Archivo de la etiqueta: Curandero

Gaudencio Beltrán Pallarés, el peón caminero curandero


La figura de peón caminero respondía al operario encargado de cuidar, a pie del camino o carretera del estado, una determinada distancia, aproximadamente, en este caso, de unos seis kilómetros. En España, esta figura es creada en el siglo XVIII, concretamente en 1759, durante el reinado de Fernando VII. Así, en Bujaraloz, en su paso de la nacional II, resultó celebre el peón caminero Gaudencio Beltrán Pallarés, pero no por su oficio, sino por un don divino que le hizo celebre por su capacidad de curación y sanación. Una historia a la que nos adentramos a través de las crónicas de Marcial Buj publicadas en el Heraldo de Aragón.

Gaudencio Beltrán Pallarés, peón caminero al que se le atribuyen curaciones sobrenaturales.

Gaudencio Beltrán Pallarés nace en Bujaraloz en febrero de 1885. En el censo electoral de Bujaraloz, correspondiente al año 1913, aparece registrado a sus 27 años de edad, domiciliado en la calle Alta n.º 42, de profesión “jornalero” y con un “No” en el apartado de – ¿sabe leer o escribir? -.

Era de mediana estatura, enjuto de carnes, correctas facciones, ademanes expresivos y una gran agilidad de pensamiento, que expresaba con torpeza por su falta de instrucción, como el confesaba en un alarde de humildad. Gaudencio estuvo casado y tuvo tres hijas. Fue peón caminero de la carretera de Madrid a Francia por Barcelona, actual Nacional 2; antiguo camino de los Fierros, vía romana. Su puesto correspondía a la casilla más cercana a Bujaraloz, dirección Zaragoza. Se encargaba de seis kilómetros de carretera que estaban a su cargo “manejando la pala o la azada”, comenzando a trabajar con el sol hasta que este se ponía, cuando terminaba su tarea: “Golpea con el pico, araña con la pala y traslada capazos llenos de tierra, de uno a otro lado; más todas esas labores van acompañadas de unos divinos coloquios de San Antonio”.

El peón caminero, Gaudencio Beltrán al que se atribuyen curas sobre naturales, conversando en el lugar donde trabaja con los enfermos que acuden a consultarle.

Muchos son los que aparecen a su encuentro, a suplicarles sanación a lo que siempre respondía “Pueden marcharse por donde han venido. Yo no puedo curar hasta el sábado por la noche”.  Es lo que más le molesta, ver como los enfermos y familiares que los acompañan se van aglomerando en la carretera allí donde se halla. Esto lo subleva, porque, en aquel momento, sólo es un funcionario de Obras Publicas que se está ganando el sueldo que recibe del estado. Pues para Gaudencio el trabajo era sagrado “El que quiera comer pan, que cave la tierra”.

Todo comienza un 19 de enero de 1926, cuando Gaudencio regresa de su trabajo bastante fatigado -cosa extraña, porque nunca se cansa de trabajar-, el sueño le resulta imposible de conciliar y, al apagar la luz de cabo de vela, quiere ver en las paredes de su alcoba “ciertas fosforescencias que llegaron a ser ráfagas como las de relámpago”.  De repente, una de aquellas ráfagas se torna permanente inundando la alcoba de vivísima luz -lo mismo que la del sol; aún más potente y cegadora-. Gaudencio, emocionado y a su vez con su respiración paralizada, en sus pulmones y la sangre en vena, ve a San Antonio junto a la cama “tal y como se representa en sus imágenes”. A través de San Antonio -vi a Dios, nunca lo había visto-.

En declaraciones al periodista Marcial Buj, Gaudencio declara que había hablado con San Antonio:

-Si, señor. Hablóme y muy claro. De parte de Dios. -me dijo- vengo a enterarle que te ha sido concedida la gracia de curar las dolencias que padezcan tus semejantes, aunque se trate de enfermedades ante las cuales se declaró impotente la ciencia.  

Pues “Dios todo lo puede y, los hombres, nada pueden sin Dios. El te concede esa merced divina, de la que tú harás buen uso los domingos; el día del Señor”.

-¿Y desapareció?

-No, que se detuvo atendiendo a mis suplicas.

-¿Qué le dijo usted?

