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José Ignacio Aguilar Samper


José Ignacio Aguilar Samper nace en Castillonroy el 31 de julio de 1959, aunque su vida se ha desarrollado completamente en Bujaraloz. Durante años, junto a su hermano Jesús, han regido “Tocinería Aguilar”, carnicería fundada por su padre en 1962. Apreciada por su calidad y cercanía Tocinería Aguilar ha dado servicio hasta su cierre en el 2024, desapareciendo uno más de nuestros comercios más emblemáticos y tradicionales de la zona.

Su abuelo tuvo seis hijos, abriéndose paso con el esfuerzo y trabajo. Hacía yeso para moler que luego vendía en Caspe o Peñalba, y robaba leña, principalmente cogía romeros y algo de pino si podía, que había principalmente en la Efesa, entre monte Fraga y Caspe, y en el monte de la Retuerta (Efesa: Dehesa, tierra acotada destinada al cultivo o a pastos “Esta primavera ha llovido mucho y está la efesa llena de yerba”. Barceló Caballud, Rafael. Vocabulario Caspolino). Hacían romeros para los hornos de yeso que vendían en Caspe y recogían esparto “Esparto, lagaña y moco”. Igualmente se dedicó a la extracción de sal en la Salineta, -Para comer amargaba algo la sal, pero si la recogían bien no pasaba nada y era buena-. También la sal la empleaban para curar los jamones. Fue el último en ver un lobo por el monte de Bujaraloz, afirma José Ignacio, estando de pastor vio al lobo, sería sobre 1908, -el último lobo que los mastines del ganado ahuyentaron-. El agua siempre tan escasa, a la de boca siempre la ponían con algo de vinagre para que refrescase mucho más. 

Tras duros años faltos en cosechas sus abuelos y padres dejan Bujaraloz y marchan a Castillonroy para trabajar para casa Borras. Allí llevan una finca como medieros, algo más de la mitad que sacan para la casa y la otra mitad para ellos. Así, que allí acaba naciendo José Ignacio donde escasamente vive seis meses, cuando sus padres deciden regresar a Bujaraloz.

Una vez en Bujaraloz tampoco lo tienen fácil y tienen que vivir de alquiler. Su padre va trabajando en todo lo que puede, tanto en casa Gros, en el campo como de peón de albañil. En casa Gros trabajaba de “agosterias”, uno de los muchos jornaleros que cogían para la cosecha, de julio hasta septiembre. Había viñas, olivos, en casa Gros daban permiso para coger a medias; José Ignacio quiere publicar un libro sobre el origen de casa Gros.

A la escuela fue a los 3 años, estaban 3 en un pupitre, a veces los llevaban más que nada para pasar el día, haciendo parvulitos, que antes no había, con doña Juanita. Antes de la guerra las escuelas estaban en la calle mayor, al lado la casa del practicante y el ayuntamiento, donde iba el veterinario. Luego la escuela estuvo al lado de la carretera, en frente del restaurante La Parrilla. Luego, José Ignacio estudió en los salesianos de Huesca.

Jugaban a “San Grampito Tole” y se escondían; a burro, media manga, manga entera; a los pitos y las capuchinas (las chapas de las bebidas). Iban a las balsas a coger ranas y se las comían asadas con cuatro hierbajos -Cuando echaron peces a las balsas desaparecieron las ranas-. Iban a quitar miel a las colmenas, con media herradura, se les escurría la miel, y destrozaban la colmena. Con tirachinas tiraban a joder las bombillas, los platos de cerámica estaban llenos de pedrada. En más de una ocasión les pilló el guardia, tío Capeche -Una vez nos hicieron juicio rápido y nos hicieron pagar 25 pesetas-. Su padre le castigó con un mes sin poder ir al cine Oasis y los amigos, para chincharles le decían -Hoy se han visto las tetas a la Sofía Loren-. Era mentira, lo decían porque estaban castigados y no podían ir a verla al cine.

Iban por los campos, aunque había muy poca huerta, y robaban alberges o manzanas, uno hacía guardia para que no les pillasen, hasta que un día el dueño se escondió en la caseta y les pilló. Les dio tiempo a escapar corriendo, pero el dueño les quitó las bicicletas y no se las devolvió hasta que dieron la cara. Hacían rastro, pero lo pagaban. Solo había un balón y el dueño siempre escogía los mejores para jugar en su equipo. Jugaban en la plaza.

Tristemente su padre cogió hepatitis y le recomendaron un clima más seco. Por ello la familia marcha a Barcelona donde un pariente cercano lo mete en el matadero de Barcelona. Allí aprende el oficio de Chacinero -Que aquí decimos de tocinero- y de “Cansaladeria”.

