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Sueños de recuerdos.


Sueños de recuerdos. Antonio Hernando Villacampa.

Por Ramón Hernando.

El pueblo dormía en su monótona tranquilidad. Los campesinos, solos o en grupos, iban a sus respectivos trabajos, quedando únicamente en el pueblo los niños jugando y las mujeres ocupadas en sus múltiples faenas.

Aquel día hubiese transcurrido como otro cualquiera, a no ser por un singular acontecimiento que provocó gran conmoción entre los vecinos, de aquel pueblecillo encogido en su nido al pie de la sierra. La guerra cruel, que devastaba centenares y centenares de ciudades, pueblos y aldeas en todo el país, iba a repercutir con su eco terrible en el pueblo.

Aquel día de invierno, ese eco terrible repercutió en las viejas casas. Las botas de los invasores, por primera vez, pisaban las calles llenas de barro produciendo un siniestro chof, chof, chof… Un barro pegajoso que ensuciaba las botas brillantes del orgulloso ejercito vencedor. Al principio, los niños se escondieron en las casas, diciendo -quédate quieta- a la oreja de la madre temerosa. -¡Los invasores…!-, con terror pronunciaban esta frase. El corazón de la madre se encogía, se agotaba y un profundo suspiro salía de aquel pecho que sufrió criando a los hijos. Los soldados repercutían el eco…,  el paso de las botas en el barro que anunciaba a los soldados. -¡Los soldados!- todos los niños y mujeres escondidos en sus casas ni miraban por el ojo de la cerradura, aquellas mujeres pensaban en sus maridos e hijos trabajando en el campo, levantaban los ojos al cielo, implorando -¡Dios mío, que nos les ocurra nada!-.

Esto pasaba  en el pueblo de… un día de invierno.  El destacamento de soldados, comprendido por un oficial y unos cincuenta hombres a pie,  iban escoltados  por un pequeño tanque dirigiéndose derechos hacia la plaza. Allí  encontraron fácilmente el edificio donde entró el oficial, así como dos soldados metralleta en mano. Un tanque había tomado posición, amenazaba con su cañón la alcaldía mientras el resto de soldados, con sus armas, adoptaban posición de combate.

-¿Qué ocurría en el pueblecillo dónde nunca sus calles habían oído el sordo pisar de la bota invasora?-.

Sucedía lo mismo que en todos los pueblos, querían asegurar su victoria, apoderarse y mantener el orden en sus territorios ocupados, suprimiendo todos aquellos que eran peligrosos y que ellos, sin distinciones de ideologías, llamaban comunistas. Comunistas eran los creyentes católicos que se alzaban contra ellos, comunistas eran todos aquellos que a la oreja decían  -los nuestros volverán-, comunistas eran todos los que tenían fe en la victoria de la democracia, comunistas llamaban a todos que no pensaban como ellos.

A penas había transcurrido media hora cuando, a la puerta de la alcaldía, apareció el alguacil, nervioso -¿Qué ocurría en el pueblo?-. Pronto iban a enterarse los vecinos, atemorizados, a medida que del trabajo llegaban y se encerraban en sus casas, pensado, sin duda, en el terror que inspiraban aquellos pájaros de mal agüero -los invasores-.

Con voz mal asegurada, el alguacil pregonaba en cada esquina un bando para dar confianza a los vecinos del pueblecillo y el cual, sin preámbulos de ninguna clase y con tono amenazador, redactado por orden del oficial, decía: -Yo, Francisco  W. ordeno a todos los vecinos a que se concentren en la plaza a las doce del mediodía de hoy, aquel que se desoiga mis órdenes será castigado con los rigores que la guerra exige-. Ni más ni menos, decía aquel pregón.

La voz del alguacil no estaba muy segura pregonando por todas las esquinas, aquellos pobres campesinos, aterrados, se dirigían hacia la plaza -¡había que obedecer!-.

Entre tanto, en una casita humilde, dos seres abrazados pronto se separaron, eran una viejecita y su nieto. Sin que aun despuntase barba, en sus ojos se reflejaba la voluntad de no ser vencido, de no rendirse.

El traqueteo de la ametralladora no cesaba de oírse y, de vez en cuando, así como algún tiro aislado. El sonido repercutía largamente en el espacio, para luego quedar todo en silencio; el terrible combate había llegado a su fin.

En un lugar del valle.

Aquel día, durante dos horas consecutivas, un grupo de 16 hombres mandados por un bravo combatiente habían tenido en jaque un batallón entero de invasores, causándoles pérdidas considerables. Aquellos 16 hombres  solamente tuvieron un herido leve, ahora se retiraban por los senderos conocidos únicamente por ellos, mientras los invasores contaban y enterraban sus muertos, curaban sus heridos y de vez en cuando, con rabia, tiraban algunos tiros.

