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Joaquina Ardanuy Ripoll


Joaquina me recibe en su casa junto a dos de sus tres hijas, con Pili y Josefina Monter. Sorprende su vitalidad, su memoria y aspecto físico a sus 102 años, lo que no es de extrañar en una casa que rebosa armonía y creatividad, música y pintura, espiritualidad y creatividad. Gracias a Joaquina descubrimos un valioso testimonio de la vida monegrina, de una generación que vivió una gran transformación tecnológica y social.

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Joaquina Ardanuy Ripoll

            Joaquina nació en Sena el 25 de noviembre de 1914. De casa “La Morena”, familia de labradores y hortelanos, fueron cuatro hermanas y dos hermanos. Tenían un pequeño rebaño ovino y cuatro mulas que pastoreaba un pastor común a otras casas de Sena; Joaquina recuerda como a su madre le gustaba mucho ir a pajentar el ganado.

            Joaquina fue a la escuela hasta los catorce años y aprendió a coser con las monjas. Desde niña hacía labores de casa, como ir a buscar agua a la acequia de Sena y al río con una burra. En verano, el río Alcanadre llevaba poca agua, “por eso lo llamábamos el matapanizo”. En la acequia existía un molino harinero y un lavadero donde iban las mujeres a lavar la ropa. El lavadero era muy bonito, con unas losas grandes y allí se juntaban para lavar la ropa. Era un lugar de encuentro social muy importante para las mujeres, donde hablaban y contaban chismes. También se juntaban las casas vecinas y familias para “tomar la fresca”, por las noches de verano después de cenar.

            En Sena siempre ha habido una buena huerta y los melones han sido el producto estrella, la tierra y las semillas de toda la vida han dado melones de un sabor exquisito: “para melones, los de Sena”.

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Joaquina por Josephine Monter.

            En casa de Joaquina tuvieron dos vacas que debían de ordeñar, la leche la vendían a otras casas. Las mujeres se ocupaban de hacer la comida, de lavar, de fregar, de cuidar de los hijos… múltiples tareas en un sin parar. En Sena había dos hornos, se amasaba en casa y se llevaban al horno para cocer. Durante la época de siega subían a las masadas de los campos las familias enteras, se pegaban más de un mes sin bajar a Sena, así que se llevaban hasta las gallinas al monte. Subían antes del mes de agosto hasta que terminaban las faenas de la siega del cereal. Existían balsas fraguadas en piedra que conservaban bastante bien el agua para consumo humano, tristemente han desaparecido casi todas. Para el ganado aún se conservan dos grandes balsas comunales

            Joaquina vivió la llegada de la radio a Sena y también del cine. De la mano de Mosén Rafael Gudel, Joaquina escuchó, a través de unos auriculares, por primera vez la radio en 1920. “El Cureta”, como cariñosamente conocían en Sena a Mosén Rafael Gudel, fue una revolución para la localidad monegrina, una persona muy culta, amante de la música, la fotografía, la arqueología… “aunque tenía mucho genio”. Gracias a su amistad con unos ricos cazadores barceloneses consiguió regalos difíciles de obtener que sorprendían en el pueblo. Mosén Rafael trajo el cine a Sena, Joaquina recuerda verlo en la abadía durante la doctrina (catequesis). El Cureta ponía en las escaleras una tela blanca y proyectaba cine mudo. “Cuando en alguna película una pareja se besaba, Mosén Rafael decía que la mujer era sorda”, por eso el hombre se acercaba tanto, para decírselo al oído.

            Fueron tiempos que el mundo cambiaba rápidamente, donde pasaban de alumbrase con velas, candiles de aceite o el quinqué de petróleo a ver llegar la luz eléctrica. La luz llegó a Sena gracias al molino de harina. Al principio, en casa de los padres de Joaquina pusieron dos luces. Una luz en la cocina y otra en la cuadra, pero al ser conmutadas no podían tener encendidas las dos a la vez, así que cuando encendían la luz de la cuadra se quedaban sin luz en la cocina.

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Manos, por Josephine Monter.

            Joaquina vivió la Guerra de España, su padre y su novio tuvieron que ir a luchar al frente. Sena estaba lejos del frente, pero la aviación pasaba a menudo y tenían que correr al refugio. El paso de tropas por Sema protagonizó uno de los hechos más tristes para el patrimonio monegrino y aragonés: la destrucción de parte del conjunto monástico de Santa María de Sijena por milicias catalanas. Joaquina fue testigo directo de la profanación del sepulcro de Doña Sancha de Castilla, un testimonio muy importante que reproducimos en su integridad: “En Sena había militares que venían a descansar del frente, unos iban y otros venían. Entonces se fueron a Sijena (al monasterio) donde estaba la momia de Doña Sancha, estaba allí enterrada. Los militares estaban sin hacer nada y bajaron a Sijena donde destrozaron bastante y sacaron monjas que estaban allí enterradas. Por Sena estuvieron jugando con una momia que el médico reconoció como Doña Sancha, a quien al final tiraron tras una tapia. La tiraron al corral de una tía mía y la pobre mujer fue a dar vuelta a las gallinas y se encontró con la momia, dime tú que susto se llevó. Entonces avisó al pueblo y el pueblo la subió al cementerio y la enterraron”. No se sabe exactamente en que parte del cementerio de Sena se enterró, para el pueblo no fue fácil.  Joaquina recuerda que el cuerpo de Doña Sancha se conservaba bastante bien, “debía de estar muy bien embalsamada”. En el saber popular de Sena se cuenta que la momia de Doña Sancha presentaba el abdomen característico de mujer que había tenido descendencia, por eso la reconoció el médico senense.

            Joaquina se casó con José Monter Escalona, carpintero y constructor de carros de profesión. Tuvieron cuatro hijas, Teresa, la primera, murió con tan sólo tres meses, después nacieron Pilar, Josefina y Charo. A Sena venían muchos chicos de otros pueblos a trabajar en el campo y en los talleres de carros. Fue el caso de José Monter, que se inició en el taller de Agustiner hasta que años después instaló su propio taller de carpintería.

           Los carros los venían a comprar desde toda la provincia y muchos se vendían en Fraga y después se mandaban a Cataluña. Los cuatro talleres de carros de Sena fueron los de casa de Timoteo, de casa Agustiner, de casa el Chel y el taller más antiguo de casa el Carretero.

            En Sena había dos cafés bastante grandes, había mucho ambiente en el pueblo y gozaba de mucha vida, en las fiestas había hasta dos orquestas. Una noche muy especial era el canto romance, que permitía salir a los más jóvenes hasta muy tarde. También se hacía baile y el dance en la plaza, se juntaba todo el pueblo, era una verdadera fiesta. Por Sena pasaban comediantes, algunos llevaban música y al final pasaban el plato, pero mucha gente no tenía mucho que darles, “unos comediantes traían una mona y la hacían bailar”.

            Joaquina y su marido José adquirieron la casa del antiguo cuartel de la Guardia Civil, donde ahora reside con sus hijas Pilar y Josephine. José monto su carpintería en los bajos de la casa y se le recuerda como a un gran artesano de la madera.

       Queda la nostalgia de aquellos tiempos pasados “cuando no había mucho, pero se disfrutaba de lo poco que se tenía”.  Tiempos que quedan en los recuerdos y en la memoria, que gracias a Joaquina continúan vivos formando parte de nuestra historia, donde las mujeres jugaron un papel fundamental.

          Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Pilar y Josefina Monter.

Hilario Murillo Castelreanas, alcalde de Perdiguera por Izquierda Republicana.


«El recuerdo más nítido que guardo es el de la mañana en que mi familia se vio obligada a huir de Perdiguera, cuando varias personas, sobre todo mujeres, lanzándonos piedras al carro en el que montábamos mi padre Hilario, mi madre Carmen, mi hermano Carlos, más pequeño que yo, y mi hermano Benedicto , todavía lactante, que meses más tarde fallecería, nos gritaban : ¡ Rojos fuera de aquí! justo cuando pasábamos por la balsa Las Fuengas.»

Así comienza Jesús Murillo, el hijo mayor de Hilario y que entonces tenía 5 años, el relato de como tuvieron que salir de Perdiguera al poco de comenzar la guerra civil.

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Hilario Murillo Castelreanas

De como salvó la vida Hilario Murillo Castelreanas, alcalde de Perdiguera por Izquierda Republicana.

Por Constantino Escuer Murillo

      ¿Qué delito había cometido Hilario para tener que huir con su familia y las cuatro pertenencias que le cabían en el carro, dejando atrás casa, campos, trabajo, madre y amigos? El delito de ser el presidente en Perdiguera del partido Izquierda Republicana, el delito de ser elegido alcalde tras las elecciones que el Frente Popular ganó en febrero del 1936 y el delito de ser una persona comprometida y luchadora que buscaba el bien común y la justicia social.

      Continúa el relato su hijo Jesús: «Las prisas y la edad de mi abuela Estefanía (62 años), madre de Hilario, propiciaron que ella se quedara en Perdiguera. Por otro lado nada hacía temer por la buena mujer, devota cristiana que acudía a misa todos los domingos y festivos y que además ayudaba a limpiar la Iglesia y aquellas tareas que precisara la parroquia.

