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Relatos de raíz


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Relatos de raíz, de ficción y con personajes históricos, famosos e inventados.

Relatos de contrastes, alegres y vivos que ensalzan a Los Monegros y a sus gentes frente a relatos de sucesos oscuros y sobre la cruel realidad del mundo rural de principios del siglo pasado y la guerra española.

Asimismo se intercalan relatos que hablan sobre la realidad social de la mujer, aquella realidad silenciada, tratando representar diferentes realidades sociales a través de diferentes mujeres en clara referencia a la obra de Ramón J. Sénder usando su titulo en femenino: El lugar de una mujer.

Una amalgama de relatos diversos entremezclados, de contrastes como la misma tierra de Los Monegros.

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Miguel chapoteaba y mojaba a Pedro y Juan, sus hermanos pequeños. Escapaban y al pronto regresaban a que Miguel les volviese a remojar. Saltaban entre las piedras y se dejaban llevar por la tímida corriente. Gritaban y reían, luchaban como grandes guerreros y se abrazaban como grandes hermanos.

La chiquillería alegraba la rivera del Alcanadre, donde muchas familias se reunían para sobrellevar el asfixiante verano. El sol era rabiosamente abrasador, los campos segados parecían abandonados y los rebaños evitaban las horas más intensas; hasta las sombras ardían. La luz cegaba, con tanta intensidad como revivía el recuerdo de madre Catalina vigilando desde la orilla, con su cabello bajo su pañuelo de azul turquesa, como el radiante cielo donde ahora se perdía su mirada.

La plaza estaba a abarrotar, la gente se agolpaba y gritaba al impío y hereje con la mirada perdida. Las campanas recordaban aquellas del viejo monasterio de santa María de Sigena, donde padre Antón ejercía de notario y entre cuyas piedras tanto jugó con sus hermanos.

El sediento Alcanadre discurría mientras un olor a humo comenzaba a adueñarse de todo y cegaba el cielo azul turquesa. Pronto comenzó a sentir el calor que quemaba como nunca antes había sentido, como asfixiaba y ahogaba hasta que la circulación menor dejó de fluir. Miguel volvió a chapotear en el Alcanadre con sus hermanos aquel 27 de octubre de 1553 en Ginebra mientras Catalina lloraba a orillas del río Alcanadre.

Para Marian Hillar, Servet fue el punto de inflexión en la ideología y mentalidad dominantes desde el siglo IV d. C.. Aún más, Hillar sostiene que históricamente hablando, con la muerte de Servet, la libertad de conciencia acabó convirtiéndose en un derecho civil en la sociedad moderna.

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Su barquito, de tabla de madera, navegaba a lo ancho y largo de la balsa de la árida estepa aragonesa de Los Monegros. El pequeño capitán maniobraba su navío y desarrollaba las mayores técnicas y artes de navegación. Soportaban tremendas épocas de calma mar hasta tempestades procelosas que dejaban a la deriva la débil tabla de madera con velas de papel. El agua era salada, como el mar. Y el cierzo era el aire que arreciaba las velas en ventura de alcanzar buen puerto.

Martín se dejaba llevar por infinitas aventuras allende los mares, orientándose en el cielo estrellado de su Bujaraloz natal, guiándose por las incontables estrellas, recorriendo de proa a popa la cubierta, corrigiendo el rumbo, longitud y latitud, señalando el norte con la brújula, manejando el nocturlabio o la carta esférica y surcando océanos en los grandes navíos del imperio.

Soltó amarras, levó anclas, izó velas y partió el joven Martín al reino de los mares desde la árida tierra monegrina. Advirtió de la diferencia entre el polo magnético y el terrestre y la desviación que había que tener en cuenta en la navegación para no errar en el destino, para mantener el rumbo reorientando adecuadamente la rosa náutica.

Fue un maestro de la navegación y, mientras contemplaba el mar, cerraba los ojos e imaginaba que al abrirlos la mar tan sólo sería un espejismo donde Bujaraloz aparecía al fondo, como aquellos días de su niñez en que era capitán de su barquito de tabla de madera y velas de papel.

Martín Cortés de Albacar (Bujaraloz, 1510- Cádiz, 1582) está considerado como uno de los científicos más importantes del Renacimiento español en uno de los campos más importantes de su siglo: “el arte de navegar”, debido a la necesidad de conocer los secretos de la navegación de altura, necesaria para impulsar los descubrimientos de la época.

Desde la agrietada y seca tierra soñó con navegar, soñó con el mar.

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Mientras desenmarañaba el áureo cabello de Luna, con su cepillo de suaves púas, Penélope recordaba aquel paisaje desértico cuya noche estrellada se le hizo tan inmensa. Un escalofrió le sobrecogió de improvisto y recorrió todo su cuerpo, electrizando el vértigo que da asomarse al pasado.

En esa tierra desconocida, Penélope contemplaba infinitas estrellas inalcanzables, alargaba su mano tratando de alcanzarlas tal y como decía el director “En estas tierras, desde Monegrillo, he tocado la luna”. Ella alargaba su mano para tocar la clara luna, estiraba todo lo que podía su brazo para alcanzar sus sueños, ser ella dueña de su propia odisea en el firmamento de las infinitas estrellas.

Como una perla flotaba la luna en el cielo mientras la noche se cernía y ella se fundía en el cielo solitario de las tierras de Los Monegros. Una durísima jornada de rodaje esperaba, la responsabilidad de hacerlo bien, los nervios y los sueños se enmarañaban en el estómago, como el cabello de Luna que había que desenredar.

Alcanzó las estrellas y los sueños. En esas tierras, desde Monegrillo, Penélope alargó tanto su mano que solamente ella sabe si de verdad tocó la luna.

La producción cinematográfica Jamón, jamón tuvo un notable éxito internacional, catapultó a la fama al director Bigas Luna y a dos de los actores españoles más populares en todo el mundo, Penélope Cruz y Javier Bardem. Fue rodada en Los Monegros en 1992.

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Tanto por lo universal, como por nominalismo, existía una cierta controversia o disentimiento, también incluso aceptación o una ligera o profusa matización que abría nuevos escenarios dialecticos. Quizá, la palabra del maestro, curtido en la misma Sorbona, era indiscutible, pero en verdad todo debía de ser susceptible a ser cuestionado. La discusión era, en sí misma, la principal razón filosófica de su encuentro.

La discusión iba alcanzando gran intensidad entre los asistentes a la mesa, un fluido duelo dialectico confrontaba las ideas, las enfrentaba y batía en un combate sin igual, o tal vez particular. Todo concepto o teoría se exponía ordenadamente, modulando el tono y haciendo hincapié en los detalles más notables que al final se rebatían y refutaban con el peligroso arte de la palabra.

La victoria de la razón y la lógica, con su tono sereno y reflexivo se instruían, enriqueciéndose con el uso de la palabra, la moderación y el saber escuchar. Sabían guardar los tiempos y mantener los silencios. Sabían escuchar.

Intercambiaban argumentos, ideas y razonamientos y, de aquel enmarañamiento dialectico, surgían respuestas y conclusiones. Se cultivaban en el arte de la dialéctica y aprendían conversando, abriendo la mente y reconociendo la virtud de reconocer que aprendemos, que somos sabios con nuestra humildad de la lógica y la razón.

Gaspar Lax nació en Sariñena en 1487. Estudió en la Sorbona de Paris donde ejerció de maestro, fue un filósofo y matemático considerado el príncipe de la lógica, aquel que su discípulo Juan vives calificó como de ingenio sumamente agudo y de tenaz memoria

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La primavera se revelaba como un milagro en la tierra árida y seca que tanto se agrieta por la escasez de lluvias. Manuel caminaba, realizaba uno de esos esporádicos paseos que podían realizar cada cierto tiempo, aunque él, en la orden, gozaba de cierta libertad por la delicadeza de su trabajo y obra. Daba sus pasos contemplando el paisaje, con la sierra al fondo y las florecillas en los marguines del camino y los campos. Los colores, los intensos y brillantes colores que pincelaban cada palmo de tierra alegraban el alma, una composición inigualable que regalaba la naturaleza.

Era un momento vital, de abandonar el retiro y coger perspectiva con los amplios horizontes. También de distraerse, aunque en verdad nunca lo conseguía. Siempre estaba con sus ideas para continuar pintando las paredes, bóvedas y cúpulas. Reflexionaba sobre realizar una inscripción en lo más alto de la cúpula principal, como un secreto difícil de descubrir. Cavilaba lo tanto que le agradaría que Francisco de Goya aceptase su invitación y viniese a contemplar su obra. Sus pinceles y murales se habían vuelto su vida.

El monasterio iba quedando alejado, nada aconsejaba ir mucho más allá, nunca se sabe y hay muchas historias de bandoleros que advertían prudencia. Se acercó a la fuente, un oasis que emanaba vida. Meditó sobre los colores y su paleta de pinturas, recordando las florecillas del campo y las flores de su jardín. Su brillo, pensaba Manuel, su brillo.

Pronto regresó en calma a la paz y al inviolable silencio que aguardaban los muros del monasterio de la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes. Volvió a su retiro, su pequeño paseo había sido su vuelta al mundo mientras el monasterio continuaba inamovible e inmutable. Manuel entró en el cenobio contemplando y redescubriendo sus composiciones pictóricas, sorprendiéndose como si fuese la primera vez.

Fray Manuel Bayeu concibió un vasto programa iconográfico para la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes. Entre 1770 y 1780 plasmó su obra en más 250 composiciones de pintura al fresco, siendo un conjunto artístico extraordinario de absoluta belleza.

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El lugar de una mujer

Caminaba como siempre, por las calles de toda la vida, sin esquivar las tantas miradas hirientes que le acechaban, sin inmutarse de los cuchicheos que despertaba a su paso o las nunca tan infantiles burlas que siempre le decían. Caminaba junto a sus inseparables perros, sus incondicionales, a quienes también convirtieron en objeto de mofas e incluso hasta de algún intento de agresión. Era lo fácil, atacar a lo débil, a lo indefenso, siempre lo más fácil.

Fueron muchos años en el pueblo que la vio nacer, donde sus sueños e ilusiones fueron disipándose en una oscura niebla que la fue aislando completamente. Casi sin poderlo entender comenzaron a no aceptarla, casi nadie la saludaba, ni preguntaba qué tal y si estás bien, un pequeño gesto de cariño, una sonrisa, una complicidad… casi nadie se paraba para hablar con ella. Incluso le apartaban la mirada o trataban de no cruzarse con ella.

La gente la evitaba, murmuraban, chismorreaba a su paso, -¡allí va!, -¡mírala!. Poco podía hacer ella, estigmatizada, una mujer mayor y soltera que se había convertido en objeto del cachondeo y pitorreo de la chiquillada del pueblo.

Le había quedado una mísera pensión y casi no podía vivir, merodeaba los contenedores y sus ropas se volvían andrajosas con el tiempo. Fumaba como queriéndose ocultar en esa niebla que tanto la aislaba. Solamente en su casa, anclada en el tiempo, se refugiaba con sus perros, gatos y plantas.

Caminaba como siempre, acostumbrada al desprecio y a la miseria que le habían condenado. Pero siempre fue fuerte y dura, siempre caminó erguida a pesar de la curva de la edad y el peso de la vida, siempre hubo gente buena, siempre hubo quién se preocupó, siempre hubo un mundo por el que continuar caminando.

