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Relatos de raíz


Relatos de raíz, de ficción y con personajes históricos, famosos e inventados.

Relatos de contrastes, alegres y vivos que ensalzan a Los Monegros y a sus gentes frente a relatos de sucesos oscuros y sobre la cruel realidad del mundo rural de principios del siglo pasado y la guerra española.

Asimismo se intercalan relatos que hablan sobre la realidad social de la mujer, aquella realidad silenciada, tratando representar diferentes realidades sociales a través de diferentes mujeres en clara referencia a la obra de Ramón J. Sénder usando su titulo en femenino: El lugar de una mujer.

Una amalgama de relatos diversos entremezclados, de contrastes como la misma tierra de Los Monegros.

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Miguel chapoteaba y mojaba a Pedro y Juan, sus hermanos pequeños. Escapaban y al pronto regresaban a que Miguel les volviese a remojar. Saltaban entre las piedras y se dejaban llevar por la tímida corriente. Gritaban y reían, luchaban como grandes guerreros y se abrazaban como grandes hermanos.

La chiquillería alegraba la rivera del Alcanadre, donde muchas familias se reunían para sobrellevar el asfixiante verano. El sol era rabiosamente abrasador, los campos segados parecían abandonados y los rebaños evitaban las horas más intensas; hasta las sombras ardían. La luz cegaba, con tanta intensidad como revivía el recuerdo de madre Catalina vigilando desde la orilla, con su cabello bajo su pañuelo de azul turquesa, como el radiante cielo donde ahora se perdía su mirada.

La plaza estaba a abarrotar, la gente se agolpaba y gritaba al impío y hereje con la mirada perdida. Las campanas recordaban aquellas del viejo monasterio de santa María de Sigena, donde padre Antón ejercía de notario y entre cuyas piedras tanto jugó con sus hermanos.

El sediento Alcanadre discurría mientras un olor a humo comenzaba a adueñarse de todo y cegaba el cielo azul turquesa. Pronto comenzó a sentir el calor que quemaba como nunca antes había sentido, como asfixiaba y ahogaba hasta que la circulación menor dejó de fluir. Miguel volvió a chapotear en el Alcanadre con sus hermanos aquel 27 de octubre de 1553 en Ginebra mientras Catalina lloraba a orillas del río Alcanadre.

Para Marian Hillar, Servet fue el punto de inflexión en la ideología y mentalidad dominantes desde el siglo IV d. C.. Aún más, Hillar sostiene que históricamente hablando, con la muerte de Servet, la libertad de conciencia acabó convirtiéndose en un derecho civil en la sociedad moderna.

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Su barquito, de tabla de madera, navegaba a lo ancho y largo de la balsa de la árida estepa aragonesa de Los Monegros. El pequeño capitán maniobraba su navío y desarrollaba las mayores técnicas y artes de navegación. Soportaban tremendas épocas de calma mar hasta tempestades procelosas que dejaban a la deriva la débil tabla de madera con velas de papel. El agua era salada, como el mar. Y el cierzo era el aire que arreciaba las velas en ventura de alcanzar buen puerto.

Martín se dejaba llevar por infinitas aventuras allende los mares, orientándose en el cielo estrellado de su Bujaraloz natal, guiándose por las incontables estrellas, recorriendo de proa a popa la cubierta, corrigiendo el rumbo, longitud y latitud, señalando el norte con la brújula, manejando el nocturlabio o la carta esférica y surcando océanos en los grandes navíos del imperio.

Soltó amarras, levó anclas, izó velas y partió el joven Martín al reino de los mares desde la árida tierra monegrina. Advirtió de la diferencia entre el polo magnético y el terrestre y la desviación que había que tener en cuenta en la navegación para no errar en el destino, para mantener el rumbo reorientando adecuadamente la rosa náutica.

Fue un maestro de la navegación y, mientras contemplaba el mar, cerraba los ojos e imaginaba que al abrirlos la mar tan sólo sería un espejismo donde Bujaraloz aparecía al fondo, como aquellos días de su niñez en que era capitán de su barquito de tabla de madera y velas de papel.

Martín Cortés de Albacar (Bujaraloz, 1510- Cádiz, 1582) está considerado como uno de los científicos más importantes del Renacimiento español en uno de los campos más importantes de su siglo: “el arte de navegar”, debido a la necesidad de conocer los secretos de la navegación de altura, necesaria para impulsar los descubrimientos de la época.

Desde la agrietada y seca tierra soñó con navegar, soñó con el mar.

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Mientras desenmarañaba el áureo cabello de Luna, con su cepillo de suaves púas, Penélope recordaba aquel paisaje desértico cuya noche estrellada se le hizo tan inmensa. Un escalofrió le sobrecogió de improvisto y recorrió todo su cuerpo, electrizando el vértigo que da asomarse al pasado.

En esa tierra desconocida, Penélope contemplaba infinitas estrellas inalcanzables, alargaba su mano tratando de alcanzarlas tal y como decía el director “En estas tierras, desde Monegrillo, he tocado la luna”. Ella alargaba su mano para tocar la clara luna, estiraba todo lo que podía su brazo para alcanzar sus sueños, ser ella dueña de su propia odisea en el firmamento de las infinitas estrellas.

Como una perla flotaba la luna en el cielo mientras la noche se cernía y ella se fundía en el cielo solitario de las tierras de Los Monegros. Una durísima jornada de rodaje esperaba, la responsabilidad de hacerlo bien, los nervios y los sueños se enmarañaban en el estómago, como el cabello de Luna que había que desenredar.

Alcanzó las estrellas y los sueños. En esas tierras, desde Monegrillo, Penélope alargó tanto su mano que solamente ella sabe si de verdad tocó la luna.

La producción cinematográfica Jamón, jamón tuvo un notable éxito internacional, catapultó a la fama al director Bigas Luna y a dos de los actores españoles más populares en todo el mundo, Penélope Cruz y Javier Bardem. Fue rodada en Los Monegros en 1992.

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Tanto por lo universal, como por nominalismo, existía una cierta controversia o disentimiento, también incluso aceptación o una ligera o profusa matización que abría nuevos escenarios dialecticos. Quizá, la palabra del maestro, curtido en la misma Sorbona, era indiscutible, pero en verdad todo debía de ser susceptible a ser cuestionado. La discusión era, en sí misma, la principal razón filosófica de su encuentro.

La discusión iba alcanzando gran intensidad entre los asistentes a la mesa, un fluido duelo dialectico confrontaba las ideas, las enfrentaba y batía en un combate sin igual, o tal vez particular. Todo concepto o teoría se exponía ordenadamente, modulando el tono y haciendo hincapié en los detalles más notables que al final se rebatían y refutaban con el peligroso arte de la palabra.

La victoria de la razón y la lógica, con su tono sereno y reflexivo se instruían, enriqueciéndose con el uso de la palabra, la moderación y el saber escuchar. Sabían guardar los tiempos y mantener los silencios. Sabían escuchar.

Intercambiaban argumentos, ideas y razonamientos y, de aquel enmarañamiento dialectico, surgían respuestas y conclusiones. Se cultivaban en el arte de la dialéctica y aprendían conversando, abriendo la mente y reconociendo la virtud de reconocer que aprendemos, que somos sabios con nuestra humildad de la lógica y la razón.

Gaspar Lax nació en Sariñena en 1487. Estudió en la Sorbona de Paris donde ejerció de maestro, fue un filósofo y matemático considerado el príncipe de la lógica, aquel que su discípulo Juan vives calificó como de ingenio sumamente agudo y de tenaz memoria

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La primavera se revelaba como un milagro en la tierra árida y seca que tanto se agrieta por la escasez de lluvias. Manuel caminaba, realizaba uno de esos esporádicos paseos que podían realizar cada cierto tiempo, aunque él, en la orden, gozaba de cierta libertad por la delicadeza de su trabajo y obra. Daba sus pasos contemplando el paisaje, con la sierra al fondo y las florecillas en los marguines del camino y los campos. Los colores, los intensos y brillantes colores que pincelaban cada palmo de tierra alegraban el alma, una composición inigualable que regalaba la naturaleza.

