Archivo de la categoría: Etnografía

Apuntes etnográficos de la Villa de Sariñena VIII


Antes se cazaban murciélagos con boinas y los reyes magos llegaban por el pesquero. En las ventanas se dejaban tenazas abiertas contra las supersticiones y cuando había tormentas s´encendían las velas que aún se guardaban de semana Santa, tamién s´encendían las velas cuando existía miedo a las brujas. Antes la gente iba a apacentar el ganau por la laguna, con la dula (tos los animales domésticos del pueblo). Por la redolada de la laguna s´alcontraba el muladar y en la realización de estos apuntes etnográficos remeramos que el tan característico avetoro hace años que está presente.

Se cuenta la historia, sentida por tos los lugares de Los Monegros, de un zagal que iba por el camino de los olivares hacía el molino con un saco de trigo. Su padre li había avisau que podía alcontrarse con el temible bandido Cucaracha y qu´este le podía robar to lo que tenía. Al alcontrarse con unos hombres, el zagal contó las palabras que su padre le´n dijo ante quien resulto ser el bandido cucaracha. En estás, el Cucaracha explicó que robaba a los ricos pa dar a los pobres y le dio una moneda como muestra de su solidaridad. Por Sariñena, la banda del Cucaracha pasó por un pajar y se llevó a Bornau, pa después liberarlo exigiendo dineros. Uno del pueblo se unió a la banda del Cucaracha, fue el Petiforrol.

A la ermita de Santiago se acude en romería cada 15 de mayo, en honor a San Isidro y portando la imagen de la Virgen de Las Fuentes. Antes se marchaba de romería al monasterio de la Cartuja de nuestra Señora de Las Fuentes. Se iba en carros, se cantaban jotas y otras músicas y s´hacían güenas lifaras y sartenadas. Después de la guerra se dejo de ir al cartujo y desde entonces se acude a la ermita de Santiago. Carmen la “Marrita” era la ermitaña, vivía en la ermita, por ande aura s´encuentra el escenario y “había casa y corral”. Cuidaba la ermita y pedía limosna por el pueblo pa vivir. Cuando los zagales subían a la ermita, ella siempre les daba agua.

En la guerra civil se quemaron los retablos de la iglesia y los archivos. Entre to lo que se quemó en la plaza de la iglesia, s´encontraba la imagen de la virgen de las fuentes. Cuando to ardía, la cabeza rodó escapando de la hoguera y, sin que naide se percatase, la cogió la “Cibora”, quién pudo llevársela pa esconderla en casa de Isabel la “Panara”. La escondieron entre la paja y mientras bombardearon los fascistas Sariñena, fue escondida en el monte “¡en el cado de los conejos!”. Pasau la guerra, a la imagen se le hizo el cuerpo con un tronco y por suerte el manto tamién se salvo.

Se celebraba la patrona de Loreto, se comían judías blancas, con laurel y ajo, y carne asada. Se cenaba en casa Julia y Juan José Bornau, los zapateros, que vivían en la calle del medio, ande está la peluquería de chamorro. La comida de los cofrades era cada añada en casa de un cofrade. Pa las fiestas de San Antolín se daba torta de llama.

Pa la noche de tos los Santos se tocaban las campanas y salían las almas. Las anemias, el hambre, la miseria hacia ver cosas: “¡Los zagales iban a pedir un poco de pan a los hornos!”. Cuando moría un niño se tocaba la campaneta, la campana pequeña del campanario de la iglesia. Había un hombre ciego que se ganaba el dinero buscando caracoles, soplaba al caracol y sabía si estaba lleno u bofo. Mucha gente se ganaba la vida con los caracoles. La gitana, “la siña María”, a quien recuerdan con mucho cariño, mercaba pieles de conejo a cambio de hilos, dedales y trenzaderos. Tamién la Federica compraba pieles. Un señor, José el trapero, cambiaba trapos y ferralla por naranjas y mandarinas, y siempre venía con una burreta.

Publicau en “ Os Monegros el 6 de mayo del 2013.

– Post relacionaus:

Apuntes etnográficos de la Villa de Sariñerna VII


Apuntes etnográficos de la Villa de Sariñerna VII

“Curanderos, sanadores y pilmadores del Altoaragón” es el titulo de la magnifica obra de Rafael Andolz, ande aparecen recogidos diferentes curanderos de la Villa de Sariñena. Los pilmadores eran personas que curaban fracturas de huesos y articulaciones, que realizaban curas tanto en animales como en personas. El “don” curativo se transmitía por familia y tradicionalmente “Los Castro” han sido la gran familia de “pilmadores” en el Altoaragón.

En el libro de Rafael Andolz, de la localidad sariñenense, se cita a la famosa Rosa “la tía Torrera” de casa Mirallas. Rosa era pilmadora y en palabras de M. Cruz Ullod, en su artículo “Medicina popular en Sariñena y Los Monegros”, cita que curó una rodilla a su padre de pequeño. Rosa tamién quitaba las anginas frotando la muñeca, la derecha pa curar l´angina izquierda y viceversa. M. Cruz Ullod contina relatando la historia de la curandera la Dolores “La Matavina”, quien tamién sanaba las anginas, al igual que la curandera de torre Castanesa, quien “enchafaba” las anginas pretando el brazo hasta la muñeca. Andolz recoge a los Bareches, que fueron curanderos d´animales muy afamaus en to la redolada monegrina. Los Bareches s´establecieron en nuestra Villa de Sariñena y fueron conocidos como “los hijos de los brujones de Fornillos”

Paice ser que las anginas era el gran mal que curar:

“El Salvau, pa los ricos, y la ceniza pa los pobres, era calentado y se ponía en una media para aplicar en las anguinas y en el pecho. Se aplicaba pa la respiración ventosas pa hacer vacío, normalmente con un vaso y una cerilla, se realizaba en el pecho y en la espalda del paciente”. 