Ella tenía muchos nombres, la de muchas mujeres vulnerables que sufrieron marginación y el desprecio de la sociedad. Ella tenía sus motes, su nombre daba igual, ya no era ella. Igual que borraron su nombre tras la guerra y obligaron a sus padres a ponerle otro nombre. Se llamaba Libertad.

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La edad, forjada en tantas batallas, hace ya tiempo que reclamaba su cuerpo. La naturaleza hace mortales a todos los hombres y no hay reino que ampare la inmortalidad más que la memoria que la perdura.

Alfonso había conquistando Los Monegros y las tierras al sur de la sierra de Alcubierre avanzando imparable hacia el este. Atrás quedaban tantas batallas, desde la conquista de la madina de Siya y la de Saraqusta a sus enfrentamientos contra leoneses y gallegos y sus luchas de poder entre los diferentes reinos. Se había adentrado por tierras de al-Ándalus, por la taifa de Valencia, como hizo de joven apoyando al Cid, hasta alcanzar Granada y llegar a cercar la misma ciudad.

Ya lo había presagiado antes que los bearneses y gascones de Gastón se retirasen sin blandir la espada contra las guarniciones musulmanas, mucho antes de renovar su testamento en el lugar de Sariñena, antes de adentrarse de nuevo en el fragor de la batalla. Mucho antes de sentir el templado acero hiriendo su cuerpo.

Ya sabía de su suerte cuando, por última vez, sitiando la fortaleza de Fraga, gritó Deus lo vol, Junto a sus quinientos caballeros aragoneses que acabaron derrotados por los almorávides al mando de Avengania.

La inmortalidad ya no le pertenecía, solo su herencia continuaría grabada a fuego y sangre en los anales de la historia  de la vieja tierra del Reyno d´Aragón.

Alfonso I El Batallador, rey de Aragón y de Pamplona entre 1104 y 1134, murió por las heridas de guerra el 7 de septiembre de 1134 en Poleñino y, posteriormente enterrado, con todos los honores, en el castillo de Montearagón.

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Como todos los días, Asun ha salido a escobar la calle, el tramo que corresponde a su casa y que toda la vida ha ido limpiando. A veces coge un poco de agua, con el pozal, y rugía la calle antes de escobarla, para no levantar mucho polvo.

Asun mira su casa y ve las grietas que se han ido formando, como un espejo donde las arrugas de la edad van quedando reflejadas. Las otras casas de la calle aparecen tristes, hace tiempo que no vive nadie y han ido a peor. A José, el Basto, hace un par de años que se lo llevaron a la residencia, Josefa la Cañicera murió hace un año y poco menos hace que también murió Matilde.

En la calle tampoco quedan muchos, se había quedado el hijo de Francisquer, pero al final marchó a vivir a Huesca y baja muy de vez en cuando. Al final de la calle está María, la de Antonier, tiene una chica que la va a cuidar, pero ni sale de casa, hace mucho tiempo que ni se ven.

María Victoria, la sobrina, va trayendo todo lo que necesita y le hace una compra semanal. Llama todos los días  para saber qué tal está y si le falta algo, es un cielo. Asun siempre la espera cuando sabe que va a venir y la despide con un eterno abrazo y muchos besos cuando se va. Al pueblo hay que venir de propio, no hay gente de paso y casi nadie viene.

Aún mira Asun al portal de Matilde esperando encontrarla con su alegre sonrisa, ver la acera escobada todas las mañanas, las macetas llenas de hermosos geranios y la silla de tomar la fresca por las noches veraniegas. Pero la calle está desierta, a veces pasa un coche y cuando se ve alguien resulta extraño, incluso a Asun le da miedo y rápidamente se resguarda en casa.

Asun se va a acostar, la calle permanece silenciosa, pocas casas quedan con vida y apenas llegan a la media docena de vecinos. Sin escuela, tienda bar… y el médico una vez por semana. El cura ya no viene ni a hacer misa, solo para las fiestas, cuando aún vuelven los muchos que marcharon.

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La noche era fría, una de aquellas noches que te aprietas con todas tus fuerzas, recogido y envuelto en ropas haraposas que ajustas y ajustas para tratar de no dejar escapar el poco calor que aún conserva tu cuerpo.

A la intemperie no tenían nada para calentarse, ni para alimentar un fuego que también agonizaba de hambre y moría de frío. La tierra era seca y árida, las noches heladoras congelaban los maltratados cuerpos y te hacían tan ínfimo como insignificante en un lugar perdido del mundo.

El cielo se abría oscuro dejando entrever millones de estrellas. Mantenerse humano era más importante que mantenerse vivo, musitaba Eric para sus adentros, en el sobrecogedor silencio de la infinita noche.

Aun así, la mañana aguardaba fría en trincheras cavadas en la tierra, en la calma de una guerra lejos de casa, de la verde Inglaterra. En un mundo a veces tan inmenso como reducido a un instante y un lugar.

Eric Arthur Blair, más conocido por el pseudónimo de George Orwell, combatió en el bando republicano en la guerra Española y entre enero y febrero del 37 luchó en el frente de Alcubierre, en monte Pucero y monte Irazo.

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No hay prisa, pasete a pasete y con ayuda del bastón, poquer a poquer, va avanzando. Hace muy buena mañana y hasta la hora de comer no hay que volver a casa.

Antonier va andando por la calle hasta llegar al cruce del pueblo, allí están como siempre los dos bancos donde se solían juntar. El mentidero, bien resguardado del aire y soleado, además, geoestratégicamente ubicado desde donde se puede controlar todo movimiento importante del lugar.

Antonier se sienta en su sitio de siempre, al lado donde Manolete solía sentarse, cerca de Juan y Ramón. Luiser solía estar más de pie, se movía mucho y braceaba enérgicamente con cada discusión. Se alteraba demasiado y siempre le advertíamos que le subiría la tensión.

Ahora, a finales de primavera, estarían hablando de cómo había ido la cosecha, de los 5.000 kilos por hectárea que cogía Luiser y que siempre se enfadaba cuando le llamábamos fanfarrón. Hablaban del tiempo, de si iba a venir o no tormenta, de tiempos pasados y recuerdos, de lo mucho que había cambiado todo, que antes no había nada y los pueblos rebosaban vida y ahora que lo hay todo la gente marcha.

Pasaron los tiempos del mentidero, de cuando se juntaban todos y hablaban del pueblo, de lo olvidados que estaban y del poco futuro que había. Nosotros ya somos viejos, decían, pero es una pena que nadie haga nada por nuestros pueblos.

Antonier se levantó, apenas ha estado un rato en el banco, ya no es como antes y ya solamente queda él. Quizá, mañana le toque faltar.

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El sol rabiaba mientras el rebaño pacía por los resecos rastrojos. Entre tanto, bajo la imponente sabina, cavilaba el pastor, mascullando palabras líricas que iba entrelazando, hilando en un relato de acontecimientos teatralizados, con gracia y maestría, con elegancia y sabiduría.

Qué decir cuando aprendió de los grandes maestros, pastores que le antecedieron en el arte de los dichos, loas y motadas, de la tradición y herencia del mayoral que a buen orgullo siempre portaba.

Con su palo y morral lleno de versos, de sucesos, alcagueteríos y alparceríos, lo que ayer le sucedió a Pascualer y lo que le pasó a Fermín hace días, iba tío Juaner cavilando mientras apacentaba el ganau. Las virtudes de la paciencia, serenidad, observancia, reflexión y la sabiduría heredada con total convivencia con la naturaleza.

Al final se había enterau, resultaba inevitable, enseguida le contaban todos los chismorreos del lugar de Pallaruelo de Monegros y redolada y tío Juaner componía versos para recitar a viva voz, como verdadero juglar en la plaza mayor para el gran disfrute de sus convecinos.

Volverán a sonar los versos cada fiesta mayor, igual que el gaitero pretará el codo y hará vibrar su gaita y los danzantes bailaran con entusiasmada devoción al santo patrón. Repiquetearan las campanas y chocaran con fuerza los palos, sonaran los cascabeles y olerá albaca. Volverá el mayoral, con su firme planta, a recitar su arte sin igual, llano del pueblo y culto como el mayor de los poetas.

Sus versos efímeros volverán a sonar, pues no hay más grandeza que hacer felices a quienes te rodean.

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Una sensación de desorientación se le apoderó, todo era humo y polvo, cascotes y tierra, un silencio completamente sobrecogedor; más bien no oía nada hasta que los gritos comenzaron a resonar por todas partes.

Aturdida, todo se movía lento a su alrededor y un dolor, como ajeno al principio y a la vez insufrible después, cogía fuerza a la vez que Elisa iba reaccionando y comprendiendo la situación. Una tremenda explosión les había sorprendido, la más maldita de las pesadillas cuyo único despertar era la muerte, cadáveres entre los escombros, cuerpos destrozados y heridos ensangrentados deambulando sin rumbo ni sentido.

Unas voces se pararon, le gritaron, le tocaron la cara, le agitaron los brazos y palparon su joven cuerpo, tiraron de ella y la subieron a una camilla. En la ambulancia, el traqueteo golpeó incesantemente el malherido cuerpo. Pareció una eternidad hasta que llegaron al Hospital Militar de Sariñena.

Sant Andreu, sus calles, la fábrica y su casa, la esperaban sus padres: Ahora madre vuelvo a casa, vuelve mi libertad que mi cuerpo queda en el frente, no lloréis por mí, ahora vuelo en los corazones libres que luchan por un mundo mejor.

Elisa García Sáez murió en Sariñena tras ser herida de muerte en el frente de Tardienta. Con tan solo 19 años, fue una de las muchas mujeres que lucharon contra el fascismo. La leyenda de su tumba fue borrada durante el franquismo hasta que en el 2013 se consiguió recuperar: Muerta heroicamente, luchando contra el fascismo, en el frente de Aragón, sector Tardienta.

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Lorién ha salido a dar una vuelta por el pueblo. Con su bicicleta ha recorrido las calles y ha saludado a María, estaba entretenida dando de comer a los gatos, también ha saludado a Pedro,  iba a regar el huerto.

Lorién ha llegado hasta el pequeño parque y se ha distraído con los columpios y el tobogán, después ha chutado varias veces a la portería, acertando casi todas las veces, todas menos una en la que ha aventado el balón, tan lejos, que por poco cae en la acequia. Luego ha ido hasta la balsa, se ha dedicado a tirar piedras tratando hacer ranetas y las piedras han brincado una y otra vez hasta hundirse en el agua.

Ha vuelto a recorrer las calles del pueblo, ha pasado por la plaza y se ha sentado un rato en el banco. Volviendo a casa se ha cruzado con Jacinto, volvía con el tractor con el chisel enganchau. Los gatos de la señora María se han espantado al verle pasar de nuevo con su bicicleta.

María siempre con su gran sonrisa saluda a Lorién, dice que es la gran alegría y es una pena, es el único zagal del pueblo.

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Los zapatos brillantes, el traje impecable y elegante, aseado y bien repeinado. Un joven Pedrito es objetivo de interminables e insufribles cumplidos, besos, abrazos y arrumacos por parte de su familia. Hoy es un día muy importante para el pequeño Pedrito, sus padres se sienten muy orgullosos de él. Pedrito se va haciendo mayor.