Era un momento vital, de abandonar el retiro y coger perspectiva con los amplios horizontes. También de distraerse, aunque en verdad nunca lo conseguía. Siempre estaba con sus ideas para continuar pintando las paredes, bóvedas y cúpulas. Reflexionaba sobre realizar una inscripción en lo más alto de la cúpula principal, como un secreto difícil de descubrir. Cavilaba lo tanto que le agradaría que Francisco de Goya aceptase su invitación y viniese a contemplar su obra. Sus pinceles y murales se habían vuelto su vida.

El monasterio iba quedando alejado, nada aconsejaba ir mucho más allá, nunca se sabe y hay muchas historias de bandoleros que advertían prudencia. Se acercó a la fuente, un oasis que emanaba vida. Meditó sobre los colores y su paleta de pinturas, recordando las florecillas del campo y las flores de su jardín. Su brillo, pensaba Manuel, su brillo.

Pronto regresó en calma a la paz y al inviolable silencio que aguardaban los muros del monasterio de la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes. Volvió a su retiro, su pequeño paseo había sido su vuelta al mundo mientras el monasterio continuaba inamovible e inmutable. Manuel entró en el cenobio contemplando y redescubriendo sus composiciones pictóricas, sorprendiéndose como si fuese la primera vez.

Fray Manuel Bayeu concibió un vasto programa iconográfico para la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes. Entre 1770 y 1780 plasmó su obra en más 250 composiciones de pintura al fresco, siendo un conjunto artístico extraordinario de absoluta belleza.

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El lugar de una mujer

Caminaba como siempre, por las calles de toda la vida, sin esquivar las tantas miradas hirientes que le acechaban, sin inmutarse de los cuchicheos que despertaba a su paso o las nunca tan infantiles burlas que siempre le decían. Caminaba junto a sus inseparables perros, sus incondicionales, a quienes también convirtieron en objeto de mofas e incluso hasta de algún intento de agresión. Era lo fácil, atacar a lo débil, a lo indefenso, siempre lo más fácil.

Fueron muchos años en el pueblo que la vio nacer, donde sus sueños e ilusiones fueron disipándose en una oscura niebla que la fue aislando completamente. Casi sin poderlo entender comenzaron a no aceptarla, casi nadie la saludaba, ni preguntaba qué tal y si estás bien, un pequeño gesto de cariño, una sonrisa, una complicidad… casi nadie se paraba para hablar con ella. Incluso le apartaban la mirada o trataban de no cruzarse con ella.

La gente la evitaba, murmuraban, chismorreaba a su paso, -¡allí va!, -¡mírala!. Poco podía hacer ella, estigmatizada, una mujer mayor y soltera que se había convertido en objeto del cachondeo y pitorreo de la chiquillada del pueblo.

Le había quedado una mísera pensión y casi no podía vivir, merodeaba los contenedores y sus ropas se volvían andrajosas con el tiempo. Fumaba como queriéndose ocultar en esa niebla que tanto la aislaba. Solamente en su casa, anclada en el tiempo, se refugiaba con sus perros, gatos y plantas.

Caminaba como siempre, acostumbrada al desprecio y a la miseria que le habían condenado. Pero siempre fue fuerte y dura, siempre caminó erguida a pesar de la curva de la edad y el peso de la vida, siempre hubo gente buena, siempre hubo quién se preocupó, siempre hubo un mundo por el que continuar caminando.

Ella tenía muchos nombres, la de muchas mujeres vulnerables que sufrieron marginación y el desprecio de la sociedad. Ella tenía sus motes, su nombre daba igual, ya no era ella. Igual que borraron su nombre tras la guerra y obligaron a sus padres a ponerle otro nombre. Se llamaba Libertad.

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La edad, forjada en tantas batallas, hace ya tiempo que reclamaba su cuerpo. La naturaleza hace mortales a todos los hombres y no hay reino que ampare la inmortalidad más que la memoria que la perdura.

Alfonso había conquistando Los Monegros y las tierras al sur de la sierra de Alcubierre avanzando imparable hacia el este. Atrás quedaban tantas batallas, desde la conquista de la madina de Siya y la de Saraqusta a sus enfrentamientos contra leoneses y gallegos y sus luchas de poder entre los diferentes reinos. Se había adentrado por tierras de al-Ándalus, por la taifa de Valencia, como hizo de joven apoyando al Cid, hasta alcanzar Granada y llegar a cercar la misma ciudad.

Ya lo había presagiado antes que los bearneses y gascones de Gastón se retirasen sin blandir la espada contra las guarniciones musulmanas, mucho antes de renovar su testamento en el lugar de Sariñena, antes de adentrarse de nuevo en el fragor de la batalla. Mucho antes de sentir el templado acero hiriendo su cuerpo.

Ya sabía de su suerte cuando, por última vez, sitiando la fortaleza de Fraga, gritó Deus lo vol, Junto a sus quinientos caballeros aragoneses que acabaron derrotados por los almorávides al mando de Avengania.

La inmortalidad ya no le pertenecía, solo su herencia continuaría grabada a fuego y sangre en los anales de la historia  de la vieja tierra del Reyno d´Aragón.

Alfonso I El Batallador, rey de Aragón y de Pamplona entre 1104 y 1134, murió por las heridas de guerra el 7 de septiembre de 1134 en Poleñino y, posteriormente enterrado, con todos los honores, en el castillo de Montearagón.

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Como todos los días, Asun ha salido a escobar la calle, el tramo que corresponde a su casa y que toda la vida ha ido limpiando. A veces coge un poco de agua, con el pozal, y rugía la calle antes de escobarla, para no levantar mucho polvo.

Asun mira su casa y ve las grietas que se han ido formando, como un espejo donde las arrugas de la edad van quedando reflejadas. Las otras casas de la calle aparecen tristes, hace tiempo que no vive nadie y han ido a peor. A José, el Basto, hace un par de años que se lo llevaron a la residencia, Josefa la Cañicera murió hace un año y poco menos hace que también murió Matilde.

En la calle tampoco quedan muchos, se había quedado el hijo de Francisquer, pero al final marchó a vivir a Huesca y baja muy de vez en cuando. Al final de la calle está María, la de Antonier, tiene una chica que la va a cuidar, pero ni sale de casa, hace mucho tiempo que ni se ven.

María Victoria, la sobrina, va trayendo todo lo que necesita y le hace una compra semanal. Llama todos los días  para saber qué tal está y si le falta algo, es un cielo. Asun siempre la espera cuando sabe que va a venir y la despide con un eterno abrazo y muchos besos cuando se va. Al pueblo hay que venir de propio, no hay gente de paso y casi nadie viene.

Aún mira Asun al portal de Matilde esperando encontrarla con su alegre sonrisa, ver la acera escobada todas las mañanas, las macetas llenas de hermosos geranios y la silla de tomar la fresca por las noches veraniegas. Pero la calle está desierta, a veces pasa un coche y cuando se ve alguien resulta extraño, incluso a Asun le da miedo y rápidamente se resguarda en casa.

Asun se va a acostar, la calle permanece silenciosa, pocas casas quedan con vida y apenas llegan a la media docena de vecinos. Sin escuela, tienda bar… y el médico una vez por semana. El cura ya no viene ni a hacer misa, solo para las fiestas, cuando aún vuelven los muchos que marcharon.

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La noche era fría, una de aquellas noches que te aprietas con todas tus fuerzas, recogido y envuelto en ropas haraposas que ajustas y ajustas para tratar de no dejar escapar el poco calor que aún conserva tu cuerpo.

A la intemperie no tenían nada para calentarse, ni para alimentar un fuego que también agonizaba de hambre y moría de frío. La tierra era seca y árida, las noches heladoras congelaban los maltratados cuerpos y te hacían tan ínfimo como insignificante en un lugar perdido del mundo.

El cielo se abría oscuro dejando entrever millones de estrellas. Mantenerse humano era más importante que mantenerse vivo, musitaba Eric para sus adentros, en el sobrecogedor silencio de la infinita noche.

Aun así, la mañana aguardaba fría en trincheras cavadas en la tierra, en la calma de una guerra lejos de casa, de la verde Inglaterra. En un mundo a veces tan inmenso como reducido a un instante y un lugar.