A Manuel Novellón Calatayud “Tres perricas de café”,  solamente le tenían que decir el nombre del enfermo y luego enterraba unas hojas y decía una oración, asinas que cuando se secaban las hojas, el mal se curaba. Manuel era conocido por ser experto en sanar la florecilla de la boca a los más zagales. El curandero «Codaneta» decía que hasta que no secaba una planta no remitía el mal de bocas. Paice ser que Codaneta no legó su saber curativo, pues  no alcontro a naide en su familia con poder suficiente pa su don.

Cruz Ullod replega a la bruja sanadora «La Nivela», “¡ojo no diera el mal”, pues “según la propina curaba bien o mal”. Otras sanadoras conocidas eran «La sana» y «La Baila». A algunas curanderas se les consideraba brujas, se les tenía mucho miedo y terror, y solían juntarse en la era Bolera.

Cuando se desconocía la causa de muerte se atribuía esta el “mal traidor”, para protegerse de malos augurios se solía poner detrás de la puerta de la casa una herradura. Y si una no se quedaba preñada se solía decir: “No se quedara embarazada hasta que no se vaya de casa de la suegra”. 

M. Cruz Ullod, “Medicina popular en Sariñena y Los Monegros”.

Publicau en “ Os Monegros el 18 de febrero del 2013.

– Enlaces relacionaus:

Apuntes etnográficos de la Villa de Sariñena VI


Apuntes etnográficos de la Villa de Sariñena VI

Antiguamente los remedios naturales, la folk-medicina, se utilizaban de forma habitual, siendo parte de la sabiduría tradicional, de nuestra tradición oral, cultural y, en muchas ocasiones, la solución a nuestros males y enfermedades. La medicina popular ha sido objeto de diversos trabajos de recopilación que incorporamos a los remedios recogidos en la realización de los “Apuntes etnográficos de la Villa de Sariñena” Los trabajos son del libro “Pilmadores y curanderos del Altoaragón” de Rafael Andolz, el maravilloso escrito-poema de Simoné Andreu y Pilar Villa de Sariñena “Remedios caseros”, publicau en la revista “Quio” y el gran artículo “Medicina popular en Sariñena y Los Monegros” de M. Cruz Ullod.

Cuando sufrías los azuelos s´había de pasar una llave por los ojos u se decía “Siñora mía, ¡Aquí te dejo esto!” y se tiraban tres piedras. Los azuelos o anzuelos son unos granos en los ojos.  Si te picaba u fizaba  una “abejeta” te ponían “buro”, que tamién lo recoge Rafael Andolz, quien añadía: y si te pica una pulga lo que no hay que hacer es maldecirla porque si no, te sale un “mal” en donde te ha picado. Si un zagal tenia celos d´otro, de su hermano por ejemplo, se tiraban tres piedras p´al río, p´ol puente pa bajo. P´al dolor de cabeza se colocaba el culo d´un pepino o calabaza en las sienes. Pa las verrugas n´hay que coger tres caracoles en la noche de San Juan y frotarlas con la baba, después n´hay qu´enterrar los caracoles. Y p´al sarampión n´había que poner un trapo royo en la bombilla y abrigar bien al niño pa que no s´enfriara y le saliera antes el “sarrampión”, quizá se creía que el color rojo atraería a esta enfermedad y así se curaría antes.  Pa las quemaduras, pa que no quede ninguna marca, n´hay que machacar un cristal blanco (no verde porque es muerte, puntualizan) en un mortero de hierro hasta que se convierta en un polvillo paizido a la harina y después  n´hay que aplicarlo, cada vez que supura, en el lugar quemau.

Listau d´algunos remedios replegaus en Sariñena:

– Aceite: Pa los oídos y pa males de oído leche d´una mujer que criara.

– Anís de grano: Pa los gases.

-Cagadetas de bebe: Pa curar males, heridas e infecciones.

-Canela y vino rancio: To cocido s´usaba pa los resfriaus.

-Cebolla: Pa la tos y cataplasma de cebolla asada pa reventar los granos.

-Culebra: Sebo de culebra pa quitar las punchas.

-Fenojo: (Hinojo) S´hacían infusiones pa desinfectar.

-Higos: La leche pa las verrugas.

-Leche de madre: Pa los oídos.

-Limón: S´hacían gárgaras con limón y miel.

-Malvas: Pa resfriaus en infusión.

-Malvavisco: S´hacia un cataplasma pa las heridas.

-Manteca de tozino: Pa la piel.

-Manzanilla: Digestivo.

-Noguera: Se cocían las hojas pa no desteñir el negro de la ropa.

-Panizo: Vaso de pelo de panocha hervida pa la infección d´orina.

-Sanguijuelas: Pa chupar las sangres malas, pa la pulmonia.

-Telarañas: Pa los cortes, en vez d´esparadrapro te ponían telarañas.

-Olivo: Las hojas pa la tensión.

-Orina: Pa las “Crebazas” (grietas en la piel, generalmente en las manos por el frío). “P´al sarpudillo y querebazas (especie de herpes)  mearrada”.

-Sebo de culebra: Pa los uñeros.

-Tremoncillo: Pa la tensión en ayunas y en lavativa para la infección de tripas.

Pa “retorcijones u empachos: agua de tremoncillo puesta en el lavativero”.

Recordamos algunas muy güenas estrofas de “Remedios caseros”:

Si te daban un peñazo, / te ponían una perragorda / con un pañuelo bien preto atau, / y no te lo quitaban / hasta que el rebullón (chichón) / ya había rebajau.

Pa los orzuelos tirar tres piedras al patio de la tía de Marisa y al mismo tiempo decir “Siñá María, ahí le dejo ese regalo”.

