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Los últimos esquiladores


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         El otro día, charlando  con A. R. M. talabartero de toda la vida,  contertulio impenitente y conocedor de mil historias, me comentó de pasada  un asunto relacionado con las caballerías de Sariñena. Su comentario  me dio pie para indagar sobre los últimos esquiladores que hubo en nuestra villa. Para completar este asunto necesité de otros conocidos tertulianos como José B. S., en otro tiempo contumaz viajero nacional e internacional y Agustín A. A. reputado ganadero de El Tormillo. Entre estos y otros espontáneos abordados en los mentideros más soleados de la localidad (a los que debo de agradecer su implicación), me suministraron  suficientes datos como para pergeñar  un  ilustrativo artículo de etnografía monegrina.

        Allá por los años cincuenta, los burros, machos y mulas abundaban en las zonas rurales de este país. La precaria mecanización nacional hacía de estos  animales sujetos imprescindibles para la realización de las tareas agrícolas. Los cuidados que necesitaban eran mínimos, no obstante, era necesario tenerlos bien atendidos aunque sólo fuese por puro practicismo. Entre las incomodidades estacionales que padecían estas caballerías estaban las que les podía conllevar un exceso de pelaje, o sea, calores, suciedades y parásitos.  Para solventar este problema había en Sariñena cinco personas que  ejercían el antiguo oficio de esquilador. Estos  eran:  Pedro Peralta Royo y sus hijos  Pedro y José, (todos de casa  Chapi) y el tándem formado por Antonio Peralta Royo (apodado Matietas) y su socio José ¿Peralta? de sobrenombre Huesetes.  A pesar de las coincidencias en  nombres y apellidos, parece ser que sólo los tres primeros tenían parentesco entre sí, como ya he reflejado.

         Los cinco eran diestros con los utensilios propios del oficio, a saber: tijeras de distintos tamaños, maquinilla manual, una rasqueta acanalada de metal  para eliminar la porquería que generalmente se adhería al pelo y dificultaba el esquile y un cepillo para dejar perfecto al animal.

          Su lugar de trabajo estaba en la misma calle en la que vivían. Los primeros lo hacían en la Ronda San Francisco, enfrente de donde hoy está el baile del casino y los segundos en los comienzos de la calle Miguel Servet. Esta actividad, al ser de temporada, sólo era un complemento económico para las personas que la ejercían.

       Si el animal era tranquilo o no tenía cosquillas, no se tomaba ningún tipo de precaución, pero si era nervioso o “guito” había que atarle las patas con una “traba” o incluso ponerle el “torcedor”  en la boca  (un artilugio de madera con una cuerda en forma de asa en un extremo con la que se cogía el morro del animal y se tensaba con el palo). Este artefacto podía producirles  mucho dolor si se movían.

          La mejor época para el esquileo de los animales era en primavera y se les arreglaba, especialmente,  crines, colas y lomos.  Primeramente dibujaban con una tijera más pequeña una “rayeta”  para separar el lomo de la panza con el propósito de delimitar la zona esquilable. Con otra tijera de mayor tamaño “hacían” las crines y las colas y con la maquinilla el lomo.  Se evitaba esquilar demasiado ciertas partes del cuello, ancas y barriga con el objeto de minimizar el roce con el collerón o las cinchas. Y también  se les dejaba en el nacimiento de la cola un “floco” o flequillo. Algunos esquiladores solían perfilar cualquier tipo de dibujo como marca de la casa a modo de firma, generalmente en la culera.

        En un burro esquilado exclusivamente a tijera se podían emplear aproximadamente dos horas.  Con la llegada de las maquinillas  manuales a principios de siglo XX el tiempo se redujo a la mitad.

         Las nuevas mecanizaciones terminaron con la preponderancia animal en el campo y de aquel millón de burros que había aproximadamente en la España de los años cincuenta, se han quedado en unos sesenta mil en la actualidad, por lo que pueden ser considerados animales en peligro de extinción. Y la escasa demanda de esquiladores hizo que la mayoría se dedicara a otra cosa.

     La sabiduría popular ideó numerosos refranes para estos inteligentes, fuertes, resistentes, pacíficos, amigables, a veces tercos  y siempre denostados animales. En ningún caso, dichos refranes hablan de agradecimiento por la ayuda que prestaban o alababan sus cualidades. De mulas hay varios con tendencias machistas  y de esquiladores sólo recuerdo uno.

-Ponerse como el chico del esquilador.

-A la mujer y a la mula mano dura.

-A la mujer y a la mula por el  pico se les va la hermosura.

-Burro mal “esquilau” a los siete días “igualau”.

-El que a bodega va y no bebe, burro va y burro viene.

-Después de burro muerto la cebada al rabo.

-El burro delante “pa” que no se espante.

-El burro busca a otro burro “pa “ rascarse.

-Quien a burros favorece, “cosa” merece.

-Para las cuestas de arriba quiero mi burro,…

-Bien sabe el burro en que casa rebuzna.

-A burro viejo no le cambies el camino.

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           En cuanto al esquileo de las ovejas era trabajo de cuadrillas forasteras provenientes de Teruel o Soria. En algunos lugares como por ejemplo en El Tormillo un mismo esquilador local se hacía toda la cabaña.

         El último profesional de dicho pueblo fue Juan José Solano, era tal su destreza que podía esquilar entre cincuenta o sesenta ovejas por jornada, incluso una vez llegó a las ciento una, batiendo todos los record conocidos. Recuerdan sus convecinos que el pobre Juan José se fue a casa después de aquella dura jornada encorvado y sin poder enderezarse.

           En El Tormillo el sistema de pago se hacía por medio de igualas, como las que cobraba el barbero y que subían anualmente a una anega de trigo. Este pago daba derecho a afeitarse todos los sábados del año, por lo que ese día había cola durante buena parte de dicha jornada.

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       El descubrimiento de la ganadería sucedió en la época prehistórica denominada Neolítico. Antes de llegar a este hito social se domesticaron: el perro hace unos 9.500 años,  la oveja 9.000 años atrás, el jabalí (cerdo) 8.000 años y el burro  hace unos 7.000 años.

      Durante la etapa siguiente, la llamada Edad del Bronce se fabricaron numerosas herramientas de dicho metal y una de ellas fue precisamente las tijeras con las que se comenzó a esquilar a animales y personas. Estaban hechas de una sola pieza y no fue hasta el siglo XIV en que se  inventaron las de dos piezas.