Ya replican las campanas, tocan a misa y todo el pueblo se vuelca en una celebración tan especial. Además es 15 de mayo, día de San Isidro Labrador que celebran con gran devoción en estos pueblos del secano altoaragonés.

No llevan mucho tiempo aquí, en Poleñino, y tampoco estarán mucho más. Viviendo en un pueblo tras otro es difícil adaptarse, no da tiempo. Llevaban desde el verano y a padre Antonio le quedaba poco trabajando en la fabricación de canales, tubos y soportes de fibrocemento para los nuevos sistemas de regadío de la zona. Pronto emprenderán la marcha a un nuevo destino.

Pedrito está espectacular con su traje. La gente se agolpa en la plaza para entrar a su iglesia que destaca por su torre mudéjar sobre una nave principalmente barroca. Es el día de su primera comunión, pero Pedrito ya se estaba haciendo mayor y su mente se abría a un increíble abanico de colores en una España gris. Pronto sus sueños y su arte, también forjados en un lugar de Los Monegros, florecerán y brillarán con tal fuerza que nos deslumbrarán.  Al final, su verdadero destino.

Pedro Almodóvar comulgó en Poleñino el 15 de mayo de 1958.

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Padre nuestro que estás en los cielos… Eduardo recitaba en voz baja, titubeando, santiguándose una y otra vez, repetitivamente, en un claro gesto tremendamente nervioso. Nunca antes había tenido tanto miedo, aterrado, completamente aterrorizado.
Sumido en el profundo miedo, su corazón se aceleraba, con taquicardias, le flaqueaban las piernas y amenazaban con dejarle caer al suelo. Sudaba, mantenía los ojos cerrados, no quería mirar, rezaba medio balbuceando mientras le gritaban que su dios no le iba a salvar. Su garganta se secaba, se paralizaba, su mente se volvía borrosa, erraba en la oración una y otra vez.

Eduardo volvía a comenzar de nuevo su rezo, incapaz de terminarlo. Una ceremonia, simplemente una misa, su encuentro con Dios había sido su delito. Se lo habían dicho, lo sabía, pero ya no importaba ante el pelotón que estaba a punto de fusilarlo junto a otras doce personas.

Tan solo una misa, escondidos en una casa, ni mosén Pedro lo sabía, que mal iban a hacer. Eduardo volvió de nuevo a rezar mientras estaban a punto de dar la orden de disparar, ya iba a acabar todo, llegaba a su fin. Susurró sus últimas palabras mientras una ráfaga de balas apagaba su miedon. Por todos los siglos. Amén.

Eduardo Colay Biarge, sacerdote coadjutor de Sariñena fue ejecutado a los 24 años de edad, el 28 de julio de 1936, junto a otros 12 hombres.

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El lugar de una mujer (2)

Marisa, la mayor, se había quedado para contribuir en las faenas de la casa y ayudar a su madre Catalina. Los pequeños Juan Antonio, Manolito y María Teresa daban mucho trabajo,  además estaban los abuelos, ya mayores, y requerían muchos cuidados. Eran muchos en casa y no llegaba para todos, muchas bocas que alimentar, decía padre Antonio cada vez que llegaba del campo.

Raquel era la segunda, quería estudiar y andaba siempre leyendo libros, cosas de chicas pero ya iba tocando ser toda una mujer y olvidarse de esas cosas. Asimismo tonteaba mucho con Alfredito, el hijo de la Miguela, y estaba dando mucho que hablar a la gente, no lo podían permitir.

En casa de los Sabinos necesitaban una chica para servir y Antonio ya había hablado con don Jesús. Tras la cena, cuando ya todos dormían, reunieron a Raquel y le comunicaron que mañana comenzará; pronto por la mañana prepararás la maleta que madre te acompañará.

Le daban alojamiento, comida y si se portaba bien le darían alguna paga, seguro que será buena chica y se portará bien. Le dejaron claras las faenas y los horarios, los domingos a primera misa de la mañana, con las otras chicas, y luego pronto a la casa, a hacer las faenas. Por la tarde, los domingos, tendrá unas horas libres para ir a ver a la familia.

Para Raquel fue duro, no paraba todo el día y no podía salir de la casa más cuando le mandaban alguna compra o recado. No podía ver a su familia, ni amigos y de Alfredito ya podía olvidarse.  Debía vigilar sus amistades, era una casa buena, de reputación y tenían que saber con quién iba y se veía.

Llevaba unas semanas y como cada noche se refugiaba en su pequeño cuarto, le costaba conciliar el sueño, aún no conseguía acostumbrarse.  De repente la puerta se entreabrió y una sigilosa sombra entró en su habitación. Se recostó a su lado, era don Jesús, le susurró que guardase silencio, que si se portaba bien no le iba a hacer daño.

Raquel no se atrevió a decirlo en casa, se lo guardó, tuvo que contenerse de no ir llorando a contárselo a madre Catalina. Solamente a los pocos días se lo contó a mosén Julián, no le extrañó, aunque dijo que don Jesús era una gran persona y muy respetable, que se había preocupado mucho por ella, lo mejor era callar y olvidar, ser buena chica y las cosas irán bien.

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Extendió su brazo y la mano recorrió la arrugada piel, su tacto, tan familiar, su olor, ¡tantos sentimientos venían a la mente!. Hacía tiempo que no la visitaba, que no la venía a ver, estaba cerca, pero el día a día hace que nunca sea el momento, que nunca vaya bien.

Hoy ha sido el día, Miguel se ha acercado y, tal como se aproximaba, un escalofrió ha recorrido su cuerpo. Se ha quedado mirándola, de frente, helado sin saber que decir; son tantos recuerdos que es inevitable dejar escapar una lágrima entre melancólica y alegre.

Ha extendido el brazo y la mano ha palpado su anciano cuerpo, su corteza agrietada de color ceniza claro, ha tocado sus ramillas de diminutas hojas, ha cavilado bajo su atmosfera acogedora y protectora, testigo de tantas historias y secretos que guarda en sus entrañas. Ha sentido hundirse en sus raíces.

La sabina permanecía como siempre, muchas veces acudió Miguelito con yayo Pascualer, cuando le mostraba orgulloso la enorme sabina donde tantas veces se había resguardado, mientras apacentaba el ganado, cuando el sol abrasaba implacable, el cierzo arreciaba con fuerza o el cielo se desplomaba en espectaculares tormentas.

La vieja sabina permanecía, era parte del abuelo Pascualer, de su memoria. Hacía tiempo que no lo venía a ver.

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Conchita y Margarita se apretujaron fuertemente en el suelo, en un rincón del amplio salón de la pudiente casa de los Sabinos. Su madre Leonor no paraba de gritar, mientras la señorita Raquel las protegía con su cuerpo y trataba que no escucharan ni viesen nada de lo que aquel fatídico día sucedía.

Varios hombres armados registraban la casa, se llevaban objetos, ropas y muebles, buscaban joyas y dineros y amenazaban a don Jesús y a la señora Leonor. Todo lo religioso lo tiraban por la ventana, muchos se marchaban con comida, bebida, pertenencias… y otros se burlaban con las buenas ropas que tenían. –A fusilar, te vamos a fusilar- gritaban embravecidos los hombres armados.

Raquel no soltaba a las niñas Conchita y Margarita, las abrazaba con todas sus fuerzas, temblorosa y con los ojos llorosos. Un hombre se acercó y le susurró que estuviese tranquila, que a ella y  a las niñas no les iba a pasar nada. Era el Alfredito, pero parecía otro, hacía por lo menos dos años que no se veían.

También estaba Marquitos, el de tía Paca, parecía el más tranquilo y andaba tratando de apaciguar los aireados ánimos que reclamaban muerte. Estaba con otros del comité dejando claro que nadie iba a hacer nada y que  don Jesús tenía que ir, como todas las personalidades de derechas, a la cárcel municipal. Era lo mejor, les dijo Marquitos a don Jesús y a la señora Leonor, la única forma de evitar que le fusilen en cualquier momento.

Conchita y Margarita no entendían nada, se llevaban a su padre y la casa quedaba destrozada. Para las jovencísimas niñas la guerra les había golpeado sin tener un porqué. Raquel se quedó con Conchita y Margarita y con la señora Leonor, ahora era libre, pero prefirió quedarse con ellas, no las iba a dejar solas.

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El mal sueño de Camilo

Despertó confundido, como si hubiese perdido el sentido y estuviese tendido en el suelo, con el dolor de un golpe seco en la nuca y metralla de una granada laffite clavada en el pecho. Había habido silencio, la guerra era como un vacío hasta que los vuelos de los pájaros se volvían balas  que rasgaban el cielo buscando la muerte.

Como una pesadilla, Camilo se despertó de los barrancos de la desnuda y agría sierra de Alcubierre, de la paramera donde crecía el esparto y vivía el escorpión y el alacrán, la víbora y la tarántula.

La muerte es dulce; pero su antesala, cruel; decía Camilo. Despertó, esta vez, sin ser herido. Tampoco le produjo mucho dolor antes de ser evacuado para ser hospitalizado en el hospital militar de Logroño, en la popular Industrial.

Camilo despertó de su mal sueño, de la pesadilla de la guerra que vivió con apenas veintiuno años. Se despertó de su mal sueño, de la siesta en su cuarto repleto de estanterías rebosantes de libros, de esa colmena social de letras entrelazadas en prosa.

Camilo José Cela y Trulock​ (Iria Flavia, 11 de mayo de 1916-Madrid, 17 de enero de 2002), combatió en el frente de Aragón, por las posiciones cercanas a Farlete, dejando constancia en su obra “Mazurca para dos muertos”.

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El lugar de una mujer (3)

Manchadas de negro regresaban por el camino, con el sudor en la frente que se volvía oscuro, negro, al contacto con el polvo del carbón que les había ido tiznando a lo largo de la mañana. Mineras monegrinas, de polvo, viento y sol, sin casco, ni pico, ni pala, ni lámpara de carburo; mineras de intemperie, sin galerías ni túneles, mineras sin mina.

Regresaban portando sobre sus espaldas el triste carbón que habían podido recoger, entre los raíles que parecían conducir vagonetas, buscando a lo largo de la vía de la línea férrea, por los alrededores de la estación o por la cuesta que tanto costaba subir a los trenes dejando entre caer alguna que otra vigueta de carbón.

Los maquinistas hacían sonar la bocina al paso de los convoyes ferroviarios, su traqueteo y el ruido del metal sobre metal, el suelo tembloroso y el olor a humo, a carbón quemado. Mujeres recorrían  las vías entre los cagafierros, los restos de carbón consumido que escupían los trenes. Mozos fogoneros les echaban alguna vigueta sin quemar y algunas mujeres se lo disputaban porque la vida les iba en ello.  Los maquinistas hacían sonar la bocina, aún no hacía mucho que murió Josefa, la Royeta, arrollada por un tren que no vio venir. Aún había una pequeña cruz de madera, hecha con dos palos y una cuerda, que recordaba el lugar y el fatal atropello.

