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Cae agua nieve, matacabras, solían decir las gentes del lugar, por aquí la nieve rara vez cubre la tierra. El invierno suele ser duro, con sus heladas y boiras dorondoneras, las rosadas y sus gotitas de hielo posadas, como frágiles pajarillos, en las finas ramillas, que parecen querer escapar. Las hojas caídas, los árboles desnudos contrastan con los de hoja perenne, aquellos que aparecen inmutables al rigor de las bajas temperaturas, como si el tiempo no fuese con ellos. Antes se helaban las balsas y se recogía el hielo, se guardaba para verano. Antes las chimeneas humeaban el fuego que respiraba las historias y relatos que se contaban a su alrededor. Ya no se cuentan, ya no se sienten.

El abuelo alimenta el fuego, añade troncos que pronto comienzan a prender, atiza el fuelle y brincan las purnas, hay quien pide un deseo en esa noche estrellada, de estrellas fugaces. – ¡Ojalá siempre todo hubiese sido igual! -. Yaya da vueltas al puchero que condimenta con romero y tremoncillo, canturreando una de sus muchas melodías que aún me acompañan las solitarias tardes noches de invierno. Su dulce voz y bravas jotas. La silla coja, aún siento el balanceo, el traqueteo, y el olor a humo, patatas asadas, tostadas con ajo, los abuelos en la cadiera calentándose los pies y manos. Las manos de yaya cogiendo las mías, el gélido aire llamando a la ventana, silbando, y la luz parpadeante del mismo fuego que va consumiendo un tiempo ya agotado.  

El guirlache, el vino rancio del abuelo y yaya con su toquilla y sus patucos de lana, la boina y el viejo bastón de abedul del yayo, con su risueña sonriseta callada, sus gestos y sus manos tan duras que tanto extraño, como sus ojos brillantes que no paraban de mirarme, llenos de complicidad. Se me arremolinan los recuerdos, me hacen un nudo en la garganta y estómago, mientras me seco una lagrimilla que se me escapa, con tu pañuelo blanco de tela con el que me limpiabas mis inocentes legañitas – ¡tanto os echo de menos! -.

Las tostadas con aceite, miel o vino y azúcar, tus arrugas yaya, tus raíces abuelo. Las rosquillas con sabor a anís, el moscatel, las torrijas y los crespillos. El tocino con un piazico de pan. Tus caricias, tus abrazos tan profundos, esos besos que acababan en pedorretas en la tripa, las cosquilletas interminables, las risas y carcajadas, el trote sobre tus rodillas, volverme a fundir en tus abrazos y tremendos achuchones, sentir un amor infinito e inquebrantable, llevarme a encolicas a la cama o con mis brazos recogidos sobre tus hombros, acostarme, un beso en la mejilla, ese – ¡dulces sueños!  y un te quiero-, – ¡Buenas noches mi amor! -. 

Vuelven aquellas historias que creía de siempre y ya solo son del pasado, de aquel bandolero Cucaracha cabalgando por la sierra, los trabajos en el campo, la siembra y la cosecha, la vieja aldea en el monte donde nacisteis un verano que la tierra ardía y la sed ahogaba… vuelve la tierna mirada de yaya y sus caricias. Vuelven las lágrimas a brotar, a escaparse entre una mirada perdida y un rostro feliz ante una chimenea apagada que hace años no se vuelve a encender. Ya no quedan ni las cenizas de un tiempo remoto del que ni siquiera me despedí.  Solo el frio atusa mi cabello, como solía hacer yaya, y un escalofrió recorre mi cuerpo. Solo el aire susurra como yayo, con sus historietas de siempre, aquellas que aún guarda la vieja casa, con sus ecos perdidos que parecen querer volver a resonar entre sus habitaciones de ausencias. Fríos muros, donde un viejo soplo de aire perdido sigue recorriendo la vacía casa donde hace tiempo no regreso.

