Archivo de la categoría: Sariñena

Carmen Novellón Oliván


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Carmen nació en Sariñena en 1932, en la calle La Meca, enfrente del reloj de la plaza Alvarado, ahora plaza de la Constitución. Su padre, Andrés Novellón fue caminero, controlaba y mantenía un tramo de camino antes de que se asfaltaran y convirtieran en las actuales carreteras. Su trabajo era controlar y mantener un tramo: “limpiaba cunetas, arreglaba pequeños baches y si estos eran muy grandes venía una máquina”. Andrés estuvo trabajando en distintos lugares, por Ontiñena, Terreu… “lo fueron trasladando por varios sitios”. En algunos puestos tenían una casilla, una caseta donde guardaban material y se refugiaban, en otros no tenían nada. “Andrés fue muy honrado”, recuerda Carmen, “en una ocasión se encontró una caja de tabaco y la guardó hasta que volvió a pasar el camión de reparto y la devolvió”. Su madre Rosalía Oliván tuvo seis hijos y trabajó en casa. Carmen fue la cuarta y hasta los 14 años fue a la escuela de Sariñena.

Carmen, de joven, iba a buscar agua a la fuente del quiosquer, enfrente del bar de Pitera, “hasta pusieron una sombrilla para poder descansar en verano”. Iba a lavar a la acequia y al río: “detrás de las monjas había unas escaleras que bajaban abajo y allí estaba el lavadero, un lavadero grandioso y cubierto”. Este lavadero era de pie, era más cómodo que el que estaba camino de la Laguna, que también estaba cubierto pero había que lavar de rodillas, mucho más incómodo. Por el lavadero de la Laguna estaba el tejar. Al río iban a lavar con sus madres, por la zona cercana al puente, donde aprovechaban para bañarse y volvían con las ropas limpias: “la ropa se secaba tendida por las matas”.

Durante la guerra, Carmen se acuerda de la evacuación del pueblo “En una tartana de Anoro se subieron niños y ancianos y marcharon a refugiarse a las masadas”. Su padre trató de salvar algunas cosas de casa, pero muchas se quedaron, entre ellas olvidó un apreciado y viejo acordeón de su tío. Les dejaron una burra y aprovecharon para que fuera su madre con su hermano pequeño, pero con el estruendo de un cañonazo, la burra se asustó y los tiró al suelo. Luego veían los camiones militares llevando muñecos que cogían de las casas, puestos en los camiones, lo que hizo sufrir a los zagales.

Con Carmen vamos recordando aquella Sariñena de entonces: “En frente del antiguo hostal Romea estaba la tienda de ultramarinos de Jesús Portella, luego la trasladaron a la calle Eduardo Dato, cerca del estanco. Allí también vendía petróleo Candido. Arriba vivía una profesora, Josefina, a quien iba a fregar y limpiar, la llevaba en el carrito de la leña por la casa, era una forma de divertirse”.

“En la plaza hubo una fuente, en la esquina del ayuntamiento, luego en frente estaba la farmacia de Loste, el comercio de Ferraz y la carnicería de la Catalana.”

Carmen vivió por la calle Soldevilla. Por allí estaba la carnicería de Mariano Huerva, de Pichirrin, la carbonería de Pilar y el antiguo cuartel de la guardia civil; allí luego vivieron Asunción Paraled, Trallero, Ferraz… Pilar “la Carbonera” estaba arriba de la calle: “le traían camiones de afuera y lo vendía a capazos, era carbón brillante de bolas y trozos”. El camión basculaba en la calle y cuando limpiaban el suelo el agua bajaba completamente negra.  También estaba el bar de casa Pedro, al lado de la carnicería, era de Madrid. Era normal que sirviese una bebida y un plato de olivas, casa Pedro fue muy conocida y respetada.

Carmen trabajó para la panadería de Silvina la Tora y José Orquín Casañola, la panadería estaba por la calle de La Meca, por donde estaba Vitales y la casa del pregonero, allí estaba el horno: “una calle sin salida”. Antes de la carnicería de Latre estuvo la carpintería de Orquín, José Orquín tocaba en la orquesta Cobalto. Un hermano de José murió en la Guinea Española.

En la panadería, Carmen comenzó de niñera además de ir a vender pan al barrio de la Estación. Subía con Juanito Anoro, tenía un coche grande abierto por la parte de atrás donde ponían los paquetes y maletas. Después de comer, el coche de Anoro paraba en la panadería y Carmen colocaba los sacos con pan, subía a la estación y a las ocho de la tarde volvía. El pan lo vendía en una casa detrás de la iglesia del barrio de la Estación, allí tenían el despacho del pan. Allí conoció a su marido, en el despacho de pan, Julián Latorre de Peralta de Alcofea. Julián trabajaba cargando y descargando en la estación y después marchó a casa Mirasol, “El Recio”, de labrador. Carmen y Julián se casaron en Sariñena y de viaje de novios fueron a Peralta de Alcofea, en tren hasta El Tormillo donde les fueron a buscar. Tuvieron dos hijos, un chico y una chica, aunque Carmen continuó trabajando en el horno: “al mayor me lo llevaba al horno”.

Con el tiempo Carmen comenzó a trabajar para el ayuntamiento de Sariñena, se dedicó a la limpieza y le dieron un piso en el ayuntamiento, junto a los pisos del jefe de Correo y el del secretario, que estaban en la parte de arriba. El piso de Carmen estaba en la planta baja por donde luego ampliaron la antigua biblioteca.

Gracias a Carmen hemos ahondado en la memoria de nuestro pueblo, recorriendo parte de su historia. Carmen siempre ha sido muy conocida y querida en Sariñena y con sus entrañables recuerdos y vivencias hemos disfrutado de un agradable encuentro, ¡Gracias Carmen!.