La estación rebosaba vida con el ir y venir de viajeros, maquinistas, operarios varios y las mercancías. Algunos se movían cuidadosos y recelosos con el escurridizo estraperlo que burlaba las fuerzas del orden y permitía sobrevivir, igual que el carbón que portaban sobre sus espaldas aquellas mujeres que, manchadas de negro, regresaban por el camino. Regresaban al pueblo con el miedo que les confiscasen su pan negro para alimentar sus hijos, en su triste margen para poder ir sobreviviendo y sacar adelante sus familias.

Durante años muchas mujeres se dedicaron a ir a buscar carbón por la estación de Sariñena, luego lo vendían y/o lo aprovechaban para cocinar y calentar las casas. Fue un medio de sustento para muchas familias en tiempos muy difíciles y duros.

Para aquellas mineras de intemperie y pan negro todo recuerdo y memoria. Mira, mira como vienen, Santa Bárbara bendita.

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El lugar de una mujer (4)

Cristina fue de las primeras, pasó caminando entre la multitud, entre la gente del pueblo agolpada sobre las aceras, haciendo un pasillo como si fuese el día de la fiesta mayor y las damas desfilasen con sus mejores galas, regalando sonrisas entre confeti y serpentinas.

No faltaban las nuevas autoridades locales, don Jesús el alcalde, mosén Manuel y don Rodrigo, el capitán del puesto local de la guardia civil. Estaba todo el pueblo, mayores, chicos y aquellos a quienes, no hacía mucho, Cristina enseñaba a leer, escribir, materias varias… y con los que jugaba en el patio-jardín de la escuela o saludaba con gran efusividad por las calles.

Cristina se había esforzado en dar nuevos aires pedagógicos a la escuela, en modernizarla y  llegar a todos los alumnos. Trabajó con cariño afanándose en tratarlos con mucho respeto, pero también con cierta rigidez con las técnicas de aprendizaje y estudio. La jovencísima maestra Cristina se ganó el corazón de todos con su dulzura, la habían querido mucho. Fue una mujer valiente y adelantada a sus tiempos, risueña y alegre.

Cristina desfiló junto a otras chicas, entre ellas María, una buena chica que había estado con ella de enfermera en el hospital que instalaron durante la guerra. También estaba Antonia, la mujer de Marquitos, el de tía Paca, y otras mujeres del pueblo.

Cristina pasó con la mirada caída al suelo, viendo escasamente los disimulados rostros entristecidos de pena, con sus lagrimas secas e invisibles de quienes habían sido sus alumnos. También vio rostros de odio cuando pasaron con la cabeza rapada, trasquilada, señaladas entre los insultos y escupitajos, humilladas y con el corazón herido y hundido en el más profundo miedo.

Cristina marchó y nunca más volvió. Tal vez en el más absoluto silencio debió ser recordada.

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Muchos hacían la ronda, recorrían los pocos bares de la localidad hasta terminar en la taberna de Nicolás. Allí se juntaban los de siempre, en un pueblo todos somos conocidos, vamos, de toda la vida.

Era tarde de vinos, la charradeta en el bar y la partida de guiñote. Algunas parejas se sentaban en las mesas, buscando algo de intimidad, mientras la barra se llenaba de hombres. Hablaban de agricultura y ganado, de caza, fútbol, mujeres… como cada domingo la tarde se iba animando a cada chato de vino.

Rodrigo trataba de no ir a los bares, evitaba ir a según qué sitios pero era su pueblo, había elegido quedarse a vivir aquí y tenía que hacer su vida. Como casi siempre solía ocurrir, cuando Rodrigo entraba a la taberna de Nicolás las típicas risas y mofas por lo bajini no faltaban, era lo habitual, se había vuelto lo normal.

Rodrigo “El palomo cojo” le llamaban, en un pueblo todo se sabe y todos somos conocidos, resulta imposible pasar desapercibido, llevar tu vida y mantener anonimato. Solo en la ciudad Rodrigo se sentía libre, andaba como uno más, sin esa estigmatización que tanto le condicionaba en el pueblo.

En un pueblo todos somos conocidos, vamos, de toda la vida.

Mucha gente se ha visto obligada a abandonar sus pueblos por la intolerancia e intransigencia por parte de la población, otros se quedaron. Todos soñaron una sociedad de respeto y libertad.

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Juan va de paso y todos los lugares son pasajeros, como él, que es pasajero entre los diversos lugares que transita. A veces ajeno a todo y otras espectador, involuntario, de una sociedad a la que ya no pertenece, de la que vive al margen.

En su camino todas las direcciones son posibles y, sin embargo, ninguna es su destino, no hay final. Tampoco hay hogar, solamente un continuo dejar atrás y olvidar. Parece que tampoco nunca hubo un principio.

Viaja solo, con sus parajes, calles y callejones llenos de contenedores, con sus cartones y noches estrelladas, las frías y oscuras noches que se hacen infinitas, inagotables como la soledad que le acompaña. Esa compañía invisible que le embriaga y le hace divagar y vagar.

Invisible transcurre por las calles llenas de gente que le ignoran o le miran con desprecio, incluso con asco, se apartan, le esquivan, le evitan… En un mismo instante y lugar se dan distintas realidades, la hipocresía les diferencia, Juan escupe y va dando tumbos por la calle, él no se esconde, ni aparenta nada, ni está sujeto a nada, ni vive en una gran mentira… la sociedad es nauseabunda, está podrida y da asco.

Juan va de aquí para allá, con su escaso equipaje vacío de pasado, durmiendo en albergues, portales y cajeros, mendigando las calles, las puertas de supermercados y las iglesias. Juan vaga por el mundo, es un trotamundos errante y sin bagaje. Va vacío de pasado  sin saber si huye o la misma vida lo abandonó.

Juan va vagando, transeúnte de un camino que no lleva a ninguna parte, parece que tan sólo va dando vueltas, errante y de paso, como una estrella fugaz en el universo de estrellas varadas. Se vuelve a embriagar, se ríe de la gente, son todos miserables, son miserables, son miserables… la calle es miserable, la vida es miserable.

La noche se vuelve dulce, el alcohol la hace dulce, el sueño se vuelve también dulce, desparece el miedo a una nueva paliza, a caer víctima de humillaciones y vejaciones. La calle es dura, cada ruido, cada paso, el frío… sobrevivir cada día es una victoria para continuar vagando, continuar caminando entre diversos lugares donde ser simple pasajero, como invisible, como el aire, libre sin destino. Libre para seguir de paso.

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Va de paso, como otras muchas veces. Es verano, hace un calor insoportable y hay un tráfico intenso, están los turismos que van a la costa, y, como siempre, los numerosos camiones que abarrotan la nacional II. El recorrido es familiar, Manolo lo recorre muchas veces, casi demasiadas y desde hace ya  unos cuantos años.

La ruta es peligrosa con su camión tráiler Escania de tres ejes y más de 20 toneladas de peso. El asfalto arde y crea espejismos, como si fuese agua. Otras veces el cierzo golpea el camión, lo sacude, lo bandea y Manolo tiene que agarrar fuertemente el volante.  Estas carreteras ya se han cobrado demasiadas vidas.

El paisaje se desnuda al pasar por Los Monegros, aparecen los horizontes que se pierden secos, áridos y medio desérticos, que evocan al oeste, donde las capitanas recorren los llanos páramos que se descubren al pasar, que invitan a perderse.

Manolo suele aprovechar para parar en alguna área de descanso, como en mitad de la nada y a mitad del camino. Siente el contraste del calor al salir del camión, pasar del frescor del interior del camión, gracias al aire acondicionado, al sofocante calor de Los Monegros, siempre cercano a los 40ºC. El área de descanso resulta un refugio, un oasis.

Manolo siempre de paso, con su camión de más de 20 toneladas de peso. Siempre atraviesa el arco del meridiano de Greenwich y el toro de Osborne de Peñalba. A veces piensa que debería conocer esta tierra, adentrarse y explorar sus misterios, de esta tierra tan familiar que tan solo le es de paso.

Va de paso, Manolo va de paso con su camión tráiler Escania de tres ejes y más de 20 toneladas de peso, atento a la carretera y a ese paisaje que tanto le atrapa y con el que tiene la deuda pendiente de perderse. De repente, un camión se le echa encima sin dar tiempo a reaccionar, no ha podido hacer nada y han acabado chocando frontalmente. Manolo iba de paso, tan solo de paso.

El tramo de N-II que une Fraga y Alfajarín es uno de los que más accidentes mortales registra cada año en Aragón. Un tramo pendiente de desdoblar que no debería cobrarse más vidas.

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Las manos duras y resecas, el sol implacable, el sudor en la frente y el cuerpo doblado. El botijo guardado bajo la sabina, a la sombra, y la comida colgada para que ninguna alimaña se hiciese con ella. Hombres y mujeres recorrían paso a paso el áureo campo, de altas espigas con su preciado grano.

El verano traía la siega, los dorados campos de cebada y trigo, de la buena o mala cosecha dependía la vida, de sobrevivir o miseria. Las tronadas hacían peligrar las cosechas y en la sierra se volvían atronadoras, asustaban a todos.

La hoz bien afilada y la zoqueta en la otra mano, el zamarro protegiendo la pierna, ir segando poquer a poquer, formando manojos. Las mujeres se cubrían los brazos para que no les diese el sol, se ponían manguitos, entonces ponerse morenas era de pobres. Con fencejos anudaban manojos y tendían las gavillas en el rastrojo, haciendo los fajos de mies.

Comían a rancho y apuraban el día, trabajaban de sol a sol. Subían toda la familia y permanecían en la caseta varios días. A la era acarraeaban los fajos de mies que cargaban en las caballerías, hacían la fagina y extendían la parva. Ataban al caballo el trillo y los chiquillos se subían al trillo para darle peso, como si fuese un trineo surcando la nieve de paja. Trillaban ayudando con la horca, desatascaban el trillo, replegaban con la plegadera, un tablón que recogía las mies, y el retabillo, especie de rastillo de media luna y sin dientes. Escobaban la era y aventaban separando el grano de la paja, el aire tenía que ayudar, porgaban, cribaban el grano y lo recogían en los costales o talegas y los mandiles con la paja.

La mirada del abuelo Paco se perdía en el amplio horizonte mientras la cosechadora devoraba el campo a una velocidad asombrosa, lo que antes costaba avanzar y ahora sin darse cuenta, en un momento, ya está cosechado.

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La pequeña Marieta llevaba días con tos, había perdido mucho peso y solía tener sudores y fiebres. Lo más seguro, dijo al principio el médico, será un simple refriado, pues recientemente había habido algunos casos de gripe por el pueblo. Lo mejor será que guarde cama y dejar pasar unos días.

Era una familia humilde, Javier, el padre, llevaba las pocas tierras de la familia y de vez en cuando hacía alguna faena para los Sabinos. Leonor, la madre, no paraba atendiendo a sus cinco hijos, daban mucho trabajo y le consumían por completo. Ya habían intentado que la mayor marchase a servir a casa de don Jesús, de casa de los Sabinos, pero siempre decía que no necesitaban ninguna chica más.

