Archivo de la etiqueta: tren

María Jesús Millera Casañola


IMG_20190604_114129.jpg

 

María Jesús nació en Sariñena el 17 de junio del 1929, en la calle Mercado, donde antiguamente estaba telégrafos, en el 2º piso. Era la misma casa donde luego estuvo la carnicería del Carrizo. Sus padres llevaron El Casino de Sariñena hasta que estalló la guerra, su padre fue conserje del Casino.

Fueron seis hermanos, cuatro chicos y dos chicas. María Jesús fue poco a la escuela “Se interrumpió con la guerra”. Durante la guerra tuvieron que evacuar el pueblo y con su familia marcharon hasta Francia. De Sariñena partieron con un tren de carga, recuerda María Jesús: “En Francia estuvimos refugiados unos tres meses”. A su padre no lo dejaron pasar a Francia así que al poco los reclamó y pudieron volver a España.

Al principio vivieron en un pueblo cerca de Bilbao, en Las Arenas. Su padre se colocó en un taller mecánico y su hermano se incorporó como tornero.

Cuando por fin regresaron a Sariñena fueron a vivir al barrio de La Estación de Sariñena. Llevaron el bar enfrente de la Estación Ferroviaria “El Parador”, donde actualmente está la casa de Francisquer. En el bar daban de todo, cafés, desayunos, almuerzos, comidas, meriendas y cenas, su madre era quien cocinaba. Al bar iban los jefes, los factores y el resto del personal de la estación. En la estación, María Jesús fue a la escuela, que estaba donde estuvo el puesto de la Cruz Roja.  María Jesús recuerda mucho a una maestra que se llamaba Amalia. “En el barrio no había ni agua por las casas, había una fuente pública donde teníamos el bar”.

“En el barrio de La Estación las fiestas eran muy buenas”, recuerda María Jesús, “Duraban tres días”. Con al tren se hacía mucho estraperlo: “Muchos ferroviarios compraban saquetes de trigo”. Con el coche que subía y bajaba de la estación a Sariñena muchas mujeres subían a la estación: “Tenían que esconder el estraperlo para que no les pillasen las fuerzas del orden público, no te podían ver, si te cogían te multaban”. Otras mujeres subían a coger carbón, las briquetas, “Cuando paraba el tren, por donde estaba la maquina fija, las mujeres recogían el carbón”.   Hubo dos atropellos mortales debido a maniobras de los trenes que arrollaron a dos mujeres mientras recogían carbón, un mayor y otra más joven: “Cada día había unas cuatro mujeres fijas recogiendo carbón por las vías”.

“Entonces había un gran movimiento en la estación, ahora da una gran pena verlo todo tabicado”.

A pie, María Jesús bajaba a Sariñena junto a otros chicos y chicas del barrio, bajaban a bailar al casino y al cine Victoria: “Al baile no entraba todo el mundo, ni de cualquier manera, había mucho control”. A veces iban al baile del bar de Porra, donde podría entrar todo el mundo.

María Jesús se casó a los veinticuatro años con Manolo Mir. La familia de Manolo regentaba una taberna en Sariñena. Los abuelos de Manolo ya habían tenido la taberna hace años, era un negocio familiar. Reformaron la taberna y la transformaron en un bar restaurante. Allí nacieron los hijos pequeños, el mayor nació en la estación. María Jesús ha sido cocinera, hacía de todo, todo tipo de comidas y eventos como comuniones “En el bar siempre han trabajado los de casa”.

A María Jesús le gusta mucho la música, sabe muchas canciones. Su hermano mayor era músico, tocaba el violín y el piano. Alfonso fue cantante en la Orquesta Cobalto. Es algo que han heredado sus nietos a quienes les gusta también mucho la música.

Pero esta historia no podía terminar sin conocer el origen del mote “El Cubano”. Una tía de Manolo trabajó de ama de llaves en una casa de cubanos en Sitges. Manolo, de joven, pasó allí alguna temporada y, una vez en Sariñena,  al verlo moreno y con el pelo rizado comenzaron a llamarlo “El Cubano”, quedando para siempre el sobrenombre de Manolo “El Cubano”. Gracias María Jesús por todo lo contado.

Gracias a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!

Anuncios

Crónica de un domingo en los años 60/70


Durante muchos calurosos domingos de julio y agosto en los años 60 y principio de los 70, unas cuantas familias del Barrio de la Estación y de Sariñena nos juntábamos en una arboleda a la orilla del río Alcanadre para pasar el día. Crónica de un domingo en los años 60/70, por Asun Porta Murlanch. Fotografías Asun Porta y Araceli Pueyo.

IMG_20190126_120211

La aventura de “ir al río” empezaba en la puerta de casa porque el juego y la diversión estaban garantizadas desde el minuto uno.  Mis padres, mis hermanos y yo bajábamos andando sobre las nueve o las diez de la mañana, a esas horas que, aunque nos diéramos un buen paseo al sol y cargados con toda la comida y la bebida, el aire todavía era fresco y se podía respirar.

Había varios caminos, pero solíamos ir por el más corto, que además era el más emocionante. Dejábamos a la derecha la iglesia del barrio y cogíamos un camino paralelo a la vía del tren por la parte de arriba del terraplén, después nos encontrábamos lo que llamábamos “la fija”(*). Cerca había un puente sobre la vía, era una parada obligatoria, allí nos entreteníamos un buen rato, buscábamos unos surcos que alguien había marcado en el borde de las dos barandas, colocábamos una piedra pequeña y la empujábamos suavemente al vacío, esperábamos en silencio unos segundos hasta que oíamos el sonido metálico y agudo que hacía la piedra al darle al raíl de la vía del tren.

Un poco más adelante bajábamos a la vía por el terraplén con mucho cuidado, el sendero era muy estrecho y resbaladizo por las piedras.  A veces, mientras caminábamos al lado de la vía pasaba algún tren y nos separábamos un par de escasos metros, allí se mezclaban los gritos, el miedo, el atrevimiento, las risas, esas emociones que hacen que esos momento no se olviden.

