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María Rebeca Tricas Puyalto


Mujer comprometida por su pueblo: activa, dinámica, concienciada y luchadora. Todo un ejemplo de mujer capaz de articular una intensa actividad asociativa, cultural, artística y conseguir revitalizar la vida de un pueblo que lucha contra la despoblación. Una mujer más de nuestros pueblos, una mujer más y a la vez única, imprescindible para sacar adelante iniciativas titánicas por el bien y el futuro de su pueblo.

Maria Tricas

Mari Tricas

            Mari nació un 15 de abril de 1950 en Huesca y aunque vivió en Peralta de Alcofea, su vida ha transcurrido ligada a San Lorenzo del Flumen. Antes, por un tiempo, vivió en Sodeto, donde contrajo matrimonio. Pero en Sodeto, el joven matrimonio no tuvo suerte, pues no les tocó ni casa ni lote y se vieron obligados a mudarse a San Lorenzo del Flumen. En 1970 consiguieron una casa y un lote en el nuevo pueblo de colonización monegrino. Lamentablemente, el lote era de renuncio y arrastraba una pilma, unas deudas de semillas a la que tuvieron que hacer frente.

            El pueblo de San Lorenzo del Flumen se fundó en 1963 y se construyó en dos fases: la primera fase en 1963 y la segunda en 1968. En la primera casa, los cinco primeros meses los pasaron sin luz, debido a que el transformador se quedó insuficiente para llevar la luz a todas las casas. El lote fue de unas 12 hectáreas y además se complementaba con un huerto y una vaca preñada de la que tenían que devolver una novilla preñada. Compraron una vaca que tuvieron que pagar en tres años y unos años más tarde, por 1971, a un tratante le compraron 2 vacas más.

            Las tierras las tuvieron por la partida de la Mallata, por las Ventas de Ballerías, una huerta vieja pero con una tierra buenísima. Su marido fue tractorista de colonización y siempre trabajó de tractorista y de albañil. Con el tiempo compraron 26 hectáreas que pusieron en regadío. Al principio se puso mucha remolacha, alfalfa, cebada y maíz, pero luego, en san Lorenzo del Flumen, se plantó mucho pimiento. Desde entonces, en San Lorenzo del Flumen se celebran unas jornadas culturales sobre el pimiento y el arroz, pues el cultivo del arroz fue la única solución para muchas tierras salitrosas.

            Mari siempre sintió un interés especial por un terreno singular, un campo con un bello y característico tozal monegrino, propiedad del marques de la Venta de Ballerías. Sin dudarlo trató de adquirirlo, a lo que le marques respondió “que si alguna vez lo vendía, Mari sería la primera”. Al final, el marques cumplió su promesa y el tozal pasó a manos de Mari, quien trabajó su tierra, bordeando el pequeño y gran tozal con numerosos frutales, de oliveras, almendreras y viña.

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Mari con el logo de Ganadería El Tozal.

            Mari pronto comenzó con las vacas, empezó con dos vacas y al año siguiente sumó otras dos más. Después continúo quedándose con las novillas que las vacas parían, mientras vendía los novillos. Al principio inseminaba las vacas en la parada, la casa donde tenían al macho semental, y después, Mari adquirió un buen novillo semental para su ganadería. Fue pionera con la genética, inseminado sus vacas y creando una ganadería selecta de gran valor. Criaba de la raza “frisona” y su ganadería no pudo llamarse de otra manera: “Ganadería el Tozal”. Llegó a contar hasta con 50 vacas, las soltaba por el corral y montó una de las primeras salas de ordeño por estas tierras. Tuvo las vacas prácticamente desde 1971 a 1998 y fue en 1975 cuando adquirió la sala de ordeño: “mucha gente la venía a ver ya que era la única por la zona”. Antes de la sala de ordeño simplemente tenía dos ordeñadoras sencillas de la época.  Cuando se quitó las vacas en 1998, por la vaca Marisa le daban un millón de pesetas, pero Mari prefirió vender todas las vacas juntas a un ganadero de Asturias, por 170.000 pesetas cada una. Mari siempre ha estado dada de alta, a la seguridad social, como agricultora y ganadera.

“Si quieres beber algo natural, bebe leche de la ganadería el Tozal”

            Mari fue a vender a muchos pueblos la leche, se compró un Mehari y con el iba a todas partes, hasta cargaba las pacas en el Mehari. Las pacas y el alfal de los campos era para mantener la vaquería. En el coche cargaba los cantaros y se desplazaba por los pueblos, en Huesca vendía hasta 300 litros de leche. En 1992 Mari vendía en Huesca la leche en una lechería que ella misma montó en la calle Ramón J. Sender. Para llevar la leche se vio obligada a instalar un tanque refrigerador en el Mehari, pero la tienda apenas duró seis meses. Principalmente, la leche se vendía a la RAM de Grañen, donde la vendían la mayoría de ganaderos y ganaderas de vacas de leche, y a la Letosa de Alcolea. En los últimos tiempos, la leche se tuvo que vender a la cooperativa Copla de Pedrola.

