Julián Royo Martínez

Julián atesora grandes recuerdos, remembranzas de un hombre de a pie, de los que dejan huella con su sencillez y humildad. Memoria que recorre la historia viva reciente de Sariñena, descubriendo su vida, su impronta en épocas difíciles que, con la perspectiva del tiempo, nos remonta al mismo valor de la vida.

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Julián Royo Martínez

Julián nació en Sariñena el 10 de septiembre de 1929, en la calle rincón de Goya, en una casa que también daba a la calle de Joaquín Costa. Primero fue a párvulos, con doña Victoria, a casa del cura, y para llegar a la escuela atravesaba la calle de los porches y el portillo. Luego ya fue a las antiguas escuelas, donde está el casino nuevo, aquellas escuelas se hicieron gracias a una mujer que cedió los terrenos, con la única condición que siempre fuesen usados para la escuela. Julián pronto tuvo que dejar la escuela para ir a ayudar a su padre. Su padre hacía cañizos, comenzaba al pasar la festividad de Todos los Santos y no paraba hasta junio. A los trece años, Julián salió de casa para ir a trabajar de pastor, a casa Cubera y luego a casa Torres.

De sus abuelos, uno fue esquilador de mulas y el otro alguacil en el ayuntamiento de Sariñena. Este último, a raíz unos percances con tropas carlistas en la localidad, fue mandado a Barcelona para llevar una carta a un importante general. Marchó con una vara de fresno, con su peculiar empuñadura, el estoque, y tardó ocho días en ir y ocho días en volver. Aquello le valió para que se le conociese como “El Catalán”: ¡ya ha venido Perico El Catalán!.

Julián vivió la guerra en Sariñena, tras la que tuvieron que escapar a Barcelona. Fue en marzo cuando cogieron el tren en la estación del Tormillo. Mientras esperaban el tren, su padre aún volvió a recoger un pernil que se habían dejado en Sariñena, volvió desolado, los bombardeos estaban dejando Sariñena destrozada, vio todo desecho. Al final salieron ante la impaciencia de todos, una mujer no paraba de decir “Mia si arranca este tren que los fascistas ya están por Grañen”.

Después de la guerra, su hermano Santiago fue hecho prisionero y encarcelado en Reus. Su madre Dolores tuvo que ir al ayuntamiento a pedir avales para su puesta en libertad pero el alcalde se negó, dijo que pondría que fue voluntario, lo que le condenaba. Al final, gracias a Mariano Torres, consiguieron el aval que salvó a Santiago. Al tiempo Santiago fue llamado a filas y más tarde trabajó para regiones devastadas, dos años de topógrafo. Para regiones devastadas, recuerda Julián, vinieron muchos gallegos que manejaban muy bien la piedra, luego trabajaron levantando los pueblos de colonización: La piedra la obtenían del monte de Castejón de Monegros. También hubo mucha gente trabajando en la construcción del canal, incluso trabajaron presos cuando realizaron el túnel, un año de trabajo les valía como dos años de cárcel.

Una vez, cuando Julián estaba de pastor para casa Cubera, le desaparecieron de la paridera blanca dos corderos. Ya le pareció extraño encontrarse tan temprano, de camino a la paridera, dos paisanos que también se sorprendieron al cruzarse con Julián. Volvían con un carro lleno de pajuzo al pronto de la mañana. Ya en la paridera, Julián comprobó que no habían abierto la puerta, pues tenía puesto un testigo para saber si alguien había entrado por la noche. Pero por el corral pegado al de la Cubera, vio unas pisadas que coincidían con el calzado de los dos vecinos de antes. Se aseguró comparando las pisadas de la paridera con las que habían dejado en el pajuzo. Tanta perspicacia no dejó indiferentes a sus compañeros de trabajo: ¿Cómo puede ser que un crío se haya podido dar cuenta?.

Aquella paridera blanca estaba camino de Castelflorite, por las Almunias altas. Una noche, cenando con Pedro el jinete y otro más, les aparecieron unos maquis. Estaban preparando un calderito de patatas con aceite y al final tuvieron que hacer dos calderitos, pues no había suficiente para todos. En un momento, Julián se fue a llenar un jarrito a la balsa, que estaba a unos 50 metros, como tardo un poco inquietó a los maquis “¡Oye!, este zagal tarda mucho en venir”, pues temían que pudiese avisar a la guardia civil. Los maquis llevaban un reloj de bolsillo y a las doce de la noche marcharon, no sin avisar que mejor no decir nada, que muchas veces la guardia civil acudía con quien denunciaba por delante y si había tiros siempre serían los primeros en recibir. Sacaron 10 pesetas para pagarles la cena, que no aceptaron, y marcharon. Al tiempo vieron pasar a muchos militares buscando maquis por la zona.