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          La mecanización en la Sariñena de antes de la guerra era muy débil y sólo en casas muy ricas se podía ver un tractor oruga que funcionaba con petróleo o algún que otro artefacto con ruedas de hierro. A finales de los años cuarenta la casas fuertes de Sariñena disponían de los siguientes tractores:  Gilaberte un Renault, Regaño un Renault, Guillén un Volvo, Budios un Volvo, Sobella un Volvo, Torres  un Deutz, un Ford y un Fendt, Castanera un Farmall y un Minneapolis Moliné, Blanco un Deutz, Conte un Ford, Ariste un Volvo, Paraled (Sabineta) un Massey Harris Pony y posteriormente un Lanz de 95 caballos, Portera un Normag, Gaspar un Normag y Dupla un Man.

      Con la llegada de Nivelcampo en 1956 se le dio el verdadero empujón a la “tractorización” local y comarcal puesto que algunos agricultores aprovecharon la ocasión que se les brindaba para comprarse tractores y trabajar arrendados en la citada empresa. Posteriormente, con su desaparición en 1962, Nivelcampo  se deshizo de los tractores propios vendiéndolos a excelentes precios, muchos agricultores de la comarca se hicieron con alguno. El precio de venta de los de menos caballaje fue de 20.000 pesetas (unos 123 euros) cuando uno nuevo estaba valorado en 250.000 pesetas  (1.500 euros).

                                                                                                   Manuel Antonio Corvinos Portella

 

 

RECUERDOS DE ANTONIO CLEMENTE HUERVA


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De mente ágil y buena memoria, muy animoso y optimista. Así vi a Antonio aquella tarde de finales del pasado verano en que nos reunimos para charlar. Sus recuerdos  eran muy intensos y sus vivencias eran tan reales  que parecía como si hubiesen ocurrido anteayer.

Recuerda con gran satisfacción cómo le curó Adoración, la curandera de Biscarrués. Harto de sufrir grandes dolores en la rodilla por un derrame sinovial, harto de supositorios para el dolor y harto de diagnósticos  erróneos como el de aquel médico que le dictaminó artrosis a sus 42 años, tomó un camino alternativo y se fue al pueblo de la sanadora para ver si le hacía un “milagro” en su maltrecha rodilla.

-Alguien me recomendó ir a verla y, en principio, me lo tomé a guasa, pero en vista de que los dolores se hacían inaguantables, una mañana me decidí y allí me presenté. Entre incrédulo y desesperado accedí a una pequeña sala que hacía de consulta y le conté  mis cuitas. Me escuchó con atención y me dio unas “esfriegas”en la dolida rodilla y luego unos consejos que debía seguir durante varios días. Le di la voluntad y me fui para casa.

   La posible solución  me pareció bastante extraña, pero la seguí al pie de la letra.

  Se anima y me cuenta las indicaciones que le propuso la curandera:

  -Por las noches tenía que tomar una infusión de anís en grano y a la hora de acostarme colocar una hoja de acelga en la rodilla enferma y sujetarla con vendas. Todas las mañanas, al levantarme,  comprobaba como aquellas acelgas que me ponía cada noche adquirían un feo color negro. Esa transformación del vegetal seguramente era síntoma de algo, cosa que  nunca llegué a comprender.

   A los tres días los dolores habían desaparecido y caminaba como si tal cosa. Tan contento me quedé que al cabo de unos años tuve otro problema distinto en la otra rodilla y la volví a visitar y me la volvió a curar.

 La curandera se llama Adoración y hoy en día con 91 años, y después de una grave enfermedad y operación subsiguiente, aún lo sigue haciendo. Sus clientes son de cualquier pueblo de “A Galliguera” (comarca natural que engloba a los pueblos cercanos al río Gállego) tanto de Zaragoza como de Huesca, aunque cuando adquirió  fama los enfermos le llegaban de muy distintos sitios.

   Nació en Biel, su padre y un hermano también tenían la misma facultad.

  Cambiamos totalmente de tema y me habla del equipo de fútbol local:

   -El primer equipo de fútbol federado en Sariñena  se formó después de la guerra, en el año 1944 y se llamó Club  Educación y Descanso de Sariñena. Se jugaba en el campo denominado San José (enfrente de donde hoy están las deshidratadoras). Se competía contra equipos de Altorricón, Peralta de Alcofea, Monzón, Barbastro, Torrente, Binéfar, Zaidín…etc.

  La primera alineación que recuerdo estaba formada por Manoler (portero), Pedro Peña. Alfonso Millera (Mechero) y David Cazcarra (defensas).  Nogués y Sanclemente de la Estación (medios). Y como delanteros  jugaban Mariano Laín, Genaro Llorens, Espada, Almerge y Mariano Torres. Fernando Rodrigo también solía jugar de mediocentro hasta que la falta de un portero en un partido clave le situó de cancerbero, siendo una gran revelación con sus paradas. Como entrenador ejercía Juan Sanz (Juanito). Este equipo llegó a jugar con los citados jugadores 3 o 4 temporadas.

   En 1946 el equipo contaba con los siguientes jugadores: Fernando Rodrigo (portero), Fernando Rodríguez, Alcarazo (fichaje de Barbastro) y Bernabé Corvinos; Chesa (Lérida), Carmelo (el de Angelito); Mariano Torres, Mariano Laín, Genaro Llorens, Almerge y Espada.

   En 1947 se consigue el primer gran hito del club, fue la consecución de la Copa Primavera en Fraga con Rodrigo, Rodriguez Alcarazo y Bernabé; Laín, Arenas y Chesa; Torres. Llorens, Almerge y Villcampa. Entrenador Juan Sanz.

   A partir de esta célebre victoria el equipo empieza a renquear hasta su desaparición en 1949.

   Los campos de fútbol que ha habido en Sariñena han sido: el citado San José, El Carmen primitivo cerca de la actual Cooperativa, los Jinjoleros donde sólo entrenaban y el actual El Carmen donde está ubicado ahora.

Y para terminar me declama magníficamente y sin errores un romance muy religioso que aprendió de pequeño.

 ROMANCE DE TODOS LOS SANTOS

Sant-Atocha está en Madrid

La del Sagrario en Toledo

El Pilar en Zaragoza

En Huesca está San Lorenzo

Santa Orosia está en Jaca

Y la del Pueyo en Barbastro

En Pertusa la Victoria

Y en Peralta el Sacramento

La Jarea está en Sesa

Santo Domingo en Huerto

Santa Cruz en Capdesaso

Y en Sariñena Loreto

Santa Ana en Castejón de Monegros

Madre de la que fue Verbo

Esposa de San Joaquín

Y abuela del mejor nieto.

                                                                   Manuel Antonio Corvinos Portella

Zancarriana w

EL ABUGUERO DESEADO


 

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Abuguero (Pyrus cordata sp.)

