de que fue objeto

sus fervores de buen patriota soldado y aragonés; sus cariño: por todo Aragón y sus afanes por ser útil a toda su tierra. Después, el canónigo señor Tricas bendijo el monte y se plantaron numerosos pinos.

Diario de Huesca 25/09/1929

Ecos provinciales ALCUBIERRE

Adhesiones recibidas a los actos celebradlos con motivo de la inauguración de la repoblación de la sierra de Alcubierre. La del excelentísimo señor vicepresidente del Gobierno, el excelentísimo señor don Severiano Martínez Anido, lamentando que su ausencia de Madrid le haya impedido asistir y felicita por tan importantes mejoras.

Del excelentísimo señor marqués de Cabriñana, presidente del Tribunal Supremo de Hacienda pública. Excelentísimo señor don Pedro Vives, general. ídem don Antonio G. de Rocasolano, delegado regio de la Confederación del Ebro. Excelentísimo señor doctor Fray don Mateo Colom, obispo de Huesca. Excelentísimo señor jefe de la Sección de Montes de Madrid. Excelentísimo señor presidente de la Audiencia provincial de Huesca. Ilustrísimo señor don Gaspar Mairal. ídem id. don Manuel Batalla, registrador de la Propiedad de Sariñena. Alcaldes de Sariñena, Farlete y Lalueza.

Diario de Huesca 28/09/1929

 

Crónicas aragonesas   — Sierra de Alcubierre

Monegros… ¡Cuántas horas de emoción dio esa tierra sedienta e irredenta! Todos los problemas están allí latentes, vivos, encarnados; todas las angustias se alzan y nos acusan a paso.

La fisonomía monegrina es triste, de una profunda tristeza. Cuanto deseo se ponga en querer iluminar aquel panorama es vano; cuanto se interese porque las figuras y las cosas resulten alegres, es un esfuerzo tirado. Allí tierra, hombres y cosas están supeditados a la tragedia de la sed, esa vida llena de abnegados heroísmos, tras el arado que abre y la semilla que cae, al abismo de un germinar, entre las blancas cenizas de un incendio, que esa es la sed de la tierra y la claridad sin nubes.

La leyenda de los ciervos y de los bosques, de las espesuras y de los matorrales, de la densidad forestal, hace soñar en aquel posible o imaginado tiempo, en que estos llamados Monegros fueron montes poblados con la cabellera abundante de las hayas y de los pinos. El sueño y la vocación canalista, la esperada realidad del Canal de

Monegros por otra parte, han hecho que estos legionarios de la incertidumbre y de la miseria se adaptaran a vivir precariamente, sin un pozo artesiano, sin agua en las balsas.

Pero… El alcalde de Alcubierre, un alcalde que tiene sentido común y sentido político clamó hace poco tiempo, e invocando las razones que en estos casos son de eficacia mayor. Pidió arbolado para esa sierra, muralla del Alto Aragón y de los Monegros bajos, dique de roca, frontera geológica de la meseta monegrina y de la zona de los riegos del Alto Aragón.

Han pedido la repoblación forestal; se han impuesto para ello Lanaja, Robres y Alcubierre el sacrificio de aportaciones económicas; han unido a estas aportaciones la historia canalista, los entusiasmos de aquella región de muchos años, sólo dedicados a realizar el imperio forestal como único remedio a la sequía crónica.

La sierra, dura, alta y estéril, alberga muchas vidas: la de sus hogares tristones, la de sus hombres cansados de sembrar, la de sus ganados que han paseado días y días sin encontrar veredas y caminos donde yantar. La sierra ingrata, seca y pelada, ha rehuido la humedad, ha tirado hacia abajo a sus hijos, ha arruinado a sus moradores. Pero el ansia de vivir, el deseo de no querer abandonar pueblos enteros, en muchos momentos culminante y a punto de realizarse, ha sido vencido por el de vivir a toda costa, de hacer una plantación de arbustos, de vigilantes, de amigos.

Recientemente se ha celebrado la mayor fiesta que se podía hacer. Algún día se celebrará otra mayor. Cuando el ilustre ingeniero Sans Soler abra las compuertas y lance las aguas del Canal de Monegros, desde la sierra hacia la meseta monegrina. En tanto llega ese día, el único medio de conseguir que los cereales no desaparezcan y se pueda comer pan es implantando el régimen del árbol, que, es la llamada a las lluvias. La sierra alta, poblada de millares de árboles, que atraerán a esas nubes que pasan y pasan burlándose de esta serranía, poblada de silencios y de tristes aspectos.

B. GARCÍA MENENDEZ. (El Liberal, de Madrid). Diario de Huesca 4 del 10 de 1929.

La repoblación fue, ante todo, una reivindicación para sacar adelante una tierra que necesitaba inversiones para salir de la miseria en la que se encontraba. Junto a la llegada del agua, a través del canal de Monegros, fue la gran esperanza de finales del siglo XIX y principios del XX. Aunque su gran dimensión complicó su continuidad hasta su paralización en la década de 1930. Los pueblos continuaron luchando y reclamando  la necesaria inversión, tal y como es el caso de Ángel Gavín, secretario del ayuntamiento de Alcubierre.

De Alcubierre. Los trabajos de repoblación, paralizados en absoluto

Tomar la pluma para exponer un hecho que deja sin trabajo y por ende sin pan a un centenar de familias de la clase obrera de esta localidad, nos llega al alma; pero dejar a ésta sumida en la miseria y silenciar el hecho, sería un crimen de lesa humanidad, que nosotros no podemos aceptar. El cumplimiento del consorcio que tiene hecho el Ayuntamiento con el Estado y aprobado por este último en 2 de Julio de 1928 para repoblarla Sierra de Alcubierre, es bastante, de momento, como lo ha sido hasta hoy, para que ninguna familia careciera de pan.

La orden terminante y rotunda de paralización absoluta de trabajos ha caído como una bomba; más, en una población corno esta que en el año 1929 fue nula a  consecuencia de la sequía la cosecha de cereales, única que tiene importancia. Del Gobierno, autoridades y Prensa recabamos el apoyo preciso para que la clase obrera pueda tener trabajo y, con ellos los medios necesarios para alcanzar pan para sus familias.

Repoblación, trabajos en el tramo tercero del Canal de Monegros y la subasta del proyecto de conducción y abastecimiento de aguas potables a la población aprobado en 5 de Noviembre último, pueden evitar muchas penalidades y sufrimientos. Sí quien puede atender las peticiones lo hace, habrá realizado una gran obra social. Tenemos noticias de que el alcalde ha dado cuenta a su jefe superior.

Ángel Gavín

Diario de Huesca – 22/02/1930.

El 28 de febrero de 1930, el Diario de Huesca daba cuenta que el ministro de fomento manifestaba que no iba a hacer desaparecer la Dirección de Montes, noticia por la que el mismo diario mostraba cierta alegría, especialmente manifiesta “Y dada la trascendencia que ello tiene para la provincia tan forestal como la nuestra, aplaudimos igualmente la decisión del ministro de Fomento, no solo de mantener aquella Dirección general, si no de imprimirla gran actividad y nos permitimos interesarle, continúen con la misma intensidad los importantes trabajos que el Distrito Forestal realiza, para la repoblación de los montes de Argüís y de la Sierra de Alcubierre, y para la explotación ordenada de la masa arbórea del Pirineo Aragonés, cuyos gastos han de ser tan reproductivos para el país”.

El miércoles día 29 de abril de 1930 se celebró sesión la Comisión permanente de la Diputación de Huesca, reuniéndose la Comisión provincial Permanente y el Pleno Diario de Huesca 1 de mayo de 1930: “Se da cuenta de una instancia de los Ayuntamientos de Lanaja, Robres y Alcubierre, solicitando un anticipo de diez mil pesetas para fines forestales de la sierra de Alcubierre. El señor Lacadena felicite, con frases encomiosas, la labor de esos Ayuntamientos que han sabido conseguir un consorcio ventajosísimo con el Estado y que dada la justicia y equidad que anima aquella pretensión, propone el nombramiento de una ponencia para favorecer los intereses de esos pueblos y con ello la riqueza forestal de la provincia.

El señor España manifiesta que ha oído con mucha complacencia las palabras del señor

Lacadena, pueda realmente la solicitud de los citados pueblos es muy interesante por el sacrificio que se han impuesto esas Corporaciones para llegar a la repoblación forestal de la sierra de Alcubierre y que, por tanto, la Diputación no debe desatender esas peticiones. Pronuncia bellas frases en alabanza del árbol y adhiriéndose a la propuesta del señor Lacadena, pide se tome en consideración y se nombre una ponencia.

Se acuerda finalmente que el asunto pase a las Comisiones de Fomento y Hacienda conjuntamente.”

Diario de Huesca 1 de mayo de 1930

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Según Carlos Tarazona Grasa, autor de libro Pinos y penas, la fórmula que se escogió para acometer las repoblaciones fue la del consorcio entre la administración forestal y los tres ayuntamiento afectados: Alcubierre, Robres y Lanaja: “El D. F. de Huesca se comprometía a llevar la dirección técnica de las mismas así como a proveer de las semillas y plantas necesarias. El ingeniero de montes encargado de dirigir las mismas fue Ricardo Sáenz de Santamaría. La repoblación se debía efectuar mediante la apertura manual de hoyas aunque esta parte no fue ejecutada por la administración forestal. Esa fase se realizó mediante subastas públicas a las que se podía presentar todo el mundo que quisiera. En el tablón del ayuntamiento afectado se exponían las condiciones que debían cumplir los interesados y la forma de ejecutar los trabajos. El pliego en cuestión fijaba el número de hoyas a realizar, las zonas donde había que abrirlas o el coste individual de las mismas. A estas subastas se presentaron sobre todo a q vecinos de los tres pueblos afectados”. (http://esmemoriaus.blogspot.com)

Al final, los montes repoblados, señala carlos Tarazona Grasa, fueron los montes de utilidad pública nº 330 de Alcubierre, nº 332 de Lanaja y el nº 335 de Robres: “Para 1930 en esos tres montes se habían repoblado por el procedimiento del ahoyado manual 690 Ha, cifra que quedó finalmente bastante por debajo de las 4.000 Ha previstas inicialmente”.

nº monte  Pertenencia Fecha subasta Nº de hoyos Plazo ejecución   Coste hoyo
     332      Lanaja 20-Nov-1928    100.000        3 meses
     335      Robres Octubre 1929      50.000        3 meses  12 céntimos
     330  Alcubierre 26-Oct-1929    100.000        3 meses
     330  Alcubierre 27-Ene-1930    250.000        4 meses  11 céntimos

Fuente: http://esmemoriaus.blogspot.com

El Pucero de Alcubierrre

Vista del monte Pucero de Alcubierre con sus laderas ahoyadas manualmente. Foto: Archivo Cartagra. Fuente: http://esmemoriaus.blogspot.com.

En 1940-1950 comenzaron de nuevo las repoblaciones en masa en la provincia de Huesca: “720 has. repobladas y se localizan en los municipios de Castiello de Jaca, Gurrea de Gállego y Alcubierre (Chauvelier, Francis)”. Así mismo, la sierra de Alcubierre sufrió una serie de repoblaciones forestales a partir de 1940 con un objetivo protector y social y en 1952 aparece como comarca de Interés Forestal “Sierras de Alcubierre y Lanaja (Z y HU). Decreto de 11 de enero de 1952 por el que se declara de interés forestal la comarca que se establece en las sierras de Alcubierre, Lanaja y sus estribaciones de las provincias de Zaragoza y Huesca. (La restauración forestal de España. 75 años de una ilusión)”.

Para Chauvelier, el pino carrasco (Pinus halepensis) es una especie espontánea de la vertiente norte de la Sierra de Alcubierre, señala Chauvelier, su distribución, en la sierra, va de los 200 a los 700 metros de altitud. Aunque para autores como César Pedrocchi, la carrasca sería la especie potencial de la sierra de Alcubierre. No obstante la sabina ocupa grandes espacios desde el piedemonte, donde forma grandes rodales, alcanzando zonas elevadas de la sierra donde aparecen individuos dispersos. Ver: Las sabinas de Los Monegros.

“Otra parte de las repoblaciones se han localizado en la Sierra de Alcubierre y en los Monegros, tratándose en este caso de tierras de seca no dedicadas a la cerealicultura y dominadas por cerros cubiertos a medias por esqueléticos bosques residuales de pinos de Alepo y de sabinas, y por un matorral más o menos espeso. Este último pertenecía a los ayuntamientos y recibía durante el invierno algunos rebaños de ovejas llegados desde los Pirineos hasta las partes más altas de la Sierra de Alcubierre. En este contexto, y al cabo de veinte años, se han desarrollado nuevos pinares, ocupando en ocasiones emplazamientos realmente inhóspitos.”

Francis Chauvelier

La Repoblación Forestal en la provincia de Huesca y sus impactos geográficos.

En 1948 se firmaron nuevas repoblaciones, a través de un consorcio entre el Patrimonio Nacional del Estado y el Ayuntamiento de Alcubierre. Unas ochocientas hectáreas en el monte de utilidad publico nº 330 “Comprendidas en las partidas de Loma de San Caprasio, sesenta hectáreas linda al norte y oriente con resto del monte  La Sierra nº 330; al mediodía con monte Lanaja y poniente con monte Farlete Puy Fernando, Valdelupo y Pacos de Ramón, quinientas hectáreas, linda por norte con Barranco Nuevo, mediodía Filada de Paris, oriente Barranco de San Caprasio y poniente Filada de Paris. Pucero, extensión doscientas cuarenta hectáreas, linderos: norte con monte Robres, mediodía monte del Irazo, poniente monte de Leciñena y oriente con la parte repoblada del mismo monte nº 330 y Galacho de sobre Casas. Así como la ejecución de los trabajos auxiliares necesarios para la creación y conservación de la masa forestal”.

Francisco Amador Mene, natural de Alcubierre, trabajó en las repoblaciones de la sierra. Francisco relata como en la zona de la balsa de las Piedras se instaló un vivero y actualmente aún queda la caseta de los forestales. Trabajaban unas doscientas personas. Subían andando desde Alcubierre hasta san Caprasio, Francisco tenía unos 18 años, sería el año 1951 -De forestal estaba Adrián, era algo loco-. Salían de Alcubierre a las cinco de la mañana para comenzar la jornada de trabajo a las ocho, por las faldas de san Caprasio, -Los de Robres venían en bicicleta-. Trabajaban ocho horas y luego se volvían para el pueblo.

A jada ahoyaban, iban haciendo los agujeros hasta que cambiaba el tiempo en invierno y comenzaban con la plantación. La planta la traían desde Huesca con un camión y la descargaban en el vivero de la balsa de las Piedras. Después, con un burro subían la planta a las lomas donde estaban trabajando, -Se llevaba en los esportones de los burros-.

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Barranco de Valzaragoza. Vuelo americano 1945.

Desde Alcubierre Crisis Obrera

Diversos e interesantes decretos ha dictado el ministerio del Trabajo en favor del sufrido obrero agrícola, pero éstos según noticias, no han tenido la virtud de mitigar la crisis existente., ni aún en la época de recolección.

Si en la segunda quincena de Agosto no se ha dado gran impulso a los trabajos de la Confederación o Mancomunidad, serán muchos los millares de obreros que habrá en Aragón en paro forzoso y tendrá el Gobierno otro problema tan importante y grave como el de Andalucía.

Son incalculables los perjuicios que irrogan esas indecisiones y entorpecimientos continuos en problemas de tan vital importancia como son los riegos, repoblaciones, ferrocarriles, carreteras y demás obras públicas de la Nación.

Toda esta zona monegrina está anhelando llegue el momento de ver cumplidas las solemnes promesas que se le han hecho de principiar a construir  y construido en breve plazo el acueducto de Tardienta que es que ha de darle vida y convertirla de mísera a una de la más fértiles de España.

Y si se pretende conjurar de verdad el conflicto que la falta de trabajo pueda originar interesa que también a la brevedad posible den principio a los trabajos en el tramo tercero del canal de Monegros.

En esta localidad, en años anteriores, con las labores que se llevaban a cabo en la repoblación de la sierra, gran número de obreros, con su honroso trabajo, ganaban el pan para ellos y sus familias.

En el actual, no tenemos noticias de que se haya concedido para dichos fines cantidad alguna.

Hay que esperar que un ministro que representa a Aragón, que lleva un sobrenombre de discípulo predilecto de Costa, que en el ideario de su partido  tiene como lema preferente el fomento y conservación de las obras públicas de verdadera utilidad general, el intensificar la repoblación forestal y el de la obligación del Estado de proporcionar a todos los ciudadanos la posibilidad de ganarse el sustento mediante un trabajo remunerador  y productivo; hay que esperar decimos, que su elevada y reconocida cultura la emplee en dar facilidades para que sean pronto realidad tan bellos ideales.

No olvide señor ministro, que el problema más vital para todas las clases sociales hoy en Aragón, es el de riegos; el complementario, la repoblación forestal y, el más importante, solucionar la crisis del trabajo.

Un pueblo mísero de la zona monegrina como Alcubierre, que tuvo la valentía de interesar y acometer, de acuerdo con el Estado una empresa tan importante y útil como la de repoblar la Sierra en una extensión de más de 2.500 hectáreas de terreno, caso único en España y quizá en el mundo entero; no puede llevar a su ánimo la convicción de que un ministro radical-socialista con los títulos ya expuestos, se desligue del compromiso que adquirió el Estado, y si en ello nos equivocáramos – cosa que no creemos-, tenemos fe en que los representantes en Cortes lucharán con entusiasmo con ese entusiasmo, desinterés y cariño nunca bastante agradecido, con que lo defendió la Prensa de la región y de Madrid hasta conseguir el justo premio que la constancia, el tesón y el amor al árbol, de un pueblo merece.

El digno alcalde don Ignacio Mené, que siente cariño extraordinario por este problema y el social, también tiene interesada su continuación y sería para él y para el vecindario que representa muy lamentable un fracaso, porque aparte del interés general, se halla el de la satisfacción que produce el tener colocados a los obreros en la localidad que actualmente se hallan ya en paro forzoso.

Ángel Gavín

Diario de Huesca 14 de agosto de 1931

La repoblación significó trabajo y la recuperación de la sierra como una oportunidad para uno de sus aprovechamientos: el de leñas, que fue vital en el pasado. Una obra complementaria al canal de Monegros que atraería las lluvias para un seco y árido territorio lleno de miserias. “En la actualidad, en una extensa comarca, mueren de sed las semillas y las plantas, se carece del agua necesaria para beber las personas y ganados, los obreros no alcanzan trabajo para remediar las necesidades de sus familias y dar pan a sus hijos, los agricultores se encuentran también sin agua, sin trigo, sin pan, sin paja y sin cebada, y lo que es más doloroso con la esperanza perdida de hallar siquiera un modesto alivio a tal desventurada situación porque la cosecha actual está totalmente perdida por la sequía como también se perdieron las tres de años anteriores. A esto hay que añadir que están agotadas las existencias de cereales para la próxima siembra, pues las pocas que quedan son necesarias para el consumo actual. En situación tan desesperada como la que hoy desgraciadamente se atraviesa en estos pueblos, cuando el vivir es una agonía que agota con lentitud las energías del paciente que aún espera con gran ansiedad un alivio a tanto y tanto mal como tiene sobre sí”. La dramática situación de aquellos años, descrita en el escrito del ayuntamiento de Alcubierre “El arbolado y la sequía”, diario de Huesca 19 de mayo de 1925, evidencia la importancia que tuvo la reforestación de la sierra de Alcubierre. “Año tras año la emigración aumenta, familias enteras han marchado más de cuarenta, la juventud desaparece en su mayor parte en busca del sustento que aquí no encuentran y, como prueba de ello, baste decir que de los comprendidos en el padrón de cédulas pe4rsonales, o sea mayores de 14 años, durante el año 1924 se han ausentado 126, el 13 por 100 en un año”( Diario de Huesca del 17 de febrero de 1925).

Hoy en día tenemos una gran sierra  que podemos disfrutar, declarada como zona ZEPA (ES0000295) y LIC (ES2410076) de la Red Natura 2000. Presenta una rica biodiversidad en un contexto árido, sobresaliendo en el Valle del Ebro, así la sierra se configura como una gran masa forestal, un bosque que va madurando ofreciendo un extraordinario espacio natural que valorar, proteger y preservar.

A la memoria de Ángel Gavín Bailo

A todos sus habitantes y a don Ángel Gavín especialmente, por ser alma de todo movimiento honrado e iniciador de las más loables y beneficiosas empresas, enviamos nuestra felicitación cordialísima por el éxito, significación y brillantez de la hermosa y educadora fiesta del Árbol.

Diario de Huesca del 17 de febrero de 1925

Pueblo: Alcubierre


Alcubierre, a los pies de la sierra del que toma su nombre, resalta por su magnífica torre mudéjar y sus grandes casas solariegas. Es tierra de tradiciones como la Vieja Remolona, la romería a San Caprasio y de leyendas como la del célebre bandolero aragonés El bandido Cucaracha y de Las dichas y venturas del tío Migueler. Alcubierre contaba en 1900 con 1569 habitantes, pero actualmente ha quedado reducido hasta los 363 habitantes. En los últimos cien años ha perdido el 76,86% de su población y presenta una densidad de 3,14 hab/km², siendo su índice de viabilidad demográfica de menos dos.

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Alcubierre, por Alberto Lasheras

A través de jóvenes de la localidad conocemos su visión e inquietudes sobre la vida rural. Una perspectiva joven para reflexionar sobre el presente y futuro de nuestras localidades, una serie de entrevistas enmarcadas en la serie “Pueblo” de la iniciativa cultural “Os Monegros”. Gracias al IES Montes Negros de Grañen y muy especialmente a Lurdes Gracia por ayudar a hacer posible este proyecto.

Valeria Serrano Sanante

Valeria Alcubierre (2)

  • IES Montes Negros Grañen
  • Curso: 2º de la E.S.O.
  • Localidad: Alcubierre.
  • Música: Morat.
  • Película: Crepusculo.
  • Deporte: Fútbol.
  • Equipo: SD Huesca.
  • Afición: Esquiar.

A Valeria le gusta más el pueblo “Hay más tranquilidad, puedes hacer lo que quieres y hay preciosas vistas a la sierra”.  Como todos los de Grañen, Valeria tendrá que continuar sus estudios en Huesca y luego ir a la universidad, aún no tiene muy claro qué estudiar, aunque luego le gustaría descubrir mundo.

Le gusta todo de Alcubierre y sobretodo estar en casa. Las piscinas es el mejor sitio de Alcubierre y donde más le gusta ir con los amigos, también dar vueltas por el pueblo e ir a los bares a tomar algo y hablar. La fiesta de santa Ana es la mejor fiesta “Es una fiesta normal de pueblo”. La vieja Remolona también es una fiesta muy especial, una tradición de Alcubierre en la que los chicos van con cestas recogiendo huevos por las casas, luego se los llevan a una panadería que hace pasteles para luego merendar todos juntos “Hay mucho ambiente y gusta mucho”. La torre de la iglesia es lo más representativo de Alcubierre.

Tener una peña es lo que más le gustaría, llevan tiempo pidiendo un local y esperan poder conseguir pronto alguno “Para estar en un sitio en invierno calientes y poder estar con los amigos”. Son una cuadrilla grande, unos veinte, pero unos tres o cuatro viven en Zaragoza, siete u ocho en Huesca y fijos en Alcubierre son unos siete.

“Antes se vivía peor”, responde Valeria en relación a cómo ha cambiado la vida en los últimos años.  Se siente monegrina, para Valeria Los Monegros es su casa, su pueblo, la sierra, los caminos y los árboles. “Los Monegros son pueblos bonitos, se puede disfrutar mucho de la naturaleza aunque la gente se va, eso fastidia mucho. Hace falta que venga gente.”

Sonia Latorre Domec

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  • IES Montes Negros Grañen
  • Curso: 3º de la E.S.O.
  • Localidad: Alcubierre.
  • Equipo: S.D. Huesca.
  • Afición: Ir a correr y en bici.

A Sonia le gusta mucho el pueblo, tiene mucha más libertad aunque en la ciudad hay muchas más cosas “A Zaragoza vamos mucho”. Se quiere quedar a vivir en el pueblo y, aunque aún no sabe que quiere estudiar, Sonia sabe que tiene que salir fuera, a Huesca o Zaragoza.