            Su vida social y comprometida con el pueblo resulta igualmente intensa. En octubre de 1984 fundaron la asociación de Amas de casa de San Lorenzo del Flumen, cuando desapareció la Sección Femenina. Fue la primera asociación de ese tipo en Los Monegros y la quinta en la provincia de Huesca. Mari ocupó la presidencia de la asociación los primeros años y retomó la presidencia en 1996, cuando comenzaron con el proyecto de levantar una ermita en la localidad. Para tal fin constituyeron la cofradía y con diferentes actividades y la ayuda de vecinos y vecinas lograron financiar y construir una esplendida ermita. Dedicada a Santa Agueda representando a las mujeres, a San Lorenzo en representación del pueblo y a San Isidro en honor al campo. La ermita fue inaugurada en 2005 y su interior alberga un magnifico retablo de cerámica que ellas mismas realizaron. Un trabajo artesanal que les apasionó y que no dudaron de continuar, creando la Asociación Cultural Flumen Monegros de Cerámica Artesana. La ermita la complementaron con la realización de un vía crucis de diferentes cerámicas.

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            Con la asociación cerámica han acudido a diferentes ferias y mercadillos medievales, llevando como bandera su lugar, San Lorenzo del Flumen. Para el cincuenta aniversario del pueblo elaboraron un impresionante mural cerámico compuesto por unas 220 baldosas.

            Las asociaciones han dinamizado la vida del pueblo, un motor social vital y muy activo que ha ido generando una amplia variedad de cursos, jornadas culturales, café tertulias, charlas, fiestas… Desde el 2011 la nueva Asociación de Vecinos  ha puesto en marcha la encomiable iniciativa de crear una residencia de mayores y un centro de día para el pueblo, una Casa-Hogar que con trabajo y tesón seguro que conseguirán.

            El empeño, el esfuerzo y el trabajo, son cualidades muy necesarias para ir sacando adelante nuestros pueblos y nuestras familias. El valor humano es fundamental y en Mari es desbordante, sorprendiendo con su pasión y su sentimiento, su forma de ver la vida que plasma en versos dando forma a su reciente poemario “Poemas de una Colona”. Su amor por esta tierra queda marcado a fuego en sus poemas, al aire, al cielo, a la niebla, al sol, a su gente… a los sentimientos de una colona, por ser colona pues “Colonos los llamaban/ pero nada les importaba:/ ya tenían bastante/ con salir adelante”.

Poemario Mari

            Y adelante ha salido su poemario, por una buena causa, para contribuir con la Casa Hogar. Un esfuerzo valiente, de una gran mujer que no deja de sorprendernos. Poemas escritos en 1987 que florecen en este 2017 como flores en primavera, aquellas flores: “como el amor/ te dan una alegre sensación,/ están hechas un primor/ que te llega al corazón”. Una mujer más, como todas, indispensable.

               Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas  gracias Mari por abrirme las puertas de tu casa, todo un placer.

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AURORA PIQUERAS CISUELO


 Una vida dedicada a los demás, a su casa y a su familia, una vida de trabajo y esfuerzo, de dedicación y lucha. Un rostro entrañable que Alberto Lasheras nos relata descubriendo la vida de Aurora Piqueras Cisuelo; transmitiendo el respeto y cariño que Aurora se ha labrado en los secos y áridos monegros, entre Alcubierre y San Juan del Flumen.

Aurora

Aurora Piqueras

      Nació el 2 de junio de 1924, en Alcubierre. Era la novena de diez hermanos: Emilia, Modesta, Juana, Félix, Eusebio, Pilar, Paco, María, Aurora y Luis. Iban creciendo en el pueblo, colaborando en las tareas que sus padres les encomendaban y ayudándose unos a otros.

      Sus padres, María y Félix, trabajaban sin descanso dedicados a la venta ambulante por los pueblos para poder vivir honradamente. Cuando su madre no le podía dar el pecho, lo recibía de Cándida Suñén, que había tenido una hija tan sólo un mes antes. María se ponía en las plazas, en su puesto de mercado, y gritaba con energía y mucha gracia: ¡Naranjas como bombas!” Luego cuando vendían su mercancía regresaban a su casa, con su carro tirado por alguna yegua que habían renovado en el mercado de ganado.

        En 1930 la sequía se acentúa y las ventas se redujeron; malos tiempos se avecinaban. María y Félix deciden irse a Barcelona, allí habría trabajo para los dos. Las tres hijas mayores ya habían emigrado antes y encontrado trabajo. La mayor, en casa de los dueños de una fábrica de harinas, la Harinera de La Asunción, donde empezó Félix a trabajar nada más llegar para sacar adelante a su familia. María vendía helados en la playa de San Adrián del Besós, barrio en el que se instalaron. Félix murió de repente al año de llegar a Barcelona, dejando viuda, nueve huérfanos y a María embarazada.

     Todos se trasladaron a una casita del barrio obrero de Las Corts. Los chicos, adolescentes, trabajaban en el carbón, en la harinera y de botones en un banco. Eran tiempos convulsos de fuertes luchas sindicales con una gran implantación de la CNT y del anarquismo en Barcelona. Aurora cuenta que su hermano Félix era amigo de José Gavín Casaus (Alcubierre 1914-zaragoza 1935 “Otro Gavin de Alcubierre”, Desdemonegros), que a veces le permitió pasar la noche y dormir en su casa de la Colonia Castell, en Las Corts, escondiéndose de la búsqueda de la policía, si bien siempre le decía que “marchase al amanecer, cuanto antes, para no comprometer a su familia”.