Un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

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Las Escuelas Nacionales en los años cincuenta


He decidido comenzar recordando a aquellos maestros y maestras que impartían docencia en nuestra localidad hacia mitad del siglo pasado. Aquellas personas a las que se les trataba con respeto y con la consideración de don o doña fueron: María Dueso, Urbana, María Pilar Pinilla, Pilar ( catalana de Lérida), Carmen Pueyo, Blas Casasús, José Castanera, Pío Toda, Tere Guillén, Mariano Sampietro, Alfonso Aparicio, Ramón de Sena, Emilia Arán,  María Jesús Berdiel, directora y Fausto Gonzalvo, director, entre otros.

Por Manuel Antonio Corvinos Portella

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Todos ellos debieron adaptarse a la normativa de la Ley de Educación sobre la Enseñanza Primaria de 17 de julio de 1945. En ella se definía a la escuela como una comunidad activa de maestros y escolares, instituida por la familia, la Iglesia o el Estado, como órganos de la educación primaria para la formación cristiana, patriótica e intelectual de la niñez española.

A partir de ahí la vida en la escuela se programó para que chicos y chicas adquirieran unas habilidades que el estado y la sociedad de entonces demandaba. Allí se aprendía cultura general, esfuerzo, disciplina y educación. También se compensaba la insuficiente alimentación de la posguerra. Se hacían funciones teatrales. Se practicaba la horticultura. Y además se  fomentaba la religiosidad y el patriotismo nacional.

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El periplo escolar de aquellos alumnos y alumnas de mitad del pasado siglo comenzaba en las clases de párvulos (niños o niñas) , luego debían pasar por cuatro cursos más que se denominaban primer grado (hasta los siete años), segundo grado (desde los siete a los 10) y tercer grado de carácter especial (hasta los doce). A los diez años, los que iban a realizar el bachillerato se presentaban en Huesca a la prueba de ingreso y si la superaban podían estudiarlo por libre o matricularse en algún colegio de la capital.

Cada grado tenía su enciclopedia propia y cada una de ellas englobaba todas las asignaturas. La más utilizada fue la enciclopedia Álvarez.

Las mañanas de un día cualquiera estaban dedicadas a impartir cultura general de 9:30 h. a 12:30 h. y las tardes a labores, trabajos manuales o a llevar el huerto escolar dirigidos por don Blas.

Las niñas de primer y segundo grado disponían de un pequeño paño donde aprendían a hacer punto atrás, hilvanes, vainica, pespuntes,  costuras, ojales, etc.). En tercer grado  ya realizaban  bordados, lagarteras, punto de cruz, festones, patrones de ropa de bebé en papel de seda… Mientras cosían  una compañera les leía  pasajes de algún libro de carácter religioso.

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A media mañana el maestro o maestra repartía entre el alumnado un trozo de queso de color amarillo. Las chicas lo recibían  en clase de doña María y los chicos en sus aulas respectivas . El famoso queso estaba envasado en grandes latas cilíndricas de metal dorado de 5 kilos y seguidamente en el comedor bebían un vaso de leche en polvo. Ambos alimentos llegaron a España a través del plan ASA (Ayuda Social Americana). Entre 1954 y 1963 el gobierno de Franco recibió más de 300.000 toneladas de leche en polvo, venía en grandes bidones de cartón rodeados con flejes metálicos.

Aquellas toneladas se transformaron una vez preparada para su consumo en 3.000 millones de litros.

Aquel comedor escolar donde se repartía la leche también era utilizado al mediodía para dar de comer a los niños que en su casa tenían problemas de subsistencia.  Las cocineras fueron Antonia, Paquita, Luisa y Miguela y los menús consistían, entre otros, en comidas bastante energéticas a base de garbanzos, lentejas, patatas guisadas  con ajo picado y tocino frito; de  segundo abundaba el tocino y de postre dos galletas. Cada semana un profesor o profesora se quedaba a cuidar el comedor y comía con los aproximadamente 25  alumnos que utilizaban ese servicio.

En cuanto a las funciones teatrales se hacían cada dos años y para ello se empleaba un aula de gran tamaño que sólo se dedicaba a este tipo de eventos. La citada clase estaba situada de tal manera que desde  sus ventanas se podían ver la calle del Molino y a las caballerías aliviando su sed en el abrevadero. A aquellas entrañables funciones asistía  toda la escuela, padres y madres, el secretario del ayuntamiento don Fidel Bailo y el concejal Miguel Villacampa. También eran invitadas sor Concepción y sor Felisa por parte del colegio “La Milagrosa”.

 La función del año 1954 tuvo la siguiente programación:

-El Trébole (canción y baile grupal).

-Caperucita Roja y Blancanieves (diálogo a cargo de Pili Villa e Ilda Gómez).

-La Concejala (romance jocoso declamado por María Teresa Calzada).

-Una poesía recitada por Antonio Lobateras.

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En 1956 teatralizaron la obrita titulada “España y sus regiones”. En la primera escena aparecen dialogando entre sí Leonor Encuentra, María Dolores Ezquerra, Pili Tierz  e Ilda Gómez contando ésta, que había tenido un sueño sobre la formación de España. En la siguiente escena aparece Celia Casañola anunciando a Isabel la Católica (papel realizado por Tere Casabón). Al lado de la reina se coloca Pili Alegre representando a España y llamando una a una a  las alumnas que personificaban las distintas regiones: Aragón representado por María Teresa Calzada cantó una jota, Andalucía era Pili López, Galicia era Maribel Nogués y así hasta completar las diecisiete regiones.

En 1958 el alumnado de las nacionales llegó al culmen de  sus habilidades artísticas  en el escenario del cine Victoria.