-Le dije que las gentes, casi siempre separadas de Dios no creerían en la merced divina que se me acaba de conceder y que, como una prueba palpable del prodigio, pusiera en mi cuerpo alguna señal que no dejara lugar a duda.

Y aquí las tiene usted. Fíjese bien en esta mano; la derecha ¿No ve grabada una cruz? Vea usted ahora el pecho; mi pecho ¿No ve nada?

La alcoba queda a oscuras.

Su celebridad pronto es recogida en las crónicas de la época de la que se hacen eco: “El peón caminero Gaudencio Beltrán Pallarés ha recibido de Dios, mediante la intervención de San Antonio, una gracia casi limitada para curar todo género de dolencias y adivinar los más recónditos secretos, según dicen y creen firmemente las gentes, muchas gentes: Y esa fe ciega, que avanza y se extiende invadiendo Cataluña, Valencia, Vizcaya, Navarra y todo Aragón, como se puede demostrar con casos prácticos, es una fe sin disciplinas, ni garantías”.

Honrado y humilde, cuentan que de nadie aceptó un solo céntimo y, pretender entregarle dinero, es el mayor agravio que se le puede inferir. Incluso hubo familia distinguida zaragozana que le puso respetable suma de dinero que no dudó de devolver.

Automóviles, que conducían enfermos, aguardando a la puerta a la casilla del peón caminero Gaudencio Beltrán.

Gaudencio tenía normas claras. Llega el enfermo a su presencia y, como puede leer en las conciencias, le dice, en la generalidad de los casos, casos recientes: “A ti no te puedo curar porque estas en pecado mortal. A ti no te puedo curar porque no has restituido seis pesetas que hurtaste en cierta ocasión; y tú, faltaste a tal mandamiento, y tú a este otro.” Por ello, antes de proceder con la curación ha de confesar y perdonar, limpiar la conciencia del enfermo. Es entonces cuando les entregaba un escrito, de su propia mano, indicando el tratamiento que debían de seguir “siempre a base de manteca de cerdo, si es para mujer y de cerda si ha de ser hombre el curado. Todo Bujaraloz sabe el gran consumo que hace de dicho artículo traído de Barcelona por comerciantes de la plaza. Extrañados de lo de la manteca, nos atrevimos a interrogarle y nos contestó: -Igual curaría sin ella, pero es algo que va ligado al pecado original-”.

“En sus ojos, que parecen muertos, hay esplendidas corrientes de vida y la paradoja podría explicarse diciendo que mira para adentro. Cuando agita nerviosamente sus brazos, la imaginación de quien lo mira levanta un pulpito en sus pies y siempre, siempre, toda la vida del peón caminero da las sensaciones de un iluminado. Tiene visiones de taumaturgo y estremecimiento de poseso.»

Pero Gaudencio no escapa de las habladurías y mentiras y bulos.  Por toda la comarca y fuera de ella se lanza la noticia de que, el último sábado, obrará un milagro, dando vista a una ciega de Bujaraloz. El anuncio de ese prodigio atrae a gentes de distintos puntos y el mismo Gaudencio afirma enérgicamente —no he dicho semejante disparate.

Baste decirle—añadió–que hasta comenzada la curación de un enfermo, no obtengo el permiso de Dios para sanarlo.

Ese milagro anunciado ha sido obra de quienes pretenden impedir que la gracia de Dios se manifieste a través de este humilde siervo de San Antonio; pero contra Dios no se puede ir. El que pretenda marchar por ese camino, será destruido.

El corresponsal acaba matizando que  -Es tan interesante y digno de estudio todo esto, que nos permitimos estampar la tan sobada y muchas veces alarmante advertencia de “se continuará”-.

Gaudencio les recibe en su casa, cerca se encuentra la Posada nueva, en ella se alojan algunos enfermos y sus familiares, haciendo a su vez de sala de espera:  

En la plaza de Bujaraloz hay una posada; la Posada Nueva, cuyo propietario se llama Gregorio Escanilla, quien ha visto entrar en su casa, con motivo de esto acontecimiento, las siete vacas gordas de la Biblia o quién sabe si más de siete, Junto a la posada, tocando a ella, levántase una casuca, de aspecto mísero, que es la casa del caminero.

Esa razón de vencidad convierte la posada en una especie de sala de espera, aguardando el turno para visitar al que ha de poner remedio a las más incurables dolencias.