– ¿Habéis comprendido?-.


– ¡Sí!-, respondieron  de una sola voz aquellos 16 bravos hombres.

– Entonces, escuchad por último, cuando el enemigo aparezca de este lado del puente y solamente cuando el puente habrá saltado por los aires, fuego a discreción. Pero sobre todo no derrochéis las municiones, ya sabéis que cada balazo debe ser la vida de uno de nuestros opresores-.


– De acuerdo, jefe-. Volvieron a responder aquellos atentos combatientes sin uniforme.

– Bien, todavía nos queda una hora. Cada cual a su puesto de combate y ojo ser vigilante y escuchar la voladura del puente. Tú, José, vente conmigo, a nosotros dos incumbe darles el primer susto a esos « señores»-.

Rápidos, aquellos hombres desaparecieron entre las matas, de dos en dos, conscientes del deber que iban a cumplir. ¿Quiénes eran aquellos hombres cuyo jefe se había expresado con tan firmeza?, hombres sin uniformes y vestidos  de diferentes formas. Eran un grupo de guerrilleros que tenían que cumplir una acción contra el invasor. Soldados sin uniformes, admirados por los suyos, eran terroristas a los ojos de los…

El jefe, un muchacho de 22 años, de buena estatura, recio, “El Maño”. Siempre con la sonrisa en los labios y sin nada en la cabeza, vestido con un pantalón negro y amplio, una chaqueta de cuero marrón, de bandolera una metralleta y en sus bolsillos bombas de mano. Tal era aquel hombre que, el estado mayor de guerrilleros, le habían encomendado preparar una emboscada a los camiones de las fuerzas enemigas y que, según las informaciones recibidas, debían de pasar a las diez de la noche por el puente donde habían preparado la emboscada.

-¿Tienes miedo José?-.

-No, jefe… pero quisiera que ya hubiese transcurrido el combate-.

-Hombre, sí que tienes prisa-, respondió “El Maño” con una sonrisa.

Al mismo tiempo se pusieron a andar hacia el puente, uno de tras de otro y sin hablar. José estaba un poco  nervioso; a sus quince años ya sabía que la muerte no estaba muy lejos.  Mientras el “jefe”, con sangre fría y paso firme, marchaba entre las matas. Por fin llegaron a unos cien metros del puente y la carretera, entre unos espesas matorrales paró de andar, miró unos instantes a su alrededor y sacó un pequeño aparato de su mochila. Un aparato como el de los mineros que emplean para hacer estallar los barrenos. Lo dejó en el suelo, cogió dos hilos finos que estaban allí y los ajustó a dicho aparato. José, el ojo vigilante, estaba serio y no decía nada, se sorprendió al oír la explosión y una parte del puente voló justo cuando pasaron los dos camiones. Los soldados saltaron como pudieron, entonces “El Maño”, recordando sus palabras dijo:

-¡Adelante!- Fue el grito que, cual rugido de bestia salvaje, repercutió en medio de aquellos peñascos y grandes matorrales.

-¡Adelante!- Pues rugieron otras voces y el grupo de hombres se lanzaron contras los vehículos enemigos.

El tiroteo fue violento, los soldados no vieron a sus agresores, silbidos de balas, el ¡Ra-ta-tá!  de la ametralladora, las explosiones de las bombas de mano lanzadas por “El Maño” y sus hombres. El ataque duro poco tiempo, cinco o diez minutos, quien sabe… solo unos llantos… y fueron bajando de intensidad en el silencio de la noche. Los guerrilleros se pusieron de pie, se acercaron a los camiones volcados en la cuneta y recogieron las armas y municiones. Sus miradas iban hacia esos cuerpos sin vida, rostros jóvenes como si fueran soñando a una madre o una novia.

-¡Recoged todo y nos vamos!-,  dijo con voz rugosa el jefe.

-¿Heridos, algunos de vosotros?-

-¡Sí! dos, pero poca cosa-.

-Bien, todo fue conforme, hemos cumplido. ¡En marcha!-

Desaparecieron en el silencio de la noche, pensando en sus destinos para el día siguiente, pensando en sus esperanzas de ser hombres libres.

……………………………………………………………………..

Campos… campos…mañana fría de una noche  larga.  

Un grito se oye de repente:
-¡Cartas, cartas…!-

Y hay un rayo de ilusión en las caras
y una angustia de infinito en el alma
voz mágica del cartero
que a todos nos atenazas
con tu grito, siempre viejo

y siempre tan nuevo: ¡cartas!
Y llegan como palomas
blancas, verdes, azuladas.
Un misterio en cada una,
¿Fue un roce de pluma blanca?
¿Un beso caliente y suave?
¿Una negra puñalada?.

¡Ay!, cartas de los sin patria
¡Ay!, cartas de los refugios.

