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Carmen Nogués Cáncer


La memoria del pasado se ha transmitido generaciones tras generaciones pero los nuevos tiempos y la tecnología han ido rompiendo la correa de transmisión. Ellas atesoran la sabiduría, la herencia acumulada durante siglos que permitía sobrevivir con escasos recursos. Ellas guardan la memoria de los usos y técnicas tradicionales, una producción artesanal y casi de autosuficiencia del saber popular completamente ligada a nuestra tierra y a nuestra gente.

Carmen Rostro

            Carmen nació en Alcubierre el 18 de marzo de 1918. Su padre Rafael Nogués Pérez (1880-1966) descendía de una casa pobre y su madre Justa Cáncer Gracieta de casa de labradores. Rafael fue ganadero, llevaba ovejas pero también fue tratante, gozó de gran inteligencia y ello le permitió prosperar. Además, Rafael fue alcalde y juez de paz de Alcubierre. El padre de Rafael murió cuando este contaba con tan solo tres años, y él y su hermana se vieron obligados al auspicio, desde muy pequeños aprendieron a ganarse la vida. Rafael fue a Madrid en 1929 a reunirse con los diputados liberales Romanones y Portela Valladares. En 1931 Rafael construyó un corral enorme, vendía los corderos y montó dos carnicerías en Alcubierre. Tanto su madre Justa como Carmen trabajaron en las carnicerías. Del matrimonio nacieron dos chicas y dos chicos, aunque el mayor murió a los doce años, quedando Luis, Ascensión y Carmen.

            A la escuela Carmen acudió desde los seis años hasta los catorce, habían construido el ayuntamiento de Alcubierre y a cada lado estaba la escuela. En un lado los chicos y en el otro las chicas. Por las mañanas estudiaban las diferentes materias y por las tardes les enseñaban labor. También se separaban los chicos de las chicas cuando iban a la iglesia, era normal las mujeres delante y los hombres atrás. Entonces eran cuarenta en la escuela, aunque muchos abandonaban la escuela para trabajar de pastoretes o criadetas, a muchas familias les tenían que llamar la atención para que llevasen a sus hijos a la escuela. “Primera, segunda y tercera sección”, también había clases nocturnas para niños que tenían que trabajar. Carmen recuerda llevar una pequeña caldereta, una estufeta, una pequeña caja metálica que llenaban con brasas, normalmente de la panadería, con una rejilla sobre la que ponían los pies para calentarse.

            De pequeña jugaba con muñecas, a saltar a la comba, a marro con la pelota, a hacer casetas… con todo hacían juguetes “¡ah! y los chicos les mandaban papeletes en clase”.  Carmen no era muy atrevida pero le gustaba ir con las más atrevidas “había mucho hambre y eso hacía que la gente fuese atrevida”. Le gustaba ir a ver los patos nadando en la balsa grande, donde está el molino, iban después de la escuela. También iban hasta el Balsón, a coger moras a una gran morera que había en la balsa.

            Estaba el Plegadero, la plaza donde se juntaban los jornaleros antes y después de enganchar a trabajar. En la plaza había antes una gran balsa que ocupaba casi toda la plaza, la taparon con sarmientos y enrona. También, de cada casa salía una o dos cabras que juntaba el cabrero, a las siete de la mañana tocaba el cuerno y las llevaba al monte, después volvían a casa solas. Rafael, el padre de Carmen dejó un rebaño de 1000 ovejas cuando se jubiló y se lo vendió a los Basilianos.

            Carmen es pura memoria, recuerdos vivos de la historia reciente de Alcubierre. Mucho ha quedado relegado al pasado, al olvido, una forma de vida tradicional y muy arraigada que constituye un patrimonio de incalculable valor. Carmen mantiene vivo el recuerdo de las casas cuando se llenaba todo de polvo blanco de moler el yeso, de los hornos de yesos. Recuerda las rondas de Alcubierre “siempre había rondas”, el Tío Patricio Jordán cantaba acompañado de guitarras y los chicos iban a rondar a las chicas. Se hacían bailes, los jóvenes aprovechaban para festejar, había músicos en el pueblo que tocaban en el baile: la guitarra que tocaba el ciego Lorenzin, Franchón el violín y el tío Pascual Lasheras el piano. También se contaba que había habido dance, Carmen había escuchado de pequeña que antes se decían dichos y motadas, donde salía a relucir todo lo que pasaba en el pueblo y además estaba casa el gaitero,  de “Pascuala la gaitera”.

