Diario distópico de Los Monegros

Caseta

Día 0 antes del aislamiento.

Los primeros días decían que el virus estaría de paso, seguramente viajaría por la nacional II y con suerte solo se detendría por alguna de las áreas de descanso de Bujaraloz o Peñalba, tomaría un café y continuaría de nuevo con su infeccioso viaje. Simplemente estaría de paso.

Aquí, en Los Monegros, no suele venir mucha gente, así que parecía un lugar seguro. La situación parecía controlada, pero las noticias no pararon de alarmar, en Madrid se estaba haciendo fuerte y pronto iban a tomar medidas muy duras por todo el país. El virus se estaba extendiendo.

Aurora bajó pronto a Sariñena, era sábado, un 14 de marzo del 2020. Al aproximarse a la tienda observó gran cantidad de gente que se encontraba agolpada en el interior. Había de todos los pueblos y muchos habían vuelto desde las ciudades a refugiarse, salían con los carros repletos, estaban acaparándolo todo. El riesgo de contagio era muy alto.

Aurora volvió al pueblo sin la compra y sin perder un segundo se reunió con su marido. Antonio estaba con ella, cogieron a sus tres hijos y a la abuela María y les comunicaron su decisión: Se iban a refugiar todos en la antigua caseta del monte.

Prepararon todo, cargaron alimentos en la furgoneta, enseres de cocina, colchones, mantas ropa, herramientas, libros, cuadernos, lápices y bolígrafos, pozales y tinajas llenas de agua… y la muñeca de Elisa, la pequeña de los tres hermanos. Incluso en el remolque subieron las gallinas, unos tres cerdos y a Mallacán, un perro Beagle joven y vital que no paraba de correr y que costó lo suyo subir al carro.

Partieron antes del anochecer, con el tiempo justo de acomodar la vieja caseta, recoger algo de leña, encender el fuego, cenar caliente y acostarse.

Día 1 de aislamiento, 15 de marzo del 2020.

Amanecieron en la caseta con los primeros rayos de sol entrando por la maltrecha ventana. La puerta tampoco andaba muy lejos, también dejaba pasar el aire y la luz y el tejado necesitaba una conveniente revisión. De manera que el tejado fue una prioridad, se avecinaban lluvias y había muchas cosas por hacer.

Pronto Antonio se puso manos a la obra, arreglando el tejado, colocando bien las tejas y cambiando las que estaban mal. Mientras, Aurora reconstruía algunas partes del corral para instalar bien las gallinas y tocinos. Le ayudaba Josete, el hijo mayor, mientras Clara, la mediana, se dedicaba a recoger leña junto a Aurora, que andaba distraída jugando con el imparable Mallacán.

A la hora de comer, la caseta ya se encontraba en orden y la abuela María había cocinado una riquísima sopa, -como  las de antes-, viejos sabores que le traían agradables recuerdos.

Por la tarde vieron como las nubes iban acechando y poco a poco todo se fue oscureciendo, amenazaba una gran tronada. No tardó la fuerte tormenta en aparecer, haciendo temblar la caseta, arreciando una gran airera que sacudía los pinos de la sierra como si fuesen a caer. Los relámpagos entraban por la aún maltrechas ventana y puerta. Todos se agruparon a la lumbre, la hoguera les daba luz y calor. Elisa sujetaba fuertemente su muñeca y el silencio se veía interrumpido por intermitentes y estrepitosos truenos. Josete atribuyó todo al cambio climático, mientras Clara veía una mano maligna para desestabilizar a China con el Covid-19, sin embargo para  Antonio todo eran tonterías. Aurora les interrumpió, no quería que la joven Elisa se asustase más y comenzó a tatarear una vieja canción que creía olvidada.

La abuela María no pudo evitar conmoverse de felicidad, ha vuelto a su niñez con sus padres y hermanos en la caseta que la vio nacer y donde ahora se encontraba con su hija Aurora, con Antonio el yerno y los nietos Josete, Clara y Elisa.

Pasada la tormenta la noche estuvo en calma. Se acostaron pronto sumiéndose en la profundidad de la noche hasta que un inesperado chillido irrumpió los serenos sueños. Era Elisa.

Día 2 de aislamiento, 16 de marzo del 2020.

El chillido de Elisa había despertado a todos pero en la caseta no se veía nada, el fuego del hogar había perdido vitalidad y apenas iluminaba; ninguno sabía lo que pasaba.

Aurora encendió una vela y el interior de la caseta se iluminó con sus sombras y penumbras. Elisa estaba de pie, agarrando su muñeca, la estrujaba, mientras un ratón chiquitín se encontraba acorralado por Mallacán. –No, atrás Mallacán- gritó Elisa –No le hagas daño-. Rápidamente Antonio agarró por el collar a Mallacán y lo empujó al otro lado de la caseta. Aquel momento lo aprovechó el escurridizo ratón y ágilmente desapareció a través de una pequeña grieta en la pared. Se había evitado una matanza segura.

Ratoncín, Elisa dijo que así se llamaría su nuevo amigo y lo iba a proteger frente al malvado, cruel y despiadado  Mallacán. Elisa estaba bastante enfadada con el joven Beagle y  aunque por la mañana la despertó muy alegremente, mantuvo su enfado durante unos largos, larguísimos cinco minutos.

El día apareció lluvioso y la familia no tuvo más remedio que permanecer dentro de la caseta. Confinados como estaban en el resto de las casas, continuaron realizando mejoras, arreglando la ventana y la puerta, resguardando bien las provisiones y el resto de utensilios y enseres.

También se dedicaron a la lectura o a pasar el rato mirando fijamente el fuego; alguna vez se asomaban por la puerta y salían corriendo a buscar algo de leña. Aprovecharon la lluvia para recoger agua, incluso Antonio fue a la pequeña balseta de la caseta para arreglar con la azada el abandonado sistema de captación de agua. Sin embargo, a Josete y Clara la falta de su teléfono móvil y el ordenador les empezaba a inquietar, no entendían como no estaban como los demás, en sus casas, como la gente normal, con agua, luz, internet y televisión.  Todo acabó en una bronca monumental. Elisa habría preferido la tormenta del día anterior, pero como siempre, la calma volvió tras la tempestad.

Cenaron con las malas caras de Josete y Clara, estaban mudos, refunfuñando de vez en cuando. Ni se reían con las muecas de Elisa, se enfadaban más.  La abuela María trataba de ser cuidadosa y amable, no sabía ser de otra manera.

No tardaron en recostarse pronto, al caer la luz poco o casi nada había que hacer. Elisa trató con todas sus fuerzas no quedarse dormida, con la mirada atenta esperando que Ratolín apareciese de nuevo. Miraba fijamente, sin distraerse, pero también pensando en lo que había escuchado decir a sus padres sin que se hubiesen dado cuenta: habían cerrado las fronteras, no dejaban salir a las calles e incluso en muchas tiendas había desabastecimiento. Prefirió no pensar en ello y permanecer atenta a que se dejase ver Ratolín con sus alegres ojillos. Pero Elisa cayó dormida, a pesar de las historias terribles que contaban sobre el virus y que Josete no escatimó en detallar, describiendo como a los infectados les aparecía un nuevo ojo en la frente, antenas en la cabeza y se volvían verdes como los marcianos.

Día 3 de aislamiento, 17 de marzo del 2020.

Los ladridos de Mallacán despertaron a toda la familia, Elisa en seguida temió por Ratolín e inmediatamente se puso a chillar. Antonio tropezó al tratar de coger a Mallacán y cayó al suelo llevándose a Clara con él. Al fin, Aurora consiguió encender la luz y ver el desorden en que se había convertido todo. Clara lloraba al haberse lastimado un poco la pierna, Josete trataba de ayudar a Antonio a levantarse y por poco se caen los dos. Entre tanta confusión, Elisa continuaba con sus chillidos.