 

   Corrían los primeros años de la década de los cincuenta, cuando sucedió esta insólita historia que nos da idea de cómo se solventaban ciertos asuntos en  aquellos rígidos tiempos.

   Pues ocurrió que existía un famoso abuguero situado un poco más abajo de la antigua Casilla Roja. Buena parte de la población juvenil le tenía echado el ojo a aquellas peretas jugosas y dulces de escasa carne y delicioso sabor que aquel árbol tenía a bien producir para gozo de los dueños y de la chavalería.

  El deseado árbol  pertenecía, por aquel entonces, a la adinerada familia Castanera.

  Vamos al grano…, un día, después de salir de las nacionales los mozalbetes decidieron en conciliábulo predemocrático (o sea lo que decretaban los que más mandaban) que merecía la pena hacerle una visita.

   La “arriesgada” empresa mantendría viva la llama de la aventura,  generaría la consiguiente emoción que lleva la transgresión venial  de las normas y, al mismo tiempo, endulzaría aquella tarde de verano sin tele, Internet, piscina u otras actividades variopintas que años después arrasarían desde la abundancia.

  Pues eso…, púsose en marcha la “turbamulta” en alegre  peregrinación a merodear por los aledaños del “árbol del paraíso”. Libres de las exigencias escolares, tardes eternas de aprendizajes difíciles, quemaron adrenalina corriendo como almas en pena en busca de la luz hasta la Casilla Roja. Allí pararon y vigilantes, se aproximaron al lugar del expolio una veintena de chavales. Al no ver “moros en la costa” se metieron en faena y empezaron a comer. De pronto y sin saber por dónde, apareció el guardia Millera y sorprendió in fraganti a la “facción del abugo” que quedó paralizada por unos instantes, los suficientes para que,  a ojo de buen cubero, el guardia anotara mentalmente el nombre, apellido o mote de los componentes de aquella “peligrosa banda”.

    Al día siguiente mozalbetes  y familiares fueron citados en el Ayuntamiento que presidía el alcalde Medina. Después de separar a los buenos de los malos, el munícipe dictó sentencia salomónica y ejemplarizante, pues dictaminó el aislamiento de la banda durante un largo fin de semana en las Escuelas Nacionales.

   Me contaron que era tal el aislamiento que, incluso, tenían que mingitar a través de los barrotes de las ventanas que daban a la calle del Muro, aunque de esto último no estoy seguro de su verosimilitud y más parece que forme parte de las leyendas que generaron aquellos “héroes” de los tiempos oscuros.

 Manuel Antonio Corvinos Portella

AVENTURAS Y DESVENTURAS DE MARIANO GRAÑÓN “EL VIDRIERO”


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 Iniciada la guerra y debido a los bombardeos pasábamos más tiempo en el monte que en el pueblo. Allí intentábamos normalizar, en lo que cabe, nuestra vida diaria, pero cuando oíamos el sonido ronco de los motores recogíamos hasta la ropa que mi madre ponía a secar para no dar pistas a los temibles aviones. La medida de  ir a vivir al monte, que tomaron mi familia y otras de Sariñena, fue acertada,  puesto que uno de esos días de bombardeos, cayó una bomba en nuestra casa de la calle del Saco (maestro Justo Comín) y haciendo un boquete en el tejado, atravesó la casa y aterrizó en la planta baja, no explotó de milagro. Enseguida se hicieron cargo de la indeseable ocupa los artificieros del ejército.

  Conforme se acercaba la guerra a nuestro pueblo, el miedo se iba adueñando de mis hermanas, sobre todo por las noticias que llegaban de violaciones por parte de las tropas moras de Franco. Así que convencieron a mis padres para irnos a vivir a Barcelona. Cogimos el carro y las mulas, cargamos lo que pudimos e iniciamos aquel extraño éxodo familiar hacia Cataluña. Con mis tres años de edad, aquel viaje fue una mezcla de aventura e intranquilidad difícil de calibrar.

 A la altura de Sena nuestra perra Viola no debió ver el asunto nada claro y se dio la vuelta. Seguimos nuestro particular viaje por la carretera de Fraga. Al llegar al cruce que está cerca del pueblo de Ontiñena giramos a la izquierda y cogimos la vía que nos llevaría a Alcolea, Albalate, Esplús, Binéfar y Tamarite. No recuerdo cuantos días estuvimos viajando, pero debieron pasar entre tres o cuatro cuando entramos en Cataluña y paramos en el pueblo de La Sentiu. Allí mi padre decidió vender las mulas y el carro por un dinero de la república que pronto dejó de tener valor legal y que aún guardo como recuerdo de unos tiempos verdaderamente duros. En aquel lugar de Lérida había un pequeño horno vecinal en el que mi padre aprovechó la ocasión e hizo pan para lo que quedaba del viaje. Al día siguiente cogimos el tren en Balaguer y nos dirigimos a la capital catalana.  Llegados a la ciudad condal mi padre encontró trabajo, con ayuda de unos familiares, en una fábrica de Barcelona y en ella permaneció durante los dos años siguientes. Mi hermana se puso a coser uniformes del ejército y a mi otra hermana y a mí nos metieron en un colegio a media pensión.

  Recuerdo que aquellos maestros me enseñaron una canción que aún me viene a la memoria después de casi ochenta años.

  Pasados los dos años del exilio regresamos en tren sin nada de nada en las maletas. Llegamos a Sariñena y fuimos directamente a nuestra casa, pero… nos llevamos la desagradable sorpresa de que estaba ocupada por una familia del pueblo. Nos dijeron que se había corrido la noticia de que un avión había lanzado una bomba contra el carro y que habíamos muerto todos. El caso es que tuvieron que desalojar nuestra casa y ya nunca más les volvimos a hablar.

  La nota emotiva la puso nuestra perra Viola que nos reconoció enseguida, se llevó una gran alegría y no se quiso marchar con los ocupas.

 Mi padre empezó de nuevo a trabajar como panadero y poco a poco fuimos saliendo adelante.

  Me contaba mi abuela, Manuela Vicente Grañón, que los domingos preparaba  en su casa merienda para una treintena de mozos y que después se iban todos al baile que había en el casino de la casa palaciega de la calle del Sol (ahora Javier Ugarte). Precisamente hubo una anécdota política, propia de aquellos tiempos, ocurrida en aquel casino. Me contó mi padre que cuatro republicanos de antes de la guerra, se empeñaron en la barra del dicho bar, que ese año iban a parar la procesión de San Antolín cuando pasara por la puerta del casino. Llegado el momento salieron a efectuar lo planeado, pero al percatarse de quiénes llevaban al santo, dieron marcha atrás y no llevaron a cabo su “hazaña”. Los portadores del santo eran personas serias y respetadas como Mariano Conte, Vicente Romerales y dos cofrades más que no recuerdo sus nombres.