De Alcubierre lo que más le gusta son las fiestas, además de la sierra y subir a lo más alto, a San Caprasio. Con los amigos dan paseos con la bici por la sierra, a veces van hasta el pequeño pantano que hay cerca del pueblo. Lo peor del pueblo es que no tienen peña, pero pronto van a tener un local. La plaza es de lo mejor, allí se juntan “Todo el mundo va a la plaza”.

La fiesta para verano es para Santa Ana y en abril la tradicional romería a San Caprasio “Lo más representativo de Alcubierre es la sierra”. Sonia echa en falta más cosas en Alcubierre, por ejemplo carnaval no se hace.

Para Sonia la vida de ahora en relación con la de sus abuelos es distinta “Ahora hay más comodidades”. Se siente monegrina, a Sonia le gusta el paisaje “Hay mucho monte”. Pero Sonia ve que cada vez hay menos gente en Alcubierre y le preocupa. Piensa que no se puede hacer nada aunque le gustaría que hubiese más gente, más críos “La gente se quiere ir a la ciudad porque allí hay muchas más cosas”.

Continuará…

 

Ángel y Jesús, memoria viva de la sierra de Alcubierre.


Jesús Perez Casamayor nació en Alcubierre en 1935. De mozo, con diecisiete años, se dedicó a cuidar las mulas de casa y a plantar pinos en la sierra de Alcubierre. Salían andando a las seis de la mañana de Alcubierre y sobre las ocho de la mañana tenían que estar por San Caprasio, fue en 1952 y les pagaban 25 pts al día. 

Ángel Lacruz Escanero nació en Alcubierre en 1932 y a los doce años fue pastor hasta los veinticuatro años, luego trabajó como labrador en casa de Ángel Cajal, en casa Biescas.

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Jesús y Ángel han estado muy ligados a su pueblo y a la sierra de Alcubierre, en la que han desarrollado diferentes labores y ocupaciones. Han sido testigos de diversos acontecimientos que nos ayudan a entender la esencia, historia y vida más reciente de la esplendida y a la vez desconocida sierra de Alcubierre. Diferentes reseñas históricas de la hemeroteca del “Diario de Huesca” acompañan el presente artículo, contextualizando la valiosísima información que los entrevistados han aportado. Muchas gracias Ángel y Jesús.

Jesús subía a la sierra para plantar pinos, subían trabajadores desde Alcubierre y de Lanaja. De Lanaja subían cuadrillas de unos veinte hombres que se quedaban a dormir por la sierra. De Alcubierre, los trabajadores subían y bajaban el mismo día. Para la plantación ahoyaban primero con la jada, hacían los hoyos cada dos metros y luego plantaban con pino carrasco. En el camino a San Caprasio aún se encuentra la caseta de los forestales, donde se ubicó el vivero forestal. Entonces los guardas forestales también subían andando a la sierra, vigilaban y se encargaban de todo lo que afectaba al monte. Había pinos enormes por la sierra y  los forestales median el diámetro y la altura de los pinos que cortaban. Con un tronzador cortaban los pinos y los bajaban arrastrando con mulas hasta el camino donde los cargaban en el carro. Sorteaban lotes de pinos, unos tres pinetes por papeleta, aunque “por no faltar la verdad” el reparto no resultaba muy equitativo y justo. Algunos llenaban el carro hasta que casi se escachaba y otros les bastaba con una mula. Las copas de los pinos la gente no las quería, las carrascas y los quejigos no dejaban ni tocarlos, aunque con el tiempo fueron algo más permisivos. Las ancianas del pueblo decían que antiguamente los pinos llegaban hasta el cementerio. Eran otros tiempos, cada año caían de dos a tres nevadas buenas. Se gastaba mucha leña, sobretodo bajera, coscojo y romeros. Ángel y Jesús recuerdan oír hablar de antiguos carboneros por la sierra, pero no los llegaron a ver: “Entonces el monte estaba muy trillado”. A Ángel le contaban que el carbón lo llevaban a Zaragoza, donde lo cambiaban por judías y otras cosas.

Información del Diario de Huesca, del 28 de diciembre de 1879, que cuenta las numerosas cantidades de árboles de grandes dimensiones que por aquellos tiempos eran objeto de concurridas subastas:

Se proyectan grandes cortas de árboles en las hoy cuasi impenetrables selvas de las sierras de Castejón de Monegros, Alcubierre, Lanaja y Almudévar, calculando en cuatro millones el número de pinos que pueden ser explotados en aquellos bosques, sin perjudicar para nada el arbolado.

Dadas las grandes dimensiones de los árboles, pues los hay que tienen sesenta y un metros de circunferencia y la excelente calidad de la madera, es de presumir que la concurrencia a las subastas, que se celebraran el 30 de febrero del próximo año, será mucha y se obtendrán en ellas fabulosos resultados.

* En la noticia hay un error con la dimensión de los árboles al atribuir una circunferencia de “sesenta y un metro”, una medida completamente imposible.

Por la sierra había lobos y alimañas que causaban daños en los ganados. Para matar los lobos se solía colocar carne envenenada por el monte. El padre de tío Marino ponía una bandereta en cada trozo de carne con veneno para el lobo, una vez un hombre estuvo a punto de llevarse el cebo para comer, menos mal que consiguieron avisarle a tiempo. Ángel fue rebadán con el tío Marino: “Entonces él tenía sesenta años y contaba que cuando era joven había lobos”.  Todos los ganados llevaban mastines, por lo menos tres juntos y los lobos conocían los rebaños por las esquilas. El tatarabuelo de Carmen, la mujer de Ángel, mató a cuchillo una loba por la balsa de la Ontina y por aquello se ganó el apodo de “Matalobos”, a su madre la conocían como María la Matalobos.

Información del Diario de Huesca, del 31 de enero de 1890, sobre “Fieras envenenadas”:

Digna de imitar es la medida, tomada por el alcalde de Alcubierre, que, autorizado por el señor gobernador civil de esta provincia, y después délos anuncios exigidos por la ley de caza, dispuso la colocación de carnes envenenadas con estrignina en determinados sitios de aquel término municipal, consiguiendo disminuir notablemente el número de animales dañinos que tan considerables perjuicios causaban en los ganados de aquella comarca, puesto que, además de muchas aves carnívoras, han sido recogidos 4 zorros, 6 zorras, y 2 lobos muertos por envenenamiento; siendo de suponer que algunos más habrán ido a morir en los montes circunvecinos. Si, como creemos, se pide y otorga nuevo permiso para continuarla caza por tan expeditivo medio, y coadyuvan al mismo laudable fin, los pueblos inmediatos á la sierra de Alcubierre, pronto se verá ésta libre de alimañas, y particularmente de lobos, que hace algún tiempo ponen en cuidado á los ganaderos y aun á las personas que, aisladas, tienen necesidad de internarse en los montes.

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En 1942 se produjo un gran incendio forestal que afectó  duramente a la sierra, desde San Caprasio hasta Valmayor. El padre de Jesús se encontraba haciendo leña por el corral de José Usieto, por la plana de las yeguas, con el carro y las mulas. Era la mejor zona, donde se encontraban los pinos más grandes. Aquel día hacia mucho bochorno y de repente  el tío Jorge “el Cantador”, que era guarda municipal de la sierra (había un guarda del Ayuntamiento. aparte de los forestales del Estado) les avisó y le dijo de enganchar las mulas y tirar p´abajo: “Que venía el fuego en pleno desde Farlete”. Ángel recuerda que se veía todo San Caprasio en llamas desde Alcubierre, se apagó gracias a que se volvió el aire: “Subían camiones llenos de gente a la sierra a apagarlo”.

También hubo un incendio importante, aunque mucho menor que el anterior, en la zona de las Labaneras, subiendo desde Alcubierre a Lomagorda: “Subieron de alcubierre y de lanaja a apagarlo”. Podemos situarlo a mediados de la década de los ochenta del siglo pasado. Otro incendio fue por el galacho de Paco Ramón, que está por el camino de pozo Pablico. A Jesús le tocó subir a apagar algún que otro incendio, una vez se quedó dos noches a vigilar, iban con palas de goma, azadas y palas: “Los que trabajaban “en los pinos” tenían que ir siempre a los incendios, antes iban todos”.

Información del Diario de Huesca, del 5 de agosto de 1931, cuenta el suceso de un incendio forestal en la Sierra de Alcubierre:

En el incendio del que dimos cuenta hace unos días, de la Sierra de Alcubierre, se quemaron unos 500 árboles pequeños y leña baja. El incendio fue casual.

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Tras el gran incendio de 1942 se tuvo que repoblar la zona afectada, pero la sierra de Alcubierre ya contaba con una larga trayectoria en repoblación forestal. La sierra de Alcubierre, a finales del siglo XIX, presentaba una seria y preocupante deforestación, así lo refleja un pequeño escrito en el Diario de Huesca del 15 de noviembre de 1876: Un impulso desconocido, una aversión al arbolado, que parece innata en nosotros, nos ha movido con vertiginosa rapidez á destruir matorrales, selvas y bosques. Muchos trozos de la parte baja de la provincia estaban cubiertos de espesos arbustos en los últimos años del primer tercio de este siglo: en la sierra llamada de Alcubierre abundaba por do quiera el romero, la sabina y el pino. ¿Qué se ha hecho de toda aquella espesura? La sed insaciable de roturar la ha destruido. La manifiesta deforestación llevó en septiembre de 1891 a la Diputación Provincial de Huesca a solicitar al Ministerio de Fomento su repoblación. Diario de Huesca del 7 de marzo de1892: Por la jefatura del distrito forestal de Huesca se ha enviado a la Dirección general de Agricultura un anteproyecto de repoblación de la sierra de Alcubierre, perfectamente estudiado en todos los puntos que pueden facilitar el planteamiento de una mejora tan convenientísima para los intereses públicos. El Distrito Forestal de Huesca redactó el Proyecto de Repoblación forestal de la Sierra de Alcubierre en 1925, aunque parece que su aprobación nunca llegó. Con el Plan de Repoblaciones de 1928, una superficie de 5.000 hectáreas fue comprometida para repoblar, en un plazo de 10 años, de pino carrasco, aunque también se planteó la utilización de robre y esparto. El ingeniero de Montes encargado de las repoblaciones forestales de la Sierra de Alcubierre fue Enrique de las Cuevas y Rey y en su honor existe una calle dedicada a su nombre en Alcubierre.

Según Carlos Tarazona Grasa en Esmemoriaus, se repoblaron montes públicos de Alcubierre (2.500 Ha), Lanaja (1.800 Ha) y Robres (700 Ha), todos ellos localizados en la Sierra de Alcubierre. En 1930, de las 4000 Ha. previstas, solamente se habían repoblado 690 Ha.

En 1944 se encontraron por la sierra algunos maquis desperdigados: “Estuvieron poco y de paso”. Ángel encontró huellas cuando estaba trabajando de rebadán, para casa Calvo, y los maquis se le llevaron una oveja. En seguida aparecieron los guardias de asalto y partieron en su captura. En otra ocasión, estando labrando con tres o cuatro pares de mulas por el Puyalón, les aparecieron tres maquis que les pidieron algo de comida: “Estaban muy hambrientos, agotados y desconfiados”. Al día siguiente aparecieron más de cien militares en su búsqueda. También aparecieron tres maquis cuando se encontraban ahoyando por la balsa de las piedras, donde actualmente se encuentra la escombrera, y los pararon allí a ver si tenían comida. Iba el padre de la abuela Carmen, Julián, con otros “menudas botas que llevaban, ¡unas botas! y olían mucho a humo”, les pidieron comida y  les dieron algo para que pudieran comer.

Jesús estuvo dos años colocando mojones, delimitando los limites de los diferentes montes de la sierra de Alcubierre. Subían con un tractor y un remolque a la sierra, tres personas y el forestal. Colocaban unos veinticinco mojones al día, los ponían con cemento, los de las huegas eran los más grandes.

Antes había muchos más manantiales, ahora no llueve tanto. Recogían salvia, romero, tomillo… se recogían con flor en mayo, se hacían vapores y con el romero hacían infusiones con miel. Ángel y Jesús guardan una gran memoria, recuerdan muchas cosas, nombran los abozos (el gamón), los “pelajes” (a las cabras le decían “pelajes” por el pelo) o como por donde ahora están las piscinas estaba la balsa del medio con un pozo o como en la plaza del ayuntamiento se encontraba la balseta de la villa.

Quedan muchas historias por contar, historias que antes contaban los mayores en la berbecana, el carasol de la iglesia de Alcubierre, donde el hijo de Ángel iba y oía contar montones de historias. Gracias a Ángel y Jesús, parte de aquella memoria se ha transmitido, recuerdos de una sierra que rebosó de vida y que late en nuestra memoria. También muchas gracias a Ángel Lacruz Pérez, el nieto, por hacer posible este artículo.

Listado recogido por Ángel Lacruz Pérez

Aves

Algarabán: Alcaraván.

Aloda collarada: Alondra collarada.

Aloda moñuda: Alondra moñuda.

Alviarol: Abejaruco.

Capú: Cuco.

Churra: Ganga/Ortega.

Correndera: Posible Aloda terrera (/Chirli/= reclamo). (terrera común)

Cudiblanca: Collalba.

Cucute: Abubilla.

Engañapastor: Lavandera.

Esparvel: Cernícalo.

Esparveles: Cernícalos.

Esquilador: (Canta a las entradas de la sierra en primavera.

Escachamatas: Chochín. Muy pequeño, más que el pinchan, cola más corta.

Falcón Perdiguero: Halcón.

Galleneta ciega: Cuco o chotacabras.

Grallas: Chovas y cornejas.

Judía: Avefría.

Pardal: Lo han oído, gorrión.

Picaraza: Urraca.

Pinchán: Chochín. Pequeño, suele estar por los sisallos. Pinzón vulgar.

Polla de agua.

Sisote: Sisón.

Tordas: Zorzales.

Plantas

Abozo: Gamón, Aaphodelus  sp.

Abrojo: Posiblemente Tribulum terrestris.

Acirón: Arce, Acer monpesusulanum. “El acirón ni vale pa leña ni pa carbón.

Almierca: Amielaga, Medicago sativa.

Almiercon. Amielga silvestre, Medicago.

Amargones/soplamocos: Diente de león.

Arañones: Endrinos.

Asnallo

Azota Cristo: Cardo lanudo.

Cachorrera: Arctium y Xanthiium spp.

Carnijuelo: Chondrilla juncea.

Carrasquilla: Ramus alaternus.

Charrachón

Clarivuela: Flor pequeña amarilla.

Coda de rata/cola de rata

Corretillas: Convovulus sp.

Crujidera

Escobizo

Escorzonera

Estepa/tabaquera: Jara.

Estripapucheros: huele mal.

Ginestra: Retama.

Marruego

Píe de cristo

Romera: Cistus clusii sp.

Ontina de cabeceta

Ontina de facera

Rudo

Salvia

 

 

Las dichas y venturas del Tío Migueler


 En un lugar de Los Monegros, de Alcubierre para más señas, y a los pies de la sierra que el mismo nombre porta, se forjó la vida, hazañas y proezas del gran Migueler. Historias que se hacen leyendas, de un hombre difícil de igualar al que nadie se atrevería a disputarle el trono de las múltiples y variadas correrías. Así, que las manos fuera de los bolsillos y adentrémonos en las dichas y venturas del Tío Migueler.

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El gran Tío Migueler

 

El Tío Migueler

Miguel Puivecino Cano nació en Alcubierre el 18 de enero 1888 y murió a los 72 años de edad, el 19 de febrero de 1960. De familia de albañiles, desde pronto quisieron que Migueler se forjase en los estudios. Pero Migueler, muy arraigado a su tierra, y con grandes inquietudes en la destreza de las artes de la construcción, ejerció el oficio de albañil durante toda su vida. Hasta en dos ocasiones trataron de internarle en un colegio de Zaragoza, llegándose a escapar hasta en dos ocasiones seguidas. La primera vez que se escapó tenía sobre unos diez años y regresó caminando hasta su hogar natal de Alcubierre. Su madre enseguida lo condujo de nuevo al internado pero a lo que volvió a Alcubierre, Migueler ya se encontraba en casa, se había vuelto a escapar y corriendo había llegado antes que su madre. ¡Por mucho atajo que pudo coger, naide se lo podría creer!.

            Fue rebelde con causa, de retar la normalidad y desafiar la gravedad, sin malicia alguna y siempre dispuesto a ayudar a los demás. Fue hombre de gran corazón. Sus dos hermanas, Conchita y Modesta, recibieron buena educación y ejercieron de maestras. Migueler tuvo tres hijas y un hijo, su primera mujer Cristobalina Taules era de La Almolda y falleció poco después de dar a luz con tan sólo 28 años. Su segunda mujer fue Laureana Campo de Lanaja, a quien conocían como Laura. Fruto de su primer matrimonio nacieron Conchita y Migueler y de su segundo matrimonio Aurora y Ascensión.

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Vino de Gabarre. Tonel año 1874 “Superviviente de la guerra” vino de agua de balsa de Monegros.

            La puerta de su casa siempre estaba abierta, cosas de antes. Si a alguien veía pasar por delante de su puerta enseguida decía: “Anda, entra un rato y echa un traguer”. Era muy amigo de Rafael Nogués, gran ganadero ovino, eran vecinos y muchas veces iba a comer a casa. Migueler era muy generoso, hasta el punto que su hermana a veces le recordaba: “a ti en el pueblo no van a decir que Migueler es bueno, sino que Migueler es tonto”. Debió de ser muy confiado y fiarse bastante de la gente, sobretodo en el trabajo. Debió de ser muy buen albañil y trabajo para las mejores casas de Alcubierre. También hizo el puente del Pucero, cerca de la balsa del Pucero camino de Zaragoza. Trabajó mucho para casa Gabarre, se llevaban muy bien y cada año le regalaba botellas de vino: “Especial para los amigos y elaborado con las mejores anilinas y agua de balsa de monegros”. Un año hubo plaga de conejos y Gabarre le pagó por conejo cazado, Migueler fue un extraordinario cazador.

De casa Gabarre recibió afecto y amistad, las botellas de vino las regalaba en contadas ocasionmes.”

 Alberto Lasheras Taira    

           Seguro que participó en rondas, bailes y subió raudo y veloz de romería a San Caprasio, a la cumbre de la sierra de Alcubierre. De zagal seguro que participó en la Vieja Remolona con sus amigos. Una tradición que aún se mantiene y que caracteriza la Vieja Remolona con trapos y paja en un palo de escoba. Luego la pasean por las calles replegando naranjas, longanizas y chullas de tocino que vecinos y vecinas dan a zagales y que estos pincharían en el espedo, una varilla de acero acabada en punta. ¡Migueler llevaría por las alturas a la Vieja remolona!.

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Tío Migueler en la sagrada Familia.

            Migueler pasó algunas temporadas en Barcelona, donde fue a parar parte de su familia. En una de sus visitas, Migueler contempló y admiró la Sagrada Familia, no pudiendo mas que exclamar: “Cuando Colón baje el dedo y Gaudí vuelva a nacer, la Sagrada Familia se terminará de hacer”. Su hijo, también llamado Miguel, fue a vivir a Barcelona y su nieto, como no ha podido ser de otra manera, lleva de nombre Miguel, Miguel Puivecino Suñen. Preciosa y peculiar es la anécdota del hijo de Migueler que, paseando por las ramblas, conoció una chica que curiosamente resultó ser de Alcubierre. Era Victoria Suñen Aparicio, que acabó siendo su mujer. Una historia realmente bonita que cuenta Miguel Puivecino Suñen y su mujer Lola Bernal. Ambos residen en Barcelona, pero él y su familia a Alcubierre siempre lo llevan en el corazón.

            Victoria Suñen Aparicio fue antepasada de Paco Paricio, de los Titiriteros de Binefar. Los titiriteros rescataron magistralmente la “historia de Mariano Gavín, el bandido”, una obra estrenada en 1989 y que recorrió numerosas plazas de Aragón. Una obra que hizo las delicias de zagales, zagalas y mayores, una fascinante obra que dio a conocer y a hacer celebre al gran bandolero alcuberreño “El Cucaracha”. Curiosamente, el apellido ha perdido la “a”, quizá para no ser de los primeros de la clase y poder estar atrás enredando con títeres y marionetas.

            Fueron tiempos muy duros. Se sucedieron muchas vicisitudes y correrías, muchas aventuras que al final tan sólo buscaban sobrevivir en una sociedad muy empobrecida, con muchas necesidades. Pero a la vez fueron tiempos llenos de familiaridad, fraternidad y de amistad entre vecinos y vecinas, de solidaridad y ayuda mutua, de valores muy fuertes que no hemos sabido heredar.

“Veo a Migueler como una persona trabajadora, bueno, con carácter, ingenio, humor, espíritu de supervivencia, capaz de superar situaciones difíciles y con un fuerte sentimiento de apego a su pueblo, que no quiso abandonar. No quiso alejarse de sus raíces. “

Alberto Lasheras Taira    

           Por concluir, apreciareis, como buenos lectores, cierta socarronería en la redacción, algo que tan solamente puede responder a la incapacidad del autor de estar a la altura del sensacional, singular, inigualable, excepcional, asombroso y sorprendente Tío Migueler. Así, disculpen las molestias y disfruten de las historias, correrías y gestas del Tío Migueler.

¡Ay! este  Migueler

Que intrépido que es

Ten cuidau no te vayas a caer

Ten cuidau no te vayas a caer

¡Que el mundo no es al revés!

 

Un furtivo muy vivo

Escopeta Migueler

Escopeta de Tío Migueler

Migueler fue cazador furtivo y con extraordinaria astucia burlaba a la guardia civil, con sutil picaresca evitó más de una vez caer en sus manos. Una travesura elegante de un hombre hecho y derecho que cazaba para comer, una forma de sobrevivir que se convirtió en un juego. Pues ingenio nunca le faltó y su reputación a pulso se ganó, fue un hombre bravo y valiente que a nadie indiferente dejó.

            Tenía una escopeta del calibre del 16 y a los del 12 les decía: “¡con ella ya podéis cazar!”, pues era más fácil acertar con el disparo. Por la sierra colocaba lazos para cazar, llevaba perros de caza y hurones; se conocía la sierra a la perfección y se desenvolvía con extraordinaria facilidad por sus vales y barrancos, por sus cerros y lomas. La sierra no tenía misterios para Migueler, de Puiladrón a Monteoscuro, del Monte Viejo a Puchinebro y de Puigsabina a Loma Gorda.

Fabricaba su propia munición

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Cacharros de Tío Migueler para fabricar los cartuchos de caza.

El mismo elaboraba su propia munición que luego utilizaba para cazar. Migueler tenía las herramientas y útiles necesarios para la recarga de los cartuchos: caja de pólvora, medidor de pólvora, caja con perdigones, rebordeador de cartuchos del 16 y maquina de quitar y colocar pistones. Migueler era muy mañoso, ¡qué decir!, pues Migueler era hombre de diversas y variadas cualidades.

 

Las correrías con la benemérita 

Su incontrolable afán por los desafíos y su afición por la caza más de una vez le llevó a protagonizar diversos encontronazos con la guardia Civil, episodios de persecuciones y correrías por la sierra de Alcubierre. Inevitablemente, la similitud nos traslada al forajido y bandolero Mariano Gavín Suñen, archiconocido, allende de los áridos desiertos de la redolada monegrina, como el terrible y temible bandido Cucaracha. Salvando las distancias, Migueler era bondad, no hacía daño a nadie y ayudaba a todos. Y, a pesar de mil correrías por la sierra, con la guardia civil siempre mantuvo un verdadero y sincero respeto.

            Una vez le persiguieron durante horas, le seguían por el monte pero mientras no le pillasen con las manos en la masa no le podían acusar de ningún delito. ¡Cómo hacía correr a la Guardia Civil! ¡Cómo se divertía el Tío Migueler!, era como un juego, una emoción, adrenalina, un riesgo infantil con enormes dosis de realidad, de la supervivencia de capturar caza prohibida que permitía sobrevivir en una tierra dura y salvaje. Una vez, tras varias horas de persecución, subiendo y bajando cerros y lomas, Migueler regresó rápidamente a Alcubierre, se lavó en casa y luego pasó por el puesto de la Guardia Civil de Alcubierre. Al tiempo llegó la patrulla de guardias civiles que habían participado en la persecución, con evidentes signos de agotamiento y fatiga, quedándose estupefactos al enterarse que hacía rato que Migueler, todo fresco, había pasado a saludar por el cuartel. ¡A Migueler no le hubiera pillau ni el Cucaracha!.