Mallacán no gritaba por Ratolín, era por algo que había escuchado afuera. -Quizá sea alguna ave nocturna, una lechuza o un búho-, dijo Clara, aún magullada por el golpe. Aurora abrió la puerta de la caseta y miró al exterior, después salieron todos menos la abuela María que no paraba de advertir que tuviesen cuidado. Sin darse casi cuenta, Mallacán salió disparado perdiéndose en la oscuridad, con sus fuertes ladridos. Elisa se asustó y comenzó a llamar a Mallacán, todos se sumaron a llamarlo, pero Mallacán no volvía; tampoco lo veían ni podían ir a buscarlo entre tanta oscuridad. Elisa comenzó a llorar a la vez que continuaba llamando desesperadamente a Mallacán. Hasta que de repente, entre la oscuridad, de la misma manera que había desaparecido, volvió Mallacán a aparecer. -¡Mecachis!- Elisa lo abrazó con fuerza mientras Mallacán movía alegremente la cola. Todos regresaron a la caseta, reprendiendo y a la vez acariciando al atrevido Mallacán.

Por la mañana simplemente el día goteaba un poco, los romeros, el tomillo, las aliagas… estaban en flor, los aromas embriagaban y los cantos de los pajarillos alegraban el amanecer. Clara descubrió unas pisadas, no eran las de Mallacán, eran muy parecidas pero no coincidían con la del joven Beagle. Josete encontró cerca otro rastro, eran unos excrementos sobre una piedra, debían de ser de una rabosa que había estado merodeando por la noche. -Por eso había ladrado Mallacán- exclamó Clara.

Tras la presencia de la rabosa había que reforzar el corral, proteger las gallinas y levantar más la tapia. La familia se puso en ello, fueron trayendo y colocando piedras en el muro. Tenían que tener cuidado al levantar cada piedra del suelo, debajo podía aparecer un alacrán y picar.  El espinguitero de Josete le dijo a Elisa que si le picaba un alacrán le transmitiría el virus y se volvería verde. Elisa dejó de coger piedras y se entretuvo jugando con Mallacán, no quería volverse una marciana.

Tras la cena, estuvieron un rato agrupados al calor del hogar, recordaron lo que había pasado por la madrugada, soltaron decenas y decenas de risas y carcajadas. Elisa también reía pero a la vez no dejaba de observar a su familia, tal vez alguno pudiera haber sido picado por un alacrán y pudiese comenzar a volverse verde.

Elisa pronto comenzó a caer rendida, cansada del duro día. En seguida se fue a dormir, colocando un poquer de grano para Ratolín, cerca de la grieta por la que había desaparecido por última vez. Trató con todas sus fuerzas de no quedarse dormida para poder ver de nuevo a su amigo, esperando que tampoco estuviese afectado por el virus y no fuese un ratón marciano.

Día 4 de aislamiento, 18 de marzo del 2020.

La noche por fin fue completamente tranquila, durmieron de un tirón y sin ningún sobresalto. En la vieja caseta se levantaron temprano, no sin antes remolonear al abrigo de los sacos de dormir. El día amaneció nublado, como los días anteriores, pero ya sin nada de lluvia. Alimentaron el fuego y se llevaron algo a la boca en forma de desayuno. Sin dilatar más el tiempo se dispusieron a trabajar.

Josete, Elisa y la abuela fueron a buscar agua a la balseta, es lo que la abuela había hecho desde su niñez hasta que llegó el agua corriente a las casas. Iban con pozales y cantaros sobre sus cabezas, casi todos los días acudían a buscar agua a la balsa, para beber, asearse, fregar, lavar la ropa… -No fuiste a la escuela, abuela- preguntó Josete, -Entonces a la escuela se iba poco, había que ayudar en casa- respondió la abuela. Además de ir a buscar agua a la balsa, María les contó muchas de las cosas que hacía de pequeña: ayudaba con todas las faenas de casa, cocinar, fregar, lavar la ropa, cuidar a sus hermanos y además atendía los animales del corral, iba a la siega, cogía esparto, hacía sogueta… -¿Sogueta?- pregunto extrañada Elisa sin saber qué era -Ya te contaré- contestó la abuela –Aura vamos pa la balseta a coger agua, que no tenemos toda la mañana-.

Elisa nunca se había imaginado que la abuela hubiese hecho tantas cosas, incluso era capaz de hacer las más sabrosísimas croquetas, unos súper peducos de lana para ir por casa y unas cosquilletas o bufadetas y pedorretas insufribles por la pancha y el melico. Sin lugar a duda, era una híper mega súper abuela.

Todos continuaron haciendo muchas faenas hasta la hora de comer, luego se permitieron descansar un ratico.

Esquilas, sin esperarlo comenzaron a escuchar esquilas de un rebaño y el balido de ovejas y cabras. Así fue, un rebaño de una doscientas cabezas comenzó a asomar tras la loma. Ya era por la tarde y el pastor recogía el rebaño para que no se le echase la noche. Aurora y Antonio conocían al pastor, era del pueblo. Hablaron un rato con el pastor y consiguieron que les dejase unas cuatro cabras para leche y un choto, -Cuando todo pase te las devolveremos, prometió Antonio. Federico, el pastor, marchó cabeceando y exclamando –Dura, muy dura va a ser esta batalla, ¡Qué os vaya bien!-. Entre tanto, Clara tuvo que sujetar a Mallacán para que no se abalanzase sobre las ovejas.

A Elisa la situación le comenzaba a intrigar demasiado, Federico había comentado que hacía días que habían movilizado el ejército  por todo el país y la gente permanecía confinada en sus casas, la situación era muy preocupante. El ataque del virus alienígena era una terrible amenaza, se estaban librando grandes batallas por todo el mundo y había que estar preparados. Elisa se durmió urgiendo un plan contra los extraterrestres: volverse invisible.

Día 5 de aislamiento, 19 de marzo del 2020.

A media noche Elisa despertó decidida a poner en práctica su arduo plan contra los extraterrestres y sin contemplaciones se puso manos a la obra para hacerse invisible. Aunque lo pensó mejor y vio que no era suficiente con hacerse solamente ella invisible, debía de hacerlo extensible a toda la familia.

Al alba, una ligera boira cubría el horizonte y, aunque el gorjeo de los gurriones alegraba la mañana, el invierno resistía a marcharse. Pero ¿Qué pasó con el plan de Elisa? ¿Había hecho a su familia invisible?.

La familia despertó con un sobresalto al contemplarse los unos a los otros, quedándose perplejos, turulatos y patidifusos; todos menos Elisa, la única que no puso cara de sorpresa. Tal vez, por algo todos la miraron con aires acusatorios, sabiendo que ella era la responsable. Ante tal inesperada sorpresa, flipe y alucine, no pudieron dejar de desternillarse, descuajaringarse y troncharse de risa. Pero esto, claramente, para nada iba a quedar así y una buena carrañada planeaba sobre Elisa.

Todos llevaban la cara pintada de verde y un tercer ojo en la frente, Elisa les había transformado en marcianos –Así el virus no nos atacará!-, era la mejor forma de volverse invisibles al virus –Ahora somos marcianitos y pensaran que somos de los suyos-, pero el resto de la familia no la tomaron en serio. Todos acabaron restregándose la pintura de la cara a pesar del fastidio de Elisa, pues en vano se resistió a quitarse la pintura. Pero lo peor de todo es que le confiscaron las pinturas, no habían entendido el plan de Elisa, eran unos irresponsables y sus vidas estaban en peligro.

El sol por fin apareció y dejó atrás la ligera boira. Tuvieron que ir a buscar mucha más agua, se estaba convirtiendo en una rutina pero hoy era mucho más necesaria, habían gastado mucha para lavarse la cara. A Josete aún se le marcaba el tercer ojo, logrando la burla y recochineo de Elisa y Clara durante toda la mañana.  –Así nos aseábamos antes, calentábamos el agua al fuego y luego nos íbamos aseando poco a poco con el agua y a los más pequeños dentro de un barreño- contó la abuela, -Ahora vivimos como tú antes, abuela- respondió Clara y así es, nunca María había imaginado terminar viviendo en la vieja caseta con sus nietos.

Cocinar lento al fuego del hogar, lavar la ropa y secarla al aire libre, alimentar las gallinas, coger los huevos, sacar a pastar y ramonear a las cabras, ir a buscar leña… todo obligaba a ir realizando faena tras faena. Pero hoy había una novedad, había que ordeñar las cabras. Las colocaron una a una sobre un altero, les limpiaron con agua tibia las ubres y luego las ordeñaron cuidadosamente depositando la leche sobre un pozal. Colaron y guardaron la leche para hervirla varias veces antes de consumirla. Todos bebieron un poco de leche de cabra antes de acostarse a dormir.

