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Francisco Larroy Masueras


Paco es el último combatiente vivo de La Madeleine, una heroica batalla durante la segunda guerra mundial en Francia. Desde su exilio, Paco ha vivido toda su vida en Anduze, donde llegó exiliado desde Sariñena junto a sus padres y hermano Antonio. Los hermanos Larroy son todo un ejemplo de supervivencia y compromiso por la libertad, dos sariñenenses de leyenda.

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Paco Larroy Masueras

Francisco Larroy Masueras nació en Sariñena en 1924. Su padre José Larroy Bollic descendía de familia de herreros pero se dedicó a construir carros: “Fue carretero”. El taller lo tenía al lado de la herrería, en la calle Goya nº 4, subiendo a mano derecha. Su abuelo dividió la casa en dos, así que los dos talleres estaban pegados, las puertas eran iguales: “Tal y como subías primero estaba la herrería, que la llevó mi tío, y luego el taller de carros”. Además, en casa vendían abono de pescado para los campos, se podía leer en la fachada: “Se venden abonos”. Su madre era Adelaida Masueras Clavería y sus hermanos tenían una fábrica de gaseosas camino del río, a la salida de Sariñena, al lado de garaje de Eloy Casabon y durante la guerra todo quedó destruido. Antonio, hermano de Paco, era tres años mayor, nació en Sariñena en 1921 y murió a los noventa y cuatro años de edad, el 18 de noviembre del 2015.

Paco fue poco a la escuela, pero aún recuerda al maestro don Pío, a algunos amigos como el Peti (el cafetero) y el rubio Chin. Iban a robar manzanas por la huerta, a bañarse al río, a la Laguna a cazar patos y de romería a san Isidro. Recuerda la línea de autobús de la sesantina, de unas seis fuentes y del cine del teatro Romea, donde iban a ver películas en el gallinero, pues era más barato, “Al dueño del Romea lo fusilaron en Sariñena”. La plaza Alvarado, actualmente de la Constitución, rebosaba de vida, había un abrevadero y encima el bar “Las Delicias”. También estaba el quiosco que había hecho su Padre, donde vendían cervezas. La plaza estaba llena de gente, de vida, y además las vacas, mulas y caballos iban a beber al abrevadero y al caer la tarde volvían solos.

Llegó la guerra y todo se quebró, Paco la vivió con nueve años. Su padre, José Larroy Bollic fue conserje de Izquierda Republicana y estuvo en el comité local: “Estuvo cuando los milicianos venidos de fuera querían fusilar a los cerca de 40 detenidos de derechas en la cárcel, estaba al lado de la ermita de Loreto, se opusieron dejando claro que aquí no se mataba a nadie”. Su tío, Manuel Masueras Clavería, fue directivo de Izquierda Republicana y Francisco Masueras Clavería fue patrullero al servicio del comité con su automóvil, fue detenido y murió en Burgos, “No había hecho nada malo”, recuerda Paco.

Del frente llegaban camiones con heridos y fallecidos, Paco aún recuerda ver de crío los cadáveres en la entrada del Hospital Militar. Aún se acuerda Paco del jefe del campo de aviación “se llamaba Franco y La Pava, un avión que salía hacía Huesca a bombardear todos los días hasta que un día no volvió”. En casa acogieron a una hermana de su padre que estaba de monja en Fonz y también a una monja del País Vasco que no podía regresar a casa y se tuvo que quedar en casa de los Larroy-Masueras. Su madre Adelaida aprovechó aquellos tiempos para montar un puesto de venta de mantecaus y churros en la calle del medio: “Había mucho trasiego de milicianos en Sariñena, hizo dineros pero lo perdieron todo al cruzar la frontera”.

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Paco Larroy y Joaquín Ruiz

Se fueron a refugiar de los bombardeos a la masada de Florencio, era amigo de su padre y allí fueron unas dos o tres familias, a unos siete kilómetros por la carretera a Sena. Al acabar los bombardeos, su padre José volvió al pueblo pero vio que no había quedado nada, tan sólo encontró ruinas. A los pocos días marcharon dirección a la frontera hacía el Valle de Aran: “Balaguer, Tremp, Valle de Aran y Francia”. Solamente estuvieron un mes en Francia, a su hermano lo llamaron a quintas y su madre decidió volver a la España republicana para estar más a salvo. Estuvieron dos o tres meses en Vila Sacra, en la provincia de Gerona, hasta que de nuevo se vieron obligados a huir a Francia. Fueron por la costa mientras las tropas fascistas les acribillaban a balazos, desde el mar, “Nos asaron”.