Las ensundias de gallina, / con azúcar las maceraban, / y cuando tenían chordos (paperas), / detrás de las orejas te untaban

Continará…

Publicau en “ Os Monegros el 21 de enero del 2013.

Enlaces relacionaus:

Apuntes etnográficos de la Villa de Sariñena V


Apuntes etnográficos de la Villa de Sariñena V
* Zona castillo alto de Sariñena.

Tamién, es imprescindible, la extraordinaria figura de Manuel Benito, persona de gran bonhomía, a quien honro y dedico con todo el cariño estos “Apuntes etnográficos de la Villa de Sariñena”, a quien fue un gran maestro. Manuel Benito compartió su saber, su ilusión por comprender y descubrir todo lo que nos rodea, lo más cercano. Nos relató, en varias charlas, sus conocimientos sobre Sariñena, Los Monegros… y el mundo. Nos narró que hubo núcleos habitados en el termino municipal de Sariñena: Miranda, Salaber, Cachicorba etc… y que en el SXVII se agruparon en Sariñena (Nicolas Latorre). Contó que hubo dos castillos, de hecho hay dos zonas llamada “castillo alto” y otra “castillo bajo”. Hubo guerra entre los Altarribas de Huerto y los Foces de la Benta de Ballerias. En el siglo XVI, Sariñena, adquiere los derechos para sacar el agua de las puertas del Rey, mediante la acequia Valdera. Manuel Benito nos contó que, después de la guerra civil, la falange quiso saldar la deuda histórica de Sariñena y unir el pueblo con la estación de tren, a unos tres kilómetros de nuestra villa. Por ello comenzó la expansión por la actual avenida Huesca, entonces llamada la avenida de la Victoria.

Manuel Benito nos realizó un pase de fotografías antiguas, en el que los asistentes reconocíamos los lugares, las casas y las gentes. Así viajemos por la calle Goya, ande se conserva, a medio restaurar por la siempre incompetencia municipal, un torreón de la muralla, en la casa del Miñón. Se reconoce la casa de Tronchón, casa Cocán de Fernando Alegre que vendía bicicletas, Bar “Jauja” en el cruce, Paquito (Paquer el herrero) en la calle del bar de casa Ancho, casa Fatas, casa del cuartel de la guardia civil en la calle Soldevila, la casa Sauras, callejón del Saco ande es la calle de la panadería del Vidriero, la taberna “los claveles”, el refugio, casa Mora (la menina)… y la zona del “Chamarcal”, que s´alcontraba yendo a las piscinas.

Continará.., ¡pues claro que continaremos!

Publicau en “ Os Monegros el 18 de noviembre del 2012.

– Posts relacionaus:

Apuntes etnográficos de la Villa de Sariñena IV


Apuntes etnográficos de la Villa de Sariñena IV

* Foto: Portalón de Cascales, une la calle mayor con los porches del mercau.

Nos sumergimos en las semblanzas monegrinas de Antonio Beltrán Martínez, el zagal de la botica de los porches del mercau, y en las remembranzas de los tiempos pretéritos de Arturo Morera. Nos zambullimos en el arcón de la cadiera de los recuerdos, en los testimonios escritos y autobiográficos de dos grandes personalidades sariñenenses.

Antonio Beltrán (Sariñena, 1916 – Zaragoza, 2006) recuerda su infancia en el lugar de Sariñena, recuerda al alpargatero que trabajaba en los porches del mercau, al confitero Blasito, al carpintero “El Rosico”, que cantaba mientras ensamblaba los tablones de pino pa las cajas de muerto, al botero “d´allá afuera”, al guarnicionero o talabartero, a la hornera “perifollos” con la pirámide de panes sobre su cabeza y las tiendas de Sagarreta, el Currutaco, Bretos, Buisán, a Blas Casañola, alias Petiforro, tartanero que fue personaje en “Horas solitarias” de  Pío Baroja y el coche de Juanillo.

Narra Antonio Beltrán, en sus memorias, el recuerdo de una “miñona” que volvía de servir en Barcelona y que a su paso por la barbería el Chespín comentó en tono burlón:  “mia la fulana- no recuerda su nombre-  que bien trajiada va, hasta una gasica lleva pa que no se le caguen las moscas”.

En sus memorias hay espacio pa honrar l´adoba monegrina, empleada desde los egipcios, ha sido esencial pa los cerraus y los tapiales de muchas de las edificaciones que configuraban y configuran la Villa de Sariñena. Otros tiempos sin pavimento y ni alcantarillado, la luz llegaba al atardecer y entonces el “Cinema Torres el Rayo” de Mariano el Cabalero y el Teatro Romea comenzaban la función.

* Cabalero es palabra aragonesa con el significau del hijo de una casa que no recibe tierras en herencia y en su lugar percibe dinero o tiene potestad para trabajar asalariado.

Arturo Morera, un sariñenense de corazón, fue uno de los muchos vecinos/as que emigraron de los pueblos a las ciudades. Pero parte de su esencia constantemente ha residido entre nosotros, su amor por este singular lugar l´han llevau a recorrer y transmitirnos la historia sariñenense.  En sus tiempos pretéritos nos encontramos con los recuerdos de cuando Ramón Torres “el Cabalero” quiso competir  con el Teatro Romea, pues tenía un anfiteatro ande acudían a ver el cine mudo de la época las personas con pocos recursos económicos. El cine el Rayo, que se ubicaba ande aura s´alcuentra actualmente el Casino de Sariñena, era más barato que el Romea, pero les situaban detrás de la pantalla a los zagales y zagalas que no sabían leer,  y al que sabia leer, se le hacia imposible. Recuerda jugar por los güertos, por el brazal, la era del Celestino, la era de Mora y el médico Pedro Cascales. Recuerda al músico y gran maestro José Guioni Lebetti, quien s´hacia cargo de la explotación del teatro Romea, ande realizaba clases para que los zagales/as pudiesen aprender a tocar cualquier instrumento musical.

