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Monegros, el documental


“Monegros” responde a un documental reflexivo y de creatividad excepcional, donde la mirada, la curiosa mirada, observa una realidad a través de una cámara que, a la vez, se cuestiona a sí misma. Sin duda, “Monegros” es una obra experimental y artística llena de detalles y matices propios del surrealismo que reflexiona sobre el propio lenguaje cinematográfico y, en este caso, sobre el género documental. Una obra sublime que recientemente la Filmoteca de Zaragoza ha restaurado magistralmente.

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Antonio Artero

La elección de Los Monegros parece que no es casual, la presencia de José Antonio Labordeta, como protagonista, imprime un fuerte nexo de unión del documental con el territorio, a través de las raíces del gran poeta y cantautor aragonés. Pero a la vez, el documental bien podría haber sido rodado en cualquier otra parte de aquella España subdesarrollada. Aun así, “Monegros” resulta un marco de partida más que poético en los versos de Labordeta, de sentimiento y territorio, “Monegros” es una verdadera obra maestra, artística y de culto.

“La obra no está exenta de sentido del humor y en ella no puede faltar, además de la región de Los Monegros, la figura de José Antonio Labordeta y tres de sus canciones.”

Mariana Artero

“Monegros” pone en duda su propia realidad, la que trata de reflejar en un estilo documental que ha sido comparado con “Las Hurdes”, del  gran genio aragonés y ampliamente reconocido Luis Buñuel. Pero “Monegros” no es todo lo que realmente parece y guarda grandes distancias con la obra de Buñuel. Realizado en 1969, el documental fue posible gracias a la colaboración de la Caja General de Ahorros de la Inmaculada de Zaragoza. Un trabajo que según Mariana Artero, hija de Antonio, “tenía en mente desde el año 1961 y no pudo realizarlo hasta 1969 por problemas económicos».

“El director, tras participar en las Primeras Jornadas Internacionales de Cine (Sitges, 1967), se encontraba en su fase más experimental y este “documental” es el reflejo de las búsquedas ideológicas y estéticas del sitgismo en este género. Si bien el film hace uso de los recursos propios del documental tradicional (voz en off e información de carácter científico), es con el fin de lograr el desmontaje de las formas de representación dominantes en este género.”

Colección en contexto. Caso de estudio 5. Antonio Artero. Monegros.

CDAN Centro de Arte y Naturaleza. Fundación Beulas, Huesca.

El director, guionista y ensayista Antonio Artero Coduras nació en 1936 en la cárcel de Zaragoza, a raíz del encarcelamiento de su madre por su condición anarquista en la zona sublevada. Una fuerte impronta libertaria que le acompañó a Antonio toda su vida y que reflejó y transmitió en su obra. Así, sus principios fue un corto sobre la Base Aérea Americana de Zaragoza y, entre sus obras, realizó una de las primeras obras cinematográficas en aragonés con el corto Pleito a lo sol (1980). Sus otras obras son: Doña Rosita la soltera (1965), El tesoro del capitán Tornado (1967), con Antonio Ozores, Del Tres al Once (1968) corto. Blanco sobre Blanco (1969) corto. Yo creo que…(1975), con Juan Diego y Concha Velasco Olavide, documental (1976), corto para el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid. Trágala, perro (1981), Amparo Muñoz, Fernando Rey y Cecilia Roth. Cartas desde Huesca (1993), con Óscar Ladoire. Además, Antonio Artero fue co-guionista de Una gota de sangre para morir amando (1973), dirigida por Eloy de la Iglesia y Bodas de Sangre (1981), dirigida por Carlos Saura.

Unos meses más tarde, en la reunión de los Clubs de Cine que se celebró en Sitges, Artero insistió en su apuesta por un cine más radical –de allí saldría una especie de manifiesto “por un cine más independiente, al margen de las estructuras sindicales, estatales e incluso industriales, y por la absoluta libertad en la expresión cinematográfica”- que iba a cristalizar en Blanco sobre blanco (una proyección sin película en una pantalla completamente blanca) y en Del tres al once, un cortometraje hecho con las guías de proyección de dos rollos que le había regalado Pablo del Amo. -El primero era una reflexión del cine, qué son las sombras chinescas y también sobre la destrucción del discurso representativo del cine. El segundo era una meditación sobre lo que no se ve, lo que se escamotea al espectador. Yo recuerdo que en el viejo Iris daba saltos de alegría cuando veía aquellos inicios de la película con colas, con números, con rayas. Decía: ¡Qué bonito! Esa experiencia cristalizó en el documental Monegros, cuando se decía aquello de “Atención, atención”.

Antón castro

El documental cuenta con la fotografía de Raúl Artigot, director y guionista aragonés especializado en el color y reconocido por su excelente trabajo “su trabajo es solicitado por los realizadores más inquietos y exigentes de nuestro cine, por aquellos que buscan en el cromatismo un aliado esencial para la ambientación” (Artigot, Raúl. Gran Enciclopedia Aragonesa).

“Monegros” está dedicado al también director de cine Juan Antonio Barden, a quien el documental se refiere: “Se rompió la nariz cerca de Bujaraloz cuando quiso hacer un film sobre: Monegros”. ¿Ficción o realidad? Es la verdadera naturaleza del documental, la reflexión que nos propone y que, como espectadores, vamos descubriendo a lo largo de sus veintiséis minutos de duración.

“Monegros”, en palabras de Mariana, «Funciona un poco como ensayo o también de propuesta teórica en torno al propio lenguaje cinematográfico del documental, que en este caso, el autor le da la vuelta para decirnos que la cámara y el director sirven como mediación a esa realidad».

Entre los sonidos que imponían miedo y cautela, recibió la extraña propuesta de un viejo amigo, el cineasta Antonio Artero (fallecido en 2004), recalado en Madrid, ciudad en la que comenzó una carrera muy ligada al cine experimental. Artero había nacido en la cárcel de Torrero en 1936, donde su madre, que era anarquista, cumplía prisión. Artero pensó en Labordeta para que le compusiese una canción, pero vio en él al personaje idóneo para interpretar a un ser humano que se funde en un paisaje tan imponente como el de los Monegros aragoneses. El rodaje en Semana Santa constituyó una fiesta. Se les unió el sociólogo Enrique Grilló y el cineasta y viejo amigo de juventud Manolo Rotellar. Para que el clima surrealista que acunó don Luis Buñuel tuviese su presencia en la película, aquella primavera llegó húmeda, y los Monegros, siempre secos y pardos, se mostraron tan verdes como una pradera irlandesa… Yo asistí al preestreno que tuvo lugar en el colegio La Salle. Esa noche fue el «acontecimiento» del año y el todo la Zaragoza cultural se dio de codazos para obtener una entrada. Pero antes se ofreció el estreno, que resultó un poco enrevesado y accidentado. Labordeta se lo contó a la especialista en cine Vicky Calavia: «Ramón Sáinz de Varanda (abogado y futuro alcalde de la ciudad) había conseguido un aval para la película de medio millón de pesetas que patrocinaba la CAI (Caja de Ahorros de la Inmaculada). Pero en el pase privado que se proyectó en una salita de la caja (cine Actualidades) saltaron chispas, siendo el momento de máxima tensión la escena del baño de una mujer desnuda. Fue terrible. Los directivos de la CAI retiraron el aval y la película de la circulación, quedándose de albacea (que no de avalista) Emilio Gastón.»

Joaquín Carbonell. Querido Labordeta.

 

4, 5, 8, 4, 5… ¡Atención, atención! Títulos pop.

Una corta sucesión de tebeos novelados, fotogramas de un hombre que escapa de la ciudad en busca de la tranquilidad y la pureza del agua, simbolizan los inicios cinematográficos de un joven Antonio Artero “Aquel cine que Artero hacía con sus amigos en casa o en la calle, con tiras de los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín o El guerrero del antifaz. -Cogíamos un tebeo, lo recortábamos y lo íbamos pegando en tiras, a veces incluso por atrás. Y luego lo enrollábamos en dos palos de polo de helado. Y a la caja le hacíamos un rectángulo, a modo de pantalla. Metíamos los palos por el interior de la caja y los íbamos haciendo rodar-“ (Antón Castro. Antonio Artero: Con nosotros para siempre y de viva voz).

Una descripción sobre Los Monegros va introduciendo el documental donde la reflexión sobre el mismo género documental va adquiriendo su propio sentido: “El documental no es un documento. Siempre hay una mediación, que es la cámara. Yo cogí una realidad arquetipada y, a diferencia de lo que hizo Buñuel en Las Hurdes, quise ofrecer una negación de la realidad. Yo creo que al cineasta le es imposible dar la realidad. Con Monegros quise negar la existencia del documental” (Antón Castro. Antonio Artero: Con nosotros para siempre y de viva voz).

Los campos, los rabiosos secanos monegrinos, los arcos del real monasterio de Santa María de Sijena, la torre de la iglesia de Alcubierre…  imágenes que se van sucediendo mientras la voz en off va aportando datos sobre la comarca aragonesa de Los Monegros, sin renunciar a cuestionar la estructura de la propiedad privad, estableciendo que el director y su compromiso político social iban de la mano

Los suelos adquieren su impronta, los suelos áridos arenosos y arcillosos, la mirada al paisaje seco hasta sumergirse en las balsas de agua, buceando en el oasis de sus aguas. “Monegros” refleja la antigua cultura del agua, la escasez y su recogida en balsas, acarreada a las casas en modernos tractores con cubas frente al antiguo carro tonelero tirado por un mulo. “Monegros” reivindica su valor etnográfico, reflejando la realidad que ha querido cuestionar e incluso evitar.

Las Arcillas

Estas arcillas viejas,
estas arcillas pobres,
sólo crían miseria,
sólo producen hambre.

Hambre y camino.
Hambre todos los meses.
Camino largo y duro
a las ciudades.

Sólo quedan los viejos
y los barrancos,
como esqueletos rotos
contra la tarde.

Tardes que se hacen noches,
noches eternas,
esperando la vuelta
que nunca llega.

Estas arcillas viejas…

Las saladas de Bujaraloz con el palacio de los Condes de Sastago, las salinas explotadas pon un catalán mientras un hombre va paleando la sal… Y la sabina irrumpe con su inmutable, inalterable, inamovible e imperturbable presencia, solitaria en un pedregal: “árbol cuya resistencia a la sequía se pone a prueba en esta región”. La sabina da paso al desaparecido poblado de Moncalvo, en los retos de la antigua pared de su iglesia gótica, de una pared que se resiste a desaparecer. En sus ruinas Labordeta interpreta “Montesnegros”, donde el equipo de grabación aparece retratado, entre ellos Manolo Rotellar, primer director del Archivo de la Filmoteca de Zaragoza, que protege con un paraguas a Labordeta mientras toca y canta. En la vieja pared de Moncalvo aparece una pintada “1959”, un año en el que muchos pueblos de colonización se estaban construyendo y para los cuales se utilizaron piedras de las desaparecidas casas del olvidado poblado de Moncalvo.

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El río Alcanadre discurre por las secuencias filmográficas del documental, los suelos siempre van teniendo su presencia, la salinidad, igual que los detalles: la cámara, el objetivo, las cajas de películas, las colas numeradas, el diagrama de escalas de colores fotográficos de la casa Kodak… Todo nos lleva a tener muy presente que estamos ante un documental, reflejando el proceso de grabación, como una advertencia ¡atención! ¡atención!, como un guiño a Vertov y su gran obra “El hombre de la cámara”.

Tras pasar un pajar semiderruido, la tradición oral y la memoria irrumpe con fuerza. La música del dance de Sariñena, la figura del pastor y el gran mayoral del dance de Sariñena Antonio Susín Palacio, recitando y manteniendo fluido dialogo con el rebadán Domingo Lana Novellón. Domingo Lana recuerda cuando se rodó el documental, la escena con Susín la grabaron en el piso de Manolo Berdun, en la plaza de la iglesia de Sariñena. Al parecer, el equipo de rodaje estableció su base de operaciones en Sariñena a finales de primavera de 1969 (Colección en contexto. Caso de estudio 5. Antonio Artero. Monegros. CDAN Centro de Arte y Naturaleza. Fundación Beulas, Huesca). “Fuimos a cenar al Hotel Anoro y tras la cena Labordeta sacó la guitarra y tocó algunas canciones” recuerda Domingo, a quien Labordeta le regaló un disco con cuatro canciones.