     Las chicas, unas se casaron y otras trabajaban. Los tres pequeños (una de ellos Aurora), por mediación de los dueños de la harinera, fueron acogidos en un colegio de protección de la infancia en Pueblo Nuevo, en la calle Batrás. Para ello, la hermana mayor medió para que el dueño de la casa en la que servía ayudase a que admitieran a sus hermanos pequeños en dicho colegio de huérfanos, ya que les habían notificado que no accederían por ser aragoneses. Este señor, se tomó interés y notificó al colegio que si no admitía a los tres hermanos, retiraría su aportación anual a dicha institución. Un coche grande y negro los recogió y Aurora recuerda cómo su madre lloraba porque su economía no le permitía criarlos. Las niñas con las monjas y el chico con los curas. Al hermano, con ocho años, no le gustaba que le obligasen a ir a misa ni que le hiciesen rezar, las veía por una valla del patio y las llamaba por su nombre: “ ¡Marieta, Auroreta,  si os pegan decídmelo a mí! “.  Aurora lo aprendió todo en catalán, y a los siete años la eligieron para leerle unos versos a Lluis Compayns, en una exposición en Barcelona.

    Fue una experiencia dura e inolvidable que les permitió recibir una educación, alimento y disciplina. Salieron con un oficio aprendido: María se hizo modista y Paco tornero mecánico, lo que le permitió más adelante montar un taller con su hermano Eusebio.

       Aurora contaba tan sólo nueve años, cuando su hermana mayor le pidió a su madre que la sacara del colegio, para ayudarle con dos niños pequeños que tenía. La madre accedió y Aurora cuidó de los pequeños, siendo uno de sus cometidos recorrer un kilómetro de ida y otro de vuelta, tres veces al día, con la niña en los brazos que era un bebé y el hermanito de la mano, para que la niña tomara el pecho, ya que la hermana de Aurora tenía  una tienda de comestibles, al frente de la cual trabajaba.

      Aurora vivía con su hermana y su cuñado cuando estalló la guerra en 1936. Conoció el horror, la tristeza, los muertos, las carreras a los refugios en los que se escondían, el silbido de las bombas y el impacto sobre los edificios. Una noche tembló su cama, se agrietó la pared de su habitación y mirando por la ventana vio una bomba clavada en el suelo que no explotó. Pasarían muchos años y ese silbido aterrador le venía a la mente cada vez que alguien cerca de ella comenzaba a silbar.Tres de sus hermanos varones fueron al frente, a la guerra, da igual el bando en el que lucharon, el que les llamó más desde sus ideales de juventud o decidieron las circunstancias. Cuenta Aurora que en la Batalla del Ebro, estaban sus hermanos en diferente bando y Paco le comentó años más tarde: “¡Cómo iba a disparar si mis hermanos estaban en frente y podía darles!”. Al acabar la guerra, sus hermanos vuelven a Barcelona con algunas heridas, procedentes de campos de concentración pero, al fin vivos.

    Contaba Aurora quince años cuando una hermana mayor, Emilia, que vivía en Alcubierre y había perdido una hija de meses, enfermó. Aurora fue a cuidar a su hermana y ayudarla a superar la muerte de su hija. Se lo pidieron y ella obedeció. Tomó el tren y acompañada de una vecina  regresó al pueblo en el que nació. Emilia pidió a su madre que le enviara a su hermano pequeño Luis, para llenar el vacío creado por la muerte de su hija. Así, Luis fue el consuelo de Emilia, al que crió como si fuese su propio hijo.

        En Alcubierre, ayudó mucho a su hermana y su cuñado en la tienda que regentaban. Trabajó con ellos en el campo, con los animales, con unas mulas que tirando de un carro los llevaban a Zaragoza cada semana a buscar género que luego vendían en el pueblo.

       Cumplió 26 años cuando un amigo de la familia le presentó a Pedro Lalana Royo. Con él se casó y recuerda que el coche que llevaba al novio a la boda, pinchó y ella le esperaba escuchando las campanas de la iglesia que ya daban el tercer toque cuando Pedro llegó. Tras un viaje de novios por Zaragoza y Barcelona, a los cinco días, regresó a Monegros a otra casa, a otro pueblo, con otra familia. En Sariñena, vivió unos años y allí nacieron sus cinco hijos; cuatro chicas y un chico. Pedro quería tener un niño para que le ayudara en el campo y continuara  las tareas. Cuando éste nació, le gastó una broma a su marido y puso al recién nacido desnudo en la cama, diciéndole que había sido otra niña. La sorpresa y alegría del padre fue mayúscula al ver que había llegado su deseado varón.

      La vida le deparaba un nuevo destino; habían solicitado en San juan del Flúmen, nuevo pueblo de colonización, una casa y un lote de veinte hectáreas de tierra, a pagar en veinte años y, se lo concedieron. Les llegó una carta comunicándoles que debían vivir allí. Aurora contaba cuarenta y tres años y con su esposo cargó el remolque con sus enseres, sus hijos, un tractor recién comprado, a plazos, y se lanzaron a una aventura, con ilusión hacia un nuevo e incierto futuro.

