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El Pimendón, periódico de Robres


El Pimendón, periódico de Robres, lleva 35 años publicándose con 179 publicaciones. Su director, Pedro Oliván nos acerca la historia del periódico, un referente cultural en Los Monegros y ejemplo del esfuerzo y el trabajo en pro de la cultura desde el medio rural.

Pedro Oliván. Director.

Queda muy lejano en el tiempo y muy desdibujado en nuestra memoria aquel día 13 de agosto de 1988 en el que se presentaba al público en Robres el n.º 0 de una revista-periódico escrito a máquina sobre ciclostil oliendo todavía a tinta fresca.

Su cabecera recibió el nombre de nuestra loma (lometa) el Pimendón, situada al sur de nuestro casco urbano, en cuyas laderas, en sus cuevas, o sobre su cima hemos jugado y peleado con palos, cañas y tiradores tantas pandillas de críos en aquellos tiempos de posguerra y previos a la televisión y los juguetes sofisticados.

Las inquietudes de dos o tres grupos de jóvenes, con estudios, sensibilidad y afán de compromisos socioculturales, a la vez que un clima de nuevo estilo de gestión democrática en Robres, propiciaron ese caldo de cultivo necesario para que pudiera nacer este proyecto sociocultural de EL PIMENDÓN.

Con una gran ilusión y entusiasmo se fueron llenando de contenido los primeros números a un ritmo bimestral sin temor al cansancio o al agotamiento de los posibles temas informativos a abordar, haciendo caso omiso a algunas opiniones socarronas de una minoría de escépticos o incrédulos que auguraban un recorrido breve a nuestro experimento. Hoy resulta evidente, afortunadamente, que se equivocaron en sus pronósticos.

Pero me parece muy importante reflexionar sobre por qué se equivocaron esa minoría de vecinos incrédulos o escépticos, pues la trayectoria de EL PIMENDÓN desde aquel n.º 0 hasta este n.º 179  en 35 años de actividad ininterrumpida no se explica tan fácilmente ni por el azar, ni porque sí. No es un fenómeno único, pero sí que tiene bastante de especial o excepcional, si tenemos en cuenta el contexto del periodo social y el ámbito rural en el que se ha desarrollado.

No es un fenómeno único, pues desde la transición democrática a finales de los 70 y en la década de los 80 comienzan a publicarse en nuestra zona de Monegros y en la provincia de Huesca revistas y periódicos similares a nuestro Pimendón, bien desde organismos y entidades oficiales y políticas, bien bajo una iniciativa mixta sociopolítica, socio religiosa u otras.

En Sariñena aparece la revista mensual Monegros (1975), que duró 5 años;  un poco más tarde aparece la revista QUIÓ (1986) con carácter bimestral, que sigue activa en la actualidad; en Lanaja surge la revista DESPERTAD (1978) con periodicidad cuatrimestral y que se mantiene viva; en Robres nace nuestro PIMENDÓN (1988) con periodicidad bimestral y en la actualidad trimestral; en Leciñena surge la revista MONTESNEGROS (1992), financiada por varios ayuntamientos de la Mancomunidad de Monegros-sur; también en Leciñena comienza a publicarse SANTUARIO DE MONEGROS (1992), promovida por la Asociación de N.ª S.ª de Magallón de Leciñena, Perdiguera y Robres; en Lalueza surge la revista EL RECAUTILLO (1996), ahora desaparecida; en Grañén aparece FLUMEN XXI (2000), que se mantuvo activa solo 2 años y medio; en Almudévar se ha editado  VIA LATA desde el año 1982, ahora también desaparecida; en Labuerda se publica EL GURRIÓN  desde 1980  con periodicidad trimestral.

En la actualidad intercambiamos nuestro periódico con las siguientes publicaciones en la provincia de Huesca: La Ronda de Boltaña, Amigos del Serrablo (Sabiñánigo), Despertad (Lanaja), Via Lata (Almudévar), Asoc. Cult. Senense (Sena), Gaiteros de Aragón (Zaragoza), Guaraguás (Aguas), Guayente (Eriste), 4 Esquinas (Huesca), Asoc Cult. Subordán (Hecho), El Gurrión (Labuerda).

Queda pues bien claro que no constituimos un fenómeno único. Lo que sí tiene nuestro PIMENDÓN es algo muy genuino y especial porque nace de la ilusión y el compromiso de un grupo de jóvenes con sensibilidades y posicionamientos distintos que se plantearon un objetivo común; porque apostó y sigue apostando por ser autónomo en su funcionamiento en base a sus socios suscriptores; por la neutralidad y la objetividad máxima posible en el tratamiento de la información, en la libertad de expresión correcta y respetuosa y en la pluralidad de los temas y tendencias abordados; porque ha contado con el compromiso firme, altruista y generoso de sus tres directores y sus respectivos equipos de redactores y colaboradores; porque ha mantenido el apoyo económico y constante de sus suscriptores y su respaldo a la línea de trabajo; porque ha logrado ocupar un espacio respetable y reconocido en el ámbito social, tanto por las instituciones y organismos públicos como por los medios de comunicación provincial y autonómico; porque a cualquiera que lo conoce le resulta increíble que EL PIMENDÓN surja y siga adelante desde un pueblo tan pequeño como Robres tan solo con un equipo de voluntarios y un presupuesto tan ajustado y austero.

Por eso nos parece increíble y admirable también a quienes estamos tan metidos en esta aventura sociocultural, cual robresinos  quijotescos en  nuestra estepa monegrina. Y es que abruma coger en las manos cualquiera de los 15 tomos encuadernados de los 178 números de nuestro PIMENDÓN e ir hojeando sus páginas dejándolas deslizarse entre nuestros dedos.

Impacta bastante pensar en la cantidad de información recogida sobre la vida e historias de nuestro pueblo que hemos conseguido plasmar y dejar disponible para las generaciones futuras: una enciclopedia  sustancial de Robres.

Hemos publicado distintos monográficos sobre el Dance, la Gaita, el vino, los oficios artesanos, los juegos tradicionales, la iglesia parroquial, el agua, la música, el teatro… Damos a conocer nuestra microhistoria, nuestras tradiciones y modos de vida, nuestro patrimonio arqueológico e histórico, velamos por el mantenimiento del Museo Etnológico Municipal, vamos reflejando la crónica de nuestro presente, promovemos jornadas y eventos como las Navidades Culturales y las Trabadas de Gaiteros.

Estoy convencido de que nuestro periódico EL PIMENDÓN no habría podido desarrollar sus objetivos iniciales y llegado hasta hoy sin la sólida estructura en la que se asienta: la de EL PIMENDÓN como ASOCIACIÓN CULTURAL y su multitud de colaboradores.

Las inquietudes socioculturales del periódico necesitaron muy pronto una estructura organizativa estable y autónoma en forma de asociación y así se fundó la Asociación Cultural EL PIMENDÓN en septiembre de 1994. Desde esa nueva estructura organizativa fuimos asumiendo nuevos objetivos, como el de hacernos cargo del Museo Etnológico instalado en una de las viviendas de maestros, promover las Navidades Culturales, organizar las Trobadas de Gaiteros, así como colaborar con el Ayuntamiento y las demás asociaciones de Robres en otras actividades colectivas.  La Asociación Cultural nació desde la vivencia de unas convicciones y las nuevas necesidades del equipo de redacción de EL PIMENDÓN.  Cada una de esas actividades que hemos venido desarrollando no se habrían podido llevar a cabo sin el apoyo y entrega personal de muchos y muchas vecin@s y la generosidad de tantos amigos y amigas de fuera de Robres que han aceptado nuestras invitaciones a participar en nuestros proyectos. A través de estos proyectos hemos ido también creando vínculos de estas personas con nuestro pueblo que siguen perdurando en el tiempo.

Este edificio de EL PIMENDÓN se ha venido construyendo piedra a piedra, pieza a pieza o escrito a escrito, con la aportación voluntaria y entusiasta de tod@s es@s miembros que han venido integrando los sucesivos equipos de redacción en el periódico y en las juntas de la Asociación, y todos nuestros colaboradores .Con una tirada impresa de 320 ejemplares con un promedio de 40 páginas mantenemos un contacto asiduo de residentes en el pueblo con los robresinos y robresinas afincados por la geografía nacional, así como  un número significativo de  suscriptores interesados en seguir el desarrollo y la vida de nuestro pueblo.

Desde 2005 nos damos también a conocer en las redes sociales a través de nuestro Blog: http::/www.robreselpimendon.blogspot.com donde dejamos a disposición de los internautas los artículos más destacados de nuestra publicación.

Francisco Javier Beltrán Calavera


Peñalbino hasta la medula, Francisco Javier Beltrán Calavera nació en Lérida, ciudad donde se atendían las necesidades sanitarias de la localidad altoaragonesa de Peñalba. Su padre, Francisco Beltrán era labrador y matachín, lo que llevó a Paco a escribir el libro “La matacía del tocino en Peñalba, Huesca”. Un libro que, a través de fotografías y de recuerdos de su padre, recoge la memoria del trabajo de matachín. Sin duda, Paco es un peñalbino de pura cepa orgulloso y gran conocedor de parte de su historia.

Paco en Gestiona Radio.

Su madre, Rosa Calavera tenía la tienda local “Casa la Rubia”, por la calle principal del pueblo dedicada al nobel aragonés Ramón y Cajal. Paco se ha criado en Peñalba, corriendo por sus calles, con la bicicleta y jugando al futbol por sus eras: -Después de salir de la escuela íbamos corriendo a jugar a las eras-. Entre los chicos del pueblo y los vecinos entusiastas, sacaron adelante un equipo de futbol que años después subiría a la categoría de regional preferente “El CD.  Peñalba”. Su afición al futbol marcó a Paco, como es conocido, en lo que ha sido y es parte de su vida profesional.  Paco escribió el libro “Peñalba, más de 50 años de fútbol” que se presentó conjuntamente con una exposición fotográfica de la historia de este deporte en el pueblo, dentro de una fiesta de todos los aficionados peñalbinos el 1 de noviembre de 2013.

Del libro “Peñalba, más de 50 años de fútbol”.