Un misterio desvelado 
el niño pequeño habla,
ya dice papa y mama
¡Qué sientes en la garganta!.

Refugiado, ¿Por qué lloras?
¿Por qué muerdes las palabras?

Es que lloras en él, el hijo
es la sangre que le llama
terribles claves ingenuas
disfraz de noticias trágicas
hijo querido sabrás
que tu hermano no está en casa
porque se fue con tu abuela.

Ya está clavada la daga
ya llegó hasta el corazón
con su punta envenenada.

Refugiado ¿Por qué lloras?
¿Por qué muerdes las palabras?
su hermano está con la abuela
y mi abuela está enterrada.

¡Ay! cartas de los sin patria
madre no llore por mí,
guarde siempre la esperanza,
que ya llegará algún día
en que pueda yo abrazarla.
¿Refugiado, ¿Por qué lloras?
¿Por qué muerdes las palabras?

El hijo escribe a su madre
una mentira dorada…
ya nunca la abrazará
con los brazos que le faltan.
Querido del corazón
que sola encuentro la casa,
sin ti, todo está vacío,
sin ti, ¡no me importa nada!.

Refugiado, ¿Por qué lloras?
¿Por qué muerdes tus palabras?

La hidromiel de los recuerdos
hoy, tiene saber amarga
calor de los senos tibios
tranzas sueltas en la almohada…

¿Cuándo? ¿pronto? ¿nunca?
tiemblan en ardores las entrañas
su voz , sus ojos , su boca,
y ¿dónde está la bien amada?

¡Ay! cartas  de los refugios,
¡Ay! cartas de los sin patria. 

Soñando está el refugiado
en el azul de la mirada.
¿Con los trigos de castilla?
¿Con Madrid la idolatrada?
¿Con el vergel de valencia?
¿Con las nieblas asturianas?
¿Con los prados de Galicia?
¿Con Sevilla la sultana?
¿Con Cataluña soñaba?
Soñaba, soñaba con Aragón.

Cada uno con su terruño,
y entre todos con la patria ¡España.., España!

Pero el ensueño se ha roto,
la sangre se sobresalta.

Un grito suena en la barraca 25
-¡Cartas!-  

Y un rayo de ilusión en las caras
y una angustia de infinito en el alma

¡Ay! cartas de los refugios. 
¡Ay! cartas de los sin patria. 

                                                                   Gracias a todas las miradas llenas de libertad.

José Mª Paraled Basols


Entrevista a José Mª Paraled Basols por Teresa Coscolla Paraled,2º Bachillerato IES Gaspar Lax.

1. ¿Me puedes decir nombre y apellidos, lugar y fecha de nacimiento, dónde vivía con su familia y cuál era el trabajo de sus padres?

José Mª Paraled Basols

En Sariñena el 22 Marzo 1937

Viví en Sariñena durante toda mi vida

Mi padre fue Abogado en la especialidad procurador y también se dedicó a la agricultura, mientras que mi madre se dedicaba a las labores de la casa.

2. ¿Tiene o tenía hermanos y hermanas? Cuántos-as.

Sí, tres hermanas y un hermano.

3. ¿Qué recuerdos tiene de su infancia? Puede decirme algo de juegos, trabajos en casa, la escuela, la vida en el pueblo y en el campo… cuando era niño.

Sobre todo la recuerdo en la escuela con los estudios, jugando a juegos de mesa como el billar, las cartas, futbolines, corridas de marros, canicas, el parchís,…Dependiendo de la edad.

4. ¿Había agua potable cuando era niño?¿Había luz?¿Tenían animales en casa?

Si.

Si.

En casa no, pero en el campo tenía una granja con cerdos, gallinas, conejos,.. y un ganado de ovejas.

5. ¿Qué hacía la juventud para divertirse?¿Cómo eran las fiestas, los bailes etc?

Ir de vez en cuando al cine, al baile, también nos encontrábamos en convivencias y tertulias, mi juventud fueron estudios y en invierno al cine,… en verano íbamos al río, además de la ayuda en casa y en el campo.

6. ¿Cuál era el trabajo de los jóvenes?

Sobre todo la agricultura y servicios como trabajar en el campo, talleres,…

7. ¿Qué recuerda del matrimonio?¿Cómo se celebran las bodas?¿Y el viaje de novios?

Las bodas se celebraba una liturgia con actos, llegaban los novios y los abarcaban con un velo, además del cambio de las arras, los curas se encontraban de espaldas al público, además de con muchos familiares, la ceremonia era en la iglesia con toda la ornamentación y mucha alegría, en las calles todos los que se acercaban participaban en la celebración.

Los viajes de novios eran a ciudades cercanas de Sariñena como por ejemplo Madrid, Barcelona, Zaragoza,… En mi caso fuimos con mi mujer a Santander, Madrid y Valencia.