      Sin embargo, al llegar la guardia civil junto con, presumiblemente, otros colaboradores – cuyos miembros se comenta acostumbraban estar borrachos- fue conducida acompañada de otros vecinos a las afueras del pueblo y fusilada. Todos ellos fueron enterrados en una fosa común detrás de la casilla de los peones camineros.(Años más tarde, ya acabada la guerra, se exhumaron los cadáveres y fueron inhumados bajo una lápida común a la entrada del cementerio de Perdiguera, donde en la actualidad descansan).

      Ese mismo día llegamos a Peñaflor, donde fuimos acogidos por unos amigos de mi padre, la familia Pola, que vivía junto a la ordana (una acequia). No recuerdo cuanto tiempo estuvimos aquí y desconozco porqué Hilario no prosiguió la fuga, el caso es que un día se presentó un coche con dos personas que se llevaron a mi padre a Zaragoza. Recuerdo haber oído en alguna ocasión contar a Hilario que uno de los que le conducían propuso al compañero :”por qué no le pegamos dos tiros y lo tiramos a la cuneta”. Afortunadamente, prevaleció el criterio del otro y llegó a la cárcel de Torrero en Zaragoza. Mi madre y nosotros seguidamente marchamos también a la ciudad donde nos dio techo una tía de mi madre en el Coso nº 119.

       La providencia sonríe a Hilario cuando al pasar en el vehículo que lo conducía a la cárcel por la calle Don Jaime es visto, desde el mirador de su vivienda, por Amalia Castelreanas -su tía, por parte de madre- y su marido. El hijo de ambos, Santiago Cuenca, es informado de que su primo Hilario se encontraba en prisión y hace valer su influencia y relaciones con el poder gobernante en Madrid, intercediendo por Hilario.

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Acta constitución ayuntamiento Perdiguera.

       Aunque su primo le salva la vida, también el azar colabora con él, ya que durante más o menos el año que está encarcelado en Torrero, se dieron ocasiones en que pudo haber acabado siendo ejecutado. Recuerdo contar en alguna ocasión a mi padre que en la cárcel había madrugadas que acudían los soldados a las celdas con una lista de presos a los que se había decidido dar la libertad. Posteriormente, se enteraron que estas personas habían sido fusiladas. De tal modo que las veces siguientes no había ningún encarcelado que saliera cuando era nombrado. Tal circunstancia no disminuyó el número de fusilados puesto que los elegidos, mientras dormían, dependían de que los soldados les dieran una patada y los levantaran para luego llevarlos “de paseo” hasta las tapias del cementerio.

      El recuerdo más vivo que tengo de la estancia de mi padre en Torrero es el de un día que lo fuimos a visitar con mi tío Valero -hermano de mi madre- que volvía de permiso del frente (fue reclutado en Perdiguera por el ejército nacional). Aunque gracias a mi tío se nos dispensa un trato amable, al marcharnos, Hilario se asoma a una ventana para despedirnos con un pañuelo. Inmediatamente los soldados que se encuentran de vigilancia disparan una ráfaga de disparos hacia la ventana donde se encontraba mi padre. No olvidaré las semanas de angustia e incertidumbre que pasó mi madre hasta que llegó una carta de Hilario.

      Felizmente, es puesto en libertad –creo que después de un año, más o menos- y nos trasladamos a vivir a la calle San Miguel. En un principio mi padre comienza a trabajar con la familia Cuenca. Luego lo hace con “Los Mesaches”, que se encargaban de realizar el transporte con mulas y carros procedente de la estación del Norte. Finalmente, con Celedonio como socio, abren una carbonería en la calle de La Cadena.

     Una vez finalizada la guerra vuelve a Perdiguera ya que se le devuelven las tierras que le fueron confiscadas. No ocurre lo mismo con las caballerías. Al enterarse que una gran mesa que tenía en el corral de gran valor es utilizada en las escuelas la reclama. Dicha mesa le fue devuelta tras ser arrojada desde una ventana de un piso alto de la escuela.»

     En un última reflexión, Jesús dice que su padre Hilario hasta el momento de su muerte siempre defendió sus ideales y que estuvo en frente, dentro de lo que se podía, del dictador y sospecha que si no hablaba de los hechos que acontecieron aquellos años fue por el miedo que tenía a que su familia pudiera ser perjudicada, dada la dura experiencia que le tocó vivir.

     Acompaño este relato con una foto de Hilario, el acta de posesión de su cargo como alcalde y la de su destitución cuatro días después del golpe militar que dio comienzo a la guerra civil, comunicada por el sargento del puesto de Leciñena «por orden superior»

      PD: Agradezco a Carlos Murillo, hijo de Jesús y nieto de Hilario, que me hiciese llegar hace ya algunos años este texto que transcribió del relato que le hizo su padre.

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María Jesús Peña Pellicer


Con la construcción de nuevos pueblos en Los Monegros llegaron familias de diferentes lugares de España. Aunque principalmente los nuevos pueblos de colonización acogieron a familias aragonesas, en La Cartuja de Monegros podemos encontrar vecinos de todas las comunidades de España. Un crisol de culturas ejemplo de convivencia en uno de los pueblos más jóvenes de España. Comenzar una nueva vida en un pueblo nuevo no fue fácil y la historia de María Jesús es una de las muchas historias que se escribieron con la formación de los nuevos pueblos de colonización.

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María Jesús Peña Pellicer

            María Jesús Peña Pellicer nació en Litago en mayo de 1923, pueblo de la comarca aragonesa de Tarazona y el Moncayo. De casa Puparra, su familia trabajó tierras de huerta y llevó un pequeño ganado ovino de unas cien cabezas, además de tener en casa caballería. Fueron cinco hermanos y Jesusa, como cariñosamente la llaman, fue a la escuela hasta los catorce años: “había un maestro para los chicos y una maestra para las chicas”. Cuando dejó la escuela hacía faenas propias de la huerta: ir a entrecavar, regar, sembrar, segar, trillar… «Allí no se pasó hambre, pero hubo que trabajar muchísimo, menos labrar me ha tocado hacer de todo”. Cuando acababan la siega iban al monte a coger chordones (frambuesas) que luego vendían en Tarazona.

            Vivió la Guerra de España en Litago, durante la cual murió su padre en 1937. Todos los hombres tuvieron que partir al frente y un hermano de Jesusa fue llamado a filas. Las mujeres, que se habían quedado solas, tuvieron que tirar para adelante con todas las faenas. Al terminar la guerra se racionalizaron mucho los alimentos y, para no pasar hambre, tenían que ir a escondidas a moler el trigo para hacer pan.

            María Jesús se casó con Sabino Macaya Miguel y los primeros años vivieron en Litago, donde tuvieron cuatro hijos. Sabino luchó en la Guerra de España y luego realizó el servicio militar durante tres años en África. En Litago construyeron una casa aprovechando un terreno que Jesusa había heredado de su madre. Sabino trabajó en la huerta y en la plantación de pinos, en el actual parque natural del Moncayo.

            Jesusa llegó a Sodeto sobre 1963, a los cuarenta años de edad. Tras el anuncio de la creación de pueblos de colonización, muchas familias presentaron solicitudes para ir a habitarlos. Muchas familias de Litago presentaron solicitudes para San Jorge, pero a ellos la suerte se decantó por el monegrino pueblo de Sodeto.

            Su marido y una hija se adelantaron un año antes para sembrar el campo y cuidarlo hasta su cosecha. Así que cuando Jesusa llegó a Sodeto ya había gente viviendo, llevaban más de un año en el pueblo. Había luz, pero en las casas aún no había agua, llegó un poco más tarde y mientras tenían que ir a buscarla a la fuente de la plaza. El plan inicial para construir Sodeto era curioso, construir una casa en cada lote, pero al final no se llegó a realizar, aunque podemos encontrar algunas casas salpicadas por los campos de Sodeto. Primero construyeron las casas y luego los corrales, Jesusa recuerda dar de comer en casa a albañiles de Lanaja. A cada familia le correspondía casa, lote de ocho hectáreas, dos vacas y un remolque. Las vacas estaban preñadas y cuando parían, si eran hembras, las debían de cuidar para entregar a otras familias, de Litago se trajeron un caballo.

            A Jesusa en Sodeto la conocían como la «Litaguera», el pueblo era una gran familia y allí tuvo a su quinto hijo. Pero a pesar de encontrar un buen ambiente y mantener una excelente relación con los vecinos, les tocó una tierra muy mala que no filtraba, de buro (barro). Sembraron una faja de patatas que acabó encharcándose y al final se pudrieron. También pusieron remolacha y alface (alfalfa), pero esa tierra sólo valía para el arroz. Tras cinco años en Sodeto les dieron la posibilidad de ir a vivir a otro pueblo. Así que familias que habían recibido lotes malos fueron a los nuevos pueblos de colonización de la Cartuja de Monegros (2 familias) y San Juan del Flumen (3 familias), alguna familia decidió quedarse en Sodeto.