-Se jugaba mucho por el pueblo-, con la bici llegaban hasta Valcabrera y la Valcuerna, donde se bañaban, iban por el monte y las balsas. En Peñalba existían varias balsas. Estaba la “Balsa Lugar”, apunta Paco, donde actualmente están las piscinas y al lado, donde está la pista de tenis, se encontraba la “Balsa Fraguada”. Existía la figura del aguador, este era el tío Julián, quien, con una cubeta tirada por un macho, una mula, iba repartiendo agua por las casas. Otras balsas respondían a la “Balsa Loren”, por donde tiene la granja Carlos Reblet, la “Balsa Nueva”, cerca de donde actualmente existe un taller, y la “Balseta Hoguera”, donde se encuentran los depósitos de agua potable del pueblo -El agua corriente comenzó a llegar a través de una tubería desde la salida de un túnel por la zona de Alcubierre del canal de Monegros. Sería en torno a 1968-.

Dibujo de Peñalba, por Paco Beltrán.

El Barranco de La Valcuerna era un manantial, de críos lo cruzaban por una pasarela de piedras y cemento, un poco más abajo de las escuelas, y cuando bajaba agua se mojaban los pies. A la escuela iban a clases diferenciadas por sexo y agrupados por edades, Paco iba hasta con niños de cinco años mayores que él. Recuerda a los profesores y profesoras Don José Til y Don Gabriel, la señorita Pilarín, etc….

La carretera nacional II, que en un principio pasaba por dentro del pueblo, era un continuo paso de vehículos, costaba mucho incorporarse y mucho más cruzarla, existía el dicho “Va a pasar hoy hasta el coche de Valfarta”, que era el coche que iba desde Valfarta a Sariñena. La Nacional II atravesaba la localidad hasta que se realizó la variante de Peñalba, aproximadamente, en 1964. La Nacional II ha marcado mucho a estos pueblos, desarrollando actividad, tanto en hostelería, talleres y transporte. Celebre es el toro de Osborne ubicado en la localidad, de recuerdo en la Película de Bigas Luna “Jamón, Jamón”, comenta Paco.

Peñalba desde la cueva Sabeta. Por Paco Beltrán.

Paco indica que: -ha habido muchos transportistas en Peñalba de forma autónoma, ha sido un pueblo muy dedicado al transporte, sin embargo, ahora prácticamente se ha quedado con la referencia de algunas agencias como Blascotrans , Carreras, Tisaire… que han dejado algunas de sus sedes de una forma u otra en el pueblo-.  

-Si a la restauración nos referimos, también ha sido un pueblo con bastantes bares a lo largo del tiempo. Bar la Mallena, donde paraba el coche de línea Zaragoza- Lérida, el Motel Aragón (al que siempre se le llamaba Hostal Aragón, o simplemente el Hotel), La Ruta, el Trigal y el restaurante de Tomás Cacho al lado del silo. También estaba el bar de las Mañas, que era una fonda y además funcionó como pub. Actualmente, con la liberación de la autopista, la nacional II tiene bastante menos circulación. Ahora, los bares del pueblo son La Posada y el Hogar del Jubilado con el salón social, y en verano también la piscina. Hubo un tiempo que el baile se hacía en la Cantonada, y cuando se tiró el ayuntamiento viejo, en el hueco que quedó en la plaza, hasta la construcción del nuevo, se hacía un envelado para el baile. Aparte de estos, ha habido diferentes lugares en los que tocaron las orquestas para las fiestas-.

Mítico fue el Patxy, primero el Patxy I, en el antiguo cine Avenida, que a la vez servía como pista de baile -Acababa el cine y se quitaban las butacas transformándose en una discoteca-. Patxy responde a Jesús Ezquerra, quien, con su mujer, Marisa Frauca, llevaron primero el Patxy I, en el Avenida, y luego el Patxy II en la calle Horno, bocacalle con María Auxiliadora.

aco en la Romareda con la cadena Ser.

Paco marchó a estudiar a Zaragoza, donde realizó el bachillerato en los Escolapios, de la denominada entonces calle del General Franco y ahora llamada Conde Aranda. Estudió en la actual Facultad de Educación en la Especialidad de Ciencias Humanas y postgrado en Educación Física. Ha ejercido como profesor de educación física, siendo Técnico Deportivo Superior y director del colegio público de Garrapinillos “Gustavo Adolfo Bécquer”. Entrenador nacional de fútbol sala de 1ª División ha entrenado al Racing Delicias femenino y al Sala 10 masculino en la división de Honor del futbol sala nacional.

Además, ha hecho algunos pasos en el periodismo deportivo, ha sido director de deportes en Onda Aragonesa Radio, Gestiona Radio y comentarista de fútbol en Cadena Ser Radio Zaragoza, comentando retransmisiones radiofónicas del Real Zaragoza, y tertuliano deportivo en Aragón Televisión.

Igualmente ha sido presidente de la Asociación Nacional de Entrenadores de Fútbol Sala, seleccionador de la selección aragonesa de fútbol sala, con la que ganaron el campeonato de España (2001). También ha dado clases, conferencias – En muchas partes del mundo- sobre todo de futbol sala.

Desastre aéreo, por Paco Beltrán.

A Paco le gusta la pintura – Dicen que soy expresionista-. Ha hecho algunas exposiciones, una conjunta con la joven artista local Judith Lerín y otros artistas del pueblo. Paco es una persona activa, comprometido con su pueblo, gran forofo del Real Zaragoza y muy querido en su pueblo, Peñalba de su corazón.

El Patxy, Jesús Ezquera Cacho y María Luisa Frauca Lax


El bar, pub y restaurante Patxy es historia viva de Peñalba. Regentado por el matrimonio peñalbino Jesús Ezquera Cacho y María Luisa Frauca Lax, a través de ellos descubrimos parte de la vida de Peñalba, de su memoria reciente, parte de ese libro de memoria colectiva que Jesús lleva en su saber “La vida de un pueblo llamado Peñalba”.

Ambos nacieron en Peñalba y pueden decir que tienen apellidos –muy peñalbinos-. Jesús proviene de familia de labradores, de aquellos secanos que M.ª Luisa recuerda en su crudeza -cuando no llovía todo era marrón, no se cogía nada-.  

Fueron a la escuela de Peñalba, iban a clases separadas por sexo y la escuela tenía un pabellón al lado, donde realizaban actividades. Para llegar a la escuela tenían que cruzar el barranco de La Valcuerna, por el que –siempre bajaba agua-.

-Antes, en invierno, nevaba más-, recuerdan, un año llegó a nevar hasta tres veces -hizo muchísimo frio, sería sobre 1951, heló tanto que jugamos a fútbol sobre el hielo en una balsa helada-.  En invierno se juntaban en las casas, había unos hogares grandes en los que se reunían al calor de la lumbre. En verano salían a la calle a la fresca.

En cada casa existía el “caño”, una cueva o pozo donde colocaban las tinajas para que conservasen el agua fresca en verano y, a la vez servía como fresquera o nevera, donde dejaban la verdura y fruta.  En la localidad había viñas en cada casa, de ½ a 1 hectáreas.

M.ª Luisa a los 14 años marchó a Barcelona para aprender peluquería, Jesús aprendió el oficio de barbero en Fraga, realizando también los últimos cursos en Barcelona, con Henry Colomer.

Se casaron en 1971. Por entonces Jesús tenía su barbería en Peñalba y M.ª Luisa una peluquería en casa de su madre. Cuando tuvieron su segundo hijo, M.ª Luisa trasladó la peluquería al lado de la barbería de Jesús –estaban juntas pero separadas-.

En 1972 se hicieron cargo del cine Avenida de Peñalba, si no se traspasaba lo iban a cerrar. A Jesús le gustaba mucho el cine y hacían sesión a las cinco de la tarde. Cuando finalizaba recogían las butacas y a las siete daban comienzo a una gran sesión de discoteca. Jesús colocó cuatro altavoces y unas luces con el electricista del pueblo, estas, con un órgano de luces, iban al ritmo de la música. La juventud después del cine se iba al Trigal a tomar unos tragos mientras el cine se transformaba en discoteca, lo que no se demoraba en más de media hora. La discoteca “Avenida” llegaba a congregar hasta unas 200 personas y acudían de distintas poblaciones cercanas, como Bujaraloz, Candasnos, Castejón de Monegros o La Almolda entre otras.

Cine discoteca Avenida.

En la entrada había un bar y arriba una pequeña terraza, pero no se usaba nunca. Tenían un maquinista de cine que era de Zaidín. Curiosamente, entre documentos encontrados, aparece como titular cinematógrafo en Peñalba, de 1948 a 1951, Bautista Lax Gros. Jesús recuerda algunas películas, destacando el Padrino I y II,

También llevaban orquestas, a Luc Barreto, un cubano que había sido boxeador y luego cantante, las Nayades o la orquesta Roxana de Lérida, que fue bastante habitual. Llegó a realizar un recital José Antonio Labordeta -Estuvo dos veces cuando estaba censurado mientras la pareja de la Guardia Civil estaba en la puerta para que no cantase lo que le habían censurado-.

Jesús, con sus características patillas largas, era conocido como el “Patillón”, a modo de apodo, lo que con el tiempo fue derivando en “Patxy”.  Así, Jesús, y por consecuencia el Avenida, fue conocido como el Patxy.

Tras el cierre del cine-discoteca Avenida, Jesús y M.ª Luisa abrieron el “Patxy”, popularmente conocido como el “Patxy II”. Al poco compraron la casa de al lado, ampliando el negocio, hicieron cocina y comedor. Daban de todo, de desayunos a cenas –El record está en 127 cenas en una fiesta mayor- pero en el día a día acudía mucha gente, trabajadores de riegos, del ave, camioneros y mucha gente del pueblo. Sus hijos les fueron de gran ayuda, especialmente con el pub, hasta tuvieron dos empleados. Casi todos los días cerraban a las 2 de la mañana y abrían pronto. El Patxy cerró hace unos diez años, dejando atrás no solo un bar sino un centro vital, un lugar de encuentro donde confluía la vida de Peñalba.

Patxy II.