La noche está despejada, las estrellas abarrotan el cielo, ya no pido deseos, solo sonrío, una felicidad me sobre encoje al igual que la nostalgia. Creo que sin quererlo encendí de nuevo el viejo hogar, calenté la noche de invierno y fría navidad, con las velas de cera consumiéndose en cada rincón de la casa, los candiles de aceite y esa silla coja en la que me sentaba y me balanceaba a trompicones. Mientras, fuera nevaba y parecía que todo se teñía de blanco.

Hay ausencias que ocupan mucho espacio, demasiado, pero siempre regreso, aunque sea por un momento, siempre regreso.

A mi yaya. A mi amor infinito.

Aldea


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Aldea por Valdecarros, güega entre Lanaja y Castejón de Monegros. 

Ya hace tiempo que nadie vuelve y el aire corre por estas viejas cuatro paredes. Duramente resisten los vetustos muros de piedra que inevitablemente comienzan a desmoronarse. Es tiempo de ausencias y de olvidos, ya no se cuentan añejas historias al calor de la lumbre del pequeño hogar, de un pequeño espacio que familias compartieron generaciones tras generaciones. La soledad embriaga tiempos sin memoria, de saberes populares, del esfuerzo y trabajo en esta sierra monegrina, de leyendas de bandoleros y del gran Cucaracha. Ya no humea la chimenea, ni despide antes del amanecer, ni espera después del anochecer.

Días de otoño, de preparar las tierras y sembrar, dormir al calor de las mulas en la pequeña aldea que hace muchísimos años se levantó piedra a piedra. Una a una se fueron colocando las piedras que se arrancaron a la sierra, con las manos encallecidas y duras, con las manos de segar en verano bajo el implacable sol, donde sólo la vieja sabina, a su sombra, se hallaba resguardo. Las mismas manos que aserraban los pinos y bajaban de la sierra las leñas, que arrancaban los romeros para los hornos y el esparto para hacer sogueta, las manos que recogían las almendreras, olivares y viñas.

La sierra permanece salpicada de aldeas espaldadas por tiempos que ya no valoran su propia historia, la de su gente, la de sus abuelos y abuelas. La vegetación va apoderándose, los tejados hundidos y los muros a merced de la erosión del abandono. Con ellas desaparece parte de nosotros y nosotras, vidas que fueron e incluso nacieron en aquellas solitarias aldeas esparcidas sobre la sierra de Alcubierre.

El aire, el cierzo corre por las cuatro paredes, entra por las puertas que ya nada guardan y nada resguardan, mientras la enrona se va acumulando en su abandonado espacio. Ya no bajan los carros llenos a los pueblos, ni van sus gentes montados en ellos, ni bajan ni suben. Y el viejo poblado de Peñalbeta aparece distante, resignado a la desmemoria, igual que los caminos los reclama el monte, igual que muchos campos que ya no se cultivan.

Os Monegros (1)

Sabina por Valdecarros, güega entre Lanaja y Castejón de Monegros. 

Las balsas ya no recogen el agua como antes, ya no sacian la sed, aquella sed que ya no fatiga a los hombres y mujeres en estos malditos y rabiosos secanos. Los muros de piedra de los campos se derrumban llevándose tantos recuerdos, tanta sabiduría que tanto costó aprender. Ya no abundan los rebaños de cabras y ya casi no hay pastores, las parideras quedan vacías y el silencio se adueña de todo. La sierra permanece como ausente.

Sólo el aroma a ontina, romero y tomillo, a monte, perdura la esencia de tantas gentes. Los cielos claros y limpios, el aire puro y el olor a tierra, los campos de trigo y cebada. Quien levantó cada piedra sabe el valor de cada muro y de cada aldea que siempre buscó legar a los suyos. Ahora nosotros y nosotras somos sus herederos y el frío entra entre las cuatro paredes, el aire recorre paredes que ya no hablan, callan porque ya hace tiempo que hemos dejado de escuchar.

Ya hace mucho tiempo que nadie vuelve y ya hace mucho que nadie espera. Aunque a veces parezca que aún quiere esperar.

  • Nota: Aldea es la forma de denominar a las casetas de monte en la sierra de Alcubierrre.