Scan 47 copia

Por fin llegábamos a un camino más ancho que enlazaba hacia el pueblo con el de los Olivares de Sariñena y pasábamos la vía por debajo, por un túnel que nos inspiraba a jugar: a pasar el túnel sin respirar, a pasarlo gritando sin parar, a pasarlo a la pata coja sin caernos, sin reírnos, callados, a oír el eco…, lo que daba de sí aquel estrecho y oscuro túnel.  Un poco más abajo estaba el camino que discurría entre la acequia del Molino y las huertas y más adelante cogíamos otro más estrecho hasta la arboleda de Chabarriga.

Al llegar dejábamos las cestas y capazos encima de la hierba, todos llevábamos algún bulto y nos tirábamos largos, entre risas, rodando por la hierba, a veces nos quedábamos descansando tumbados a la sombra respirando el aire más fresco y mirando los rayos de sol, que vistos desde allí debajo eran como destellos, pequeños rayos que pretendían pasar entre las hojas de aquellos enormes chopos, álamos y sauces. Era una sensación muy agradable poder disfrutar aquel descanso después de una hora caminando bajo el sol.

Mi madre colocaba la manta o el mantel en el suelo para coger sitio, al lado dejábamos las cosas y llevábamos el melón, los tomates, cebollas y bebidas a la fuente, lo depositábamos todo entre las piedras debajo del chorro de aquella agua fresca y cristalina, las botellas un poco más abajo atadas con una cuerda para que la corriente no se las llevara, así asegurábamos que se refrescara todo para la hora de comer. En el lecho de la fuente y hasta que salieron las típicas neveras azules de hielo, cabíamos todos, allí reposaban todos los tomates, melones, sandías, melocotones, botellas, de todas las familias que allí pasábamos el día. Algunos llevaban una gaseosa de brida así una vez que nos bebíamos el contenido, la llenábamos del aquel agua tan buena de la fuente y la poníamos otra vez a refrescar.

IMG_20190126_120028

Al poco rato llegaba Luis Pueyo con su Vespa y su familia, todo perfectamente colocado para que en el viaje desde Sariñena no se perdiera nada ni nadie. De conductor iba Luis, entre él y el manillar de la moto la más pequeña, Ana de pie, sentada detrás de su padre  Mariceli y  después Rosario, su mujer,  que se agarraba a Luis con una mano sujetando a la vez a Mariceli  y con la otra la cesta de la comida, porque a pesar de que iba bien atada al portamantas que llevaba la moto en la parte trasera, Rosario no se fiaba de que en algún bache saltase alguna fiambrera. Venían por la carretera hasta que ya no les quedaba otro remedio que recorrer los caminos y entonces debían evitar los agujeros, pedruscos y charcos del riego manteniendo el equilibrio por la seguridad de la comida y los pasajeros.

IMG_20190126_115820.jpg

Otra familia que solía venir eran Emilio Pallás, René y sus dos hijos Jos y Emilio, lo que era un lujo para los críos que estábamos por allí pues nos abastecían de flotadores hechos con las cámaras de las ruedas de motos, coches y alguna enorme de camión. Pallás les quitaba las válvula para que no nos hiciéramos daño y sellaba el agujero con el buen hacer de un gran profesional de las ruedas.

Nos juntábamos también con Paco el relojero y su familia, Teresa, su hija Tere y sus dos hermanos pequeños, Jesús Maza, Nati su mujer y sus hijas Mª Rosa y Nati y otras familias de Sariñena y la Estación.

Quizás recuerde mejor a las familias que nombro porque la amistad, la complicidad y el cariño que surgió en aquella arboleda entre las chicas y chicos que nos reíamos y jugábamos juntos muchos domingos, se ha mantenido en todas las etapas de nuestra vida. Recuerdo, con el mismo cariño y la ternura que ella repartía siempre, a Tere, que se fue demasiado joven.

Acudían también otras familias de la Estación. Cuando venían los Sanclemente no hacía falta que lleváramos tomates, cebollas o pepinos para la ensalada y algún melón o sandía para el postre porque, al pasar por delante de su huerta, cogíamos para todos. Eso nos encantaba, primero porque no teníamos que llevar peso desde la Estación y luego porque todo estaba buenísimo por recién cogido, por natural y por el hambre que un día de baño al aire libre nos levantaba.

Scan 47 copia 2

Una vez colocado todo, era la hora de bañarse en la “badina de la piedra”, debíamos cruzar el río delante de la arboleda, en esa parte  llevaba poca agua pero había muchas piedras, muchos cantos rodados de todos los tamaños, así que íbamos muy despacio y con mucho cuidado para no caernos, y así acercarnos a la badina que estaba a unos doscientos metros del puente de la vía, el sitio era además de bonito muy singular porque saludábamos con entrega a todos los trenes que pasaban por el puente y porque en esa badina aprendimos todos a nadar y a tirarnos de todas las formas posibles al agua.

IMG_20190126_120058

El hambre que teníamos al acabar la sesión de baño era tremenda, en la arboleda nos esperaba una buena ensalada, carne rebozada, tortilla de patata y una buena tajada de melón.  Otras veces hacían fuego, la leña no faltaba por los alrededores, y allí se cocía poco a poco una buena caldereta de cordero o conejo que nos encantaba. A algunos les gustaba comer a rancho directamente de la cazuela y a los críos nos la repartían en plato para controlar lo que comíamos. Ni que decir tiene que los platos quedaban limpios. Así era mejor, porque aquellos platos de metal había que fregarlos junto a la cazuela con la arena del río.

Recuerdo la arboleda siempre limpia, era la época que todo se aprovechaba y todo se recogía, la comida venía en fiambreras, la bebida en botellas retornables y lo metíamos todo en cestas o capazos, el uso de los plásticos aún no era muy habitual y si había restos orgánicos los tirábamos lejos, seguro que algún conejo, ratón o jabalí acabaría con ellos.  Encendíamos fuego entre los árboles en plenos meses de verano y no recuerdo que nunca hubiera ningún incendio porque se tenía mucho cuidado. Nos gustaba mucho ese rincón que año tras año la naturaleza nos regalaba y que su dueño, Chabarriga, nunca puso objeción alguna para que lo utilizáramos.

Después los mayores se echaban la siesta con unas mantas o trozos de telas, o se quedaban charlando o jugando a las cartas a la sombra de los árboles y nosotros nos dedicábamos a buscar culebras, ranas, renacuajos en las charcas que hacía el río entre las piedras, nidos entre los arbustos, también nos gustaba jugar al escondite y escondernos entre los cañaverales, carrizos y tamarices.