Al cruzar la frontera los alojaron en un campo de refugiados; hasta que los distribuyeron, su padre y su hermano Antonio fueron a un campo de concentración durante dos años, mientras que su madre y él fueron llevados en tren hasta Anduze, un pequeño pueblo en la región francesa de Occitania, en el departamento de Gard.

En Anduze, Paco estuvo muy bien, era un refugio y la gente del pueblo les acogió muy bien. Allí fueron a parar varios exiliados Españoles. Con el tiempo consiguió contratos de trabajo para su padre y hermano, lo que les permitió abandonar el campo y reunirse con la familia en Anduze. Así, José y su hijo Antonio comenzaron a trabajar en la agricultura, compraron una casa y vivieron una pequeña época en calma: “Estábamos muy bien”.

Pero de nuevo el fascismo les sumió en una guerra; con la segunda Guerra mundial, el ejército Nazi ocupó Francia y muchos no dudaron en hacerles frente. Entre ellos Paco y Antonio que se echaron al monte, junto a otros españoles y franceses, protagonizando una de las más épicas batallas de la segunda Guerra Mundial. El investigador caspolino Amadeo Barceló, autor de “¡Viva el maquis!. Tras las huellas de maquis, guerrilleros y clandestinos en el Bajo Aragón” ha investigado y estudiado aquella batalla de La Madelaine, “la batalla contra la Wehrmacht, cuando el 25 de agosto de 1944, 32 españoles, de los que nueve eran aragoneses, lograron rendir a una columna entera de alemanes compuesta por 700 soldados”. Amadeo conoció y entrevistó a los hermanos sariñeneses Antonio y Paco Larroy y con su estudio, además de darlos a conocer no ha dudado en reivindicarlos. Así fue en noviembre del 2015 cuando, de la mano de Salvador Trallero, Amadeo presentó en Sariñena su extraordinario trabajo “¡Viva el maquis!” y en las Jornadas conmemorativas del 80 aniversario del bombardeo y final de la Guerra Civil en Sariñena (1936-1938), celebradas en marzo del 2018 y organizadas por la investigadora Gemma Grau.

Castillo de Tornac.

Las cifras bailan, de unos 32 o 38 maquis españoles a unos 2 a 8 guerrilleros franceses y  de 700 alemanes a cerca de 1500. “Nueve aragoneses se contaban entre ellos: Antonio y Francisco Larroy, el calandino Martín Vidal y los caspolinos Vicente Rufau, Manuel Ornaque, José Arcos, Mariano Calés, Miguel Piquer y su hijo Elías” (Barceló, Amadeo. “¡Viva el maquis!”). Ellos, la 21ª Brigada estuvieron unos cuatro o cinco días esperando la columna alemana 11ª Panzerdivisionen, tenían pocas armas y un fusil ametralladora. Sobre las 11:00 horas de la mañana comenzó a llegar la columna y cuando los tuvieron bien a tiro comenzaron a disparar a los camiones. Fue en la zona del castillo de Tornac, un punto elevado entre carrascas y matorrales, desde donde los maquis dispararon moviéndose de un lado a otro. Al final, una brillante estrategia y una férrea resistencia consiguió detenerla hasta que por la tarde, las tropas aliadas, acabaron por doblegar la columna alemana. La hazaña de La Madeleine queda recogida por Amadeo Barceló, tanto en su publicación “¡Viva el maquis!” como en su artículo “Aragoneses contra Hitler: La batalla de La Madeleine”.

Al día siguiente les mandaron a la liberación del departamento francés de Ariège, tras la batalla de La Madeleine se había formado un grupo de unos 50 maquis españoles, su compromiso con la libertad y contra el fascismo fue ejemplar. Con la liberación de Francia, los hermanos Larroy pasaron a España con el resto de maquis. Estuvieron haciendo incursiones entre el valle de Aran y el valle de Benasque, iban a pie, pasando frío y hambre.