      Fueron años muy duros, sin muchos medios. Los hijos ayudaban en todo lo que podían. Nueva escuela, tienda, médico, cura y nuevos amigos. Los vecinos se ayudaban y colaboraban  en un proyecto increíble que transformó aquellas casas en acogedoras viviendas y los lotes en fértiles tierras, creando potentes vínculos de amistad entre los nuevos habitantes de San Juan.

      En junio de 1992, su marido sufrió un  fuerte derrame cerebral. Tras siete meses hospitalizado volvió a casa con hemiplejia en el lado izquierdo de su cuerpo. Toda la familia se volcó en atenderlo durante doce años, afrontando con fuerza y cariño la dura situación.

      Hoy vive tranquila, sufrió un ictus en el 2012 del que se recuperó de una forma asombrosa. Con 93 años cumplidos, disfruta de la compañía de sus hijos, nietos y biznietos a los que adora, y a los que sigue transmitiendo amor, valentía, optimismo e ilusión. Siempre ha sido una mujer positiva, alegre y conserva su sonrisa de siempre con la que nos recibe cada vez que la acompañamos.

Con todo afecto y cariño.

Alberto Lasheras Taira

 

      Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias Alberto Lasheras por un relato tan emotivo, escrito desde el corazón, con cariño y respeto.

 

Pilar Redrado Pérez


Son generaciones sin infancia, de esfuerzo y  trabajo,  en casa y en el campo. Sin tiempo para la escuela, ni juegos, fueron educadas en la responsabilidad y en el trabajo, en la necesidad y en la supervivencia. Vidas de un tiempo pretérito de una sociedad rural en constante transformación, donde  la mujer se tuvo que abrir camino y afrontar un presente difícil y complicado. Verdaderas heroínas, verdaderos referentes que deberíamos de distinguir y revalorizar.

Pilar Redado Pérez

Pilar Redrado Pérez

            Pilar nació en Vera del Moncayo en 1941 y fue bautizada en el monasterio de Veruela. Su padre trabajó de pastor para un hacendado del lugar y su madre se dedicó a las múltiples tareas del hogar y la huerta. (Fueron tres hermanos, dos chicas y un chico que ya falleció).

            A los tres años  fueron a vivir a Borja, el dueño se vendió el ganado y tuvieron que mudarse. Estuvieron en Borja hasta los diez años cuando de nuevo se trasladaron a Boquiñeni. Pilar no fue mucho a la escuela, pronto  tuvo que abandonarla para contribuir en el trabajo de la casa. A los trece comenzó a trabajar a jornal en el campo, iba a la huerta a esclarecer la remolacha, las tomateras, a recoger cebollas y tomates, arreglar las cajas de tomates… A Pilar no le gusto tener que ir a servir a casas ricas “te mandaba hasta el gato”, pues en el campo, en el momento que cumples con tu trabajo, “ya te puedes ir pa casa”.  Pilar con tan sólo diez u once años trabajó sirviendo en una casa, cuidando a los tres hijos; trabajaba las veinticuatro horas del día y le daban alojamiento y comida por un escasísimo jornal.

            En Boquiñeni había mucho trabajo en el cultivo de hortalizas y mucha necesidad de salir para adelante, por ello se veían obligadas a dejar pronto los estudios y a contribuir al sustento familiar. No tenían tierras en propiedad: “La mitad de la cosecha era para la casa rica, se trabajaba mucho pero el trabajo, al final, no era para ellos”.

“Lo peor era cuando se pedían dineros a las casas ricas, si alguien no podía pagar sus deudas, por una mala cosecha, las tierras se las quedaban las casas ricas y así iban aumentando su patrimonio”.

            Pilar se casó con Santiago Sanz en la basílica del Pilar de Zaragoza, “con uno de Boquiñeni”. Santiago tenía vacas y tierras arrendadas en las que cultivaban tomates, pimientos, cebollas, alparce para las caballerías… A Pilar le tocaba de todo, tanto en la casa como en el campo. El agua la iba a buscar con cantaros a la acequia o al pozo, a las vacas les llevaban el agua con pozales. Tuvieron dos hijos: Santiago y Rocío, ambos nacieron en Boquiñeni.

            En 1972 llegaron a San Juan del Flumen, allí les correspondió un lote de 20 hectáreas y además una vaca, una mula y un remolque, pero como ya lo traían de Boquiñeni no lo aceptaron.

            A Santiago siempre se le conoció como “El de Boquiñeni”. El lote se lo dieron sin nivelar, así que tuvo que trabajar duramente para poder regarlo. Al principio sembró panizo, pero cuando por fin lo nivelaron perdieron un año de cosecha. Entonces las acequias eran de tierra, hasta que años mas tarde colocaron las canaletas, pretensados Alcanadre. Luego ya plantaron pimientos, tomates, cebollas y remolacha, que llevaban con remolques a venderlo a Monzón y Luceni.

