Archivo por meses: junio 2015

Terminolochía aragonesa d´a cheolochía en Os Monegros


Terminolochía aragonesa d´a cheolochía en Os Monegros:

problemas y replega de lexico. Anchel Belmonte Ribas.

  • Aire: viento.
  • Airera: viento fuerte.
  • Almendrón: conglomerado.
  • Andalocio: lluvia de corta duración e intensidad, por tanto, de restringido efecto morfogenético.
  • Apedregar: granizar.
  • Bal: valle en sentido general; valle de fondo plano. Hay que decir que este término es de empleo general en la literatura geológica –con el significado de valle de fondo plano- en la cual sigue siendo femenina, pero se escribe con v y hace el plural «vales» y no «vals».
  • Bardo: barro.
  • Boira: nube, niebla.
  • Boira preta: niebla.
  • Bolada: ráfaga de viento.
  • Borrasqueta: lluvia de poca importancia, sirimiri.
  • Borrasquiar: llover poco.
  • Buralenco: arcilloso.
  • Buro: arcilla.
  • Campanil, piedra de: tipo de roca caliza compacta que aflora en la sierra de Alcubierre y que toma ese nombre por el característico sonido que emite al ser golpeada con el martillo. Apreciada en construcción. Carece de valor como término petrográfico general.
  • Chelar: helar.
  • Clarezca, piedra de: término similar a de piedra campanil, esta vez aprovechando como característica descriptiva el color de esta caliza lacustre propia de la sierra de Alcubierre.
  • Corona: forma de relieve tabular de pequeño tamaño que aparece sobre todo en el piedemonte de las sierras y asimilable, por tanto, a un glacis.
  • Crostra, crosta: palabra apicable a los niveles de encostramiento petrocálcicos  que se dan sobre suelos y terrazas fluviales antiguas de la zona de estudio.
  • Esplanizar: aplanar.
  • Galacho: valle de incisión lineal. Nunca se emplea en el alto Aragón con el significado de “meandro abandonado”. Este término se ha documentado con el significado propuesto en diferentes lugares de Monegros y Somontano.
  • Mallacan: grava cementada. A menudo se trata de antiguos niveles de terrazas fluviales o de zonas distales de glacis con origen en las sierras exteriores.
  • Mallo: forma de relieve modelada en conglomerados por erosión de los mismos a favor de una intensa red de fracturas que delimita agujas y torreones.
  • Mina: afloramiento de roca.
  • Orache: tiempo meteorológico. En ocasiones tiene connotación de mal tiempo.
  • Pan de pajarico: variedad de yeso, fibroso y veteado, que aflora en la zona de la sierra de Alcubierre.
  • Piedra: piedra, granizo.
  • Plana: llanura de grandes dimensiones que puede coronar un relieve aislado.
  • Pui: pico, montañeta.
  • Ralla: estrato rocoso que destaca sobre su entorno.
  • Rellar: resalte, escarpe de pequeño tamaño que corona los relieves tabulares de la sierra de Alcubierre.
  • Rinconada: morfología en anfiteatro (Sancho y Belmonte, 2000). En el pirineo se ha documentado como circo glaciar y cabecera de valle. Existe un evidente paralelismo morfológico, que no morfogenético ni de escala, entre ambas definiciones y consideramos ambas como correctas y con suficiente exactitud como para ser usadas en sentido científico, dado que el propio contexto de uso disipa cualquier posible confusión.
  • Ripa: zona escarpada.
  • Salagón: marga. Con valor petrográfico ya que es de uso general en todo el Alto Aragón para definir este tipo de roca.
  • Sarda: zona llana que culmina un relieve tabular.
  • Saso: zona llana de “tierra delgada, floja”, con gravilla. Se cultiva y aumenta su producción en años de pocas lluvias y en caso de cosechas cortas. A menudo los términos sarda y saso tienden a confundirse.
  • Terrero: badlans, zona de cárcavas. Término de significado concreto y documentado también en Sarrablo y Ribagorza.
  • Torrollón: forma de relieve turricular modelado en areniscas y alternancias de areniscas y arcillas (Sancho y Belmonte, 2000).
  • Tozal: monte.
  • Tronada: tormenta. Abundantes en verano en la zona de estudio y con importantes efectos erosivos.
  • Zaborro: piedra.
  • Zierzo, zierziera: viento del noroeste, frío e intenso.
  • Zinglo: escarpe de gran tamaño (mayor que un rellar) y con notable continuidad morfológica y estratigráfica. También término general en todo el Alto Aragón.

Zancarriana w

Enano Follón Saluda a la villa de Sariñena


En los pregones de fiestas de la localidad de Sariñena encontramos, sobre los años noventa, escritos de peñas juveniles que dan la bienvenida a las fiestas del año con presencia de abundante aragonesismos.

En pasando unas regüeltas

sin haber valcáu de l´auto

nos alcontramos de pleno

con las fiestas en el plato;

pocas pizcas, eso sí,

como pasa cada año

tienen pa los jóvenes

entre los actos profanos

aunque siempre s´haiga dicho

que semos lo prencipal,

alma, espíritu y corazón

de las fiestas del lugar.

Menos mal que ceclistas y majorettes

D´eso no´n faltará.

Ya es de pensar que no s´hagan

mas actos pa los jóvenes,

pero como muchos no votan

por no pasar los diecisiete

pa qué vas a molestá-te

en gronjiar a los mocetes.

Ya es triste que nos pasemos

to´las tardadas de l´año

aclofadetes en bares

sin otro asunto d´apaño

espantandote las moscas

u matandote mosquitos,

que l´has d´hacer a sillazos

porque están como tocinos,

alimentáus con sangría

bien hermosos y lucidos.

Pos ya es bien grande la pena

de semejante quehacer cutiano,

pa que encima te llegen las fiestas

como si fua un mal de libiano,

que u te pifas en bares y peñas

u te quedas en casa sornando

igual como críos de teta

u labrador con jada sin mango

Por suerte se nos reparten

dineros a espuertas y a mares,

que no quieren en el concejo

que las peñas s´estricallen;

con todas las perras esas

compraremos cien bombillas

-según las cuentas bien hechas-

pa que luego no nos digan

que s´ajuntan las parejas

sin conocé-sen de vista.