De vuelta a Bujaraloz emprendieron el negocio de tocinería en Bujaraloz, aunque no les quisieron firmar para empezar, con trabajo y esfuerzo fueron sacando adelante la que ha sido toda una insignia de Bujaraloz: “Tocinería Aguilar” fundada en 1962. En un cuaderno apuntó todas las recetas y cantidades exactas de cada embutido, de la longaniza, chorizo, butifarra, morcillas o bolas, que aquí, como en muchas partes de Los Monegros, son dulces –Con nueve panes hacían una cantidad exacta de bolas, tanto canela, tanto anís…-

José Ignacio ha sido granjero de cerdos, pero también de terneros y matachín. A su madre le gustaba mucho las cerdas y él lo ha heredado. A su padre no le gustaban las cerdas, era más tratante, negociaba lechones y los engordaba. De su padre, José Ignacio hereda el carácter negociante y con 14 años ya emprende comprando terneros a uno de Sariñena. Pues no han dejado de ser emprendedores y con su hermano montaron un secadero de jamones, aunque no funcionó.

Su padre también hizo de tocinero, llevaba un triciclo ROA, con carro donde subía 6 cerdos de Caspe, la gente trabajaba mucho con Caspe. Se bajaba el estiércol y el pajuzo y lo cambiaba por patatas y otras hortalizas. En Caspe había uno que tenía 5 machos e iba por las casas para cubrir las cerdas. Les informaba quién criaba bien los tocinos para poderlos comprar. Y en Peñalba estaba “Vicente el tocinero”: -Fue el último tratante, compraba lechones en Caspe y los vendía por estos pueblos-

Bujaraloz ha tenido gran tradición ganadera, había mucho ganado ovino, y en cada casa tenían tocinos, criaban y mataban en casas -Se hacía la matacía en cada casa-. La mayoría de tierras las poseían las casas más ricas de Bujaraloz, que eran casa Gros y casa Rozas, por ello la gente buscó en las granjas de cerdos una posibilidad de poder tener sus propias explotaciones. Por ello ha habido matadero en Bujaraloz, -No de kilómetro cero si no de metro cero- apunta José Ignacio – Es peor llevarlos lejos, la carne coge PSD o exudativa y aquí se mataba las tres especies: cerdo, cordero y ternera-. A Bujaraloz venían de 7 pueblos:  Candasnos, Caspe, Castejón de Monegros, Farlete, La Almolda, Monegrillo y Peñalba.

José Ignacio se ha casado y han tenido tres hijos que sorprendentemente los tres han elegido vivir en Bujaraloz. Amante de Bujaraloz, de su cultura, de tradiciones como el dance recuperado gracias a La tía Churrera que contó muchas cosas del dance. Ha jugado a futbol, llevaba el 14 en 1965 1970, jugaban en campo de tierra y los días de viento se levantaba mucho polvo. Ahora sigue con la misma afición a través de sus nietos. 

Con su hermano ha llevado la tocinería Aguilar, desde 1962 hasta que cerraron en el 2024. José Ignacio como ganadero y matachín y Jesús como carnicero. Herederos de una actividad, de tocineros, que fue básica en la supervivencia de nuestros pueblos.

Luis Aguilar Palacio


Famosas son las madalenas de Bujaraloz que han sido y son horneadas con el sabor tradicional, pues Bujaraloz ha sido y es pueblo de grandes panaderos: El Betes, Barrachina, Claver o Aguilar. Gracias a Luis Aguilar Palacio, nos adentramos al calor de su horno, en su panadería cuyo olor a masa madre amasándose, a pan recién hecho y a bollería y repostería nos conquistan para siempre. 

Luis Aguilar Palacio nació el 24 de junio de 1938 en Bujaraloz, en casa, asistido por el practicante -por aquellos tiempos atendía todos los partos-. Su padre trabajaba en el campo y su madre en casa, eran seis hermanos. Campo de secano y muy pocas tierras, por lo que su padre se dedicaba a hacer yeso, por lo que era conocido como “Casimiro el Yesero”.

Tenía un horno y el pueblo un molino y el rollador, donde molían el yeso -Pagaban según gastaban luz, según los kilovatios consumidos-. Antiguamente rollaban con las ruedas de los carros en el Tollanco, con las mulas tirando el carro y chafando el yeso. Casimiro vendía el yeso en Peñalba y a gente de Caspe que venían a comprarlo a Bujaraloz. Subían albañiles, particulares a comprar yeso -Si se cocía bien se hacía muy bueno-, recuerda Luis. No había cemento y se hacía todo con yeso –El que más se cocía era mejor y se gastaba para hacer suelos, resistía igual que el cemento-.

