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LAS MANZANETAS DE SAN JUAN Y SAN PEDRO


      Esta pequeña y pedagógica historia sucedió en la década de los cincuenta y, como casi todas las que son protagonizadas por el  pueblo, no aparecen en los libros y suelen desaparecer en unas pocas generaciones. La que nos ocupa hoy me la relataron por casualidad en una de esas tertulias que suceden a diario y en las que se habla más de lo humano que de lo divino.

   Los actores principales de ella fueron  una cuadrilla de críos de los de entonces, críos un poco asilvestrados y con algo de malauva.

   Pues bien, ocurrió que a principios del mes de junio de un año cualquiera de la citada época, una tarde después de salir de la escuela se juntó la chavalería  y decidieron visitar las huertas situadas por las Barceladas y el Canillo. Aquella banda lo tenía todo controlado, conocía las huertas y sus frutos pues las habían visitado alguna que otra vez.

 Como siendo que no había llegado el verano todavía, los frutales aún no estaban en sazón, sin embargo, le tenían echado el ojo a unas manzanetas llamadas de San Juan porque maduran  entre este santo y  el siguiente, que es San Pedro. Y además seguro que sabían que esta fruta alcanza su mejor momento unos días antes de esas fechas y que después se vuelve harinosa.

   Estaban en plena faena y parece ser que no debieron tomar medidas de seguridad, cuando…, de pronto y sin avisar, apareció detrás de unas matas el dueño de los frutales que, harto de los raterillos, los estaba esperando muy enfadado. Comenzó a “carrañar” a los intrusos y todos se callaron cariacontecidos menos uno que se las dio de gallito y se encaró con el dueño. Y ocurrió que por levantar demasiado la cresta recibió dos sonoras tortas que lo dejaron sorprendido. La sorpresa le dejó sin habla unos instantes y cuando recobró el ánimo solo acertó a decir:

-Se lo voy a contar a mi padre que es el sargento de la Guardia Civil.

-Pues le dices a tu padre que te las ha dado el Conde.

  Según parece el asunto se zanjó sin problemas para el hortelano y en cuanto al chaval, lo más seguro es que se callara el rifirrafe ocurrido porque en aquellos tiempos los padres tenían un concepto más estricto de lo que debía ser la educación de los hijos y seguramente le hubiera caído algún castigo más.

  Eran tiempos en que el cuartel de la Guardia Civil estaba a rebosar de guardias de todas las graduaciones. Desde el último número hasta el  capitán residían junto con sus familias en el acuartelamiento.

  Eran tiempos en que los críos del pueblo jugaban al fútbol  en alguna de las eras (Chin, Mora, Bolera…) que rodeaban el pueblo con unos balones de reglamento forrados de badana cuyo peso desafiaba los escasos músculos de los chiquillos. Los equipos se formaban mediante antiguas y estrictas normas. La más usada era la del pie: los dos líderes se ponían uno frente al otro y se iban acercando paulatinamente poniendo un pie delante del otro hasta que se encontraban, perdía el último que se quedaba sin poder colocarlo. El ganador elegía primero a la estrella del balompié, el perdedor escogía a la segunda estrella, seguidamente iban llamando a los que servían de relleno hasta que no quedaba nadie. Los últimos en ser seleccionados asumían su papel de segundones sin resentimiento aparente. Al dueño del balón se le concedía un trato de favor por razones obvias.

  También se organizaban bandas que andaban enzarzadas en “guerretas” a pedradas en las “canteretas” situadas detrás de lo que hoy es la  Residencia.

  Tiempos de frustraciones, gusaneras en la cabeza y roña en las rodillas.

M.A.C.P.

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Zancarriana w

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EL TOCINO EN EL RÍO


    El asunto que nos ocupa en esta ocasión ocurrió pocos años después de terminada la Guerra Civil y en él se vio involucrado de nuevo una “recatalla” de críos cuya única diversión veraniega era la de irse a bañar a alguna de las distintas badinas que jalonan nuestro olvidado río Alcanadre.