La posada tiene un gran patio y a los lados de este patio hay bancos rústicos que ocupan hombres, mujeres y niños, en espera de poder besar las manos del caminero, a cuyos pies se postrarán de hinojos, para moverle a compasión y conseguir que les de la salud.

La posada está colmada de viajeros.

 Los que llegaron tarde, alojanse en casa de huéspedes que se han abierto y en algunas particulares y cuando de nada de esto se dispone, el buen mesonero habilita dormitorios en cualquier parte.

El último viernes, por la tarde, habían llegado a Bujaraloz, para visitar al iluminado, 114 personas.

Algunas llevaban esperando seis y ocho días.

Para el día siguiente, sábado, esperabase la llegada de más de 150, de Mequinenza, Fraga, Pina y la mayor parte de Zaragoza.

Grupo de enfermos esperando la llegada del peón caminero Gaudencio Beltrán Pallarés.

Al parecer fue una contaste de enfermos los que acudían a Bujaraloz, en gran cantidad van queriendo visitar al curandero caminero, afamado en gran parte de Aragón y mucho más allá de sus límites:

No hay turno, por orden de llegada; no hay excepciones ni preferencias que pudieran determinar los casos graves – ¿Y qué es eso de casos de gravedad? ¿Quién sabe lo que es grave y urgente y lo que no es? Una persona está muriéndose; en la agonía, pero reacciona y se salva, volviendo a la vida sana y fuerte que tenía y otro que se encontraba completamente sano, muere en un momento a consecuencia de una desgracia. ¿Quién estaba grave?.

Conozco a cuantos me esperan; sólo veré a diez, los más necesitados, los más graves; pero sólo yo puedo conocerlos.” Y este es el procrecimiento para poder ser “visto y tratado”.

Cuando estamos hablando con enfermos y recogiendo notas que ya saldrán, llegan varios automóviles abarrotados de forasteros atraídos por las prodigiosas curaciones que ge cuentan,

Detallaremos a la ligera la llegada de esos automóviles, Z, 1.252; Z. 1.163; Z, 1.205; L, 1.195; B. 16.750.

Llegan con el completo, ¡Todos son enfermos y familiares que los acompañan; en su mayoría, mujeres y niños!.

Todo lo que lega tras la curación del caminero, ha sido desahuciado por la ciencia.

Lo dicen las madres, entre sollozos de angustia y esperanza, a un tiempo.

Mire usted: A este hijo de mi vida lo han visto muchos médicos. Todos me dijeron lo mismo; que no tenía remedio, ¿Qué iba a hacer yo? Si me hubieran dicho que en el fondo del río Ebro estaba la medicina para curar al hijo de mis entrañas, al río me habría tirado de cabeza.

Y Bujaraloz se va inundando de peregrinos y todos entonan igual plegaria de dolor.

En esa incesante romería, en el mayor contingente los barrios de Zaragoza, pudiendo asegurarse que “el sábado habría en Bujaraloz más de cien personas de Montañana, Santa Isabel, la Cartuja, etc.

De Pina, Quinto, Castejón, Fraga, La Almolda, Osera, La Puebla y otros de esa comarca, un buen núcleo.

 Al caer la tarde, cuando habían llegado ocho automóviles, con más de cincuenta personas, llegó a la casilla un autobús de Zaragoza, de la Compañía Berna, el núm. 1.190, con 28 viajeros.

Autobús con 25 viajeros, llegados de Zaragoza anteayer para ver al caminero.

Marcial Buj imprime su impronta sobre la historia que le ha llevado a Bujaraloz, tratando de recoger lo que puede atestiguar entre la ciencia y lo divino, dejando impronta de una carismática figura que respondió a Gaudencio Beltrán Pallarés, peón caminero y curandero:

No hacemos otra cosa que referir todo lo que presenta esta palpitante actualidad. Lo que hemos visto; lo que hemos oído; como lo ven y lo oyen diariamente centenares de almas. Y hemos limpiado esta información de todo aquello que nos contaron y que entendíamos caía dentro de lo chabacano y poco serio.

¿Qué debo hacerse? ¿Qué hay en todo esto? ¿Nadie contesta? Desde luego, es indudable la existencia de un gran movimiento ritual cuyo radio de acción va tomando proporciones que aconsejan una intervención.