            San Juan del Flumen fue fundado en 1969 y en el 2019 celebrarán su 50 aniversario. Cuando Pilar llegó a San Juan, con toda su familia, no conocía a nadie, pero “pronto me llevaba bien con todo el mundo”. Ya había gente viviendo, había luz y agua. Tenían seis vacas de leche que vendían, las ordeñaban a las seis de la mañana y a las siete de la tarde. Había una zona de huerta y cada lote tenía su huerto, de unos 2000 metros cuadrados. “Impresionaba llegar y no conocer nada ni a nadie”, la casa tenía agua corriente y tuvieron suerte que la casa fuese de solamente planta baja. Las calles eran de tierra y como había habido mucho movimientos de tierras había mucha liebre y conejo. Santiago acudió al sorteo y al poco llegaron desde Boquiñeni con un camión, portando una vaca, dos tocinos y los enseres, fue un 2 de abril de 1972.

            Por la década de los ochenta se pusieron en San Juan del Flumen muchos lotes de pimientos. Hizo falta mucha mano de obra, principalmente de mujeres, que fueron pilares fundamentales para llevar a cabo las distintas labores agrícolas: plantar, escardar, recolectar… De media se ponía una hectárea y media o dos hectáreas de pimientos por familia. En San Juan del Flumen se creó la cooperativa “La hortícola”, dedicada a las hortalizas.

            Hacían la matacía y Pilar iba a otras casas a ayudar con otras matacías y hacer el mondongo. Pilar nunca paraba de trabajar, movía los sacos de tercerilla, sacos de 50 kilos para las vacas que mezclaba con panizo. Compraban leña de Barbastro para alimentar una pequeña estufa que calentaba la casa.  Pilar ha trabajado mucho “¡como una mula!!”, lavaba la ropa después de cenar y la tendía para que estuviese lista para el día siguiente. Hasta para las fiestas se encargaba de hacer la comida para las orquestas.

            Los abonos y las semillas las compraban en Sariñena, a Segarra. También compraron un tractor que pagaron en mano, a tocateja. Entonces se pedían muchos créditos y se pagaba mucho. Aquel año les apedregó (granizo), de tres a cuatro hectáreas de pimientos, fue por 1982. Al principio ponían pimiento de bola que vendían en el mercado de  Zaragoza, luego llegó el pimiento de piquillo que vendían a Navarra. Se hacía todo, desde la simiente, el plantero, plantación, riego, quitar la hierba, abonar, recolectar….

            La remolacha la arrancaban y la colocaban en un montón grande, luego la limpiaban (entre Noviembre y diciembre) y las apilaban en los carros. Para soportar el frío calentaban piedras en las hogueras y se las metían calientes en los bolsillos. La remolacha era un cultivo seguro que les aportaba unos ingresos ya que es un fruto subterráneo al que no le afecta las pedregadas.

            “Si no vas al jornal no vivirás”, Pilar y su familia han luchado muchísimo por forjar su destino, por ser libres y depender de su propio trabajo, de sus tierras y sus cultivos. No ha sido fácil, todo lo contrario, pero con el tiempo pasado, una gran sonrisa y un profundo sentimiento de satisfacción describen a Pilar y su familia. Ahora, Pilar vive en Sena, junto a su familia, donde he tenido el gran placer de conocerla y entrevistarla. Todo un ejemplo, toda una mujer luchadora y trabajadora de nuestro querido mundo rural, una imprescindible.

                   Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Rocio Sanz Redrado.

 

Los inicios de la colonización en Los Monegros


         En 1170 el  rey Alfonso II de Aragón concedió a la villa de Sariñena un privilegio de población para colonizar el término municipal. Así, en 1683, una concordia entre la villa de Sariñena y sus aldeas, facilitaba el aprovechamiento de la dehesa colonizada. Pero, atendiendo a uno de los capítulos de la concordia “siempre que se reúnan de cinco vecinos arriba o cinco por lo menos en cada Monte, se les haya de restituir su boalar”, José Narciso Comenge entendió que dicha concesión no se cumplía y presentó su propio proyecto para repoblar el monte de Moscallón y cinco aldeas despobladas de la Villa de Sariñena. Fueron los inicios de la colonización de Los Monegros que acabó con la construcción, entre los años 1950 y 1970, durante el régimen dictatorial franquista, de diez nuevos pueblos monegrinos: Sodeto, Cantalobos, La Cartuja de Monegros, San Juan del Flumen, San Lorenzo del Flumen, Curbe, Frula, Montesusín, Valfonda de Santa Ana y Orillena. En este artículo nos adentramos en los inicios de la colonización de Los Monegros, un fascinante episodio de nuestra historia. 

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         “El 18 de noviembre de 1788, Narciso Comenge propuso repoblar el Monte de Moscallón y cinco despoblados donde en el pasado habían existido las aldeas denominadas Moncalvo, La Sardera, Salaver, Celadisa y Miranda que, en fecha indeterminada, habían sido abandonadas y de las que quedaban únicamente algunas ruinas. De los cinco despoblados, el de mayor extensión era el de Moncalvo, con una pequeña parte de sus Tierras propiedad de la Cartuja de las Fuentes, seguido por el de Miranda, La Sardera y Salavert, siendo el de Celadisa el más reducido y el único con tierras de mediana calidad, ya que gran parte de la superficie sólo era apta para pastos de ganado lanar y caprino.”