   Estas historias me las relató Mariano Grañón Rodés (reputado panadero, famoso por sus empanadones, tortetas de cucharada, magdalenas y otras exquisiteces de horno) mientras nos tomábamos un café en una terraza de un conocido bar de la villa una mañana muy calurosa de mediados del mes de agosto del año 2015.     

                                                                           

                                                                         Manuel Antonio Corvinos Portella

 

   NOCHE DE TERROR


      El miedo es una sensación poderosa y atrayente que subyuga a los seres humanos  desde la noche  de los tiempos, provocando un extraño efecto morboso en la mente de mayores y pequeños. Usado en cantidades prudenciales puede hacer pasar estupendas veladas, pero nuestros protagonistas  bebieron una dosis excesiva y nunca pudieron olvidar aquella noche delirante y angustiosa.

    En noviembre las noches son muy largas y las faenas del campo escasas, por lo que el tiempo de ocio se prolonga en demasía. Después de cenar la gente se sienta en las cadieras al amor del hogar y se cuentan  historias mientras se queman los últimos troncos de leña. A falta de luz eléctrica, la que desprende el fuego le añade un toque enigmático a la noche.

    Los temas preferidos de las tertulias de la época eran las fábulas de animales, los caballeros abnegados, los asuntos religiosos, el amor cortes, los pícaros y, por supuesto, las historias de demonios y brujas. Generalmente el argumento solía ser sencillo y de carácter didáctico. Sus objetivos principales eran el de dar normas de comportamiento, ilustrar virtudes y censurar vicios.

    El suceso que hoy voy a relatar ocurrió a finales de la era llamada medievo. Por aquel entonces Sariñena tenía un censo de 158 fuegos que correspondían a unos 800 vecinos.

   Era un tiempo en que la dureza de la vida, las malas condiciones higiénicas y la ignorancia de las gentes eran problemas endémicos, además el oscurantismo se cernía interesadamente sobre las clases bajas.

  …Sucedió  una noche del mes de noviembre, mes en el que los difuntos campaban a sus anchas en aquellas mentes torturadas por señores feudales, bandidos, clérigos, pestes, hambres y otras vicisitudes terrenales. Y, por si esto fuera poco, también teníamos al Maligno viajando por el mundo con licencia eclesiástica.

   Estaba la familia de Eufrasio en su humilde casa, dando buena cuenta de un potaje de garbanzos lo suficientemente caldoso como para poder untar el pan negro de centeno  que había horneado Engracia la semana pasada. A los niños no les gustaba ese pan negro y prefirieron no comerlo. Mientras, en el hogar, se estaban friendo algunas  morcillas hechas con sangre de cerdo, piñones y azúcar. Y para dar un poco de alegría al duro día habían sacado del tonel una jarra de vino tinto de garnacha.

   En la cuadra, los animales andaban un poco agitados, pero ese nerviosismo se repetía siempre que soplaba el cierzo, por eso a nadie le llamó la atención el ajetreo. El fuerte viento movía desordenadamente las ramas de los árboles del huerto y estas golpeaban una y otra vez las contraventanas de la casa, produciendo cierta inquietud entre los moradores más jóvenes.

   Terminada la cena, los hijos de Eufrasio y Engracia le pidieron a su tío Antolín que les contara alguna historia de tierras lejanas. Antolín, hermano de Engracia, había vivido mil batallas en mil lugares, sabía leer y por eso se le podía considerar como un ilustrado de aquella época.

   Al retirarse de la milicia se fue a vivir con la familia que le quedaba y además de ayudar en las tareas del campo, después de cenar solía leer alguna historia sorprendente en los libros que había traído Aquella noche, víspera de Todos los Santos, eligió una de demonios y brujas que no defraudó a nadie y que dejó a todos bastante desasosegados.

  Sería medianoche cuando tocó a completas la campana del vecino convento del Carmen. El sonido, apoyado por el viento, se extendió nítido por las sombrías  y viejas calles del pueblo amparadas por los muros de un antiguo castillo.

    Aprovechando la circunstancia, Eufrasio se levantó y…, en un gesto inútil, se fue hacia el ventanuco y miró por él, y no vio nada. Y no vio nada porque la oscuridad fantasmal de la calle era absoluta, pero a pesar de ello le pareció percibir en la negrura una sombra rematada por dos ascuas rojas que se desplazaba errante de puerta en puerta.

Preocupado, intentó recordar si había atrancado bien la puerta, como la respuesta fuese afirmativa, no dijo nada, atizó el fuego  y dio por finalizada la velada. Los niños protestaron un poco, pero nadie les hizo caso. Cogieron un par de candiles y, alumbrándose con la mortecina luz que daban las mechas embadurnadas de aceite, subieron a dormir por la estrecha  escalera de madera.

  Antolín dormía en una  pequeña habitación en un camastro de paja y los demás lo hacían en una alcoba contigua. Las habitaciones carecían de muebles inútiles: una banqueta y un arcón para la ropa acompañaban al jergón. Colgado de una pared, al lado de una tosca cruz de madera, se veía un espejo desgastado reflejando  la pobreza de la familia.

    En las paredes se movían acechantes las fantasmagóricas siluetas creadas por las luces de los candiles y esto terminó de atemorizar a los niños que, muertos de miedo, acabaron por acostarse debajo de las mantas sin cambiarse de ropa.

   La choliba que vivía en la torre de la iglesia rompía de vez en cuando la oscuridad con su ulular mortuorio.

    Aún no habían cogido los mayores el primer sueño, cuando se sobresaltaron al oír un gran estrépito en la cocina. Levantáronse asustados, salieron al rellano y cambiaron impresiones en voz baja sopesando la situación.

-¿Has oído, Eufrasio?-

-Ya lo creo, ¿qué opinas Antolín?

-No sé, serán los gatos que han tirado algún cacharro.

-¡Pero…, si no tenemos gatos!.- exclamó Engracia con cara de preocupación.

 Bajaron despacio, como si de una comitiva patibularia se tratase. Seguramente les hubiera gustado parar el tiempo y no tener que enfrentarse a ese enigma.

   Ni que decir tiene que los corazones de aquellos penitentes sonaban como tambores desbocados y parecían estar al borde del colapso. La vieja escalera pareció crujir más fuerte que nunca a pesar de sus tenues pisadas, pero eso no impidió que cesaran los ruidos. Cerca ya de la puerta se dieron cuenta  que lo que salía de la cocina no era un bullicio inconexo, sino cantos y rezos satánicos muy claros. Se quedaron petrificados.

