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Pilar Redrado Pérez


Son generaciones sin infancia, de esfuerzo y  trabajo,  en casa y en el campo. Sin tiempo para la escuela, ni juegos, fueron educadas en la responsabilidad y en el trabajo, en la necesidad y en la supervivencia. Vidas de un tiempo pretérito de una sociedad rural en constante transformación, donde  la mujer se tuvo que abrir camino y afrontar un presente difícil y complicado. Verdaderas heroínas, verdaderos referentes que deberíamos de distinguir y revalorizar.

Pilar Redado Pérez

Pilar Redrado Pérez

            Pilar nació en Vera del Moncayo en 1941 y fue bautizada en el monasterio de Veruela. Su padre trabajó de pastor para un hacendado del lugar y su madre se dedicó a las múltiples tareas del hogar y la huerta. (Fueron tres hermanos, dos chicas y un chico que ya falleció).

            A los tres años  fueron a vivir a Borja, el dueño se vendió el ganado y tuvieron que mudarse. Estuvieron en Borja hasta los diez años cuando de nuevo se trasladaron a Boquiñeni. Pilar no fue mucho a la escuela, pronto  tuvo que abandonarla para contribuir en el trabajo de la casa. A los trece comenzó a trabajar a jornal en el campo, iba a la huerta a esclarecer la remolacha, las tomateras, a recoger cebollas y tomates, arreglar las cajas de tomates… A Pilar no le gusto tener que ir a servir a casas ricas “te mandaba hasta el gato”, pues en el campo, en el momento que cumples con tu trabajo, “ya te puedes ir pa casa”.  Pilar con tan sólo diez u once años trabajó sirviendo en una casa, cuidando a los tres hijos; trabajaba las veinticuatro horas del día y le daban alojamiento y comida por un escasísimo jornal.

            En Boquiñeni había mucho trabajo en el cultivo de hortalizas y mucha necesidad de salir para adelante, por ello se veían obligadas a dejar pronto los estudios y a contribuir al sustento familiar. No tenían tierras en propiedad: “La mitad de la cosecha era para la casa rica, se trabajaba mucho pero el trabajo, al final, no era para ellos”.

“Lo peor era cuando se pedían dineros a las casas ricas, si alguien no podía pagar sus deudas, por una mala cosecha, las tierras se las quedaban las casas ricas y así iban aumentando su patrimonio”.

            Pilar se casó con Santiago Sanz en la basílica del Pilar de Zaragoza, “con uno de Boquiñeni”. Santiago tenía vacas y tierras arrendadas en las que cultivaban tomates, pimientos, cebollas, alparce para las caballerías… A Pilar le tocaba de todo, tanto en la casa como en el campo. El agua la iba a buscar con cantaros a la acequia o al pozo, a las vacas les llevaban el agua con pozales. Tuvieron dos hijos: Santiago y Rocío, ambos nacieron en Boquiñeni.

            En 1972 llegaron a San Juan del Flumen, allí les correspondió un lote de 20 hectáreas y además una vaca, una mula y un remolque, pero como ya lo traían de Boquiñeni no lo aceptaron.

            A Santiago siempre se le conoció como “El de Boquiñeni”. El lote se lo dieron sin nivelar, así que tuvo que trabajar duramente para poder regarlo. Al principio sembró panizo, pero cuando por fin lo nivelaron perdieron un año de cosecha. Entonces las acequias eran de tierra, hasta que años mas tarde colocaron las canaletas, pretensados Alcanadre. Luego ya plantaron pimientos, tomates, cebollas y remolacha, que llevaban con remolques a venderla a Monzón y Luceni.

            San Juan del Flumen fue fundado en 1969 y en el 2019 celebrarán su 50 aniversario. Cuando Pilar llegó a San Juan, con toda su familia, no conocía a nadie, pero “pronto me llevaba bien con todo el mundo”. Ya había gente viviendo, había luz y agua. Tenían seis vacas de leche que vendían, las ordeñaban a las seis de la mañana y a las siete de la tarde. Había una zona de huerta y cada lote tenía su huerto, de unos 2000 metros cuadrados. “Impresionaba llegar y no conocer nada ni a nadie”, la casa tenía agua corriente y tuvieron suerte que la casa fuese de solamente planta baja. Las calles eran de tierra y como había habido mucho movimientos de tierras había mucha liebre y conejo. Santiago acudió al sorteo y al poco llegaron desde Boquiñeni con un camión, portando una vaca, dos tocinos y los enseres, fue un 2 de abril de 1972.

            Por la década de los ochenta se pusieron en San Juan del Flumen muchos lotes de pimientos. Hizo falta mucha mano de obra, principalmente de mujeres, que fueron pilares fundamentales para llevar a cabo las distintas labores agrícolas: plantar, escardar, recolectar… De media se ponía una hectárea y media o dos hectáreas de pimientos por familia. En San Juan del Flumen se creó la cooperativa “La hortícola”, dedicada a las hortalizas.

            Hacían la matacía y Pilar iba a otras casas a ayudar con otras matacías y hacer el mondongo. Pilar nunca paraba de trabajar, movía los sacos de tercerilla, sacos de 50 kilos para las vacas que mezclaba con panizo. Compraban leña de Barbastro para alimentar una pequeña estufa que calentaba la casa.  Pilar ha trabajado mucho “¡como una mula!!”, lavaba la ropa después de cenar y la tendía para que estuviese lista para el día siguiente. Hasta para las fiestas se encargaba de hacer la comida para las orquestas.

            Los abonos y las semillas las compraban en Sariñena, a Segarra. También compraron un tractor que lo pagaron en mano, a tocateja. Entonces se pedían muchos créditos y se pagaba mucho. Aquel año les apedregó (granizo), de tres a cuatro hectáreas de pimientos, fue por 1982. Al principio ponían pimiento de bola que vendían en el mercado de  Zaragoza, luego llegó el pimiento de piquillo que vendían a Navarra. Se hacía todo, desde la simiente, el plantero, plantación, riego, quitar la hierba, abonar, recolectar….

            La remolacha la arrancaban y la colocaban en un montón grande, luego la limpiaban (entre Noviembre y diciembre) y las apilaban en los carros. Para soportar el frío calentaban piedras en las hogueras y se las metían calientes en los bolsillos. La remolacha era un cultivo seguro que les aportaba unos ingresos ya que es un fruto subterráneo al que no le afectaba las pedregadas.

            “Si no vas al jornal no vivirás”, Pilar y su familia han luchado muchísimo por forjar su destino, por ser libres y depender de su propio trabajo, de sus tierras y sus cultivos. No ha sido fácil, todo lo contrario, pero con el tiempo pasado, una gran sonrisa y un profundo sentimiento de satisfacción describen a Pilar y su familia. Ahora, Pilar vive en Sena, junto a su familia, donde he tenido el gran placer de conocerla y entrevistarla. Todo un ejemplo, toda una mujer luchadora y trabajadora de nuestro querido mundo rural, una imprescindible.

                   Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Rocio Sanz Redrado.

 

Félix Omeñaca el Pediatra de los neonatos


Quiero reseñar mi temor por acertar en la narración de la historia y personalidad de este científico, criado en nuestra villa, en la que quedó enraizado y de la que nunca, – confiesa – olvidó en momento alguno el amor por ella, el que sus padres , la tierra y sus conciudadanos, lograron implantar en su corazón.

Por: Juan Antonio Casamayor Anoro.

1-Felix Omeñaca Teres Jefe de Neonatologia

El Doctor Félix Omeñaca.