El documental continúa recorriendo Los Monegros, con la carretera nacional II a su paso por Bujaraloz, se ven pasar aquellos camiones y coches de la época y después Labordeta por una carretera solitaria, con su guitarra, interpretando ¿A dónde van las carretas?. Luego, el documental se detiene en La Almolda, donde “venden caracoles” mientras se entrelazan algunas pinturas, posiblemente de Sijena. Resulta una mirada inquieta y curiosa, reflejando el vivir cotidiano de un pueblo, sus gentes y su reacción ante las cámaras. Se desarrolla una secuencia en movimiento recorriendo una calle y deteniéndose ante la gente. “Monegros” es considerado por la Fundación José Antonio Labordeta como “Inaudito documental vanguardista”, Artero experimenta y crea y, en un instante del documental, presenta aun ave rapaz muerta en un árbol. Artero busca la reflexión, conversa y dialoga con lo que capta y no deja indiferente al espectador.

“Monegros” cuestiona la mecanización, los avances de la época y los nuevos modelos de agricultura. En el documental aparece el recién construido pueblo de colonización de san Juan del Flumen, término municipal de Sariñena, con las calles de tierra y sus nuevos habitantes, Artero retrata un hombre en un fotograma en negativo.

Al final, Labordeta interpreta su última canción “Dónde se van”, aparece por detrás de una locomotora a vapor con la Harinera de Monegros como fondo. Domingo Lana estuvo presente durante la grabación de aquella escena y también en la de Moncalvo, hace ya 50 años.

Homenajeando a Joaquín Costa, el documental se despide con la mirada curiosa, como intrusa, de una mujer risueña que observa a los observadores, a los documentalistas que tratan de recoger la realidad, o no “El cine no es la realidad”.

NOTAS DEL DIRECTOR:

Monegros es un documental cinematográfico y una reflexión sobre el cine. Yo creo que un grupo de hombres que pasan unos días en una región subdesarrollada, como la objeto primario de este film, y se plantean críticamente su “rol”, sólo pueden entender su “instalación” tal y como se pretende decir en el cortometraje. Esto es: que había una cámara, una película virgen, un aparato de sonido…y unos técnicos. Pero…y aquí empezaron nuestras dudas. Nosotros sólo poseemos elementos del conjunto del sistema cultural: elementos convencionales, representativos. Sin embargo, la REALIDAD estaba allí y sólo allí. Nunca en la pantalla, nunca en el arrastre de la Arriflex, nunca en la película Kodak…Todo –el material técnico y nosotrosera la reificación del sistema. Y nadie ante aquellas tierras y sus habitantes puede reificar. Por ello Monegros es un intento de investigar en los códigos y pasar a continuación a impugnarlos, intentar saber de qué sistema de determinaciones partimos cuando decidimos emitir una comunicación. Nuestras sociedades modernas, cuyo modelo cultural es de origen burgués, se apoyan en la práctica del código enmascarado, del fetichismo del código vergonzosamente inserto en una escenografía y un contexto autodefinido como verista y naturalista. ¿Cómo puede liberarse el cine de la sociedad de signos vergonzantes en la que nació? Quizá la solución para una vanguardia consciente esté en la búsqueda de un código MATERIALISTA, que escape radicalmente a la categoría de expresión, autor, etc. Toda concepción REPRESENTATIVA admite la existencia de un significado trascendental y responde sólo a preguntas y necesidades que pertenecen al idealismo filosófico. Hoy la tarea más urgente se presenta como desalienación del código. Manifestar el código del que forma parte el sistema, repito, constituye en estos momentos la única salida de todo arte que se quiera y pretenda de nuevo.

Texto de Antonio Artero para la hoja de sala repartida con motivo de la proyección Monegros en el Cine Club ACOP, el 30 de octubre de 1971.

El dance de Castejón de Monegros


El dance de Castejón de Monegros corresponde a uno de los típicos dances monegrinos, un dance completo de pastoradas, duelo de ángel y diablo, dichos y mudanzas al son de la gaita de boto aragonesa. Como muchos dances se interrumpió durante la guerra y aunque fue reanudado débilmente tras la contienda, poco a poco se fue perdiendo hasta que en la década de 1970 se recuperó definitivamente, aunque de forma parcial. Gracias a la incorporación de la mujer, hoy en día goza de gran vitalidad y futuro.

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El dance de Castejón de Monegros se representa para la festividad mayor de Santa Ana el 26 de julio y la menor de San Sebastián el 20 de enero. Un dance con una gran historia recogida por Simeón Serrate Valdovinos en la revista «Pliegos» de la Asociación de Gaiteros de Aragón “Historia del antiguo dance de Castejón de Monegros”.

Tras su interrupción, durante la guerra, el dance se reanudó en 1940 con los pasacalles hasta su desaparición a mediados de la década de 1960. Recuperado a principios de la década de 1970, actualmente, se representa mediante el dance de palos interpretado en procesión y mudanzas y la representación del duelo del ángel y el diablo.

Históricamente, en Castejón de Monegros se ha venerado a la Virgen de la Lumbre, siendo su santa patrona “Nuestra señora de la Lumbre”, hasta que una plaga de langostas causó el cambio a Santa Ana, tal y como lo recogió Lucia Pérez:

En el caso de Castejón es curioso observar que, según las informaciones de los ancianos, la Virgen de la Candelaria era la antigua patrona del lugar y que, en enero, para el día de San Sebastián, tenían lugar las fiestas de invierno. El patronazgo de Santa Ana se debe a que «antiguamente en esta tierra había muchas plagas de langosta y otras que dejaban sin cosecha el campo». Esto naturalmente ocurría cuando las espigas ya estaban granadas y una de esas plagas «se paró y desapareció justo el día de la Santa», así que «en agradecimiento se la nombró patrona». 

Lucia Pérez

El dance de Castejón de Monegros “Abuelos del mejor nieto”. Andalán nº432-433

Es en la década de 1970 cuando un grupo de jóvenes castejoneros comenzó a retomar y revitalizar el dance de Castejón de Monegros. Gracias principalmente al tío Virgilio, Ángel Tabueña, Fructuoso Sampietro y al tío Simeón “Cachencho” la nueva generación comenzó a recuperar el dance. Aunque la falta de relevo generacional de hombres propició la entrada de mujeres para poder mantener la tradición. Así, con cierta naturalidad, las chicas comenzaron a entrar en el dance de Castejón de Monegros: “No hubo grandes problemas y a partir de entonces siempre tuvieron las puertas abiertas” explica Ana Puey.

Acabadas las fiestas en el año 65 dejamos de danzar durante siete años. El dance estuvo dormido hasta que una señora lo despertó en 1973.Siendo Florentino Badimón mayordomo mayor de Santa Ana, su esposa Rafaela Badimón de Badimón, tuvo la obsesión y empeño de que volviera el dance y volvió. 

Simeón Serrate Valdovinos

Historia del antiguo dance de Castejón de Monegros. Pliegos.

Maricarmen Lavilla Calvete fue una de aquellas mujeres pioneras que entraron en el grupo de dance. Maricarmen fue reina de fiestas en 1973 y al año siguiente estaba de reina saliente “los hombres danzaban con pantalón, camisa y banda”; Maricarmen danzó por primera vez en 1975 con ropa de calle. El primer año que debieron de danzar las mujeres debió de ser en 1974, así lo fecha Simeón Serrate. Faltaba gente para danzar y, aunque no les gustaba que danzasen mujeres, fueron aceptadas para que no se perdiese. Eso sí, no faltó quien decía “No tenéis fuerza para danzar” o “El dance es cosa de hombres”.

“Los hombres fueron dejando poco a poco el dance hasta que al final sólo quedaron mujeres”.

“Aquellos años los maestros discrepaban sobre cómo se debía ejecutar el dance y cada uno lo recordaba a su manera, tanto el tío Simeón como el tío Virgilio tenía su propia forma de ver el dance”. Fructuoso Sampietro había sido danzante y se entregó mucho en su recuperación, “Fructuoso Sampietro era el más mayor y el que más se acordaba de las mudanzas, era muy enérgico y danzó con nosotras», recuerda Maricarmen con gran cariño. Ángel Tabueña provenía de Pallaruelo de Monegros y había sido antes danzante de su Pallaruelo natal. «En la recuperación del dance en los años 70 fue crucial el empeño de Florencio y Rafaela Badimon. Compraron los trajes, gaitas y regalaron una moneda de oro a cada uno de los danzantes. Rafaela fue de casa en casa convenciendo a los antiguos danzantes y animando a los jóvenes para que se incorporarán» recuerda Carmina Vidaller Salillas.

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Para aprender formaron cuadros de chicas con chicos, dos a dos. Se tuvieron que recuperar las viejas mudanzas, “cada fiesta tiene sus propias mudanzas”. “Nos lo pasábamos muy bien en los ensayos, con el gaitero los ensayos los hacíamos del 15 al 23 de julio, venía todos los días desde La Almolda”. Cuando ensayaban sin gaitero se tatareaban las melodías mientras danzaban.

Ana Puey ha danzado durante 15 años, comenzó en 1978 y ahora son sus hijas quienes han tomado su relevo. A principios de la década de 1980 los hombres dejaron de danzar, aproximadamente entre 1980 o 1982. A partir de entonces, los cuadros del dance de Castejón de Monegros están conformados totalmente por mujeres.

Al tío Virgilio lo querían mucho, era una persona muy buena y cariñosa, recuerda Ana Puey, tenía mucha consideración cuando enseñaba. Primero fue mayoral el tío Virgilio llevando el típico palo de pastor y luego, cuando se fue haciendo mayor, tomó relevo el tío Simeón. El palo tenía el característico gancho de pastor e iba adornado con cintas de colores.

Mayorales que he conocido en el dance: Primero Telesforo Segura, su apodo el Pelaire; segundo Mariano Serrate, apodado Marta; tercero Luis Buil, de apodo Padura; cuarto Hilario Segura, hijo del primero, de apodo el Trenero; quinto Enrique Martín, el Valenciano; sexto Virgilio Villanúa, este último sin apodo. En la actualidad es un servidor Simeón Serrate, de apodo Cachencho.  

Simeón Serrate Valdovinos

Historia del antiguo dance de Castejón de Monegros. Pliegos.

Al principio danzaban en el salón viejo del ayuntamiento y quien no estaba a las diez no entraba, la puerta se cerraba y para Santa Ana no danzaba. Luego danzaban enfrente de la balsa, al lado del monte blanco. “El suelo del ayuntamiento temblaba cada vez que bailaban” recuerdan Maricarmen y María Jesús. Incluso se ensayó en casa del tío Virgilio, en el pasillo de su casa, explica Martín Blecua Vitales: “Fue cuando se reanudó tras la guerra”.

El antiguo gaitero de Castejón de Monegros fue el tío Senen, que murió en 1954. El tío Senen debió de acompañar al dance de Castejón de Monegros hasta sus últimos años hasta que quizá fue sustituido por Vicente Capitán de Sariñena hasta su desaparición en la década de 1960. Vicente Capitán debió de tocar también antes del tío Senen, también debieron de pasar los gaiteros sariñenenses el Malo y el Rey. La gaita de tío Senen se conserva en una casa de Castejón de Monegros. Tomas Serrate, padre de Simeón Serrate fue gaitero, al igual que su padre (Historia del antiguo dance de Castejón de Monegros. Simeón Serrate Valdovinos. Pliegos). Simeón Serrate cita a Blas Villanua, aunque lo conoció ya muy mayor y nunca lo escuchó tocar.

Con la recuperación del dance, el gaitero oficial de Castejón de Monegros fue Mariano Labat de La Almolda, con una gaita gallega.

En 1983, el joven gaitero sariñenense Martín Blecua Vitales, junto a Pedro Mir, se acercaron a Castejón de Monegros para ver el dance. Al finalizar, mientras tomaban un trago en el bar “Metropol”, con Simeón Serrate y Mariano Labat, el tío Virgilio se acercó para conocer a los nuevos gaiteros. Martín, que llevaba una gaita de boto aragonesa en el coche, la sacó y tocó, el tío Virgilio emocionado dijo “Esto sí, esto sí, creía que no volvería a escucharla nunca”. Aquel año Martín había comenzado como gaitero en el dance de Valfarta.