Monumentos a los héroes de La Madeleine.

Llevaban tres días sin comer cuando el capitán Martínez pidió voluntarios para bajar al valle de Benasque para encontrar algo de comer. Fueron seis voluntarios, bajaron y encontraron una casa vieja donde había un carabinero y comenzó un combate que se alargó dos días. En aquel combate falleció  Elias Piquer, estaba con Paco cuando murió.

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Tuvieron enfrentamientos en la zona del Hospital de Benasque, las tropas franquistas subieron morteros con los machos para tratar de cogerlos y al final acabaron rompiéndolos. Fue debajo del pico del Aneto donde se rompieron, divididos y perdidos, trataron de regresar a Francia. Una vez a salvo en Francia fueron recogidos por una compañía de maquis de cerca de 50 hombres, pero los gendarmes les hicieron volver a casa y les pagaron los billetes para volver a Anduze. Cuando llegaron a casa sus padres estaban leyendo el periódico, decían que la 21ª brigada de guerrilleros españoles había caído. Ante su sorpresa, la familia Larroy Masueras se rejuntó sana y a salvo.

Paco se casó en 1950 con Suzy Dellien y han tenido dos hijos. Ha trabajado haciendo trabajos públicos y en viñedos, ha sido tractorista en plantaciones, labrando… incluso estuvo trabajando en Mauritania. Su hermano Antonio trabajó durante 40 años para la misma casa, en los muchos viñedos que salpican aquella hermosa campiña francesa. Paco ha regresado en varias ocasiones a Sariñena, pero la edad ya no se lo permite; la primera vez que volvió tuvo que ir a firmar a la Guardia Civil por su padre. Tiene muy presente a Sariñena, al final son sus raíces y muchas han sido las preguntas sobre antiguos amigos y como ha cambiado el pueblo.

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Ricardo Ornaque, Paco Larroy y Joaquín Ruiz.

Los hermanos Larroy, Antonio y Paco son héroes de Francia condecorados con la Cruz de Guerra con Estrella de Plata, un reconocimiento por su participación en la segunda Guerra Mundial luchando contra el fascismo. Forman parte de los muchos republicanos españoles que tras la Guerra de España continuaron la batalla contra aquel fascismo que asolaba Europa. Mientras, todo contrasta con el olvido que aún arrastramos en España, así que aquí el humilde pero muy sentido reconocimiento a los hermanos Antonio y Paco Larroy Masueras, ¡¡Por siempre eternos!!.

Gracias al investigador Amadeo Barceló, a la ayuda y gran acogida en Anduze de Ricardo Ornaque y a Francine Larroy, hija de Paco, por su amabilidad y su paseo por aquella preciosa campiña francesa. Y sobre todo a Paco Larroy Masueras por un día muy especial y emotivo, ¡gracias!.

 

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Francisco Paul Peralta 


De familia numerosa, fueron cuatro hermanos y aunque la casa estaba bien posicionada, a Paco, por ser de los pequeños, le tocó poco. Así, que Paco nació en 1919 en Capdesaso. Su abuelo Miguel, de casa “Las Paules”, fue alcalde de Capdesaso y construyó un molino de aceite junto a la balsa: “tuvo que marchar  a Barcelona para comprar una enorme viga para hacer la prensa del molino”. Tenía mucho ganado y hacía trashumancia, las subía y bajaba andando a Anso. Su padre José fue jornalero y de joven trató de marchar a la guerra de Cuba, pero su padre habló con casa Torres y lo mandó a trabajar a su casa para evitar que marchase a Cuba. Su madre Pilar era muy trabajadora y cosía para la gente.

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Francisco Paul Peralta

En Capdesaso el agua la cogían de una fuente, Francisco iba con una burra y la cargaba con cuatro cantaros, en verano escaseaba y era habitual tener que hacer cola por las noches: “Estaba la balsa, pero el agua no era para beber”.  Por el monte de Capdesaso había un reguero hacía Lalueza, Francisco estuvo encargado del agua ya que esa zona se regaba. Una vez acudió al pueblo el obispo y Capdesaso fue una fiesta, pero Paco no pudo ir, además saltó mal un brazal y se dio un buen talegazo.

