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María Villacampa Buisán


Capdesaso ha visto pasar los años a través de los ojos de María, una mujer que nació, creció y formó su hogar en este mismo rincón de Los Monegros. María, conocida como Marieta, refleja toda una generación de mujeres rurales que han tejido la historia invisible de los pueblos, con esfuerzo y arraigo, pero también con humildad y dignidad.

María Villacampa Buisán nació en Capdesaso el 29 de mayo de 1931. Su madre, María Buisán era de Peralta de Alcofea, estaba viuda con un hijo, Placido, cuando se casó con su padre Mariano Villacampa, que también se había quedado viudo y con dos hijos Monserrat y Antonier. Fruto de aquel nuevo matrimonio nace María e Inocencio.

Mariano, su padre, era de Capdesaso, de casa Roque, debido al nombre de su abuelo. Casa humilde que tenía algo de tierras, no muchas, en la huerta vieja que tanto dio a Capdesaso –gracias a la huerta y a los corrales se sobrevivió bien, pues como bien dice el refrán: “El primer plato en la huerta y el segundo en el corral”-. Tiempos duros, recuerda María, pero que con el trabajo nunca faltó de comer – en invierno se hacía un gran caldero de col y se cenaba col todas las noches-.

El trabajo era duro y constante, María no olvida a su padre Mariano salir pronto y regresar tarde. A pesar de todo, cada noche, a modo de oración, cuando llegaba y les pillaba en la cama, nunca se olvidó de recitarles entrañables y cariñosos versos:

“Gracias a dios que he llegado
Pensé que no llegaría
A darle las buenas noches
A Montserrat y Marieta”.

La guerra a Marieta le pilló muy de pequeña, escuchaban que se acercaba la aviación y corrían rápidamente a esconderse a las cuevas bajo la era de Constantino, que eran bodegas antiguas donde guardaban el vino -una más grande y otra pequeña-. La familia de Marieta cogió miedo, debido al peligro que sentían, y decidieron huir con los carros y las mulas, dejando la casa y marchando a zona más segura.

Su hermano Inocencio, que era muy pequeño se quedaba dormido en el carro y cuando pasaba la aviación su madre decía – ¡Ay ese hijo! ¡Ay ese hijo! –, por el miedo que tenía a que le sucediese algo, por no despertarlo mientras ellos se resguardaban del paso de los aviones bajo el carro.

Llegaron a Binéfar donde encontraron una casa abandonada en la que se alojaron hasta que vieron seguro regresar. A su vuelta a Capdesaso la casa había sido ocupada, faltaban pertenencias y el pequeño ganado que tenían no estaba. Se lo habían llevado a un corral y no les dejaron ni ordeñarlo para tener un poco de leche. Algunos vecinos del pueblo les iban a cantar por considerarlos rojos, fueron años muy difíciles.

A la escuela fue poco. Tuvieron que sacar pronto a Marieta, incluso la maestra fue a hablar con su madre para que no la sacaran, pero Marieta tenía que ayudar en casa, trabajar con las tareas propias de la casa y criar animales en el corral, sin dejar de ir a ayudar a su padre en el campo: a segar, a dar gabilla, a trillar… con la gabilladora y atar la gabilla en fajetes.

No paraban de trabajar, en invierno, como muchas mujeres, iba a recoger remolacha, para una casa grande del pueblo. La arrancaban, limpiaban y amontonaban, luego la recogían y la llevaban a la estación y de allí a Monzón a la azucarera. También iban a recoger almendras y olivas con los mandiles, y respigaban todo lo que podían. Los higos los ponían a secar en cañizos, pasados por harina, y los consumían a lo largo de todo el invierno. 

Arrancaban esparto, lo mallaban con un mallo grande para que estuviese suave y hacían sogueta, fencejos. La hacían en el Soltador, en la plaza de la Iglesia. Se llama el Soltador ya que era el lugar donde reunían las mulas y otras caballerías para que un pastor común las llevase a apacentar por algún campo, la dula o bizera. También lo hacían con las ovejas y cabras, en casa tenían unas 8 o 10 ovejas y un par de cabras que ordeñaban todos los días para tener leche fresca. Las llevaban a un corral y allí se juntaban de unas cuantas casas y un pastor común se encargaba de ellas. Después, ellas mismas sabían volver solas a casa. Sin duda, apunta María, la leche de cabra fue esencial en esta zona, aunque no fue la única -Un familiar de Peralta de Alcofea se puso malo y le recomendaron leche de burra-. Se ve que tenía muy buenas propiedades.