            «En los pueblos de nueva construcción existía la figura del mayoral, un guarda del IRYDA (Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario).  El mayoral recibía a las nuevas familias, les enseñaba el lote y vigilaba el buen funcionamiento del pueblo. En Sodeto, el mayoral tenía la parada, donde llevaban las vacas y las tozinas para inseminarlas con los sementales.»

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Jesusa en su casa de la Cartuja de Monegros.

            La familia de Jesusa marchó al pueblo de la Cartuja de Monegros en 1968, con casa y lote de doce hectáreas. Los lotes se regaban por fajas, al principio con acequias de tierra y después de hormigón. Llevaron ocho vacas de leche y además les concedieron tener la parada, que siempre era una buena fuente de ingresos. En Cartuja de Monegros no había parada y los vecinos tenían que ir a Lanaja. Tener la parada fue una gran noticia que ya les comunicó el mayoral de Sodeto, antes de marchar a la Cartuja de Monegros.

            En la Cartuja de Monegros ya había agua y luz cuando llegaron, el pueblo se fundó en 1968. Se creó escuela, tienda, consultorio médico y una vecina hacía de guardería para los más pequeños del pueblo. En el pueblo vivía un cura que hacía misa a las Bastaresas en el monasterio de la Cartuja de las Fuentes

            En casa instalaron un molino, Jesusa tenía que atender a los vecinos que acudían a moler maíz o trigo y además tenía que sacar el toro cada vez que lo reclamaban como semental. A partir de los años ochenta comenzaron a pagar mal la leche y la gente se quitó las vacas. En todas las casas había vacas lecheras, una media de treinta vacas. Ordeñaban a mano y a las siete de la mañana recogían la leche de la tarde anterior y la que ordeñaban aquella misma mañana, se levantaba a las cinco de la mañana. Con el tiempo, en las casas instalaron ordeñadoras. Y también había que atender la casa, no se paraba nunca de trabajar.

            Jesusa guarda muy buenos recuerdos de Sodeto y una gran añoranza de su Litago natal a las faldas del Moncayo. Pero con el paso del tiempo, los nuevos pueblos y sus gentes han sabido construir un hogar que legan a las generaciones futuras, un esfuerzo que aún continúa tratando de mantener vivos nuestros pueblos monegrinos.

   Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Rafael Macaya Peña.

Aurora Ezquerra Serrate


  Aurora Ezquerra Serrate me recibe en su actual vivienda de la casa de La Cera. Una antigua casa donde antaño trabajaban la cera para la fabricación de velas y donde aún se conserva una espectacular prensa de cera. Aurora ha vivido toda su vida en Castejón de Monegros, un lugar donde las mujeres han revitalizado la manifestación folklórica del dance, asumiendo un papel reservado tradicionalmente para los hombres. Aurora es una de las muchas mujeres del secano aragonés, donde la carencia de agua ha caracterizado una vida unida al campo. Una historia más  de una mujer del secano monegrino.

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Aurora Ezquerra Serrate

            Natural de Castejón de Monegros, Aurora Ezquerra Serrate nació en 1919. De casa Lorenzo “El Bruto” fueron siete hermanos. Su padre luchó en la guerra de Cuba y, tras sufrir una amputación en un dedo de una mano, le quedó una pequeña paga que ayudó bastante a su vuelta. En la guerra de Cuba aprendió a tocar la bandurria y cuando volvió a Castejón de Monegros iba a tocar por los pueblos y así se ganaba unos dineros extras.

            Una jovencísima Aurora comenzó a estudiar en la escuela de las hermanas del cura, unas mujeres que enseñaban a cambió de pequeñas cantidades de dinero o algún que otro pago en especias. Después pasó a párvulos en las escuelas municipales, su padre quiso que aprendiese letras, a escribir bien: “si hubiesen tenido dinero hubiera estudiado una carrera”.

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Prensa de cera.

           Su madre cosía, apañaba pantalones, calzoncillos, cosía camisas, tejía jerséis de lana… hacia trabajos de costura a la gente y le pagaban por ello, a veces con dinero y otras veces le daban algo a cambio. Con el tiempo se compró una máquina de coser y mejoró su trabajo. Aquellos pequeños ingresos eran muy importantes para la economía familiar y gracias a ellos no pasaron hambre. Con parte del dinero que ganaba su madre se pagaban los libros escolares de la pequeña Aurora.

            En Castejón de Monegros iban a buscar el agua a una fuente del pueblo y a una balsa. En casa criaban un tocino y hacían la matacía, también tenían gallinas y un pequeño ganado de ovejas y cabras. Aurora aún recuerda ordeñar las cabras y con la leche hacía quesos para casa, mantenía su propio suero. Las mujeres se juntaban a lavar en un lavadero. Toda la familia iba a segar, las mujeres daban gavilla y ataban las garbas.

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Aurora Ezquerra

            Amasaban el pan y luego lo llevaban al horno. En Castejón de Monegros hacían “largos”, unas tortas de pan con algo de aceite. No había mucho dinero y tampoco había azúcar. También hacían “gorros de cura” unos panes macerados, que llevaban mucha harina y que retorcían, era un pan especial, un capricho que hacían de vez en cuando. Al pan duro y que no crecía, que no subía, lo llamaban “coto”.

            Aurora se casó con Leandro Puey Castejón, quien trabajó como labrador y pastor. En Castejón de Monegros los hombres hacían mucha leña de romero, la bajaban a vender a Sariñena unas dos veces por semana. Las mujeres se juntaban para coser en las calles, también era muy común quedar las noches de verano para salir a tomar la fresca.

            Aurora llegó a hacer hasta de albañil en casa, pequeñas obras hasta hacer una escalera hasta la terraza y un mosaico. Las mujeres en Castejón de Monegros tenían pocas salidas, algunas servían en alguna de las tres casas ricas del pueblo y la mayoría trabajaban llevando las múltiples faenas de casa y del campo. Se ha dejado atrás una forma de vida muy dura, las mujeres trabajaban de sol a sol e incluso cuando llegaba la noche. Un pasado que va quedando en el olvido pero que testimonios como el de Aurora nos describen una realidad de trabajo y esfuerzo que debemos de valorar y reconocer.

             Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Ana Puey Campos y a José Puey Ezquerra, hijo de Aurora.

Rosa Baseca Alastrúe


En la localidad monegrina de Lalueza, el trabajo del esparto para la realización de sogueta o fencejos, cuerdas de esparto, supuso una importante fuente de ingresos para numerosas familias. Un trabajo durísimo que principalmente realizaban las mujeres. Un trabajo artesanal que ha quedado relegado al pasado, pero su impronta ha quedado fuertemente marcada en la memoria monegrina.

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Rosa Baseca Alastrúe

            Rosa Baseca Alstrúe nació un 28 de marzo de 1942 en la localidad monegrina de Lalueza. De familia de agricultores, su padre trabajó como jornalero, fueron siete hermanos, cinco mujeres y dos hombres. Rosa fue a la escuela hasta casi los catorce años, no era mixta y había dos clases de chicos y dos de chicas, unas para pequeños y otras para mayores. Con tan sólo ocho o nueve años, después de la escuela, Rosa ya iba a trabajar al esparto. Las más jóvenes comenzaban haciendo sogueta menor y a medida que crecían hacían sogueta más grande. Fabricaban tres tipos de sogueta según grosor y longitud, pequeña, mediana y larga, se media desde la base del pie hasta lo largo de la pantorrilla. Alguna vez se escapaban un rato para jugar “cosa de crías”, aunque siempre tenían que hacer sogueta. Así contribuían al sustento familiar y se pagaban el traje de la comunión, zapatos, algún vestido.., gracias al esparto en Lalueza nunca se pasó hambre.

            Se juntaban varias vecinas en la calle o en las casas en invierno, muchas veces en las cuadras donde los animales les daban calor, era fácil ver grupos de varias mujeres, niños, niñas y ancianos haciendo sogueta, trenceta. Hacer sogueta después de cenar lo llamaban tardear, Rosa recuerda quedarse hasta tarde para ver, a la lejanía, los fuegos artificiales de Sariñena. Los hombres también hacían sogueta, cuando llegaban del campo.

            Las mujeres no paraban de trabajar, en cada casa había gallinas, conejos, tocinos… dar de cenar a las caballerías lo llamaban reprensar. Se hacía la matacía, venía el matachin y después venía todo el trabajo de conservar la carne. Trabajaban la lana de las ovejas, hacían peales o peducos, manoplas, chaquetas… Recogían el agua de la balsa buena y llenaban el aljibe de casa, lo hacían en invierno porque entonces no había bichos en el agua. En Lalueza había dos balsas, una buena para las personas y otra mala para los animales. De la balsa mala cogían agua para trabajar el esparto. También acudían al barranco Salau, un barranco que solía llevar agua salada, allí también iban a aclarar la ropa o iban al río Flumen. Muchas mujeres iban a la siega para hacer garbillas, segaban y ataban fajos.

            Rosa no llegó a trabajar arrancando esparto, era muy pequeña para hacer la faena más dura. Arrancando el esparto sufrían mucho las manos y la espalda. Retorcían el esparto y daban un primer estirón, después, con parte ya de lo arrancado, retorcían de nuevo el esparto para ayudarse a dar el segundo estirón y terminar de arrancarlo y no hacer sufrir demasiado las manos. Cuando hacían sogueta también se les hacía sangre en las manos y con cámaras de neumáticos se hacían badanas para protegerse las manos.

