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Pueblo: Castejón de Monegros


Castejón de Monegros es un hermoso pueblo de Los Monegros. Aparece entre los secanos a los pies de la sierra de Alcubierre, resaltando su característico castillo cisterciense del siglo XIII. Por sus calles se encuentra una gran riqueza arquitectónica y Castejón de Monegros bien podría ser el “Albarracín” de Los Monegros. Pero la despoblación y el abandono impiden su conservación, produciéndose la desaparición de su rico patrimonio. Castejón de Monegros cuenta con 531 habitantes, soportando un fuerte descenso desde su máximo de 1.530 habitantes en 1960. Actualmente presenta una densidad de 3,19 hab./km², con un índice de viabilidad demográfica de menos dos, Castejón de Monegros ha perdido en los  últimos sesenta años el 65,36% de su población.

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Castejón de Monegros. Fotografía Adolfo García Serrate.

A través de jóvenes de la localidad conocemos su visión e inquietudes sobre la vida rural. Una perspectiva joven para reflexionar sobre el presente y futuro de nuestras localidades, una serie de entrevistas enmarcadas en la serie “Pueblo” de la iniciativa cultural “Os Monegros”. Gracias al IES Sabina Albar de Bujaraloz y muy especialmente a Chusé Rozas Auría por ayudar a hacer posible este proyecto.

Natalia Luzán Asín

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  • IES Sabina Albar de Bujaraloz.
  • Curso: 4º de la E.S.O.
  • Localidad: Castejón de Monegros.
  • Libro: Desconocidos.
  • Música: Michael Jackson.
  • Película: Titanic.
  • Deporte: Futbol.
  • Equipo: Real Zaragoza.
  • Aficiones: Salir con los amigos.

A Natalia le gusta mucho más el pueblo que la ciudad “Es mucho más tranquilo, la ciudad es más estresante y en el pueblo hay mucha más libertad”. Sí, a Natalia le gustaría quedarse a vivir en Castejón de Monegros y, aunque aún no tiene decidido que estudiar, lo más probable es que acabe marchando a Zaragoza a continuar los estudios.

Le gusta mucho andar por el campo, ir a pasear con su perro, ir por la fuente madre… “Lo malo de un pueblo es que no hay muchas actividades, hay tardes que no sabes ni lo que hacer”. A menudo va a Zaragoza, es socia del Real Zaragoza y también muchas veces va de compras.

Lo más representativo de Castejón de Monegros es santa Ana, el Castillo y la fiesta de verano para santa Ana. Además, Natalia es danzante “El dance representa mucho al pueblo y es muy antiguo”. También a Natalia le gusta mucho la fiesta de nochevieja “Es más familiar, para la gente del pueblo”.

Le gustaría que hubiese un campo de fútbol en Castejón de Monegros, el actual es de tierra, “Pero bueno, tampoco hay gente en el pueblo”. A Natalia le gustaría jugar en un equipo de futbol femenino.

Se siente monegrina “Los Monegros es un desierto” y es una enamorada de Jubierre donde van de romería para san Miguel.

La vida, respecto a sus abuelos, la ve muy diferente:“La forma de trabajo y cuanto trabajaban no hay comparación con ahora, antes se quedaban a dormir en el monte, eso ¡si lo tuviera que hacer ahora!”.

“Hace falta trabajo, sino mal”. La gente se va a la ciudad y a Natalia no le gusta que cada vez haya menos gente “Una pena”.

 

Fotografías: Adolfo García Serrate.

Mario Nicolas Rosas

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  • IES Sabina Albar de Bujaraloz.
  • Curso: 2º de la E.S.O.
  • Localidad: Castejón de Monegros.
  • Libro: El relato de carlota.
  • Música: Reguetón.
  • Película: Campeones.
  • Deporte: Futbol.
  • Equipo: Real Madrid.
  • Aficiones: La caza.

Mario es un enamorado de la vida de pueblo y ¡cómo no!: de su pueblo: Castejón de Monegros. El pueblo es tranquilidad frente a la ciudad “¡Qué resulta muy agobiante!”. Lo bueno del pueblo son las piscinas, el monte, las casas… “además en el pueblo casi todos nos conocemos”. Mario sólo pone una pega a los pueblos, no le gusta que la gente de afuera se meta en los asuntos de los demás.

Mario quiere estudiar un grado de agricultura en Caspe y forjar su vida ligada a la agricultura, trabajar las tierras junto a su padre, en Castejón de Monegros. Para Mario lo más singular de Castejón de Monegros es el Castillo, santa Ana, la tradicional romería a Jubierre para san Miguel y las fiestas de santa Ana: “Se va a la ermita con los tractores, con el dance y el diablo”. A Mario le gustaría que en el pueblo hubiese un pabellón de deportes y alguna tienda más.

Se siente monegrino, le gusta “El paisaje y como somos los monegrinos: de cabeza dura, tozudos pero buena gente”.

Antes se vivía mucho peor, para fregar tenían que ir al pantano de las tejerías a buscar agua “Todo el día trabajando, el trabajo era más duro, cuando cosechaban iban a hoz”.  Sobre la despoblación, Mario lo tiene también bien claro: “Hace falta más trabajo, más tierras de regadío… casi toda la gente se va porque no tiene trabajo”.

Continuará…

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René Noguera Noguero


René es una imprescindible, una mujer que, desde su ventana, observa satisfecha la vieja ermita románica-gótica de Sariñena. Una ermita que se salvó gracias al ímpetu de muchas personas,  logrando que el río Alcanadre no la despeñase de la frágil ripa sobre la que se sustenta. Aquel peligro se difuminó al levantarse un muro de contención que fue una dura batalla por la conservación y protección de nuestro patrimonio. Sin duda, René fue un gran motor de arranque y de recorrido en un capitulo vital en la historia de la villa de Sariñena: La preservación de la ermita románica de Santiago.