Enrique Giménez López

         José Narciso Comenge Gascón fue un rico terrateniente de Lalueza que residió en Madrid donde ejerció funciones de Tesorero de los Príncipes e Infantes durante la época de Carlos III. La familia de los Comenges fueron los principales benefactores en la construcción del monasterio de la Cartuja de las Fuentes (Los hermanos Comenge, benefactores de la Cartuja. por Alberto Lasheras).

            De primeras, la aparición documental del poblado de Moncalvo resulta de gran relevancia e importancia, debido a que nos encontrábamos ante un poblado olvidado, sin historia y sin ninguna referencia documental. El poblado de Moncalvo aparece junto a las aldeas Salaver, Miranda, La Cenadilla y La Sandena, pertenecientes a la villa de Sariñena, en un expediente de la casa Ducal de Híjar-Aranda, fechado el 30 de enero de 1799. Aquel desconocido y a la vez fascinante episodio de colonizaciones nos lleva inevitablemente a conocer el estudio de Enrique Giménez López de la Universidad de Alicante y su obra “Fuero Alfonsino y Fuero de población de Sierra Morena en los proyectos de colonización de la Corona de Aragón en la segunda mitad del siglo XVIII”, del que obtenemos la gran parte de información que comprende el presente artículo.

         Narciso Comenge decidió reclamar los terrenos concedidos por el rey Alfonso de Aragón para su colonización, un territorio muy extenso que abarcaba casi la totalidad de la comarca de Los Monegros, afectando a varios municipios de la comarca. Apoyado por el corregidor de Barbastro, Vicente Samper, a quien unía lazos familiares con Narciso Comenge, elaboró en 1790 un informe que hizo suyo el Intendencia de Aragón: “la Dehesa que se intenta repoblar tiene la proporción de lefias, pastos, aguas y demás correspondiente para ello, y finalmente que la repoblación es muy útil e importante al Reino, a la Real Hacienda, y a la causa pública”.

         En junio de 1790, el Consejo de Castilla concedió la gracia a Narciso Comenge para la ejecución de su proyecto. “El proyecto de Narciso Comenge era de crear una nueva población en los Monegros, en las inmediaciones de Sariñena, distribuyendo a cada colono una parcela de tierra de 53 fanegas, de las que 50 estarían dedicadas a cereal, y las tres restantes estarían regadas para cultivar hortalizas, legumbres y alfalfa. Al igual que los colonos de Sierra Morena, los nuevos pobladores de Monte de Moscallón, lugar de ubicación del poblamiento, estarían exentos durante una década del pago de impuestos reales. Para su trabajo y subsistencia, cada poblador recibiría dos bueyes y utensilios de labranza, ocho gallinas, un gallo y una cerda, y se le asignarían 30 árboles de la margen del río para que pudiera utilizar la leña de la poda.” Pero para Enrique Giménez López estas disposiciones eran pura apariencia y Comenge tenía un objetivo puramente especulativo lejos del espíritu inspirador del Fuero Poblacional de Sierra Morena.

         Afortunadamente, el 24 de agosto de 1790, el Consejo de Castilla dictaminó que debía de dar audiencia a la villa de Sariñena, abriendo las puertas a la vía contenciosa, dando voz a los afectados y poniendo en peligro la viabilidad del proyecto. De hecho, el Consejo propuso modificar determinados capítulos de la propuesta, poniendo al descubierto los fines especulativos que perseguía José Narciso Comenge.

         “Pero a diferencia de otras iniciativas pobladoras, todo lo referido lo recibían los colonos no como donación, sino como préstamo. El importe de la casa, animales, aperos, grano y legumbres debían ser restituidos a partir del quinto año con un interés del 3 %, canon que dejarían de abonar caso de devolver el capital. El cáñamo, lino o lana debía ser abonado por el colono al contado para podérsele ser entregado. Los gastos de la administración de justicia, mantenimiento del edificio del ayuntamiento y cárcel, así como pago del médico y cirujano, debían correr a cargo de los colonos. Para ello Comenge les dotaba de 40 fanegas de propios, a la que añadía la pintoresca obligación de que “se cultivarán como carga concejil en los días festivos por la tarde con el debido permiso del párroco”, otras 40 fanegas con las que dotar un establecimiento piadoso, además de una dehesa “en cantidad suficiente”, pero indeterminada, para pasto de los 60 bueyes y 30 cerdas que constituían el grueso del ganado mayor en el origen del establecimiento. Además de la consabida obligación del colono a cultivar adecuadamente la tierra que le hubiera correspondido, con la posibilidad de perderla en el caso de abandono o cultivo descuidado, los capítulos de población se referían con minuciosidad a las limitaciones que el colono tenía sobre el dominio útil de la tierra asignada, con el fin de evitar la división de la parcela. La herencia siempre recaería en el primogénito o en el pariente que le correspondiera por línea directa. En el caso de carecer de hijos o parientes directos, el dominio útil podría traspasarse a otro familiar siempre que se avecindara en el pueblo, previo pago del vigésimo de su valor. En el caso de querer enajenarlo, le estaba permitido -a excepción de que fuera a manos muertas-, siempre que abonara la décima parte de ese mismo valor.”