Los albergeros, las claudieras (ciruelo), los peral, las minglaneras… De la “pastura”, que es un cocido pa los tozinos con salvado (cascarilla del trigo)  y patatas, recuerda que con los amigos cogían algunas patatas antes de que bulcasen el caldero en la zolleta.

Una vez que sufrió una torcedura  en la muñeca fue llevado hasta la torre de Mirallas, que estaba a las afueras de la villa por el lado de las escuelas, donde la señora Ángela “La Torrera”, una buena curandera que logro recomponer el mal pudiendo realizar sin gran inconveniente el ingreso para el instituto en Huesca.

Continará…

Publicau en “ Os Monegros el 19 de agosto del 2012.

– Enlaces relacionaus:

   NOCHE DE TERROR


      El miedo es una sensación poderosa y atrayente que subyuga a los seres humanos  desde la noche  de los tiempos, provocando un extraño efecto morboso en la mente de mayores y pequeños. Usado en cantidades prudenciales puede hacer pasar estupendas veladas, pero nuestros protagonistas  bebieron una dosis excesiva y nunca pudieron olvidar aquella noche delirante y angustiosa.

    En noviembre las noches son muy largas y las faenas del campo escasas, por lo que el tiempo de ocio se prolonga en demasía. Después de cenar la gente se sienta en las cadieras al amor del hogar y se cuentan  historias mientras se queman los últimos troncos de leña. A falta de luz eléctrica, la que desprende el fuego le añade un toque enigmático a la noche.

    Los temas preferidos de las tertulias de la época eran las fábulas de animales, los caballeros abnegados, los asuntos religiosos, el amor cortes, los pícaros y, por supuesto, las historias de demonios y brujas. Generalmente el argumento solía ser sencillo y de carácter didáctico. Sus objetivos principales eran el de dar normas de comportamiento, ilustrar virtudes y censurar vicios.

    El suceso que hoy voy a relatar ocurrió a finales de la era llamada medievo. Por aquel entonces Sariñena tenía un censo de 158 fuegos que correspondían a unos 800 vecinos.

   Era un tiempo en que la dureza de la vida, las malas condiciones higiénicas y la ignorancia de las gentes eran problemas endémicos, además el oscurantismo se cernía interesadamente sobre las clases bajas.

  …Sucedió  una noche del mes de noviembre, mes en el que los difuntos campaban a sus anchas en aquellas mentes torturadas por señores feudales, bandidos, clérigos, pestes, hambres y otras vicisitudes terrenales. Y, por si esto fuera poco, también teníamos al Maligno viajando por el mundo con licencia eclesiástica.

   Estaba la familia de Eufrasio en su humilde casa, dando buena cuenta de un potaje de garbanzos lo suficientemente caldoso como para poder untar el pan negro de centeno  que había horneado Engracia la semana pasada. A los niños no les gustaba ese pan negro y prefirieron no comerlo. Mientras, en el hogar, se estaban friendo algunas  morcillas hechas con sangre de cerdo, piñones y azúcar. Y para dar un poco de alegría al duro día habían sacado del tonel una jarra de vino tinto de garnacha.

   En la cuadra, los animales andaban un poco agitados, pero ese nerviosismo se repetía siempre que soplaba el cierzo, por eso a nadie le llamó la atención el ajetreo. El fuerte viento movía desordenadamente las ramas de los árboles del huerto y estas golpeaban una y otra vez las contraventanas de la casa, produciendo cierta inquietud entre los moradores más jóvenes.

   Terminada la cena, los hijos de Eufrasio y Engracia le pidieron a su tío Antolín que les contara alguna historia de tierras lejanas. Antolín, hermano de Engracia, había vivido mil batallas en mil lugares, sabía leer y por eso se le podía considerar como un ilustrado de aquella época.

   Al retirarse de la milicia se fue a vivir con la familia que le quedaba y además de ayudar en las tareas del campo, después de cenar solía leer alguna historia sorprendente en los libros que había traído Aquella noche, víspera de Todos los Santos, eligió una de demonios y brujas que no defraudó a nadie y que dejó a todos bastante desasosegados.

  Sería medianoche cuando tocó a completas la campana del vecino convento del Carmen. El sonido, apoyado por el viento, se extendió nítido por las sombrías  y viejas calles del pueblo amparadas por los muros de un antiguo castillo.

    Aprovechando la circunstancia, Eufrasio se levantó y…, en un gesto inútil, se fue hacia el ventanuco y miró por él, y no vio nada. Y no vio nada porque la oscuridad fantasmal de la calle era absoluta, pero a pesar de ello le pareció percibir en la negrura una sombra rematada por dos ascuas rojas que se desplazaba errante de puerta en puerta.

Preocupado, intentó recordar si había atrancado bien la puerta, como la respuesta fuese afirmativa, no dijo nada, atizó el fuego  y dio por finalizada la velada. Los niños protestaron un poco, pero nadie les hizo caso. Cogieron un par de candiles y, alumbrándose con la mortecina luz que daban las mechas embadurnadas de aceite, subieron a dormir por la estrecha  escalera de madera.

  Antolín dormía en una  pequeña habitación en un camastro de paja y los demás lo hacían en una alcoba contigua. Las habitaciones carecían de muebles inútiles: una banqueta y un arcón para la ropa acompañaban al jergón. Colgado de una pared, al lado de una tosca cruz de madera, se veía un espejo desgastado reflejando  la pobreza de la familia.

    En las paredes se movían acechantes las fantasmagóricas siluetas creadas por las luces de los candiles y esto terminó de atemorizar a los niños que, muertos de miedo, acabaron por acostarse debajo de las mantas sin cambiarse de ropa.