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Al año siguiente murió la madre de Mariano Labat: ”No tocó en La Almolda así que tampoco le pareció bien tocar en Castejón de Monegros”. Las danzantes María Jesús, Pili y Tere bajaron a Sariñena para proponerle al gaitero de Sariñena Martín Blecua Vitales que tocase en el dance de Castejón de Monegros, Martín aceptó sin dudar. Fue en 1984 cuando Martín se incorporó al dance de Castejón de Monegros con la recuperada gaita de boto aragonesa, del que ha sido pilar fundamental, con aquel sonido autentico que los viejos danzantes reconocían con gran emoción. De la mano de Virgilio, Martín recuperó la esencia del sonido de gaita del dance de Castejón de Monegros, lo abrió a una nueva etapa forjando fuertes lazos con el grupo de dance de Castejón de Monegros: “Martín llegó en un Seat 127 junto a Virgilio”, recuerda Ana. Al año siguiente Mariano Labat ya no quiso tocar y desde entonces Martín los ha acompañado incondicionalmente: «Martín es muy querido en Castejón de Monegros, ¡Es nuestro gaitero!”. María Jesús Roca Balien comenzó a danzar en 1977 y al final acabó casándose con el gaitero, así, como bien es sabido, “la mujer del gaitero es mujer de fortuna”.

“El dance al principio no se abría hasta que llegó Martín y entonces se abrieron los cuadros al bailar”

Virgilio se acordaba del paloteado y a Martín le iba cantando las melodías, Martín las fue sacando, eran parecidas a las de Sariñena y Virgilio exclamaba “¡Pues te las sabes todas!”. Las diferencias son algunas notas, matiza Martín Blecua, algunas son más cortas, pero en el fondo no hay muchas diferencias. Cuando abrieron los cuadros hablaron con el tío Magarro, que conservaba gran memoria.

Un año, en la presentación de las fiestas de Castejón de Monegros tocó el gaitero Mario Gross Herrero, pues aquel año Martín no pudo estar para la presentación. Y en una salida a Zaragoza tocó Miguel Ángel Fraile, seria en torno a la década de 1990. Son las únicas veces que Martín no ha tocado con el dance de Castejón de Monegros desde que comenzó. Actualmente, tanto como Martín Blecua y Leandro Cucalón son os gaiteros del dance de Castejón de Monegros.

La vestimenta tradicional era la típica de fiesta, un pantalón negro, camisa blanca con cuello de tirilla, fajín blanco y alpargatas. “El traje se recuperó inspirado en el de Huesca, pero en pobre, la banda sin bordar y las zapatillas sin florituras”, explica Ana Puey. Simeón Serrate cita que los trajes fueron realizados en 1954. Aquellos trajes quedaron guardados en unas arcas en una casa de Castejón de Monegros y cuando quisieron volverlos a utilizar, en la década de 1970, los encontraron en mal estado y no los pudieron usar. Con la recuperación del dance un modista hizo trajes nuevos, igual que los inspirados en los danzantes de Huesca.

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Mariano Labat y Simeón Serrate.

Son cinco cuadros, uno central de volantes y cuatro exteriores. Cada cuadro luce un color característico en las bandas y el fajín, dependiendo al cuadro al que pertenecen van de color verde, rojo, azul, amarillo y lila. El cuadro de color lila corresponde a los volantes, de las que se inician al dance. Los otros cuadros son los adultos, los cuadros que se abren danzando al exterior. El traje se complementa con una mantilla de fiesta y un pañuelo alrededor del cuello. “El pañuelo los hombres lo llevaban en la cabeza a modo de cachirulo y las mujeres lo comenzaron a llevar a modo de segadoras, atado en la cabeza, ahora se lleva colgado al cuello”, comentan Maricarmen y María Jesús. “Antes llevaban alpargatas miñoneras ahora son zapatillas blancas de esparto con las cintas del mismo color que las cintas y el fajín” comenta Ana Puey.

Cuando empezaban en el dance las empleaban para llevar las flores, los palos y el banderín y, aunque iban a los ensayos y se sabían las mudanzas, si no había sitio en los cuadros, iban acompañando. El grupo tiene su propio estandarte “Agrupación de danzantes Santa Ana Castejón de Monegros”, realizado aproximadamente en 1978-1979.

Los dances de Castejón de Monegros

 La villa de Castejón de Monegros pertenece también al partido judicial de Sariñena. Los dances son dos. En el primero interviene el general cristiano con sus diez danzantes, y el turco o moro, con otros diez. La contienda entre los dos bandos acaba con el vencimiento de los moros, al tiempo que el ángel aparece y convierte a los infieles. Salen después el pastor y dos repatanes, con lo que termina la introducción. Siguen largos “dichos” o elogios a la patrona Santa Ana, a cargo de los generales y los danzantes, donde el autor hace alarde de cultura hagiográfica. El dance segundo es más interesante e ingenioso. El demonio trata de engañar a los dos generales, persuadiéndoles, con sofismas y falaces, pero agudos argumentos, a que suspendan el festejo. Ya decididos, el ángel deshace la artimaña y confunde a Lucifer. Con esto acaba la introducción y siguen los “dichos” por los danzantes. Estos dichos se escribieron o enmendaron en el año 1878. El dance termina con una regocijante intervención de los dos repatanes.

Hay interpolados latines. La versificación es desigual. La copia que he utilizado, sin duda no es fiel, como hecha por el mainate o director del dance, que siempre es un sujeto rústico.

 

     Ricardo del Arco y Garay Notas de folklore altoaragonés (Madrid, 1943)”

La hagiografía es la historia de las vidas de los santos.

Para San Sebastián se va en procesión y se sube al castillo en pasacalles. Para Santa Ana se va en procesión danzando hasta la ermita de Santa Ana, llevando a hombros la santa y representando el duelo del ángel y el diablo a su vuelta en su particular lucha del bien contra el mal.

María Jesús recuerda que su abuela le contaba que “Antes se danzaba todos los días de la fiesta”. Se danzaba ya en la víspera de la fiesta “La víspera de Santiago, al atardecer, el mayoral del dance con el gaitero salía a dar una vuelta por el pueblo para anunciar la fiesta”, narra Simeón Serrate. Ya en el día de Santiago se subía danzando hasta la ermita de Santa Ana y se celebraban las “Completas”.

La noche del 25 al 26 se iba de ronda por las calles rondando a las mozas, a las solteras, y se cantaban romances: “Marichuana”, “Las trece pilares”… Se iba a «Recoger» y en un palo se iban colocando las tortas que estaban huecas en el centro.

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Para Santa Ana se subía en procesión a la ermita con las cinco banderas, tal y como recoge Simeón Serrate: “Con la de San Miguel, San Sebastián, Virgen del Rosario, Santa Ana y la de Nuestra Señora”. Llegando a la ermita se realizaba El Redolín, se formaban dos filas de danzantes y de nuevo en pasacalles, danzando, se llegaba a la ermita. En la ermita se ejecutaba El Tarirán, luego el gaitero interpretaba el Ofertorio y se regresaba de nuevo al pueblo. Durante la vuelta aparecía el diablo y el ángel, batiéndose en duelo hasta que el ángel derrotaba al diablo en la plaza.

La representación de moros y cristianos se hacía en la plaza el día de Santa Ana, los textos los recogió Ricardo del Arco y Garay en “Notas de folklore altoaragonés (Madrid, 1943)”; también se decían los dichos y motadas. Una de las particularidades del dance de Castejón de Monegros era la presencia de dos repatanes, que al igual que la figura del mayoral actualmente no se representan.

Los danzantes recitaban un largo «dicho» en que contaban la vida y milagros de la santa patrona y, al finalizar el número 20 de los danzantes, el gaitero hacía sonar su gaita bailando las mudanzas de rigor los danzantes con palos y espadas.

Lucia Pérez

El dance de Castejón de Monegros “Abuelos del mejor nieto”. Andalán nº432-433.

En la plaza se realizaba el Degollau, como en Sariñena, pero se hacía con varas en vez de espadas. El Degollau lo recordaba el tío Magarro, “un día en el campo de futbol nos lo explicó, en un encuentro de la Sociedad de Montes Blancos”, recuerda Mari Carmen.  No hay cuadro de volantes, así que durante el degollado no se sube arriba en forma de torre y lo que hacían era cruzar por encima de las varas, las cruzaban corriendo. Después, los mayordomos de la fiesta obsequiaban con un refrigerio.

Por la tarde se hacía el rosario y luego, como no había otra cosa, se volvían a hacer rondas por el pueblo. “Hasta entre fuego y fuego artificial se danzaba” recuerda María Jesús.

El tercer día, narra Simeón Serrate en La historia del dance de Castejón de Monegros, se hacía la mudanza del Tormo: “Una vez terminada la ceremonia, los danzantes ensayaban una mudanza que se llamaba la mudanza del Torno y se interpretaba con unas varas. Cada danzante llevaba una vara cogida por las puntas, formaban un círculo y la gaita entonaba una danza”.

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Hace años de diablo hacía el tío Rubio el aventurado, Andrés Mazuque. Durante los últimos años ha sido Javier Serrate Pueyo “Con una chispa y gracia intensa que hacía la delicia de mayores y el temor de zagales y zagalas”. “En Castejón de Monegros siempre ha sido difícil encontrar un chico o chica de menos de diez años para hacer de ángel, todos le tienen mucho miedo al diablo”. Ahora continúa su hijo Raúl Serrate Giral que lleva cinco años desde que se retiró su padre en el ejercicio del mal hasta que, como siempre, acaba siendo derrotado por el ángel.  De ángel normalmente es un niño o niña de no mucho más de ocho años: “le tiene que ir bien el traje y que no tenga miedo al diablo”.

Tanto el traje de ángel como el diablo corresponden a aquellos trajes confeccionados después de la guerra. El traje del diablo es completamente negro con unas líneas amarillas onduladas adornando el traje: “La horca también está pintada de negro con una línea en amarillo”.

El diablo sale para Santa Ana “los críos lloran con sólo verlo”. Sale después de la misa, a la vuelta, por el barranco del Pelaire sale el diablo donde se enfrentan los danzantes. Luego, por el llano se baten en duelo el diablo con el ángel y un tercer enfrentamiento en la puerta de la iglesia, donde el ángel acaba matando al diablo. La espada del ángel es característica: “No es recta sino sinuosa”.

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En aquellos primeros años, de 1970 a 1980, fueron todos los años a danzar a Huesca a la plaza de toros. Han estado en muchos sitios, antes se pagaban los trajes y gastos con diferentes actuaciones. Han ido a Francia, Graus, Boltaña, Robres, La Almolda… En 1988 participaron en la inauguración de la plaza Mayoral Antonio Susín Palacio de Sariñena, el 27 de agosto de 1988 y la Calle del Dance “Se danzó y cantó el romance de Marichuana y Las trece advocaciones”. En aquel homenaje también participaron los dances de Sariñena, Sena, La Almolda y Monegrillo; además tocó Juan Mir la gaita y contaron con la honorable presencia de Marcell, lutier francés constructor de las tres primeras copias de la gaita de boto aragonesa. En el 2016 fueron a danzar a Huesca, en el 2018 participaron en el homenaje al gaitero Martín Blecua y hace poco en Zaragoza para las fiestas del Pilar en la feria de artesanía. A la ofrenda del Pilar de Zaragoza acuden algunas vestidas de danzantes, a modo particular. Una vez incluso fueron a danzar a Sabiñanigo, pues las fiestas coinciden con la de Castejón de Monegros. Así que fueron pronto por la mañana el día 25 de Santiago y volvieron para danzar al día siguiente “El autobús nos dejó en el baile y cuando bajaron la gente les aplaudió”. El baile no lo perdonaron, las fiestas del pueblo son las fiestas, aunque había que tener todo preparado para el día siguiente para el día 26 santa Ana “El traje tenía que estar impoluto”. Les pagaron 100.000 pesetas.

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El tío Simeón fue abanderado del dance de Castejón de Monegros. El antropólogo Julio Alvar grabó en 1982 al tío Simeón cantando los romances de Castejón de Monegros con Mariano Labat a la gaita. Carmina Vidaller Salillas cuenta además que Julio filmó el dance y la procesión de Santa Ana. “El texto del romance de Marichuana fue contraportada del programa de la Semana de Aragon en París organizada por la Casa de España de esa ciudad en 1983. Todo el trabajo de campo que Julio hizo en Castejon en el 81,82 y 83 se depositó en el Instituto Aragonés de Antropología”, explica Carmina Vidaller Salillas. Las grabaciones de Julio Alvar pueden consultarse en la fonoteca de la Fundación Joaquín Díaz.

Además, en 1988 Mario Gros y Luis Bajén recogieron y difundieron la gran tradición musical de Los monegros, del dance y cantos romances. De sus trabajos aparecieron «Monegros» (Música tradicional de Aragón SAGA, 1990), una extraordinaria recopilación del folklore monegrino, «La gaita en los Monegros» (Aragón LCD Prames) y «Romances de ronda» una recopilación de romances cantados por Simeón Serrate.