   Fue en un día cualquiera de un caluroso verano de principios de los años cuarenta cuando  un vecino de la localidad tuvo la irracional idea de desembarazarse de un tocino que se le había muerto arrojándolo al río en la badina que está situada debajo de la ripa del Cuervo.

   Como todas las tardes aquella pandilla, entre los que se encontraban Vicente Romerales, Basilio Grañón, José Tierz y otros, se fue a bañar al citado lugar, aunque en esa ocasión no se dieron cuenta de que en las proximidades de su lugar de recreo había un indeseado bañista en un avanzado estado de descomposición. Parece ser que el cadáver del cerdo quedó  atascado entre los juncos y demás vegetación de la ribera del río, en contra del plan del insensato dueño que no era otro que hacerlo desaparecer embarcado en un macabro viaje en dirección a Sena.

   Los muchachos nadaron, rieron, se lo pasaron bien y posiblemente bebieron de aquella agua emponzoñada por salmonela y no pasó nada; pero al cabo de unos días empezaron a enfermar uno a uno y todos ellos con los mismos síntomas. Avisado el médico D. Pedro Cascales dictaminó el asunto como epidemia de fiebres tifoideas (lo que en lenguaje popular de aquella época se conocía como las fiebres: lo mismo fueran malta, reumática, aftosa, o la que nos ocupa). El cansancio extremo, la falta de fuerzas, las diarreas y la fiebre, que rondaba  los 40º, hicieron que los enfermos permanecieran postrados en cama durante dos o tres semanas.

   Hubo grandes preocupaciones familiares por el riesgo de  posibles  fatales consecuencias y lloros por parte de las madres. El doctor Cascales viendo el grave riesgo que corrían aquellos muchachos no los dejó de la mano ni un solo momento, incluso los iba a visitar noche y día. Les recetó un tratamiento adecuado de antibióticos y mucha cama y la cosa no pasó a mayores.

   El médico denunció el caso a la Guardia Civil, a pesar de la opinión contraria de alguno de los perjudicados, pero no se pudo averiguar nada porque nadie dio pista alguna sobre el culpable de tal acto criminal y pasado un tiempo se dio carpetazo al asunto.

   El aburrimiento que debieron sentir aquellos chavales en el lecho del dolor, sin tebeos, radio, televisión, ni amigos que los visitasen por miedo al contagio debió ser eterno en unas mentes juveniles inclinadas a “parar” poco en casa. Aunque “como no hay mal que por bien no venga” se libraron durante una buena temporada de asistir a aquellas clases de las Nacionales, digamos también… un poco eternas.

   Aunque parezca mentira, la historia volvió a repetirse  a mediados de los sesenta cuando varios mozalbetes, acuciados por la sed, decidieron beber agua del brazal denominado de las Monjas que baja desde  el campo de fútbol hacia el convento del Carmen y volvió a suceder lo mismo. En este último acto delictivo alguien había arrojado varios pollos muertos en el citado brazal

    Seguramente que, en ambos casos, se obró solamente por ignorancia, sin embargo esa necedad no puede utilizarse para dejar de calificarlos como actos execrables y penables .

   Esta historia me la contó D.R.G. en una mañana de un día cualquiera del pasado mes de agosto.

M.A.C.P.

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 JUDÍAS VIUDAS


    El sabroso título de este nuevo trabajo de investigación surgió en una grata conversación con Luis Arasanz de la Venta Ballerías  una mañana del mes de junio en el tozal de Mataliebres y  terminó en la trastienda de la guarnicionería de A. Royo con José Lerín de entendido en el tema. Tertulias en las que se habló del vivir diario de la gente que salía al monte a segar en verano,  a coger olivas en invierno o a preparar el sementero en otoño.