A los días Marieta no mejoraba, y eso que habían tratado que no le faltase de nada, siempre le tocaba la mejor pizca para comer, aunque no tuviese gana, y guardaba cama rigurosamente tal  y como había ordenado el doctor. Aun así no tardó don Pedro, el médico, en volver a visitarla de nuevo, había escupido sangre, así que extrajo de su maletín su fonendoscopio y la auscultó con detenimiento. Respiraba fatigosa, los pulmones parecían dañados y necesitaba tratamiento, lamentablemente en su diagnóstico se temía lo peor, Marieta sufría de tuberculosis.

 Lo mejor era llevarla a un sanatorio para tratarla, aquí solo podía infectar a los demás, era muy delicado.  Don Pedro les recomendó un sanatorio en Boltaña, allí el clima era bueno y la ayudarían, estaba el doctor Isaac Nogueras que tenía muy buena reputación. Pero a Javier y Leonor no les alcanzaba el dinero para cubrir los gastos, la única manera era acudir a don Jesús.

Don Jesús mostró su profunda preocupación por la joven Marieta pero no podía ayudar a todos los que llamaban a su puerta. No obstante aportó una solución, que según don Jesús salían ganando los dos, le dejaba el dinero a cambio de parte de su cosecha.

A Javier no le gustó mucho la idea y menos a Leonor, ya sabían cómo habían acabado otros. Era mucho dinero para una familia humilde pero no podían abandonar a Marieta, tenían que hacer lo posible para ayudarla. Al final no tuvieron otra opción y Javier volvió a hablar con don Jesús. Acordaron que cada año Javier le entregaría por lo menos lo que de una caizada, unos siete cahizes de trigo cada año.

Tras una larga estancia en el sanatorio, Marieta regresó junto a su familia. Javier fue sacando adelante buenas cosechas, había ido teniendo suerte y toda la familia participaba en la siega. Lo malo vino después, dos años de malas cosechas y sin poder pagar a don Jesús.

Don Jesús fue muy claro, si uno dejaba de pagar los demás harían lo mismo y no lo podía consentir. Javier regresó a casa llorando, ya sin tierras  tenían que hacer las maletas y marchar, aquí ya no les quedaba nada para vivir.

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Me encantaba curiosear por su cuarto, su cama grande donde muchas noches dormía con ella, la ventana con sus largas cortinas, las mesillas, el gran armario y la cómoda. También había una silla donde solía estar, cuando estaba sola, decía que se sentaba y miraba por la ventana, así pasaba el tiempo. Entraba tanta luz que en verano había que bajar completamente la persiana.

La cómoda, robusta de madera antigua, era lo que más me gustaba mirar, tenía un espejo grande y una foto de ella joven, en blanco y negro, tendría unos 16 años, estaba preciosa. También había fotos de la boda y de toda la familia, pequeñas fotos de cada uno de los nietos y nietas. Un pequeño transistor, una a cruz y una estampita de santa Rita completaban la parte superior de la cómoda.

Siempre me encantaba abrir los distintos cajones de la cómoda, no le importaba, en verdad le gustaba que mirase entre sus cosas. Abrir aquella cómoda era descubrir a la abuela, ver sus recuerdos, las viejas postales y cartas, los recortes de periódico envejecido y papeles del abuelo. La abuela Asun recogía muchas cosas, eran los objetos de su vida guardados en aquellos cajones. Aún lado, sin poder faltar, estaba la libreta del banco y un pequeño cuadernillo con los teléfonos más importantes apuntados a lápiz.

En el segundo cajón aparecían sus escasas joyas, los pendientes de boda, algunas que otras pulseras y el collar de perlas que el abuelo le regaló en su viaje a Mallorca. En una cajita estaban las arras de la boda, trece monedas sin mucho valor más que el sentimental. También tenía un reloj, casi nunca lo usaba y siempre le fallaba la dichosa pila.

En el cajón de abajo guardaba cuidadosamente unos delicados paños bordados con las iniciales de su madre, la bisabuela Loreto. La yaya se emocionaba muchísimo cada vez que lo enseñaba, lo sacaba con sumo cuidado de la caja, su pequeño tesoro que volvía a plegar y guardar con extraordinaria delicadeza.

Cada vez que preguntaba por algo concreto, un objeto, la abuela siempre contaba una historia. Todo en la casa eran recuerdos. La casa olía a ella, a la laca con la que se arreglaba el cabello, su cocina con sus guisos y deliciosos postres y sus plantas. Desde la alacena de la cocina, con su preciosa vajilla de cristal de siempre, al cuarto de estar con su meseta de costura y costurero, a la entrada con el bastón del abuelo aún en el paragüero. La silla con la que tomaba la fresca con Matilde la vecina, la toquilla de invierno en el ropero y el cenicero recuerdo de Comarruga. Un horrible cuadro de una escena de caza en el recibidor, el reloj del cuarto estar, el jarrón del pasillo y las lámparas vintage que ahora se podrían volver a poner de moda con su aires retro. El cabezal metálico de la cama, la alfombra del cuarto de estar, el sofá chester marrón oscuro y los viejos tebeos. El hueco de abajo de la escalera, con tantos trastos, y el armario donde guardabas las tortetas y farinosos que tanto nos gustaba cuando íbamos los veranos contigo.

Todo se fue abuela, al poco que nos dejaste. La casa se vendió y se encargaron de todo, lo tiraron todo. No pude bajar al pueblo, el trabajo, los niños, la distancia… ahora me doy cuenta y ya es tarde. Tan solo el tío pasó y se llevó las joyas y algunas fotos, también los papeles importantes, ya sabes, escrituras del campo y papeles de los bancos. Todo lo demás lo tiraron, zarrios, tan solo eran zarrios que ya tanto echo de menos.

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La joven Elisa contemplaba su arqueada figura, doblada con el paso del tiempo, retorciéndose y envejecida con su piel arrugada llena de cicatrices. Parecía desafiar la gravedad y hacer verdaderos equilibrios para mantenerse en pie.

Su curvatura caprichosa, su sinuoso tronco pasaba desapercibido entre otros rectos y esbeltos, hermosos y erguidos, cuyos espléndidos cuerpos atraían poderosamente las miradas.

Su silueta, sus medidas, su brillo… sus características le hacían único y singular pero a la vez la superficialidad lo condenaba al ostracismo. Su rudo y triste vigor no alcanzaba los estereotipados cánones de belleza. Solamente Elisa lo miraba. Elisa lo estrujaba, sentía fundirse en su corteza y penetrar en su madera, fusionaba sus brazos con las ramas y agitaba las manos como si fuesen las hojas, movía los pies y los hundía en la tierra abrazando las raíces.

Feo, irregular, combado, torcido… tan solo era un árbol. Un pino que, a pesar de las muchas vicisitudes y adversidades, se había adaptado para sobrevivir, había luchado buscando la luz, compitiendo y resistiendo el tumbar del aire, aguantado los embistes y el peso de otros árboles caídos y, aun así, nunca había cejado en salir hacia adelante, hacerse un hueco en el denso bosque, en crecer hacía el cielo, soñando con acariciar el sol y besar la luna y las estrellas.

Para Elisa, el más bello de los árboles.

* Elisa es la protagonista del Diario distópico de Los Monegros.

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El repique de campanas, intenso y enérgico, anunciaba fiesta. Su sonido repetido y continuado se extendía a lo largo y ancho del pueblo y la gente corría apresurada. Se sentía hasta en los campos más cercanos desde donde venían los campesinos. Los caminos y calles eran un ir y venir de gente, con sus gritos y alborotos, tal y como un día de fiesta.

Como un día de fiesta, de celebración, las campanas de la majestuosa iglesia gótica no cesaban de sonar una y otra vez, repicando sus campanas con su toque característico de fiesta. Todos corrían a la iglesia, familias enteras con sus hijos y mayores, todo el pueblo acudía presuroso al sagrado templo.

No podía ser otra cosa, el toque a fiesta no podía fallar, pero nunca antes había sido tan intenso y enérgico. Tenía que ser fiesta, no podía ser otra cosa, mientras algunos rezaban bajo el incesante repique de campanas o se agolpaban en los muros, abrazados y tranquilizando a los más pequeños. No, no podía ser otra cosa.

Ya nunca más volvieron a sonar las campanas en aquel lugar olvidado de Los Monegros. Nunca más sus casas volvieron a echar más humo que el que acabó consumiendo su historia, nadie volvió a pasear por sus calles, ya nunca más volvieron los días de fiesta.

Nadie os llorará y aquella consumida historia dará paso a leyendas del viejo y olvidado poblado de Moncalvo. Y nunca más nadie os recordará, Virgen Vieja de Moncalvo, ni de vuestras vidas ni de vuestras piedras, nunca más volverán a sonar las campanas, ni volverán los días de fiesta. Ya nunca más…

Moncalvo

El viejo poblado de Moncalvo fue una población de Los Monegros, a escasos kilómetros de Pallaruelo de Monegros, cuya historia el tiempo borró. El pueblo quedó arrasado y sus gentes perecieron. Hoy en día solamente una pared de la vieja iglesia gótica de Moncalvo atestigua  su pasado. Moncalvo, lugar de leyendas.

A la memoria de los habitantes del desaparecido poblado de Moncalvo.

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Espero que estés bien, hace ya tiempo que no sé nada de ti, que no recibo ninguna carta, que no me escribes. Por aquí todo bien, como siempre, hasta que me doy cuenta que el tiempo ha pasado y en verdad todo ha cambiado, nada es como antes. A veces, incluso tu ausencia se me ha ido volviendo como algo normal, como acostumbrándome a que ya no estés conmigo. Hace tiempo que nadie pregunta por ti, ni dicen tu nombre, incluso hay días que casi ni me acuerdo que aún tienes que volver. No hay recuerdo que el tiempo no borre ni pena que la muerte no acabe, decía Miguel de Cervantes.

Aún miro el buzón con la esperanza de volver a encontrar una carta tuya. Sin embargo nunca hay nada, ninguna respuesta, ningún sobre que lleve tu nombre. Aún se me encoge el corazón y se me para la respiración cada vez que llaman a la puerta, aún sueño con verte aparecer, aún tengo esperanzas porque me es la única manera de sobrevivir.

Ya no escribo, tras las muchas cartas devueltas que guardo, celosamente, en el cajón del viejo escritorio de madera. Ya ni pregunto al cartero. Hablo sola a aquella foto que se quedó callada e inmóvil en la mesilla de mi habitación o aquellas otras que quedan por la casa. Espero que estés bien, que escribas y regreses pronto a casa con la misma sonrisa con la te despediste, pues nada acaba con mi pena, ni nada borra tu recuerdo.

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Todavía recuerdo cuando los abuelos solían mirar al norte y contemplar los Pirineos, para ellos era como volver a su pueblo, allá en el valle, bajo las aguas del pantano. Regresaban a sus calles llenas de vida y casas abiertas con el hogar siempre encendido, los verdes pastos, el bosque y las grandes nevadas del largo invierno. Volvían a su niñez, porque en verdad nunca quisieron regresar, nunca quisieron ver el pueblo inundado, prefirieron quedarse con sus recuerdos y continuar sus vidas aquí en el llano.

Les prometieron tierras cuando se vieron obligados a abandonar el pueblo. Aquí llegaron sin nada, les adjudicaron casa y lote de 10 hectáreas de tierra para cultivar. Los comienzos fueron duros, muy difíciles, solamente el esfuerzo y trabajo les hizo salir hacia adelante. Pronto fueron haciendo pueblo, las puertas de las casas se fueron abriendo para todos, era su nuevo hogar y se llenaba de vida y futuro, con los zagales y zagalas correteando y jugando por las calles.