Eric Arthur Blair, más conocido por el pseudónimo de George Orwell, combatió en el bando republicano en la guerra Española y entre enero y febrero del 37 luchó en el frente de Alcubierre, en monte Pucero y monte Irazo.

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No hay prisa, pasete a pasete y con ayuda del bastón, poquer a poquer, va avanzando. Hace muy buena mañana y hasta la hora de comer no hay que volver a casa.

Antonier va andando por la calle hasta llegar al cruce del pueblo, allí están como siempre los dos bancos donde se solían juntar. El mentidero, bien resguardado del aire y soleado, además, geoestratégicamente ubicado desde donde se puede controlar todo movimiento importante del lugar.

Antonier se sienta en su sitio de siempre, al lado donde Manolete solía sentarse, cerca de Juan y Ramón. Luiser solía estar más de pie, se movía mucho y braceaba enérgicamente con cada discusión. Se alteraba demasiado y siempre le advertíamos que le subiría la tensión.

Ahora, a finales de primavera, estarían hablando de cómo había ido la cosecha, de los 5.000 kilos por hectárea que cogía Luiser y que siempre se enfadaba cuando le llamábamos fanfarrón. Hablaban del tiempo, de si iba a venir o no tormenta, de tiempos pasados y recuerdos, de lo mucho que había cambiado todo, que antes no había nada y los pueblos rebosaban vida y ahora que lo hay todo la gente marcha.

Pasaron los tiempos del mentidero, de cuando se juntaban todos y hablaban del pueblo, de lo olvidados que estaban y del poco futuro que había. Nosotros ya somos viejos, decían, pero es una pena que nadie haga nada por nuestros pueblos.

Antonier se levantó, apenas ha estado un rato en el banco, ya no es como antes y ya solamente queda él. Quizá, mañana le toque faltar.

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El sol rabiaba mientras el rebaño pacía por los resecos rastrojos. Entre tanto, bajo la imponente sabina, cavilaba el pastor, mascullando palabras líricas que iba entrelazando, hilando en un relato de acontecimientos teatralizados, con gracia y maestría, con elegancia y sabiduría.

Qué decir cuando aprendió de los grandes maestros, pastores que le antecedieron en el arte de los dichos, loas y motadas, de la tradición y herencia del mayoral que a buen orgullo siempre portaba.

Con su palo y morral lleno de versos, de sucesos, alcagueteríos y alparceríos, lo que ayer le sucedió a Pascualer y lo que le pasó a Fermín hace días, iba tío Juaner cavilando mientras apacentaba el ganau. Las virtudes de la paciencia, serenidad, observancia, reflexión y la sabiduría heredada con total convivencia con la naturaleza.

Al final se había enterau, resultaba inevitable, enseguida le contaban todos los chismorreos del lugar de Pallaruelo de Monegros y redolada y tío Juaner componía versos para recitar a viva voz, como verdadero juglar en la plaza mayor para el gran disfrute de sus convecinos.

Volverán a sonar los versos cada fiesta mayor, igual que el gaitero pretará el codo y hará vibrar su gaita y los danzantes bailaran con entusiasmada devoción al santo patrón. Repiquetearan las campanas y chocaran con fuerza los palos, sonaran los cascabeles y olerá albaca. Volverá el mayoral, con su firme planta, a recitar su arte sin igual, llano del pueblo y culto como el mayor de los poetas.

Sus versos efímeros volverán a sonar, pues no hay más grandeza que hacer felices a quienes te rodean.

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Una sensación de desorientación se le apoderó, todo era humo y polvo, cascotes y tierra, un silencio completamente sobrecogedor; más bien no oía nada hasta que los gritos comenzaron a resonar por todas partes.

Aturdida, todo se movía lento a su alrededor y un dolor, como ajeno al principio y a la vez insufrible después, cogía fuerza a la vez que Elisa iba reaccionando y comprendiendo la situación. Una tremenda explosión les había sorprendido, la más maldita de las pesadillas cuyo único despertar era la muerte, cadáveres entre los escombros, cuerpos destrozados y heridos ensangrentados deambulando sin rumbo ni sentido.

Unas voces se pararon, le gritaron, le tocaron la cara, le agitaron los brazos y palparon su joven cuerpo, tiraron de ella y la subieron a una camilla. En la ambulancia, el traqueteo golpeó incesantemente el malherido cuerpo. Pareció una eternidad hasta que llegaron al Hospital Militar de Sariñena.

Sant Andreu, sus calles, la fábrica y su casa, la esperaban sus padres: Ahora madre vuelvo a casa, vuelve mi libertad que mi cuerpo queda en el frente, no lloréis por mí, ahora vuelo en los corazones libres que luchan por un mundo mejor.

Elisa García Sáez murió en Sariñena tras ser herida de muerte en el frente de Tardienta. Con tan solo 19 años, fue una de las muchas mujeres que lucharon contra el fascismo. La leyenda de su tumba fue borrada durante el franquismo hasta que en el 2013 se consiguió recuperar: Muerta heroicamente, luchando contra el fascismo, en el frente de Aragón, sector Tardienta.

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Lorién ha salido a dar una vuelta por el pueblo. Con su bicicleta ha recorrido las calles y ha saludado a María, estaba entretenida dando de comer a los gatos, también ha saludado a Pedro,  iba a regar el huerto.

Lorién ha llegado hasta el pequeño parque y se ha distraído con los columpios y el tobogán, después ha chutado varias veces a la portería, acertando casi todas las veces, todas menos una en la que ha aventado el balón, tan lejos, que por poco cae en la acequia. Luego ha ido hasta la balsa, se ha dedicado a tirar piedras tratando hacer ranetas y las piedras han brincado una y otra vez hasta hundirse en el agua.

Ha vuelto a recorrer las calles del pueblo, ha pasado por la plaza y se ha sentado un rato en el banco. Volviendo a casa se ha cruzado con Jacinto, volvía con el tractor con el chisel enganchau. Los gatos de la señora María se han espantado al verle pasar de nuevo con su bicicleta.

María siempre con su gran sonrisa saluda a Lorién, dice que es la gran alegría y es una pena, es el único zagal del pueblo.

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Los zapatos brillantes, el traje impecable y elegante, aseado y bien repeinado. Un joven Pedrito es objetivo de interminables e insufribles cumplidos, besos, abrazos y arrumacos por parte de su familia. Hoy es un día muy importante para el pequeño Pedrito, sus padres se sienten muy orgullosos de él. Pedrito se va haciendo mayor.

Ya replican las campanas, tocan a misa y todo el pueblo se vuelca en una celebración tan especial. Además es 15 de mayo, día de San Isidro Labrador que celebran con gran devoción en estos pueblos del secano altoaragonés.

No llevan mucho tiempo aquí, en Poleñino, y tampoco estarán mucho más. Viviendo en un pueblo tras otro es difícil adaptarse, no da tiempo. Llevaban desde el verano y a padre Antonio le quedaba poco trabajando en la fabricación de canales, tubos y soportes de fibrocemento para los nuevos sistemas de regadío de la zona. Pronto emprenderán la marcha a un nuevo destino.

Pedrito está espectacular con su traje. La gente se agolpa en la plaza para entrar a su iglesia que destaca por su torre mudéjar sobre una nave principalmente barroca. Es el día de su primera comunión, pero Pedrito ya se estaba haciendo mayor y su mente se abría a un increíble abanico de colores en una España gris. Pronto sus sueños y su arte, también forjados en un lugar de Los Monegros, florecerán y brillarán con tal fuerza que nos deslumbrarán.  Al final, su verdadero destino.

Pedro Almodóvar comulgó en Poleñino el 15 de mayo de 1958.

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Padre nuestro que estás en los cielos… Eduardo recitaba en voz baja, titubeando, santiguándose una y otra vez, repetitivamente, en un claro gesto tremendamente nervioso. Nunca antes había tenido tanto miedo, aterrado, completamente aterrorizado.
Sumido en el profundo miedo, su corazón se aceleraba, con taquicardias, le flaqueaban las piernas y amenazaban con dejarle caer al suelo. Sudaba, mantenía los ojos cerrados, no quería mirar, rezaba medio balbuceando mientras le gritaban que su dios no le iba a salvar. Su garganta se secaba, se paralizaba, su mente se volvía borrosa, erraba en la oración una y otra vez.