   Eran veranos duros y calurosos, de gabilladoras en los montes y trilladoras en las eras, faenas que bien podían durar un mes o mes y medio y de  inviernos fríos,  reumas, sabañones y velas en la nariz.

   En el monte la comida no andaba escasa porque a lo que solían llevarse de casa le añadían la caza que conseguían con escopetas o preseras. Más modernamente, cuando se generalizaron las cosechadoras a finales de los cincuenta, uno de los segadores se colocaba estratégicamente encima del aparato y desde ese mirador privilegiado disparaba a los conejos que salían asustados por el ruido de la máquina. También podían llevarse de casa a las gallinas y pollos para que aprovechasen los granos que se desperdiciaban por los campos, para comerse los huevos que ponían e incluso la carne de alguno de esos volátiles .  Se bebía vino en bota y agua del río o de las balsas, previo desalojo manual de los bichos que pululaban  por la superficie de estas últimas.

   Había tanta caza que  los de la Venta tenían permiso de Gobernación para cazar en el coto que llamaban Industrial hasta 7.500 conejos al año, pero con la particularidad de que el 50% de ellos debían de donarlos para caridad. Casi cada mañana sacaban a la Sesantina un saco lleno de conejos, mientras en la oscura estación de la calle Cabestany esperaba  un funcionario de la DPH para recoger el saco y repartirlos por las distintas casas de beneficencia de la capital.

  Pero sigamos con los menús-tipo de aquellos esforzados segadores: desayunaban  al amanecer gazapos al ajillo; al mediodía era muy apreciada la sartenada de conejo, patatas, arroz y caracoles y cuando se ponía el sol no podían faltar la lechuga, el pepino, la verdura, el bacalao con cebolla o tomate y de postre fruta. Si quedaban ganas  venían bien unas partidas de guiñote y con la incipiente oscuridad se retiraban a un ”mullido” rincón de paja para dormir en compañía de arañas, roedores y alguna culebra despistada. La iluminación le correspondía a la luz de un candil de mecha (hilo de algodón o tela vieja  y aceite).

  Como  podemos imaginar, la higiene era escasa y sólo se bañaban cuando  el río estaba cerca. La ropa interior se la cambiaban muy de vez en cuando y siempre dependiendo de la distancia al pueblo.

  Al más joven o al que menos aguante tenía, se le encargaba, cuando era necesario, la misión de acercarse al pueblo en burro a hacer recados, a buscar el pan, el vino, las judías, el aceite o el agua.

 Y para finalizar les traslado la receta que me contó Luis y que me aseguró que era la preferida de los segadores: “las judías viudas”.  Se ponía un puchero al fuego con judías blancas de las llamadas “chata blanca” originarias de Sariñena (hizo una excelente alabanza de dichas judías tildándolas de las mejores y sin embargo ahora casi perdidas), se le añadía laurel, una cabeza de ajos, aceite y sal, mientras tanto se cogía una fuente de porcelana y se cubría el fondo de pan cortado como para sopas y se empapaba de aceite. Cuando las judías estaban cocidas se echaban hirviendo sobre la fuente de pan y ya se podían comer a rancho.

   Eran tiempos de cromos de futbolistas, Calcio 20, aceite de hígado de bacalao, pan con vino o aceite y azúcar, de críos jugando por las calles a los pitos de roña,  cristal o hierro, patinetes artesanales deslizándose por la calle del Enado o la del Horno, marro,  carreras ciclistas con chapas, a las perras negras, al cuadro con enormes clavos o navajas, a las cartas en forma de carpetas, a las tabas (tripa, hoyo, rey y verdugo) con toda la mala leche de algunos, a la una andaba la mula, a churro media manga o manga entera, al aro,  al palmo, etc… y las niñas, a la comba , a catarro  al duble, al corro, hacer comidetas, a tú la llevas, al pañuelo, al cordón, al aeroplano, a cortar el hilo, etc.