Elisa se acostó sabiendo que su plan había fracasado, era una pena, pero lo mejor era que habían sobrevivido un día más al letal virus alienígena. -¡Ay!-, había caído en cuenta que hace tiempo que no sabía nada de Ratolín y el grano que había dejado aún estaba. Se quedó contemplando la grieta pero el sueño le venció sin llegar a ver a Ratolín.

Día 6 de aislamiento, 20 de marzo del 2020.

Ratolín había salido de su escondite, olisqueaba todo y poco a poco fue acercándose al puñado de comida que Elisa había depositado sobre el suelo. Justamente Elisa abrió los ojos y lo contempló por un instante hasta que Ratolín se esfumó al advertir su presencia. Por un momento se habían mirado directamente a los ojos, una mirada inocente y fugaz, pero que bastaba a Elisa para saber que verdaderamente era su amigo. Y suerte que, por esta vez, Mallacán no se había enterado.

La primavera había llegado. Amaneció el día despejado, al principio algo frío pero fue mejorando a la vez que el sol transcurría a través del horizonte. Esta vez desayunaron leche de cabra. La leche de cabra era rara, tenía un sabor diferente pero no había otra, así que tenían que ir acostumbrándose. Había que habituarse a muchas cosas nuevas, no había baño ni forma de ducharse, tenían una zona determinada, un aujero detrás de unas coscojas donde pichar y hacer asuntos mayores. Allí iban todos, todos menos Mallacán que lo hacía donde le venía en gana a pesar de las muchas carrañadas que se llevaba.

Las mañanas se estaban convirtiendo en una rutina de trabajos mientras que las tardes eran más libres, para jugar, pintar o leer. Elisa acababa agotada todas las mañanas y aquel mediodía se tumbó sobre la húmeda hierba. Mallacán había hecho lo mismo pero a la vez mordisqueaba un palo que, poquer a poquer, fue despedazando. Entre tanto las nubes flotaban en el cielo, con sus formas de seres y objetos, una se parecía a Ratolín y otra a la vieja cafetera de la abuela -¡Qué bonitas son las nubes!-, pensó para sí misma Elisa.

Ovnis

No, no podía ser, unas nubes parecían platillos volantes, trataban de confundirse con las nubes, pero Elisa no iba a caer en esa trampa. Los llamó a todos y les señaló los ovnis, los había desenmascarado. –A la caseta, a la caseta a esconderse- gritó Elisa mientras su familia, siguiéndole el juego, obedeció apresuradamente. Allí permanecieron ocultos hasta que Elisa comprobó que el peligro había desaparecido, se había pintado la cara de verde y un tercer ojo en la frente, le faltaba la antena, pero corrió con ese riesgo y se asomó a través de la ranura de la puerta. Minuciosamente comprobó como las nubes alienígenas habían desaparecido y felizmente todos pudieron salir seguros y en calma.

La tarde fue tranquila, al resguardo de la caseta y el calor del hogar. María lavó a Elisa cuidadosamente y luego le cepilló el cabello detenidamente. Tras la cena estuvieron hablando de muchas cosas, de cómo irían las cosas por el pueblo y si todos estarían bien. Pronto Elisa se fue a dormir, pensando que no podía quedarse con los brazos cruzados, tenía que hacer algo para mantener a salvo a su familia. Sabía que tenía que tramar un plan, pues esos malditos marcianos no iban a ganar.

Distopico

Día 7 de aislamiento, 21 de marzo del 2020.

Los días de aislamiento comenzaban a causar desánimo en la familia, después de todo habían desconectado socialmente y tecnológicamente del resto del mundo, sin ningún tipo de noticias por teléfono móvil, internet, televisión, radio o prensa y sin contacto con familiares, amigos o vecinos. No obstante, si bien se habían aislado completamente, podían gozar de una comedida libertad en plena naturaleza. Resulta una vuelta atrás, a la vida de sus antepasados, renunciando a las comodidades de hoy en día pero con la esencia de la condición humana, de valorar lo verdaderamente importante y sustancial, de estar juntos en familia. Una forma de vida plenamente ligada a la naturaleza, a las raíces profundas de los saberes y cultura ancestral que nos han acompañado y definido durante siglos.

Amadrugó el 21 de marzo en pleno equinoccio de primavera, a partir de ahora los días iban a alargar. Las cebada estaban preciosas, crecidas y vigorosas, frondosas y verdes; la abuela decía que este año iba a ver una gran cosecha. Cerca de la balsa, por los margüines salían rojos ababoles y florecillas blancas y otras amarillas. Revoloteaban las mariposas y una marieta centró la atención de Elisa, era una mariquita roja de siete puntos negros. Elisa se encontraba bajo una sabina, una de las muchas que salpican Los Monegros. Una piedra blanca, completamente blanca llamó su atención, era preciosa.

Elisa le enseñó la piedra a su abuela -Es una piedra de yeso. Antes las recogían para cocerlas en un horno, luego las molían y de esta forma obtenían el yeso en polvo para construir-. Definitivamente, la yaya María sabía muchas cosas. –Para el horno empleaban de leña fajos de romero que ataban con un fencejo-. -¿Qué es un fencejo?- preguntó Elisa. –Es una sogueta, de esparto, servía para atar muchas cosas como las gabillas, fajos de cebada o trigo, durante la siega-.

De verdad que era una piedra muy bonita, blanca, brillante… y había muchas más, esta se la iba a guardar.

Por la noche, recogidos al calor del hogar la abuela contó algunas cosas más  sobre la sogueta, de la que curiosamente había un trozo en la misma caseta. -Recogían el esparto y luego hacían sogueta muchas mujeres y niños y niñas por las calles en verano o en las casas durante el invierno, al calor del hogar. -¡Cómo sufrían las manos!-, pero su elaboración ayudó mucho a salir adelante a las gentes humildes de Los Monegros. –Para evitar plagas en los frutales, en la noche de san Juan, se ataba un trozo de fencejo en el tronco y se hacía un ñudo- Era una especie de amuleto protector. Cumpliendo con las creencias antiguas y viejas supersticiones la familia decidió por unanimidad colocar en la puerta un trozo de sogueta viejo que había por la caseta a modo de objeto protector.

Era noche de luna menguante y próximamente habrá luna llena. Elisa ya contaba con un buen amuleto que le iba a asegurar protección, su piedra blanca y brillante de yeso. Igualmente contaban con el fencejo en la puerta de entrada de la caseta que la hacía inexpugnable frente al virus, alienígenas y otros seres malignos. Pero no había que bajar la guardia, la batalla iba a ser larga.

Día 8 de aislamiento, 22 de marzo del 2020.

La sabina se había convertido en su refugio particular, un lugar donde escaparse y jugar con su muñeca; era su rincón favorito. -La sabina era muy longeva-, contaba la abuela, -pueden alcanzar más de 500 años-. Elisa sentía su fuerza cuando abrazaba el tronco de la añosa sabina. Aparecen aisladas y en pequeños bosquetes –Son un relicto de antiguos bosques del periodo Messiniense o Mesiniano, hace entre 7,246 y 5,332 millones de años atrás- continuaba relatando la yaya. – ¡Uff, qué vértigo dan tantos años!- exclamó Elisa -¡Del año catapum!-. Pero una cosa tenía segura: la sabina era un árbol precioso, imponente y majestuoso. Había de dos tipos de sabinas, una era la albar, la más clara y abundante, con el fruto rojizo (gálbulo), y la otra la negral, que como bien dice su nombre es más oscura, con el fruto azul. La madera es muy aromática y antiguamente era quemada como incienso, con su olor resinoso intenso y agradable –Su olor ahuyenta a los insectos y hace huir a las serpientes-. -¿Y a los virus?-, preguntó Elisa –Seguro que sí- respondió la yaya María.

Elisa recogió ramillas secas de sabina, los fue guardando en una bolsa y a partir de ahora las irá arrojando al fuego una a una  cuando estén todos alredol del fogaril. La protección iba aumentando, había que hacer todo lo posible para evitar ser contagiados. Los virus alienígenas no iban a poder con Elisa y su familia. Asimismo, en ello coincidieron todos, la ramilla de sabina perfumaba maravillosamente la caseta.

El recorrido del sol comenzaba a ser familiar, solo con verlo ya sabían, más o menos, que hora del día era. La hora de comer era sagrada y solía coincidir con el sol en lo más alto.

