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Esperanza Pérez Ancho  


La dedicación en los negocios siempre ha implicado a toda la familia y en el mundo de la hostelería la implicación es absoluta. Esperanza trabajó en la taberna de sus padres desde bien chica y esa herencia le ha acabado acompañando toda su vida. Una mujer de esfuerzo y de lucha, de tesón y emprendimiento que nunca nos dejará de sorprendernos.

Esperanza Pérez

            Esperanza Pérez Ancho nació en Sariñena el 12 de mayo de 1952. De casa Ancho, su abuelo Ramón Ancho fue guardia civil y además llevó una taberna muy pequeña, con una mesa y un banco, a la que se accedía a través de un patio. Fueron los inicios de la “Taberna Casa Ancho” de Sariñena.

             El padre de Esperanza, Casildo Perez era de Villarroya, un pueblecito cerca de Arnedo, La Rioja, y vino a Sariñena a montar la fabrica de mosaicos Hnos. Pérez. En Sariñena conoció a Paquita Ancho y fruto del matrimonio nacieron Esperanza y Carlos Pérez Ancho. El matrimonio continúo con la taberna casa Ancho, la reformaron y le dieron entrada desde la calle, “la taberna pasó a ser café bar”. Estaba la  bodega de venta de vinos, cervezas, refrescos etc. Para refrescar al principio traían grandes barras de hielo, mas tarde compraron una nevera que después de 40 años seguía funcionando.

            Paquita principalmente llevaba la cocina de la taberna, preparaba callos, caracoles, bacalao, anchoas, sardinas de cubo… Esperanza pronto comenzó a trabajar en la taberna y desde que tuvo fuerzas para coger una botella ya llenaba botellas y botos de vino del tonel. En casa Ancho vendían vino a granel. 

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Los balcones de Paquita, cuadro de Jorge Casasnovas.

 

Casa Ancho lucía rebosante de plantas y flores que colgaban de los balcones. “Paquita era una enamorada de las flores y tenia más de 200 macetas, eran sus amigas.”

 

 

            Con un tocadiscos ponían jotas y a Manolo Escobar, entre mucha música de la época, “entonces la gente cantaba mucho, principalmente jotas”. Se jugaba a las cartas, sobretodo por las noches y a puerta cerrada. También se jugaba al siete y medio y al póquer. Esperanza recuerda la primera televisión que compraron, mucha gente se acercó al bar para la ocasión e incluso pusieron las sillas como si fuese un cine para que la gente viese la televisión. Se bebía en porrón y cuando se podía se discutía de política, siempre en voz baja y callaban cuando la pareja de la guardia civil pasaba por la calle.  A Esperanza le gustaba mucho escuchar a la gente y muchos querían hablar “échame un vaser de vino” y aprovechaban para contarle cosas. Se vivía mucho en la calle, había mucha vida y por las noches la gente salía a las calles para tomar la fresca.

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Esperanza con sus padres en casa Ancho.

            En una libreta se apuntaba lo que consumía la gente que iban a “semanadas”, iban apuntando cada consumición hasta que al final de la semana se pagaba todo,  “algunos clientes eran los que iban a fiar, pero eran los menos”. Casildo iba a catar  el vino en bicicleta, a Castejón, La Almolda,  etc.., después lo iba a buscar con toneles de madera alquilando un camión. En casa lo probaban todos, su madre, su hermano y Esperanza: “Siempre lo compraba seco y recio, porque  se guardaba mejor y gustaba mas a la gente del campo, se vendía moscatel, vinagre y vino rancio, nuestra madre nos daba novenas (nueve días) de yemas de huevo batido con el vino viejo  (o rancio como lo llamábamos entonces) por las mañanas… yo creo que tengo buen color desde entonces..”. Para merendar era normal el pan con vino, o con aceite, o con agua y azúcar y de niña era costumbre cambiar trapos por naranjas a un vendedor que venía desde Valencia.

            Su padre Casildo vendía hortalizas, sardinas de cubo “con un periódico las golpeaban para quitar las escamas”, cecina, bacalao…. Sembraba los cacahuetes y los tostaba en casa, los media con un almud y los vendía.

            A la escuela Esperanza no faltó nunca, comenzó con las monjas y después pasó a las nacionales. Allí les daban leche en polvo y queso como complemento alimenticio. Las clases estaban separadas entre chicos y chicas y a ellas les enseñaban costura y cocina por las tardes. Cuando acabó la escuela, sobre los quince años, se quedó ayudando a Don. Fausto, maestro director de la escuela y marido de Carmen Dueso Pueyo. Aprendió mecanografía y ejerció como ayudante del entonces director de la escuela Don Fausto.