Eduardo volvía a comenzar de nuevo su rezo, incapaz de terminarlo. Una ceremonia, simplemente una misa, su encuentro con Dios había sido su delito. Se lo habían dicho, lo sabía, pero ya no importaba ante el pelotón que estaba a punto de fusilarlo junto a otras doce personas.

Tan solo una misa, escondidos en una casa, ni mosén Pedro lo sabía, que mal iban a hacer. Eduardo volvió de nuevo a rezar mientras estaban a punto de dar la orden de disparar, ya iba a acabar todo, llegaba a su fin. Susurró sus últimas palabras mientras una ráfaga de balas apagaba su miedon. Por todos los siglos. Amén.

Eduardo Colay Biarge, sacerdote coadjutor de Sariñena fue ejecutado a los 24 años de edad, el 28 de julio de 1936, junto a otros 12 hombres.

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El lugar de una mujer (2)

Marisa, la mayor, se había quedado para contribuir en las faenas de la casa y ayudar a su madre Catalina. Los pequeños Juan Antonio, Manolito y María Teresa daban mucho trabajo,  además estaban los abuelos, ya mayores, y requerían muchos cuidados. Eran muchos en casa y no llegaba para todos, muchas bocas que alimentar, decía padre Antonio cada vez que llegaba del campo.

Raquel era la segunda, quería estudiar y andaba siempre leyendo libros, cosas de chicas pero ya iba tocando ser toda una mujer y olvidarse de esas cosas. Asimismo tonteaba mucho con Alfredito, el hijo de la Miguela, y estaba dando mucho que hablar a la gente, no lo podían permitir.

En casa de los Sabinos necesitaban una chica para servir y Antonio ya había hablado con don Jesús. Tras la cena, cuando ya todos dormían, reunieron a Raquel y le comunicaron que mañana comenzará; pronto por la mañana prepararás la maleta que madre te acompañará.

Le daban alojamiento, comida y si se portaba bien le darían alguna paga, seguro que será buena chica y se portará bien. Le dejaron claras las faenas y los horarios, los domingos a primera misa de la mañana, con las otras chicas, y luego pronto a la casa, a hacer las faenas. Por la tarde, los domingos, tendrá unas horas libres para ir a ver a la familia.

Para Raquel fue duro, no paraba todo el día y no podía salir de la casa más cuando le mandaban alguna compra o recado. No podía ver a su familia, ni amigos y de Alfredito ya podía olvidarse.  Debía vigilar sus amistades, era una casa buena, de reputación y tenían que saber con quién iba y se veía.

Llevaba unas semanas y como cada noche se refugiaba en su pequeño cuarto, le costaba conciliar el sueño, aún no conseguía acostumbrarse.  De repente la puerta se entreabrió y una sigilosa sombra entró en su habitación. Se recostó a su lado, era don Jesús, le susurró que guardase silencio, que si se portaba bien no le iba a hacer daño.

Raquel no se atrevió a decirlo en casa, se lo guardó, tuvo que contenerse de no ir llorando a contárselo a madre Catalina. Solamente a los pocos días se lo contó a mosén Julián, no le extrañó, aunque dijo que don Jesús era una gran persona y muy respetable, que se había preocupado mucho por ella, lo mejor era callar y olvidar, ser buena chica y las cosas irán bien.

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Extendió su brazo y la mano recorrió la arrugada piel, su tacto, tan familiar, su olor, ¡tantos sentimientos venían a la mente!. Hacía tiempo que no la visitaba, que no la venía a ver, estaba cerca, pero el día a día hace que nunca sea el momento, que nunca vaya bien.

Hoy ha sido el día, Miguel se ha acercado y, tal como se aproximaba, un escalofrió ha recorrido su cuerpo. Se ha quedado mirándola, de frente, helado sin saber que decir; son tantos recuerdos que es inevitable dejar escapar una lágrima entre melancólica y alegre.

Ha extendido el brazo y la mano ha palpado su anciano cuerpo, su corteza agrietada de color ceniza claro, ha tocado sus ramillas de diminutas hojas, ha cavilado bajo su atmosfera acogedora y protectora, testigo de tantas historias y secretos que guarda en sus entrañas. Ha sentido hundirse en sus raíces.

La sabina permanecía como siempre, muchas veces acudió Miguelito con yayo Pascualer, cuando le mostraba orgulloso la enorme sabina donde tantas veces se había resguardado, mientras apacentaba el ganado, cuando el sol abrasaba implacable, el cierzo arreciaba con fuerza o el cielo se desplomaba en espectaculares tormentas.

La vieja sabina permanecía, era parte del abuelo Pascualer, de su memoria. Hacía tiempo que no lo venía a ver.

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Conchita y Margarita se apretujaron fuertemente en el suelo, en un rincón del amplio salón de la pudiente casa de los Sabinos. Su madre Leonor no paraba de gritar, mientras la señorita Raquel las protegía con su cuerpo y trataba que no escucharan ni viesen nada de lo que aquel fatídico día sucedía.

Varios hombres armados registraban la casa, se llevaban objetos, ropas y muebles, buscaban joyas y dineros y amenazaban a don Jesús y a la señora Leonor. Todo lo religioso lo tiraban por la ventana, muchos se marchaban con comida, bebida, pertenencias… y otros se burlaban con las buenas ropas que tenían. –A fusilar, te vamos a fusilar- gritaban embravecidos los hombres armados.

Raquel no soltaba a las niñas Conchita y Margarita, las abrazaba con todas sus fuerzas, temblorosa y con los ojos llorosos. Un hombre se acercó y le susurró que estuviese tranquila, que a ella y  a las niñas no les iba a pasar nada. Era el Alfredito, pero parecía otro, hacía por lo menos dos años que no se veían.

También estaba Marquitos, el de tía Paca, parecía el más tranquilo y andaba tratando de apaciguar los aireados ánimos que reclamaban muerte. Estaba con otros del comité dejando claro que nadie iba a hacer nada y que  don Jesús tenía que ir, como todas las personalidades de derechas, a la cárcel municipal. Era lo mejor, les dijo Marquitos a don Jesús y a la señora Leonor, la única forma de evitar que le fusilen en cualquier momento.

Conchita y Margarita no entendían nada, se llevaban a su padre y la casa quedaba destrozada. Para las jovencísimas niñas la guerra les había golpeado sin tener un porqué. Raquel se quedó con Conchita y Margarita y con la señora Leonor, ahora era libre, pero prefirió quedarse con ellas, no las iba a dejar solas.

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El mal sueño de Camilo

Despertó confundido, como si hubiese perdido el sentido y estuviese tendido en el suelo, con el dolor de un golpe seco en la nuca y metralla de una granada laffite clavada en el pecho. Había habido silencio, la guerra era como un vacío hasta que los vuelos de los pájaros se volvían balas  que rasgaban el cielo buscando la muerte.

Como una pesadilla, Camilo se despertó de los barrancos de la desnuda y agría sierra de Alcubierre, de la paramera donde crecía el esparto y vivía el escorpión y el alacrán, la víbora y la tarántula.

La muerte es dulce; pero su antesala, cruel; decía Camilo. Despertó, esta vez, sin ser herido. Tampoco le produjo mucho dolor antes de ser evacuado para ser hospitalizado en el hospital militar de Logroño, en la popular Industrial.

Camilo despertó de su mal sueño, de la pesadilla de la guerra que vivió con apenas veintiuno años. Se despertó de su mal sueño, de la siesta en su cuarto repleto de estanterías rebosantes de libros, de esa colmena social de letras entrelazadas en prosa.

Camilo José Cela y Trulock​ (Iria Flavia, 11 de mayo de 1916-Madrid, 17 de enero de 2002), combatió en el frente de Aragón, por las posiciones cercanas a Farlete, dejando constancia en su obra “Mazurca para dos muertos”.

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El lugar de una mujer (3)

Manchadas de negro regresaban por el camino, con el sudor en la frente que se volvía oscuro, negro, al contacto con el polvo del carbón que les había ido tiznando a lo largo de la mañana. Mineras monegrinas, de polvo, viento y sol, sin casco, ni pico, ni pala, ni lámpara de carburo; mineras de intemperie, sin galerías ni túneles, mineras sin mina.

Regresaban portando sobre sus espaldas el triste carbón que habían podido recoger, entre los raíles que parecían conducir vagonetas, buscando a lo largo de la vía de la línea férrea, por los alrededores de la estación o por la cuesta que tanto costaba subir a los trenes dejando entre caer alguna que otra vigueta de carbón.

Los maquinistas hacían sonar la bocina al paso de los convoyes ferroviarios, su traqueteo y el ruido del metal sobre metal, el suelo tembloroso y el olor a humo, a carbón quemado. Mujeres recorrían  las vías entre los cagafierros, los restos de carbón consumido que escupían los trenes. Mozos fogoneros les echaban alguna vigueta sin quemar y algunas mujeres se lo disputaban porque la vida les iba en ello.  Los maquinistas hacían sonar la bocina, aún no hacía mucho que murió Josefa, la Royeta, arrollada por un tren que no vio venir. Aún había una pequeña cruz de madera, hecha con dos palos y una cuerda, que recordaba el lugar y el fatal atropello.

La estación rebosaba vida con el ir y venir de viajeros, maquinistas, operarios varios y las mercancías. Algunos se movían cuidadosos y recelosos con el escurridizo estraperlo que burlaba las fuerzas del orden y permitía sobrevivir, igual que el carbón que portaban sobre sus espaldas aquellas mujeres que, manchadas de negro, regresaban por el camino. Regresaban al pueblo con el miedo que les confiscasen su pan negro para alimentar sus hijos, en su triste margen para poder ir sobreviviendo y sacar adelante sus familias.

Durante años muchas mujeres se dedicaron a ir a buscar carbón por la estación de Sariñena, luego lo vendían y/o lo aprovechaban para cocinar y calentar las casas. Fue un medio de sustento para muchas familias en tiempos muy difíciles y duros.

Para aquellas mineras de intemperie y pan negro todo recuerdo y memoria. Mira, mira como vienen, Santa Bárbara bendita.

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El lugar de una mujer (4)

Cristina fue de las primeras, pasó caminando entre la multitud, entre la gente del pueblo agolpada sobre las aceras, haciendo un pasillo como si fuese el día de la fiesta mayor y las damas desfilasen con sus mejores galas, regalando sonrisas entre confeti y serpentinas.

No faltaban las nuevas autoridades locales, don Jesús el alcalde, mosén Manuel y don Rodrigo, el capitán del puesto local de la guardia civil. Estaba todo el pueblo, mayores, chicos y aquellos a quienes, no hacía mucho, Cristina enseñaba a leer, escribir, materias varias… y con los que jugaba en el patio-jardín de la escuela o saludaba con gran efusividad por las calles.

Cristina se había esforzado en dar nuevos aires pedagógicos a la escuela, en modernizarla y  llegar a todos los alumnos. Trabajó con cariño afanándose en tratarlos con mucho respeto, pero también con cierta rigidez con las técnicas de aprendizaje y estudio. La jovencísima maestra Cristina se ganó el corazón de todos con su dulzura, la habían querido mucho. Fue una mujer valiente y adelantada a sus tiempos, risueña y alegre.

Cristina desfiló junto a otras chicas, entre ellas María, una buena chica que había estado con ella de enfermera en el hospital que instalaron durante la guerra. También estaba Antonia, la mujer de Marquitos, el de tía Paca, y otras mujeres del pueblo.

Cristina pasó con la mirada caída al suelo, viendo escasamente los disimulados rostros entristecidos de pena, con sus lagrimas secas e invisibles de quienes habían sido sus alumnos. También vio rostros de odio cuando pasaron con la cabeza rapada, trasquilada, señaladas entre los insultos y escupitajos, humilladas y con el corazón herido y hundido en el más profundo miedo.

Cristina marchó y nunca más volvió. Tal vez en el más absoluto silencio debió ser recordada.

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Muchos hacían la ronda, recorrían los pocos bares de la localidad hasta terminar en la taberna de Nicolás. Allí se juntaban los de siempre, en un pueblo todos somos conocidos, vamos, de toda la vida.

Era tarde de vinos, la charradeta en el bar y la partida de guiñote. Algunas parejas se sentaban en las mesas, buscando algo de intimidad, mientras la barra se llenaba de hombres. Hablaban de agricultura y ganado, de caza, fútbol, mujeres… como cada domingo la tarde se iba animando a cada chato de vino.

Rodrigo trataba de no ir a los bares, evitaba ir a según qué sitios pero era su pueblo, había elegido quedarse a vivir aquí y tenía que hacer su vida. Como casi siempre solía ocurrir, cuando Rodrigo entraba a la taberna de Nicolás las típicas risas y mofas por lo bajini no faltaban, era lo habitual, se había vuelto lo normal.

Rodrigo “El palomo cojo” le llamaban, en un pueblo todo se sabe y todos somos conocidos, resulta imposible pasar desapercibido, llevar tu vida y mantener anonimato. Solo en la ciudad Rodrigo se sentía libre, andaba como uno más, sin esa estigmatización que tanto le condicionaba en el pueblo.

En un pueblo todos somos conocidos, vamos, de toda la vida.

Mucha gente se ha visto obligada a abandonar sus pueblos por la intolerancia e intransigencia por parte de la población, otros se quedaron. Todos soñaron una sociedad de respeto y libertad.

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Juan va de paso y todos los lugares son pasajeros, como él, que es pasajero entre los diversos lugares que transita. A veces ajeno a todo y otras espectador, involuntario, de una sociedad a la que ya no pertenece, de la que vive al margen.

En su camino todas las direcciones son posibles y, sin embargo, ninguna es su destino, no hay final. Tampoco hay hogar, solamente un continuo dejar atrás y olvidar. Parece que tampoco nunca hubo un principio.

Viaja solo, con sus parajes, calles y callejones llenos de contenedores, con sus cartones y noches estrelladas, las frías y oscuras noches que se hacen infinitas, inagotables como la soledad que le acompaña. Esa compañía invisible que le embriaga y le hace divagar y vagar.

Invisible transcurre por las calles llenas de gente que le ignoran o le miran con desprecio, incluso con asco, se apartan, le esquivan, le evitan… En un mismo instante y lugar se dan distintas realidades, la hipocresía les diferencia, Juan escupe y va dando tumbos por la calle, él no se esconde, ni aparenta nada, ni está sujeto a nada, ni vive en una gran mentira… la sociedad es nauseabunda, está podrida y da asco.

Juan va de aquí para allá, con su escaso equipaje vacío de pasado, durmiendo en albergues, portales y cajeros, mendigando las calles, las puertas de supermercados y las iglesias. Juan vaga por el mundo, es un trotamundos errante y sin bagaje. Va vacío de pasado  sin saber si huye o la misma vida lo abandonó.

Juan va vagando, transeúnte de un camino que no lleva a ninguna parte, parece que tan sólo va dando vueltas, errante y de paso, como una estrella fugaz en el universo de estrellas varadas. Se vuelve a embriagar, se ríe de la gente, son todos miserables, son miserables, son miserables… la calle es miserable, la vida es miserable.

La noche se vuelve dulce, el alcohol la hace dulce, el sueño se vuelve también dulce, desparece el miedo a una nueva paliza, a caer víctima de humillaciones y vejaciones. La calle es dura, cada ruido, cada paso, el frío… sobrevivir cada día es una victoria para continuar vagando, continuar caminando entre diversos lugares donde ser simple pasajero, como invisible, como el aire, libre sin destino. Libre para seguir de paso.

Pilar Redrado Pérez


Son generaciones sin infancia, de esfuerzo y  trabajo,  en casa y en el campo. Sin tiempo para la escuela, ni juegos, fueron educadas en la responsabilidad y en el trabajo, en la necesidad y en la supervivencia. Vidas de un tiempo pretérito de una sociedad rural en constante transformación, donde  la mujer se tuvo que abrir camino y afrontar un presente difícil y complicado. Verdaderas heroínas, verdaderos referentes que deberíamos de distinguir y revalorizar.

