EL ABUGUERO DESEADO

 

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Abuguero (Pyrus cordata sp.)

 

   Corrían los primeros años de la década de los cincuenta, cuando sucedió esta insólita historia que nos da idea de cómo se solventaban ciertos asuntos en  aquellos rígidos tiempos.

   Pues ocurrió que existía un famoso abuguero situado un poco más abajo de la antigua Casilla Roja. Buena parte de la población juvenil le tenía echado el ojo a aquellas peretas jugosas y dulces de escasa carne y delicioso sabor que aquel árbol tenía a bien producir para gozo de los dueños y de la chavalería.

  El deseado árbol  pertenecía, por aquel entonces, a la adinerada familia Castanera.

  Vamos al grano…, un día, después de salir de las nacionales los mozalbetes decidieron en conciliábulo predemocrático (o sea lo que decretaban los que más mandaban) que merecía la pena hacerle una visita.

   La “arriesgada” empresa mantendría viva la llama de la aventura,  generaría la consiguiente emoción que lleva la transgresión venial  de las normas y, al mismo tiempo, endulzaría aquella tarde de verano sin tele, Internet, piscina u otras actividades variopintas que años después arrasarían desde la abundancia.

  Pues eso…, púsose en marcha la “turbamulta” en alegre  peregrinación a merodear por los aledaños del “árbol del paraíso”. Libres de las exigencias escolares, tardes eternas de aprendizajes difíciles, quemaron adrenalina corriendo como almas en pena en busca de la luz hasta la Casilla Roja. Allí pararon y vigilantes, se aproximaron al lugar del expolio una veintena de chavales. Al no ver “moros en la costa” se metieron en faena y empezaron a comer. De pronto y sin saber por dónde, apareció el guardia Millera y sorprendió in fraganti a la “facción del abugo” que quedó paralizada por unos instantes, los suficientes para que,  a ojo de buen cubero, el guardia anotara mentalmente el nombre, apellido o mote de los componentes de aquella “peligrosa banda”.

    Al día siguiente mozalbetes  y familiares fueron citados en el Ayuntamiento que presidía el alcalde Medina. Después de separar a los buenos de los malos, el munícipe dictó sentencia salomónica y ejemplarizante, pues dictaminó el aislamiento de la banda durante un largo fin de semana en las Escuelas Nacionales.

   Me contaron que era tal el aislamiento que, incluso, tenían que mingitar a través de los barrotes de las ventanas que daban a la calle del Muro, aunque de esto último no estoy seguro de su verosimilitud y más parece que forme parte de las leyendas que generaron aquellos “héroes” de los tiempos oscuros.

 Manuel Antonio Corvinos Portella

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