La religiosidad de esta época llenaba casi todos los momentos de la vida escolar. Aquella gran aula en la que se representaban las funciones también se dedicaba para instalar el belén y cantar villancicos en vísperas de Navidad  o para celebrar durante el mes de mayo (mes de las flores) la Inmaculada Concepción. Para llevar a cabo esta última actividad entraban los alumnos o alumnas en la sala donde estaba colocada la Virgen en un altar adornado con abundantes flores de color blanco. Una alumna rezaba una oración específica de un librito dedicado a la Virgen y, por último, todas juntas cantaban  la canción popular “Con flores a María “ que comenzaba con el “Venid y vamos todos con flores a María…”

Los sábados había clase normal hasta la hora del recreo, después las maestras y las alumnas se reunían en la clase de doña María  para rezar el rosario.

Las clases estaban presididas por un crucifijo y los retratos de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera.  Antes de entrar se cantaba el “Cara el Sol”  o el “Prietas las Filas”. Llegados al aula  se  rezaba una oración antes de empezar la clase.  También era obligatoria la misa dominical y en los bancos de la iglesia se sentaban cada maestro o maestra con sus alumnos/as.

Por supuesto que la separación del alumnado por sexos era básica en los planes educativos de la época e incluso había dos recreos, uno para chicos y otro para chicas con una puertecilla de comunicación entre ambos que estaba prohibido franquear.

La disciplina era bastante estricta y había pocos que se atrevieran a transgredir las normas establecidas. Las consecuencias podían ser: copiar repetitivamente frases, ser castigado en un rincón de rodillas o de pie, golpes en la mano con palmeta o regla, tirones de orejas o de patillas, dar vueltas al patio, quedarse  sin recreo o alguna bofetada. También les podía pasar lo que les ocurrió a aquellos mozalbetes que fueron pillados “infraganti” robando abugos. Llevados por el guardia hasta el ayuntamiento que presidía por entonces el alcalde Medina, éste determinó que aquella “ banda de robaperas” debía pasar un largo fin de semana aislados en el interior de  las Escuelas Nacionales.  Me contaron que era tal el aislamiento que, incluso, tenían que mingitar a través de los barrotes de las ventanas que daban a la calle del Muro. Aunque de esto último no estoy muy seguro de su veracidad  y más parece que forme parte de las leyendas que generaron aquellos “héroes” de los tiempos difíciles.

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Cualquiera de estas penas podían ser impuestas a los recalcitrantes “peladillas” de la época. La palma y la mala fama se la llevó un maestro que venía en Vespa desde Barbastro. Es de justicia decir que la mayoría de los docentes no practicaban este tipo de  pedagogía y que sus alumnos y alumnas guardan buenos recuerdos de ellos.

Toda esta información ha llegado hasta la revista Quio gracias a la amabilidad de la maestra doña Carmen Pueyo, de las alumnas Ilda Gómez, María Teresa Calzada y algún que otro alumno de aquella época que no desea ser nombrado. Para todos ellos muchas gracias.

Y para terminar disfruten con el romance de la Concejala.

           LA CONCEJALA

Me tienen harta en el pueblo

con tantas habladurías.

¿Quién le mandará a la gente

meterse en las cosas mías?

Porque ya lleva diez años

mi esposo de concejal.

Se cuentan unos infundios…

¡ricontra que están muy mal!

Dice en el pueblo la gente mala:

¡Seña Pascuala, seña Pascuala!

¡Y cómo engorda la concejala!

paice un costal, paice un costal.

Todo porque mi hombre lleva

diez años de concejal.

                                                                                                                                                            Porque hemos mercau dos mulas

tres bueyes y un buen jumento

ya dicen los envidiosos

que son del ayuntamiento.

Y no sabe quién tal dice

que de allí no puen sacar

sino algún que otro disgusto

pues de esto… ni siquia un rial.

 

Ayer sin saber por dónde

se me ha perdido un cochino,

se me ha puesto en la cabeza

que lo tiene algún vecino.

Y el alcalde ha puesto un bando

en la puerta del corral

paque traigan insiguida

al puerco del concejal.

Y siguiendo al tamboril

 así dice el pregonero:

¡Lo que ha perdido está tarde

el concejal, es un puerco!.

Dice en el pueblo la gente mala

¡Seña Pascuala, seña Pascuala!

¡Y cómo engorda la concejala!

paice un costal, paice un costal.

 

Todo porque mi hombre lleva

diez años de concejal.

Seña Pascuala, seña Pascuala

y cómo engorda la Concejala

paice un costal, paice un costal.

Todo porque mi hombre lleva

diez años de concejal.

 

 

                                                            Manuel Antonio Corvinos Portella

 

 

Lorenzo Abadías López


La vida de nuestros pueblos es la historia de nuestra gente y la vida de Lorenzo es la vida de un hombre llano, forjado en la vida rural que tanto nos caracteriza. Lorenzo y su mujer Leandra regentaron “El Gorrión” un bar del barrio de la Estación de Sariñena. Tiempos de trasiego y vida, sobre todo de vida de un barrio rebosante de actividad que hoy en día es paradigma de la despoblación y del abandono del medio rural.

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Lorenzo nació en Novales en 1929 en el seno de una familia de agricultores. En casa fueron tres hermanos y aunque fue a la escuela hasta los 13 o 14 años, pronto Lorenzo tuvo que trabajar; “El maestro era hijo de Compaire”. De joven Lorenzo cogió las fiebres de malta, una enfermedad muy normal en aquellos tiempos causada por una bacteria que afectaba, principalmente, a personas que trabajan con animales o productos infectados. Su padre estuvo en la cárcel tras la guerra, lo que obligó a Lorenzo a llevar el huerto y las tierras. A los 10 años ya iba al huerto: “En Novales había bastante huerta y todo era para casa”. Con una burra de su abuelo y una mula de casa iba a labrar al campo, de lo bien que lo hacía los mayores se quedaban sorprendidos: “Tenía una faja muy larga”. En la huerta se ponía mucha patata: “Entonces comenzó a aparecer el cuco de la patata, al principio los quitábamos a mano con mi madre, después llegaron los tratamientos”.

Lorenzo se acuerda de ir a visitar a su padre, estaba trabajando en una carretera  por la zona de Campo o por allí cerca, se encontraba preso en las capuchinas de Barbastro.