   La choliba que vivía en la torre de la iglesia rompía de vez en cuando la oscuridad con su ulular mortuorio.

    Aún no habían cogido los mayores el primer sueño, cuando se sobresaltaron al oír un gran estrépito en la cocina. Levantáronse asustados, salieron al rellano y cambiaron impresiones en voz baja sopesando la situación.

-¿Has oído, Eufrasio?-

-Ya lo creo, ¿qué opinas Antolín?

-No sé, serán los gatos que han tirado algún cacharro.

-¡Pero…, si no tenemos gatos!.- exclamó Engracia con cara de preocupación.

 Bajaron despacio, como si de una comitiva patibularia se tratase. Seguramente les hubiera gustado parar el tiempo y no tener que enfrentarse a ese enigma.

   Ni que decir tiene que los corazones de aquellos penitentes sonaban como tambores desbocados y parecían estar al borde del colapso. La vieja escalera pareció crujir más fuerte que nunca a pesar de sus tenues pisadas, pero eso no impidió que cesaran los ruidos. Cerca ya de la puerta se dieron cuenta  que lo que salía de la cocina no era un bullicio inconexo, sino cantos y rezos satánicos muy claros. Se quedaron petrificados.

    Eufrasio y Antolín, dominando a duras penas el terror que casi les paralizaba, se asomaron con mucha cautela al interior de la estancia y vieron con pavor como sartenes, pucheros y demás utensilios de cocina volaban  sin que nadie los tocase. Las puertas de la alacena se abrían y cerraban enloquecidas. En un rincón se veían varias figuras femeninas en actitud de reverencia. Eran brujas  adorando a una enorme figura demoníaca. Sin duda era el mismo Lucifer tomando la forma de un horripilante macho cabrío

   Los troncos del hogar ardían proyectando una luz infernal por  la cocina. Las purnas saltaban alocadas  celebrando el ritual satánico. El olor a azufre lo invadía todo.

   Aquella sombra roja lanzó una mirada a los aterrados visitantes y soltando un bufido inhumano se levantó majestuoso y rió burlonamente. Su risa fue una carcajada de ultratumba que heló el alma humana y animal de la casa.

    Diéronse la vuelta y subieron las escaleras como alma que lleva el diablo (nunca mejor dicho) y no pararon hasta que llegaron a la habitación principal y, atrancando la puerta con el arcón, se pusieron a rezar  con todo el miedo y la fe del mundo, esperando lo peor. Abajo seguía oyéndose el fragor de la ceremonia por lo que no se atrevieron  a moverse de aquel rincón en el que se habían acurrucado. Y, en esa posición, se les fue pasando el tiempo tan despacio, tan lentamente les pasaba, que parecía no pasar  y no sentían otra necesidad que la de rezar. Mientras tanto los niños, ajenos al horror que estaba viviendo su familia, seguían durmiendo.

   Y en esa situación les llegó el alba y empezaron a entrar los primeros rayos de sol por las rendijas de la ventana y con ellos apareció un rayo de esperanza en esa noche de desesperanza.

-¿Qué hacemos? – preguntó Eufrasio.

-Algo habrá que hacer. – contestó el hermano.

-Lo que no podemos es quedarnos quietos.- remarcó Engracia

   Sin despertar a los niños decidieron que era necesario tomar una determinación y bajaron los dos hombres armados con sendas horcas al lugar del aquelarre. Llegaron a la cocina y no oyendo nada se asomaron a la estancia y quedaron estupefactos. Todo estaba en orden, todo estaba como si nada hubiese pasado. Ni desorden, ni olores raros, ni señales esotéricas; vamos, nada de nada.

-No lo habremos soñado.

-Pues para ser un sueño, parecía muy real.

-Además no podemos haber imaginado todos lo mismo, imposible, aquí ha ocurrido algo y bien pudiera ser asunto de brujería.- terminó la discusión Engracia.

   Salieron a la calle e indagaron en las casas vecinas. Nadie había oído nada la noche anterior por lo que casi estaban por dar zanjado el asunto cuando acertó a pasar por allí una mujer con fama de bruja y a la que algunos vecinos le solían encargar asuntos no muy claros como  pócimas, hablar con los muertos o curar ciertas dolencias y otros trabajos poco cristianos.

   Los miró, y al verlos tan preocupados y demacrados preguntó:

-¿Acaso habéis tenido pesadillas esta noche?

La pregunta era inocente, pero la acompañó con una ambigua sonrisa y…

Aquellos desdichados creyeron que era una señal inequívoca de la autoría brujeril y sin ni siquiera contestarle se fueron inmediatamente al Ayuntamiento y denunciaron ante el Zalmedina (1) de la villa a la pobre mujer. Éste se alegró de que el asunto no fuera de su jurisprudencia, se lavó las manos y se lo pasó al Tribunal de la Inquisición de Zaragoza sito en el palacio de la Aljafería.

   Durante el juicio, los vecinos adujeron que la “bruja” tenía, habitualmente, comportamientos extraños y declararon que echaba mal de ojo, ponía en la puerta las tenazas del hogar haciendo una cruz, arrojaba sal en el branquil de su puerta en tiempo de tormentas e incluso un testigo llegó a decir que le había oído comentar que, cuando se murió su marido, el carro que llevaba el féretro fue sin conductor hasta el cementerio.

   Generalmente los veredictos de brujería acababan con los denunciados en la hoguera o en la horca, pero, en este caso,  el Santo Oficio decidió que las pruebas presentadas no eran lo suficientemente concluyentes y además, no afectaban a ningún dogma cristiano. Por lo tanto consideró que eran meras alucinaciones de los denunciantes, posiblemente provocadas por alguna pócima o conjuro de la denunciada por lo que la sentencia  la condenaba sólo a seis meses de cárcel a cumplir en las mazmorras del citado palacio de la Aljafería.