       Me siento de Sariñena, repite el Doctor, Pediatra e investigador, Félix Omeñaca Terés, Jefe del Servicio de Neonatología del Hospital La Paz en Madrid y como quiera que a pesar de la lejanía de nuestras vivencias, – las suyas y las de este cronista-  hemos logrado mantener relación a través de los años, (más fácilmente por las Redes sociales), tengo la posibilidad de contar su interesante historia y trabajo, en nuestra Revista Quió.

      Félix llegó a Sariñena, muy niño (un mes de vida) y se formó aquí, donde compartió estudios y juegos con otros niños de ese tiempo, primeros años 50. Como saben nuestros lectores, lo que ya contamos en un capítulo de “Los Recuerdos de Sariñena del Dr. Omeñaca” su progenitor. El paso de Félix por la llamada Escuela Nacional (hoy pública) de la que recuerda el queso y la leche del plan Marshal de los americanos y la primaria en las monjitas, con el gran aprecio de Sor Alicia que le consideraba un aventajado.

      Los juegos y el empeño que un formador como su padre imprimió a Félix y a todos sus hermanos, crearon el germen que fue transitando por Monzón y Barbastro con el Bachiller y la carrera de Medicina en Zaragoza. Se dio la circunstancia que estando haciendo las prácticas de las entonces denominadas Milicias Universitarias en Huesca, se integró como médico aquellos 4 meses del verano de 1970 en el hospital San Jorge de Huesca. Allí encontró mucha gente de Sariñena lo que volvió a reactivar el germen constituido en su primera infancia, como él mismo dice con vehemencia “somos rehenes de nuestra Infancia”. Y más tarde tras del periodo de buenos recuerdos en la Sanidad oscense, su inquietud por desarrollar la investigación dentro de su especialidad de Pediatra le llevó a profundizar en esta materia, que tanto había amado su padre, emigrando a Madrid e integrándose en un gran hospital inaugurado unos años antes, cuando corría el año 1971.  En el Hospital La Paz, más concretamente en el Materno-Infantil, comenzó su carrera que se ha mantenido durante 46 años, pasando por todos los cargos de responsabilidad clínica. Junto a una  labor asistencial dedicada a mejorar la salud de los recién nacidos y en los últimos 20 años también en la Medicina Fetal, en que ha participado como Profesor Asociado en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma, así como dirigiendo y publicando numerosos proyectos de investigación y siendo conferenciante y ponente en varios congresos y reuniones en España y en el extranjero, principalmente en Hispanoamérica.  De todo ello hemos tenido ocasión de saber a través de publicaciones y programas de divulgación científica y más recientemente, en el conocido programa de TV,  La Sexta, “ Dentro de”,  dirigido por la presentadora Cristina Pedroche.

Sobre nuestro Doctor Omeñaca, hemos extraído una precisa reflexión  que se publicó en los Medios de Comunicación.

     “Siempre me gustó la pediatría, desde estudiante, influido por mi padre, que era Pediatra rural en Sariñena ( Huesca ). Y también la medicina. Una vez que empecé a trabajar como pediatra, vi que lo más “médico”, lo que abarcaba más la medicina en general y todos los aspectos del individuo era el recién nacido. Por eso me he dedicado siempre a ellos.”

     Omeñaca nos define, las facetas más importantes que se abordan en la Unidad en que trabaja y que se han ido implantando a través del tiempo.

  1. Lucha contra la parálisis cerebral de origen obstétrico, en constante relación y sintonía con el mundo obstétrico. Habiendo descendido las cifras de esta enfermedad del 2-3 por mil a estar por debajo del 0,5 por mil
  2. Control de las infecciones, que siempre han supuesto un serio desafío en los recién nacidos y que gravaban enormemente la mortalidad. Desde los Streptoccocus hasta el SIDA, el Ébola o más recientemente Zika
  3. Desarrollo de los Cuidados Intensivos Neonatales incorporando todos los adelantos tecnológicos y en continua innovación, manteniendo un alto grado de humanización e incorporando la participación de los padres.
  4. Grandes avances en cirugía neonatal, abordando todo tipo de problemas subsidiarios de esta disciplina, incluso desde hace unos años en la vida fetal. Cirugía cardiaca, del sistema nervioso, riñón y vías urinarias, etc.
  5. Medicina fetal, especialidad en desarrollo con enormes avances en los últimos años. No solo se pueden diagnosticar la mayoría de las malformaciones congénitas u otras enfermedades en el feto, sino tratarlas intraútero, mejorando así la mortalidad y las secuelas. Exige un equipo multidisciplinar con expertos de múltiples. especialidades (obstetras, neonatólogos, cirujanos, genetistas, radiológos, etc.), siendo la actividad médica mas interdisciplinar.
  6. La prematuridad ha sido y es otra de las grandes preocupaciones. Se empezó limitando la viabilidad en los niños que pesaban menos de 1.500 gr. y esta cifra ha ido descendiendo hasta poner un límite en los 500 gr. de peso y 23 semanas de gestación.
  7. La Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales del Hospital La Paz dispone de 23 puestos, es de máxima complejidad, la más grande del país y acepta cualquier problema de salud que se presente en un recién nacido (prematuridad extrema, malformaciones de cualquier órgano o sistema, enfermedades hematológicas, de la piel, de los huesos, siameses, tumores, etc…). Maneja unos 500 niños al año y actúa como centro de referencia nacional. Un ejemplo concreto, una recién nacida proveniente de Barbastro atendida hace unos meses en la Unidad con una “epidermolisis ampollosa” también conocida como “piel de mariposa”. Rara y terrible enfermedad de la piel y que en los recuerdos de niño “veía y sentía” como lo vivió mi padre, tratando una familia de Sariñena, en la que alguna de las descendientes padeció ésta misma enfermedad.

     Llegamos a una parte importante que percibimos en la información que llega al paciente y el interesado, desde ese gran complejo sanitario del Hospital Universitario La Paz. Y en este punto, explica el Doctor :

     Hay un Programa de Información para las familias, un Programa de Alta Precoz en Domicilio, más reciente una “Escuela de Padres” y en nuestro centro salió el embrión de la Asociación de Padres de Niños Prematuros (APREM) de ámbito nacional y de la que estamos convencidos, al igual que otras múltiples asociaciones de padres o pacientes, tienen que jugar un gran papel en el ámbito de la Sanidad.

     Dada la complejidad de los problemas que presentan muchos de los niños que son atendidos, siempre me preocupó – refiere el Doctor – el cómo dar “las malas noticias” a los padres y compartir con ellos un sinfín de consideraciones éticas.

       Y nos matiza el Doctor – Las familias saben cuando llegan a nosotros, que el camino a recorrer no será fácil, pero somos conscientes de que desde el Hospital La Paz, podemos ofrecerles mucho. Contamos con un sistema público y universal, donde el tratamiento y los recursos materiales y humanos que ponemos a disposición de cada paciente, son los mismos para todos los niños (dato muy a destacar), y contamos con un potente servicio de psiquiatría-psicología y trabajadores sociales, que ayudan a las familias durante su estancia en Madrid.

       De nuestro interés, en tanto que informadores, por la transparencia en el Sistema Público de Sanidad, sabemos que, según cuenta el equipo de – la Unidad.

     En el Hospital existe un compromiso de transparencia y mejora y los resultados se hacen públicos anualmente en la correspondiente Memoria. La información, implicación y participación de los padres es una constante en el tiempo habiendo conseguido logros inimaginables.