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Sogueta trenzada de esparto.

            Los campos donde recogían el esparto los arrendaban y pagaban por su aprovechamiento. Se arrancaba el esparto en verde en los meses de julio, agosto y la primera quincena de septiembre, comenzaban a las cinco de la mañana antes de que hiciese calor. Después lo tendían en el campo para que se secase hasta que se ponía amarillo. Después había que mallar el esparto, el mallau, estrujarlo y chafarlo sin llegar a romperlo. Había quien lo mallaba con las ruedas del carro pasando por encima de los fajos de esparto. Se mallaba sobre una piedra con una gran maza de madera y, una vez mallado, se mojaba para que se amansase el esparto para poder trabajarlo para trenzar sogueta.

         La sogueta se empleaba para atar las garbas de trigo y del alfalz. Todos los días vendían fencejos, era una moneda de cambio o de trueque, e iban a la tienda donde hacían trueque con comida o les daban dinero. Para el día de la Ascensión iban a venderlo a Monzón. También vendían esparto p´al peso que era un esparto malo y simplemente estaba recogido. Las sogas mal hechas las vendían para su uso en fundiciones, algunas para fundiciones de Bilbao y otras para la fundición de Averly en Zaragoza.

Cada fajo de vencejos tenía 10 fascales y cada fascal 30 vueltas. Se cogía la sogueta o vencejo y se enrollaba dándole vueltas, pisándolo con el pie y tomándolo con la mano que estaba por encima de la rodilla. Cuando se habían dado 30 vueltas ya tenían un fascal, y cuando tenían 10 fascales ya habían hecho un fajo.

Silvia Abardía, Modos de vida

Diario del Altoaragón

            Rosa participó en el documental sobre el esparto de Eugenio Monesma, se encontró a su padre por la calle que estaba esperando a Eugenio Monesma para grabar el reportaje y ella se apuntó. Se casó en 1963 con Emiliano Peralta Elbaile, agricultor, con él que tuvo dos hijos, un chico y una chica. Rosa estuvo haciendo sogueta hasta 1964, en aquellos años llegó el regadío y la agricultura sufrió una gran transformación dejando atrás los duros tiempos del esparto.

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Rosa con el mallo de mallar el esparto.

           En Lalueza siempre ha habido mucho ganado ovino, huerta y viña. El vino rancio era fuerte pero muy apreciado y lo iban a vender a Sariñena, donde al parecer lo ameraban, pues en tono jocoso decían que «lo habían pasau por la acequia Valdera». En una casa, un tonel aún contiene un vino madre de más de cien años. A Sariñena iban andando para comprar, a veces iban con una burra para llevar la carga o por si alguna se cansaba, se montaba un rato, iban a casa Marianetas a comprar telas. A veces aprovechaban algún viaje a la harinera de Sariñena

            A Lalueza iba a vender higos una mujer de Sariñena y Bautista melocotones, en Lalueza no había casi frutales. Un hombre iba a vender telas y siempre decía “llevo cotinas morena y bragas para las mujeres”. A un vendedor le daban retales y trapos viejos por dos mandarinas.

            Rosa ha conocido de toda la vida la labor de hacer sogueta, se siente orgullosa de su pasado, pues con el esparto en Lalueza la gente comía y no tenía que emigrar. La gente vivía con las puertas abiertas de las casas y, a pesar de la dureza, existía una fuerte familiaridad y solidaridad entre vecinos y vecinas, un apego entrañable que imprimió un carácter difícil de olvidar. Nos han acompañado sus hermanas Edelmira y Dolores, compartiendo muchos de los recuerdos de Rosa en su Lalueza natal, con una entrañable nostalgia que han querido compartir. Las manos se aujereaban, sangraban al continúo roce con el esparto, se endurecían y se volvían a aujerear. Las manos tejían la dura soga de esparto, una ardua fabricación artesanal que mucha gente ha querido olvidar. Pero también ha significado una forma digna de ganarse la vida en tiempos de pobreza y hambre, donde las mujeres con sus múltiples trabajos fueron fundamentales en el sustento familiar y de nuestros pueblos.

            A todas las manos forjadas al basto tacto del esparto.

        Esta primera mirada se enmarca dentro de la serie «Rostros», que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias  a Rosa, Edelmira y Dolores Baseca Alastrué y a Margarita Periz Peralta.

Casto López, del hospicio al exilio


     El segundo apellido de Casto, Expósito, ya nos pone en la pista de su infancia en un hospicio, en este caso el de Zaragoza. Se casa con Pascuala Puértolas, de Farlete y termina viviendo en Perdiguera, donde tendría cinco hijos, un varón llamado Antonio, y cuatro hijas: Inés, Victoria, Rosario y Trinidad.

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Casto López Expósito

Por Constantino Escuer Murillo

     Afiliado a Izquierda Republicana y vocal de este partido en Perdiguera, es elegido junto a Hilario Murillo y Segundo Arruga, concejal del ayuntamiento de Perdiguera tras el triunfo del Frente Popular.

    Tras el golpe militar que dio comienzo a la guerra civil, la situación en el pueblo se vuelve muy peligrosa para las personas de izquierdas. Detenciones y fusilamientos hacen que una noche Casto huya del pueblo acompañado de su hijo Antonio, que por entonces tiene 19 años. En casa quedan Pascuala y sus cuatro hijas.

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Rosario López

    Padre e hijo continúan la huida y se unen al ejército republicano. Antonio irá a luchar al frente y Casto, debido a su avanzada edad, será destinado como guardián a una prisión de Barcelona. Entretanto, Pascuala y sus hijas continúan en el pueblo y pasados los días, son detenidas para ser interrogadas. Quiere la fortuna que estando detenidas, se produce un bombardeo y los guardianes que las custodiaban se van a proteger a un refugio, momento que aprovechan para huir en dirección a Leciñena, donde estaban las líneas republicanas.

     Me comentó hace unos años Antonio Alfranca, que recordaba perfectamente el momento en el que se cruzó con ellas cuando huían por la carretera, la madre en medio y las hijas cogidas de sus brazos. Se acercó a ellas, pues era amigo íntimo de Antonio, y después de desearles suerte, les dio recuerdos para su amigo Antonio.

    Pascuala y sus hijas llegan a Leciñena , continuando su huída hacia Alcubierre y más tarde hacia Lérida, tras los pasos de Casto. Finalmente llegan a Barcelona donde permanecerán hasta casi el final de la guerra.

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Antonio López Puértolas.

   Antonio, el hijo de Casto, muere el último año de la contienda en el frente de Valencia y Casto con el resto de la familia, tienen que huir de Barcelona ante el avance de las fuerzas franquistas, cruzando a Francia con el último tren que pasó la frontera y que fue bombardeado por la aviación enemiga.

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Trinidad López

    Ya en Francia, son internados en el campo de Argeles Sur Mer, donde tantos refugiados republicanos fueron hacinados por las autoridades francesas, en unas condiciones atroces que causaron cientos de muertos. Pasados los meses, son reubicados fuera del campo, pero cuando todo parece que va un poco mejor, comienza la segunda guerra mundial y en un momento dado, son detenidos de nuevo por los nazis y trasladados al campo de Angouleme, justo un día después de que saliese de este campo el famoso «convoy de los 927», donde 927 paisanos españoles fueron trasladados en tren al campo de concentración de Mauthausen, librándose de una muerte cierta por los pelos.

      Nada sé de las peripecias que sufrieron en el campo de Angouleme, pero tras la liberación de Francia, Victoria y Trini encuentran pareja en París y se quedan a vivir allí. Por su parte, las otras dos hijas, Inés y Rosario, se van a Venezuela donde también formaron familia. A la muerte de Pascuala, acaecida en Francia, Casto decide irse a Venezuela con sus hijas Inés y Rosario y allí acabaría su vida en el año 1959.

      Quiero agradecer gran parte de estos datos a Omar de Castro, nieto de Casto y que en la actualidad reside y trabaja en Inglaterra. También me dice que sus tías ya murieron y que su madre Rosario, tiene 94 años y está en una residencia delicada de salud.

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De izquierda a derecha Trini, Rosario, Pascuala, Casto y Victoria. Arriba Inés (ya en Venezuela) y Antonio (fallecido en el frente de Valencia).

     Vaya desde aquí mi homenaje y mi reconocimiento a Casto, un hombre con una dura infancia y al que sus ideales y su sentido de la justicia social, le hicieron estar en el punto de mira de los fascistas, lo que le obligó a estar en permanente exilio junto a toda su familia. Sirva el mismo reconocimiento para su hijo Antonio, que murió luchando por la libertad, y al resto de su familia, perseguida y exiliada como él.

Subo la única foto que tengo de Casto, posando con la junta directiva del sindicato agrario de Perdiguera del año 1927. También subo una foto de las dos hijas pequeñas, Trinidad y Rosario, que les hicieron en la escuela y que les mandé ya hace años. Ha sido el único recuerdo visual de su niñez, ya que escaparon de Perdiguera con lo puesto.