  Durante el juicio  la vecina acusada intentó explicar al tribunal, sin ningún éxito, que toda aquella enigmática locura podía ser debida a la ingestión de pan de centeno infectado con un hongo llamado cornezuelo, el cual provocaba alucinaciones. Pero no le hicieron ningún caso y el fallo se cumplió inexorablemente.

   Pasados los seis meses volvió a Sariñena y coincidió que aquel año hubo grandes sequías y múltiples pedregadas que asolaron los campos de todos los habitantes de aquella villa milenaria.

M.A.C.P.

Zancarriana w

LOS MEMBRILLOS DE LA TORRE MIRALLAS


    Corría el año 1958 cuando sucedió esta pequeña historia que en cierta forma tiene algunas concomitancias con la del abuguero relatado en la revista anterior, pero esta vez con membrillos. Esos frutos del otoño ásperos y hermosos en su sazón, pero bastante denostados como alimento.

    Era una mañana de un  día cualquiera de clase y en el vetusto caserón de las Escuelas Nacionales se vivía una jornada tranquila.

     Había sonado el timbre que marcaba la hora del descanso matinal para que alumnos y alumnas salieran cada uno a su correspondiente patio. En aquellos tiempos los recreos eran independientes para que no hubiese “problemas” de confraternización.

   Pues sucedió que en ese día varias niñas, seis para ser exactos, tuvieron la peregrina idea de hacerle una visita al magnífico membrillero sito en la torre de Mirallas, árbol que tentadoramente asomaba sus amarillos frutos a pocos metros de las escuelas.

   Total estaba muy cerca y no tardarían nada, seguramente pasaría inadvertida su falta en ese intervalo de tiempo. El meollo del plan era coger alguno de esos frutos y comérselo de vuelta en el recreo.

   No era raro en aquella época que el alumnado  llevara en su cartera algún que otro membrillo para compartirlo a mordisco limpio con las amistades a la hora del asueto.

   Llegado a este momento, me veo obligado a hacer un inciso para recordar a las humildes garroferas que alguien plantó en los citados recreos y también en el Camino de las Torres. Sus vainas alargadas de color marrón oscuro igual servían de alimento para el ganado, que de dulzona chuchería para la infancia de aquellos tiempo difíciles.

   Volviendo al tema… Estando las muchachas en el punto álgido del “arriesgado” plan apareció Dolores, la dueña de la torre, y viendo lo que estaba sucediendo comenzó a dar grandes voces contra las atrevidas aventureras que, atemorizadas, pusieron pies en polvorosa en dirección a su lugar de origen. Pero hete aquí que la tal señora debía ser muy tenaz pues no dándose por satisfecha con la desbandada de las niñas fue tras ellas con escaso ánimo pacificador. Ya en las nacionales y ante aquellas voces poco convencionales salieron de sus clases para ver lo que ocurría las maestras doña Pilar Dueso, doña Emilia Arán, doña Mª Pilar Pinilla y una maestra de Lérida que también se llamaba Pilar, a enterarse de a qué venía tamaño bullicio.

   Cuando por fin se instauró la calma, las docentes inquirieron a la enfadada señora el por qué de tanta escandalera. Hubo las consiguientes acusaciones y en un momento se organizó un juicio a tres bandas. Pueden imaginarse ustedes la escena: por un lado la enfadada mujer haciendo de fiscal, por otro las cuatro maestras ejerciendo de juezas  y en el lado de los culpables las “desgraciadas” alumnas esperando sentencia.

   Oídos los alegatos de la parte afectada se dictaminó la culpabilidad de las muchachas y se oyeron seis pedagógicas bofetadas, se hizo el silencio y se terminó la diatriba. Y dicen las leyendas populares que a tres de ellas las enviaron al acabar el curso a Huesca para “reciclarse” en unos Ejercicios Espirituales de una semana de duración.

   El resto de la clase también recibió la correspondiente reprimenda para que a ninguna se le ocurriera imitar a aquella media docena de “rebeldes” muchachas.

  Eran tiempos donde las niñas estaban en la escuela hasta cuarto grado y los niños hasta sexto. Las diferencias también se extendían a las asignaturas, puesto que ellos tenían clases diríamos… normales, tanto por la mañana como por la tarde hasta las cinco y ellas dedicaban las tardes, hasta las seis, a sus labores: aprendían corte y confección de ropita de bebe, tipos de punto, ojales, tu y yos, peinadores, etc

    Fueron tiempos de leche en polvo de sabor indescriptible, de mantequilla y queso amarillo en lata de aquellos  americanos que ya habían hecho las paces con el gobierno de Franco.

                                                                      .

RECUERDO INFANTIL

        Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.

   Es la clase. En un cartel

se representa a Caín

fugitivo, y muerto Abel,

junto a una mancha carmín.

  Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.

  Y todo un coro infantil

va cantando la lección:

«mil veces ciento, cien mil;

mil veces mil, un millón».

  Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de la lluvia en los cristales.

Machado

    M.A.C.P

– Enlaces relacionaus:

Zancarriana w

 MELCHOR EL PINOSO


   La historia que narro hoy le ocurrió a un famoso pastor local llamado Melchor Buisán  apodado “el Pinoso” y la desencadenó uno de esos episodios periódicos invernales en los que, de vez en cuando, se ve envuelta  nuestra península. Me refiero a las  famosas olas de frío que bajan del Polo Norte. La de ese año 1946 debió ser espectacular porque incluso nevó en Sevilla..

 Según cuentan, Melchor era uno de los mejores pastores de Monegros y trabajó para dos casas fuertes de Sariñena (Torres y Castanera). Vivía en el treinta y tantos de la avenida de Goya, era soltero y tenía dos hermanas: una en Sariñena que se llamaba Asunción y otra en Barcelona de nombre Trini.