     La atención al paciente (feto, recién nacido y padres) siempre ha sido el núcleo central de la actuación y lo sigue siendo a pesar de la seria amenaza que suponen los avances tecnológicos, pues la visión humanística de la Medicina no nos ha abandonado. Así, la preocupación por los problemas concretos de cada paciente, el trato cercano y por igual, la revisión continua de resultados, y procedimientos con el objetivo último de mejorar, tanto los datos de supervivencia, como la calidad de vida de nuestros pacientes.

      Concluimos, tras de haber intentado explicar lo más “cercanamente posible” el carácter científico de este “reportaje-entrevista”, y tener la oportunidad de contar a, nuestros lectores de Sariñena, Monegros y de allende nuestras fronteras, la historia y el trabajo de este médico investigador, del que tenemos conocimiento y reconocimiento muchos de los sariñenenses.

      Como epílogo, he querido hacerle una pregunta, que a buen seguro, agradará a nuestro médico explicitar. Doctor Omeñaca, nos consta su gran satisfacción en el desarrollo de esta su profesión, contando con los medios de hoy para su trabajo en la Unidad de Neonatos del Hospital La Paz. Así pues, ¿que reflexión se hace acerca de lo que pudo haber sentido su padre, cuando recuerda las dificultades que le eran inherentes al trabajo de médico rural en Los Monegros, en aquel principio de la segunda mitad del siglo pasado?.

      Y nos responde, el Doctor : vienen a mi mente unas líneas que escribí a los pocos días del fallecimiento de mi padre y que creo responden fielmente a esa pregunta

       “Su primer destino fue Sariñena, dónde en los años siguientes a la contienda civil ejerce de Médico en el mas amplio y profundo sentido de la palabra. Medicina auténtica, el enfermo (niño, joven, adulto o anciano) se convierte en el eje central de su vida, dedicación plena, todas las horas del día y todos los días del año. Medicina completa, cualquier problema médico tiene que ser abordado y resuelto; traumatismos por coces de caballerías, heridas por arma de fuego, partos complicados y de muy difícil solución, perforaciones intestinales, pulmonías, garrotillo… con la única ayuda de los conocimientos adquiridos en la Facultad, la experiencia y los libros (cuanto le gustaba, leer, leer y leer…muchas veces hasta el alba echando en falta horas del día). Medicina humanizada, todo el quehacer médico ejercido con proximidad, estableciendo unos lazos de sinceridad y cariño que han permanecido para siempre. Medicina solidaria dirigida hacia los mas desfavorecidos; familias de campesinos, gentes humildes, transeúntes, pobres de solemnidad, gitanos… Medicina de confianza que le llevaba a intervenciones como “hombre bueno” en numerosos conflictos familiares y que al final del camino acompañaba y ayudaba a muchos de ellos “a bien morir”.

2-El Comité de Medicina Fetal del Hospital.

Comité de medicina fetal. 

      Cuántos caminos y veredas, carreteras y sendas, valles y montañas, riachuelos y lagunas, cuántos secarrales cubiertos de tomillo y esparto de toda la agreste y dura zona de Los Monegros, podrían dar fe de aquel estilo de hacer Medicina; tremendamente humanizada, marcada por la voluntad inquebrantable del deber, la solidaridad, el afán de superación, la coherencia total en las actuaciones ( las normas de actuación o conducta deben ser consecuentes con las ideas; si estás con los desfavorecidos, la gente sencilla y humilde, tu vida tiene que serlo también). Todo ello sin esperar recompensa, solo por la sensación que producen las cosas bien hechas, el deber cumplido, la consecuencia con las ideas, sólo así se entiende la alegría que mostraba jugando con sus cinco hijos al caer la tarde, después de extenuantes jornadas de trabajo en el Hospital y fuera de el. Cierto es que con los años llegaron otras alegrías… se popularizó la penicilina y se instalaron los Rayos X.”

      Así podría concluir este cronista que, el Dr. Felix Omeñaca padre, vivió la Medicina plenamente y eso mismo fue vivido en este medio siglo reciente, y complementado por su hijo, el Médico Pediatra Jefe de la Unidad de Neonatología del Hospital La Paz en Madrid, Felix Omeñaca Terés, al que hemos querido acercar a nuestros lectores.

Juan Antonio Casamayor Anoro.

 

La Estación de Ferrocarril de Sariñena


 La Estación de Ferrocarril de Sariñena se encuentra en el punto kilométrico 90,9 entre la línea ferroviaria Madrid y Barcelona. Comenzó a funcionar el 18 de septiembre de 1861, tras su construcción por parte de la Compañía de Ferrocarril de Barcelona a Zaragoza.  Fue una estación de dimensiones considerables, con un potente muelle de carga en relación a la población. Distante de unos tres kilómetros de Sariñena, en su entorno se desarrolló un prospero barrio que gradualmente ha ido cayendo en decadencia con el paulatino abandono de la estación que le dio origen.   

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           La llegada del ferrocarril a Sariñena, a principios de la segunda mitad del siglo XIX, conllevó la presencia y trasiego de numerosos trabajadores y viajeros. El floreciente barrio de La Estación rebosaba vida y actividad, un barrio que nació entorno a la estación,  a una vía férrea de comunicación que implicó una nueva vía de desarrollo y el flujo de ideas políticas y sindicales. En este mismo sentido, la construcción del canal de Monegros también significó un movimiento de trabajadores que despertó conciencia de clase y la necesidad de la revolución social en el medio rural monegrino.

              El  8 de Julio de 1875,  una partida del ejercito carlista, dirigida por Dorregaray, destruyó el puente de hierro sobre el río Alcanadre. Al parecer, el ejercito levantó la vía en el último tramo del viaducto y desde Sariñena lanzó un convoy con 25 unidades, entre coches y vagones, y con tres locomotoras por cabeza y una por cola. “Una vez los reguladores de las tres máquinas estuvieron abiertos a todo vapor, los maquinistas y fogoneros abandonaron el tren, dejando inutilizado el viaducto y la línea férrea” (Antoni Nebot).

Sariñena 8-7-1875

           Así, la estación de Sariñena no fue ajena a los tiempos convulsos de la sociedad española.  Durante la primera década de 1900, el jefe de la estación Agripino Fernández Sisniega, fue expulsado de la compañía a raíz de una denuncia colectiva de varios trabajadores. Eran tiempos de confrontaciones, en que la clase obrera luchaba por sus derechos ante una patronal que no dudaba en mantener su poder y privilegios. De hecho, en la huelga de 1917 fueron expulsados algunos trabajadores, tal es el caso del agente del ferrocarril Aurelio Ruiz Álvarez, quien además: “fue detenido por sospechar pudiera ser uno de los firmantes de la denuncia contra el jefe de la estación”.

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Edificio con la inscripción: Hospital de Evacuación.

            Durante la Guerra de España de 1936 a 1939, la estación de Sariñena sirvió de punto estratégico de enlace entre el frente de Aragón y Barcelona. De la estación llegaban y marchaban las tropas republicanas. Fue un lugar de evacuación de heridos, que aún atestigua la casi desaparecida inscripción de uno de los edificios de la estación. Conocido ha sido el suceso de expulsión de mujeres del frente a Barcelona. Una orden dada por Durruti que culpaba a las mujeres del aumento de enfermedades venéreas entre sus filas: “que causaba más bajas que las balas enemigas”. Un hecho recogido en la película Libertarias de Vicente Aranda.

         Guardias a jornal, maquinistas,  mozos de aguja, mozos de tren,  montadores, guarda-frenos, peones de tracción de ferrocarriles, encendedores o fogoneros del deposito de maquinas, lamperos, electricistas, visitadores del material móvil de la estación, mecánicos, obreros de vías y obras… un numeroso y variado conjunto de trabajadores que conformaron el grueso de la gran compañía de los Caminos de Hierro del Norte en la estación de Sariñena.