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            Al tiempo, Don fausto le recomendó para trabajar para la Lechera Catalana-Rania, la central lechera que se instaló en Sariñena. Primero tuvo que marchar a Barcelona para formarse y trabajó en el laboratorio donde analizaban la leche. En Sariñena trabajó unos ocho años hasta que cerró, por lo que se volvió a Barcelona donde continuó trabajando cuatro o cinco años más. A Barcelona marchó junto a su marido Luis, quien trabajó como repartidor, y su hijo Sergio, allí nació su hija Sara.

            En Sariñena, en la Rania se recogía la leche de las vaquerías, se enfriaba y se metía en cisternas para llevar la leche a Barcelona. Esperanza se llevaba trabajo a casa, sentía que tenía que estar a la altura y eso le hizo trabajar mucho más de lo que le correspondía.

            Estando en Barcelona compraron un tractor y todos los fines de semana Luis volvía al pueblo a labrar y luego cogieron tierras en arriendo en la montaña. Estuvieron diez años, en la década de los ochenta, en Jabierre de Olsón, pequeña localidad sobrarbense, donde vivían tres familias. Llevaban tierras y hacían mucha leña para nivelar y arreglar los campos. Esperanza cargaba los camiones mientras Luis cosechaba, una vez le llegaron seis camiones para cargar, pero el último se negó a que le cargase una mujer. Esperanza no pudo menos que instarle a que esperase a que Luis terminase de cosechar y ya le cargaría él, pero pasaron unas cuantas horas y el camionero tuvo que aceptar que le cargara Esperanza.

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            Luego volvieron a Sariñena, han trabajado muchísimo, emprendiendo negocios que con enorme esfuerzo han ido sacando adelante. En su casa llegaron a alojar a gente, hasta tres habitaciones llegaron a tener ocupadas y Esperanza les hacia la comida y limpiaba las habitaciones. Construyeron un secadero, granjas, una explotación de terneros mamones, han llevado tierras, han plantado remolacha y cebollas… y regentan dos bares de la localidad. Y aunque los últimos años el trabajo ha sido más de gestión, no ha dejado de realizar faenas agrícolas o de tener que dar leche a los terneros.

            Siempre ha leído mucho y le ha gustado escribir, tiene escritos cantidad de poemas que algún día espera publicar. Hace años participó en un concurso de poesía que celebraba la asociación cultural del Casino de Sariñena, ganó más de un premio como una maquina de escribir o lotes de libros.

            Esperanza lleva once años luchando contra el cáncer, consiguió derrotar un primero tras cuatro años de lucha, pero un segundo le hace librar una dura y larga batalla que afronta con firmeza y serenidad. Ha sido premio Gabardera 2012 a la mujer emprendedora, que concede la Coordinadora de Asociaciones de Mujeres de Los Monegros. Como dijo Margarita Périz, entonces presidenta de la coordinadora, “a su faceta de empresaria hay que sumar el ejemplo vital de superación”.

        Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias Esperanza.

 

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Pilar Redrado Pérez


Son generaciones sin infancia, de esfuerzo y  trabajo,  en casa y en el campo. Sin tiempo para la escuela, ni juegos, fueron educadas en la responsabilidad y en el trabajo, en la necesidad y en la supervivencia. Vidas de un tiempo pretérito de una sociedad rural en constante transformación, donde  la mujer se tuvo que abrir camino y afrontar un presente difícil y complicado. Verdaderas heroínas, verdaderos referentes que deberíamos de distinguir y revalorizar.

Pilar Redado Pérez

Pilar Redrado Pérez

            Pilar nació en Vera del Moncayo en 1941 y fue bautizada en el monasterio de Veruela. Su padre trabajó de pastor para un hacendado del lugar y su madre se dedicó a las múltiples tareas del hogar y la huerta. (Fueron tres hermanos, dos chicas y un chico que ya falleció).

            A los tres años  fueron a vivir a Borja, el dueño se vendió el ganado y tuvieron que mudarse. Estuvieron en Borja hasta los diez años cuando de nuevo se trasladaron a Boquiñeni. Pilar no fue mucho a la escuela, pronto  tuvo que abandonarla para contribuir en el trabajo de la casa. A los trece comenzó a trabajar a jornal en el campo, iba a la huerta a esclarecer la remolacha, las tomateras, a recoger cebollas y tomates, arreglar las cajas de tomates… A Pilar no le gusto tener que ir a servir a casas ricas “te mandaba hasta el gato”, pues en el campo, en el momento que cumples con tu trabajo, “ya te puedes ir pa casa”.  Pilar con tan sólo diez u once años trabajó sirviendo en una casa, cuidando a los tres hijos; trabajaba las veinticuatro horas del día y le daban alojamiento y comida por un escasísimo jornal.

            En Boquiñeni había mucho trabajo en el cultivo de hortalizas y mucha necesidad de salir para adelante, por ello se veían obligadas a dejar pronto los estudios y a contribuir al sustento familiar. No tenían tierras en propiedad: “La mitad de la cosecha era para la casa rica, se trabajaba mucho pero el trabajo, al final, no era para ellos”.