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René Noguera Noguero

René es natural de Graus, donde vivió parte de su vida. En Graus se casó con Emilio Pallas que trabajaba, junto a su hermano, en el taller familiar Neumáticos Pallas. Pronto se bajaron a Sariñena donde establecieron su propio taller “Sería la década de 1950, cuando se estaban haciéndose las nivelaciones con Nivelcampo y no había ningún taller de ruedas, así que fue muy bien”. Al principio tuvieron el taller en la avenida Huesca, donde está el bar Ricks, Emilio comenzó trabajando sólo pero con el tiempo fue cogiendo gente. En aquel taller pasaron mucho frío, recuerda René, luego ya construyeron un gran taller y casa, también en la avenida Huesca. René trabajó llevando la contabilidad del taller, con las cuentas y facturas “entonces todo era más manual, con la calculadora y la máquina de escribir”.

“Muchos críos iban al taller a arreglar los pinchazos de las bicicletas”.

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Emilio Pallas en el antiguo taller.

Los camiones los tenían que atender por las aceras y por detrás entraban los tractores “que muchos venían con los aperos”. Ahora, en esa parte de atrás es donde René tiene su huerto. A René le gusta mucho el patrimonio y la fotografía, además del huerto que le da vida. Actualmente René hace jabones y colonias “Aromas del pirineo y de Monegros”, se le daba bien y decidió hacerlo como afición.

 

 

Al principio, a René le desoló un poco llegar a Sariñena, era un pueblo en transformación, había mucha necesidad, “había mucha gente y poca vivienda”. Emilio fue muy trabajador, muy tratable y buena persona; tuvieron dos hijos que continúan con el taller familiar, ahora en el polígono industrial Saso Verde de Sariñena.

A René el patrimonio siempre le ha interesado y pronto planteó a la asociación de Amas de Casa realizar un museo etnológico en Sariñena. Al final, entre doce mujeres, emprendieron aquella ilusión que poco a poco y con trabajo y esfuerzo se fue haciendo realidad. En un principio el ayuntamiento cedió el local donde había estado la caja de ahorros, en la plaza de la iglesia. Luego se trasladó al edificio del Hospital, en el barrio del Carmen, allí estuvieron varios años “El alcalde Ángel Mirallas colaboró y nos ayudó mucho”. Al tiempo, Mirallas les llevó a visitar una casa para ver que les parecía, era la casa de La Miguela, antigua fonda que actualmente alberga el museo. La casa les encantó y gracias a una escuela taller se rehabilitó y se instaló el museo: El museo de La Laguna de Sariñena.

“Muchas cosas se fueron recogiendo casa por casa y por corrales, íbamos como traperas convenciendo a la gente”, por suerte contaron con gran ayuda, entre ellos los hijos de René, que con el camión transportaron varías cosas “y también gracias a José del ayuntamiento”. En la etapa del hospital estuvieron durante unos 12 años y desde el grupo de mujeres se encargaron de enseñar el museo al público cada vez que lo solicitaban, sin duda fue una encomiable labor. En la revista “Quio, de Sariñena y Los Monegros” ponían un listado de las visitas de cada periodo.

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Desde su ventana René siempre ha contemplado la vieja ermita de Sariñena, una ermita románica XIII que peligraba su integridad con un inminente riesgo de desaparición. René decidió que tenía que hacer algo y,  aunque los primeros movimientos se iniciaron en 1980, es en 1995 cuando se constituyó, con otra mucha gente, la Asociación Amigos de la Ermita “me dijeron que podía hacer una asociación, así que recurrí a la cofradía de la virgen de las Fuentes”. La gente fue animándose y la asociación fue creciendo, peligraba la base de la ermita que empezaba a quedar colgada sobre la ripa del río Alcanadre. La Confederación Hidrográfica del Ebro costeó en 1997 la primera fase con la construcción del primer muro que consolidaba la base y luego la segunda, en 1999, que completaba el muro hasta el nivel de la ermita, unos 22 millones.

“Al final fue una obra de urgencia, el encargado dijo que antes de un año se habría caído”, así fue, el arquitecto del gobierno del Gobierno de Aragón, Carlos Aranda, había realizado un informe en el que aseguraba “la cantería era extraordinaria, pero el edificio corría verdadero peligro de caer por fallo del terreno”. Con aquella obra la asociación logró su gran objetivo, preservar la ermita de Santiago de Sariñena, todo un símbolo de la villa monegrina, donde cada 15 de mayo se acude en procesión.

Pero la asociación no se quedó allí y continuó y continúa trabajando por su amor por la ermita y son muchas las acciones, obras y reparaciones que se han ido realizando. En 1999 la escuela taller de Sariñena reconstruyó el nevero, en el 2000 la familia Gascón-Villacampa donó la campana Virgen de las Fuentes e Ilda Gómez confeccionó un mantel artesanal.

Se recuperó la antigua cruz de término gracias al excepcional trabajo del maestro cantero Carlos Goñi “se pagó todo desde la asociación” y fue terminada e instalada en el 2001. “La cruz de término, sufragada por los asociados, se encargó al cantero Carlos Goñi. Consta de basa, fuste, faldón y cruz. La base es lo único que queda de la antigua cruz. En el fuste hay cuatro caras o quimeras grabadas, que según antiguas creencias protegían a la cruz de daños externos. En el faldón se representa a Santiago Apóstol, San Eufrasio, Santa Águeda, San Antolín, San Isidro Labrador, San Jorge, Santa Ana con la Virgen y San Pedro. En la parte anterior de la cruz, se representa a Jesucristo, la Virgen, San Juan y María Magdalena, con tres figuras que ayudan. En la parte posterior, están la Virgen de las Fuentes y el niño. Todo ello creación original de Goñi” (Marga Bretos. Diario del Altoaragón).