            Durante la guerra, en la Estación de Sariñena existió una tienda de comestibles llamada “El miliciano”, gestionada por Miguel Masferrer. También existió un Pub del que no he podido conocer su nombre, tan sólo una referencia incompleta “Pub ..esnite”.

 

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Bombardeo barrio La Estación

     Tras la guerra, muchos trabajadores fueron depurados y en los archivos de Sariñena se encuentran abundantes solicitudes de Informes Políticos-Sociales a personal de la estación. A Julián Sierra Hecho se le atribuyó haber formado parte del comité férreo de CNT y UGT. A José Mora Gómez se le consideró de “Ideas extrema izquierda, afiliado a la C.N.T., activo propagandista del marxismo, voluntario en las milicias rojas y al que se le desconocen actos delictivos”. Antonio Lombarte Val, obrero de vías y obras del ferrocarril se le anotó como “C.N.T. antes del 18 de julio del 36, comunista. Peligroso, perteneció al comité de la estación como miembro, se ignora interviniera en hechos delictivos, elemento peligroso”. A Alejo Sierra Bernad, maquinista del ferrocarril y subjefe del departamento de Sariñena, le avaló el maestro de la estación de esa localidad, Don José Castanesa Escamed. José Clemente Félix, mozo guarda aguja de la estación fue descrito como “de la C.N.T., abandonó su servicio 15 días durante los cuales hizo salidas a los pueblos, después se incorporó a la estación. Estuvo siempre en contacto con los dirigentes de los comités de la estación, fue miembro de la junta de abastos. 12 días antes de la liberación escapó a Barcelona”. Ramón Pérez Larrea, ferroviario: “Afiliado a la C.N.T., miembro del comité del poblado de Sariñena, persiguió a miembros de derechas. Se presentó a mi y a mi hijo una detención falsa y por lo tanto no es digno… con la… de que pague todo el mal que nos ha hecho”… Un largo repertorio de solicitudes de expedientes que evidencian el gran número de trabajadores y su gran actividad sindical y durante la guerra.

           El 25 de marzo de 1938 la Legión Cóndor bombardeó Sariñena y el barrio de la Estación (Sariñena Antigua, Salvador Trallero 2005), “cuatro escuadrillas de tres aviones Heinkel-111”. La imagén del bombardeo al barrio de la Estación de Sariñena está extraída de la web www.borgato.be. 

           A mitad del siglo XX se construyeron dos silos para almacenaje por parte del ministerio de agricultura. Dos edificios de gran envergadura, robustez y hermetismo que configuran el paisaje del peculiar barrio de la Estación, junto a su singular Harinera, construida en 1949, que resulta una esplendida edificación industrial racionalista de posguerra. La estación aún conserva parte de su historia que poco a poco va desapareciendo y olvidando, que tristemente continuaremos perdiendo sino sabemos valorar. ¿Y qué decir de aquel almacén de madera?

Ver: Estación de Ferrocarril de Sariñena, SIPCA.

Concha Bailo Jaso


En Perdiguera, en plena aridez monegrina, la agricultura de secano, el ganado y la viña ocuparon las principales tareas del campo. En este ambiente la mujer no lo tuvo fácil y el duro trabajo fue una constante para sacar hacía adelante sus familias. Concha es un reflejo de aquellas mujeres que trabajaron sin descanso, contribuyendo, en gran medida, a la complicada y delicada economía familiar.

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         Concha nació en 1934 en la localidad monegrina de Perdiguera, en el seno de una familia dedicada a la agricultura de secano, fueron cinco hermanos, cuatro chicas y un chico. Concha fue a la escuela hasta los catorce años y a partir de los diez las lecciones se repetían demasiado, “llevábamos los mismos libros y por las tardes aprendíamos a coser”. Las clases eran separadas, chicos y chicas en diferentes clases.

      Los domingos hacían baile en el bar de casa Felipe, el bar Murillo, era por la tarde, pues por la noche tenían prohibido salir.

         De chica amasaba el pan y lo llevaba al horno para cocer, lavaba a puño duramente en el bazión, preparaba el mondongo en los terrizos, sacaba el agua de los aljibes, gracias a la carrucha, y llenaba los cántaros, entre otras tantas faenas. Entonces, los aljibes los llenaban con cubas los carreteros, pero años atrás eran las mujeres quienes acudían con sus cántaros a buscar el agua a las balsas: “en invierno a la balsa nueva y a la de la villa”. El agua la filtraba con un paño que se volvía rojo debido a unos diminutos crustáceos y unas arañas rojizas que se encontraban en el agua, “otra forma era dejar reposar el agua y después quitar las impurezas posadas en el fondo”.

         Para blanquear la ropa la ponía en agua caliente en un tenajizo, añadía una cuchara de sosa y la dejaba actuar durante un día. Al día siguiente la desinfectaba con un poco de lejía, la aclaraba y la tendía al sol.

         En casa tenían gallinas, ovejas, cabras y tocinos que su madre mataba, hasta cuatro tocinos mataba al año: “¡menudos mondongos hacía!”. Con un candil, Concha subía al granero el pienso para los machos, en casa tenían hasta seis mulas: “cuando se moría un mulo era un drama”. Además, en casa tenían una maquina de tejer y de hacer punto: “mientras una hermana hilvanaba la lana, la mayor cosía”. Hacían arreglos y jerseys de lana por encargo, sobretodo para gente del pueblo y de Peñaflor.

         Concha recuerda cuando llegó la luz a Perdiguera, era muy cría y la chiquillería iba gritando por las calles “¡ha llegado la luz!”, sería a principios de la década de 1940.

         En 1958 se casó con José Murillo Escuer, de profesión agricultor, con el que tuvo cuatro hijos. Anteriormente hubo una serie de años muy malos de sequías y muchas parejas se vieron obligadas a retrasar su compromiso hasta que llegó un buen año.

          A principios de la década de 1960, Concha adquirió una vaca lechera para abastecer de leche a la familia. Pronto algunos vecinos comenzaron a comprarle la leche sobrante y así empezó la vaquería de Concha, que pronto llegó a contar  hasta con veinte vacas lecheras y unos setenta a ochenta terneros. Al principio ordeñaba a mano, se levantaba a las cinco de la mañana, pero con el tiempo adquirió una ordeñadora. Limpiaba el fiemo, ayudaba cuando parían y se encargaba de cuidarlas durante todo el día. Concha montó una tienda, con tan mala suerte, que al año se tuvo que quitar las vacas porque no le dejaban vender la leche en la tienda.

         Por las tardes se juntaban las mujeres en la era para coser, al sol. Llevaban la ropa en unas canastillas y apañaban la ropa, zurcían todos los rotos y descosidos: “¡había que aprovechar mucho la ropa!”.

         Concha recuerda cuando su madre subía al monte para hacer la comida durante la siega. Llegaban a Perdiguera segadores de Murcia, Soria, Albacete… pasaban días enteros en el monte sin bajar al pueblo, alguno solamente bajaba cada cuatro días para subir el pan. Cuando subían algún ternasco lo colgaban de un árbol para conservarlo, para que ninguna alimaña lo arramblara. En la sierra hubo resineros, se hacía leña y hubo carboneros. Las leñas y el vino los bajaban a vender a Zaragoza, lo que fue una fuente de ingresos muy importante para Perdiguera. También bajaban los corderos al matadero de Zaragoza y  vendían la paja para las papeleras zaragozanas, para la fabricación de papel.