            Seguramente Migueler haría algún trabajo de albañilería en el cuartel y los guardias conocían su valía, al igual que conocían sus tretas furtivas. Pero casi podemos decir que entre ellos había una relación de caballeros, de cierta cordialidad ya que los guardias, en repetidas ocasiones, pasaban por la casa de Migueler a echar un traguer o tomar un café y de paso charrar un poco. En ningún caso fueron a su casa a molestarle o echarle alguna reprimenda.

            Tenía amistad con el sargento y algún guardia. El sargento le decía: “Migueler, si te encorren los guardias, corre tú más que si no te agarran, no pasará nada”.

Alberto Lasheras Taira    

El reclamo preso

Solía ir mucho a cazar con Rafael Berdún de casa Puliceto. Utilizaban a menudo la técnica de caza de reclamo. Para ello colocaban una perdiz disecada a la vista mientras ellos se escondían al otro lado. Además tenían un instrumento de caña que soplaban imitando el sonido de la perdiz o del perdigacho.

            Otras veces usaban una perdiz enjaulada como reclamo, la dejaban en un lugar estratégico y se ocultaban esperando a que se acercase alguna perdiz y tratar de atinar con la escopeta. Pero un día, la perdiz debió de errar en su canto y a quien atrajo fue a la patrulla de la Guardia Civil. De sopetón apareció la de la Guardia Civil y casi ni se dieron cuenta. Pero al final no los vieron ya que estaban bien escondidos entre matojos. Bien quietos en la mata tuvieron que aguardarse ocultos hasta que los guardias, cansados de buscarles, marcharon y se perdieron de vista. La que acabó detenida fue la incauta perdiz, aunque presa ¡ya estaba!.

De correría en correría

¡De correria en correria casi cogieron a Migueler cazando!, pero este Migueler se las sabía todas. En estas, los guardias civiles consiguieron agarrarlo por la chaqueta, pero el habilidoso y escapista Migueler logró zafarse de la chaqueta que acabó en manos de la benemérita. Ya liberado corrió como una liebre consiguiendo escapar. ¡Raudo y veloz!, en Migueler, la suerte nada tenía que ver.

            En otra correría con los civiles, Migueler andaba cazando por la paridera de los vales de Gabarre. Al avistar la presencia de los guardias, Migueler corrió alredor de la caseta hasta encontrar el botero abierto (hueco o ventana del pajar para meter la paja) y, en lo que canta un gallo, por el botero se metió en el pajar escondiéndose entre la paja. Los guardias dieron vueltas y vueltas, examinado todo sin encontrarlo, hasta que desistieron y rendidos abandonaron su búsqueda. ¡Con la fama que tiene el Migueler, a ver quién es el listo que lo puede coger!.

            Y en una de tantas otras correrías, a Migueler le encorría la benemérita pisándole los talones. Para despistarlos se vio forzado a brincar una tapia, pretendiendo que le perdieran de vista. ¡Cuál sería su sorpresa al ver que al otro lado de la tapia del corral había dos guardias almorzando! Éstos sorprendidos por la aparición de Migueler y los gritos de los otros guardias que lo perseguían, se lanzaron tras él pero no pudieron agarrarlo. Migueler, durante la persecución, perdió la escopeta que recogieron la Guardia Civil y tuvo que ir otro día al cuartel a recogerla. No sabemos si tuvo que hacer frente a alguna multa.

            ¡¡Las correrías que no sabremos!!!

El sombrero de Demetrio Oto Borau y de Nicasio Gavín Casterad

La presente historia resulta contemporánea a Migueler, le iguala en ingenio y talento a cualquier correría de Migueler, ya que cuenta con gran similitud en su particular modo de actuar. Para hacer honor a la verdad, decir que de primeras nos la contaron como propia de Migueler. Pero a Alberto Lasheras nada se le escapa y, lo que acontece a continuación, a Demetrio Oto y Nicasio Gavín les sucedió:

            ¡Ya fue casualidad!, caprichoso destino, ¡Qué Nicasio se comprase el mismo sombrero que Demetrio Oto! o ¡Qué Demetrio se comprase el mismo sombrero que Nicasio!. ¿Quién sabrá?, ¿quizá se compraron los sombreros juntos?. ¡Y qué más da!

            ¡Qué pinchos y contentos iban Nicasio y Demetrio! Los dos con sus sombreros nuevos, ¡como los lucían por las calles de Alcubierre!. ¡Hasta para cazar lo llevaba Demetrio!, como aquella vez que perseguía perdices cerca del corral de Ruata. La guardia civil le sorprendió pero, como también era tan templado y ligero, pronto les dio esquinazo con la mala fortuna que el sombrero perdió. La pareja de guardias civiles quedaron satisfechos con tan preciado botín, pues ya tenían la prueba del delito, ¡por fin tenían pillado al furtivo Demetrio!. Pero este, que de avispado tenía lo suyo, regresó raudo y veloz a Alcubierre, cogió el sombrero a Nicasio y por el cuartel de la guardia civil se pasó a saludar. Cuando la pareja de guardia civiles regresó, algo sofocados pero con la prueba del delito, no daban crédito a lo que les contaban, pues hacía un rato que Demetrio, completamente relajado, descansado y escoscado, se había pasado con su flamante y elegante sombrero.

La última pizca de Alcubierre

Deben de ser avispados estas gentes de Alcubierre y siempre muy acogedores si por sus lares caes, ¡pueden hacer gala de buen carácter!. Pero para quien no les conozca, a buen seguro que la siguiente costumbre y anécdota no les dejará indiferente.

            Dicen por todos los lugares, que es bien conocida y por todos reconocida, que la última pizca es la de Alcubierre. Pues cuando solamente queda la última pizca en el plato o fuente, a la gente siempre le da reparo cogerla; así que, en Alcubierre, discurrieron ingeniosa solución. Siempre apagan la luz y así nadie sabe quien coge la última pizca. Pero la verdad no deja ser algo a medias, ya que las manos acaban luchando entre ellas, con las luces apagadas, disputando la última pizca de Alcubierre.

Animales son amores

A Migueler tenía perros y hurones, le encantaban los animales y tenía una mano especial con ellos. A un perrito le enseñó ir  a comprar a la carnicería. Al perrito le colocaba una cestita con el dinero y lo mandaba de compras a la carnicería. Allí le colocaban el pedido y los cambios en la cestita y el perrito volvía a casa con el encargo para Migueler. El bueno del perrito nunca abusó de la gran confianza depositada en él y la suculenta carga siempre llegó a buen destino.

            Su habilidad también quedó patente cuando adiestró a dos perros en el ejercicio de la caza. Los perros iban solos a cazar, la primera pieza de caza era para ellos y las siguientes para Migueler.

            En una desafortunada ocasión, uno de sus perros se adentró en un corral ajeno y trató de montar una perra. El vecino los sorprendió, cogió una horca y mato al perro de Migueler. Este se enojó tanto que trató de rendir cuentas, pero al final desistió.

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Tío Migueler, un hombre de alturas.

El reto de la torre

Al Tío Migueler le encantaban los retos, desafiar a los más jóvenes y superarlos, en destreza y agilidad nadie le superaba, grandes dotes que su fama precedían. Aún contando con cierta edad, no dudaba de retar, lo llevaba en la sangre.

            La preciosa torre mudéjar de la iglesia de Alcubierre fue escenario de uno de sus mayores y rememorados retos. El desafío era ver quien subía antes a lo alto de la torre. Desafió a Manuel el guarnicionero a subir los más rápido a lo alto de la torre de Alcubierre y tocar la campana. El contrincante subía por las escaleras y Migueler trepando por el exterior. Migueler ganó la apuesta y esta hazaña dejó profunda huella en la memoria de Alcubierre.

            Hay que reseñar, tal y como dice Alberto Lasheras, que entonces la torre estaba muy deteriorada y presentaba numerosos entrantes y salientes que facilitaban extraordinariamente su escalada. Pero que nadie se engañe, esto no justifica ni infravalora su renombrada epopeya y que nadie se atreva a ponerlo en duda. Pues no hay mayor valor ni maestría que la que Migueler poseía.

Campanadas a mangazos

Durante la guerra las campanas de la iglesia de Alcubierre desaparecieron. ¿De alguna manera tenían que ingeniárselas par dar las campanadas?. Así, que buena solución idearon. Y como era de esperar, optaron por la única solución imaginable: cogieron una enorme llanta, la colgaron con una soga y con un mallo (una maza o martillo grande) fueron dando campanadas. Pero de tanto mallar, pues todas las horas debían de dar, la soga se rompió y la llanta disparada salió, rodando calle abajo hasta la plaza. Por poco no causó ninguna desgracia: ¡podría haber matado a alguien!.

Las campanas de Alcubierre

Las campanas se tuvieron que reponer a primeros de la década de los cuarenta. Las trajo Ángel Cisterna, que se dedicaba a carrear paja. Las descargaron al pie de la torre de la iglesia y Migueler y su hijo fueron los encargados de subirlas a la torre. ¡Todos los críos fueron a ver como subían las campanas!. Pero mientras subían una campana, la estructura del andamiaje cedió y una campana corrió un serio riesgo de caída, ¡estuvo a punto de caer!. Migueler, rápido y valiente, se descolgó por los andamios y consiguió amarrar fuertemente la campana a una soga, impidiendo que se precipitase al vacío. Evitaron una tragedia cantada y definitivamente pudieron subir las campanas que volvieron la alegría a la torre de la iglesia de Alcubierre.

            Para probar una de las campanas, el hijo de Tío Migueler se puso a bandear la campana con tanto brío que no la soltó y quedó agarrado a ella saliendo afuera del campanario y volviendo a entrar, al volver la campana al interior de la torre. Tuvo que tener gran pericia y agilidad mental para sujetarse bien y evitar que la inercia lo despidiese hacia fuera arrojándole al vacío. De tal palo tal astilla.

El pozal al pozo

Cuando un pozal caía al fondo del pozo llamaban a Migueler para que lo recuperase, ¡quién sino!. Descendía con gran destreza, apoyando la espalda en la pared  y con las piernas en la otra pared. Bajaba a los pozos y recuperaba los valiosos pozales que se caían en la localidad de Alcubierre.

            Una vez tubo que bajar para sacar un pollino, una mula joven que se había caído a un pozo. Las gentes del lugar trataron en vano de sacarlo con ganchos, ¡para haberlo matau!. Así que apareció Migueler y en un suspiro bajó al pozo, formó un braguero a modo de arnés atando al pollino y con una buena soga, correas y una garrucha izaron al pollino hasta ponerlo a salvo.

            En Alcubierre el agua de pozo contenía abundantes sales, así que no era apta para consumo humano. El agua de boca se obtenía de las balsas que recogían el agua de lluvia.

La virgen del pozo

Tanta fama tenía Migueler rescatando pozales de los pozos que, después de la guerra, lo llamaron de otro pueblo para rescatar unas imágenes religiosas de un pozo. Hay quien sitúa el hecho en La Almolda, otros en Monegrillo, aunque lo verdaderamente certero es que solo Migueler era capaz de tal empresa. Durante la guerra civil ocultaron en un pozo dos esculturas pequeñas de la virgen. Una era de yeso que se deshizo en el pozo y otra de bronce que fue la que rescató el Tío Migueler.

La burla a la muerte

Durante la guerra Migueler salía por la parte de atrás de su casa y burlaba el toque de queda de Alcubierre; ¡él salía cuando quería! pues Migueler era un alma libre difícil de dominar. Pero sus escapadas se volvieron conocidas en la localidad hasta que le estuvieron esperando, consiguiendo sorprenderle saltándose el toque de queda. A Migueler le acusaron de espionaje y lo llevaron detenido a Tardienta. Cuando su familia acudió a visitarlo, Migueler les entregó el reloj y alguna pertenencia creyendo que su fusilamiento era inminente e inevitable. Pero por suerte, una pariente conocía a un alto mando que le ayudo. Ella había trabajado de maestra en un pueblo del Somontano de Barbastro, donde él acudió a dar un mitin y le conoció al tenerle que entregar las llaves de la escuela. Al parecer, aquel encuentro dejó profunda impresión entre ellos. Ella lo buscó antes que ejecutasen a Migueler y gracias a su elevada posición en el ejército republicano, pudo interceder para que soltasen al pobre Migueler. Para ella y el militar fue el comienzo de una gran historia de amor, de vicisitudes y exilios, pero con final feliz. Para Migueler, ¡esta vez sí que esquivó la muerte de verdad!

            Migueler era bravo y valiente, aunque pecaba de cierta ingenuidad. Una vez, en la plaza mayor de Alcubierre se hallaba un miliciano de barba larga y con un aspecto fiero, bruto y feroz que infundaba razonado respeto y temor. A Alcubierre llegaban cientos de milicianos. El miliciano se encontraba sentado afilando un enorme machete cuando el atrevido Migueler, sin consideración alguna y con cierta inocencia, le soltó: “¡quiere que se lo afile yo, que afilo bien!”. Quienes apreciaron esa escena no pudieron evitar un frío escalofrío recorriendo sus cuerpos, afortunadamente, este hecho ya no tuvo más recorrido.

El ingenio como juego

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Juego de habilidad del Tío Migueler

Migueler debió de ser muy manitas, una de sus aficiones era realizar juegos de ingenio. Uno de aquellos juegos era una superficie con anillas por los que en determinados movimientos había que pasar un alambre. Migueler debió de ser un alma con inquietudes, retos y destrezas.

El tocino escoscau

Migueler era muy amigo de Julian Mene, de Gabarre y del cura de Alcubierre. De tanta amistad gozaba que no dudaba en pedirles consejo y opinión. Cuando en una ocasión el tocino le se puso malo a Migueler estos le dieron buena solución, ya que resfriado y fiebres podía tener, el tocino enseguida debía de bañar “¡y ya verás que pronto se recuperará!”. Y de esta manera, fiel a sus amigos, Migueler actuó y a su apreciado tocino bañó. Pero por causas del destino, la fatalidad provocó que el tocino a los pocos días falleciera. Cuando la gente le preguntaba a Migueler “-¿qué tal el tocino?-” este respondía: “Ni dios, ni el cura, ni Julián Mene me harán lavar el tocino otra vez!”.

La escopeta confiscada

Por orden de los militares republicanos presentes en Alcubierre, Migueler se vio obligado a entregar su querida escopeta en el antiguo cuartel de la Guardia Civil. Pero a Migueler no lo iban a privar tan fácilmente de su querida escopeta. Así que cogió la escopeta y la desmontó en tres partes: los cañones, la culata y la acción. Solamente entregó la culata y los cañones, así nadie la podría usar. Unos días después, aprovechando el barullo que había en el puesto de la guardia civil, un hombre salió con las dos partes de la escopeta y al trajinarlas y ver que eran inservibles las tiró. El hijo de Migueler lo vio y no dudó en recoger las partes y llevárselas a su padre, este se debió de alegrar, pero a la vez se molestó por el riesgo que había corrido su hijo.

La edad no perdona

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Tío Migueler por el puerto de Barcelona.

Sus atrevimientos le acompañaron durante toda su vida, sobretodo sus triquiñuelas con los cuerpos de seguridad. De hecho se llevaba bien con la guardia civil, pero la edad no perdona y esta vez si que cayó.

            Ya algo mayor, Migueler fue a cazar furtivamente con otro amigo. Se colocaron en una zona algo distantes, pero se veían. La guardia civil apareció de repente por detrás de Migueler y por muchas señas que le hizo el amigo, Migueler no se enteró y la guardia civil acabó atrapándolo. El Tío Migueler se estaba haciendo mayor e iba perdiendo oído, adquiriendo paulatinamente una cierta sordera.

Anécdota de Juliana Suñen Frantiñan

La bisabuela de Miguel Puivecino Suñen, Juliana Suñen Frantiñan, protagonizó un curioso encuentro que aún permanece en la memoria familiar. Una jovencísima Juliana volvía una vez  a casa cuando de repente se encontró con un hombre desconocido:

-¿A dónde vas pequeña?-

-Voy a casa corriendo, que me ha dicho mi madre que tenga cuidado que puedo encontrarme con el Cucaracha-.

-Pues ya puedes marchar tranquila, que esta noche al Cucaracha ya no te lo vas a encontrar-.

            Siempre supusieron que aquel hombre fue el bandido Cucaracha. Mariano Gavín Suñen, celebre bandido conocido como “El Cucaracha” que actuó en Los Monegros a principios de la segunda mitad del siglo XIX.

El Tío Migueler, la leyenda

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Recreación del Tío Migueler en la portada de Forbes.

A Migueler no le gustaba que nadie llevase las manos en los bolsillo: “¡rediós!, quítate las manos de los bolsillos”. Expresión que aún dijo estando en el lecho de muerte cuando un amigo le fue a visitar. Siempre las manos fuera de los bolsillos y las manos abiertas, nunca cerradas. El Tío Migueler no las podía ver en los bolsillos, sufría y carrañaba a quien las llevaba en los bolsillos. En ninguna fotografía se ve a Tío Migueler con las manos en los bolsillos ni con las manos cerradas.

            Cuando Tío Migueler falleció en 1960, por todo Alcubierrre y redolada se corrió la peculiar expresión: “Si no vuelve Migueler, es que no se puede volver”. Migueler había salido airoso de todas sus peripecias, pero de la última… Ágil, intrépido y audaz, nuca hubo hombre sin igual por estos agrestes territorios monegrinos. Tío Migueler es toda una leyenda.

            Por último y por finalizar, comentar que, tras arduas consideraciones, se ha considerado oportuno y prudente omitir una muy pertinaz consideración. Así pues, para evitar desconsideraciones, para nada comentaremos la extraña, rara y al parecer reiterada torpeza de las gentes de Alcubierre con las artes del pozo; pues por lo visto muy a menudo se les caían los pozales al fondo del pozo. Para no herir sensibilidades  y susceptibilidades ignoraremos y obviaremos la falta de destreza izando pozales de las gentes del lugar de Alcubierre, para así llevar a buen termino las dichas y venturas del Tío Migueler.

            A la memoria de Tío Migueler, que andará feliz por las alturas sin querer baja

 

               – FIN –

 

            Las historias del Tío Migueler son reales y responden a un trabajo de investigación realizado por Alberto Lasheras Taira y Joaquín Ruiz Gaspar.  Muy especialmente gracias a los testimonios de Miguel Puivecino, descendiente del Tío Migueler, nieto,  y Lola Bernal, mujer de Miguel. La publicación de “Las dichas y venturas del Tío Migueler” se ha realizado el 18 de enero del 2018 en conmemoración de su centésimo trigésimo aniversario de su nacimiento.

 

 

Mariano Gavín Suñen, El Cucaracha.


Célebremente conocido como “El Cucaracha”, Mariano Gavín Suñen fue el gran bandolero monegrino de la mitad del siglo XIX. Hijo de Manuel Nicolás Gavín Ariño e Ignacia Suñén Casamayor, nació en Alcubierre en 1838 y murió a manos de la guardia civil el 28 de febrero de 1875, en el poblado de Peñalbeta (Lanaja), a los 37 años de edad.

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Mariano Gavín Suñen. Ilustración Cruz Salvador.

    Mariano Gavín Suñen fue jornalero, mozo de mulas y carbonero. De familia de artesanos caldederos, su padre Manuel Nicolás Gavín Ariño se casó en Alcubierre en 1832 con Ignacia Suñén Casamayor. Tras la muerte de Ignacia Suñén, Manuel Nicolás Gavín contrajo matrimonio con Joaquina Campo, con quien tuvo su segundo hijo, también llamado Mariano, Mariano Gavín Campo. El hermanastro del Cucaracha nació en 1864 y falleció en 1942 y trabajó en el antiguo oficio familiar de caldereros. Familia de orígenes humildes, estaba lejanamente emparentada con una familia adinerada de Alcubierre, circunstancia que proporcionó ingresos extras a Mariano Gavín Suñen mientras se encontraba sin trabajo. Para un jovencísimo Mariano Gavín Suñen, no era de agrado trabajar por los escasos jornales que por aquellos tiempos pagaban.

     El experto monegrino Alberto Lasheras Taira y estudioso del Cucaracha señala que los Gavín llegaron a Alcubierre por el siglo XVI. El sexto abuelo de Cucaracha, es decir el tatarabuelo de su tatarabuelo, se llamaba Pedro Gavín Tubo y nació en Alcubierre en 1618 y fue el abuelo de María Gavín Seral, nacida en Alcubierre en 1665. Otras citas de los gavines en Alcubierre se refieren a  Juan Gavín, abuelo de Pedro Gavín Tubo, quien contrajo matrimonio con Pascuala Ester en 1587, en Alcubierre. Una familia de orígenes montañeses que arraigó profundamente en el lugar monegrino de Alcubierrre.

El padre de Mariano, Manuel, era calderero. Probablemente lo fuera su padre ya que los trabajos “artesanos” era una actividad que pasaba de generación en generación. Así, Mariano Gavín Campo siguió con la tradición familiar y fue también calderero.

Alberto Lasheras

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Lapida de  Mariano Gavin Campo. Fotografía de Alberto Lasheras Taira.

      Al Cucaracha también se le atribuye la conducción de caudales a Huesca, por encargo de un conocido recaudador de contribuciones. Circunstancia que cobra sentido con la historia del recaudador de contribuciones que recoge el investigador alcoberreño Alberto Lasheras. Pues, por el monte de Robres, un recaudador sorprendió al Cucaracha y a dos miembros de su banda en plena siesta, los tuvo a tiro durante buen rato y cuando despertó la banda, este les puso en evidencia. Con aquella hazaña, el recaudador se ganó la protección y escolta de la banda del Cucaracha.

“De cazador a ladrón, no va más que un escalón”

Rafael Andolz

      Cucaracha no era una persona formada, afirma Alberto Lasheras, casi no estuvo en la escuela y apenas sabía escribir: Le costaba mucho escribir, por eso las cartas de secuestros y extorsiones no las debía de escribir él, debía ser alguien con un poco más de formación.  

     “Por Los Monegros siempre se han oído escuchar muchas historias sobre el bandido Cucaracha: a los abuelos, a los vecinos, a las personas mayores… Incluso, cuando de crío iba jugando por los alrededores del pueblo, por los campos, siempre salían las historietas del Cucaracha. El fenómeno del bandolerismo es muy antiguo, ya Felipe II creó una red de de penales y guardias contra el bandolerismo en el siglo XVI.” Para Alberto Lasheras, Mariano Gavín nació en una época muy complicada, casi al final de la primera guerra carlista (1833-1840) y viviendo las dos sucesivas guerras carlistas: “No hay una descripción clara, pero Mariano Gavín debió de ser una persona desconfiada, recelosa, (desconfiaba hasta de la comida que le daban) y violento (dar un trabucazo a una persona cerca, secuestrar, cortar la oreja a una persona.. son síntomas, indicios de crueldad muy importantes). En fin, es una personalidad desarraigada, temerosa de todo lo que pasaba alrededor, celoso (dicen que su mujer se entendía con un vecino que más tarde apareció muerto en condiciones violentas)… una persona muy complicada.”

     Muchas son las leyendas que cuentan del Cucaracha, algunas trágicas y otras de solidaridad con el pueblo. Algunas tratan como defendía a los jornaleros del patrón, exigiendo mejoras y amenazando con represalias si no cumplían sus reivindicaciones. Rafael Andolz cita al bandolero presentándose ante los jornaleros y que, tras escuchar sus reivindicaciones, no dudó en enviar notas a los amos exigiendo comida y vino abundante para sus criados. Visiones románticas que contrastan con una realidad violenta y cruel, en una época de hambre y miserias que obligaban a la picaresca y al crimen para poder sobrevivir. Después de todo, eran los ricos a quienes podía robar y a los pobres, por sus muchos favores de espionaje, abastecimiento y protección, a quienes podía dar. Así, el Cucaracha se ganó la complicidad del pueblo más humilde y forjó su gran leyenda de bandolero:  robaba  a los ricos y  a los pobres daba.

     “Unos lo ven por su lado romántico, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y otros lo ven como un asesino.” Aunque sin duda, para Alberto Lasheras, el bandolerismo obedece a un instinto de supervivencia en una época de pobreza, desigualdades e injusticias.

“Ni el bandolerismo es siempre un pobre que se rebela contra los ricos, ni es un hombre que tiene instintos insatisfechos de capitalista. El bandolero es algo más complejo”. 