    Eufrasio y Antolín, dominando a duras penas el terror que casi les paralizaba, se asomaron con mucha cautela al interior de la estancia y vieron con pavor como sartenes, pucheros y demás utensilios de cocina volaban  sin que nadie los tocase. Las puertas de la alacena se abrían y cerraban enloquecidas. En un rincón se veían varias figuras femeninas en actitud de reverencia. Eran brujas  adorando a una enorme figura demoníaca. Sin duda era el mismo Lucifer tomando la forma de un horripilante macho cabrío

   Los troncos del hogar ardían proyectando una luz infernal por  la cocina. Las purnas saltaban alocadas  celebrando el ritual satánico. El olor a azufre lo invadía todo.

   Aquella sombra roja lanzó una mirada a los aterrados visitantes y soltando un bufido inhumano se levantó majestuoso y rió burlonamente. Su risa fue una carcajada de ultratumba que heló el alma humana y animal de la casa.

    Diéronse la vuelta y subieron las escaleras como alma que lleva el diablo (nunca mejor dicho) y no pararon hasta que llegaron a la habitación principal y, atrancando la puerta con el arcón, se pusieron a rezar  con todo el miedo y la fe del mundo, esperando lo peor. Abajo seguía oyéndose el fragor de la ceremonia por lo que no se atrevieron  a moverse de aquel rincón en el que se habían acurrucado. Y, en esa posición, se les fue pasando el tiempo tan despacio, tan lentamente les pasaba, que parecía no pasar  y no sentían otra necesidad que la de rezar. Mientras tanto los niños, ajenos al horror que estaba viviendo su familia, seguían durmiendo.

   Y en esa situación les llegó el alba y empezaron a entrar los primeros rayos de sol por las rendijas de la ventana y con ellos apareció un rayo de esperanza en esa noche de desesperanza.

-¿Qué hacemos? – preguntó Eufrasio.

-Algo habrá que hacer. – contestó el hermano.

-Lo que no podemos es quedarnos quietos.- remarcó Engracia

   Sin despertar a los niños decidieron que era necesario tomar una determinación y bajaron los dos hombres armados con sendas horcas al lugar del aquelarre. Llegaron a la cocina y no oyendo nada se asomaron a la estancia y quedaron estupefactos. Todo estaba en orden, todo estaba como si nada hubiese pasado. Ni desorden, ni olores raros, ni señales esotéricas; vamos, nada de nada.

-No lo habremos soñado.

-Pues para ser un sueño, parecía muy real.

-Además no podemos haber imaginado todos lo mismo, imposible, aquí ha ocurrido algo y bien pudiera ser asunto de brujería.- terminó la discusión Engracia.

   Salieron a la calle e indagaron en las casas vecinas. Nadie había oído nada la noche anterior por lo que casi estaban por dar zanjado el asunto cuando acertó a pasar por allí una mujer con fama de bruja y a la que algunos vecinos le solían encargar asuntos no muy claros como  pócimas, hablar con los muertos o curar ciertas dolencias y otros trabajos poco cristianos.

   Los miró, y al verlos tan preocupados y demacrados preguntó:

-¿Acaso habéis tenido pesadillas esta noche?

La pregunta era inocente, pero la acompañó con una ambigua sonrisa y…

Aquellos desdichados creyeron que era una señal inequívoca de la autoría brujeril y sin ni siquiera contestarle se fueron inmediatamente al Ayuntamiento y denunciaron ante el Zalmedina (1) de la villa a la pobre mujer. Éste se alegró de que el asunto no fuera de su jurisprudencia, se lavó las manos y se lo pasó al Tribunal de la Inquisición de Zaragoza sito en el palacio de la Aljafería.

   Durante el juicio, los vecinos adujeron que la “bruja” tenía, habitualmente, comportamientos extraños y declararon que echaba mal de ojo, ponía en la puerta las tenazas del hogar haciendo una cruz, arrojaba sal en el branquil de su puerta en tiempo de tormentas e incluso un testigo llegó a decir que le había oído comentar que, cuando se murió su marido, el carro que llevaba el féretro fue sin conductor hasta el cementerio.

   Generalmente los veredictos de brujería acababan con los denunciados en la hoguera o en la horca, pero, en este caso,  el Santo Oficio decidió que las pruebas presentadas no eran lo suficientemente concluyentes y además, no afectaban a ningún dogma cristiano. Por lo tanto consideró que eran meras alucinaciones de los denunciantes, posiblemente provocadas por alguna pócima o conjuro de la denunciada por lo que la sentencia  la condenaba sólo a seis meses de cárcel a cumplir en las mazmorras del citado palacio de la Aljafería.

  Durante el juicio  la vecina acusada intentó explicar al tribunal, sin ningún éxito, que toda aquella enigmática locura podía ser debida a la ingestión de pan de centeno infectado con un hongo llamado cornezuelo, el cual provocaba alucinaciones. Pero no le hicieron ningún caso y el fallo se cumplió inexorablemente.

   Pasados los seis meses volvió a Sariñena y coincidió que aquel año hubo grandes sequías y múltiples pedregadas que asolaron los campos de todos los habitantes de aquella villa milenaria.

M.A.C.P.

Zancarriana w

LOS MEMBRILLOS DE LA TORRE MIRALLAS


    Corría el año 1958 cuando sucedió esta pequeña historia que en cierta forma tiene algunas concomitancias con la del abuguero relatado en la revista anterior, pero esta vez con membrillos. Esos frutos del otoño ásperos y hermosos en su sazón, pero bastante denostados como alimento.

    Era una mañana de un  día cualquiera de clase y en el vetusto caserón de las Escuelas Nacionales se vivía una jornada tranquila.

     Había sonado el timbre que marcaba la hora del descanso matinal para que alumnos y alumnas salieran cada uno a su correspondiente patio. En aquellos tiempos los recreos eran independientes para que no hubiese “problemas” de confraternización.

   Pues sucedió que en ese día varias niñas, seis para ser exactos, tuvieron la peregrina idea de hacerle una visita al magnífico membrillero sito en la torre de Mirallas, árbol que tentadoramente asomaba sus amarillos frutos a pocos metros de las escuelas.

   Total estaba muy cerca y no tardarían nada, seguramente pasaría inadvertida su falta en ese intervalo de tiempo. El meollo del plan era coger alguno de esos frutos y comérselo de vuelta en el recreo.