Pilar Redado Pérez

Pilar Redrado Pérez

            Pilar nació en Vera del Moncayo en 1941 y fue bautizada en el monasterio de Veruela. Su padre trabajó de pastor para un hacendado del lugar y su madre se dedicó a las múltiples tareas del hogar y la huerta. (Fueron tres hermanos, dos chicas y un chico que ya falleció).

            A los tres años  fueron a vivir a Borja, el dueño se vendió el ganado y tuvieron que mudarse. Estuvieron en Borja hasta los diez años cuando de nuevo se trasladaron a Boquiñeni. Pilar no fue mucho a la escuela, pronto  tuvo que abandonarla para contribuir en el trabajo de la casa. A los trece comenzó a trabajar a jornal en el campo, iba a la huerta a esclarecer la remolacha, las tomateras, a recoger cebollas y tomates, arreglar las cajas de tomates… A Pilar no le gusto tener que ir a servir a casas ricas “te mandaba hasta el gato”, pues en el campo, en el momento que cumples con tu trabajo, “ya te puedes ir pa casa”.  Pilar con tan sólo diez u once años trabajó sirviendo en una casa, cuidando a los tres hijos; trabajaba las veinticuatro horas del día y le daban alojamiento y comida por un escasísimo jornal.

            En Boquiñeni había mucho trabajo en el cultivo de hortalizas y mucha necesidad de salir para adelante, por ello se veían obligadas a dejar pronto los estudios y a contribuir al sustento familiar. No tenían tierras en propiedad: “La mitad de la cosecha era para la casa rica, se trabajaba mucho pero el trabajo, al final, no era para ellos”.

“Lo peor era cuando se pedían dineros a las casas ricas, si alguien no podía pagar sus deudas, por una mala cosecha, las tierras se las quedaban las casas ricas y así iban aumentando su patrimonio”.

            Pilar se casó con Santiago Sanz en la basílica del Pilar de Zaragoza, “con uno de Boquiñeni”. Santiago tenía vacas y tierras arrendadas en las que cultivaban tomates, pimientos, cebollas, alparce para las caballerías… A Pilar le tocaba de todo, tanto en la casa como en el campo. El agua la iba a buscar con cantaros a la acequia o al pozo, a las vacas les llevaban el agua con pozales. Tuvieron dos hijos: Santiago y Rocío, ambos nacieron en Boquiñeni.

            En 1972 llegaron a San Juan del Flumen, allí les correspondió un lote de 20 hectáreas y además una vaca, una mula y un remolque, pero como ya lo traían de Boquiñeni no lo aceptaron.

            A Santiago siempre se le conoció como “El de Boquiñeni”. El lote se lo dieron sin nivelar, así que tuvo que trabajar duramente para poder regarlo. Al principio sembró panizo, pero cuando por fin lo nivelaron perdieron un año de cosecha. Entonces las acequias eran de tierra, hasta que años mas tarde colocaron las canaletas, pretensados Alcanadre. Luego ya plantaron pimientos, tomates, cebollas y remolacha, que llevaban con remolques a venderlo a Monzón y Luceni.

            San Juan del Flumen fue fundado en 1969 y en el 2019 celebrarán su 50 aniversario. Cuando Pilar llegó a San Juan, con toda su familia, no conocía a nadie, pero “pronto me llevaba bien con todo el mundo”. Ya había gente viviendo, había luz y agua. Tenían seis vacas de leche que vendían, las ordeñaban a las seis de la mañana y a las siete de la tarde. Había una zona de huerta y cada lote tenía su huerto, de unos 2000 metros cuadrados. “Impresionaba llegar y no conocer nada ni a nadie”, la casa tenía agua corriente y tuvieron suerte que la casa fuese de solamente planta baja. Las calles eran de tierra y como había habido mucho movimientos de tierras había mucha liebre y conejo. Santiago acudió al sorteo y al poco llegaron desde Boquiñeni con un camión, portando una vaca, dos tocinos y los enseres, fue un 2 de abril de 1972.

            Por la década de los ochenta se pusieron en San Juan del Flumen muchos lotes de pimientos. Hizo falta mucha mano de obra, principalmente de mujeres, que fueron pilares fundamentales para llevar a cabo las distintas labores agrícolas: plantar, escardar, recolectar… De media se ponía una hectárea y media o dos hectáreas de pimientos por familia. En San Juan del Flumen se creó la cooperativa “La hortícola”, dedicada a las hortalizas.

            Hacían la matacía y Pilar iba a otras casas a ayudar con otras matacías y hacer el mondongo. Pilar nunca paraba de trabajar, movía los sacos de tercerilla, sacos de 50 kilos para las vacas que mezclaba con panizo. Compraban leña de Barbastro para alimentar una pequeña estufa que calentaba la casa.  Pilar ha trabajado mucho “¡como una mula!!”, lavaba la ropa después de cenar y la tendía para que estuviese lista para el día siguiente. Hasta para las fiestas se encargaba de hacer la comida para las orquestas.

            Los abonos y las semillas las compraban en Sariñena, a Segarra. También compraron un tractor que pagaron en mano, a tocateja. Entonces se pedían muchos créditos y se pagaba mucho. Aquel año les apedregó (granizo), de tres a cuatro hectáreas de pimientos, fue por 1982. Al principio ponían pimiento de bola que vendían en el mercado de  Zaragoza, luego llegó el pimiento de piquillo que vendían a Navarra. Se hacía todo, desde la simiente, el plantero, plantación, riego, quitar la hierba, abonar, recolectar….

            La remolacha la arrancaban y la colocaban en un montón grande, luego la limpiaban (entre Noviembre y diciembre) y las apilaban en los carros. Para soportar el frío calentaban piedras en las hogueras y se las metían calientes en los bolsillos. La remolacha era un cultivo seguro que les aportaba unos ingresos ya que es un fruto subterráneo al que no le afecta las pedregadas.

            “Si no vas al jornal no vivirás”, Pilar y su familia han luchado muchísimo por forjar su destino, por ser libres y depender de su propio trabajo, de sus tierras y sus cultivos. No ha sido fácil, todo lo contrario, pero con el tiempo pasado, una gran sonrisa y un profundo sentimiento de satisfacción describen a Pilar y su familia. Ahora, Pilar vive en Sena, junto a su familia, donde he tenido el gran placer de conocerla y entrevistarla. Todo un ejemplo, toda una mujer luchadora y trabajadora de nuestro querido mundo rural, una imprescindible.

                   Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Rocio Sanz Redrado.

 

Concha Bailo Jaso


En Perdiguera, en plena aridez monegrina, la agricultura de secano, el ganado y la viña ocuparon las principales tareas del campo. En este ambiente la mujer no lo tuvo fácil y el duro trabajo fue una constante para sacar hacía adelante sus familias. Concha es un reflejo de aquellas mujeres que trabajaron sin descanso, contribuyendo, en gran medida, a la complicada y delicada economía familiar.

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         Concha nació en 1934 en la localidad monegrina de Perdiguera, en el seno de una familia dedicada a la agricultura de secano, fueron cinco hermanos, cuatro chicas y un chico. Concha fue a la escuela hasta los catorce años y a partir de los diez las lecciones se repetían demasiado, “llevábamos los mismos libros y por las tardes aprendíamos a coser”. Las clases eran separadas, chicos y chicas en diferentes clases.

      Los domingos hacían baile en el bar de casa Felipe, el bar Murillo, era por la tarde, pues por la noche tenían prohibido salir.

         De chica amasaba el pan y lo llevaba al horno para cocer, lavaba a puño duramente en el bazión, preparaba el mondongo en los terrizos, sacaba el agua de los aljibes, gracias a la carrucha, y llenaba los cántaros, entre otras tantas faenas. Entonces, los aljibes los llenaban con cubas los carreteros, pero años atrás eran las mujeres quienes acudían con sus cántaros a buscar el agua a las balsas: “en invierno a la balsa nueva y a la de la villa”. El agua la filtraba con un paño que se volvía rojo debido a unos diminutos crustáceos y unas arañas rojizas que se encontraban en el agua, “otra forma era dejar reposar el agua y después quitar las impurezas posadas en el fondo”.

         Para blanquear la ropa la ponía en agua caliente en un tenajizo, añadía una cuchara de sosa y la dejaba actuar durante un día. Al día siguiente la desinfectaba con un poco de lejía, la aclaraba y la tendía al sol.

         En casa tenían gallinas, ovejas, cabras y tocinos que su madre mataba, hasta cuatro tocinos mataba al año: “¡menudos mondongos hacía!”. Con un candil, Concha subía al granero el pienso para los machos, en casa tenían hasta seis mulas: “cuando se moría un mulo era un drama”. Además, en casa tenían una maquina de tejer y de hacer punto: “mientras una hermana hilvanaba la lana, la mayor cosía”. Hacían arreglos y jerseys de lana por encargo, sobretodo para gente del pueblo y de Peñaflor.

         Concha recuerda cuando llegó la luz a Perdiguera, era muy cría y la chiquillería iba gritando por las calles “¡ha llegado la luz!”, sería a principios de la década de 1940.

         En 1958 se casó con José Murillo Escuer, de profesión agricultor, con el que tuvo cuatro hijos. Anteriormente hubo una serie de años muy malos de sequías y muchas parejas se vieron obligadas a retrasar su compromiso hasta que llegó un buen año.

          A principios de la década de 1960, Concha adquirió una vaca lechera para abastecer de leche a la familia. Pronto algunos vecinos comenzaron a comprarle la leche sobrante y así empezó la vaquería de Concha, que pronto llegó a contar  hasta con veinte vacas lecheras y unos setenta a ochenta terneros. Al principio ordeñaba a mano, se levantaba a las cinco de la mañana, pero con el tiempo adquirió una ordeñadora. Limpiaba el fiemo, ayudaba cuando parían y se encargaba de cuidarlas durante todo el día. Concha montó una tienda, con tan mala suerte, que al año se tuvo que quitar las vacas porque no le dejaban vender la leche en la tienda.

         Por las tardes se juntaban las mujeres en la era para coser, al sol. Llevaban la ropa en unas canastillas y apañaban la ropa, zurcían todos los rotos y descosidos: “¡había que aprovechar mucho la ropa!”.

         Concha recuerda cuando su madre subía al monte para hacer la comida durante la siega. Llegaban a Perdiguera segadores de Murcia, Soria, Albacete… pasaban días enteros en el monte sin bajar al pueblo, alguno solamente bajaba cada cuatro días para subir el pan. Cuando subían algún ternasco lo colgaban de un árbol para conservarlo, para que ninguna alimaña lo arramblara. En la sierra hubo resineros, se hacía leña y hubo carboneros. Las leñas y el vino los bajaban a vender a Zaragoza, lo que fue una fuente de ingresos muy importante para Perdiguera. También bajaban los corderos al matadero de Zaragoza y  vendían la paja para las papeleras zaragozanas, para la fabricación de papel.

         Tras la guerra de España de 1936 muchas mujeres marcharon a Zaragoza para servir en casas. De la guerra, Concha se acuerda de “El Negus”, un avión que bombardeaba la población, gritaban “¡que viene el Negus!”, mientras la gente corría a refugiarse.

“Pan, pa la zorra!” cuando mataban alguna alimaña, como se suponía que era un bien para el pueblo, la gente necesitada pedía por su contribución, alguna recompensa por las casas del pueblo.

         En épocas duras de sequía las balsas se secaban y tenían que ir a la acequia de Villamayor o a las de San Mateo o Peñaflor a buscar agua. José, el marido de Concha, tuvo que ir más de una vez a buscar agua para la vaquería, pues requerían de abundante agua. El agua corriente, a Perdiguera, no llegó hasta 1977, por lo que el agua fue un bien muy escaso que tuvieron que aprovechar al máximo y reutilizarlo los máximo posible.

          Concha se casó de negro, como entonces se casaban todas las mujeres. Se casó con una mantilla blanca en la iglesia de Perdiguera y el banquete lo celebraron en la famosa Posada de Las Almas de Zaragoza. Muchos recuerdos y muchas historias continúan vivas en su memoria, Gracias Concha por abrirnos la puerta de tu casa, por enseñarnos nuestra memoria y nuestro pasado, a la vez tan lejana y a la vez tan próxima que indudablemente nos agranda y enternece el corazón con tu extraordinaria y entrañable semblanza. ¡Gracias Concha!

            Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Constantino Escuer Murillo.

 

Pilar y Luisa, La fonda La Campana


La fonda de La Campana fue una posada de Alcubierre que albergó a gentes de paso, viajantes y tratantes, trabajadores y vecinos que buscaban refugio para pasar la noche o una estancia algo más prolongada. Luisa y Pilar regentaron y atendieron durante años la fonda y en su memoria se acumulan numerosas historias. Pero la gran historia es la vida de Pilar y Luisa, la vida de dos mujeres que con gran esfuerzo y trabajo dedicaron  su vida a sacar adelante la fonda y  sus familias.  

Pilar Moret Rostro

Pilar More Puyal

            Luisa y Pilar han dedicado más de cuarenta años a atender la fonda de “La Campana” de Alcubierre, una vida de dedicación, de día y de noche, sin parar. La fonda de La Campana tiene su origen en la familia de Luisa, de cuando su bisabuelo vino de Barbastro y la fundó en 1886.

            Luisa Cáncer Puyal nació en Alcubierre en 1927. En casa fueron cuatro hermanas y Luisa fue a la escuela hasta que comenzó la guerra. Al finalizar la guerra volvió a la escuela hasta que la terminó con 14 años. Después fue a servir a casa de Pedro Cura, casa que alojaba al cura y de ahí le venía el mote. Entonces, los criados de las casas iban a misa de los domingos a las siete de la mañana, mientras que los amos iban a la misa del medio día, a las doce de la mañana. Eran otros tiempos, no podían ni festejar, lo tenían que hacer a escondidas “teníamos que decir cada mentira que tronaba”. Se guardaba el luto, las mujeres vestían de negro, Luisa y Pilar recuerdan el caso de una mujer que le recriminaron por llevar un delantal de color estando de luto. Luisa se casó a los 25 años con Manuel Cáncer Casamayor, labrador de profesión, con quien tuvo dos hijos: María José y Alberto.

            Pilar More Puyal también nació en Alcubierre, el 7 de noviembre de 1934. Su padre fue albañil y fueron 13 hermanos. Fue muy poco a la escuela y con 10 años marchó a servir a casa de Ascensión Nogues, le pagaban 15 pesetas al mes y le daban de comer y alojamiento. Estaban hasta Santa Cruz, cuando quedaban libres y podían cambiar de casa, para San Miguel se rescindían los contratos de los trabajos del campo. Con 16 años comenzó a servir en la fonda de La Campana. Luego, a los 22 años, Pilar marchó a París donde durante cuatro años trabajó sirviendo en una casa. A su vuelta a Alcubierre, a los 27 años, se casó con el hijo del amo de la fonda, Jaime Cáncer Casamayor, con quien tuvieron dos hijos María Pilar y Pablo. Los maridos de Luisa y Pilar eran hermanos y ambos se dedicaron a la agricultura.

            “Después de una faena otra”. En la fonda atendían a gentes de paso, viajantes, pastores de trashumancia, ingenieros, agentes forestales… contaban con siete camas. El puerto de la sierra de Alcubierre era mucho más largo y cansado de pasar, sus más de trescientas curvas hacían de el un recorrido muy agotador que obligaba a buscar alojamiento en los pueblos más cercanos.  Luisa se encargaba de la cocina y Pilar servía las mesas. Gozaba de buena reputación la cocina de la fonda y mucha gente acudía por su comida tradicional. La media estaba en unas veinte personas por día. Lavaban muchos manteles, muchas sabanas… “antes el suelo se fregaba a rastro”.