Por la tarde, Elisa comenzó a subir a una pequeña colina desde la que divisaba un amplio territorio, desde allí vigilaba cualquier presencia, veía a rapaces surcar el cielo y olía el romero o el tremoncillo. Era como una atalaya o torre de vigilancia. Josete y Clara solían aprovechar las tardes para sus estudios y Elisa, aunque se escaqueaba bastante, también tenía que hacer sus tareas de estudio, leer y pintar.

Elisa ya tenía su sitio especial, un refugio seguro bajo la vieja sabina, fuertemente enraizada atestiguando el paso del tiempo, de sucesos, hechos y vicisitudes. Además, Elisa siempre llevaba consigo misma su amuleto, la blanca y brillante piedra de yeso. Al acostarse no olvidó de depositar, sobre el suelo, un puñado de grano para Ratolín, que aunque no lo viese, todas las noches salía para comer lo que, con mucho cariño, le dejaba.

Día 9 de aislamiento, 23 de marzo del 2020.

Ciertamente, la leche de cabra cada vez estaba más buena. Para ello tenían que ordeñar y sacar las cabras a pastar todos los días. A las cabras les gustaba trepar por la misma loma por donde Elisa había establecido su atalaya. No resultaba extraño, ya que se entretenían por el lado sur, donde había una mayor pendiente y por donde no dejaban ir a Elisa para evitar que se despeñase. Tampoco era tan patosa y la valiente Elisa se atrevía a deslizarse por una pendiente por donde se escurría de culos, a modo de esbarizaculos, hasta que sus pantalones comenzaron a desgarrarse y despedazarse. Josete y Clara descubrieron su divertimento y no desaprovecharon la oportunidad de bajar por el divertidísimo tobogán de Elisa.  Por fortuna, Caprasio custodiaba la sierra, rebaños, campos y gente.

Desde la atalaya de Elisa se veían los Pirineos y la sierra de Guara. Elisa decía que la sierra de Guara estaba a un tiro de gayata -¿cómo?- preguntaron Josete y Clara. –Así lo cuenta la leyenda de san Caprasio- respondió Elisa, a quien la abuela María se la había narrado: Caprasio debía su nombre a que fue pastor de cabras por la sierra de Guara, donde cuidaba su rebaño hasta que descubrió su vocación de monje. Con todas sus fuerzas lanzó su cayado de pastor que vino a parar a la sierra de Alcubierre. En el lugar exacto comenzó milagrosamente a emanar agua y allí se erigió la ermita en su nombre. De esta manera, San Caprasio es la mayor de las atalayas de la sierra de Alcubierre y con sus 834 metros de altitud sobre el nivel del mar es la cumbre más alta de Los Monegros. La segunda cima de Los Monegros es Monteoscuro, con una altitud de 824 metros.

“Plétora de selenita”, cuenta la leyenda como en el lugar elegido abundaba en selenita, un mineral de yeso parecido al amuleto de Elisa pero cristalizado, brillante y transparente. No obstante, la abuela decía que los selenitas también son los habitantes de la luna. Quizá morasen seres lunares por estas tierras, escondidos en los recónditos lugares, en esas cuevas escavadas en el salagón. -¡Ojalá los selenitas aterroricen a los marcianos!-.

De nuevo ha vuelto a pasar el pastor Federico cerca de la caseta, el sonido de las esquilas ha advertido su presencia. Traía noticias pero no eran buenas, se habían detectado personas infectadas en Sariñena y en otros pueblos de la provincia. La situación se estaba poniendo fea y el periodo de confinamiento se iba alargar, al menos, dos semanas más.

El estado de ánimo se había mermado bastante en la familia. Josete, Clara y Elisa echaban de menos sus amigos, el colegio, la plaza, los columpios, el tobogán… También habían hablado que los mayores tenían que tener mucho cuidado, que eran personas de alto riesgo. A la hora de dormir, Elisa cogió su amuleto, su piedra blanca y brillante de yeso y se la entregó a su abuela María para que estuviese protegida, pues ella la necesitaba mucho más.

Día 10 de aislamiento, 24 de marzo del 2020.

A media noche una luz cegadora atravesó los muros de la caseta iluminando completamente el interior. Elisa se levantó desconcertada, turbada, confundida… observando a su alrededor una luz deslumbrante y constatando que su familia no se encontraba en la caseta, ni siquiera estaba Mallacán. Las piernas se tambaleaban ante la intrigante situación, inquieta y nerviosa fue acercándose hacía la puerta tratando de salir al exterior a pesar de la pesadumbre de su cuerpo, como si fuese arrastrando las piernas. El miedo producía un escalofrío que recorría su cuerpo paralizándolo, se estremecía  cada vez que daba un paso. El miedo iba adueñándose de la joven Elisa, el misterio, la incertidumbre, el suspense aceleraba el corazón y la respiración. Al asomarse por la puerta no vio nada, se había quedado completamente cegada por la luz.

Ahí estaba ante un paisaje desértico, lunar, como las salinas de Bujaraloz sin agua. Una docena de marcianitos la estaban esperando, amenazantes, completamente verdes, con una antena y un tercer ojo en la frente que le miraban fijamente. Elisa buscó apresuradamente su amuleto pero no lo encontró, mientras los marcianos la amenazaban con sus pistolas láser, de rayos gamma y haz de virus alienígenas. Los extraterrestres emitían maléficas y endiabladas carcajadas, habían transformado a todos, incluso a Mallacán que era completamente verde, sus orejas eran antenas y soltaba babas repugnantes por la boca. También habían capturado a los selenitas, los seres lunares con ojos grandes y saltones.

De repente los marcianos dispararon a Elisa su haz, recibiendo un shock tremendo, todo se volvió blanco, quedándose paralizada y sin voz para gritar. Elisa despertó sobresaltada, incorporándose violentamente y con la respiración acelerada. Su amuleto estaba con ella y poco a poco se fue relajando y tranquilizando. Ratolín le observaba distante con prudencia y al instante desapareció atravesando la grieta. Jolín, vaya pesadilla había tenido Elisa. Mallacán se había despertado, olisqueó la zona y se acurrucó cerca de Elisa.

El día fue normal realizando las faenas habituales. Por la tarde Elisa se quedó en la caseta, estudiando y haciendo ejercicios. Luego todos hicieron un rato de lectura y Elisa leyó algunos de sus tebeos, el de los irreductibles galos Astérix y Obélix. La caseta era esa aldea irreductible, invencible ante la pandemia vírica que acecha al mundo. -¡Por Tutatis, están locos estos marcianos- pensaba Eisa para sí misma imaginando a Obélix derrotándolos a guantazo limpio.

Por la noche Elisa salió afuera de la caseta con su abuela, hacía fresco y sobre los hombros María le colocó una de sus toquillas de lana que ella misma había tejido. Había luna nueva y el cielo estaba completamente despejado,  pudiendo contemplar un maravilloso cielo estrellado, un firmamento amplio y esperanzador: -Todo irá bien, Elisa, con paciencia pronto volveremos a casa y recuperaremos la normalidad-  tranquilizó María. Elisa se durmió enseguida, sabiendo que su mejor protección era su familia.

Día 11 de aislamiento, 25 de marzo del 2020.

Ratolín con sus ojos saltones debía de ser un selenita, todo tenía sentido, por eso siempre estaba vigilante por las noches, cuidando de todos cuando estaban más indefensos. El mal sueño de Elisa, la noche anterior, aún daba mucho que pensar, había que tomar nota y estar prevenidos. Por suerte, los selenitas estaban con ellos.

La leche de cabra empezaba a entrar con ganas y mucho mejor caliente en un día que había amanecido nuboso y frío. La rabosa no había causado mayores problemas, había merodeado por el corral, pero este se mantenía seguro y las gallinas iban poniendo riquísimos huevos. Les dieron de comer y beber, también a las cabras les daban de beber ya que a la balseta, donde cogían el agua, no dejaban que los animales se acercasen.

La yaya solía encargarse de la comida, tenía mucha paciencia y la hacía poco a poco en el hogar, para subir el fuego metía más leña o si quería menos la retiraba. También calentaban el agua para lavarse, para que no estuviese tan fría y se aseaban a la antigua, casi sin gastar agua, y luego se secaban calentándose al calor del hogar. Lavar la ropa también era complicado, más bien llevaba mucho más tiempo y esfuerzo, no era tan fácil como meterla en la lavadora en casa. Había que restregarla a mano, enjabonarla y luego aclararla muy bien, era mucho esfuerzo y uno acaba agotado.