   Desgraciadamente todos ellos perdidos en la actualidad.

M.A.C.P.

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EL PORTILLO TABICADO O LA VERDAD AL DESCUBIERTO


   Hasta que desapareció la mili en el año 1999, algunas de las quintas sariñenenses habían conseguido dejar su huella en la pequeña historia local. Los mozos llegaban a realizar todo tipo de actividades permitidas o no, a sabiendas de que la sociedad miraría hacia otro lado, consintiendo tácitamente las simpáticas extralimitaciones de aquellos jóvenes que  estaban en puertas de comenzar una nueva etapa de su vida. Una vieja costumbre les avalaba y cada nueva generación cumplía fielmente con el papel establecido por la tradición popular.

  La descabellada idea no se sabe muy bien de quien partió, pero la tarde anterior a la noche de autos, Jesús C., que a la sazón trabajaba de albañil para Salvador Grustán, le pidió  a éste que si le podía proveer de un carretillo, dos calderetas, cincuenta ladrillos huecos y dos sacos de yeso. Grustán extrañado le preguntó que para qué quería todo aquel material y  Jesús le contestó enigmáticamente que al día siguiente se enteraría. Así que J.C  preparó el material en el garaje que éste tenía en la Ronda San Francisco y…

   Aquella noche, una cualquiera del mes de febrero del año 1970, los futuros 26 quintos  se fueron a cenar al restaurante Ilsa (Anoro). Allí, entre bromas, jotas y chistes, pasaron varias horas en franca camaradería. Al terminar, y como la noche era joven,  decidieron recalar en el  bar Romea para proseguir  la “marcha”.  Ese fue el momento en que desaparecieron misteriosamente varios de aquellos “fichajes” para llevar a cabo un hilarante  plan que daría que hablar durante muchos años.

   Entre los ocho trasladaron el material de construcción al lugar de los hechos (calle Obispo Zacarías Martínez) y seguidamente se repartieron sus cometidos como si de una película de cine negro se tratara, así que:  Jesús Correas levantaría el tabique, Miguel Millera traería el agua necesaria desde el abrevadero de las escuelas para amasar el yeso, Martín Bergua, Paco Huerva, Vicente Tierz.,  Eleuterio Grau.,  José Mª  Oliván y Antonio Conte vigilarían por las distintas calles por si aparecía “el enemigo”. El enemigo no era otro que la pareja de la Guardia Civil o el sereno, ya que ambas fuerzas del orden  podían dar al traste con la consecución del bien urdido plan y por si fuera poco llevarlos a dormir al cuartel de la avenida de Huesca.

  En menos de veinte minutos y con gran maestría,  J. Correas levantó una pared de metro y medio de alto que unido al actualmente desaparecido bordillo daría una altura total aproximada de 1,80 m. Constatar que la obra se realizó desde el amparo que daba la oscuridad del callejón de la abadía y sin problemas logísticos inoportunos.

  Terminada la faena, y cuando iban a reunirse con el resto de quintos, se percataron de la presencia de un carro que su dueño había tenido la inoportuna idea de aparcarlo en la puerta de su casa, sita en esa misma calle.  Lo cogieron entre los ocho y lo llevaron en volandas hacia la plaza Rebolería; llegados allí giraron con pericia hacia la derecha y subieron raudos por el Muro en dirección a la plaza Villanueva, pero… ocurrió que, llegados al cruce que está próximo a las escaleras del Carmen, se toparon en la misma curva con la pareja de la benemérita. Ambos guardias al ver aquella situación tan surrealista se debieron de quedar atónitos  y sin reacción. Nuestros porteadores pusieron cara de póker y como si fuese lo más normal del mundo siguieron empujando el artefacto hasta la plaza,  hoy llamada Estatuto de Aragón. Allí, percatándose de la peliaguda situación vivida, abandonaron el testigo de cargo y bajaron a toda prisa por la calle del Horno a buscar asilo en el bar Romea donde les esperaba el resto de la tropa. Al poco rato llegó al café la benemérita junto con el sereno José Gómez; miraron con aire inquisidor a todos los clientes y preguntaron, sin mucha convicción,  si sabían algo de un carro abandonado. Las respuestas debieron ser lo suficientemente convincentes porque el asunto no pasó a  mayores. Cabe la posibilidad, también, de que el trío, conocedor de qué iba el tema, no quisiera estropear la noche a los futuros defensores  de la Patria.