Museo de Oficios Antiguos Monegros


          El Museo de Oficios Antiguos Monegros es un viaje a nuestro pasado, a nuestra memoria etnográfica, un lugar donde redescubrimos como se vivía antes. Pero también, es un viaje que nos permite contemplar el vertiginoso paso del tiempo y el gran desarrollo tecnológico que, en los últimos cincuenta años, ha revolucionado la humanidad.

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            En la monegrina localidad de Sena encontramos el Museo de Oficios Antiguos Monegros, inaugurado el 10 de julio del 2015. El museo es la antigua fonda Felisa y herrería de Florentín, del matrimonio Florentín Nogués y Felisa Inglán. En el interior encontramos cerca de 5.000 utensilios y herramientas, un conjunto museístico dividido en diferentes espacios que recrea, con gran detalle, diferentes oficios perdidos. Herrería, albañilería, barbería, aperos de labranza y siega, la carpintería, la escuela, la habitación de fonda, la tienda, la cocina, la bodega, los juguetes… espacios que, de forma didáctica, desarrollan un recorrido que ellos mismos describen como “fiel imagen del modo de vida de nuestros antepasados que  queda reflejado por medio de sus enseres”.

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            En el museo descubrimos que en Sena había hasta 5 talleres de carros y carruajes que exportaban por todo Aragón, un oficio poco conocido pero de gran complejidad. Trabajaban magistralmente tanto la madera como el hierro y fabricaban a la perfección fabulosos carros de gran belleza y utilidad. En el museo podemos contemplar un gran carro de los antiguos talleres “Tisaire” de Sena. Aquella gran tradición de construcción de carros da origen a una curiosa particularidad de Sena, sus hogares tradicionales con los aros metálicos de las ruedas de los carros. Un mundo de curiosidades, de recuerdos y sentimientos, de sabiduría popular forjada a lo largo de la historia.

 20161119_172526           Cada objeto cobra una enorme dimensión, traen muchos recuerdos y despiertan muchos sentimientos. Algunos los recuerdas y otros los desconoces, en algunos reconoces su nombre y en otros le das tú propio nombre dependiendo de tu zona. Es un museo lleno de detalles y curiosidades, como la primera bicicleta que llegó a Sena y que en la Guerra Civil fue incautada. Cada objeto guarda una profunda historia que Alejandro Campoy Rios narra con profundo cariño y orgullo. Alejandro es el responsable del museo y junto a su padre, ha ido recogiendo, adquiriendo y restaurando la extensa colección. Ha invertido gran esfuerzo y trabajo, su ilusión es ya toda una realidad, el más que recomendable Museo de Oficios Antiguos Monegros.

            Además, Sena ofrece un conjunto de casas solariegas, tales como la de Chavarriga y Blecua, la antigua casa de las Carmelitas descalzas, la iglesia gótica de la Asunción y la Casa Consistorial del siglo XVI; claro ejemplo de arquitectura civil aragonesa y Bien Catalogado del Patrimonio Cultural Aragonés desde el 2002. Sena no deja de ser un pueblo muy recomendable para su visita y cercano al Real Monasterio de Santa María de Sijena.

             Gracias a Alejandro Campoy y a Rocío Sanz por su gran acogida, un museo al que hay que volver.

 

 

 

Las sabinas de Los Monegros


    El territorio de Los Monegros es conocido por su particular paisaje estepario, donde las sabinas representan el máximo desarrollo de la vegetación en zonas de mayor aridez de Los Monegros. Habitan la tierra agrietada por la sed, de escasas precipitaciones y permanecen erguidas bajo la sofocante intensidad solar estival, resistiendo la intensa fuerza del cierzo y escondidas entre la boira de heladores inviernos. Los Monegros es un contraste estacional, de un amplio rango climático, un paraíso por descubrir que exige paciencia y reflexión ante unos horizontes amplios y profundos que invitan a perdernos en sus solitarios páramos semidesérticos con sus singulares y características sabinas.

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Sabina monegrina.

 

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Distribución Sabina albar, Península Ibérica.

En el rigor de la estepa monegrina, la sabina albar (Juniperus thurifera) salpica el paisaje, presentando un gran desarrollo, en contra de la percepción generalizada de ser una especie de crecimiento lento. Botánicamente, las sabinas responden al grupo de las coníferas o pínidas, del género Juniperus. Pertenece al dominio del Coscojar-Espinar con sabina albar (Rhamno-Cocciferetum Thuriferetosum). Un dominio que se distribuye entre los 300 a los 450 m. de altitud, en un territorio de un régimen térmico extremadamente cálido y con escasas precipitaciones. Se desarrolla entre relieves de vales donde abundan afloramientos de yesos y donde son frecuentes las inversiones térmicas, las nieblas persistentes en invierno y el cierzo. Estas condiciones, según el ecólogo César Pedrocchi Renault, establece el carácter montano de la sabina albar y lleva a aceptar la idea de Rivas-Martínez de considerar la independencia de esta subasociación climática (Thuriferetosum) respecto al Rhamno-Cocciferetum, diferenciándola como asociación Juniperetum phoeniceo-thuriferae (Br.-Br. & O. de Bolòs), Rivas-Martínez, 1987.

«Las sabinas resisten la sequía con la misma firmeza que los habitantes de estas tierras, acostumbrados hasta 7años seguidos casi sin llover; además, la caída de varias hojas viejas, junto a la buena calidad de la tierra aporta materia orgánica para subsistencia de la planta.»

Francisco Lasierra, El Chato de Pallaruelo de Monegros. 

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Sabinar monegrino.

El sabinar albar en Aragón, principalmente, ocupa grandes zonas en los fondos de la depresión del valle del Ebro (Pallaruelo, Castejón de Monegros, Retuerta de Pina…) y en zonas altas de Teruel. En Los Monegros se distribuye por zonas del piedemonte de la sierra de Alcubierre, formando bosquetes de lo que debieron ser verdaderos bosques de sabinas. Para Javier Blasco, la retuerta de Pina representa un vestigio, en si mismo, de los antiguos sabinares monegrinos. Se constata con la presencia de especies como el espino negro (Rhamnus lycioides), Asparagus acutifolius, Ephedra mayor, carrasquilla (Rhamnus alaternus), coscoja (Quercus coccifera) y Osyris alba. La sabina albar aparece acompañada junto a otras especies como el pino carrasco, el enebro (Juniperus Oxycedrus) y la sabina negra (Juniperus Phoenicea). Por los llanos agrícolas de secano, la sabina albar presenta una estructura abierta de ejemplares aislados en los márgenes de los campos, destacando por su belleza el sabinar de Pallaruelo de Monegros, el puerto de la Portellada o los montes de Farlete y Monegrillo. Por contra, en vaguadas y vales suelen formar bosquetes muy densos, ocupando los espacios que antiguamente eran aprovechados por el ganado y para la obtención de leñas, principalmente en la sierra de Alcubierre

Para Miguel Ortega (Los bosques de Los Monegros), en Los Monegros «Es el lugar del mundo donde vive con diferencia a menor altitud, y si está aquí es por el frío invernal, lo de la sequedad simplemente lo soporta. Este es un árbol típico de las parameras ibéricas, lugares fríos que comparte con la carrasca y el roble quejigo, pero ocupando los suelos de peor calidad cómo los muy pedregosos; pues es un árbol de pleno sol y no soporta crecer bajo la sombra de otras especies de mayor desarrollo. La pregunta es ¿entonces como puede vivir en Los Monegros?, pues aprovechando donde no tiene competencia, como las depresiones donde se acumula el frío, con sus nieblas heladas y la escarcha formando el dorondón, aquí ningún otro árbol le hará sombra, y (nunca mejor expresado), demasiado frío para el pino carrasco y demasiado seco para la carrasca y el quejigo.»

Las sabinas de Los Monegros nunca surcaron mares ya que terminaron en techumbres como vigas y en humo después de ser reducidas a carbón. Y vieron las recuas de mulas primero, y al tractor después, transformando la monteriza en huebra y sementero condenándolas finalmente a vivir en lindes entre cultivos. A las supervivientes. A las últimas.

Javier Blasco Zumeta

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Crecimiento anual julio 2013

«La sabina es de tronco grueso y corteza grisácea agrietada en tiras filamentosas, forman copas frondosas, cónicas cuando son jóvenes, que se redondean con la edad, suelen alcanzar alturas de hasta diez metros o más.» En contra de lo que se cree no son de crecimiento especialmente lento y gran longevidad, los años de lluvia suelen crecer tanto como los pinos y los que no llueve, según César Pedrocchi, menos o nada. «Los botánicos han escrito que engrosan el diámetro de su tronco un promedio de solo 3 mm anuales. No pueden, ni necesitan, crecer más rápido ya que ningún otro árbol puede vivir ahí y quitarles la luz», explica Javier Blasco Zumeta. Crecen despacio y viven mucho. En Los Monegros la sabina tiene un crecimiento claramente bimodal, con un pico primaveral y otro otoñal. “Esta gran plasticidad para ajustar sus patrones de crecimiento hace presuponer que puede llegar a ser capaz de aguantar unos niveles muy elevados de estrés, como consecuencia de un previsible clima futuro más seco y cálido”. Así concluye un estudio que compara sabinas de Soria y Los Monegros. «El crecimiento de los árboles se inicia en marzo y se detiene totalmente durante el verano. Con las lluvias de septiembre los árboles vuelven a generar madera hasta noviembre. Las sabinas de mayor longevidad constatadas en la península ibérica son las de Calatañazor, con cerca de 500 años, lejos de la creencia de edades milenarias en las sabinas. Su madera es muy resinosa y aromática.»

Miguel Ortega señala que, a través de sus anillos de crecimiento (de menos de 1 mm), podemos comprobar cómo es capaz de sobrevivir con esta sequedad, pues es un árbol que con buenas condiciones, en fondos de vales o los años lluviosos, puede tener grandes crecimientos (anillos de cerca de 10 mm) «Con las lluvias de primavera el árbol va creciendo pero llegando el verano deja de crecer, entra en descanso pues no tiene suficiente agua, y así espera hasta final del verano o en otoño, si cae suficiente agua vuelve a crecer, y no dejará de hacerlo hasta la llegada del frío cuando el resto de árboles ya están en descanso, en su tronco queda registrado con un falso anillo en cada momento de crecimiento a lo largo de un mismo año. Así con esta frugalidad, plasticidad y sabiendo aprovechar el momento nos podemos encontrar con estas grandes sabinas en Los Monegros (que por cierto, no se ha comprobado de una forma científica que ninguna sea milenaria).»

El nombre científico de esta especie, thurifera, significa «productora de incienso», ya que su madera es muy aromática, de olor resinoso agradable, por lo que se ha quemado para este fin, produciendo un olor muy penetrante que al decir de las gentes ahuyenta a los insectos y según Pío Font Quer hace huir a las serpientes.

La sabina negral, Juniperus Phoenicea, es más oscura y se parece más a los cipreses, sus frutos al madurar son de un color rojizo, su nombre Phoenicea hace referencia a su coloración. Los frutos “gayubas” de la sabina albar al madurar adquiere un tono azul oscuro.

La Sabina

Allí permanece quieta
igual que la soledad,
pasa el tiempo por sus ramas
y no las puede truncar.

Quieta,
altiva,
la sabina
testifica
que bajo ella
se agruparon
los anarquistas.

Soporta la ira del cierzo
igual que un barco a la mar
y bajo la densa niebla
es como un ángel guardián.

Cuando paso por su lado
me entran ganas de abrazar
el viejo y duro tronco
que la hace realidad.

Y allí permanece enhiesta
como un monegrino más
sabiendo, como ellos saben,
lo duro que es pelear.

                                                    José Antonio Labordeta

Las sabinas en Los Monegros han mantenido una estrecha relación con el ser humano, los portes largos y rectos han sido aprovechados para la construcción de mases, masías y aldeas (casetas de monte), construyendo la parte principal del esqueleto del tejado. Además, las ramas de las sabinas constituían una fuente de alimento invernal para el ganado lanar. Esta gestión tradicional de las sabinas, desarrollando su porte arbóreo, lleva a considerar la técnica como un modelo cultural semejante al trasmocho de chopos cabeceros, «Arbórea sabina, apuntes ante un modelo cultural»

Visitando enormes sabinas con un viejo pastor de Pallaruelo de Monegros, Félix Tabueña, uno descubre sorprendentes ejemplares del sabinar de Pallaruelo de Monegros, con la mirada de quien ha visto crecer las sabinas. Con su saber, transmitido generaciones tras generaciones, enseña que la mano del hombre ha contribuido en el desarrollo de las características sabinas de porte largo y desnudo. En invierno, cuando escaseaba el alimento para el ganado, los pastores las desmochaban, las podaban. Las sabinas las han formado a base de “ramiar” que es como se conoce la labor de la poda. Para no causar la muerte de las sabinas, cada año podaban un piso.

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Contemplando una centenaria sabina.

Paco Lasierra, natural de Pallaruelo de Monegros, escribió en 1990 dos artículos para la revista “Quio” sobre las sabinas monegrinas. Paco llama sabinizos a las sabinas sin podar que no llegan a alcanzar un porte arbóreo quedando en arbusto. Igualmente que Félix Tabueña, denomina «Ramiar» al proceso de poda de las sabinas: «Estas sabinas si no se cortan las ramas de debajo, operación que aquí denominamos «ramiar” y que en realidad se llama poda, en vez de ser árboles con un crecimiento normal están prácticamente siempre igual, y más bien son como arbustos tengo ejemplos de cuando era pequeño, de algunas ramiadas con mi padre, y que con el paso de los años se han convertido en árboles; así, algunos vecinos de Pallaruelo, que vamos ramiando bastantes, esperamos ver los frutos de su crecimiento».  Lasierra describe como las sabinas del marguin o márgenes de los campos agrícolas, se han empleado tradicionalmente para puertas, cletas (cleta: Ara. puerta rústica consistente en un armazón de palos o estacas), tableros de carro… Su madera es muy resistente, lo que ha dado píe al falso mito de la armada invencible, aunque dura y difícil de trabajar. Javier Blasco Zumeta cuenta que en Pina se empleaban para hacer estacas (empalizados) para sujetar las ribas de las acequias o del río. En el Ebro aún permanecen postes de sabina, los colocaban antiguamente para la pesca de anguilas, hace ya más de 40 años. Con la madera de sabina se construían piezas para los pozos, iba muy bien la sabina pues es resistente a la pudrición. Según un viejo carpintero, amigo de Javier Blasco, la sabina no servía de mucho, pues la pequeña tiene muchos nudos y las grandes están podridas por dentro. También aguantaban bien la pudrición hundidos en el fiemo, y eran colocados en las parideras como puntales para separar corderos u ovejas en lactancia. “Los mismos palos servían a veces para cerrar la paridera de un modo rudimentario”. “En Lanaja y otros pueblos de Monegros, para aumentar el volumen de carga de los carros, al acarrear la «garba» (miés) a las eras, se usaban «pugas» y «pugones», que prolongaban el varal por ambos lados y por atrás. Las «portaderas» o capachos de mimbre para llevar las uvas al «cubo» o lagar, se remataban con madera de trabina, sobre todo por la parte de las asas, por su tenacidad.” (Usos etnobotánicos de la Sabina Albar y arbustos que le acompañan en Aragón, L. Villar, Instituto Pirenaico de Ecología. Espagne J.V. Ferrández. Instituto Pirenaico de Ecología, Espagne).

            «Las cabras solían estar donde más sabinas había, cuanto más viejas mejor, un exquisito manjar para el ganado lanar. Cuando se compraba una caballería nueva, para saber si era buena para el trabajo se le enganchaba una sabina arrancada para ver como tiraba. Las sabinas servían para refugio del sol, para el descanso de las faenas del campo, para el almuerzo, comida o merienda. Un lugar fresco para conservar la comida y la bebida y descansar de la siega, o resguardarse el pastor y sus perros.

            Hace su nido el pájaro carpintero “el aguacero”. En las sabinas viejas es más fácil, ya que por dentro están huecas, después los huecos los aprovechan para criar los mochuelos, lirones, ratas de campo y Paco narra que una vez al asomarse se encontró un par de lagartos que le dieron un buen susto.  En sus ramas anidan las palomas torcaces, la garza o picaraza, cernícalos, esparveros o águilas, en sabinas viejas y grandes.

            Nadie que se haya criado en Pallaruelo podrá contemplar la sabina y permanecer impasible, por ser una de las cosas que nos identifican”

                                                                                                                Francisco Lasierra

Incluso las sabinas se empleaban para comprobar la fuerza de las caballerías, tal y como recuerda Francisco Lasierra: «También yo recuerdo en mi propia casa, cuando se compraba alguna caballería, para probarla se enganchaba en alguna sabina que hubiese arrancada, así, meciéndole arrastrarla, se sabía si era apta para el trabajo».

No hay que olvidar la sombra de la sabina, Francisco Lasierra dice que  la sombra de las sabinas ha sido y es utilizada para infinidad de cosas: «Cuando se hacían las faenas del campo a mano, a la hora de la comida, eran lugares donde se estaba más fresco, así algunas sabinas que estaban en sitios estratégicos se cuidaban de forma que no diese el sol en todo el día; mención especial merece la siega, cuando en muchos casos comían todos los segadores debajo de ellas; también se ponían las bebidas (agua y vino) para que estuviesen frescas. Los pastores igualmente han buscado la sombra de las sabinas para sentarse, al igual que los perros de estos, que así reposaban del trabajo que les daba el ganado.» En la misma línea lo recoge Emilio Blanco (Inventario Español de los Conocimientos Tradicionales relativos a la Biodiversidad. Miteco), destacando también su papel en los lindes de los campos: “Por supuesto, este árbol es valorado por su sombra y frescor en verano; por ello era a veces respetado en las lindes de algunas tierras de cultivo donde a veces quedan grandes ejemplares”. 

Como curiosidad en Lanaja se obtenía una miera «olorosa» o aceite de sabina y enebro para curar las heridas de las ovejas, o bien las cabras después del parto «Ahora bien, la miera más común o «aceite de cade» se obtenía por destilación del leño de Juniperus oxycedrus y se usaba entre otras cosas, para untar patas fracturadas al entablillarlas, para curar la tiña o untar tumores infectados. También se ponía un recipiente de tal aceite colgado en las cuadras para ahuyentar las moscas y se untaban los agujeros para que» «no entraran los ratones. En uso humano, se empleaba dicho aceite para calmar el dolor de muelas, untado en algodón y aplicado, pero sin abusar porque de otra manera «quema la dentadura y se caen los dientes». Precisamente, el cocimiento de las «bolas» o frutos de este «chinebro» o enebro se toma para curar catarros o para las infecciones de riñón (Ferrández & Sanz, 1993).» (Usos etnobotánicos de la Sabina Albar y arbustos que le acompañan en Aragón, L. Villar, Instituto Pirenaico de Ecología. Espagne J.V. Ferrández. Instituto Pirenaico de Ecología, Espagne).

«Con la ceniza de sabina se desinfectaban y cauterizaban las desolladuras provocadas en la piel de las ovejas durante el esquileo.» (Usos etnobotánicos de la Sabina Albar y arbustos que le acompañan en Aragón, L. Villar, Instituto Pirenaico de Ecología. Espagne J.V. Ferrández. Instituto Pirenaico de Ecología, Espagne).

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Sabina en el monte de Castejón de Monegros. 

Diferentes estudios realizados por el profesor Javier Blasco Zumeta han dado como resultado una gran biodiversidad relacionada a los sabinares monegrinos, que encuentran un adecuado hábitat en la base de las sabinas, entre sus extendidas ramas. Se han encontrado 16 especies de himenópteros, uno de los mayores ordenes de insectos, con la cita primera de una especie en la región Paleártica. En otro estudio, se recogen nueve especies y se encuentran tres nuevas citas de piojos (malófagos), parásitos de aves. También existe un estudio sobre los pulgones en los sabinares, en el que se constataron 112 especies, de las que al menos dos fueron nuevas especies descubiertas. Un diverso microhábitat en cada sabina, donde, además, las mismas ramas mantienen humedad necesaria para su buen desarrollo y microfauna que va generando nutrientes.

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Campos salpicados de sabinas en sus márgenes.

La deforestación de los Monegros está lejos del mito de la falsa tala masiva para la construcción de la armada invencible. La deforestación, posiblemente se desarrolló en una primera etapa sobre los siglos XIV y XV, en cuyo periodo se produzco un brutal proceso desforestador en el valle del Ebro que desencadeno la formación del delta del Ebro, aunque no hay constancia de una severa deforestación en Los Monegros.

A la actividad ganadera se le puede atribuir una segunda etapa desforestadora, del siglo XV al XVIII, consiguiendo pastos y evitando la regeneración. El geógrafo portugués Labaña en 1611, en su paso por los Monegros, no referencia la presencia ni de sabinas ni sabinares. Frutos afirma que en el siglo XVIII el sabinar (más o menos extendido) era explotado para leñas, madera de construcción y carbón, y el sobrepastoreo lo hicieron retroceder. Aunque Braun-Blanquet & Bolòs (l.c.) sostienen que la deforestación se debió a la tala del sabinar, impidiendo el ganado la posterior repoblación.

En la obra «De la flora española o Historias de las plantas» de Joseph Quer de 1784 hay una cita muy interesante en relación con la sabina: «En los terrenos del Reyno de Aragón es muy familiar, y con particularidad en los Monegros cerca de la Venta, que llaman de Santa Lucía; y es tan abundante en todo aquel país, que en muchas Villas y Lugares no queman otra leña.» Los llanos de santa Lucía comprendían, de una forma muy general, desde la parte sur de la sierra de Alcubierre hasta la ribera del Ebro.

La historia de la economía de Aragón, Asso, I. 1798 se refiere a la Sierra de Alcubierre como “está cordillera estuvo muy poblada de pinares y carrascales, que suministraban abundante materia para carbón, pero hace algunos años que los cortes hechos incontroladamente han disminuido en gran parte aquellos bosques”.

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Bosquetes de sabinas.

Es con la llegada del siglo XX cuando según César Pedrocchi se produce la mayor deforestación debido a la gran roturación de tierras para uso agrícola. Pero el desuso de leñas como combustible, el abandono de tierras y la desaparición de rebaños y el pastoreo han propiciado una gran recuperación de la masa forestal. En la sierra de Alcubierre encontramos bosquetes de sabinas y ejemplares formando masa mixta con el pino carrasco, además de aparecer salpicando los márgenes de campos.

La paleogeografía considera a los bosques de sabinas relictos, paisajes vegetales que ya existían en el cretácico y han viajada a través del túnel del tiempo. Actualmente, los sabinares se encuentran en expansión y configuran un paisaje indisociable a Los Monegros. Incluso, como dice Paco Lasierra, en las sabinas tienen tanto arraigo que han servido para dar nombre a fincas y partidas, así por ejemple, en Pallaruelo de Monegros «Hay una parte denominada Los Sabinales, otra finca particular con el nombre del Corral de la Sabina, también ha habido sabinas con nombre propio, destacando cuatro que había en la finca «Los Cubilares” y por su forma de nacer en cuatro recibían el nombre de El Palio».

Nuestros sabinares son especiales y tienen alma de leyenda, pues cuentan que el célebre Bandido Cucaracha escondía su botín en una vieja sabina, o la Virgen de la Sabina en Farlete, templo barroco levantado en el lugar donde la virgen se apareció a un pastor erguida sobre una sabina. En definitiva, cada sabina es un tesoro, un patrimonio, un monumento por proteger, signo de identidad de nuestra querida tierra de Los Monegros. Incluso algunas de las sabinas monegrinas están incluidas en el inventario de árboles singulares de Aragón, estas son la sabina Cascarosa de Monegrillo, con una altura de 16 metros o la sabina Filada Jorge de Lanaja, con 12 metros de altura, ambas considerados árboles monumentales. 

Imprescindible: «Sabinas Monegros». Un blog donde explica el proceso para reproducir la sabina albar y sus cuidados posteriores. Un blog muy recomendable, interesante y didáctico, de obligada lectura.

  • César Pedrocchi Renault. Ecología de Los Monegros. IEA, 1998.
  • Jorge Serrano Bolea. Árboles y arbustos de Los Monegros, PRAMES, 2003.
  • Variedad biogeográfica del territorio aragonés. A. Longares Alardren.
  • Especies de Hymenoptera Ceraphronoidea colectadas en un sabinar de  Juniperus thurifera L.  Los Monegros. Paul Desart. Javier Blasco Zumeta.
  • Malófagos parásitos de aves de un sabinar de Los Monegros (Insecta:  Mallophaga). Javier Blasco Zumeta y María Paz Martín Mateo.
  • Pulgones (Hemiptera Aphididae) de un sabinar de Juniperus thurifera de Los Monegros. M. Victoria Seco Fernández, M. Pilar Mier Durante,  Javier Blasco  Zumeta y Juan M. Nieto Nafría.
  • Blanco Castro, Emilio et alii. Los Bosques Ibéricos: Una interpretación geobotánica. Barcelona. Planeta, 1998.
  • Los bosques de Los Monegros. Miguel Ortega.
  • De la flora Española o Historias de las plantas. Joseph Quer.

Salamanquesa


Texto con motivo del 10º aniversario del proyecto cultural «Os Monegros» 2006-2016.

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            Al llegar la calma, despiertan las criaturas de la noche, seres que invierten el ciclo del día. Tras el ocaso, la lobreguez se extiende entre las luces, olvidando pronto el crepúsculo y eclipsando sombras que se resisten a desaparecer. Pero hasta en la más profunda oscuridad, existen estrellas que poderosamente nos atraen y alimentan la pura esencia de la existencia.

            Ella aparece sosegada, al atardecer, sale entre las grietas y entre los inescrutables recodos, con su abanico de colores camaleónicos, entre marrones, ocres y grises. Su cuerpo es robusto, con prominencias, bultos de aspecto vetustos que causan respeto, incluso terror y desprecio.

            Para ella, cada paso es un juego de equilibrista, cada paso burla la gravidez, es toda una funambulista que reta la lucidez. Camina tranquila, adhiriéndose a superficies desafiantes e imposibles, camina por los techos y nos contempla en su mundo al revés. Su mundo es nocturno y se contradice al necesitar el sol, su mundo es frío pero depende del calor, su mundo es oscuro pero busca la luz. Su mundo también es el nuestro, pero ella no lo destruye, no lo contamina, no lo consume, no lo envenena… ella convive con la madre tierra.

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            La noche siempre es misteriosa, de solitarios territorios de caza, donde la vida se defiende en cada instante. Ella permanece estoica e inmóvil, al acecho de su presa y sin prisa se asegura un ataque certero que capture su presa. Su instinto nocturno despierta mitos y leyendas del mundo oscuro, donde el miedo humano nos demuestra su peor cara. Y así continúa la noche, con su profundo silencio, solo inquebrantable por aullidos casi inaudibles.

                     Se sucede la noche, hasta un nuevo amanecer.

