NOCHE DE TERROR

      El miedo es una sensación poderosa y atrayente que subyuga a los seres humanos  desde la noche  de los tiempos, provocando un extraño efecto morboso en la mente de mayores y pequeños. Usado en cantidades prudenciales puede hacer pasar estupendas veladas, pero nuestros protagonistas  bebieron una dosis excesiva y nunca pudieron olvidar aquella noche delirante y angustiosa.

    En noviembre las noches son muy largas y las faenas del campo escasas, por lo que el tiempo de ocio se prolonga en demasía. Después de cenar la gente se sienta en las cadieras al amor del hogar y se cuentan  historias mientras se queman los últimos troncos de leña. A falta de luz eléctrica, la que desprende el fuego le añade un toque enigmático a la noche.

    Los temas preferidos de las tertulias de la época eran las fábulas de animales, los caballeros abnegados, los asuntos religiosos, el amor cortes, los pícaros y, por supuesto, las historias de demonios y brujas. Generalmente el argumento solía ser sencillo y de carácter didáctico. Sus objetivos principales eran el de dar normas de comportamiento, ilustrar virtudes y censurar vicios.

    El suceso que hoy voy a relatar ocurrió a finales de la era llamada medievo. Por aquel entonces Sariñena tenía un censo de 158 fuegos que correspondían a unos 800 vecinos.

   Era un tiempo en que la dureza de la vida, las malas condiciones higiénicas y la ignorancia de las gentes eran problemas endémicos, además el oscurantismo se cernía interesadamente sobre las clases bajas.

  …Sucedió  una noche del mes de noviembre, mes en el que los difuntos campaban a sus anchas en aquellas mentes torturadas por señores feudales, bandidos, clérigos, pestes, hambres y otras vicisitudes terrenales. Y, por si esto fuera poco, también teníamos al Maligno viajando por el mundo con licencia eclesiástica.

   Estaba la familia de Eufrasio en su humilde casa, dando buena cuenta de un potaje de garbanzos lo suficientemente caldoso como para poder untar el pan negro de centeno  que había horneado Engracia la semana pasada. A los niños no les gustaba ese pan negro y prefirieron no comerlo. Mientras, en el hogar, se estaban friendo algunas  morcillas hechas con sangre de cerdo, piñones y azúcar. Y para dar un poco de alegría al duro día habían sacado del tonel una jarra de vino tinto de garnacha.

   En la cuadra, los animales andaban un poco agitados, pero ese nerviosismo se repetía siempre que soplaba el cierzo, por eso a nadie le llamó la atención el ajetreo. El fuerte viento movía desordenadamente las ramas de los árboles del huerto y estas golpeaban una y otra vez las contraventanas de la casa, produciendo cierta inquietud entre los moradores más jóvenes.

   Terminada la cena, los hijos de Eufrasio y Engracia le pidieron a su tío Antolín que les contara alguna historia de tierras lejanas. Antolín, hermano de Engracia, había vivido mil batallas en mil lugares, sabía leer y por eso se le podía considerar como un ilustrado de aquella época.

   Al retirarse de la milicia se fue a vivir con la familia que le quedaba y además de ayudar en las tareas del campo, después de cenar solía leer alguna historia sorprendente en los libros que había traído Aquella noche, víspera de Todos los Santos, eligió una de demonios y brujas que no defraudó a nadie y que dejó a todos bastante desasosegados.

  Sería medianoche cuando tocó a completas la campana del vecino convento del Carmen. El sonido, apoyado por el viento, se extendió nítido por las sombrías  y viejas calles del pueblo amparadas por los muros de un antiguo castillo.

    Aprovechando la circunstancia, Eufrasio se levantó y…, en un gesto inútil, se fue hacia el ventanuco y miró por él, y no vio nada. Y no vio nada porque la oscuridad fantasmal de la calle era absoluta, pero a pesar de ello le pareció percibir en la negrura una sombra rematada por dos ascuas rojas que se desplazaba errante de puerta en puerta.

Preocupado, intentó recordar si había atrancado bien la puerta, como la respuesta fuese afirmativa, no dijo nada, atizó el fuego  y dio por finalizada la velada. Los niños protestaron un poco, pero nadie les hizo caso. Cogieron un par de candiles y, alumbrándose con la mortecina luz que daban las mechas embadurnadas de aceite, subieron a dormir por la estrecha  escalera de madera.

  Antolín dormía en una  pequeña habitación en un camastro de paja y los demás lo hacían en una alcoba contigua. Las habitaciones carecían de muebles inútiles: una banqueta y un arcón para la ropa acompañaban al jergón. Colgado de una pared, al lado de una tosca cruz de madera, se veía un espejo desgastado reflejando  la pobreza de la familia.

    En las paredes se movían acechantes las fantasmagóricas siluetas creadas por las luces de los candiles y esto terminó de atemorizar a los niños que, muertos de miedo, acabaron por acostarse debajo de las mantas sin cambiarse de ropa.

   La choliba que vivía en la torre de la iglesia rompía de vez en cuando la oscuridad con su ulular mortuorio.

    Aún no habían cogido los mayores el primer sueño, cuando se sobresaltaron al oír un gran estrépito en la cocina. Levantáronse asustados, salieron al rellano y cambiaron impresiones en voz baja sopesando la situación.

-¿Has oído, Eufrasio?-

-Ya lo creo, ¿qué opinas Antolín?

-No sé, serán los gatos que han tirado algún cacharro.

-¡Pero…, si no tenemos gatos!.- exclamó Engracia con cara de preocupación.

 Bajaron despacio, como si de una comitiva patibularia se tratase. Seguramente les hubiera gustado parar el tiempo y no tener que enfrentarse a ese enigma.

   Ni que decir tiene que los corazones de aquellos penitentes sonaban como tambores desbocados y parecían estar al borde del colapso. La vieja escalera pareció crujir más fuerte que nunca a pesar de sus tenues pisadas, pero eso no impidió que cesaran los ruidos. Cerca ya de la puerta se dieron cuenta  que lo que salía de la cocina no era un bullicio inconexo, sino cantos y rezos satánicos muy claros. Se quedaron petrificados.

    Eufrasio y Antolín, dominando a duras penas el terror que casi les paralizaba, se asomaron con mucha cautela al interior de la estancia y vieron con pavor como sartenes, pucheros y demás utensilios de cocina volaban  sin que nadie los tocase. Las puertas de la alacena se abrían y cerraban enloquecidas. En un rincón se veían varias figuras femeninas en actitud de reverencia. Eran brujas  adorando a una enorme figura demoníaca. Sin duda era el mismo Lucifer tomando la forma de un horripilante macho cabrío

   Los troncos del hogar ardían proyectando una luz infernal por  la cocina. Las purnas saltaban alocadas  celebrando el ritual satánico. El olor a azufre lo invadía todo.

   Aquella sombra roja lanzó una mirada a los aterrados visitantes y soltando un bufido inhumano se levantó majestuoso y rió burlonamente. Su risa fue una carcajada de ultratumba que heló el alma humana y animal de la casa.

    Diéronse la vuelta y subieron las escaleras como alma que lleva el diablo (nunca mejor dicho) y no pararon hasta que llegaron a la habitación principal y, atrancando la puerta con el arcón, se pusieron a rezar  con todo el miedo y la fe del mundo, esperando lo peor. Abajo seguía oyéndose el fragor de la ceremonia por lo que no se atrevieron  a moverse de aquel rincón en el que se habían acurrucado. Y, en esa posición, se les fue pasando el tiempo tan despacio, tan lentamente les pasaba, que parecía no pasar  y no sentían otra necesidad que la de rezar. Mientras tanto los niños, ajenos al horror que estaba viviendo su familia, seguían durmiendo.

   Y en esa situación les llegó el alba y empezaron a entrar los primeros rayos de sol por las rendijas de la ventana y con ellos apareció un rayo de esperanza en esa noche de desesperanza.

-¿Qué hacemos? – preguntó Eufrasio.

-Algo habrá que hacer. – contestó el hermano.

-Lo que no podemos es quedarnos quietos.- remarcó Engracia

   Sin despertar a los niños decidieron que era necesario tomar una determinación y bajaron los dos hombres armados con sendas horcas al lugar del aquelarre. Llegaron a la cocina y no oyendo nada se asomaron a la estancia y quedaron estupefactos. Todo estaba en orden, todo estaba como si nada hubiese pasado. Ni desorden, ni olores raros, ni señales esotéricas; vamos, nada de nada.

-No lo habremos soñado.

-Pues para ser un sueño, parecía muy real.

-Además no podemos haber imaginado todos lo mismo, imposible, aquí ha ocurrido algo y bien pudiera ser asunto de brujería.- terminó la discusión Engracia.

   Salieron a la calle e indagaron en las casas vecinas. Nadie había oído nada la noche anterior por lo que casi estaban por dar zanjado el asunto cuando acertó a pasar por allí una mujer con fama de bruja y a la que algunos vecinos le solían encargar asuntos no muy claros como  pócimas, hablar con los muertos o curar ciertas dolencias y otros trabajos poco cristianos.

   Los miró, y al verlos tan preocupados y demacrados preguntó:

-¿Acaso habéis tenido pesadillas esta noche?

La pregunta era inocente, pero la acompañó con una ambigua sonrisa y…

Aquellos desdichados creyeron que era una señal inequívoca de la autoría brujeril y sin ni siquiera contestarle se fueron inmediatamente al Ayuntamiento y denunciaron ante el Zalmedina (1) de la villa a la pobre mujer. Éste se alegró de que el asunto no fuera de su jurisprudencia, se lavó las manos y se lo pasó al Tribunal de la Inquisición de Zaragoza sito en el palacio de la Aljafería.

   Durante el juicio, los vecinos adujeron que la “bruja” tenía, habitualmente, comportamientos extraños y declararon que echaba mal de ojo, ponía en la puerta las tenazas del hogar haciendo una cruz, arrojaba sal en el branquil de su puerta en tiempo de tormentas e incluso un testigo llegó a decir que le había oído comentar que, cuando se murió su marido, el carro que llevaba el féretro fue sin conductor hasta el cementerio.

   Generalmente los veredictos de brujería acababan con los denunciados en la hoguera o en la horca, pero, en este caso,  el Santo Oficio decidió que las pruebas presentadas no eran lo suficientemente concluyentes y además, no afectaban a ningún dogma cristiano. Por lo tanto consideró que eran meras alucinaciones de los denunciantes, posiblemente provocadas por alguna pócima o conjuro de la denunciada por lo que la sentencia  la condenaba sólo a seis meses de cárcel a cumplir en las mazmorras del citado palacio de la Aljafería.

  Durante el juicio  la vecina acusada intentó explicar al tribunal, sin ningún éxito, que toda aquella enigmática locura podía ser debida a la ingestión de pan de centeno infectado con un hongo llamado cornezuelo, el cual provocaba alucinaciones. Pero no le hicieron ningún caso y el fallo se cumplió inexorablemente.

   Pasados los seis meses volvió a Sariñena y coincidió que aquel año hubo grandes sequías y múltiples pedregadas que asolaron los campos de todos los habitantes de aquella villa milenaria.

M.A.C.P.

Zancarriana w

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