   Los pastores de antes solían pasarse varias semanas en el campo con sus rebaños. En el pastoreo diario, las ovejas comían todo tipo de rastrojos como sisallos, aliagas, esparto, ricio, romero; también alfalfa, paja y maíz. Las ovejas dormían en las parideras donde también se les daba algún tipo de pienso y los pastores recalaban en unas pequeñas casas adosadas. De la comida para los pastores y del pienso de refuerzo para los animales se encargaban los criados de las casas fuertes para las que trabajaban. Estos alimentos eran transportados  con caballerías desde Sariñena.

  Llevaban el pienso y la sal para las  ovejas y el “recau” para los pastores. El recau consistía generalmente en pan, vino, arroz, judías, ajos, cebollas, sebo y alguna cosa más para que no les faltase de nada. La carne la conseguían de la caza.

  Una receta que  gustaba mucho a los pastores monegrinos de aquel entonces era la de las judías enterradas o “judías en ayuno”. Para elaborar este plato “era menester”, la noche anterior, coger un puchero y meter en él judías, patatas, ajos, sal, laurel y agua. Luego se tapaba el puchero y se enterraba en el hogar con las brasas, la ceniza y la paja y de esta guisa cocía toda la noche a fuego lento. Por razones obvias, a media noche había que añadir algo de agua. Por la mañana se le echaba pan y aceite y resultaba  un almuerzo consistente.

   Los días de los pastores solían ser  muy aburridos, lógicamente no disponían del indispensable  transistor actual  ya que su invento no ocurrió hasta el año 1953 y no se puso a la venta hasta el 1954 en EEUU,  por lo que cualquier distracción podía darse como buena. Como cuando nuestro pastor hizo buenas migas con dos cuervos que le visitaban asiduamente y a los que diariamente alimentaba. Pero un día decidió experimentar con ellos y les dio pan con vino. Contaba que aquellos animales caminaban erráticos y graznaban sin parar, vamos,  …cosas del morapio.

   El día 16 de enero de 1946 (víspera de San Antón)  empezó a nevar en toda España.  Aquí en Monegros lo estuvo haciendo durante tres días, por lo que, seguramente, debió alcanzar los cuarenta centímetros de altura. Seguidamente heló ininterrumpidamente hasta Santa Águeda y cuentan los cronistas que aquellas  heladas mataron incluso a gallinas y  oliveras. Hay registradas temperaturas en la provincia de Teruel de 22º bajo cero, en el aeropuerto de Monflorite 11º negativos y en Fraga menos 19º.

  Esa combinación de inclemencias climáticas pilló a nuestro pastor en el monte Moncalvo, en la zona de la Virgen Vieja. Allí estaba situada la paridera denominada Rajamontes perteneciente a la familia Castanera.  En esa situación tan crítica las caballerías no pudieron acercarse a llevar el pienso semanal y cuando las ovejas terminaron con el que quedaba, continuaron con la paja y cuando esta se terminó  comenzaron a ponerse  muy nerviosas y al no encontrar nada, se dieron a comer la lana de las compañeras.

   Mal lo tenía Melchor para solucionar el problemón que se le venía encima. Estaba muy preocupado porque era un excelente profesional que cuidaba y quería a las ovejas. Pasaron varios días y la cosa se ponía cada vez más difícil. Ya no podía más cuando avistó a lo lejos, entre el helado manto blanco de la estepa monegrina,  a varias caballerías en reata que por fin traían el sustento. Cuando descargaron, les fueron dando poco  a poco el alimento para que no les sentara mal y después de calmar a los pobres animales se pusieron en camino de vuelta a casa: personas, caballerías, perros y ovejas. En primer lugar y abriendo paso entre la nieve colocaron a las caballerías en fila india y detrás, en la misma situación, o sea, en hilera  las más de seiscientas ovejas. Y en esa helada situación regresaron todos. Después de cerca de cuatro horas de camino y cuando ya anochecía llegaron a Sariñena, y dicen los que lo vieron que, cuando la primera oveja entraba en la palanca sita en lo que después fue el garaje Casabón,  la última aún estaba a la altura de la fuente del Cántaro.

   Lo debió de pasar tan mal el pobre Melchor,  que años después aún lo seguía recordando emocionado.

   Esta historia se la contó Melchor a Simoné y ella me la transmitió a mí.

M.A.C.P.

– Enlaces relacionaus:

Zancarriana w

LAS MANZANETAS DE SAN JUAN Y SAN PEDRO


      Esta pequeña y pedagógica historia sucedió en la década de los cincuenta y, como casi todas las que son protagonizadas por el  pueblo, no aparecen en los libros y suelen desaparecer en unas pocas generaciones. La que nos ocupa hoy me la relataron por casualidad en una de esas tertulias que suceden a diario y en las que se habla más de lo humano que de lo divino.

   Los actores principales de ella fueron  una cuadrilla de críos de los de entonces, críos un poco asilvestrados y con algo de malauva.

   Pues bien, ocurrió que a principios del mes de junio de un año cualquiera de la citada época, una tarde después de salir de la escuela se juntó la chavalería  y decidieron visitar las huertas situadas por las Barceladas y el Canillo. Aquella banda lo tenía todo controlado, conocía las huertas y sus frutos pues las habían visitado alguna que otra vez.

 Como siendo que no había llegado el verano todavía, los frutales aún no estaban en sazón, sin embargo, le tenían echado el ojo a unas manzanetas llamadas de San Juan porque maduran  entre este santo y  el siguiente, que es San Pedro. Y además seguro que sabían que esta fruta alcanza su mejor momento unos días antes de esas fechas y que después se vuelve harinosa.