Julio Caro Baroja (1914-1995)

      La trayectoria del bandido Cucaracha fue corta, explica Alberto Lasheras, fueron cinco años de 1870 a 1875, pero llena de intensidad y de acciones muy trágicas. Alberto no quiere desmitificar la figura del Cucaracha, pero no cabe duda que su carrera estuvo llena de asesinatos, extorsiones, secuestros, robos… y de toda clase de fechorías: Todos estos bandoleros del siglo XIX eran extremadamente violentos y sin embargo es curioso como la memoria popular lo recoge como auténticos héroes. Eso es una contradicción que vemos, no solamente con Cucaracha sino con otros bandoleros de esa época.”

    El apodo de “El Cucaracha” plantea diferentes hipótesis y actualmente resulta muy complicado concretar su origen. Tradicionalmente se ha asociado a la canción de “La Cucaracha”, popularizada con la revolución mexicana de 1910, muy posterior a la muerte de Mariano Gavín Suñen. No obstante, “La Cucaracha” responde a una versión de un viejo corrido español que en sus distintas versiones pudieron ser origen del apodo de “El Cucaracha”. En está dirección apuntan José Antonio Adell Castán y Celedonio García Rodríguez, en su artículo “El Bandido Cucaracha y la Cucaracha“, donde plantean que su origen puede resultar en la vieja melodía popular de “La Cucaracha”. Pues quizá, un jovencísimo Mariano Gavín, bailase la canción de “La Cucaracha” en los descansos de las faenas del campo, animando a los jornaleros, y haciéndose para siempre popularmente conocido como  “El Cucaracha”.

   Alberto Lasheras plantea una segunda hipótesis: “De los muchos trabajos que realizó Mariano de joven, porque ya de crío con ocho o nueve años ya se iría a hacer de pastor, de rebadán o repatán, fue hacer carbón vegetal en la sierra de Alcubierre. Los que trabajaban de carboneros siempre iban tapados, tiznados, parecían cucarachas y de hecho los llamaban los Cucarachas. El era pequeño, muy moreno, vestía de negro, no sé si era la moda de la época, además tiznado, pues no había otra.”

     También Alberto Lasheras señala que el término “Cucaracha” en aquella época aparece recogido como un insulto, como un ladrón y asesino. Lo que nos puede dar la idea de responder, el apelativo de “El Cucarcha”, a la formación típica de motes aragoneses socarrones que resaltan o ponen en evidencia alguna cualidad o defecto de la persona.

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El Cucaracha bailando. Ilustración Cruz Salvador.

¡Ay, que me pica!

¡Ay, que me araña!,

con sus patitas

la cucaracha.

El bandido “Cucaracha” y “La Cucaracha”

José Antonio Adell Castán y Celedonio García Rodríguez.

       Un 26 de marzo de 1861, Mariano se casó con Jobita Amador (Algunas veces aparece como Julita en la tradición oral). El matrimonio no llegó a tener descendencia y tampoco dejaron testamento. Tras la muerte de Mariano Gavín, Jobita contrajo matrimonio con un hombre de Villamayor, quien al parecer le presuponía a Jobita una gran fortuna oculta. Pero en realidad, la pobre Jobita no tenía ni un real.

     Blanca Mené Ester recoge en su blog  “Costumbres  de Alcubierre” el testimonio de un descendiente del Cucaracha: Yo todavía llegue a conocer a una sobrina nieta suya: Damiana “la calderera”. Creo que tenía un “negocio” de destilación de orujo…será qué…el estar sólo un poco al margen de la Ley sea genético”Damiana fue hija de Mariano Gavín Campo, el hermanastro del Cucaracha.

      Jobita fue apresada un 30 de mayo de 1874 en Belver de Cinca, mientras que Mariano consiguió escapar continuando sus reputadas hazañas. Mariano, furioso por el encarcelamiento de su mujer, prometió recrudecer sus fechorías mientras no consiguiese la liberación de su mujer (Diario de Avisos de Zaragoza, 10 de febrero 1.875).

      Mariano Gavín se “echa p´al monte” en 1864, a los veinticuatro años de edad, junto a su amigo Juan Ardid Jordán, huyendo de la miseria y convirtiéndose en la figura más destacada del bandolerismo aragonés. Fue un hombre muy peculiar, de piel morena y estatura pequeña, pero con una fuerte presencia que imponía temor, siempre vestía de negro: “Cucaracha tiene unos cuarenta años, es delgado, de una estatura casi baja, y carece de toda instrucción hasta el punto de firmar con mucho trabajo”(Diario LA ÉPOCA 12 de febrero de 1875). El Cucaracha iba siempre bien armado: “Lleva ordinariamente dos trabucos, si bien alguna vez se le ve con una escopeta de dos cañones o una carabina Remington” (Diario LA ÉPOCA 12 de febrero de 1875). A su muerte, Mariano fue descrito como seco, delgado, con bigote recortado y mal vestido, al estilo del país (Eco de España, 12 de marzo de 1875).

     Mariano Gavín Suñen llevaba la vestimenta típica de la época: camisa blanca, pantalón negro, chaleco, zurrón, pañuelo para no ensuciar el cabello y una manta para poder echar un sueño en cualquier lugar.

 Por aquella época la gente seguía contando en reales, veinte reales equivalían a un duro.  Según Tuñón de Lara, un jornalero ganaría cuatro reales al día, es decir, una peseta.

 Alberto Lasheras 

     Mariano fue un hombre mujeriego. En su época de bandolero mantuvo una relación sentimental con Gregoria Cazcarro.  Fue su amante cuando ella tan sólo contaba con quince años, cuando Mariano rondaba los treinta y cinco. A la muerte del Cucaracha, Gregoria se hizo con 5000 pesetas, dinero que guardó para momentos difíciles. Lamentablemente, tal y como cuenta Rafael Andolz, aquel dinero quedó estropeado por la humedad del escondite. Gregoria lo pudo recuperar gracias a su amistad con la familia Bastarás. En la tradición oral también encontramos testimonios sobre botines perdidos por el monte, aldeas o parideras que, al parecer, más de uno encontró tras la muerte de Mariano Gavín. Rumores que hicieron sospechar de familias que, de forma inexplicable, aumentaron rápidamente su patrimonio.

Una pareja de novios de Robres recibieron del bandido Cucaracha dos monedas de oro, las fundieron y se hicieron dos anillos de boda. 

Alberto Lasheras

     El contexto histórico de aquella época era una España con un clima muy convulso e inestable, en la que se sucedían las insurrecciones liberales, republicanas y carlistas. La sociedad monegrina era rural, dedicada a las labores del campo, especialmente al cultivo del secano, y a la ganadería. La mayoría de las gentes trabajaban para los terratenientes, en un sistema caciquil que mantenían el poder y la poca riqueza en pocas manos. Una tierra muy seca y árida, de difícil progreso y desarrollo.

Por la sierra de Alcubierre

se pasea «Cucaracha»,

siendo un hombre tan pequeño

¡cuánto respeto que causa!

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  • “El Cucaracha”, el bandolero

     Como bandolero vivía al margen de la ley, dedicándose al asalto, al robo, la extorsión y el secuestro. Siempre escondiéndose y huyendo de la férrea persecución de la Guardia Civil, llegándose a acuñar la expresión “ser más vivo que Cucaracha”. Felipe Aláiz destaca su fama de generoso: “Daba trigo a los pobres y no acumulaba riqueza más que para apaciguar el hambre de los campesinos”. Contaba con un “extenso y bien pagado espionaje“, gastaba hasta 3.000 reales diarios en confidencias. De esta forma burlaba los intentos de captura y se enteraba de lo más relevante de los pueblos de la redolada “de ocho a diez leguas alrededor“, así como los detalles “más íntimos” de las casas más pudientes. “Su partida es numerosísima y rara vez se le ve acompañado de los mismos cofrades. Tiene mucha sagacidad, talento y habilidad rara para dar los golpes que el proyecta. Pero todo esto sería inútil sin su principal elemento, que es la innumerable corte de espías y asociados que tiene por toda su zona de operaciones. No se fía ni aun de los suyos, que nunca saben dónde duerme, y obliga a comer al primero que le lleva víveres” (Diario LA ÉPOCA 12 de febrero de 1875).

     Algunas casas ricas pagaban periódicas cantidades a la cuadrilla del Cucaracha, se aseguraban que no les robasen y estar protegidos en sus negocios. Casa Bastaras de Lanaja parece que era una de aquellas casas y durante la época del Cucaracha pudieron continuar comercializando con Zaragoza sin el temor a ser asaltados. Cuentan que Mariano Gavín mantuvo relación con una criada de casa Bastaras, por lo que el Cucaracha no andaría muy lejos.

«Cucaracha» es un buen hombre,

porque el trigo de los ricos

lo reparte entre los pobres.

     Permanentemente trataron de capturar al bandolero monegrino, demostrando el Cucaracha una gran astucia e inteligencia para zafarse de las continuas emboscadas, con un especial arte de la distracción. Así sucedió al verse sorprendido por la guardia civil mientras dormía plácidamente en una casa. Mariano arrojó por una ventana una manta que logró atraer la atención de las fuerzas del orden. Mientras, por otra ventana saltaba y huía en paños menores el audaz Cucaracha. En otra ocasión, cuando de nuevo fueron sorprendidos el Cucaracha y su cuadrilla durmiendo en un frondoso soto, dispusieron a dos hombres veloces a la distracción de la guardia civil. Rápidamente se lanzaron en la persecución de aquellos bandoleros, mientras el resto de la banda permanecía escondida en lo alto de los árboles. Una vez alejado el peligro, con bastante serenidad, descendieron y escaparon.

      Una noche, al presentarse la guardia civil en la casa del amo de Isidro Mairal, colaborador de la cuadrilla, este les escondió en el pajar, burlando una vez más su persecución. Fue en numerosas las ocasiones en que le ayudaron a escapar o esconderse en casas, corrales, parideras, aldeas y demás escondrijos.

     En casa Azara (Félix de Azara y José Nicolás de Azara), en Barbuñales, en el patio de entrada a la casa, había una diligencia que en una de las guanteras de una puerta guardaba  una nota escrita a lápiz en la que advertía que cambiasen de ruta porque el bandido Cucaracha está por la zona que deben pasar. La diligencia hacía una ruta hasta Roma.

 Alberto Lasheras

  • Los escondites del Cucaracha

     Los bandoleros se escondían por la sierra de Alcubierre, por las diferentes aldeas y parideras que salpicaban el monte y en las cuevas del alto de San Caprasio. Por el monte de Jubierre, por el camino del molino del paraje de “El Pedregal” (entre las escarpaduras del Paco de Rivadero y el tozal de Colasico), era donde tenían otro de sus  muchos escondites. Por Castelflorite se refugiaban en un saliente cerca del pueblo, que hace pocos años se derrumbó, en sus paredes aún se puede observar la coloración negra de las hogueras que allí encendían. Otros lugares fueron la cueva de los Porzanes por Sena y Castejón de Monegros (El bandido más famoso de Los Monegros), los escondrijos por el Sisallar de Villanueva de Sijena, la aldea de Cazcarro por la sierra de Alcubierre, la casa de Angela la Fornera (esposa del hermano Manuel Gavín) en Alcubierre,..

    Pero el escondite más importante fue una sabina negra que nadie conocía, salvo su encubridor Francisco Navarro, quien “Allí le llevaba cantidad de información y recogía el dinero que en ella escondía el bandolero“. Quizá, aún permanezca en una vieja sabina monegrina escondido parte del botín del bandido Cucaracha y su cuadrilla

http://www.aragonesasi.com/cucarachers/mapa.htm

  • El Cucaracha en la tradición oral

    Son muchas las historias que se han ido transmitiendo por los pueblos monegrinos, convirtiendo al bandido Cucaracha en un bandolero romántico, un héroe del pueblo, un bandido de leyenda.

La cuchara del Cucaracha

      La historia de la cuchara del cucaracha se la escuche a Manuel Benito Moliner, trato de reproducirla de la mejor forma que recuerdo: En una casa cualquiera de Los Monegros, el Cucaracha y algunos miembros de su cuadrilla se dispusieron alrededor de la mesa para comer. Los anfitriones sirvieron un plato de sopa a sus invitados, pero cometieron el error de no alcanzar las cucharas hasta el último comensal, Mariano Gavín Suñen. Este cogió el pan y cortandole el currusquer, se sirvió de él a modo de cuchara. Al finalizar la comida, el Cucaracha se dirigió al resto de los comensales: “ahora para el postre cada uno se comerá su cuchara, para que otra vez se procure de atender como es debido a todos los invitados”. Un lección que, a buen seguro, nunca olvidaron los presentes.

El ermitaño de San Miguel de Jubierre

      Miguel el ermitaño, conocido como el Santero, fue apresado por la guardia civil para ser interrogado por su complicidad con la banda del Cucaracha. Al enterarse el Cucaracha de su captura, acudió con otros bandoleros para tratar de liberarlo. Consiguieron darles alcance mientras lo conducían a Sariñena, produciéndose un tiroteo en el que resultó muerto el pobre del Santero. La historia también se cuenta con la variante del ermitaño de San Caprasio y en Alcubierre se mantiene la expresión “¡qué pague el santero!”, que tal y como explica Alberto Lasheras hace referencia al suceso y ante un hecho revuelto al final acaba pagando las consecuencias el pobre santero.  El suceso queda recogido en la siguiente copla popular:

 Cucaracha y los civiles
Tuvieron un tiroteo
Ellos bien se divirtieron
Pero lo pagó el Santero.

El leñador de Pallaruelo

     Cuentan, que durante un invierno, por los montes de Pallaruelo de Monegros, un andrajoso hombre recogía leñas para calentarse. Al encontrárselo el Cucaracha, este se quitó la ropa y se la dio al vecino de Pallaruelo. Aquel acto fue contado como ejemplo de la gran generosidad que el Cucaracha mantenía con los más débiles.

El barquero de Pina

      El barquero de Pina, recogido por Celedonio García, proviene de un texto de A. Riera publicado en 1903, con el título de “Cucaracha”, revista ilustrada “Pluma y lápiz”, Barcelona. La historia la cuenta un antiguo jefe republicano, un tal Fanjul:

Anduve yo mezclado en la sublevación de Despeñaperros en 1869. Fuimos vencidos. Pude escapar; antes de huir de España quise pasar por mi casa, por Aragón. Un día me avisó el secretario del pueblo que acudía la guardia civil, que me andaba buscando. Tres días después había elecciones en Zaragoza; decidí jugar el todo por el todo y presentarme diputado en vez de huir a Francia. Pero era preciso, ante todo, escapar de los que me perseguían.

Había dado la media noche cuando salí de mi pueblo a caballo para Pina. Había que pasar el río, pero había barca. Es de advertir que en mi comarca me conocen hasta los perros. Aguijé el caballo y al amanecer llegué junto a la barca. Poco antes de llegar a ella salió un hombre de un grupo de árboles. Iba embozado en una manta, cubierta la cabeza con un sombrero del que llevaba bajas las alas. Por debajo de la manta asomaba el cañón de un fusil cuya culata se marcaba junto al hombro.

Se adelantó a mi encuentro y me saludó.

-¿Va usted a pasar el río? -preguntó.

-Sí.

-Pues pasaré con usted.

-Bueno; voy a despertar al barquero.

Le llamó. Salió a los cinco minutos, malhumorado, mascullando maldiciones entre dientes, sin duda por haberle despertado tan temprano. Pero, era el mío, caso que no admitía dilación. De un momento a otro podían aparecer los civiles y yo estaba condenado a muerte.
-Ea, pásame pronto, -dije.

-Poco a poco, señor Fanjul, -replicó el pillastre con sonrisa de mal agüero, insolente y burlona a un tiempo. -¿Sabe usted cuánto vale hoy pasar el río?

-No sé.

-Le costará cien duros-. Comprendí la pillada. El maldito sabía que huía. Busqué un arma. No tenía ninguna. Era aquel bandido el más fuerte. Si se empeñaba en no pasarme estaba perdido. Capitulé.

-No tengo los cien duros. Te daré todo el dinero que tengo.

No llevaba más que veinte o treinta pesetas. Se las ofrecí.

-No le paso.

Le di el reloj, que era de plata, la capa.

-No le paso si no vienen cien duros. Vaya a buscarlos.
No le podía dar el caballo porque le necesitaba para huir más aprisa. Volver atrás era imposible. Me cegó la ira. Iba a saltar del caballo, cuando el hombre de la manta, que presenciara aquella escena sin decir una palabra, me detuvo con un ademán y avanzando hacia el barquero le preguntó.

-Y por pasarme a mí, ¿cuánto quieres?

-El precio ordinario.

-No te daré nada. Y pasarás al señor Banjul y me pasarás a mí y nos pasarás tirando de la soga con los dientes.

-¡Oh! ¡Oh! -hizo en tono de mofa el barquero.

Había amanecido. El que hablaba con tanta autoridad se desembozó con rápido ademán, de un revés de la mano levantó el ala del sombrero y empuñó la carabina.

-¿Me conoces? -dijo.

-¡Cucaracha! -exclamó el barquero con terror.

-En carne y huesos.

Temblando como un azogado entró el pasador en la barca. Subimos también nosotros. Iba a coger la soga con las manos el barquero.

-¡Con los dientes he dicho, canalla!

Relampaguearon los ojos del salteador. Obedeció el cobarde. Y con los dientes empezó a tirar de la soga. Era un espectáculo tan tremendo y repugnante a la vez, que no puedo recordarlo sin estremecerme. El miserable temblaba, tenía su cara una expresión como enloquecida; apretaba la cuerda con los dientes, como si mordiera a un enemigo haciendo presa y los ojos, horriblemente dilatados, miraban a Cucaracha. Éste, apoyado en su carabina, inmóvil como una estatua, sin que se estremeciera un solo músculo de su rostro bronceado, sin parpadear, con aquellos ojos que vieran tantas veces la muerte cara a cara, miraba al barquero.

Pasamos. Al saltar, Cucaracha hizo que el barquero me devolviese el dinero, reloj y capa. Di las gracias al salteador.

-Vaya usted tranquilo, -me dijo- ¡buena suerte!

Echo a andar mi caballo. Cucaracha dijo al barquero:

-Si vienen los civiles y nos delatas, te mato mañana.

Volví la cabeza. El bandolero se internaba con paso rápido por entre los árboles de la orilla.

En cuanto a mí, llegué a Zaragoza guiando un carro de trigo. Dos días después tenía el acta. ¿No os parece que la debía más que a los republicanos al pobre Cucaracha?

El zagal que iba a moler al molino

“El Cucaracha quita el dinero a los ricos y se lo da a los pobres”
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Cucaracha asaltando a un zagal en su borrico Ilustración Cruz Salvador

     La historia más extendida en la tradición oral es el conocido encuentro del Cucaracha con un zagal que iba a moler al molino con su borrico, con una talega de trigo y dos pesetas en el bolsillo.  Para Alberto Lasheras es una historia muy popular  que se cuenta en muchas localidades monegrinas. Así lo relata Celedonio García en su artículo “Cucaracha, la vida sigue igual”:

¿Llevas dinero zagal?

– No, señor. Mi padre me ha dicho que no me lo daba porque somos pobres y me lo podía quitar “Cucaracha”.

A “Cucaracha” le hizo gracia la sinceridad del niño y le entregó una bolsa de monedas diciéndole:

– Toma esta bolsa de monedas y dile a tu padre que “Cucaracha” quita dinero a los ricos y se lo da a los pobres.

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  • Los relatos de Rafael Andolz

    Rafael Andolz relata extraordinariamente las venturas y desventuras del Cucaracha a través de los numerosos testimonios que recogió por Los Monegros. Valiosos testimonios que narran como asaltaban aldeas (nombre popular de las masadas en la sierra de Alcubierre). Este fue el caso de la aldea de “El Mirón”, de basilio Escanero, donde se encontraban cuatro pastores por la paridera, entre ellos el confidente Mariano Castillo. Los bandoleros permanecían apostados vigilantes por los tozales, al mando del Farineza, de Diego y Magencias, mientras Cucaracha, el Zerrudo, Villanueva, el Víbora, Juan Andres y Mayarito ejecutaban el asalto. Mataron tres ovejas y mandaron las pieles al amo para que el portador retornase con unos 70 duros del patrón. Lo mismo sucedió con el pastor Mariano Verdún Otal, que llevaba el ganado de Pedro Perique. Tiempo más tarde, Cucaracha cortó la oreja a a Mariano Verdún por “tramposo”, por ser un falso colaborador que llegó a costar, a la cuadrilla, la perdida de ocho de sus componentes.

    El Cucaracha contaba con grandes amistades que lo protegían, su relación con los Cazcarros y en especial con su hija Gregoria Cazcarro, joven amante de Mariano Gavín, le hacían pasar a menudo por su aldea. Una noche en la aldea de Cazacarro, el Cucaracha puso aprueba a un miembro de su cuadrilla. Al momento de irse a dormir, el Cucaracha dispuso un montón de paja dentro de su camisa y calzón, simulando su persona. Entretanto, se escondió detrás de un montón de paja. Al rato de la espera, sorprendió al falso compañero disparando la escopeta sobre el bulto, Mariano lo hizo arrodillar y lo mató ahí mismo.

      A quienes consideraba “falso amigo” lo rociaban de petroleo y le prendían fuego, así consumaron el asesinato al hijo de Lorenzo Otín, uno de los más de 25 confidentes que tenía el cucaracha en Alcubierre. A Lorenzo le convenció su esposa para que cesase de colaborar con los bandoleros, por lo que el Cucaracha, el Víbora y Mayarito, no dudaron de rociarle con una botella de petroleo y le prendieron fuego. A la mujer de Lorenzo la degollaron mientras suplicaba “¡clemencia al cielo, que para la tierra no hay remedio!”. El Víbora fue un personaje muy sanguinario, de una excesiva crueldad que aplicaba sin ningún atisbo piedad. Muy demostrado quedó en el lamentable hecho en el cual obligaron, en vano, a unos pobres ancianos a pedir dinero a un ricachon del pueblo. Al negarse, el Víbora  los roció con petroleo y les prendió fuego.

      Rafael Andolz no considera al Cucaracha como un ser maligno, consideraba que “robaba porque lo necesitaba para vivir” y son varias las narraciones que muestran un carácter que se estremecía ante la miseria y el sufrimiento ajeno, aflorando pinceladas del personaje romántico que tanto nos seduce y fascina. Y en parte fue así,  una época dura en la que luchó contra una sociedad profundamente dominada, todo un revolucionario

    Fue por el paraje de Valzapatas por donde Cucaracha halló al labrador Joaquín Ezquerra, a punto de escarmentar a su hijo por quedarse dormido mientras vigilaba, conmocionado el Cucaracha evitó el castigo. A Saturnino Alastrué, carbonero de Farlete, al volver del pueblo en busca de vino, se encontró en la hoguera a miembros de la banda del Cucaracha preparando la cena y, pese a sus temores iniciales, acabaron haciéndole invitado de honor: “no corras, si quieres judías para cenar no corras”. En otra ocasión, unos pastores habían matado una oveja para cenar, mientras no muy lejos de ahí se encontraba un labrador con su hijo quien, señalando la hoguera, comentó que quizá allí se encontraría el Cucaracha. Al día siguiente un pastor se acercó llevándoles unos trozos de carne de parte del Cucaracha. Algo parecido sucedió en la aldea de Marcellán, por Valdezaragoza. Estando Fernando pontaque y Blas Cazcarro apareció por la noche el Cucaracha, el Villanueva, el Cerrudo, Manuel Lax y Francisco Alós, el Cucaracha mandó a un zagal a lo alto de una cantera, de donde cogió un saco de carne con el que se dieron una abundante lifara.

     Una fría noche de invierno, ante la casa de Rafael de Alcubierre, relata Andolz el siguiente incidente: -Ábreme, Mariano-, -a tu no te abro-, -mira que hay aguanieve y estoy chelau-, porfiaron pero no le quiso abrir,- mira que me lo pagarás…-  Días después, Cucaracha lo encontró en el monte labrando en la partida de San Blas, en Aldeabero, donde le soltó los burros, le dio una paliza y le hizo pasar la noche al raso, como venganza y escarmiento.