Las mañanas eran duras, pero se pasaban rápidas, casi sin darse cuenta. A Elisa ni le daba tiempo de pensar en virus ni marcianos. Eso sí, el que mejor vivía era Mallacán, siempre jugando de aquí p´allá, -¡Qué envidia!-

La sabina ocupaba parte de su tiempo, sobre todo las tardes. La yaya María le había contado historias de un antiguo bandolero que robaba a los ricos y daba a los pobres, era el temido Mariano Gavín Suñen: El Bandido Cucaracha. –Contaban- decía María- que el Cucaracha escondía parte de su botín enterrado bajo una sabina- Esta podía ser la sabina del Cucaracha, donde tramaría sus hurtos y robos y se sentiría seguro ante sus perseguidores- pensó Elisa -Igual, además de su botín, podría estar el trabuco del célebre Cucaracha. ¡Cómo lo encuentre ya se poden ir preparando los malvados marcianos!-.

Hoy empezaba la fase de luna creciente y seguro que la luna ayudará a combatir el virus. Elisa se sentía segura, en la sierra donde se refugió el malhechor Cucaracha. Mucha gente estaba luchando contra el virus mientras otros tenían que resguardarse. Era lo que Antonio y Aurora repetían cada día, lo debían de hacer.

Hemos aprendido a guardar las distancias, pero nos hemos vuelto más humanos.

Día 12 de aislamiento, 26 de marzo del 2020.

Amaneció un día claro, despejado y algo frío. Aurora había alimentado el fuego pronto por la mañana, había echado una buena toza y la caseta se encontraban cálida. Ratolín se había comido todo, debía estar hecho todo un glotón. Mallacán también era un comilón, tragón y zampón, había que tener cuidado sobre todo para las comidas, pues en un santiamén te arramblaba alguna chulla. Era un terremoto, no paraba cuenta con nada y llevaba a la familia de calle. A veces pillaba la turruntera con algún palo, zaborro o cacharro o se entretenía con algún rastro, olisqueaba los cados de conejos o trataba de ir a la balseta. Casi siempre andaba pegado a Josete, Clara y especialmente a Elisa.

Los tres hermanos salían salir a buscar leña todas las mañanas y entretanto se distraían por el bosque de la sierra de Alcubierre. Habían oído hablar mucho al abuelo contando sus viejas historietas de antes, cuando subían a la sierra a cortar pinos o se quedaban días durante la siembra o siega. Entonces no le hacían mucho caso –eran cosas del yayo-.  Ahora se daban cuenta, ahora ellos estaban recorriendo su sierra, los pinos que su generación plantaron y ahora es un bosque fantástico que van descubriendo. La primavera resulta preciosa y entre los pinos aparecen carrascas, quejigos, sabinas, enebros, arces… Hay pinos afectados por procesionaria y muérdago, muchos son enormes y otros retorcidos, la yaya dice que son hermosos, esos pinos retorcidos que han salido adelante con muchas dificultades, en suelos pobres y erosionados, con sequias, plagas, vientos… pero aun así sobreviven en una tierra sufrida. Son un ejemplo, una admiración de adaptación, lucha y esfuerzo, Elisa había aprendido de ellos y, por mucho que la vida le obligase a retorcerse, siempre iba a crecer buscando la luz.

Josete, Clara y Elisa regresaron con abundante leña a la caseta, allí estaban la yaya María y los papis Aurora y Antonio. La caseta parecía de cuento, encantadora. Piedra a piedra la habían levantado sus antepasados y conservado hasta nuestros días. Sí, ahora estaban ellos, parecía increíble, y estaban refugiándose ante una epidemia mundial -¡si el yayo estuviese!-

Con rasmia y sin reblar, decía Antonio Beltrán, somos los monegrinos y monegrinas; fuertes y forjados en una tierra dura que nos ha enseñado a sobrevivir. Cada día Josete, Clara y Elisa se sentían más herederos de la memoria de nuestros antepasados, de sus saberes tradicionales y su cultura. Ahora cobraban sentido las palabras del abuelo Paco: Solamente quien carga su propia agua sabe el valor de cada gota derramada en el suelo.

Día 13 de aislamiento, 27 de marzo del 2020.

Los Monegros responden a un horizonte llano, limpio y claro, con un cielo intenso que despliega matices y tonalidades fascinantes. Hay amaneceres y atardeceres únicos que nos recogen en lo más profundo de nuestro ser. Toda parte del mundo tiene su belleza, decía Braulio Foz, simplemente hay que saberla apreciar.

El cierzo recorre esta tierra en pleno corazón del valle del Ebro, nos despeja la atmósfera, la limpia y nos regala el aire limpio. A veces cuesta quererlo, el cierzo es bravo y se prolonga por varios días, nos sacude con su fuerza pertinaz como si nos quisiera tirar. Pero nunca lo consigue, nosotros también somos bravos. Elisa suele respirar, ser consciente y sentir el aire llenando sus pulmones, inspiración, inhalación, y luego soltar todo el aire, exhalación, espiración. La respiración no puede parar, igual que el corazón. Elisa juega con la respiración y trata de quedarse sin oxígeno en sus pulmones para volver a llenarlos una y otra vez. Se infla como la gaita de boto antes de rugir y dar comienzo al dance, dejando escapar el aire al bordón, a la bordoneta y al clarín.

beulas-monegros

José Beulas: Monegros, 2003. Óleo sobre tela. CDAN.

La tierra es clara, seca y árida. Las arcillas son juguetonas y presentan sus matices, distintas franjas rojizas por oxidación o verdosas por periodos de encharcamiento y falta de oxígeno. Los Monegros son parajes espectaculares, los torrollones de la Gabarda, el monte de Cajal, entre Sariñena, Castelflorite y Sena, y Jubierre en Castejón de Monegros. Tonalidades, saturaciones, luminosidad, brillo… pinceladas de colores que describen el paisaje, que lo vuelven a crear, esa esencia exacta y precisa que capturó Beulas y transmitió en sus acuarelas. Esa intensidad del cielo azul frente a la tierra reseca, de rabiosos secanos, “y horizonte bajo separados por una banda negra”. Esa franja oscura es la sierra de Alcubierre, esos montes oscuros y negros que nos describen como tierra negra, que se observan desde la lejanía y destacan en Tierra Plana. Es la sierra de Alcubierre quien nos define como montes negros, nuestra razón de ser: Los Monegros.

Sí, el cierzo es pertinaz, es tozudo como somos los aragoneses. Porque a pesar de todo no reblamos, no nos rendimos fácilmente y luchamos con esfuerzo y tesón, con nobleza y corazón, porque en nuestra historia sobrevivir ha sido una constante. Así se sentía Elisa, desde su loma contemplando el horizonte.

Sentir respirar, decía la yaya María, ser consciente es básico para entender la vida y de vez en cuando detenerse y dejarse llevar por el simple placer de respirar, de sentir su fuerza. El aire, el maravilloso oxígeno que nos permite la vida, el necesario oxigeno que nos regalan los árboles. Imposible entender tanta contaminación, tanto destruir un planeta que es nuestro hogar. Incomprensible entender devastar la tierra cuando dependemos de ella. Triste que, al final, un virus alienígena nos acabe quitando lo más importante: el poder respirar.

Día 14 de aislamiento, 28 de marzo del 2020.

Alunau, desustanziau, manbrún, matraco, tozoludo, zamadungo… estaba muy estalentau  Mallacán al punto de la mañana despertando a toda la caseta, estaba alborotau y descontrolau. Asinas no había cosa más que hacer que levantarse, saludarlo y abrirle la puerta de la caseta para que saliese a hacer sus cosas. Como no sabía trucar, a la vuelta ladraba y así sabían que quería entrar. Mallacán era la alegría de la caseta, con su coda vivaracha y pizpireta, objeto de infinitas caricias, achuchones y arrumacos, pero también daba mucho mal –mucho, muchísimo mal-.