Jesús es un enamorado de la jota, siendo uno de los fundadores de la Rondalla de Peñalba. En verdad, apunta Jesús, el fundador fue el profesor Jesús Alustiza, de la rondalla Los Mañicos de Zaragoza, -hará unos 40 años y sigue muy viva-. Jesús tocaba la guitarra. Además, Jesús es presidente de la asociación de jubilados, que cuenta con un bar y un salón social.  Cada año realizan dos viajes, uno en marzo, de unos 3 días, y otro en septiembre de una semana. El día grande, el 22 de mayo, se hace fiesta en la ermita de Peñalba, hacen comida para los socios en el salón de baile y suelen traer algún espectáculo. Celebraban noche vieja un día antes, el 30 de diciembre, en el salón social de los jubilados –el año pasado fue el primero y fue todo un éxito-.

Hablamos del dance que existió en Peñalba, en el granero de casa de Jesús había una espada de madera y unos palos de dance –En Peñalba hubo dance-. Sin duda, la historia de Peñalba aguarda un tesoro sorprendente por descubrir.

Jesús y María Luisa atesoran gran memoria de su pueblo donde son muy queridos. Con familiaridad han abierto su casa para contar parte de su vida, en el que fue el Patxy II sumergiéndonos en parte del pasado reciente de la localidad monegrina en su título soñado “La vida de un pueblo llamado Peñalba”.

Un lugar llamado Peñalba


Peñalba, lugar de paso del antiguo camino de los Fierros, donde confluyen varios barrancos y discurre el barranco de La Valcuerna; el único río que nace en Los Monegros. El monegrino pueblo, al sur de la provincia de Huesca, se enclava en una pequeña ladera, coronada por un letrero de grandes dimensiones que nos advierte que estamos en Peñalba, dejándose caer hacia los barrancos que han moldeado el paisaje, frutos de la erosión y del paso del tiempo. Pascual Madoz, en su diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar 1845-1850, lo describe -al pie de una colina, en medio de dos barrancos denominados Val de Castejón y Val Cardosa-.

Panorámica de Peñalba (Peñalba.es).

-L. con ayunt. en la prov. de Huesca (19 horas), part. jud. De Fraga (8), aud. terr., c. g. de Zaragoza, dióc. de Lérida (15). Con buena ventilación y clima sano; las enfermedades comunes son fiebres intermitentes y gastritis. Tiene 120 casa que forman cuerpo de población; una escuela de instrucción primaria dotada con 2,200 rs. vn., concurrida por 40 alumnos, y otra de igual clase para niñas a quienes se les enseñan las labores propias de su sexo, y cuya maestra disfruta 600 rs. de pensión anual; concurren 20 educandas, y ambas dotaciones se pagan de los fondos de propio. –

Pascual Madoz.

Restos del antiguo castillo de Peñalba (Castillos.net).

Pasa La Valcuerna al continuo paso que se ha sentido el pasar, por la localidad, el antiguo camino de los Fierros, vía imperial romana que unía Lérida con Zaragoza, con su desaparecida Venta de la Perdiz, a la nacional II hasta la liberación de la autopista A2. Hileras de camiones y vehículos cruzaban la localidad, como en la época romana discurrían por el camino de los Fierros carruajes y caminantes, atravesando la árida estepa monegrina. Madoz, en el siglo XIX, decía que los caminos eran de rueda y de herradura y conducían a los pueblos limítrofes, además de la carretera general de Barcelona a Madrid que cruzaba el término y la población. Peñalba abastecía de agua de aljibes y balsas al pasajero bajo la protección del desaparecido castillo que la localidad lleva por escudo, bajo los palos de gules y coronado por una corona real cerrada. El castillo, recogido por Madoz, se sumaba a otras destacadas construcciones -hay casa consistorial, cárcel’, un antiguo edificio llamado el Castillo y una iglesia parroquial-.

Además, Peñalba es paso del ramal catalán de San Jaime, ruta Jacobea que discurre desde Barcelona pasando por Lérida, recalando Peñalba para reunirse después, en Fuentes de Ebro, con el camino Jacobeo del Ebro. Desde allí, se encamina hacía Zaragoza para acabar en Logroño desembocando en el principal Camino de Santiago. 

Lugar de acogida y hospitalario, Peñalba aparece citada en 1170 en una «carta de fundación» que Alfonso II dispuso para la fundación de un Hospital para transeúntes -libre e ingenuos de todo tributo a todos los que fuesen a poblar aquel lugar- Hospital que Francisco Castillón Cortada cita que perteneció a la Orden del Temple. En 1737 lo visitó ya en ruinas Gregario Galindo, obispo de Lérida, –tiene la Villa un Hospital que está casi destruido por una avenida grande de agua- (Archivos de la Catedral Nueva de Lérida).

Documento de Jaime I de Aragón, 1225.

En 1225, Peñalba y su término, fue donado a Pedro Lobera, rico hombre de Aragón, señor así mismo del casal de Munébrega y de los castillos de Manchones, Murero y Peñalba (Los Lobera y Ximénez de Lobera- Linajes en Aragón). La donación aparece en un documento de Jaime I de Aragón «El Conquistador» confirmando la entrega que ya realizó Alfonso II del pueblo de Peñalba -El rey Jaime I confirma la donación que Alfonso II hizo de la villa de Peñalba y del lugar de Boarç a favor de Pedro de Lobera y sus sucesores-. (Biblioteca Catalunya. ES/BC – ARXIUHISTORIC_PERGAMINS/3568). Aunque el término mantenía enfrentamientos entre Fraga y Peñalba por sus lindes, la administración, gobierno y posesión del hospital fue concedida a Pedro Lobera, quien llegó a percibir la cuarta parte de los tributos que el monarca imponía a Peñalba, así como los hornos y las tierras roturadas. Aunque Agustín Ubieto Arteta, entre 1333 Y 1397, señala Peñalba como aldea, vemos en el documento que ya presenta el titulo de Villa. Un privilegio que, Agustín Ubieto Arteta, recogió fue alcanzado en 1785, todo muy lejos de la creencia popular que dicho título fuese otorgado por la reina Isabel II, cuando la reina realizaba un viaje hacia Barcelona, otorgando el título de Villa -por el trato recibido de sus habitantes-.

Diez años después, en 1235, el mismo rey Jaime I dona la villa de Peñalba al monasterio de Sigena -Jaime I de Aragón dona al monasterio de Sigena el castillo y la villa de Peñalba, con todos sus habitantes y pertenencias- (Biblioteca Catalunya. ES/BC – ES/BC – ARXIUHISTORIC_PERGAMINS/3565). El monasterio de Sigena hizo suyos los montes de omprio (de sombra en aragonés).

Documento de Jaime I de Aragón, 1235.

En 1237, los derechos de Peñalba sobre sus termino son restituidos a la baronía de Fraga por Guillén de Moncada -reservándose el derecho de ser albergado en el castillo de Peñalba-. Así quedó dictado por el rey Alfonso IV: «…castrum et vil/a m de Fraga, in Cathalonia consistencia, necnon loca de Vallobar et de Pennalba et cetera loca Baronie de Fraga, quem Nobilis Guillelmus de Montecatheno quondam pro nobis tenebat in teudum». El mismo rey, el 25 de febrero de 1331, cede a su esposa, la reina Leonor, -la villa de Fraga con sus aldeas, entre las que estaba Peñalba. (Sinués, nº 896). Esto mismo lo fecha José Salarrullana de Dios el 5 de Julio de 1331-.

Sus lindes volvieron a estar en conflicto en 1686, en la Capitulación y concordia entre Bujaraloz y Peñalba sobre el libre tránsito por los caminos del monte de Fraga (Adicción a la concordia en 1694).

Detalle del mapa de Bourguigno,1719.

Durante la Guerra de Sucesión española, a principios del siglo XVIII, en Peñalba se produjo un enfrentamiento entre las tropas días antes de la batalla de Zaragoza -Los aliados se pusieron en marcha hacia Zaragoza y trataron de picar la retaguardia borbónica en Peñalba el 15 de agosto de 1710- (Revista de Historia Militar. Guerra de Sucesión Española). Durante la guerra española de 1936 a 1939 Peñalba se quedó en la retaguardia del frente de Aragón, en el lado republicano. La población albergó un pequeño hospital, una clínica médica que se ubicó en las escuelas (La organización sanitaria del XI Cuerpo del Ejército Republicano (1937-1939) Closa Salinas, Francesc). La escuela estuvo encima del actual banco Santander, durante la guerra.

Documento Pedro II, 1198.

Etimológicamente, una de las denominaciones de Peñalba responde a Penalba, citada en el documento del rey Pedro II de Aragón en el que prohíbe cazar, pastar o cortar leña en el vedado del pinar de Peñalba, y autoriza a Diosdado de Lobera –a que embargue a cualquier pesona que trate de hacerlo- (1198/07. Zaragoza ES/BC – ARXIUHISTORIC_PERGAMINS/1720). El mismo documento recoge la denominación “Valle de Valcorna” refiriéndose al barranco de La Valcuerna. Agustín Ubieto Arteta, «Documentos de Sigena», en Textos Medievales, 32 (Valencia 1970)” también recogió su denominación “Pennalba” en 1229, en una carta de población de Sariñena otorgada por el rey Jaime II de Aragón. En la carta se puede leer «usque ad Penalba».

Recopilando podemos decir que se hallan las referencias históricas de Penalba, Pennalba y Penyalba [1229]. Existe la idea que Peñalba debe su nombre a “altura blanca” y que estuvo bajo la protección de un castillo o atalaya. Pero su origen es más que posible que fuese ibero. El estudioso de lengua ibera Bienvenido Mascaray, quién además ejerció de maestro en la misma localidad de Peñalba, durante el curso 1956-57, atribuye su origen a la composición -Pena (étimo del castellano pena) que vale por «trabajo, fatiga», al que se une Alba con elipsis al final del primer término con encuentro de vocales iguales, Pen(a)Alba, voz esta que significa jadeo, respiración fatigosa, asfixiante. La traducción: «El trabajo asfixiante»-. Igualmente, Peñalba atesora una rica toponimia recogida y estudiada por María Ángeles Lax Cacho en su trabajo “Toponimia de la zona meridional de Los Monegros”.