Enrique Giménez López

         Pronto se ejerció una fuerte oposición al proyecto colonizador de Comenge: el cabildo eclesiástico de Sariñena, el convento de Nuestra Señora del Carmen de monjas carmelitas, los monasterios de la Cartuja de las Fuentes y de Nuestra Señora de Sijena y de las villas de Sariñena, Lanaja y de Castejón de Monegros, y de los lugares de Sena, Villanueva de Sijena, Tormillo, Castelflorite, Peralta de Alcolea y Cabdesaso, además de la duquesa viuda de Villahermosa, Martín del Castillo, titular del señorío de Villanas, el conde de Aranda y el obispo de Huesca muestran su firme oposición.

Lanaja, cuya única riqueza eran las más de 46.000 cabezas de ganado que poseían,por ser el terreno “seco, árido, áspero y en parte peñascoso”, también recurrió el proyecto colonizador.

         En marzo de 1791 se interpuso un recurso al Consejo, que dio paso a la Audiencia de Aragón. El uso y aprovechamientos de aquellas tierras era vital para la supervivencia de aquellas gentes, que veían amenazados sus intereses y que duramente lo trasladaron en numerosos escritos y recursos, en esta línea resulta relevante el escrito de las poblaciones de Sena y Villanueva de Sijena que así se manifestaban:  “…que todo el aumento que se presentaba de población en el proyecto era de 30 miserables y un pueblo de 30 albergues para otros tantos infelices que serían el espectáculo de la miseria sin necesitarse de otra prueba que las condiciones con que habían de ser admitidos, insoportables por ellas mismas en un hombre libre”.

         La fuerte oposición produjo que el Consejo, el 25 de junio de 1798, aconsejase suspender el proyecto colonizador “su ejecución acarrearía graves perjuicios al Estado y a terceros; que de ella se seguiría necesariamente la despoblación de Sariñena, y la ruina de tantos vasallos libres como en el día enriquecen su Real Erario, y que éstos son acreedores a que el Corregidor de Barbastro le satisfagan las costas que les han causado”. La suspensión del expediente se trasladó a la Sala Segunda de Gobierno poniendo fin al proyecto especulativo de José Narciso Comenge.

         “La extrema escasez de agua en los Monegros, el coste desmesurado para poder canalizar agua hasta las tierras desde unos ríos de escaso caudal y sujetos a fuerte estiaje, y la reducida calidad de la tierra, hacían inviable la posibilidad de subsistencia de la nueva población: Qué aliciente pueden tener los 30 colonos para transferirse con sus familias y pertenecer en él sin más auxilios que los de una agricultura limitada y unos frutos inciertos dependientes de la casualidad de las lluvias”.

Enrique Giménez López

         Los Monegros, tierra árida y dura, continúa luchando contra la despoblación, sobreviviendo en la historia junto a sus nuevos pueblos de colonización. La familiaridad y la convivencia, la unión y la conciencia de territorio son las grandes virtudes y valores de esta tierra y su gente. Seguro que la historia hubiese sido distinta si aquellos pueblos hubiesen vuelto a nacer, aquellos pueblos que volvemos a nombrar Moncalvo, La Sardera, Salaver, Celadisa y Miranda. Con la sensación que quedan muchos por nombrar y ante todo nunca olvidar.

Leer+: La leyenda de Moncalvo. 

  • Documentación:

“Fuero Alfonsino y Fuero de población de Sierra Morena en los proyectos de colonización de la Corona de Aragón en la segunda mitad del siglo XVIII” por Enrique Giménez López de la Universidad de Alicante y publicado por la Revista de Historia Moderna, Anales de la Universidad de Alicante.

María Jesús Peña Pellicer


Con la construcción de nuevos pueblos en Los Monegros llegaron familias de diferentes lugares de España. Aunque principalmente los nuevos pueblos de colonización acogieron a familias aragonesas, en La Cartuja de Monegros  podemos encontrar vecinos de todas las comunidades de España. Un crisol de culturas ejemplo de convivencia en uno de los pueblos más jóvenes de España. Comenzar una nueva vida en un pueblo nuevo no fue fácil y la historia de María Jesús es una de las muchas historias que se escribieron con la formación de los nuevos pueblos de colonización.

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María Jesús Peña Pellicer

            María Jesús Peña Pellicer nació en Litago en mayo de 1923, pueblo de la comarca aragonesa de Tarazona y el Moncayo. De casa Puparra, su familia trabajó tierras de huerta y llevó un pequeño ganado ovino de unas cien cabezas, además de tener en casa caballería. Fueron cinco hermanos y Jesusa, como cariñosamente la llaman, fue a la escuela hasta los catorce años: “había un maestro para los chicos y una maestra para las chicas”. Cuando dejó la escuela hacía faenas propias de la huerta: ir a entrecavar, regar, sembrar, segar, trillar… “Allí no se pasó hambre, pero hubo que trabajar muchísimo, menos labrar me ha tocado hacer de todo”. Cuando acababan la siega iban al monte a coger chordones (frambuesas) que luego vendían en Tarazona.