A escote no hay nada caro,

pero con la crisis de marras

ya no´n queda de barato.

Asina que pa estas fiestas

ni perniles

ni vinos tintos ni claros;

ni tortillas de patata,

ni melones, ni sandías,

ni perdices, conejos ni patos.

Tampoco la tradición

que revivir querebamos

del malacatón con vino

que antaño abundaba tanto.

Pa estiaño solamente

vecinos os saludamos;

a bailar, beber cubatas

y a cantar os convidamos

en la Peña Enano Follón

que ya teneis que saber

que es la peña mejor

de las que s´en han hecho

y de las que s´en van a hacer.

Felices fiestas, vecinos,

sin riñetas, sin invidias

y sin farutadas de fatos,

que dimpués hay mal recuerdo

en mente de los foranos.

Todos juntos y hermanáus

como luchan los cristianos

contra el moro sarraceno

en el entabláu danzando,

que si ahura volvieran los moros

igual rematabamos jopando.

Peña Enano Follón

– Enlace relacionau:

BO2 Saluda a la villa de Sariñena.

Zancarriana w

BO2 Saluda a la villa de Sariñena


En los pregones de fiestas de la localidad de Sariñena encontramos, sobre los años noventa, escritos de peñas juveniles que dan la bienvenida a las fiestas del año con presencia de abundante aragonesismos.

Los d´a peña los BO2 nos queremos

presentar

aunque no ensabemos cómo

pero por lo menos figurar

con alegría y cachondeo,

pa si la hoja llenar.

No le vamos a ofrecer, como todos

los demás.

nuestra peña pa beber,

pos entoavía non sabemos

ande nos vamos a meter,

pero como los de BO2 semos todos

mu formales,

aunque no entuvieramos local,

el pozal sus llevaríamos

p´allí toos amorrar.

De jalar no les hablamos

pos vale un dineral

y ya me dirán ustés

los bolsillos como están.

A los vecinos de Sariñena

les queremos suplicar

que cuando pasemos con el desfile

agua nos han de echar,

pues con el calor que pasamos

nos podemos asfixiar

y algún pozalico d´agua

a nadie le sabe mal.

Y ya pa despedir,

a ustés encueremos decir

que se lo pasen mu bien

(y nosotros entoavía mejor)

y hasta l´año q´envenga.

Felices fiestas pa toos.

-Enlace relacionau:

Enano Follón Saluda a la Villa de Sariñena.

Zancarriana w

   NOCHE DE TERROR


      El miedo es una sensación poderosa y atrayente que subyuga a los seres humanos  desde la noche  de los tiempos, provocando un extraño efecto morboso en la mente de mayores y pequeños. Usado en cantidades prudenciales puede hacer pasar estupendas veladas, pero nuestros protagonistas  bebieron una dosis excesiva y nunca pudieron olvidar aquella noche delirante y angustiosa.

    En noviembre las noches son muy largas y las faenas del campo escasas, por lo que el tiempo de ocio se prolonga en demasía. Después de cenar la gente se sienta en las cadieras al amor del hogar y se cuentan  historias mientras se queman los últimos troncos de leña. A falta de luz eléctrica, la que desprende el fuego le añade un toque enigmático a la noche.

    Los temas preferidos de las tertulias de la época eran las fábulas de animales, los caballeros abnegados, los asuntos religiosos, el amor cortes, los pícaros y, por supuesto, las historias de demonios y brujas. Generalmente el argumento solía ser sencillo y de carácter didáctico. Sus objetivos principales eran el de dar normas de comportamiento, ilustrar virtudes y censurar vicios.

    El suceso que hoy voy a relatar ocurrió a finales de la era llamada medievo. Por aquel entonces Sariñena tenía un censo de 158 fuegos que correspondían a unos 800 vecinos.

   Era un tiempo en que la dureza de la vida, las malas condiciones higiénicas y la ignorancia de las gentes eran problemas endémicos, además el oscurantismo se cernía interesadamente sobre las clases bajas.

  …Sucedió  una noche del mes de noviembre, mes en el que los difuntos campaban a sus anchas en aquellas mentes torturadas por señores feudales, bandidos, clérigos, pestes, hambres y otras vicisitudes terrenales. Y, por si esto fuera poco, también teníamos al Maligno viajando por el mundo con licencia eclesiástica.

   Estaba la familia de Eufrasio en su humilde casa, dando buena cuenta de un potaje de garbanzos lo suficientemente caldoso como para poder untar el pan negro de centeno  que había horneado Engracia la semana pasada. A los niños no les gustaba ese pan negro y prefirieron no comerlo. Mientras, en el hogar, se estaban friendo algunas  morcillas hechas con sangre de cerdo, piñones y azúcar. Y para dar un poco de alegría al duro día habían sacado del tonel una jarra de vino tinto de garnacha.

   En la cuadra, los animales andaban un poco agitados, pero ese nerviosismo se repetía siempre que soplaba el cierzo, por eso a nadie le llamó la atención el ajetreo. El fuerte viento movía desordenadamente las ramas de los árboles del huerto y estas golpeaban una y otra vez las contraventanas de la casa, produciendo cierta inquietud entre los moradores más jóvenes.

   Terminada la cena, los hijos de Eufrasio y Engracia le pidieron a su tío Antolín que les contara alguna historia de tierras lejanas. Antolín, hermano de Engracia, había vivido mil batallas en mil lugares, sabía leer y por eso se le podía considerar como un ilustrado de aquella época.

   Al retirarse de la milicia se fue a vivir con la familia que le quedaba y además de ayudar en las tareas del campo, después de cenar solía leer alguna historia sorprendente en los libros que había traído Aquella noche, víspera de Todos los Santos, eligió una de demonios y brujas que no defraudó a nadie y que dejó a todos bastante desasosegados.