A la gente joven le encanta el dance, por ahora sólo se animan las chicas, pero los chicos tienen completamente abiertas las puertas. Ahora hay dos cuadros de chicas ensayando, “Lo malo que muchas están fuera estudiando o trabajando y no pueden ensayar”.

Gracias a Ana Puey Campos, Maricarmen Lavilla Calvete, María Jesús Roca Balien, Carmina Vidaller Salillas, Martín Blecua Vitales y Mario Gros Herrero por sus explicaciones y fotografías en esta aproximación al dance de Castejón de Monegros. ¡Qué continúe! ¡Viva el dance de Castejón de Monegros! y ¡Viva los dances de Los Monegros!.

Lorenzo Abadías López


La vida de nuestros pueblos es la historia de nuestra gente y la vida de Lorenzo es la vida de un hombre llano, forjado en la vida rural que tanto nos caracteriza. Lorenzo y su mujer Leandra regentaron “El Gorrión” un bar del barrio de la Estación de Sariñena. Tiempos de trasiego y vida, sobre todo de vida de un barrio rebosante de actividad que hoy en día es paradigma de la despoblación y del abandono del medio rural.

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Lorenzo nació en Novales en 1929 en el seno de una familia de agricultores. En casa fueron tres hermanos y aunque fue a la escuela hasta los 13 o 14 años, pronto Lorenzo tuvo que trabajar; “El maestro era hijo de Compaire”. De joven Lorenzo cogió las fiebres de malta, una enfermedad muy normal en aquellos tiempos causada por una bacteria que afectaba, principalmente, a personas que trabajan con animales o productos infectados. Su padre estuvo en la cárcel tras la guerra, lo que obligó a Lorenzo a llevar el huerto y las tierras. A los 10 años ya iba al huerto: “En Novales había bastante huerta y todo era para casa”. Con una burra de su abuelo y una mula de casa iba a labrar al campo, de lo bien que lo hacía los mayores se quedaban sorprendidos: “Tenía una faja muy larga”. En la huerta se ponía mucha patata: “Entonces comenzó a aparecer el cuco de la patata, al principio los quitábamos a mano con mi madre, después llegaron los tratamientos”.

Lorenzo se acuerda de ir a visitar a su padre, estaba trabajando en una carretera  por la zona de Campo o por allí cerca, se encontraba preso en las capuchinas de Barbastro.

Con los años Lorenzo comenzó a trabajar de mozo mayor en Callén, llevaba las tierras de la casa, labraba, sembraba, cosechaba… y apacentaba las mulas: “Fue un año muy seco y no se sacó nada de la tierra”. Luego realizó el servicio militar en Melilla, estuvo 18 meses en transmisiones. Al acabar el servició volvió a Callén, donde estuvo dos años de mozo en otra casa. Pero un año antes de hacer la mili, Lorenzo había conocido a Leandra Peña, quien con el tiempo fue su esposa. La familia de Leandra tenía un bar en Fraella: “Tuvieron la primera televisión del pueblo y la gente acudía al bar para verla”.  Lorenzo y Leandra se casaron en Fraella, donde Lorenzo trabajó para un tío suyo.

Tras unos años de casados se vinieron a vivir al Barrio de La Estación de Sariñena, donde adquirieron el bar “El Gorrión”, Lorenzo por entonces tenía unos 35 años. El bar “El Gorrión” además fue tienda, lo inició la familia Porta y después lo tuvo Rafael. En “El Gorrión” daban comidas y les fue muy bien cuando renovaban las vías: “Entonces había mucha gente en la estación”. También estaban los de las oficinas que se quedaban en casa a dormir y de la harinera alguno se pasaba a tomar algún café. A Lorenzo le regalaban carbón: “En la estación había una gran montaña de carbón para los trenes”.

Casi siempre cocinaba Leandra, algunas veces Lorenzo, aunque más bien pocas, normalmente él estaba en la barra. Además atendían la tienda donde además de comida vendían de todo. “Había días que repartíamos hasta 40 comidas y algunas pocas cenas, unas cuatro o cinco, pues muchos trabajadores bajaban a dormir a Sariñena, sólo algunos dormían en el Cuarto de Agentes”.

Hay un barrio en Sariñena
llamado de la Estación,
donde a lodo el mundo suena
este nombre: «EL GOPRION».
y es «EL GORRION»’ un BAR
donde se sirven licores
y las bebidas mejores
que se puedan desear.
También vende ULTRAMARINOS
este RAFAEL BUISAN
y lodos los que allí van
saben que son de los finos.
Por eso yo le aconsejo,
si por Sariñena pasa,
que visite usted tal casa
antes que se haga viejo.
Aproveche la ocasión
y recorte este papel;
recuerde: Barrio de la Estación,
y, junto al paso a nivel,
hay un BAR… ¡EL GORRION»!

Nueva España – 31/08/1951.

Lorenzo y Leandra llevaron el bar y la tienda durante unos treinta años, hasta que se jubilaron. En el mismo bar han hecho la vida, han tenido tres hijos, dos chicos y una chica. “Antes pasaban muchos trenes y paraban todos, había mucho movimiento, ha cambiado mucho la estación”.

Un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

José Casabón Peralta


José Casabón Peralta nació en Sariñena el 23 de diciembre de 1925. Descendiente de familia de herreros, su padre Eloy Casabón acabó siendo mecánico de automóviles estableciendo el taller familiar “Garajes Casabón”. Tras la guerra civil, la familia de José se vio obligada al exilio a Francia, pudiendo regresar con el tiempo y continuar con su vida y negocio familiar. 

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A pesar del exilio, José pasó su infancia en Sariñena, jugando a los pitos y a las ingles, se ponían de cuclillas y saltaban por encima. Fue poco a la escuela, pues para la guerra tuvo que abandonarla. Siempre ha estado en el taller junto a su padre, de quien aprendió el oficio de mecánico. Su padre Eloy Casabón Tisaire comenzó trabajando en la herrería con su padre y hermano, pero a Eloy le gustaba mucho más la mecánica: “Arreglaba todo lo que podía”. Así que poco a poco fue aprendiendo mecánica, ya que en aquellos tiempos, en Sariñena, “Sólo había tres o cuatro coches”.

De zagal, Eloy se encargaba de llevar unos cinco litros de combustible a la avioneta que fotografiaba el terreno y que repostaba en la cabañera. Un día aquella avioneta se averió “Eloy la evaluó y le dijo al piloto que si quería la arreglaba”. El piloto sorprendido se rió, pero Eloy le matizó –Eso es la magneto-, a lo que el piloto le respondió -Pues oye, ¡arréglala!- . Finalmente, Eloy la desmontó y la llevó a Huesca para que la arreglasen, mientras aprovecho para estudiar la avioneta, su mecánica, hasta que la pieza estuvo de vuelta. Eloy la montó y la avioneta volvió a volar, entonces Eloy era muy joven.

José siempre ha estado con su padre en el taller, detrás de él aprendiendo todo lo que sabía. Eloy ponía unos tarugos en los pedales de un automóvil y mientras se subía en el estribo enseñaba a conducir a José. En el taller tenían un coche para alquilar, aquel era el que conducía José hasta que aprendió y tuvieron que comprar otro para alquilar.

El primer taller lo montó Eloy camino del río, al principio de la salida de Sariñena a mano derecha, en un pajar grande de un amigo junto a la fábrica de gaseosas de Masueras. Cuando evacuaron Sariñena durante la guerra, su padre se llevó todo lo que pudo del taller y de la casa en un camión, la familia tuvo que abandonar España. De alguna manera, Eloy trató de salvar su medio de vida, la forma de ganarse la vida de la que dependía su familia, pero cuando pasaron a Francia por Sallent, en la frontera tuvo que bascular el camión y abandonarlo todo.

José tenía un hermano y dos hermanas. A Eloy lo cogieron y lo llevaron a un campo de concentración, mientras a ellos se los llevaron a un refugio para mujeres, niñas y niños. Sus hermanas se pusieron a trabajar en una fábrica textil, de hilaturas, y ellos fueron a la escuela, eran los más pequeños. Cuando José cumplió la edad tuvo que dejar la escuela, allí estuvieron cuatro años hasta que alquilaron una casa. Afortunadamente Eloy conoció a un médico del campo que le ayudó a salir, se había puesto malo y le dijo que saliese “Que si no se iba a morir”, al final salió y pudo juntarse con su familia.

Antes, José había ido a buscar trabajo a un taller del pueblo, el dueño viajaba a Paris y cada semana traía dos coches para vender. Los traía en ferrocarril cada fin de semana, eran de la marca Sinca. Eloy fue a trabajar al taller cuando salió del campo francés.

Al tiempo se volvieron a Sariñena, aunque su padre tardó en volver por miedo y se quedó un tiempo más en Francia. En España, José realizó el servicio militar, se había sacado el carnet de conducir de segunda, y durante el servicio transportó carbón en un camión de una mina en velilla de Cinca a la estación. En Sariñena José se casó con Aurelia Carpi, no han tenido hijos.

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Con su padre y un primo montaron de nuevo un taller en Sariñena, se llevaban muy bien y nunca discutían, así que con mucho trabajo y esfuerzo sacaron adelante “Garaje Casabón, Accesorios del Automóvil y Recambio Marías”. Arreglaban de todo, coches, camiones, tractores… y vendían tractores Barreiros. Gozaron de muy buena clientela y con mucho esfuerzo y trabajo sacaron adelante el taller. El taller estuvo en la avenida Huesca, luego hubo un garaje, con una puerta automática donde los críos se colgaban cuando se elevaba. El segundo taller se ubicó en la calle Gasset y fue toda una referencia en la localidad y comarca.

Gracias a José por relatarnos su historia, la de un taller muy característico de la historia reciente de Sariñena, de una época de transición, de la tracción animal a los vehículos a motor: coches, tractores y camiones.

Un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

Virgilo Villanua Ainoza


Virgilio Villanua Ainoza, natural de Castejón de Monegros, nació el 26 de junio de 1912 y falleció el 14 de abril de 1993. Fue albañil, cantero, picador de piedra y danzante del dance de Castejón de Monegros. De la mano de José Luis Villanua, hijo de Virgilio, nos adentramos en su figura, recordando y reconociendo su impronta. También Martín Blecua Vitales plasma, en un sentido homenaje, la memoria de Virgilio, dedicando unas sentidas palabras que amablemente nos comparte y que tanto agradecemos.

 

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Virgilio Villanua Ainoza

 

Virgilio contrajo matrimonio con María Serrate Pueyo, también de Castejón de Monegros, una mujer que a los 14 años marchó a servir a Barcelona. A su vuelta conoció a Virgilio con quien se casó en seguida, un 22 de diciembre, se llevaban diez años. Con María, Virgilio tuvieron cuatro hijos: Tomas, José Luis, Pedro y Begoña, un quinto falleció al nacer. Virgilio trabajó de albañil adquiriendo maestría en el oficio de cantero y picador de piedra, trabajando en multitud de obras como las casas que hicieron para los jefes de obras del pantano de Sallen de Gállego, un arco en piedra picada a la salida sur del canal de los Monegros y en la pista de baile de Castejón de Monegros, lo que se denomina el frontón para jugar a la pelota de mano, que por detrás se puede ver qué es todo de piedra, desde el suelo hasta arriba y hecho totalmente por él, recuerda José Luis.

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Virgilio y María

“Era muy trabajador y muy buena persona” recuerda Blanca Villanua, nieta de Virgilio. Blanca inauguró la pila bautismal que realizó su abuelo en piedra para la iglesia de Castejón de Monegros. Gracias a Blanca por su trabajo, fotos, datos e información para hacer posible el presente artículo, demostrando el gran cariño que guarda a su abuelo. No obstante, Virgilio fue reconocido en vida y en su pueblo, en Castejón de Monegros, le realizaron dos homenajes, tanto el ayuntamiento en 1983 como el dance en 1992.

 

Así que recordamos a Virgilio Villanua Ainoza, poniendo en valor y honrando su extraordinaria figura que ha sido pilar fundamental en el dance de Castejón de Monegros, de nuestras tradiciones y raíces.

Virgilio, danzante de Castejón de Monegros.