En el 2005 se restauró el tejado de la ermita gracias al gobierno de Aragón, obras con las que la asociación además arregló la espadaña, bancada y puerta lateral.  En el 2006 se llevó la luz instalándose la iluminación interior y exterior. En el 2007 se encargó la escultura de Santiago a Carlos Goñi. Se arregló el óculo con alabastro que puso Carlos Goñi y se arreglaron las puertas “se abrió la puerta lateral que estaba tabicada”.

Para Santiago se hace misa y la asociación obsequia con magdalenas y refrescos. También hubo la idea de hacer una pasarela peatonal para conectar, por las antiguas pilastras del desaparecido puente, con Sariñena.

Actualmente la ermita románica-gótica de Santiago de Sariñena del siglo XIII, fundada por san Eufrasio y lugar de paso de uno de los muchos ramales del Camino de Santiago, goza de gran salud. El trabajo y esfuerzo de la asociación han hecho posible su dignificación constituyendo un extraordinario espacio patrimonial, histórico y de ocio. Peo la obra no estuvo exenta de cierta polémica, pues hubo quienes veían inevitable su caída o un gasto inútil. Pero el trabajo, el tesón y el cariño por lo nuestro han apuntalado firmemente todo un emblema de Sariñena para las futuras generaciones.

Cuando René observa desde su casa la ermita, sin decir nada, la siente y ahora la ve blanca y protegida, la satisfacción es enorme. “Hay que terminar de adecentarla y continuar cuidándola. Una persona sola no hace nada, el valor ha sido el grupo, todos los socios, la gente que ha donado, el curso de restauración de muebles, las personas que han ido a limpiar… la gente ha colaborado mucho ¡todos a una!”.

Pueblo: Valfarta


Valfarta no es lugar de paso: hay que ir de propio. De los 349 habitantes, con los que contaba en 1920, ha descendido hasta los 69 en el 2018. Actualmente, Valfarta presenta una extremadamente baja densidad de población de 2,07 hab/km² y su índice de viabilidad demográfica es de menos tres. Al sur de la provincia de Huesca, Valfarta resiste sin servicios ni oportunidades de trabajo, son pocos vecinos y casi no hay juventud.

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Iglesia de Nuestra señora de la Luz

A través de jóvenes de la localidad conocemos su visión e inquietudes sobre la vida rural. Una perspectiva joven para reflexionar sobre el presente y futuro de nuestras localidades, una serie de entrevistas enmarcadas en la serie “Pueblo” de la iniciativa cultural “Os Monegros”. Gracias al IES Sabina Albar de Bujaraloz y muy especialmente a Chusé Rozas Auría por ayudar a hacer posible este proyecto.

Jesús Labrador Labrador

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  • IES Sabina Albar de Bujaraloz.
  • Curso: 3º de la E.S.O.
  • Localidad: Valfarta
  • Libro: Desconocidos.
  • Música: Reguetón.
  • Película: Serie de Los Simpson.
  • Deporte: Correr e ir en bicicleta.
  • Equipo: Real Zaragoza.
  • Aficiones: Salir con los amigos.

En el pueblo goza de gran libertad, por eso le gusta mucho vivir en el pueblo. Aunque Jesús es de Valfarta, va mucho a Bujaraloz para estar con los amigos, especialmente en verano, cuando con la bicicleta recorre los siete kilómetros de distancia que separan ambos pueblos. También le gusta ir a otros pueblos en bicicleta y con los amigos, a veces van hasta Peñalba: “Vamos por caminos y allí almorzamos”.

Jesús siente que en el pueblo puede hacer lo que quiere, es lo que más le gusta, lo malo es que hay muy poca gente. Quiere estudiar ingeniería agrícola o industrial en Zaragoza o en Huesca. A Zaragoza le gusta ir de compras, donde van de vez en cuando.

Su lugar preferido de Valfarta es la balsa “Está cuidada, hay patos y además se puede pescar”. A veces van con los amigos de Bujaraloz a pescar a la balsa de Valfarta.

La fiesta para san Miguel es especial, Jesús es danzante y la vive con gran ilusión: “La ronda por las calles, las orquestas por la noche…  si no coinciden con las de Peñalba viene mucha gente”. Para la víspera de la fiesta se hace el tradicional Rosario.

Le gusta Los Monegros, está acostumbrado. “Es desierto”, así describe Jesús su tierra donde en las saladas de Bujaraloz encuentra uno de esos lugares mágicos: “Con la escuela hemos ido muchas veces”.

Aunque ve mucha despoblación, el camping de Valfarta está dando mucha vida al pueblo. Jesús echa falta gente en el pueblo: “En Los Monegros hace falta gente joven que quiera vivir en los pueblos, que la gente que marcha a estudiar fuera quiera volver a los pueblos”.

“En la ciudad es más cómodo, es más accesible todo”, Jesús apunta que los puestos de trabajo pueden ser la solución: “las granjas hacen venir algo de gente”.

De sus abuelos ve que el paso del tiempo ha sido un cambio muy drástico: “De tener ninguna comodidad a tenerlo todo”. Sus abuelos le han contado muchas cosas de antes “Iban con mulas y los trabajos eran muy duros”. A Jesús le gusta la agricultura “El regadío o el tractor han ayudado mucho a la agricultura”.