            Vivió la Guerra de España en Litago, durante la cual murió su padre en 1937. Todos los hombres tuvieron que partir al frente y un hermano de Jesusa fue llamado a filas. Las mujeres, que se habían quedado solas, tuvieron que tirar para adelante con todas las faenas. Al terminar la guerra se racionalizaron mucho los alimentos y, para no pasar hambre, tenían que ir a escondidas a moler el trigo para hacer pan.

            María Jesús se casó con Sabino Macaya Miguel y los primeros años vivieron en Litago, donde tuvieron cuatro hijos. Sabino luchó en la Guerra de España y luego realizó el servicio militar durante tres años en África. En Litago construyeron una casa aprovechando un terreno que Jesusa había heredado de su madre. Sabino trabajó en la huerta y en la plantación de pinos, en el actual parque natural del Moncayo.

            Jesusa llegó a Sodeto sobre 1963, a los cuarenta años de edad. Tras el anuncio de la creación de pueblos de colonización, muchas familias presentaron solicitudes para ir a habitarlos. Muchas familias de Litago presentaron solicitudes para San Jorge, pero a ellos la suerte se decantó por el monegrino pueblo de Sodeto.

            Su marido y una hija se adelantaron un año antes para sembrar el campo y cuidarlo hasta su cosecha. Así que cuando Jesusa llegó a Sodeto ya había gente viviendo, llevaban más de un año en el pueblo. Había luz pero en las casas aún no había agua, llegó un poco más tarde y mientras tenían que ir a buscarla a la fuente de la plaza. El plan inicial para construir Sodeto era curioso, construir una casa en cada lote, pero al final no se llegó a realizar, aunque podemos encontrar algunas casas salpicadas por los campos de Sodeto. Primero construyeron las casas y luego los corrales, Jesusa recuerda dar de comer en casa a albañiles de Lanaja. A cada familia le correspondía casa, lote de ocho hectáreas, dos vacas y un remolque. Las vacas estaban preñadas y cuando parían, si eran hembras, las debían de cuidar para entregar a otras familias, de Litago se trajeron un caballo.

            A Jesusa en Sodeto la conocían como la “Litaguera”, el pueblo era una gran familia y allí tuvo a su quinto hijo. Pero a pesar de encontrar un buen ambiente y mantener una excelente relación con los vecinos, les tocó una tierra muy mala que no filtraba, de buro (barro). Sembraron una faja de patatas que acabó encharcándose y al final se pudrieron. También pusieron remolacha y alface (alfalfa), pero esa tierra sólo valía para el arroz. Tras cinco años en Sodeto les dieron la posibilidad de ir a vivir a otro pueblo. Así que familias que habían recibido lotes malos fueron a los nuevos pueblos de colonización de la Cartuja de Monegros (2 familias) y San Juan del Flumen (3 familias), alguna familia decidió quedarse en Sodeto.

            “En los pueblos de nueva construcción existía la figura del mayoral, un guarda del IRYDA (Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario).  El mayoral recibía a las nuevas familias, les enseñaba el lote y vigilaba el buen funcionamiento del pueblo. En Sodeto, el mayoral tenía la parada, donde llevaban las vacas y las tozinas para inseminarlas con los sementales.”

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Jesusa en su casa de la Cartuja de Monegros.

            La familia de Jesusa marchó al pueblo de la Cartuja de Monegros en 1968, con casa y lote de doce hectáreas. Los lotes se regaban por fajas, al principio con acequias de tierra y después de hormigón. Llevaron ocho vacas de leche y además les concedieron tener la parada, que siempre era una buena fuente de ingresos. En Cartuja de Monegros no había parada y los vecinos tenían que ir a Lanaja. Tener la parada fue una gran noticia que ya les comunicó el mayoral de Sodeto, antes de marchar a la Cartuja de Monegros.

            En la Cartuja de Monegros ya había agua y luz cuando llegaron, el pueblo se fundó en 1968. Se creó escuela, tienda, consultorio médico y una vecina hacía de guardería para los más pequeños del pueblo. En el pueblo vivía un cura que hacía misa a las Bastaresas en el monasterio del la Cartuja de las Fuentes

            En casa instalaron un molino, Jesusa tenía que atender a los vecinos que acudían a moler maíz o trigo y además tenía que sacar el toro cada vez que lo reclamaban como semental. A partir de los años ochenta comenzaron a pagar mal la leche y la gente se quitó las vacas. En todas las casas había vacas lecheras, una media de treinta vacas. Ordeñaban a mano y a las siete de la mañana recogían la leche de la tarde anterior y la que ordeñaban aquella misma mañana, se levantaba a las cinco de la mañana. Con el tiempo, en las casas instalaron ordeñadoras. Y también había que atender la casa, no se paraba nunca de trabajar.

            Jesusa guarda muy buenos recuerdos de Sodeto y una gran añoranza de su Litago natal a las faldas del Moncayo. Pero con el paso del tiempo, los nuevos pueblos y sus gentes han sabido construir un hogar que legan a las generaciones futuras, un esfuerzo que aún continúa tratando de mantener vivos nuestros pueblos monegrinos.

   Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Rafael Macaya Peña.