Estudió poco, la pobre maestra era muy pobre y llevaba hasta piojos, la pobre chica casi no podía enseñar nada. Al tiempo, Paco consiguió estudiar en la escuela nocturna. Después de la escuela trabajó de mozo pequeño en Lalueza. Allí se dedicó a labrar, a ir a buscar paja para la caballería, ir a la siega y con un carro llevaba las mujeres para la siega, para dar la gavilla. El primer año ganó unas 500 pts al año, el segundo año unas 600 pts.

Al estallar la guerra, junto a otros cuatro chicos, se volvieron a Capdesaso. Con la relativa calma aprovecharon para hacer muchas meriendas. Durante la guerra estuvo en los dos bandos, en ambos lados tuvo suerte. En un bando se apuntó con la banda a tocar el tambor. También estuvo por tierras catalanas, por el frente de Lérida y en el Prat de Llobregat una vez terminada la guerra. En el frente de Lérida trataron de ocupar un pueblo, fue cuando se produjo el desembalse del embalse de Camarasa que arrasó con fuerza aguas abajo, una acción planificada (Las presas como arma).

En el Prat de Llobregat estuvo después de la guerra, cuando fue llamado a filas. Allí coincidió con unos prisioneros que mandaron para construir un hangar, aquellos habían estado trabajando construyendo el puente de Sariñena. Aquellos trabajadores iban a descansar a Capdesaso, allí una mujer les cosía las capotas, se llamaba Pilar “¡más buena mujer!”, era la madre de Francisco. En el aeropuerto, francisco tenía que tirar un bote de humo cuando un avión se aproximaba para aterrizar y así, el humo, les indicaba la dirección del viento. Una vez bajó un Teniente Coronel y a Francisco le exclamó: “Tú como yo”, señalando su pelo. Paco, que lo llevaba algo largo, se lo cortó sin dudar.

Paco vivió en el barrio de la estación de Sariñena, bajaba a Sariñena andando a trabajar, hiciese sol, viento, niebla o nieve. Tenía 21 años y estaba recién licenciado. Al tiempo Paco tuvo coche y moto, trabajó en casa Anoro del barrio de la estación de Sariñena. En casa Anoro trabajó en el molino de piensos, estaba frente la harinera, molían castañas pilongas, cebada y maíz, aunque no mucho ya que estaba intervenido, “¡Y alfalfa!, se molía mucha alfalfa”. Se rompía a menudo la correa de transmisión del motor al molino y  tenían que repararla. Acudía Ramoner, el guarnicionero y la cosía.

También Anoro hacía el servicio de correos, compró un camión y le dijo a Paco: “Mírate bien que luego lo has de llevar tú”. Y así fue, Paco llevó el camión hasta los 64 años. Paco hacia el transporte de la harinera, sacos de 100 kilos a los vagones de tren. Con el camión iba a Candasnos, Peñalba, Sena, Bujaraloz… entonces se mandaba mucho en vagones y algo para la harinera. Francisco trasladó la maquinaria de la antigua harinera, camino de los olivares, a la nueva Harinera Monegros de la estación de Sariñena.

Francisco se casó con una chica de Huesca y vivieron en la casa del cura de la estación, de mosén Pedro, Pedro Verga Ochoa. Su mujer bajó a las fiestas, su padre era guardia municipal. Se llamaba María Dieste y se casaron en Huesca. En aquellos años el barrio de la estación tenía mucha vida, era un barrio pequeño pero había muchos ferroviarios, algunos vivían en vagones. Había un bar en casa de Francisquer “El parador”, una casa agrícola de toda la vida, daban cafés y meriendas, estaba la señora Millera, que prácticamente se crio allí. También estaba “Casa Gil”, un hospedaje, y casa “El Gorrión” que era bar y tienda. Había mucho estraperlo en la estación, con los ferroviarios. En “Casa Gil”, del señor Rafael, a la vez que tenían a la guardia civil cenando, por el corral sacaban el trigo.