Jesús espera que Valfarta no se acabe y que sea por muchos años, un deseo que compartimos y que tenemos que hacer realidad.

 

María Luna Ramón

  • IES Sabina Albar de Bujaraloz.
  • Curso: 4º de la E.S.O.
  • Localidad: Bujaraloz/Valfarta.
  • Libro: La chica invisible.
  • Música: Melendi.
  • Película: Coco.
  • Aficiones: Ver vídeos en Youtube.

“El pueblo gusta más, pero en la ciudad hay más cosas, hay más ocio, aquí a veces no sabes ni donde ir”.  María aún no tiene claro que quiere estudiar, así que por ahora desarrolla su vida entre Bujaraloz y Valfarta.

A Valfarta le encanta ir para estar con sus primos por el parque, para ver a sus abuelos, para las fiestas y fines de semana. El parque de Valfarta es uno de sus lugares especiales ,al igual que el parque de la Petanca de Bujaraloz, lugar de encuentro entre amigas.

Lo mejor de Bujaraloz son las fiestas, se lo pasa muy bien “Las fiestas para san Agustín gustan mucho, las menores no tanto”. Le gustan las damas y damos, el dance, los recortadores de jamón y la cena del Toro “Una cena popular”.  Las fiestas para san Miguel de Valfarta también le gustan mucho “Aunque parezca que no hay gente están muy bien”. En Valfarta también hay dance, además de orquestas, cena popular y para la merienda se corta abundante jamón.

Las fiestas de san Miguel es lo más representativo de Valfarta y  “¡Las Madalenas!” de Bujaraloz.

Echa en falta un espacio de ocio “Abierto todos los días, sobre todo en invierno”. María ve muy preocupante el futuro de Valfarta “En verano se llena mucho y al camping llega mucha gente”.

Se siente monegrina y le encantan las rosas del desierto. Crear trabajo es su solución contra la despoblación. En Valfarta hay un bar, pero hay poca gente, su deseo es “¡Qué Valfarta siga vivo!”. Para Bujaraloz desea que siga igual, aunque de su quinta son muy poca gente, solamente son cuatro.

Continuará…

Pueblo: Bujaraloz


Cruce de caminos, al sur, Bujaraloz también es capital de Los Monegros. Municipio de gran historia que se sitúa en plena estepa monegrina, en la provincia de Zaragoza, a medio camino entre Madrid y Barcelona. En 1910 contaba con 1.473 habitantes y a partir de entonces comenzó un imparable descenso demográfico hasta llegar a los 1.040 habitantes en 1960. Luego llegó una leve recuperación, hasta la década de 1980, cuando llegó a los 1.210 habitantes. Actualmente son 1.048 habitantes (INE 2008), una densidad de 8,62 hab/km² y su índice de viabilidad demográfica es cero. Considerado lugar de paso por la Nacional II, Bujaraloz, como Los Monegros, no es tierra de paso, es de gente y de pueblos llenos de vida que luchan por su futuro. 

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Bujaraloz

A través de jóvenes de la localidad conocemos su visión e inquietudes sobre la vida rural. Una perspectiva joven para reflexionar sobre el presente y futuro de nuestras localidades, una serie de entrevistas enmarcadas en la serie “Pueblo” de la iniciativa cultural “Os Monegros”. Gracias al IES Sabina Albar de Bujaraloz y muy especialmente a Chusé Rozas Auría por ayudar a hacer posible este proyecto. Gracias también a Marisol Frauca.

Marina Baches Used

Marina Baches (1)

  • IES Sabina Albar de Bujaraloz.
  • Curso: 3º de la E.S.O.
  • Localidad: Bujaraloz
  • Libro: Desconocidos.
  • Música: Rosalía.
  • Equipo: F.C. Barcelona.
  • Aficiones: Jota y baile, pertenece al grupo “Aires de Monegros”.

Marina prefiere el pueblo frente a la ciudad, aunque sabe que al final tendrá que marchar a estudiar a Zaragoza, de hecho quiere acabar bachillerato en Caspe y luego ir a la universidad para estudiar magisterio infantil. Le gusta la vida de pueblo: “No hay tantas aglomeraciones y hay muchas cosas que hacer, hay libertad para salir con las amigas”. De vez en cuando, Marina va con la familia de compras a Zaragoza.

En Bujaraloz hay un equipo de futbol que suele ir a ver, “Hacíamos patinaje y judo pero lo dejaron de hacer”. Lo peor del pueblo son los olores “Aunque ya estamos acostumbrados”.

Su lugar especial de Bujaraloz es el pilar de la plaza de Martín Cortes “Tiene mucha leyenda” y el parque de La Petanca, donde se juntan a menudo. Marina saca su alma jotera “Antes de las fiestas se hace un festival de jotas”, es una de sus aficiones. Las fiestas patronales, a san Agustín, son las mejores: las Damas “Cada año es una quinta”,  los autos de choque, el dance y las procesiones: “Las damas se visten de joteras y es un día muy especial”.

Marina piensa a lo grande y le gustaría tener un centro comercial en Bujaraloz, ya sabe que es totalmente descabellado, pero al fin de todo es lo que le gustaría. Al menos se conformaría con una pequeña tienda de regalos, “Aunque hoy en día por internet se puede comprar de todo”.

Los Monegros es donde vive, donde está su familia y amigos, su entorno. Las saladas de Bujaraloz y la Retuerta de Pina de Ebro son sus lugares preferidos.

Su abuelo le cuenta muchas cosas y le sorprende que sólo tuviese un libro para todo. Marina es muy consciente de que ha cambiado todo mucho: “Iban a enfriar los alimentos al pozo de hielo, tenían un aljibe… y mi abuelo vivió parte de una guerra”.

Marina no echa en falta mucho, vive muy a gusto en Bujaraloz “Nacen menos y cada vez somos menos en los pueblos”. Así, Marina se despide con su deseo para Bujaraloz: “Que siga habiendo la misma vida y que no vayamos para atrás, sino que vaya siempre para adelante el pueblo”.

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Plaza de Bujaraloz. Fotografía de Marisol Frauca.

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  • IES Sabina Albar de Bujaraloz.
  • Curso: 3º de la E.S.O.
  • Localidad: Bujaraloz
  • Libro: La hija del Tuareg.
  • Música: Natos Waor.
  • Película: Tres metros sobre el cielo.
  • Equipo: Real Sociedad.
  • Aficiones: Jugar a la Play Station.

Lucas es de pueblo “Nunca he vivido en la ciudad” aunque suele ir una vez al mes de compras a Zaragoza con sus padres. Quiere acabar el bachiller en Caspe y le gustaría estudiar arquitectura.

Está abierto a conocer otros lugares. Lucas es abierto y sabe que será difícil vivir en su pueblo. Lo que más le gusta del pueblo es la gente y lo que menos es el aire, el cierzo. Pero sobre todo, de Bujaraloz, le gusta mucho el nuevo pabellón donde va a jugar a futbito.

Le gustan las fiestas mayores de Bujaraloz: las ferietas, orquestas y el dance, del que dice que es muy bonito. Echa en falta algo de ocio “Hace poco que pusieron unas mesas de ping pon y dan mucha vida”.

Los Monegros es su comarca, se siente monegrino “Es una zona muy desierta y me gusta”. A Lucas le da pena que cada vez haya menos gente y él lo tiene claro: “Preferiría vivir en Bujaraloz”. Lucas es consciente que los tiempos cambian “Mi abuelo me contaba que se iba a bañar a la balsa”.

Su deseo es “Que Bujaraloz nunca se despueble y siempre haya gente para vivir”.

Continuará…

Crónica de un domingo en los años 60/70


Durante muchos calurosos domingos de julio y agosto en los años 60 y principio de los 70, unas cuantas familias del Barrio de la Estación y de Sariñena nos juntábamos en una arboleda a la orilla del río Alcanadre para pasar el día. Crónica de un domingo en los años 60/70, por Asun Porta Murlanch. Fotografías Asun Porta y Araceli Pueyo.

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La aventura de “ir al río” empezaba en la puerta de casa porque el juego y la diversión estaban garantizadas desde el minuto uno.  Mis padres, mis hermanos y yo bajábamos andando sobre las nueve o las diez de la mañana, a esas horas que, aunque nos diéramos un buen paseo al sol y cargados con toda la comida y la bebida, el aire todavía era fresco y se podía respirar.

Había varios caminos, pero solíamos ir por el más corto, que además era el más emocionante. Dejábamos a la derecha la iglesia del barrio y cogíamos un camino paralelo a la vía del tren por la parte de arriba del terraplén, después nos encontrábamos lo que llamábamos “la fija”(*). Cerca había un puente sobre la vía, era una parada obligatoria, allí nos entreteníamos un buen rato, buscábamos unos surcos que alguien había marcado en el borde de las dos barandas, colocábamos una piedra pequeña y la empujábamos suavemente al vacío, esperábamos en silencio unos segundos hasta que oíamos el sonido metálico y agudo que hacía la piedra al darle al raíl de la vía del tren.

Un poco más adelante bajábamos a la vía por el terraplén con mucho cuidado, el sendero era muy estrecho y resbaladizo por las piedras.  A veces, mientras caminábamos al lado de la vía pasaba algún tren y nos separábamos un par de escasos metros, allí se mezclaban los gritos, el miedo, el atrevimiento, las risas, esas emociones que hacen que esos momento no se olviden.

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Por fin llegábamos a un camino más ancho que enlazaba hacia el pueblo con el de los Olivares de Sariñena y pasábamos la vía por debajo, por un túnel que nos inspiraba a jugar: a pasar el túnel sin respirar, a pasarlo gritando sin parar, a pasarlo a la pata coja sin caernos, sin reírnos, callados, a oír el eco…, lo que daba de sí aquel estrecho y oscuro túnel.  Un poco más abajo estaba el camino que discurría entre la acequia del Molino y las huertas y más adelante cogíamos otro más estrecho hasta la arboleda de Chabarriga.

Al llegar dejábamos las cestas y capazos encima de la hierba, todos llevábamos algún bulto y nos tirábamos largos, entre risas, rodando por la hierba, a veces nos quedábamos descansando tumbados a la sombra respirando el aire más fresco y mirando los rayos de sol, que vistos desde allí debajo eran como destellos, pequeños rayos que pretendían pasar entre las hojas de aquellos enormes chopos, álamos y sauces. Era una sensación muy agradable poder disfrutar aquel descanso después de una hora caminando bajo el sol.

Mi madre colocaba la manta o el mantel en el suelo para coger sitio, al lado dejábamos las cosas y llevábamos el melón, los tomates, cebollas y bebidas a la fuente, lo depositábamos todo entre las piedras debajo del chorro de aquella agua fresca y cristalina, las botellas un poco más abajo atadas con una cuerda para que la corriente no se las llevara, así asegurábamos que se refrescara todo para la hora de comer. En el lecho de la fuente y hasta que salieron las típicas neveras azules de hielo, cabíamos todos, allí reposaban todos los tomates, melones, sandías, melocotones, botellas, de todas las familias que allí pasábamos el día. Algunos llevaban una gaseosa de brida así una vez que nos bebíamos el contenido, la llenábamos del aquel agua tan buena de la fuente y la poníamos otra vez a refrescar.

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Al poco rato llegaba Luis Pueyo con su Vespa y su familia, todo perfectamente colocado para que en el viaje desde Sariñena no se perdiera nada ni nadie. De conductor iba Luis, entre él y el manillar de la moto la más pequeña, Ana de pie, sentada detrás de su padre  Mariceli y  después Rosario, su mujer,  que se agarraba a Luis con una mano sujetando a la vez a Mariceli  y con la otra la cesta de la comida, porque a pesar de que iba bien atada al portamantas que llevaba la moto en la parte trasera, Rosario no se fiaba de que en algún bache saltase alguna fiambrera. Venían por la carretera hasta que ya no les quedaba otro remedio que recorrer los caminos y entonces debían evitar los agujeros, pedruscos y charcos del riego manteniendo el equilibrio por la seguridad de la comida y los pasajeros.

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Otra familia que solía venir eran Emilio Pallás, René y sus dos hijos Jos y Emilio, lo que era un lujo para los críos que estábamos por allí pues nos abastecían de flotadores hechos con las cámaras de las ruedas de motos, coches y alguna enorme de camión. Pallás les quitaba las válvula para que no nos hiciéramos daño y sellaba el agujero con el buen hacer de un gran profesional de las ruedas.

Nos juntábamos también con Paco el relojero y su familia, Teresa, su hija Tere y sus dos hermanos pequeños, Jesús Maza, Nati su mujer y sus hijas Mª Rosa y Nati y otras familias de Sariñena y la Estación.

Quizás recuerde mejor a las familias que nombro porque la amistad, la complicidad y el cariño que surgió en aquella arboleda entre las chicas y chicos que nos reíamos y jugábamos juntos muchos domingos, se ha mantenido en todas las etapas de nuestra vida. Recuerdo, con el mismo cariño y la ternura que ella repartía siempre, a Tere, que se fue demasiado joven.

Acudían también otras familias de la Estación. Cuando venían los Sanclemente no hacía falta que lleváramos tomates, cebollas o pepinos para la ensalada y algún melón o sandía para el postre porque, al pasar por delante de su huerta, cogíamos para todos. Eso nos encantaba, primero porque no teníamos que llevar peso desde la Estación y luego porque todo estaba buenísimo por recién cogido, por natural y por el hambre que un día de baño al aire libre nos levantaba.

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Una vez colocado todo, era la hora de bañarse en la “badina de la piedra”, debíamos cruzar el río delante de la arboleda, en esa parte  llevaba poca agua pero había muchas piedras, muchos cantos rodados de todos los tamaños, así que íbamos muy despacio y con mucho cuidado para no caernos, y así acercarnos a la badina que estaba a unos doscientos metros del puente de la vía, el sitio era además de bonito muy singular porque saludábamos con entrega a todos los trenes que pasaban por el puente y porque en esa badina aprendimos todos a nadar y a tirarnos de todas las formas posibles al agua.

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El hambre que teníamos al acabar la sesión de baño era tremenda, en la arboleda nos esperaba una buena ensalada, carne rebozada, tortilla de patata y una buena tajada de melón.  Otras veces hacían fuego, la leña no faltaba por los alrededores, y allí se cocía poco a poco una buena caldereta de cordero o conejo que nos encantaba. A algunos les gustaba comer a rancho directamente de la cazuela y a los críos nos la repartían en plato para controlar lo que comíamos. Ni que decir tiene que los platos quedaban limpios. Así era mejor, porque aquellos platos de metal había que fregarlos junto a la cazuela con la arena del río.

Recuerdo la arboleda siempre limpia, era la época que todo se aprovechaba y todo se recogía, la comida venía en fiambreras, la bebida en botellas retornables y lo metíamos todo en cestas o capazos, el uso de los plásticos aún no era muy habitual y si había restos orgánicos los tirábamos lejos, seguro que algún conejo, ratón o jabalí acabaría con ellos.  Encendíamos fuego entre los árboles en plenos meses de verano y no recuerdo que nunca hubiera ningún incendio porque se tenía mucho cuidado. Nos gustaba mucho ese rincón que año tras año la naturaleza nos regalaba y que su dueño, Chabarriga, nunca puso objeción alguna para que lo utilizáramos.

Después los mayores se echaban la siesta con unas mantas o trozos de telas, o se quedaban charlando o jugando a las cartas a la sombra de los árboles y nosotros nos dedicábamos a buscar culebras, ranas, renacuajos en las charcas que hacía el río entre las piedras, nidos entre los arbustos, también nos gustaba jugar al escondite y escondernos entre los cañaverales, carrizos y tamarices.

Siempre se oía a alguna madre gritar: -¡¡ Ven!!  ¡qué te voy a dar crema! ¡¡qué te vas a poner malo con tanto sol!!- Daba igual embadurnarnos de Nivea para que no nos “quemáramos con el sol”, ese remedio según se ha demostrado en el futuro no era eficaz y siempre regresábamos rojos como tomates.

La vuelta a casa también era una odisea porque al atardecer y al lado de la acequia había verdaderas nubes de mosquitos, entonces arrancábamos cañas con sus hojas largas y verdes y con las uñas las rasgábamos a lo largo para hacernos espantamoscas, y con las últimas hojas de la caña nos hacíamos un chuflete.  Así que entre los improvisados antimosquitos, el ruido de los chufletes acompañados de las risas y el bullicio, no sé si espantábamos algún mosquito, pero no había gorrión que se acercara por muy atrevido que fuera.

Como volvíamos sin peso, nos gustaba mucho, si era la época, coger moras en las abundantes zarzas que había al lado de la vía del tren o caracoles al lado de los brazales y la acequia.