Como cada día continaron con las faenas varias, recogían la ceniza con el badil, ventilaban la caseta, escobaban, limpiaban y ordenaban cacharros y zarrios, reorganizaban los víveres y planificaban tareas. El agua la llevaban con sumo cuidau, la guardaban en una tinaja dentro de la caseta, la colaban con un paño y la tapaban bien para conservarla. Había que prestar atención a bichos y cucos, además de pulgas, caparras… La vida en el campo tiene otras prioridades, aunque no dejaban de echar de menos sus móviles, el ordenador, televisión… los amigos, la familia y los primos, salir a la calle a jugar, juntarse en el banco de la plaza, ir a comprar chuches y lamines a la tienda de Margarita o al horno de Alfonso a por unos bollos.

La soleada mediodiada dejaba un rato muy agradable. Esas horas las aprovechaban para hacer trabajos fuera de la caseta y la yaya se sentaba al sol, -como un fardacho cargaba las pilas-. También se paseaba y se acercaba a la sabina donde Elisa enredaba con sus una y mil historias. Elisa se había punchado con un escambrón y María le ayudó a quitarle la puncha. -¿El enebro también puncha?-, -Sí-, contestó la yaya –Pero mucho menos que el escambrón. El enebro tiene la hojita punzante pero no tan hiriente, es un arbusto que aparece mucho por la sierra. El enebro da nombre al género de las sabinas y es un símbolo de longevidad, fuerza, carácter atlético y fertilidad-.

Pinos, sabinas, carrascas, enebros, escambrones… Josete, Clara y Elisa estaban aprendiendo mucho de la sierra, hace unos días no diferenciaban un pino de un chopo y ahora descubrían y conocían muchas especies. Para averiguar su nombre cogían alguna hoja, ramilla, fruto… para que las identificase la yaya. Igual pasaba al observar huellas, pajarillos o rapaces surcando el cielo, rápidamente corrían a preguntar a la yaya, como la águila culebrera, tan clara y blanca, que dominaba su territorio del que ellos ya formaban parte.

A la noche, como siempre, Elisa dejó un zarpau de grano a Ratolín. Agotada, se sumergió en sus sueños en la recogida caseta, ya no resultaba extraña, era familiar.

Día 15 de aislamiento, 29 de marzo del 2020.

No hay ninguna piedra de otro color que negra, otros dicen también que los diablos allí moran”.

Los Monegros se remontan siglos atrás, un territorio legendario que quedó recogido en el cantar de gesta más antiguo escrito en lengua romance de Europa. Es el pasaje que cita su paso por Los Monegros el cantar de gesta francés Chanson de Roland. Un poema épico de varios miles de versos escritos en el siglo XI, escrito en francés antiguo, atribuido a Turoldo, un monje normando.

 La tierra negra donde dicen que moran los diablos, quedó grabado en la mente de Elisa.

-Todo ha cambiado mucho-, dice siempre la yaya y también lo decía el yayo Paco. Las casas eran de barro, adobas de barro y paja cocidos al sol, los tejados de cañizos que hacían entrelazando cañas y luego las tejas. Las calles eran de tierra, sin luz ni agua -y ya puedes imaginar que alacetes tenían las casas-, decía yayo Paco. Tapiales, sillares de arenisca y piedra, piedra de la sierra –la buena es la campanil, la que al golpearla con un hierro suena como una campana. La otra es mala y no sirve para construir- . Por la sierra había balsetas revestidas de piedra y las vaguadas las aterrazaban con muros de piedra seca, sin argamasa que las uniese.  Aún se ven los muros que el bosque va adueñándose, de esos pequeños campos que trataban de aprovechar al máximo los recursos para conseguir las mejores cosechas. –Otros tiempos- decía la yaya María -Cuando había malas cosechas el hambre se extendía como el mayor de los males. Mucha miseria y mucha hambre, sequias, plagas… se pedían dineros prestados y si no se devolvían se pagaba con las tierras. Marchar era la única solución-.

Federico pasó por la caseta, iba chino chana con el ganau, cabizbajo y pensativo. Saludó a Antonio y Aurora y, como ya iba siendo habitual, les informó de los últimos acontecimientos: -Se ha muerto el de casa Fulano, la de Mengano, la de Zutano y el de casa Perengano. -¡Mejor!- exclamó Antonio, pronunciando esa maldita palabra, profunda, ahogada, de maldita sorpresa, dolor, pena y pésame ante una desgracia. -No somos nada-  y la garganta entumecida, reseca y ahogada ya no dejó hablar más.

Día 16 de aislamiento, 30 de marzo del 2020.

La primavera había comenzado fría y obligaba a recogerse en la caseta. Ello forzaba a tener que hacer los trabajos más apresuradamente de lo normal para no coger frío. Debían de recoger leña y más leña para tener buen acopio, se avecinaban malos días y cada vez había que ir a buscarla mucho más lejos. Durante la larga quincena, que llevaban confinados y aislados en la caseta, habían replegado a fondo la redolada y ahora cerca no había nada de leña. Paizía la descripción de Orwell, cuando estuvo en las trincheras de Alcubierre durante la guerra, y en la que decía que no encontraban nada para calentarse. Afortunadamente, ahora la sierra está cubierta por una frondosa masa forestal.

Ratolín no fallaba y se iba comiendo el zarpau de grano que Elisa le va dejando cada noche. Mallacán era todo un terremoto, había salido fuera de la caseta y, como tardaba en regresar, Clara le dio buen chuflido para que regresase. Mallacán volvió como un caballo desbocau, entrando de aquí p´allá y de allá p´aquí, ¡hasta la caseta tremolaba!. Clara se cayó del empentón que le dio y se hizo una cuquera en la garra. Josete y Elisa comenzaron a esmelicarse de risa por su caída -jolio!, vaya leñazo que s´ha dau!-, – ja, ja ¡qué chollazo!-, -ji, ji, ¡menuda espanzurrada!-, -ja, ja casi s´esnuca-, -ja, ja ¡s´ha esmorrau!-…  Elisa, enfadada, les dio un buen pescozón a cada uno para que escarmentasen por tanta burla y fácil risa.

El día se desarrolló enfurruñau y enfadaus por el enrebullau de la mañana. Por la tarde continuaron con sus estudios aunque Elisa se mantuvo, parte del tiempo, distraída contemplando las tararainas de la caseta. Asinas, poquer a poquer el tiempo fue pasando.

Cenaron juntos pegados al calor del hogar. Era una fortuna conservar la caseta, muchas se habían espaldau hace tiempo, muchas eran enruena y ya ni querían subir al monte los que aún quedaban. Era una pena ver como todo su pasado, lleno de vida, había casi desaparecido. Abandonadas, dejadas caer, viejas casetas, aldeas, masadas, corrales y parideras. Por fortuna, de la caseta familiar aún sale humo en la fría noche de primavera y entre sus muros se charran viejas historias, aquellas que tantas veces han sentido los viejos muros de piedra. Mientras haya vida todo resiste.

Día 17 de aislamiento, 31 de marzo del 2020.

-¡Nieve, nieve, nieve!- Había amanecido con una ligera capa de nieve y la sierra se mostraba blanca, esplendida, nadie lo podría haber imaginado; menuda sorpresa ver nevar a finales de marzo. Elisa salió corriendo a jugar con Mallacán que descubría por primera vez la nieve. Detrás salieron Clara y Josete que iban dejando marcadas sus pisadas. Todo era fabuloso hasta que una bola de nieve acabó en el cuerpo menudo de Elisa. Sin contemplaciones comenzó una sucesión de fuego de artillería brutal, una batalla despiadada y sin tregua con un incesante lanzamiento de bolas de nieve imparables y disparadas con puntería, destreza, fuerza y acierto. Una lucha sin cuartel, sin piedad, implacable hasta que un grito de un alto mando y rango detuvo la guerra: -¡Basta ya! ¡Ahora mismo todos p´adentro inmediatamente!. La tropa cabizbaja, derrotada y en fila entraron a la caseta, acataron al unísono y firme pronunciamiento: –Sí, mama-. Sin rechistar, parecían verdaderos prisioneros de guerra.

Las ropas estaban mojadas, las zapatillas y los calcetines chupidos completamente. Como era previsible, el frío comenzó a hacer mella en los aguerridos guerreros que fueron obligados a ser despojados de sus prendas y secarse lo más cerca posible del fuego. También fueron obligados a vestirse con ropa limpia y seca. Mallacán, que no hacía caso a naide, había entrado con sus zarpas embarradas y chupido de tozuelo a coda completamente. Se sacudió rujiando, embadinando, embardando la caseta por lo que tuvieron que limpiar todo hasta dejarlo bien escoscau. Antonio sirvió a los derrotados guerreros un tazón de leche caliente y enseguida entraron en calor.