  Sería medianoche cuando tocó a completas la campana del vecino convento del Carmen. El sonido, apoyado por el viento, se extendió nítido por las sombrías  y viejas calles del pueblo amparadas por los muros de un antiguo castillo.

    Aprovechando la circunstancia, Eufrasio se levantó y…, en un gesto inútil, se fue hacia el ventanuco y miró por él, y no vio nada. Y no vio nada porque la oscuridad fantasmal de la calle era absoluta, pero a pesar de ello le pareció percibir en la negrura una sombra rematada por dos ascuas rojas que se desplazaba errante de puerta en puerta.

Preocupado, intentó recordar si había atrancado bien la puerta, como la respuesta fuese afirmativa, no dijo nada, atizó el fuego  y dio por finalizada la velada. Los niños protestaron un poco, pero nadie les hizo caso. Cogieron un par de candiles y, alumbrándose con la mortecina luz que daban las mechas embadurnadas de aceite, subieron a dormir por la estrecha  escalera de madera.

  Antolín dormía en una  pequeña habitación en un camastro de paja y los demás lo hacían en una alcoba contigua. Las habitaciones carecían de muebles inútiles: una banqueta y un arcón para la ropa acompañaban al jergón. Colgado de una pared, al lado de una tosca cruz de madera, se veía un espejo desgastado reflejando  la pobreza de la familia.

    En las paredes se movían acechantes las fantasmagóricas siluetas creadas por las luces de los candiles y esto terminó de atemorizar a los niños que, muertos de miedo, acabaron por acostarse debajo de las mantas sin cambiarse de ropa.

   La choliba que vivía en la torre de la iglesia rompía de vez en cuando la oscuridad con su ulular mortuorio.

    Aún no habían cogido los mayores el primer sueño, cuando se sobresaltaron al oír un gran estrépito en la cocina. Levantáronse asustados, salieron al rellano y cambiaron impresiones en voz baja sopesando la situación.

-¿Has oído, Eufrasio?-

-Ya lo creo, ¿qué opinas Antolín?

-No sé, serán los gatos que han tirado algún cacharro.

-¡Pero…, si no tenemos gatos!.- exclamó Engracia con cara de preocupación.

 Bajaron despacio, como si de una comitiva patibularia se tratase. Seguramente les hubiera gustado parar el tiempo y no tener que enfrentarse a ese enigma.

   Ni que decir tiene que los corazones de aquellos penitentes sonaban como tambores desbocados y parecían estar al borde del colapso. La vieja escalera pareció crujir más fuerte que nunca a pesar de sus tenues pisadas, pero eso no impidió que cesaran los ruidos. Cerca ya de la puerta se dieron cuenta  que lo que salía de la cocina no era un bullicio inconexo, sino cantos y rezos satánicos muy claros. Se quedaron petrificados.

    Eufrasio y Antolín, dominando a duras penas el terror que casi les paralizaba, se asomaron con mucha cautela al interior de la estancia y vieron con pavor como sartenes, pucheros y demás utensilios de cocina volaban  sin que nadie los tocase. Las puertas de la alacena se abrían y cerraban enloquecidas. En un rincón se veían varias figuras femeninas en actitud de reverencia. Eran brujas  adorando a una enorme figura demoníaca. Sin duda era el mismo Lucifer tomando la forma de un horripilante macho cabrío

   Los troncos del hogar ardían proyectando una luz infernal por  la cocina. Las purnas saltaban alocadas  celebrando el ritual satánico. El olor a azufre lo invadía todo.

   Aquella sombra roja lanzó una mirada a los aterrados visitantes y soltando un bufido inhumano se levantó majestuoso y rió burlonamente. Su risa fue una carcajada de ultratumba que heló el alma humana y animal de la casa.

    Diéronse la vuelta y subieron las escaleras como alma que lleva el diablo (nunca mejor dicho) y no pararon hasta que llegaron a la habitación principal y, atrancando la puerta con el arcón, se pusieron a rezar  con todo el miedo y la fe del mundo, esperando lo peor. Abajo seguía oyéndose el fragor de la ceremonia por lo que no se atrevieron  a moverse de aquel rincón en el que se habían acurrucado. Y, en esa posición, se les fue pasando el tiempo tan despacio, tan lentamente les pasaba, que parecía no pasar  y no sentían otra necesidad que la de rezar. Mientras tanto los niños, ajenos al horror que estaba viviendo su familia, seguían durmiendo.

   Y en esa situación les llegó el alba y empezaron a entrar los primeros rayos de sol por las rendijas de la ventana y con ellos apareció un rayo de esperanza en esa noche de desesperanza.

-¿Qué hacemos? – preguntó Eufrasio.

-Algo habrá que hacer. – contestó el hermano.

-Lo que no podemos es quedarnos quietos.- remarcó Engracia

   Sin despertar a los niños decidieron que era necesario tomar una determinación y bajaron los dos hombres armados con sendas horcas al lugar del aquelarre. Llegaron a la cocina y no oyendo nada se asomaron a la estancia y quedaron estupefactos. Todo estaba en orden, todo estaba como si nada hubiese pasado. Ni desorden, ni olores raros, ni señales esotéricas; vamos, nada de nada.

-No lo habremos soñado.

-Pues para ser un sueño, parecía muy real.

-Además no podemos haber imaginado todos lo mismo, imposible, aquí ha ocurrido algo y bien pudiera ser asunto de brujería.- terminó la discusión Engracia.

   Salieron a la calle e indagaron en las casas vecinas. Nadie había oído nada la noche anterior por lo que casi estaban por dar zanjado el asunto cuando acertó a pasar por allí una mujer con fama de bruja y a la que algunos vecinos le solían encargar asuntos no muy claros como  pócimas, hablar con los muertos o curar ciertas dolencias y otros trabajos poco cristianos.

   Los miró, y al verlos tan preocupados y demacrados preguntó:

-¿Acaso habéis tenido pesadillas esta noche?