            De carácter sencillo, destacaba el maestro José Fatas y Bailo, completamente inofensivo, que no teme entrar en nuestras propias habitaciones y vivir con nosotros. Pero nosotros le atacamos, la despreciamos, las matamos… Le tememos por su aspecto, somos seres de perjuicios y de preconcebidas ideas infundadas, ideas que muchas veces se vuelven destructivas. Razonar no es suficiente y ni la historia y ni las tradiciones valen por si mismas, tampoco la cultura. Porque en su mundo al revés, la salamanquesa, nos observa en nuestro mundo que tanto despreciamos, con guerras, hambrunas, desigualdades, racismo, fascismo, machismo, maltrato animal, contaminación… y aún así convive con nosotros.

Si hay esperanza ¡Yo me giro al mundo al revés!, al mundo de la salamanquesa.

In Memoriam y A sangre fría



Constantino Escuer Murillo, natural de Perdiguera, es un agricultor muy unido a su tierra. Valora tanto la vida, que es capaz de ver la vida que no somos capaces de ver los demás; es todo un conocedor y descubridor de la entomofauna monegrina y de la naturaleza en general. Pero además, Constan es colaborador de la revista  monegrina «Montesnegros» y gran divulgador y conocedor de su tierra. He de agradecerle que haya querido compartir dos emotivos escritos sobre la guerra civil en Perdiguera, valiosos testimonios para que la memoria continúe viva en nuestros corazones. 

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Constantino Escuer Murillo

 

IN MEMORIAM

«Rogad a Dios en caridad por estos cuatro seres inocentes, que en horas de confusionismo, dieron su vida por España. Manuel Escuer – Saturnino Alfranca – Benito Bailo – Segundo Arruga» Así reza la inscripción en la lápida de una tumba que encontraremos en el cementerio de Perdiguera nada mas franquear su puerta.

Tal día como hoy 28 de agosto de 2016, se cumplen ochenta años del asesinato de estos cuatro vecinos de Perdiguera, que junto al maestro de Lanaja, cuyo nombre desconozco, fueron fusilados en las tapias del cementerio.

No fueron los primeros en ser pasados por las armas tras la sublevación militar del 18 de Julio de 1936, ya que previamente y en las tapias del cementerio de Torrero, habían sido fusilados el secretario del ayuntamiento de Perdiguera Félix Lamata Sanz y el médico del pueblo Martín Serrano Díaz. Con posterioridad, también sería fusilado el maestro de la escuela de niños Victoriano Tarancón Paredes.

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El marmolista que realizó la inscripción de la lápida, por algún motivo, cometió un error a la hora de escribir uno de los apellidos. Las cuatro personas que fueron fusiladas por el único delito de pertenecer a Unión Republicana son: Manuel Escuer Doñate de 52 años, que en el libro de defunciones del ayuntamiento, cuando se habla de las causas de su muerte pone «Muerto a causa de las circunstancias actuales», Saturnino Arruga Alfranca de 51 años y con las mismas causas de la muerte, Benito Bailo Arruga de 40 años «Muerto a causa de la guerra» y por último Segundo Arruga Alfranca de 29 años, que consta como «Muerto por haber sido fusilado».

Este último, Segundo, fue secretario de Unión Republicana, partido que tenía un pequeño casino en la actual calle de Las Plazas, que se cerró tras el golpe militar y que hasta entonces fue centro de reunión y debate político. Como muestra de ello, en una carta dirigida al Gobernador Civil, el alcalde informa de que en el Centro de Unión Republicana, ha tenido lugar el día 17 de enero de 1936 a las ocho de la tarde un acto político, y dice literalmente: «Pláceme significar a V. E. que se verificó el acto con el mayor orden, sin ocurrir ningún incidente, siendo el número de los asistentes de 80 a 100 y los oradores que tomaron parte en el acto, Don Joaquín Centelles, Don Carmelo ¿Esques? D. Saturnino ¿Guallar? y D. Casimiro Sarría, siendo los puntos tratados relacionados con la próxima campaña electoral a Cortes».

Tras esta elecciones, ganadas por el Frente Popular, y con motivo de tres renuncias, se designarían tres nuevos concejales al ayuntamiento de Perdiguera, Hilario Murillo Castelreanas, Casto Lopez Expósito y el propio Segundo Arruga Alfranca. Toman posesión de sus cargos en marzo del 1936 y es elegido alcalde Hilario. Poco dura su mandato, ya que el 21 de julio, tres días después del golpe, el sargento de la Guardia Civil del puesto de Leciñena «Por orden de la superioridad», da por clausurada la Comisión Gestora del ayuntamiento.

De estos tres concejales, Segundo Arruga ya sabemos cómo terminó, fusilado junto a sus tres compañeros y el maestro de Lanaja en un criminal acto al que acudieron numerosos espectadores, entre ellos muchos niños de la escuela, alguno de los cuales arrastraría terribles pesadillas hasta su muerte. Otros niños, ya de mayores, decían recordar al maestro de Lanaja dando vivas a la República mientras el pelotón de fusilamiento les disparaba. Casto tuvo que huir y terminó su vida en Venezuela, e Hilario, tras muchas vicisitudes, se libró de una muerte a la que estuvo condenado.

Espero poder escribir más adelante y con más detalle de los acontecimientos que rodearon la huida forzosa para escapar de la muerte de Hilario y Casto, así como de los horribles hechos que sucedieron en Perdiguera a finales de septiembre de 1936, pero hoy 28 de agosto de 2016, ochenta años más tarde, vaya mi particular y sentido homenaje para Manuel, Saturnino, Benito y Segundo, vecinos de Perdiguera, por su compromiso político y su lucha por lograr una sociedad más justa. Y también para el maestro de Lanaja en representación de tantos servidores públicos que como Félix, Victoriano y Martín, fueron asesinados por defender los ideales de la República.

Constantino Escuer Murillo

28 de agosto del 2016

A SANGRE FRÍA

Pocos imaginaban en el pueblo, que aquel 27 de septiembre de 1936, hoy hace de ello 80 años, se producirían unos hechos que constituirían la página más negra y trágica de la historia de Perdiguera.

14500359_1264104350298375_1426354929054863612_oAquel domingo, en un pueblo tomado desde el inicio de la guerra por los militares sublevados, un grupo de guardiaciviles al mando del teniente del cuartel de Movera, después de bien comidos y bien bebidos, según contaban quienes se acordaban de ello, se dedicaron a recorrer el pueblo deteniendo a 31 vecinos que fueron introducidos maniatados en la caja de un camión. Posteriormente fueron trasladados al límite del término de Perdiguera con Villamayor, donde en las paredes de una antigua casilla de peones camineros que había junto a la carretera, fueron fusilados y enterrados en una fosa que allí hicieron.

Sin duda alguna, la saca estaba preparada con un listado de personas a las que había que aniquilar por sus ideas políticas, aunque cabe la posibilidad de que, según algunos testimonios, en la borrachera de la acción, se detuviera a algunos pocos que no figuraban en la lista, pero tuvieron la mala suerte de cruzarse en su camino.

Resulta imposible nombrar caso por caso la tragedia de todos los fusilados, pero sí que tengo testimonios como el de Rogelia, la hija menor de Pedro Escanero y Juliana Vinues, que entonces tenía 16 años, quien me contaba entre lágrimas, que después de asesinar a sus padres, pretendieron que bajase a la plaza a bailar con los soldados unos días después del fusilamiento, y gracias a la intervención de un mando que se había alojado en su casa, la dejaron en paz.

O el caso de Estefanía Castelreanas, madre de Hilario, alcalde y presidente de Izquierda Republicana, que no quiso escapar del pueblo cuando lo hizo su hijo, convencida de que con su edad, siendo devota cristiana y ayudando en las labores de la parroquia, nada le podía suceder. Pues como no encontraron al hijo, se la llevaron por delante.

O el de Pascual Murillo (hijo) de 16 años, quien al ver que se llevaban a su padre Pascual detenido, corrió tras el camión gritando ¡Padre, padre, padre! hasta que detuvieron el vehículo y lo subieron con el resto de los detenidos.

O el de Petra Cugota, de 32 años y en su último mes de gestación, cuyo patente embarazo no fue suficiente para que se compadeciesen al menos del hijo que estaba por llegar.

O el de los otros dos adolescentes de 16 años, Elías Arruga y José Alfranca, que fueron asesinados antes de que pudieran saber lo que era la vida.

14485114_1264104443631699_7658349434840131423_nMe gustaría poder dedicar unas palabras para cada uno de los asesinados, pero lamentablemente carezco de información suficiente para poder hacerlo. Mi respeto y mi recuerdo para cada uno de ellos.

Pasada la guerra, los cuerpos fueron exhumados de la fosa donde se encontraban y enterrados en el cementerio municipal bajo una lápida común situada muy cerca de la entrada a mano derecha.

Si alguna vez entráis al cementerio de Perdiguera, dedicad al menos un pensamiento para estas 31 personas, que fueron, víctimas inocentes de una maquinaria de terror que intentó aniquilar a todos sus adversarios políticos, y protagonistas involuntarios de una tragedia que todavía tiene sus consecuencias en el pueblo donde vivieron.

 

Constantino Escuer Murillo

27 de septiembre del 2016