– ¿cómo de dura y penosa era la labranza? Respuesta: «Bueno. No se labraba todo el terreno ni mucho menos; se aprovechaba solamente el fondo de las vaguadas donde la tierra era más dulce. Por encima de éstas, las calizas y los yesos hacían casi imposible la labor». Si, además, retrocedemos a los tiempos de los iberos y sus aperos, el cuadro de penosidad y fatiga queda completo. –

Peñalba, por Bienvenido Mascaray.

Peñalba, 1925. Archivo Histórico de la Fundación Telefónica. Línea Barcelona Zaragoza.

El pueblo ha tenido gran actividad en torno a la nacional II, restaurantes, hoteles o empresas de transporte. Sin embargo, históricamente se han dedicado a la –producción de trigo, cebada, centeno, avena; cría ganado lanar y cabrío; caza de perdices, conejos, liebres, palomas, lobos y zorras; a la importación de aceite, vino, legumbres y otros artículos que faltaban, y exportación de los sobrantes- (Madoz, 1845-1850).

-Participa de tenaz y flojo y aunque de secano y pedregoso es fértil y muy productivo en años lluviosos; abundan los pastos, y hay bastante bosque de arbustos y mata baja que sirve para leña-

Pascual Madoz.

Reseñable es la cita que Madoz realiza sobre una fábrica de vidrio -Industria: una fábrica de vidrio ordinario de propiedad del ayuntamiento-. Curiosamente, la familia de Vicente Calvo Martínez se dedicó a la fabricación de vidrio blanco –La casa es de 1837, calle el Rosario nº 33, hacían jarrones y porrones de vidrio que vendían en Zaragoza y en la montaña. En su fachada aún se puede observar tallada en piedra la figura de un porrón-.

Así mismo, Vicente cuenta como en Peñalba había muchos tocineros, entre unos 10 o 12, que bajaban de la montaña lechones en febrero o marzo para criar en casa y estos aprovechaba para vender vidrio por la montaña. Los lechones los vendían por Pina de Ebro, Fuentes, Osera, Quinto, Gelsa… La fábrica de vidrio se cerró a finales del siglo XIX principios siglo XX.-

En Peñalba se hace vidrio
En Bujaraloz la sal
En Caspe las olivetas
Y en La Almolda los jarretes.

Curiosamente el Expediente de venta de bienes Nacionales de 1856 (Archivo Histórico Provincial de Huesca 1856/03/10, ES/AHPHU – H-016067/000003) recoge, entre los propios de Peñalba, la fabrica de vidrio de Peñalba, aportando descripción de la misma: Núm. 103. Una fábrica de vidrio, sita en dicho pueblo calle alta, confronta con camino público, paso de unos corrales y corral de Francisco Claver; consta de horno y depósitos de materiales y leñas y dos estancias cubiertas de arcos y bóvedas; tiene una extensión superficial de 1814 pies con un espacio ó amplio al oriente de 2268 para depósito de los escombros de la fabricación, se encuentra en mediano estado de conservación, tiene el disfrute de leñar en los montes del pueblo y produce en renta 640 rs. tasada en 6460 y capitalizada en 14,400 rs vn. bajo cuyo tipo se subasta.

Otro de los bienes recogidos en Peñalba es el de una posada: Núm. 102 del inventario. – Una casa posada sita en dicho pueblo calle mayor, confronta, con la carretera real, Salvador Salvo y otra de Ramón Gras; consta de cuadras, cochera, cocina y dos estancias la planta de tierra, cuartos y un salón en el primer piso y graneros y desbanes en el segundo; tiene una estension superficial en lo bajo de 5247 pies y de 3105 en el primero y segundo piso, se encuentra en mediano estado de conservación y produce en renta 800 rs. tasada en 15,680 rs. y capitalizada en 18,000 reales vn. que servirán de tipo para la subasta.

Como en muchos pueblos de Los Monegros el agua se recogía en balsas, algunas como la balsa Lugar, la Fraguada, la balsa Nueva o la balseta Hoguera. Vicente recuerda como de crio iban a patinar a la balsa cuando helaba. Cogían leña para calentarse en invierno y cuando cogían ontina y romero verde y encendían la estufa la escuela se llenaba de humo. El agua corriente comenzó a llegar a través de una tubería desde la salida del túnel de Alcubierre del canal de Monegros a finales de la década de 1960. Años atrás se había construido un pequeño embalse, el de Valdecabrera, luego llegó el agua del canal de Monegros y la transformación a regadío. 

En el vuelo de 1956-1957, la fotografía aérea muestra el núcleo de Peñalba y algunas de sus balsas. Estas responden a la “Balsa Lugar”, apunta Paco Beltrán Calavera, donde actualmente están las piscinas y al lado, donde está la pista de tenis, se encontraba la “Balsa Fraguada”. También se observa, abajo a la derecha, la «Balsa Nueva».

Balsa Peñalba. Proyecto terminación. Peñalba regiones devastadas 1950.

Entre las calles peñalbinas se halla la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario o de la Santa Cruz, obra finalizada en 1691 -con su fachada de piedra sillar y puerta en arco de medio punto, su planta parece más una cruz griega que latina, con gran nave central y dos laterales, separadas por pilares y arco de medio punto-. La antigua iglesia, de época medieval, se ubicaba en el castillo, dedicada a Ntra. Sra. de los Ángeles. De acuerdo con Eladio Gros -el deterioro del castillo acarreó el deterioro de la iglesia, por lo que se pensó en la construcción de una nueva-. El antiguo retablo gótico fue quemado en 1936, siendo reconstruido posteriormente. El Altar Mayor, Madoz (1845-1850) lo atribuye a la Invención de la Sta. Cruz, iglesia -servida por un cura de segundo ascenso de provisión real y ordinaria, y 2 beneficiados de patronato familiar; este templo fue fundado en 1692; es bastante capaz, y nada notable ofrece su arquitectura-.

Dibujo de la plaza de Peñalba con su iglesia. Paco Beltrán Calavera.

De acuerdo con el Estado de las cofradías, hermandades y congregaciones correspondientes a la ciudad de Zaragoza junto con los pueblos de su jurisdicción, en 1771 aparecen recogidas las siguientes cofradías: 

  • Peñalba la cofradia del S.mo con aprob.n del ord.o que con la renta de dos campos, que cultiban los herm.s, gasta en un aniversario, cera para los biaticos y quando mueren los hermanos…
  • Otra del Rosario con aprob.n del ord.o su renta la de un campo, que cultiban los herman.s gasta en una tierra del Ig.a quatro aniversarios, sermon, procesiones, cera y entierros de los hermanos…

En una loma al sur de Peñalba se encuentra la Ermita de Santa Quiteria, originalmente templo románico. En su devoción se celebran las fiestas de mayo, de la santa Cruz, en el primer fin de semana del mes. Antes coincidían con la festividad y eran de tres días. En octubre son a la patrona del pueblo la virgen del Rosario -Por testimonios de algunas personas se recuerdan otros patrones, por lo que parece que el patronazgo de la Virgen del Rosario es relativamente reciente. En 1783, de acuerdo a los archivos diocesanos, como patrono de la villa figura San Francisco de Paula- (Peñalba.es).

-Fue muy importante la devoción durante los siglos medios, extendida por juglares, limosneros, cruciferarios, colectores de aceite, vino. Nuestra ermita poseía en 1702 un artístico altar con escenas de la Santa, auténtico libro catequético que entraba por los ojos de los romeros». El 22 de mayo se celebra la festividad de la Santa. En 1828 contaba con un olivar y un rebaño administrado por el prior de la cofradía-

Peñalba.es

El Obispo de Lérida, Don Gregario Galindo, en su visita a Peñalba en 1737, hace referencia a la ermita de Santa Quiteria, -que tiene ermitaño y otra ermita que se va haciendo con las limosnas de los fieles – (Archivos de la Catedral Nueva de Lérida). Según la web municipal -Actualmente no existe ningún resto arqueológico que testimonie esta segunda ermita, ni tampoco en la memoria colectiva-.

Dibujo de Santa Quiteria. Paco Beltrán Calavera

Pasa el cauce sereno del barranco de La Valcuerna como queriendo pasar desapercibido, con su lecho encauzado, donde unos caballos pastan tranquilamente. Es fruto de una pequeña depresión en el corazón del valle del Ebro, en el aparecen diversas hoyas de fondo plano con prados de vegetación salobre y lagunas saladas temporales, las llamadas salinas. En la cuenca -cualquier lluvia o precipitación que caiga en la cuenca permanece allí, abandonando el sistema únicamente por infiltración o evaporación, lo cual contribuye a la concentración de sales-. Su cuenca abarca unos de 2.552 Km2 desarrollando el cauce del río La valcuerna que alcanza los 37 km de longitud, desembocando en el embalse de Mequinenza.

La Valcuerna a su paso por Peñalba (Peñalba.es).

La escasez de precipitaciones, una constante en Los Monegros, y su irregularidad, hace escasa las aportaciones a su cuenca, con una media de 350 mm/año. Sin embargo, la cuenca no está exenta de crecidas extraordinarias por fenómenos torrenciales de lluvia. Madoz (1845-1850) apuntaba -Uno de los barrancos mencionados recoge mucha agua de los montes inmediatos, y en las grandes avenidas son perjudiciales sus desbordaciones-. La Valcuerna goza de instrumentos de protección como Zona Especial de Protección de Aves (ZEPA) ES0000182 Valcuerna, Serreta Negra y Liberola y Lugar de Importancia Comunitaria (LIC) ES2410030 Serreta Negra. El barranco llegó a formar un bosque en galería de tamariceras, constituyendo un ecosistema único y de gran valor ecológico.

Cuenca de La Valcuerna. CHE.

En la misma Varcuena, hace unos 140.000 años, existió un asentamiento prehistórico. La historia de Peñalba se hunde hasta épocas remotas y en su término municipal hay constatados de hasta unos 107 yacimientos del paleolítico y neolítico; de acuerdo a un estudio arqueológico llevado a cabo por la Universidad de Zaragoza con motivo de la transformación de regadíos de la localidad. Hay hallazgos de industria lítica en las vales de Valcabrera, Valdecaldes, Valcelada, Royano y La Valacuerna. El estudio describe 33 referencias de restos cerámicos hechos a mano, la mayoría ligados a industria lítica paleolítica en Calvera, Valdelalmolda, Valdeladroneslos igualmente vestigios de la Edad del Bronce y I Edad del Hierro que se localizan en Puyaldelobos, Valdeladrones. El máximo exponente de estas épocas se encuentra en el tozal de los Regallos en Candasnos, justo en la huega de Peñalba. Allí se halló una espada de hierro y los restos de un poblado íbero hoy accesible y señalizado. Restos menores de la misma edad en la val de Ladrones y habitaciones de planta rectangular, el poblado de Valdeladrones, y el Cabezo de la Vieja en Peñalba, de la edad del Bronce. (Peñalba.es).

Escena de Los Monegros de la joven artista peñalbina Judith Lerín Gros

Lugar de paso, Madoz (1845-1850) decía que el correo se recibía de Bujaraloz por medio de valijero. Vicente se acuerda del correo de Monegros –un furgón iba de Valfarta, Bujaraloz, La Almolda a Castejón de Monegros, un camión con dos o tres líneas de asientos y un cajón donde ponían corderos para llevar a matar a Sariñena y que a la vez traía medicamentos, sería por la década de 1970-. Antes estuvo la tartana del Petiforro, cuenta Vicente, que iba de Sariñena a Candasnos, también Ontiñena Villanueva de Sijena, Sena y Sariñena.

Motel Aragón. Peñalba.

La vida en Peñalba transcurre sosegada entre sus calles y comercios locales, en el ir venir de sus gentes. Está la «Posada Peñalba» con Asún y Jesús, lugar entrañable y familiar, el hogar del jubilado, la panadería, las tiendas o las peluquerías son lugares de encuentro. Atras queda en la memoria del cine Avenida, que luego fue también discoteca o el celebre restaurante, bar y pub Patxy.

Peñalba es un lugar acogedor, históricamente de paso, con el testimonio de construcciones en desuso que daban servicio a la nacional II y su característico toro de Osborne inmortalizado en la película de Bigas Luna “Jamón, Jamón”. Cerca, pasa la línea ferroviaria y aunque no se ve, el meridiano de Greenwich. Algunos de sus comercios ligados a la nacional eran el bar la Mallena, donde paraba el coche de línea Zaragoza- Lérida, el motel Aragón, La Ruta, el Trigal y otro al lado del silo. También estaba el bar de las Mañas, que era una fonda y además funcionó como pub. Con el tiempo se construyó una variante que alejó el trafico por el casco urbano, luego llegó la liberación de la A2 y actualmente la nacional II queda lejos de lo que un día fue, de un continuo pasar de vehículos y coches.

Escena de Los Monegros de la joven artista peñalbina Judith Lerín Gros.

Peñalba rebosa de vida, a pesar de su extinto dance, pero continúa con fuerza la rondalla de Peñalba o la orquesta laudística de Peñalba. Sin duda, Peñalba ofrece una actividad cultural intensa en un pueblo que lucha por seguir vivo. Un lugar con historia, un lugar de paso donde detenernos y descubrir un lugar llamado Peñalba en el antiguo camino de los Fierros.

Arbórea sabina, apuntes ante un modelo cultural


La sabina albar (Juniperus thurifera), principal sabina de Los Monegros, suele presentar gran diversidad de porte. En general, es considerada de porte bajo y arbustivo, con una copa cónica u ovalada en ejemplares jóvenes o bien desarrollados, pudiendo ser asimétrica, irregular, y en ejemplares desmochados aplanada. Sin embargo, es capaz de sobrepasar hasta los 25 metros de altura gracias a la intervención humana. Así, por medio de la poda, se han desarrollado características sabinas de gran porte arbóreo que salpican el paisaje monegrino, vestigios de un paisaje histórico que nos ha sido conservado.

Efectivamente, a lo largo de los tiempos las sabinas han sido objeto de podas, principalmente como aprovechamiento de leñas menores, pero también como aporte para el ganado, sin olvidar su efecto frente a incendios. Las sabinas sin podar, que apenas se desarrollan, se denominan “sabinizos” mientras que el proceso tradicional de poda se ha denominado “ramiar”. Francisco Lasierra, El Chato de Pallaruelo de Monegros, recuerda cómo se rameaban las sabinas, en su artículo “Las Sabinas”, publicado en la revista Quio, “Hoy los antes citados (sabinizos) se dan en nuestra monte en cantidades muy numerosas, estas sabinas sino se cortan las ramas de debajo, operación que aqui denominamos «ramiar” y que en realidad se llama poda, en vez de ser árboles con un crecimiento normal están prácticamente siempre igual, y más bien son como arbustos. Tengo ejemplos de cuando era pequeño, de algunas ramiadas con mi padre, y que con el paso de los años se han convertido en árboles; así, algunos vecinos de Pallaruelo, que vamos ramiando bastantes, esperamos ver los frutos de su crecimiento.” Sin embargo, una cita de 1819 en el libro de ordinaciones de Perdiguera, aportadas por Constantino Escuer, sobre la regulación de la poda de las sabinas, aparece el término “Escemalar”: “Pena del que escemala carrasca o sabina. Instituimos y mandamos que a cualquier vecino o avitador que se cogiese escemalando carrascas o sabinas, tenga de pena por cada cemal de carrasca 30 sueldos y de sabina 10 sueldos”.  El caso, de la pena por “escemalar”, Escuer apunta “Hay que tener en cuenta que, según el Aragonario, escamalar es: desgajar, desmochar, desramar, podar, tronchar. Por otra parte, según el mismo diccionario, zemal es un tocón y camal es una rama. Con lo cual, esa pena podía ir destinada al que cortase ramas gruesas, o al que arrancase los tocones. Pienso que más lo primero que lo segundo”.

La tradición oral ha apreciado la leña de sabina como combustible doméstico, tanto en hogares como en hornos de leña o fraguas. Por el contrario, nunca la ha considerado buena para carbón. “Los propietarios de sabinas se dejaban antiguamente algunas, seleccionadas al efecto, para tener leña con que calentarse durante su vejez. Sin embargo, hay quien dice que da mucho olor y puede provocar dolor de cabeza. Probablemente ello sea más cierto en la leña poco seca.” (Usos etnobotánicos de la Sabina Albar y arbustos que le acompañan en Aragón, L. Villar, Instituto Pirenaico de Ecología. Espagne J.V. Ferrández. Instituto Pirenaico de Ecología, Espagne).

En su poda tradicional, encontramos citas en Segovia, donde las sabinas se podaban “reguilar” con frecuencia para acelerar su formación y de paso conseguir forraje para las ovejas. “También para que se posasen los pájaros y poder cazarlos. En algunos casos indican: “Tanto personal que había antes, descabezaban los árboles, podaban de cualquier manera por la escasez de leña, y por eso no crecían tanto”. Igualmente, en Los Monegros, las ramas se empleaban como alimento para el ganado: “Forraje verde o seco La rama de sabina, denominada barda, bardera o ramonizo, es considerada buena forrajera para las ovejas; se cortaba en invierno como forraje, sobre todo los inviernos duros. Según indican “los animales también comen los frutos”. Hay curiosos comentarios de pastores en relación con las variedades de esta especie según la palatabilidad del ganado. Así distinguen sabinas amargas y sabinas más dulces: “les gustan más las ramas que tienen agállaras (agallas)”, “algunas ramas son más amargas y no les gustan”. Pasto En general la sabina es apreciada como buen forraje, aunque las jóvenes no son comidas por las ovejas” (Emilio Blanco. Inventario Español de los Conocimientos Tradicionales relativos a la Biodiversidad. Miteco).

Félix Tabueña, antiguo pastor de Pallaruelo de Monegros, contaba como se podaban las sabinas: “Las ramas las aprovechaban para el ganado y el hogar”. Con el astral las iba desramando, se guardaba la astraleta en el cinturón y trepaba hasta la copa hasta dejarles una buena corona. Las dejaban bien podadas y así se formaban buenos fustes, ideales para la construcción de casas. A veces le decían que podaba demasiado, pero esas sabinas que podó en una marguin de un campo, cerca de la balsa del ahogau, nunca se murieron: “Las sabinas se mueren cuando se dejan yermos los campos, unos valles los abandonaron y las sabinas se secaron”.

Para Francisco Lasierra, las hojas que había en las sabinas eran exquisito manjar para el ganado lanar, pero muy especialmente para las cabras, hasta tal punto, que solían estar por la zona de monte más poblada de sabinas y así se mantenían mucho mejor. Igualmente lo atestigua José Luis Campos, pastor de Monegrillo, “Sin podar, a ellas, al ganado ovino y caprino, les gusta mucho…se escuelgan igual ovejas que cabras. Yo les doy en la mano de las de abajo y no las quieren, de un metro y medio para arriba sí.”

Entendiendo la poda como actividad cultural y tradicional, resulta interesante la iniciativa que el Parque Natural de la Puebla de San Miguel, Comunidad Valenciana, dentro de su programa de conservación de ejemplares monumentales, que en noviembre del 2012 llevó a cabo con la poda de Sabina Albar mediante técnicas tradicionales. Su objetivo fue estudiar los métodos tradicionales y la gestión realizada durante años que han favorecido notablemente la conservación de estos árboles centenarios “Antiguamente los vecinos de Puebla “Echaban una sabina”, nombre como se conoce a este tipo de poda, para poder aprovechar sus ramas para el ganado. Esta técnica consistía en la poda completa de la sabina para sanearla y fortalecerla, solía hacerse cada 10 o 12 años dependiendo del crecimiento de la sabina. Sus ramas se podaban y eran utilizadas para alimentar el ganado durante el invierno, proporcionaban zonas de sesteo, de ellas obtenían la madera para la construcción de casas.”

Como hemos visto anteriormente, una de la finalidad de la poda era la búsqueda de grandes fustes para destinar a la construcción. La corta de los fustes enteros ha sido destinada para la construcción como vigas, dinteles, pilares y postes, para cercados, tapias y vallas, además para fabricación de herramientas y fabricación de muebles y enseres doméstico. No obstante, hay que apuntar la pudrición del interior del tronco de la sabina, se suelen ahuecar con el tiempo, lo que muchos grandes portes no han servido para la construcción o para la fabricación de muebles. Paco Lasierra, el Chato, cita como las sabinas que estaban en las fincas gozaban del privilegio de los agricultores, si bien se utilizaban algunas para puertas, cletas, tableros de carro y muchos objetos que de su madera muy resistente al paso del tiempo se hacían.