Julián tenía un perro en casa que quería muchísimo y que un día le desapareció. Lo buscó por todo el pueblo hasta que un vecino le aventuró que, a buen seguro, por la paridera lo encontraría. Y así fue, al poco se lo encontró por la paridera blanca, el perro había ido en su búsqueda para estar con él.

Para santa Cruz, cada 3 de mayo, los pastores cumplían y renovaban o cambiaban de casa. Julián marchó a casa Torres donde le fue mejor, guarda muy buenos recuerdos. Era una época muy mala y el pan estaba por las nubes: ¡A 15 céntimos el pan negro!. El sueldo de pastor era de 12 duros al mes,  pero en casa Torres le daban 50 Kg. de trigo al mes y otros tantos a su hermano Pedro, lo que estaba bastante bien. También fue tractorista para casa Torres, su hermano ganaba 125 pts. a la semana y el 118 pts. Un domingo le dejaron el tractor para labrar sus tierras pero apareció la guardia civil, venían de denunciar a Manuel Olivan y por lo mismo tuvieron que multar a Julián y a su hermano. Era domingo por la mañana, sobre las 10:30, pues el domingo era día de misa y no se podía trabajar. La multa fue de 50 duros que tuvo que pagar con papel del estanco.

Mucha gente iba a moler el trigo de estraperlo, por la noche, al molino donde ahora está la residencia o al molino de Amado Pueyo. Los domingos se compraba 10 kilos a 4 pesetas y se vendía a duro en la estación, muchos subían en bicicleta a la estación, pero si te pillaba la guardia civil te podías llevar buena paliza. También se iba a robar carbón a la estación y cuando limpiaban las maquinas siempre había 10 o 15 críos para recoger el carbón que tiraban. El aceite iba por las nubes, a 10 duros el litro, la postguerra fue muy dura. Julián recuerda cuando se lesionó de crio y, al ver que no sanaba, su madre  lo llevó al hospital militar de Sariñena que habían establecido durante la guerra. Allí le trataron y al final se recuperó de la lesión; Julián recuerda que Matavinos estaba de ayudante, de enfermero.

Julián recuerda aquella Sariñena de antes, había muchas caleras por Sariñena, las albacas eran de cuero o las más pobres de goma de neumáticos. Cuando la tierra se deshelaba se decía que quedaba toba. Hablamos sobre la cueva que hay carretera de Pallaruelo saliendo desde Sariñena, justo antes de la curva que baja a la fuente del cántaro. Al parecer era una caseta que hicieron los camineros, aquellos que se encargaban del mantenimiento de los caminos, antes de que se convirtiesen en carreteras asfaltadas: El caminero recorría su parte con un carretillo, una pala y una medialuna, rellenando los agujeros que se formaban. Cada uno se encargaba de su tramo, de Sariñena a Cachicorba, de Sariñena hasta la recta de los cipreses de Huesca… Los camineros tenían unas pequeñas casillas, unas pequeñas casetas donde se refugiaban y podían guardar la poca herramienta que utilizaban. En la casilla de los cipreses, camino a Huesca, se encontraba “El Chato” a quien le sucedió lo siguiente: Encontrándose de viaje por estas tierras la reina de España, de camino de Pallaruelo de Monegros a Huesca pasaron por la casilla del Chato, quien no dudó en pedirle una humilde gracia: “Que siempre pudiese estar en aquella casilla”.

Su extraordinaria memoria nos lleva a los tiempos de guerra, cuando venía la aviación del bando nacional y corría a esconderse a la huerta, allí se escondía en una zanja hasta que pasaba el peligro. A partir de las nueve y media de la noche, algunos días de verano, se escuchaba a lo lejos el ruido de un trimotor que se iba acercando al pueblo, era un ruido inconfundible, un continuo ram-ram… Entonces tocaba la sirena que habían instalado en la torre de la iglesia y la gente corría a refugiarse a los diferentes refugios que había en la población. Aquella sirena, después de la guerra, fue trasladada a la torre de las monjas y fue usada para avisar a los trabajadores que trabajaban en regiones devastadas, reconstruyendo la maltrecha villa de Sariñena. Julián recuerda como una vez una mujer le tapó la camisa blanca que llevaba para que no fuese visto por la aviación. Cuando venía el trimotor, en el campo de aviación siempre apagaban las luces pero en Albalatillo siempre quedaba alguna encendida y una vez una de las bombas cayó en una leñera de Albalatillo. En el aeródromo había Chatos (Rusos) y Moscas.