         Tras la guerra de España de 1936 muchas mujeres marcharon a Zaragoza para servir en casas. De la guerra, Concha se acuerda de “El Negus”, un avión que bombardeaba la población, gritaban “¡que viene el Negus!”, mientras la gente corría a refugiarse.

“Pan, pa la zorra!” cuando mataban alguna alimaña, como se suponía que era un bien para el pueblo, la gente necesitada pedía por su contribución, alguna recompensa por las casas del pueblo.

         En épocas duras de sequía las balsas se secaban y tenían que ir a la acequia de Villamayor o a las de San Mateo o Peñaflor a buscar agua. José, el marido de Concha, tuvo que ir más de una vez a buscar agua para la vaquería, pues requerían de abundante agua. El agua corriente, a Perdiguera, no llegó hasta 1977, por lo que el agua fue un bien muy escaso que tuvieron que aprovechar al máximo y reutilizarlo los máximo posible.

          Concha se casó de negro, como entonces se casaban todas las mujeres. Se casó con una mantilla blanca en la iglesia de Perdiguera y el banquete lo celebraron en la famosa Posada de Las Almas de Zaragoza. Muchos recuerdos y muchas historias continúan vivas en su memoria, Gracias Concha por abrirnos la puerta de tu casa, por enseñarnos nuestra memoria y nuestro pasado, a la vez tan lejana y a la vez tan próxima que indudablemente nos agranda y enternece el corazón con tu extraordinaria y entrañable semblanza. ¡Gracias Concha!

            Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Constantino Escuer Murillo.

 

Los inicios de la colonización en Los Monegros


         En 1170 el  rey Alfonso II de Aragón concedió a la villa de Sariñena un privilegio de población para colonizar el término municipal. Así, en 1683, una concordia entre la villa de Sariñena y sus aldeas, facilitaba el aprovechamiento de la dehesa colonizada. Pero, atendiendo a uno de los capítulos de la concordia “siempre que se reúnan de cinco vecinos arriba o cinco por lo menos en cada Monte, se les haya de restituir su boalar”, José Narciso Comenge entendió que dicha concesión no se cumplía y presentó su propio proyecto para repoblar el monte de Moscallón y cinco aldeas despobladas de la Villa de Sariñena. Fueron los inicios de la colonización de Los Monegros que acabó con la construcción, entre los años 1950 y 1970, durante el régimen dictatorial franquista, de diez nuevos pueblos monegrinos: Sodeto, Cantalobos, La Cartuja de Monegros, San Juan del Flumen, San Lorenzo del Flumen, Curbe, Frula, Montesusín, Valfonda de Santa Ana y Orillena. En este artículo nos adentramos en los inicios de la colonización de Los Monegros, un fascinante episodio de nuestra historia. 

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         “El 18 de noviembre de 1788, Narciso Comenge propuso repoblar el Monte de Moscallón y cinco despoblados donde en el pasado habían existido las aldeas denominadas Moncalvo, La Sardera, Salaver, Celadisa y Miranda que, en fecha indeterminada, habían sido abandonadas y de las que quedaban únicamente algunas ruinas. De los cinco despoblados, el de mayor extensión era el de Moncalvo, con una pequeña parte de sus Tierras propiedad de la Cartuja de las Fuentes, seguido por el de Miranda, La Sardera y Salavert, siendo el de Celadisa el más reducido y el único con tierras de mediana calidad, ya que gran parte de la superficie sólo era apta para pastos de ganado lanar y caprino.”

Enrique Giménez López

         José Narciso Comenge Gascón fue un rico terrateniente de Lalueza que residió en Madrid donde ejerció funciones de Tesorero de los Príncipes e Infantes durante la época de Carlos III. La familia de los Comenges fueron los principales benefactores en la construcción del monasterio de la Cartuja de las Fuentes (Los hermanos Comenge, benefactores de la Cartuja. por Alberto Lasheras).

            De primeras, la aparición documental del poblado de Moncalvo resulta de gran relevancia e importancia, debido a que nos encontrábamos ante un poblado olvidado, sin historia y sin ninguna referencia documental. El poblado de Moncalvo aparece junto a las aldeas Salaver, Miranda, La Cenadilla y La Sandena, pertenecientes a la villa de Sariñena, en un expediente de la casa Ducal de Híjar-Aranda, fechado el 30 de enero de 1799. Aquel desconocido y a la vez fascinante episodio de colonizaciones nos lleva inevitablemente a conocer el estudio de Enrique Giménez López de la Universidad de Alicante y su obra “Fuero Alfonsino y Fuero de población de Sierra Morena en los proyectos de colonización de la Corona de Aragón en la segunda mitad del siglo XVIII”, del que obtenemos la gran parte de información que comprende el presente artículo.

         Narciso Comenge decidió reclamar los terrenos concedidos por el rey Alfonso de Aragón para su colonización, un territorio muy extenso que abarcaba casi la totalidad de la comarca de Los Monegros, afectando a varios municipios de la comarca. Apoyado por el corregidor de Barbastro, Vicente Samper, a quien unía lazos familiares con Narciso Comenge, elaboró en 1790 un informe que hizo suyo el Intendencia de Aragón: “la Dehesa que se intenta repoblar tiene la proporción de lefias, pastos, aguas y demás correspondiente para ello, y finalmente que la repoblación es muy útil e importante al Reino, a la Real Hacienda, y a la causa pública”.

         En junio de 1790, el Consejo de Castilla concedió la gracia a Narciso Comenge para la ejecución de su proyecto. “El proyecto de Narciso Comenge era de crear una nueva población en los Monegros, en las inmediaciones de Sariñena, distribuyendo a cada colono una parcela de tierra de 53 fanegas, de las que 50 estarían dedicadas a cereal, y las tres restantes estarían regadas para cultivar hortalizas, legumbres y alfalfa. Al igual que los colonos de Sierra Morena, los nuevos pobladores de Monte de Moscallón, lugar de ubicación del poblamiento, estarían exentos durante una década del pago de impuestos reales. Para su trabajo y subsistencia, cada poblador recibiría dos bueyes y utensilios de labranza, ocho gallinas, un gallo y una cerda, y se le asignarían 30 árboles de la margen del río para que pudiera utilizar la leña de la poda.” Pero para Enrique Giménez López estas disposiciones eran pura apariencia y Comenge tenía un objetivo puramente especulativo lejos del espíritu inspirador del Fuero Poblacional de Sierra Morena.

         Afortunadamente, el 24 de agosto de 1790, el Consejo de Castilla dictaminó que debía de dar audiencia a la villa de Sariñena, abriendo las puertas a la vía contenciosa, dando voz a los afectados y poniendo en peligro la viabilidad del proyecto. De hecho, el Consejo propuso modificar determinados capítulos de la propuesta, poniendo al descubierto los fines especulativos que perseguía José Narciso Comenge.