A su vez, los portes finos han destacado por su resistencia a la producción, siendo utilizados en balsas y en el cauce del río Ebro: “En el Ebro aún permanecen postes de sabina, los colocaban antiguamente para la pesca de anguilas, hace ya más de 40 años. Con la madera de sabina se construían piezas para los pozos, iba muy bien la sabina pues es resistente a la pudrición. Según un viejo carpintero, amigo de Javier Blasco, la sabina no servía de mucho, pues la pequeña tiene muchos nudos y las grandes están podridas por dentro.” (Las sabinas de Los Monegros). También aguantaban bien la pudrición hundidos en el fiemo, y eran colocados en las parideras como puntales para separar corderos u ovejas en lactancia. “Los mismos palos servían a veces para cerrar la paridera de un modo rudimentario”. “En Lanaja y otros pueblos de Monegros, para aumentar el volumen de carga de los carros, al acarrear la «garba» (miés) a las eras, se usaban «pugas» y «pugones», que prolongaban el varal por ambos lados y por atrás. Las «portaderas» o capachos de mimbre para llevar las uvas al «cubo» o lagar, se remataban con madera de trabina, sobre todo por la parte de las asas, por su tenacidad.” (Usos etnobotánicos de la Sabina Albar y arbustos que le acompañan en Aragón, L. Villar, Instituto Pirenaico de Ecología. Espagne J.V. Ferrández. Instituto Pirenaico de Ecología, Espagne).

Las sabinas salpican diversas zonas de Los Monegros como linde de tierras de cultivo o de sombra y protección y a la vez formando bosquetes de sabinas generalmente por la sierra de Alcubierre. “Por supuesto, este árbol es valorado por su sombra y frescor en verano; por ello era a veces respetado en las lindes de algunas tierras de cultivo donde a veces quedan grandes ejemplares” (Emilio Blanco. Inventario Español de los Conocimientos Tradicionales relativos a la Biodiversidad. Miteco). Sobre la sombra de la sabina y su cultura, Francisco Lasierra escribió  “La sombra de las sabinas ha sido y es utilizada para infinidad de cosas, cuando se hacían las faenas del campo a mano, a la hora de la comida, eran lugares donde se estaba más fresco, así algunas sabinas que estaban en sitios estratégicos se cuidaban de forma que no diese el sol en todo el día; mención especial merece la siega, cuando en muchos casos comían todos los segadores debajo de ellas; también se ponían las bebidas (agua y vino) para que estuviesen frescas. Los pastores igualmente han buscado la sombra de las sabinas para sentarse, al igual que los perros de estos, que así reposaban del trabajo que les daba el ganado.”

La formación de sabinas arbóreas, al igual que las dehesas, el trasmocho del fresno o del chopo cabecero, son formas culturales de gestión del arbolado, que configuran un paisaje antrópico, muy ligado al uso del territorio con la actividad agrícola y ganadera. Sin embargo, la poda no deja de ser una actividad humana, que puede traer beneficios al árbol o por el contrario causar daños o perjuicios al árbol y a la masa. Las ramas bajas ayudan a conservar la humedad del suelo, evitan una mayor radiación y evapotranspiración, además de favorecer una mayor biodiversidad asociada, sobre todo entomofauna, además de líquenes o su relación “simbiotica” con la efedra, lo que a muchos lleva desaconsejar completamente su poda.

Sin embargo, de acuerdo con algunos estudios sobre selvicultura de sabinas, las recomendaciones sobre su poda apuntan que las podas bajas de las ramas inferiores de las sabinas adultas creen que pueden ser beneficiosas para la masa (muchas veces el porte de la sabina está formado por ramas desde la base) posibilitando un mayor desarrollo de los fustes, lo que además elimina riesgo de propagación del fuego (Cuerda~ 1995): “La poda puede suponer un plus de alimento para el ganado por mejora del tapiz herbáceo bajo la copa (Costa el al., 1986~ Tárrega y Luis. 1989~ y Gómez Manzaneque.1991) y por el propio ramón, e incluso resultarían aconsejables por razones fitosanitarias (menos puntisecado. ramas secas. etc.)».

«No llegamos tan lejos como algunos autores. que refiriéndose a los sabinares estiman que el ramoneo puede ser compatible con la conservación y mejora de estas masas (Fernández-Yuste el al., 1986). pero sí consideramos que una poda técnica con argumentos silvícolas y bajo determinadas características del arbolado~ no sólo no es incompatible con la conservación, sino que es deseable y mejora a la masa. En la práctica la Administración Forestal no ha permitido esa actuación (actualmente parece que ya se permite), aunque el Decreto 12/1987 que regula la protección del sabinar sí lo aprueba (por debajo del tercio superior de la altura total del pie)“ (Gestión de los sabinares albares (Juniperus thurifera L.) Occidentales de la provincia de Albacete. Eduardo Orozco Bayo, Juan José Martínez Sánchez, Alfonso San Miguel Avanz).”

Estas prácticas tradicionales poco a poco se han ido perdiendo, abandonado una gestión que a lo largo de los años ha producido una serie de árboles característicos, sabinas de porte arbóreo, algunas incluidas en el inventario de árboles singulares de Aragón como la sabina Cascarosa de Monegrillo, con una altura de 16 metros o la sabina Filada Jorge de Lanaja, con 12 metros de altura, ambas considerados árboles monumentales. En definitiva, el presente articulo no más pretende realizar una aproximación a la consideración de esta actividad como patrimonio cultural y patrimonial, un modelo de gestión tradicional, que ha creado un paisaje con identidad, manteniendo un carácter agrosilvopastoral tradicional aportando servicios de carácter social, paisajístico y de hábitat. La sabina árborea ¿Un patrimonio cultural?.

Gaiteros y gaiteras de Los Monegros


La gaita de boto aragonesa es un instrumento arraigado a la cultura de Los Monegros, instrumento que ha ido forjando, a lo largo de los tiempos, grandes gaiteros. Tal y como apuntan Luis Miguel Bajén y Mario Gros, es en Los Monegros donde mejor se ha mantenido el uso de la gaita de boto aragonesa, asociada al ritual del dance y a diversos géneros de canto (LCD La gaita en Los Monegros. Editorial Prames. 1999). Aun así, la gaita de boto aragonesa estuvo a punto de desaparecer tras dejar de sonar la gaita del gaitero sariñenense Juan Mir en 1975 y la de Juan Cazcarra de Bestué. Gracias al esfuerzo, de Martín Blecua y Pedro Mir, la gaita de boto aragonesa se recuperó “La famosa” volviendo a sonar en Sariñena en 1980 y desde entonces no ha parado de rugir con su característico timbre.

Sixto Lana, «El Rey». Foto-archivo: Ricardo Compairé (FDPH).

La gaita es un instrumento remoto con vestigios en la antigüedad, hay grabados egipcios tocando un instrumento muy parecido a la gaita, la conocieron los griegos y para los romanos era el instrumento de su infantería. Mario Gros matiza sobre el uso de la gaita en la antigüedad, pues no hay unanimidad entre los musicólogos “Los instrumentos que se tocaban en Egipto estaban desprovistos de odre y se tocaban con la técnica de la respiración circular. Los de Grecia (askaulos) y Roma (tibia utricularis) no está claro que sean gaitas«. En Europa, sobre los siglos IX y X vuelve a estar presente popularizándose en la baja edad media hasta comenzar su decadencia a partir del siglo XVIII. Aun así, la gaita ha sobrevivido en lugares concretos y a la vez dispersos, adquiriendo su propia entidad en Aragón. Antonio Beltrán Martínez, en el Dance Aragonés (1982), la denominó «Gaita de fuelle», matizando que «Tampoco es igual la gaita de fuelle aragonesa a la zamorana, la gallega o la asturiana». Actualmente, la gaita aragonesa se constituye en sí misma como “Gaita de boto aragonesa”.

Debe su nombre al boto, el boto u odre, de piel de cabrito, que almacena el aire, llegando a ocupar hasta 25 litros de aire, que se llena a través de un soplador. El aire es expulsado a través del clarín, con ocho orificios para articular la melodía y dos de resonancia. Igualmente, el aire sale por el bordón y la bordoneta, produciendo un bajo continuo cada uno. Se complementa con un vestido, normalmente estampado, y los tubos suelen estar forrados con piel de culebra. “Según Alfonso García-Oliva Mascarós, en su catálogo de las cornamusas del Museo de la Gaita de Gijón, la gaita de boto aragonesa pertenece a las Cornamusas Europeas Occidentales (grupo D) y más en particular a la Familia Franco-Occitana.” (http://www.bandadegaitasdeboto.org/)

La gaita de boto aragonesa y la figura del gaitero ha sido todo un referente en la cultura y la tradición monegrina. Antonio Beltrán Martínez recoge que «Los dulzaineros y gaiteros recorrían diversos pueblos para intervenir no sólo en los dances, sino también en los bailes públicos y alegrar las fiestas». Constantino Escuer, entre los libros de contabilidad de Perdiguera, encuentra la presencia de la gaita y gaiteros en lo que quizá se pueda presuponer una aproximación al dance en Perdiguera en 1613 “Item pagué a un gaitero que vino el día de Nuestra Señora de Agosto para bailar las joyas, cuarenta sueldos.”; considerándose la cita más antigua en Los Monegros. Constantino Escuer matiza “Desde 1584 ya se nombra el gasto en juglares y músicos que vienen a tañer, pero no se especifica qué instrumentos tocan. Es en 1667 cuando el asiento contable dice lo siguiente: -Más pagué al gaytero que tocó la gayta el día de la fiesta de nuestra patrona Santa Beatriz, del gasto y paga, treinta y ocho sueldos-. O sea, que se le pagaba el salario y los gastos de manutención y alojamiento si era menester. Treinta y ocho sueldos equivaldrían al sueldo de un trabajador no cualificado de unos ocho días.”

En el monasterio de la cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes (Siglo XVIII) aparece representada la figura de un ángel tocando la gaita. La gaita de Francisco Becana Oto, gaitero de Robres fallecido en 1837, está datada su construcción a finales del siglo XVII, tanto por la prueba de carbono catorce como la datación del uso del clarín, unos 120 años, en torno a 1680, estudio realizado por Pablo Carpintero; su madera es de boj. Luis Mur, en 1926, publicó un reportaje sobre el dance de Robres a la Virgen de Magallón, “Terminando después con una danza muy vistosa, en la que todos toman parte, chocando sus espadas y haciendo curiosos juegos y combinaciones muy vistosas al compás del sonsonete de una gaita”. Casildo Becana Val, gaitero de Robres, vivió a finales del siglo XIX, decía “No le dejéis la gaita al gaitero de Pallaruelo, que no la devolverá” (La gaita de boto aragonesa). Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero recogen como en Pallaruelo de Monegros “Hubo un gaitero que, a caballo entre los siglos XIX y XX, acompañó el romance, los dances y tocaba en el interior de la iglesia para acompañar las misas de primera». En Alcubierre se conoce la casa del gaitero y cuentan que hace años hubo dance en la localidad monegrina. Macario Andreu Torralba, gaitero de Lanaja, aunque cuenta que no existe constancia de gaitero en Lanaja, en la sierra existe una aldea (caseta de monte) que lleva por nombre la aldea del gaitero «Por la zona de la manadilla balsa de Lorda pero hacia el norte, junto a la del confitero».

Aldea el Gaitero. Sierra de Lanaja. Fotografía Macario Andreu Torralba.

En Monegrillo, los últimos recuerdos de su dance era que danzaban gracias al gaitero de La Almolda (Ángel Calvo Cortes. Monegrillo en sus raíces). Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero apuntan como en Monegrillo “Recuerdan vagamente que un gaitero de Sena tocaba el dance antes que El Brujo de La Almolda”. Igualmente señalan el caso de Peñalba, donde el dance a principios de este siglo lo acompañaba un gaitero de la localidad, “Del que apenas queda recuerdo”. El caso de Leciñena presenta dudas, Gaiteros de Leciñena cuentan que “En febrero de 1993 nos proporcionaron datos de la existencia de una gaita de boto en Leciñena y de la existencia de un gaitero. La mala fortuna hizo que ese gaitero, José Marcén Vázquez, falleciera en agosto de 1993 sin haberlo podido entrevistar. La gaita pasó a manos de un sobrino que vive en Badalona y tras más de un año de pesquisas difíciles, parece ser que fue vendida a un anticuario de Barcelona junto con otro clarín o dulzaina.” como bien dicen Pedro Mir y Martín Blecua en su libro La Gaita de Boto Aragonesa, -estos datos a falta de comprobación deben ser tomados con mucha reserva-. No parece que por fotos, bibliografía y tradición oral se pueda aseverar esta afirmación de que hubo una gaita en Leciñena, antes de recuperar el dance en 1983.”

El palotiau de Peñalba, que se representaba el 3 de mayo, por la Santa Cruz, y el primer domingo de octubre, por la Virgen del Rosario, siempre se acompañaban «Por el sonido de la gaita de boto, a veces con gaitero local, a veces con la presencia de Cristóbal Falceto, «El Brujo», de La Almolda.» (Mi abuelo Francisco y el palotiau de Peñalba. Carreras, Miguel Ángel. Desde Monegros).

Podemos decir que actualmente el dance monegrino goza de gran salud en Bujaraloz, Castejón de Monegros, La Almolda, Lanaja, Leciñena, Pallaruelo de Monegros, Robres, Sariñena, Sena, Tardienta y Valfarta. También hay documentación que acredita el dance en Albalatillo.

Como parte esencial del dance, destaca la figura del gaitero, el gran instrumental que ha permanecido en los dances monegrinos, forjados por una gran estirpe de gaiteros que merecen el mayor de los reconocimientos. Actualmente proliferan grandes gaiteras, manteniendo viva la tradición, augurando un gran futuro. Aquí van algunos de ellos y ellas.

Reconocimiento a las gaiteras monegrinas, por medio de una serie limitada de azucarillos, en la XXII edición de la Feria Nacional del Coleccionismo General y Popular Replega de monzón.

Gracias a Chusé Rozas, Constantino Escuer, Pedro Oliván, Pili Monter, Nuria Montull, Eduardo Plana y Mario Gros.

Gaiteros/as de Bujaraloz

En Bujaraloz, el dance, a principios del siglo XX dejó de realizarse, aunque se mantuvo el baile de la gaita, especie de vals o jota. Acudía el Brujo de La Almolda hasta que, en una ocasión, la gaita se la guardaron en un granero donde al día siguiente apareció llena de piojuelo. El Brujo se enfadó tanto que ya nunca más quiso volver a tocar en Bujaraloz. Durante la guerra no se hizo nada de dance hasta su recuperación, para la que contaron con la ayuda de los hermanos Carlos y Eduardo Plana Galindo de Sena. (Rozas Auría, Chuse).

  • Dolz, Mila. En el 2011 inicia sus estudios en la Escuela Municipal de Música y Danza de Zaragoza, en el grado de Gaita de Boto. Es integrante de las formaciones Os Diaples d’a Uerba, Danze de San Chusé o la Comparsa de Gigantes y Cabezudos de Zaragoza. En el 2013 se incorporó al dance de Bujaraloz como gaitera.
  • Rozas Auría, Chusé. Gaitero de Bujaraloz, comenzó gracias a los hermanos Plana en un curso donde se fabricaron sus propias gaitas y aprendieron a tocar. Junto a Chusé, han tocado Ambrosio Barrachina Royo y Javier Martínez Samper.
  • Serrate, Aniceto. “El Tintorero”. Natural de Castejón de Monegros, fue gaitero del dance de Bujaraloz hasta 1908 – 1910 aproximadamente. En ese momento se dejó de hacer el dance de Bujaraloz hasta su recuperación.

El día 27 de agosto de 1892, a las doce en punto del día, las célebres campanas de San Agustín y Nuestro Señor nos anunciaron con sus potentes y agradables sonidos el comienzo de las fiestas. En la puerta de la Iglesia Mayor, ante la presencia de la imagen de nuestro Patrón San Agustín, los danzantes, acompañados por el célebre gaitero, Aniceto Serrate, nos deleitaron con sus danzas, ter- minando el acto con los delirantes y tradicionales «¡VIVAS!» a San Agustín.”

Fiestas y danzantes en Bujaraloz a finales del siglo XIX. Chusé Rozas Auría.

Volteaban el día 27 las campanas
Inundando el aire de sonidos
Volteábanlas unos mozos fornidos
Anunciando al santo de tierras africanas
Salían el prior y el tintorero
Anunciando también a su patrón
Gemía gravemente de la gaita el zurrón
Uniase a la gaita el clamor callejero
Silbaban los cohetes voladores
Tañían las campanas a porgía
Invitando a la fiesta a todos los moradores
Notificando al pueblo el deseado día.

V.B.  
Hoja parroquial Bujaraloz. Años 60.

Gaiteros de Castejón de Monegros

  • Blas. Es el gaitero más antiguo que se conoce de Castejón de Monegros, abuelo de Virgilio Villanúa (La gaita de boto aragonesa). “Blas fue gaitero de Castejón de Monegros, durante los años que fue Mayoral acogía en su casa al gaitero de Sariñena Vicente Capitán, era lógico su gran conocimiento en el repertorio de mudanzas tanto del pueblo como de otros lugares” (Martín Blecua, A Virgilio Villanúa).
  • Pueyo Serrate, Senén. Natural de Castejón de Monegros, nació en 1890 y falleció en 1954 a los 64 años de edad. Conocido como el tío Senén, aprendió a tocar la gaita con Los brujos de La Almolda y fue el último de los gaiteros de Castejón. “Tocó durante cuarenta años, conocía muy bien el oficio de gaitero, construía pitas y cañas, llegando incluso a fabricarlas para el gaitero de Sariñena, Vicente Capitán” (La gaita de boto aragonesa).

“Era vecino de Tomás Serrate y aprendió a tocar con la mediana cuando trabajaba de pastor con Los Brujos de La Almolda. Era muy mañoso: él mismo se hizo todas las piezas de su gaita y curtió la piel para el boto; solía preparar las pitas con que tocaban él y Vicente Capitán, gaitero de Sariñena. Tocó durante cerca de cuarenta años en Bujaraloz, Castejón, La Almolda y Sena.” (La tradición musical en Los Monegros, Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero)

  • Serrate Mallén, Tomás. De sobrenombre Cachencho, natural de Castejón de Monegros, nació en 1880 y falleció en 1971. “Heredó de su padre Gaudencio el oficio de pastor y sus conocimientos como gaitero. Ya de pequeño le llamaban «Cachencher, el gaiterer,» porque iba siempre con la gaita a todas partes. Por lo que se recuerda tocaba únicamente en Castejón.” (La tradición musical en Los Monegros, Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero).

Tomás trató de transmitir sus conocimientos a Simeón, “Pero por falta de paciencia arrojó la gaita al fuego en un arrebato” (La gaita de boto aragonesa).

  • Serrate Mayoral, Simeón.  Natural de Castejón de Monegros (Castejón de Monegros,1913 – Zaragoza ,2011). “Fue un magnífico cantante a son de gaita, el último representante de este estilo de canto, así como un infatigable constructor de pitas y cañas para los gaiteros más jóvenes.” (La tradición musical en Los Monegros, Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero). En el 2008 se editó “Romances de ronda en Castejón de Monegros” una recopilación de romances del último de los cantadores a son de gaita monegrino.

Gaiteros de La Almolda

  • Falceto Aznar, Cristóbal.  De La Almolda proviene una de las más recordadas sagas de gaiteros, la de Los Brujos, El Brujón o el Tío Brujo de La Almolda. El tío Brujo, nació en 1869 y falleció en 1953 con 84 años, fue pastor y gaitero como su padre, El Brujé, su abuelo y su hermano Mariano (+1953 con 73 años). Aprendió a tocar la gaita de mano de su padre. En la comarca se ha conservad el dicho «ir de pueblo en pueblo como el gaitero de La Almolda» en recuerdo de las muchas localidades a las que acudía esta famosa familia de gaiteros. En la actualidad mantiene la tradición un bisnieto suyo, Jesús Falceto, conocido como El Gaiteré, que toca a dúo con el joven almoldano Luis Badía (La tradición musical en Los Monegros, Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero).