-Antes nevaba mucho-, contó la yaya María –lo mismo que helaba muchísimos días durante el invierno-. En las balsas se formaba hielo y se recogía para guardarlo. Incluso se hacía un palmo de hielo y se atrevían a cruzar la balsa a pie, esbalizandose y dándose buena culada más de una vez. También de la montaña bajaban nieve y se almacenaba en los neveros por capas prensadas y separadas por paja. Así, se disponía de hielo en verano, aunque había otras formas de conservar frescos los alimentos. En todas las casas estaba la fresquera, una especie de armario en la pared, fresco y ventilado donde guardar alimentos perecederos y también, en las casas donde había pozo, se guardaban en el pozal y con la carrucha se bajaba a la parte fresca del pozo.

– ¡Qué orache! ¡Estoy chelau!-. No paró de llover todo el día y pronto se deshizo la nieve. En la caseta pasaron el día juntetes, al calor del hogar. Antes no había casi tiempo, se trabajaba de sol a sol, pero se sacaba tiempo para las cosas importantes, para estar con la familia reunidos al calor del hogar o salir a la calle a la fresca en verano. No había otra cosa, contaba la abuela, estar juntos como ahora, pequeños y mayores, charrando y charrando de muchas cosas. Alparcerios, alcagüeterios, chafarderías, sucesos, historietas… y el día a día de la familia, vecinos y amigos. -Si alguna trastada era muy sonada se acababa contando en los dichos para la fiesta, como ahora-. Todo no ha cambiado afortunadamente y hay cosas que aún se mantienen. En cambio ahora hay mucho tiempo para hacer muchas cosas, para ir al bar, al gimnasio, al cine, navegar por internet, ver series, películas, televisión… pero no hay tiempo para lo importante, a muchos ni les van a ver a la residencia.

-Tanto echar ramillas de sabina nos vas a entufar- le carrañaron a Elisa que no paraba de mover y tizoniar el fuego y alguna purna brincaba fuera del hogar. La yaya María preparó una tortilla de patatas para cenar, las hacía buenísimas y al fuego tenían un toque muy especial. Trancaron bien la puerta y la ventana, la noche afuera era muy fría y se abrigaron bien antes de acostarse para dormir. Elisa había puesto un poco más de grano de lo normal a Ratolín, para que cogiese fuerzas para el frío.

Día 18 de aislamiento, 1 de abril del 2020.

La lluvia continuaba cayendo, era fina pero constante. Por suerte podían aguantar varios días sin tener que ir a buscar leña ya que tenían bastante guardada. También tenían algo de encendallo para prender fuego, pero estos días no iban a dejar que se apagase. Habían sido previsores, como era la yaya María con sus conservas, siempre había sido una exagerada embotando todo lo que podía y ahora, mira por donde, les estaba sacando las castañas del fuego. Era la tremenda paciencia de la yaya, aquella de antes, horas y horas en el lavadero enjabonando, restregando y escurriendo la ropa que llevaban en cestos sobre sus cabeza, sus canastos de pan que amasaban en casa y llevaban a cocer al horno, o con cantaros yendo y viniendo trayendo agua. Siempre de un lau pa otro portando el peso sobre sus cabezas, el peso de la familia.

La paciencia, tras esquilar las ovejas, limpiar el vellón, escardar la lana, hilar, hacer ganchillo y tejer ropas,  jerséis, peducos, bufandas, toquillas, colchas… Los antiguos colchones de lana que cada cierto tiempo tenían que variar para soltar la lana apelmazada. La lana, el ganado lanar que en Los Monegros fue vital, grandes pastos dominaron el territorio, cuando los campos eran pequeños, labrados a mulas y cosechados a dalla y hoz. – Había un rico que decía  que su lana valía más que todo el pueblo -.  Las casas más pudientes tuvieron grandes rebaños con varios pastores y rebadanes –La gente trabajaba para ellos, sirviendo y realizando faenas varias, labrar, sembrar, segar…-

La paciencia de ir triando una a una las lentejas, garbanzos o judías blancas para limpiar impurezas y porquerías. Antes llevaban el huerto, el corral, mataban pollos y los desplumaban con agua hirviendo, las gallinas para el caldo, la matazía del tocino, la caza, algún conejo, codorniz o perdiz. La siña María, como le decían por el pueblo, era muy querida y siempre había tenido la puerta abierta de su casa para todo el que precisase de ella.

La paciencia de la yaya María es infinita, inconmensurable.

De vez en cuando, Antonio y Aurora enchegaban el auto para que no se quedase sin batería y aprovechaban para escuchar la radio y enterarse de las últimas noticias. La maldita pandemia a nivel mundial había desembocado en epidemia, los hospitales se encontraban colapsados, las familias confinadas en sus casas, el trabajo paralizado y había mucho miedo al contagio; era una visión apocalíptica. Paciencia, paciencia había que tener, no había otra. Así los días iban pasando, -¡resistiremos!, ¡saldremos de esta!- Mientras, Elisa continuaba con sus amuletos, con su piedra blanca y brillante se sentía segura, con el perfume de las ramillas de sabina quemadas, con Ratolín protegiéndolos por la noche, con los selenitas morando la sierra y la vieja caseta, de fuertes muros, que tantos tiempos ha resistido.

Día 19 de aislamiento, 2 de abril del 2020.

Los ojos saltones de Ratolín brillaban en la oscuridad de la caseta apenas iluminada por la débil lumbre de los rescoldos del hogar. Ratolín minchaba el grano que todas las noches le dejaba Elisa hasta que, en un determinado momento, el pequeño ratoncillo quedó paralizado por unos movimientos que venían del otro lado de la caseta. Aurora se había despertado para avivar el fuego, echó unos tronquetes y cogió de nuevo fuerza iluminando la caseta y reconfortando gratamente el interior. Aurora se volvió a acostar. Luego, Ratolín se terminó el montoncete que le quedaba de grano y se retiró de nuevo tras la grieta, no sin antes olisquear el ambiente de la caseta. Elisa lo había observado con los ojos entreabiertos, callada y completamente inmóvil, evitando hacer el más mínimo ruido o movimiento para no espantarlo. Reconfortados al calor, el sueño volvió a adueñarse de la caseta, con el continuo y ligero sonido de lluvia.

Amaneció de nuevo el día lluvioso hasta que a mitad de la mañana dejó de llover. Se vieron forzados a realizar las tareas pendientes que la lluvia les había impedido hacer y una de las faenas primordiales, como era de esperar, fue la de ir a buscar agua y leña. Josete, Clara y Elisa comenzaron su ir y venir trayendo agua, leñas, ramas secas y troncos secos que cortaban con una sierra o con la astraleta. Tenían que moverse con ciudau, el suelo estaba mojado y en cualquier momento podían esbalizarse.

El corral de las gallinas y los tozinos era todo un barrizal, solamente podían meterse con las botas de agua y luego había que limpiarlas y quitarles todo el buro que se quedaba pegado como el pringoso tarquín de la balsa. Antonio cogió un brazau de paja y lo echó de cama para las gallinas, para que tuvieran cama seca y continuaran poniendo sabrosísimos huevos.

No dejo de estar nublau en todo el día dejando pasar escasamente algunos rayos de sol que les alegraron el día. Por la tarde se refugiaron en la caseta y aprovecharon a hacer deberes y ejercicios. Decidieron hacer una merienda cena y Aurora y Antonio no pararon de estrujar la bota hasta que la dejaron vacía –¡Preta, preta el codo gaitero!-. Menos mal que habían traído un tonel de vino ya que solo con la bota se hubiesen quedado secos. Durante la cena no pararon de pedir la bota el uno a otro y hasta la yaya bebió, -para mojar un poco los labios- decía. Josete, Clara y Elisa quisieron probar beber en bota -¡Quios, que corra la bota!-, gritaron cansinamente. Cuando quedaba poquer lo ameraron con agua y les dieron de beber. Miaja acierto tuvieron, más que beber se lo tiraron por encima, pero con tanta probatina acabaron una miajeta pifaus.  Antonio, Aurora y la yaya María recordaron cuando de críos les daban como merienda pan con vino y azúcar, con eso se alimentaban -¡qué tiempos aquellos!-. Esta noche se fueron a dormir muy a gusto, durmiendo Elisa profundamente como un lirón.