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  • El primer crimen del Cucaracha

       Su historial delictivo comienza empujado por la necesidad, por el hambre, un robo de fatal desenlace. Al pronto de echarse al monte, Mariano Gavín y Juan Ardid robaron un cordero de la paridera de “Tío Caprasio”. Sorprendidos por el pastor, le dispararon alcanzándole en una pierna. La herida acabó días más tarde con la vida del pobre pastor. Así lo relata el investigador Alberto Lasheras, cuando Cucaracha contaba con 32 años:

“Caprasio Amador  era un pastor que tenía su corral con sus cabras y estaba harto de que le robaran los cabritillos y corderillos. Una noche su hijo, quién también se llamaba Caprasio,  se quedó en el corral vigilando. Cuando oyó ruidos, salió y vio que alguien se  llevaba un cabritillo, e iba a saltar la vaya. Este salió con su garrote, su cayado y le fue a dar golpes. Ocurrió que el Cucaracha estaba encima del muro, de la pared del corral, amartilló su trabuco y disparó para  dejar escapar al otro. Entonces, Caprasio sufrió una gran herida en la pierna, se montó en una burra que le llevó hasta su casa y allí murió de gangrena, sufriendo mucho. La herida de trabuco era muy mala. En la casa familiar de Caprasio Amador, hasta no hace mucho tiempo, había un clavo en un madero, en el que él tenía la cama debajo y, con una cuerda, se asía para darse la vuelta. Porque la medicina de entonces estaba muy atrasada y una gangrena se quitaba retirando con unas pinzas la carne podrida y limpiando con vinagre, con sal y se hacían unos emplastes con vino… algo que debería de ser extremadamente doloroso.”

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Mural del Cucaracha en Lanaja

   Tras lo sucedido, los malhechores decidieron pasar unos días por el monte, a nadie le iba a extrañar, pues era normal tras sus dilatadas correrías. A los pocos días, asaltaron a un zagal que iba a comprar sal con su borrico a Castejón de Monegros. Al reconocer al Cucaracha y a Juan Ardid se sintió intimidado y trató de huir. De una pedrada consiguieron tirarlo al suelo,  le robaron unas 80 pesetas y le emprendieron a garrotazos. El zagal llegó moribundo al pueblo de Alcubierre y éste, a diferencia del Tío Caprasio, logró identificar a Mariano y a Juan. La crueldad con la que perpetraron el asalto, causó terror en la población, provocando que la noticia se extendiese rápidamente por toda la comarca.

– ¿A dónde vas, muchacho?

-Pues voy ta Castejón, pa vender esta sal.

-¿Y qué dinero llevas?

-Pues ochenta pesetas.

Cucaracha amartilló la escopeta amenazadora.

-Tráelas si quieres seguir vivo.

El rapazuelo se las entregó a Juan Ardid;

-¿Nos conoces?

-Sí señor, son de Alcubierre. Mí madre es de allí y he estado bastantes veces. 

       Los dos bandoleros escaparon a Francia en busca de trabajo, corría el año 1864. Allí, Cucaracha trabajó por poco tiempo de obrero pero enseguida se cansó y pronto volvió para Alcubierre. Tal y como cuenta Rafael Andolz, a la semana, Mariano, cobró el jornal y le dijo a su amigo “Yo me vuelvo a la sierra de Alcubierre”, mientras que su amigo Juan Ardid, decidió permanecer en el país galo, haciéndose llamar Juan Labrador. Alberto Lasheras cuenta que Mariano Gavín Suñen mandó dinero a su mujer Jobita desde Francia, pero el encargado de entregar el dinero se lo quedó. A su regresó, Mariano no tardó en ajustar las debidas cuentas.

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  • La Banda del Cucaracha

       A su vuelta de Francia, a Mariano Gavín Suñen se le comienzan a sumar numerosos bandoleros, personas que escapan de una sociedad muy empobrecida y caciquil para darse al bandolerismo. Alberto Lasheras estima que llegó a haber cerca de cien personas en la banda: “Es curioso que, cuando ves la lista, había de todos los oficios, había herreros, molineros, sastres…”.

     El primero en unirse al Cucaracha fue Antonio Sampériz Peralta “El Cerrudo” de Lalueza. Rafael Andolz lo describe barbudo y peludo, con buenas greñas y cara de pocos amigos. En la revista “Quio de Sariñena y Los Monegros” aparece en el número 17 de agosto de 1991 un artículo sobre la tradición oral titulado “El Cerrudo de Lalueza” firmado por Santiago. Narran que estando preso el Cerrudo en el penal de Sariñena (Donde actualmente se encuentra la casa de la cultura), le hicieron llegar vino, “una cantidad considerable de los suaves, pero sabrosos y eficaces vinos de Lalueza”, con motivo de las fiestas patronales de su pueblo natal. Bebieron todos los reclusos, incluso el carcelero, “hasta llegar a las proximidades de la embriaguez”. Hasta que un prisionero le dijo al carcelero: “El Cerrudo, este está aquí presumiendo de haber matado a fulano, no comentaron el nombre, y éste es un cobarde, no tiene…. lo que hay que tener para eso, quien lo mató fui yo, que me sobra de todo para eso y mucho más”. Probada su inocencia, el carcelero lo comunicó a las autoridades que lo pusieron en libertad. Al parecer, El Cerrudo no quiso volver a Lalueza “por la injusticia que habían cometido contra él” por lo que decidió unirse al Cucaracha y su incipiente banda. Adell y García citan la fuga de El Cerrudo del penal de Cartagena en julio de 1873, aprovechando la insurrección separatista.

Estando Pascual Perez trabajando por la sierra, salió del corral su perra al encuentro de varios miembros de la cuadrilla del Cucaracha. Al sentirse molestos, el Cerrudo no tardó en disparar a la pobre perra y matarla de dos balazos.    

Alberto Lasheras

       El segundo en unirse a la banda fue “El Farineza”, Agustín Alamán Corvinos, quien llegó a ser segundo de la banda. Otro cabecilla de la banda fue Ramón Lordán el “Villanueva”, natural de Villanueva de Sijena, de casa Polanco, quien antes de incorporarse a la banda había estado de jornalero en casa Pascual Escanero de Lanaja. Andolz lo describe como hombre duro, de pocas palabras, -con su ribete de timidez y de típicas reacciones violentas del hombre tímido-. Cuando el Villanueva estaba trabajando en casa Escanero, al soltarle un par de coces una mula guita, este la ató y le dio una fuerte paliza. Enterado el amo, le dio el mismo su propia medicina. Esa misma noche, el Villanueva abandonó la casa y se marchó al monte para unirse a la banda del Cucaracha.

     Otros bandoleros fueron “El Víbora”, exguarnicionero de Alcolea, José Bernad Rivas “El Herrero de Osso”, Melchor Colomer y Ferrer “El Molinero de Belver”, José Solanilla y Lacambra “El Guarnicionero de Alcolea”, Mayorito, Manuel Lax, Francisco Alós, Marcelino Bérbeder “El Sastre” (de oficio sastre), Majencias…

    Adell Castán, J. A. y García Rodríguez, nombran al “Tuerto de Capdesaso”: “Quien se encargaba de escribir las notas exigiendo a los labradores dinero, bajo la amenaza de quemarles la mies, fue detenido el 13 de julio de 1873 por estar implicado en el asalto a Farlete.

    La banda del Cucaracha fue muy numerosa y abarco un extenso territorio. Esconden grandes historias para profundizar e investigar. Una banda con una organización jerárquica encabezada por Mariano Gavín Suñen y que requería de grandes recursos para su supervivencia, a la vez que una serie de red refugios y escondites por los montes monegrinos.

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  • Los inicios de la banda del “Cucaracha”

    Pronto las fechorías del Cucaracha y su banda comienzan a perpetrarse por todo el territorio monegrino y en comarcas cercanas. Correrías que se ven reflejadas en los diarios de toda España, donde encontramos abundante documentación. Es el caso de la Correspondencia de España, Madrid 24 de agosto de 1870, donde se informa de la aparición de una partida armada de bandoleros que ha penetrado en la provincia de Zaragoza desde la sierra de Alcubierre. En el pueblo de Senes de Alcubierre habían cometido un robo de “bastante consideración” y la Guardia Civil había tenido que salir en su persecución. Se trata de casa de Pepe Chico de Senes de Alcubierre y robaron  de 3000 a 4000 duros de plata. Para Alberto Lasheras se desconoce si fue el Cucaracha y su banda, pero hay quien se lo atribuye.

“El eco de Aragón” del domingo dice lo siguiente: según cartas que tenemos a la vista, uno de los últimos días penetró una cuadrilla de unos veinte bandidos en el pueblo de Senés (Huesca) armados con trabucos, puñales y navajas a cosa de las cinco de la tarde, lo cual prueba que no tenían miedo. Inmediatamente atacaron la casa de un vecino de aquel pueblo penetrando en ella hasta diez hombres, ocho enmascarados y dos en traje de soldados. Ultrajaron a una joven después de haberle atado de pies y manos, y luego dirigiéndose a la señora de la casa, anciana según parece, la obligaron a franquear todos los armarios y cómodas, llevándose al marchar de tres a cuatro mil duros. Al penetrar en la casa robada, el que hacía de capitán de la cuadrilla pidió hasta nueve mil duros. Al penetrar en la casa robada, el que hacía de capitán de la cuadrilla pidió hasta nueve mil duros, lo que prueba que tenían pormenores y que iban a robar a “píe seguro”. A otro vecino que se escapó le dispararon un trabucazo, aunque afortunadamente no pudieron acertarle, dirigiéndose después de la hazaña hacia la sierra. En seguida se avisó a Huesca y se envió en su persecución una fuerza de 30 guardias civiles que hasta la fecha no se sabe haya podido dar con los bandidos. – Y más adelante añade: La noticia del robo del que más arriba damos cuenta, coincide con la instantánea aparición de una comparsa de hombres armados y uniformados que, según se nos ha dicho, han sido vistos en las sierras inmediatas y aún en los confines de la provincia de Zaragoza.

El Telégrafo de Barcelona del 30 de agosto de 1870.

     El 14 de septiembre, La Correspondencia de España” informa la presencia de la banda por las inmediaciones del pueblo de Huerto: “El alcalde de Sariñena participa que a tres horas de aquella villa, jurisdicción de Huerto, se ha presentado una partida de hombres armados. Ayer había cierta agitación en Huesca a consecuencia de los rumores  de aparición de una partida en el monte de Vallerías, jurisdicción de Huerto”. El 23 de octubre secuestran en Castejón de Monegros a un rico propietario, el alcalde envió a gente armada en su persecución y el gobernador mandó a la Guardia Civil (Correspondencia de España, 24 de octubre):

Anoche salieron dos compañías del batallón cazadores de tarifa con dirección a la provincia de Huesca y otras dos compañías han recibido la orden de estar dispuestas al primer aviso. La causa de este movimiento tan repentino, parece ser haber aparecido una banda de secuestradores considerable, que ya ha empezado a ejercer, siendo la primera víctima un rico propietario de Castejón de Monegros, del cual hasta ahora no se tienen noticias.  

Diario de Avisos, Zaragoza 25 de octubre.

    Ante la alarmante intranquilidad que comienza a causar la banda del Cucaracha, el 14 de diciembre, el gobernador de Huesca llama a “los mayores contribuyentes, personas de arraigo del país y alcaldes”. Se les convocó el 6 de enero a una reunión en la villa de Sariñena, con los jefes de la Guardia civil, de los puestos más inmediatos, para “organizar un servicio de persecución activa que haga desaparecer a los criminales”.

He aquí la situación de un pueblecito de la provincia de Zaragoza, La Almolda: -Por aquí no se puede vivir. Anteayer fue degollado el barbero en la puerta del alcalde. El día anterior estuvo a punto de suceder una catástrofe, pues estaban forzando y rompiendo las puertas de la iglesia, a la sazón que la boda de Salvador Peralta, viudo, subía a casarse, y se ahuyentaron los ladrones. Tres días antes estuvieron cinco ladrones escondidos en una casa, disfrazados con barbas, y habiéndoles visto encerrados algunos vecinos, dieron aviso, y a pesar de ser las once del día, no hizo gestión la autoridad y cuando quisieron se marcharon. 

La Convicción, Barcelona 7 de enero, año de 1871.

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Los robos y secuestros a ricos propietarios de la comarca se fueron sucediendo durante estos años. Algunas de sus víctimas fueron: Sebastián Peralta, de Monegrillo; Mariano Peralta, de La Almolda; Martín Panzano, de Tramaced; Eusebio Laga y Gregorio del Ruste, de Pina; Faustino Escuer, regidor de Perdiguera; Mariano Casamayor, de La Almolda; Lucas Abadía, de Nuez de Ebro; Salvador Mata, Mariano Azara y Mariano Doz, de Farlete; “Casa Bastarás”, de Lanaja; José Calvo y Juan Ruata, de Alcubierre, y Joaquín Angas, de Ontiñena, entre otros.

Conflictividad social y bandolerismo en el siglo XIX (Comarca de los Monegros y 2)
García y Adell

  • El crimen del sacerdote de Capdesaso

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Cucaracha descansando bajo una sabina. Ilustración Cruz Salvador.

     El 2 de febrero sucedió el terrible crimen del sacerdote de Capdesaso y así lo contaba el diario Democracia de Zaragoza: “El honrado sacerdote del pueblo de Capdesaso, cerca de Sariñena, volvía de un pueblo inmediato a donde fue el día 26 de enero a celebrar un entierro, y se vio acometido por dos hombres que le dispararon un tiro causándole una grave herida en la frente. No contentos con esto, cogiéronle y teniéndole entre los dos le atravesaron el cuello con un cuchillo; y no satisfechos todavía sus feroces instintos, le llenaron el pecho de puñaladas, robándole 17 reales que llevaba. ¿Horroriza solamente el que pueda haber hombres, que más son fieras, que tengan valor para cometer asesinatos de este género!. No sabemos la causa que motivaría este homicidio, puesto que nos consta que el mencionado cura era apreciado de cuantos le conocían, y únicamente creemos se cometiera para robarle”.

* La Orquestina del Fabirol  “Corriu Cucaracha”.

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  • Asaltos, robos y secuestros

      Los asaltos, robos y secuestros se van sucediendo, siendo el pueblo de la Almolda quien más sufre las fechorías de la banda del Cucaracha. El 21 de julio en el “Diario de Zaragoza” se manifestaba la creciente preocupación. Unos días antes,  el seis de mayo encontramos la descripción del asalto realizado en la localidad de Tramaced: “El sábado último, a las cuatro de la tarde, entraron en el pueblo de Tramaced once hombres armados, quienes, después de mandar cerrar las puertas de las casas de todos los vecinos, se dirigieron a la de un propietario que el día anterior había vendido setecientas arrobas de lana, con objeto de robarle. No pudiendo conseguir penetrar en la casa, fueron a la de otro propietario, también acomodado, al que robaron una cantidad bastante respetable abandonando el pueblo luego realizado el objeto que a él las había conducido”. El 12 de julio se informa de un secuestro en el monte de Pina de Ebro, comunicándolo a la madre así como el reclamo del precio del rescate. Esta mujer pagó 4.000 reales por la liberación de su hijo. El 3 de septiembre se informó del asalto a dos carreteros entre Villanueva de Gallego y Zaragoza, los cinco asaltantes hicieron fuego matando a uno de un trabucazo y al otro lo hicieron huir. Entorno al 20 de noviembre fueron robadas un número considerable de alhajas de la iglesia de Ontiñena

      En 1872 la actividad malhechora de la banda del Cucaracha fue escasa en los medios de la época, solamente del 2 de agosto se recoge la siguiente información en el “Eco de la provincia” de Huesca: “Ha llegado a nuestra noticia que por parte de de Castejón de Monegros y Balfarta, se ha presentado una pequeña partida de malhechores, compuesta de 4, 5 o 7 hombres, se entretiene en tener en continua alarma a los pacíficos habitantes de aquellas comarcas, y en donde han cometido algunos asesinatos y robos, según nos han informado. Parece que hace unos días se reunieron los vecinos de Castejón, y asociados con otros de diferentes pueblos y unos cuantos guardias civiles, dispusieron dar una batida por los montes de los mismos, y aunque no pudieron apoderarse de los “cacos”, sin embargo, dícese que llegaron a avistarlos, y aún que se habían cruzado algunos tiros”.   

      A finales de 1872 se consumió uno de los robos al rico propietario Juan Ruata de Alcubierre,  recogido por Andolz es contado por Anastasio Abadia: “Están tirando al blanco toda la banda en la aldea de Joaquín Abad y van cazando los ricos de Alcubierre. Cucaracha los vio y ellos echaron a correr. Los persiguieron y cogieron a D. Juan Ruata, se lo llevaron a la aldea de Gazol de la sierra donde se encontraban Francisco Navarro y Teodoro Sánchez de rebadán, y lo ataron al ruejo y a continuación se lo llevaron al corral de Perico de Valonguera, encontrado allí a Mariano Soto y a Pedro Maza de rebadán, cuidando cabras. Le ordeñaron leche y lo tuvieron allí cuatro o cinco días. A los pocos días llegó un criado con una yegua de víveres; a continuación se bajaron a amo y criado a la cantera de Sisallar, término de Villanueva de Sigena, que allí tenían el cuartel general. Retuvieron allí a los presos hasta que le trajeron once mil duros”.

     El 21 de enero de 1873 se realizó un segundo robo a casa Ruata. Jorge Sánchez Ardid, sobrino nieto de Juan Ardid Sánchez, amigo del Cucaracha con quien huyó a Francia en 1864 lo cuenta así: “El de casa Ruata (el más rico de Alcubierre) iba a Lanaja el 21 de enero, que es la fiesta de Lanaja. Ruata bajaba con un caballo. Cucaracha lo cogió porque se atascó el caballo. Con cuatro abríos marcharon todos para la sierra, que había una aldea y paran ya que se hacía de noche. a un criado le dijeron que se fuera con las mulas. Los otros se quedaron con Ruat. Y criado de Ruata se quedó. Al criado que se fue con las mulas le dijo Cucaracha que ellos se iban a marchar a Lanaja y le explicó a qué parte del monte de Lanaja tenía que ir y que le sacaran treinta y cinco mil pesetas. Que las sacaran das del pueblo, pero que no se acercaran más que los que llevaban el dinero. Dos ricachones  que se trataban mucho con Ruata lograron reunir el dinero. Se lo mandaron a decir a Cucaracha con vecinos que le encubrían que le llevaban el dinero, que si le parecía bien que iban José Solanes y José Antonio Lasheras. El día dos de febrero fiesta de la Candelera, por la mañana le fueron a llevar el dinero y ellos soltaron a Ruata y a su jornalero para que se volvieran con los que habían llevado el dinero. Y aquí entraron, en Alcubierre, mistando misa mayor, que era el día de la Candelera y se hacían tres misas, Don Juan Ruata y el criado. Entraron a esa hora para que no los viesen, que estaba todo el mundo en misa”. Aunque para Rafael Andolz el testimonio de Jorge Sánchez no merece gran credibilidad, este relato coincide, en parte, con la descripción del robo a Juan Ruata en febrero de 1875, suceso que se recoge más adelante.

    En febrero de 1873 en el “Diario de Barcelona” se da cuenta de la intensa actividad bandolera, principalmente en los lugares de Alcubierre, Perdiguera, Leciñena, Farlete y Monegrillo: “se encuentran en una situación por demás deplorable”. Ya son casi tres años que los bandoleros recorren la comarca y la población sale temerosa de sus casas a realizar sus labores agrícolas, cerca de doscientas personas han sido victimas de sus atropellos. El día dos de febrero, dos vecinos de Alcubierre que se dirigían a las fiestas de Robres, fueron sorprendidos por la partida y llevados cautivos a sus guaridas. Mandaron un emisario a las familias de los secuestrados pidiendo por su rescate ocho mil duros, cuatro por cada uno; no se sabe la cantidad que las familias mandaron, que debió de ser suficiente para satisfacer los deseos de la banda, por cuanto los apresados regresaron a sus casas.

La cuadrilla tiene su guarida en la sierra de Alcubierre, y no hay edificios donde existen rebaños de ovejas o carneros donde no hayan sacado su contribución en cabezas de ganado.

     El tres de febrero robaron en casa de los Cajales de Alcubierre y unos meses más tarde en Tramaced, en casa Juanico y de salvador Azara de Farlete.

   La alarma social provocó que una columna de guardias civiles se desplazara a Sariñena para lograr capturar a la cuadrilla de ladrones y secuestradores. (Diario de Avisos de Zaragoza del 20 de marzo). Según cuenta el Diario de avisos de Zaragoza, del 8 de abril, se produjo la primera captura de un integrante de la banda, donde se da cuenta por primera vez de la “celebridad” que el bandido Cucaracha va adquiriendo. Así mismo, se informó del asesinato del vecino de Zuera Martín Rubira, el 31 de marzo de 1873. El 6 de abril, 8 jinetes del cuerpo de la guardia civil, capitaneados por Silvestre Loto, y más de 200 voluntarios (de Zuera, Perdiguera, San Mateo de Gállego, Leciñena, Farlete, Monegrillo, Alcubierre, Robres, Senés y Torralba) con 20 infantes realizaron una batida general para capturar la cuadrilla del Cucaracha. Adell Castán, J. A. y García Rodríguez, C citan una reunión de alcaldes en el santuario de la Virgen de Magallón, “que acordaron medidas para perseguir a los malhechores”. Para Alberto Lasheras fue un hecho que alarmó mucho a la sociedad y que influyó en el aumento de fuerzas en busca de los bandoleros, “se dice que apareció horriblemente asesinado en un barranco”.

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  • El suceso de la muerte del cabo Antonio Ferrer Pueyo

     Alberto Lasierra relata el trágico episodio de Antonio Ferrer Pueyo. Antonio era cabo 1º de la guardia civil destinado al puesto de Alcubierre. Era muy aficionado a la caza, tanto que no renunciaba a su afición a pesar de la amenaza del Cucaracha que campaba a sus anchas por los montes monegrinos. Un día, Antonio salió  de madrugada, a las cinco de la mañana, a cazar por los alrededores de Alcubierre. Cuando discurría por un barranco parece ser que le sorprendió el Cucaracha y lo mató. Su cuerpo sin vida apareció días más tarde cuando se lo encontró un pastor. Vio una bota salir de un montón de tierra y descubrió el cadáver, indicio que dio píe a la improbable suposición del atrapamiento por un deslizamiento de tierra. Personalmente creo que quizá la banda lo cubrió con tierra, pues era un crimen que irritaba muchísimo a las fuerzas del orden. Alberto Lasheras ha encontrado una placa en el cementerio de Alcubierre en recuerdo a Antonio Ferrer Pueyo, quien: “Murió en desgracia en 1873”.

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  • De cuando, disfrazados de Carlistas, asaltaron el pueblo de Farlete

    El más ingenioso y memorable asalto de la banda fue el allanamiento al pueblo de Farlete, uniformados de carlistas, con fehacientes trajes confeccionados por Marcelino Bérbeder, miembro de la banda y de anterior oficio sastre. Al mando de la flamante tropa carlista fue el bandolero Majencias, cuya crónica quedó recogida en los medios, contribuyendo a agrandar la leyenda del Cucaracha y su cuadrilla. Las principales casas en las que hurtaron fueron  las casas de Salvador Azara y de Mariano Anoro.

He leído en su apreciable periódico el relato de robos cometidos en Farlete por la cuadrilla de “Cucaracha”, y, por si quiere V. publicarlo, voy a darle algunos detalles más sobre el suceso. Los ladrones se presentaron cuando el pueblo entero estaba en la iglesia oyendo misa, y aprovechando tan buena ocasión, colocaron dos centinelas en la puerta del templo para impedir que salieran los vecinos. Mientras tanto “Cucaracha” y el resto de su gente se entregaban al robo y al saqueo de algunas casas del pueblo. Es de advertir que los bandidos se presentaron, como lo habían hecho antes en Villanueva de Sigena, simulando ser carlistas, con el distintivo de la boina y uniformados con trajes sobrepuestos a los de uso ordinario, y que en la fuga, al ser perseguidos por los vecinos, perdieron algunos. A pesar de que había llegado ya la noche, cuando salieron, la guardia civil y vecinos de Alcubierre a perseguir a los forajidos, no por eso ha dejado de dar resultado esta persecución, pues parece ser que ayer fue preso en Lanaja uno de los ladrones, herido, y por dar las noticias de éste se ha podido en la madrugada de hoy dar con otros cinco sospechosos en esta villa, que se encuentran a disposición de los tribunales.

Carta de Sariñena. “El Diario de Avisos” de Zaragoza, 17 junio 1873.

Relato de Manuel Queraltó “Quio, febrero de 1990”  sobre “El Tío Triburcio” bandolero de la cuadrilla del Cucaracha, natural de Sariñena. Tiburcio Romerales Maestro.