Momentos agradables, al igual que momentos de tristeza, con altibajos económicos, enfermedades y problemas de convivencia. Fruto de mi matrimonio son tres hijos, dos hijas y un hijo, y actualmente también nueve nietos.

8. Dígame cómo era su casa, ¿Tenía hogar?

Mi casa era grande, preparada para la agricultura con bodegas, graneros y habitaciones con cocina, si también teníamos un hogar y a su lado una cadiera, también había mobiliario de la época, como sillas, camas de madera,….

9. ¿Cómo era su trabajo después de casarse?¿Tuvo hijos?

Mi trabajo fue agricultura y la colaboración de las entidades de un pueblo.

Sí, dos hijas y un hijo.

10. ¿Cómo era el cuidado de los hijos?¿Cómo se entretenían?

De pequeños fueron atendidos hasta que llegaron a la temprana edad de los estudios dependiendo de la edad y llevándolos hasta el máximo de sus estudios como primaria, secundaria, bachiller y universidades.

11. Al hacerse mayor ¿En que ha cambiado la vida en el pueblo?

Una evolución muy grande, tanto en la mecanización de la agricultura, como en el avance de las relaciones, servicios, así como la tecnología en todos los aspectos.

12. Recuerda algún dicho o refrán.

Marzo ventoso y abril lluvioso sacan un Mayo florido y hermoso , era un refrán muy típico en la agricultura.

13. ¿Ha cambiado la mentalidad de la gente?¿Y la suya?

Mucho, mi mentalidad también ha evolucionado respecto a la forma de ver las cosas, como por ejemplo en que las personas somos mucho más tolerantes de lo que pensamos.

14. Dígame si recuerda algún remedio casero.

Mi madre tenía algunos remedios para los catarros:

– Se introducía en la garganta yodo con algodón sujeto con una pinza para frotar por la garganta y por fuera se aplica cataplasmas.

– Mi madre aprendió de Don Nicolás las ventosas que se trataba en: con una moneda y algodón se prendía fuego en la espalda y se tapaba con un vaso mientras que absorbía el catarro, depende de lo fuerte que fuera el catarro se ponía la piel de un color o de otro.

Así como las hierbas para tomar como manzanillas, tomillo,… Que las llegaban a recomendar los médicos.

15. ¿Qué creencias había?

La que hemos conocido tanto yo como mis hermanos e hijos ha sido siempre la creencia católica, la incorporación de otras religiones han sido posteriormente, al abrirse la emigración debido a que cada persona trae su cultura al país emigrado.

Ester Giral Ezquerra


Ester Giral

Por Darío Pueyo Serrate. Tercero de la ESO. IES Gaspar Lax.

Ester Giral Ezquerra, nació el 16-5-1943, Castejón De Monegros (Huesca). Es hija  de Vicente y Florencia, agricultor y ama de casa, fue la menor de 4 herman@s, (han fallecido dos hermanas), el otro reside en la misma localidad.

Tuvo una infancia feliz, jugaban a la comba, a la zapatilla por detrás, al corro la patata…. Las canciones típicas de esa época eran: Conchita va en un coche caraba y la chata la mandanguera.

No trabajó fuera de casa pero ayudó mucho a sus padres en los trabajos agrícolas. Como iba al monte muchas noches dormía en masadas o casetas y tenía mucho miedo porque se pensaba que los árboles eran personas.

En las casas no había agua, la iban  a buscar a la fuente que había en el pueblo, usaban cántaros,  pozales y  botijos. Tampoco había luz y se iluminaban con candiles.

En la mayoría de las casas había animales domésticos En casa de mi abuela tenían un burro, cerdos, gallinas, conejos, pollos y patos.

Mi abuela finalizó sus estudios primarios en la escuela pública de Castejón de Monegros, en la que había dos clases una para chicos y otra para chicas. De mayor, cuidaba a los niños pequeños, hubiera sido una buena maestra.

De joven, aprendió a coser y bordar junto a otras chicas de la localidad, en casa de una señora particular que les enseñaba en su casa. Después ejerció de bordadora durante muchos años y era ella la que enseñaba a otras jóvenes que realizaban su propio ajuar.

Se casó con un joven del pueblo, mi abuelo Javier y se quedaron a vivir en la localidad de Castejón de Monegros. Fueron padres de tres hijos: Beatriz, mi madre, Yolanda, y Raúl. Tienen 6 nietos.

Durante su juventud se divertían los domingos en el baile de casa el Ronquillo, donde los chicos sacaban a bailar a las chicas y ellas les indicaban  el turno de la canción que les concedían.

En aquellos años pasaban muchos comediantes por los pueblos. En Castejón estuvo actuando junto a sus padres el famoso Andrés Pajares y Fernando Esteso. Eran los años 60 y residían en la localidad unos 1.300 habitantes. Ahora apenas residen 500 habitantes.