La pregunta era inocente, pero la acompañó con una ambigua sonrisa y…

Aquellos desdichados creyeron que era una señal inequívoca de la autoría brujeril y sin ni siquiera contestarle se fueron inmediatamente al Ayuntamiento y denunciaron ante el Zalmedina (1) de la villa a la pobre mujer. Éste se alegró de que el asunto no fuera de su jurisprudencia, se lavó las manos y se lo pasó al Tribunal de la Inquisición de Zaragoza sito en el palacio de la Aljafería.

   Durante el juicio, los vecinos adujeron que la “bruja” tenía, habitualmente, comportamientos extraños y declararon que echaba mal de ojo, ponía en la puerta las tenazas del hogar haciendo una cruz, arrojaba sal en el branquil de su puerta en tiempo de tormentas e incluso un testigo llegó a decir que le había oído comentar que, cuando se murió su marido, el carro que llevaba el féretro fue sin conductor hasta el cementerio.

   Generalmente los veredictos de brujería acababan con los denunciados en la hoguera o en la horca, pero, en este caso,  el Santo Oficio decidió que las pruebas presentadas no eran lo suficientemente concluyentes y además, no afectaban a ningún dogma cristiano. Por lo tanto consideró que eran meras alucinaciones de los denunciantes, posiblemente provocadas por alguna pócima o conjuro de la denunciada por lo que la sentencia  la condenaba sólo a seis meses de cárcel a cumplir en las mazmorras del citado palacio de la Aljafería.

  Durante el juicio  la vecina acusada intentó explicar al tribunal, sin ningún éxito, que toda aquella enigmática locura podía ser debida a la ingestión de pan de centeno infectado con un hongo llamado cornezuelo, el cual provocaba alucinaciones. Pero no le hicieron ningún caso y el fallo se cumplió inexorablemente.

   Pasados los seis meses volvió a Sariñena y coincidió que aquel año hubo grandes sequías y múltiples pedregadas que asolaron los campos de todos los habitantes de aquella villa milenaria.

M.A.C.P.

Zancarriana w

LOS MEMBRILLOS DE LA TORRE MIRALLAS


    Corría el año 1958 cuando sucedió esta pequeña historia que en cierta forma tiene algunas concomitancias con la del abuguero relatado en la revista anterior, pero esta vez con membrillos. Esos frutos del otoño ásperos y hermosos en su sazón, pero bastante denostados como alimento.

    Era una mañana de un  día cualquiera de clase y en el vetusto caserón de las Escuelas Nacionales se vivía una jornada tranquila.

     Había sonado el timbre que marcaba la hora del descanso matinal para que alumnos y alumnas salieran cada uno a su correspondiente patio. En aquellos tiempos los recreos eran independientes para que no hubiese “problemas” de confraternización.

   Pues sucedió que en ese día varias niñas, seis para ser exactos, tuvieron la peregrina idea de hacerle una visita al magnífico membrillero sito en la torre de Mirallas, árbol que tentadoramente asomaba sus amarillos frutos a pocos metros de las escuelas.

   Total estaba muy cerca y no tardarían nada, seguramente pasaría inadvertida su falta en ese intervalo de tiempo. El meollo del plan era coger alguno de esos frutos y comérselo de vuelta en el recreo.

   No era raro en aquella época que el alumnado  llevara en su cartera algún que otro membrillo para compartirlo a mordisco limpio con las amistades a la hora del asueto.

   Llegado a este momento, me veo obligado a hacer un inciso para recordar a las humildes garroferas que alguien plantó en los citados recreos y también en el Camino de las Torres. Sus vainas alargadas de color marrón oscuro igual servían de alimento para el ganado, que de dulzona chuchería para la infancia de aquellos tiempo difíciles.

   Volviendo al tema… Estando las muchachas en el punto álgido del “arriesgado” plan apareció Dolores, la dueña de la torre, y viendo lo que estaba sucediendo comenzó a dar grandes voces contra las atrevidas aventureras que, atemorizadas, pusieron pies en polvorosa en dirección a su lugar de origen. Pero hete aquí que la tal señora debía ser muy tenaz pues no dándose por satisfecha con la desbandada de las niñas fue tras ellas con escaso ánimo pacificador. Ya en las nacionales y ante aquellas voces poco convencionales salieron de sus clases para ver lo que ocurría las maestras doña Pilar Dueso, doña Emilia Arán, doña Mª Pilar Pinilla y una maestra de Lérida que también se llamaba Pilar, a enterarse de a qué venía tamaño bullicio.

   Cuando por fin se instauró la calma, las docentes inquirieron a la enfadada señora el por qué de tanta escandalera. Hubo las consiguientes acusaciones y en un momento se organizó un juicio a tres bandas. Pueden imaginarse ustedes la escena: por un lado la enfadada mujer haciendo de fiscal, por otro las cuatro maestras ejerciendo de juezas  y en el lado de los culpables las “desgraciadas” alumnas esperando sentencia.

   Oídos los alegatos de la parte afectada se dictaminó la culpabilidad de las muchachas y se oyeron seis pedagógicas bofetadas, se hizo el silencio y se terminó la diatriba. Y dicen las leyendas populares que a tres de ellas las enviaron al acabar el curso a Huesca para “reciclarse” en unos Ejercicios Espirituales de una semana de duración.

   El resto de la clase también recibió la correspondiente reprimenda para que a ninguna se le ocurriera imitar a aquella media docena de “rebeldes” muchachas.

  Eran tiempos donde las niñas estaban en la escuela hasta cuarto grado y los niños hasta sexto. Las diferencias también se extendían a las asignaturas, puesto que ellos tenían clases diríamos… normales, tanto por la mañana como por la tarde hasta las cinco y ellas dedicaban las tardes, hasta las seis, a sus labores: aprendían corte y confección de ropita de bebe, tipos de punto, ojales, tu y yos, peinadores, etc

    Fueron tiempos de leche en polvo de sabor indescriptible, de mantequilla y queso amarillo en lata de aquellos  americanos que ya habían hecho las paces con el gobierno de Franco.