         “Pero a diferencia de otras iniciativas pobladoras, todo lo referido lo recibían los colonos no como donación, sino como préstamo. El importe de la casa, animales, aperos, grano y legumbres debían ser restituidos a partir del quinto año con un interés del 3 %, canon que dejarían de abonar caso de devolver el capital. El cáñamo, lino o lana debía ser abonado por el colono al contado para podérsele ser entregado. Los gastos de la administración de justicia, mantenimiento del edificio del ayuntamiento y cárcel, así como pago del médico y cirujano, debían correr a cargo de los colonos. Para ello Comenge les dotaba de 40 fanegas de propios, a la que añadía la pintoresca obligación de que “se cultivarán como carga concejil en los días festivos por la tarde con el debido permiso del párroco”, otras 40 fanegas con las que dotar un establecimiento piadoso, además de una dehesa “en cantidad suficiente”, pero indeterminada, para pasto de los 60 bueyes y 30 cerdas que constituían el grueso del ganado mayor en el origen del establecimiento. Además de la consabida obligación del colono a cultivar adecuadamente la tierra que le hubiera correspondido, con la posibilidad de perderla en el caso de abandono o cultivo descuidado, los capítulos de población se referían con minuciosidad a las limitaciones que el colono tenía sobre el dominio útil de la tierra asignada, con el fin de evitar la división de la parcela. La herencia siempre recaería en el primogénito o en el pariente que le correspondiera por línea directa. En el caso de carecer de hijos o parientes directos, el dominio útil podría traspasarse a otro familiar siempre que se avecindara en el pueblo, previo pago del vigésimo de su valor. En el caso de querer enajenarlo, le estaba permitido -a excepción de que fuera a manos muertas-, siempre que abonara la décima parte de ese mismo valor.”

Enrique Giménez López

         Pronto se ejerció una fuerte oposición al proyecto colonizador de Comenge: el cabildo eclesiástico de Sariñena, el convento de Nuestra Señora del Carmen de monjas carmelitas, los monasterios de la Cartuja de las Fuentes y de Nuestra Señora de Sijena y de las villas de Sariñena, Lanaja y de Castejón de Monegros, y de los lugares de Sena, Villanueva de Sijena, Tormillo, Castelflorite, Peralta de Alcolea y Cabdesaso, además de la duquesa viuda de Villahermosa, Martín del Castillo, titular del señorío de Villanas, el conde de Aranda y el obispo de Huesca muestran su firme oposición.

Lanaja, cuya única riqueza eran las más de 46.000 cabezas de ganado que poseían,por ser el terreno “seco, árido, áspero y en parte peñascoso”, también recurrió el proyecto colonizador.

         En marzo de 1791 se interpuso un recurso al Consejo, que dio paso a la Audiencia de Aragón. El uso y aprovechamientos de aquellas tierras era vital para la supervivencia de aquellas gentes, que veían amenazados sus intereses y que duramente lo trasladaron en numerosos escritos y recursos, en esta línea resulta relevante el escrito de las poblaciones de Sena y Villanueva de Sijena que así se manifestaban:  “…que todo el aumento que se presentaba de población en el proyecto era de 30 miserables y un pueblo de 30 albergues para otros tantos infelices que serían el espectáculo de la miseria sin necesitarse de otra prueba que las condiciones con que habían de ser admitidos, insoportables por ellas mismas en un hombre libre”.

         La fuerte oposición produjo que el Consejo, el 25 de junio de 1798, aconsejase suspender el proyecto colonizador “su ejecución acarrearía graves perjuicios al Estado y a terceros; que de ella se seguiría necesariamente la despoblación de Sariñena, y la ruina de tantos vasallos libres como en el día enriquecen su Real Erario, y que éstos son acreedores a que el Corregidor de Barbastro le satisfagan las costas que les han causado”. La suspensión del expediente se trasladó a la Sala Segunda de Gobierno poniendo fin al proyecto especulativo de José Narciso Comenge.

         “La extrema escasez de agua en los Monegros, el coste desmesurado para poder canalizar agua hasta las tierras desde unos ríos de escaso caudal y sujetos a fuerte estiaje, y la reducida calidad de la tierra, hacían inviable la posibilidad de subsistencia de la nueva población: Qué aliciente pueden tener los 30 colonos para transferirse con sus familias y pertenecer en él sin más auxilios que los de una agricultura limitada y unos frutos inciertos dependientes de la casualidad de las lluvias”.

Enrique Giménez López

         Los Monegros, tierra árida y dura, continúa luchando contra la despoblación, sobreviviendo en la historia junto a sus nuevos pueblos de colonización. La familiaridad y la convivencia, la unión y la conciencia de territorio son las grandes virtudes y valores de esta tierra y su gente. Seguro que la historia hubiese sido distinta si aquellos pueblos hubiesen vuelto a nacer, aquellos pueblos que volvemos a nombrar Moncalvo, La Sardera, Salaver, Celadisa y Miranda. Con la sensación que quedan muchos por nombrar y ante todo nunca olvidar.

  • Documentación:

“Fuero Alfonsino y Fuero de población de Sierra Morena en los proyectos de colonización de la Corona de Aragón en la segunda mitad del siglo XVIII” por Enrique Giménez López de la Universidad de Alicante y publicado por la Revista de Historia Moderna, Anales de la Universidad de Alicante.

Carmen Pueyo Dueso


Tiene 90 años en la actualidad y es viuda del que fuera su consorte D. Fausto Gonzalvo Mainar, Director del Grupo Escolar de Sariñena, en las décadas 50 y 60 del pasado siglo. Por Juan Antonio Casamayor Anoro.

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Carmen Pueyo de maestra con el grupo escolar de Sariñena, año 1959. 

      A pesar de su largo trayecto de enseñante en Sariñena, hasta la edad de su jubilación, la maestra reconoce que su vocación de seguir impartiendo clase y formando a los jóvenes no ha disminuido y aún afirma que le gustaría seguir en las aulas formando chicas y chicos como en sus buenos tiempos. Yo me he sentido muy gratificada a lo largo de aquellos ( casi 50 años ), en que estuve ejerciendo, hasta que me tocó optar por la jubilación.

        Su madre de hecho le inculcó el amor por el Magisterio al que se dedicó y más tarde sería ella, la protagonista de este reportaje, quien recogiera la vocación de ésta. Con ella, su progenitora, vivió en la casa de la Travesía del Enado nº 1, y la cuidó hasta su fallecimiento y es en la misma casa familiar donde reside hoy la maestra.

     Cuenta Carmen Pueyo, que tras de cursar Magisterio en las Teresianas de Zaragoza, ejerció en las escuelas rurales de Bubal, en el valle de Tena, en la villa de Tardienta, de Pertusa y después en la localidad próxima al nudo ferroviario de Selgua, Monesma de San Juan, localidad a la que se desplazaba cada lunes en el tren, desde Sariñena y enlazaba después con su bicicleta, la cual guardaba en la estación del ferrocarril. De allí por caminos inhóspitos pedaleaba durante casi una hora hasta la escuela del pueblo, en el que residía durante la semana. El esfuerzo era importante y las condiciones de vida duras, debido a las escasas comodidades existentes en las casas del pueblo en que nuestra maestra impartió la enseñanza durante casi 40 años. Mi vocación por el magisterio me compensaba sin embargo y en ningún momento pensé en abandonar, – cuenta Carmen –  aunque la compensación económica de los maestros era bastante exigua por aquel entonces. Unas 600 ptas. al mes, era lo que percibía y debo admitir que me podía permitir muy pocos ratos de ocio y mucho menos practicar algunas aficiones que estaban entre mis preferencias, desde mis tiempos de enseñante en el Pirineo oscense. Este es el caso del esquí, que siempre  había deseado el practicarlo.

     Y algo que me fue muy difícil de realizar, viajar a las Fiestas del Pilar de Zaragoza, que más tarde realizaría con mi esposo, aunque Fausto no era un hombre de “muchas fiestas”.

      De los años vividos en Momesma de San Juan – resalta la maestra-  lo complicado que era mantener una higiene aceptable dadas las carencias de instalaciones adecuadas en las casas. Los orinales en las habitaciones y los vertidos en el corral de nuestros excrementos eran lo cotidiano y las camas habían de calentarse con elementos muy rudimentarios.

     ¿Quizá hubiera de calentar un ladrillo, o una botella, con los que elevar la temperatura de la ropa de la cama – le preguntamos?