            En aquellas rondas se recitaban preciosas coplas, algunas picantes y otras verdaderas obras de arte. Carmen nos recuerda algunas. En casa Ruata había seis chicas, además muy guapas a las que el Tío Patricio les rondó la siguiente copla: “Estas si que es casa, casa/ esta si que son paredes/ donde está el oro y la plata/ y la sal de las mujeres”. A la hermana de Carmen, Ascensión, le cantaron cuando era jovencita: “Capullito, capullito/ ya te vas volviendo rosa/ y la va siendo momento/ de decirte alguna cosa”. Y a potra chica de Alcubierre: “Esta es la calle del aire y el rincón del remolino, donde se remolinea, tu corazón con el mío”.

            Un suceso que causó gran revuelta en Alcubierre fue la irrupción de mosen Pedro en el baile. Entró enfurecido y gritando en el baile mientras la gente se escondía tras las sillas y las mesas, entró con el santo cristo y con dos monaguillos, obligando a que se posasen de rodillas y criticando que se bailase en cuaresma.

            Al acabar la escuela Carmen se puso a trabajar en una de las carnicerías familiares. Llevaban los corderos al matadero municipal y después los llevaban a hombros a la carnicería. La carne tenía que estar sellada por el servicio veterinario y el alguacil pesaba los corderos y se pagaba un porcentaje al ayuntamiento; “y cuando iban a Zaragoza les cobraban por la mercancía que llevaban”. Para llevar bien la cuenta de lo que fiaban en la carnicería, cortaban una caña por la mitad e iban haciendo muescas que tenían que coincidir.

            Cada casa tenía su mote: “píe de burra”, “matalobos”, “chinchetas”, “pifote”… Pifote viene de persona de fácil enfado, de  empifotarse: enfadarse por algo banal. Estaba casa la comadre, una mujer que atendía los partos, la gente pagaba lo que podía.

            Su marido Pedro Sos Pérez llegó a Alcubierre como secretario en 1940. Al principió no tenía plaza fija así que también ejerció de secretario en Castejón de Monegros y en Lanaja. Aquello le obligó a tener que ir en bicicleta desde Lanaja a Alcubierre para festejar con Carmen, era muy madrugador y a las 6 de la mañana ya llamaba desde la calle a su amada Carmencita. Al casarse, en 1945, cogieron a una chica para la carnicería y Carmen se quedó trabajando en casa. La nueva carnicera, Carmen Cáncer “Carmen la carnicera” acabó casándose con Luis Nogues, hermano de Carmen Nogues.

            En Alcubierre estaba la posada del Centro, donde se alojaba la gente más pobre, con aquellos burricallos, burros pequeños y enclenques. Desde Sariñena acudía el Tío José Cano a vender hortalizas y verduras, productos de la huerta, “aquí, en Alcubierre, no había hoja verde”. Había muchos males por la mala calidad del agua, se bebía agua de balsa, como en la gran parte de Los Monegros y se producían muchos quistes hidatídicos. Aragón fue una comunidad con gran incidencia de quistes hidatídicos. En cada calle había un pozo público, pero el agua era salina, en invierno en las plazas patinaban. Los patios se limpiaban con excrementos de las caballerías, los cagallones se mantenían algo húmedos y contenían abundante paja, los esparcían por el suelo y al escobar sacaban brillo de los suelos.

            Durante una lifara nocturna en casa de Lorenzin, una vez se halló presente José Gavin Casaus, “El Pajarito”, quien formó parte de una banda de pistoleros. José extendió una gran suma de billetes sobre la mesa, de un atraco en Barcelona, y les dijo a  los presentes: “mira, vosotros sudando sin parar de trabajar y no tenéis un duro y yo en una noche”.

            Algunas mujeres marchaban a servir a casas, se hacían modistas o trabajaban en el campo. Muchas que trabajaban en el campo se ponían unos manguitos en los brazos y un pañuelo sobre la cabeza para que no les tomase el sol, preservar la piel blanca era síntoma buen posicionamiento social. Existían las respigadoras, mujeres que iban detrás de los segadores recogiendo las espigas. Algunas de las criadas de casa Ruata dormían en las cuadras de la casa, con las mulas.

            En Alcubierre había Almendreras, olivares y vid.  En la placeta de las Cuevas, en honor a Enrique de las Cuevas, quien dirigió la repoblación, se juntaba el rebaño de cabras, la vicera (o la vecera).

Muchas que trabajaban en el campo se ponían unos manguitos en los brazos y un pañuelo sobre la cabeza para que no les tomase el sol, preservar la piel blanca era síntoma buen posicionamiento social.

Durante la guerra carmen se fue al monte con su familia. El día de San Juan, el 24 de junio de 1937 a las 10:00 horas ya dijeron por el pueblo que iba a ser un día inolvidable, que iba a haber un bombardeo terrible y así fue. Tropas republicanas habían formado en la plaza de Alcubierre, incomprensiblemente se mandó que mantuviesen la formación y el bombardeo terminó causando un elevadísimo número de bajas. Hay testimonios que narran que una bomba cayó en la balsa del pueblo y las ranas aparecieron estampadas en la torre de la iglesia. Carmen se encontraba en casa Calvo, donde entonces habían instalado la cooperativa de la colectividad, y la pila de lavar salió disparada hasta la balsa. Después apareció un escenario desolador, muertos por las calles, casas derrumbadas, cables caídos… Durante la guerra quemaron el archivo municipal, el archivo parroquial y el retablo de la iglesia, del fuego que hubo se desprendió parte de la bóveda.

Carmen Nogues (7)

Joaquín Ruiz, Alberto Lasheras, Pedro Sos, Carlos Sos y Carmen Nogues.

            Carmen y Pedro tuvieron dos hijos: Carlos y Enrique. Con mucho sacrificio y trabajo lograron que los dos tuviesen estudios universitarios, Pedro tuvo que ejercer por las tardes de secretario en otros pueblos. Carmen siempre le decía a Pedro: “si pides pueblo que tenga huerta”. Pedro era muy culto y muy inteligente, le encantaba la música, su padre “Enrique Sos Bustos” fue compositor y director de la banda de Albacete. Cuando se jubilo depositó su batuta de plata en el Tesoro del Pilar.

            Hay recuerdos para el tío Migueler, Miguel Puivecino, un hombre ágil y audaz que subió más rápido trepando a la torre de la iglesia de Alcubierre que otro por las escaleras. Migueler era a quién llamaban cuando un pozal se caía al fondo del pozo y de quién decían “Si Migueler no vuelve del otro lado, es que no se puede volver” (Al otro lado se refiere a la muerte).

            A San Caprasio subían con carrozas, subían las cuadrillas del pueblo como ahora. Entonces se tardaba tres horas en subir, arriba se hacía misa y se comía, luego otras tres horas para bajar. Subían también desde Farlete y Perdiguera, desde Alcubierre se hacía una parada en la caseta de los catalanes para almorzar, una caseta de cazadores catalanes antes de empezar la subida a San Caprasio. El 1 de noviembre, la noche de ánimas el sacristán subía al campanario con un barral de vino y chullas de jamón, tocaba toda la noche a muerto. Había un santero, vivía por el barrio del hospital y estaba la casa del rezador que solía llevar la virgen. A las doce del mediodía tocaban el Ángelus, la gente paraba y se descubría la cabeza, se quitaban la gorra o la boina y rezaban. A las dos iban a la escuela y a las cuatro salían, iban a la iglesia, se cubrían con la mantilla y rezaban el rosario, luego ya salían a jugar. El domingo había misa primera, a las seis de la mañana misa rezada para las criadas y jornaleros y a las once la misa mayor, misa cantada para la gente más acomodada. “A perdiz por barba y el otro a patatas”.

            Carmen se fue la primera alcoberreña que se casó abiertamente de blanco en Alcubierre, primero fue una de casa Ruata. Fue en noviembre y generó cierta expectación “mañana no iremos a coger olivas que iremos a ver la boda”. A los zagales y zagalas se les daba peladillas, como obsequio por la boda, cosas sencillas como la vida misma. Recuerdos y testimonios de una forma de vida que dejamos atrás, que forman parte de nuestra esencia y que ahora desterramos como si fueran prescindibles, pero es la vida misma, la vida real, la que ha construido durante generaciones nuestras sociedades rurales, con los pies en la tierra y el sudor en la frente.

            Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Carlos Sos, Pedro Sos y Alberto Lasheras.

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Elena Encuentra Nogues


El éxodo rural provocó la migración a las grandes ciudades, principalmente a Barcelona, Madrid o Zaragoza. Muchas mujeres marcharon a servir en busca de una vida mejor y allí acabaron haciendo su vida.  La vida de Elena es una de aquellas historias, historias que el  paso del tiempo y la distancia se han ido borrando de la memoria colectiva.

Elena Rostro

Elena Encuentra Nogues

            Elena Encuentra Nogues nació en Sariñena en 1944. Su padre Placido Encuentra, natural de Ballobar, fue sereno de Sariñena junto a Paco “El Manco”, ambos vigilantes de la noche sariñenense con su chuzo y capote característico. Su madre Antonia Nogues Roy trabajó de cocinera en las escuelas nacionales. Se conocieron en Barcelona, donde Antonia había emigrado para servir en una casa, mientras Placido trabajaba como portero. De familia humilde fueron cuatro hermanos: Nati, Elena, Leonor y Placido, todos acabaron emigrando a Barcelona. No tenían tierras, solamente un pequeño huerto que su padre cultivaba cuando podía.

            Elena iba a la escuela con alpargatas de esparto, eran blancas y las llevaba hasta en invierno. De camino a la escuela pasaban por la plaza de la Iglesia donde se formaba un gran charco que en invierno se helaba, rompían el hielo por diversión y se mojaban las alpargatas, luego iban a clase con los pies mojados y completamente helados. Elena recuerda su amistad con las chicas del Hotel Anoro.

Elena encuentra madre

Antonia Nogues

            Su madre iba a recoger el carbón que tiraban a la vía los trenes que pasaban por Sariñena. Iban muchas mujeres y volvían con los sacos llenos de carbón sobre sus cabezas, recorriendo los más de tres kilómetros que dista la vía férrea de Sariñena. Recogían el carbón quemado que aún se podía aprovechar y algún lingote que los maquinistas tiraban desde el tren. Una vez un lingote de carbón le dio en la cabeza a la pobre Antonia, que quedó muy dolorida. A veces llevaban una pequeña carreta para transportar el carbón, pero lo normal es que lo llevasen en sacos. Una vez en casa clasificaban y separaban el carbón según la calidad, por el color a veces cogían los “cagacierros”, carbón quemado que ya no servía y que tenían que tirar. La gente iba a las casas de las carboneras a comprar el carbón para calentarse en casa. Era una forma de ganarse el pan, para quitarse el hambre que tanto padeció la sociedad española de la postguerra.

          Iban a respigar los campos una vez segados, en una ocasión un guardia les denunció. El trigo lo iban a moler para hacer pan o hacer aquellas farinetas que tanta hambre quitaron. Con la cartilla de racionamiento iban al estanco donde les daban un kilo de harina o de arroz. Elena recuerda ir a pedir el Cabo d´año por las casas de Sariñena, a veces les daban un higo. Cuando había una boda ofrecían las sobras a las personas más necesitadas. Al Romea iban a pedir los posos del café que aprovechaban para hacer de nuevo café, “No había leche y así se hemos quedado, con males de huesos”.

           De Fraga venía Beltran a vender naranjas, a la plaza de la constitución, donde estaban los coches de Anoro y de Hispa. Su madre cambiaba un pozal de naranjas por trapos y para ganar peso ponía viejas alpargatas mojadas, así podía llevarse un pozal repleto de naranjas que hacía los gozos de Elena y sus hermanos. Una gran felicidad, la necesidad, el hambre obligaba. Una tía que servia en Terrasa les mandaba ropa que su madre cosía y arreglaba para que tuvieran ropa. La madre de Elena no era modista, pero sabía coser muy bien. A lavar iban al río o al lavadero que había cerca de las monjas.

            Elena no llegó a acabar sus estudios, con unos doce años se iba a cuidar a niños. Con unos 13 o 14 años fue a trabajar a casa de Salavert. A los quince años, sobre 1958, marchó a servir a Barcelona. Marchó en tren con su hermana y gracias a su tía pudo comenzar una nueva vida. Ya sabía lo que se iba a encontrar, escuchaba la radio y estaba muy informada. A pesar de las inseguridades, los sueños se abrían a un mundo de posibilidades. Al principio trabajó en una casa con seis hijos, trató de prosperar y estuvo sirviendo hasta en tres casas más. Con su hermana lucharon para conseguir un piso de protección oficial que al final consiguieron.

         Su madre murió en Sariñena en 1963, a los 54 años, y a los dos años su padre y hermano se trasladaron a Barcelona para vivir con ellas. Elena se casó en 1969 y ha tenido dos hijos y seis nietos, actualmente reside en Sabadell. Elena mira a su pasado sariñenense con sentimientos y sensaciones encontradas, de unos tiempos humildes donde gracias al trabajo y al esfuerzo de su madre pudieron salir adelante: “Las mujeres sufrían todo, soportaban la casa, eran las que más trabajaban y las que menos recibían”.

               Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros.