Archivo de la etiqueta: Río

Crónica de un domingo en los años 60/70


Durante muchos calurosos domingos de julio y agosto en los años 60 y principio de los 70, unas cuantas familias del Barrio de la Estación y de Sariñena nos juntábamos en una arboleda a la orilla del río Alcanadre para pasar el día. Crónica de un domingo en los años 60/70, por Asun Porta Murlanch. Fotografías Asun Porta y Araceli Pueyo.

IMG_20190126_120211

La aventura de “ir al río” empezaba en la puerta de casa porque el juego y la diversión estaban garantizadas desde el minuto uno.  Mis padres, mis hermanos y yo bajábamos andando sobre las nueve o las diez de la mañana, a esas horas que, aunque nos diéramos un buen paseo al sol y cargados con toda la comida y la bebida, el aire todavía era fresco y se podía respirar.

Había varios caminos, pero solíamos ir por el más corto, que además era el más emocionante. Dejábamos a la derecha la iglesia del barrio y cogíamos un camino paralelo a la vía del tren por la parte de arriba del terraplén, después nos encontrábamos lo que llamábamos “la fija”(*). Cerca había un puente sobre la vía, era una parada obligatoria, allí nos entreteníamos un buen rato, buscábamos unos surcos que alguien había marcado en el borde de las dos barandas, colocábamos una piedra pequeña y la empujábamos suavemente al vacío, esperábamos en silencio unos segundos hasta que oíamos el sonido metálico y agudo que hacía la piedra al darle al raíl de la vía del tren.

Un poco más adelante bajábamos a la vía por el terraplén con mucho cuidado, el sendero era muy estrecho y resbaladizo por las piedras.  A veces, mientras caminábamos al lado de la vía pasaba algún tren y nos separábamos un par de escasos metros, allí se mezclaban los gritos, el miedo, el atrevimiento, las risas, esas emociones que hacen que esos momento no se olviden.

Scan 47 copia

Por fin llegábamos a un camino más ancho que enlazaba hacia el pueblo con el de los Olivares de Sariñena y pasábamos la vía por debajo, por un túnel que nos inspiraba a jugar: a pasar el túnel sin respirar, a pasarlo gritando sin parar, a pasarlo a la pata coja sin caernos, sin reírnos, callados, a oír el eco…, lo que daba de sí aquel estrecho y oscuro túnel.  Un poco más abajo estaba el camino que discurría entre la acequia del Molino y las huertas y más adelante cogíamos otro más estrecho hasta la arboleda de Chabarriga.

Al llegar dejábamos las cestas y capazos encima de la hierba, todos llevábamos algún bulto y nos tirábamos largos, entre risas, rodando por la hierba, a veces nos quedábamos descansando tumbados a la sombra respirando el aire más fresco y mirando los rayos de sol, que vistos desde allí debajo eran como destellos, pequeños rayos que pretendían pasar entre las hojas de aquellos enormes chopos, álamos y sauces. Era una sensación muy agradable poder disfrutar aquel descanso después de una hora caminando bajo el sol.

Mi madre colocaba la manta o el mantel en el suelo para coger sitio, al lado dejábamos las cosas y llevábamos el melón, los tomates, cebollas y bebidas a la fuente, lo depositábamos todo entre las piedras debajo del chorro de aquella agua fresca y cristalina, las botellas un poco más abajo atadas con una cuerda para que la corriente no se las llevara, así asegurábamos que se refrescara todo para la hora de comer. En el lecho de la fuente y hasta que salieron las típicas neveras azules de hielo, cabíamos todos, allí reposaban todos los tomates, melones, sandías, melocotones, botellas, de todas las familias que allí pasábamos el día. Algunos llevaban una gaseosa de brida así una vez que nos bebíamos el contenido, la llenábamos del aquel agua tan buena de la fuente y la poníamos otra vez a refrescar.

IMG_20190126_120028

Al poco rato llegaba Luis Pueyo con su Vespa y su familia, todo perfectamente colocado para que en el viaje desde Sariñena no se perdiera nada ni nadie. De conductor iba Luis, entre él y el manillar de la moto la más pequeña, Ana de pie, sentada detrás de su padre  Mariceli y  después Rosario, su mujer,  que se agarraba a Luis con una mano sujetando a la vez a Mariceli  y con la otra la cesta de la comida, porque a pesar de que iba bien atada al portamantas que llevaba la moto en la parte trasera, Rosario no se fiaba de que en algún bache saltase alguna fiambrera. Venían por la carretera hasta que ya no les quedaba otro remedio que recorrer los caminos y entonces debían evitar los agujeros, pedruscos y charcos del riego manteniendo el equilibrio por la seguridad de la comida y los pasajeros.

IMG_20190126_115820.jpg

Otra familia que solía venir eran Emilio Pallás, René y sus dos hijos Jos y Emilio, lo que era un lujo para los críos que estábamos por allí pues nos abastecían de flotadores hechos con las cámaras de las ruedas de motos, coches y alguna enorme de camión. Pallás les quitaba las válvula para que no nos hiciéramos daño y sellaba el agujero con el buen hacer de un gran profesional de las ruedas.

Nos juntábamos también con Paco el relojero y su familia, Teresa, su hija Tere y sus dos hermanos pequeños, Jesús Maza, Nati su mujer y sus hijas Mª Rosa y Nati y otras familias de Sariñena y la Estación.

Quizás recuerde mejor a las familias que nombro porque la amistad, la complicidad y el cariño que surgió en aquella arboleda entre las chicas y chicos que nos reíamos y jugábamos juntos muchos domingos, se ha mantenido en todas las etapas de nuestra vida. Recuerdo, con el mismo cariño y la ternura que ella repartía siempre, a Tere, que se fue demasiado joven.

Acudían también otras familias de la Estación. Cuando venían los Sanclemente no hacía falta que lleváramos tomates, cebollas o pepinos para la ensalada y algún melón o sandía para el postre porque, al pasar por delante de su huerta, cogíamos para todos. Eso nos encantaba, primero porque no teníamos que llevar peso desde la Estación y luego porque todo estaba buenísimo por recién cogido, por natural y por el hambre que un día de baño al aire libre nos levantaba.

Scan 47 copia 2

Una vez colocado todo, era la hora de bañarse en la “badina de la piedra”, debíamos cruzar el río delante de la arboleda, en esa parte  llevaba poca agua pero había muchas piedras, muchos cantos rodados de todos los tamaños, así que íbamos muy despacio y con mucho cuidado para no caernos, y así acercarnos a la badina que estaba a unos doscientos metros del puente de la vía, el sitio era además de bonito muy singular porque saludábamos con entrega a todos los trenes que pasaban por el puente y porque en esa badina aprendimos todos a nadar y a tirarnos de todas las formas posibles al agua.

IMG_20190126_120058

El hambre que teníamos al acabar la sesión de baño era tremenda, en la arboleda nos esperaba una buena ensalada, carne rebozada, tortilla de patata y una buena tajada de melón.  Otras veces hacían fuego, la leña no faltaba por los alrededores, y allí se cocía poco a poco una buena caldereta de cordero o conejo que nos encantaba. A algunos les gustaba comer a rancho directamente de la cazuela y a los críos nos la repartían en plato para controlar lo que comíamos. Ni que decir tiene que los platos quedaban limpios. Así era mejor, porque aquellos platos de metal había que fregarlos junto a la cazuela con la arena del río.

Recuerdo la arboleda siempre limpia, era la época que todo se aprovechaba y todo se recogía, la comida venía en fiambreras, la bebida en botellas retornables y lo metíamos todo en cestas o capazos, el uso de los plásticos aún no era muy habitual y si había restos orgánicos los tirábamos lejos, seguro que algún conejo, ratón o jabalí acabaría con ellos.  Encendíamos fuego entre los árboles en plenos meses de verano y no recuerdo que nunca hubiera ningún incendio porque se tenía mucho cuidado. Nos gustaba mucho ese rincón que año tras año la naturaleza nos regalaba y que su dueño, Chabarriga, nunca puso objeción alguna para que lo utilizáramos.

Después los mayores se echaban la siesta con unas mantas o trozos de telas, o se quedaban charlando o jugando a las cartas a la sombra de los árboles y nosotros nos dedicábamos a buscar culebras, ranas, renacuajos en las charcas que hacía el río entre las piedras, nidos entre los arbustos, también nos gustaba jugar al escondite y escondernos entre los cañaverales, carrizos y tamarices.

Siempre se oía a alguna madre gritar: -¡¡ Ven!!  ¡qué te voy a dar crema! ¡¡qué te vas a poner malo con tanto sol!!- Daba igual embadurnarnos de Nivea para que no nos “quemáramos con el sol”, ese remedio según se ha demostrado en el futuro no era eficaz y siempre regresábamos rojos como tomates.

La vuelta a casa también era una odisea porque al atardecer y al lado de la acequia había verdaderas nubes de mosquitos, entonces arrancábamos cañas con sus hojas largas y verdes y con las uñas las rasgábamos a lo largo para hacernos espantamoscas, y con las últimas hojas de la caña nos hacíamos un chuflete.  Así que entre los improvisados antimosquitos, el ruido de los chufletes acompañados de las risas y el bullicio, no sé si espantábamos algún mosquito, pero no había gorrión que se acercara por muy atrevido que fuera.

Como volvíamos sin peso, nos gustaba mucho, si era la época, coger moras en las abundantes zarzas que había al lado de la vía del tren o caracoles al lado de los brazales y la acequia.

Esperábamos a nuestro regreso coincidir con algún tren que nos pasaba al lado lleno de pasajeros, les decíamos adiós saltando, gritando y braceando y con ese gesto despedíamos también el día porque al llegar a casa caíamos rendidos.

“La fija”

En el Barrio de la Estación llamábamos así a un lugar dónde estaban los depósitos que recogían agua de la acequia Valdera. Había una casa con una chimenea que albergaba un motor que bombeaba el agua hasta un tanque en el Barrio de la Estación. Este motor funcionaba con el mismo sistema que las máquinas de vapor del tren de aquella época, había que echar carbón y mantenerlo en marcha para que el agua llegara a su destino. Vicente Sanclemente me contaba que con solo diez años se pasaba allí muchos días echando carbón ayudando a su padre, Teodoro, que era mecánico de RENFE. Años después colocarían un motor más moderno que era eléctrico, pero cuando se estropeaba se volvía a usar el de carbón. Con esos motores, el primero era muy antiguo,  se llevaba el agua tan necesaria para el Cuarto Agentes, las máquinas de tren, los lavabos, y al final para todo el barrio. El carbón que se utilizaba se quemaba a medias y se acababa de quemar en las casas porque los vecinos del barrio iban allí a recogerlo. En esos tiempos se aprovechaba todo.

Vicente Sanclemente (hermano de Teodoro) era el guarda de “la fija”. Allí había una cama, más bien camastro, y a Vicente más de una noche le tocaba quedarse a dormir.  En una ocasión, cuando ya estaba durmiendo, oyó un tremendo ruido que lo despertó, salió con su lámpara de carburo a averiguar qué había pasado, entonces encontró una gran roca que se había desprendido de un lateral del terraplén y había caído en la vía, al tiempo oyó el pitido de un tren que se acercaba, corrió hacia el tren haciendo señales de stop con sus candilejas. El tren consiguió parar a pocos metros de la roca, el maquinista bajó y le dio un gran abrazo a Vicente. Mi padre nos contaba muchas veces este hecho con verdadero orgullo de amigo.

Asun Porta Murlanch

 

 

EL TOCINO EN EL RÍO


    El asunto que nos ocupa en esta ocasión ocurrió pocos años después de terminada la Guerra Civil y en él se vio involucrado de nuevo una “recatalla” de críos cuya única diversión veraniega era la de irse a bañar a alguna de las distintas badinas que jalonan nuestro olvidado río Alcanadre.

   Fue en un día cualquiera de un caluroso verano de principios de los años cuarenta cuando  un vecino de la localidad tuvo la irracional idea de desembarazarse de un tocino que se le había muerto arrojándolo al río en la badina que está situada debajo de la ripa del Cuervo.

   Como todas las tardes aquella pandilla, entre los que se encontraban Vicente Romerales, Basilio Grañón, José Tierz y otros, se fue a bañar al citado lugar, aunque en esa ocasión no se dieron cuenta de que en las proximidades de su lugar de recreo había un indeseado bañista en un avanzado estado de descomposición. Parece ser que el cadáver del cerdo quedó  atascado entre los juncos y demás vegetación de la ribera del río, en contra del plan del insensato dueño que no era otro que hacerlo desaparecer embarcado en un macabro viaje en dirección a Sena.

   Los muchachos nadaron, rieron, se lo pasaron bien y posiblemente bebieron de aquella agua emponzoñada por salmonela y no pasó nada; pero al cabo de unos días empezaron a enfermar uno a uno y todos ellos con los mismos síntomas. Avisado el médico D. Pedro Cascales dictaminó el asunto como epidemia de fiebres tifoideas (lo que en lenguaje popular de aquella época se conocía como las fiebres: lo mismo fueran malta, reumática, aftosa, o la que nos ocupa). El cansancio extremo, la falta de fuerzas, las diarreas y la fiebre, que rondaba  los 40º, hicieron que los enfermos permanecieran postrados en cama durante dos o tres semanas.

   Hubo grandes preocupaciones familiares por el riesgo de  posibles  fatales consecuencias y lloros por parte de las madres. El doctor Cascales viendo el grave riesgo que corrían aquellos muchachos no los dejó de la mano ni un solo momento, incluso los iba a visitar noche y día. Les recetó un tratamiento adecuado de antibióticos y mucha cama y la cosa no pasó a mayores.

   El médico denunció el caso a la Guardia Civil, a pesar de la opinión contraria de alguno de los perjudicados, pero no se pudo averiguar nada porque nadie dio pista alguna sobre el culpable de tal acto criminal y pasado un tiempo se dio carpetazo al asunto.

   El aburrimiento que debieron sentir aquellos chavales en el lecho del dolor, sin tebeos, radio, televisión, ni amigos que los visitasen por miedo al contagio debió ser eterno en unas mentes juveniles inclinadas a “parar” poco en casa. Aunque “como no hay mal que por bien no venga” se libraron durante una buena temporada de asistir a aquellas clases de las Nacionales, digamos también… un poco eternas.

   Aunque parezca mentira, la historia volvió a repetirse  a mediados de los sesenta cuando varios mozalbetes, acuciados por la sed, decidieron beber agua del brazal denominado de las Monjas que baja desde  el campo de fútbol hacia el convento del Carmen y volvió a suceder lo mismo. En este último acto delictivo alguien había arrojado varios pollos muertos en el citado brazal

    Seguramente que, en ambos casos, se obró solamente por ignorancia, sin embargo esa necedad no puede utilizarse para dejar de calificarlos como actos execrables y penables .

   Esta historia me la contó D.R.G. en una mañana de un día cualquiera del pasado mes de agosto.

M.A.C.P.

– Enlaces relacionaus:

Zancarriana w

Río Alcanadre


Río Alcanadre

El río Alcanadre nace a los 1700 metros de altitud en la sierra del Galardón y, tras recorrer 160 kilómetros, muere ante las imponentes ripas de Ballobar al desembocar en el río Cinca.  Manteniendo una clara dirección norte sur atraviesa en una profunda foz las calizas de la sierra de Guara y contina por el Semontano encajado entre sus areniscas y margas hasta llegar a Pertusa ande s´abre paso a la tierra plana. Aguas abajo de Sariñena, ande es conocido l´Alcanadre como “mata panizos”, el río experimenta un cambio de orientación d´unos noventa grados hacia el este, esbarrandose de la sierra d´Alcubierre y en vergencia con el valle del Cinca.  El Alcanadre recoge las aguas de los ríos Mascún, Isuala o Balces, Formiga, Calcón, Guatizalema y la Isuela (Flumen).

S´encuentran las diferentes primeras referencias escritas sobre el topónimo Alcanadre como: Flumen de Alcanatre, Alcanatro, Alkanatis y Alquanadre (año 1087).  S´ha aceptau durante tiempo l´origen del topónimo d´acuerdo con la propuesta del gran etnógrafo altoaragonés Manuel Benito, según quien el significau correspondía a un arabismo AL-KANDARAD: “los puentes”. Tamién explicó los significaus de los otros ríos monegrinos, el Guatizalema que corresponde a una descripción ibera que se descompone en Guaiti: río y Zalema: de la paz, en honor al carauter de río tranquilo, río de la paz. El Guatizalema se junta al Alcanadre abajo del lugar de Huerto (Güerto), ande s´encuentran los puentes del rey.

Al río Isuela tamién se le atribuye un origen árabe de  Isuelar: rebasar, río que rebasa. Aceptamos la denominación de Isuela frente a l´actual de río Flumen. Por su uso actual e histórico y como recientemente ha señalau Arturo Morera, en su artículo publicau en la revista Quio “el nomenclator toponímico de Sariñena”, Isuela es de uso común en el primer tercio del siglo XX”. Existe un documento, fechado en octubre de 1.170 y otorgado en Fraga por el rey AlfonsoII de Aragón, que concede carta de población a la villa de Sariñena a la que da el Fuero de Zaragoza, uno de cuyos párrafos dice así: Similiter dono et concedo vobisquod laciatis acequias quantasplus potueritis in Alcanatre et in Isola. Pero Bienvenido MASCARAY  discrepa del origen árabe y nos aporta un origen etimológico ibero, Isola es la forma primitiva iberovasca que indica la presencia, antiguamente, de zonas de baños termales ibéricos “el lugardonde se toman las aguas”.Para que después digan que s´ha mejorau la calidad de las aguas de nuestros ríos.

            Es otra vez Bienvenido MASCARAY quien nos profundiza a la verdadera raíz de la palabra. El primer término al- de Alcanadre que ha propiciado la interpretación Árabe del topónimo, corresponde a la voz Ibérica alka- de significado desviarse, separarse, en relación al esbarre de noventa grados que p´al este realiza el río en relación a la sierra d´Alcubierre.  Junto al pronombre –n forma la voz  alka-n “el que se aleja, o desvía”, completando el topónimo dos formas iberas ater que es cesar, acabar y el sufijo –ere “cuando está próximo a acabar”, pues l´Alcanadre s´esbarra por Albalatillo, próximo al acabar o terminar muriendo en el río Cinca. Asinas que la traducción, tal y como concluye Bienvenido MASCARAY, es Alkanadre:“el que se desvíapróximo a acabar”.

 12015219_10207753043089141_8894529311244356533_o11947803_10207753043129142_2653051648829549370_o 11145183_10207753043009139_3867829644963774961_n

Publicau en “ Os Monegros el 26 de mayo del 2011.

Zancarriana w