   Dado que ya no había establecimientos hosteleros abiertos y como quedaba mucho tiempo hasta las ocho de la mañana, unos decidieron irse a dormir y otros se acercaron a la vieja bodega del padre de V. Tierz a beberse unos cocos del buen vino que éste tenía.

   Al día siguiente, domingo, y como si nada hubiese ocurrido, toda la banda se acercó al Ayuntamiento para llevar a cabo las formalidades propias para las que habían sido citados, a saber: toma de filiación, medida de  altura y pecho, pesaje y un reconocimiento físico superficial. Todos estos asuntos los llevaron a cabo con su natural carácter, Domingo Pardo Lacruz, Crisanto Mazuque y D. Pedro Cascales,  que terminaron declarando a los mozos, útiles para el servicio militar.

  Al mismo tiempo que se llevaba a cabo toda esta burocracia, salió de la abadía D. Vicente Fuertes Oliván, arcipreste de la parroquia que, viendo el dislate ocurrido se llevó un buen sobresalto.   El párroco, al ver anulada totalmente la ya exigua comunicación que tenía con su iglesia, no tuvo más remedio que dar un rodeo para llegar al Salvador donde debía preparar la celebración dominical. Avisado del asunto el responsable municipal, por aquel entonces D. Félix Regaño, dio orden a Antonio Lana para que demoliera el tabique y devolviera al portillo su habitual fisonomía.

 Y esta es la  crónica de un pequeño tabique que aunque tuviese una corta vida, su eco ha llegado hasta nuestros días y se ha convertido en un emblema de la quinta del 70 que siempre marcará las distancias con otros reemplazos.

   Esta historia ocurrida en el último tercio del siglo pasado es verídica y me ha sido contada por los propios protagonistas, aunque alguno de ellos no fuese, en principio, proclive a hacerlo.

  Con la desaparición  del servicio militar en 1999, se perdió una de las tradiciones más arraigadas en las zonas rurales de toda España. Ahora, como rescoldo de aquellas viejas costumbres, aún queda la buena práctica de reunirse cada cierto tiempo a comer y renovar lazos de amistad que seguirán perdurando durante toda la vida.

   Y como curiosidad histórica, recordar que el nombre de quintos viene de una Ordenanza del rey Carlos III por la que se imponía el servicio militar obligatorio  para la quinta parte de los mozos de todas las poblaciones españolas. Esta leva habría de hacerse por sorteo.

M.A.C.P.

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Zancarriana w

OFICIOS DESAPARECIDOS V “Colchonero”


MANUEL MARTÍN AINOZA Y ROSA AYALA MORILLA: COLCHONEROS

     Por entre las medievales calles del barrio del Castillo vive un entrañable matrimonio que con toda amabilidad me reciben en su casa y me cuentan numerosos detalles de un oficio que desapareció a principios de los años setenta.

     Hasta hace cuatro décadas en todas las casas de nuestro pueblo se  utilizaban únicamente colchones de lana y teniendo en cuenta que la lana se iba apelmazando por el uso, cada año había que “parar” el colchón, por lo que este oficio contó con numerosas personas que vivían de él o que lo tenían como un apoyo  a la economía familiar. Era una profesión ambulante y nuestros colchoneros/as  se desplazaban por casi toda la comarca

     Dada la imposibilidad de hablar con Manolo, las preguntas me las responde su esposa Rosa.