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Cabezudo del Cucaracha de Alcubierre

“…después de innumerables acciones en las cuales había demostrado su arrojo y poco miedo ante los peligros, “Triburcio” llegó a ser uno de los pocos en los cuales confiaba el Cucaracha confiaba, y se vio metido en el siguiente suceso: Acordaron ir a robar a la casa más rica de Farlete y, para poder entretener a todo el pueblo reunido, pensaron en llegar cuando estuvieran en misa primera, ya que era la costumbre los domingos que todos los trabajadores, salvo los enfermos, ir a misa a las seis de la mañana, pues la misa mayor sólo era para los amos y demás personas que no dependían de nadie. Llegados en la hora prefijada, parte de la cuadrilla interrumpió en la iglesia y no dejaron salir de ella a nadie, mientras el resto, en donde estaba “Triburcio”, asaltaba la casa en cuestión. Una vez dentro de la casa, y después de hacer prisionero al amo, les obligo a que les entregara todo el oro que tenía; como les pareció poca cantidad, pues ellos se imaginaban que disponía de mucho más capital, empezaron a recorrer la casa y encontraron en la habitación de matrimonio a la dueña en la cama por encontrarse con tercianas. “El Cerrudo”, que era de muy mala leche, quiso que la señora se levantara ya que se imaginaba que en el colchón era donde tenían el resto del oro escondido. “Triburcio” se opuso y al ponerse pesado “El Cerrudo” le dijo textualmente: -Si haces levantar a la señora te pego un tiro-, y le puso el retaco apoyado en el estómago, y ante la amenaza se tuvo que conformar con lo que les dio el amo, pues sabía  “El Cerrudo” que “Triburcio” no gastaba bromas y era hombre de palabra, además estaban bastante enemistados ya que eran de carácter muy diferente.

Después de consumar el atraco, escaparon a uña de caballo para dispersarse por la sierra, pero uno de los componentes de la banda, que se había vendido a las autoridades, dejó caer un papel en el cual daba los nombres de todos los integrantes de la cuadrilla.  

Las autoridades, después de recoger el papel, fueron arrestando uno a uno a todos los que en él estaban relacionados; cuando llego el turno a “Tribucio”, estaba dallando en una finca en la partida de La Laguna de Sariñena, al ver el despliegue de las fuerzas del orden público, cogió la dalla, la clavó en el suelo diciendo –“como donde me llevarán no te he de emplear, para qué te quiero”-, la rompió y se entregó sin oponer resistencia.

Celebraron el juicio y, a pesar de que aquel señor de Farlete testificó a favor de nuestro personaje, le tocó ir a presidio para toda la vida, y aquel señor de Farlete, mientras vivió, le envió dineros al presidio para que no se le hicieran tan cuesta arriba el verse privado de libertad.”

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  • Asesinato a Santiago Ardid

    El 15 de abril de 1873, apareció muerto Santiago Ardid. Su cuerpo apareció sin vida en una era cercana a su casa, donde había acudido para realizar sus necesidades. Resulta un crimen de muy dudosa autoría que ha dado píe a varias hipótesis que desgranamos a continuación. Existen noticias que sitúan en esa fecha a la banda del Cucaracha por Ontiñena, pero no aseguran la presencia del mismo Mariano Gavín Suñen. Por otro lado, cuentan que un cazarecompensas debió de confundir a Santiago Ardid con el Cucaracha. Pero el testimonio más posible lo recoge Alberto Lasheras.

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Cruz Santiago Ardid. Fotografía Alberto Lasheras Taira.

  Señalan posibles líos de faldas, pues ambos tenían carácter de mujeriegos. Alberto Lasheras lo cuenta de la siguiente manera: “Mariano Gavín y Santiago Ardid eran vecinos. Las puertas falsas de ambas casas estaban bastante próximas la una de la otra. Mariano era ocho años más joven que Santiago. Su ímpetu y su fama de mujeriego (se dice que tenía amantes en Leciñena, Villamayor, Lanaja, Alcubierre..), junto a los problemas de proximidad, hacían que ambos hablasen en sus círculos de las ganas que tenían de encontrarse cara a cara para resolver sus disputas.”

     Alberto Lasheras recuperó el testimonio de Vicente Pérez de casa Camilo. Vicente se encontró al Cucaracha por el paraje de Valmayor, cerca de San Caprasio, era la época de la siega y la sierra estaba abarrotada de personas en las faenas de la siega. La gente subía a pasar largas temporadas, subían tocinos, gallinas y vino. El hecho es que, Vicente Pérez, se encontró con Mariano Gavín y el Cerrudo, y tras saludarse Mariano comentó que bajaba a Alcubierre a matar a santiago Ardid: “que ya estaba harto de que presumiese de ir con su mujer”. Vicente bajó para avisar a Santiago Ardid, pero mientras estaba amarrando las mulas, Vicente escuchó los disparos de un crimen que no pudo evitar. Al parecer, Santiago Ardid era muy desconfiado, precavido y evitaba ir por los caminos principales para no encontrarse con Mariano Gavín.

      En la era anexa a la casa de Santiago Ardid hay una cruz con la siguiente leyenda: “Aquí murió Santiago Ardid el 15 de abril de 1873”.

En una ocasión, faltando poco para terminar la jornada, Gavín con algunos de sus hombres pasó frente al corral del Camilo. En ese momento a Pérez le vino a la cabeza que unos días antes, cuando pasó la cuadrilla a caballo junto a su corral, su perro salió ladrando, lo que molestó al “Zerrudo” que de un tiro lo mató. Cucaracha detuvo su caballo y sin desmontar dijo:

“¡Buenas Pascual!, ¿Ya plegas?”

-“¡Hola Mariano! Sí, voy pá casa. Y tú, ¿vas al pueblo?”

-“Sí, voy a matar a Santiago “Jordán” que ya me tiene harto”.

Tras despedirse, Vicente pensó: “Tengo que apresurarme y cuando llegue a Alcubierre, avisaré a Santiago de las intenciones de éste”.

Una muerte, un secuestro y una comida asociadas a Cucaracha.

* El Bandido Cucaracha – Los Titiriteros de Binéfar

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  • Las fechorías continúan

     El Cucaracha comienza a sentirse seguro escondiéndose por la sierra de Alcubierre, por Jubierre y por Castelflorite. Incluso tuvo del atrevimiento de dirigir una misiva  desafiante al Capitán General de la guardia civil, el 26 de junio de 1873. De la carta tan sólo nos ha trascendido el siguiente encabezamiento: “Servicio Montes, Siñor Capitan jeneral en Zaragoza”.

“El célebre bandido Cucaracha ha dirigido una carta al Capitán General de Aragón, haciendo alarde de burlar la persecución que se le hace”.

“El Imparcial” 8 de junio de 1873

    Pero la muerte acechaba al Cucaracha, su cabeza tenía precio y tras tantas tropelías, muchos eran sus enemigos. Una tarde, cerca de la aldea de Pascual Escanero,  por el paraje de cuarto nuevo del monte de Lanaja, la cuadrilla de bandoleros se detuvo para charlar y merendar con el guardia Lorenzo Vived. Tal y como cuenta Andolz, Pascual Escanero había prometido buena recompensa por la captura de los bandoleros. Cuando los bandoleros retomaron su camino, Lorenzo les disparó por la espalda alcanzando e hiriendo al Cucaracha y al Villanueva, “Cucaracha se revolvió malherido y le disparó un trabucazo matándole en el acto”. Malheridos se refugiaron en la cueva de los Porzanes y luego marcharon a la Malena de Timoteo Mairal, donde les acudía a sanar Atarés el practicante. Al recuperarse el Cucaracha, la banda marchó a la zona de Jubierre, donde la guardia civil cogió por sorpresa al Villanueva, quien muy mal herido y con fiebres, no tardo en caer muerto por arma de fuego: “El amanecer del día 19 hallaron al Villanueva (fuerzas de la guardia civil del puesto de Sariñena) oculto en unas peñas, y al intimarle a la rendición, trató de defenderse encarando su trabuco, ganándole la acción el cabo Buisán que le disparó con su fusil hiriéndole gravemente. Fue entregado en el Juzgado competente”.

      La otra vez que el Cucaracha resultó malherido fue durante el asalto a casa Coarasa Paño de Torralba de Aragón, una casa fortaleza que intentaron asaltar sin éxito hasta en tres ocasiones. Existía mucho miedo al Cucaracha y su banda y las casas ricas de monegros se protegía la entrada con un gran enrejado. En la primera acometida a casa Paño, un zagal que servía en la casa estaba compinchado, pero su nerviosismo delató los planes y la familia pudo organizar la defensa, consiguiendo que la banda desestimara en su empeño. En el segundo asalto se produjo un intenso tiroteo y, al agotar las postas, una gran piedra tirada desde el balcón impactó en la riñonera del Cucaracha, dejándolo malherido. En Torralba cuentan que un bandolero murió con el impacto de un saco lleno de arena tirado desde la casa. También que fueron a buscar al medico de Torralba, le cubrieron la cabeza y lo llevaron a la sierra para que curase a un bandolero herido, después lo devolvieron sano y a salvo a Torralba.

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  • La falsa muerte del Cucaracha

       El 30 de julio se da cuenta de la muerte del célebre “Cucaracha”, tal y como informaba el alcalde de Sariñena. Información que pronto es desmentida en los medios el 6 de agosto, pues fue confundido con el Villanueva, recientemente fallecido. Por un tiempo, los bandoleros a tenor del trágico trance de la caida del Villanueva, permanecieron más escondidos. Pero pronto vuelven a sus andanzas y sobre el 18 de noviembre inauguran la temporada invernal secuestrando, por unos cientos de duros, al hijo de un acomodado vecino de Villanueva de Sijena que se encontraba en el monte realizando labores de siembra. En aquellas fechas también se produce el incidente del Catalán, hombre de confianza del Cucaracha, que acudió herido al penal donde sufrió la amputación del brazo derecho. La nueva actividad bandolera parece ser que vino motivada por la fuga de dos prisioneros del penal, aprovechando la confusión reinante ante los acontecimientos del Sitio de Cartagena.

Si las autoridades, apartando un momento su atención de los asuntos políticos, no dedican alguna fuerza a la persecución de los ladrones, pronto se enseñorearán de toda la comarca como ya lo hicieron anteriormente con grave perjuicio de los labradores acomodados, que se verán obligados a abandonar la dirección personal de sus haciendas. 

Diario de Barcelona” del 21 de noviembre

      El 10 de mayo de 1874 la guardia civil capturó algunos miembros de la cuadrilla del Cucaracha, el destacamento del alférez D. Francisco Bergua detiene en Lanaja a Juan Andrés y nueve bandoleros más. Otros cinco miembros de la cuadrilla son detenidos el 22 de junio por el mismo oficial, en la localidad oscense de Alcolea de Cinca.

      En torno a la fecha del 12 de marzo de 1874, los bandoleros obtuvieron un botín de unos 400 duros en Bujaraloz, llevando tras sus pasos a la columna de la guardia civil del brigadirer Delatre. El 15 de de marzo, la cuadrilla incendió una “hermosa paridera y pajar” del rico propietario de Alcubierre José Calvo y Ayerbe: “por no haberle mandado una respetable suma que le pidió en carta remitida por uno de sus criados”. Al parecer, numerosos vecinos salieron a sofocar el incendio. Cuando unos veinte hombres armados regresaban al pueblo, salió al encuentro el Cucaracha con seis hombres suyos, alcanzando a los rezagados que iban tirando de un carro, les convidaron a hacer un alto y a tres que trataron de huir les hicieron fuego. Consiguieron dar en la manga de la chaqueta de uno de ellos, mientras los otros dos se tiraron al suelo. Les acabaron robando las armas y efectos, rematando el incidente entregándoles una carta, conminando al señor Calvo a satisfacer el pago exigido bajo la amenaza de matar toda la caballería y ganadería.

“… el domingo, Cucaracha y su cuadrilla incendiaron una paridera y un pajar del rico propietario de Alcubierre José Calvo Ayerbe, por no haberle enviado una respetable suma que le exigieron. Muchos vecinos salieron inútilmente a apagar el fuego, al regresar, los hombres armados en número de 30 salieron al encuentro de Cucaracha”.

El Imparcial.

      El 20 de abril, el guardia civil José Pastor, que formaba parte de la columna de Delatre, reunió a seis voluntarios y partió a las cercanías de Grañen para hacer frente a algunos individuos de la partida del Cucaracha. Tras una férrea lucha de cerca de un cuarto de hora, aprehendió a cinco bandoleros que enseguida encarceló en el presidio de Grañen.

Bandido Cucaracha (6)

Guardia Civil persiguiendo al Cucaracha. Ilustración Cruz salvador.

     Una correspondencia del 5 de mayo de Sariñena denunciaba las continuas fechorías que los infames bandoleros pertrechaban por el territorio, citando la reciente actividad de la banda en el despojo de dineros y ropajes al capataz de la vía férrea y un guardia vía en sus casillas del monte de Terreu: “trabuco en mano les sorprendieron en aquel desierto terreno y amenazándoles con quitarle la vida si para día fijo no llevaban a un punto determinado cierta suma”.

     En julio de 1873 encontraron estrangulada en su casa de castejón de Monegros a la viuda del “Villanueva”, segundo de la cuadrilla del Cucaracha.

       La inseguridad reinante impedía el control de los hacendados sobre sus campos, lo que aumentaba la presión sobre las autoridades, de esta manera era denunciada en el Diario de Barcelona del 14 de mayo: “El brigadier Sr. Delatre, haría un singularísimo servicio a los pueblos vecinos a la sierra, dando el golpe de gracia a la cuadrilla que en aquella se cobija y a todas sus extensas ramificaciones”.

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  • La presión aumenta sobre la banda del Cucarcha

    La presión comenzaba a dar sus frutos. El 14 de mayo se da fe de la captura de diez bandoleros por las fuerzas de guardia civil de la comandancia de Huesca. El 18 de mayo fueron capturados varios bandidos, encontrándose entre ellos Marcelino Berbeder, el sastre de la banda. Sobre el 25 de mayo, el alférez de la guardia civil de Huesca, Francisco Bergua y Castro, capturó siete individuos que fueron puestos a disposición del señor Capitán del distrito.

 Hemos visto conducir esta mañana, escoltados por la guardia civil, desde la Capital general a las cárceles nacionales, siete presos que, según las noticias que hemos podido adquirir, están acusados de ser cómplices o compañeros del bandido “Cucaracha”. Con estos siete son ya 28 los que se hallan presos por uno u otro de los motivos indicados.

Diario de Barcelona 27 de mayo.

Bandido Cucaracha (4)

El Cucaracha y su cuadrilla. Ilustración Cruz Salvador.

   El cerco contra Mariano Gavín comienza a ser asfixiante, el 30 de mayo, mientras la banda realizaba una reunión en el pueblo de Belver de Cinca, la fuerza de la guardia civil cayó de improvisto sobre la banda. El cucaracha volvió a mostrar sus dotes de gran astucia e inteligencia logrando zafarse de sus perseguidores, pero tuvo que lamentarse profundamente por la captura de Jobita, su mujer, junto a tres miembros de la cuadrilla. También fueron encarcelados, en la localidad de Monzón, el joven zagal que portaba el aviso del chivatazo y dos mujeres y un hombre que colaboraron en alertar al Cucaracha del dispositivo de captura iniciado por la guardia civil.

     Manuel Lax y Francisco Alós fueron detenidos el 26 de junio, junto a Camila Martínez, esposa de bandolero, confidente y falsificadora de moneda. Isidro Berber, Francisco Larroy Ferrer, y Joaquín Ollés Cuadrado caían detenidos la madrugada del 22 de junio. A los dos días fue atrapado en Ballobar Manuel Miró “el Cigarro”, confidente de la banda y terror de aquella población. El 27 de junio se escapaban tres bandoleros pero el 31 del mismo mes, la guardia civil se incautaba en Ontiñena de un fusil, cincuenta y cuatro cartuchos, un uniforme carlista con divisas de sargento primero y documentación detallada de una compañía.

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  • La llegada del teniente Vicente Lafuente Pueyo y la partida de domino

      La creciente presión deja a mínimos la banda del Cucaracha que cada día se siente más cercada y debilitada. La aparición del teniente Lafuente manifiesta el aumento de efectivos de la guardia civil en la comarca monegrina, especialmente en la comandancia de Sariñena. Para Mariano Gavín, la situación se tornaba desafiante. El enfrentamiento y duelo contra la guardia civil parecía inevitable.

       Su reto alcanza su máxima expresión en un acontecimiento que marcó profundamente la grandeza y leyenda, y a veces hasta de héroe popular, del célebre bandido Cucaracha. Fue para esta ocasión cuando el Cucaracha se arregló y vistió con gran elegancia y acudió al casino de Zaragoza. Pronto localizó al teniente Lafuente jugando al domino, con sus tres estrellas de ocho puntas que tanto lo delataban. Un irreconocible Cucaracha se sumó a la partida. No existían fotografías que lo identificasen, además se había arreglado para la ocasión y nadie podía esperar encontrarlo tan descaradamente en el casino de Zaragoza. Durante la partida, el teniente no paraba de alardear del cuerpo de la guardia civil y de su nueva encomienda, acabar con el temido delincuente que atemorizaba la comarca monegrina: “Me gustaría tropezarme un día con ese Cucaracha para ajustarle las cuentas…”, dijo de forma chulesca y bravucona. De regreso a su casa, el teniente Lafuente encontró en su bolsillo una nota que decía: “También yo tendría mucho gusto en tropezarme con usted sin testigos. Ya sabe dónde encontrarme. Le espero en la sierra de Alcubierre. Cucaracha”.

     La guardia civil iba pisando los talones del Cucaracha. Un día llegaron a la balsa de Ramón Alcubierre, donde se encontraba abrevando el ganado de Bonifacio Pérez y Mariano Verdún,  y preguntaron por los bandoleros. Les dijeron que estaban por los cubilares de Sanz, entre Alcubierre y Lanaja. Allí acudieron los civiles, el Cucaracha los vio llegar. Les gritó que subieran, que allí les esperaba, pero el cabo no subió, dejando una nota al Cucaracha que le decía que pronto tendría que cambiarse la camisa. La respuesta del Cucaracha no se hizo esperar, dejando el siguiente mensaje junto a un saco manchado de sangre “así sería la próxima camisa que llevase”. A los tres días, el Cucaracha mató de un trabucazo al cabo mientras practicaba la caza.

      A los pocos días, el hombre de confianza del Cucaracha, Francisco Navarro, murió a manos de la guardia civil. Francisco era su mano derecha, escondía y sabía donde se guardaban los botines. Tras su muerte, Manuel Lorda ocupó su lugar responsabilizándose de guardar las finanzas. Andolz relata el acontecimiento de cuando los ricos de Alcubierre trataron de secuestrar a su mujer, está logró escapar al barranco de Patricia, por la zona de balsas Medias, el relato es de Anastasio Abadía: “Fue a ver a Francisco Navarro y le dijo -¿has cenado?- y contesto él -No-. -Cena y vendrás conmigo, pero no te emborraches, que te pego un trabucazo-. Cogieron a la mujer con la hija en el burro y se fueron al corral de Las Negras de la Cartuja donde estaba Jacinto Navarro, y Francisco Navarro se volvió a su corral y le dio un duro para que se comprara cajillas. Así, con la ayuda de los burros se llevaron a punta sol a la mujer al cuartel general”.

     El Cucaracha presentía que eran sus últimos días, lo dio a entender encasa de Angela, la hornera de Alcubierre: “Mira Angela -le dijo con voz tranquila, ligeramente velada por la emoción-, tendrás que hacerme una bolsica para ponerme la estampa de la Virgen del carmen, porque me parece que voy a vivir muy poco, que los civiles nos persiguen mucho”.

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  • El último asalto a Ruata

     Antes del último asalto a Ruata, en el otoño de 1874, en palabras de Jorge Sánchez Ardid, Andolz recoge un episodio al que no le concede demasiada credibilidad, un suceso en un clima de desconfianzas, tropelías y venganzas. “Un compañero de Cucaracha, de Fraga, que había sido guarnicionero, en cierta ocasión le pegó una bofetada a Ruata, el ricachón de Alcubierre. algún tiempo después lo cogieron los civiles y querían llevarlo a Zaragoza, pero no tenían medio de locomoción. Entonces no había casi coches, únicamente si se mandaba algún propio. Ruata les dejó un caballo y quiso acompañarlos pues había reconocido al que le dio la bofetada. Cuando estuvieron por la sierra les dijo a los civiles que se lo dejaran a él. Se lo dejaron y él lo mató de un tiro”.

     Juan Ruata pertenecía a una casa rica de Alcubierre dedicada a la ganadería ovina. Comerciaban con la lana con la que obtenían grandes beneficios, hasta el punto que frecuentemente hacía uso de su expresión “Vale más la cama donde duermen mis gatos que la casa de fulano”. Lo secuestraron en enero y la familia siempre contó que lo habían tenido desnudo y atado a un pino, una cuerda al cuello hacia arriba y otra atada a los testículos hacía abajo.  Pero su criado Juan Olmos, quien hizo de mediador y le llevó ropa durante el secuestro, siempre manifestó que los bandoleros habían tratado bien a Juan Ruata, cuenta el investigador monegrino Alberto Lasheras.

     En febrero de 1875, mientras el rico hacendado de Alcubierre Juan Ruata se encontraba cazando, al separarse de sus cuatro compañeros y acercándose donde se hallaban dos se sus criados y pares de mulas, fue interceptado por la banda del Cucaracha. Al iniciar la fuga Juan Ruata, los bandoleros le dispararon cuatro o cinco tiros sin conseguir darle alcance, pero al adentrarse por un terreno algo pantanoso, Ruata cayó al suelo siendo atrapado por la banda. Para su rescate le pidieron a la familia siete mil duros de plata, al día siguiente le fueron entregado treinta mil reales y la respuesta del Cucaracha fue un recado de atención a la familia “dando seguridades de que lo encontrarían colgado de un pino si no completaban los siete mil duros, y fue forzosa su remisión”. Ruata, estuvo en su cautiverio acompañado de un criado, que nunca le abandonó “volvió el martes bastante delicado, si bien dice que no solo no le han maltratado, sino que hasta ha sido objeto de algunas atenciones”.

        Para Alberto Lasheras, la familia no pudo conseguir la cantidad de dinero inicial, así que realizó una primera paga de 30.000 reales. Pero Cucaracha dijo que: “o les mandaban el resto del dinero o lo iban a encontrar colgado de un pino”. Al final, con mayor o menor esfuerzo, la familia reunió y entregó el rescate. El Cucaracha lo soltó el día de la Candelera, el 2 de febrero, toda la gente estaba en misa y  aprovechó para ir a su casa y cambiarse sin que nadie lo viese. Juan Ruata como agradecimiento a Juan Olmos le prometió una gratificación en su testamento “Juan, para cuando yo muera te voy a dejar en mi testamento lo suficiente para una vida digna” Pero, a la hora de la verdad, Juan Olmos no recibió lo prometido.

           Alberto Lasheras recoge el testimonio de Isabel Ruata, descendiente de casa Ruata. Cuando los titiriteros de Binefar presentaron la obra del Cucaracha en Alcubierre, Isabel relató que era imposible que ese rescate, pagado a principios de febrero cuando él murió el 28 del mismo mes, se lo hubieran podido gastar. El dinero tenía que estar escondido por alguna parte, por eso se habla mucho de tesoros ocultos.

Cucaracha tenía una organización montada de tal calibre que tenía como una red de confidentes y espionajes que le costaba muchísimo dinero. Se dice que tres mil reales diarios tenía que pagar el Cucaracha en confidentes para tener una buena información. Por eso había mucho gasto pero también había mucho ingreso. Es posible que parte de algún botín alguien lo escondiera.

Alberto Lasheras

       Diario de Avisos de Zaragoza del 10 de febrero de 1875. ” Alcubierre, 7 de febrero de 1875. Querido amigo: aprovecho mi corta y casual estancia en este pueblo para darle unas cuantas noticias de Cucaracha, cuyas hazañas vuelven a repetirse, y del cual ha sido victima estos días el conocido y rico propietario D. Juan Ruata.

         Salió éste un día de la semana pasada a cazar en compañía de cuatro compañeros, y ocupados en esta distracción, recorrieron el monte, llegando cerca de un campo donde se hallaban sus criados y pares de mulas.  Desvióse Ruata de los cazadores para visitar su hacienda que a unos mil pasos estaba, y mientras daba instrucciones y hacía preguntas a su criado mayor, echáronsele encima Cucaracha y los suyos, mas no con tanta precipitación que él no pudiese irse.