                                                                      .

RECUERDO INFANTIL

        Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.

   Es la clase. En un cartel

se representa a Caín

fugitivo, y muerto Abel,

junto a una mancha carmín.

  Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.

  Y todo un coro infantil

va cantando la lección:

«mil veces ciento, cien mil;

mil veces mil, un millón».

  Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de la lluvia en los cristales.

Machado

    M.A.C.P

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Zancarriana w

 MELCHOR EL PINOSO


   La historia que narro hoy le ocurrió a un famoso pastor local llamado Melchor Buisán  apodado “el Pinoso” y la desencadenó uno de esos episodios periódicos invernales en los que, de vez en cuando, se ve envuelta  nuestra península. Me refiero a las  famosas olas de frío que bajan del Polo Norte. La de ese año 1946 debió ser espectacular porque incluso nevó en Sevilla..

 Según cuentan, Melchor era uno de los mejores pastores de Monegros y trabajó para dos casas fuertes de Sariñena (Torres y Castanera). Vivía en el treinta y tantos de la avenida de Goya, era soltero y tenía dos hermanas: una en Sariñena que se llamaba Asunción y otra en Barcelona de nombre Trini.

   Los pastores de antes solían pasarse varias semanas en el campo con sus rebaños. En el pastoreo diario, las ovejas comían todo tipo de rastrojos como sisallos, aliagas, esparto, ricio, romero; también alfalfa, paja y maíz. Las ovejas dormían en las parideras donde también se les daba algún tipo de pienso y los pastores recalaban en unas pequeñas casas adosadas. De la comida para los pastores y del pienso de refuerzo para los animales se encargaban los criados de las casas fuertes para las que trabajaban. Estos alimentos eran transportados  con caballerías desde Sariñena.

  Llevaban el pienso y la sal para las  ovejas y el “recau” para los pastores. El recau consistía generalmente en pan, vino, arroz, judías, ajos, cebollas, sebo y alguna cosa más para que no les faltase de nada. La carne la conseguían de la caza.

  Una receta que  gustaba mucho a los pastores monegrinos de aquel entonces era la de las judías enterradas o “judías en ayuno”. Para elaborar este plato “era menester”, la noche anterior, coger un puchero y meter en él judías, patatas, ajos, sal, laurel y agua. Luego se tapaba el puchero y se enterraba en el hogar con las brasas, la ceniza y la paja y de esta guisa cocía toda la noche a fuego lento. Por razones obvias, a media noche había que añadir algo de agua. Por la mañana se le echaba pan y aceite y resultaba  un almuerzo consistente.

   Los días de los pastores solían ser  muy aburridos, lógicamente no disponían del indispensable  transistor actual  ya que su invento no ocurrió hasta el año 1953 y no se puso a la venta hasta el 1954 en EEUU,  por lo que cualquier distracción podía darse como buena. Como cuando nuestro pastor hizo buenas migas con dos cuervos que le visitaban asiduamente y a los que diariamente alimentaba. Pero un día decidió experimentar con ellos y les dio pan con vino. Contaba que aquellos animales caminaban erráticos y graznaban sin parar, vamos,  …cosas del morapio.

   El día 16 de enero de 1946 (víspera de San Antón)  empezó a nevar en toda España.  Aquí en Monegros lo estuvo haciendo durante tres días, por lo que, seguramente, debió alcanzar los cuarenta centímetros de altura. Seguidamente heló ininterrumpidamente hasta Santa Águeda y cuentan los cronistas que aquellas  heladas mataron incluso a gallinas y  oliveras. Hay registradas temperaturas en la provincia de Teruel de 22º bajo cero, en el aeropuerto de Monflorite 11º negativos y en Fraga menos 19º.

  Esa combinación de inclemencias climáticas pilló a nuestro pastor en el monte Moncalvo, en la zona de la Virgen Vieja. Allí estaba situada la paridera denominada Rajamontes perteneciente a la familia Castanera.  En esa situación tan crítica las caballerías no pudieron acercarse a llevar el pienso semanal y cuando las ovejas terminaron con el que quedaba, continuaron con la paja y cuando esta se terminó  comenzaron a ponerse  muy nerviosas y al no encontrar nada, se dieron a comer la lana de las compañeras.

   Mal lo tenía Melchor para solucionar el problemón que se le venía encima. Estaba muy preocupado porque era un excelente profesional que cuidaba y quería a las ovejas. Pasaron varios días y la cosa se ponía cada vez más difícil. Ya no podía más cuando avistó a lo lejos, entre el helado manto blanco de la estepa monegrina,  a varias caballerías en reata que por fin traían el sustento. Cuando descargaron, les fueron dando poco  a poco el alimento para que no les sentara mal y después de calmar a los pobres animales se pusieron en camino de vuelta a casa: personas, caballerías, perros y ovejas. En primer lugar y abriendo paso entre la nieve colocaron a las caballerías en fila india y detrás, en la misma situación, o sea, en hilera  las más de seiscientas ovejas. Y en esa helada situación regresaron todos. Después de cerca de cuatro horas de camino y cuando ya anochecía llegaron a Sariñena, y dicen los que lo vieron que, cuando la primera oveja entraba en la palanca sita en lo que después fue el garaje Casabón,  la última aún estaba a la altura de la fuente del Cántaro.

   Lo debió de pasar tan mal el pobre Melchor,  que años después aún lo seguía recordando emocionado.

   Esta historia se la contó Melchor a Simoné y ella me la transmitió a mí.

M.A.C.P.

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Zancarriana w

LAS MANZANETAS DE SAN JUAN Y SAN PEDRO


      Esta pequeña y pedagógica historia sucedió en la década de los cincuenta y, como casi todas las que son protagonizadas por el  pueblo, no aparecen en los libros y suelen desaparecer en unas pocas generaciones. La que nos ocupa hoy me la relataron por casualidad en una de esas tertulias que suceden a diario y en las que se habla más de lo humano que de lo divino.