    Me cuenta que ella es de Lorca (Murcia).

——————————–

-¿Vuelve mucho por Lorca?

Muy poco, en 60 años he ido un par de veces. Ya no la conocería.

-¿De dónde les viene el conocimiento de este viejo oficio?

La colchonera era la madre de Manolo y ella fue la que le enseñó el oficio. Manolo la ayudaba si se lo permitía su otro trabajo.

Se llamaba Josefa Ainoza Castejón y era de Castejón de Monegros.  Imagino que  lo aprendería de su madre, allá en Castejón.

-Entonces, ¿ el oficio de Manolo no era el de colchonero?.

Bueno, ese y otros más, trabajó en empresas como Corominas o el tejar y también llevaba el huerto. Después de morir la abuela “paró” colchones esporádicamente si alguien se lo pedía. Al final  lo tuvo que dejar  cuando se cayó de la moto y se rompió los tendones del hombro.

-¿En qué año se perdió el oficio?

Recuerdo que el último colchón que paró fue el año en que  murió la abuela, más concretamente en el año 1973. Ya se habían puesto de moda los colchones FLEX.

-Tengo entendido que había dos tipos de colchones de lana.

Sí, estaba el sencillo y el inglés.

El sencillo no tenía ningún misterio, se cosía redondo y sin bordes y al inglés se le cosía con un bordillo de tres dedos de “reciura” con lo que las camas quedaban  mejor hechas y se dormía mejor. También se unían con cintas las dos superficies del colchón por varios sitios simétricos para que la lana no se moviese haciendo ese característico dibujo de bultos y hondos

…Pero, ¿el precio no sería el mismo?

Los sencillos muy pequeños valían 800 pesetas, los sencillos pequeños 1.000 pesetas, los sencillos de matrimonio 1.500 pesetas y los de estilo inglés sobre 2.000 pesetas, porque se trabajaba el doble.

-¿Cómo se hacía un colchón?

Se ponía un cañizo en alto y en él se colocaba la lana y se “bareaba” con una “bara” de avellano para esponjarla y quitarle la suciedad gorda. Después se iba colocando la lana bareada encima de una tela y cuando se cubría toda se ponía otra encima, se sentaban en  el suelo y se disponían a coser las dos telas. Esta última fase era muy pesada.

-Se necesitarían pocos  materiales.

Pocos: un cañizo, unas “baras” y unas agujas. El cañizo, las telas, la lana y las cintas para coser las ponía la casa. La aguja grande nos la hizo Paquito Casabón (el herrero) q.e.p.d. artesanalmente con martillo y forja..

-¿De dónde sacaban la lana?

Si en la casa no había ovejas la gente compraba la lana en las casas que había, luego la tenían que ir a lavar al río para quitarle la grasa y otras porquerías. Cuando se “bareaba”, la suciedad  se depositaba debajo del cañizo.

-¿Cuántos colchones se podían hacer en una jornada?

En un día se podían hacer dos y si apuraba el trabajo tres. Recuerdo que la abuela Josefa empezaba a las ocho de la mañana y volvía a las tres de la tarde.

¿Sin parar a tomar algo?

No paraba, se llevaba un corrusco de pan en el bolsillo y se lo iba comiendo mientras trabajaba.

¿Sólo trabajaban en Sariñena?

No, también paraban colchones en Albalatillo, Pallaruelo, Capdesaso y en La Estación. Allí iban Manolo y su madre solamente los sábados y domingos, durante todo el día. Hacían los colchones de tres o cuatro casas y comían en una de las casas para las que trabajaban.

Manolo ha hecho colchones hasta en Barcelona. Recuerdo que estuvo durante 20 días parando colchones para la familia que tenemos allí.

-Dado  los difíciles años  de los  que estamos hablando, ¿cómo se desplazaban?

Iban en bicicleta, Manolo llevaba a su madre en el portamaletas y ella llevaba las dos “baras” en la mano.