Siempre se oía a alguna madre gritar: -¡¡ Ven!!  ¡qué te voy a dar crema! ¡¡qué te vas a poner malo con tanto sol!!- Daba igual embadurnarnos de Nivea para que no nos “quemáramos con el sol”, ese remedio según se ha demostrado en el futuro no era eficaz y siempre regresábamos rojos como tomates.

La vuelta a casa también era una odisea porque al atardecer y al lado de la acequia había verdaderas nubes de mosquitos, entonces arrancábamos cañas con sus hojas largas y verdes y con las uñas las rasgábamos a lo largo para hacernos espantamoscas, y con las últimas hojas de la caña nos hacíamos un chuflete.  Así que entre los improvisados antimosquitos, el ruido de los chufletes acompañados de las risas y el bullicio, no sé si espantábamos algún mosquito, pero no había gorrión que se acercara por muy atrevido que fuera.

Como volvíamos sin peso, nos gustaba mucho, si era la época, coger moras en las abundantes zarzas que había al lado de la vía del tren o caracoles al lado de los brazales y la acequia.

Esperábamos a nuestro regreso coincidir con algún tren que nos pasaba al lado lleno de pasajeros, les decíamos adiós saltando, gritando y braceando y con ese gesto despedíamos también el día porque al llegar a casa caíamos rendidos.

“La fija”

En el Barrio de la Estación llamábamos así a un lugar dónde estaban los depósitos que recogían agua de la acequia Valdera. Había una casa con una chimenea que albergaba un motor que bombeaba el agua hasta un tanque en el Barrio de la Estación. Este motor funcionaba con el mismo sistema que las máquinas de vapor del tren de aquella época, había que echar carbón y mantenerlo en marcha para que el agua llegara a su destino. Vicente Sanclemente me contaba que con solo diez años se pasaba allí muchos días echando carbón ayudando a su padre, Teodoro, que era mecánico de RENFE. Años después colocarían un motor más moderno que era eléctrico, pero cuando se estropeaba se volvía a usar el de carbón. Con esos motores, el primero era muy antiguo,  se llevaba el agua tan necesaria para el Cuarto Agentes, las máquinas de tren, los lavabos, y al final para todo el barrio. El carbón que se utilizaba se quemaba a medias y se acababa de quemar en las casas porque los vecinos del barrio iban allí a recogerlo. En esos tiempos se aprovechaba todo.

Vicente Sanclemente (hermano de Teodoro) era el guarda de “la fija”. Allí había una cama, más bien camastro, y a Vicente más de una noche le tocaba quedarse a dormir.  En una ocasión, cuando ya estaba durmiendo, oyó un tremendo ruido que lo despertó, salió con su lámpara de carburo a averiguar qué había pasado, entonces encontró una gran roca que se había desprendido de un lateral del terraplén y había caído en la vía, al tiempo oyó el pitido de un tren que se acercaba, corrió hacia el tren haciendo señales de stop con sus candilejas. El tren consiguió parar a pocos metros de la roca, el maquinista bajó y le dio un gran abrazo a Vicente. Mi padre nos contaba muchas veces este hecho con verdadero orgullo de amigo.

Asun Porta Murlanch

 

 

Un día de verano de 1966…. Tenía diez años.


Asun Porta Murlanch nos comparte sus recuerdos de infancia con el relato: “Un día de verano de 1966… Tenía diez años”. Un relato ameno, entrañable y agradable. Recuerdos de su infancia y del Barrio de la Estación de Sariñena, un barrio pequeño donde gozaban de gran libertad y familiaridad. Gracias Asun por compartir tu valioso y fantástico testimonio.

391877_273705029338467_116276088_n

Asun Porta Murlanch

Un día de verano de 1966…. Tenía diez años.

 Por Asun Porta Murlanch

Todavía no era hora de levantarse, no teníamos ningún reloj en la habitación, pero no era necesario, intuíamos la hora que era con la misma exactitud que podíamos sentir el sabor de la leche de vaca al desayunar o el sonido del tren cada vez que pasaba por la estación. Seguí dando vueltas en la cama procurando no despertar a mi hermano mientras miraba hipnotizada el movimiento de las motas de polvo iluminadas por los rayos de sol que entraban por las rendijas de la persiana. Por fin mi madre vino a llamarnos.  Después de desayunar había que echar una mano en casa, ir a comprar, barrer las escaleras, fregar el suelo, cuidar a mi hermano pequeño si ella iba a hacer algún recado y mientras hacía esas tareas mi mente ya escapaba imaginando en qué ocuparíamos el día.

Cada día era una aventura, vivir en un pueblo, mejor dicho, en un pequeño barrio en el que había una estación de tren, vías, vagones aparcados esperando ser arreglados o ya  retirados del servicio, una vía por la que pasaban a menudo trenes de viajeros o mercancías, una carretera que atravesaba el barrio por la que circulaban pocos vehículos y cuyo asfalto parcheado  utilizábamos frecuentemente para jugar, una fábrica de harinas, campos que lo rodeaban, corrales, en mi casa una fábrica de gaseosas con almacenes llenos de botellas, cajas, y una fábrica de hielo, grandes silos al lado de grandes explanadas asfaltadas en las que podíamos patinar que otras veces estaban cubiertas por enormes montañas de grano…, salvo en los lugares de trabajo, nos metíamos por todos los sitios. Nunca planeábamos nada con mucha antelación, nuestra desbordante imaginación estimulada por la cantidad de opciones que el barrio nos ofrecía hacía que los juegos aparecieran solos.

ASUN PORTA DE PEQUE (2).jpg

Asun Porta de pequeña

Esa mañana teníamos que llevar con mi hermano el pan a mi tía Asunción, decidimos ir equipados por si nos dejaba bañarnos en el tanque de riego que tenía en el huerto. El tanque lo teníamos medido nadando, cuatro brazadas de largo y dos de ancho, y un agua helada que nos llegaba a algunos al cuello aun estando de puntetas, allí disfrutábamos muchos días del verano dándonos chapuzones y  aguadillas, a veces nos juntábamos cinco o seis amigos del barrio, mi tía nos vigilaba “de oído”, le bastaba oír el griterío y las risas para saber que todo iba bien.