El dance de Castejón de Monegros es uno de los más antiguos que se conservan en la actualidad. En un principio los danzantes solamente eran hombres, hasta que por unas cosas o por otras se perdió en el pueblo durante unos años. Se recuperó después con hombres y alguna mujer que se atrevió a danzar con ellos, hasta que los hombres terminaron dejándolo de lado y dejando paso a las mujeres, ellas son las que actualmente lo mantienen vivo y en activo. Además, cuentan con la inestimable colaboración de una persona de Sariñena que ha puesto todo su interés y tiempo en ayudar a conservarlo, estoy hablando de Martín Blecua Vitales, buen gaitero y mejor persona (no hay quien lo ponga en duda).

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La relación entre Martín y Virgilio Villanúa, mi padre ya fallecido, comenzó cuando Martín era un chaval. En Castejón había danzantas pero no gaitero. Venia uno de La Almolda, pero el mozo tocaba de oído y las notas no las tenía muy claras. Un día propuso que el dance de Castejón danzara con mudanzas de La Almolda y fue entonces cuando Virgilio Villanúa se plantó y dijo que eso sí que no iba a ocurrir. Tuvieron sus palabras y acabó la relación.

Fue entonces cuando Enrique Pérez, que es un gran amigo de la familia, le dijo a mi padre que en Sariñena había un gaitero joven, si le interesaba…. Y a mi padre ¡¡¡tiempo le faltó!!!!. Se pusieron en contacto y empezaron los ensayos. Mi padre le tatareaba las mudanzas y Martin enseguida cogió el “tranquillo” y eso a Virgilio le ¡¡volvía loco!!. Martin era un crío, un  gaitero que tocaba las mudanzas con el arte con la que las tocaba… ¡Era una locura!. Mi padre quería mucho a Martín casi como a un hijo, supo darle aquello por lo que siempre había luchado.

Yo en mi niñez, como Rabadán de los danzantes, siempre me acuerdo que el primer gaitero que tocaba en Castejon fue también un chico de Sariñena, que también tocaba la gaita aragonesa, creo que se llamaba Domingo.

Yo como castejonero (aquí en Sariñena soy castejonero y en Castejón soy el de Sariñena… a estas alturas, no sé de dónde soy). Bromas aparte, en mis recuerdos los mejores y únicos gaiteros que yo he conocido han sido los de Sariñena y por eso:

VIVA EL DANCE DE CASTEJON DE MONEGROS

VIVA EL DANCE DE SARIÑENA

Y VIVAN LOS GAITEROS QUE COLABORAN EN MANTENER VIVOS LOS DANCES

                                               José Luis Villanúa Serrate

Virgilio, cantero y picador de piedras

Virgilio fue toda su vida albañil y de ahí su afición y facilidad para picar piedra. Cuando él empezó con los tochos, bloques de cemento… pocos sabían trabajarlos y a él siempre le tocó manejarlos. Por su corpulencia no las podía manejar fácilmente, pero tenía una gran habilidad, primero picándolas y haciéndoles cara y luego haciendo pared de piedra. Paredes que aún se conservan en perfecto estado.

En los montes de Castejon “abundaban” las canteras de piedra. Una piedra muy sana y que, además, si sabias manejarla como hacia mi padre, se hacían obras de arte.

De sus últimos trabajos que hizo se conserva en la Iglesia de Castejon de Monegros una pila bautismal hecha íntegramente, desde la base hasta la pila.

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Bautizo de Blanca Villanua en la pila bautismal realizada por Virgilio.

También hizo unas pilas para el agua bendita a la entrada de la Iglesia. Pero… como siempre tiene que haber un pero… el cura de entonces le dijo que si quería hacerse notar más que nadie en la Iglesia. Así que mi padre cogió tal rebote… que cogió las dos piletas de piedra picada y se las llevó a casa para comedero y bebedero de las gallinas del corral.

Otra de las obras de piedra que hizo fue por encargo de una antigua empresa de construcción de aquí, Albas- Huerva. Virgilio no era muy fuerte y las piedras que había que poner ahí pesaban lo suyo. Entonces le dijo a Manolo que le pusieran a alguien para ayudarle a darle la vuelta a las piedras: “Y, que, si no les parecía mal, le pusieran a una persona de Sariñena que también manejaba la piedra». Le llevaron un hombre del que desconozco su nombre real, ya que siempre lo llamaban Casillas y por ese nombre lo conocíamos todos. Entre los dos hacían uno y así sacaron adelante el encargo.

 

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Se puede observar a día de hoy un ojo de buey hecho todo de piedra picada que se puede ver en la parte de detrás de la Iglesia. Vale la pena verlo. Ya que no es “moco de pavo” ya que las paredes de las iglesias son de unos 80 cm de ancho y para picar las piedras y darles forma circular tiene su mérito y secreto. Así que desde aquí se merecen un recuerdo para Virgilio y Casillas por su buen trabajo.

José Luis Villanúa Serrate

A Virgilio Villanua, por Martín Blecua Vitales

Conocí a Virgilio Villanua un 26 de Julio de 1983, festividad de Santa Ana, Patrona de Castejón de Monegros. Aquel día, junto con Pedro Mir Tierz, habíamos ido a ver el Dance, que hacia su salida por las calles del pueblo en el rosario de la tarde. Nuestra intención era recopilar información para nuestro libro La Gaita de Boto en Aragón; sacar fotografías; hablar con nuestro amigo y gaitero Mariano Labat Pinós y con Simeón Serrate que era el actual Mayoral del Dance de Castejón.

Terminado el Rosario, nos reunimos con ellos en un bar de la localidad donde los danzantes estaban tomándose un refresco, transcurrido un rato se acercó a nuestra mesa un señor menudo que muy respetuosamente y tras presentarse, nos preguntó si éramos nosotros los gaiteros de Sariñena que le habían dicho que estaban en el pueblo, tras la respuesta afirmativa, se interesó por saber si la gaita que nosotros tocábamos era la Aragonesa, como la que tocaba Vicente Capitán. Aquel hombre menudo, resulto ser Virgilio Villanua, ultimo Mayoral del dance de Castejón antes de su recuperación en los años setenta.

Por un casual, llevábamos en el coche una de las gaitas que nos regaló el lutier francés Marcel Gastellu Etchegorry, se la mostramos y nos pidió si podíamos tocar algo, y si conocíamos la mudanza de la Zarza. Toque la melodía que tenemos en Sariñena con el mismo nombre, que resultó ser muy parecida a la de Castejón, tras escucharla, abriendo un poco los brazos y con la emoción reflejada en sus ojos y en su voz, nos dijo: “Esto sí, esto sí, creía que no volvería a escucharla nunca”.

Quedamos en hablar otro día a solas con él y pasadas las fiestas patronales, una tarde en su casa pudimos grabar en cassette todas las melodías del dance de Castejón, llevándonos una gran sorpresa por la cantidad de ellas, muchas de las cuales no se danzaban desde hacía muchos años, y otras que solo las conocíamos de oídas.

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Martín con José Luis, Blanca y Pablo.

El Tío Virgilio, hombre afable, al que le gustaban las cosas bien hechas, como amante del dance era exigente en la ejecución del mismo, su abuelo Blas fue gaitero de Castejón, durante los años que fue Mayoral acogía en su casa al gaitero de Sariñena Vicente Capitán, era lógico su gran conocimiento en el repertorio de mudanzas tanto del pueblo como de otros lugares.

Cuando en 1984 empecé a tocar el dance, se comportó conmigo como Mayoral, y siguiendo la tradición, junto con su esposa María se me acogió en su casa como uno más de la familia, me acompañaba a los ensayos, donde el grupo de Dance demostraba un gran respeto hacia él y propició la recuperación de mudanzas olvidadas durante muchos años.

Virgilio Villanua es un personaje, que por haber realizado una actividad normal y habitual en Castejon, como es ser Mayoral del Dance, no se le ha dado la importancia que realmente merece, pues gran parte del patrimonio cultural del Dance Catejonero la tiene gracias a él.

Yo como gaitero, me siento orgulloso de haber podido ser el receptor y trasmisor de toda la sabiduría que atesoraba el Tío Virgilio; agradecido de poder gozar de su amistad y que hoy tiene continuidad con su familia y después de tantos años, seguir siendo gaitero del Dance de Castejón sintiéndome un castejonero más.

 

Antonia López Conte, La Hornera


        Manuel Antonio Corvinos Portella nos descubre el antiguo oficio de hornera.  Una historia más de su serie «Oficios Desaparecidos», unos testimonios de extraordinario valor que  Manuel Antonio nos transmite con cercanía y apego: Antonia López Conte, La Hornera.       

                        

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Antonia López Conte

Antonia era esposa de Mariano Laín Susín, nació en Sariñena en 1904 y falleció en su pueblo después de 94 años de dura vida. A edad muy temprana (10 años) se quedó huérfana de madre y aquella desgracia la marcó para siempre, pero al mismo tiempo la hizo espabilar para mitigar la pobreza que rondaba la casa. Por supuesto que aquello de ir a la escuela no fue para ella.

Fueron dos hermanas y un hermano, pero pronto se quedó sin su hermana mayor pues murió muy joven. Según cuenta su hija Maribel más de una vez oyó decir a su madre que debió morir de hambre.

A los 10 años ya se ofrecía en los hornos de las casas para barrer el suelo, buscar agua o lo que fuese menester y por esos trabajos recibía como paga una tajada de pan que repartía con su hermano. Enseguida aprendió el oficio de hornera y se quedó para siempre con ese apelativo.

En un tiempo sin panaderías las horneras eran mujeres a las que se les encargaba la elaboración del pan y la repostería. En el caso que nos ocupa, la “seña” Antonia amasaba la harina, añadía la levadura, vigilaba la fermentación de noche, le daba vueltas y de madrugada  la transportaba en una bacía en la cabeza tapada con un trapo blanco de lino o algodón recio a uno de los hornos que había en la localidad para proceder a su horneado. Terminada la operación lo llevaba a la casa que le había hecho el encargo y cobraba lo estipulado. El cobro solía consistir en un “pizco de pan” y en los céntimos  establecidos.

Estas mujeres tenían una clientela fija que les encargaba el pan para varios días ya que entonces duraba sin secarse mucho tiempo. Cada hornera señalaba con una marca sus productos para que no se confundieran con los de las otras mujeres que se dedicaban a este oficio.

Recuerdan mis vecinas que había, por lo  menos, tres hornos en la villa: uno estaba en una de las calles laterales del antiguo ayuntamiento, otro en el Muro Bajo y el tercero en la calle del Horno.

La repostería de la señora Antonia era muy valorada por muchas familias de Sariñena y cuando ya se generalizaron los hornos industriales solía elaborarla en casa de “El Vidriero”. Famosos eran sus roscones, tortetas de cucharada, farinosos, magdalenas, tortas de fiesta o de bizcocho.

Me cuenta su hija Maribel una anécdota de su madre que, a pesar de lo dura que había sido  la vida para ella, indicaba la sensibilidad personal que tenía. Pues bien…, un día recibió un encargó de Pilar la de Rosendo para que le hiciera algunos productos de repostería. Cuando lo hubo realizado se lo llevó a la tienda y a la hora de cobrar le manifestó que no quería dinero, que sólo deseaba a cambio una fotografía en la que saliera favorecida para que se la pusieran en su tumba el día que muriera.

 Y yo añadiré que de los recuerdos que el que suscribe tiene de ella podrían resumirse en dos palabras que utilizaba a menudo al comienzo o al final de las frases y que dan cuenta de su recio carácter: “Rediós y Copón” (genio y figura).

                                                                             Manuel Antonio Corvinos Portella

Juan Bastida Cascales


Con la llegada de la telefonía fija se crearon centralitas de teléfonos donde la gente podía recibir y realizar llamadas. Se mantuvieron hasta que el teléfono fijo llegó a cada casa, dando paso a una nueva revolución tecnológica que cada día resulta más vertiginosa. De la mano de Juan Bastida Cascales  y de sus recuerdos viajamos a la Sariñena de la centralita de teléfonos de su tía Matilde, del locutorio y de aquellos tiempos tan especiales.

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Juan Bastida Cascales

Juan Bastida Cascales nació en Sariñena en 1948, de casa Cascales, su madre era Rosario Cascales y su padre Francisco Bastida, natural de Murcia. Tenían un monte por la zona de Capdesaso y allí tenían oliveras y almendreras.

