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Julia Rozas Ferrer


Natural de Bujaraloz, Julia es una apasionada de la pintura y de su pueblo, por ello no es de extrañar que se defina como “Pintora de su pueblo y para su pueblo”. Dominando diferentes técnicas, Julia se expresa en diversos estilos, poniendo el alma y pasión en cada cuadro, por cuyas pinceladas han llegado a escribir que sólo se puede describir con poesía, “haciendo comunión con el poema, para poder aspirar en su transparencia toda su magia contenida”.

Julia Rozas Ferrer nace en Bujaraloz el 15 de febrero de 1950, hija de Abundio Rozas Solanot y Ascensión Ferrer Genique. Viven en casa de sus abuelos paternos, Mariano Rozas Albacar y Julia Solanot Villagrasa, casa que tenían algo de tierras, especialmente por la Retuerta, eran las mejores tierras que tenían, aunque tenían en otros dos montes. Allí tenían un mas, una masada pequeña pero que daba para un hogar, guardar la paja y el ganado… Un lugar especial al que siempre quería ir, recuerda Julia con cierta añoranza, y al que vuelve con su pintura plasmando la Retuerta en sus cuadros como a su pueblo y tierra de Los Monegros.  

Su padre eran tres hermanos y dos hermanas, uno de ellos, Valentín, llegó a ser alcalde de Bujaraloz. Por parte materna, sus abuelos eran Cosme Ferrer Samper, que eran ocho hermanos, y su abuela Fabiana Genique Soto. Cosme trabajó en la Salineta en la obtención de sal, con el tío Piquete y el tío Umena. La sal la vendían, la refinaban y mandaban para su uso y consumo. También, durante un tiempo, su abuelo Cosme estuvo de viajante a Caspe, llevaba y traía mercancías – Una vez se llevó a mi madre y les pilló una nevada tan grande que los dejó atrapados y del frío que hacía casi se muere congelada-. Tras la sal, Cosme se puso a quemar hornos de yeso por la noche, acabando perdiendo la vista.

Mas familiar de la Retuerta.

Cuando nevaba, su abuelo Mariano le decía a Julia, que por entonces tenía cuatro años, y a su hermano Javi, de dos años menos, en plan jocoso -Venga, vamos a asar nieve– Y ellos, ilusos, salían a la calle a recoger nieve para asarla. Su madre, pendiente de ellos, decía -¡No le hagáis caso a ver si la vais a palmar!- y se partían de risa en casa. Lo que si hacían es coger algo de nieve limpia, la colocaban en una fuente con canela y azúcar y se la comían, era muy típico de Bujaraloz.

En casa, Julia han sido 5 hermanos. Al rededor del hogar, Julia guarda gran recuerdo a las tostadas de pan, ajo y aceite. En el corral tenían un pozo que, por medio de una bomba manual, bombeaban el agua salada del subsuelo de Bujaraloz. Aquella agua la empleaban para limpiar y refrescar la bebida.

En Bujaraloz el agua para consumo la iban a buscar a la balsa Buena, mientras que la balsa Predera era para los animales. Iban con una cuba tirada por mulas y cuando llenaban las cubas ponían un trapo blanco, a modo de colador, donde luego se veían algunos bichillos rojos (artemias) o cullarones que se quedaban en el trapo. A pozales de cinc llenaban después las tinajas de casa. Luego estaba el botijo, que era sagrado, tanto en verano, en lugar bien fresco, como en invierno. Al vino le echaban gaseosas de sobre Armisen y sabía a gloria. Todo era de cinc, pero también estaban los terrizos, para matacías, fregar o para lavarse, ponían agua y por medio de una cazueleta se iban echando el agua por el cuerpo.

Lo que si había era mucho vino que se guardaba en toneles en las bodegas -Cuando prensaban la uva su abuelo siempre nos daba a probar el primer mosto-.

A los 3 años ya fue a la escuela, por donde ahora está el ayuntamiento, con doña Teresa. Estaban de varias edades en la misma clase. En la escuela les daban leche en polvo, que ellos mismos preparaban, y queso. Cada día uno se encargaba de encender la estufa de piñuela –Una estufa de los huesos de las aceitunas molidas, era como un tubo grande, se llenaba y por medio de una puertezela se le echaba petróleo o algo parecido y con cerillas prendían fuego. ¡Era un peligro!-. La leche la preparaban en una olla grande, pero a Julia no le sentaba bien, no era la única y consiguió un papel médico para librarse de tomarla. Mientras, el queso estaba aceptable.

También les mandaron libros. Hacían dictados y cada falta de ortografía que cometían tenían que escribirla 20 veces. En mayo cogían flores y les hacían leer poesías delante de la iglesia. A Julia le gustaba dibujar y la maestra se daba cuenta que no calcaba, que lo hacía en otros tamaños y que se le daba bastante bien.