 

Volvíamos a casa cansados, mojados y sobre todo hambrientos, en el camino íbamos pisando con fuerza las “pompollas”, como nosotros las llamábamos, que crecían en el alquitrán de la carretera producidas por el intenso calor de agosto, competíamos para ver cual sonaba con más intensidad al reventarla, gritábamos y nos empujábamos para llegar el primero cuando divisábamos alguna y nos reíamos porque más de una vez se nos quedaban las sandalias pegadas al caliente alquitrán. Al pasar por la puerta del Sr. Pablo a veces llamábamos a su timbre, nos hacía reír el sonido que tenía, un sonido ronco y grave, él salía raudo, palo en mano que siempre guardaba detrás de la puerta, pero al no ver a nadie daba cuatro gritos amenazadores y tras esperar unos minutos a ver si nos veía por algún lado, volvía a sus quehaceres con una sonrisa en la boca.

En mi casa se comía a la una que era la hora que mi padre venía de trabajar y después la siesta si o …¡sï!, nunca entendimos por qué había que dormir otra vez a esas horas pero la verdad es que a veces nos dormíamos y otras con mi hermano hablábamos sin parar planeando, inventando trastadas y riéndonos lo más silenciosamente que podíamos. A veces también tirábamos de la cuerda de la persiana con mucho sigilo para que se enrollara un poco más y nos dejara suficiente luz para leer, nos encantaban los TBO, los del Capitán Trueno, Jabato y a mí me gustaba leer algún libro de “Los cinco” de Enid Blyton cuyas aventuras  todavía estimulaban más mi imaginación.

Nosotras éramos tres amigas: Mª Rosa, Mª José y yo, Mª Asunción, en la década de los 50 pocas nos libramos del María delante de nuestro nombre siguiendo la moda eclesiástica del momento. Esa tarde, después de la obligatoria siesta, nos encontramos con las bicis en la curva del Parador, un nombre muy apropiado para un pequeño bar-hostal que había enfrente de la Estación del tren, nos sentamos en la acera aprovechando la sombra del edificio y sacamos del bolsillo nuestras pequeñas bolsas de tela en las que llevábamos la colección de chapas planas, era todo un ritual, las extendíamos en la acera formando filas o ruedas y las contemplábamos orgullosas, las contábamos una y otra vez, a cada una nos parecía tener la más bonita o eso decíamos para picar a las demás a jugar “al quite” y conseguir un número mayor, las escondíamos debajo de una de las dos palmas de la mano, si acertabas  en cual estaba escondida pasabas a ser la dueña de la chapa. A menudo comentábamos el día que las pusimos en la vía, con cuidado y muy centradas para que el tren al pasarles por encima las dejara lo más planas posible, era toda una habilidad además de la emoción que suponía tumbarnos a unos pocos metros de las traviesas de madera que sujetaban los raíles y mirar de reojo, estremecidas por el peligro al ver el tren tan cerca y oír el tremendo ruido que hacía al pasar, mirábamos como las chapas desaparecían bajo las ruedas, recogerlas tan planas y calientes era el mayor de los logros.

Pasó un rato y nos dimos cuenta que los chicos no aparecían, era raro, el barrio no era tan grande para que dando una vuelta en bici de dos minutos no los encontráramos o los oyéramos en algún rincón, decidimos ir en su busca, seguro que se querían esconder de nosotras, pensamos, la tormenta de verano del día anterior junto con los caminos de tierra arcillosa hizo posible que unas cuantas bicicletas dejaran sus huellas, nos pareció emocionante irlas descubriendo.  La intuición nos decía que esta vez la dirección era la carretera de Huesca, y hacia allí nos dirigimos. Dejamos las últimas casas del barrio detrás, el desvío a Capdesaso a la izquierda y nos dirigimos a la laguneta, llegamos a  la bajada, así la llamábamos, primero pedaleábamos muy rápido para después abrir las piernas a modo de alas y bajar a toda velocidad mientras gritábamos a todo pulmón, era todo un disfrute, una bandada de patos salió volando entre los carrizos, los despedimos entre risas,  esta vez se fueron a un carrascal que había cerca de allí y al que raras veces nos acercábamos,  era un lugar misterioso , un bosque distinto, esos troncos tan gruesos, ese suelo de hojas que crujía al pisarlo, los esqueletos de aves, nos daba miedo, a veces nos quedábamos en silencio cerca pero sin entrar en él pretendiendo escuchar aullidos u otros sonidos, ya habíamos empezado a inventar historias de la existencia de algún fantasma en el lugar.

Seguimos las rodadas de las bicicletas por un camino que iba hacia las huertas y más huellas frescas  por un desvío señalaban el paso de unas cuantas bicicletas no hacía mucho. Estábamos un poco asustadas porque nunca habíamos ido tan lejos, ahora las huellas eran más visibles porque el camino era de tierra, cogimos otro desvío, paramos al perder el rastro convencidas que entre el silencio de las huertas que nos rodeaban oiríamos sus voces, nos comimos unos cuantos alberges que aunque calientes tenían un sabor muy dulce, cuando nos dirigíamos hacia otro albergero que estaba huerta adentro entonces oímos claramente los gritos de los chicos, cogimos las bicis y las voces lejanas nos llevaron  por un estrecho camino entre hierbas muy altas al río Alcanadre a un sitio que no olvidaré nunca, ¡el puente roto!, había restos de un puente pero sólo a cada uno de los lados del río, no habíamos estado nunca allí ni habíamos oído nunca hablar de ese lugar a los mayores y eso que íbamos siempre a pasar los domingos al río toda la familia, a la arboleda de la fuente de Chabarriga, o a la presa de Sena,  mi padre nos había enseñado a nadar en las badinas del puente de la vía. Nos dimos cuenta que estábamos bastante lejos de los sitios que nos eran conocidos.