Así, los yermos se nivelaron moviendo cantidades ingentes de tierra modelando el nuevo paisaje, transformándose en esplendidas tierras de cultivo. Luego llegaron las canalizaciones y el riego, el agua de aquellos malditos pantanos regaban las prosperas tierras. Algunas tierras presentaban salinidad y el cultivo del arroz les fue salvando. También tuvieron vacas de leche y por algún tiempo les fue dando para vivir.

Todo fue creciendo, los pinos se volvieron fuertes y envolvieron al pueblo, parecía un oasis frente al secarral que fue a sus inicios. Ahora es un vergel. Luego llegaron nuevas modernizaciones, las concentraciones parcelarias, el riego fijo, por aspersión o pívots, de nuevo mejor y más moderna maquinaría… y cada vez hacía faltaba más tierras, las 10 hectáreas de antes ya no daban para vivir. Continuamente se fueron modernizando, adquiriendo maquinaría que evolucionaba sin parar, aquella generación comenzaron labrando con mulos y acabaron con modernos tractores. Pronto irán solos.

Pero la prosperidad de aquellos años se vio truncada de nuevo por la despoblación, el agua que una vez les hizo abandonar sus pueblos ahora hacía falta en tierra plana. La gente joven comenzó a marchar de los pueblos y resultaba casi imposible que nadie se pudiese hacer agricultor si no heredaba las tierras.  Las tierras no serán nuestras.

Miro los Pirineos al fondo mientras contemplo por última vez las tierras antes de venderlas, cuarenta hectáreas para un fuerte empresario que ha conseguido formar una finca de cerca de trescientas hectáreas y que además tiene proyectadas granjas de cerdos. En la ciudad ya tengo mi vida, aunque de vez en cuando bajo para dar una vuelta por la casa, el pueblo cada día está más vacío y de vuestra época ya quedan pocos, muchos han muerto ya. Me despido de vuestra tierra, donde construisteis un nuevo hogar sin perder vuestras raíces. Adiós almendrera que unas lagrimas empañan mis ojos, te veo ya borrosa cuando me alejo de las tierras que nos vieron nacer y os vieron morir.

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Nieves y Petra van caminando, también van Laureana, Donata y María con alegría paso a paso, recorriendo el largo trecho que les aguarda. Hay un buen recorrido parar ir a pie, desde los secarrales rabiosos de hambres y miserias, donde el agua ahoga por su ausencia, hasta el horizonte soñado por Joaquín Costa.

Hoy son ellas, Alejandra y Magdalena que van orgullosas, Florencia y Manuela que han perdido el miedo y van decididas, van por sus familias y futuro. Son ellas, las que nunca descansan, las que llegan a todo y cuidan de todos, las que llevan sobre sus hombros el peso de sus familias y casas, como si nada, como si no fuese trabajo, invisible y silencioso.

Van a pie y también en carros, mujeres de Lanaja van sonrientes, unidas y valientes, a cada paso, haciendo camino al andar rumbo a Huesca, llevando la palabra que tanto les han negado. Mujeres que desafían, que se levantan y se ponen en pie, caminando cansadas de ver perder cosechas y sufrir el hambre que acaba erosionando la vida. Van a pie y con sus hijos a cuestas.

¡Son mujeres!, osadas y atrevidas mujeres que se revelan. Son ellas, Adela y Pabla que van marchando junto a Nicasia y Ana llegando a Huesca para ser oídas por el mismísimo gobernador. Caminando van construyendo su futuro.

Sí, han llegado a Huesca para ser recibidas por el gobernador, no han reblado y la Guardia Civil no ha podido evitarlo. A pesar de ello, han sido conducidas a las afueras de Huesca, las han subido a los ómnibus y a la madrugada las han mandado de vuelta  a Lanaja. No ha podido ser, no se han podido sumar a las cerca de 500 mujeres de otros pueblos de la provincia que han ido llegando para manifestar su dolor y miseria de unos pueblos que agonizan, pueblos que se han levantado a través de sus mujeres por el futuro de sus hijos.

Felipa, Juana, Simona… son muchas las mujeres hartas de las miserias que acechaban estas tierras. Mujeres Canalistas que un 25 de febrero de 1915 marcharon a Huesca reivindicando pan y trabajo, que las obras del canal llegasen para regar los malditos y rabiosos secanos, que la pobreza y la penuria se las llevase el cierzo y el sueño de Costa se hiciese realidad. Ellas, sí ¡Ellas!.

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El agua reposa tranquila, sosegada, clara y limpia. A veces parece un espejismo, allí en medio de la nada, incluso, cuando te acercas, no puedes evitar pensar que vaya a desaparecer.  Sin embargo el agua está, aguarda en medio del desierto, entre montes yermos y secos, entre la aridez que salpica ontinas y sisallos.

El agua espera como un oasis baldío, que aprovecha y recoge las aguas de las escasas lluvias. El agua es vida y cada gota tiene su valor, cada gota importa y es necesaria. La balsa es como un pequeño mar o como un inmenso océano, con su playa de arena y arcillas compactas. Su agua dulce la podemos beber y recoger, lejos de las malditas aguas salinas que residen en pozos y en las pequeñas lagunas saladas de Bujaraloz. Algo queda de cuando fuimos mar, acaso, por ello, la buscamos, la mar, aunque aquí esté todo seco, fuimos mar.

Al amanecer van llegando, buscando el agua con sus alegrías y penas, como cada mañana. Vienen hablando de sus cosas y otras ajenas que se van sucediendo en el pueblo. La balsa es lugar de encuentro. Llegan caminando a la balsa, portando los cantaros sobre sus cabezas o cogidos por el brazo, con sus pozales asidos en sus estirados brazos.  El agua les aguarda cada mañana, les espera a la madrugada a las muchas mujeres que vienen a por ella. Vienen con el pelo recogido en un moño y cubierto con un pañuelo, la blusa, la falda larga y el delantal. Algunas cantan de la balsa buena vienes, cuanta alegría traes, que el agua es vida, como tu sonrisa cada día. Otras van con prisas por las muchas faenas pendientes, acarreando rápidamente el agua para almacenarla pronto en casa, en aljibes o tinajas, para cuando el agua escasee y cada gota reclame su pequeño lugar en el universo.

Los tiempos cambian y el agua ya no espera en la balsa, ni la luna se refleja en las noches de verano, ni le rondan cada mañana, ni cada gota tiene su valor. Tampoco vale ya su memoria, aquella que sació la sed de nuestras raíces, la que olvidamos y desaparece como si hubiese sido tan solo un espejismo.

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Violeta juega con las palabras, las junta, las revuelve y las lanza al aire, se vuelven mariposas,  revolotean en el cielo, con sus gamas de colores, brillos y tonos y vagan sin sentido ni orden.  Van moviéndose libres y su escala de notas va creando una preciosa armonía que va cincelando cada detalle del espacio, tallando una escultura que va moviéndose, como ingravitacional, aparentemente desincronizada y desacompasada. En fin, caótica.

Bailando, las palabras no cesan, se arremolinan y el viento las vuelve a lanzar al cielo donde explotan creando una incesante lluvia de colores. La imagen se vuelve introspectiva y su dinámica dubitativa hace divagar, cavilar, pensar, reflexionar…   Vuelven las palabras a explotar y en la oscuridad se vuelven estrellas en el firmamento y el infinito se vuelve rebelde y Violeta juega con él.

Violeta se detiene con las palabras, con cada una de ellas, les da vueltas, las gira y las pone tanto boca arriba como boca abajo. A veces se pierde en ellas, sobre todo con las que llevan el prefijo im- o in-, como indescriptible o imposible y en ese infinito navega en procelosos versos, en un incesante oleaje que deja a la deriva innumerables, incalculables e inverosímiles rumbos y destinos. Inmortal, Violeta sueña con surcar los vacíos con sus palabras al viento y versos enloquecidos, alzarse hasta lo más alto del cielo, virar su rumbo en la segunda estrella a la derecha y volar hasta el amanecer al mundo perdido de Nunca Jamás.

Inagotable, Violeta captura las palabras al vuelo, incluso cuando giran velozmente en un tornado y se elevan tanto que juegan a confundirse con las nubes, dándoles forma con su significado. Violeta se recrea construyendo insoportables estructuras que se tambalean, danzan en sinuosas, zigzagueantes y onduladas frases que narran leyendas inconcebibles, impensables e inimaginables. Sencillamente increíble.

En su jardín de palabras, Violeta las entremezcla, se divierte a su ritmo y sentido, ríe y llora. Se funde en el arcoíris y hace magia, colorea, descolora y vuelve a colorear la vida. Compone y a la vez jazzísticamente improvisa y confecciona melodías con sus entremezcladas palabras y versos descompuestos que juegan y bailan mientras la poesía acaba describiendo lo indescriptible y haciendo posible lo imposible.

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El paso ha dejado huella, hundiéndose en la agrietada tierra, en la corteza reseca que se abre sedienta en el árido territorio lunar. Marcial es todo un astronauta en la inmensidad del firmamento, un cosmonauta interestelar dando pasos de gigante en la historia de la humanidad.

El paisaje lunar se extiende ante Marcial y va descubriendo la piel de la tierra cuarteada, una tierra sedienta que quiere y odia a la vez el agua. Marcial va dando saltos, se eleva y aterriza levantando el polvo de la tierra que se deshace al caer. Levanta el polvo que mece el viento, como las capitanas o barrillas que recorren los bastos paramos semidesérticos.

Selene se muestra a sus pies, con sus cráteres de asteroides que impactaron sobre la superficie lunar, también hay un castillo y un dragón que echa fuego por la boca y da vueltas y vueltas alrededor de la luna. Marcial lo contempla, deslumbrándose como si mirase al mismo sol implacable en verano. Hay otros castillos que imponentes se levantan como torrollones en el horizonte, entre barrancos donde se esconde el dragón que abrasa esta tierra. Entre los surcos labrados y la tierra erosionada, arrugada con el paso del tiempo, aquel que va dejando vestigios de su pasado y va dejando su huella.

Marcial es todo un aeronauta entre planetas y estrellas, viaja a galaxias lejanas y regresa rápidamente a la tierra a mayor velocidad que la luz. Sus manos tocan la tierra, levantan la costra  y entre sus dedos se deshace. El polvo fino y claro mancha la ropa que hay que sacudirse  a base de manotazos. Mama no entiende de astronautas y viajes espaciales.

A cada paso, el pasado ha ido dejando huella, como los pequeños pasos de Marcial en su infinito espacio sideral. Ya ha aterrizado en la tierra, en un lugar indeterminado de Los Monegros, donde la luna también ha dejado su impronta y Marcial ha hundido sus pies con su sempiterna huella.

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Recuerdo su tacto rugoso y áspero, me entraña recuerdos.

Me acuerdo mucho de sus manos, arrugadas con el paso del tiempo, envejecidas con el continuo trabajo. Sus manos, sí, sus manos sobre la mesa triando las lentejas, quitando las impurezas, pasándolas de una en una de un montón a otro.  Sus manos restregando ropas a mano en pleno invierno, en el río o en el lavadero, fregando de rodillas el suelo, sacando brillo a viejos objetos de estaño u otros metales o limpiando las borrajas, pacientemente, para que estuviesen sin ningún hilo y tiernísimas para comer.