   Estaban en plena faena y parece ser que no debieron tomar medidas de seguridad, cuando…, de pronto y sin avisar, apareció detrás de unas matas el dueño de los frutales que, harto de los raterillos, los estaba esperando muy enfadado. Comenzó a “carrañar” a los intrusos y todos se callaron cariacontecidos menos uno que se las dio de gallito y se encaró con el dueño. Y ocurrió que por levantar demasiado la cresta recibió dos sonoras tortas que lo dejaron sorprendido. La sorpresa le dejó sin habla unos instantes y cuando recobró el ánimo solo acertó a decir:

-Se lo voy a contar a mi padre que es el sargento de la Guardia Civil.

-Pues le dices a tu padre que te las ha dado el Conde.

  Según parece el asunto se zanjó sin problemas para el hortelano y en cuanto al chaval, lo más seguro es que se callara el rifirrafe ocurrido porque en aquellos tiempos los padres tenían un concepto más estricto de lo que debía ser la educación de los hijos y seguramente le hubiera caído algún castigo más.

  Eran tiempos en que el cuartel de la Guardia Civil estaba a rebosar de guardias de todas las graduaciones. Desde el último número hasta el  capitán residían junto con sus familias en el acuartelamiento.

  Eran tiempos en que los críos del pueblo jugaban al fútbol  en alguna de las eras (Chin, Mora, Bolera…) que rodeaban el pueblo con unos balones de reglamento forrados de badana cuyo peso desafiaba los escasos músculos de los chiquillos. Los equipos se formaban mediante antiguas y estrictas normas. La más usada era la del pie: los dos líderes se ponían uno frente al otro y se iban acercando paulatinamente poniendo un pie delante del otro hasta que se encontraban, perdía el último que se quedaba sin poder colocarlo. El ganador elegía primero a la estrella del balompié, el perdedor escogía a la segunda estrella, seguidamente iban llamando a los que servían de relleno hasta que no quedaba nadie. Los últimos en ser seleccionados asumían su papel de segundones sin resentimiento aparente. Al dueño del balón se le concedía un trato de favor por razones obvias.

  También se organizaban bandas que andaban enzarzadas en “guerretas” a pedradas en las “canteretas” situadas detrás de lo que hoy es la  Residencia.

  Tiempos de frustraciones, gusaneras en la cabeza y roña en las rodillas.

M.A.C.P.

– Enlaces relacionaus:

Zancarriana w

EL TOCINO EN EL RÍO


    El asunto que nos ocupa en esta ocasión ocurrió pocos años después de terminada la Guerra Civil y en él se vio involucrado de nuevo una “recatalla” de críos cuya única diversión veraniega era la de irse a bañar a alguna de las distintas badinas que jalonan nuestro olvidado río Alcanadre.

   Fue en un día cualquiera de un caluroso verano de principios de los años cuarenta cuando  un vecino de la localidad tuvo la irracional idea de desembarazarse de un tocino que se le había muerto arrojándolo al río en la badina que está situada debajo de la ripa del Cuervo.

   Como todas las tardes aquella pandilla, entre los que se encontraban Vicente Romerales, Basilio Grañón, José Tierz y otros, se fue a bañar al citado lugar, aunque en esa ocasión no se dieron cuenta de que en las proximidades de su lugar de recreo había un indeseado bañista en un avanzado estado de descomposición. Parece ser que el cadáver del cerdo quedó  atascado entre los juncos y demás vegetación de la ribera del río, en contra del plan del insensato dueño que no era otro que hacerlo desaparecer embarcado en un macabro viaje en dirección a Sena.

   Los muchachos nadaron, rieron, se lo pasaron bien y posiblemente bebieron de aquella agua emponzoñada por salmonela y no pasó nada; pero al cabo de unos días empezaron a enfermar uno a uno y todos ellos con los mismos síntomas. Avisado el médico D. Pedro Cascales dictaminó el asunto como epidemia de fiebres tifoideas (lo que en lenguaje popular de aquella época se conocía como las fiebres: lo mismo fueran malta, reumática, aftosa, o la que nos ocupa). El cansancio extremo, la falta de fuerzas, las diarreas y la fiebre, que rondaba  los 40º, hicieron que los enfermos permanecieran postrados en cama durante dos o tres semanas.

   Hubo grandes preocupaciones familiares por el riesgo de  posibles  fatales consecuencias y lloros por parte de las madres. El doctor Cascales viendo el grave riesgo que corrían aquellos muchachos no los dejó de la mano ni un solo momento, incluso los iba a visitar noche y día. Les recetó un tratamiento adecuado de antibióticos y mucha cama y la cosa no pasó a mayores.

   El médico denunció el caso a la Guardia Civil, a pesar de la opinión contraria de alguno de los perjudicados, pero no se pudo averiguar nada porque nadie dio pista alguna sobre el culpable de tal acto criminal y pasado un tiempo se dio carpetazo al asunto.

   El aburrimiento que debieron sentir aquellos chavales en el lecho del dolor, sin tebeos, radio, televisión, ni amigos que los visitasen por miedo al contagio debió ser eterno en unas mentes juveniles inclinadas a “parar” poco en casa. Aunque “como no hay mal que por bien no venga” se libraron durante una buena temporada de asistir a aquellas clases de las Nacionales, digamos también… un poco eternas.

   Aunque parezca mentira, la historia volvió a repetirse  a mediados de los sesenta cuando varios mozalbetes, acuciados por la sed, decidieron beber agua del brazal denominado de las Monjas que baja desde  el campo de fútbol hacia el convento del Carmen y volvió a suceder lo mismo. En este último acto delictivo alguien había arrojado varios pollos muertos en el citado brazal

    Seguramente que, en ambos casos, se obró solamente por ignorancia, sin embargo esa necedad no puede utilizarse para dejar de calificarlos como actos execrables y penables .

   Esta historia me la contó D.R.G. en una mañana de un día cualquiera del pasado mes de agosto.

M.A.C.P.

– Enlaces relacionaus:

Zancarriana w