          Disparáronle cuatro o cinco tiros sin tocarle, mas cayó al pasar por un terreno pantanoso y perdió la ventaja que a sus perseguidores llevaba, volvió sin desmayar a levantarse, poro con tanta desgracia, que pisándose el tapabocas dio en tierra y en manos de los bandidos. Sus compañeros, que todo esto presenciaban, temerosos o cobardes, huyeron sin acudir en su socorro y consintieron su prisión que les hubiera sido fácil evitar a tener todos la serenidad y sangre fría de Ruata y de otro compañero llamado el carretero. Internáronse en la sierra, pidiendo por su rescate siete mil duros, les llevaron al día siguiente treinta mil reales, y Cucaracha envió a la familia un recado de atención, dando seguridades de que lo encontrarían colgado de un pino si no completaban los siete mil duros, y fue forzosa su remisión. Acompañado de un criado, que nunca lo abandonó, volvió el martes bastante delicado, si bien dice que no solo no le han maltratado, sino que hasta ha sido objeto de algunas atenciones.

            Tal es el golpe que tiene asustados y puestos en guardia a los ricos propietarios de este país, a quienes profesa una particular predilección Cucaracha, de quien se dice que nunca ha salido a robar pequeñas cantidades a los viajeros.

               Tiene este hombre singular unos cuarenta años, es delgado, de una estatura casi baja y carece de toda instrucción, hasta el punto de firmar con mucho trabajo. Fue jornalero, mozo de mulas y carbonero en sus mocedades y su hombría de bien le granjeó  hasta la confianza de un recaudador de contribuciones o cosa así, que le encargaba la conducción de fondos a Huesca, si que en aquella época cometieran ningún desmán. Está más o menos remotamente emparentado con algunas familias ricas de Alcubierre, y esta circunstancia se señala como la causa de su actual existencia, porque cuando el trabajo no le pareció a él una ocupación decorosa, tuvo por conveniente vivir sin trabajar y le fueron dispensados y hasta ocultadas las malas artes de que se valió, y en esta senda fue progresando hasta hoy que puede competir con ventaja con los siete niños de Écija. 

            Lleva ordinariamente dos trabucos, si bien alguna vez se le ve con una escopeta de dos cañones o una carabina Remington. Su partida es numerosísima, y raro día se le ve acompañado de los mismos cofrades que el anterior; tiene mucha sagacidad, talento y habilidad rara para dar los golpes que el proyecta; pero todo esto sería inútil sin su principal elemento, que es la innumerable corte de espías y asociados que tiene en todo este país: Se aparece con frecuencia a los pastores, guardas, cazadores y demás gente que su oficio lleva al monte y a ellos pide con buenos o malos modales, según el humor que gasta, las baratijas que en el momento necesita y que éstos tienen buen cuidado en llevarle, porque de no hacerlo, pagarían con el individuo al día siguiente. No se fía ni de los suyos, que nunca saben donde duerme, y obliga a comer el primero  al que lleva víveres.   

              Dos o tres veces ha estado a punto de caer en manos de la fuerza armada. Una de ellas le cogieron durmiendo en una casa, rodeado por la guardia civil, arrojó la manta por una ventana, mientras que por otra saltaba y en paños menores huía. Otra se hallaba con los suyos en un soto: iban a ser copados y distribuyó su gente, colocando los dos que más corrían donde la guardia los viese, con orden de huir. Echaron éstos tras ellos, mientras Cucaracha se subió a un árbol, escurriéndose después con mucha serenidad. 

           Gasta unos 3000 reales diarios en confidencias que le proporcionan los amigos que tiene en todos los pueblos de ocho a diez leguas alrededor, y sabe hasta los detalles más íntimos de las familias y pueblos, llegando en ésto a lo increíble. Está furioso con la prisión de su mujer y ha prometido recrudecer sus fechorías, mientras no consiga su libertad.

           Aquí hago punto: pues no tengo tiempo ni aún para rectificar estas líneas, escritas a vuelta de pluma, sobre los apuntes de mi cartera, y que Dios sabe como habrán salido”.  

trabuco

  • De la muerte del Cucaracha y parte de su cuadrilla

Corriu de Cucaracha. Miscelánea Turolense.

     La cuadrilla del bandido Cucaracha amaneció el 28 de febrero en el corral de L´Anica, cerca del poblado de Peñalbeta. El zagal Manolico Maza Lacasa tenía que llevarles vino que, como en otras tantas ocasiones, había dispuesto el mediador Pedro Lobardo. Pero para esta vez, el teniente Vicente Lafuente, junto al alcalde y al boticario de Lanaja habían urdido un infalible y mortífero plan. Habían envenenado el vino para dormir la banda, con la dosis perfecta para que fuese efectivo y no fuese detectado al gusto. Además prepararon un contraveneno, pues el cauteloso Cucaracha siempre hacía probar todo antes de su consumo y así, no resultase maltrecho el joven Manolico. Cuando la banda comenzó a beber y comer, el veneno hizo surtir su efecto, situación que aprovechó la guardia civil para asaltar y dar muerte a los bandoleros. Esta es la versión más popular que ha llegado a nuestros días y aunque el relato de la guardia civil la hace más épica, la verdad es que conociendo el corral de L´Anica y que ningún guardia civil resultó herido, todo apunta que el veneno consiguió sedar a los bandoleros y una vez dormidos, la guardia civil los remató a quema ropa. Al mando de los guardias iba el capitán teniente Vicente Lafuente y Pueyo, le acompañaban el sargento segundo Carlos Rodríguez, cabo primero Francisco Salanova y los guardias José Pastor, Lorenzo Laclaustra y Fermín Catalán.

De mil trampas él s´escapa

nunca le pueden pillar

l´envenenaron el vino

para poderlo cazar.

Copla recopilada por:

Alberto Lasheras

corral de L´anica

Corral de l´anica. Bandido Cucaracha.

      Los bandoleros Antonio Sampériz Peralta “El Cerrudo”, de 38 años, de Lalueza y esposo de María Bayona; José Bernad Rivas “El Herrero de Osso”, de 38 años, natural de Osso y esposo de Tomasa Ferrer; Melchor Colomer y Ferrer “El Molinero de Belver”, de 32 años y natural de Belver; José Solanilla y Lacambra “El Guarnicionero de Alcolea”, de 35 años y natural de Palo; y Mariano Gavín Suñen, de 37 años, murieron aquel fatídico 28 de febrero de 1875 en el corral de L´anica, monte de Lanaja, donde la Guardia Civil los envenenó con vino y una vez sedados, los acribillaron a tiros. En un bolsillo de Mariano Gavín apareció una petición de indulto al rey Alfonso XII; “Las cartas del Cucaracha”, por Alberto Lasheras. Los cuerpos sin vida de los bandoleros fueron expuestos en la plaza mayor de Lanaja. Mosén Baltasar hizo sonar las campanas, mientras que por las calles la gente alborotada gritaba “¡Han matado a Cucaracha! ¡Han matado a Cucaracha! ¡Están todos en la plaza!. Sacaron a todos los zagales de la escuela para que vieran los cuerpos sin vida de los temidos bandoleros y les hicieron pasar por encima de los cadáveres. Era un acto de desagravio, cuenta el najino Marcario  Andreu Torralba, quien encontró la partida de defunción de Mariano Gavín en los archivos de Lanaja. Para Macario, quizá a los bandoleros los enterraron en el antiguo cementerio de Lanaja, ya desaparecido, pero también hay quienes cuentan que fueron descuartizados y clavados en estacas por el monte.

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Partida de defunción del Cucaracha. Imagen de Macario Andreu Torralba.

       Este es el testimonio de Anastasio Abardía, recogido por Rafale Andolz: “Día 28 de febrero de 1878 (equivoca el año). ¡Qué día tan señalado! En el corral de don antonio Martínez han matado a Cucaracha y a sus cuatro compañeros. Vino una sección de guardia civiles de la provincia de Zaragoza, bajaron por la senda del volador preguntando a un pastor por el corral de L´Anica y se lo dijo. El centinela se había dormido por haberles dado el vino envenenado. la guardia civil puso un tricornio encima de la tapia. Cucaracha al ver el tricornio lo hizo piazos disparando. A cucaracha lo mataron el primero por tener la escopeta descargada. El que arreglo el vino fue el boticario de Lanaja. El que llevó el vino, Manuel Maza Lacasa, le dio contraveneno para no morir él también en aquella noche, pues Cucaracha le haría beber antes a él. Todos los ricos de los pueblos más próximos vinieron a Lanaja a ver a Cucaracha y los suyos. a continuación los bajaron en el carro y los dejaron en la plaza de Lanaja enseñándoles a los chicos y chicas el maestro Liesa, la maestra Raimunda y el sacerdote Mosen Baltasar Marcellán, los cadáveres. el escolano que servía al sacerdote era Angel Cambra. (Un viejo de Lanaja se acuerda haber oído que los niños y niñas  de la escuela pasaron pisándolos por encima de los cadaveres)”.  El siguiente relato es de Jorge Sanchez Ardid que también es recogido por Andolz: “Un pastor de Lanaja, Pedro Lobardo, le llevaba vino de parte de Angela. El dio cuenta de que el vino era para ellos. El boticario lo malbezó con una medicina poco conocida que los adormía y el repatán que llevaba el vino le daron contraveneno, pues Cucaracha lo hacía probar siempre al que lo llevaba. Va el chico, lleva el vino, Cucaracha hace beber a los cuatro compañeros. bebe él y dijo -Ya nos han jibau!, este vino está compuesto!-. Pero ya había bebido. Se acercaron a la aldea más cercana. El se pone en un montón de fiemo que había allí al lau a arreglarse la tascadera de los calzones, que llevaba calzón corto. La estaba arreglando con un palico cuando vio venir a los civiles. Cucaracha les disparó, al oír el ruido salieron los otros que también dispararon. Era la aldea de la Nica, de Pedro del Torralbés”.

“En ocasión que el célebre bandido Cucaracha, temor de toda la comarca, se hallaba con cuatro más en un corral de ganado en la falda de la sierra, y sin duda alguna desprevenidos, cayó sobre ellos la fuerza de la Guardia Civil al mando del Teniente Lafuente, trabándose una lucha de la que resultaran muertos los cinco forajidos e ilesos los guardias civiles, debido esto a la buena dirección del Teniente, que rodeó el corral, con la punta de la bayoneta fueron haciendo visores  por todo él, librándose así de los disparos de los muchachos que hicieron fuego mientras tuvieron vida.

Cucaracha fue el primero que cayó, pues saliendo a la portera del corral se puso con dos armas de fuego y un morral de cartuchos y a lo que iba a disparar contra uno de los guardias que custodiaban la portera, otro guardia civil, que era un gran tirador, llamado Catalán, lo dejó tendido en el acto.

En seguida, los demás forajidos, ocuparon posiciones en el corral e hicieron fuego nutrido que, según relación que ha hecho el teniente, duró sobre media hora, enderezando siempre sus tiros a los agujeros que abría la guardia civil.

Muertos ya o tendidos los malhechores, penetró la guardia civil en el corral, en donde permaneció toda la noche del 28 de febrero, suponiendo así podrían llegar otros, pues así lo supuso el teniente en atención a que recogieron catorce armas de fuego, entre ellas fusiles BERDAN  y REMINGTON”.

La Correspondencia de la mañana, Diario y guía de Madrid 5 de mayo de 1875

       Eco de España de Madrid, reproducido en el Diario de Barcelona el 12 de marzo de 1875: “Alcubierre 3 de marzo. Los sucesos acaecidos el día 28 del pasado, con la captura del tristemente célebre Cucaracha, terror por espacio de 5 años de esta comarca, son de tal magnitud y han impresionado a todo este país, que me tomo la libertad de hacer una sucinta reseña de ellos, por si V. gusta que su acreditado diario sea tal vez el primero que lo publique. 

         Ya el día 28 de enero una triste noticia corrió veloz de vecino en vecino, llenándoles de pena y dolor; al salir acompañado de cuatro amigos el primer contribuyente de este pueblo D. Juan Ruata, se separó un poco de ellos para ir a dar órdenes a sus criados, y en aquel momento fue sorprendido por tres hombres que le dieron el alto, trabuco en manos; trató de librarse por medio de la fuga, mas con tal desgracia, que fue a dar a un lodazal de donde no podía salir, y allí le dieron alcance los criminales, y después de maniatado, le hicieron seguir. Cuatro días lo tuvieron en su poder, cuatro años para su familia y amigos, mas al fin, después de pedir por su rescate 14.000 duros, no hubo más remedio que entregar 7.000, que es lo que se conformaron, o peligraba la vida del secuestrado.

      ¡Quién había de suponer que al mes de este suceso Cucaracha y su cuadrilla habían de ser copados!.

         D. Vicente Lafuente Pueyo, teniente graduado del benemérito cuerpo de la Guardia Civil, ha sido el que ha dado el gran paso y el que desde aquel fausto día recibe mil parabienes, y es aclamado con frenesí por estos pueblos; hombre sereno y de valor, que no teme el peligro, solo hacia diez y siete días que se hallaba al frente de la fuerza destinada para la persecución de Cucaracha y su cuadrilla, y en tan pocos días, tal ha sido la fe con que ha trabajado, tal el espíritu de llevar la paz que tanto tiempo tenían perdida los contribuyentes, que han sido suficientes para dar con las madrigueras y concluir con el que era terror  de la sierra. 

      Nunca olvidarán estos habitantes lo mucho que le deben, y si premios tiene destinados el gobierno de S.M. para los que llenan sus deberes militares con tanto honor y valentía, seguramente que no olvidará el que se merece y a que se ha hecho acreedor don Vicente Lafuente, y del que también son dignos los individuos a su mando. 

       El 27 del pasado febrero salió la fuerza dividida en dos grupos en dirección a la sierra, y en la mañana del 28 se dirigieron hacia el punto llamado Peñalveta; serían las dos de la tarde cuando al llegar a la partida titulada Lanica, término municipal de Lanaja, la pareja que iba de avanzada, con gran cautela, y tal como el caso lo requería, miró por la pared del corral y distinguió a uno que estaba cosiendo y que a su lado había un arma; examinado un poco más, vieron diferentes armas en un rincón; esto fue bastante para creer que serían los bandidos (porque hay que tener en cuenta que a Cucaracha no le conocía ninguno de la fuerza, ni había fotografías de él ni señas particulares que pudieran ser bastantes para prenderles), agitó uno de los guardias el pañuelo, y los demás avanzaron rodeando el corral; practicaron tres o más arpilleras, y acercándose dos a la puerta dan la voz de alto a la Guardia Civil, rendíos y no se os tocará; veloz como el rayo coge Cucaracha su Berdan, arma la bayoneta y se lanza a la puerta; los otros compañeros cogen las armas y van a la pelea; viendo la fuerza que era imposible prenderlos sin haber lucha, se da la voz de “fuego” y es herido de muerte  el jefe de aquellos bandidos; ya no había más recurso que concluir con todos, y los guardias, defendiéndose con valor y procurando no sufrir baja alguna, se parapetan; mas los bandidos con sus descargas no daban tiempo a nada, y a los pocos minutos ya había tres de los criminales fuera de combate, concluyendo con todos pasada media hora de lucha, sin que la fuerza tuviese que lamentar no solamente la menor lesión, sino que ni aún simples magulladuras.

     Dado aviso al pueblo, corrió la noticia con velocidad, y al día siguiente los caminos que conducen a Lanaja se veían cubiertos de gente ávida de conocer al que por cinco años ha llenado de pavor a estos habitantes, y que tantas desgracias difíciles de reparar ha ocasionado.  

        El juzgado de Sariñena  se constituyó en el pueblo, y las campanas de Lanaja y Alcubierre anunciaban que el regocijo que los vecinos sentían era una verdadera fiesta popular. 

          Tendidos en medio de la plaza se hallaban por el orden siguiente: El Cerrudo, segundo jefe de la cuadrilla; Cucaracha, el herrero de Osso, el molinero de Belver y el guardicionero de Alcolea; éste tenía un buen aspecto, gran estatura, vestía hasta con elegancia, sumamente flaco y fino de cutis, cara hasta hermosa y cubierta toda de barba larga y negra, muy aseada y limpia.

          Cucaracha, seco, delgado, bigote recortado, y mal vestido al estilo del país; de los cinco era el de peor presencia y el más desaliñado de todos.  

         Practicada la autopsia por tres facultativos, se encontró en Cucaracha una sola herida, que, habiendo penetrado por la región supra clavicular, salió por el séptimo espacio intercostal de la región dorsal, cortando la arteria subclavia y produciendo una hemorragia, que debió dar lugar a la muerte poco menos que instantánea.  

        Fueron ocupados los efectos siguientes: tres pistolas, tres grandes cuchillos, dos puñales, cuatro fusiles, una escopeta de dos cañones Lafoncher, un Remington, cinco fusiles Berdan, todas estas armas con su correspondiente bayoneta, arroba y media de cartuchos Berdan y Remington, un kepis, una corneta, barbas postizas y una solicitud muy bien redactada y de muy buena letra, escrita en papel sellado, dirigida a S.M. al Rey don Alfonso XII, y en la cual pedía Cucaracha que le indultara de toda pena y le dejase ir libremente a su casa; además una carta sin concluir de escribirla, pues cuando uno de ellos lo verificaba fueron sorprendidos y muertos; dicha carta iba dirigida al ayuntamiento de este pueblo, pidiéndole sus firmas para el indulto.

       Estos son los hechos, y es tanto el júbilo de este pueblo, que en todos los semblantes se marca la alegría, celebrándose tan fausta noticia con bulla y algazara, reunidos en diferentes puntos.

       Se había llegado al extremo de no poder habitar estos pueblos; todo se encontraba abandonado, los labradores no podían ir a ver sus posesiones, y hora era de que se diera fin a tanto mal, ocasionado por una fiera humana.

     Cinco años de persecución continua y nunca podía darse con el criminal, hasta que la Providencia ha librado al país de grandes males de que se hallaba amenazado, y cuando los bandidos se preparaban para dar tal vez un golpe en Alcubierre que hubiera llenado de luto y de dolor a los corazones de sus habitantes, lo mismo que al país”.  

Mariano Gavín Suñen, Bandido Cucaracha.

Mariano Gavín Suñen, Bandido Cucaracha. Ilustración Cruz Salvador.

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Mariano Gavín, El Guerrillero que murió una vez.  Felipe Alaiz.

     Felipe Alaiz fue profesor de literatura, escritor y periodista anarquista. Nació en 1887 en Belver de Cinca y murió exiliado en Paris en 1959. Se caracterizó por su periodismo libre y crítico, cercano al pueblo llano y alejado de los círculos distinguidos, de la etiqueta y la pedantería de la intelectualidad española. Uno de sus artículos “Mariano Gavín, El guerrillero que murió muna vez” reconoce la figura de Mariano Gavín, dentro de la serie “Tipos Españoles” que la editorial “Umbral” recogió y publicó en 1962. Gracias a Lourdes y Marga Alcubierre Pueyo de Pallaruelo de Monegros hemos podido conocer tal valioso documentoque a continuación transcribimos.

Mariano Gavín, El guerrillero que murió una vez

Hay héroes populares que lucharon denodadamente por la libertad, que se sublevaron, admirables insurrectos sociales contra la mansedumbre de sus semejantes, encarándose contra la autoridad y contra la capacidad de Camancho el Rico; que no trataron de ejercer dominio alguno. Dejaron ejemplo de dignidad y desinterés y murieron asesinados por las fuerzas malditas.

Generalmente las biografías prefieren personajes de relumbrón. Prescinden del héroe popular y por ello la vida de los héroes populares queda entre leyendas y mentiras. Conviene, pues, reivindicar la memoria de los héroes populares olvidados. Hacia el año 70 del siglo pasado, los Monegros eran las mismas tierras desoladas y esteparias de hoy. Extensión de términos comprendida entre el Ebro y el Cinca, la población vivía esperando siempre el agua del cielo. Sesenta o setenta mil campesinos se limitaban al cultivo de cereales y al pastoreo.

En medio de la miseria general he aquí que aparece por la sierra de Alcubierre, uno de los pueblos de los Monegros, el valiente guerrillero de manta y trabuco, Mariano Gavín.

Diez años seguidos anduvo rondando por la zona esteparia de Aragón que eran los Monegros. Hombre grato a la simpatía popular, figuró en relatos y romances como personificación del valor, la entereza y la picardía. Diez años anduvo por montañas y llanos, vegas y poblados a salto de mata.

Su historia no salió del archivo comarcal. Con “dijendas” y narraciones de viejos campesinos y valiéndose, además, de algún archivo, no muy asequible por cierto, pude reconstruir la vida de Mariano Gavín, a quien llamaban por apodo “Cucaracha”.

-¿Conoció a Gavín?

-Sí, en Albalate.

– ¿Qué hacía allí?

– Estaba herido. Por cierto, que el médico del pueblo, un tal Luis Valdaura, curaba a “Cucaracha” de “escondidas”. Tenía mucho temple Gavín, y era algo socarrón.

-“Cucaracha” era cazador. Tenía mujer guapa y fantasiosa. Ella se dejó querer por un propietario rico, lo supo el marido y mató al seductor.

-Esa no es verdadera, amigo. Gavín no mato al seductor porque no hubo seducción. Gavín  no mató a nadie antes de echarse al monte, ni después tampoco. Se apartó de la vida, conformado, porque tal fue su voluntad.

Contaría a la sazón unos 38 años. Era de poca estatura y de no mucho cuerpo. Los mozos cantaban en el coro de ronda, años después de la muerte de Gavín:

Por la sierra de Alcubierre

siendo un hombre tan pequeño

se pasea “Cucaracha”

cuanto respeto que causa.

Tenía merecida  fama de generoso.  Daba trigo a los pobres y no acumulaba riqueza más que para apaciguar el hambre de los campesinos.

Otra copla clásica en aquella parte de Aragón, dice así:

“Cucaracha” es un gran hombre,

aunque tenga mala fama

porque el trigo de los ricos

lo reparte entre los pobres.

He aquí el relato de un viejo, chaval en la época de Gavín.

En los Monegros, tierra de “Cucaracha”, hay muchos años de escasez absoluta y pocos de escasez relativa. Hubo muchos años malos seguidos y los labradores tenían que comprar el trigo a media talega. Encontró “Cucaracha” al mensajero:

– ¿Qué camino llevas, pequeño?

– Al molino voy.

–  ¿A comprar trigo?

–  Por “mandao” de mi padre.

– ¿Ya llevas los cuartos?

– Escondidos los llevo.

– ¿Por qué los escondes?

–  Podría salir “Cucaracha” de cualquier barranco y “sacámelos”.

– Tu padre te “malimpone”.

– ¡y pobres que somos!

– Pues dile a tu padre que “Cucaracha” no les hace nada a los que trabajan. ¿Cuánto trigo has de comprar?

– Media talega.

– Pues toma esas monedas y puedes comprar talega entera.

Rasgos de ese carácter eran frecuentes en la vida de Mariano Gavín. El viejo baturro hace una pausa corta. Pregunto:

– ¿Qué gente llevaba en la cuadrilla?

– Ferrochón el de Belver, el Zurdo de Lalueza, un tal Valentín, el Pergaroide de Albalate y Carlos el de Almudévar. A Carlos lo mataron por la espalda en el camino viejo de Zaragoza.

– ¿Y no recuerdas el caso del “desorejao”? Tengo oído que era un confidente.

– Ya lo creo que recuerdo aquel caso. Se presento a “Cucaracha” uno de esos sujetos echadizos que empleaban los enemigos del guerrillero contra este. Pero ¿sabes qué consiguió?

– Quedarse sin orejas.

– Justo.

– ¿Cómo fue?

– Estábamos en las trilleras. Era yo chulo (criado joven de labor, especie de aprendiz) de un propietario de cinco pares… Gavín y los que iban con él se acostaron al raso, a la luz de las estrellas. Cada cual se acostó donde quiso y como quiso. «Cucaracha» se hizo la cama junto a un montón de fajos de garba (mies segada), que en el país llaman «fajina». No se acostó. Algo turbio había visto en los ojos de un guerrillero. ¿Qué hizo? Pues se escondió detrás de la fajina, dejando la manta tendida sobre un hato de ropa, como si él estuviera debajo. Cuando calculó el hombre echadizo que dormían todos los guerrilleros se levantó con tiento, llegó hasta la cama de «Cucaracha» y disparó un trabucazo… Pero «el muerto» salió por detrás de la fajina. ¡Ya estaban frente a frente! En dos cuchilladas le cortó Gavín las dos orejas al echadizo, que escapó como lo que era.