-¿Había mucha competencia?

Por supuesto, había colchoneros en casi todos los pueblos de la comarca. En Castejón había varios, hasta Sariñena se desplazaban Margarita y su hija Miguela, la madre tenía bastante genio; de Sena venían el matrimonio formado por Victor Mored y Candelaria Alvira que era la encargada de coser los colchones. En Sariñena estaban Catalina “la Eulogia”, Pablo Tomás y sus hijos Faustino y Emiliano y  no recuerdo ninguno más.

    Hoy hemos conocido un oficio de origen medieval que desempeñaron un buen número de monegrinos.

   Las nuevas tecnologías y las nuevas modas arrinconaron hasta su desaparición a los viejos oficios. Podemos decir que el colchón Flex mató al trabajo de colchonero

   Terminó una época y  apareció un nuevo negocio, el del  que compraba la lana de los colchones inutilizados.

   Por las calles sonaba la potente voz  del ¡COLCHONERO LANERO, COMPRO LANA!!!

M.A.C.P.

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OFICIOS DESAPARECIDOS IV “Estañador y paragüero”


                                 

JOSÉ Aº LÓPEZ MOYA EL ÚLTIMO ESTAÑADOR

   Para realizar este cuarto capítulo me entreviste con un convecino cuyo nombre es el que encabeza este artículo. Reside en el barrio del Carmen junto a su esposa y a pesar del exagerado calor que hacía ese 26 de junio (cerca de los 40º a las 13 horas) y lo intempestivo de la hora, se mostró, en todo momento, amable y abierto al diálogo.

-¿Dónde nació usted?

   Yo nací hace 72 años en un pueblecito de la comarca de Calatayud llamado Olvés, ahora tiene alrededor de 110 habitantes, después toda la familia nos fuimos a vivir a Illueca y en Sariñena llevo viviendo 46 años.

-¿Cómo aprendió el oficio de estañador?

   Tanto mi padre como mi madre conocían a la perfección este oficio y ellos me enseñaron. Cuando tocaba, generalmente con el buen tiempo, cogían el carro y a sus 8 hijos y se lanzaban camino adelante por los pueblos buscando a los posibles clientes, que entonces eran muchos debido a las condiciones económicas y sociales de la época. Vivíamos duramente tres o cuatro meses al año.

-No me imagino a diez personas viviendo en un carro.

   Nos arreglábamos, unos dormían dentro y otros debajo, la comida la hacíamos al lado del carro y el agua…, la del río que pasara más cerca. De día nos mandaban a ganarnos algo por el pueblo que visitábamos. Recuerdo que en un  pueblo me gané una peseta paseando varias horas alrededor de un campo haciendo sonar un truco (esquilla) para espantar los pájaros para que no se comieran el ordio.

-¿Qué pasó después?

   Cuando me independicé compré un carro y una caballería y me fui a trabajar en lo que sabía, o sea de estañador. Me recorría provincias como Guadalajara, Soria, Navarra, Zaragoza, Huesca o Teruel . En una ocasión tardé dos años en volver a casa. Mi carro era mi hogar, en él comía y dormía.

-¿Y cómo aparece por Sariñena?

   En uno de mis viajes por esta comarca decidí quedarme porque me gustó el pueblo. Cambié el carro por un furgón y seguí dedicándome a lo mío, pero sin alejarme demasiado, o sea por la parte sur de la provincia. En 1980 llegó la hora del cambio y me dediqué a las ovejas. No lo debí de hacer mal porque tengo cinco premios conseguidos en la feria de FEMOGA , en 1990 recibí el primer premio al mejor lote de corderas.

-Volvamos a su antiguo oficio, ¿qué herramientas utilizaba?