     – Y duda,…. pero nos sonríe al responder,….”El frío en invierno era penoso de soportar y las estufas y los braseros eran elementos casi de lujo”. Todo ello, -refiere- lo viví en primera persona.

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Juan Antonio Casamayor y Carmen Dueso.

     Pero mi deseo más importante era venir a Sariñena, bastante difícil por lo que representaba el acceso a una localidad de importancia, Cabeza de Partido en la Organización Territorial de entonces y la suerte se me acercó, al conocer a quien sería mi esposo, Fausto el Director del Grupo Escolar, en unas jornadas de teatro que se organizarían en la villa de Sariñena. Solicitar la plaza de hecho, lo pude hacer, “por concurso de consorte”, al desposarme con el Director D. Fausto Gonzalvo Mainar, un hombre de recia personalidad, que pesó bastante en mi ánimo de hacerlo mi esposo, en octubre de 1957.

     Dña. Carmen que es una mujer de gran entereza y carácter, con algo de ironía en sus apreciaciones, -no duda en afirmar– como tomó su decisión de desposarse, para poder venir a ejercer la enseñanza en Sariñena. De hecho, tras de su solicitud y aceptación de la misma, obtuvo la plaza en propiedad ( como ella había deseado siempre ) y dedicó el resto de sus años de ejercicio a la docencia, en la Escuela en que había enseñado también su madre, María Dueso.

    Dña. Carmen no tuvo descendencia y ello le permitió una gran dedicación a la profesión que tanto amaba, introduciendo algunas disciplinas deportivas en las clases habituales como la gimnasia, -que reconoce– era muy apreciada por las chicas del Grupo Escolar de Sariñena.

     Muchos son los alumnos y alumnas que esta buena maestra tuvo bajo la batuta de su disciplina y varias las anécdotas que de algunos recuerda, así que,… concluir esta historia para nuestro Blog de Mujeres Monegrinas, con algún recuerdo acerca de anécdotas que vivió a través de sus alumnos, nos gustaría mucho referirlas, si bien deseamos respetar su memoria, y sólo rememorar la entereza de esta maestra singular de Sariñena, Dña. Carmen Pueyo Dueso.

     Los desvelos de esta gran mujer y cuanto hizo conjuntamente con su consorte D. Fausto Gonzalvo, por nuestra formación. La nuestra  y la de muchos otros sariñenenses, quedan implícitos en la personalidad y formación de los autores de esta historia.

Juan Antonio Casamayor Anoro

 

     Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Juan Antonio Casamayor por participar aportando una entrañable y magnifica entrevista, gracias Juan Antonio!.

 

Reflexiones de Domingo Lana Novellón


                       Aficionado al guiñote, butifarra, lectura, guitarra,  poesía  y ajedrez, Domingo pasa las primeras horas de la tarde en el casino practicando alguna de sus aficiones favoritas y después se acerca a conversar en las tertulias que se forman en el Centro Social. Por M. A. Corvinos Portella.

Domingo Lana

Domingo Lana Novellón

  -Allí quedamos en vernos para hablar de su vida y enseguida comienza  por el principio  haciéndome un resumen de sus datos familiares.

  Mi padre fue Manuel Lana Laín, mi madre era  Felisa Novellón Peralta de casa Codaneta y mis hermanas Felisa y Pilar. Nací el 4 de agosto de 1933 en el número 13 de la calle La  Rosa. Estoy casado con Nieves Lacuna Vicente de casa Marianeta a la que conocí cuando tenía 13 años  y aún iba a la escuela. Por lo tanto llevamos 59 años juntos y hasta el día de hoy hemos sido muy felices, por lo menos por mi parte (sonríe).  Hemos tenido dos hijos, Sergio y Blanca, de los que estamos muy orgullosos.  Nieves y yo hicimos  el viaje de novios en tren por Lérida y Barcelona hasta la Costa Brava donde vivía mi primo Pedro Novellón.

  Mi padre no me pegó nunca, ni siquiera me “carrañó”, siempre razonaba las cosas. Era muy casero y no le gustaba ir por las tascas.

  Mi madre fue muy trabajadora y regentaba una casa de comidas en la calle La Rosa. Era una gran cocinera y tenía mucha clientela, la recuerdo como una gran madre.

-Os dicen de casa “Codaneta”, ¿de dónde viene este apelativo?

  Mi abuelo se llamaba Pedro Novellón Codana y si a ese segundo apellido le añades el sufijo monegrino eta ( seguramente significará el hijo pequeño de casa Codana). Eso me parece lo más probable.

-Después de estas disquisiciones iniciales me cuenta sus vivencias en las escuelas  

nacionales y otros asuntos escolares.

   En cuanto a mí te diré que empecé a estudiar como todos en las nacionales, aunque luego mis primos, Casimiro Lana que era ingeniero químico de gran prestigio, profesor y político republicano  en Barcelona y Paco Lana médico en Zaragoza, le aconsejaron a mi padres que estudiara bachillerato. Mi padre aceptó de buena gana los consejos y se vendió una talega de judías para poder comprar los libros, luego me matriculó en la academia de don Valentín González en la calle Ugarte. También marchaba a pie  tres días  por semana al barrio de la Estación a estudiar con un cura vasco llamado don Pedro. Era muy culto, sabía tres idiomas y era una persona excelente. Debo decir que tanto el uno como el otro, al ver las dificultades económicas que padecíamos en casa, no quisieron cobrar a mi padres y yo correspondía aprovechando las clases.

  Recuerdo una anécdota que me sirvió de enseñanza para toda la vida… Debía tener 9 o10 años cuando ocurrió…, aquel día no me había podido aprender la lección de Geografía de Europa y, por supuesto, no me la sabía, llegué a clase y al comprobar don Pedro lo que pasaba,  me dijo una frase que me llegó al alma y que siempre he recordado:

-¡Parece mentira Domingo que sabiendo lo que le cuestas a tu padre no te sepas la lección!

  Aquella noche apenas dormí por la angustia que sentía debido el fallo cometido y también por las horas que estuve estudiando aquel tema. Han pasado muchos años y todavía soy capaz de recordar la anécdota y la lección.

Al día siguiente llegué a la Estación y le espeté entre eufórico y respetuoso:

-¡Ya me la sé!- y sin dar tiempo a otra cosa fui repitiendo sin pestañear aquellos países europeos y sus capitales que el día de antes se me habían atragantado.

 Al final, todo aquel año de esfuerzo y estudio  me sirvió  sólo para adquirir cultura puesto que llegó la hora de matricularme y no lo pudimos hacer porque no disponíamos del dinero suficiente.

  Me dio una gran rabia, me eché a llorar,  metí los libros en una caja que aún guardo y que ya no la he vuelto a abrir.

  Ahora puede parecer una tontería, pero mi primer viaje a Huesca quedó cancelado y no conocí la capital hasta que me sortearon para hacer la mili.

-Por supuesto que en su memoria aparecen nombres propios con sus pequeñas historias y de los que guarda certeros recuerdos estudiantiles.

  De los maestros de las nacionales tengo muy buen recuerdo de don Martín, un maestro que tenía una gran cultura y que también sabía enseñar. Era muy serio.

   Y otro que me viene a la memoria, eso sí, totalmente opuesto al anterior, era don Carlos Canela, un hombre muy elegante con cierto parecido a Xavier Cugat. Lo recuerdo con sombrero, traje marrón y dos maletas de cuero que utilizaba todos los lunes y viernes para ir o volver en tren a Almacellas  Allí tenía una fonda y  las maletas las llenaba de productos de primera necesidad como aceite, judías, garbanzos, etc.  No sé si esos productos les daba salida en su fonda o se dedicaba al estraperlo. Como viajaba en primera e iba tan arreglado nunca sospecharon de él.