Esperábamos a nuestro regreso coincidir con algún tren que nos pasaba al lado lleno de pasajeros, les decíamos adiós saltando, gritando y braceando y con ese gesto despedíamos también el día porque al llegar a casa caíamos rendidos.

“La fija”

En el Barrio de la Estación llamábamos así a un lugar dónde estaban los depósitos que recogían agua de la acequia Valdera. Había una casa con una chimenea que albergaba un motor que bombeaba el agua hasta un tanque en el Barrio de la Estación. Este motor funcionaba con el mismo sistema que las máquinas de vapor del tren de aquella época, había que echar carbón y mantenerlo en marcha para que el agua llegara a su destino. Vicente Sanclemente me contaba que con solo diez años se pasaba allí muchos días echando carbón ayudando a su padre, Teodoro, que era mecánico de RENFE. Años después colocarían un motor más moderno que era eléctrico, pero cuando se estropeaba se volvía a usar el de carbón. Con esos motores, el primero era muy antiguo,  se llevaba el agua tan necesaria para el Cuarto Agentes, las máquinas de tren, los lavabos, y al final para todo el barrio. El carbón que se utilizaba se quemaba a medias y se acababa de quemar en las casas porque los vecinos del barrio iban allí a recogerlo. En esos tiempos se aprovechaba todo.

Vicente Sanclemente (hermano de Teodoro) era el guarda de “la fija”. Allí había una cama, más bien camastro, y a Vicente más de una noche le tocaba quedarse a dormir.  En una ocasión, cuando ya estaba durmiendo, oyó un tremendo ruido que lo despertó, salió con su lámpara de carburo a averiguar qué había pasado, entonces encontró una gran roca que se había desprendido de un lateral del terraplén y había caído en la vía, al tiempo oyó el pitido de un tren que se acercaba, corrió hacia el tren haciendo señales de stop con sus candilejas. El tren consiguió parar a pocos metros de la roca, el maquinista bajó y le dio un gran abrazo a Vicente. Mi padre nos contaba muchas veces este hecho con verdadero orgullo de amigo.

Asun Porta Murlanch

 

 

Carmen Mir Loscertales


Vital y dinámica, familiar y amiga de sus amigas y vecinas, una mujer fuerte que ha sacado adelante su familia. Una campeona del guiñote, gran aficionada y jugadora. Así es Carmen, siempre muy alegre que nos acerca la vida de antes con ese cariño de siempre, de sus tortas de cuchara, magdalenas y farinosos que nos daba para merendar de críos, cuando con su nieto Luis, parábamos para verla. Con su nieta Carolina descubrimos a Carmen, con muchas historias y otras muchas que quedan por contar. 

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Carolina y Carmen.

De casa  “La Droguera”, Carmen nació en Sariñena el 3 de septiembre de 1927, en la calle de los Ángeles. Su padre trabajó en la estación “siempre iba y venía”, recuerda Carmen. Su madre Rosa Loscertales Tierz natural de Lalueza, de casa Guallart, fue de buena casa aunque fue la pequeña y tuvo que buscarse la vida. Una vez en Sariñena, Rosa iba mucho a casa Moreno, allí jugaba a las cartas mientras Carmen saltaba a la comba y jugaba a las tabas con otras chicas. Rosa lavó para otras mujeres en Sariñena, “fue muy querida y trabajadora”. Ademas, Rosa vivía junto a su hermano Manuel que era padre de Santiago, Josefa “la del Romea” y Mª Carmen, que se criaron junto a ella, siendo primas hermanas de Carmen: “nos une un gran vinculo familiar”.

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Carmen Mir y Eugenia Palacio.

Fueron cinco hermanos en casa: Carmen, Fina, Manuel “El Cubano”, Antonio y Jesús. Carmen fue muy amiga de Carmen Santolaria, hermana del que después fue su marido, iban a jugar al solar donde luego hicieron la casa, por la calle Ronda san Francisco: “Éramos como hermanas, íbamos a bailar, a saltar a la comba…”. Carmen aprendió a coser en casa de Dolores “La Hermosa”, la mujer del barbero: “la barbería la tenía por la calle del Mercado”.

Carmen fue a la escuela muy poco, la guerra le pilló justo entonces y esta se interrumpió. Carmen recuerda la sirena y las campanas que avisaban de los bombardeos y tener que ir corriendo al refugio de Torres, donde se juntaban muchísima gente. A Carmen se le murió un hermano “Jugando con una pelota que resultó ser una bomba”.

Su abuelos Antonio Loscertales, “El Zumarro” y su mujer Carmen Tierz Marías celebraron antes de hora la entrada de los nacionales y rezagados republicanos los asesinaron cuando se retiraban. La casa familiar la escachó la aviación durante los bombardeos, así que después de la guerra se mudaron a casa de los abuelos a la calle Larosa. Allí se reunían mucho la familia y tiempos después en la casa de la calle del Horno, casa de su hermana Fina. Tras la guerra, el racionamiento fue vital: “Tanto tocaba por uno”.

“Esa casa siempre estaba con gente y todos recuerdan a mi tía Fina y a mi bisabuela Rosa  con mucho cariño por su cercanía y su generosidad de tener siempre la casa abierta”

 Carolina Santolaria Lafita

Carmen se casó muy joven, a los dieciocho años. A su marido lo conoció en el cine del teatro Romea, él se acercaba al gallinero para verla y estar cerca de ella. Su marido fue Francisco Santolaria Cazacarra, conocido por el apodo de “El Calistro”. Paco tenía campos y fue labrador, además de ir con los albañiles: “Iba con todos”. Francisco tuvo mulas y carro y con el tiempo fue encargado en “Pretensados Alcanadre”, haciendo vigas. Su hermana Luisa tuvo una pescadería por el callejón del Saco, donde actualmente se encuentra el bar La Lifara.