   Eran bastantes, todas muy sencillas, pero muy prácticas:

Tijeras para cortar la hojalata, el Palo de Vuelta que tenía un agujero en la parte superior y que servía para introducir y sujetar la herramienta que estábamos utilizando, la Uña era una barra de hierro terminada en forma de uña con la que se hacían los bordes de los pucheros, las Tranchas eran herramientas de hierro que servían para hacer los remaches de cobre, luego se sacaban y se ponían en los calderos, un compás para marcar el camino que debías seguir, una barra de hierro, un taladro para agujerear, el soldador que era una delgada barra de hierro terminada en una especie de martillo, un gato para atirantar los somieres, grapas para las tinajas y algunas más.

   Para estañar calentábamos el antiguo soldador en una pequeña estufa de carbón y cuando estaba a una temperatura adecuada lo colocábamos encima del agujero y derretía el estaño, luego añadía  salfumán para que agarrara mejor el estaño, cuando se enfriaba lo lijaba hasta que quedaba fino.

-Además de estañar, ¿qué más cosas hacía?

    Hacía fondos de pucheros, de pozales, reparar calderos de cobre para las matacías, poner grapas en las tinajas, arreglar varillas de paraguas o cambiar la tela, hacer canaleras para los tejados, arreglar sillas y camas y más cosas que ahora no recuerdo, pero vamos, arreglaba de todo.  También fabricaba algunos objetos, sobre todo de hojalata.

-Por curiosidad, ¿Cuánto valían estos arreglos?

   Cuando mis padres podemos hablar de perricas y perragordas no me acuerdo exactamente cuanto, pero de mi época puedo decirte que de arreglar un puchero cobraba  dos reales, en cosas más complicadas podía cobrar tres, cuatro pesetas o incluso un duro.

  ¡¡¡EL ESTAÑADOR Y PARAGÜERO, SE ARREGLAN SARTENES, CALDEROS, SILLAS, PUCHEROS…!!!!

   Muchas gracias José Antonio por su atención. Sus palabras nos han abierto una pequeña ventana a nuestro pasado, hemos conocido un oficio que la vida se  llevó por delante y nos ha dado a conocer las dificultades por las que se movía una parte de la sociedad rural española de no hace mucho.

                                                                              M.A.C.P.

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OFICIOS DESAPARECIDOS III “Cañicero”


  

 El Cañicero

 Duro oficio el del cañizero que servía para completar la economía familiar  en tiempos difíciles al igual que el esparto o el regaliz.

     Las cañas había que cortarlas en invierno en tiempo de mengua (aunque alguno no lo respetara), las más rectas se usaban para las costillas y las torcidas para abrirlas y tejer con ellas. Los lugares más reconocidos para cortar las cañas eran las Cequinbajas, los Charcales, la Capellanía, o las acequias del Molino y Albalate. Las  herramientas que se usaban  para su elaboración eran muy sencillas: una astral para cortar las cañas, una hoz para pelarlas y un partidor de madera con punta de cono que se introducía en la caña y la reventaba  en tres o cuatro varas. En cuanto a la calidad de las  cañas, las buenas eran las duras, las otras llamadas banas no servían por su blandura. Después de cortadas no debían ser almacenadas en el suelo porque se estropeaban. Se utilizaban 23 pares para el cañizo y 15 cortadas para las  trasversales. La medida estandar era de 90cm x 2m.

    El uso que se le daba era muy variado, lo mismo se utilizaban para los cielos rasos de las casas como para secar higos, tomates, claudias, cerollas, escurrir el cerdo de la matacía, vallas en las parideras o varear la lana.

    Hubo un comercio muy pujante de este producto que se llevaba a Huesca en carros con caballerías como hacía Félix Marías.

    La familia Anoro (Joaquín, Francisco, Salvador y Rafael) podían hacer unos 1000 cañizos al año.

    Los ricos mandaban hacer los suyos, se quedaban dos tercios y regalaban el tercio restante al cañizero.

    Según me contaron mis informadores los cañizos mejores y más limpios eran los de Jesús el Can Can.

M.A.C.P.

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