   No era raro en aquella época que el alumnado  llevara en su cartera algún que otro membrillo para compartirlo a mordisco limpio con las amistades a la hora del asueto.

   Llegado a este momento, me veo obligado a hacer un inciso para recordar a las humildes garroferas que alguien plantó en los citados recreos y también en el Camino de las Torres. Sus vainas alargadas de color marrón oscuro igual servían de alimento para el ganado, que de dulzona chuchería para la infancia de aquellos tiempo difíciles.

   Volviendo al tema… Estando las muchachas en el punto álgido del “arriesgado” plan apareció Dolores, la dueña de la torre, y viendo lo que estaba sucediendo comenzó a dar grandes voces contra las atrevidas aventureras que, atemorizadas, pusieron pies en polvorosa en dirección a su lugar de origen. Pero hete aquí que la tal señora debía ser muy tenaz pues no dándose por satisfecha con la desbandada de las niñas fue tras ellas con escaso ánimo pacificador. Ya en las nacionales y ante aquellas voces poco convencionales salieron de sus clases para ver lo que ocurría las maestras doña Pilar Dueso, doña Emilia Arán, doña Mª Pilar Pinilla y una maestra de Lérida que también se llamaba Pilar, a enterarse de a qué venía tamaño bullicio.

   Cuando por fin se instauró la calma, las docentes inquirieron a la enfadada señora el por qué de tanta escandalera. Hubo las consiguientes acusaciones y en un momento se organizó un juicio a tres bandas. Pueden imaginarse ustedes la escena: por un lado la enfadada mujer haciendo de fiscal, por otro las cuatro maestras ejerciendo de juezas  y en el lado de los culpables las “desgraciadas” alumnas esperando sentencia.

   Oídos los alegatos de la parte afectada se dictaminó la culpabilidad de las muchachas y se oyeron seis pedagógicas bofetadas, se hizo el silencio y se terminó la diatriba. Y dicen las leyendas populares que a tres de ellas las enviaron al acabar el curso a Huesca para “reciclarse” en unos Ejercicios Espirituales de una semana de duración.

   El resto de la clase también recibió la correspondiente reprimenda para que a ninguna se le ocurriera imitar a aquella media docena de “rebeldes” muchachas.

  Eran tiempos donde las niñas estaban en la escuela hasta cuarto grado y los niños hasta sexto. Las diferencias también se extendían a las asignaturas, puesto que ellos tenían clases diríamos… normales, tanto por la mañana como por la tarde hasta las cinco y ellas dedicaban las tardes, hasta las seis, a sus labores: aprendían corte y confección de ropita de bebe, tipos de punto, ojales, tu y yos, peinadores, etc

    Fueron tiempos de leche en polvo de sabor indescriptible, de mantequilla y queso amarillo en lata de aquellos  americanos que ya habían hecho las paces con el gobierno de Franco.

                                                                      .

RECUERDO INFANTIL

        Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.

   Es la clase. En un cartel

se representa a Caín

fugitivo, y muerto Abel,

junto a una mancha carmín.

  Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.

  Y todo un coro infantil

va cantando la lección:

«mil veces ciento, cien mil;

mil veces mil, un millón».

  Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de la lluvia en los cristales.

Machado

    M.A.C.P

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 MELCHOR EL PINOSO


   La historia que narro hoy le ocurrió a un famoso pastor local llamado Melchor Buisán  apodado “el Pinoso” y la desencadenó uno de esos episodios periódicos invernales en los que, de vez en cuando, se ve envuelta  nuestra península. Me refiero a las  famosas olas de frío que bajan del Polo Norte. La de ese año 1946 debió ser espectacular porque incluso nevó en Sevilla..

 Según cuentan, Melchor era uno de los mejores pastores de Monegros y trabajó para dos casas fuertes de Sariñena (Torres y Castanera). Vivía en el treinta y tantos de la avenida de Goya, era soltero y tenía dos hermanas: una en Sariñena que se llamaba Asunción y otra en Barcelona de nombre Trini.

   Los pastores de antes solían pasarse varias semanas en el campo con sus rebaños. En el pastoreo diario, las ovejas comían todo tipo de rastrojos como sisallos, aliagas, esparto, ricio, romero; también alfalfa, paja y maíz. Las ovejas dormían en las parideras donde también se les daba algún tipo de pienso y los pastores recalaban en unas pequeñas casas adosadas. De la comida para los pastores y del pienso de refuerzo para los animales se encargaban los criados de las casas fuertes para las que trabajaban. Estos alimentos eran transportados  con caballerías desde Sariñena.

  Llevaban el pienso y la sal para las  ovejas y el “recau” para los pastores. El recau consistía generalmente en pan, vino, arroz, judías, ajos, cebollas, sebo y alguna cosa más para que no les faltase de nada. La carne la conseguían de la caza.

  Una receta que  gustaba mucho a los pastores monegrinos de aquel entonces era la de las judías enterradas o “judías en ayuno”. Para elaborar este plato “era menester”, la noche anterior, coger un puchero y meter en él judías, patatas, ajos, sal, laurel y agua. Luego se tapaba el puchero y se enterraba en el hogar con las brasas, la ceniza y la paja y de esta guisa cocía toda la noche a fuego lento. Por razones obvias, a media noche había que añadir algo de agua. Por la mañana se le echaba pan y aceite y resultaba  un almuerzo consistente.

   Los días de los pastores solían ser  muy aburridos, lógicamente no disponían del indispensable  transistor actual  ya que su invento no ocurrió hasta el año 1953 y no se puso a la venta hasta el 1954 en EEUU,  por lo que cualquier distracción podía darse como buena. Como cuando nuestro pastor hizo buenas migas con dos cuervos que le visitaban asiduamente y a los que diariamente alimentaba. Pero un día decidió experimentar con ellos y les dio pan con vino. Contaba que aquellos animales caminaban erráticos y graznaban sin parar, vamos,  …cosas del morapio.

   El día 16 de enero de 1946 (víspera de San Antón)  empezó a nevar en toda España.  Aquí en Monegros lo estuvo haciendo durante tres días, por lo que, seguramente, debió alcanzar los cuarenta centímetros de altura. Seguidamente heló ininterrumpidamente hasta Santa Águeda y cuentan los cronistas que aquellas  heladas mataron incluso a gallinas y  oliveras. Hay registradas temperaturas en la provincia de Teruel de 22º bajo cero, en el aeropuerto de Monflorite 11º negativos y en Fraga menos 19º.