Los viajeros paraban poco en la estación, aunque había mucha gente trabajando. Cambiaban de máquina y gastaban mucho carbón, había una enorme pilada de viguetas de carbón. También estaban los silos, trabajaba Pepe Casas, almacenaban el grano y luego lo vendían para siembra, venían de todas las partes de la provincia a buscar trigo para sembrar. El jefe del silo era Coronas y Acín el escribiente (vivía al lado de la casa del botero).

Los almacenes de la entrada por Sariñena eran los almacenes de Blasco, luego pasaron a Amado Pueyo para la harinera. Más tarde fueron del servicio nacional, se metían vagones grandes por una puerta pequeña. Anoro también tuvo un almacén de abonos, guardaban garbanzos para piensos

Mosén Pedro iba a Sariñena, Lastanosa, Capdesaso y a la estación. A Lastanosa iba y volvía en tren, paraba a cualquier tren, aunque fuese un expreso. Una vez le salió la policía a mosén Pedro, había parado un expreso a las cinco de la mañana, interpeló a su condición de cura para imponerse, dijo que tenía que cumplir con su obligación de celebrar misa.  Mosén Pedro era un cura muy peculiar, en vez de decir que uno se había casado decía que se había suicidado.

A los cuarenta años trabajando, a Francisco le mandaron a Segarra a trabajar, marchó junto a otro chico con los camiones. Estuvo dos años hasta que cerró la empresa y ya se jubiló.

Paco posee una gran memoria llena de recuerdos y anécdotas, se ríe recordando alguna y no duda de contarme la que le sucedió con mi abuelo Emiliano Gaspar. A Emiliano se lo encontró con el coche parado y echando humo subiendo a la estación, mi abuelo estaba asustado pensando que el coche le iba a comenzar a arder. Paco pronto descubrió el problema, pues Emiliano había olvidado quitar el freno de mano y el coche parecía echar fuego. “Un día me encontré una tarjeta de crédito por la calle, miré el nombre ¿y a que no sabes de quién era? Era de tu abuela Asunción Paraled”.

Así que inevitablemente acabamos con ganas de saber más pero también agradecido de haber pasado un agradable rato con Francisco, con su vida, historias y anécdotas. Gracias Paco por todo lo aprendido y por contarlo. Y un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

El Chato de Pallaruelo de Monegros


Francisco Lasierra nació en 1950, en Pallaruelo de Monegros. Es de casa “El Moreno”, una familia de labradores: “era la quinta mejor casa del pueblo y contaba con un par de mulas”. Francisco es agricultor, pero sobretodo es un extraordinario jotero rondador, conocido por todo Aragón como “El Chato de Pallaruelo”.

Su niñez transcurrió en Pallaruelo, un pueblo pequeño en el secano monegrino. Cuando él acudía al colegio eran unos 36 zagales. Jugaban a cazadores, a la guerra, arramblaban higos y minglanas, cogían por el monte nidos de pájaros e iban a pescar a las balsas. Con su padre cazaban raposas para vender sus pieles en Sariñena. El agua la iban a buscar con cantaros a las balsas y llenaban los aljibes de las casas para tener agua fresca en verano. Con ocho años era monaguillo y fue cuando  comenzó a cantar en el coro de misa.

Por aquel entonces había cine en el salón de casa Playán, desde Pertusa acudía un hombre en moto para poner la película. Cuando por edad no podían ver la película,  se asomaban por una ventaneta de rejas, así recuerda ver alguna escena de “El último cuplé” de Sara Montiel.

En la plazeta está el frontón, se jugaba mucho a la pelota dura y debían de darle con la mano. Había mucha afición y se hacían campeonatos. El Chato jugaba mucho hasta que se convirtió en jotero.