En casa tenían conejos, pollos, pavos y mucha huerta, hacían conserva, mermeladas, peras cocidas al vapor, tomate embotado… “Para todo el año, sobre todo para pasar el invierno”. Paco le hacía ir de joven al huerto para ayudar con las faenas, pero a Carmen no le gustaba mucho. Tuvieron tres hijos: Luis, Paco y Rosa. Cuando estaba embarazada del primero le mataron al suegro en la conservera: “Escondía la caza y debieron pensar que era un maqui, le dispararon”.

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Carmen y Abelina

Los domingos por la mañana iban al casino a tomar vermut. Iban al Casino con el Riau (que tuvo un bar), con Abelina, Marianeta, Carmen y Florentín (El Cartujano). Iban al cine y a bailar los domingos por la tarde, había orquestas y casi siempre la orquesta sariñenense Cobalto.

Se juntaban en las casas a merendar, tortas de casa y a jugar a las cartas. En verano por las noches a la fresca, en la calle se juntaban las vecinas y hablaban. Carmen ha sido una gran jugadora de cartas y con su compañera Abelina han ganado numerosos campeonatos de guiñote, tanto en la residencia como en el Casino. ¡¡Todas unas campeonas!!.

También Carmen ha tenido una grandísima amistad con su cuñada María Jesús, mujer de su hermano Manuel “El Cubano”, a quien recuerda con ternura porque eran los dos mayores: “Se supo buscar la vida”. Manuel regentó la tasca de “El Cubano”  siendo muy popular sus meriendas y él mismo. Allí han pasado alguna navidad todos juntos, al lado del hogar que estaba al final del local.

“La taberna de El Cubano venia  ya de su abuela Manuela por parte de su padre, que provenía de Alcolea, así  que tiene más de 100 años el bar”.

Carolina Santolaria Lafita

Carmen es muy familiar y muy querida por los suyos, amigas y vecinas. Su vida está llena de recuerdos y vivencias que con gran afecto nos ha transmitido, gracias Carmen. Y gracias a Carolina Santolaria Lafita, nieta de Carmen, que con su gran cariño y admiración a su abuela ha hecho posible esta entrevista.

María Pelegrín Losfablos


María es natural de Santa María de Buil, localidad perteneciente al municipio de Aínsa Sobrarbe, entre Aínsa y Arcusa. Nació en 1932 en la pequeña localidad sobrarbense, entonces apenas eran unos 40 vecinos, con sus principales iglesias de Santa María, donde fue bautizada, y la iglesia de San Martín, la de abajo. “Hay trece iglesias y once cementerios, era un pueblo con muchas aldeas y montañas” y con mucho cariño María recuerda la ermita de San Lino, camino a Morillo de Tou.

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María se ha criado a carga de burro, a la escuela fue poco y pronto tuvo que trabajar en casa, ella era la segunda de cinco hermanas y un hermano. Era un pueblo muy pequeño, en 1950 llegó la luz y la carretera no ha llegado hasta hace muy poco. Se juntaban en casas, iban a misa y de romerías.

Tenían cabras, ovejas, algunas vacas, tocinos… labraban con mulas y güeyes. A Aínsa iban a comprar con la burra y vendían algún cordero o tocino cuando podían. “No se gastaba nada”, tenían pocos dineros y se hacían casi todo, se hacían la ropa, con lana de ovejas, los calcetines, los jerséis… Hacían su propio pan, cultivaban cáñamo y hacían sacos, mandiles, alforjas… Tenían colmenas, recogían la fruta de verano y hacían mucha conserva para el invierno, “Ahora, muchos de los campos están poblados de pinos, ya no hay viñas ni olivares”.

A los veinte años se casó y bajó a tierra plana, a Sariñena. Su marido, Casimiro López “Morcilla” era el chatarrero del pueblo. La chatarrería la comenzó Matías, el padre de Casimiro, a la salida de Sariñena carretera a Zaragoza y enfrente de la Laguna. Sus padres también se bajaron al llano, fueron a parar a Grañen, donde se compraron casa y montaron una vaquería.

“La gente llevaba la chatarra y también la iban a buscar, el beneficio estaba en la selección”, clasificaban los metales (Aluminio, cobre, plomo, hierro…) empacaban el cartón y recogían el vidrio, botellas de coñac, de champan…  Después lo vendían a Zaragoza o lo venían a buscar desde Pamplona. De los coches se vendían muchas piezas, como recambios, y también se vendían hierros para obras, mientras el cartón y el vidrio se mandaba a Lérida para su reciclado. Francisco, Quico “Matavinos” recogía con un motocarro las cajas y cartones de las tiendas. También se recogía muchos sacos de papel, sacos de simiente que utilizaban en agricultura.

María sabe hacer frivolité, una labor de punto que se teje a mano con lanzadera, es una labor muy difícil de hacer y muy antigua, se lo enseñó una maestra que fue al pueblo cuando era niña, en cambio su hermana no consiguió aprender la técnica.

Vivieron en la calle Goya y tuvieron dos hijos, una chica y un chico, el hijo continuó el negocio hasta que falleció. Trabajaron mucho en la chatarrería: “había mucho trabajo”. Ha estado muy ligada a la laguna, la lleva en el corazón. Ha visto la laguna toda helada: “antes era más pequeña y había muchos más patos, golondrinas…” María recuerda una noche con la luna llena con la laguna completamente helada. Un precioso recuerdo que María nos ha compartido, agradeciendo de corazón su memoria, gracias María.

Un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.