  Esa combinación de inclemencias climáticas pilló a nuestro pastor en el monte Moncalvo, en la zona de la Virgen Vieja. Allí estaba situada la paridera denominada Rajamontes perteneciente a la familia Castanera.  En esa situación tan crítica las caballerías no pudieron acercarse a llevar el pienso semanal y cuando las ovejas terminaron con el que quedaba, continuaron con la paja y cuando esta se terminó  comenzaron a ponerse  muy nerviosas y al no encontrar nada, se dieron a comer la lana de las compañeras.

   Mal lo tenía Melchor para solucionar el problemón que se le venía encima. Estaba muy preocupado porque era un excelente profesional que cuidaba y quería a las ovejas. Pasaron varios días y la cosa se ponía cada vez más difícil. Ya no podía más cuando avistó a lo lejos, entre el helado manto blanco de la estepa monegrina,  a varias caballerías en reata que por fin traían el sustento. Cuando descargaron, les fueron dando poco  a poco el alimento para que no les sentara mal y después de calmar a los pobres animales se pusieron en camino de vuelta a casa: personas, caballerías, perros y ovejas. En primer lugar y abriendo paso entre la nieve colocaron a las caballerías en fila india y detrás, en la misma situación, o sea, en hilera  las más de seiscientas ovejas. Y en esa helada situación regresaron todos. Después de cerca de cuatro horas de camino y cuando ya anochecía llegaron a Sariñena, y dicen los que lo vieron que, cuando la primera oveja entraba en la palanca sita en lo que después fue el garaje Casabón,  la última aún estaba a la altura de la fuente del Cántaro.

   Lo debió de pasar tan mal el pobre Melchor,  que años después aún lo seguía recordando emocionado.

   Esta historia se la contó Melchor a Simoné y ella me la transmitió a mí.

M.A.C.P.

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LAS MANZANETAS DE SAN JUAN Y SAN PEDRO


      Esta pequeña y pedagógica historia sucedió en la década de los cincuenta y, como casi todas las que son protagonizadas por el  pueblo, no aparecen en los libros y suelen desaparecer en unas pocas generaciones. La que nos ocupa hoy me la relataron por casualidad en una de esas tertulias que suceden a diario y en las que se habla más de lo humano que de lo divino.

   Los actores principales de ella fueron  una cuadrilla de críos de los de entonces, críos un poco asilvestrados y con algo de malauva.

   Pues bien, ocurrió que a principios del mes de junio de un año cualquiera de la citada época, una tarde después de salir de la escuela se juntó la chavalería  y decidieron visitar las huertas situadas por las Barceladas y el Canillo. Aquella banda lo tenía todo controlado, conocía las huertas y sus frutos pues las habían visitado alguna que otra vez.

 Como siendo que no había llegado el verano todavía, los frutales aún no estaban en sazón, sin embargo, le tenían echado el ojo a unas manzanetas llamadas de San Juan porque maduran  entre este santo y  el siguiente, que es San Pedro. Y además seguro que sabían que esta fruta alcanza su mejor momento unos días antes de esas fechas y que después se vuelve harinosa.

   Estaban en plena faena y parece ser que no debieron tomar medidas de seguridad, cuando…, de pronto y sin avisar, apareció detrás de unas matas el dueño de los frutales que, harto de los raterillos, los estaba esperando muy enfadado. Comenzó a “carrañar” a los intrusos y todos se callaron cariacontecidos menos uno que se las dio de gallito y se encaró con el dueño. Y ocurrió que por levantar demasiado la cresta recibió dos sonoras tortas que lo dejaron sorprendido. La sorpresa le dejó sin habla unos instantes y cuando recobró el ánimo solo acertó a decir:

-Se lo voy a contar a mi padre que es el sargento de la Guardia Civil.

-Pues le dices a tu padre que te las ha dado el Conde.

  Según parece el asunto se zanjó sin problemas para el hortelano y en cuanto al chaval, lo más seguro es que se callara el rifirrafe ocurrido porque en aquellos tiempos los padres tenían un concepto más estricto de lo que debía ser la educación de los hijos y seguramente le hubiera caído algún castigo más.

  Eran tiempos en que el cuartel de la Guardia Civil estaba a rebosar de guardias de todas las graduaciones. Desde el último número hasta el  capitán residían junto con sus familias en el acuartelamiento.

  Eran tiempos en que los críos del pueblo jugaban al fútbol  en alguna de las eras (Chin, Mora, Bolera…) que rodeaban el pueblo con unos balones de reglamento forrados de badana cuyo peso desafiaba los escasos músculos de los chiquillos. Los equipos se formaban mediante antiguas y estrictas normas. La más usada era la del pie: los dos líderes se ponían uno frente al otro y se iban acercando paulatinamente poniendo un pie delante del otro hasta que se encontraban, perdía el último que se quedaba sin poder colocarlo. El ganador elegía primero a la estrella del balompié, el perdedor escogía a la segunda estrella, seguidamente iban llamando a los que servían de relleno hasta que no quedaba nadie. Los últimos en ser seleccionados asumían su papel de segundones sin resentimiento aparente. Al dueño del balón se le concedía un trato de favor por razones obvias.

  También se organizaban bandas que andaban enzarzadas en “guerretas” a pedradas en las “canteretas” situadas detrás de lo que hoy es la  Residencia.

  Tiempos de frustraciones, gusaneras en la cabeza y roña en las rodillas.

M.A.C.P.

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EL TOCINO EN EL RÍO


    El asunto que nos ocupa en esta ocasión ocurrió pocos años después de terminada la Guerra Civil y en él se vio involucrado de nuevo una “recatalla” de críos cuya única diversión veraniega era la de irse a bañar a alguna de las distintas badinas que jalonan nuestro olvidado río Alcanadre.

   Fue en un día cualquiera de un caluroso verano de principios de los años cuarenta cuando  un vecino de la localidad tuvo la irracional idea de desembarazarse de un tocino que se le había muerto arrojándolo al río en la badina que está situada debajo de la ripa del Cuervo.

   Como todas las tardes aquella pandilla, entre los que se encontraban Vicente Romerales, Basilio Grañón, José Tierz y otros, se fue a bañar al citado lugar, aunque en esa ocasión no se dieron cuenta de que en las proximidades de su lugar de recreo había un indeseado bañista en un avanzado estado de descomposición. Parece ser que el cadáver del cerdo quedó  atascado entre los juncos y demás vegetación de la ribera del río, en contra del plan del insensato dueño que no era otro que hacerlo desaparecer embarcado en un macabro viaje en dirección a Sena.