El famoso trimotor, que ya escuchaban cuando pasaba la sierra de Alcubierre, acabó derribado, convirtiéndose en uno de los primeros derribos nocturnos de la aviación. Al pasar San Juan lo ametrallaron y el trimotor tubo que soltar uno de los motores que se había incendiado. De los tres ocupantes uno murió, otro se rompió la pierna y el último huyó, escapó por detrás de Albalatillo, cruzó el río, era el mes de julio y un pastor lo encontró escondido tras la gavilla amontonada en un campo. Después estuvo en una masada por Moncalvo, donde le dieron de comer y luego prosiguió su periplo cruzando la sierra de Alcubierre, por la senda de los gitanos, llegando a Farlete sano y salvo.

Durante la guerra exploto el polvorín de Sariñena, que estaba en casa Tronchón, al lado de casa Regaño. Tenía bodega abajo con unas ventanetas que daban a la calle, había mucha dinamita y algunos maderos de la casa acabaron en el tejado de la iglesia, fue una explosión tremenda. Desapareció mucho de Sariñena, el antiguo ayuntamiento era precioso, con una gran escalera sólo más entrar que subía al piso de arriba, el ayuntamiento lo dominaba una campana. Un abuelo salió al huerto y le mató una bomba.

Después de la guerra jugaban a las guerras, a zaborrazo limpio. También jugaban por los refugios, por la cueva escavada por las canteretas de la actual calle San Jorge. Había muchos refugios, como el de casa Torres (En casa Torres estuvo el Estado mayor) o el que construyeron en el ayuntamiento, lo reforzaron bien con hormigón, además había un horno de pan. En la cantera del río Alcanadre trataron de hacer refugios y defensas del puente, pero al final no salieron como querían. Cuando llegaron los fascistas a Lanaja, de Sariñena partió gente para hacerles frente, salieron en un autobús, casi sin armas, y hubo quien que marchó con una horca de hierro. La cárcel de Sariñena estaba en la plaza de las monjas, también estaba la vieja ermita de Loreto. Por la zona de la plaza del general Alvarado cayó una bomba que reventó una tubería general que inundó todo. En Alcubierre fue fusilado el capitán Pancho Villa “He tenido un momento de cobardía pero la república triunfará”, lo fusilaron porque se había pegado un tiro en el pie para volver a casa, pero lo pillaron y lo fusilaron. Tras la guerra vino a Sariñena desterrado el profesor José Castanera: “Era una persona muy buena, daba clases por las tardes y por las noches”, al final lo admitieron y pudo dar clases como maestro. Su hermano Santiago estuvo preso en Francia y llegó a escaparse “¡Hasta en tres ocasiones!” del campo de concentración. Tenía que atravesar por un puente el río, pero para llegar al puente tenía que atravesar la calle principal del pueblo. Dos veces le pillaron los gendarmes, pero a la tercera fue la vencida.

Julián también trabajó llevando un camión para casa Torres y luego marchó a trabajar a  pretensados Mavisa, donde  hacían vigas, bovedillas… fue por 1974 y estuvo cerca de 15 años. Trabajaban de 8 a 9 personas. Luego Julián estuvo montando tubos para instalar los riegos, fue la época de la concentración parcelaria, la empresa se llamaba Riglos y estaba instalada en un almacén por la cabañera carretera a Casteflorite, por las Almunias.

Hubo una época que se juntaba con los amigos a hablar de política, sobre todo por las noches, a escondidas, realizaban tertulias y escuchaban radio pirenaica. Casi todos eran comunistas, aunque él siempre se ha declarado socialista, también acudían algunas personas de Monzón y mandaban dinero a Francia.

Si algo define a Julián son la gran cantidad de historias que nos podría contar. Aunque sin duda, Julián responde a un hombre que con trabajo y esfuerzo ha sacado a su familia adelante, una persona agradable y afable. Su historia es indisociable a la historia de Sariñena, retazos de nuestra memoria, que gracias a Julián descubrimos con enorme agradecimiento. Gracias Julián por todo lo aprendido y a Inma por abrirme las puertas a tanta sabiduría.

 

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