Día 20 de aislamiento, 3 de abril del 2020.

Efectivamente habían dormido de un tirón, como un tronco, a pierna suelta…  El día comenzó a aclarar mientras algunas nubes se resistían a marchar. -¡Qué escampen las nubes!- gritaba Elisa en medio de la era de la caseta, gritando y dando vueltas totalmente alocada. Mallacán se animaba con los gritos de Elisa y corría y ladraba sin sentido de un lado para otro.  -¡Brujilla!-, -¡Brujilla!-, Josete y Clara comenzaron a llamarle brujilla -¡La Elisa es una brujilla!- repetían burlándose de la pequeñaja. Sin embargo a Elisa no le pareció mal, -no es malo-, pensó Elisa, ser una bruja tiene su lado positivo. Desde ese momento, Elisa decidió que se iba a poner muy en serio con el mundo de la brujería y la hechicería. Sería una discípula de legendarias brujas como Ana Pérez Duesca, Alice Kyteler, Margaret Jones o Juana de Navarra, seguiría la estela del arte de la brujería y las ciencias oscuras.

-Una bruja solitaria habitó en la sierra-, contaba la yaya –nadie se atrevía a acercarse por su solitaria caseta-. Le tenían miedo, terror a que les lanzase algún juramento, maldición o hechizo. Eso era bueno, así podía alejar malos espíritus y virus alienígenas, elaborar pociones  y decir sus conjuros. La Nivela, bruja de Sariñena, esparcía sal a la entrada de la casa bajo el branquil, o colocaba tijeras abiertas en cruz cuando amenazaba tormenta o pedregada. Eran tiempos difíciles y había que protegerse con todos los medios posibles. Por ahora el trozo de sogueta en la puerta de entrada, la piedra blanca y brillante de yeso, las ramillas quemadas de sabina, Ratolín y los Seleneitas habían tenido su efecto, pero no había que bajar la guardia.

Elisa debía de tener todo preparado, pócima y brebaje y sus palabras mágicas. En el monte hay muchos hierbajos que tienen propiedades medicinales y curativas. Antes estaban las pilmadoras pa torzeduras y roturas, infusiones para anginas, cataplasmas y supersticiones. Y lo principal, decía siempre la yaya, era la época lunar. La luna estaba en fase creciente y para muchas cosas siempre era mejor en menguante.

Elisa recogió unas cuantas hiervas del monte y las mezcló bajo la sabina, las conjuró en un ritual propio de la más alta curia de la brujería y hechizería. A modo de varita utilizó un palo de sabina y dándole movimientos circulares pronunció las palabras mágicas: “Abracadabra, patas de cabra, ojos de sapo y ancas de ranas, a cascarla virus más allá de venus”. Elisa extendió su encantamiento por todos sus dominios afortunadamente antes que Mallacán le arramblase su varita mágica y escapase corriendo para que Elisa le persiguiese.

Día 21 de aislamiento, 4 de abril del 2020.

Al alba, a la madrugada todo había ido bien. La noche había transcurrida tranquila, Ratolín se había comido completamente el puñado de grano que dejaba Elisa cada noche y, aunque el gallo cantaba cada mañana, Mallacán era el despertador. Cuando él se levanta no para hasta despertar a todos y hasta que no se le abría la puerta y salía corriendo no había tranquilidad en la caseta.

La mañana fue esplendida, la temperatura se había suavizado pero aún hacía fresco. Pronto cada uno a su tarea, aunque a Elisa le gustaba estar con la abuela María mientras ordeñaba las cabras. Luego las soltaban  y subían por la loma rebautizada como Loma Elisa. Josete y Clara se enfadaban un poco con Elisa, decían que se escaqueaba de las faenas, hacía fauneta. No dejaban de tener algo de razón, en cuanto podían Elisa y Mallacán desaparecían corriendo en busca de mil aventuras. Para Josete y Clara no dejaban ser majaderías de la chalada y majara Elisa, la brujilla piruji, que toleraban por ser la pequeña.

Elisa siempre llevaba con ella su amuleto, la piedra blanca y brillante de yeso. La guardaba bien en la buchaca de su pantalón. La yaya le había contado la existencia de las rosas del desierto, que aparecen sobre todo por Bujaraloz, una roca de cristales finos de yeso que forman una flor. Son difíciles de encontrar, pero Elisa dio y dio vueltas mirando al suelo buscando su rosa del desierto. Elisa quería su rosa del desierto, pero no halló fortuna.

Rosa desierto

Así fue pasando el día, con la rutina de los días acumulados. Ya llevaban más de veinte días, los suficientes como para estar seguros que no se habían contagiado ni habían desarrollado el virus. Pero la reserva de víveres había mermado mucho, tenían que volver a casa para hacer acopio de nuevos alimentos. Antonio y Aurora bajaron con el auto al pueblo, lo hicieron después de cenar, por la noche para tratar de no encontrarse a nadie. Josete, Clara y Elisa se quedaron con la yaya María pegados al fuego y les fue contando historietas del bandido Cucaracha, de las muchas fechorías que realizó, de su ingenio y habilidad para escapar.

Cuando Antonio y Aurora regresaron estaban ya dormidos. Ambos se sentaron alrededor del fuego y gozaron de una inusual calma, resultaba extraño tanto silencio, Morfeo había encantado la caseta.

Día 22 de aislamiento, 5 de abril del 2020.

En un lugar indeterminado de Los Monegros, una familia cumple con el vigésimo segundo día de encierro. España se encuentra en estado de alerta ante la pandemia global del Covid-19 y todos están obligados a permanecer confinados en sus casas. Permanecen aislados en una caseta en medio del monte, en un lugar de la sierra de Alcubierre, de cuyo nombre no quiero acordarme.

En aquel lugar, no ha mucho tiempo que vivía un bandolero de los de trabuco enfajado, navaja de carraca antigua, rocín flaco y mula sosegada. Andanzas pretéritas y fascinantes de escaramuzas y tropelías. Asimismo, cuentan que la historia del célebre y despiadado bandolero Cucaracha aún se extiende por estas tierras oscuras y en su guarida, bajo la sabina, aún resisten los últimos de la banda del Cucaracha: Elisa Cucaracha y Mallacán el Cerrudo. Elisa y su banda, con el gran temido Mallacán el Cerrudo, volvían a dominar la sierra. Es, pues, de saber que nadie puede adentrarse por aquestos confines sin su consentimiento.

-¡Elisa!, ven aquí inmediatamente que hay faenas por hacer!-. Elisa acató sin contemplaciones la orden. Por la mañana tuvieron que guardar todo lo que los papis habían traído la noche anterior. Hicieron una cadena humana y entraron todo a la caseta colocándolo en su correspondiente lugar. Todo ocupa su lugar en esta vida, el lugar de una persona que tanto definía el escritor chalamerino Ramón J. Sender. En la obra Crónica del Alba, en La onza de oro aparecen versos del que fue mayoral de Sariñena Antonio Susín. El mismo Susín los reclamó como suyos “pues Martín El Donato, El Cartujano y Almunias Altas, no había ni hay, más que en Sariñena”. Sender aprendió de su entorno y su gente, su lugar, donde igual caben los versos de un humilde pastor que los versos de uno de los grandes escritores de esta tierra.

Federico ha estado de paso, acostumbrado a dejar un saco con pan para por lo menos aguantar una semana. Ha contado que el gobierno alarga el estado de alarma y que habrá que permanecer encerrados muchos días más. Dice que los zagales tendrán que olvidarse de la escuela, en principio es buena noticia, pero tanto Josete, Clara y Elisa echan mucho de menos sus amigos y a las maestras, el patio, las clases, los juegos, sus ratos de estudio en casa… pero lo que más, lo que más echaban de menos a sus amigos. Pero entendían la situación, era muy complicada, dura y difícil. Estaba muriendo mucha gente, conocidos, tan conocidos que la yaya se puso a llorar cuando le dijeron los que se habían ido. Finalmente, los abrazos de Elisa, Clara y Josete pudieron consolar a la yaya María, sin faltar Mallacán que tiempo le faltó para no desaprovechar la ocasión de estar en medio.

Continuará…

 

Un pensamiento en “Diario distópico de Los Monegros

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