Mis abuelos se casaron en la iglesia de Castejón de Monegros y celebraron el banquete en el salón del baile. Fueron de viaje a Barcelona con los autobuses de Agreda y regresaron en una moto Ducati que se compró mi abuelo. Eligieron esa ciudad porque allí residían familiares de mi abuelo que les llevaron a visitar varios monumentos, teatros, parques…

Al regresar del viaje de novios se trasladaron a vivir a unas casas construidas a la entrada del pueblo donde todavía residen.

Mi abuela trabajó como bordadora y fue ama de casa. Mi abuelo fue conductor y trabajó en la construcción. Actualmente están jubilados.

Les gustaba pasar los domingos haciendo excursiones familiares al campo: a un monte, cerca de Monegrillo “el monte Pina o Miramón”, y al río Alcanadre, en el monte de Jubierre.

Como tradiciones celebraban las fiestas patronales: San Sebastián, San Miguel, San Isidro y Santa Ana, en cuya procesión mi abuelo ejerció el personaje de diablo, durante 27 años y yo participé junto a él con 5 años en el papel de ángel, realizando la lucha del bien y el mal. Me hizo mucha ilusión.

Mi abuela ha aprendido mucho de la sabiduría popular. Sabe muchos refranes: “No por mucho madrugar amanece más temprano”, o relacionadas con sus patrones “Santa Ana, buena muerte y poca cama”, “San Sebastián bendito, cortinas verdes, por debajo la cama corren las liebres”.

En el pueblo se conservan muchas tradiciones populares en las que mi familia ha participado, como para las fiestas de San Sebastián subimos al castillo a coger naranjas que reparten los mayordomos. También se disfrazan cabras en el baile para un concurso. En Semana Santa también hay muchos actos religiosos: el día de viernes santo se realiza un descendimiento de un Cristo articulado desde hace muchos años que vienen a verlo desde otros pueblos y atrae a muchos visitantes. Para la aparición de San Miguel, el 8 de mayo se va en romería desde el pueblo a la ermita de Jubierre, mi abuela bajaba con sus padres con el carro y las mulas, después por la noche se paraba en las canteras y hacían hogueras.

Para Santa Ana, el 26 de julio, se va en procesión a la ermita junto a mairalesas y grupo de dance.

El pueblo de mi abuela tiene mucho patrimonio cultural: Castillo, Iglesia con pórtico, varias Ermitas, Fuente Madre, donde mana agua de forma continuada. También se mantienen muchas tradiciones.

Darío Pueyo Serrate

Tercero de la ESO A

Concha Buisan Ballarín


A sus 98 años de edad, Concha goza de una gran salud y una excelente memoria. Ha sido una chica muy vital, divertida y alegre, le llamaban “El risorio” porque no paraba de reír, se reía mucho. Nació en Sariñena en 1920 y durante su vida trabajó en la sastrería que montaron junto a su marido. Su padre fue Melchor Buisan y su madre Concepción Ballarín, “mi madre era muy espabilada”, recuerda Concha.

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Vivían en la zona del castillo bajo. De pequeña en casa tenían ganado, ovejas que sacaban todos los días a apajentar, además tenían dos sasos que cultivaban, uno grande y uno pequeño que estaban bastante cerca entre ellos. Fueron cuatro hermanos, Melchor, Mariano, Josefa y Concha. Fue a la escuela con las monjas y además trabajaba en casa, hacía de todo: fregaba, guisaba, cuidaba de los animales del corral… “¡un sin parar!”. El agua la iba a buscar con botijos a la fuente de dos caños, “era un agua muy buena”, de la que también llevaba dos botijos al médico don Nicolás, “le gustaba mucho esa agua”. En verano iba a bañarse al río, iba mucha gente.

De muy joven conoció a Severo, su marido, una gran persona que ha querido toda su vida. Él era catorce años mayor que ella, pero en casa lo acogieron con mucho cariño, con quince años tuvo a su hija y más tarde llegó su segundo hijo.

Concha recuerda que durante la guerra había ametralladoras por los tejados y su madre hacía la comida a altos mandos de las tropas republicanas que se encontraban por Sariñena. Los domingos iban a comer a la caseta del campo, su madre ponía una gran sábana blanca a modo de mantel y comían todos. También se iban a refugiar a la caseta, se sentían más seguros.

Cuando la guerra tuvieron que escapar a Barcelona, se llevaron las cuatro vacas que tenían. Las tenían que ordeñar por el camino y tirar la leche, al final fueron perdiendo las vacas, se las fueron quitando. Llevaron enseres en un carro tirado por dos mulas, con gallinas y pollos, donde también pusieron un colchón para llevar a su hermano que estaba malo, lo habían operado recientemente. También llevaron otro colchón para protegerse por si aparecía la aviación y cubrirse con él. En el carro también llevaba Concha a su hija Paz y la hermana de Concha fue montada sobre una burra de ametralladora. A uno de sus hermanos le dispararon dándole un balazo en el gorro que llevaba, quitándole del balazo el botón rojo que llevaba en la gorra. Concha aún se acuerda de su paso por Sena durante su huida, la pequeña Paz bailó en una era donde se encontraban muchos milicianos. En una ocasión Concha se refugió en una cuneta, se metió por un aliviadero y luego le costó mucho salir una vez pasado el peligro.

Continuaron su viaje a Barcelona, donde tenían una prima que estaba sirviendo en una casa, aquella familia les acogió y convivieron con ellos aquellos angustiosos meses. Estuvieron muy bien, fueron muy bien recibidos y tratados, aunque el señor de la casa era muy serio. “Había unos aucos que al principio no nos dejaban casi ni pasar, luego ya no nos decían nada”. La dueña de la casa, ante los previsibles bombardeos, se refugió en un pueblo cercano donde pensaba que no iba a llegar la aviación, pero la aviación llegó y en uno de esos bombardeos encontró la muerte, a los ocho días. A la hija del señor le hicieron un traje, recuerda Concha con su memoria asombrosa. Al tiempo regresaron a Sariñena donde llegaron sin nada y nada se encontraron.

Como sastres comenzaron trabajando para Moren, pero pronto establecieron su propia sastrería en Sariñena: “La Sastrería de Severo”.  En la sastrería principalmente ella era pantalonera, hacía los pantalones, pero hacían de todo, chaquetas y trajes, hasta llegaron a tener a cuatro chicas trabajando. Les encargaban los trajes, les tomaban las medidas y los confeccionaban. A veces les traían la tela, pero lo normal es que ellos hiciesen todo, tenían dos máquinas de coser.

Con Concha hemos pasado un rato agradable y han quedado muchas cosas que contar. Goza de buena salud, memoria y esa personalidad alegre y divertida, así que gracias Concha por tus gratos recuerdos. Y un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de la entrevista, gracias!!.

Soy un sariñenense de los ochenta


Siempre cambian los tiempos, las modas, y cuando te das cuenta ha cambiado tu pueblo y tu gente. No tenía pensado hacer una retrospectiva, pero he caído en la trampa y descubro que no deja de ser un ejercicio de etnografía. La edad no perdona y la memoria es un juego caprichoso que nos traslada a tiempos llenos de magia, tan distintos, que la distancia comienza a ser vertiginosa.

 

Sariñenense hasta la médula y a mi manera, sin dudar en significarme si pienso que es lo mejor para el pueblo, aunque me equivoque, aunque me critiquen, que le voy a hacer, mi pueblo es, y lo digo bien alto y con orgullo: Sariñena y sariñenense soy. Apostando vivir aquí, en el medio rural, por sus montes y sierras, ¡en Los Monegros! aprendiendo de su historia y sus gentes.

Así que me libero de mis recuerdos de niñez y juventud, animando a quien quiera compartir los suyos no dude en compartirlos. Soy sariñenense de jugar en las montañetas, por las eras, calles y plazas; de tardes del fin de semana en el patio de entrada del casino, del parque de las monjas y su fuente redonda que había en el centro. Del quiosco del parque y del cine Victoria donde veíamos alguna película de estreno y a veces circo. De ir a comprar el pan al vidriero, entrar adentro del obrador y ver como amasaba la masa, donde hacía los enfarinosos y empanadicos y lo que daría por volver a comerlos, de Virgili, de Cabezarota… Me acuerdo débilmente del Peti, del bar de la plaza de la iglesia y del estanco de Regaño, cuando me regalaba sugus. Y de casa Ancho, donde comprábamos por la parte de atrás y los domingos, tras salir de misa, a Trallero íbamos en tropel a comprar lamines; menudas colas se formaban.

Nos tocó ir a las monjas, cuantos recuerdos de sor Felisa y cuanto la queríamos. Después unos íbamos a las escuelas, a parvulitos, y otros aún se quedaban dos años hasta llegar al colegio, a la EGB. Vimos construir el nuevo pabellón y llegamos a disfrutarlo. Comprábamos a través de las vallas a la tienda en frente de la escuela y los viernes teníamos el mercadillo pegado a la escuela, un puesto de ganchitos, gusanitos… se colocaba bien pegado a la valla donde podíamos comprar. A veces, después de la escuela, pasábamos por el tonelero y allí nos quedábamos un rato viendo como hacía los toneles. Y el señor Coto, que se encargaba del colegio, iba con un carro de mano y se traía sobras del comedor para su perra Linda, a veces nos llevaba montados en el carro, cuanto cariño le teníamos.

A la una del mediodía sonaba la sirena y la clase la dábamos por acabada por mucho que los maestros/as aún no diesen por terminada la lección. ¡Habría que recuperar aquella enigmática sirena!.  Algunos nos quedábamos en el comedor, de Sariñena éramos muy pocos y la mayoría eran de los pueblos de la redolada. El comedor y el patio tenía su lado muy divertido a pesar de los garbanzos y el pescado del viernes, casi ni comíamos menos mal que de postre teníamos donuts. Jugábamos en los fosos de arena del colegio, pasábamos el agua de un foso a otro y construíamos presas y canales. Por las tardes muchos iban a mecanografía a las monjas, otros a música, a atletismo, fulbito, fútbol o música entre muchas otras actividades; algunos iban a catequesis y luego a Conques de campamento en verano. Y ya pasamos al instituto, al nuevo, aún me acuerdo cuando iban del uno al otro, del Hospital al de los pisos.

Crecimos con dos canales en la televisión, con Espinete, Un dos tres, la Bruja Avería..,  aún me acuerdo cuando aparecieron Antena Tres y Telecinco, fue toda una novedad. Llegó el vídeo, las películas vhs, los casetes de música, dejando atrás los vinilos, grabando la música de la radio y rebobinando con el boli. Vimos aparecer los primeros ordenadores, los disquetes y el “indestructible” cd… La biblioteca estaba en el piso de abajo del ayuntamiento.

En las Antonas comprábamos lacasitos y toneletes a peseta que contaban uno a uno y Ferraz que repasaba las cuentas producto a producto. En la plaza estaba la farmacia, las zapaterías y las loterías, la calle del medio era el centro de Sariñena, el casco tenía vida, con la joyería, las zapaterías, las carnicerías, las barberías, la pescadería de Gloria, la tienda de Emilieta, los porches, con la frutería de Cambra, que siempre me daba algunas cerezas o peretas.  Comprábamos clavos en la ferretería de Ballarín, una treintena para construir un matagatos. Las camisetas de la caja rural, la piscina, con los trampolines que quitaron o el tobogán en la mediana y los cuatro metros de profundidad de la piscina grande. Jugar a zaborrazos y dar vueltas por las acequias y los campos. Preparábamos las carrozas de san Isidro con una semana de antelación. Siempre con las bicis de un lado para otro, no parábamos, con las bicis de calle, las motoretas, las de cross y  cuando aparecieron las de montaña todos queríamos una, ¡eso sí que fue un gran avance!. El taller de López siempre estaba lleno de bicicletas y de motos, y todos pasábamos por el taller.

Hacíamos  más trastadas, a veces más inocentes. Camanduleando por el pesquero, por la parte de atrás de las monjas, los campos y huertos; arramblar fruta y ser emprendidos y perseguidos, caer en acequias y brazales, con rotos y llevar parches. Ir al río, bañarse por las badinas de Santiago y del Hospital, ir en bicicleta a la estación y poner alguna moneda para que la chafase el tren. Llenos de parches y rodilleras, con camiseta de propaganda y en la feria, en la Femoga, recogíamos gorras y propaganda como salvajes. Soy sariñenense de los ochenta, de la feria en las piscinas, las peñas en el antiguo cine y de las dos salas de maquinetas que abrieron a la vez.

Aquellas fiestas de calles llenas de gente, de Gorgorito dando estacazos al lobo, el dance en la plaza del ayuntamiento y el toro de fuego en la plaza de Villanueva. Rosendo y Vitales haciendo fotos, las peñas con pancartas en la cabalgata y el famoso bombo. Las vedetes de las peñas, la huevo fritada y la calzoncillada; y la despedida del baile de las peñas: todos agachándonos para levantarnos y bailar al son de Nellie the Elephant de Toy Dolls.

Quedábamos en el cruce de Sobella o nos buscábamos por el pueblo, no había móviles, pasábamos por casa o por el teléfono fijo. Las noches de verano íbamos al parque de las monjas, la gente aún tomaba la fresca y algunos días se sentía el afilador avisando con su chuflador su llegada. Luego llegó el instituto, las verbenas en la discoteca de los viernes, las noches de verano en el parque, los trabajos yendo a coger melocotones o tomates… Lo dicho, que uno ya puede ir recordando que ya hay muchos recuerdos que se van olvidando y que no cuesta tanto y es divertido compartirlos. Estos son algunos recuerdos y hay muchos más, también están los tuyos ¡no los pierdas!.

Así, que no queda otra que continuar, consciente de mis raíces, de esta Sariñena tan hermosa de la que tan orgulloso me siento: ¡Viva Sariñena!, ¡Viva san Antolín! y ¡Felices Fiestas!