Con los años Lorenzo comenzó a trabajar de mozo mayor en Callén, llevaba las tierras de la casa, labraba, sembraba, cosechaba… y apacentaba las mulas: “Fue un año muy seco y no se sacó nada de la tierra”. Luego realizó el servicio militar en Melilla, estuvo 18 meses en transmisiones. Al acabar el servició volvió a Callén, donde estuvo dos años de mozo en otra casa. Pero un año antes de hacer la mili, Lorenzo había conocido a Leandra Peña, quien con el tiempo fue su esposa. La familia de Leandra tenía un bar en Fraella: “Tuvieron la primera televisión del pueblo y la gente acudía al bar para verla”.  Lorenzo y Leandra se casaron en Fraella, donde Lorenzo trabajó para un tío suyo.

Tras unos años de casados se vinieron a vivir al Barrio de La Estación de Sariñena, donde adquirieron el bar “El Gorrión”, Lorenzo por entonces tenía unos 35 años. El bar “El Gorrión” además fue tienda, lo inició la familia Porta y después lo tuvo Rafael. En “El Gorrión” daban comidas y les fue muy bien cuando renovaban las vías: “Entonces había mucha gente en la estación”. También estaban los de las oficinas que se quedaban en casa a dormir y de la harinera alguno se pasaba a tomar algún café. A Lorenzo le regalaban carbón: “En la estación había una gran montaña de carbón para los trenes”.

Casi siempre cocinaba Leandra, algunas veces Lorenzo, aunque más bien pocas, normalmente él estaba en la barra. Además atendían la tienda donde además de comida vendían de todo. “Había días que repartíamos hasta 40 comidas y algunas pocas cenas, unas cuatro o cinco, pues muchos trabajadores bajaban a dormir a Sariñena, sólo algunos dormían en el Cuarto de Agentes”.

Lorenzo y Leandra llevaron el bar y la tienda durante unos treinta años, hasta que se jubilaron. En el mismo bar han hecho la vida, han tenido tres hijos, dos chicos y una chica. “Antes pasaban muchos trenes y paraban todos, había mucho movimiento, ha cambiado mucho la estación”.

Un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

José Casabón Peralta


José Casabón Peralta nació en Sariñena el 23 de diciembre de 1925. Descendiente de familia de herreros, su padre Eloy Casabón acabó siendo mecánico de automóviles, montando el taller familiar “Garajes Casabón”. Tras la guerra civil, la familia de José se vio obligada al exilio a Francia, del cual pudieron regresar con el tiempo y continuar con su vida y el negocio familiar. 

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A pesar del exilio, José pasó su infancia en Sariñena, jugando a los pitos y a las ingles, se ponían de cuclillas y saltaban por encima. Fue poco a la escuela, pues para la guerra tuvo que abandonarla. Siempre ha estado en el taller junto a su padre, de quien aprendió el oficio de mecánico. Su padre Eloy Casabón Tisaire comenzó trabajando en la herrería con su padre y hermano, pero a Eloy le gustaba mucho más la mecánica: “Arreglaba todo lo que podía”. Así que poco a poco fue aprendiendo mecánica, ya que en aquellos tiempos, en Sariñena, “Sólo había tres o cuatro coches”.

De zagal, Eloy se encargaba de llevar unos cinco litros de combustible a la avioneta que fotografiaba el terreno y que repostaba en la cabañera. Un día aquella avioneta se averió “Eloy la evaluó y le dijo al piloto que si quería la arreglaba”. El piloto sorprendido se rio, pero Eloy le matizó –Eso es la magneto-, a lo que el piloto le respondió -Pues oye, ¡arréglala!- . Finalmente, Eloy la desmontó y la llevó a Huesca para que la arreglasen, mientras aprovecho para estudiar la avioneta, su mecánica, hasta que la pieza regresó. Eloy la montó y la avioneta volvió a volar, entonces Eloy era muy joven.

José siempre ha estado con su padre en el taller, detrás de él aprendiendo todo lo que sabía. Eloy ponía unos tarugos en los pedales de un automóvil y mientras se subía en el estribo enseñaba a conducir a José. En el taller tenían un coche para alquilar, aquel era el que conducía José hasta que aprendió y tuvieron que comprar otro para alquilar.

El primer taller lo montó Eloy camino del río, al principio de la salida de Sariñena a mano derecha, en un pajar grande de un amigo junto a la fábrica de gaseosas de Masueras. Cuando evacuaron Sariñena durante la guerra, su padre se llevó todo lo que pudo del taller y de la casa en un camión, la familia tuvo que abandonar España. De alguna manera, Eloy trató de salvar su medio de vida, la forma de ganarse la vida de la que dependía su familia, pero cuando pasaron a Francia por Sallent, en la frontera tuvo que bascular el camión y abandonarlo todo.

José tenía un hermano y dos hermanas. A Eloy lo cogieron y lo llevaron a un campo de concentración, mientras a ellos se los llevaron a un refugio para mujeres, niñas y niños. Sus hermanas se pusieron a trabajar en una fábrica textil, de hilaturas, y ellos fueron a la escuela, eran los más pequeños. Cuando José cumplió la edad tuvo que dejar la escuela, allí estuvieron cuatro años hasta que alquilaron una casa. Afortunadamente Eloy conoció a un médico del campo que le ayudó a salir, se había puesto malo y le dijo que saliese “Que si no se iba a morir”, al final salió y pudo juntarse con su familia.

Antes, José había ido a buscar trabajo a un taller del pueblo, el dueño viajaba a Paris y cada semana traía dos coches para vender. Los traía en ferrocarril cada fin de semana, eran de la marca Sinca. Eloy fue a trabajar al taller cuando salió del campo frances.