Juan recuerda las calles sin asfaltar y de jugar a los pitos, a las canicas, por las calles y a las perras negras, monedas antiguas, “Si tenían buen sonido se cambiaban bien”. Había un juego en el que doblaban las cartas, jugaban al futbol y los domingos iban al cine del Casino. Eran socios del Casino, así que podía ir a ver el cine, era por la tarde y las películas eran en blanco y negro: “Se hacía en el salón de arriba del casino viejo”. Al casino también iba mucha gente a ver la televisión, sobre todo cuando había partidos de futbol, colocaban una televisión enorme en el salón de arriba y se sentaban en las butacas del cine. El cine Victoria era mejor, pero era más caro, “Para las fiestas ponían películas muy buenas”.

Estudió en las nacionales y Juan recuerda a muchos de los maestros como a Mariano Sampietro, Rafael Mendiburo, Blas Casaus, Encarnación… Después fue a las monjas donde preparaban para el bachillerato, luego iban a estudiar a Huesca, al instituto Ramón y Cajal. Juan acabó licenciándose en Derecho por la Universidad de Zaragoza y durante su vida trabajó para la Seguridad Social en Huesca

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Antigua centralita de Matilde.

Su tía Matilde Cascales llevaba la centralita de teléfonos de Sariñena. Matilde era hermana del médico Pedro Cascales y de Rosario Cascales, madre de Juan. Rosario ayudaba a Matilde con la centralita, que estaba en la calle Santamaria, enfrente de la calle del Mercado. Tenían unos paneles donde iban clavando clavijas mientras la gente iba a llamar o recibir llamadas: “Según el tiempo y el lugar se cobraba la llamada”. Su tía iba conectando las diferentes conferencias. La centralita funcionó hasta que llegó el teléfono a las casas.

En las centralitas manuales la distribución de llamadas se hacía con operadoras (casi siempre eran mujeres) que se encargaban de la conexión de las clavijas de la red en las tomas que correspondieran. De este modo, la persona que efectuaba la llamada telefónica realmente estaba contactando primero con la centralita, que enchufaba la clavija en la toma que correspondiera a la persona destinataria de la llamada.

Historia de la centralita telefónica

(http://www.criteriasistemas.com)

La centralita de teléfonos también llegó a estar en casa Sabineta. Después fue Pilar Aparicio quien estuvo encargada de teléfonos, cogió el relevo.  Matilde llevó la centralita a partir de la guerra y llegó a tener varias personas a su cargo trabajando en la centralita, a Silvia y Nuria (La Albalatillera). En casa Sabineta también estuvo Correos y luego se trasladó a la planta baja del ayuntamiento.

Matilde aceptaba la llamada y decía “Aquí Sariñena” y daba aviso de la conferencia. Juan se dedicó a dar avisos por las casas, llevaba el aviso anunciando a que hora se iba a realizar la llamada y el interesado firmaba el aviso confirmando su comunicación.

Su tío Pedro Cascales ejerció de médico por Cataluña y luego vino a Sariñena donde ejerció como titular. También, como médico, estuvo Nicolás Andión. Pedro Cascales no tuvo descendencia y murió en 1996, con 98 años. La consulta estuvo en la plaza san Roque, actual Mayoral Antonio Susín.

El teléfono fue inventado por Antonio Meucci en 1854 y no fue instalado en España hasta 1877. Su implantación fue lenta, en 1924 se creó la Compañía Telefónica Nacional de España y a partir de aquella fecha comenzó su generalización. Gracias a Juan Bastida nos hemos trasladados a aquellos tiempos, con un hilo romántico que abría Sariñena al mundo de las comunicaciones, donde la voz tomaba su momento:  “Aquí Sariñena”.

Y un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

José Porta Martín


La vida de José, Pepe como se le conoce familiarmente, está muy ligada al Barrio de la Estación de Sariñena y a una de las empresas familiares con más solera de la villa: «Espumosos Porta, Hielos y bebidas carbónicas», actualmente «Comercial Porta SL».

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José Porta Martín

José Porta Martín nació en el Barrio de la Estación de Sariñena el 4 de diciembre de 1929. Sus padres Higinio, natural de Osso de Cinca, y Asunción, de Caminreal (Teruel), emigraron a la Argentina donde vivieron unos 12 años. Regresaron por causas de salud de Higinio y se instalaron en Capdesaso, donde el hermano de Higinio fue secretario del Ayuntamiento. Higinio y Asunción tuvieron 12 hijos de los que vivirían seis, el más pequeño de todos era Pepe.

Higinio fue un gran negociante y emprendedor. Cogía el caballo desde Capdesaso y solía acercarse a la Estación de tren de Sariñena, donde vio una finca que le gustó y la compró; allí edificaron su casa, una fábrica de gaseosas y una fábrica de hielo. En la esquina con la carretera pusieron un almacén de venta al por mayor de arroz, aceite y productos básicos, en la trastienda había otro almacén donde vendían cemento y yesos. En Sariñena, en la Plaza Constitución hacía la calle Eduardo Dato, pusieron un bar que se llamaba “La Favorita” en el que sonó muchas veces, recuerda Pepe, “Suspiros de España” en una pianola que funcionaba con rodillos de papel perforados, después hubo un piano: “A todos los hermanos nos gustaba mucho la música y casi todos tocábamos el piano de oído.   

En aquella época el barrio estaba en su apogeo, en pleno crecimiento, el 90% de los habitantes del Barrio tenían relación con el tren, Sariñena era unos de los centros neurálgicos ferroviarios más importante de Aragón, había mucha vida y mucha demanda de productos.

Espumosos Porta, Hielos y bebidas carbónicas.

Al principio se hacían las gaseosas de pito y cuando se rompía la botella los críos aprovechaban los pitos para jugar a las canicas.  En un caldero de cobre se elaboraba el jarabe: azúcar, esencia de limón y agua; con los años se sustituyó el azúcar por la sacarina. Después vinieron las botellas de brida siempre retornables, en la fábrica se utilizaban máquinas manuales para el llenado una a una, estaban continuamente lavando botellas y era todo muy artesanal.

Espumosos Porta

En el tren les traían desde Barcelona cerveza virgen en grandes toneles de madera, las botellas y las chapas y ellos la tenían que pasteurizar, enfriar y embotellar.

Al principio se repartía la mercancía con un carro tirado por un caballo por los pueblos de la redolada, también mandaban gaseosas, cervezas y hielo con el tren a pueblos cercanos.

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Gaseosa de pito.

«En la Estación había una cantina que estaba al lado del edificio principal, allí paraban muchos trenes y las paradas duraban bastante tiempo, la Lamparera Sra. Paula, vendía gaseosas que las llevaba en un pozal con hielo por los vagones de pasajeros del tren correo y le daba tiempo de vender las botellas y recogerlas una vez vacías, por si acaso cobraba los cascos y algunos viajeros los tiraban por las ventanillas al marchar y ella los recogía en los andenes.» La Lamparera era la mujer del Lamparero, éste se encargaba de mantener el farolillo rojo del último vagón del tren, que indicaba el final del convoy y tenía una oficina- taller donde todos los trabajadores de ferrocarriles arreglaban o llenaban su farol, por las noches siempre lo llevaban encendido.

En la estación había mucho tráfico, los trenes paraban a repostar agua o carbón, para cambiar de maquinista, para revisar y reparar las máquinas, las ruedas de los vagones, recuerda Pepe el sonido al golpearlas todas las ruedas una por una con una barra de hierro, según el sonido podían estar rotas.  Los maquinistas y los fogoneros descansaban, se quedaban a dormir en el “Cuarto de Agentes” donde además había una cocinera, cocina y comedor. El señor Goya fue uno de los jefes de la Estación, recuerda José. Para los silos, la Cross, había dos vías que iban para ellos y otras a los muelles de carga y descarga. En los cargaderos se cargaba cereal y mucha cantidad de remolacha, había una báscula donde la pesaban y luego la cargaban.

Cada dos o tres vagones había un guardafrenos, personal encargado de accionar los frenos según los pitidos que daba el maquinista. En aquella época había muchos oficios relacionados con los trenes, desde el jefe de la estación (el de la gorra roja), jefe del depósito de máquinas, jefe del cuarto agentes, factores, los brigadas, guarda agujas, mecánicos, guarda railes, la encargada del paso a nivel para subir y bajar las barreras, guardafrenos, etc. «Cuando pasó Franco por la estación justamente se habían bajado las barreras y la mujer que se encargaba del paso, toda preocupada exclamó: ¡Ay! hijo mío, ¿quieres que paremos el tren para que pases? Y dicen que le preguntó por su familia, o eso se contó y fue muy nombrado.»

José y sus amigos jugaban por la estación, se metían por los vagones y cuando transportaban gallinas metían una cuchara y cogían los huevos de las jaulas. A las maquinas pequeñas las llamaban chocolateras. José nombra al cura don Pedro: «Iba siempre con una sotana y una vara y cuando alguno le decía – ¡Mosén!, que parece un pastor- él contestaba -¡sí! De cabritos-«. Como la iglesia no se encontraba en condiciones hacían la misa en el Cuarto de Agentes.

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Camión de «Espumosos Porta»

Su padre y sus dos hermanos mayores, Higinio y Antonio, seguían con el negocio y adquirieron un camión para la venta, pero con el inicio de la guerra fue requisado por los republicanos, tan solo hacía un año que lo habían comprado. También les requisaron los almacenes, todo lo que había en ellos, los del campo de aviación iban a buscar cajas de cervezas y gaseosas con unos vales que no tenían valor y nunca cobraron, se llevaron los animales de los corrales, uno de los almacenes lo utilizaron para guardar las bombas destinadas al aeródromo de “Alas rojas”, José las veía desde una ventaneta “Estaban sin la espoleta, para que no explotasen”-comenta. Quizá llegaban en tren y provisionalmente se guardaban en la estación hasta su traslado definitivo al aeródromo.

Los habitantes del barrio construyeron un refugio antiaéreo, cavaron el refugio en el suelo y lo cubrieron primero con railes de las vías, bien juntos, luego había una capa de medio metro de arena, otra capa de railes y por último, tierra encima. José solía jugar por el refugio a Pedro Botero (al escondite) con los demás críos del barrio.

Para avisar cuando se acercaba la aviación colocaron la campana de la iglesia de San Jorge en un árbol grande porque la iglesia se había derruido, a veces llamaban desde Grañén o Tardienta avisando que la aviación venía hacía Sariñena y hacían sonar la campana. La estación la bombardearon hasta en cinco ocasiones, con su hermano Antonio hicieron una zanja en el corral de su casa para refugiarse, veían pasar los aviones y decían “Ya nos dan, ya nos dan”, recuerda como cayeron tres bombas en el campo de al lado y que las mujeres de su casa nunca bajaron al refugio. En una ocasión huyeron a refugiarse a la Torre de Llamas, desde allí su madre Asunción contempló como los republicanos, en su huida, dinamitaban el puente de la vía.

El Cuarto de Agentes pasó a ser hospital de evacuación, también había un tren hospital en uno de los muelles de la estación donde llevaban los heridos y los más graves los derivaban al hospital. Su hermano Luis se encargaba de llevar la ambulancia, iba a recoger al frente a los heridos para llevarlos al hospital, en una ocasión la ambulancia fue bombardeada y él se salvó pero no los heridos que llevaba. A su hermano Higinio se lo llevaron a Tarragona y, como era muy buen mecánico, puso en marcha la maquinaria de una fábrica de harinas.

Al acabar la guerra hubo que empezar de cero y en aquellos difíciles tiempos en los que no quedaba casi nada siguieron con la fabricación de gaseosas y hielo, pero al no dar mucho también compraban y vendían naranjas, pollos, aceite, miel o lo que les demandasen. También se dedicaron al negocio de las almendras, las compraban, las metían en unas máquinas de descascar y por un lado salían las almendras que las mandaban a Reus, por otra las cáscaras que se vendía para las estufas; allí trabajaron de diez a quince mujeres de Capdesaso para acabar de separar la cáscara de la almendra.

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Gaseosa de brida «Espumosos Porta»

Los Porta también habían montado una fábrica de hielo para refrescar las bebidas. Había unos moldes que se llenaban de agua, se sumergían en la “piscina” donde se convertía en hielo, se desmoldaban en un pozo de agua y  luego  guardaban las barras en una cámara frigorífica de muros anchos, para no ir abriendo y cerrando la puerta de la cámara había una ventaneta muy pequeña por donde metían y sacaban las barras de hielo, “El aire deshiela más que el sol. El hielo es muy delicado y había que manejarlo y transportarlo con mucho cuidado, entre paja y sacos». Por medio del tren mandaban el hielo a Grañén y Tardienta y con los camiones de reparto, en años posteriores, a otros pueblos de la comarca. Aquellas cámaras frigoríficas también fueron requisadas durante la guerra y les hicieron mantenerlas siempre en marcha porque las tropas republicanas que andaban por la estación las utilizaron para conservar víveres. El hielo se utilizaba mucho, además de para refrescar la bebida, en las nuevas neveras de hielo que salieron, en las pescaderías, para hacer helados, etc.