            Ciclistas, tratantes, pastores trashumantes, viajantes, ingenieros, obreros, el equipo de fútbol del Numancia… muchas historias y muchos recuerdos acumulados en la memoria de Luisa y Pilar. Recuerdos buenos y malos, como algún que otro percance, como un ingeniero borracho que se metió en el cuarto de Luisa y su marido y otro ingeniero que, también  afectado por la bebida, cayó por las escaleras. A unos ingenieros les tuvieron que dar de cenar a las doce de la noche, lo que les supuso agotadoras jornadas. También se alojaron cazadores, algunos eran muy señoritos, como unos vascos que se negaron a comer junto a sus compañeros y tuvieron que separar las mesas.

            El veterinario del pueblo Don Pedro estaba fijo en la fonda. También estuvo en Alcubierre de veterinario el Padre de Eloy Suarez. Un caso curioso fue el médico vietnamita Juan Wu Tai,  que ejerció en Alcubierre y por la década de 1970 estuvo alojado en la fonda de La Campana.

            Todos los días preparaban muchos bocadillos para los clientes, limpiaban los pozales y subían el agua a las habitaciones y al antiguo baño.  El agua la iban a buscar al Balsón o a la balsa de Valmediana, la acarreaban en un carro con una cuba de madera que tiraba un macho, con 22 cubadas llenaban el aljibe de la fonda. Después, con una bomba sacaban el agua del aljibe. En Alcubierre había pozos públicos, aunque la mayoría de las casas tenían su propio pozo. En la fonda sacaban cada día catorce pozales para lavar. Con el agua de los pozos regaban los huertos y en verano servía de fresquera, metían la comida en el pozal para conservarla y lo descendían en el pozo hasta casi tocar el agua.

Entrevista Pilar y Luisa

Pilar y Luisa durante la entrevista.

            Un plato muy típico para almorzar eran las “sopas duras de pan”, en la sartén con aceite echaban unos ajos que luego retiraban, después freían longaniza y panceta, añadían pan mojado, se daba vueltas mientras se iba haciendo hasta que quedase como una tortilla. Muy famosas eran las croquetas y rodajas de cebolla rebozadas, los domingos era un día que mucha gente iba a comer por placer. Hacían tres platos para cada comida, en la fonda tenían pollos, conejos, tocinos. Era muy habitual jugar a las cartas, incluso había quien iba de propio para jugar y apostar a las cartas.

            Durante la guerra mucha gente marchó a vivir en los corrales fuera del pueblo, Luisa se pasó más de 18 meses. La fonda fue ocupada por los altos mandos del ejército del frente de Alcubierre. El 18 de julio se encontraban los milicianos formando en la plaza de Alcubierre cuando aparecieron los aviones fascistas, el mando tardó en dar la orden de romper filas y cuando comenzó el bombardeo pilló a los milicianos, muchos resultaron muertos y heridos. El hospital lo montaron en casa Ruata, casa que fue saqueada. En casa Calvo montaron la cooperativa. Tras la guerra con la cartilla de racionamiento iban a casa María León.

            En las cocheras de la fonda se molía el yeso, aún queda la columna central que hacía de eje. Una estaca de caballo costaba unas 5 pesetas al día y un burro 3 pesetas, la paja y la cebada iba incluida.

            Tiempos pasados que quedan en la memoria, muchas historias, muchas vivencias en la fonda de La Campana. Gracias a Luisa y Pilar las puertas de la fonda siempre permanecerán abiertas en sus recuerdos y en sus vidas, mujeres rurales y monegrinas.

           Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Alberto y María José Cáncer y a Alberto Lasheras.

 

 

Migas a la traza Monegrina


 Se prezisa de:

  • ¼ l. azeite de oliva
  • 1 Kg de pan seco
  • Patatas
  • Cebolla
  • Pimiento
  • Tomate
  • Sebo de tozino
  • Ajos
  • Chorizo
  • Longaniza

A cazoliar:

El pan duro, cortau y esmenuziau, s´ha de rujiar con una miajeta d´augua (por cada 3Kg de pan 1L d´augua), sin chupirlo demasiau. Cuando l´azeite este bien caliente, s´echan las patatas a piazetes mui pequeñetes y más tarde el pimiento a chabadas. Luego s´añade el chorizo y la longaniza cortaus a piazetes y el sebo de tozino. Por último s´han de freír pelaus y cortaus los ajos, la cebolla y el tomate. Tamién se puede echar al sofrito una güena chorradeta de vino blanco u coñac.

S´en barracha to y cuando este listo el sofrito s´añaden las migas. S´en regüelbe durante ¼ de hora, da-le-ne vueltas póquer a póquer y sin reblar,  hasta qu´en queden prou sueltas y cojan güen color dorau.

Y preparau pa minchar, nos metemos tos alredol de la sartén, cucharada y paso p´atrás, sin porquiar. No us pribeis d´este güen plato Monegrino y ¡buen prebo!.

Publicau en Os Monegros el 16 de noviembre del 2013.

– Enlace relacionau:

Zancarriana w

Expresiones monegrinas


A caramullo la barracha: P´amadrugar como antes, mezcla de anís y moscatel.

A lo mesmo: a lo mismo

Aiba d´ahí!: aparta de ahí.

Anda a cascala: Vete a…

¿Andevas?: ¿A donde vas?.

¿Ande go?: Aragonésenglish ¿A donde vas?.

Ascape marcho: Me voy.

Asinas s´hace: Así s´ha de hacer.

Aura mesmo: Ahora mismo.

¡Au!: Adiós, nos vemos

Azelgueta: Acelga silvestre o acelga pequeñeta.

Bueno, que m´enhen d´ir: Bueno que me tengo que marchar.

Cacharro: Dice-se  de cosa  de nombre desconocido.

Cansau: Pesau, cansino.

Capuzar: Caer, “Cai-te!, Cai-te!”.

Charremos: Hablemos.

Cierzera: Aire a condición, a que bufe l´airera u no.

Cuidau! Que t´en bas pa l´azarbe: ojo l´acequia!.

Da-le-ne un jetazo: Espabílalo.

En estas: Entonces.

Encorrer: Perseguir, “footing forzau”.

Encular: Estafar u ir p´atrás.

Escobar: Pasar la escoba, barrer.

Esparbero: Gurrión mui grande.

Espero que aiga algo: No queda nada.

Güen día: Buenos días.

Hacer fuina: Escaquearse.

Ir-se-ne pifau: Irse borracho.

Jadico: Herramienta p´al güerto que nunca evoluciona.

Jasco: seco, poco jugoso.

La fogüeta bien escoscada: Corta bien el pelo.

Lifara: Comilona, fartada con parientes u amigos/as.

Mallacán: Suelo ande rebota la jada.

Medico: Médico, el de la indición.

¡Mejor!: ¡Cagüen, la hostia!, ante una mala noticia.

Melico: ombligo.

Me s´ha olbidau: No me he acordado.

M´en tengo d´ir puai: Me he de marchar.

¡Mecagüen …!: ¡Cachis la mar!.

Mi chipiau rujiando: Me he mojado.

Mia que  s´ha esbafau: Ya no queda gas.

Miaja cosa güena ha de dicir: nada bueno dirá.

Miente asabelo: Miente más que habla.

No siento cosa: No oigo, no escucho.

¡Pasa pues!: ¡Qué tal zagal!

Paize to rusiente: Parece hecho l´asau.

Para cuenta con los azierros: Compórtate.

Pichar: Orinar.

Piezqueta: Pizca pequeña, piazo pequeñer.

Pozal: Todo el mundo sabe lo que es un pozal.

Que me se cae: que se me cae.

¡Qué orache!: Que mal tiempo.

Quemesió: Yo qué sé.

¡Quió!!!!: ¡Heyyyyyyyyyy!

Sí, de cojón: ¡NO!!!!!!.

Socarrau: socarrado.

Tajador: ¡El cacharro pa tajar!.

To tieso s´ha quedau: Se ha dormido.

Ya les en dije: Ya se lo dije.

Ya n´hay prou con la chorradeta: Ya tengo bastante.

Zaborro: Piedra grande, pa zaborrear.

Uf! lo que estaban hiziendo: Si contara…

Publicau en “ Os Monegros el 28 de julio del 2013.