Impresionadas por el descubrimiento del puente comentamos que quizá fue destruido en esa guerra que nuestros padres tanto nombraban, era muy extraño, opinamos, que dónde había algún puente tenía que haber carretera o camino y ¡no!, nosotras habíamos llegado por caminos estrechos entre huertas. Nos gustaba divagar e inventar qué pudo pasar, qué sucedió si encontrábamos algún resto, tanto daba si fuera una lata vieja como las ruinas de un puente, nuestra imaginación siempre se disparaba. Los chicos se sorprendieron al vernos y después de contarles nuestra “hazaña” nos invitaron a jugar, algunos estaban al otro lado del río, habían pasado a la otra orilla saltando entre tres grandes piedras y se escondían en una especie de trincheras que el agua había ido esculpiendo entre los sillares del puente y los restos de piedras y ramas acumuladas durante años, el juego consistía en tirarnos las piedras que allí eran abundantes de un lado al otro y esquivarlas. Nuestra habilidad y destreza para esquivar y la poca para apuntar junto con la distancia que estaba una orilla de la otra hizo que esa tarde no hubiera heridos, ni los hubo las tres o cuatro veces que volvimos a jugar a “guerras” en nuestro secreto puente roto.

Volvimos al barrio emocionadas por todo, hoy nos esperaba una buena regañina en casa pues no habíamos ido a merendar, ya les contaríamos que habíamos comido fruta en las huertas.

Chicos y chicas volvimos juntos al Barrio, en el camino les relatamos cómo los habíamos encontrado, nunca creyeron que había sido siguiendo sus huellas y prefirieron creer que los habíamos seguido de cerca, su ego de chicos no les dejaba pensarlo y decidimos no discutir sin embargo nosotras estábamos emocionadas, hay logros que no se olvidan nunca.

EN LA ESTACIÓN DE SARIÑENA

Asun Porta jugando en el Bario de la Estación.

Después de ir cada uno a su casa a explicar nuestra tardanza para la hora de la merienda, alguien propuso ir a la era de Francisquer, el sitio lo conocíamos todos bien porque estaba cerca de la escuela,  había llovido el día anterior y allí se hacían unos charcos que duraban algún día más que los demás lo que para jugar a hacer canales, puentes, montañetas y desniveles, presas y acequias era idóneo, aprovechábamos trozos de ramas, cañas, tejas, latas, piedras planas que buscábamos por los alrededores y nuestras propias manos. Al acabar entre todos toda aquella estructura que dependiendo de los que jugábamos a veces media varios metros de larga, buscábamos en los alrededores alguna lata vacía, botella o recipiente que nos ayudara a tirar agua en la parte más alta y ver como iba atravesando los canales, pasando por debajo de los puentes, llenando huecos, parando en las presas, y cuando llegaba al final sonaba un gran aplauso acompañado de gritos de alegría por el trabajo realizado.

Chicos y chicas compartíamos a menudo algunos juegos como hacer casetas, tirarnos con las bicis por los barrancos, inspeccionar los alrededores buscando tesoros, restos de no sabíamos qué y que nunca encontramos, el escondite, las canicas, las tabas o “churro media manga y manga entera”; otros juegos y conversaciones ya los realizábamos en el grupo de chicas o de chicos por separado y ahí rara vez se traspasaba la raya.

Estaba ya anocheciendo y era la hora de volver a casa, oímos el silbido de mi padre que nos llamaba y eso significaba que mi madre estaba ya impaciente porque regresáramos cuanto antes y que la mesa estaba ya puesta.

La cena me supo a gloria, una tortilla francesa entre pan y pan untado con tomate y un vaso de leche, estaba hambrienta, había sido una tarde muy emocionante y unos cuantos alberges calientes no eran suficientes para la cantidad de energía física y emocional gastada.   Después venía uno de los momentos más agradables del día: “salir a la fresca”. Era la hora de oír y compartir las historias de los mayores. Cada vecino sacaba su silla y los más críos nos sentábamos en la acera o en el suelo,  hacíamos un corro más o menos grande y oíamos con curiosidad cómo les había ido el día, si había sucedido algo importante no sólo a ellos sino lo que  habían oído de algún vecino del barrio o de algún familiar, también contaban chistes, anécdotas de otros tiempos,  a veces también éramos nosotros los protagonistas  y no sólo nos preguntaban por lo que habíamos hecho sino que también nos advertían de los peligros del tren, de alejarnos mucho del barrio, pensábamos que en el barrio no había problema, nos sentíamos seguros porque todos nos cuidaban a todos y si teníamos algún incidente o accidente podíamos llamar en cualquier casa para que nos ayudaran. El barrio entero era nuestro hogar. Si hacia mucho calor mi padre solía sacar un porrón de cerveza y gaseosa o el botijo con agua fresca y la Sra Simona sacaba alguna fruta recién traída de la huerta, claudias, higos, melocotones, alguna tajada de melón o de sandía … y así hasta la hora de ir a dormir, caíamos rendidos.

Contaba en un programa de radio uno de los colaboradores en una tertulia, era de Madrid, que nunca había jugado en la calle, eso sí era muy deportista y naturalmente muy sociable. A mí me entró una especie de escalofrío interior, me dio algo de pena, y fue entonces cuando me puse a recordar mi infancia, nuestros juegos, la libertad con la que nos movíamos, lo que no significa que nuestros padres no nos advirtieran de los peligros o no hubiera normas, pero era distinto y me sentí muy afortunada, lo que está claro que entonces no había tantos coches por las carreteras y por las calles, que los que había circulaban despacio, cuantas veces ya de adolescentes paseando por la carretera paraba algún coche y nos preguntaba por gente del  barrio o de qué familia éramos, que los trenes también iban a menos velocidad, que hacían más ruido, o lo sentíamos así, lo que era un aviso para estar atentos, que aunque empezábamos a entretenernos con la tele ni los mayores ni nosotros la cambiábamos por todo lo que nos ofrecía la calle y por convivir con todos los habitantes del barrio, que los regalos eran muy escasos lo que nos facilitaba poder imaginar juegos con cualquier papel, lata, cuerda, o trozo de tela. Recuerdo el patio de la escuela, con tierra, piedras, hierbas, barro, trozos de ladrillo, palos y sin vallas como en muchos pueblos pequeños, así que no sólo jugábamos en lo que se suponía que era el patio sino que la temporada del escondite nos alejábamos bastante hasta las casas que había detrás, en la escuela antes de los diez años tampoco había muchos libros ni muchos cuadernos, escribíamos mensajes secretos en las hojas de los gladiolos con los espinas que cogíamos de las acacias. También había temporada de los pitos, de las tabas, del corro, de las muñecas de papel, del pañuelo…

Eran otros tiempos pero no hace tanto y creo que sin intención de comparar me siento afortunada por la infancia que viví, por haber nacido en el Barrio de la Estación, por toda la gente que vivía allí y por mi familia que nos dio esa libertad que siempre nos estimuló para aprender, para leer, para descubrir,  que nos apoyó cuando llegó la hora de decidir, nos enseñó a ser buenas personas y sobre todo nos hizo creer lo valiosos que éramos y que con esfuerzo podríamos conseguir aquello que nos propusiéramos.