“Lo peor era cuando se pedían dineros a las casas ricas, si alguien no podía pagar sus deudas, por una mala cosecha, las tierras se las quedaban las casas ricas y así iban aumentando su patrimonio”.

            Pilar se casó con Santiago Sanz en la basílica del Pilar de Zaragoza, “con uno de Boquiñeni”. Santiago tenía vacas y tierras arrendadas en las que cultivaban tomates, pimientos, cebollas, alparce para las caballerías… A Pilar le tocaba de todo, tanto en la casa como en el campo. El agua la iba a buscar con cantaros a la acequia o al pozo, a las vacas les llevaban el agua con pozales. Tuvieron dos hijos: Santiago y Rocío, ambos nacieron en Boquiñeni.

            En 1972 llegaron a San Juan del Flumen, allí les correspondió un lote de 20 hectáreas y además una vaca, una mula y un remolque, pero como ya lo traían de Boquiñeni no lo aceptaron.

            A Santiago siempre se le conoció como “El de Boquiñeni”. El lote se lo dieron sin nivelar, así que tuvo que trabajar duramente para poder regarlo. Al principio sembró panizo, pero cuando por fin lo nivelaron perdieron un año de cosecha. Entonces las acequias eran de tierra, hasta que años mas tarde colocaron las canaletas, pretensados Alcanadre. Luego ya plantaron pimientos, tomates, cebollas y remolacha, que llevaban con remolques a venderlo a Monzón y Luceni.

            San Juan del Flumen fue fundado en 1969 y en el 2019 celebrarán su 50 aniversario. Cuando Pilar llegó a San Juan, con toda su familia, no conocía a nadie, pero “pronto me llevaba bien con todo el mundo”. Ya había gente viviendo, había luz y agua. Tenían seis vacas de leche que vendían, las ordeñaban a las seis de la mañana y a las siete de la tarde. Había una zona de huerta y cada lote tenía su huerto, de unos 2000 metros cuadrados. “Impresionaba llegar y no conocer nada ni a nadie”, la casa tenía agua corriente y tuvieron suerte que la casa fuese de solamente planta baja. Las calles eran de tierra y como había habido mucho movimientos de tierras había mucha liebre y conejo. Santiago acudió al sorteo y al poco llegaron desde Boquiñeni con un camión, portando una vaca, dos tocinos y los enseres, fue un 2 de abril de 1972.

            Por la década de los ochenta se pusieron en San Juan del Flumen muchos lotes de pimientos. Hizo falta mucha mano de obra, principalmente de mujeres, que fueron pilares fundamentales para llevar a cabo las distintas labores agrícolas: plantar, escardar, recolectar… De media se ponía una hectárea y media o dos hectáreas de pimientos por familia. En San Juan del Flumen se creó la cooperativa “La hortícola”, dedicada a las hortalizas.

            Hacían la matacía y Pilar iba a otras casas a ayudar con otras matacías y hacer el mondongo. Pilar nunca paraba de trabajar, movía los sacos de tercerilla, sacos de 50 kilos para las vacas que mezclaba con panizo. Compraban leña de Barbastro para alimentar una pequeña estufa que calentaba la casa.  Pilar ha trabajado mucho “¡como una mula!!”, lavaba la ropa después de cenar y la tendía para que estuviese lista para el día siguiente. Hasta para las fiestas se encargaba de hacer la comida para las orquestas.

            Los abonos y las semillas las compraban en Sariñena, a Segarra. También compraron un tractor que pagaron en mano, a tocateja. Entonces se pedían muchos créditos y se pagaba mucho. Aquel año les apedregó (granizo), de tres a cuatro hectáreas de pimientos, fue por 1982. Al principio ponían pimiento de bola que vendían en el mercado de  Zaragoza, luego llegó el pimiento de piquillo que vendían a Navarra. Se hacía todo, desde la simiente, el plantero, plantación, riego, quitar la hierba, abonar, recolectar….

            La remolacha la arrancaban y la colocaban en un montón grande, luego la limpiaban (entre Noviembre y diciembre) y las apilaban en los carros. Para soportar el frío calentaban piedras en las hogueras y se las metían calientes en los bolsillos. La remolacha era un cultivo seguro que les aportaba unos ingresos ya que es un fruto subterráneo al que no le afecta las pedregadas.

            “Si no vas al jornal no vivirás”, Pilar y su familia han luchado muchísimo por forjar su destino, por ser libres y depender de su propio trabajo, de sus tierras y sus cultivos. No ha sido fácil, todo lo contrario, pero con el tiempo pasado, una gran sonrisa y un profundo sentimiento de satisfacción describen a Pilar y su familia. Ahora, Pilar vive en Sena, junto a su familia, donde he tenido el gran placer de conocerla y entrevistarla. Todo un ejemplo, toda una mujer luchadora y trabajadora de nuestro querido mundo rural, una imprescindible.

                   Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Rocio Sanz Redrado.