 

Pilar Escanero Anoro


Los recuerdos de Pilar  nos trasladan a nuestro pasado más reciente, con una nostalgia a tiempos difíciles  que no dejan de perder una tierna añoranza a un pasado de penurias pero de fuertes valores humanos, de familiaridad, de amistad y de solidaridad.

 

Pilar Escanero Rostro

Pilar Escanero Anoro.

            Pilar nació en abril de 1925 en la población monegrina de Lanaja. De familia de albañiles, nunca les faltó trabajo en la construcción. De los seis hermanos, todos  pudieron ir a la escuela y forjarse una profesión.

            En Los Monegros el agua siempre ha sido un bien escaso y Pilar recuerda el trabajo que costaba ir a recoger el agua de las balsas para llenar los aljibes y tinajas de la casa. Recogían el agua en invierno, cuando llovía, el agua estaba más limpia y además no había bichos; pues a veces había cucos en el agua y tenían que colarla con un paño. Antes, cada gota tenía un gran esfuerzo detrás: “Hubo años malísimos, cuando las balsas se secaban y el agua la tenían que traer en tanquetas. Cuesta entender la escasez cuando ahora, con tan sólo abrir el grifo, podemos disponer de toda el agua que queremos”.

            En Lanaja cada casa contaba con su olivar y elaboraban su propio aceite, con el aceite usado hacían el jabón para lavar. El padre de Pilar tallaba piedras de arenisca para lavar la ropa. También, cada casa tenía un pequeño ganado de cabras y por las mañanas, al toque de la esquila, el cabrero las reunía y las llevaba a pastar: “era muy gracioso ver salir de cada casa las cabras”.

            Eran tiempos de escaseces que se solventaban con la solidaridad y el apoyo entre vecinos. El caso de la familia de Pilar es muy especial, prácticamente unieron su casa con la familia vecina formando una misma casa. La vecina se había quedado viuda y se ayudaban de una manera tan intensa que siempre estaban conviviendo entre las dos casas, hasta el punto que el padre de Pilar acabó abriendo un paso en la pared entre las dos casas. En general, en todos los pueblos los vecinos de la misma calle mantenían unos lazos fuertes que a veces superaban los familiares.

            Había una tienda “Casa Benito”, su madre iba con un gran capazo y compraba verduras, hortalizas, legumbres… Y con la llegada del buen tiempo, tenían la sana costumbre de juntarse todas las noches para tomar la fresca, un acto social muy en desuso con la llegada de la televisión. Antes de la guerra había mucho movimiento en Lanaja, venían muchos trabajadores del canal y se alojaban en las fondas. La sierra estaba llena de vida, con sus campos de secano y sus aldeas, donde el aprovechamiento de leñas fue muy importante para la localidad. Muchas familias trabajaron como jornaleros o sirviendo para casa Bastaras.

            Pilar fue a la escuela antes y después de la guerra del 36. Recuerda con gran cariño a sus maestras Angelita y Victorina. La antigua escuela estaba en los bajos del antiguo ayuntamiento y después de la guerra se construyeron las actuales escuelas; las construyó el padre de Pilar. Durante la guerra se paró la escuela por los continuos bombardeos, especialmente, Pilar recuerda unos tres o cuatro bombardeos muy fuertes en Lanaja: “A mucha gente no les dio tiempo a refugiarse”. Se refugiaban en las cuevas de debajo de la zona del castillo, bodegas que se usaban para el vino. También mucha gente se refugiaba en la sierra.

            Tras la guerra, Pilar aprendió con las monjas a coser, iban de quince a veinte mujeres. Les pagaban para que les enseñasen y las monjas ayudaban a muchas familias. El convento estaba al lado de la iglesia. Luego Pilar trabajó como costurera, como modista. Una hermana bordaba, otra cosía y otra fue peluquera, todas aprendieron un oficio y así se ganaron la vida. Muchas le pagaban con lo que podían, muchas familias pasaban hambre y tenían muy poco. Algunas le pagaban con un almud de trigo o con leña, otras ni siquiera podían pagarle. En la postguerra los mandamases de Lanaja les quitaron dos cerdos y varios pollos, su madre salió a pedirles que no les quitaran los tocinos, tenía seis hijos que alimentar. Con la llegada del canal, algunas mujeres iban a lavar allí, Pilar iba con dos pozales y la piedra de lavar. También se llevaban la comida, pues había buen trecho hasta el canal.

            Pilar participó con “Nuestra Casa”, una iniciativa que albergó el museo etnográfico de Lanaja, un bar social, el hogar del jubilado y donde se hacían multitud de actividades como el bingo. Son muchos los recuerdos, las vivencias acumuladas. Pilar goza de una excelentísima memoria que nos han trasladado a tiempos llenos de familiaridad y solidaridad, lazos que tejían la vida social de nuestros pueblos.

            Gracias Pilar por compartir parte de tus recuerdos.

   Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Pilar Esteban Escanero.