Asun Porta Murlanch

 

 

 

 

 

Conchita Arilla Campo


Concha Arilla Campo nació el 8 de julio de 1925, en una casilla de vías y obras por la Peña del Agua, entre Poleñino y Grañen. Su madre Fermina trabajaba de guardia barrera en el paso a nivel del tren, tenía que poner una cadena cada vez que pasaba un tren. Una vez había dado paso a un gran ganado que, cuando el tren dio aviso de su paso, casi no le dio tiempo a pasar a la gran cabaña que bajaba en trashumancia desde la montaña.

Concha Arilla (1).jpg

Conchita Arilla Campo

Era una casa baja preciosa donde jugaba mucho con su hermano Eusebio Joaquín. Eran cuatro hermanos: Pilar, Vicente, Eusebio y Conchita. Eusebio era el heredero de la casa y en la guerra le tocó ir en la retaguardia, era herrero y fue muy útil para herrar las caballerías. En cambio, Vicente murió en el frente de Extremadura.

Cuando Conchita tenía unos ocho años, su familia se trasladó al puesto de El Tormillo. Allí Conchita pudo ir a la escuela y aún se acuerda cuando su hermano Vicente le regaló un plumier, pinturas y un sacapuntas desde el tren. Consiguió entregárselo cuando, una vez reclutado, de viaje entre Zaragoza y Barcelona se detuvieron por un momento en la estación de El Tormillo y a través de la ventanilla consiguió alcanzarle el regalo. Durante la guerra algunas noches iban a dormir a un refugio por miedo a la aviación: “Se quisieron llevar, gentes de afuera, a algunas personas de la localidad, los montaron en un camión pero el alcalde lo evitó, menos al pobre cura que se lo llevaron”.

La vida en la estación era diferente. Tenían un pase y podían ir en tren a Zaragoza cada 14 días. Les daban carbón, viguetas y boletas, y el pan les llegaba a la casilla desde Grañen por el tren. En El Tormillo Jugaban a muchas cosas, Concha era muy alegre y divertida, era la pequeña y muy traviesa. Jugaban al Cocherito Lere, a la comba..,  a veces tiraban de la cuerda para que perdiese la que estaba saltando. El agua la iba a buscar  a la fuente nueva y también estaba el carruchón, había unas pilas de arena y un pocico donde siempre emanaba algo de agua, allí iban a lavar. A la fuente nueva iban con una burra, con argadas para cuatro cantaros. Les dejaban la burra.

Concha fue a la escuela hasta los catorce años, había buenos profesores, enseñaban de todo, eran clases separadas y al recreo salían por partes: “Primero las chicas y después los chicos”. Por las tardes le enseñaban a hacer labores. Luego fue a una casa donde aprendió el corte y así se hizo modista, llegó a tener hasta tres chicas trabajando para ella.

De joven se enamoró de un chico que era forestal, Juan Antonio. Le llevaba ocho años, pero la cuidaba mucho, la llevaba como a una flor. Pero a la familia no le gustaba y unos primos la quisieron ajuntar con otro chico, Ramón, era muy guapo, pero no le gustaba, era muy soso y no sabía bailar. Su madre siempre preguntaba “¿Con quién ha bailado Conchita?” Y mal le sabía si había bailado con Juan Antonio. A El Tomillo iban músicos para las fiestas, El Mediero o Antolín de Peralta, uno tocaba el violín y el otro la guitarra, no se acuerda quien cada cosa, tocaban pasodobles, vals, rancheras…

Concha se casó con José Loscertales Ulied, natural de El Tormillo. José era muy bailador, lo que le gustaba mucho a Concha, y una gran persona. José se quedó sin padre a edad muy temprana y tuvo que trabajar mucho en Casteflorite para salir adelante. Fue a la escuela hasta los doce años, su madre lo tuvo que sacar para ir a trabajar a pesar que el maestro no quería que abandonase la escuela. José era muy listo, hasta ejerció de maestro aunque cobró muy poco por ello. Trabajó mucho para un tío de Casteflorite, una vez cuidando a dos mulas y un burro, perdió el burro y su tío le dijo que no comería hasta que lo encontrase, al final lo encontró, pero al día siguiente se volvió a El Tormillo.

José encontró trabajo en un taller en Barbastro y se dedicó a arreglar radios, televisiones… la tienda se llamaba “Murillo”.  Cuando se casaron, José se dedicó a llevar las tierras, compraron tractor, semillas, abonos… pero tres años sin llover, de sequía, hicieron unos comienzos durísimos. Concha y José iban a buscar olivas, almendras, vid… “No había huerta, por El Tormillo era todo secano”. Gracias a que Concha cosía y a la tienda de ultramarinos que instalaron pudieron ir tirando. La tienda de comestibles se llamaba “Casa El Peraltes”, Concha se ponía a coser, especialmente en el patio en verano, cuando alguien entraba, dejaba de coser y atendía.

Concha y José tuvieron dos hijos Inmaculada y Carlos, con esfuerzo y trabajo sacaron adelante su familia. Ahora Conchita ha compartido sus recuerdos, con esa sabiduría del paso del tiempo y que es una enseñanza en sí misma, gracias Concha. Y un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

La Estación de Ferrocarril de Sariñena


 La Estación de Ferrocarril de Sariñena se encuentra en el punto kilométrico 90,9 entre la línea ferroviaria Madrid y Barcelona, a 308 metros de altitud. Comenzó a funcionar el 18 de septiembre de 1861, tras su construcción por parte de la Compañía de Ferrocarril de Barcelona a Zaragoza.  Fue una estación de dimensiones considerables, con un potente muelle de carga en relación a la población. Distante de unos tres kilómetros de Sariñena, en su entorno se desarrolló un prospero barrio que gradualmente ha ido cayendo en decadencia con el paulatino abandono de la estación que le dio origen.   