Al tiempo se volvieron a Sariñena, aunque su padre tardó en volver por miedo y se quedó un tiempo más en Francia. En España, José realizó el servicio militar, se había sacado el carnet de conducir de segunda, y durante el servicio transportaba carbón en un camión en una mina en velilla de Cinca a la estación. En Sariñena José se casó con Aurelia Carpi, no han tenido hijos.

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Con su padre y un primo montaron de nuevo un taller en Sariñena, se llevaban muy bien y nunca discutían, así que con mucho trabajo y esfuerzo sacaron adelante “Garaje Casabón, Accesorios del Automóvil y Recambio Marías”. Arreglaban de todo, coches, camiones, tractores… y vendían tractores Barreiros. Gozaron de muy buena clientela y con mucho esfuerzo y trabajo sacaron adelante el taller. El taller estuvo en la avenida Huesca, luego hubo un garaje, con una puerta automática donde los críos se colgaban cuando se elevaba. El segundo taller se ubicó en la calle Gasset. Gracias a José por relatarnos su historia, la de un taller muy característico de la historia reciente de Sariñena, de una época de transición, de la tracción animal a los vehículos a motor, de los coches, tractores y camiones.

Un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

Antonia López Conte, La Hornera


        Manuel Antonio Corvinos Portella nos descubre el antiguo oficio de hornera.  Una historia más de su serie “Oficios Desaparecidos”, unos testimonios de extraordinario valor que  Manuel Antonio nos transmite con cercanía y apego: Antonia López Conte, La Hornera.       

                        

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Antonia López Conte

Antonia era esposa de Mariano Laín Susín, nació en Sariñena en 1904 y falleció en su pueblo después de 94 años de dura vida. A edad muy temprana (10 años) se quedó huérfana de madre y aquella desgracia la marcó para siempre, pero al mismo tiempo la hizo espabilar para mitigar la pobreza que rondaba la casa. Por supuesto que aquello de ir a la escuela no fue para ella.

Fueron dos hermanas y un hermano, pero pronto se quedó sin su hermana mayor pues murió muy joven. Según cuenta su hija Maribel más de una vez oyó decir a su madre que debió morir de hambre.

A los 10 años ya se ofrecía en los hornos de las casas para barrer el suelo, buscar agua o lo que fuese menester y por esos trabajos recibía como paga una tajada de pan que repartía con su hermano. Enseguida aprendió el oficio de hornera y se quedó para siempre con ese apelativo.

En un tiempo sin panaderías las horneras eran mujeres a las que se les encargaba la elaboración del pan y la repostería. En el caso que nos ocupa, la “seña” Antonia amasaba la harina, añadía la levadura, vigilaba la fermentación de noche, le daba vueltas y de madrugada  la transportaba en una bacía en la cabeza tapada con un trapo blanco de lino o algodón recio a uno de los hornos que había en la localidad para proceder a su horneado. Terminada la operación lo llevaba a la casa que le había hecho el encargo y cobraba lo estipulado. El cobro solía consistir en un “pizco de pan” y en los céntimos  establecidos.

Estas mujeres tenían una clientela fija que les encargaba el pan para varios días ya que entonces duraba sin secarse mucho tiempo. Cada hornera señalaba con una marca sus productos para que no se confundieran con los de las otras mujeres que se dedicaban a este oficio.

Recuerdan mis vecinas que había, por lo  menos, tres hornos en la villa: uno estaba en una de las calles laterales del antiguo ayuntamiento, otro en el Muro Bajo y el tercero en la calle del Horno.

La repostería de la señora Antonia era muy valorada por muchas familias de Sariñena y cuando ya se generalizaron los hornos industriales solía elaborarla en casa de “El Vidriero”. Famosos eran sus roscones, tortetas de cucharada, farinosos, magdalenas, tortas de fiesta o de bizcocho.

Me cuenta su hija Maribel una anécdota de su madre que, a pesar de lo dura que había sido  la vida para ella, indicaba la sensibilidad personal que tenía. Pues bien…, un día recibió un encargó de Pilar la de Rosendo para que le hiciera algunos productos de repostería. Cuando lo hubo realizado se lo llevó a la tienda y a la hora de cobrar le manifestó que no quería dinero, que sólo deseaba a cambio una fotografía en la que saliera favorecida para que se la pusieran en su tumba el día que muriera.

 Y yo añadiré que de los recuerdos que el que suscribe tiene de ella podrían resumirse en dos palabras que utilizaba a menudo al comienzo o al final de las frases y que dan cuenta de su recio carácter: “Rediós y Copón” (genio y figura).

                                                                             Manuel Antonio Corvinos Portella

Juan Bastida Cascales


Con la llegada de la telefonía fija se crearon centralitas de teléfonos donde la gente podía recibir y realizar llamadas. Se mantuvieron hasta que el teléfono fijo llegó a cada casa, dando paso a una nueva revolución tecnológica que cada día resulta más vertiginosa. De la mano de Juan Bastida Cascales  y de sus recuerdos viajamos a la Sariñena de la centralita de teléfonos de su tía Matilde, del locutorio y de aquellos tiempos tan especiales.

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Juan Bastida Cascales

Juan Bastida Cascales nació en Sariñena en 1948, de casa Cascales, su madre era Rosario Cascales y su padre Francisco Bastida, natural de Murcia. Tenían un monte por la zona de Capdesaso y allí tenían oliveras y almendreras.

Juan recuerda las calles sin asfaltar y de jugar a los pitos, a las canicas, por las calles y a las perras negras, monedas antiguas, “Si tenían buen sonido se cambiaban bien”. Había un juego en el que doblaban las cartas, jugaban al futbol y los domingos iban al cine del Casino. Eran socios del Casino, así que podía ir a ver el cine, era por la tarde y las películas eran en blanco y negro: “Se hacía en el salón de arriba del casino viejo”. Al casino también iba mucha gente a ver la televisión, sobre todo cuando había partidos de futbol, colocaban una televisión enorme en el salón de arriba y se sentaban en las butacas del cine. El cine Victoria era mejor, pero era más caro, “Para las fiestas ponían películas muy buenas”.

Estudió en las nacionales y Juan recuerda a muchos de los maestros como a Mariano Sampietro, Rafael Mendiburo, Blas Casaus, Encarnación… Después fue a las monjas donde preparaban para el bachillerato, luego iban a estudiar a Huesca, al instituto Ramón y Cajal. Juan acabó licenciándose en Derecho por la Universidad de Zaragoza y durante su vida trabajó para la Seguridad Social en Huesca

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Antigua centralita de Matilde.

Su tía Matilde Cascales llevaba la centralita de teléfonos de Sariñena. Matilde era hermana del médico Pedro Cascales y de Rosario Cascales, madre de Juan. Rosario ayudaba a Matilde con la centralita, que estaba en la calle Santamaria, enfrente de la calle del Mercado. Tenían unos paneles donde iban clavando clavijas mientras la gente iba a llamar o recibir llamadas: “Según el tiempo y el lugar se cobraba la llamada”. Su tía iba conectando las diferentes conferencias. La centralita funcionó hasta que llegó el teléfono a las casas.

En las centralitas manuales la distribución de llamadas se hacía con operadoras (casi siempre eran mujeres) que se encargaban de la conexión de las clavijas de la red en las tomas que correspondieran. De este modo, la persona que efectuaba la llamada telefónica realmente estaba contactando primero con la centralita, que enchufaba la clavija en la toma que correspondiera a la persona destinataria de la llamada.

Historia de la centralita telefónica

(http://www.criteriasistemas.com)

La centralita de teléfonos también llegó a estar en casa Sabineta. Después fue Pilar Aparicio quien estuvo encargada de teléfonos, cogió el relevo.  Matilde llevó la centralita a partir de la guerra y llegó a tener varias personas a su cargo trabajando en la centralita, a Silvia y Nuria (La Albalatillera). En casa Sabineta también estuvo Correos y luego se trasladó a la planta baja del ayuntamiento.

Matilde aceptaba la llamada y decía “Aquí Sariñena” y daba aviso de la conferencia. Juan se dedicó a dar avisos por las casas, llevaba el aviso anunciando a que hora se iba a realizar la llamada y el interesado firmaba el aviso confirmando su comunicación.

Su tío Pedro Cascales ejerció de médico por Cataluña y luego vino a Sariñena donde ejerció como titular. También, como médico, estuvo Nicolás Andión. Pedro Cascales no tuvo descendencia y murió en 1996, con 98 años. La consulta estuvo en la plaza san Roque, actual Mayoral Antonio Susín.

El teléfono fue inventado por Antonio Meucci en 1854 y no fue instalado en España hasta 1877. Su implantación fue lenta, en 1924 se creó la Compañía Telefónica Nacional de España y a partir de aquella fecha comenzó su generalización. Gracias a Juan Bastida nos hemos trasladados a aquellos tiempos, con un hilo romántico que abría Sariñena al mundo de las comunicaciones, donde la voz tomaba su momento:  “Aquí Sariñena”.

Y un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

José Porta Martín


La vida de José, Pepe como se le conoce familiarmente, está muy ligada al Barrio de la Estación de Sariñena y a una de las empresas familiares con más solera de la villa: “Espumosos Porta, Hielos y bebidas carbónicas”, actualmente “Comercial Porta SL”.

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José Porta Martín

José Porta Martín nació en el Barrio de la Estación de Sariñena el 4 de diciembre de 1929. Sus padres Higinio, natural de Osso de Cinca, y Asunción, de Caminreal (Teruel), emigraron a la Argentina donde vivieron unos 12 años. Regresaron por causas de salud de Higinio y se instalaron en Capdesaso, donde el hermano de Higinio fue secretario del Ayuntamiento. Higinio y Asunción tuvieron 12 hijos de los que vivirían seis, el más pequeño de todos era Pepe.

Higinio fue un gran negociante y emprendedor. Cogía el caballo desde Capdesaso y solía acercarse a la Estación de tren de Sariñena, donde vio una finca que le gustó y la compró; allí edificaron su casa, una fábrica de gaseosas y una fábrica de hielo. En la esquina con la carretera pusieron un almacén de venta al por mayor de arroz, aceite y productos básicos, en la trastienda había otro almacén donde vendían cemento y yesos. En Sariñena, en la Plaza Constitución hacía la calle Eduardo Dato, pusieron un bar que se llamaba “La Favorita” en el que sonó muchas veces, recuerda Pepe, “Suspiros de España” en una pianola que funcionaba con rodillos de papel perforados, después hubo un piano: “A todos los hermanos nos gustaba mucho la música y casi todos tocábamos el piano de oído.   

En aquella época el barrio estaba en su apogeo, en pleno crecimiento, el 90% de los habitantes del Barrio tenían relación con el tren, Sariñena era unos de los centros neurálgicos ferroviarios más importante de Aragón, había mucha vida y mucha demanda de productos.

Espumosos Porta, Hielos y bebidas carbónicas.

Al principio se hacían las gaseosas de pito y cuando se rompía la botella los críos aprovechaban los pitos para jugar a las canicas.  En un caldero de cobre se elaboraba el jarabe: azúcar, esencia de limón y agua; con los años se sustituyó el azúcar por la sacarina. Después vinieron las botellas de brida siempre retornables, en la fábrica se utilizaban máquinas manuales para el llenado una a una, estaban continuamente lavando botellas y era todo muy artesanal.

En el tren les traían desde Barcelona cerveza virgen en grandes toneles de madera, las botellas y las chapas y ellos la tenían que pasteurizar, enfriar y embotellar.

Al principio se repartía la mercancía con un carro tirado por un caballo por los pueblos de la redolada, también mandaban gaseosas, cervezas y hielo con el tren a pueblos cercanos.

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Gaseosa de pito.

“En la Estación había una cantina que estaba al lado del edificio principal, allí paraban muchos trenes y las paradas duraban bastante tiempo, la Lamparera Sra. Paula, vendía gaseosas que las llevaba en un pozal con hielo por los vagones de pasajeros del tren correo y le daba tiempo de vender las botellas y recogerlas una vez vacías, por si acaso cobraba los cascos y algunos viajeros los tiraban por las ventanillas al marchar y ella los recogía en los andenes.” La Lamparera era la mujer del Lamparero, éste se encargaba de mantener el farolillo rojo del último vagón del tren, que indicaba el final del convoy y tenía una oficina- taller donde todos los trabajadores de ferrocarriles arreglaban o llenaban su farol, por las noches siempre lo llevaban encendido.

En la estación había mucho tráfico, los trenes paraban a repostar agua o carbón, para cambiar de maquinista, para revisar y reparar las máquinas, las ruedas de los vagones, recuerda Pepe el sonido al golpearlas todas las ruedas una por una con una barra de hierro, según el sonido podían estar rotas.  Los maquinistas y los fogoneros descansaban, se quedaban a dormir en el “Cuarto de Agentes” donde además había una cocinera, cocina y comedor. El señor Goya fue uno de los jefes de la Estación, recuerda José. Para los silos, la Cross, había dos vías que iban para ellos y otras a los muelles de carga y descarga. En los cargaderos se cargaba cereal y mucha cantidad de remolacha, había una báscula donde la pesaban y luego la cargaban.

Cada dos o tres vagones había un guardafrenos, personal encargado de accionar los frenos según los pitidos que daba el maquinista. En aquella época había muchos oficios relacionados con los trenes, desde el jefe de la estación (el de la gorra roja), jefe del depósito de máquinas, jefe del cuarto agentes, factores, los brigadas, guarda agujas, mecánicos, guarda railes, la encargada del paso a nivel para subir y bajar las barreras, guardafrenos, etc. “Cuando pasó Franco por la estación justamente se habían bajado las barreras y la mujer que se encargaba del paso, toda preocupada exclamó: ¡Ay! hijo mío, ¿quieres que paremos el tren para que pases? Y dicen que le preguntó por su familia, o eso se contó y fue muy nombrado.”

José y sus amigos jugaban por la estación, se metían por los vagones y cuando transportaban gallinas metían una cuchara y cogían los huevos de las jaulas. A las maquinas pequeñas las llamaban chocolateras. José nombra al cura don Pedro: “Iba siempre con una sotana y una vara y cuando alguno le decía – ¡Mosén!, que parece un pastor- él contestaba -¡sí! De cabritos-“. Como la iglesia no se encontraba en condiciones hacían la misa en el Cuarto de Agentes.

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Camión de “Espumosos Porta”

Su padre y sus dos hermanos mayores, Higinio y Antonio, seguían con el negocio y adquirieron un camión para la venta, pero con el inicio de la guerra fue requisado por los republicanos, tan solo hacía un año que lo habían comprado. También les requisaron los almacenes, todo lo que había en ellos, los del campo de aviación iban a buscar cajas de cervezas y gaseosas con unos vales que no tenían valor y nunca cobraron, se llevaron los animales de los corrales, uno de los almacenes lo utilizaron para guardar las bombas destinadas al aeródromo de “Alas rojas”, José las veía desde una ventaneta “Estaban sin la espoleta, para que no explotasen”-comenta.  Quizá llegaban en tren y provisionalmente se guardaban en la estación hasta su traslado definitivo al aeródromo.

Los habitantes del barrio construyeron un refugio antiaéreo, cavaron el refugio en el suelo y lo cubrieron primero con railes de las vías, bien juntos, luego había una capa de medio metro de arena, otra capa de railes y por último, tierra encima. José solía jugar por el refugio a Pedro Botero (al escondite) con los demás críos del barrio.

Para avisar cuando se acercaba la aviación colocaron la campana de la iglesia de San Jorge en un árbol grande porque la iglesia se había derruido, a veces llamaban desde Grañén o Tardienta avisando que la aviación venía hacía Sariñena y hacían sonar la campana. La estación la bombardearon hasta en cinco ocasiones, con su hermano Antonio hicieron una zanja en el corral de su casa para refugiarse, veían pasar los aviones y decían “Ya nos dan, ya nos dan”, recuerda como cayeron tres bombas en el campo de al lado y que las mujeres de su casa nunca bajaron al refugio. En una ocasión huyeron a refugiarse a la Torre de Llamas, desde allí su madre Asunción contempló como los republicanos, en su huida, dinamitaban el puente de la vía.

El Cuarto de Agentes pasó a ser hospital de evacuación, también había un tren hospital en uno de los muelles de la estación donde llevaban los heridos y los más graves los derivaban al hospital. Su hermano Luis se encargaba de llevar la ambulancia, iba a recoger al frente a los heridos para llevarlos al hospital, en una ocasión la ambulancia fue bombardeada y él se salvó pero no los heridos que llevaba. A su hermano Higinio se lo llevaron a Tarragona y, como era muy buen mecánico, puso en marcha la maquinaria de una fábrica de harinas.

Al acabar la guerra hubo que empezar de cero y en aquellos difíciles tiempos en los que no quedaba casi nada siguieron con la fabricación de gaseosas y hielo, pero al no dar mucho también compraban y vendían naranjas, pollos, aceite, miel o lo que les demandasen. También se dedicaron al negocio de las almendras, las compraban, las metían en unas máquinas de descascar y por un lado salían las almendras que las mandaban a Reus, por otra las cáscaras que se vendía para las estufas; allí trabajaron de diez a quince mujeres de Capdesaso para acabar de separar la cáscara de la almendra.