De pequeño iba en carro a Sariñena con su padre. La distancia de once kilómetros los conoce al detalle y así recuerda cada punto kilométrico:

  • Km 1: La almendreta (Una almendrera que ya ha desaparecido).
  • Km 2: La Cortada, cruce con la carretera a Albalatillo.
  • Km 3: Bajada La Pita.
  • Km 4: Paridera Torres.
  • Km 5: La Caseta de los camineros.
  • Km 6: Curva de la Barraca, desvío a San Juan.
  • Km 7: La fontaneta del juez (Fuente del cantaro)
  • Km 8: Puyalón
  • Km 9: Viña de Portera.
  • Km 10: Arbolera de Sariñena, donde comenzaba la calle adoquinada.
  • Km 11: Villa de Sariñena.

A los once años tuvo que abandonar la escuela para dedicarse a las faenas de campo, su padre no podía trabajar y la familia tenía que tirar para adelante. El Chato pronto tuvo que ir a labrar con las mulas, segar, atender un pequeño rebaño de ovejas y el ganado domestico: cerdos, conejos y gallinas. A los 19 años compraron un tractor “hace unos veinte años que llegó el canal de monegros”. Años más tarde se produjo la concentración parcelaria y la transformación a regadío de las tierras de Pallaruelo de Monegros.

Al principio se animaba a cantar jotas en las juergas con los amigos: “de jóvenes nos juntabamos en cuadrillas para cenar y matabamos un cordero para la ocasión”. Cuando tenía unos 29 años se formó el grupo de jotas Aires Monegrinos, “al principio no comenzó muy en serio”. Mosén José María Arregui  fue su primer profesor, enseñaba canto coral en Sariñena. José Antonio Villellas le ánimo a ir a Huesca para aprender con la gran Camila Gracia, pero al final no fue.

Con la rondalla “Aires Monegrinos” se ha recorrido todo Aragón, gran parte de España y ha estado en varios países europeos. Con la rondalla lleva contabilizadas más de 2600 actuaciones y el ha realizado más de 3500, pues acude a rondar a muchos pueblos de Aragón. Lleva el nombre de Los Monegros por todos los lugares, es un embajador excepcional del que nos sentimos y nos podemos sentir muy orgullosos. Participó, junto con Javier Badules y María Gruas, en el programa de radio nacional de España “Un día como hoy”, con Juan Ramón Lucas, los viernes cantaban unas jotas resumiendo la actualidad semanal. También lo pudimos ver en el programa de televisión aragonesa de “Sin ir más lejos”. Ha conocido a grandes artistas como a Sara Montiel, Manolo Escobar o David Civera y a presentadoras como Inés Ballesteros y Nieves Herrero, “ha sido una experiencia majísima”.

La ronda de jotas de Pallaruelo se recuperó hace unos diez años, el “Chato” conocía su existencia por su padre y ahora es un gran acontecimiento en el pueblo. La ronda dura más de tres horas en un pueblo muy pequeño: “todo el pueblo participa y se implica”. Además acuden muchos forasteros y amigos de los pueblos vecinos, una buena excusa para visitar Pallaruelo de Monegros.

Otra tradición que se ha recuperado es el dance, “estuvo más de 30 años sin hacerse”. Se recuperó hace unos veinte años y el “Chato” participa escribiendo y recitando las motadas. Sigue la estela del antiguo mayoral: el “Tío Juaner”, con la gracia y creatividad que tanto le caracterizaban.  El Tío Juaner trabajó para casa “El Moreno”, el abuelo del Chato; murió joven y fue el tío Juaner quien se hizo cargo de las tierras de la casa. La mujer de Juaner era hermana de su abuelo. El Chato recuerda al tío Juaner sentado en una cadiera, después de una dura jornada de trabajo, anotaba en unas hojas los sucesos y anécdotas graciosas que habían pasado a las gentes del pueblo. Cuando llegaba el día del dance, el Mayoral Juaner dedicaba una motada graciosa a todos los danzantes, “poseía una memoria y creatividad privilegiada”.

El Chato se encuentra muy arraigado a su tierra, a su pueblo de Pallaruelo donde ha nacido y vive. Pallaruelo es un pueblo pequeño y son pocos vecinos, el pueblo ha ido a menos y la gente joven marcha. Pero es donde está su casa, su hogar: “la vida es tranquila y cuando se quiere se puede ir en un momento a Zaragoza o Huesca, vivir aquí es un privilegio”.

Publicau en Os Monegros el 26 de febrero del 2014.

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