   Los actores principales de ella fueron  una cuadrilla de críos de los de entonces, críos un poco asilvestrados y con algo de malauva.

   Pues bien, ocurrió que a principios del mes de junio de un año cualquiera de la citada época, una tarde después de salir de la escuela se juntó la chavalería  y decidieron visitar las huertas situadas por las Barceladas y el Canillo. Aquella banda lo tenía todo controlado, conocía las huertas y sus frutos pues las habían visitado alguna que otra vez.

 Como siendo que no había llegado el verano todavía, los frutales aún no estaban en sazón, sin embargo, le tenían echado el ojo a unas manzanetas llamadas de San Juan porque maduran  entre este santo y  el siguiente, que es San Pedro. Y además seguro que sabían que esta fruta alcanza su mejor momento unos días antes de esas fechas y que después se vuelve harinosa.

   Estaban en plena faena y parece ser que no debieron tomar medidas de seguridad, cuando…, de pronto y sin avisar, apareció detrás de unas matas el dueño de los frutales que, harto de los raterillos, los estaba esperando muy enfadado. Comenzó a “carrañar” a los intrusos y todos se callaron cariacontecidos menos uno que se las dio de gallito y se encaró con el dueño. Y ocurrió que por levantar demasiado la cresta recibió dos sonoras tortas que lo dejaron sorprendido. La sorpresa le dejó sin habla unos instantes y cuando recobró el ánimo solo acertó a decir:

-Se lo voy a contar a mi padre que es el sargento de la Guardia Civil.

-Pues le dices a tu padre que te las ha dado el Conde.

  Según parece el asunto se zanjó sin problemas para el hortelano y en cuanto al chaval, lo más seguro es que se callara el rifirrafe ocurrido porque en aquellos tiempos los padres tenían un concepto más estricto de lo que debía ser la educación de los hijos y seguramente le hubiera caído algún castigo más.

  Eran tiempos en que el cuartel de la Guardia Civil estaba a rebosar de guardias de todas las graduaciones. Desde el último número hasta el  capitán residían junto con sus familias en el acuartelamiento.

  Eran tiempos en que los críos del pueblo jugaban al fútbol  en alguna de las eras (Chin, Mora, Bolera…) que rodeaban el pueblo con unos balones de reglamento forrados de badana cuyo peso desafiaba los escasos músculos de los chiquillos. Los equipos se formaban mediante antiguas y estrictas normas. La más usada era la del pie: los dos líderes se ponían uno frente al otro y se iban acercando paulatinamente poniendo un pie delante del otro hasta que se encontraban, perdía el último que se quedaba sin poder colocarlo. El ganador elegía primero a la estrella del balompié, el perdedor escogía a la segunda estrella, seguidamente iban llamando a los que servían de relleno hasta que no quedaba nadie. Los últimos en ser seleccionados asumían su papel de segundones sin resentimiento aparente. Al dueño del balón se le concedía un trato de favor por razones obvias.

  También se organizaban bandas que andaban enzarzadas en “guerretas” a pedradas en las “canteretas” situadas detrás de lo que hoy es la  Residencia.

  Tiempos de frustraciones, gusaneras en la cabeza y roña en las rodillas.

M.A.C.P.

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Zancarriana w

EL TOCINO EN EL RÍO


    El asunto que nos ocupa en esta ocasión ocurrió pocos años después de terminada la Guerra Civil y en él se vio involucrado de nuevo una “recatalla” de críos cuya única diversión veraniega era la de irse a bañar a alguna de las distintas badinas que jalonan nuestro olvidado río Alcanadre.

   Fue en un día cualquiera de un caluroso verano de principios de los años cuarenta cuando  un vecino de la localidad tuvo la irracional idea de desembarazarse de un tocino que se le había muerto arrojándolo al río en la badina que está situada debajo de la ripa del Cuervo.

   Como todas las tardes aquella pandilla, entre los que se encontraban Vicente Romerales, Basilio Grañón, José Tierz y otros, se fue a bañar al citado lugar, aunque en esa ocasión no se dieron cuenta de que en las proximidades de su lugar de recreo había un indeseado bañista en un avanzado estado de descomposición. Parece ser que el cadáver del cerdo quedó  atascado entre los juncos y demás vegetación de la ribera del río, en contra del plan del insensato dueño que no era otro que hacerlo desaparecer embarcado en un macabro viaje en dirección a Sena.

   Los muchachos nadaron, rieron, se lo pasaron bien y posiblemente bebieron de aquella agua emponzoñada por salmonela y no pasó nada; pero al cabo de unos días empezaron a enfermar uno a uno y todos ellos con los mismos síntomas. Avisado el médico D. Pedro Cascales dictaminó el asunto como epidemia de fiebres tifoideas (lo que en lenguaje popular de aquella época se conocía como las fiebres: lo mismo fueran malta, reumática, aftosa, o la que nos ocupa). El cansancio extremo, la falta de fuerzas, las diarreas y la fiebre, que rondaba  los 40º, hicieron que los enfermos permanecieran postrados en cama durante dos o tres semanas.

   Hubo grandes preocupaciones familiares por el riesgo de  posibles  fatales consecuencias y lloros por parte de las madres. El doctor Cascales viendo el grave riesgo que corrían aquellos muchachos no los dejó de la mano ni un solo momento, incluso los iba a visitar noche y día. Les recetó un tratamiento adecuado de antibióticos y mucha cama y la cosa no pasó a mayores.

   El médico denunció el caso a la Guardia Civil, a pesar de la opinión contraria de alguno de los perjudicados, pero no se pudo averiguar nada porque nadie dio pista alguna sobre el culpable de tal acto criminal y pasado un tiempo se dio carpetazo al asunto.

   El aburrimiento que debieron sentir aquellos chavales en el lecho del dolor, sin tebeos, radio, televisión, ni amigos que los visitasen por miedo al contagio debió ser eterno en unas mentes juveniles inclinadas a “parar” poco en casa. Aunque “como no hay mal que por bien no venga” se libraron durante una buena temporada de asistir a aquellas clases de las Nacionales, digamos también… un poco eternas.

   Aunque parezca mentira, la historia volvió a repetirse  a mediados de los sesenta cuando varios mozalbetes, acuciados por la sed, decidieron beber agua del brazal denominado de las Monjas que baja desde  el campo de fútbol hacia el convento del Carmen y volvió a suceder lo mismo. En este último acto delictivo alguien había arrojado varios pollos muertos en el citado brazal

    Seguramente que, en ambos casos, se obró solamente por ignorancia, sin embargo esa necedad no puede utilizarse para dejar de calificarlos como actos execrables y penables .

   Esta historia me la contó D.R.G. en una mañana de un día cualquiera del pasado mes de agosto.

M.A.C.P.

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Zancarriana w

 JUDÍAS VIUDAS


    El sabroso título de este nuevo trabajo de investigación surgió en una grata conversación con Luis Arasanz de la Venta Ballerías  una mañana del mes de junio en el tozal de Mataliebres y  terminó en la trastienda de la guarnicionería de A. Royo con José Lerín de entendido en el tema. Tertulias en las que se habló del vivir diario de la gente que salía al monte a segar en verano,  a coger olivas en invierno o a preparar el sementero en otoño.

   Eran veranos duros y calurosos, de gabilladoras en los montes y trilladoras en las eras, faenas que bien podían durar un mes o mes y medio y de  inviernos fríos,  reumas, sabañones y velas en la nariz.

   En el monte la comida no andaba escasa porque a lo que solían llevarse de casa le añadían la caza que conseguían con escopetas o preseras. Más modernamente, cuando se generalizaron las cosechadoras a finales de los cincuenta, uno de los segadores se colocaba estratégicamente encima del aparato y desde ese mirador privilegiado disparaba a los conejos que salían asustados por el ruido de la máquina. También podían llevarse de casa a las gallinas y pollos para que aprovechasen los granos que se desperdiciaban por los campos, para comerse los huevos que ponían e incluso la carne de alguno de esos volátiles .  Se bebía vino en bota y agua del río o de las balsas, previo desalojo manual de los bichos que pululaban  por la superficie de estas últimas.

   Había tanta caza que  los de la Venta tenían permiso de Gobernación para cazar en el coto que llamaban Industrial hasta 7.500 conejos al año, pero con la particularidad de que el 50% de ellos debían de donarlos para caridad. Casi cada mañana sacaban a la Sesantina un saco lleno de conejos, mientras en la oscura estación de la calle Cabestany esperaba  un funcionario de la DPH para recoger el saco y repartirlos por las distintas casas de beneficencia de la capital.

  Pero sigamos con los menús-tipo de aquellos esforzados segadores: desayunaban  al amanecer gazapos al ajillo; al mediodía era muy apreciada la sartenada de conejo, patatas, arroz y caracoles y cuando se ponía el sol no podían faltar la lechuga, el pepino, la verdura, el bacalao con cebolla o tomate y de postre fruta. Si quedaban ganas  venían bien unas partidas de guiñote y con la incipiente oscuridad se retiraban a un ”mullido” rincón de paja para dormir en compañía de arañas, roedores y alguna culebra despistada. La iluminación le correspondía a la luz de un candil de mecha (hilo de algodón o tela vieja  y aceite).

  Como  podemos imaginar, la higiene era escasa y sólo se bañaban cuando  el río estaba cerca. La ropa interior se la cambiaban muy de vez en cuando y siempre dependiendo de la distancia al pueblo.

  Al más joven o al que menos aguante tenía, se le encargaba, cuando era necesario, la misión de acercarse al pueblo en burro a hacer recados, a buscar el pan, el vino, las judías, el aceite o el agua.

 Y para finalizar les traslado la receta que me contó Luis y que me aseguró que era la preferida de los segadores: “las judías viudas”.  Se ponía un puchero al fuego con judías blancas de las llamadas “chata blanca” originarias de Sariñena (hizo una excelente alabanza de dichas judías tildándolas de las mejores y sin embargo ahora casi perdidas), se le añadía laurel, una cabeza de ajos, aceite y sal, mientras tanto se cogía una fuente de porcelana y se cubría el fondo de pan cortado como para sopas y se empapaba de aceite. Cuando las judías estaban cocidas se echaban hirviendo sobre la fuente de pan y ya se podían comer a rancho.

   Eran tiempos de cromos de futbolistas, Calcio 20, aceite de hígado de bacalao, pan con vino o aceite y azúcar, de críos jugando por las calles a los pitos de roña,  cristal o hierro, patinetes artesanales deslizándose por la calle del Enado o la del Horno, marro,  carreras ciclistas con chapas, a las perras negras, al cuadro con enormes clavos o navajas, a las cartas en forma de carpetas, a las tabas (tripa, hoyo, rey y verdugo) con toda la mala leche de algunos, a la una andaba la mula, a churro media manga o manga entera, al aro,  al palmo, etc… y las niñas, a la comba , a catarro  al duble, al corro, hacer comidetas, a tú la llevas, al pañuelo, al cordón, al aeroplano, a cortar el hilo, etc.

   Desgraciadamente todos ellos perdidos en la actualidad.

M.A.C.P.

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Zancarriana w

EL PORTILLO TABICADO O LA VERDAD AL DESCUBIERTO


   Hasta que desapareció la mili en el año 1999, algunas de las quintas sariñenenses habían conseguido dejar su huella en la pequeña historia local. Los mozos llegaban a realizar todo tipo de actividades permitidas o no, a sabiendas de que la sociedad miraría hacia otro lado, consintiendo tácitamente las simpáticas extralimitaciones de aquellos jóvenes que  estaban en puertas de comenzar una nueva etapa de su vida. Una vieja costumbre les avalaba y cada nueva generación cumplía fielmente con el papel establecido por la tradición popular.