Dictarla nosotros, habría de ser tanto como invadir un terreno extraño.

En cambio, pisamos el nuestro exponiendo la situación, en toda su inquietante realidad y opinando, que todo ese estado que se forma que, aceleradamente se agranda, debe ser sometido a una inmediata depuración por parte de los dos fueros llamados a intervenir: La Iglesia y la ciencia, Y, como amparador de todo derecho y corregidor de cualquier ilegalidad, la autoridad gubernativa.

Esta es la historia de Gaudencio Beltrán Pallarés, peón caminero y curandero, que trabajó junto a otros camineros como Elías Broto del Río y Pedro Royo Asín o Pedro Luy Grañena como capataz caminero. Oficios desaparecidos, al igual que virtudes desaparecieron con la ciencia pero que, en su divina medida, ayudaron en la curación y sanación de muchas personas con el tan solo hecho de creer.

Inquisición, religión y hechicería en Los Monegros


Por José Elbaile Ollés

Jaime Manobel nació el mes de abril de 1555 en Sariñena, hijo del calcetero del pueblo Joan Manobel y María de Bolea.

Sus abuelos también eran de Sariñena, Bartolomé Manobel, era zapatero y el materno Bartolomé Bolea, labrador.

Jaime tuvo un solo hermano, Pedro, que continuó en el pueblo con el negocio familiar de calcetero. A él decidieron darle estudios, quizás por la influencia de su tío mosén Pedro Manobel, hermano de su padre, que era cura racionero de la villa de Sariñena.

AHN. Signatura: INQUISICIÓN,MPD.442.

Jaime comenzó sus estudios de gramática en Sariñena . A los diecisiete años, dejó la casa de su padre para ir a Huesca a continuar su aprendizaje. De allí pasó a Valencia donde a los dos años cayó enfermo y tuvo que volver a Sariñena. Terminó su instrucción en la Universidad Sertoriana de Huesca . Cursó estudios de Gramática, Lógica y Cánones.

A los veinticuatro años terminada su formación, su primer servicio fue en la ermita de Nuestra Señora de Cillas. Allí estuvo veintidós meses, cantó misa y fue ordenado por el obispo Pedro de Fraguo. Sirvió como cura en Monegrillo, Sariñena, Ballovar, el hospital de Huesca y Zaragoza. Siempre sustituyendo titulares o en puestos de escasa relevancia.

Estando en Zaragoza hospedado en el mesón Carbonel en las cuchillerías. Vino un fraile trinitario indio, Fray Benedicto, que hacia curaciones y predicciones con ayuda de un libro que siempre llevaba encima.

Jaime vio en el libro una oportunidad y una noche, estando el fraile en la cama, se lo quito de la cabecera. Se despidió del mesón y marchó a Madrid.

AHN.Inquisción,90,Exp6 Remedio para el dolor de cabeza.

Al libro le faltaban algunas hojas, además estaba escrito en latín y hebreo. Así que muchas cosas de las que ponía no lo entendía. Pero un día estando en el Prado de San Gerónimo cogiendo hierbas se encontró con un herbolario Saboyano con quien hizo amistad. Y que más tarde le ayudaría a interpretar el libro. También hizo amistad con un criado de barbero y con las enseñanzas de uno y otro completó su conocimiento del libro, incluso añadió algunas curaciones que anotó en el libro.

Se estableció en la calle Carretas y posteriormente en la calle de la Hoz. Y con ayuda del libro comenzó a ejercer su magia.

AHN.Inquisción,90,Exp6 Para alcanzar mujer y que se pierda por el hombre.

Sus habilidades no solamente las utilizaba para curar males y dolores como hinchazones de piernas, llagas, mal de hígado, impotencia … etc., sino que atendía a toda clase de necesidades: problemas de piojos, con el juego, mal de ojo, problemas de amores.. etc.

Jaime unía  siempre a sus supuestas cualidades algún acto litúrgico de la iglesia católica como: utilizar agua bendita para espantar al demonio, asistir a un número determinado de  misas portando cirios encendidos o algún elemento que él les daba, o hacerlo en un día señalado en el calendario católico. Eso, y su condición de sacerdote le hacía más creíble.