  Muchos viernes don Carlos dejaba el trabajo a mi cargo y se marchaba picándose también las clases de los sábados. Yo hacía lo que podía, recuerdo que enseñé a multiplicar y dividir por dos cifras a José Antonio Gascón y a alguno más de la clase, también hacía los dictados. Recuerdo que una vez me lo dejó escrito en catalán y no entendía nada, menudo chasco.   Los lunes por la mañana volvía a suceder lo mismo porque el tren nunca llegaba a su hora.

  Era tan “pincho” que cuando nos daba trabajos manuales cortaba los cristales con el anillo, por lo que me figuro que la piedra debía ser un diamante.

-La posguerra fue una etapa muy difícil para casi todos, quizá más para los niños porque tenían que compaginar escuela y trabajos para la economía familiar.

   Yo nunca fui un crío, salía de la escuela y marchaba a trabajar al campo. Igual hacía sogueta que “aclarecía” remolacha o cualquier otra cosa de la huerta.

  A los once años tuve que dejar la escuela.

-Me explica qué es lo de aclarecer remolacha.

  Lo de aclarecer remolacha se hacía cuando, después de haber sembrado varias semillas en un mismo hoyo, al nacer estas, arrancabas las plantas menos fuertes y dejabas sólo una.

– Su padre Manuel Lana fue un referente para Domingo.

   Mi padre trabajó 19 años en la contrata de la RENFE para cargar o descargar el carbón de las máquinas de tren. No fue a la guerra, pero estuvo movilizado en ferrocarriles. Cuando iban a llegar los nacionales a Sariñena marchamos toda la familia en el tren hacia Cataluña.  Al llegar cerca de Suria  nos dirigieron hacia Barcelona. Allí el asunto pintaba muy mal y después de varios días el hambre empezó a hacer mella en mis  dos hermanas y en mí, por lo que mi padre pidió permiso para volver a Sariñena. Le advirtieron que no lo hiciera, más que nada por el parentesco con el político republicano Casimiro Lana, pero no hizo caso y volvimos. Al llegar al pueblo lo echaron de la RENFE y no tuvo más remedio que trabajar los huertos de los abuelos y el secano de Las Almunias. El primer año y  mientras crecía lo que habíamos sembrado y plantado las pasamos canutas. Mientras tanto yo iba aprendiendo el oficio de agricultor.

  Con el tiempo mi padre pasó a  trabajar en Regiones Devastadas “escachando” casas en ruinas o levantando el barrio nuevo de detrás del cuartel y yo me dediqué al campo.

-Me cuenta las faenas que hacían en el monte y una inquietante anécdota.

 Yo seguí de agricultor y compramos dos burros y dos machos para trabajar mejor el secano de Las Almunias. Recuerdo que con 14 años me quedé a dormir sólo en la paridera y en ese “bautismo iniciático” dormí poco,  sobre todo por el miedo que pasé sin luz, con el roer de las ratas y con las historias de maquis que aún se contaban  Lo que ocurrió nunca lo tuve muy claro puesto que o bien mi padre calculó mal el tiempo o me engañó. El caso es que me dijo que le esperara mientras él se iba a regar a los “Chamarcales” y ya no volvió a buscarme. De todas maneras antes no se tenían tantos miramientos con los críos.

  En el mes de febrero íbamos  a “romper” la tierra; en los meses de marzo y abril a “mantornarla”  y a “terciarla”; en verano a segar y en otoño a sembrar. Para no tener que perder el tiempo yendo y viniendo,  permanecíamos varias semanas en las Almunias. Vivíamos en la masada con lo más básico  hasta que terminábamos los trabajos, aunque los domingos los pasábamos en casa.

 Cuando íbamos en verano a segar o trillar primero ayudábamos a mi tío Juan y después él nos devolvía el favor.

 Estos trabajos los combinábamos  con los de las huertas. Los animales del corral los cuidaba mi madre.

-Como mi vocabulario agrario es muy limitado, me explica pacientemente el significado de esas palabras del campo.

   Romper la tierra era labrarla con una orientación específica, se hacía de Este a Oeste, o sea del lugar de la salida del Sol a su ocultación; mantornarla era hacer los surcos  de Norte a Sur y terciarla era hacer la tercera labor de labranza haciendo los surcos más abiertos. Estas técnicas, que ahora no se usan, mejoraban la tierra y las cosechas.

   Para hacer  rectos los surcos teníamos nuestro truco…, tomábamos un punto de referencia allá lejos en la sierra y mientras labrábamos no lo perdíamos de vista y nos salían bastante rectos.

-Las comidas en el monte no eran demasiado variadas, pero si energéticas.

   El menú del monte en los meses de invierno generalmente era “judías de careta” para almorzar, judías blancas para comer y sartenada de patatas para cenar. Los mayores bebían  vino y los demás agua del pozo artesiano que teníamos y que se surtía de algún manantial interno.

   En el hogar  siempre había un  puchero con judías enriquecido con “ensundia” y alguna otra cosa más. Aquel puchero estaba todo el día “enronado” con ceniza, .hirviendo poco a poco. Como no había madera echábamos en el hogar cualquier cosa que ardiese, generalmente “granza”, o sea la mezcla  de paja larga y gruesa, espigas y grano sin descascarillar que quedaba después de aventar .

  Teníamos en la masada, colgada del techo con una cuerda la “garrancha” que no era otra cosa que una cesta llena de alimentos. La cesta tenía por la parte superior un plato a modo de tapadera, estaba agujereado por el centro para que pasara la cuerda. Este artilugio hacía precipitarse al suelo a las ratas que se atrevían a bajar. En un rincón había una tinaja con tape llena de cebada para los machos y burros y en ella también guardábamos algunos alimentos. Cada noche nos levantábamos dos veces para dar  de comer a los bichos.

-Le pregunto por el pozo de donde bebían el agua.

  Mi tío Juan Lana tenía en el monte un pozo de “calera”. Este tipo de  pozo es distinto porque recoge superficialmente  las aguas de lluvia. Se lo había mandado hacer al “Can-Can”. El nuestro, como te he dicho era artesiano y se surtía de aguas subterráneas.

  Ahora ya no se pueden beber agua en el monte.

-Al final me habla de la mili y de la otra profesión que ha ejercido  durante tantos años y que le ha granjeado el cariño de muchas personas.

 Tuve suerte con la mili porque gracias al sorteo fui “excedente de cupo” y sólo hice tres meses de campamento en Arguís. Vivíamos en tiendas de campaña, hacíamos prácticas de tiro, caminatas e instrucción y nunca bajamos a Huesca. Soy de la quinta del 54-55 como Jorge Anoro, Jesús el “Roso”, Ullod, Joaquín Gilaberte, Luis Mairal, Antonio Mir, Antonio Maestro, Cucalón…

  Años más tarde, a mitad de los sesenta,  me hice profesor de autoescuela y durante más de cuarenta estuve enseñando a conducir a mucha gente de Sariñena y comarca. Ahora el negocio familiar  lo llevan mi hijo Sergio y mi nuera Sandra.

  Y para compaginar todas las tareas agrícolas con las estaciones compuso una larga poesía que me recita sin dudar, pero que no me deja publicarla, quizá más adelante…

  Por último no me queda más que darle las gracias por su amabilidad  y por  compartir con todos nosotros retazos de una vida preferentemente dedicada a su familia, a su autoescuela, al dance y a sus amigos.

A. Corvinos Portella