  La descabellada idea no se sabe muy bien de quien partió, pero la tarde anterior a la noche de autos, Jesús C., que a la sazón trabajaba de albañil para Salvador Grustán, le pidió  a éste que si le podía proveer de un carretillo, dos calderetas, cincuenta ladrillos huecos y dos sacos de yeso. Grustán extrañado le preguntó que para qué quería todo aquel material y  Jesús le contestó enigmáticamente que al día siguiente se enteraría. Así que J.C  preparó el material en el garaje que éste tenía en la Ronda San Francisco y…

   Aquella noche, una cualquiera del mes de febrero del año 1970, los futuros 26 quintos  se fueron a cenar al restaurante Ilsa (Anoro). Allí, entre bromas, jotas y chistes, pasaron varias horas en franca camaradería. Al terminar, y como la noche era joven,  decidieron recalar en el  bar Romea para proseguir  la “marcha”.  Ese fue el momento en que desaparecieron misteriosamente varios de aquellos “fichajes” para llevar a cabo un hilarante  plan que daría que hablar durante muchos años.

   Entre los ocho trasladaron el material de construcción al lugar de los hechos (calle Obispo Zacarías Martínez) y seguidamente se repartieron sus cometidos como si de una película de cine negro se tratara, así que:  Jesús Correas levantaría el tabique, Miguel Millera traería el agua necesaria desde el abrevadero de las escuelas para amasar el yeso, Martín Bergua, Paco Huerva, Vicente Tierz.,  Eleuterio Grau.,  José Mª  Oliván y Antonio Conte vigilarían por las distintas calles por si aparecía “el enemigo”. El enemigo no era otro que la pareja de la Guardia Civil o el sereno, ya que ambas fuerzas del orden  podían dar al traste con la consecución del bien urdido plan y por si fuera poco llevarlos a dormir al cuartel de la avenida de Huesca.

  En menos de veinte minutos y con gran maestría,  J. Correas levantó una pared de metro y medio de alto que unido al actualmente desaparecido bordillo daría una altura total aproximada de 1,80 m. Constatar que la obra se realizó desde el amparo que daba la oscuridad del callejón de la abadía y sin problemas logísticos inoportunos.

  Terminada la faena, y cuando iban a reunirse con el resto de quintos, se percataron de la presencia de un carro que su dueño había tenido la inoportuna idea de aparcarlo en la puerta de su casa, sita en esa misma calle.  Lo cogieron entre los ocho y lo llevaron en volandas hacia la plaza Rebolería; llegados allí giraron con pericia hacia la derecha y subieron raudos por el Muro en dirección a la plaza Villanueva, pero… ocurrió que, llegados al cruce que está próximo a las escaleras del Carmen, se toparon en la misma curva con la pareja de la benemérita. Ambos guardias al ver aquella situación tan surrealista se debieron de quedar atónitos  y sin reacción. Nuestros porteadores pusieron cara de póker y como si fuese lo más normal del mundo siguieron empujando el artefacto hasta la plaza,  hoy llamada Estatuto de Aragón. Allí, percatándose de la peliaguda situación vivida, abandonaron el testigo de cargo y bajaron a toda prisa por la calle del Horno a buscar asilo en el bar Romea donde les esperaba el resto de la tropa. Al poco rato llegó al café la benemérita junto con el sereno José Gómez; miraron con aire inquisidor a todos los clientes y preguntaron, sin mucha convicción,  si sabían algo de un carro abandonado. Las respuestas debieron ser lo suficientemente convincentes porque el asunto no pasó a  mayores. Cabe la posibilidad, también, de que el trío, conocedor de qué iba el tema, no quisiera estropear la noche a los futuros defensores  de la Patria.

   Dado que ya no había establecimientos hosteleros abiertos y como quedaba mucho tiempo hasta las ocho de la mañana, unos decidieron irse a dormir y otros se acercaron a la vieja bodega del padre de V. Tierz a beberse unos cocos del buen vino que éste tenía.

   Al día siguiente, domingo, y como si nada hubiese ocurrido, toda la banda se acercó al Ayuntamiento para llevar a cabo las formalidades propias para las que habían sido citados, a saber: toma de filiación, medida de  altura y pecho, pesaje y un reconocimiento físico superficial. Todos estos asuntos los llevaron a cabo con su natural carácter, Domingo Pardo Lacruz, Crisanto Mazuque y D. Pedro Cascales,  que terminaron declarando a los mozos, útiles para el servicio militar.

  Al mismo tiempo que se llevaba a cabo toda esta burocracia, salió de la abadía D. Vicente Fuertes Oliván, arcipreste de la parroquia que, viendo el dislate ocurrido se llevó un buen sobresalto.   El párroco, al ver anulada totalmente la ya exigua comunicación que tenía con su iglesia, no tuvo más remedio que dar un rodeo para llegar al Salvador donde debía preparar la celebración dominical. Avisado del asunto el responsable municipal, por aquel entonces D. Félix Regaño, dio orden a Antonio Lana para que demoliera el tabique y devolviera al portillo su habitual fisonomía.

 Y esta es la  crónica de un pequeño tabique que aunque tuviese una corta vida, su eco ha llegado hasta nuestros días y se ha convertido en un emblema de la quinta del 70 que siempre marcará las distancias con otros reemplazos.

   Esta historia ocurrida en el último tercio del siglo pasado es verídica y me ha sido contada por los propios protagonistas, aunque alguno de ellos no fuese, en principio, proclive a hacerlo.

  Con la desaparición  del servicio militar en 1999, se perdió una de las tradiciones más arraigadas en las zonas rurales de toda España. Ahora, como rescoldo de aquellas viejas costumbres, aún queda la buena práctica de reunirse cada cierto tiempo a comer y renovar lazos de amistad que seguirán perdurando durante toda la vida.

   Y como curiosidad histórica, recordar que el nombre de quintos viene de una Ordenanza del rey Carlos III por la que se imponía el servicio militar obligatorio  para la quinta parte de los mozos de todas las poblaciones españolas. Esta leva habría de hacerse por sorteo.

M.A.C.P.

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