Compramos un camión Diamon que duró muchos años y tenía una bocina que hacía: SOL Mi DO. Mi hermano Luis cuando pasaba por delante de su casa le tocaba a Asunción una melodía “sol do mi do sol mi sol do” y así ella sabía que llegaba.

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Sifón «Espumosos Porta»

A todo añadieron la fabricación de sifones, entonces se bebía mucho vino con sifón. A la muerte de su padre y con los años quedaron a cargo del negocio cuatro hermanos: Higinio el mayor era el administrador y era un gran mecánico y negociante, su hermano Antonio era el químico, encargado del laboratorio y muy buen mecánico,  en los años 60 llegaron a fabricar soda de café (cuando comenzaba a llegar la Cocacola), limonada y naranjada además de gaseosas, Luis era un emprendedor y muy negociante «Era como el comodín, hacía de todo, igual estaba en la oficina que llenando gaseosas, que iba de comercial y a repartir por los pueblos la mercancía o iba a Barcelona con el camión, un Pegaso Barajas, recuerda que salía a las cuatro de la madrugada y llegaba a Barcelona a la una del mediodía. En realidad, todos trabajábamos mucho, no tuvimos nunca vacaciones. Yo aprovechaba los domingos que se podía para ir al río Alcanadre con mi mujer y mis hijos a pasar el día al lado de la fuente de Chabarriga en la huerta de Capdesaso y nos bañábamos en las badinas cerca del puente del tren o a la playa a Salou a pasar el día cuando fueron más mayores».

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José Porta durante el servicio militar.

José fue a la escuela en la estación, los chicos a la derecha y las chicas a la izquierda.  Luego estudió dos años en los escolapios en Zaragoza donde vivía con su hermana Josefina que era como su madre. El servicio militar lo realizó a los 17 años en Mallorca donde además aprovechó para estudiar comercio. Antes de realizar la mili, José ya había conocido a María Pilar Murlanch Minguella con la que cortejó nueve años y la bajaba a ver siempre que podía a Sariñena en bici, “el amor de mi vida”. José y María Pilar se casaron, tuvieron tres hijos y su vida se ha desarrollado siempre ligada al barrio de la Estación de Sariñena.

Pepe y Mª Pilar fueron muy bailadores: «En la estación había muy buenas fiestas hasta que sobre 1965, unos cohetes explotaron incontroladamente hiriendo a varias personas, uno de ellos a Vicente Sanclemente, vecino del Barrio, por este motivo las fiestas se suspendieron hasta bastantes años después. Las fiestas son para San Jorge, a la estación venía gente de todos los pueblos de alrededor, en casa Gil se hacían muy buenos bailes.  En aquella época había cinco bares, estaba casa Gil, que era bar y baile de fiestas, casa El Gorrión, bar y tienda de ultramarinos, El Parador, era bar y posada, La cantina del señor Jesús, al lado de casa Gil, y la cantina de la estación y una carnecería, panadería y lechería detrás de la escuela, la de la Sra. Antonia y el Sr. Feliciano».  

José ha sido un gran aficionado a la fotografía, cuando se casó se compró dos libros y todo el material para montar un laboratorio fotográfico y él mismo aprendió a revelar las fotografías que hacía a sus hijos, en las excursiones al río de los domingos, etc. La fotografía era una de sus pasiones al igual que el fútbol, siempre seguidor del CF Sariñena, estuvo 11 años en la directiva y durante esos años y algunos más estuvo de corresponsal deportivo de radio y prensa. En la revista Monegros fue puntual colaborador escribiendo en cada número las noticias deportivas del momento así como la historia del CF Sariñena hasta el año 1981.

Dos años después sufrió una enfermedad que le apartó de su vida profesional habitual: «Menos mal que mi hijo Jaime, del que me siento muy orgulloso, se quedó en el negocio y aunque era muy joven tomó mi relevo con gran entusiasmo y dedicación».

A partir de entonces José y María Pilar viajaron mucho, José por el negocio familiar era socio de ANFABRA (Asociación Nacional de Fabricantes de Bebidas Carbónicas) y visitaron muchos lugares de España, en reuniones y encuentros. También viajaron muchas veces a Mallorca porque le encantaba ir en avión (otra de sus pasiones) y volver a los lugares donde hizo la mili, a la playa y con el IMSERSO.

Pepe recuerda con cariño a tantas mujeres y hombres que han trabajado con ellos algunos como si fueran de la familia y a clientes de toda la comarca con los que después de tantos años les ha unido una gran amistad. En la década de 1960 modernizaron la fábrica y en la de los 80 automatizaron totalmente el proceso. Desde que esta empresa familiar nació por allá los años 20 (luego cumplirá el centenario) siguen adaptándose a los nuevos tiempos y ya va por la cuarta generación.

La saga familiar continúa ligada al barrio de la Estación de Sariñena, un barrio con mucha historia a la que nos hemos acercado gracias a la memoria y la afabilidad de José Porta Martín, un placer.

Joaquín Ruiz Gaspar y Asun Porta Murlanch

Un día de verano de 1966…. Tenía diez años.


Asun Porta Murlanch nos comparte sus recuerdos de infancia con el relato: «Un día de verano de 1966… Tenía diez años». Un relato ameno, entrañable y agradable. Recuerdos de su infancia y del Barrio de la Estación de Sariñena, un barrio pequeño donde gozaban de gran libertad y familiaridad. Gracias Asun por compartir tu valioso y fantástico testimonio.

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Asun Porta Murlanch

Un día de verano de 1966…. Tenía diez años.

 Por Asun Porta Murlanch

Todavía no era hora de levantarse, no teníamos ningún reloj en la habitación, pero no era necesario, intuíamos la hora que era con la misma exactitud que podíamos sentir el sabor de la leche de vaca al desayunar o el sonido del tren cada vez que pasaba por la estación. Seguí dando vueltas en la cama procurando no despertar a mi hermano mientras miraba hipnotizada el movimiento de las motas de polvo iluminadas por los rayos de sol que entraban por las rendijas de la persiana. Por fin mi madre vino a llamarnos.  Después de desayunar había que echar una mano en casa, ir a comprar, barrer las escaleras, fregar el suelo, cuidar a mi hermano pequeño si ella iba a hacer algún recado y mientras hacía esas tareas mi mente ya escapaba imaginando en qué ocuparíamos el día.

Cada día era una aventura, vivir en un pueblo, mejor dicho, en un pequeño barrio en el que había una estación de tren, vías, vagones aparcados esperando ser arreglados o ya  retirados del servicio, una vía por la que pasaban a menudo trenes de viajeros o mercancías, una carretera que atravesaba el barrio por la que circulaban pocos vehículos y cuyo asfalto parcheado  utilizábamos frecuentemente para jugar, una fábrica de harinas, campos que lo rodeaban, corrales, en mi casa una fábrica de gaseosas con almacenes llenos de botellas, cajas, y una fábrica de hielo, grandes silos al lado de grandes explanadas asfaltadas en las que podíamos patinar que otras veces estaban cubiertas por enormes montañas de grano…, salvo en los lugares de trabajo, nos metíamos por todos los sitios. Nunca planeábamos nada con mucha antelación, nuestra desbordante imaginación estimulada por la cantidad de opciones que el barrio nos ofrecía hacía que los juegos aparecieran solos.

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Asun Porta de pequeña

Esa mañana teníamos que llevar con mi hermano el pan a mi tía Asunción, decidimos ir equipados por si nos dejaba bañarnos en el tanque de riego que tenía en el huerto. El tanque lo teníamos medido nadando, cuatro brazadas de largo y dos de ancho, y un agua helada que nos llegaba a algunos al cuello aun estando de puntetas, allí disfrutábamos muchos días del verano dándonos chapuzones y  aguadillas, a veces nos juntábamos cinco o seis amigos del barrio, mi tía nos vigilaba “de oído”, le bastaba oír el griterío y las risas para saber que todo iba bien.

 

Volvíamos a casa cansados, mojados y sobre todo hambrientos, en el camino íbamos pisando con fuerza las “pompollas”, como nosotros las llamábamos, que crecían en el alquitrán de la carretera producidas por el intenso calor de agosto, competíamos para ver cual sonaba con más intensidad al reventarla, gritábamos y nos empujábamos para llegar el primero cuando divisábamos alguna y nos reíamos porque más de una vez se nos quedaban las sandalias pegadas al caliente alquitrán. Al pasar por la puerta del Sr. Pablo a veces llamábamos a su timbre, nos hacía reír el sonido que tenía, un sonido ronco y grave, él salía raudo, palo en mano que siempre guardaba detrás de la puerta, pero al no ver a nadie daba cuatro gritos amenazadores y tras esperar unos minutos a ver si nos veía por algún lado, volvía a sus quehaceres con una sonrisa en la boca.

En mi casa se comía a la una que era la hora que mi padre venía de trabajar y después la siesta si o …¡sï!, nunca entendimos por qué había que dormir otra vez a esas horas pero la verdad es que a veces nos dormíamos y otras con mi hermano hablábamos sin parar planeando, inventando trastadas y riéndonos lo más silenciosamente que podíamos. A veces también tirábamos de la cuerda de la persiana con mucho sigilo para que se enrollara un poco más y nos dejara suficiente luz para leer, nos encantaban los TBO, los del Capitán Trueno, Jabato y a mí me gustaba leer algún libro de “Los cinco” de Enid Blyton cuyas aventuras  todavía estimulaban más mi imaginación.

Nosotras éramos tres amigas: Mª Rosa, Mª José y yo, Mª Asunción, en la década de los 50 pocas nos libramos del María delante de nuestro nombre siguiendo la moda eclesiástica del momento. Esa tarde, después de la obligatoria siesta, nos encontramos con las bicis en la curva del Parador, un nombre muy apropiado para un pequeño bar-hostal que había enfrente de la Estación del tren, nos sentamos en la acera aprovechando la sombra del edificio y sacamos del bolsillo nuestras pequeñas bolsas de tela en las que llevábamos la colección de chapas planas, era todo un ritual, las extendíamos en la acera formando filas o ruedas y las contemplábamos orgullosas, las contábamos una y otra vez, a cada una nos parecía tener la más bonita o eso decíamos para picar a las demás a jugar “al quite” y conseguir un número mayor, las escondíamos debajo de una de las dos palmas de la mano, si acertabas  en cual estaba escondida pasabas a ser la dueña de la chapa. A menudo comentábamos el día que las pusimos en la vía, con cuidado y muy centradas para que el tren al pasarles por encima las dejara lo más planas posible, era toda una habilidad además de la emoción que suponía tumbarnos a unos pocos metros de las traviesas de madera que sujetaban los raíles y mirar de reojo, estremecidas por el peligro al ver el tren tan cerca y oír el tremendo ruido que hacía al pasar, mirábamos como las chapas desaparecían bajo las ruedas, recogerlas tan planas y calientes era el mayor de los logros.

Pasó un rato y nos dimos cuenta que los chicos no aparecían, era raro, el barrio no era tan grande para que dando una vuelta en bici de dos minutos no los encontráramos o los oyéramos en algún rincón, decidimos ir en su busca, seguro que se querían esconder de nosotras, pensamos, la tormenta de verano del día anterior junto con los caminos de tierra arcillosa hizo posible que unas cuantas bicicletas dejaran sus huellas, nos pareció emocionante irlas descubriendo.  La intuición nos decía que esta vez la dirección era la carretera de Huesca, y hacia allí nos dirigimos. Dejamos las últimas casas del barrio detrás, el desvío a Capdesaso a la izquierda y nos dirigimos a la laguneta, llegamos a  la bajada, así la llamábamos, primero pedaleábamos muy rápido para después abrir las piernas a modo de alas y bajar a toda velocidad mientras gritábamos a todo pulmón, era todo un disfrute, una bandada de patos salió volando entre los carrizos, los despedimos entre risas,  esta vez se fueron a un carrascal que había cerca de allí y al que raras veces nos acercábamos,  era un lugar misterioso , un bosque distinto, esos troncos tan gruesos, ese suelo de hojas que crujía al pisarlo, los esqueletos de aves, nos daba miedo, a veces nos quedábamos en silencio cerca pero sin entrar en él pretendiendo escuchar aullidos u otros sonidos, ya habíamos empezado a inventar historias de la existencia de algún fantasma en el lugar.