Su vida de clérigo curandero y adivino iba viento en popa. A principios de junio del año 1590, apareció por su casa Francisco Leal, le dijo que no podía tener acceso carnal con su mujer (impotencia) y si lo podría curar. Este le dijo que sí, pero que tendrían que esperar al día de San Juan.

El víspera de San Juan fueron a El Escorial con el fin de llevar a cavo la ceremonia. Necesitaban de agua bendita y una estola para la ceremonia. Francisco tenía unos conocidos y lo consiguió, pero llamo la atención y curiosidad sobre ellos.

Realizaron la ceremonia esa noche en un bosque cercano, pero al volver al Escorial fueron prendidos, se les tomó declaración y unos días más tarde, llevados a la cárcel de la inquisición de Toledo.

AHN.Inquisción,90,Exp6. Recorte de la orden de detención donde se le exigen 12 ducados para gastos de manutención y proceso. Si no los tuviese pide se vendan sus bienes.

El dos de agosto de 1590, declaro: » ….afirmándome en todas mis confesiones, que contienen todo el verbo de la verdad. Yo no he hecho ninguna invocación a los demonios ni las demás cosas supersticiosas contenidas en el libro. En lo que toca al hecho de traer conmigo un pergamino con ciertas palabras de un salmo lo hacía por cuanto jugase  ganase, para este fin y no otro,  y lo que hacía para curar los hígados lo hacía por caridad y por hacer una buena obra..»

Pero la posesión del libro y lo que había escrito hizo pensar a los inquisidores de que no decía la verdad » en conformidad dixeron son del voto y parecer que este reo sea puesto a tormento por tanto tiempo cuanto a nos  bien visto fuera para que el diga la verdad.…. si en el dicho tormento muriese fuese lisiado o se siguire efusión de sangre o mutilación de miembro sea su culpa y cargo y no la nuestra por no haber querido decir la verdad..»

AHN. Signatura: INQUISICIÓN,MPD.442.

El diecinueve de noviembre, entró en la sala secreta de tormento

…..Fue amonestado dixele enteramente verdad de todo lo que no hubiese fecho o dicho o visto hacer a otras personas en ofensa de Dios nuestro señor y contra su santa fe católica.

Jaime de rodillas y llorando insistía en su inocencia. «..la misericordia de Dios me falte si no digo la verdad, que en mi vida he hecho hechicería ni he invocado al demonio… en  todo lo que he hecho nunca he tenido más ánimo ni creído cosa contra nuestra santa fe católica…»

Fue sometido a tortura en «el potro ««.. en penitencia de sus pecados y remisión de ellos sea. E con esto fue sentado en el banquillo  para comenzar el tormento..»

Siete días después, siguiendo el protocolo de enjuiciamiento del Santo Oficio, le piden se ratifique en sus declaraciones. » Le fue leído lo que dijo en la cámara de tormento. Dijo que aquello es verdad, que no tiene más que decir..»

Muestra arrepentimiento por sus malas obras pero insiste que siempre dijo la verdad. Los inquisidores sólo encontraron ligeras sospechas de herejía.

El veinte de diciembre llegó la sentencia: «…Fallamos lo que de presente proceso resulta, contra el dicho mosén Jaime Manobel, clérigo vecino de Sariñena. Si el rigor del derecho debiéramos de seguir lo pudiéramos condenar en mayores y más grandes penas, pero queriendo moderarlas con equidad y misericordia por algunas causas que a ello nos mueven en pena y penitencia de lo por el dicho hecho y cometido mandamos que esta sentencia se lea en la sala de la audiencia del Santo Oficio y el condenado oiga la misa rezada que en ella se dijere en forma penitente y abjure de lev (errores heréticos), y sea prevenido y suspenso de las ordenes que tiene por dos años y  por ello desterrado del distrito de esta inquisición, lo cual se haga y cumpla….»

AHN. Signatura: INQUISICIÓN,MPD.442.

Antes de sacarle de la audiencia el inquisidor le advierte » le mandaron so pena de excomunión mayor que será castigado con todo rigor no diga trate ni comunique algo de lo que ha visto o entendido en este Santo Oficio en su causa como en los demás presos».  Prometiéndolo y haciendo cuentas con el proveedor del Santo Oficio de lo que ha gastado, salió de la audiencia.

Elbaile Ollés, José.
Publicado en la revista Tierra de Lalueza.