Hambre no han pasado. Antes de ir al monte a trabajar se almorzaba judías blancas. Cuando paría alguna cerda, María salía al corral por la noche para que la cerda no chafara los lechones. En casa tenían unas ocho cerdas para criar lechones que vendían al tocinero de Alberuela, de Alberuela de Tubo.

Criaban 2 o 3 tozinos cada año con los que hacían conserva para todo el invierno y corderos que mataban especialmente para las fiestas. Para la matacía del cerdo se juntaban 3 casas, con cinco hijos cada una, mataban el tocino y al mondongo, después las mujeres preparaban un chocolate cocido. Hacían longanizas, chorizos, tortetas, que son las típicas bolas dulces de sangre. Las tortetas se regalaban calientes a los vecinos, recién sacadas, y a la familia se le regalaba el presente, que era darles un trozo de lomo.

María muy de joven comenzó a trabajar sirviendo en casa de Antonio Monaj, el panadero, donde hacía de todo: cuidar los críos, limpiar, fregar, ir a lavar a la balsa… Cogía el agua con unos pozales y en las pilas se afanaba a estregar y aclarar la ropa. En casa Monaj poco a poco fue trabajando en el horno de pan, también haciendo de todo -Antes se amasaba en casa y se iba a cocer el pan al horno de Montori-.

Luego marchó a trabajar a la fábrica de gaseosas Porta en el barrio de la Estación de Sariñena, a “escoscar almendras”, les pagaban según el montón de cascos. A la Estación de Sariñena igual bajaban a trabajar unas cinco mujeres andando -con un frio tremendo-, algunas a limpiar botellas.

En Capdesaso se hacía cine y teatro, venían con un remolque que ponían en la plaza y con el cura don Benito hacían teatro. Don Benito se quedaba alojado en casa de María, donde estuvo hospedado durante muchos años. Era de Castejón de Monegros y al final era como de la familia, apunta María. Sobre todo, en fiestas, venían de invitados los curas de la redolada y comían en casa de María. La abuela les guisaba conejo “¡Qué bueno que está señora María!”, decían los curas.

Los domingos iban al baile a casa Marina. En la calle baja estaba el otro bar, el de José Paul. Para santa Agueda iban a voltear las campanas, iban a esperar a los músicos e iban al baile. En las fiestas a los músicos de las orquestas se les alojaba por las casas y se les daba de comer. Antes de las fiestas, recuerda María, venían los blanqueadores, los Pierretes de Sariñena, que blanqueaban casas para las fiestas, se quedaban alojados en casa de María y a cambio cada año les pintaban un par de habitaciones. También se quedó el encargado de la construcción del pueblo de colonización de San Lorenzo del Flumen, el señor García y el señor Roca, ferroviario de Lérida, a quien le hacían mucho café de puchero.

Para san Marcos, el 25 de abril se iba a la ermita a invitar a la virgen, a santa Elena a la fiesta. Y el 3 de mayo celebraban santa Elena, iban andando a la ermita y realizaban varias estaciones. Un día al año iban a cantar a las cruces, María se acuerda del campanillero y de Joaquín de Paul cuando iban a cantar a las crucetas, esto fue antes de la guerra.

María se casó con Elías Paul, empezaron muy jóvenes a festejar y en la mili le escribía cartas, era de mejor casa. Elías ha sido agricultor, de esta tierra dura pero que salvó la huerta. Juntos han formado una gran familia y María nos acoge con cariño, recordando todas estas historias de su querido Capdesaso. Siempre ha sido una casa abierta que acogía y acoge a todo el pueblo.

“Capdesaso está en un saso
Y Sariñena en un rincón
No te quejes vida mía
Que te doy mi corazón”.

Gracias a Sara y Carlos.

Inocencio Villacampa Buisán


Natural de Capdesaso, Inocencio Villacampa Buisán nace el 28 de diciembre de 1933. De casa de labradores, su padre era jornalero, profesión de la que también ha ejercido Inocencio. Una forma de ganarse la vida muy habitual en el medio rural, el del ir a trabajar donde había trabajo -Donde llamaban, a la huerta, la viña, la siega o la trilla, a cualquier faena del campo-. Afortunadamente, Cadepsaso siempre ha tenido huerta y en ella se ha cultivado todo tipo de hortalizas y verduras, sobre todo patatas, para el gasto de casa y maíz que se vendía, lo que favoreció bastante la vida en el pueblo. Además, había mucho olivar, almendrar y vides.

Inocencio nació antes de la guerra, aunque de esta poco se acuerda, su familia veía los aviones pasar y para estar más seguros marcharon a Binéfar. Al acabar la guerra, la familia regresó a Capdesaso. Así, su juventud transcurre en Capdesaso, haciendo viajes a buscar agua a la fuente para beber, que es de manantial -¡íbamos con la burra y cuatro cantaros!-. El resto del agua la cogían de la balsa, agua para fregar y lavar, había tres pilas de piedra para lavar la ropa.

Se hacía esparto y sogueta, fencejos. Inocencio hacía una ristra larga desde la plaza de la iglesia hasta la fuente y poco a poco iba entrelazando con sus manos el basto esparto. Lo vendían a Fidel Paul, que tenía una tienda en la calle Baja, con quien hacían algo de trueque. También se hacían adobas y cañizos, Inocencio los hacía con el tío Elías y José Puertolas, quien era el que más se dedicaba a hacer cañizos en el pueblo.

En Capdesaso había tres rebaños importantes y tres pastores de ovejas. La caza era sobre todo liebre y algo de conejo. La leña la traían a vender y la compraban, aunque también mucha gente se la hacía. Se amasaba en casa y al horno solo se iba a hornear En casa Montori estaba el horno de pan “Casa Segundo” y luego se instaló otro en 1940, que llevó uno de Cuarte de Huesca, Antonio Monaj. Tres eran las tiendas que había entonces, recuerda Inocencio, y una carnicería, además del café de la señora Marina. Sin olvidar al herrero José Bescos y al carpintero Alejandro Escartín, que entre los dos arreglaban las ruedas de los carros.

Estaba la posada de Pedruelo de 1770, que tenía unas cuadras bien grandes y donde Iban los caldereros a arreglar cacharrería. Tenían la posada unas cuadras grandes. También hubo cárcel, en la plaza del ayuntamiento, pero Inocencio solo ha conocido los calabozos que estaban bajo tierra. La iglesia tenía un reloj de cuerda y el padre del herrero iba todos los días a darle cuerda.

Las fiestas mayores para el 3 de mayo, cuenta Inocencio, de la Invención de la santa Cruz, eran cuatro días y tres días las pequeñas de la exaltación de la santa Cruz, el 14 de septiembre. En las de mayo se iba a buscar un chopo grande que se cortaba, lo hacían los mozos del pueblo, con un carro sin mulas y lo cargaban hasta el pueblo y  plantaban el “mayo” en la plaza y allí estaba todo el año. Siempre había orquestas para las fiestas y el resto del año aparecían de vez en cuando algún que otro comediante por la plaza. 

Inocencio no fue buen estudiante, aunque tuvo que ir a la escuela. Las escuelas estaban a la salida de Capdesaso hacía Huesca, aún está el edificio, y tenía dos departamentos, uno para chicas y otro para chicos. Inocencio aún se acuerda de Don Antonio, el maestro, que era de Sena y su mujer, también maestra, Doña Laura.

Capdesaso, escuelas nacionales. Década de 1940.

A los 12 años dejó la escuela y marchó a trabajar a una casa del pueblo, a acarrear agua y paja para las caballerías. Se quedaba a dormir en las cuadras y debía de levantarse unas tres veces por noche para darles agua y paja para que al día siguiente estuviesen listas para labrar. De esta manera, de los 12 a los 17 años estuvo en casa Mur de jornalero. No podía labrar, ya que la casa sólo tenía 3 mulas. Un día dallando, día del Corpus, Inocencio quería ir a misa de las 12, pero le fueron apurando la faena, -un par de carreretas más, un par de carreretas más…- hasta que al final cogió y se fue. Entonces, lo habitual era estar, al menos, en una casa de san Miguel a san Miguel, el 29 de septiembre, que era cuando podían cambiar de casa.

A partir de entonces comenzó a trabajar a casa Paquio, allí tenían 5 mulas y podía labrar, dos mulas para el mozo mayor y otras dos para Inocencio. Pero, a pesar de todo, al paso de unos años, volvió a casa Mur donde pasó algunos años más hasta que marchó a Barcelona en 1969.

En la ciudad condal ha trabajado en la Nissan, en la línea de tractores Ebro y Massey Ferguson, primero tres años montando las ruedas de los tractores y luego se dedicó a conducir los terminados a la explanada. Es en Barcelona donde se acaba casando con una chica de la Estación de Sariñena, Leonor Tomas Escudero, que había nacido en una caseta del monte en 1938, en plena guerra. 

Al jubilarse, junto a su mujer regresa a Capdesaso, pues siempre que podían, cualquier festivo día de vacaciones, aprovechaban para volver a Capdesaso. Se ha dedicado a llevar su huerto, mañana y tarde, con su motocultor con carro. Aquí es feliz, en su pueblo, como buen ganchín, recordando parte de la memoria reciente de Capdesaso y la forma de vida rural de un pueblo con historia que cuenta con gran carió y pasión.

Concha Buisán Ballarín


A sus 98 años de edad, Concha goza de una gran salud y una excelente memoria. Ha sido una chica muy vital, divertida y alegre, le llamaban “El risorio” porque no paraba de reír, se reía mucho. Nació en Sariñena en 1920 y durante su vida trabajó en la sastrería que montaron junto a su marido. Su padre fue Melchor Buisán y su madre Concepción Ballarín, “mi madre era muy espabilada”, recuerda Concha.

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Vivían en la zona del castillo bajo. De pequeña en casa tenían ganado, ovejas que sacaban todos los días a apajentar, además tenían dos sasos que cultivaban, uno grande y uno pequeño que estaban bastante cerca entre ellos. Fueron cuatro hermanos, Melchor, Mariano, Josefa y Concha. Fue a la escuela con las monjas y además trabajaba en casa, hacía de todo: fregaba, guisaba, cuidaba de los animales del corral… «¡un sin parar!». El agua la iba a buscar con botijos a la fuente de dos caños, “era un agua muy buena”, de la que también llevaba dos botijos al médico don Nicolás, “le gustaba mucho esa agua”. En verano iba a bañarse al río, iba mucha gente.

De muy joven conoció a Severo, su marido, una gran persona que ha querido toda su vida. Él era catorce años mayor que ella, pero en casa lo acogieron con mucho cariño, con quince años tuvo a su hija y más tarde llegó su segundo hijo.

Concha recuerda que durante la guerra había ametralladoras por los tejados y su madre hacía la comida a altos mandos de las tropas republicanas que se encontraban por Sariñena. Los domingos iban a comer a la caseta del campo, su madre ponía una gran sábana blanca a modo de mantel y comían todos. También se iban a refugiar a la caseta, se sentían más seguros.

Cuando la guerra tuvieron que escapar a Barcelona, se llevaron las cuatro vacas que tenían. Las tenían que ordeñar por el camino y tirar la leche, al final fueron perdiendo las vacas, se las fueron quitando. Llevaron enseres en un carro tirado por dos mulas, con gallinas y pollos, donde también pusieron un colchón para llevar a su hermano que estaba malo, lo habían operado recientemente. También llevaron otro colchón para protegerse por si aparecía la aviación y cubrirse con él. En el carro también llevaba Concha a su hija Paz y la hermana de Concha fue montada sobre una burra de ametralladora. A uno de sus hermanos le dispararon dándole un balazo en el gorro que llevaba, quitándole del balazo el botón rojo que llevaba en la gorra. Concha aún se acuerda de su paso por Sena durante su huida, la pequeña Paz bailó en una era donde se encontraban muchos milicianos. En una ocasión Concha se refugió en una cuneta, se metió por un aliviadero y luego le costó mucho salir una vez pasado el peligro.

Continuaron su viaje a Barcelona, donde tenían una prima que estaba sirviendo en una casa, aquella familia les acogió y convivieron con ellos aquellos angustiosos meses. Estuvieron muy bien, fueron muy bien recibidos y tratados, aunque el señor de la casa era muy serio. “Había unos aucos que al principio no nos dejaban casi ni pasar, luego ya no nos decían nada”. La dueña de la casa, ante los previsibles bombardeos, se refugió en un pueblo cercano donde pensaba que no iba a llegar la aviación, pero la aviación llegó y en uno de esos bombardeos encontró la muerte, a los ocho días. A la hija del señor le hicieron un traje, recuerda Concha con su memoria asombrosa. Al tiempo regresaron a Sariñena donde llegaron sin nada y nada se encontraron.

Como sastres comenzaron trabajando para Moren, pero pronto establecieron su propia sastrería en Sariñena: “La Sastrería de Severo”.  En la sastrería principalmente ella era pantalonera, hacía los pantalones, pero hacían de todo, chaquetas y trajes, hasta llegaron a tener a cuatro chicas trabajando. Les encargaban los trajes, les tomaban las medidas y los confeccionaban. A veces les traían la tela, pero lo normal es que ellos hiciesen todo, tenían dos máquinas de coser.

Con Concha hemos pasado un rato agradable y han quedado muchas cosas que contar. Goza de buena salud, memoria y esa personalidad alegre y divertida, así que gracias Concha por tus gratos recuerdos. Y un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de la entrevista, gracias!!.