Seguimos las rodadas de las bicicletas por un camino que iba hacia las huertas y más huellas frescas  por un desvío señalaban el paso de unas cuantas bicicletas no hacía mucho. Estábamos un poco asustadas porque nunca habíamos ido tan lejos, ahora las huellas eran más visibles porque el camino era de tierra, cogimos otro desvío, paramos al perder el rastro convencidas que entre el silencio de las huertas que nos rodeaban oiríamos sus voces, nos comimos unos cuantos alberges que aunque calientes tenían un sabor muy dulce, cuando nos dirigíamos hacia otro albergero que estaba huerta adentro entonces oímos claramente los gritos de los chicos, cogimos las bicis y las voces lejanas nos llevaron  por un estrecho camino entre hierbas muy altas al río Alcanadre a un sitio que no olvidaré nunca, ¡el puente roto!, había restos de un puente pero sólo a cada uno de los lados del río, no habíamos estado nunca allí ni habíamos oído nunca hablar de ese lugar a los mayores y eso que íbamos siempre a pasar los domingos al río toda la familia, a la arboleda de la fuente de Chabarriga, o a la presa de Sena,  mi padre nos había enseñado a nadar en las badinas del puente de la vía. Nos dimos cuenta que estábamos bastante lejos de los sitios que nos eran conocidos.

Impresionadas por el descubrimiento del puente comentamos que quizá fue destruido en esa guerra que nuestros padres tanto nombraban, era muy extraño, opinamos, que dónde había algún puente tenía que haber carretera o camino y ¡no!, nosotras habíamos llegado por caminos estrechos entre huertas. Nos gustaba divagar e inventar qué pudo pasar, qué sucedió si encontrábamos algún resto, tanto daba si fuera una lata vieja como las ruinas de un puente, nuestra imaginación siempre se disparaba. Los chicos se sorprendieron al vernos y después de contarles nuestra “hazaña” nos invitaron a jugar, algunos estaban al otro lado del río, habían pasado a la otra orilla saltando entre tres grandes piedras y se escondían en una especie de trincheras que el agua había ido esculpiendo entre los sillares del puente y los restos de piedras y ramas acumuladas durante años, el juego consistía en tirarnos las piedras que allí eran abundantes de un lado al otro y esquivarlas. Nuestra habilidad y destreza para esquivar y la poca para apuntar junto con la distancia que estaba una orilla de la otra hizo que esa tarde no hubiera heridos, ni los hubo las tres o cuatro veces que volvimos a jugar a “guerras” en nuestro secreto puente roto.

Volvimos al barrio emocionadas por todo, hoy nos esperaba una buena regañina en casa pues no habíamos ido a merendar, ya les contaríamos que habíamos comido fruta en las huertas.

Chicos y chicas volvimos juntos al Barrio, en el camino les relatamos cómo los habíamos encontrado, nunca creyeron que había sido siguiendo sus huellas y prefirieron creer que los habíamos seguido de cerca, su ego de chicos no les dejaba pensarlo y decidimos no discutir sin embargo nosotras estábamos emocionadas, hay logros que no se olvidan nunca.

EN LA ESTACIÓN DE SARIÑENA

Asun Porta jugando en el Bario de la Estación.

Después de ir cada uno a su casa a explicar nuestra tardanza para la hora de la merienda, alguien propuso ir a la era de Francisquer, el sitio lo conocíamos todos bien porque estaba cerca de la escuela,  había llovido el día anterior y allí se hacían unos charcos que duraban algún día más que los demás lo que para jugar a hacer canales, puentes, montañetas y desniveles, presas y acequias era idóneo, aprovechábamos trozos de ramas, cañas, tejas, latas, piedras planas que buscábamos por los alrededores y nuestras propias manos. Al acabar entre todos toda aquella estructura que dependiendo de los que jugábamos a veces media varios metros de larga, buscábamos en los alrededores alguna lata vacía, botella o recipiente que nos ayudara a tirar agua en la parte más alta y ver como iba atravesando los canales, pasando por debajo de los puentes, llenando huecos, parando en las presas, y cuando llegaba al final sonaba un gran aplauso acompañado de gritos de alegría por el trabajo realizado.

Chicos y chicas compartíamos a menudo algunos juegos como hacer casetas, tirarnos con las bicis por los barrancos, inspeccionar los alrededores buscando tesoros, restos de no sabíamos qué y que nunca encontramos, el escondite, las canicas, las tabas o “churro media manga y manga entera”; otros juegos y conversaciones ya los realizábamos en el grupo de chicas o de chicos por separado y ahí rara vez se traspasaba la raya.

Estaba ya anocheciendo y era la hora de volver a casa, oímos el silbido de mi padre que nos llamaba y eso significaba que mi madre estaba ya impaciente porque regresáramos cuanto antes y que la mesa estaba ya puesta.

La cena me supo a gloria, una tortilla francesa entre pan y pan untado con tomate y un vaso de leche, estaba hambrienta, había sido una tarde muy emocionante y unos cuantos alberges calientes no eran suficientes para la cantidad de energía física y emocional gastada.   Después venía uno de los momentos más agradables del día: “salir a la fresca”. Era la hora de oír y compartir las historias de los mayores. Cada vecino sacaba su silla y los más críos nos sentábamos en la acera o en el suelo,  hacíamos un corro más o menos grande y oíamos con curiosidad cómo les había ido el día, si había sucedido algo importante no sólo a ellos sino lo que  habían oído de algún vecino del barrio o de algún familiar, también contaban chistes, anécdotas de otros tiempos,  a veces también éramos nosotros los protagonistas  y no sólo nos preguntaban por lo que habíamos hecho sino que también nos advertían de los peligros del tren, de alejarnos mucho del barrio, pensábamos que en el barrio no había problema, nos sentíamos seguros porque todos nos cuidaban a todos y si teníamos algún incidente o accidente podíamos llamar en cualquier casa para que nos ayudaran. El barrio entero era nuestro hogar. Si hacia mucho calor mi padre solía sacar un porrón de cerveza y gaseosa o el botijo con agua fresca y la Sra Simona sacaba alguna fruta recién traída de la huerta, claudias, higos, melocotones, alguna tajada de melón o de sandía … y así hasta la hora de ir a dormir, caíamos rendidos.

Contaba en un programa de radio uno de los colaboradores en una tertulia, era de Madrid, que nunca había jugado en la calle, eso sí era muy deportista y naturalmente muy sociable. A mí me entró una especie de escalofrío interior, me dio algo de pena, y fue entonces cuando me puse a recordar mi infancia, nuestros juegos, la libertad con la que nos movíamos, lo que no significa que nuestros padres no nos advirtieran de los peligros o no hubiera normas, pero era distinto y me sentí muy afortunada, lo que está claro que entonces no había tantos coches por las carreteras y por las calles, que los que había circulaban despacio, cuantas veces ya de adolescentes paseando por la carretera paraba algún coche y nos preguntaba por gente del  barrio o de qué familia éramos, que los trenes también iban a menos velocidad, que hacían más ruido, o lo sentíamos así, lo que era un aviso para estar atentos, que aunque empezábamos a entretenernos con la tele ni los mayores ni nosotros la cambiábamos por todo lo que nos ofrecía la calle y por convivir con todos los habitantes del barrio, que los regalos eran muy escasos lo que nos facilitaba poder imaginar juegos con cualquier papel, lata, cuerda, o trozo de tela. Recuerdo el patio de la escuela, con tierra, piedras, hierbas, barro, trozos de ladrillo, palos y sin vallas como en muchos pueblos pequeños, así que no sólo jugábamos en lo que se suponía que era el patio sino que la temporada del escondite nos alejábamos bastante hasta las casas que había detrás, en la escuela antes de los diez años tampoco había muchos libros ni muchos cuadernos, escribíamos mensajes secretos en las hojas de los gladiolos con los espinas que cogíamos de las acacias. También había temporada de los pitos, de las tabas, del corro, de las muñecas de papel, del pañuelo…

Eran otros tiempos pero no hace tanto y creo que sin intención de comparar me siento afortunada por la infancia que viví, por haber nacido en el Barrio de la Estación, por toda la gente que vivía allí y por mi familia que nos dio esa libertad que siempre nos estimuló para aprender, para leer, para descubrir,  que nos apoyó cuando llegó la hora de decidir, nos enseñó a ser buenas personas y sobre todo nos hizo creer lo valiosos que éramos y que con esfuerzo podríamos conseguir aquello que nos propusiéramos.

Asun Porta Murlanch

 

 

 

 

 

La talla de la Virgen de las Fuentes


De la talla de la Virgen de las Fuentes de Sariñena se conserva solamente la cabeza, salvada de ser quemada por Isabel Callen Conte «La Pomara», una historia fascinante que queda recogida en «La historia de la Virgen de las Fuentes».

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Hace unos años, Nacho, el actual párroco de Sariñena, me contó que en el taller de la diócesis habían tenido una fotografía de la virgen con el cuerpo entero. Aquella fotografía se había perdido y lamentablemente no se sabía nada de su procedencia. Afortunadamente aquella fotografía del cuerpo entero existe y podemos contemplar, tal y como fue, la talla de la Virgen de las Fuentes. La fotografía corresponde al “Catálogo monumental de España: Huesca, Madrid, CSIC, t. II, fig.911”.

La talla original de la Virgen de las Fuentes está datada en 1400, una obra en madera de cuerpo entero con la talla del niño Jesús incorporada al cuerpo de la virgen. Según José Ignacio Calvo Ruata, Historiador del Arte y experto en la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes: “Se tenía erróneamente por una imagen del XVI pero Samuel García Lasheras, experto en escultura gótica y en especial de vírgenes con el niño no duda en fecharla hacia 1400, pleno gótico, aunque sea tosca».

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Actual Virgen, querida y protegida.

En la imagen, la virgen aparece sentada, entronizada y con la mano derecha sostiene al niño Jesús que con el dedo índice señala al cielo. En las representaciones góticas, el niño Jesús se suele representar alzando la mano ofreciendo una bendición. La mano izquierda de la virgen parece agarrar fuertemente algo o sujetar las telas de su falda. Ambas imágenes aparecen dirigiendo sus miradas al espectador, para escuchar las oraciones que le dirigen o dar la idea de intercesión. La talla aparece sin policromías, quizá perdidas por el paso del tiempo. La actual virgen se restauró hace unos años. Ahora su cuerpo es simple, sin forma, de madera, cubierto por un peto y un manto delicadamente bordados.

La talla de la virgen es mucho anterior a la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes cuya fundación se remonta a 1507, aunque el actual monasterio cartujo se comenzó a construir en 1717. Así que probablemente estamos ante una imagen de la antigua iglesia de Sariñena, anterior a la actual iglesia de San Salvador, neoclásica del siglo XVIII. Estamos quizá ante una imagen religiosa que con el paso de los años ha adquirido su condición de la virgen de las Fuentes, siendo originalmente una sencilla representación de «virgen con niño», el tema artístico más frecuente en la iconografía del arte mariano y uno de los más tratados en todo el arte cristiano: la representación de la Virgen María junto con el Niño Jesús, su hijo (Wikipedia).

Nuestra Señora de las Fuentes, en la Cartuja de Sariñena, es del siglo XIV. Su materia es la madera, y su altura poco más de tres palmos. Está sentada en silla y su rostro es de color trigueño. Tiene al Niño Jesús sentado sobre el brazo derecho y bendice con la diestra, sosteniendo con la mano izquierda un orbe o globo. Nuestra Señora en su siniestra lleva una flor. Esta imagen se veneraba en una ermita, donde después los condes de Sástago don Blasco de Alagón y Dª. Beatriz de Luna, fundaron la Cartuja de las Fuentes, a tres leguas de Sariñena, que empezó a edificarse en 1507 y que hubo de ser reconstruida en 1732.

Del año 1400 existía una Bula concediendo indulgencias a los que visitasen la susodicha.

Iconología Mariana en la provincia de Huesca.

La Virgen de las Fuentes es todo un tesoro de Sariñena y la fotografía, la imagen, nos abre un mundo nuevo en su conocimiento, en su historia y tal vez en su futura reproducción. Gracias a Alberto Lasheras Taira por la imagen de la fotografía de la virgen y a José Ignacio Calvo Ruata por sus respuestas de experto y gran conocedor de la historia del monasterio de la cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes.

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