Sus manos que se curtían en su pequeño huerto, delicadamente cuidado, con su pequeña jada y las cañas con las que empalaba las tomateras y judías. Sus manos, agrietadas al agua y al frío. Sus manos que tejían y remendaban todo tipo de ropas, que manejaban el fuego y guisaban, que escaldaban y desplumaban los pollos, hacían la matacía y despellejaban conejos.

Las manos, al principio débiles, se endurecían. Pronto comenzaban a sentir el tacto rugoso y áspero del esparto que poco a poco iba hiriendo. Las manos comenzaban a escocer, se agrietaban y se abrían heridas, sangraban y dolían. Había que endurecer las manos, haciéndose al esparto, aflorando durezas y cayos que aguantaban mientras las manos entrelazaban los haces de esparto haciendo sogueta. Metros y metros de sogueta que hacían mujeres juntándose a la fresca en verano y junto al calor del hogar en invierno.

Extrañó aquellas manos rugosas y ásperas que me acariciaban, arrugadas con la edad y forjadas en la dureza que imponía la vida. Aquellas manos que tanto te definían, fuerte, extraordinariamente fuerte, invencible.  Aquellas manos tuyas que tanto sentía.

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Podría ser cualquier lugar, pero son Los Monegros, donde el sol te hace rabiar y otras veces se esconde, durante días, tras boiras impenetrables. Donde las gaitas rugen y te hacen danzar, brincar y bailar porque es un sentimiento. Sí, son Los Monegros, al sur de los Pirineos, en pleno valle del Ebro y con su sierra de Alcubierre en el corazón, como una espina dorsal, arbolada, todo un pulmón vital que nos alienta el alma.

Tierra llana, plana de paramos esteparios, secos y faltos de lluvias y a la vez labrados en fértiles campos, con claras aguas de los Pirineos, aquellos que nos contemplan desde la distancia, a los que les debemos la vida y no podemos dar la espalda. Igual nos contemplan los torrolllones, como vigías del tiempo, testigos de la erosión, de las cicatrices de esta tierra que tantos pastos albergó y tanto esfuerzo y sacrificio lidió para que sus gentes saliesen adelante.

Podría ser cualquier lugar, pero son Los Monegros, donde el arado penetra el duro mallacán, donde el cierzo siempre trata de tumbar una tozudez inquebrantable y donde reblar nunca fue una opción. Donde las casas se levantan de piedras de arena y adobas, donde el agua se recogía en balsas… donde siempre había una puerta abierta en cada casa.

También se levanta el polvo, se cierne y se posa, se revuelve y vuelve a perderse en esta tierra, que bien podría ser cualquier lugar, pero son Los Monegros. Tierra de yesos y sales, de torrollones y sabinas, de capitanas o barillas surcando paisajes, donde ser tierra de paso, como ser la nada y a la vez ser un lugar único y singular.

Tierra de sol, de arenisca y salagón, de sisallos, ontinas, romeros y tremoncillos, de esparto y yermos baldíos y cebadas y rastrojos. De sasos y barrancos escondidos, de oscuros montes desde el horizonte, de gentes humildes, con rasmia y entereza que bien podría ser cualquier lugar, pero son Los Monegros.

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Rugen las tripas mientras la abuela va dando vueltas a la sartén. Lleva su delantal y la cuchara larga de madera con la que va revolviendo a la vez que tizonea el fuego sin parar. Vuelven a rugir las tripas mientras aguardamos en la mesa, impacientes, con hambre acumulada que no ha hecho más que aumentar a lo largo del día.

Va cociéndose poco a poco, la harina entremezclada, de trigo y panizo, aquel maíz de antes de color royo, a partes iguales, cocido en agua con sal. La escasez condicionaba todo, si había algo de tocino se freía antes con algo de sebo, algún ajo y trozos de pan viejo, tostones, luego se reservaba para añadir después como portentosa guarnición. Había quien tostaba la harina en el sebo y otros la añadían una vez que el agua comenzaba a hervir. En cada casa tenían su receta, sus trucos, igual que las migas, si había chicha se echaba al plato, si no había nada, todo era más pobre. El hambre era de pobres, aquel que agujereaba el estómago y lo retorcía, aquel que no dejaba vivir, aquel que las farinetas de la abuela saciaba. El pan siempre servía, para las migas, la tortilla en trampa, las sopas de ajos y las farinetas. El pan y las patatas siempre salvaron al pueblo.

Lentamente las farinetas se van cociendo, con la paciencia infinita de la abuela, con su delicadeza y cariño que ponía con todo. Aquí se comieron plantas que no se comían en otros lugares, como borrajas y cardos, platos que ahora son una delicia. Aquel hambre se nos ha ido olvidando, igual que la sed y los sabores de antes.

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5.934 millas.

Desde la sureña ciudad californiana de San Diego, costa oeste norteamericana, las palabras pueden viajar. Desde el Pacifico al otro lado del Atlántico las palabras pueden atravesar continentes, surcar océanos y vencer exilios, traspasar fronteras y portar sueños y recuerdos a través del tiempo y la distancia. Desde San Diego, ciudad fronteriza con la mexicana Tijuana, desde el lugar del pueblo Kumiai, donde se asentaron los españoles en 1542 estableciendo, gracias al marinero y explorador Juan Rodrígez Cabrillo, la Alta California, las palabras pueden viajar a cualquier lugar.

Desde el exilio mirar atrás es como aún estar allí y a la vez sentir el tremendo vértigo de la distancia. Ramón se acercó hasta su tierra, se hundió en la profunda realidad de un hombre, de su ser, de sus raíces que le vieron nacer y crecer, a 5.934 millas de distancia.

9.549 kilómetros hasta su Chalamera natal, del Cinca, sus ripas y estepas. Un lugar cualquiera: su lugar de aquel Aragón rural profundo. Ramón soltó una risa y luego un llanto, -sin ellas la vida no tendría sentido-, quizá aquello era el exilio y la distancia, aquella distancia que las palabras podían atravesar.

Al final, las distancias son relativas ¡Qué pequeñas son mis manos en relación con todo lo que la vida ha querido darme!-.

Al siempre eterno maestro Ramón J. Sender.

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Alicia y Lucia solían esperar, se colocaban al final de la cola, con sus vestiditos andrajosos, calladas y con la mirada baja. Siempre eran las últimas y cuando no era así, al llegar su turno, eran devueltas de nuevo al final de la cola. El hambre era muy mala. Y miserable.

No se acercaban mucho las otras niñas, eran las hijas del Migueler, las que siempre tenían que cantar en primera fila el cara sol cuando entraban a la escuela, levantar el brazo y recitar las oraciones y rezos en clase de religión. Marcadas y estigmatizadas por su padre Migueler y esa maldita guerra que lo cambió todo.

Ahora mama entiendo todo, aquella realidad que no comprendíamos con Lucia apenas siendo unas niñas, unas niñas que no nos dejaron ser, marcadas como rojas, como apestadas y con la miseria en nuestra pequeña casa, como un halo denso que asfixiaba completamente.  No nos dejaron ser niñas, no nos dejaron ser.  

Solían sentarse en la mesa para comer los domingos, las pequeñas Alicia y Lucia mientras Mariana les servía un tibio plato de sopa. Ponía cuatro platos, aunque papa no iba a venir, se sentaban las tres y esperaban hasta que llamasen a la puerta. Como cada domingo, el miedo les encogía cuando entraba el capitán de la guardia civil y se sentaba en la mesa con ellas. Les preguntaba dónde estaba padre, si sabíamos algo, que no era un hombre, que era un cobarde habiendo dejado sola a una mujer y a sus hijas, que ellas iban a pagar por él. Se despedía hasta el próximo domingo, apenas había probado la sopa, más bien tomaba una cuchara, escupía y decía que era agua y, aunque el hambre nos mataba, cuando marchaba tirábamos su triste plato de sopa.

Ahora mama lo sé, sé lo que hiciste por nosotras, os eché tanto la culpa, te odie tanto mientras tratabas de ganarte vida como podías, conseguir algo de comida cosiendo, a duras penas yendo a buscar carbón a la estación o cuando te dejaban respigar en los campos recién cosechados y vendías el trigo replegado de estraperlo en la estación. Aprovechabas todo, llegabas a todo, mantenías el huerto del abuelo Pepe y en el corral criabas pollos y conejos, nos sacaste adelante, con tus manos y corazón encallecido ante tanta maldita miseria.

Papa apareció preso en Santoña y nadie lo quiso avalar, ni mosén Manuel, ni don Félix, para quien tantos años trabajó, ni para el bueno don Demetrio, que tanto miedo le dio significarse. Ni que decir de don Jesús, el alcalde, aún dijo que yo ya comenzaba a estar mayor y que quizá  podría hacerle algún favor.

Ahora mama lloro por tantas veces que te sentí llorar por las noches, aquellas solitarias y frías de invierno. Te lloró a ti mama porque padre ni aún sé dónde está enterrado, lloro porque ni te dijeron que lo habían fusilado, ni donde tiraron sus restos.  Ahora mama lo sé y parece que ya es tarde, ahora me siento orgullosa de ti, profundamente orgullosa de tu valentía y endereza, de esfuerzo, de extraordinario esfuerzo para alejarnos de aquí y tratar de tener una vida digna. Fuiste una luchadora, toda una heroína, ahora mama lo sé, nunca te vencieron, nunca te derrotaron, ni a ti ni papa, ahora os llevo con orgullo en lo más profundo de mi corazón. Ahora mama lo sé.  

A Mariana y Migueler.

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El barquito de papel iba flotando sobre un bálsamo de aceite que poco a poco iba consumiéndose. No obstante, su luz iba iluminando, como faro, en la inmensidad de la noche y su vela ardía, la del barquito de papel, que navegaba sin mar en un cielo sin estrellas.

No recuerdo oscuridades más profundas mientras el barquito iba navegando, descubriendo los rostros tan familiares y dejando entrever las diferentes partes de la estancia, revelando sus diferentes matices, sombras y penumbras.

La yaya cerraba los ojos, igual que cuando era pequeña y bajaban corriendo al refugio, las paredes retumbaban, todo temblaba, el techo y el suelo, hasta la luz de las velas titubeaba. El ruido era atronador, como cuando los truenos llegaban tras el resplandor que dejaban los rayos.

Sin embargo, mientras las continuas sacudidas no cesaban de sucederse, el barquito de papel, sin rumbo ni timonel, continuaba navegando en la procelosa tormenta de relámpagos y truenos. En la oscuridad de aquellas tormentas de antes, en las que se iba la luz, se encendían velas y lamparillas de aceite, donde un barquito de papel flotaba iluminando con su vela de fuego la entrañable oscuridad que se ceñía durante la tempestad.

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El infierno es la imposibilidad de la razón, decía Oliver Stone y en verdad, en aquel infierno, resultaba imposible hallar razón alguna, ninguna lógica para explicar un maldito número, simplemente uno más. Dejar de ser un nombre para ser un simple número.