Cuando Julia pasó a primaria su madre le compró una enciclopedia, a su tía por 5 pesetas, y con ella Julia estudiaba. Luego estaba mosén José, quien daba la clase y por la tarde la señora Francisca, que les enseñaba a coser vainicas, festones, cruceta… un paño de costura que iban realizando diferentes técnicas. A julia no le gustaba mucho eso de coser. Con el mosén se escapaban de clase y se marchaban a Valfarta.

Entre las clases de chicas y chicos había un agujero y se hacían travesuras y en el patio había un árbol y una higuera del vecino que se metía en el patio y se dedicaban a coger los higos. Cada vez tenían que trepar más en la higuera, a medida que los iban cogiendo.

Julia Rozas Ferrer.

Con 10 años ya cuidaba de sus hermanos y a los doce años su madre la saca de la escuela para trabajar en casa, principalmente cuidando a sus hermanos. Aunque la maestra Maripaz intentó que se quedase en la escuela, que no podía salir para ir a ayudar a casa, Julia se vio obligada a dejar la escuela, la necesidad se impuso. Tampoco podía salir a jugar, en casa tenían mucho trabajo y Julia se tenía que quedar a cuidar a sus hermanos.

Con 15 años Julia iba con su padre en una motocicleta a recoger olivas, cogían un saco diario y para comer su padre hacía unas salchichas en las brasas, sacudía las brasas y le ponía las salchichas en el pan -Me sabían a gloria-. Con el tiempo vendieron el olivar, aunque para Julia siempre será una tierra muy querida.

Al campo iban con una galera, recuerda Julia, tirada por mulas. Años más tarde ya iban en el remolque tirado por un tractor Hanomag. Allí siempre les llamaba la atención su padre –No os rebulquéis por el trigo-. Siempre estaba mirando al cielo, para ver si venía la esperada lluvia y mientras le explicaba a Julia las diestras de la espiga -¡Si se tumba la espiga es buena señal-.

Su madre hacía farinetas en el corral, hacían fuego y ella las hacía en una sartén. Fregaban con esparto y arena, en Bujaraloz se hizo mucho esparto, algunos iban en bicicletas y ataban detrás los fajos de esparto, recuerda Antonio, marido de Julia y también natural de Bujaraloz.

Hacían la matacía en casa. Julia se acuerda cuando le mandaban a casa de tía Carmen a buscar el molde de las bolas, para hacer bolas dulces y hacían de todo, longaniza, chorizo, butifarra y, aunque se hacía poca, la longaniza de vinagre era muy buena. Estaban las carnicerías de Santiago Royo, que la llevaba su madre, la tía Luisa, la de Simón Royo y su mujer Pili y los Rigabery en la plaza. 

En reyes le empiezan a regalar pinturas de Alpino y lo que empieza como una distracción va evolucionando y acompañándole toda la vida. Tuvo como primer ejemplo a un tío suyo de Madrid, que también pintaba y que Julia trató de imitar, aunque a él no le hizo mucha gracia.

Ermita de san Antón, Bujaraloz. Julia Rozas Ferrer.

El telefonista de Bujaraloz también hacía de papelería, y Julia fue comprando pinturas, experimentando con acrílico o acuarelas. Le gustaba mucho la tinta. El mismo de la tienda le enmarcó un cuadro y se quedó sorprendido de su pintura. Al poco, con Merche, la de la boutique, que también pintaba hicieron una exposición en la plaza.

Julia se casa en Bujaraloz con Antonio Genique palacio, con quien tiene cuatro hijos. Viven en Bujaraloz, donde tiene una tienda de lanas, una mercería, pero al tiempo se mudan a Zaragoza, sería sobre 1999.

Julia Rozas Ferrer.

En la capital comienza a pintar acuarelas, oleo… pinta en tela y seda, pajaritos en cristal, ha sido muy autodidacta pero también por escuelas, talleres de maestros y master class, con pintores como Carmen Mansilla, Fermín García Sevilla, Miguel Rodríguez, acuarelas con María Jesús Benedicto, oleo con Begoña del Rincón y grabado a punta fría con Julio Cobo. También estuvo en la academia de Juan Badenes.

Dominando técnicas con suma delicadeza, como la acuarela, el óleo, la pintura en tela, seda o vidrio, el gravado o incluso la encáustica. Julia pertenece hace más de veinte años al Colectivo de Pintores de la Margen Izquierda “Colectivo APMI”, con quienes ha realizado numerosas exposiciones. El 1 de mayo del 2014 Ilustra la Portada de Artes y Letras de Heraldo de Aragón, número 466, aportando su director Antón Castro cierta reseña “Realiza un arte figurativo de colores suaves”.

En marzo del 2026 ha expuesto en la sala de Ámbito Cultural en Zaragoza «Los Monegros a pinceladas” reflejando su pasión por su tierra y su pueblo de Bujaraloz.

Julia sigue pintando, una obra ecléctica que seduce e invita a sumergirnos en su pintura, en su alma y expresión, inmortalizando en sus cuadros la tierra que ama: «Una pintora de su pueblo y para su pueblo».