-Como una liebre… ¿Sería un andarín «Cucaracha»?

-¿Que si andaba? Doblaba las horas tres veces. Cuando tenía que pasar el Cinca, siempre a deshora, mandaba llamar al barquero del marqués de Ayerbe.

– ¿Ayerbe?

-Sí… tenía el marqués una barca de sirga y aún cobraba derecho de pago como hace cuatro siglos los antepasados. El barquero era un tal Salas, y se levantaba a la hora que fuera sin pereza… Los pobres querían a «Cucaracha» como a un buen hermano.

-¿Y los cucaracheros?

-Eran los que sabían nadar y guardar la ropa sin exponer la piel, los que guardaban dobletas para emprender negocios cuando «Cucaracha» les daba alguna miseria a guardar…

No mató a nadie…

-¿Y cómo murió?

-De una vez.

-¿Cómo «de una vez»?

-Lo envenenaron. Ninguna tropa del Gobierno se atrevía con él, ningún civil se le acercaba, los chupatintas le temblaban. Si se quería ver correr a un escribano o a un alguacil sólo había que decir: «¡Que viene «Cucaracha»!» Tenía tan buena puntería, cazador de afición, que a cuarenta varas rompía un alambre de un balazo.

-¿Y dice que murió envenenado?

-Fue un mozo a buscar vino a Alcubierre. El vino era para «Cucaracha» y el mozo cometió la imprudencia de decirlo. Inmediatamente se prestó un boticario a «arreglar» el vino con narcótico en ausencia del mozo. Bebió «Cucaracha» y cayó dormido como un tronco, igual que la gente que iba con él en el corral de una «paridera» (majada). Llegaron los civiles al mando de un sargento que se llamaba Salanova, y dispararon contra los que dormían a una distancia de seis o siete metros. Los acribillaron a balazos…

El oír al viejo baturro evoca la muerte de Sacha Yegulev de Leónidas Andeief, el mismo salvaje encono, la misma cobardía.

El cadáver de Gavín con los de cuatro que le acompañaban fue expuesto en la plaza de Lanaja -dice el viejo-. Cuatro días estuvieron allí con las armas que llevaban: cinco trabucos, una tercerola, un sable, cinco puñales, un zurrón de pastor lleno de cartuchos y un saco de pólvora y municiones.

Y el viejo entorna los ojos como si quisiera atalayar el tiempo

En los Monegros, tierra frecuentada por «Cucaracha», hay grandes macizos montañosos que Gavín conocía a palmos, lo que le permitió burlar toda vigilancia en un período de diez años. Contaba, además, con la ayuda del estado llano: pastores, labradores, barqueros y cazadores. En la ribera del Cinca y en el monte, «Cucaracha» «mandaba a decir» lo que quería a sus perseguidores mediante carteles de desafío y fachenda. Fue un proscrito en todo. No acabó su vida en la cárcel como tantos guerrilleros convertidos la acaban cubiertos de papel sellado, indultos y hasta oraciones. No se hubiera dejado cazar vivo. Era áspero y socarrón cuando otros eran desleídos sentimentales. ¡Caso raro! En la vida de «Cucaracha» no hay lances amatorios ni novelería por entregas. Hubiera sido hoy un guerrillero admirable de la revolución social. Después de su vida entre riscos, rechazó toda invitación de indulto y murió de una vez”.

* De “Tipos Españoles”, segunda parte Felipe Alaiz. Umbral.

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De las memorias de Millán Astray.

    El Imparcial,  junio de 1918 el diario madrileño.“De las Memorias de Millán Astray”, Visión de sangre. José Millán Astray fue un abogado e intelectual padre del militar José Millán Astray, fundador de la Legión y de Radio Nacional de España.

“Los montes de Alcubierre, en las provincias e Huesca y Zaragoza, fueron muchos años la guarida de la cuadrilla de bandidos capitaneada por el célebre «Cucaracha».

Los habitantes de aquella región, en especial los de Sariñena, vivían en continua congoja; los pudientes pactaron con el malhechor el precio de su benevolencia y pagaban religiosamente una contribución como garantía para no ser molestados por los feroces secuaces del ladrón “montañés”.

Protegido por los poderosos, que le temían; tolerado por los más humildes, a quienes trataba con afecto; bien recibido por los venteros, a los que pagaba con esplendidez, imperaba tranquilamente en su feudo, y la Guardia civil no podía darle caza porque brotaban confidentes que comunicaban a «Cucaracha», con precisión, las maniobras de la benemérita.

Al fin fue sorprendido un día, cogido in fraganti, haciendo armas contra los guardias; sucumbió en la lucha, terminando el vergonzoso imperio de un bandido que llegó a adquirir triste celebridad en toda la tierra aragonesa.

Varios de sus compañeros fueron condenados a presidio, y uno de los principales, por bravo y astuto, ingresó en el de…

Cuando llevaba dos años de condena fui destinado a mandar aquel penal, y al punto me contaron la historia de Ramón, encargado de la enfermería y modelo de confinados.

Aprendió el antiguo bandolero a leer y escribir, solicitó una plaza de enfermero, dióse una buena maña para cuidar a los enfermos, a quienes trataba con dulzura y cariño, que al vacar la del jefe de la sala se le confirió tan apetecido cargo, y satisfechos estaban todos de la acertada elección.

 Jamás hacía alusión alguna a la pasada vida; casi todos los reclusos recuerdan los hechos, origen de sus condenas; unos, con cínica desenvoltura; otros, lamentando su desgracia; Ramón no hablaba nunca de sus pasado, y si algún atrevido osaba recordárselo, callaba, y ante un insistente preguntar, se retiraba con prudencia, pues no daba nunca motivo para la más ligera corrección.

A los pocos meses de desempeñar la dirección del presidio sentí una mañana molestia en la garganta; a la caída de la tarde me visitó el médico, diagnosticando mi enfermedad de angina catarral aguda.

Experimentaba una incomodidad enorme, que aumentaba por momentos, y el doctor consideró necesaria la aplicación inmediata de sanguijuelas, para rebajar la inflamación que me sofocaba, congestionándome.

No pudo acudir un practicante de la capital, y ordené subiese Ramón a desempeñas sus funciones; mi pabellón estaba dentro de rastrillos y no hacía falta alguna de utilizar sus servicios.

Penetró minutos después en mi alcoba emocionado, vacilante; traía en las manos una jofaina y un frasco con los repugnantes anélidos.

En tanto que preparaba todo lo necesario para practicar la operación, yo examinaba detenidamente a aquel hombre.

Era de pequeña estatura, moreno, enjuto, frente deprimida, pelo cortado con precisión reglamentaria; mandíbula inferior muy saliente, pabellones de las orejas muy caídos, manos largas y brazos muy desproporcionados. Era muy difícil apreciar el color de sus ojos, jamás miraba de frente, bajaba la vista ante la de los demás.

Se expresaba con dificultad, temeroso de pronunciar alguna palabra inconveniente; cuando se le daba alguna orden, no contestaba nunca, la cumplía en el acto, si era urgente, con la posible prontitud; si daba tiempo lo mandaba, pero siempre bien.

Al fin, Ramón terminó su faena preparatoria y quedó callado.

-¿Podemos empezar? -le pregunté.

-Cuando disponga -respondió; y comenzó la ingrata tarea.

Con más o menos rapidez todos los bichos hicieron presa, y en tanto se ponían repletos se me ocurrió preguntar a aquel hombre tan extraño algún detalle de su vida.

Causóle mala impresión mi requerimiento, y yo le dije que si le molestaba mi curiosidad, diese por no manifestado mi deseo.

Creyó, acaso, que yo podría incomodarme, y, después de después de pasar repetidas veces la mano por su frente, dijo así:

-No sé, señor, lo que usted quiere saber; pero lo presumo por lo que todos me preguntan. Las gentes cuentan una porción de cosas de mis antiguos compañeros, que casi todas son mentiras; demasiado sé que no hacíamos bien con apropiarnos de lo que no era nuestro, pero nunca sacrificamos a un pobre, nunca derramamos sangre…, sino en casos muy necesarios.

Casi salimos a la sierra por necesidad; unos, para evitar la miseria; otros, como yo, para huir de la justicia.

Tuve una cuestión en mi pueblo; un hombre me buscaba siempre riña, y sucedió lo que era inevitable, le maté; después… huí y más tarde me uní a la partida de «Cucaracha».

No había robado nunca, no tenía historia; un tabernero, que me prestaba asilo a veces, gran amigo de aquel, me aconsejó, como única salvación, me incorporase a la partida; convencido yo de la necesidad de hacerlo, una noche me presenté y desde entonces seguí su suerte.

Contaba «Cucaracha» con recursos; muchos propietarios le proporcionaban cantidades; pero no siempre se podían recoger porque la Guardia civil no nos dejaba vivir. Entonces era preciso… robar, nunca a los pobres, repito; si las personas eran juiciosas, no se las hacía nada; si se oponían, si querían pelear, no había más remedio que aceptar la lucha, y entonces…

Ramón calló; la conversación no le impedía atender su trabajo y con solícito cuidado limpiaba mi cuello, separando alguna de las sanguijuelas que, harta de sangre se había desprendido.

Su voz se había animado; su palabra era fácil; su cabeza estaba más erguida, y yo, al ver aquella transfiguración, excitado por insana curiosidad, le rogué que siguiese.

-Recuerdo -dijo- la primera vez que me vi precisado… a hacer daño. Sabíamos que un tratante e granos regresaba a su pueblo, procedente de Huesca, que debía haber cobrado unos 12.000 reales y los traía encima. Yo fui encargado con otro, un muchacho de veinte años, para esperarle.

Escondidos tras unas matas aguardamos unas dos horas; muy poca gente cruzó el camino; cuando ya estábamos desesperanzados, sentimos pisadas de una caballería y dobló un recodo el tratante, que montaba un buen caballo y traía colocada en la delantera de la montura una escopeta.

Estaría a cinco metros de nosotros, cuando di un salto y, colocándome en medio del camino, le encañoné con mi retaco.

Era muy bravo aquel hombre; paró en firme el caballo, echó mano al arma, y al oír mi voz que le dijo: «Ríndete o te mato», la amartillo…; pero yo no le dejé concluir la operación, disparé, «dio la vuelta del conejo» y cayó al suelo, despedido por el caballo, que al verse libre, emprendía veloz carrera.

Era preciso despachar; la noche se echaba encima, podía venir gente, los guardias acaso.

Lleguéme al que ya era cadáver, ¡bien muerto estaba!, le había metido una bala en el corazón; ¡de algo me había de valer haber sido cazador!

El chaval me auxilió; buscamos en el bolsillo del chaquetón: nada; pero entre la faja había un bolso verde lleno de monedas de cinco duros, que se veía relucir entre las mallas de seda.

Cogimos el cadáver, lo escondimos en el sitio que nos había servido para ocultarnos y allí lo encontró a los tres días un pastor.

Ramón, olvidado ya de sus cortedades, accionaba con vigor, acompañando su relato con movimientos que semejaba la acción de lo que refería; su voz era llena, sus ojos despedían rayos, las manos las tenía teñidas con mi sangre; se había transfigurado.

Yo estaba verdaderamente horrorizado; sus ojos me asustaban; no sé si en aquel momento me tomaba el antiguo bandido por el tratante de Huesca; pero sí sé que, al refrescar su memoria, se había olvidado del director de la prisión.

Fijóse de repente en mi cuello, vio que la última sanguijuela se había desprendido, dirigió sus manos cubiertas de sangre a mi garganta, y al ver la acción creí que me iba a estrangular; sugestionado, sin poder impedirlo, me incorporé de repente, dirigí la mano a la mesa de noche, en cuyo cajón tenía un revólver… En aquel instante presentóse el médico del penal en la puerta de la alcoba; el penado se cuadró ante su jefe inmediato; tembloroso, aturdido, terminó su faena.

Nunca pude saber la continuación de la historia; no quise preguntarle más; cuando me veía, clavaba los ojos en el suelo, ocultaba las manos tras la espalda; si en la enfermería se practicaba una operación en que rojo líquido corría, Ramón no asistía jamás; si en las riñas, tan frecuentes entonces en los presidios, resultaba algún herido o muerto. Huía; al ver sangre se sentía bandido y los esfuerzos supremos de su voluntad no podían dominar el fatal impulso de su ser”.

trabuco

El bandolerismo continua.

          Tras la caída de Mariano Gavín Suñen muchos bandoleros continuaron sus fechorías por la redolada monegrina. En los diarios de la época encontramos algunos testimonios de su actividad bandolera hasta cinco años después cuando en 1880 se pone fin al bandolerismo en la comarca de Los Monegros. Diario de Barcelona de 1 de abril de 1875: “Alcubierre 25 de marzo. En la tarde de ayer, entre una y dos, conducía desde Sariñena a Zaragoza una pequeña fuerza de la Guardia Civil el preso Manuel Isabal Comín, compañero de glorias y fatigas del difunto Cucaracha y uno de los presuntos autores del secuestro de D. Juan Ruata, cuando al llegar al punto denominado casa de Lasierra, lindante ya con el monte del cercano pueblo de Leciñena, salieron de improviso diez o doce hombres armados que empezaron a dar voces a la Guardia civil para que soltasen el preso, haciendo al propio tiempo varios disparos, a lo que contestó denonadamente la fuerza pública, dando por resultado la muerte de Isabal, ahuyentándose los otros sin que ninguno pudiera ser habido. El juzgado municipal, que se constituyó en el sitio de la ocurrencia, volvió después de algunas horas, conduciendo el cadáver en un carro”.  En el Diario de Barcelona del 18 de junio de 1875 se puede leer: “Se lee en el Diario de Avisos de Zaragoza, Sena 11 de junio. Vi hace algunos días en el periódico de su digna dirección una carta de Sariñena que relataba la entrada en este pueblo de una supuesta partida carlista, pero en realidad cuadrilla de ladrones.  Constaba ésta de once o doce hombres, y apenas llegaron cogieron al alcalde obligándole a que le acompañara en su visita a las casas de los señores Lacruz, teniente alcalde Castan, juez municipal, mosen Antonio Calvo y Blas Almerge. Reunidos estos por fuerza en casa del ayuntamiento, pidieron 14 trimestres de contribución, y de alla fueron a llamar a la casa de Fernando Galindo, que se negó a abrirles  y comenzó a tocar la campana del oratorio, esto púsoles bastante en cuidado, pero sin renunciar a su primitivo intento volvieron acompañados del dicho teniente alcalde y del alguacil, provistos de hachas, con las que dieron principio a su propósito de derribar la puerta; en este momento comienzan a oír varios tiros de revólver disparados al aire desde la misma casa, y aquí fue Troya. Aturdidos y azarosos los ladrones comenzaron a consultar entre sí, y éste fue el momento que aprovecharon aquellos dos funcionarios para escurrirse disimuladamente: entonces aumentaron las vacilaciones, y cogiendo 4.0000 rs. y pico que exigieron de castan y mosen Antonio sin detenerse a contarlos tomaron las de Villadiego a todo escape. Créese que algunos de los ladrones eran gitanos”. 

Los Carlistas liberan algunos bandoleros

     Parece que las tropas Carlistas merodeaban por la comarca y el 10 de julio de 1875 invadieron Sariñena por parte del ejercito carlista al mando del general Dorregaray. Diario de Barcelona del 13 de julio: “Huesca 10 de julio. En Sariñena los carlistas han cometido tropelías, y entre ellas la de más bulto, es el haber soltado los batallones valencianos a los presos de la cárcel, entre los que existían ocho  o diez cómplices del bandido Cucaracha que días antes habían intentado evadirse. Las facciones todas reunidas, con sus principales jefes Dorregaray, Gamundi, Boet, Adelantado, Alvarez, Cucala, cura de Flix, Muñoz, etc. se suman un conjunto de diez u once hombres”.

Bandoleros uniformados de Guardia Civiles

      Diario de Barcelona del 23 de julio de 1875: “En una correspondencia de Lérida de 22 de julio se lee -Anoche entraron en el pueblo de Belver de Cinca diez hombres disfrazados con el honroso uniforme de la Guardia Civil y pidiendo al alcalde alojamiento en las casas que se designaron. Conociendo sus intenciones malévolas, el alcalde llamó a varios vecinos y se trabó una lucha de funestas consecuencias, pues aun cuando los bandidos sufrieron  terrible escarmiento en la lucha, pereció el valeroso alcalde y salieron gravemente heridos el teniente y secretario del ayuntamiento”.

De la apresión del bandolero Miguel Senar Ríos, “De Diego.

      Del Diario de Barcelona del 19 de diciembre: “De Belver de Cinca le escriben con fecha 4 al Diario de Avisos de Zaragoza. En la tarde del 27 del mes próximo pasado, habiéndose tenido noticia de que en una de las casas de este pueblo se oculta el celebre bandido Miguel Senar Ríos “De Diego”, el señor alcalde Don Mariano Soldevilla Foj, asistido del teniente alcalde, el secretario y los guardias civiles del puesto Lorenzo Lacustra y Real, mientras los demás se situaban cerca  de las tapias del corral. Luego que penetró en el patio, se abrió una pequeña puerta, apareciendo, a la luz que proyectaba un candil, en primer término, el amo de la casa, y en el interior el terrible bandido, a quienes se le intimó varias veces la orden de rendirse; pero lejos de ello, con un movimiento rápido, el bandolero cogiendo su trabuco, lo disparó, hiriendo con sus proyectiles al guardia Lacaustra; pero éste, con un valor digno de recompensa, atravesó de un balazo el pecho del bandido. Mortal fue la herida; mas a pesar de ello, justificando el bandolero el terror de que era objeto en la comarca, se dirigió con ímpetu desesperado hacía el patio, con objeto de hostilizarles de nuevo; pero el guardia Real de un disparo le atravesó el cuello, quedando muerto en el acto y concluyendo así una vida de crímenes y asesinatos. El día 28 estuvo expuesto al público su cadáver hasta las diez de la mañana”. 

La sombra de Cucaracha

      Diario de Barcelona del 3 de enero de 1876. “De Belver de Cinca con fecha 28 de diciembre escriben al Diario de Huesca. Cuando en este país se gozaba de una tranquilidad inalterable, cuando los propietarios podían ir a ver sus posesiones más distantes, desde la muerte de Cucaracha y compañía y desde la desaparición posterior de otros de igual índole, ha venido a sorprendernos y a perturbar nuestra tranquilidad y reposo la aparición  del bandido Juan Blasco, de Osso, que con tres más a pocos días se fugó de las cárceles de Segorbe, al que ya se supone unido a la cuadrilla del Cerradilla en número de 14 o 16. Si bien es cierto que la Guardia Civil del puesto de Belver anda muy solícita en su busca, también lo es que el Blasco reune muy buenas condiciones para su oficio; pues además de la mucha protección que siempre ha encontrado en sus paisanos, es conocedor del terreno, valiente, osado y atrevido, y como no ignora el funesto fin de sus antiguos compañeros, ni al que a él se le espera, será todavía más perspicaz, por cuyas razones su captura es más difícil”.

      Diario Imparcial de Madrid, 6 de enero de 1876: “Ya está preso en la cárcel de Gurrea de Gállego el bandido Blásco, de Osso, “la Víbora”, cuya aparición había alarmado a los pueblos de la ribera del Conca”.

La captura de Mayarito

     Correspondencia de España, Madrid 9 de septiembre de 1876: “Ha sido muerto en Pina el ladrón Mayarito, de la cuadrilla de Cucaracha. Parece que hace pocos días acometió a un vecino de Gelsa en el camino de Almolda, exigiéndole 8.000 reales; y manifestando que no los tenía lo llevó a un cerro próximo donde le apuntó con su trabuco, pero no salió el tiro. Entonces se armó una lucha entre los dos, siendo despeñado por el cerro y muerto Antonio Salvador Mayarito”.

El Farineza

      Agustín Alaman Corvinos, El Farineza, lugarteniente del Cucaracha continúa sus andanzas tras la muerte del Cucaracha. Parece ser que escapo a la matanza de febrero de 1875 en Lanaja. Fue capturado el 11 de octubre de 1879, uno de los últimos hombres de l a partida del Cucaracha. Dos años antes había actuado por Sariñena.

       Correspondencia de España, 27 de septiembre de 1877: “Parece que los tres o cuatro malhechores, entre los cuales figura un tal Alaman “Farineza”, procedentes de la partida carlista que mandó el célebre Cucaracha, han tratado de sorprender una casa de campo en el término de Sariñena”.

Secuestro a Mariano Marcellan

        Diario de Avisos de Zaragoza del 14 de julio de 1880. “A las siete de la noche fue secuestrado anteayer en la sierra de Lanaja, el vecino de esa villa D. Mariano Marcellan. El hecho tuvo lugar a la sazón en que se hallaba el propietario referido en uno de sus campos, acompañado de un solo dependiente. Los dos ladrones que le intimaron la rendición y que le dispararon un tiro, aunque por fortuna, sin herirle, se supone que son los que vagan hace un mes por la sierra de Alcubierre. Una vez apoderados los ladrones del señor, enviaron a un criado una carta, para que la familia de aquél entregase como precio de rescate seis mil duros. Según nuestras noticias, pudo al fin conseguirse la libertad a la mañana siguiente, mediante la entrega  de seis mil reales. Esta es ya la segunda vez que el propietario referido ha sido secuestrado en la mencionada propiedad, según carta que nos envía nuestro corresponsal en Lanaja”.

Manuel Maza Lacasa

        Manuel Maza Lacasa, quien de joven protagonizo el último capitulo del bandido Cucaracha, llevando el vino el día de la muerte de Mariano Gavín, acabó  como capitán de bandoleros.

El fin del bandolerismo en Los Monegros

         Cinco años después de la muerte de Mariano Gavín Suñen, el bandolerismo en la comarca de Los Monegros continúa siendo un grave problema de orden social. Así siguen apareciendo noticias en diferentes medios de la época. La Provincia de Huesca, 10 de agosto de 1880: “Escriben de Lalueza que a pesar de la activa y extrema vigilancia de la Guardia Civil, es lo cierto que en aquella comarca se ha instalado una banda de malhechores , que no parece fácil de ahuyentar y que es fuerza sin embargo que desaparezca. En dicho pueblo no se puede salir a las afueras sin riesgo, pues hay quien asegura que varios vecinos la han visto a un cuarto de hora de distancia por el día, y por la noche a algunos de sus individuos por las calles”. Correspondencia de España de Madrid, 12 de agosto de 1880: “Continúa la alarma en Alcubierre, Lanaja y Lalueza, a causa de vagar por aquella comarca algunos secuestradores. Se están haciendo batidas para capturar a los criminales”. 

         En 1880 se pone fin al bandolerismo en Los Monegros, dejando atrás episodios trágicos pero que con el paso del tiempo han dado lugar a una de las mayores leyendas del bandolerismo español: El Bandido Cucaracha. Es una historia llena de aventuras y anécdotas, de sorprendentes episodios llenos de inteligencia y astucia, de sucesos por descubrir. Mariano Gavín Suñen es una gran figura, un personaje para la historia.

       A la memoria de todas las victimas, muy especialmente a Mariano Gavín Suñen y a todas las personas que, nadando a contracorriente, con solamente intentarlo, han conquistado la libertad.

 Sierra alante Cucaracha

Sierra alante cucaracha

por olvidadas estepas

de sabinas solitarias

galopante bandolero

forajido monegrino.

Sierra alante Cucaracha

por vagos horizontes

y oscuros paramos,

negro bandolero

por los montes de monegros.

Sierra alante Cucaracha

forajido bandolero

por los rabiosos secanos

donde la libertad

guarda tu memoria.

Sierra alante Cucaracha

por la sierra de Alcubierre

Mariano Gavín Suñén

siempre “El Cucaracha”.

          “A los sesenta años de la muerte de Mariano Gavín Suñén, “El Cucaracha”, otro Gavín de Alcubierre muere abatido por los disparos de la policía en Zaragoza”. Alberto Lasheras recoge la historia de José Gavín Casáus “El Maño”: “El siglo XIX fue testigo de las acciones del bandido “Cucaracha” y en la primera mitad del XX, fue noticia uno de sus parientes, militante de la FAI y activista de la CNT”. Otro Gavín de Alcubierre. 

Bibliografía:

Zancarriana w