 

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Gaseosa de brida “Espumosos Porta”

Los Porta también habían montado una fábrica de hielo para refrescar las bebidas. Había unos moldes que se llenaban de agua, se sumergían en la “piscina” donde se convertía en hielo, se desmoldaban en un pozo de agua y  luego  guardaban las barras en una cámara frigorífica de muros anchos, para no ir abriendo y cerrando la puerta de la cámara había una ventaneta muy pequeña por donde metían y sacaban las barras de hielo, “El aire deshiela más que el sol. El hielo es muy delicado y había que manejarlo y transportarlo con mucho cuidado, entre paja y sacos”. Por medio del tren mandaban el hielo a Grañén y Tardienta y con los camiones de reparto, en años posteriores, a otros pueblos de la comarca. Aquellas cámaras frigoríficas también fueron requisadas durante la guerra y les hicieron mantenerlas siempre en marcha porque las tropas republicanas que andaban por la estación las utilizaron para conservar víveres. El hielo se utilizaba mucho, además de para refrescar la bebida, en las nuevas neveras de hielo que salieron, en las pescaderías, para hacer helados, etc.

Compramos un camión Diamon que duró muchos años y tenía una bocina que hacía: SOL Mi DO. Mi hermano Luis cuando pasaba por delante de su casa le tocaba a Asunción una melodía “sol do mi do sol mi sol do” y así ella sabía que llegaba.

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Sifón “Espumosos Porta”

A todo añadieron la fabricación de sifones, entonces se bebía mucho vino con sifón. A la muerte de su padre y con los años quedaron a cargo del negocio cuatro hermanos: Higinio el mayor era el administrador y era un gran mecánico y negociante, su hermano Antonio era el químico, encargado del laboratorio y muy buen mecánico,  en los años 60 llegaron a fabricar soda de café (cuando comenzaba a llegar la Cocacola), limonada y naranjada además de gaseosas, Luis era un emprendedor y muy negociante “Era como el comodín, hacía de todo, igual estaba en la oficina que llenando gaseosas, que iba de comercial y a repartir por los pueblos la mercancía o iba a Barcelona con el camión, un Pegaso Barajas, recuerda que salía a las cuatro de la madrugada y llegaba a Barcelona a la una del mediodía. En realidad, todos trabajábamos mucho, no tuvimos nunca vacaciones. Yo aprovechaba los domingos que se podía para ir al río Alcanadre con mi mujer y mis hijos a pasar el día al lado de la fuente de Chabarriga en la huerta de Capdesaso y nos bañábamos en las badinas cerca del puente del tren o a la playa a Salou a pasar el día cuando fueron más mayores”.

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José Porta durante el servicio militar.

José fue a la escuela en la estación, los chicos a la derecha y las chicas a la izquierda.  Luego estudió dos años en los escolapios en Zaragoza donde vivía con su hermana Josefina que era como su madre. El servicio militar lo realizó a los 17 años en Mallorca donde además aprovechó para estudiar comercio. Antes de realizar la mili, José ya había conocido a María Pilar Murlanch Minguella con la que cortejó nueve años y la bajaba a ver siempre que podía a Sariñena en bici, “el amor de mi vida”. José y María Pilar se casaron, tuvieron tres hijos y su vida se ha desarrollado siempre ligada al barrio de la Estación de Sariñena.

Pepe y Mª Pilar fueron muy bailadores: “En la estación había muy buenas fiestas hasta que sobre 1965, unos cohetes explotaron incontroladamente hiriendo a varias personas, uno de ellos a Vicente Sanclemente, vecino del Barrio, por este motivo las fiestas se suspendieron hasta bastantes años después. Las fiestas son para San Jorge, a la estación venía gente de todos los pueblos de alrededor, en casa Gil se hacían muy buenos bailes.  En aquella época había cinco bares, estaba casa Gil, que era bar y baile de fiestas, casa El Gorrión, bar y tienda de ultramarinos, El Parador, era bar y posada, La cantina del señor Jesús, al lado de casa Gil, y la cantina de la estación y una carnecería, panadería y lechería detrás de la escuela, la de la Sra. Antonia y el Sr. Feliciano”.  

José ha sido un gran aficionado a la fotografía, cuando se casó se compró dos libros y todo el material para montar un laboratorio fotográfico y él mismo aprendió a revelar las fotografías que hacía a sus hijos, en las excursiones al río de los domingos, etc. La fotografía era una de sus pasiones al igual que el fútbol, siempre seguidor del CF Sariñena, estuvo 11 años en la directiva y durante esos años y algunos más estuvo de corresponsal deportivo de radio y prensa. En la revista Monegros fue puntual colaborador escribiendo en cada número las noticias deportivas del momento así como la historia del CF Sariñena hasta el año 1981.

Dos años después sufrió una enfermedad que le apartó de su vida profesional habitual: “Menos mal que mi hijo Jaime, del que me siento muy orgulloso, se quedó en el negocio y aunque era muy joven tomó mi relevo con gran entusiasmo y dedicación”.

A partir de entonces José y María Pilar viajaron mucho, José por el negocio familiar era socio de ANFABRA (Asociación Nacional de Fabricantes de Bebidas Carbónicas) y visitaron muchos lugares de España, en reuniones y encuentros. También viajaron muchas veces a Mallorca porque le encantaba ir en avión (otra de sus pasiones) y volver a los lugares donde hizo la mili, a la playa y con el IMSERSO.

Pepe recuerda con cariño a tantas mujeres y hombres que han trabajado con ellos algunos como si fueran de la familia y a clientes de toda la comarca con los que después de tantos años les ha unido una gran amistad. En la década de 1960 modernizaron la fábrica y en la de los 80 automatizaron totalmente el proceso. Desde que esta empresa familiar nació por allá los años 20 (luego cumplirá el centenario) siguen adaptándose a los nuevos tiempos y ya va por la cuarta generación.

La saga familiar continúa ligada al barrio de la Estación de Sariñena, un barrio con mucha historia a la que nos hemos acercado gracias a la memoria y la afabilidad de José Porta Martín, un placer.

Joaquín Ruiz Gaspar y Asun Porta Murlanch