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La historia de la Virgen de las Fuentes de Sariñena


La historia de la virgen de las fuentes de Sariñena pasa por las manos de Isabel Callen Conte, una mujer de firmes convicciones religiosas que salvó de la hoguera la virgen de las fuentes de Sariñena. La protegió, conservó y cuidó durante años, “prácticamente fue como de la familia”. A ella le debemos que haya llegado a nuestros días y en su memoria rescatamos su fascinante historia.

Virgen de las Fuentes de sariñena

Virgen de las Fuentes de Sariñena

Isabel Callen Conte nació el 18 de mayo de 1903 en Sariñena y falleció en Sariñena el 26 de febrero del 2002. Su familia venía de Pomar de Cinca y por ello fue conocida como “La Pomara”. Se casó con Mariano Nogues Arles, agricultor y tuvieron tres hijos. Además de cuidar la casa, el corral y hacer faenas del campo, Isabel hacía de matrona y ayudaba a recoger críos. Ponía inyecciones, sacaba muelas, hacía ungüentos, iba a amortajar… era una mujer muy valiente y ayudaba mucho a la gente, tenía un gran corazón, incluso acompañaba a Huesca al hospital a gente que la requería, “tranquila, ya iré con tú”. Además, Isabel guardaba todo lo del dance, cuidaba los trajes, las cintas, las capas y limpiaba las espadas, era una persona muy participativa y se esforzó mucho para que el dance se volviese a representar tras la guerra.

Al iniciarse la guerra civil, milicias republicanas comenzaron a llegar a Sariñena, enclave cercano al frente de Aragón que fue uno de los puntos neurálgicos de la contienda. Ocuparon la iglesia y alojaron en ella un taller de vehículos, para lo que vaciaron el interior de la iglesia, amontonando las imágenes, santos, retablos… en la plaza, un patrimonio que luego quemaron. Mientras estaba todo amontonado en la plaza, había milicianos que colocaban algún santo y hacían prácticas de tiro con ellos, se reían y burlaban de todo, uno de los milicianos se subió a un camión y sin quererlo se pegó un tiro en la cabeza resultando muerto.

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Amalia, Mariví e Isabel.

Isabel, “La Pomara”, contemplando el montón en la plaza, distinguió entre todo la imagen de la Virgen de las Fuentes de Sariñena, lo que le motivó, no sin miedo y con toda precaución, mandar a una niña a recoger inocentemente la cabeza y el peto de la Virgen de las Fuentes. Aquella niña era Asunción la Cibora,  “ves hija mía y coge esa cabeza”. As, la niña Asunción cogió la cabeza y el peto y se la entregó a Isabel, “ya la quemaré yo” les dijo a las niñas para disimular y discretamente abandonó la plaza. La llevó a su casa, en la calle castillo bajo, la envolvió cuidadosamente en una sábana, la metió en una caja y la enronó en el conejar, en el corral que tenía en casa. Cada cierto tiempo la cambiaba de sitio para mantenerla mejor a salvo, pues existía el miedo a que fuese descubierta y a las posibles consecuencias. Isabel la guardó durante toda la guerra.

Cuando avisaron que iban a bombardear el pueblo, Isabel la desenterró y la cargó en el carro con el resto de enseres que se llevaban a la masada. En el monte, por la zona de Miranda, la volvió a esconder, enterrándola con sumo cuidado, de hecho, se ha conservado extraordinariamente hasta nuestros días. Cuando acabó el bombardeo la volvió a llevar al pueblo y tras la guerra la guardó en casa.

Durante un tiempo, cada vez que Isabel iba por el campo y se encontraba un trozo de madera sentía como una voz le incitaba a recoger cada trozo de madera y así fue recogiendo trozos de madera hasta que llenó un arcón. Con aquellas maderas, poco a poco, fue montando el cuerpo de la virgen “yo, que no había hecho nunca nada de carpintería, cada madera la encajaba a la perfección”  quedó perfecto, el peto encajaba estupendamente, ajustó la cabeza y le confeccionó un manto.

Isabel

Isabel y Amalia

Isabel la vistió y sacó para unas fiestas, para san isidro o para san Antolín,  para el pueblo fue una gran ilusión, la gente se emocionó mucho, pues no había quedado nada y la salvación de la Virgen de las Fuentes fue todo un secreto. Isabel la quiso llevar a la iglesia pero a mosén Vicente le parecía una virgen vieja y no la quiso, así que Isabel la continuó guardando en su casa. La tenía en una alcoba, al lado de su habitación, en lo alto de una repisa. En la habitación tenía una cama donde su nieta Mariví dormía muchas noches. En casa le quitaba el peto y lo guardaba cuidadosamente entre una sábana en el arcón. Hasta que no llegó el párroco Juan Carlos, la Virgen de las Fuentes no fue a la iglesia, desde entonces reside en ella en el altar de La Milagrosa.

El peto es original, de seda y bordado con hilos de plata y oro, lo restauró hace unos años María Teresa Muñoz Guillen. También se conservó la corona de la virgen. Hasta su restauración, la virgen era más moreneta y la nariz la tenía un poco picada, “En su rostro nunca se posaba el polvo, siempre estaba limpia”. El cuerpo de Isabel desapareció tras su restauración, solamente quedó una madera principal donde se inserta la cabeza que pasó a formar parte del nuevo cuerpo.

Isabel le hizo dos mantos, uno blanco y otro azul, los dos los llevó a la iglesia. También hizo los vestidos al niño Jesús que lleva la virgen. Cuando la guardaba en casa, Isabel le puso un Jesús también morenete como era ella. Mariví ha conservado el cariño familiar a la Virgen de las Fuentes y en 1993 encargó un manto precioso y una espléndida mantilla.

 

Tarjeta cofradía Virgen de las Fuentes

En antaño, con la Virgen de las Fuentes se iba en procesión a la cartuja de las Fuentes, se iba en carruajes y carretas. Un año muy seco no brotaba ni la fuente del monasterio, acudían en romería con cantos y ruegos a la virgen y conforme se iban acercando comenzó a emanar agua de la fuente del milagro.

También se salvó de la quema el sagrario, lo fueron manteniendo escondido de casa en casa y se utilizó para celebrar clandestinamente misa por alguna casa. Pusieron en el sagrario una vela que no se apagó durante toda la guerra.

Gracias a Mariví y a Manolo por tantos recuerdos y por mantener viva la memoria y el cariño por una seña de identidad de Sariñena. Gracias a Isabel, La Pomara, la Virgen de las Fuentes ha llegado a nuestros días.

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