   Los muchachos nadaron, rieron, se lo pasaron bien y posiblemente bebieron de aquella agua emponzoñada por salmonela y no pasó nada; pero al cabo de unos días empezaron a enfermar uno a uno y todos ellos con los mismos síntomas. Avisado el médico D. Pedro Cascales dictaminó el asunto como epidemia de fiebres tifoideas (lo que en lenguaje popular de aquella época se conocía como las fiebres: lo mismo fueran malta, reumática, aftosa, o la que nos ocupa). El cansancio extremo, la falta de fuerzas, las diarreas y la fiebre, que rondaba  los 40º, hicieron que los enfermos permanecieran postrados en cama durante dos o tres semanas.

   Hubo grandes preocupaciones familiares por el riesgo de  posibles  fatales consecuencias y lloros por parte de las madres. El doctor Cascales viendo el grave riesgo que corrían aquellos muchachos no los dejó de la mano ni un solo momento, incluso los iba a visitar noche y día. Les recetó un tratamiento adecuado de antibióticos y mucha cama y la cosa no pasó a mayores.

   El médico denunció el caso a la Guardia Civil, a pesar de la opinión contraria de alguno de los perjudicados, pero no se pudo averiguar nada porque nadie dio pista alguna sobre el culpable de tal acto criminal y pasado un tiempo se dio carpetazo al asunto.

   El aburrimiento que debieron sentir aquellos chavales en el lecho del dolor, sin tebeos, radio, televisión, ni amigos que los visitasen por miedo al contagio debió ser eterno en unas mentes juveniles inclinadas a “parar” poco en casa. Aunque “como no hay mal que por bien no venga” se libraron durante una buena temporada de asistir a aquellas clases de las Nacionales, digamos también… un poco eternas.

   Aunque parezca mentira, la historia volvió a repetirse  a mediados de los sesenta cuando varios mozalbetes, acuciados por la sed, decidieron beber agua del brazal denominado de las Monjas que baja desde  el campo de fútbol hacia el convento del Carmen y volvió a suceder lo mismo. En este último acto delictivo alguien había arrojado varios pollos muertos en el citado brazal

    Seguramente que, en ambos casos, se obró solamente por ignorancia, sin embargo esa necedad no puede utilizarse para dejar de calificarlos como actos execrables y penables .

   Esta historia me la contó D.R.G. en una mañana de un día cualquiera del pasado mes de agosto.

M.A.C.P.

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Zancarriana w

 JUDÍAS VIUDAS


    El sabroso título de este nuevo trabajo de investigación surgió en una grata conversación con Luis Arasanz de la Venta Ballerías  una mañana del mes de junio en el tozal de Mataliebres y  terminó en la trastienda de la guarnicionería de A. Royo con José Lerín de entendido en el tema. Tertulias en las que se habló del vivir diario de la gente que salía al monte a segar en verano,  a coger olivas en invierno o a preparar el sementero en otoño.

   Eran veranos duros y calurosos, de gabilladoras en los montes y trilladoras en las eras, faenas que bien podían durar un mes o mes y medio y de  inviernos fríos,  reumas, sabañones y velas en la nariz.

   En el monte la comida no andaba escasa porque a lo que solían llevarse de casa le añadían la caza que conseguían con escopetas o preseras. Más modernamente, cuando se generalizaron las cosechadoras a finales de los cincuenta, uno de los segadores se colocaba estratégicamente encima del aparato y desde ese mirador privilegiado disparaba a los conejos que salían asustados por el ruido de la máquina. También podían llevarse de casa a las gallinas y pollos para que aprovechasen los granos que se desperdiciaban por los campos, para comerse los huevos que ponían e incluso la carne de alguno de esos volátiles .  Se bebía vino en bota y agua del río o de las balsas, previo desalojo manual de los bichos que pululaban  por la superficie de estas últimas.

   Había tanta caza que  los de la Venta tenían permiso de Gobernación para cazar en el coto que llamaban Industrial hasta 7.500 conejos al año, pero con la particularidad de que el 50% de ellos debían de donarlos para caridad. Casi cada mañana sacaban a la Sesantina un saco lleno de conejos, mientras en la oscura estación de la calle Cabestany esperaba  un funcionario de la DPH para recoger el saco y repartirlos por las distintas casas de beneficencia de la capital.

  Pero sigamos con los menús-tipo de aquellos esforzados segadores: desayunaban  al amanecer gazapos al ajillo; al mediodía era muy apreciada la sartenada de conejo, patatas, arroz y caracoles y cuando se ponía el sol no podían faltar la lechuga, el pepino, la verdura, el bacalao con cebolla o tomate y de postre fruta. Si quedaban ganas  venían bien unas partidas de guiñote y con la incipiente oscuridad se retiraban a un ”mullido” rincón de paja para dormir en compañía de arañas, roedores y alguna culebra despistada. La iluminación le correspondía a la luz de un candil de mecha (hilo de algodón o tela vieja  y aceite).

  Como  podemos imaginar, la higiene era escasa y sólo se bañaban cuando  el río estaba cerca. La ropa interior se la cambiaban muy de vez en cuando y siempre dependiendo de la distancia al pueblo.

  Al más joven o al que menos aguante tenía, se le encargaba, cuando era necesario, la misión de acercarse al pueblo en burro a hacer recados, a buscar el pan, el vino, las judías, el aceite o el agua.

 Y para finalizar les traslado la receta que me contó Luis y que me aseguró que era la preferida de los segadores: “las judías viudas”.  Se ponía un puchero al fuego con judías blancas de las llamadas “chata blanca” originarias de Sariñena (hizo una excelente alabanza de dichas judías tildándolas de las mejores y sin embargo ahora casi perdidas), se le añadía laurel, una cabeza de ajos, aceite y sal, mientras tanto se cogía una fuente de porcelana y se cubría el fondo de pan cortado como para sopas y se empapaba de aceite. Cuando las judías estaban cocidas se echaban hirviendo sobre la fuente de pan y ya se podían comer a rancho.

   Eran tiempos de cromos de futbolistas, Calcio 20, aceite de hígado de bacalao, pan con vino o aceite y azúcar, de críos jugando por las calles a los pitos de roña,  cristal o hierro, patinetes artesanales deslizándose por la calle del Enado o la del Horno, marro,  carreras ciclistas con chapas, a las perras negras, al cuadro con enormes clavos o navajas, a las cartas en forma de carpetas, a las tabas (tripa, hoyo, rey y verdugo) con toda la mala leche de algunos, a la una andaba la mula, a churro media manga o manga entera, al aro,  al palmo, etc… y las niñas, a la comba , a catarro  al duble, al corro, hacer comidetas, a tú la llevas, al pañuelo, al cordón, al aeroplano, a cortar el hilo, etc.

   Desgraciadamente todos ellos perdidos en la actualidad.

M.A.C.P.

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