Él era ese número, aquel cuatro mil quinientos ochenta y cuatro, aquel maldito número marcado a fuego imposible de olvidar, imposible de borrar, porque lo imposible de la sinrazón fue posible y el ser humano abandonó la razón para crear el infierno en la tierra.

En seguida lo memorizó viertausendfünfhundertvierundachtzig, un número que acabó acompañándole toda su vida, formó parte de él, aunque nunca habría querido que así hubiese sido.

Era curioso, empezaba en cuatro y terminaba en cuatro, un número de cuatro cifras, suman veintiuno, justo los años que cumplió aquel maldito año de 1941 cuando ingresó en el campo nazi de Mauthausen.  Antes había estado en el  Stalag (campo de prisioneros de Guerra) XVII-A situado en Kaisersteinbruch, Austria, cuando cayó preso tras formar parte de una compañía de trabajadores extranjeros al servicio del ejército francés. Cuatro, de la cuarenta y tres división del ejército republicano español de la que fue teniente, la suerte del cuatro, la maldita suerte del cuatro.

Dejar de ser un hombre para ser un número: 4584. Mariano le dio muchas vueltas a aquel número, a la maldita suerte del cuatro, de haber sobrevivido a la barbarie nazi, de tratar que no cayese en el olvido, de escribir sus vivencias, dar testimonio para que nunca, nunca vuelva a suceder.

Siempre es un buen momento para acordarse de ti, Mariano Constante Campo.

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La alegría y la sonrisa de Rosita no podían embellecer más al universo, las flores se volvían tan hermosas y brillantes que irradiaban extraordinarios haces lumínicos, descubriendo inmensas noches estrelladas donde soñar con cada nuevo amanecer.

Con la primera mirada Rosita ya sintió algo, su palpitar acelerado y ese sonrojo inevitable que continuó las primeras veces que se encontraron. Pronto comenzaron a hablar y a conocerse, hasta que una noche, en el baile, le pidió salir a bailar.Atrajeron las miradas, la guapa Rosita con el nuevo chico, muchos cuidaron que mantuviesen la distancia y no bailasen muy apretados ni muy agarrados.

Pronto se enteraron en casa y no sentó nada bien, hace tiempo que querían juntar a Rosita con Manolito, era buen zagal, de buena casa, muy trabajador aunque bastante basto y bruto.

Pero para Rosita su corazón solo tenía un nombre, Álvaro, el nuevo chico del pueblo y que irresistiblemente le resultaba tremendamente atractivo e interesante, culto, educado y agradable. Sus miradas mantenían una gran complicidad y, cada vez que se cruzaban por la calle, se buscaban en encuentros fortuitos hasta que comenzaron a verse a escondidas.

Padre echó las culpas a madre, no deberían haberle permitido tantas tonterías y en vez de leer debería haberse dedicado a sus tareas y obligaciones como mujer. No podían permitir que se viesen más con Álvaro. Así, Rosita, cada vez que salía, iba acompañada por uno de sus hermanos, no la dejaron sola ni un momento y mucho menos que se viese con Álvaro.

No tardaron en disponer todo para celebrar el casamiento con Manolito. De esta suerte la ceremonia fue triste, Rosita con su semblante afligido dejaba escapar lágrimas secas, con la mirada perdida y el corazón entumecido, con un dolor profundo en el pecho y un vacío hondo en el estómago. Pero al final la vida continúa, -ya lo olvidarás-, le acabaron diciendo. Rosita tuvo un chico y una chica con Manolito, se portó bien y nunca les faltó nada.

A sus noventa años, Rosita aún conserva escondida una foto de Álvaro, la mira cada día a pesar de su vida ya casi consumida. Rosita vuelve cada día a ese palpitar acelerado de su juventud, por un momento a buscar esas miradas y coqueterías por las calles, aquel juego de manos, la caricia que le apartaba el pelo de la cara y aquel inocente beso prohibido que quedó para siempre. Lloró a escondidas, Rosita lloró en silencio durante tiempos y que decir desde que encontraron a Álvaro ahorcado en la almendrera vieja del campo de Jacinto.

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Amanecer y ver la tierra desnuda, yermos, baldíos y a la vez frondosos campos de áureas espigas de cebada y trigo. El horizonte se abre y embriaga, su profundidad e intensidad, su azul inmenso y el cierzo meciendo las mies, mientras el sol abrasa la tierra donde el agua juega a ser esquiva.

Anda el poeta con su bastón y mochila, dejando huellas que son versos llenos de sentimientos y raíces profundas de amor a esta tierra de polvo, viento y sol. Anda recitando versos, festejando la tierra de antiguos baldíos y malditos estíos. Albadas a lejanía que nos acercan el pasar del tiempo, la tierra atormentada que arremete con fuerza, con rabiosa fuerza, la clamorosa distancia del olvido.

Esos versos de espigas altas y granadas mecidas al cierzo, en ese mar árido y seco, donde los pájaros no saben de sombras. Allí, ahí en el horizonte permanece eterna e infinita la sabina que un poeta irrumpió, en los resplandecientes Monegros, donde se hallaba la soledad, el silencio y el vacío.  Con la palabra hirió el quebradizo suelo, donde dejamos la efímera huella, tal y como la vida nos enseña. Algunas veces, algunas todo se sucede bajo los versos que siempre debieron ser.

Esos versos segados, dejando rastrojos, aguardando sembrar una nueva esperanza y surcar, con su suave aleteo, como el cierzo, escribiendo en el aire, su eterna libertad. Allí, ahí veremos esa tierra, pronto al amanecer querido maestro, de esta tierra hermosa dura y salvaje, donde continuaremos haciendo un hogar y un paisaje.

A José Antonio Labordeta

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Ligeramente la abrí, cuidadosamente, con esa curiosidad infantil, -¡Sorprendiéndome!-. La abrí poco a poco, tratando de descubrir los viejos secretos que entrañaba, con el vértigo del tiempo, con su olor a antaño y sus recuerdos embriagándolo todo. Fui levantando ligeramente su tapa, sintiendo como cada pequeña cosa era capaz exhalar tantos recuerdos y hablar de ti, como si hace un momento lo hubieses guardado, como siempre, a pesar de tu ausencia.

La abrí ligeramente, hasta que quedó completamente abierta, desvelando su interior encerrado. La abrí sabiendo que iba a llorar, que en cualquier momento ibas a rozar mi piel y un escalofrío recorrería mi cuerpo mientras un profundo suspiro me recordaría lo tanto que te extraño. Destapé el cajón de la vetusta cadiera hundiéndome en tu memoria, como dejándome caer en tus brazos y perderme en tu mirada.

Estaba el cojín, aquel que te colocabas sobre la espalda cuando te sentabas en el sillón del cuarto de estar. A un lado unas viejas revistas de recetas y el viejo costurero hexagonal, de mimbre, forrado con una tela clara, con florecillas rojas y un asa con una cinta azul claro. Sobre todo estaban tus telas, el tapete de la mesa redonda, la pequeña manta de invierno, la toquilla y aquel odioso traje negro que tanto nos costó quitarte.

Negro, completamente negro el vestido que llevaste cuando padre murió. Negro de luto, de viuda. Aquel negro que caía y cubría todo, que no dejaba ver la luz ni los colores de la vida. El luto caía como una condena, peor que una condena, alma en pena, cerniéndose durante años, contando los meses y los días. Chiquillas que sufrieron el luto, incluso alguna encadenó lutos seguidos, sin poder salir, sin poder hacer vida, ni poderse casar, silencio y soledad. Madres que no pudieron ir a la boda de sus hijas, nada se podía celebrar, todo era negro, oscuro como lo más profundo del vacío, como la muerte en vida, como una maldita condena.

Ligeramente, la cerré.

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Le dije adiós, como si fuese un hasta ahora, luego, pronto nos veremos. Es caprichosa la vida, cuando menos te lo esperas, cuando nunca debió de suceder. Dije adiós como siempre, como si fuese todo eterno, con esa sonrisa que sabía que iba a volverte a ver. Y permanecí igual, en aquel presente, esperando que volvieses a aparecer aun sabiendo que nunca, nunca iba a suceder. Sin embargo, a veces, creo que estás de vuelta, te siento, te noto…

Dije adiós a tu ausencia, a ese universo que ahora gravita cabeza abajo, a ese vacío que reside en tantas cosas y en tantas partes. Me despedí de ti hasta la vista y, aun así, miro al horizonte esperándote, miro al infinito por si te dejas ver, por si te dejas caer.

Hasta en los abismos me pierdo, soñando con encontrarte, en la inmensidad y en el eterno piélago que tanto me confunde y no me deja saber ni quien soy.

Aunque ya no recuerdo si te dije adiós, si me despedí cuando tú ya no estabas. Ya pasó, todo pasó y contigo se fue todo lo que fuimos, lo que habíamos aprendido y todo lo que heredamos. Atesorabas la sabiduría de antes, con esas palabras únicas, con los refranes de antes, los trucos, las forma de hacer las distintas faenas, los oficios,  las recetas, los remedios naturales, las costumbres… Eras mi memoria, la nuestra, la de todos y ahora parece que no sabemos ni recordar que fuimos, ni si alguna vez nos dijimos adiós.

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Va inflando el boto con sus pulmones, soplando intensamente y respirando para volver a inflar el aire a través del soplador. A la vez que va aumentando de tamaño, el aire comienza a escapar por el bordón y la bordoneta, forrados con piel de culebra, rugiendo como una fiera. Es el día grande y el gaitero está a preparado en la plaza, templando su gaita, la fiesta está a punto de comenzar.

Va con su traje, elegante, es el día del patrón, la gaita luce con todo su esplendor. Ya se disponen los danzantes y comienzan a formar bajo el mando del mayoral. Reluce el sol con toda su brillantez, replican las campanas y los danzantes se disponen en la plaza. Sus manos juegan con el clarín, mientras el codo modula el valioso aire que fluye armónicamente con sus melodías de siempre. A su toque comienzan a bailar, a golpear los palos, espadas y broqueles, atizando el suelo entre giros y volteos acompasados al replique de los cascabeles. Las mudanzas se van sucediendo ante un público entusiasta, es un día ansiado, esperado con mucha ilusión ¡Viva nuestro patrón!.

Los danzantes forman sus cuadros y bailan entorno a ellos, a la viva voz del mayoral y el rabadán, como siempre, sumido en su papel. La pastorada y los dichos, -a ver qué dicen-, -qué callado lo tenía-, -vaya barbaridad-, -¡ya sabía que al final ibas a salir en los dichos!-. Es tradición, el palpitar y sentir de todo un pueblo, olor a pólvora de petardos y la horca del diablo, la esencia a albaca, el ángel, el duelo entre el bien y el mal, la lucha entre turcos y cristianos. Todo ejecutado con tremenda pasión ¡Viva el dance! ¡Viva la tradición!.

El griterío por las calles y terrazas,  invadiendo la plaza llena a abarrotar, vibrando de emoción,  celebrando el dance, que es nuestro arte, un sentir que se ha de vivir. Resuena la gaita, los tiempos y el ritmo, las viejas melodías que se sintieron antaño y vuelven ahora a retumbar con su vieja afinación y magistral repiquetear. De nuevo las mudanzas, la torre y el degollau, preta el codo gaitero y hagamos el tarirán, ¡Viva Sariñena y su patrón san Antolín!.

2 de septiembre del 2020