Luis jugaba a los pitos, colocaba cepos para cazar pajaricos o iba a las eras a jugar al fútbol. A la escuela trataba de no faltar nunca, únicamente cuando tenía que ayudar a su padre en el molino, especialmente cuando había dos moliendas y había que separarlas.

No eran años buenos, afirma Luis -Los años malos la gente marchaba a trabajar a Cataluña o a arreglar carreteras, cuando había faena-. Algunos tenían mulas y llevaban en invierno paja a Gandesa (Tarragona). Otros trabajaban para las casas ricas que tenían mucho ganado, tenían unos 6 a 7 pastores, como casa Gros o casa Rozas. En casa tenían cerdos, un gallinero, pasaron años muy justos. Entre 1940 y 1950 mucha gente emigró a trabajar fuera.

Llegaron años peores, a partir de 1946 se empezó a no coger nada del campo, fue una sequía muy dura, recuerda Luis. En 1950, viendo que así no podían vivir, marcharon a Castillonroy (Comarca de la Litera). Allí trabajaron llevando una finca, permaneciendo por unos 10 años. El dueño era un militar retirado que siempre les trató muy bien, incluso cuando hicieron el servicio militar obligatorio, les ayudó. Luis realizó la mili entre 1960 y 1962, durante año y medio, siendo destinado a África, a Sidi Ifni. Ya no había guerra y estuvo en posiciones sin escuchar ni un solo tiro.

Con la marcha de sus hijos al servicio militar, su padre no pudo hacerse él sólo con las tierras que llevaban en Castillonroy. Así que Casimiro volvió a Bujaraloz, retomando las tierras propias y las de un tío de su madre. También se incorporó Luis cuando finalizó el servicio militar, llevando las tierras con su padre.

Al poco, con su hermano montaron una tocinería en Bujaraloz “Tocinería Aguilar”.  La llevaron entre los dos hasta que Luis se casó, quedándose su hermano con la tocinería.  Luis estuvo un año trabajando en el Mesón -La nacional II era la vida del pueblo-. El Betes, uno de los panaderos del pueblo, solía pasar por el Mesón. En una ocasión, Luis le dijo al Betes -¡Qué bien viven los panaderos!- y este, sin dudarlo, le respondió -porque no quieres, que allí tienes la panadería-. Así, Luis cogió la panadería en arriendo y durante quince días el Betes le estuvo enseñando a hacer pan.  

Luis se casó con Madalena Mateu Pascual de Castillonroy. Ambos trabajaron duramente para sacar adelante la panadería y a sus cuatro hijos, tres chicos y una chica. Servían al Ciervo, al Español, al Parador Mesón Aragonés, la Perla… y a otros muchos de los negocios hosteleros vinculados a la nacional II. En 1986, recuerda Luis, con su mujer hicieron mucho trabajo, pero la renta fue subiendo cada año hasta que Luis y su mujer se vieron obligados a construir su propio horno. –Algunos le dijeron si estaba loco-, recuerda Luis, pero desde 1969 vienen manteniendo abiertas las puertas “Panadería artesanal Aguilar, en horno de leña. Desde 1969”.

Es un oficio que no se aprende nunca– comenta Luis –Solo con que cambie el tiempo todo cambia mucho. Lo importante es la masa madre, la fermentación-. En tiempos las mujeres amasaban en casa y luego iban a cocer sus propios panes al horno, apunta Luis.

Su padre le ayudaba mucho a limpiar las máquinas y en semana santa le tenía que ayudar la guardia civil a cruzar la nacional II, parando el tráfico, para llevar el pan a los bares restaurantes al otro lado de la carretera. Luis también contó con algún aprendiz y trabajador, como Pedro y José Luis Villanua, de Castejón de Monegros, a quienes les une una gran amistad.

La vida de antes era muy dura, la gente se puso granjas de pollos y luego de cerdos. Todo cambio mucho al comenzar a trabajar con tractores y la llegada del regadío. Luis aún recuerda cuando los militares tenían que traer agua en camiones cisterna a Bujaraloz (1972-1973). Entre otras muchas cosas que Luis va contando es que en Bujaraloz existió una harinera.

Actualmente, la panadería continúa gracias a uno de sus hijos. Además del pan hacen unas de las famosas magdalenas de Bujaraloz, pero también bizcochos, bollos, empanadones de membrillo, rollos de pan… Sin duda, los recuerdos de Luis, nos llevan por la historia reciente de Bujaraloz pero también nos acercan a ese gran oficio de panadero, todo un placer.

Gracias a David, hijo de Luis.