20170801_122317

La llegada del ferrocarril a Sariñena, a principios de la segunda mitad del siglo XIX, conllevó la presencia y trasiego de numerosos trabajadores y viajeros. El floreciente barrio de La Estación rebosaba vida y actividad, un barrio que nació entorno a la estación,  a una vía férrea de comunicación que implicó una nueva vía de desarrollo y el flujo de ideas políticas y sindicales. En este mismo sentido, la construcción del canal de Monegros también significó un movimiento de trabajadores que despertó conciencia de clase y la necesidad de la revolución social en el medio rural monegrino.

El sariñenense Antonio Torres-Solanot fue representante en la Junta del Ferrocarril en Madrid. El trazado se diseñó a principios de la década de 1850, donde se plantearon diferentes alternativas entre el tramo Monzón-Zaragoza. Principalmente con el objetivo de salvar el accidente geográfico de la sierra de Alcubierre, pero también con el interés de acercar la línea a Huesca capital, lo que generó alguna que otra desavenencia. Este fue el caso de Manuel Foncillas, diputado por Sariñena que impugnó, en el pleno de la Diputación de Huesca, la propuesta de elevar una exposición a la reina solicitando su paso por Huesca. Manuel Foncillas aludió lo siguiente:

“Además de las dificultades naturales con que tendría que luchar la empresa, y por consiguiente el mayor coste de la construcción de la línea, no vendría a reportar mayor utilidad a estas dos ciudades, por cuanto ya tienen abierta una fácil comunicación, al mismo tiempo que se lastimaban considerablemente los intereses del partido que represento al carecer de todo camino o conducto por donde extraer la abundancia de cereales que produce.”

Estos hechos los recoge Julio Alvira Banzo en “A 22 kilómetros del futuro: El ramal ferroviario Huesca-Tardienta” en la revista Argensola nº 124. Julio Alvira relata que “hubo un debate en torno a la intervención de Foncillas y se rechazaron sus planteamientos. En la votación, la propuesta recibió el visto bueno de todos los diputados provinciales, excepto del de Sariñena, que salvó su voto”.

El  8 de Julio de 1875,  una partida del ejercito carlista, dirigida por Dorregaray, destruyó el puente de hierro sobre el río Alcanadre. Al parecer, el ejercito levantó la vía en el último tramo del viaducto y desde Sariñena lanzó un convoy con 25 unidades, entre coches y vagones, y con tres locomotoras por cabeza y una por cola. “Una vez los reguladores de las tres máquinas estuvieron abiertos a todo vapor, los maquinistas y fogoneros abandonaron el tren, dejando inutilizado el viaducto y la línea férrea” (Antoni Nebot).

Sariñena 8-7-1875

Así, la estación de Sariñena no fue ajena a los tiempos convulsos de la sociedad española. Durante la primera década de 1900, el jefe de la estación Agripino Fernández Sisniega, fue expulsado de la compañía a raíz de una denuncia colectiva de varios trabajadores. Eran tiempos de confrontaciones, en que la clase obrera luchaba por sus derechos ante una patronal que no dudaba en mantener su poder y privilegios. De hecho, en la huelga de 1917 fueron expulsados algunos trabajadores, tal es el caso del agente del ferrocarril Aurelio Ruiz Álvarez, quien además: “fue detenido por sospechar pudiera ser uno de los firmantes de la denuncia contra el jefe de la estación”.

20170801_122633

Edificio con la inscripción: Hospital de Evacuación.

Durante la Guerra de España de 1936 a 1939, la estación de Sariñena sirvió de punto estratégico de enlace entre el frente de Aragón y Barcelona. De la estación llegaban y marchaban las tropas republicanas. Fue un lugar de evacuación de heridos, que aún atestigua la casi desaparecida inscripción de uno de los edificios de la estación. Conocido ha sido el suceso de expulsión de mujeres del frente a Barcelona. Una orden dada por Durruti que culpaba a las mujeres del aumento de enfermedades venéreas entre sus filas: “que causaba más bajas que las balas enemigas”. Un hecho recogido en la película Libertarias de Vicente Aranda.

Guardias a jornal, maquinistas,  mozos de aguja, mozos de tren,  montadores, guarda-frenos, peones de tracción de ferrocarriles, encendedores o fogoneros del deposito de maquinas, lamperos, electricistas, visitadores del material móvil de la estación, mecánicos, obreros de vías y obras… un numeroso y variado conjunto de trabajadores que conformaron el grueso de la gran compañía de los Caminos de Hierro del Norte en la estación de Sariñena.

Durante la guerra, en la Estación de Sariñena existió una tienda de comestibles llamada “El miliciano”, gestionada por Miguel Masferrer. También existió un Pub del que no he podido conocer su nombre, tan sólo una referencia incompleta “Pub ..esnite”.

 

a_Bombardamento_della_Stazione_ferroviaria_di_Sarinena_-_N_10_bombe_da_kg_100_T_Ritardate_1

Bombardeo barrio La Estación

Tras la guerra, muchos trabajadores fueron depurados y en los archivos de Sariñena se encuentran abundantes solicitudes de Informes Políticos-Sociales a personal de la estación. A Julián Sierra Hecho se le atribuyó haber formado parte del comité férreo de CNT y UGT. A José Mora Gómez se le consideró de “Ideas extrema izquierda, afiliado a la C.N.T., activo propagandista del marxismo, voluntario en las milicias rojas y al que se le desconocen actos delictivos”. Antonio Lombarte Val, obrero de vías y obras del ferrocarril se le anotó como “C.N.T. antes del 18 de julio del 36, comunista. Peligroso, perteneció al comité de la estación como miembro, se ignora interviniera en hechos delictivos, elemento peligroso”. A Alejo Sierra Bernad, maquinista del ferrocarril y subjefe del departamento de Sariñena, le avaló el maestro de la estación de esa localidad, Don José Castanesa Escamed. José Clemente Félix, mozo guarda aguja de la estación fue descrito como “de la C.N.T., abandonó su servicio 15 días durante los cuales hizo salidas a los pueblos, después se incorporó a la estación. Estuvo siempre en contacto con los dirigentes de los comités de la estación, fue miembro de la junta de abastos. 12 días antes de la liberación escapó a Barcelona”. Ramón Pérez Larrea, ferroviario: “Afiliado a la C.N.T., miembro del comité del poblado de Sariñena, persiguió a miembros de derechas. Se presentó a mi y a mi hijo una detención falsa y por lo tanto no es digno… con la… de que pague todo el mal que nos ha hecho”… Un largo repertorio de solicitudes de expedientes que evidencian el gran número de trabajadores y su gran actividad sindical y durante la guerra.

ferroviario 1.jpg Circular del Consejo Obrero de Sariñena del Sindicato Nacional Ferroviario. Pieza séptima de Huesca. Actuación de las autoridades gubernativas locales FC-CAUSA_GENERAL,1414,Exp.6. PARES.

El 25 de marzo de 1938 la Legión Cóndor bombardeó Sariñena y el barrio de la Estación (Sariñena Antigua, Salvador Trallero 2005), “cuatro escuadrillas de tres aviones Heinkel-111”. La imagén del bombardeo al barrio de la Estación de Sariñena está extraída de la web www.borgato.be. 

El lunes, 10 del actual, se publicó solemnemente en la Audiencia de lo criminal de la provincia de Huesca la sentencia dictada por la misma en la causa seguida contra José y Nicolás Allué, por robo con homicidio de un casillero o guarda vía del ferrocarril de Zaragoza a Barcelona, que prestaba servicio en las inmediaciones de la estación de Poliñino.

Por dicha sentencia se absuelve libremente a José Allué y se condena a Nicolás Allué a sufrir la pena de muerte en garrote, que deberá ejecutarse en Sariñena. 

Esta es la primera sentencia de muerte pronunciada por aquella Audiencia desde su creación.

Quiera Dios que el Tribunal Supremo, en el recurso de casación necesario en que ha de entender, o la regia prerrogativa, en su caso, encuentren méritos para conmutar tan terrible pena libren y libren a aquel país del tristísimo espectáculo que, de otra manera, habría de presenciar.

La Vanguardia, 13 de enero de 1887.

Muelle.jpg

“Este edificio se destinaba como muelle de carga y descarga de los trenes, siendo un edificio presente en todas las estaciones de ferrocarril de mayores o menores medidas. Generalmente (como en este caso), los muelles siempre solían contar con un gran almacén o nave en uno de sus lados para almacenar el producto y guardarlo.”

SIPCA

A mitad del siglo XX se construyeron dos silos para almacenaje por parte del ministerio de agricultura. La función de estos grandes edificios fue el almacenaje del grano previo a su transporte ferroviario, mucho de aquel grano fue destinado para siembra. Dos edificios de gran envergadura, robustez y hermetismo que configuran el paisaje del peculiar barrio de la Estación, junto a su singular Harinera de Monegros. Construida en 1949, la Harinera de Monegros resulta una esplendida edificación industrial racionalista de posguerra. La estación aún conserva parte de su historia que poco a poco va desapareciendo y olvidando, que tristemente continuaremos perdiendo sino sabemos valorar. ¿Y qué decir de aquel almacén de madera?

“Generalmente (como en este caso), los muelles siempre solían contar con un gran almacén o nave en uno de sus lados para almacenar el producto y guardarlo. El almacén junto al muelle es de grandes dimensiones de planta rectangular y con una pronunciada cubierta a dos aguas con una estructura totalmente metálica, de cerchas y tirantes en la cubierta, estando  construido en su totalidad con madera. Debido al abandono y la erosión, este edificio de madera se encuentra prácticamente en ruinas.”

SIPCA

Tristemente el almacén ha desaparecido.

Dionisio y Rosalía Sariñena

Rosalía y Dionisio y sus hijos Lourdes y Esteban en el Barrio de la Estación de Sariñena.

ESTEBAN TRIGO ESTÚA (Sariñena 3 de agosto de 1930, Zaragoza, 18 de junio de 2019)

Esteban Trigo.jpg

Nacido en el barrio de la estación de Sariñena, su padre Dioniso estuvo destinado unos dos o tres años en un puesto humilde de la estación de sariñena, se alojaron en casa Porta. Criado a pie de ferrocarril en el zaragozano barrio del Arrabal, pasó buena parte de su infancia en Jaca, Bergosa, Villanúa y Canfranc. Hijo de una humilde familia ferroviaria, su formación académica apenas rebasó lo aprendido en la escuela de Matilde Sangüesa, donde lector devoto del Quijote manifestó su inclinación hacia las letras. Autor desde joven de artículos y relatos, fue colaborador en diversos periódicos, especialmente Heraldo de Aragón, en El Pirineo Aragonés y en El Periódico de Aragón, y también en los antiguos estudios de Radio Zaragoza en la calle Almagro. Persona inquieta y observadora, se introdujo de modo autodidacta en el mundo de la cinematografía, donde estuvo delante y detrás de la cámara. Miembro de la Escuela de Cine de Aragón, como actor encarnó papeles secundarios hasta protagonizar Últimas Cartas de Amor (2002), con guión propio y bajo la dirección de Octavio Lasheras.

Su trayectoria profesional se desarrolló en la banca en puestos de discreto nivel pero de proximidad al público, cuando sólo existían los cajeros humanos. Fue ahí, en la cercanía, donde Trigo destacó como excelente comunicador capaz de encontrar el aspecto divertido de situaciones complejas.

Lo más relevante de su legado cultural son dos libros de memorias publicados con Ediciones 94 (Mi pequeña Historia de Aquel Viejo Arrabal, 1998 y La Zaragoza que yo conocí, de 2015, ambos utilizados para estimulación cognitiva en personas mayores), video documentales dedicados a Belchite y a la línea del Canfranc, cortometrajes, contribuciones a movilizaciones en defensa de la naturaleza y muchas grabaciones de eventos familiares, escolares y sociales.

A los ochenta y ocho años se ha ido un hombre sociable, generoso y carismático hasta sus últimos días. Deja mucha tristeza en el barrio de San José del que fue vecino desde 1956. Las calles Doce de Octubre y García Lorca tardarán a olvidar a ese voluntario conseguidor de monedas de cambio para las cajeras del supermercado, al cliente de prensa, al improvisado camarero llevando cafés a sus compañeros de banca en activo y al conversador siempre con la frase oportuna.

Enamorado del ferrocarril, en mayo de 2017 subió a despedirse de su Canfranero. Hoy sus restos han regresado a su niñez de higos y moras en una humilde casilla. Allí le saludan y le lloran todos los trenes del mundo.

Victoria Trigo Bello

Ver: