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Ángel y Jesús, memoria viva de la sierra de Alcubierre.


Jesús Perez Casamayor nació en Alcubierre en 1935. De mozo, con diecisiete años, se dedicó a cuidar las mulas de casa y a plantar pinos en la sierra de Alcubierre. Salían andando a las seis de la mañana de Alcubierre y sobre las ocho de la mañana tenían que estar por San Caprasio, fue en 1952 y les pagaban 25 pts al día. 

Ángel Lacruz Escanero nació en Alcubierre en 1932 y a los doce años fue pastor hasta los veinticuatro años, luego trabajó como labrador en casa de Ángel Cajal, en casa Biescas.

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Jesús y Ángel han estado muy ligados a su pueblo y a la sierra de Alcubierre, en la que han desarrollado diferentes labores y ocupaciones. Han sido testigos de diversos acontecimientos que nos ayudan a entender la esencia, historia y vida más reciente de la esplendida y a la vez desconocida sierra de Alcubierre. Diferentes reseñas históricas de la hemeroteca del “Diario de Huesca” acompañan el presente artículo, contextualizando la valiosísima información que los entrevistados han aportado. Muchas gracias Ángel y Jesús.

Jesús subía a la sierra para plantar pinos, subían trabajadores desde Alcubierre y de Lanaja. De Lanaja subían cuadrillas de unos veinte hombres que se quedaban a dormir por la sierra. De Alcubierre, los trabajadores subían y bajaban el mismo día. Para la plantación ahoyaban primero con la jada, hacían los hoyos cada dos metros y luego plantaban con pino carrasco. En el camino a San Caprasio aún se encuentra la caseta de los forestales, donde se ubicó el vivero forestal. Entonces los guardas forestales también subían andando a la sierra, vigilaban y se encargaban de todo lo que afectaba al monte. Había pinos enormes por la sierra y  los forestales median el diámetro y la altura de los pinos que cortaban. Con un tronzador cortaban los pinos y los bajaban arrastrando con mulas hasta el camino donde los cargaban en el carro. Sorteaban lotes de pinos, unos tres pinetes por papeleta, aunque “por no faltar la verdad” el reparto no resultaba muy equitativo y justo. Algunos llenaban el carro hasta que casi se escachaba y otros les bastaba con una mula. Las copas de los pinos la gente no las quería, las carrascas y los quejigos no dejaban ni tocarlos, aunque con el tiempo fueron algo más permisivos. Las ancianas del pueblo decían que antiguamente los pinos llegaban hasta el cementerio. Eran otros tiempos, cada año caían de dos a tres nevadas buenas. Se gastaba mucha leña, sobretodo bajera, coscojo y romeros. Ángel y Jesús recuerdan oír hablar de antiguos carboneros por la sierra, pero no los llegaron a ver: “Entonces el monte estaba muy trillado”. A Ángel le contaban que el carbón lo llevaban a Zaragoza, donde lo cambiaban por judías y otras cosas.

Información del Diario de Huesca, del 28 de diciembre de 1879, que cuenta las numerosas cantidades de árboles de grandes dimensiones que por aquellos tiempos eran objeto de concurridas subastas:

Se proyectan grandes cortas de árboles en las hoy cuasi impenetrables selvas de las sierras de Castejón de Monegros, Alcubierre, Lanaja y Almudévar, calculando en cuatro millones el número de pinos que pueden ser explotados en aquellos bosques, sin perjudicar para nada el arbolado.

Dadas las grandes dimensiones de los árboles, pues los hay que tienen sesenta y un metros de circunferencia y la excelente calidad de la madera, es de presumir que la concurrencia a las subastas, que se celebraran el 30 de febrero del próximo año, será mucha y se obtendrán en ellas fabulosos resultados.

* En la noticia hay un error con la dimensión de los árboles al atribuir una circunferencia de “sesenta y un metro”, una medida completamente imposible.

Por la sierra había lobos y alimañas que causaban daños en los ganados. Para matar los lobos se solía colocar carne envenenada por el monte. El padre de tío Marino ponía una bandereta en cada trozo de carne con veneno para el lobo, una vez un hombre estuvo a punto de llevarse el cebo para comer, menos mal que consiguieron avisarle a tiempo. Ángel fue rebadán con el tío Marino: “Entonces él tenía sesenta años y contaba que cuando era joven había lobos”.  Todos los ganados llevaban mastines, por lo menos tres juntos y los lobos conocían los rebaños por las esquilas. El tatarabuelo de Carmen, la mujer de Ángel, mató a cuchillo una loba por la balsa de la Ontina y por aquello se ganó el apodo de “Matalobos”, a su madre la conocían como María la Matalobos.

Información del Diario de Huesca, del 31 de enero de 1890, sobre “Fieras envenenadas”:

Digna de imitar es la medida, tomada por el alcalde de Alcubierre, que, autorizado por el señor gobernador civil de esta provincia, y después délos anuncios exigidos por la ley de caza, dispuso la colocación de carnes envenenadas con estrignina en determinados sitios de aquel término municipal, consiguiendo disminuir notablemente el número de animales dañinos que tan considerables perjuicios causaban en los ganados de aquella comarca, puesto que, además de muchas aves carnívoras, han sido recogidos 4 zorros, 6 zorras, y 2 lobos muertos por envenenamiento; siendo de suponer que algunos más habrán ido a morir en los montes circunvecinos. Si, como creemos, se pide y otorga nuevo permiso para continuarla caza por tan expeditivo medio, y coadyuvan al mismo laudable fin, los pueblos inmediatos á la sierra de Alcubierre, pronto se verá ésta libre de alimañas, y particularmente de lobos, que hace algún tiempo ponen en cuidado á los ganaderos y aun á las personas que, aisladas, tienen necesidad de internarse en los montes.

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En 1942 se produjo un gran incendio forestal que afectó  duramente a la sierra, desde San Caprasio hasta Valmayor. El padre de Jesús se encontraba haciendo leña por el corral de José Usieto, por la plana de las yeguas, con el carro y las mulas. Era la mejor zona, donde se encontraban los pinos más grandes. Aquel día hacia mucho bochorno y de repente  el tío Jorge “el Cantador”, que era guarda municipal de la sierra (había un guarda del Ayuntamiento. aparte de los forestales del Estado) les avisó y le dijo de enganchar las mulas y tirar p´abajo: “Que venía el fuego en pleno desde Farlete”. Ángel recuerda que se veía todo San Caprasio en llamas desde Alcubierre, se apagó gracias a que se volvió el aire: “Subían camiones llenos de gente a la sierra a apagarlo”.

También hubo un incendio importante, aunque mucho menor que el anterior, en la zona de las Labaneras, subiendo desde Alcubierre a Lomagorda: “Subieron de alcubierre y de lanaja a apagarlo”. Podemos situarlo a mediados de la década de los ochenta del siglo pasado. Otro incendio fue por el galacho de Paco Ramón, que está por el camino de pozo Pablico. A Jesús le tocó subir a apagar algún que otro incendio, una vez se quedó dos noches a vigilar, iban con palas de goma, azadas y palas: “Los que trabajaban “en los pinos” tenían que ir siempre a los incendios, antes iban todos”.

Información del Diario de Huesca, del 5 de agosto de 1931, cuenta el suceso de un incendio forestal en la Sierra de Alcubierre:

En el incendio del que dimos cuenta hace unos días, de la Sierra de Alcubierre, se quemaron unos 500 árboles pequeños y leña baja. El incendio fue casual.

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Tras el gran incendio de 1942 se tuvo que repoblar la zona afectada, pero la sierra de Alcubierre ya contaba con una larga trayectoria en repoblación forestal. La sierra de Alcubierre, a finales del siglo XIX, presentaba una seria y preocupante deforestación, así lo refleja un pequeño escrito en el Diario de Huesca del 15 de noviembre de 1876: Un impulso desconocido, una aversión al arbolado, que parece innata en nosotros, nos ha movido con vertiginosa rapidez á destruir matorrales, selvas y bosques. Muchos trozos de la parte baja de la provincia estaban cubiertos de espesos arbustos en los últimos años del primer tercio de este siglo: en la sierra llamada de Alcubierre abundaba por do quiera el romero, la sabina y el pino. ¿Qué se ha hecho de toda aquella espesura? La sed insaciable de roturar la ha destruido. La manifiesta deforestación llevó en septiembre de 1891 a la Diputación Provincial de Huesca a solicitar al Ministerio de Fomento su repoblación. Diario de Huesca del 7 de marzo de1892: Por la jefatura del distrito forestal de Huesca se ha enviado a la Dirección general de Agricultura un anteproyecto de repoblación de la sierra de Alcubierre, perfectamente estudiado en todos los puntos que pueden facilitar el planteamiento de una mejora tan convenientísima para los intereses públicos. El Distrito Forestal de Huesca redactó el Proyecto de Repoblación forestal de la Sierra de Alcubierre en 1925, aunque parece que su aprobación nunca llegó. Con el Plan de Repoblaciones de 1928, una superficie de 5.000 hectáreas fue comprometida para repoblar, en un plazo de 10 años, de pino carrasco, aunque también se planteó la utilización de robre y esparto. El ingeniero de Montes encargado de las repoblaciones forestales de la Sierra de Alcubierre fue Enrique de las Cuevas y Rey y en su honor existe una calle dedicada a su nombre en Alcubierre.

Según Carlos Tarazona Grasa en Esmemoriaus, se repoblaron montes públicos de Alcubierre (2.500 Ha), Lanaja (1.800 Ha) y Robres (700 Ha), todos ellos localizados en la Sierra de Alcubierre. En 1930, de las 4000 Ha. previstas, solamente se habían repoblado 690 Ha.

En 1944 se encontraron por la sierra algunos maquis desperdigados, estuvieron poco y de paso. Ángel se encontró huellas cuando estaba trabajando de rebadán, para casa Calvo, los maquis se les llevaron una oveja. En seguida aparecieron los guardias de asalto y partieron en su captura. En otra ocasión, estando labrando con tres o cuatro pares de mulas por el Puyalón, les aparecieron tres maquis que les pidieron algo de comida: “Estaban muy hambrientos, agotados y desconfiados”. Al día siguiente aparecieron más de cien militares en su búsqueda. También aparecieron tres maquis cuando se encontraban ahoyando por la balsa de las piedras, donde actualmente se encuentra la escombrera, y los pararon allí a mirar si tenían comida. Iba el padre de la abuela Carmen, Julián, con otros “menudas botas que llevaban unas botas y olían mucho a humo”, les pidieron comida y algo les dieron para que pudieran comer.

Jesús estuvo dos años colocando mojones, delimitando los limites de los diferentes montes de la sierra de Alcubierre. Subían con un tractor y un remolque a la sierra, tres personas y el forestal. Colocaban unos veinticinco mojones al día, los ponían con cemento, los de las huegas eran los más grandes.

Antes había muchos más manantiales, ahora no llueve tanto. Recogían salvia, romero, tomillo… se recogían con flor en mayo, se hacían vapores y con el romero hacían infusiones con miel. Ángel y Jesús guardan una gran memoria, recuerdan muchas cosas, nombran los abozos (el gamón), los “pelajes” (a las cabras le decían “pelajes” por el pelo) o como por donde ahora están las piscinas estaba la balsa del medio con un pozo o como en la plaza del ayuntamiento se encontraba la balseta de la villa.

Quedan muchas historias por contar, historias que antes contaban los mayores en la berbecana, el carasol de la iglesia de Alcubierre, donde el hijo de Ángel iba y oía contar montones de historias. Gracias a Ángel y Jesús, parte de aquella memoria se ha transmitido, recuerdos de una sierra que rebosó de vida y que late en nuestra memoria. También muchas gracias a Ángel Lacruz Pérez, el nieto, por hacer posible este artículo.

Listado recogido por Ángel Lacruz Pérez

Aves

Algarabán: Alcaraván.

Aloda collarada: Alondra collarada.

Aloda moñuda: Alondra moñuda.

Alviarol: Abejaruco.

Capú: Cuco.

Churra: Ganga/Ortega.

Correndera: Posible Aloda terrera (/Chirli/= reclamo). (terrera común)

Cudiblanca: Collalba.

Cucute: Abubilla.

Engañapastor: Lavandera.

Esparvel: Cernícalo.

Esparveles: Cernícalos.

Esquilador: (Canta a las entradas de la sierra en primavera.

Escachamatas: Chochín. Muy pequeño, más que el pinchan, cola más corta.

Falcón Perdiguero: Halcón.

Galleneta ciega: Cuco o chotacabras.

Grallas: Chovas y cornejas.

Judía: Avefría.

Pardal: Lo han oído, gorrión.

Picaraza: Urraca.

Pinchán: Chochín. Pequeño, suele estar por los sisallos. Pinzón vulgar.

Polla de agua.

Sisote: Sisón.

Tordas: Zorzales.

Plantas

Abozo: Gamón, Aaphodelus  sp.

Abrojo: Posiblemente Tribulum terrestris.

Acirón: Arce, Acer monpesusulanum. “El acirón ni vale pa leña ni pa carbón.

Almierca: Amielaga, Medicago sativa.

Almiercon. Amielga silvestre, Medicago.

Amargones/soplamocos: Diente de león.

Arañones: Endrinos.

Asnallo

Azota Cristo: Cardo lanudo.

Cachorrera: Arctium y Xanthiium spp.

Carnijuelo: Chondrilla juncea.

Carrasquilla: Ramus alaternus.

Charrachón

Clarivuela: Flor pequeña amarilla.

Coda de rata/cola de rata

Corretillas: Convovulus sp.

Crujidera

Escobizo

Escorzonera

Estepa/tabaquera: Jara.

Estripapucheros: huele mal.

Ginestra: Retama.

Marruego

Píe de cristo

Romera: Cistus clusii sp.

Ontina de cabeceta

Ontina de facera

Rudo

Salvia

 

 

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Las dichas y venturas del Tío Migueler


 En un lugar de Los Monegros, de Alcubierre para más señas, y a los pies de la sierra que el mismo nombre porta, se forjó la vida, hazañas y proezas del gran Migueler. Historias que se hacen leyendas, de un hombre difícil de igualar, al que nadie se atreve a disputarle su trono de las múltiples y variadas correrías. Así, que las manos fuera de los bolsillos y adentrémonos en las dichas y venturas del Tío Migueler.

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El gran Tío Migueler

 

El Tío Migueler

Miguel Puivecino Cano nació en Alcubierre el 18 de enero 1888 y murió a los 72 años de edad, el 19 de febrero de 1960. De familia de albañiles, desde pronto quisieron que Migueler se forjase en los estudios. Pero Migueler, muy arraigado a su tierra, y con grandes inquietudes en la destreza de las artes de la construcción, ejerció el oficio de albañil durante toda su vida. Hasta en dos ocasiones trataron de internarle en un colegio de Zaragoza, llegándose a escapar hasta en dos ocasiones seguidas. La primera vez que se escapó tenía sobre unos diez años y regresó caminando hasta su hogar natal de Alcubierre. Su madre enseguida lo condujo de nuevo al internado pero a lo que volvió a Alcubierre, Migueler ya se encontraba en casa, se había vuelto a escapar y corriendo había llegado antes que su madre. ¡Por mucho atajo que pudo coger, naide se lo podría creer!.

            Fue rebelde con causa, de retar la normalidad y desafiar la gravedad, sin malicia alguna y siempre dispuesto a ayudar a los demás. Fue hombre de gran corazón. Sus dos hermanas, Conchita y Modesta, recibieron buena educación y ejercieron de maestras. Migueler tuvo tres hijas y un hijo, su primera mujer Cristobalina Taules era de La Almolda y falleció poco después de dar a luz con tan sólo 28 años. Su segunda mujer fue Laureana Campo de Lanaja, a quien conocían como Laura. Fruto de su primer matrimonio nacieron Conchita y Migueler y de su segundo matrimonio Aurora y Ascensión.

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Vino de Gabarre. Tonel año 1874 “Superviviente de la guerra” vino de agua de balsa de Monegros.

            La puerta de su casa siempre estaba abierta, cosas de antes. Si a alguien veía pasar por delante de su puerta enseguida decía: “Anda, entra un rato y echa un traguer”. Era muy amigo de Rafael Nogués, gran ganadero ovino, eran vecinos y muchas veces iba a comer a casa. Migueler era muy generoso, hasta el punto que su hermana a veces le recordaba: “a ti en el pueblo no van a decir que Migueler es bueno, sino que Migueler es tonto”. Debió de ser muy confiado y fiarse bastante de la gente, sobretodo en el trabajo. Debió de ser muy buen albañil y trabajo para las mejores casas de Alcubierre. También hizo el puente del Pucero, cerca de la balsa del Pucero camino de Zaragoza. Trabajó mucho para casa Gabarre, se llevaban muy bien y cada año le regalaba botellas de vino: “Especial para los amigos y elaborado con las mejores anilinas y agua de balsa de monegros”. Un año hubo plaga de conejos y Gabarre le pagó por conejo cazado, Migueler fue un extraordinario cazador.

De casa Gabarre recibió afecto y amistad, las botellas de vino las regalaba en contadas ocasionmes.”

 Alberto Lasheras Taira    

           Seguro que participó en rondas, bailes y subió raudo y veloz de romería a San Caprasio, a la cumbre de la sierra de Alcubierre. De zagal seguro que participó en la Vieja Remolona con sus amigos. Una tradición que aún se mantiene y que caracteriza la Vieja Remolona con trapos y paja en un palo de escoba. Luego la pasean por las calles replegando naranjas, longanizas y chullas de tocino que vecinos y vecinas dan a zagales y que estos pincharían en el espedo, una varilla de acero acabada en punta. ¡Migueler llevaría por las alturas a la Vieja remolona!.

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Tío Migueler en la sagrada Familia.

            Migueler pasó algunas temporadas en Barcelona, donde fue a parar parte de su familia. En una de sus visitas, Migueler contempló y admiró la Sagrada Familia, no pudiendo mas que exclamar: “Cuando Colón baje el dedo y Gaudí vuelva a nacer, la Sagrada Familia se terminará de hacer”. Su hijo, también llamado Miguel, fue a vivir a Barcelona y su nieto, como no ha podido ser de otra manera, lleva de nombre Miguel, Miguel Puivecino Suñen. Preciosa y peculiar es la anécdota del hijo de Migueler que, paseando por las ramblas, conoció una chica que curiosamente resultó ser de Alcubierre. Era Victoria Suñen Aparicio, que acabó siendo su mujer. Una historia realmente bonita que cuenta Miguel Puivecino Suñen y su mujer Lola Bernal. Ambos residen en Barcelona, pero él y su familia a Alcubierre siempre lo llevan en el corazón.

            Victoria Suñen Aparicio fue antepasada de Paco Paricio, de los Titiriteros de Binefar. Los titiriteros rescataron magistralmente la “historia de Mariano Gavín, el bandido”, una obra estrenada en 1989 y que recorrió numerosas plazas de Aragón. Una obra que hizo las delicias de zagales, zagalas y mayores, una fascinante obra que dio a conocer y a hacer celebre al gran bandolero alcuberreño “El Cucaracha”. Curiosamente, el apellido ha perdido la “a”, quizá para no ser de los primeros de la clase y poder estar atrás enredando con títeres y marionetas.

            Fueron tiempos muy duros. Se sucedieron muchas vicisitudes y correrías, muchas aventuras que al final tan sólo buscaban sobrevivir en una sociedad muy empobrecida, con muchas necesidades. Pero a la vez fueron tiempos llenos de familiaridad, fraternidad y de amistad entre vecinos y vecinas, de solidaridad y ayuda mutua, de valores muy fuertes que no hemos sabido heredar.

“Veo a Migueler como una persona trabajadora, bueno, con carácter, ingenio, humor, espíritu de supervivencia, capaz de superar situaciones difíciles y con un fuerte sentimiento de apego a su pueblo, que no quiso abandonar. No quiso alejarse de sus raíces. “

Alberto Lasheras Taira    

           Por concluir, apreciareis, como buenos lectores, cierta socarronería en la redacción, algo que tan solamente puede responder a la incapacidad del autor de estar a la altura del sensacional, singular, inigualable, excepcional, asombroso y sorprendente Tío Migueler. Así, disculpen las molestias y disfruten de las historias, correrías y gestas del Tío Migueler.

¡Ay! este  Migueler

Que intrépido que es

Ten cuidau no te vayas a caer

Ten cuidau no te vayas a caer

¡Que el mundo no es al revés!

 

Un furtivo muy vivo

Escopeta Migueler

Escopeta de Tío Migueler

Migueler fue cazador furtivo y con extraordinaria astucia burlaba a la guardia civil, con sutil picaresca evitó más de una vez caer en sus manos. Una travesura elegante de un hombre hecho y derecho que cazaba para comer, una forma de sobrevivir que se convirtió en un juego. Pues ingenio nunca le faltó y su reputación a pulso se ganó, fue un hombre bravo y valiente que a nadie indiferente dejó.

            Tenía una escopeta del calibre del 16 y a los del 12 les decía: “¡con ella ya podéis cazar!”, pues era más fácil acertar con el disparo. Por la sierra colocaba lazos para cazar, llevaba perros de caza y hurones; se conocía la sierra a la perfección y se desenvolvía con extraordinaria facilidad por sus vales y barrancos, por sus cerros y lomas. La sierra no tenía misterios para Migueler, de Puiladrón a Monteoscuro, del Monte Viejo a Puchinebro y de Puigsabina a Loma Gorda.

Fabricaba su propia munición

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Cacharros de Tío Migueler para fabricar los cartuchos de caza.

El mismo elaboraba su propia munición que luego utilizaba para cazar. Migueler tenía las herramientas y útiles necesarios para la recarga de los cartuchos: caja de pólvora, medidor de pólvora, caja con perdigones, rebordeador de cartuchos del 16 y maquina de quitar y colocar pistones. Migueler era muy mañoso, ¡qué decir!, pues Migueler era hombre de diversas y variadas cualidades.

 

Las correrías con la benemérita 

Su incontrolable afán por los desafíos y su afición por la caza más de una vez le llevó a protagonizar diversos encontronazos con la guardia Civil, episodios de persecuciones y correrías por la sierra de Alcubierre. Inevitablemente, la similitud nos traslada al forajido y bandolero Mariano Gavín Suñen, archiconocido, allende de los áridos desiertos de la redolada monegrina, como el terrible y temible bandido Cucaracha. Salvando las distancias, Migueler era bondad, no hacía daño a nadie y ayudaba a todos. Y, a pesar de mil correrías por la sierra, con la guardia civil siempre mantuvo un verdadero y sincero respeto.

            Una vez le persiguieron durante horas, le seguían por el monte pero mientras no le pillasen con las manos en la masa no le podían acusar de ningún delito. ¡Cómo hacía correr a la Guardia Civil! ¡Cómo se divertía el Tío Migueler!, era como un juego, una emoción, adrenalina, un riesgo infantil con enormes dosis de realidad, de la supervivencia de capturar caza prohibida que permitía sobrevivir en una tierra dura y salvaje. Una vez, tras varias horas de persecución, subiendo y bajando cerros y lomas, Migueler regresó rápidamente a Alcubierre, se lavó en casa y luego pasó por el puesto de la Guardia Civil de Alcubierre. Al tiempo llegó la patrulla de guardias civiles que habían participado en la persecución, con evidentes signos de agotamiento y fatiga, quedándose estupefactos al enterarse que hacía rato que Migueler, todo fresco, había pasado a saludar por el cuartel. ¡A Migueler no le hubiera pillau ni el Cucaracha!.

            Seguramente Migueler haría algún trabajo de albañilería en el cuartel y los guardias conocían su valía, al igual que conocían sus tretas furtivas. Pero casi podemos decir que entre ellos había una relación de caballeros, de cierta cordialidad ya que los guardias, en repetidas ocasiones, pasaban por la casa de Migueler a echar un traguer o tomar un café y de paso charrar un poco. En ningún caso fueron a su casa a molestarle o echarle alguna reprimenda.

            Tenía amistad con el sargento y algún guardia. El sargento le decía: “Migueler, si te encorren los guardias, corre tú más que si no te agarran, no pasará nada”.

Alberto Lasheras Taira    

El reclamo preso

Solía ir mucho a cazar con Rafael Berdún de casa Puliceto. Utilizaban a menudo la técnica de caza de reclamo. Para ello colocaban una perdiz disecada a la vista mientras ellos se escondían al otro lado. Además tenían un instrumento de caña que soplaban imitando el sonido de la perdiz o del perdigacho.

            Otras veces usaban una perdiz enjaulada como reclamo, la dejaban en un lugar estratégico y se ocultaban esperando a que se acercase alguna perdiz y tratar de atinar con la escopeta. Pero un día, la perdiz debió de errar en su canto y a quien atrajo fue a la patrulla de la Guardia Civil. De sopetón apareció la de la Guardia Civil y casi ni se dieron cuenta. Pero al final no los vieron ya que estaban bien escondidos entre matojos. Bien quietos en la mata tuvieron que aguardarse ocultos hasta que los guardias, cansados de buscarles, marcharon y se perdieron de vista. La que acabó detenida fue la incauta perdiz, aunque presa ¡ya estaba!.

De correría en correría

¡De correria en correria casi cogieron a Migueler cazando!, pero este Migueler se las sabía todas. En estas, los guardias civiles consiguieron agarrarlo por la chaqueta, pero el habilidoso y escapista Migueler logró zafarse de la chaqueta que acabó en manos de la benemérita. Ya liberado corrió como una liebre consiguiendo escapar. ¡Raudo y veloz!, en Migueler, la suerte nada tenía que ver.

            En otra correría con los civiles, Migueler andaba cazando por la paridera de los vales de Gabarre. Al avistar la presencia de los guardias, Migueler corrió alredor de la caseta hasta encontrar el botero abierto (hueco o ventana del pajar para meter la paja) y, en lo que canta un gallo, por el botero se metió en el pajar escondiéndose entre la paja. Los guardias dieron vueltas y vueltas, examinado todo sin encontrarlo, hasta que desistieron y rendidos abandonaron su búsqueda. ¡Con la fama que tiene el Migueler, a ver quién es el listo que lo puede coger!.

            Y en una de tantas otras correrías, a Migueler le encorría la benemérita pisándole los talones. Para despistarlos se vio forzado a brincar una tapia, pretendiendo que le perdieran de vista. ¡Cuál sería su sorpresa al ver que al otro lado de la tapia del corral había dos guardias almorzando! Éstos sorprendidos por la aparición de Migueler y los gritos de los otros guardias que lo perseguían, se lanzaron tras él pero no pudieron agarrarlo. Migueler, durante la persecución, perdió la escopeta que recogieron la Guardia Civil y tuvo que ir otro día al cuartel a recogerla. No sabemos si tuvo que hacer frente a alguna multa.

            ¡¡Las correrías que no sabremos!!!

El sombrero de Demetrio Oto Borau y de Nicasio Gavín Casterad

La presente historia resulta contemporánea a Migueler, le iguala en ingenio y talento a cualquier correría de Migueler, ya que cuenta con gran similitud en su particular modo de actuar. Para hacer honor a la verdad, decir que de primeras nos la contaron como propia de Migueler. Pero a Alberto Lasheras nada se le escapa y, lo que acontece a continuación, a Demetrio Oto y Nicasio Gavín les sucedió:

            ¡Ya fue casualidad!, caprichoso destino, ¡Qué Nicasio se comprase el mismo sombrero que Demetrio Oto! o ¡Qué Demetrio se comprase el mismo sombrero que Nicasio!. ¿Quién sabrá?, ¿quizá se compraron los sombreros juntos?. ¡Y qué más da!

            ¡Qué pinchos y contentos iban Nicasio y Demetrio! Los dos con sus sombreros nuevos, ¡como los lucían por las calles de Alcubierre!. ¡Hasta para cazar lo llevaba Demetrio!, como aquella vez que perseguía perdices cerca del corral de Ruata. La guardia civil le sorprendió pero, como también era tan templado y ligero, pronto les dio esquinazo con la mala fortuna que el sombrero perdió. La pareja de guardias civiles quedaron satisfechos con tan preciado botín, pues ya tenían la prueba del delito, ¡por fin tenían pillado al furtivo Demetrio!. Pero este, que de avispado tenía lo suyo, regresó raudo y veloz a Alcubierre, cogió el sombrero a Nicasio y por el cuartel de la guardia civil se pasó a saludar. Cuando la pareja de guardia civiles regresó, algo sofocados pero con la prueba del delito, no daban crédito a lo que les contaban, pues hacía un rato que Demetrio, completamente relajado, descansado y escoscado, se había pasado con su flamante y elegante sombrero.

La última pizca de Alcubierre

Deben de ser avispados estas gentes de Alcubierre y siempre muy acogedores si por sus lares caes, ¡pueden hacer gala de buen carácter!. Pero para quien no les conozca, a buen seguro que la siguiente costumbre y anécdota no les dejará indiferente.

            Dicen por todos los lugares, que es bien conocida y por todos reconocida, que la última pizca es la de Alcubierre. Pues cuando solamente queda la última pizca en el plato o fuente, a la gente siempre le da reparo cogerla; así que, en Alcubierre, discurrieron ingeniosa solución. Siempre apagan la luz y así nadie sabe quien coge la última pizca. Pero la verdad no deja ser algo a medias, ya que las manos acaban luchando entre ellas, con las luces apagadas, disputando la última pizca de Alcubierre.

Animales son amores

A Migueler tenía perros y hurones, le encantaban los animales y tenía una mano especial con ellos. A un perrito le enseñó ir  a comprar a la carnicería. Al perrito le colocaba una cestita con el dinero y lo mandaba de compras a la carnicería. Allí le colocaban el pedido y los cambios en la cestita y el perrito volvía a casa con el encargo para Migueler. El bueno del perrito nunca abusó de la gran confianza depositada en él y la suculenta carga siempre llegó a buen destino.

            Su habilidad también quedó patente cuando adiestró a dos perros en el ejercicio de la caza. Los perros iban solos a cazar, la primera pieza de caza era para ellos y las siguientes para Migueler.

            En una desafortunada ocasión, uno de sus perros se adentró en un corral ajeno y trató de montar una perra. El vecino los sorprendió, cogió una horca y mato al perro de Migueler. Este se enojó tanto que trató de rendir cuentas, pero al final desistió.

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Tío Migueler, un hombre de alturas.

El reto de la torre

Al Tío Migueler le encantaban los retos, desafiar a los más jóvenes y superarlos, en destreza y agilidad nadie le superaba, grandes dotes que su fama precedían. Aún contando con cierta edad, no dudaba de retar, lo llevaba en la sangre.

            La preciosa torre mudéjar de la iglesia de Alcubierre fue escenario de uno de sus mayores y rememorados retos. El desafío era ver quien subía antes a lo alto de la torre. Desafió a Manuel el guarnicionero a subir los más rápido a lo alto de la torre de Alcubierre y tocar la campana. El contrincante subía por las escaleras y Migueler trepando por el exterior. Migueler ganó la apuesta y esta hazaña dejó profunda huella en la memoria de Alcubierre.

            Hay que reseñar, tal y como dice Alberto Lasheras, que entonces la torre estaba muy deteriorada y presentaba numerosos entrantes y salientes que facilitaban extraordinariamente su escalada. Pero que nadie se engañe, esto no justifica ni infravalora su renombrada epopeya y que nadie se atreva a ponerlo en duda. Pues no hay mayor valor ni maestría que la que Migueler poseía.

Campanadas a mangazos

Durante la guerra las campanas de la iglesia de Alcubierre desaparecieron. ¿De alguna manera tenían que ingeniárselas par dar las campanadas?. Así, que buena solución idearon. Y como era de esperar, optaron por la única solución imaginable: cogieron una enorme llanta, la colgaron con una soga y con un mallo (una maza o martillo grande) fueron dando campanadas. Pero de tanto mallar, pues todas las horas debían de dar, la soga se rompió y la llanta disparada salió, rodando calle abajo hasta la plaza. Por poco no causó ninguna desgracia: ¡podría haber matado a alguien!.

Las campanas de Alcubierre

Las campanas se tuvieron que reponer a primeros de la década de los cuarenta. Las trajo Ángel Cisterna, que se dedicaba a carrear paja. Las descargaron al pie de la torre de la iglesia y Migueler y su hijo fueron los encargados de subirlas a la torre. ¡Todos los críos fueron a ver como subían las campanas!. Pero mientras subían una campana, la estructura del andamiaje cedió y una campana corrió un serio riesgo de caída, ¡estuvo a punto de caer!. Migueler, rápido y valiente, se descolgó por los andamios y consiguió amarrar fuertemente la campana a una soga, impidiendo que se precipitase al vacío. Evitaron una tragedia cantada y definitivamente pudieron subir las campanas que volvieron la alegría a la torre de la iglesia de Alcubierre.

            Para probar una de las campanas, el hijo de Tío Migueler se puso a bandear la campana con tanto brío que no la soltó y quedó agarrado a ella saliendo afuera del campanario y volviendo a entrar, al volver la campana al interior de la torre. Tuvo que tener gran pericia y agilidad mental para sujetarse bien y evitar que la inercia lo despidiese hacia fuera arrojándole al vacío. De tal palo tal astilla.

El pozal al pozo

Cuando un pozal caía al fondo del pozo llamaban a Migueler para que lo recuperase, ¡quién sino!. Descendía con gran destreza, apoyando la espalda en la pared  y con las piernas en la otra pared. Bajaba a los pozos y recuperaba los valiosos pozales que se caían en la localidad de Alcubierre.

            Una vez tubo que bajar para sacar un pollino, una mula joven que se había caído a un pozo. Las gentes del lugar trataron en vano de sacarlo con ganchos, ¡para haberlo matau!. Así que apareció Migueler y en un suspiro bajó al pozo, formó un braguero a modo de arnés atando al pollino y con una buena soga, correas y una garrucha izaron al pollino hasta ponerlo a salvo.

            En Alcubierre el agua de pozo contenía abundantes sales, así que no era apta para consumo humano. El agua de boca se obtenía de las balsas que recogían el agua de lluvia.

La virgen del pozo

Tanta fama tenía Migueler rescatando pozales de los pozos que, después de la guerra, lo llamaron de otro pueblo para rescatar unas imágenes religiosas de un pozo. Hay quien sitúa el hecho en La Almolda, otros en Monegrillo, aunque lo verdaderamente certero es que solo Migueler era capaz de tal empresa. Durante la guerra civil ocultaron en un pozo dos esculturas pequeñas de la virgen. Una era de yeso que se deshizo en el pozo y otra de bronce que fue la que rescató el Tío Migueler.

La burla a la muerte

Durante la guerra Migueler salía por la parte de atrás de su casa y burlaba el toque de queda de Alcubierre; ¡él salía cuando quería! pues Migueler era un alma libre difícil de dominar. Pero sus escapadas se volvieron conocidas en la localidad hasta que le estuvieron esperando, consiguiendo sorprenderle saltándose el toque de queda. A Migueler le acusaron de espionaje y lo llevaron detenido a Tardienta. Cuando su familia acudió a visitarlo, Migueler les entregó el reloj y alguna pertenencia creyendo que su fusilamiento era inminente e inevitable. Pero por suerte, una pariente conocía a un alto mando que le ayudo. Ella había trabajado de maestra en un pueblo del Somontano de Barbastro, donde él acudió a dar un mitin y le conoció al tenerle que entregar las llaves de la escuela. Al parecer, aquel encuentro dejó profunda impresión entre ellos. Ella lo buscó antes que ejecutasen a Migueler y gracias a su elevada posición en el ejército republicano, pudo interceder para que soltasen al pobre Migueler. Para ella y el militar fue el comienzo de una gran historia de amor, de vicisitudes y exilios, pero con final feliz. Para Migueler, ¡esta vez sí que esquivó la muerte de verdad!

            Migueler era bravo y valiente, aunque pecaba de cierta ingenuidad. Una vez, en la plaza mayor de Alcubierre se hallaba un miliciano de barba larga y con un aspecto fiero, bruto y feroz que infundaba razonado respeto y temor. A Alcubierre llegaban cientos de milicianos. El miliciano se encontraba sentado afilando un enorme machete cuando el atrevido Migueler, sin consideración alguna y con cierta inocencia, le soltó: “¡quiere que se lo afile yo, que afilo bien!”. Quienes apreciaron esa escena no pudieron evitar un frío escalofrío recorriendo sus cuerpos, afortunadamente, este hecho ya no tuvo más recorrido.

El ingenio como juego

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Juego de habilidad del Tío Migueler

Migueler debió de ser muy manitas, una de sus aficiones era realizar juegos de ingenio. Uno de aquellos juegos era una superficie con anillas por los que en determinados movimientos había que pasar un alambre. Migueler debió de ser un alma con inquietudes, retos y destrezas.

El tocino escoscau

Migueler era muy amigo de Julian Mene, de Gabarre y del cura de Alcubierre. De tanta amistad gozaba que no dudaba en pedirles consejo y opinión. Cuando en una ocasión el tocino le se puso malo a Migueler estos le dieron buena solución, ya que resfriado y fiebres podía tener, el tocino enseguida debía de bañar “¡y ya verás que pronto se recuperará!”. Y de esta manera, fiel a sus amigos, Migueler actuó y a su apreciado tocino bañó. Pero por causas del destino, la fatalidad provocó que el tocino a los pocos días falleciera. Cuando la gente le preguntaba a Migueler “-¿qué tal el tocino?-” este respondía: “Ni dios, ni el cura, ni Julián Mene me harán lavar el tocino otra vez!”.

La escopeta confiscada

Por orden de los militares republicanos presentes en Alcubierre, Migueler se vio obligado a entregar su querida escopeta en el antiguo cuartel de la Guardia Civil. Pero a Migueler no lo iban a privar tan fácilmente de su querida escopeta. Así que cogió la escopeta y la desmontó en tres partes: los cañones, la culata y la acción. Solamente entregó la culata y los cañones, así nadie la podría usar. Unos días después, aprovechando el barullo que había en el puesto de la guardia civil, un hombre salió con las dos partes de la escopeta y al trajinarlas y ver que eran inservibles las tiró. El hijo de Migueler lo vio y no dudó en recoger las partes y llevárselas a su padre, este se debió de alegrar, pero a la vez se molestó por el riesgo que había corrido su hijo.

La edad no perdona

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Tío Migueler por el puerto de Barcelona.

Sus atrevimientos le acompañaron durante toda su vida, sobretodo sus triquiñuelas con los cuerpos de seguridad. De hecho se llevaba bien con la guardia civil, pero la edad no perdona y esta vez si que cayó.

            Ya algo mayor, Migueler fue a cazar furtivamente con otro amigo. Se colocaron en una zona algo distantes, pero se veían. La guardia civil apareció de repente por detrás de Migueler y por muchas señas que le hizo el amigo, Migueler no se enteró y la guardia civil acabó atrapándolo. El Tío Migueler se estaba haciendo mayor e iba perdiendo oído, adquiriendo paulatinamente una cierta sordera.

Anécdota de Juliana Suñen Frantiñan

La bisabuela de Miguel Puivecino Suñen, Juliana Suñen Frantiñan, protagonizó un curioso encuentro que aún permanece en la memoria familiar. Una jovencísima Juliana volvía una vez  a casa cuando de repente se encontró con un hombre desconocido:

-¿A dónde vas pequeña?-

-Voy a casa corriendo, que me ha dicho mi madre que tenga cuidado que puedo encontrarme con el Cucaracha-.

-Pues ya puedes marchar tranquila, que esta noche al Cucaracha ya no te lo vas a encontrar-.

            Siempre supusieron que aquel hombre fue el bandido Cucaracha. Mariano Gavín Suñen, celebre bandido conocido como “El Cucaracha” que actuó en Los Monegros a principios de la segunda mitad del siglo XIX.

El Tío Migueler, la leyenda

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Recreación del Tío Migueler en la portada de Forbes.

A Migueler no le gustaba que nadie llevase las manos en los bolsillo: “¡rediós!, quítate las manos de los bolsillos”. Expresión que aún dijo estando en el lecho de muerte cuando un amigo le fue a visitar. Siempre las manos fuera de los bolsillos y las manos abiertas, nunca cerradas. El Tío Migueler no las podía ver en los bolsillos, sufría y carrañaba a quien las llevaba en los bolsillos. En ninguna fotografía se ve a Tío Migueler con las manos en los bolsillos ni con las manos cerradas.

            Cuando Tío Migueler falleció en 1960, por todo Alcubierrre y redolada se corrió la peculiar expresión: “Si no vuelve Migueler, es que no se puede volver”. Migueler había salido airoso de todas sus peripecias, pero de la última… Ágil, intrépido y audaz, nuca hubo hombre sin igual por estos agrestes territorios monegrinos. Tío Migueler es toda una leyenda.

            Por último y por finalizar, comentar que, tras arduas consideraciones, se ha considerado oportuno y prudente omitir una muy pertinaz consideración. Así pues, para evitar desconsideraciones, para nada comentaremos la extraña, rara y al parecer reiterada torpeza de las gentes de Alcubierre con las artes del pozo; pues por lo visto muy a menudo se les caían los pozales al fondo del pozo. Para no herir sensibilidades  y susceptibilidades ignoraremos y obviaremos la falta de destreza izando pozales de las gentes del lugar de Alcubierre, para así llevar a buen termino las dichas y venturas del Tío Migueler.

            A la memoria de Tío Migueler, que andará feliz por las alturas sin querer baja

 

               – FIN –

 

            Las historias del Tío Migueler son reales y responden a un trabajo de investigación realizado por Alberto Lasheras Taira y Joaquín Ruiz Gaspar.  Muy especialmente gracias a los testimonios de Miguel Puivecino, descendiente del Tío Migueler, nieto,  y Lola Bernal, mujer de Miguel. La publicación de “Las dichas y venturas del Tío Migueler” se ha realizado el 18 de enero del 2018 en conmemoración de su centésimo trigésimo aniversario de su nacimiento.

 

 

Carmen Nogués Cáncer


La memoria del pasado se ha transmitido generaciones tras generaciones pero los nuevos tiempos y la tecnología han ido rompiendo la correa de transmisión. Ellas atesoran la sabiduría, la herencia acumulada durante siglos que permitía sobrevivir con escasos recursos. Ellas guardan la memoria de los usos y técnicas tradicionales, una producción artesanal y casi de autosuficiencia del saber popular completamente ligada a nuestra tierra y a nuestra gente.

Carmen Rostro

            Carmen nació en Alcubierre el 18 de marzo de 1918. Su padre Rafael Nogués Pérez (1880-1966) descendía de una casa pobre y su madre Justa Cáncer Gracieta de casa de labradores. Rafael fue ganadero, llevaba ovejas pero también fue tratante, gozó de gran inteligencia y ello le permitió prosperar. Además, Rafael fue alcalde y juez de paz de Alcubierre. El padre de Rafael murió cuando este contaba con tan solo tres años, y él y su hermana se vieron obligados al auspicio, desde muy pequeños aprendieron a ganarse la vida. Rafael fue a Madrid en 1929 a reunirse con los diputados liberales Romanones y Portela Valladares. En 1931 Rafael construyó un corral enorme, vendía los corderos y montó dos carnicerías en Alcubierre. Tanto su madre Justa como Carmen trabajaron en las carnicerías. Del matrimonio nacieron dos chicas y dos chicos, aunque el mayor murió a los doce años, quedando Luis, Ascensión y Carmen.

            A la escuela Carmen acudió desde los seis años hasta los catorce, habían construido el ayuntamiento de Alcubierre y a cada lado estaba la escuela. En un lado los chicos y en el otro las chicas. Por las mañanas estudiaban las diferentes materias y por las tardes les enseñaban labor. También se separaban los chicos de las chicas cuando iban a la iglesia, era normal las mujeres delante y los hombres atrás. Entonces eran cuarenta en la escuela, aunque muchos abandonaban la escuela para trabajar de pastoretes o criadetas, a muchas familias les tenían que llamar la atención para que llevasen a sus hijos a la escuela. “Primera, segunda y tercera sección”, también había clases nocturnas para niños que tenían que trabajar. Carmen recuerda llevar una pequeña caldereta, una estufeta, una pequeña caja metálica que llenaban con brasas, normalmente de la panadería, con una rejilla sobre la que ponían los pies para calentarse.

            De pequeña jugaba con muñecas, a saltar a la comba, a marro con la pelota, a hacer casetas… con todo hacían juguetes “¡ah! y los chicos les mandaban papeletes en clase”.  Carmen no era muy atrevida pero le gustaba ir con las más atrevidas “había mucho hambre y eso hacía que la gente fuese atrevida”. Le gustaba ir a ver los patos nadando en la balsa grande, donde está el molino, iban después de la escuela. También iban hasta el Balsón, a coger moras a una gran morera que había en la balsa.

            Estaba el Plegadero, la plaza donde se juntaban los jornaleros antes y después de enganchar a trabajar. En la plaza había antes una gran balsa que ocupaba casi toda la plaza, la taparon con sarmientos y enrona. También, de cada casa salía una o dos cabras que juntaba el cabrero, a las siete de la mañana tocaba el cuerno y las llevaba al monte, después volvían a casa solas. Rafael, el padre de Carmen dejó un rebaño de 1000 ovejas cuando se jubiló y se lo vendió a los Basilianos.

            Carmen es pura memoria, recuerdos vivos de la historia reciente de Alcubierre. Mucho ha quedado relegado al pasado, al olvido, una forma de vida tradicional y muy arraigada que constituye un patrimonio de incalculable valor. Carmen mantiene vivo el recuerdo de las casas cuando se llenaba todo de polvo blanco de moler el yeso, de los hornos de yesos. Recuerda las rondas de Alcubierre “siempre había rondas”, el Tío Patricio Jordán cantaba acompañado de guitarras y los chicos iban a rondar a las chicas. Se hacían bailes, los jóvenes aprovechaban para festejar, había músicos en el pueblo que tocaban en el baile: la guitarra que tocaba el ciego Lorenzin, Franchón el violín y el tío Pascual Lasheras el piano. También se contaba que había habido dance, Carmen había escuchado de pequeña que antes se decían dichos y motadas, donde salía a relucir todo lo que pasaba en el pueblo y además estaba casa el gaitero,  de “Pascuala la gaitera”.

            En aquellas rondas se recitaban preciosas coplas, algunas picantes y otras verdaderas obras de arte. Carmen nos recuerda algunas. En casa Ruata había seis chicas, además muy guapas a las que el Tío Patricio les rondó la siguiente copla: “Estas si que es casa, casa/ esta si que son paredes/ donde está el oro y la plata/ y la sal de las mujeres”. A la hermana de Carmen, Ascensión, le cantaron cuando era jovencita: “Capullito, capullito/ ya te vas volviendo rosa/ y la va siendo momento/ de decirte alguna cosa”. Y a potra chica de Alcubierre: “Esta es la calle del aire y el rincón del remolino, donde se remolinea, tu corazón con el mío”.

            Un suceso que causó gran revuelta en Alcubierre fue la irrupción de mosen Pedro en el baile. Entró enfurecido y gritando en el baile mientras la gente se escondía tras las sillas y las mesas, entró con el santo cristo y con dos monaguillos, obligando a que se posasen de rodillas y criticando que se bailase en cuaresma.

            Al acabar la escuela Carmen se puso a trabajar en una de las carnicerías familiares. Llevaban los corderos al matadero municipal y después los llevaban a hombros a la carnicería. La carne tenía que estar sellada por el servicio veterinario y el alguacil pesaba los corderos y se pagaba un porcentaje al ayuntamiento; “y cuando iban a Zaragoza les cobraban por la mercancía que llevaban”. Para llevar bien la cuenta de lo que fiaban en la carnicería, cortaban una caña por la mitad e iban haciendo muescas que tenían que coincidir.

            Cada casa tenía su mote: “píe de burra”, “matalobos”, “chinchetas”, “pifote”… Pifote viene de persona de fácil enfado, de  empifotarse: enfadarse por algo banal. Estaba casa la comadre, una mujer que atendía los partos, la gente pagaba lo que podía.

            Su marido Pedro Sos Pérez llegó a Alcubierre como secretario en 1940. Al principió no tenía plaza fija así que también ejerció de secretario en Castejón de Monegros y en Lanaja. Aquello le obligó a tener que ir en bicicleta desde Lanaja a Alcubierre para festejar con Carmen, era muy madrugador y a las 6 de la mañana ya llamaba desde la calle a su amada Carmencita. Al casarse, en 1945, cogieron a una chica para la carnicería y Carmen se quedó trabajando en casa. La nueva carnicera, Carmen Cáncer “Carmen la carnicera” acabó casándose con Luis Nogues, hermano de Carmen Nogues.

            En Alcubierre estaba la posada del Centro, donde se alojaba la gente más pobre, con aquellos burricallos, burros pequeños y enclenques. Desde Sariñena acudía el Tío José Cano a vender hortalizas y verduras, productos de la huerta, “aquí, en Alcubierre, no había hoja verde”. Había muchos males por la mala calidad del agua, se bebía agua de balsa, como en la gran parte de Los Monegros y se producían muchos quistes hidatídicos. Aragón fue una comunidad con gran incidencia de quistes hidatídicos. En cada calle había un pozo público, pero el agua era salina, en invierno en las plazas patinaban. Los patios se limpiaban con excrementos de las caballerías, los cagallones se mantenían algo húmedos y contenían abundante paja, los esparcían por el suelo y al escobar sacaban brillo de los suelos.

            Durante una lifara nocturna en casa de Lorenzin, una vez se halló presente José Gavin Casaus, “El Pajarito”, quien formó parte de una banda de pistoleros. José extendió una gran suma de billetes sobre la mesa, de un atraco en Barcelona, y les dijo a  los presentes: “mira, vosotros sudando sin parar de trabajar y no tenéis un duro y yo en una noche”.

            Algunas mujeres marchaban a servir a casas, se hacían modistas o trabajaban en el campo. Muchas que trabajaban en el campo se ponían unos manguitos en los brazos y un pañuelo sobre la cabeza para que no les tomase el sol, preservar la piel blanca era síntoma buen posicionamiento social. Existían las respigadoras, mujeres que iban detrás de los segadores recogiendo las espigas. Algunas de las criadas de casa Ruata dormían en las cuadras de la casa, con las mulas.

            En Alcubierre había Almendreras, olivares y vid.  En la placeta de las Cuevas, en honor a Enrique de las Cuevas, quien dirigió la repoblación, se juntaba el rebaño de cabras, la vicera (o la vecera).

Muchas que trabajaban en el campo se ponían unos manguitos en los brazos y un pañuelo sobre la cabeza para que no les tomase el sol, preservar la piel blanca era síntoma buen posicionamiento social.

Durante la guerra carmen se fue al monte con su familia. El día de San Juan, el 24 de junio de 1937 a las 10:00 horas ya dijeron por el pueblo que iba a ser un día inolvidable, que iba a haber un bombardeo terrible y así fue. Tropas republicanas habían formado en la plaza de Alcubierre, incomprensiblemente se mandó que mantuviesen la formación y el bombardeo terminó causando un elevadísimo número de bajas. Hay testimonios que narran que una bomba cayó en la balsa del pueblo y las ranas aparecieron estampadas en la torre de la iglesia. Carmen se encontraba en casa Calvo, donde entonces habían instalado la cooperativa de la colectividad, y la pila de lavar salió disparada hasta la balsa. Después apareció un escenario desolador, muertos por las calles, casas derrumbadas, cables caídos… Durante la guerra quemaron el archivo municipal, el archivo parroquial y el retablo de la iglesia, del fuego que hubo se desprendió parte de la bóveda.

Carmen Nogues (7)

Joaquín Ruiz, Alberto Lasheras, Pedro Sos, Carlos Sos y Carmen Nogues.

            Carmen y Pedro tuvieron dos hijos: Carlos y Enrique. Con mucho sacrificio y trabajo lograron que los dos tuviesen estudios universitarios, Pedro tuvo que ejercer por las tardes de secretario en otros pueblos. Carmen siempre le decía a Pedro: “si pides pueblo que tenga huerta”. Pedro era muy culto y muy inteligente, le encantaba la música, su padre “Enrique Sos Bustos” fue compositor y director de la banda de Albacete. Cuando se jubilo depositó su batuta de plata en el Tesoro del Pilar.

            Hay recuerdos para el tío Migueler, Miguel Puivecino, un hombre ágil y audaz que subió más rápido trepando a la torre de la iglesia de Alcubierre que otro por las escaleras. Migueler era a quién llamaban cuando un pozal se caía al fondo del pozo y de quién decían “Si Migueler no vuelve del otro lado, es que no se puede volver” (Al otro lado se refiere a la muerte).

            A San Caprasio subían con carrozas, subían las cuadrillas del pueblo como ahora. Entonces se tardaba tres horas en subir, arriba se hacía misa y se comía, luego otras tres horas para bajar. Subían también desde Farlete y Perdiguera, desde Alcubierre se hacía una parada en la caseta de los catalanes para almorzar, una caseta de cazadores catalanes antes de empezar la subida a San Caprasio. El 1 de noviembre, la noche de ánimas el sacristán subía al campanario con un barral de vino y chullas de jamón, tocaba toda la noche a muerto. Había un santero, vivía por el barrio del hospital y estaba la casa del rezador que solía llevar la virgen. A las doce del mediodía tocaban el Ángelus, la gente paraba y se descubría la cabeza, se quitaban la gorra o la boina y rezaban. A las dos iban a la escuela y a las cuatro salían, iban a la iglesia, se cubrían con la mantilla y rezaban el rosario, luego ya salían a jugar. El domingo había misa primera, a las seis de la mañana misa rezada para las criadas y jornaleros y a las once la misa mayor, misa cantada para la gente más acomodada. “A perdiz por barba y el otro a patatas”.

            Carmen se fue la primera alcoberreña que se casó abiertamente de blanco en Alcubierre, primero fue una de casa Ruata. Fue en noviembre y generó cierta expectación “mañana no iremos a coger olivas que iremos a ver la boda”. A los zagales y zagalas se les daba peladillas, como obsequio por la boda, cosas sencillas como la vida misma. Recuerdos y testimonios de una forma de vida que dejamos atrás, que forman parte de nuestra esencia y que ahora desterramos como si fueran prescindibles, pero es la vida misma, la vida real, la que ha construido durante generaciones nuestras sociedades rurales, con los pies en la tierra y el sudor en la frente.

            Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Carlos Sos, Pedro Sos y Alberto Lasheras.

Aurora Piqueras Cisuelo


 Una vida dedicada a los demás, a su casa y a su familia, una vida de trabajo y esfuerzo, de dedicación y lucha. Un rostro entrañable que Alberto Lasheras nos relata descubriendo la vida de Aurora Piqueras Cisuelo; transmitiendo el respeto y cariño que Aurora se ha labrado en los secos y áridos monegros, entre Alcubierre y San Juan del Flumen.

Aurora

Aurora Piqueras

      Nació el 2 de junio de 1924, en Alcubierre. Era la novena de diez hermanos: Emilia, Modesta, Juana, Félix, Eusebio, Pilar, Paco, María, Aurora y Luis. Iban creciendo en el pueblo, colaborando en las tareas que sus padres les encomendaban y ayudándose unos a otros.

      Sus padres, María y Félix, trabajaban sin descanso dedicados a la venta ambulante por los pueblos para poder vivir honradamente. Cuando su madre no le podía dar el pecho, lo recibía de Cándida Suñén, que había tenido una hija tan sólo un mes antes. María se ponía en las plazas, en su puesto de mercado, y gritaba con energía y mucha gracia: ¡Naranjas como bombas!” Luego cuando vendían su mercancía regresaban a su casa, con su carro tirado por alguna yegua que habían renovado en el mercado de ganado.

        En 1930 la sequía se acentúa y las ventas se redujeron; malos tiempos se avecinaban. María y Félix deciden irse a Barcelona, allí habría trabajo para los dos. Las tres hijas mayores ya habían emigrado antes y encontrado trabajo. La mayor, en casa de los dueños de una fábrica de harinas, la Harinera de La Asunción, donde empezó Félix a trabajar nada más llegar para sacar adelante a su familia. María vendía helados en la playa de San Adrián del Besós, barrio en el que se instalaron. Félix murió de repente al año de llegar a Barcelona, dejando viuda, nueve huérfanos y a María embarazada.

     Todos se trasladaron a una casita del barrio obrero de Las Corts. Los chicos, adolescentes, trabajaban en el carbón, en la harinera y de botones en un banco. Eran tiempos convulsos de fuertes luchas sindicales con una gran implantación de la CNT y del anarquismo en Barcelona. Aurora cuenta que su hermano Félix era amigo de José Gavín Casaus (Alcubierre 1914-zaragoza 1935 “Otro Gavin de Alcubierre”, Desdemonegros), que a veces le permitió pasar la noche y dormir en su casa de la Colonia Castell, en Las Corts, escondiéndose de la búsqueda de la policía, si bien siempre le decía que “marchase al amanecer, cuanto antes, para no comprometer a su familia”.

     Las chicas, unas se casaron y otras trabajaban. Los tres pequeños (una de ellos Aurora), por mediación de los dueños de la harinera, fueron acogidos en un colegio de protección de la infancia en Pueblo Nuevo, en la calle Batrás. Para ello, la hermana mayor medió para que el dueño de la casa en la que servía ayudase a que admitieran a sus hermanos pequeños en dicho colegio de huérfanos, ya que les habían notificado que no accederían por ser aragoneses. Este señor, se tomó interés y notificó al colegio que si no admitía a los tres hermanos, retiraría su aportación anual a dicha institución. Un coche grande y negro los recogió y Aurora recuerda cómo su madre lloraba porque su economía no le permitía criarlos. Las niñas con las monjas y el chico con los curas. Al hermano, con ocho años, no le gustaba que le obligasen a ir a misa ni que le hiciesen rezar, las veía por una valla del patio y las llamaba por su nombre: “ ¡Marieta, Auroreta,  si os pegan decídmelo a mí! “.  Aurora lo aprendió todo en catalán, y a los siete años la eligieron para leerle unos versos a Lluis Compayns, en una exposición en Barcelona.

    Fue una experiencia dura e inolvidable que les permitió recibir una educación, alimento y disciplina. Salieron con un oficio aprendido: María se hizo modista y Paco tornero mecánico, lo que le permitió más adelante montar un taller con su hermano Eusebio.

       Aurora contaba tan sólo nueve años, cuando su hermana mayor le pidió a su madre que la sacara del colegio, para ayudarle con dos niños pequeños que tenía. La madre accedió y Aurora cuidó de los pequeños, siendo uno de sus cometidos recorrer un kilómetro de ida y otro de vuelta, tres veces al día, con la niña en los brazos que era un bebé y el hermanito de la mano, para que la niña tomara el pecho, ya que la hermana de Aurora tenía  una tienda de comestibles, al frente de la cual trabajaba.

      Aurora vivía con su hermana y su cuñado cuando estalló la guerra en 1936. Conoció el horror, la tristeza, los muertos, las carreras a los refugios en los que se escondían, el silbido de las bombas y el impacto sobre los edificios. Una noche tembló su cama, se agrietó la pared de su habitación y mirando por la ventana vio una bomba clavada en el suelo que no explotó. Pasarían muchos años y ese silbido aterrador le venía a la mente cada vez que alguien cerca de ella comenzaba a silbar.Tres de sus hermanos varones fueron al frente, a la guerra, da igual el bando en el que lucharon, el que les llamó más desde sus ideales de juventud o decidieron las circunstancias. Cuenta Aurora que en la Batalla del Ebro, estaban sus hermanos en diferente bando y Paco le comentó años más tarde: “¡Cómo iba a disparar si mis hermanos estaban en frente y podía darles!”. Al acabar la guerra, sus hermanos vuelven a Barcelona con algunas heridas, procedentes de campos de concentración pero, al fin vivos.

    Contaba Aurora quince años cuando una hermana mayor, Emilia, que vivía en Alcubierre y había perdido una hija de meses, enfermó. Aurora fue a cuidar a su hermana y ayudarla a superar la muerte de su hija. Se lo pidieron y ella obedeció. Tomó el tren y acompañada de una vecina  regresó al pueblo en el que nació. Emilia pidió a su madre que le enviara a su hermano pequeño Luis, para llenar el vacío creado por la muerte de su hija. Así, Luis fue el consuelo de Emilia, al que crió como si fuese su propio hijo.

        En Alcubierre, ayudó mucho a su hermana y su cuñado en la tienda que regentaban. Trabajó con ellos en el campo, con los animales, con unas mulas que tirando de un carro los llevaban a Zaragoza cada semana a buscar género que luego vendían en el pueblo.

       Cumplió 26 años cuando un amigo de la familia le presentó a Pedro Lalana Royo. Con él se casó y recuerda que el coche que llevaba al novio a la boda, pinchó y ella le esperaba escuchando las campanas de la iglesia que ya daban el tercer toque cuando Pedro llegó. Tras un viaje de novios por Zaragoza y Barcelona, a los cinco días, regresó a Monegros a otra casa, a otro pueblo, con otra familia. En Sariñena, vivió unos años y allí nacieron sus cinco hijos; cuatro chicas y un chico. Pedro quería tener un niño para que le ayudara en el campo y continuara  las tareas. Cuando éste nació, le gastó una broma a su marido y puso al recién nacido desnudo en la cama, diciéndole que había sido otra niña. La sorpresa y alegría del padre fue mayúscula al ver que había llegado su deseado varón.

      La vida le deparaba un nuevo destino; habían solicitado en San juan del Flúmen, nuevo pueblo de colonización, una casa y un lote de veinte hectáreas de tierra, a pagar en veinte años y, se lo concedieron. Les llegó una carta comunicándoles que debían vivir allí. Aurora contaba cuarenta y tres años y con su esposo cargó el remolque con sus enseres, sus hijos, un tractor recién comprado, a plazos, y se lanzaron a una aventura, con ilusión hacia un nuevo e incierto futuro.

      Fueron años muy duros, sin muchos medios. Los hijos ayudaban en todo lo que podían. Nueva escuela, tienda, médico, cura y nuevos amigos. Los vecinos se ayudaban y colaboraban  en un proyecto increíble que transformó aquellas casas en acogedoras viviendas y los lotes en fértiles tierras, creando potentes vínculos de amistad entre los nuevos habitantes de San Juan.

      En junio de 1992, su marido sufrió un  fuerte derrame cerebral. Tras siete meses hospitalizado volvió a casa con hemiplejia en el lado izquierdo de su cuerpo. Toda la familia se volcó en atenderlo durante doce años, afrontando con fuerza y cariño la dura situación.

      Hoy vive tranquila, sufrió un ictus en el 2012 del que se recuperó de una forma asombrosa. Con 93 años cumplidos, disfruta de la compañía de sus hijos, nietos y biznietos a los que adora, y a los que sigue transmitiendo amor, valentía, optimismo e ilusión. Siempre ha sido una mujer positiva, alegre y conserva su sonrisa de siempre con la que nos recibe cada vez que la acompañamos.

Con todo afecto y cariño.

Alberto Lasheras Taira

 

      Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias Alberto Lasheras por un relato tan emotivo, escrito desde el corazón, con cariño y respeto.

 

Joaquina Cáncer Bailo


Para muchas mujeres del mundo rural, servir en las casas ricas fue su única salida laboral. Otras muchas mujeres marcharon a servir a Barcelona, Madrid o Zaragoza, donde ganaban más. Ha sido un trabajo escasamente reconocido, por no decir nulo, no se pagó la seguridad social ni repercutió en su pensión. Pero no todo fue malo y Joaquina guarda muy buenos recuerdos de su época en casa Ruata de Alcubierre y así nos transmite sus memorias con una envidiable y entrañable vitalidad.

Juaquina Rostro

Joaquina Cáncer Bailo

            Joaquina Cáncer Bailo nació en Zaragoza el 3 de febrero de 1938, aunque su vida siempre ha transcurrido en Alcubierre y es toda una alcoberreña de pies a la cabeza. De familia de labradores, sus padres Eulalia Bailo y Antonio Cáncer tuvieron cuatro hijos Pilar, Carmen, Pascual y Joaquina.

            Con el inicio de la guerra de España de 1936, su familia marchó a Zaragoza, junto a sus vecinos de la posada de “La Campana”. Primero pasaron unos días en la posada de Leciñena donde encontraron muy buena acogida, pero ante la falta de trabajo se vieron obligados a continuar su viaje hasta Zaragoza. Una vez en Zaragoza, su padre encontró trabajo en la base militar, gracias al coronel Antonio González Gallarza. Allí trabajó de portero en la base y al finalizar, el teniente González le redactó una carta de recomendación, un salvoconducto. El militar González Gallarza (1898-1986) fue pionero en la aviación española y se retiró en 1957 con el grado de Teniente General.

            La familia de Juaquina marchó a Zaragoza sin nada. Gracias a José Lacruz, natural de Alcubierre, que tenía el establecimiento zaragozano de telas “La Palma”,  cerca de la plaza del Pilar, pudieron tener sabanas y mantas. La madre de Juaquina fue muy buena costurera y junto a una modista prepararon el ajuar necesario para la ordenación de Vicenta Ruata en la orden religiosa de Santa Ana, de la que llegó a ser superiora. La familia Ruata también se había instalado en Zaragoza durante la guerra. Eulalia pasó muchos días cosiendo los hábitos y poco a poco se fueron apañando y pudieron ir tirando adelante.

            Joaquina nació en Zaragoza, en el Barrio del Arrabal, en la Calle las Ranas. Juliana “La Calderera” (hija de Mariano Gavín Campo, hermano de Cucaracha, por parte de padre), tenía teléfono en casa, y cuando Eulalia Bailo tuviese los primeros síntomas de parto, debía telefonear a Ascensión Rufas (esposa de Agustín Ruata) para poner en marcha la asistencia al difícil parto que se avecinaba. Ascensión preparó todo lo necesario (paños, ropa…) y bajó con el médico al domicilio de Eulalia y Antonio.

            A su vuelta a Alcubierre, la familia encontró la casa familiar desvalijada y gracias a unas pocas gallinas y unos tocinos pudieron ir subsistiendo. Compraban al trueque, huevos por lechugas, hortalizas o verduras.., la moneda más común era la cebada o el trigo. Juaquina fue a la escuela hasta los 14 años, recuerda con gran cariño a la maestra Doña Rosario Rodriguez Román, una maestra toledadana que sufrió la represión franquista y fue desterrada de su tierra para acabar ejerciendo en Alcubierre. Su marido vino con ella y trabajó como practicante. De joven, Joaquina iba a segar, las mujeres daban las mies y los hombres ataban los fajetes, cuando tenían 7 u 8 fajetes los ataban con los fencejos. También iban a coger olivas, recogían grandes olivares de familias ricas y se quedaban con una cuarta parte de lo recolectado.

            En Alcubierre había viñas y almendros y siempre ha habido una excelente miel, en casa Andresa (La Leciñenera), casa Licer y casa Barrios. Para la siega llegaban muchos segadores a Alcubierre y en casa Ruata una vez faltaron dos personas para llegar al centenar de segadores. Se formaba una gran fila a la hora de comer, dormían en las cuadras y venían de Murcia, Soria… A Juaquina le gustaban muchos los higos verdes.

            A los 20 años Joaquina sirvió en casa Ruata, durante cinco años, “estuvo muy bien, aunque carrañaba mucho con la dueña, pero siempre en un tono muy familiar”. Una vez discutieron fuertemente Juaquina y la Tía Ruata, Ascensión Rufas Aguareles, Juaquina no quería bajar a la bodega a coger el agua, tenía miedo a las ranas. Tras la discusión, Juaquina se marchó de la casa pero enseguida Ascensión la fue a buscar y Joaquina volvió a casa Ruata. Las tinajas las llenaban en invierno y de ella bebían todo el año, también tenían un deposito y cada día, con cantaros, subían el agua necesaria para la casa. Juaquina trabajó muchísimo: lavó, fregó, planchó… vivía en la misma casa y cobraba 825 pesetas al mes. De cocinera estaba Silvestra, de casa Silvano. Recuerda un cumpleaños del amo Agustín Ruata, el 28 de agosto, cuando a Juaquina la llevaron a Zaragoza para uniformarla de sirvienta, fue una ocasión especial.

            Años más tarde Juaquina marchó a servir a casa del Médico y a casa Gavín, las dos a la vez. Cuando algo se rompía o se hacía perder dinero los amos decían “iras al descuento” y descontaban del jornal la parte proporcional.

            Joaquina se casó en 1977 con Alfredo Valero de casa El Molinero. La familia de Alfredo se encargaba del horno de pan, donde la gente del pueblo llevaba su masa, ya preparada, y la cocían en el horno. La familia de Alfredo construyó el molino, María y Cecilio eran hermanos del padre de Alfredo, vinieron de La Zaida (provincia de Zaragoza, en la Ribera Baja del Ebro), y llevaron la corriente eléctrica para mover el molino, (aún sigue en pie el edificio, aunque por dentro está totalmente cambiado). El viejo horno se encontraba en el edificio que el gremio de Los Ganaderos construyó para aquel fin y donde ahora aún podemos encontrar la tradicional panadería familiar Valero.

            En Alcubierre había y siguen estando dos hornos de pan, el de la familia Valero fue construido por el Tío Calvo. Después de la guerra, la gente iba a cocer el pan al horno llevando las masas en una tabla que la llevaban sobre la cabeza. Como combustible usaban aliagas, paja… “entonces los hornos conservaban mucho el calor”. Juaquina comenzó a trabajar en el horno al pronto de casarse con Alfredo, la gente ya no llevaba la masa y el oficio de panadero era como actualmente lo conocemos, “aún hubo un tiempo que la gente traía su propia harina”. Cada día se hacían unos 180 panes de kilo que las familias consumían durante dos semanas, todo se anotaba en una libreta y se contabilizaba todo lo elaborado. También se hacía alguna barra y algún chusco, cuando el pan se hacía duro lo llamaban pan asentado. Antiguamente se cocía un pan que se llamaba la Polla.

            Joaquina y Alfredo continuaron con la panadería, tuvieron dos hijos, chico y chica, que aún continúan con la panadería. Juaquina trabajó haciendo las faenas de la casa y la panadería, sobretodo atendía en el despacho de pan. Juaquina destaca el trato con la gente, cercano y familiar, en un pueblo que a principios del siglo XX contaba con cerca de 1600 habitantes y que actualmente apenas llega a los 500.

            Tortas de almendra, de anís, de coco, farinosos, empanadicos… y torta legañosa, una torta de pan con aceite y azúcar, una larga tradición panadera y repostera de sabores auténticos. Juaquina aún permanece por la panadería, con sus hijos y nietos, con los recuerdos que tanto marcaron a las generaciones pasadas. Vidas pretéritas que permanecen con el sabor de siempre, en nuestra memoria y en nuestros corazones.

  Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Alberto Lasheras Taira.

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Pilar y Luisa, La fonda La Campana


La fonda de La Campana fue una posada de Alcubierre que albergó a gentes de paso, viajantes y tratantes, trabajadores y vecinos que buscaban refugio para pasar la noche o una estancia algo más prolongada. Luisa y Pilar regentaron y atendieron durante años la fonda y en su memoria se acumulan numerosas historias. Pero la gran historia es la vida de Pilar y Luisa, la vida de dos mujeres que con gran esfuerzo y trabajo dedicaron  su vida a sacar adelante la fonda y  sus familias.  

Pilar Moret Rostro

Pilar More Puyal

            Luisa y Pilar han dedicado más de cuarenta años a atender la fonda de “La Campana” de Alcubierre, una vida de dedicación, de día y de noche, sin parar. La fonda de La Campana tiene su origen en la familia de Luisa, de cuando su bisabuelo vino de Barbastro y la fundó en 1886.

            Luisa Cáncer Puyal nació en Alcubierre en 1927. En casa fueron cuatro hermanas y Luisa fue a la escuela hasta que comenzó la guerra. Al finalizar la guerra volvió a la escuela hasta que la terminó con 14 años. Después fue a servir a casa de Pedro Cura, casa que alojaba al cura y de ahí le venía el mote. Entonces, los criados de las casas iban a misa de los domingos a las siete de la mañana, mientras que los amos iban a la misa del medio día, a las doce de la mañana. Eran otros tiempos, no podían ni festejar, lo tenían que hacer a escondidas “teníamos que decir cada mentira que tronaba”. Se guardaba el luto, las mujeres vestían de negro, Luisa y Pilar recuerdan el caso de una mujer que le recriminaron por llevar un delantal de color estando de luto. Luisa se casó a los 25 años con Manuel Cáncer Casamayor, labrador de profesión, con quien tuvo dos hijos: María José y Alberto.

            Pilar More Puyal también nació en Alcubierre, el 7 de noviembre de 1934. Su padre fue albañil y fueron 13 hermanos. Fue muy poco a la escuela y con 10 años marchó a servir a casa de Ascensión Nogues, le pagaban 15 pesetas al mes y le daban de comer y alojamiento. Estaban hasta Santa Cruz, cuando quedaban libres y podían cambiar de casa, para San Miguel se rescindían los contratos de los trabajos del campo. Con 16 años comenzó a servir en la fonda de La Campana. Luego, a los 22 años, Pilar marchó a París donde durante cuatro años trabajó sirviendo en una casa. A su vuelta a Alcubierre, a los 27 años, se casó con el hijo del amo de la fonda, Jaime Cáncer Casamayor, con quien tuvieron dos hijos María Pilar y Pablo. Los maridos de Luisa y Pilar eran hermanos y ambos se dedicaron a la agricultura.

            “Después de una faena otra”. En la fonda atendían a gentes de paso, viajantes, pastores de trashumancia, ingenieros, agentes forestales… contaban con siete camas. El puerto de la sierra de Alcubierre era mucho más largo y cansado de pasar, sus más de trescientas curvas hacían de el un recorrido muy agotador que obligaba a buscar alojamiento en los pueblos más cercanos.  Luisa se encargaba de la cocina y Pilar servía las mesas. Gozaba de buena reputación la cocina de la fonda y mucha gente acudía por su comida tradicional. La media estaba en unas veinte personas por día. Lavaban muchos manteles, muchas sabanas… “antes el suelo se fregaba a rastro”.

            Ciclistas, tratantes, pastores trashumantes, viajantes, ingenieros, obreros, el equipo de fútbol del Numancia… muchas historias y muchos recuerdos acumulados en la memoria de Luisa y Pilar. Recuerdos buenos y malos, como algún que otro percance, como un ingeniero borracho que se metió en el cuarto de Luisa y su marido y otro ingeniero que, también  afectado por la bebida, cayó por las escaleras. A unos ingenieros les tuvieron que dar de cenar a las doce de la noche, lo que les supuso agotadoras jornadas. También se alojaron cazadores, algunos eran muy señoritos, como unos vascos que se negaron a comer junto a sus compañeros y tuvieron que separar las mesas.

            El veterinario del pueblo Don Pedro estaba fijo en la fonda. También estuvo en Alcubierre de veterinario el Padre de Eloy Suarez. Un caso curioso fue el médico vietnamita Juan Wu Tai,  que ejerció en Alcubierre y por la década de 1970 estuvo alojado en la fonda de La Campana.

            Todos los días preparaban muchos bocadillos para los clientes, limpiaban los pozales y subían el agua a las habitaciones y al antiguo baño.  El agua la iban a buscar al Balsón o a la balsa de Valmediana, la acarreaban en un carro con una cuba de madera que tiraba un macho, con 22 cubadas llenaban el aljibe de la fonda. Después, con una bomba sacaban el agua del aljibe. En Alcubierre había pozos públicos, aunque la mayoría de las casas tenían su propio pozo. En la fonda sacaban cada día catorce pozales para lavar. Con el agua de los pozos regaban los huertos y en verano servía de fresquera, metían la comida en el pozal para conservarla y lo descendían en el pozo hasta casi tocar el agua.

Entrevista Pilar y Luisa

Pilar y Luisa durante la entrevista.

            Un plato muy típico para almorzar eran las “sopas duras de pan”, en la sartén con aceite echaban unos ajos que luego retiraban, después freían longaniza y panceta, añadían pan mojado, se daba vueltas mientras se iba haciendo hasta que quedase como una tortilla. Muy famosas eran las croquetas y rodajas de cebolla rebozadas, los domingos era un día que mucha gente iba a comer por placer. Hacían tres platos para cada comida, en la fonda tenían pollos, conejos, tocinos. Era muy habitual jugar a las cartas, incluso había quien iba de propio para jugar y apostar a las cartas.

            Durante la guerra mucha gente marchó a vivir en los corrales fuera del pueblo, Luisa se pasó más de 18 meses. La fonda fue ocupada por los altos mandos del ejército del frente de Alcubierre. El 18 de julio se encontraban los milicianos formando en la plaza de Alcubierre cuando aparecieron los aviones fascistas, el mando tardó en dar la orden de romper filas y cuando comenzó el bombardeo pilló a los milicianos, muchos resultaron muertos y heridos. El hospital lo montaron en casa Ruata, casa que fue saqueada. En casa Calvo montaron la cooperativa. Tras la guerra con la cartilla de racionamiento iban a casa María León.

            En las cocheras de la fonda se molía el yeso, aún queda la columna central que hacía de eje. Una estaca de caballo costaba unas 5 pesetas al día y un burro 3 pesetas, la paja y la cebada iba incluida.

            Tiempos pasados que quedan en la memoria, muchas historias, muchas vivencias en la fonda de La Campana. Gracias a Luisa y Pilar las puertas de la fonda siempre permanecerán abiertas en sus recuerdos y en sus vidas, mujeres rurales y monegrinas.

           Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Alberto y María José Cáncer y a Alberto Lasheras.

 

 

Mariano Gavín Suñen, El Cucaracha.


Célebremente conocido como “El Cucaracha”, Mariano Gavín Suñen fue el gran bandolero monegrino de la mitad del siglo XIX. Hijo de Manuel Nicolás Gavín Ariño e Ignacia Suñén Casamayor, nació en Alcubierre en 1838 y murió a manos de la guardia civil el 28 de febrero de 1875, en el poblado de Peñalbeta (Lanaja), a los 37 años de edad.

Bandido Cucaracha (1)

Mariano Gavín Suñen. Ilustración Cruz Salvador.

    Mariano Gavín Suñen fue jornalero, mozo de mulas y carbonero. De familia de artesanos caldederos, su padre Manuel Nicolás Gavín Ariño se casó en Alcubierre en 1832 con Ignacia Suñén Casamayor. Tras la muerte de Ignacia Suñén, Manuel Nicolás Gavín contrajo matrimonio con Joaquina Campo, con quien tuvo su segundo hijo, también llamado Mariano, Mariano Gavín Campo. El hermanastro del Cucaracha nació en 1864 y falleció en 1942 y trabajó en el antiguo oficio familiar de caldereros. Familia de orígenes humildes, estaba lejanamente emparentada con una familia adinerada de Alcubierre, circunstancia que proporcionó ingresos extras a Mariano Gavín Suñen mientras se encontraba sin trabajo. Para un jovencísimo Mariano Gavín Suñen, no era de agrado trabajar por los escasos jornales que por aquellos tiempos pagaban.

     El experto monegrino Alberto Lasheras Taira y estudioso del Cucaracha señala que los Gavín llegaron a Alcubierre por el siglo XVI. El sexto abuelo de Cucaracha, es decir el tatarabuelo de su tatarabuelo, se llamaba Pedro Gavín Tubo y nació en Alcubierre en 1618 y fue el abuelo de María Gavín Seral, nacida en Alcubierre en 1665. Otras citas de los gavines en Alcubierre se refieren a  Juan Gavín, abuelo de Pedro Gavín Tubo, quien contrajo matrimonio con Pascuala Ester en 1587, en Alcubierre. Una familia de orígenes montañeses que arraigó profundamente en el lugar monegrino de Alcubierrre.

El padre de Mariano, Manuel, era calderero. Probablemente lo fuera su padre ya que los trabajos “artesanos” era una actividad que pasaba de generación en generación. Así, Mariano Gavín Campo siguió con la tradición familiar y fue también calderero.

Alberto Lasheras

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Lapida de  Mariano Gavin Campo. Fotografía de Alberto Lasheras Taira.

      Al Cucaracha también se le atribuye la conducción de caudales a Huesca, por encargo de un conocido recaudador de contribuciones. Circunstancia que cobra sentido con la historia del recaudador de contribuciones que recoge el investigador alcoberreño Alberto Lasheras. Pues, por el monte de Robres, un recaudador sorprendió al Cucaracha y a dos miembros de su banda en plena siesta, los tuvo a tiro durante buen rato y cuando despertó la banda, este les puso en evidencia. Con aquella hazaña, el recaudador se ganó la protección y escolta de la banda del Cucaracha.

“De cazador a ladrón, no va más que un escalón”

Rafael Andolz

      Cucaracha no era una persona formada, afirma Alberto Lasheras, casi no estuvo en la escuela y apenas sabía escribir: Le costaba mucho escribir, por eso las cartas de secuestros y extorsiones no las debía de escribir él, debía ser alguien con un poco más de formación.  

     “Por Los Monegros siempre se han oído escuchar muchas historias sobre el bandido Cucaracha: a los abuelos, a los vecinos, a las personas mayores… Incluso, cuando de crío iba jugando por los alrededores del pueblo, por los campos, siempre salían las historietas del Cucaracha. El fenómeno del bandolerismo es muy antiguo, ya Felipe II creó una red de de penales y guardias contra el bandolerismo en el siglo XVI.” Para Alberto Lasheras, Mariano Gavín nació en una época muy complicada, casi al final de la primera guerra carlista (1833-1840) y viviendo las dos sucesivas guerras carlistas: “No hay una descripción clara, pero Mariano Gavín debió de ser una persona desconfiada, recelosa, (desconfiaba hasta de la comida que le daban) y violento (dar un trabucazo a una persona cerca, secuestrar, cortar la oreja a una persona.. son síntomas, indicios de crueldad muy importantes). En fin, es una personalidad desarraigada, temerosa de todo lo que pasaba alrededor, celoso (dicen que su mujer se entendía con un vecino que más tarde apareció muerto en condiciones violentas)… una persona muy complicada.”

     Muchas son las leyendas que cuentan del Cucaracha, algunas trágicas y otras de solidaridad con el pueblo. Algunas tratan como defendía a los jornaleros del patrón, exigiendo mejoras y amenazando con represalias si no cumplían sus reivindicaciones. Rafael Andolz cita al bandolero presentándose ante los jornaleros y que, tras escuchar sus reivindicaciones, no dudó en enviar notas a los amos exigiendo comida y vino abundante para sus criados. Visiones románticas que contrastan con una realidad violenta y cruel, en una época de hambre y miserias que obligaban a la picaresca y al crimen para poder sobrevivir. Después de todo, eran los ricos a quienes podía robar y a los pobres, por sus muchos favores de espionaje, abastecimiento y protección, a quienes podía dar. Así, el Cucaracha se ganó la complicidad del pueblo más humilde y forjó su gran leyenda de bandolero:  robaba  a los ricos y  a los pobres daba.

     “Unos lo ven por su lado romántico, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y otros lo ven como un asesino.” Aunque sin duda, para Alberto Lasheras, el bandolerismo obedece a un instinto de supervivencia en una época de pobreza, desigualdades e injusticias.

“Ni el bandolerismo es siempre un pobre que se rebela contra los ricos, ni es un hombre que tiene instintos insatisfechos de capitalista. El bandolero es algo más complejo”. 

Julio Caro Baroja (1914-1995)

      La trayectoria del bandido Cucaracha fue corta, explica Alberto Lasheras, fueron cinco años de 1870 a 1875, pero llena de intensidad y de acciones muy trágicas. Alberto no quiere desmitificar la figura del Cucaracha, pero no cabe duda que su carrera estuvo llena de asesinatos, extorsiones, secuestros, robos… y de toda clase de fechorías: Todos estos bandoleros del siglo XIX eran extremadamente violentos y sin embargo es curioso como la memoria popular lo recoge como auténticos héroes. Eso es una contradicción que vemos, no solamente con Cucaracha sino con otros bandoleros de esa época.”

    El apodo de “El Cucaracha” plantea diferentes hipótesis y actualmente resulta muy complicado concretar su origen. Tradicionalmente se ha asociado a la canción de “La Cucaracha”, popularizada con la revolución mexicana de 1910, muy posterior a la muerte de Mariano Gavín Suñen. No obstante, “La Cucaracha” responde a una versión de un viejo corrido español que en sus distintas versiones pudieron ser origen del apodo de “El Cucaracha”. En está dirección apuntan José Antonio Adell Castán y Celedonio García Rodríguez, en su artículo “El Bandido Cucaracha y la Cucaracha“, donde plantean que su origen puede resultar en la vieja melodía popular de “La Cucaracha”. Pues quizá, un jovencísimo Mariano Gavín, bailase la canción de “La Cucaracha” en los descansos de las faenas del campo, animando a los jornaleros, y haciéndose para siempre popularmente conocido como  “El Cucaracha”.

   Alberto Lasheras plantea una segunda hipótesis: “De los muchos trabajos que realizó Mariano de joven, porque ya de crío con ocho o nueve años ya se iría a hacer de pastor, de rebadán o repatán, fue hacer carbón vegetal en la sierra de Alcubierre. Los que trabajaban de carboneros siempre iban tapados, tiznados, parecían cucarachas y de hecho los llamaban los Cucarachas. El era pequeño, muy moreno, vestía de negro, no sé si era la moda de la época, además tiznado, pues no había otra.”

     También Alberto Lasheras señala que el término “Cucaracha” en aquella época aparece recogido como un insulto, como un ladrón y asesino. Lo que nos puede dar la idea de responder, el apelativo de “El Cucarcha”, a la formación típica de motes aragoneses socarrones que resaltan o ponen en evidencia alguna cualidad o defecto de la persona.

Bandido Cucaracha (5)

El Cucaracha bailando. Ilustración Cruz Salvador.

¡Ay, que me pica!

¡Ay, que me araña!,

con sus patitas

la cucaracha.

El bandido “Cucaracha” y “La Cucaracha”

José Antonio Adell Castán y Celedonio García Rodríguez.

       Un 26 de marzo de 1861, Mariano se casó con Jobita Amador (Algunas veces aparece como Julita en la tradición oral). El matrimonio no llegó a tener descendencia y tampoco dejaron testamento. Tras la muerte de Mariano Gavín, Jobita contrajo matrimonio con un hombre de Villamayor, quien al parecer le presuponía a Jobita una gran fortuna oculta. Pero en realidad, la pobre Jobita no tenía ni un real.

     Blanca Mené Ester recoge en su blog  “Costumbres  de Alcubierre” el testimonio de un descendiente del Cucaracha: Yo todavía llegue a conocer a una sobrina nieta suya: Damiana “la calderera”. Creo que tenía un “negocio” de destilación de orujo…será qué…el estar sólo un poco al margen de la Ley sea genético”Damiana fue hija de Mariano Gavín Campo, el hermanastro del Cucaracha.

      Jobita fue apresada un 30 de mayo de 1874 en Belver de Cinca, mientras que Mariano consiguió escapar continuando sus reputadas hazañas. Mariano, furioso por el encarcelamiento de su mujer, prometió recrudecer sus fechorías mientras no consiguiese la liberación de su mujer (Diario de Avisos de Zaragoza, 10 de febrero 1.875).

      Mariano Gavín se “echa p´al monte” en 1864, a los veinticuatro años de edad, junto a su amigo Juan Ardid Jordán, huyendo de la miseria y convirtiéndose en la figura más destacada del bandolerismo aragonés. Fue un hombre muy peculiar, de piel morena y estatura pequeña, pero con una fuerte presencia que imponía temor, siempre vestía de negro: “Cucaracha tiene unos cuarenta años, es delgado, de una estatura casi baja, y carece de toda instrucción hasta el punto de firmar con mucho trabajo”(Diario LA ÉPOCA 12 de febrero de 1875). El Cucaracha iba siempre bien armado: “Lleva ordinariamente dos trabucos, si bien alguna vez se le ve con una escopeta de dos cañones o una carabina Remington” (Diario LA ÉPOCA 12 de febrero de 1875). A su muerte, Mariano fue descrito como seco, delgado, con bigote recortado y mal vestido, al estilo del país (Eco de España, 12 de marzo de 1875).

     Mariano Gavín Suñen llevaba la vestimenta típica de la época: camisa blanca, pantalón negro, chaleco, zurrón, pañuelo para no ensuciar el cabello y una manta para poder echar un sueño en cualquier lugar.

 Por aquella época la gente seguía contando en reales, veinte reales equivalían a un duro.  Según Tuñón de Lara, un jornalero ganaría cuatro reales al día, es decir, una peseta.

 Alberto Lasheras 

     Mariano fue un hombre mujeriego. En su época de bandolero mantuvo una relación sentimental con Gregoria Cazcarro.  Fue su amante cuando ella tan sólo contaba con quince años, cuando Mariano rondaba los treinta y cinco. A la muerte del Cucaracha, Gregoria se hizo con 5000 pesetas, dinero que guardó para momentos difíciles. Lamentablemente, tal y como cuenta Rafael Andolz, aquel dinero quedó estropeado por la humedad del escondite. Gregoria lo pudo recuperar gracias a su amistad con la familia Bastarás. En la tradición oral también encontramos testimonios sobre botines perdidos por el monte, aldeas o parideras que, al parecer, más de uno encontró tras la muerte de Mariano Gavín. Rumores que hicieron sospechar de familias que, de forma inexplicable, aumentaron rápidamente su patrimonio.

Una pareja de novios de Robres recibieron del bandido Cucaracha dos monedas de oro, las fundieron y se hicieron dos anillos de boda. 

Alberto Lasheras

     El contexto histórico de aquella época era una España con un clima muy convulso e inestable, en la que se sucedían las insurrecciones liberales, republicanas y carlistas. La sociedad monegrina era rural, dedicada a las labores del campo, especialmente al cultivo del secano, y a la ganadería. La mayoría de las gentes trabajaban para los terratenientes, en un sistema caciquil que mantenían el poder y la poca riqueza en pocas manos. Una tierra muy seca y árida, de difícil progreso y desarrollo.

Por la sierra de Alcubierre

se pasea «Cucaracha»,

siendo un hombre tan pequeño

¡cuánto respeto que causa!

trabuco

  • “El Cucaracha”, el bandolero

     Como bandolero vivía al margen de la ley, dedicándose al asalto, al robo, la extorsión y el secuestro. Siempre escondiéndose y huyendo de la férrea persecución de la Guardia Civil, llegándose a acuñar la expresión “ser más vivo que Cucaracha”. Felipe Aláiz destaca su fama de generoso: “Daba trigo a los pobres y no acumulaba riqueza más que para apaciguar el hambre de los campesinos”. Contaba con un “extenso y bien pagado espionaje“, gastaba hasta 3.000 reales diarios en confidencias. De esta forma burlaba los intentos de captura y se enteraba de lo más relevante de los pueblos de la redolada “de ocho a diez leguas alrededor“, así como los detalles “más íntimos” de las casas más pudientes. “Su partida es numerosísima y rara vez se le ve acompañado de los mismos cofrades. Tiene mucha sagacidad, talento y habilidad rara para dar los golpes que el proyecta. Pero todo esto sería inútil sin su principal elemento, que es la innumerable corte de espías y asociados que tiene por toda su zona de operaciones. No se fía ni aun de los suyos, que nunca saben dónde duerme, y obliga a comer al primero que le lleva víveres” (Diario LA ÉPOCA 12 de febrero de 1875).

     Algunas casas ricas pagaban periódicas cantidades a la cuadrilla del Cucaracha, se aseguraban que no les robasen y estar protegidos en sus negocios. Casa Bastaras de Lanaja parece que era una de aquellas casas y durante la época del Cucaracha pudieron continuar comercializando con Zaragoza sin el temor a ser asaltados. Cuentan que Mariano Gavín mantuvo relación con una criada de casa Bastaras, por lo que el Cucaracha no andaría muy lejos.

«Cucaracha» es un buen hombre,

porque el trigo de los ricos

lo reparte entre los pobres.

     Permanentemente trataron de capturar al bandolero monegrino, demostrando el Cucaracha una gran astucia e inteligencia para zafarse de las continuas emboscadas, con un especial arte de la distracción. Así sucedió al verse sorprendido por la guardia civil mientras dormía plácidamente en una casa. Mariano arrojó por una ventana una manta que logró atraer la atención de las fuerzas del orden. Mientras, por otra ventana saltaba y huía en paños menores el audaz Cucaracha. En otra ocasión, cuando de nuevo fueron sorprendidos el Cucaracha y su cuadrilla durmiendo en un frondoso soto, dispusieron a dos hombres veloces a la distracción de la guardia civil. Rápidamente se lanzaron en la persecución de aquellos bandoleros, mientras el resto de la banda permanecía escondida en lo alto de los árboles. Una vez alejado el peligro, con bastante serenidad, descendieron y escaparon.

      Una noche, al presentarse la guardia civil en la casa del amo de Isidro Mairal, colaborador de la cuadrilla, este les escondió en el pajar, burlando una vez más su persecución. Fue en numerosas las ocasiones en que le ayudaron a escapar o esconderse en casas, corrales, parideras, aldeas y demás escondrijos.

     En casa Azara (Félix de Azara y José Nicolás de Azara), en Barbuñales, en el patio de entrada a la casa, había una diligencia que en una de las guanteras de una puerta guardaba  una nota escrita a lápiz en la que advertía que cambiasen de ruta porque el bandido Cucaracha está por la zona que deben pasar. La diligencia hacía una ruta hasta Roma.

 Alberto Lasheras

  • Los escondites del Cucaracha

     Los bandoleros se escondían por la sierra de Alcubierre, por las diferentes aldeas y parideras que salpicaban el monte y en las cuevas del alto de San Caprasio. Por el monte de Jubierre, por el camino del molino del paraje de “El Pedregal” (entre las escarpaduras del Paco de Rivadero y el tozal de Colasico), era donde tenían otro de sus  muchos escondites. Por Castelflorite se refugiaban en un saliente cerca del pueblo, que hace pocos años se derrumbó, en sus paredes aún se puede observar la coloración negra de las hogueras que allí encendían. Otros lugares fueron la cueva de los Porzanes por Sena y Castejón de Monegros (El bandido más famoso de Los Monegros), los escondrijos por el Sisallar de Villanueva de Sijena, la aldea de Cazcarro por la sierra de Alcubierre, la casa de Angela la Fornera (esposa del hermano Manuel Gavín) en Alcubierre,..

    Pero el escondite más importante fue una sabina negra que nadie conocía, salvo su encubridor Francisco Navarro, quien “Allí le llevaba cantidad de información y recogía el dinero que en ella escondía el bandolero“. Quizá, aún permanezca en una vieja sabina monegrina escondido parte del botín del bandido Cucaracha y su cuadrilla

http://www.aragonesasi.com/cucarachers/mapa.htm

  • El Cucaracha en la tradición oral

    Son muchas las historias que se han ido transmitiendo por los pueblos monegrinos, convirtiendo al bandido Cucaracha en un bandolero romántico, un héroe del pueblo, un bandido de leyenda.

La cuchara del Cucaracha

      La historia de la cuchara del cucaracha se la escuche a Manuel Benito Moliner, trato de reproducirla de la mejor forma que recuerdo: En una casa cualquiera de Los Monegros, el Cucaracha y algunos miembros de su cuadrilla se dispusieron alrededor de la mesa para comer. Los anfitriones sirvieron un plato de sopa a sus invitados, pero cometieron el error de no alcanzar las cucharas hasta el último comensal, Mariano Gavín Suñen. Este cogió el pan y cortandole el currusquer, se sirvió de él a modo de cuchara. Al finalizar la comida, el Cucaracha se dirigió al resto de los comensales: “ahora para el postre cada uno se comerá su cuchara, para que otra vez se procure de atender como es debido a todos los invitados”. Un lección que, a buen seguro, nunca olvidaron los presentes.

El ermitaño de San Miguel de Jubierre

      Miguel el ermitaño, conocido como el Santero, fue apresado por la guardia civil para ser interrogado por su complicidad con la banda del Cucaracha. Al enterarse el Cucaracha de su captura, acudió con otros bandoleros para tratar de liberarlo. Consiguieron darles alcance mientras lo conducían a Sariñena, produciéndose un tiroteo en el que resultó muerto el pobre del Santero. La historia también se cuenta con la variante del ermitaño de San Caprasio y en Alcubierre se mantiene la expresión “¡qué pague el santero!”, que tal y como explica Alberto Lasheras hace referencia al suceso y ante un hecho revuelto al final acaba pagando las consecuencias el pobre santero.  El suceso queda recogido en la siguiente copla popular:

 Cucaracha y los civiles
Tuvieron un tiroteo
Ellos bien se divirtieron
Pero lo pagó el Santero.

El leñador de Pallaruelo

     Cuentan, que durante un invierno, por los montes de Pallaruelo de Monegros, un andrajoso hombre recogía leñas para calentarse. Al encontrárselo el Cucaracha, este se quitó la ropa y se la dio al vecino de Pallaruelo. Aquel acto fue contado como ejemplo de la gran generosidad que el Cucaracha mantenía con los más débiles.

El barquero de Pina

      El barquero de Pina, recogido por Celedonio García, proviene de un texto de A. Riera publicado en 1903, con el título de “Cucaracha”, revista ilustrada “Pluma y lápiz”, Barcelona. La historia la cuenta un antiguo jefe republicano, un tal Fanjul:

Anduve yo mezclado en la sublevación de Despeñaperros en 1869. Fuimos vencidos. Pude escapar; antes de huir de España quise pasar por mi casa, por Aragón. Un día me avisó el secretario del pueblo que acudía la guardia civil, que me andaba buscando. Tres días después había elecciones en Zaragoza; decidí jugar el todo por el todo y presentarme diputado en vez de huir a Francia. Pero era preciso, ante todo, escapar de los que me perseguían.

Había dado la media noche cuando salí de mi pueblo a caballo para Pina. Había que pasar el río, pero había barca. Es de advertir que en mi comarca me conocen hasta los perros. Aguijé el caballo y al amanecer llegué junto a la barca. Poco antes de llegar a ella salió un hombre de un grupo de árboles. Iba embozado en una manta, cubierta la cabeza con un sombrero del que llevaba bajas las alas. Por debajo de la manta asomaba el cañón de un fusil cuya culata se marcaba junto al hombro.

Se adelantó a mi encuentro y me saludó.

-¿Va usted a pasar el río? -preguntó.

-Sí.

-Pues pasaré con usted.

-Bueno; voy a despertar al barquero.

Le llamó. Salió a los cinco minutos, malhumorado, mascullando maldiciones entre dientes, sin duda por haberle despertado tan temprano. Pero, era el mío, caso que no admitía dilación. De un momento a otro podían aparecer los civiles y yo estaba condenado a muerte.
-Ea, pásame pronto, -dije.

-Poco a poco, señor Fanjul, -replicó el pillastre con sonrisa de mal agüero, insolente y burlona a un tiempo. -¿Sabe usted cuánto vale hoy pasar el río?

-No sé.

-Le costará cien duros-. Comprendí la pillada. El maldito sabía que huía. Busqué un arma. No tenía ninguna. Era aquel bandido el más fuerte. Si se empeñaba en no pasarme estaba perdido. Capitulé.

-No tengo los cien duros. Te daré todo el dinero que tengo.

No llevaba más que veinte o treinta pesetas. Se las ofrecí.

-No le paso.

Le di el reloj, que era de plata, la capa.

-No le paso si no vienen cien duros. Vaya a buscarlos.
No le podía dar el caballo porque le necesitaba para huir más aprisa. Volver atrás era imposible. Me cegó la ira. Iba a saltar del caballo, cuando el hombre de la manta, que presenciara aquella escena sin decir una palabra, me detuvo con un ademán y avanzando hacia el barquero le preguntó.

-Y por pasarme a mí, ¿cuánto quieres?

-El precio ordinario.

-No te daré nada. Y pasarás al señor Banjul y me pasarás a mí y nos pasarás tirando de la soga con los dientes.

-¡Oh! ¡Oh! -hizo en tono de mofa el barquero.

Había amanecido. El que hablaba con tanta autoridad se desembozó con rápido ademán, de un revés de la mano levantó el ala del sombrero y empuñó la carabina.

-¿Me conoces? -dijo.

-¡Cucaracha! -exclamó el barquero con terror.

-En carne y huesos.

Temblando como un azogado entró el pasador en la barca. Subimos también nosotros. Iba a coger la soga con las manos el barquero.

-¡Con los dientes he dicho, canalla!

Relampaguearon los ojos del salteador. Obedeció el cobarde. Y con los dientes empezó a tirar de la soga. Era un espectáculo tan tremendo y repugnante a la vez, que no puedo recordarlo sin estremecerme. El miserable temblaba, tenía su cara una expresión como enloquecida; apretaba la cuerda con los dientes, como si mordiera a un enemigo haciendo presa y los ojos, horriblemente dilatados, miraban a Cucaracha. Éste, apoyado en su carabina, inmóvil como una estatua, sin que se estremeciera un solo músculo de su rostro bronceado, sin parpadear, con aquellos ojos que vieran tantas veces la muerte cara a cara, miraba al barquero.

Pasamos. Al saltar, Cucaracha hizo que el barquero me devolviese el dinero, reloj y capa. Di las gracias al salteador.

-Vaya usted tranquilo, -me dijo- ¡buena suerte!

Echo a andar mi caballo. Cucaracha dijo al barquero:

-Si vienen los civiles y nos delatas, te mato mañana.

Volví la cabeza. El bandolero se internaba con paso rápido por entre los árboles de la orilla.

En cuanto a mí, llegué a Zaragoza guiando un carro de trigo. Dos días después tenía el acta. ¿No os parece que la debía más que a los republicanos al pobre Cucaracha?

El zagal que iba a moler al molino

“El Cucaracha quita el dinero a los ricos y se lo da a los pobres”
Bandido Cucaracha (2)

Cucaracha asaltando a un zagal en su borrico Ilustración Cruz Salvador

     La historia más extendida en la tradición oral es el conocido encuentro del Cucaracha con un zagal que iba a moler al molino con su borrico, con una talega de trigo y dos pesetas en el bolsillo.  Para Alberto Lasheras es una historia muy popular  que se cuenta en muchas localidades monegrinas. Así lo relata Celedonio García en su artículo “Cucaracha, la vida sigue igual”:

¿Llevas dinero zagal?

– No, señor. Mi padre me ha dicho que no me lo daba porque somos pobres y me lo podía quitar “Cucaracha”.

A “Cucaracha” le hizo gracia la sinceridad del niño y le entregó una bolsa de monedas diciéndole:

– Toma esta bolsa de monedas y dile a tu padre que “Cucaracha” quita dinero a los ricos y se lo da a los pobres.

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  • Los relatos de Rafael Andolz

    Rafael Andolz relata extraordinariamente las venturas y desventuras del Cucaracha a través de los numerosos testimonios que recogió por Los Monegros. Valiosos testimonios que narran como asaltaban aldeas (nombre popular de las masadas en la sierra de Alcubierre). Este fue el caso de la aldea de “El Mirón”, de basilio Escanero, donde se encontraban cuatro pastores por la paridera, entre ellos el confidente Mariano Castillo. Los bandoleros permanecían apostados vigilantes por los tozales, al mando del Farineza, de Diego y Magencias, mientras Cucaracha, el Zerrudo, Villanueva, el Víbora, Juan Andres y Mayarito ejecutaban el asalto. Mataron tres ovejas y mandaron las pieles al amo para que el portador retornase con unos 70 duros del patrón. Lo mismo sucedió con el pastor Mariano Verdún Otal, que llevaba el ganado de Pedro Perique. Tiempo más tarde, Cucaracha cortó la oreja a a Mariano Verdún por “tramposo”, por ser un falso colaborador que llegó a costar, a la cuadrilla, la perdida de ocho de sus componentes.

    El Cucaracha contaba con grandes amistades que lo protegían, su relación con los Cazcarros y en especial con su hija Gregoria Cazcarro, joven amante de Mariano Gavín, le hacían pasar a menudo por su aldea. Una noche en la aldea de Cazacarro, el Cucaracha puso aprueba a un miembro de su cuadrilla. Al momento de irse a dormir, el Cucaracha dispuso un montón de paja dentro de su camisa y calzón, simulando su persona. Entretanto, se escondió detrás de un montón de paja. Al rato de la espera, sorprendió al falso compañero disparando la escopeta sobre el bulto, Mariano lo hizo arrodillar y lo mató ahí mismo.

      A quienes consideraba “falso amigo” lo rociaban de petroleo y le prendían fuego, así consumaron el asesinato al hijo de Lorenzo Otín, uno de los más de 25 confidentes que tenía el cucaracha en Alcubierre. A Lorenzo le convenció su esposa para que cesase de colaborar con los bandoleros, por lo que el Cucaracha, el Víbora y Mayarito, no dudaron de rociarle con una botella de petroleo y le prendieron fuego. A la mujer de Lorenzo la degollaron mientras suplicaba “¡clemencia al cielo, que para la tierra no hay remedio!”. El Víbora fue un personaje muy sanguinario, de una excesiva crueldad que aplicaba sin ningún atisbo piedad. Muy demostrado quedó en el lamentable hecho en el cual obligaron, en vano, a unos pobres ancianos a pedir dinero a un ricachon del pueblo. Al negarse, el Víbora  los roció con petroleo y les prendió fuego.

      Rafael Andolz no considera al Cucaracha como un ser maligno, consideraba que “robaba porque lo necesitaba para vivir” y son varias las narraciones que muestran un carácter que se estremecía ante la miseria y el sufrimiento ajeno, aflorando pinceladas del personaje romántico que tanto nos seduce y fascina. Y en parte fue así,  una época dura en la que luchó contra una sociedad profundamente dominada, todo un revolucionario

    Fue por el paraje de Valzapatas por donde Cucaracha halló al labrador Joaquín Ezquerra, a punto de escarmentar a su hijo por quedarse dormido mientras vigilaba, conmocionado el Cucaracha evitó el castigo. A Saturnino Alastrué, carbonero de Farlete, al volver del pueblo en busca de vino, se encontró en la hoguera a miembros de la banda del Cucaracha preparando la cena y, pese a sus temores iniciales, acabaron haciéndole invitado de honor: “no corras, si quieres judías para cenar no corras”. En otra ocasión, unos pastores habían matado una oveja para cenar, mientras no muy lejos de ahí se encontraba un labrador con su hijo quien, señalando la hoguera, comentó que quizá allí se encontraría el Cucaracha. Al día siguiente un pastor se acercó llevándoles unos trozos de carne de parte del Cucaracha. Algo parecido sucedió en la aldea de Marcellán, por Valdezaragoza. Estando Fernando pontaque y Blas Cazcarro apareció por la noche el Cucaracha, el Villanueva, el Cerrudo, Manuel Lax y Francisco Alós, el Cucaracha mandó a un zagal a lo alto de una cantera, de donde cogió un saco de carne con el que se dieron una abundante lifara.

     Una fría noche de invierno, ante la casa de Rafael de Alcubierre, relata Andolz el siguiente incidente: -Ábreme, Mariano-, -a tu no te abro-, -mira que hay aguanieve y estoy chelau-, porfiaron pero no le quiso abrir,- mira que me lo pagarás…-  Días después, Cucaracha lo encontró en el monte labrando en la partida de San Blas, en Aldeabero, donde le soltó los burros, le dio una paliza y le hizo pasar la noche al raso, como venganza y escarmiento.

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  • El primer crimen del Cucaracha

       Su historial delictivo comienza empujado por la necesidad, por el hambre, un robo de fatal desenlace. Al pronto de echarse al monte, Mariano Gavín y Juan Ardid robaron un cordero de la paridera de “Tío Caprasio”. Sorprendidos por el pastor, le dispararon alcanzándole en una pierna. La herida acabó días más tarde con la vida del pobre pastor. Así lo relata el investigador Alberto Lasheras, cuando Cucaracha contaba con 32 años:

“Caprasio Amador  era un pastor que tenía su corral con sus cabras y estaba harto de que le robaran los cabritillos y corderillos. Una noche su hijo, quién también se llamaba Caprasio,  se quedó en el corral vigilando. Cuando oyó ruidos, salió y vio que alguien se  llevaba un cabritillo, e iba a saltar la vaya. Este salió con su garrote, su cayado y le fue a dar golpes. Ocurrió que el Cucaracha estaba encima del muro, de la pared del corral, amartilló su trabuco y disparó para  dejar escapar al otro. Entonces, Caprasio sufrió una gran herida en la pierna, se montó en una burra que le llevó hasta su casa y allí murió de gangrena, sufriendo mucho. La herida de trabuco era muy mala. En la casa familiar de Caprasio Amador, hasta no hace mucho tiempo, había un clavo en un madero, en el que él tenía la cama debajo y, con una cuerda, se asía para darse la vuelta. Porque la medicina de entonces estaba muy atrasada y una gangrena se quitaba retirando con unas pinzas la carne podrida y limpiando con vinagre, con sal y se hacían unos emplastes con vino… algo que debería de ser extremadamente doloroso.”

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Mural del Cucaracha en Lanaja

   Tras lo sucedido, los malhechores decidieron pasar unos días por el monte, a nadie le iba a extrañar, pues era normal tras sus dilatadas correrías. A los pocos días, asaltaron a un zagal que iba a comprar sal con su borrico a Castejón de Monegros. Al reconocer al Cucaracha y a Juan Ardid se sintió intimidado y trató de huir. De una pedrada consiguieron tirarlo al suelo,  le robaron unas 80 pesetas y le emprendieron a garrotazos. El zagal llegó moribundo al pueblo de Alcubierre y éste, a diferencia del Tío Caprasio, logró identificar a Mariano y a Juan. La crueldad con la que perpetraron el asalto, causó terror en la población, provocando que la noticia se extendiese rápidamente por toda la comarca.

– ¿A dónde vas, muchacho?

-Pues voy ta Castejón, pa vender esta sal.

-¿Y qué dinero llevas?

-Pues ochenta pesetas.

Cucaracha amartilló la escopeta amenazadora.

-Tráelas si quieres seguir vivo.

El rapazuelo se las entregó a Juan Ardid;

-¿Nos conoces?

-Sí señor, son de Alcubierre. Mí madre es de allí y he estado bastantes veces. 

       Los dos bandoleros escaparon a Francia en busca de trabajo, corría el año 1864. Allí, Cucaracha trabajó por poco tiempo de obrero pero enseguida se cansó y pronto volvió para Alcubierre. Tal y como cuenta Rafael Andolz, a la semana, Mariano, cobró el jornal y le dijo a su amigo “Yo me vuelvo a la sierra de Alcubierre”, mientras que su amigo Juan Ardid, decidió permanecer en el país galo, haciéndose llamar Juan Labrador. Alberto Lasheras cuenta que Mariano Gavín Suñen mandó dinero a su mujer Jobita desde Francia, pero el encargado de entregar el dinero se lo quedó. A su regresó, Mariano no tardó en ajustar las debidas cuentas.

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  • La Banda del Cucaracha

       A su vuelta de Francia, a Mariano Gavín Suñen se le comienzan a sumar numerosos bandoleros, personas que escapan de una sociedad muy empobrecida y caciquil para darse al bandolerismo. Alberto Lasheras estima que llegó a haber cerca de cien personas en la banda: “Es curioso que, cuando ves la lista, había de todos los oficios, había herreros, molineros, sastres…”.

     El primero en unirse al Cucaracha fue Antonio Sampériz Peralta “El Cerrudo” de Lalueza. Rafael Andolz lo describe barbudo y peludo, con buenas greñas y cara de pocos amigos. En la revista “Quio de Sariñena y Los Monegros” aparece en el número 17 de agosto de 1991 un artículo sobre la tradición oral titulado “El Cerrudo de Lalueza” firmado por Santiago. Narran que estando preso el Cerrudo en el penal de Sariñena (Donde actualmente se encuentra la casa de la cultura), le hicieron llegar vino, “una cantidad considerable de los suaves, pero sabrosos y eficaces vinos de Lalueza”, con motivo de las fiestas patronales de su pueblo natal. Bebieron todos los reclusos, incluso el carcelero, “hasta llegar a las proximidades de la embriaguez”. Hasta que un prisionero le dijo al carcelero: “El Cerrudo, este está aquí presumiendo de haber matado a fulano, no comentaron el nombre, y éste es un cobarde, no tiene…. lo que hay que tener para eso, quien lo mató fui yo, que me sobra de todo para eso y mucho más”. Probada su inocencia, el carcelero lo comunicó a las autoridades que lo pusieron en libertad. Al parecer, El Cerrudo no quiso volver a Lalueza “por la injusticia que habían cometido contra él” por lo que decidió unirse al Cucaracha y su incipiente banda. Adell y García citan la fuga de El Cerrudo del penal de Cartagena en julio de 1873, aprovechando la insurrección separatista.

Estando Pascual Perez trabajando por la sierra, salió del corral su perra al encuentro de varios miembros de la cuadrilla del Cucaracha. Al sentirse molestos, el Cerrudo no tardó en disparar a la pobre perra y matarla de dos balazos.    

Alberto Lasheras

       El segundo en unirse a la banda fue “El Farineza”, Agustín Alamán Corvinos, quien llegó a ser segundo de la banda. Otro cabecilla de la banda fue el “Villanueva”, natural de Villanueva de Sijena, de casa Polanco, quien antes de incorporarse a la banda había estado de jornalero en casa Pascual Escanero de Lanaja. Andolz lo describe como hombre duro, de pocas palabras, -con su ribete de timidez y de típicas reacciones violentas del hombre tímido-. Cuando el Villanueva estaba trabajando en casa Escanero, al soltarle un par de coces una mula guita, este la ató y le dio una fuerte paliza. Enterado el amo, le dio el mismo su propia medicina. Esa misma noche, el Villanueva abandonó la casa y se marchó al monte para unirse a la banda del Cucaracha.

     Otros bandoleros fueron “El Víbora”, exguarnicionero de Alcolea, José Bernad Rivas “El Herrero de Osso”, Melchor Colomer y Ferrer “El Molinero de Belver”, José Solanilla y Lacambra “El Guarnicionero de Alcolea”, Mayorito, Manuel Lax, Francisco Alós, Marcelino Bérbeder (de oficio sastre), Majencias…

    Adell Castán, J. A. y García Rodríguez, C nombran al “Tuerto de Capdesaso”: “Quien se encargaba de escribir las notas exigiendo a los labradores dinero, bajo la amenaza de quemarles la mies”.

    La banda del Cucaracha fue muy numerosa y abarco un extenso territorio. Esconden grandes historias para profundizar e investigar. Una banda con una organización jerárquica encabezada por Mariano Gavín Suñen y que requería de grandes recursos para su supervivencia, a la vez que una serie de red refugios y escondites por los montes monegrinos.

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  • Los inicios de la banda del “Cucaracha”

    Pronto las fechorías del Cucaracha y su banda comienzan a perpetrarse por todo el territorio monegrino y en comarcas cercanas. Correrías que se ven reflejadas en los diarios de toda España, donde encontramos abundante documentación. Es el caso de la Correspondencia de España, Madrid 24 de agosto de 1870, donde se informa de la aparición de una partida armada de bandoleros que ha penetrado en la provincia de Zaragoza desde la sierra de Alcubierre. En el pueblo de Senes de Alcubierre habían cometido un robo de “bastante consideración” y la Guardia Civil había tenido que salir en su persecución. Se trata de casa de Pepe Chico de Senes de Alcubierre y robaron  de 3000 a 4000 duros de plata. Para Alberto Lasheras se desconoce si fue el Cucaracha y su banda, pero hay quien se lo atribuye.

“El eco de Aragón” del domingo dice lo siguiente: según cartas que tenemos a la vista, uno de los últimos días penetró una cuadrilla de unos veinte bandidos en el pueblo de Senés (Huesca) armados con trabucos, puñales y navajas a cosa de las cinco de la tarde, lo cual prueba que no tenían miedo. Inmediatamente atacaron la casa de un vecino de aquel pueblo penetrando en ella hasta diez hombres, ocho enmascarados y dos en traje de soldados. Ultrajaron a una joven después de haberle atado de pies y manos, y luego dirigiéndose a la señora de la casa, anciana según parece, la obligaron a franquear todos los armarios y cómodas, llevándose al marchar de tres a cuatro mil duros. Al penetrar en la casa robada, el que hacía de capitán de la cuadrilla pidió hasta nueve mil duros. Al penetrar en la casa robada, el que hacía de capitán de la cuadrilla pidió hasta nueve mil duros, lo que prueba que tenían pormenores y que iban a robar a “píe seguro”. A otro vecino que se escapó le dispararon un trabucazo, aunque afortunadamente no pudieron acertarle, dirigiéndose después de la hazaña hacia la sierra. En seguida se avisó a Huesca y se envió en su persecución una fuerza de 30 guardias civiles que hasta la fecha no se sabe haya podido dar con los bandidos. – Y más adelante añade: La noticia del robo del que más arriba damos cuenta, coincide con la instantánea aparición de una comparsa de hombres armados y uniformados que, según se nos ha dicho, han sido vistos en las sierras inmediatas y aún en los confines de la provincia de Zaragoza.

El Telégrafo de Barcelona del 30 de agosto de 1870.

     El 14 de septiembre, La Correspondencia de España” informa la presencia de la banda por las inmediaciones del pueblo de Huerto: “El alcalde de Sariñena participa que a tres horas de aquella villa, jurisdicción de Huerto, se ha presentado una partida de hombres armados. Ayer había cierta agitación en Huesca a consecuencia de los rumores  de aparición de una partida en el monte de Vallerías, jurisdicción de Huerto”. El 23 de octubre secuestran en Castejón de Monegros a un rico propietario, el alcalde envió a gente armada en su persecución y el gobernador mandó a la Guardia Civil (Correspondencia de España, 24 de octubre):

Anoche salieron dos compañías del batallón cazadores de tarifa con dirección a la provincia de Huesca y otras dos compañías han recibido la orden de estar dispuestas al primer aviso. La causa de este movimiento tan repentino, parece ser haber aparecido una banda de secuestradores considerable, que ya ha empezado a ejercer, siendo la primera víctima un rico propietario de Castejón de Monegros, del cual hasta ahora no se tienen noticias.  

Diario de Avisos, Zaragoza 25 de octubre.

    Ante la alarmante intranquilidad que comienza a causar la banda del Cucaracha, el 14 de diciembre, el gobernador de Huesca llama a “los mayores contribuyentes, personas de arraigo del país y alcaldes”. Se les convocó el 6 de enero a una reunión en la villa de Sariñena, con los jefes de la Guardia civil, de los puestos más inmediatos, para “organizar un servicio de persecución activa que haga desaparecer a los criminales”.

He aquí la situación de un pueblecito de la provincia de Zaragoza, La Almolda: -Por aquí no se puede vivir. Anteayer fue degollado el barbero en la puerta del alcalde. El día anterior estuvo a punto de suceder una catástrofe, pues estaban forzando y rompiendo las puertas de la iglesia, a la sazón que la boda de Salvador Peralta, viudo, subía a casarse, y se ahuyentaron los ladrones. Tres días antes estuvieron cinco ladrones escondidos en una casa, disfrazados con barbas, y habiéndoles visto encerrados algunos vecinos, dieron aviso, y a pesar de ser las once del día, no hizo gestión la autoridad y cuando quisieron se marcharon. 

La Convicción, Barcelona 7 de enero, año de 1871.

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Los robos y secuestros a ricos propietarios de la comarca se fueron sucediendo durante estos años. Algunas de sus víctimas fueron: Sebastián Peralta, de Monegrillo; Mariano Peralta, de La Almolda; Martín Panzano, de Tramaced; Eusebio Laga y Gregorio del Ruste, de Pina; Faustino Escuer, regidor de Perdiguera; Mariano Casamayor, de La Almolda; Lucas Abadía, de Nuez de Ebro; Salvador Mata, Mariano Azara y Mariano Doz, de Farlete; “Casa Bastarás”, de Lanaja; José Calvo y Juan Ruata, de Alcubierre, y Joaquín Angas, de Ontiñena, entre otros.

Conflictividad social y bandolerismo en el siglo XIX (Comarca de los Monegros y 2)
García y Adell

  • El crimen del sacerdote de Capdesaso

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Cucaracha descansando bajo una sabina. Ilustración Cruz Salvador.

     El 2 de febrero sucedió el terrible crimen del sacerdote de Capdesaso y así lo contaba el diario Democracia de Zaragoza: “El honrado sacerdote del pueblo de Capdesaso, cerca de Sariñena, volvía de un pueblo inmediato a donde fue el día 26 de enero a celebrar un entierro, y se vio acometido por dos hombres que le dispararon un tiro causándole una grave herida en la frente. No contentos con esto, cogiéronle y teniéndole entre los dos le atravesaron el cuello con un cuchillo; y no satisfechos todavía sus feroces instintos, le llenaron el pecho de puñaladas, robándole 17 reales que llevaba. ¿Horroriza solamente el que pueda haber hombres, que más son fieras, que tengan valor para cometer asesinatos de este género!. No sabemos la causa que motivaría este homicidio, puesto que nos consta que el mencionado cura era apreciado de cuantos le conocían, y únicamente creemos se cometiera para robarle”.

* La Orquestina del Fabirol  “Corriu Cucaracha”.

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  • Asaltos, robos y secuestros

      Los asaltos, robos y secuestros se van sucediendo, siendo el pueblo de la Almolda quien más sufre las fechorías de la banda del Cucaracha. El 21 de julio en el “Diario de Zaragoza” se manifestaba la creciente preocupación. Unos días antes,  el seis de mayo encontramos la descripción del asalto realizado en la localidad de Tramaced: “El sábado último, a las cuatro de la tarde, entraron en el pueblo de Tramaced once hombres armados, quienes, después de mandar cerrar las puertas de las casas de todos los vecinos, se dirigieron a la de un propietario que el día anterior había vendido setecientas arrobas de lana, con objeto de robarle. No pudiendo conseguir penetrar en la casa, fueron a la de otro propietario, también acomodado, al que robaron una cantidad bastante respetable abandonando el pueblo luego realizado el objeto que a él las había conducido”. El 12 de julio se informa de un secuestro en el monte de Pina de Ebro, comunicándolo a la madre así como el reclamo del precio del rescate. Esta mujer pagó 4.000 reales por la liberación de su hijo. El 3 de septiembre se informó del asalto a dos carreteros entre Villanueva de Gallego y Zaragoza, los cinco asaltantes hicieron fuego matando a uno de un trabucazo y al otro lo hicieron huir. Entorno al 20 de noviembre fueron robadas un número considerable de alhajas de la iglesia de Ontiñena

      En 1872 la actividad malhechora de la banda del Cucaracha fue escasa en los medios de la época, solamente del 2 de agosto se recoge la siguiente información en el “Eco de la provincia” de Huesca: “Ha llegado a nuestra noticia que por parte de de Castejón de Monegros y Balfarta, se ha presentado una pequeña partida de malhechores, compuesta de 4, 5 o 7 hombres, se entretiene en tener en continua alarma a los pacíficos habitantes de aquellas comarcas, y en donde han cometido algunos asesinatos y robos, según nos han informado. Parece que hace unos días se reunieron los vecinos de Castejón, y asociados con otros de diferentes pueblos y unos cuantos guardias civiles, dispusieron dar una batida por los montes de los mismos, y aunque no pudieron apoderarse de los “cacos”, sin embargo, dícese que llegaron a avistarlos, y aún que se habían cruzado algunos tiros”.   

      A finales de 1872 se consumió uno de los robos al rico propietario Juan Ruata de Alcubierre,  recogido por Andolz es contado por Anastasio Abadia: “Están tirando al blanco toda la banda en la aldea de Joaquín Abad y van cazando los ricos de Alcubierre. Cucaracha los vio y ellos echaron a correr. Los persiguieron y cogieron a D. Juan Ruata, se lo llevaron a la aldea de Gazol de la sierra donde se encontraban Francisco Navarro y Teodoro Sánchez de rebadán, y lo ataron al ruejo y a continuación se lo llevaron al corral de Perico de Valonguera, encontrado allí a Mariano Soto y a Pedro Maza de rebadán, cuidando cabras. Le ordeñaron leche y lo tuvieron allí cuatro o cinco días. A los pocos días llegó un criado con una yegua de víveres; a continuación se bajaron a amo y criado a la cantera de Sisallar, término de Villanueva de Sigena, que allí tenían el cuartel general. Retuvieron allí a los presos hasta que le trajeron once mil duros”.

     El 21 de enero de 1873 se realizó un segundo robo a casa Ruata. Jorge Sánchez Ardid, sobrino nieto de Juan Ardid Sánchez, amigo del Cucaracha con quien huyó a Francia en 1864 lo cuenta así: “El de casa Ruata (el más rico de Alcubierre) iba a Lanaja el 21 de enero, que es la fiesta de Lanaja. Ruata bajaba con un caballo. Cucaracha lo cogió porque se atascó el caballo. Con cuatro abríos marcharon todos para la sierra, que había una aldea y paran ya que se hacía de noche. a un criado le dijeron que se fuera con las mulas. Los otros se quedaron con Ruat. Y criado de Ruata se quedó. Al criado que se fue con las mulas le dijo Cucaracha que ellos se iban a marchar a Lanaja y le explicó a qué parte del monte de Lanaja tenía que ir y que le sacaran treinta y cinco mil pesetas. Que las sacaran das del pueblo, pero que no se acercaran más que los que llevaban el dinero. Dos ricachones  que se trataban mucho con Ruata lograron reunir el dinero. Se lo mandaron a decir a Cucaracha con vecinos que le encubrían que le llevaban el dinero, que si le parecía bien que iban José Solanes y José Antonio Lasheras. El día dos de febrero fiesta de la Candelera, por la mañana le fueron a llevar el dinero y ellos soltaron a Ruata y a su jornalero para que se volvieran con los que habían llevado el dinero. Y aquí entraron, en Alcubierre, mistando misa mayor, que era el día de la Candelera y se hacían tres misas, Don Juan Ruata y el criado. Entraron a esa hora para que no los viesen, que estaba todo el mundo en misa”. Aunque para Rafael Andolz el testimonio de Jorge Sánchez no merece gran credibilidad, este relato coincide, en parte, con la descripción del robo a Juan Ruata en febrero de 1875, suceso que se recoge más adelante.

    En febrero de 1873 en el “Diario de Barcelona” se da cuenta de la intensa actividad bandolera, principalmente en los lugares de Alcubierre, Perdiguera, Leciñena, Farlete y Monegrillo: “se encuentran en una situación por demás deplorable”. Ya son casi tres años que los bandoleros recorren la comarca y la población sale temerosa de sus casas a realizar sus labores agrícolas, cerca de doscientas personas han sido victimas de sus atropellos. El día dos de febrero, dos vecinos de Alcubierre que se dirigían a las fiestas de Robres, fueron sorprendidos por la partida y llevados cautivos a sus guaridas. Mandaron un emisario a las familias de los secuestrados pidiendo por su rescate ocho mil duros, cuatro por cada uno; no se sabe la cantidad que las familias mandaron, que debió de ser suficiente para satisfacer los deseos de la banda, por cuanto los apresados regresaron a sus casas.

La cuadrilla tiene su guarida en la sierra de Alcubierre, y no hay edificios donde existen rebaños de ovejas o carneros donde no hayan sacado su contribución en cabezas de ganado.

     El tres de febrero robaron en casa de los Cajales de Alcubierre y unos meses más tarde en Tramaced, en casa Juanico y de salvador Azara de Farlete.

   La alarma social provocó que una columna de guardias civiles se desplazara a Sariñena para lograr capturar a la cuadrilla de ladrones y secuestradores. (Diario de Avisos de Zaragoza del 20 de marzo). Según cuenta el Diario de avisos de Zaragoza, del 8 de abril, se produjo la primera captura de un integrante de la banda, donde se da cuenta por primera vez de la “celebridad” que el bandido Cucaracha va adquiriendo. Así mismo, se informó del asesinato del vecino de Zuera Martín Rubira, el 31 de marzo de 1873. El 6 de abril, 8 jinetes del cuerpo de la guardia civil, capitaneados por Silvestre Loto, y más de 200 voluntarios (de Zuera, Perdiguera, San Mateo de Gállego, Leciñena, Farlete, Monegrillo, Alcubierre, Robres, Senés y Torralba) con 20 infantes realizaron una batida general para capturar la cuadrilla del Cucaracha. Adell Castán, J. A. y García Rodríguez, C citan una reunión de alcaldes en el santuario de la Virgen de Magallón, “que acordaron medidas para perseguir a los malhechores”. Para Alberto Lasheras fue un hecho que alarmó mucho a la sociedad y que influyó en el aumento de fuerzas en busca de los bandoleros, “se dice que apareció horriblemente asesinado en un barranco”.

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  • El suceso de la muerte del cabo Antonio Ferrer Pueyo

     Alberto Lasierra relata el trágico episodio de Antonio Ferrer Pueyo. Antonio era cabo 1º de la guardia civil destinado al puesto de Alcubierre. Era muy aficionado a la caza, tanto que no renunciaba a su afición a pesar de la amenaza del Cucaracha que campaba a sus anchas por los montes monegrinos. Un día, Antonio salió  de madrugada, a las cinco de la mañana, a cazar por los alrededores de Alcubierre. Cuando discurría por un barranco parece ser que le sorprendió el Cucaracha y lo mató. Su cuerpo sin vida apareció días más tarde cuando se lo encontró un pastor. Vio una bota salir de un montón de tierra y descubrió el cadáver, indicio que dio píe a la improbable suposición del atrapamiento por un deslizamiento de tierra. Personalmente creo que quizá la banda lo cubrió con tierra, pues era un crimen que irritaba muchísimo a las fuerzas del orden. Alberto Lasheras ha encontrado una placa en el cementerio de Alcubierre en recuerdo a Antonio Ferrer Pueyo, quien: “Murió en desgracia en 1873”.

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  • De cuando, disfrazados de Carlistas, asaltaron el pueblo de Farlete

    El más ingenioso y memorable asalto de la banda fue el allanamiento al pueblo de Farlete, uniformados de carlistas, con fehacientes trajes confeccionados por Marcelino Bérbeder, miembro de la banda y de anterior oficio sastre. Al mando de la flamante tropa carlista fue el bandolero Majencias, cuya crónica quedó recogida en los medios, contribuyendo a agrandar la leyenda del Cucaracha y su cuadrilla. Las principales casas en las que hurtaron fueron  las casas de Salvador Azara y de Mariano Anoro.

He leído en su apreciable periódico el relato de robos cometidos en Farlete por la cuadrilla de “Cucaracha”, y, por si quiere V. publicarlo, voy a darle algunos detalles más sobre el suceso. Los ladrones se presentaron cuando el pueblo entero estaba en la iglesia oyendo misa, y aprovechando tan buena ocasión, colocaron dos centinelas en la puerta del templo para impedir que salieran los vecinos. Mientras tanto “Cucaracha” y el resto de su gente se entregaban al robo y al saqueo de algunas casas del pueblo. Es de advertir que los bandidos se presentaron, como lo habían hecho antes en Villanueva de Sigena, simulando ser carlistas, con el distintivo de la boina y uniformados con trajes sobrepuestos a los de uso ordinario, y que en la fuga, al ser perseguidos por los vecinos, perdieron algunos. A pesar de que había llegado ya la noche, cuando salieron, la guardia civil y vecinos de Alcubierre a perseguir a los forajidos, no por eso ha dejado de dar resultado esta persecución, pues parece ser que ayer fue preso en Lanaja uno de los ladrones, herido, y por dar las noticias de éste se ha podido en la madrugada de hoy dar con otros cinco sospechosos en esta villa, que se encuentran a disposición de los tribunales.

Carta de Sariñena. “El Diario de Avisos” de Zaragoza, 17 junio 1873.

Relato de Manuel Queraltó “Quio, febrero de 1990”  sobre “El Tío Triburcio” bandolero de la cuadrilla del Cucaracha, natural de Sariñena. Tiburcio Romerales Maestro.

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Cabezudo del Cucaracha de Alcubierre

“…después de innumerables acciones en las cuales había demostrado su arrojo y poco miedo ante los peligros, “Triburcio” llegó a ser uno de los pocos en los cuales confiaba el Cucaracha confiaba, y se vio metido en el siguiente suceso: Acordaron ir a robar a la casa más rica de Farlete y, para poder entretener a todo el pueblo reunido, pensaron en llegar cuando estuvieran en misa primera, ya que era la costumbre los domingos que todos los trabajadores, salvo los enfermos, ir a misa a las seis de la mañana, pues la misa mayor sólo era para los amos y demás personas que no dependían de nadie. Llegados en la hora prefijada, parte de la cuadrilla interrumpió en la iglesia y no dejaron salir de ella a nadie, mientras el resto, en donde estaba “Triburcio”, asaltaba la casa en cuestión. Una vez dentro de la casa, y después de hacer prisionero al amo, les obligo a que les entregara todo el oro que tenía; como les pareció poca cantidad, pues ellos se imaginaban que disponía de mucho más capital, empezaron a recorrer la casa y encontraron en la habitación de matrimonio a la dueña en la cama por encontrarse con tercianas. “El Cerrudo”, que era de muy mala leche, quiso que la señora se levantara ya que se imaginaba que en el colchón era donde tenían el resto del oro escondido. “Triburcio” se opuso y al ponerse pesado “El Cerrudo” le dijo textualmente: -Si haces levantar a la señora te pego un tiro-, y le puso el retaco apoyado en el estómago, y ante la amenaza se tuvo que conformar con lo que les dio el amo, pues sabía  “El Cerrudo” que “Triburcio” no gastaba bromas y era hombre de palabra, además estaban bastante enemistados ya que eran de carácter muy diferente.

Después de consumar el atraco, escaparon a uña de caballo para dispersarse por la sierra, pero uno de los componentes de la banda, que se había vendido a las autoridades, dejó caer un papel en el cual daba los nombres de todos los integrantes de la cuadrilla.  

Las autoridades, después de recoger el papel, fueron arrestando uno a uno a todos los que en él estaban relacionados; cuando llego el turno a “Tribucio”, estaba dallando en una finca en la partida de La Laguna de Sariñena, al ver el despliegue de las fuerzas del orden público, cogió la dalla, la clavó en el suelo diciendo –“como donde me llevarán no te he de emplear, para qué te quiero”-, la rompió y se entregó sin oponer resistencia.

Celebraron el juicio y, a pesar de que aquel señor de Farlete testificó a favor de nuestro personaje, le tocó ir a presidio para toda la vida, y aquel señor de Farlete, mientras vivió, le envió dineros al presidio para que no se le hicieran tan cuesta arriba el verse privado de libertad.”

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  • Asesinato a Santiago Ardid

    El 15 de abril de 1873, apareció muerto Santiago Ardid. Su cuerpo apareció sin vida en una era cercana a su casa, donde había acudido para realizar sus necesidades. Resulta un crimen de muy dudosa autoría que ha dado píe a varias hipótesis que desgranamos a continuación. Existen noticias que sitúan en esa fecha a la banda del Cucaracha por Ontiñena, pero no aseguran la presencia del mismo Mariano Gavín Suñen. Por otro lado, cuentan que un cazarecompensas debió de confundir a Santiago Ardid con el Cucaracha. Pero el testimonio más posible lo recoge Alberto Lasheras.

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Cruz Santiago Ardid. Fotografía Alberto Lasheras Taira.

  Señalan posibles líos de faldas, pues ambos tenían carácter de mujeriegos. Alberto Lasheras lo cuenta de la siguiente manera: “Mariano Gavín y Santiago Ardid eran vecinos. Las puertas falsas de ambas casas estaban bastante próximas la una de la otra. Mariano era ocho años más joven que Santiago. Su ímpetu y su fama de mujeriego (se dice que tenía amantes en Leciñena, Villamayor, Lanaja, Alcubierre..), junto a los problemas de proximidad, hacían que ambos hablasen en sus círculos de las ganas que tenían de encontrarse cara a cara para resolver sus disputas.”

     Alberto Lasheras recuperó el testimonio de Vicente Pérez de casa Camilo. Vicente se encontró al Cucaracha por el paraje de Valmayor, cerca de San Caprasio, era la época de la siega y la sierra estaba abarrotada de personas en las faenas de la siega. La gente subía a pasar largas temporadas, subían tocinos, gallinas y vino. El hecho es que, Vicente Pérez, se encontró con Mariano Gavín y el Cerrudo, y tras saludarse Mariano comentó que bajaba a Alcubierre a matar a santiago Ardid: “que ya estaba harto de que presumiese de ir con su mujer”. Vicente bajó para avisar a Santiago Ardid, pero mientras estaba amarrando las mulas, Vicente escuchó los disparos de un crimen que no pudo evitar. Al parecer, Santiago Ardid era muy desconfiado, precavido y evitaba ir por los caminos principales para no encontrarse con Mariano Gavín.

      En la era anexa a la casa de Santiago Ardid hay una cruz con la siguiente leyenda: “Aquí murió Santiago Ardid el 15 de abril de 1873”.

En una ocasión, faltando poco para terminar la jornada, Gavín con algunos de sus hombres pasó frente al corral del Camilo. En ese momento a Pérez le vino a la cabeza que unos días antes, cuando pasó la cuadrilla a caballo junto a su corral, su perro salió ladrando, lo que molestó al “Zerrudo” que de un tiro lo mató. Cucaracha detuvo su caballo y sin desmontar dijo:

“¡Buenas Pascual!, ¿Ya plegas?”

-“¡Hola Mariano! Sí, voy pá casa. Y tú, ¿vas al pueblo?”

-“Sí, voy a matar a Santiago “Jordán” que ya me tiene harto”.

Tras despedirse, Vicente pensó: “Tengo que apresurarme y cuando llegue a Alcubierre, avisaré a Santiago de las intenciones de éste”.

Una muerte, un secuestro y una comida asociadas a Cucaracha.

* El Bandido Cucaracha – Los Titiriteros de Binéfar

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  • Las fechorías continúan

     El Cucaracha comienza a sentirse seguro escondiéndose por la sierra de Alcubierre, por Jubierre y por Castelflorite. Incluso tuvo del atrevimiento de dirigir una misiva  desafiante al Capitán General de la guardia civil, el 26 de junio de 1873. De la carta tan sólo nos ha trascendido el siguiente encabezamiento: “Servicio Montes, Siñor Capitan jeneral en Zaragoza”.

“El célebre bandido Cucaracha ha dirigido una carta al Capitán General de Aragón, haciendo alarde de burlar la persecución que se le hace”.

“El Imparcial” 8 de junio de 1873

    Pero la muerte acechaba al Cucaracha, su cabeza tenía precio y tras tantas tropelías, muchos eran sus enemigos. Una tarde, cerca de la aldea de Pascual Escanero,  por el paraje de cuarto nuevo del monte de Lanaja, la cuadrilla de bandoleros se detuvo para charlar y merendar con el guardia Lorenzo Vived. Tal y como cuenta Andolz, Pascual Escanero había prometido buena recompensa por la captura de los bandoleros. Cuando los bandoleros retomaron su camino, Lorenzo les disparó por la espalda alcanzando e hiriendo al Cucaracha y al Villanueva, “Cucaracha se revolvió malherido y le disparó un trabucazo matándole en el acto”. Malheridos se refugiaron en la cueva de los Porzanes y luego marcharon a la Malena de Timoteo Mairal, donde les acudía a sanar Atarés el practicante. Al recuperarse el Cucaracha, la banda marchó a la zona de Jubierre, donde la guardia civil cogió por sorpresa al Villanueva, quien muy mal herido y con fiebres, no tardo en caer muerto por arma de fuego: “El amanecer del día 19 hallaron al Villanueva (fuerzas de la guardia civil del puesto de Sariñena) oculto en unas peñas, y al intimarle a la rendición, trató de defenderse encarando su trabuco, ganándole la acción el cabo Buisán que le disparó con su fusil hiriéndole gravemente. Fue entregado en el Juzgado competente”.

      La otra vez que el Cucaracha resultó malherido fue durante el asalto a casa Coarasa Paño de Torralba de Aragón, una casa fortaleza que intentaron asaltar sin éxito hasta en tres ocasiones. Existía mucho miedo al Cucaracha y su banda y las casas ricas de monegros se protegía la entrada con un gran enrejado. En la primera acometida a casa Paño, un zagal que servía en la casa estaba compinchado, pero su nerviosismo delató los planes y la familia pudo organizar la defensa, consiguiendo que la banda desestimara en su empeño. En el segundo asalto se produjo un intenso tiroteo y, al agotar las postas, una gran piedra tirada desde el balcón impactó en la riñonera del Cucaracha, dejándolo malherido. En Torralba cuentan que un bandolero murió con el impacto de un saco lleno de arena tirado desde la casa. También que fueron a buscar al medico de Torralba, le cubrieron la cabeza y lo llevaron a la sierra para que curase a un bandolero herido, después lo devolvieron sano y a salvo a Torralba.

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  • La falsa muerte del Cucaracha

       El 30 de julio se da cuenta de la muerte del célebre “Cucaracha”, tal y como informaba el alcalde de Sariñena. Información que pronto es desmentida en los medios el 6 de agosto, pues fue confundido con el Villanueva, recientemente fallecido. Por un tiempo, los bandoleros a tenor del trágico trance de la caida del Villanueva, permanecieron más escondidos. Pero pronto vuelven a sus andanzas y sobre el 18 de noviembre inauguran la temporada invernal secuestrando, por unos cientos de duros, al hijo de un acomodado vecino de Villanueva de Sijena que se encontraba en el monte realizando labores de siembra. En aquellas fechas también se produce el incidente del Catalán, hombre de confianza del Cucaracha, que acudió herido al penal donde sufrió la amputación del brazo derecho. La nueva actividad bandolera parece ser que vino motivada por la fuga de dos prisioneros del penal, aprovechando la confusión reinante ante los acontecimientos del Sitio de Cartagena.

Si las autoridades, apartando un momento su atención de los asuntos políticos, no dedican alguna fuerza a la persecución de los ladrones, pronto se enseñorearán de toda la comarca como ya lo hicieron anteriormente con grave perjuicio de los labradores acomodados, que se verán obligados a abandonar la dirección personal de sus haciendas. 

Diario de Barcelona” del 21 de noviembre

      El 10 de mayo de 1874 la guardia civil capturó algunos miembros de la cuadrilla del Cucaracha, el destacamento del alférez D. Francisco Bergua detiene en Lanaja a Juan Andrés y nueve bandoleros más. Otros cinco miembros de la cuadrilla son detenidos el 22 de junio por el mismo oficial, en la localidad oscense de Alcolea de Cinca.

      En torno a la fecha del 12 de marzo de 1874, los bandoleros obtuvieron un botín de unos 400 duros en Bujaraloz, llevando tras sus pasos a la columna de la guardia civil del brigadirer Delatre. El 15 de de marzo, la cuadrilla incendió una “hermosa paridera y pajar” del rico propietario de Alcubierre José Calvo y Ayerbe: “por no haberle mandado una respetable suma que le pidió en carta remitida por uno de sus criados”. Al parecer, numerosos vecinos salieron a sofocar el incendio. Cuando unos veinte hombres armados regresaban al pueblo, salió al encuentro el Cucaracha con seis hombres suyos, alcanzando a los rezagados que iban tirando de un carro, les convidaron a hacer un alto y a tres que trataron de huir les hicieron fuego. Consiguieron dar en la manga de la chaqueta de uno de ellos, mientras los otros dos se tiraron al suelo. Les acabaron robando las armas y efectos, rematando el incidente entregándoles una carta, conminando al señor Calvo a satisfacer el pago exigido bajo la amenaza de matar toda la caballería y ganadería.

“… el domingo, Cucaracha y su cuadrilla incendiaron una paridera y un pajar del rico propietario de Alcubierre José Calvo Ayerbe, por no haberle enviado una respetable suma que le exigieron. Muchos vecinos salieron inútilmente a apagar el fuego, al regresar, los hombres armados en número de 30 salieron al encuentro de Cucaracha”.

El Imparcial.

      El 20 de abril, el guardia civil José Pastor, que formaba parte de la columna de Delatre, reunió a seis voluntarios y partió a las cercanías de Grañen para hacer frente a algunos individuos de la partida del Cucaracha. Tras una férrea lucha de cerca de un cuarto de hora, aprehendió a cinco bandoleros que enseguida encarceló en el presidio de Grañen.

Bandido Cucaracha (6)

Guardia Civil persiguiendo al Cucaracha. Ilustración Cruz salvador.

     Una correspondencia del 5 de mayo de Sariñena denunciaba las continuas fechorías que los infames bandoleros pertrechaban por el territorio, citando la reciente actividad de la banda en el despojo de dineros y ropajes al capataz de la vía férrea y un guardia vía en sus casillas del monte de Terreu: “trabuco en mano les sorprendieron en aquel desierto terreno y amenazándoles con quitarle la vida si para día fijo no llevaban a un punto determinado cierta suma”.

     En julio de 1873 encontraron estrangulada en su casa de castejón de Monegros a la viuda del “Villanueva”, segundo de la cuadrilla del Cucaracha.

       La inseguridad reinante impedía el control de los hacendados sobre sus campos, lo que aumentaba la presión sobre las autoridades, de esta manera era denunciada en el Diario de Barcelona del 14 de mayo: “El brigadier Sr. Delatre, haría un singularísimo servicio a los pueblos vecinos a la sierra, dando el golpe de gracia a la cuadrilla que en aquella se cobija y a todas sus extensas ramificaciones”.

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  • La presión aumenta sobre la banda del Cucarcha

    La presión comenzaba a dar sus frutos. El 14 de mayo se da fe de la captura de diez bandoleros por las fuerzas de guardia civil de la comandancia de Huesca. El 18 de mayo fueron capturados varios bandidos, encontrándose entre ellos Marcelino Berbeder, el sastre de la banda. Sobre el 25 de mayo, el alférez de la guardia civil de Huesca, Francisco Bergua y Castro, capturó siete individuos que fueron puestos a disposición del señor Capitán del distrito.

 Hemos visto conducir esta mañana, escoltados por la guardia civil, desde la Capital general a las cárceles nacionales, siete presos que, según las noticias que hemos podido adquirir, están acusados de ser cómplices o compañeros del bandido “Cucaracha”. Con estos siete son ya 28 los que se hallan presos por uno u otro de los motivos indicados.

Diario de Barcelona 27 de mayo.

Bandido Cucaracha (4)

El Cucaracha y su cuadrilla. Ilustración Cruz Salvador.

   El cerco contra Mariano Gavín comienza a ser asfixiante, el 30 de mayo, mientras la banda realizaba una reunión en el pueblo de Belver de Cinca, la fuerza de la guardia civil cayó de improvisto sobre la banda. El cucaracha volvió a mostrar sus dotes de gran astucia e inteligencia logrando zafarse de sus perseguidores, pero tuvo que lamentarse profundamente por la captura de Jobita, su mujer, junto a tres miembros de la cuadrilla. También fueron encarcelados, en la localidad de Monzón, el joven zagal que portaba el aviso del chivatazo y dos mujeres y un hombre que colaboraron en alertar al Cucaracha del dispositivo de captura iniciado por la guardia civil.

     Manuel Lax y Francisco Alós fueron detenidos el 26 de junio, junto a Camila Martínez, esposa de bandolero, confidente y falsificadora de moneda. Isidro Berber, Francisco Larroy Ferrer, y Joaquín Ollés Cuadrado caían detenidos la madrugada del 22 de junio. A los dos días fue atrapado en Ballobar Manuel Miró “el Cigarro”, confidente de la banda y terror de aquella población. El 27 de junio se escapaban tres bandoleros pero el 31 del mismo mes, la guardia civil se incautaba en Ontiñena de un fusil, cincuenta y cuatro cartuchos, un uniforme carlista con divisas de sargento primero y documentación detallada de una compañía.

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  • La llegada del teniente Vicente Lafuente Pueyo y la partida de domino

      La creciente presión deja a mínimos la banda del Cucaracha que cada día se siente más cercada y debilitada. La aparición del teniente Lafuente manifiesta el aumento de efectivos de la guardia civil en la comarca monegrina, especialmente en la comandancia de Sariñena. Para Mariano Gavín, la situación se tornaba desafiante. El enfrentamiento y duelo contra la guardia civil parecía inevitable.

       Su reto alcanza su máxima expresión en un acontecimiento que marcó profundamente la grandeza y leyenda, y a veces hasta de héroe popular, del célebre bandido Cucaracha. Fue para esta ocasión cuando el Cucaracha se arregló y vistió con gran elegancia y acudió al casino de Zaragoza. Pronto localizó al teniente Lafuente jugando al domino, con sus tres estrellas de ocho puntas que tanto lo delataban. Un irreconocible Cucaracha se sumó a la partida. No existían fotografías que lo identificasen, además se había arreglado para la ocasión y nadie podía esperar encontrarlo tan descaradamente en el casino de Zaragoza. Durante la partida, el teniente no paraba de alardear del cuerpo de la guardia civil y de su nueva encomienda, acabar con el temido delincuente que atemorizaba la comarca monegrina: “Me gustaría tropezarme un día con ese Cucaracha para ajustarle las cuentas…”, dijo de forma chulesca y bravucona. De regreso a su casa, el teniente Lafuente encontró en su bolsillo una nota que decía: “También yo tendría mucho gusto en tropezarme con usted sin testigos. Ya sabe dónde encontrarme. Le espero en la sierra de Alcubierre. Cucaracha”.

     La guardia civil iba pisando los talones del Cucaracha. Un día llegaron a la balsa de Ramón Alcubierre, donde se encontraba abrevando el ganado de Bonifacio Pérez y Mariano Verdún,  y preguntaron por los bandoleros. Les dijeron que estaban por los cubilares de Sanz, entre Alcubierre y Lanaja. Allí acudieron los civiles, el Cucaracha los vio llegar. Les gritó que subieran, que allí les esperaba, pero el cabo no subió, dejando una nota al Cucaracha que le decía que pronto tendría que cambiarse la camisa. La respuesta del Cucaracha no se hizo esperar, dejando el siguiente mensaje junto a un saco manchado de sangre “así sería la próxima camisa que llevase”. A los tres días, el Cucaracha mató de un trabucazo al cabo mientras practicaba la caza.

      A los pocos días, el hombre de confianza del Cucaracha, Francisco Navarro, murió a manos de la guardia civil. Francisco era su mano derecha, escondía y sabía donde se guardaban los botines. Tras su muerte, Manuel Lorda ocupó su lugar responsabilizándose de guardar las finanzas. Andolz relata el acontecimiento de cuando los ricos de Alcubierre trataron de secuestrar a su mujer, está logró escapar al barranco de Patricia, por la zona de balsas Medias, el relato es de Anastasio Abadía: “Fue a ver a Francisco Navarro y le dijo -¿has cenado?- y contesto él -No-. -Cena y vendrás conmigo, pero no te emborraches, que te pego un trabucazo-. Cogieron a la mujer con la hija en el burro y se fueron al corral de Las Negras de la Cartuja donde estaba Jacinto Navarro, y Francisco Navarro se volvió a su corral y le dio un duro para que se comprara cajillas. Así, con la ayuda de los burros se llevaron a punta sol a la mujer al cuartel general”.

     El Cucaracha presentía que eran sus últimos días, lo dio a entender encasa de Angela, la hornera de Alcubierre: “Mira Angela -le dijo con voz tranquila, ligeramente velada por la emoción-, tendrás que hacerme una bolsica para ponerme la estampa de la Virgen del carmen, porque me parece que voy a vivir muy poco, que los civiles nos persiguen mucho”.

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  • El último asalto a Ruata

     Antes del último asalto a Ruata, en el otoño de 1874, en palabras de Jorge Sánchez Ardid, Andolz recoge un episodio al que no le concede demasiada credibilidad, un suceso en un clima de desconfianzas, tropelías y venganzas. “Un compañero de Cucaracha, de Fraga, que había sido guarnicionero, en cierta ocasión le pegó una bofetada a Ruata, el ricachón de Alcubierre. algún tiempo después lo cogieron los civiles y querían llevarlo a Zaragoza, pero no tenían medio de locomoción. Entonces no había casi coches, únicamente si se mandaba algún propio. Ruata les dejó un caballo y quiso acompañarlos pues había reconocido al que le dio la bofetada. Cuando estuvieron por la sierra les dijo a los civiles que se lo dejaran a él. Se lo dejaron y él lo mató de un tiro”.

     Juan Ruata pertenecía a una casa rica de Alcubierre dedicada a la ganadería ovina. Comerciaban con la lana con la que obtenían grandes beneficios, hasta el punto que frecuentemente hacía uso de su expresión “Vale más la cama donde duermen mis gatos que la casa de fulano”. Lo secuestraron en enero y la familia siempre contó que lo habían tenido desnudo y atado a un pino, una cuerda al cuello hacia arriba y otra atada a los testículos hacía abajo.  Pero su criado Juan Olmos, quien hizo de mediador y le llevó ropa durante el secuestro, siempre manifestó que los bandoleros habían tratado bien a Juan Ruata, cuenta el investigador monegrino Alberto Lasheras.

     En febrero de 1875, mientras el rico hacendado de Alcubierre Juan Ruata se encontraba cazando, al separarse de sus cuatro compañeros y acercándose donde se hallaban dos se sus criados y pares de mulas, fue interceptado por la banda del Cucaracha. Al iniciar la fuga Juan Ruata, los bandoleros le dispararon cuatro o cinco tiros sin conseguir darle alcance, pero al adentrarse por un terreno algo pantanoso, Ruata cayó al suelo siendo atrapado por la banda. Para su rescate le pidieron a la familia siete mil duros de plata, al día siguiente le fueron entregado treinta mil reales y la respuesta del Cucaracha fue un recado de atención a la familia “dando seguridades de que lo encontrarían colgado de un pino si no completaban los siete mil duros, y fue forzosa su remisión”. Ruata, estuvo en su cautiverio acompañado de un criado, que nunca le abandonó “volvió el martes bastante delicado, si bien dice que no solo no le han maltratado, sino que hasta ha sido objeto de algunas atenciones”.

        Para Alberto Lasheras, la familia no pudo conseguir la cantidad de dinero inicial, así que realizó una primera paga de 30.000 reales. Pero Cucaracha dijo que: “o les mandaban el resto del dinero o lo iban a encontrar colgado de un pino”. Al final, con mayor o menor esfuerzo, la familia reunió y entregó el rescate. El Cucaracha lo soltó el día de la Candelera, el 2 de febrero, toda la gente estaba en misa y  aprovechó para ir a su casa y cambiarse sin que nadie lo viese. Juan Ruata como agradecimiento a Juan Olmos le prometió una gratificación en su testamento “Juan, para cuando yo muera te voy a dejar en mi testamento lo suficiente para una vida digna” Pero, a la hora de la verdad, Juan Olmos no recibió lo prometido.

           Alberto Lasheras recoge el testimonio de Isabel Ruata, descendiente de casa Ruata. Cuando los titiriteros de Binefar presentaron la obra del Cucaracha en Alcubierre, Isabel relató que era imposible que ese rescate, pagado a principios de febrero cuando él murió el 28 del mismo mes, se lo hubieran podido gastar. El dinero tenía que estar escondido por alguna parte, por eso se habla mucho de tesoros ocultos.

Cucaracha tenía una organización montada de tal calibre que tenía como una red de confidentes y espionajes que le costaba muchísimo dinero. Se dice que tres mil reales diarios tenía que pagar el Cucaracha en confidentes para tener una buena información. Por eso había mucho gasto pero también había mucho ingreso. Es posible que parte de algún botín alguien lo escondiera.

Alberto Lasheras

       Diario de Avisos de Zaragoza del 10 de febrero de 1875. ” Alcubierre, 7 de febrero de 1875. Querido amigo: aprovecho mi corta y casual estancia en este pueblo para darle unas cuantas noticias de Cucaracha, cuyas hazañas vuelven a repetirse, y del cual ha sido victima estos días el conocido y rico propietario D. Juan Ruata.

         Salió éste un día de la semana pasada a cazar en compañía de cuatro compañeros, y ocupados en esta distracción, recorrieron el monte, llegando cerca de un campo donde se hallaban sus criados y pares de mulas.  Desvióse Ruata de los cazadores para visitar su hacienda que a unos mil pasos estaba, y mientras daba instrucciones y hacía preguntas a su criado mayor, echáronsele encima Cucaracha y los suyos, mas no con tanta precipitación que él no pudiese irse.

          Disparáronle cuatro o cinco tiros sin tocarle, mas cayó al pasar por un terreno pantanoso y perdió la ventaja que a sus perseguidores llevaba, volvió sin desmayar a levantarse, poro con tanta desgracia, que pisándose el tapabocas dio en tierra y en manos de los bandidos. Sus compañeros, que todo esto presenciaban, temerosos o cobardes, huyeron sin acudir en su socorro y consintieron su prisión que les hubiera sido fácil evitar a tener todos la serenidad y sangre fría de Ruata y de otro compañero llamado el carretero. Internáronse en la sierra, pidiendo por su rescate siete mil duros, les llevaron al día siguiente treinta mil reales, y Cucaracha envió a la familia un recado de atención, dando seguridades de que lo encontrarían colgado de un pino si no completaban los siete mil duros, y fue forzosa su remisión. Acompañado de un criado, que nunca lo abandonó, volvió el martes bastante delicado, si bien dice que no solo no le han maltratado, sino que hasta ha sido objeto de algunas atenciones.

            Tal es el golpe que tiene asustados y puestos en guardia a los ricos propietarios de este país, a quienes profesa una particular predilección Cucaracha, de quien se dice que nunca ha salido a robar pequeñas cantidades a los viajeros.

               Tiene este hombre singular unos cuarenta años, es delgado, de una estatura casi baja y carece de toda instrucción, hasta el punto de firmar con mucho trabajo. Fue jornalero, mozo de mulas y carbonero en sus mocedades y su hombría de bien le granjeó  hasta la confianza de un recaudador de contribuciones o cosa así, que le encargaba la conducción de fondos a Huesca, si que en aquella época cometieran ningún desmán. Está más o menos remotamente emparentado con algunas familias ricas de Alcubierre, y esta circunstancia se señala como la causa de su actual existencia, porque cuando el trabajo no le pareció a él una ocupación decorosa, tuvo por conveniente vivir sin trabajar y le fueron dispensados y hasta ocultadas las malas artes de que se valió, y en esta senda fue progresando hasta hoy que puede competir con ventaja con los siete niños de Écija. 

            Lleva ordinariamente dos trabucos, si bien alguna vez se le ve con una escopeta de dos cañones o una carabina Remington. Su partida es numerosísima, y raro día se le ve acompañado de los mismos cofrades que el anterior; tiene mucha sagacidad, talento y habilidad rara para dar los golpes que el proyecta; pero todo esto sería inútil sin su principal elemento, que es la innumerable corte de espías y asociados que tiene en todo este país: Se aparece con frecuencia a los pastores, guardas, cazadores y demás gente que su oficio lleva al monte y a ellos pide con buenos o malos modales, según el humor que gasta, las baratijas que en el momento necesita y que éstos tienen buen cuidado en llevarle, porque de no hacerlo, pagarían con el individuo al día siguiente. No se fía ni de los suyos, que nunca saben donde duerme, y obliga a comer el primero  al que lleva víveres.   

              Dos o tres veces ha estado a punto de caer en manos de la fuerza armada. Una de ellas le cogieron durmiendo en una casa, rodeado por la guardia civil, arrojó la manta por una ventana, mientras que por otra saltaba y en paños menores huía. Otra se hallaba con los suyos en un soto: iban a ser copados y distribuyó su gente, colocando los dos que más corrían donde la guardia los viese, con orden de huir. Echaron éstos tras ellos, mientras Cucaracha se subió a un árbol, escurriéndose después con mucha serenidad. 

           Gasta unos 3000 reales diarios en confidencias que le proporcionan los amigos que tiene en todos los pueblos de ocho a diez leguas alrededor, y sabe hasta los detalles más íntimos de las familias y pueblos, llegando en ésto a lo increíble. Está furioso con la prisión de su mujer y ha prometido recrudecer sus fechorías, mientras no consiga su libertad.

           Aquí hago punto: pues no tengo tiempo ni aún para rectificar estas líneas, escritas a vuelta de pluma, sobre los apuntes de mi cartera, y que Dios sabe como habrán salido”.  

trabuco

  • De la muerte del Cucaracha y parte de su cuadrilla

Corriu de Cucaracha. Miscelánea Turolense.

     La cuadrilla del bandido Cucaracha amaneció el 28 de febrero en el corral de L´Anica, cerca del poblado de Peñalbeta. El zagal Manolico Maza Lacasa tenía que llevarles vino que, como en otras tantas ocasiones, había dispuesto el mediador Pedro Lobardo. Pero para esta vez, el teniente Vicente Lafuente, junto al alcalde y al boticario de Lanaja habían urdido un infalible y mortífero plan. Habían envenenado el vino para dormir la banda, con la dosis perfecta para que fuese efectivo y no fuese detectado al gusto. Además prepararon un contraveneno, pues el cauteloso Cucaracha siempre hacía probar todo antes de su consumo y así, no resultase maltrecho el joven Manolico. Cuando la banda comenzó a beber y comer, el veneno hizo surtir su efecto, situación que aprovechó la guardia civil para asaltar y dar muerte a los bandoleros. Esta es la versión más popular que ha llegado a nuestros días y aunque el relato de la guardia civil la hace más épica, la verdad es que conociendo el corral de L´Anica y que ningún guardia civil resultó herido, todo apunta que el veneno consiguió sedar a los bandoleros y una vez dormidos, la guardia civil los remató a quema ropa. Al mando de los guardias iba el capitán teniente Vicente Lafuente y Pueyo, le acompañaban el sargento segundo Carlos Rodríguez, cabo primero Francisco Salanova y los guardias José Pastor, Lorenzo Laclaustra y Fermín Catalán.

De mil trampas él s´escapa

nunca le pueden pillar

l´envenenaron el vino

para poderlo cazar.

Copla recopilada por:

Alberto Lasheras

corral de L´anica

Corral de l´anica. Bandido Cucaracha.

      Los bandoleros Antonio Sampériz Peralta “El Cerrudo”, de 38 años, de Lalueza y esposo de María Bayona; José Bernad Rivas “El Herrero de Osso”, de 38 años, natural de Osso y esposo de Tomasa Ferrer; Melchor Colomer y Ferrer “El Molinero de Belver”, de 32 años y natural de Belver; José Solanilla y Lacambra “El Guarnicionero de Alcolea”, de 35 años y natural de Palo; y Mariano Gavín Suñen, de 37 años, murieron aquel fatídico 28 de febrero de 1875 en el corral de L´anica, monte de Lanaja, donde la Guardia Civil los envenenó con vino y una vez sedados, los acribillaron a tiros. En un bolsillo de Mariano Gavín apareció una petición de indulto al rey Alfonso XII; “Las cartas del Cucaracha”, por Alberto Lasheras. Los cuerpos sin vida de los bandoleros fueron expuestos en la plaza mayor de Lanaja. Mosén Baltasar hizo sonar las campanas, mientras que por las calles la gente alborotada gritaba “¡Han matado a Cucaracha! ¡Han matado a Cucaracha! ¡Están todos en la plaza!. Sacaron a todos los zagales de la escuela para que vieran los cuerpos sin vida de los temidos bandoleros y les hicieron pasar por encima de los cadáveres. Era un acto de desagravio, cuenta el najino Marcario  Andreu Torralba, quien encontró la partida de defunción de Mariano Gavín en los archivos de Lanaja. Para Macario, quizá a los bandoleros los enterraron en el antiguo cementerio de Lanaja, ya desaparecido, pero también hay quienes cuentan que fueron descuartizados y clavados en estacas por el monte.

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Partida de defunción del Cucaracha. Imagen de Macario Andreu Torralba.

       Este es el testimonio de Anastasio Abardía, recogido por Rafale Andolz: “Día 28 de febrero de 1878 (equivoca el año). ¡Qué día tan señalado! En el corral de don antonio Martínez han matado a Cucaracha y a sus cuatro compañeros. Vino una sección de guardia civiles de la provincia de Zaragoza, bajaron por la senda del volador preguntando a un pastor por el corral de L´Anica y se lo dijo. El centinela se había dormido por haberles dado el vino envenenado. la guardia civil puso un tricornio encima de la tapia. Cucaracha al ver el tricornio lo hizo piazos disparando. A cucaracha lo mataron el primero por tener la escopeta descargada. El que arreglo el vino fue el boticario de Lanaja. El que llevó el vino, Manuel Maza Lacasa, le dio contraveneno para no morir él también en aquella noche, pues Cucaracha le haría beber antes a él. Todos los ricos de los pueblos más próximos vinieron a Lanaja a ver a Cucaracha y los suyos. a continuación los bajaron en el carro y los dejaron en la plaza de Lanaja enseñándoles a los chicos y chicas el maestro Liesa, la maestra Raimunda y el sacerdote Mosen Baltasar Marcellán, los cadáveres. el escolano que servía al sacerdote era Angel Cambra. (Un viejo de Lanaja se acuerda haber oído que los niños y niñas  de la escuela pasaron pisándolos por encima de los cadaveres)”.  El siguiente relato es de Jorge Sanchez Ardid que también es recogido por Andolz: “Un pastor de Lanaja, Pedro Lobardo, le llevaba vino de parte de Angela. El dio cuenta de que el vino era para ellos. El boticario lo malbezó con una medicina poco conocida que los adormía y el repatán que llevaba el vino le daron contraveneno, pues Cucaracha lo hacía probar siempre al que lo llevaba. Va el chico, lleva el vino, Cucaracha hace beber a los cuatro compañeros. bebe él y dijo -Ya nos han jibau!, este vino está compuesto!-. Pero ya había bebido. Se acercaron a la aldea más cercana. El se pone en un montón de fiemo que había allí al lau a arreglarse la tascadera de los calzones, que llevaba calzón corto. La estaba arreglando con un palico cuando vio venir a los civiles. Cucaracha les disparó, al oír el ruido salieron los otros que también dispararon. Era la aldea de la Nica, de Pedro del Torralbés”.

“En ocasión que el célebre bandido Cucaracha, temor de toda la comarca, se hallaba con cuatro más en un corral de ganado en la falda de la sierra, y sin duda alguna desprevenidos, cayó sobre ellos la fuerza de la Guardia Civil al mando del Teniente Lafuente, trabándose una lucha de la que resultaran muertos los cinco forajidos e ilesos los guardias civiles, debido esto a la buena dirección del Teniente, que rodeó el corral, con la punta de la bayoneta fueron haciendo visores  por todo él, librándose así de los disparos de los muchachos que hicieron fuego mientras tuvieron vida.

Cucaracha fue el primero que cayó, pues saliendo a la portera del corral se puso con dos armas de fuego y un morral de cartuchos y a lo que iba a disparar contra uno de los guardias que custodiaban la portera, otro guardia civil, que era un gran tirador, llamado Catalán, lo dejó tendido en el acto.

En seguida, los demás forajidos, ocuparon posiciones en el corral e hicieron fuego nutrido que, según relación que ha hecho el teniente, duró sobre media hora, enderezando siempre sus tiros a los agujeros que abría la guardia civil.

Muertos ya o tendidos los malhechores, penetró la guardia civil en el corral, en donde permaneció toda la noche del 28 de febrero, suponiendo así podrían llegar otros, pues así lo supuso el teniente en atención a que recogieron catorce armas de fuego, entre ellas fusiles BERDAN  y REMINGTON”.

La Correspondencia de la mañana, Diario y guía de Madrid 5 de mayo de 1875

       Eco de España de Madrid, reproducido en el Diario de Barcelona el 12 de marzo de 1875: “Alcubierre 3 de marzo. Los sucesos acaecidos el día 28 del pasado, con la captura del tristemente célebre Cucaracha, terror por espacio de 5 años de esta comarca, son de tal magnitud y han impresionado a todo este país, que me tomo la libertad de hacer una sucinta reseña de ellos, por si V. gusta que su acreditado diario sea tal vez el primero que lo publique. 

         Ya el día 28 de enero una triste noticia corrió veloz de vecino en vecino, llenándoles de pena y dolor; al salir acompañado de cuatro amigos el primer contribuyente de este pueblo D. Juan Ruata, se separó un poco de ellos para ir a dar órdenes a sus criados, y en aquel momento fue sorprendido por tres hombres que le dieron el alto, trabuco en manos; trató de librarse por medio de la fuga, mas con tal desgracia, que fue a dar a un lodazal de donde no podía salir, y allí le dieron alcance los criminales, y después de maniatado, le hicieron seguir. Cuatro días lo tuvieron en su poder, cuatro años para su familia y amigos, mas al fin, después de pedir por su rescate 14.000 duros, no hubo más remedio que entregar 7.000, que es lo que se conformaron, o peligraba la vida del secuestrado.

      ¡Quién había de suponer que al mes de este suceso Cucaracha y su cuadrilla habían de ser copados!.

         D. Vicente Lafuente Pueyo, teniente graduado del benemérito cuerpo de la Guardia Civil, ha sido el que ha dado el gran paso y el que desde aquel fausto día recibe mil parabienes, y es aclamado con frenesí por estos pueblos; hombre sereno y de valor, que no teme el peligro, solo hacia diez y siete días que se hallaba al frente de la fuerza destinada para la persecución de Cucaracha y su cuadrilla, y en tan pocos días, tal ha sido la fe con que ha trabajado, tal el espíritu de llevar la paz que tanto tiempo tenían perdida los contribuyentes, que han sido suficientes para dar con las madrigueras y concluir con el que era terror  de la sierra. 

      Nunca olvidarán estos habitantes lo mucho que le deben, y si premios tiene destinados el gobierno de S.M. para los que llenan sus deberes militares con tanto honor y valentía, seguramente que no olvidará el que se merece y a que se ha hecho acreedor don Vicente Lafuente, y del que también son dignos los individuos a su mando. 

       El 27 del pasado febrero salió la fuerza dividida en dos grupos en dirección a la sierra, y en la mañana del 28 se dirigieron hacia el punto llamado Peñalveta; serían las dos de la tarde cuando al llegar a la partida titulada Lanica, término municipal de Lanaja, la pareja que iba de avanzada, con gran cautela, y tal como el caso lo requería, miró por la pared del corral y distinguió a uno que estaba cosiendo y que a su lado había un arma; examinado un poco más, vieron diferentes armas en un rincón; esto fue bastante para creer que serían los bandidos (porque hay que tener en cuenta que a Cucaracha no le conocía ninguno de la fuerza, ni había fotografías de él ni señas particulares que pudieran ser bastantes para prenderles), agitó uno de los guardias el pañuelo, y los demás avanzaron rodeando el corral; practicaron tres o más arpilleras, y acercándose dos a la puerta dan la voz de alto a la Guardia Civil, rendíos y no se os tocará; veloz como el rayo coge Cucaracha su Berdan, arma la bayoneta y se lanza a la puerta; los otros compañeros cogen las armas y van a la pelea; viendo la fuerza que era imposible prenderlos sin haber lucha, se da la voz de “fuego” y es herido de muerte  el jefe de aquellos bandidos; ya no había más recurso que concluir con todos, y los guardias, defendiéndose con valor y procurando no sufrir baja alguna, se parapetan; mas los bandidos con sus descargas no daban tiempo a nada, y a los pocos minutos ya había tres de los criminales fuera de combate, concluyendo con todos pasada media hora de lucha, sin que la fuerza tuviese que lamentar no solamente la menor lesión, sino que ni aún simples magulladuras.

     Dado aviso al pueblo, corrió la noticia con velocidad, y al día siguiente los caminos que conducen a Lanaja se veían cubiertos de gente ávida de conocer al que por cinco años ha llenado de pavor a estos habitantes, y que tantas desgracias difíciles de reparar ha ocasionado.  

        El juzgado de Sariñena  se constituyó en el pueblo, y las campanas de Lanaja y Alcubierre anunciaban que el regocijo que los vecinos sentían era una verdadera fiesta popular. 

          Tendidos en medio de la plaza se hallaban por el orden siguiente: El Cerrudo, segundo jefe de la cuadrilla; Cucaracha, el herrero de Osso, el molinero de Belver y el guardicionero de Alcolea; éste tenía un buen aspecto, gran estatura, vestía hasta con elegancia, sumamente flaco y fino de cutis, cara hasta hermosa y cubierta toda de barba larga y negra, muy aseada y limpia.

          Cucaracha, seco, delgado, bigote recortado, y mal vestido al estilo del país; de los cinco era el de peor presencia y el más desaliñado de todos.  

         Practicada la autopsia por tres facultativos, se encontró en Cucaracha una sola herida, que, habiendo penetrado por la región supra clavicular, salió por el séptimo espacio intercostal de la región dorsal, cortando la arteria subclavia y produciendo una hemorragia, que debió dar lugar a la muerte poco menos que instantánea.  

        Fueron ocupados los efectos siguientes: tres pistolas, tres grandes cuchillos, dos puñales, cuatro fusiles, una escopeta de dos cañones Lafoncher, un Remington, cinco fusiles Berdan, todas estas armas con su correspondiente bayoneta, arroba y media de cartuchos Berdan y Remington, un kepis, una corneta, barbas postizas y una solicitud muy bien redactada y de muy buena letra, escrita en papel sellado, dirigida a S.M. al Rey don Alfonso XII, y en la cual pedía Cucaracha que le indultara de toda pena y le dejase ir libremente a su casa; además una carta sin concluir de escribirla, pues cuando uno de ellos lo verificaba fueron sorprendidos y muertos; dicha carta iba dirigida al ayuntamiento de este pueblo, pidiéndole sus firmas para el indulto.

       Estos son los hechos, y es tanto el júbilo de este pueblo, que en todos los semblantes se marca la alegría, celebrándose tan fausta noticia con bulla y algazara, reunidos en diferentes puntos.

       Se había llegado al extremo de no poder habitar estos pueblos; todo se encontraba abandonado, los labradores no podían ir a ver sus posesiones, y hora era de que se diera fin a tanto mal, ocasionado por una fiera humana.

     Cinco años de persecución continua y nunca podía darse con el criminal, hasta que la Providencia ha librado al país de grandes males de que se hallaba amenazado, y cuando los bandidos se preparaban para dar tal vez un golpe en Alcubierre que hubiera llenado de luto y de dolor a los corazones de sus habitantes, lo mismo que al país”.  

Mariano Gavín Suñen, Bandido Cucaracha.

Mariano Gavín Suñen, Bandido Cucaracha. Ilustración Cruz Salvador.

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Mariano Gavín, El Guerrillero que murió una vez.  Felipe Alaiz.

     Felipe Alaiz fue profesor de literatura, escritor y periodista anarquista. Nació en 1887 en Belver de Cinca y murió exiliado en Paris en 1959. Se caracterizó por su periodismo libre y crítico, cercano al pueblo llano y alejado de los círculos distinguidos, de la etiqueta y la pedantería de la intelectualidad española. Uno de sus artículos “Mariano Gavín, El guerrillero que murió muna vez” reconoce la figura de Mariano Gavín, dentro de la serie “Tipos Españoles” que la editorial “Umbral” recogió y publicó en 1962. Gracias a Lourdes y Marga Alcubierre Pueyo de Pallaruelo de Monegros hemos podido conocer tal valioso documentoque a continuación transcribimos.

Mariano Gavín, El guerrillero que murió una vez

Hay héroes populares que lucharon denodadamente por la libertad, que se sublevaron, admirables insurrectos sociales contra la mansedumbre de sus semejantes, encarándose contra la autoridad y contra la capacidad de Camancho el Rico; que no trataron de ejercer dominio alguno. Dejaron ejemplo de dignidad y desinterés y murieron asesinados por las fuerzas malditas.

Generalmente las biografías prefieren personajes de relumbrón. Prescinden del héroe popular y por ello la vida de los héroes populares queda entre leyendas y mentiras. Conviene, pues, reivindicar la memoria de los héroes populares olvidados. Hacia el año 70 del siglo pasado, los Monegros eran las mismas tierras desoladas y esteparias de hoy. Extensión de términos comprendida entre el Ebro y el Cinca, la población vivía esperando siempre el agua del cielo. Sesenta o setenta mil campesinos se limitaban al cultivo de cereales y al pastoreo.

En medio de la miseria general he aquí que aparece por la sierra de Alcubierre, uno de los pueblos de los Monegros, el valiente guerrillero de manta y trabuco, Mariano Gavín.

Diez años seguidos anduvo rondando por la zona esteparia de Aragón que eran los Monegros. Hombre grato a la simpatía popular, figuró en relatos y romances como personificación del valor, la entereza y la picardía. Diez años anduvo por montañas y llanos, vegas y poblados a salto de mata.

Su historia no salió del archivo comarcal. Con “dijendas” y narraciones de viejos campesinos y valiéndose, además, de algún archivo, no muy asequible por cierto, pude reconstruir la vida de Mariano Gavín, a quien llamaban por apodo “Cucaracha”.

-¿Conoció a Gavín?

-Sí, en Albalate.

– ¿Qué hacía allí?

– Estaba herido. Por cierto, que el médico del pueblo, un tal Luis Valdaura, curaba a “Cucaracha” de “escondidas”. Tenía mucho temple Gavín, y era algo socarrón.

-“Cucaracha” era cazador. Tenía mujer guapa y fantasiosa. Ella se dejó querer por un propietario rico, lo supo el marido y mató al seductor.

-Esa no es verdadera, amigo. Gavín no mato al seductor porque no hubo seducción. Gavín  no mató a nadie antes de echarse al monte, ni después tampoco. Se apartó de la vida, conformado, porque tal fue su voluntad.

Contaría a la sazón unos 38 años. Era de poca estatura y de no mucho cuerpo. Los mozos cantaban en el coro de ronda, años después de la muerte de Gavín:

Por la sierra de Alcubierre

siendo un hombre tan pequeño

se pasea “Cucaracha”

cuanto respeto que causa.

Tenía merecida  fama de generoso.  Daba trigo a los pobres y no acumulaba riqueza más que para apaciguar el hambre de los campesinos.

Otra copla clásica en aquella parte de Aragón, dice así:

“Cucaracha” es un gran hombre,

aunque tenga mala fama

porque el trigo de los ricos

lo reparte entre los pobres.

He aquí el relato de un viejo, chaval en la época de Gavín.

En los Monegros, tierra de “Cucaracha”, hay muchos años de escasez absoluta y pocos de escasez relativa. Hubo muchos años malos seguidos y los labradores tenían que comprar el trigo a media talega. Encontró “Cucaracha” al mensajero:

– ¿Qué camino llevas, pequeño?

– Al molino voy.

–  ¿A comprar trigo?

–  Por “mandao” de mi padre.

– ¿Ya llevas los cuartos?

– Escondidos los llevo.

– ¿Por qué los escondes?

–  Podría salir “Cucaracha” de cualquier barranco y “sacámelos”.

– Tu padre te “malimpone”.

– ¡y pobres que somos!

– Pues dile a tu padre que “Cucaracha” no les hace nada a los que trabajan. ¿Cuánto trigo has de comprar?

– Media talega.

– Pues toma esas monedas y puedes comprar talega entera.

Rasgos de ese carácter eran frecuentes en la vida de Mariano Gavín. El viejo baturro hace una pausa corta. Pregunto:

– ¿Qué gente llevaba en la cuadrilla?

– Ferrochón el de Belver, el Zurdo de Lalueza, un tal Valentín, el Pergaroide de Albalate y Carlos el de Almudévar. A Carlos lo mataron por la espalda en el camino viejo de Zaragoza.

– ¿Y no recuerdas el caso del “desorejao”? Tengo oído que era un confidente.

– Ya lo creo que recuerdo aquel caso. Se presento a “Cucaracha” uno de esos sujetos echadizos que empleaban los enemigos del guerrillero contra este. Pero ¿sabes qué consiguió?

– Quedarse sin orejas.

– Justo.

– ¿Cómo fue?

– Estábamos en las trilleras. Era yo chulo (criado joven de labor, especie de aprendiz) de un propietario de cinco pares… Gavín y los que iban con él se acostaron al raso, a la luz de las estrellas. Cada cual se acostó donde quiso y como quiso. «Cucaracha» se hizo la cama junto a un montón de fajos de garba (mies segada), que en el país llaman «fajina». No se acostó. Algo turbio había visto en los ojos de un guerrillero. ¿Qué hizo? Pues se escondió detrás de la fajina, dejando la manta tendida sobre un hato de ropa, como si él estuviera debajo. Cuando calculó el hombre echadizo que dormían todos los guerrilleros se levantó con tiento, llegó hasta la cama de «Cucaracha» y disparó un trabucazo… Pero «el muerto» salió por detrás de la fajina. ¡Ya estaban frente a frente! En dos cuchilladas le cortó Gavín las dos orejas al echadizo, que escapó como lo que era.

-Como una liebre… ¿Sería un andarín «Cucaracha»?

-¿Que si andaba? Doblaba las horas tres veces. Cuando tenía que pasar el Cinca, siempre a deshora, mandaba llamar al barquero del marqués de Ayerbe.

– ¿Ayerbe?

-Sí… tenía el marqués una barca de sirga y aún cobraba derecho de pago como hace cuatro siglos los antepasados. El barquero era un tal Salas, y se levantaba a la hora que fuera sin pereza… Los pobres querían a «Cucaracha» como a un buen hermano.

-¿Y los cucaracheros?

-Eran los que sabían nadar y guardar la ropa sin exponer la piel, los que guardaban dobletas para emprender negocios cuando «Cucaracha» les daba alguna miseria a guardar…

No mató a nadie…

-¿Y cómo murió?

-De una vez.

-¿Cómo «de una vez»?

-Lo envenenaron. Ninguna tropa del Gobierno se atrevía con él, ningún civil se le acercaba, los chupatintas le temblaban. Si se quería ver correr a un escribano o a un alguacil sólo había que decir: «¡Que viene «Cucaracha»!» Tenía tan buena puntería, cazador de afición, que a cuarenta varas rompía un alambre de un balazo.

-¿Y dice que murió envenenado?

-Fue un mozo a buscar vino a Alcubierre. El vino era para «Cucaracha» y el mozo cometió la imprudencia de decirlo. Inmediatamente se prestó un boticario a «arreglar» el vino con narcótico en ausencia del mozo. Bebió «Cucaracha» y cayó dormido como un tronco, igual que la gente que iba con él en el corral de una «paridera» (majada). Llegaron los civiles al mando de un sargento que se llamaba Salanova, y dispararon contra los que dormían a una distancia de seis o siete metros. Los acribillaron a balazos…

El oír al viejo baturro evoca la muerte de Sacha Yegulev de Leónidas Andeief, el mismo salvaje encono, la misma cobardía.

El cadáver de Gavín con los de cuatro que le acompañaban fue expuesto en la plaza de Lanaja -dice el viejo-. Cuatro días estuvieron allí con las armas que llevaban: cinco trabucos, una tercerola, un sable, cinco puñales, un zurrón de pastor lleno de cartuchos y un saco de pólvora y municiones.

Y el viejo entorna los ojos como si quisiera atalayar el tiempo

En los Monegros, tierra frecuentada por «Cucaracha», hay grandes macizos montañosos que Gavín conocía a palmos, lo que le permitió burlar toda vigilancia en un período de diez años. Contaba, además, con la ayuda del estado llano: pastores, labradores, barqueros y cazadores. En la ribera del Cinca y en el monte, «Cucaracha» «mandaba a decir» lo que quería a sus perseguidores mediante carteles de desafío y fachenda. Fue un proscrito en todo. No acabó su vida en la cárcel como tantos guerrilleros convertidos la acaban cubiertos de papel sellado, indultos y hasta oraciones. No se hubiera dejado cazar vivo. Era áspero y socarrón cuando otros eran desleídos sentimentales. ¡Caso raro! En la vida de «Cucaracha» no hay lances amatorios ni novelería por entregas. Hubiera sido hoy un guerrillero admirable de la revolución social. Después de su vida entre riscos, rechazó toda invitación de indulto y murió de una vez”.

* De “Tipos Españoles”, segunda parte Felipe Alaiz. Umbral.

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De las memorias de Millán Astray.

    El Imparcial,  junio de 1918 el diario madrileño.“De las Memorias de Millán Astray”, Visión de sangre. José Millán Astray fue un abogado e intelectual padre del militar José Millán Astray, fundador de la Legión y de Radio Nacional de España.

“Los montes de Alcubierre, en las provincias e Huesca y Zaragoza, fueron muchos años la guarida de la cuadrilla de bandidos capitaneada por el célebre «Cucaracha».

Los habitantes de aquella región, en especial los de Sariñena, vivían en continua congoja; los pudientes pactaron con el malhechor el precio de su benevolencia y pagaban religiosamente una contribución como garantía para no ser molestados por los feroces secuaces del ladrón “montañés”.

Protegido por los poderosos, que le temían; tolerado por los más humildes, a quienes trataba con afecto; bien recibido por los venteros, a los que pagaba con esplendidez, imperaba tranquilamente en su feudo, y la Guardia civil no podía darle caza porque brotaban confidentes que comunicaban a «Cucaracha», con precisión, las maniobras de la benemérita.

Al fin fue sorprendido un día, cogido in fraganti, haciendo armas contra los guardias; sucumbió en la lucha, terminando el vergonzoso imperio de un bandido que llegó a adquirir triste celebridad en toda la tierra aragonesa.

Varios de sus compañeros fueron condenados a presidio, y uno de los principales, por bravo y astuto, ingresó en el de…

Cuando llevaba dos años de condena fui destinado a mandar aquel penal, y al punto me contaron la historia de Ramón, encargado de la enfermería y modelo de confinados.

Aprendió el antiguo bandolero a leer y escribir, solicitó una plaza de enfermero, dióse una buena maña para cuidar a los enfermos, a quienes trataba con dulzura y cariño, que al vacar la del jefe de la sala se le confirió tan apetecido cargo, y satisfechos estaban todos de la acertada elección.

 Jamás hacía alusión alguna a la pasada vida; casi todos los reclusos recuerdan los hechos, origen de sus condenas; unos, con cínica desenvoltura; otros, lamentando su desgracia; Ramón no hablaba nunca de sus pasado, y si algún atrevido osaba recordárselo, callaba, y ante un insistente preguntar, se retiraba con prudencia, pues no daba nunca motivo para la más ligera corrección.

A los pocos meses de desempeñar la dirección del presidio sentí una mañana molestia en la garganta; a la caída de la tarde me visitó el médico, diagnosticando mi enfermedad de angina catarral aguda.

Experimentaba una incomodidad enorme, que aumentaba por momentos, y el doctor consideró necesaria la aplicación inmediata de sanguijuelas, para rebajar la inflamación que me sofocaba, congestionándome.

No pudo acudir un practicante de la capital, y ordené subiese Ramón a desempeñas sus funciones; mi pabellón estaba dentro de rastrillos y no hacía falta alguna de utilizar sus servicios.

Penetró minutos después en mi alcoba emocionado, vacilante; traía en las manos una jofaina y un frasco con los repugnantes anélidos.

En tanto que preparaba todo lo necesario para practicar la operación, yo examinaba detenidamente a aquel hombre.

Era de pequeña estatura, moreno, enjuto, frente deprimida, pelo cortado con precisión reglamentaria; mandíbula inferior muy saliente, pabellones de las orejas muy caídos, manos largas y brazos muy desproporcionados. Era muy difícil apreciar el color de sus ojos, jamás miraba de frente, bajaba la vista ante la de los demás.

Se expresaba con dificultad, temeroso de pronunciar alguna palabra inconveniente; cuando se le daba alguna orden, no contestaba nunca, la cumplía en el acto, si era urgente, con la posible prontitud; si daba tiempo lo mandaba, pero siempre bien.

Al fin, Ramón terminó su faena preparatoria y quedó callado.

-¿Podemos empezar? -le pregunté.

-Cuando disponga -respondió; y comenzó la ingrata tarea.

Con más o menos rapidez todos los bichos hicieron presa, y en tanto se ponían repletos se me ocurrió preguntar a aquel hombre tan extraño algún detalle de su vida.

Causóle mala impresión mi requerimiento, y yo le dije que si le molestaba mi curiosidad, diese por no manifestado mi deseo.

Creyó, acaso, que yo podría incomodarme, y, después de después de pasar repetidas veces la mano por su frente, dijo así:

-No sé, señor, lo que usted quiere saber; pero lo presumo por lo que todos me preguntan. Las gentes cuentan una porción de cosas de mis antiguos compañeros, que casi todas son mentiras; demasiado sé que no hacíamos bien con apropiarnos de lo que no era nuestro, pero nunca sacrificamos a un pobre, nunca derramamos sangre…, sino en casos muy necesarios.

Casi salimos a la sierra por necesidad; unos, para evitar la miseria; otros, como yo, para huir de la justicia.

Tuve una cuestión en mi pueblo; un hombre me buscaba siempre riña, y sucedió lo que era inevitable, le maté; después… huí y más tarde me uní a la partida de «Cucaracha».

No había robado nunca, no tenía historia; un tabernero, que me prestaba asilo a veces, gran amigo de aquel, me aconsejó, como única salvación, me incorporase a la partida; convencido yo de la necesidad de hacerlo, una noche me presenté y desde entonces seguí su suerte.

Contaba «Cucaracha» con recursos; muchos propietarios le proporcionaban cantidades; pero no siempre se podían recoger porque la Guardia civil no nos dejaba vivir. Entonces era preciso… robar, nunca a los pobres, repito; si las personas eran juiciosas, no se las hacía nada; si se oponían, si querían pelear, no había más remedio que aceptar la lucha, y entonces…

Ramón calló; la conversación no le impedía atender su trabajo y con solícito cuidado limpiaba mi cuello, separando alguna de las sanguijuelas que, harta de sangre se había desprendido.

Su voz se había animado; su palabra era fácil; su cabeza estaba más erguida, y yo, al ver aquella transfiguración, excitado por insana curiosidad, le rogué que siguiese.

-Recuerdo -dijo- la primera vez que me vi precisado… a hacer daño. Sabíamos que un tratante e granos regresaba a su pueblo, procedente de Huesca, que debía haber cobrado unos 12.000 reales y los traía encima. Yo fui encargado con otro, un muchacho de veinte años, para esperarle.

Escondidos tras unas matas aguardamos unas dos horas; muy poca gente cruzó el camino; cuando ya estábamos desesperanzados, sentimos pisadas de una caballería y dobló un recodo el tratante, que montaba un buen caballo y traía colocada en la delantera de la montura una escopeta.

Estaría a cinco metros de nosotros, cuando di un salto y, colocándome en medio del camino, le encañoné con mi retaco.

Era muy bravo aquel hombre; paró en firme el caballo, echó mano al arma, y al oír mi voz que le dijo: «Ríndete o te mato», la amartillo…; pero yo no le dejé concluir la operación, disparé, «dio la vuelta del conejo» y cayó al suelo, despedido por el caballo, que al verse libre, emprendía veloz carrera.

Era preciso despachar; la noche se echaba encima, podía venir gente, los guardias acaso.

Lleguéme al que ya era cadáver, ¡bien muerto estaba!, le había metido una bala en el corazón; ¡de algo me había de valer haber sido cazador!

El chaval me auxilió; buscamos en el bolsillo del chaquetón: nada; pero entre la faja había un bolso verde lleno de monedas de cinco duros, que se veía relucir entre las mallas de seda.

Cogimos el cadáver, lo escondimos en el sitio que nos había servido para ocultarnos y allí lo encontró a los tres días un pastor.

Ramón, olvidado ya de sus cortedades, accionaba con vigor, acompañando su relato con movimientos que semejaba la acción de lo que refería; su voz era llena, sus ojos despedían rayos, las manos las tenía teñidas con mi sangre; se había transfigurado.

Yo estaba verdaderamente horrorizado; sus ojos me asustaban; no sé si en aquel momento me tomaba el antiguo bandido por el tratante de Huesca; pero sí sé que, al refrescar su memoria, se había olvidado del director de la prisión.

Fijóse de repente en mi cuello, vio que la última sanguijuela se había desprendido, dirigió sus manos cubiertas de sangre a mi garganta, y al ver la acción creí que me iba a estrangular; sugestionado, sin poder impedirlo, me incorporé de repente, dirigí la mano a la mesa de noche, en cuyo cajón tenía un revólver… En aquel instante presentóse el médico del penal en la puerta de la alcoba; el penado se cuadró ante su jefe inmediato; tembloroso, aturdido, terminó su faena.

Nunca pude saber la continuación de la historia; no quise preguntarle más; cuando me veía, clavaba los ojos en el suelo, ocultaba las manos tras la espalda; si en la enfermería se practicaba una operación en que rojo líquido corría, Ramón no asistía jamás; si en las riñas, tan frecuentes entonces en los presidios, resultaba algún herido o muerto. Huía; al ver sangre se sentía bandido y los esfuerzos supremos de su voluntad no podían dominar el fatal impulso de su ser”.

trabuco

El bandolerismo continua.

          Tras la caída de Mariano Gavín Suñen muchos bandoleros continuaron sus fechorías por la redolada monegrina. En los diarios de la época encontramos algunos testimonios de su actividad bandolera hasta cinco años después cuando en 1880 se pone fin al bandolerismo en la comarca de Los Monegros. Diario de Barcelona de 1 de abril de 1875: “Alcubierre 25 de marzo. En la tarde de ayer, entre una y dos, conducía desde Sariñena a Zaragoza una pequeña fuerza de la Guardia Civil el preso Manuel Isabal Comín, compañero de glorias y fatigas del difunto Cucaracha y uno de los presuntos autores del secuestro de D. Juan Ruata, cuando al llegar al punto denominado casa de Lasierra, lindante ya con el monte del cercano pueblo de Leciñena, salieron de improviso diez o doce hombres armados que empezaron a dar voces a la Guardia civil para que soltasen el preso, haciendo al propio tiempo varios disparos, a lo que contestó denonadamente la fuerza pública, dando por resultado la muerte de Isabal, ahuyentándose los otros sin que ninguno pudiera ser habido. El juzgado municipal, que se constituyó en el sitio de la ocurrencia, volvió después de algunas horas, conduciendo el cadáver en un carro”.  En el Diario de Barcelona del 18 de junio de 1875 se puede leer: “Se lee en el Diario de Avisos de Zaragoza, Sena 11 de junio. Vi hace algunos días en el periódico de su digna dirección una carta de Sariñena que relataba la entrada en este pueblo de una supuesta partida carlista, pero en realidad cuadrilla de ladrones.  Constaba ésta de once o doce hombres, y apenas llegaron cogieron al alcalde obligándole a que le acompañara en su visita a las casas de los señores Lacruz, teniente alcalde Castan, juez municipal, mosen Antonio Calvo y Blas Almerge. Reunidos estos por fuerza en casa del ayuntamiento, pidieron 14 trimestres de contribución, y de alla fueron a llamar a la casa de Fernando Galindo, que se negó a abrirles  y comenzó a tocar la campana del oratorio, esto púsoles bastante en cuidado, pero sin renunciar a su primitivo intento volvieron acompañados del dicho teniente alcalde y del alguacil, provistos de hachas, con las que dieron principio a su propósito de derribar la puerta; en este momento comienzan a oír varios tiros de revólver disparados al aire desde la misma casa, y aquí fue Troya. Aturdidos y azarosos los ladrones comenzaron a consultar entre sí, y éste fue el momento que aprovecharon aquellos dos funcionarios para escurrirse disimuladamente: entonces aumentaron las vacilaciones, y cogiendo 4.0000 rs. y pico que exigieron de castan y mosen Antonio sin detenerse a contarlos tomaron las de Villadiego a todo escape. Créese que algunos de los ladrones eran gitanos”. 

Los Carlistas liberan algunos bandoleros

     Parece que las tropas Carlistas merodeaban por la comarca y el 10 de julio de 1875 invadieron Sariñena por parte del ejercito carlista al mando del general Dorregaray. Diario de Barcelona del 13 de julio: “Huesca 10 de julio. En Sariñena los carlistas han cometido tropelías, y entre ellas la de más bulto, es el haber soltado los batallones valencianos a los presos de la cárcel, entre los que existían ocho  o diez cómplices del bandido Cucaracha que días antes habían intentado evadirse. Las facciones todas reunidas, con sus principales jefes Dorregaray, Gamundi, Boet, Adelantado, Alvarez, Cucala, cura de Flix, Muñoz, etc. se suman un conjunto de diez u once hombres”.

Bandoleros uniformados de Guardia Civiles

      Diario de Barcelona del 23 de julio de 1875: “En una correspondencia de Lérida de 22 de julio se lee -Anoche entraron en el pueblo de Belver de Cinca diez hombres disfrazados con el honroso uniforme de la Guardia Civil y pidiendo al alcalde alojamiento en las casas que se designaron. Conociendo sus intenciones malévolas, el alcalde llamó a varios vecinos y se trabó una lucha de funestas consecuencias, pues aun cuando los bandidos sufrieron  terrible escarmiento en la lucha, pereció el valeroso alcalde y salieron gravemente heridos el teniente y secretario del ayuntamiento”.

De la apresión del bandolero Miguel Senar Ríos, “De Diego.

      Del Diario de Barcelona del 19 de diciembre: “De Belver de Cinca le escriben con fecha 4 al Diario de Avisos de Zaragoza. En la tarde del 27 del mes próximo pasado, habiéndose tenido noticia de que en una de las casas de este pueblo se oculta el celebre bandido Miguel Senar Ríos “De Diego”, el señor alcalde Don Mariano Soldevilla Foj, asistido del teniente alcalde, el secretario y los guardias civiles del puesto Lorenzo Lacustra y Real, mientras los demás se situaban cerca  de las tapias del corral. Luego que penetró en el patio, se abrió una pequeña puerta, apareciendo, a la luz que proyectaba un candil, en primer término, el amo de la casa, y en el interior el terrible bandido, a quienes se le intimó varias veces la orden de rendirse; pero lejos de ello, con un movimiento rápido, el bandolero cogiendo su trabuco, lo disparó, hiriendo con sus proyectiles al guardia Lacaustra; pero éste, con un valor digno de recompensa, atravesó de un balazo el pecho del bandido. Mortal fue la herida; mas a pesar de ello, justificando el bandolero el terror de que era objeto en la comarca, se dirigió con ímpetu desesperado hacía el patio, con objeto de hostilizarles de nuevo; pero el guardia Real de un disparo le atravesó el cuello, quedando muerto en el acto y concluyendo así una vida de crímenes y asesinatos. El día 28 estuvo expuesto al público su cadáver hasta las diez de la mañana”. 

La sombra de Cucaracha

      Diario de Barcelona del 3 de enero de 1876. “De Belver de Cinca con fecha 28 de diciembre escriben al Diario de Huesca. Cuando en este país se gozaba de una tranquilidad inalterable, cuando los propietarios podían ir a ver sus posesiones más distantes, desde la muerte de Cucaracha y compañía y desde la desaparición posterior de otros de igual índole, ha venido a sorprendernos y a perturbar nuestra tranquilidad y reposo la aparición  del bandido Juan Blasco, de Osso, que con tres más a pocos días se fugó de las cárceles de Segorbe, al que ya se supone unido a la cuadrilla del Cerradilla en número de 14 o 16. Si bien es cierto que la Guardia Civil del puesto de Belver anda muy solícita en su busca, también lo es que el Blasco reune muy buenas condiciones para su oficio; pues además de la mucha protección que siempre ha encontrado en sus paisanos, es conocedor del terreno, valiente, osado y atrevido, y como no ignora el funesto fin de sus antiguos compañeros, ni al que a él se le espera, será todavía más perspicaz, por cuyas razones su captura es más difícil”.

      Diario Imparcial de Madrid, 6 de enero de 1876: “Ya está preso en la cárcel de Gurrea de Gállego el bandido Blásco, de Osso, “la Víbora”, cuya aparición había alarmado a los pueblos de la ribera del Conca”.

La captura de Mayarito

     Correspondencia de España, Madrid 9 de septiembre de 1876: “Ha sido muerto en Pina el ladrón Mayarito, de la cuadrilla de Cucaracha. Parece que hace pocos días acometió a un vecino de Gelsa en el camino de Almolda, exigiéndole 8.000 reales; y manifestando que no los tenía lo llevó a un cerro próximo donde le apuntó con su trabuco, pero no salió el tiro. Entonces se armó una lucha entre los dos, siendo despeñado por el cerro y muero Antonio Salvador Mayarito”.

El Farineza

      Agustín Alaman Corvinos, El Farineza, lugarteniente del Cucaracha continúa sus andanzas tras la muerte del Cucaracha. Parece ser que escapo a la matanza de febrero de 1875 en Lanaja. Fue capturado el 11 de octubre de 1879, uno de los últimos hombres de l a partida del Cucaracha. Dos años antes había actuado por Sariñena.

       Correspondencia de España, 27 de septiembre de 1877: “Parece que los tres o cuatro malhechores, entre los cuales figura un tal Alaman “Farineza”, procedentes de la partida carlista que mandó el célebre Cucaracha, han tratado de sorprender una casa de campo en el término de Sariñena”.

Secuestro a Mariano Marcellan

        Diario de Avisos de Zaragoza del 14 de julio de 1880. “A las siete de la noche fue secuestrado anteayer en la sierra de Lanaja, el vecino de esa villa D. Mariano Marcellan. El hecho tuvo lugar a la sazón en que se hallaba el propietario referido en uno de sus campos, acompañado de un solo dependiente. Los dos ladrones que le intimaron la rendición y que le dispararon un tiro, aunque por fortuna, sin herirle, se supone que son los que vagan hace un mes por la sierra de Alcubierre. Una vez apoderados los ladrones del señor, enviaron a un criado una carta, para que la familia de aquél entregase como precio de rescate seis mil duros. Según nuestras noticias, pudo al fin conseguirse la libertad a la mañana siguiente, mediante la entrega  de seis mil reales. Esta es ya la segunda vez que el propietario referido ha sido secuestrado en la mencionada propiedad, según carta que nos envía nuestro corresponsal en Lanaja”.

Manuel Maza Lacasa

        Manuel Maza Lacasa, quien de joven protagonizo el último capitulo del bandido Cucaracha, llevando el vino el día de la muerte de Mariano Gavín, acabó  como capitán de bandoleros.

El fin del bandolerismo en Los Monegros

         Cinco años después de la muerte de Mariano Gavín Suñen, el bandolerismo en la comarca de Los Monegros continúa siendo un grave problema de orden social. Así siguen apareciendo noticias en diferentes medios de la época. La Provincia de Huesca, 10 de agosto de 1880: “Escriben de Lalueza que a pesar de la activa y extrema vigilancia de la Guardia Civil, es lo cierto que en aquella comarca se ha instalado una banda de malhechores , que no parece fácil de ahuyentar y que es fuerza sin embargo que desaparezca. En dicho pueblo no se puede salir a las afueras sin riesgo, pues hay quien asegura que varios vecinos la han visto a un cuarto de hora de distancia por el día, y por la noche a algunos de sus individuos por las calles”. Correspondencia de España de Madrid, 12 de agosto de 1880: “Continúa la alarma en Alcubierre, Lanaja y Lalueza, a causa de vagar por aquella comarca algunos secuestradores. Se están haciendo batidas para capturar a los criminales”. 

         En 1880 se pone fin al bandolerismo en Los Monegros, dejando atrás episodios trágicos pero que con el paso del tiempo han dado lugar a una de las mayores leyendas del bandolerismo español: El Bandido Cucaracha. Es una historia llena de aventuras y anécdotas, de sorprendentes episodios llenos de inteligencia y astucia, de sucesos por descubrir. Mariano Gavín Suñen es una gran figura, un personaje para la historia.

       A la memoria de todas las victimas, muy especialmente a Mariano Gavín Suñen y a todas las personas que, nadando a contracorriente, con solamente intentarlo, han conquistado la libertad.

 Sierra alante Cucaracha

Sierra alante cucaracha

por olvidadas estepas

de sabinas solitarias

galopante bandolero

forajido monegrino.

Sierra alante Cucaracha

por vagos horizontes

y oscuros paramos,

negro bandolero

por los montes de monegros.

Sierra alante Cucaracha

forajido bandolero

por los rabiosos secanos

donde la libertad

guarda tu memoria.

Sierra alante Cucaracha

por la sierra de Alcubierre

Mariano Gavín Suñén

siempre “El Cucaracha”.

          “A los sesenta años de la muerte de Mariano Gavín Suñén, “El Cucaracha”, otro Gavín de Alcubierre muere abatido por los disparos de la policía en Zaragoza”. Alberto Lasheras recoge la historia de José Gavín Casáus “El Maño”: “El siglo XIX fue testigo de las acciones del bandido “Cucaracha” y en la primera mitad del XX, fue noticia uno de sus parientes, militante de la FAI y activista de la CNT”. Otro Gavín de Alcubierre. 

Bibliografía:

Zancarriana w