    María José Camparola, escribió sobre Cristóbal: «El tío Cristóbal tenía muy mal genio y algún que otro rito misterioso para espantar las pedregadas. Eso sí, su gaita sonaba y sonaba, y donde estaba él estaba la gaita, sea con el ganado, sea en el pueblo… y siempre tocando, aunque no fueran fiestas» (Homenaje en Zaragoza a Jesús Falceto Lacort. Gaitero de La Almolda. Revista Montesnegros N.º 51).

“Su hermano Mariano y su hijo también fueron gaiteros. Le sucedió años más tarde Mariano Labat Pinós “El Mocé”, quien fue pionero en la recuperación de la gaita de boto aragonesa y que también tocó en el dance de Valfarta, y Jesús Falceto Lacort, biznieto de Cristóbal Falceto.”

La gaita de boto aragonesa.

«Cristóbal Falceto Aznar -el Brujo- (1869-1953), inolvidable y afamado gaitero, y don Mariano Labat Pinós -Mozé-(1936-2009) gaitero y persona clave en la historia de mantener e impulsar el dance.«

Identidad y dance: Memoria colectiva.
Máximo Gálvez Samper. Revista Montesnegros
.

“Cristobal Falceto Aznar, pastor de profesión, perteneció a una de las estirpes más conocidas y recordadas de gaiteros, Los Brujos. Quizá fue más que merecido su apodo, “El Tío Brujo”, ya que la magia de Cristobal Falceto, el Gaitero de La Almolda, ha conseguido llegar hasta nuestros días”.

Arafolk (http://www.arafolk.net/tiobrujo.php)

  • Falceto Lacort, Jesús María. Gaitero bisnieto de Cristóbal Falceto Aznar. Comenzó como volante a principios de los años 70 y luego pasó a danzante. Llega como gaitero gracias a una anécdota que da cuenta María José Camparola «Allá por 1974, aquellos años en la que la primavera se quería abrir paso a toda costa ante el invierno, Labordeta actuó en La Almolda y una manera de agasajarlo fue invitarlo a ver las medianas de la gaita del gaitero. ‘Sí, sí… esto era de un gaitero de aquí, el Brujo le llamaban’. Esas medianas las tenía la tía Carmen, tía de Jesús, y no estaba claro dónde iban a acabar y quiso el destino que en ese momento estuviera presente el padre de Jesús: ‘Estas medianas p´al chico, que aprenderá a tocar la gaita…’, asintió su tío Mariano y así fue, volante, un año de danzante y gaitero. Las medianas del bisabuelo, Cristóbal Falceto, el Brujo, acabaron en las manos del bisnieto, pero el mote no» (Homenaje en Zaragoza a Jesús Falceto Lacort. Gaitero de La Almolda. Revista Montesnegros N.º 51).

    Aprendió de Mariano Labat Pinós, con quien llegó a tocar, además de las enseñanzas del danzante mayor Ezequiel Zaballos. Jesús comenzó con gaita gallega hasta su primera gaita de boto aragonesa construida por Mario Gros Herrero a mediados de los 80. Tras enfermar Mariano Labat, Jesús tocó solo a parir de 1991 hasta la incorporación, algunos años más tarde, de Luis Badía Jaria y Jesús María Jaria.

    “A Jesús Falceto, gaitero, nieto y bisnieto de gaiteros. Gaitero de herencia. Gaitero de Dance, y más de los Monegros. Gaitero de su pueblo, La Almolda. Gaitero denominación de origen… y gaitero… por casualidad». Eugenio Gracia.
  • Labat Pinós, Mariano. El Mocé, comenzó a tocar el dance en 1969 con clarinete y, desde el año siguiente, con gaita gallega hasta que lo dejó en 1991. “Es un instrumentista con una relevancia especial, pues contribuyó al mantenimiento de los dances de La Almolda, Castejón y Valfarta y participó en la primera recuperación del dance de Monegrillo” (La tradición musical en Los Monegros, Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero).

Gaiteros/as de Lanaja

Andreu Torralba, Macario. Gaitero actual de Lanaja. «En Lanaja no tenemos constancia escrita de que hubiera gaiteros hasta 1982. No obstante, en la sierra hay una aldea escachada que en un inventario que hicimos hace años aparece como la aldea del gaitero.En 1982 quisimos introducir la gaita en el dance, nos construyeron una que fue la primera los de Biella Nuey (Mario Gros Herrero), modelo copiado de la gaita de Bestue, con dos clarines, uno el original y otro adaptado en do a los instrumentos actuales. Conseguimos para poderla pagar que el Ayuntamiento nos subvencionara la mitad creo que fueron 50.000 pesetas. El danzante que la iba a tocar, no fue capaz de hacerlo y por pura tozudez me comprometí yo mismo a hacerla sonar, sin tener ni idea de música y hasta ahora tocando «de oído». Hace unos años se incorporaron dos hermanas Alicia y Alba Escanero Macaya que integramos con más gente la «orquesta sinfónica» del Dance de Lanaja, formada por violín, trompeta, saxo y varias melódicas.» (Andreu Torralba, Macario).

Escanero Macaya, Alicia y Alba. Jóvenes gaiteras del dance de Lanaja desde el 2012 aproximadamente.

Curso 1989 de perfeccionamiento de Gaita en Monegros, programado desde la entonces Mancomunidad. Con Eugenio Gracia, Jesús Acero, Miguel A.Fraile, Macario Andreu y Eduardo Plana. Lanaja 1989. Fondo Eduardo Plana Galindo.

Gaitero de Leciñena

  • Marcén Vázquez, José. Gaitero de Leciñena, falleció en 1993.

Gaiteros/as de Robres

Actualmente el dance de Robres cuenta con los gaiteros Dani Vizcarra Capistros, Gonzalo Gracia Otín y Carlos Bolea Broset. Pronto se unirá la joven gaitera Sandra Cuello Capistros, de la saga Becana que está comenzando con una réplica de la gaita familiar.

  • Becana, Mariano. Natural de Robres, falleció en 1805. Sus hijos Francisco y Domingo continuaron con la saga familiar, siendo ambos gaiteros. “Tocaron en Robres, Almudévar y Tardienta entre otras localidades. La tradición se interrumpió por no contar con descendientes varones y las gaitas quedaron arrinconadas en una bodega hasta su redescubrimiento en fecha reciente.”  (La tradición musical en Los Monegros, Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero)
  • Becana Oto, Francisco. Natural de Robres, falleció en 1837. Con su hermano Domingo iban juntos a tocar por los pueblos (La gaita de boto aragonesa).
  • Becana Oto, Domingo.  

Los hermanos Becana dejaron de tocar la gaita en 1820, guardando las gaitas en una cesta hasta que, en 1986, el párroco de Robres, D. Carmelo Pérez las encontró. Entre estas piezas había tres largas bordonetas, cuyas características no ofrecían dudas en cuanto a su función original: «El tipo de bordoneta también era nuevo para nosotros: muy largas y construidas a escala del bordón. Eran pues las genuinas bordonetas de caña simple» (Pedro Mir y Martín Blecua: «La gaita de Robres: Clave para la gaita de fuelle en Aragón», Rev. El Pimendón, de Robres (Huesca), n.º 3 (monográfico en torno a la gaita). Feb. 1989, p. l6.).

  • Becana Val, Casildo. Gaitero de Robres, vivió a finales del siglo XIX. Decía “No le dejéis la gaita al gaitero de Pallaruelo, que no la devolverá” (La gaita de boto aragonesa). Casildo guardó las gaitas aguardando un sucesor varón que nunca llegó.

Gaiteros de Sariñena

  • Blecua Vitales. Martín. La herencia y relevancia de estos míticos gaiteros sariñenenses la recogió Martín Blecua Vitales, actual gaitero de los dances de Sariñena, Castejón de Monegros y Valfarta. Comenzó a tocar en su pueblo en 1975 con gaita gallega, recuperando el uso de la aragonesa en 1980 junto a Pedro Mir. Es una figura de gran importancia en este periodo crítico, pues aprendió su repertorio del antiguo mayoral de Sariñena Antonio Susín. Blecua colaboró en el mantenimiento musical de muchos dances, siendo sus conocimientos, talante y disposición fundamentales en la definitiva recuperación del instrumento. Ha creado escuela y cuenta con dos discípulos aventajados: Leandro Cucalón, a su vez descendiente de El Rey, y Javier Espada.” (La tradición musical en Los Monegros. Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero).

Entrevista a Martín Blecua Vitales.

  • Capitán Inglán, Vicente. “Pierretes”. Natural de Sariñena, falleció en 1967 a los 68 años. Conocido como Pierretes, fue pregonero y cestero en Sariñena. “Fue el último gaitero en activo en los años 60, por lo que acompañó muchos de los dances de los Monegros (La Almolda, Sariñena, Sena, Castejón, Lanaja, Pallaruelo, Tardienta, Valfarta…) y los de los barrios de Las Tenerías y del Rabal de Zaragoza. Además de dances acompañaba el canto de romances e interpretaba pasacalles, procesiones, bailes (Albalatillo, Usón) y rondas (Lastanosa).” (La tradición musical en Los Monegros. Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero). Antonio Beltrán Martínez se refiere a é como «señó» Vicente Capitán (El dance aragonés).

“Como gaitero fue correcto, afinaba bien el instrumento, pero como no se hacía las pitas. Al morir el gaitero de Castejón, el tío Senén, tuvo que comprarlas de gaita gallega en Zaragoza” (La gaita de boto aragonesa).

No transmitió su arte y su gaita acabó vendida, en 1963, a Doña Asunción Artero de Sena para el dance de la localidad. La gaita fue cuidada por las hermanas González y luego por Miguel Montull.  

Preludio de fiestas, con gaita:

En casa de un industrial de esta plaza, que con su laborioso esfuerzo ha sabido situarse en la primera línea del comercio sariñenense; abordamos al popular Vicente Capitán.

El amigo Morén, que es el industrial a que me refiero, nos recuerda el olvido que hemos tenido en nuestras pasadas crónicas de esta «institución» popular que se llama «el señor Vicente».

Es cierto. Este hombre tiene la múltiple condición de agente municipal, voz pública, cestero, danzante y gaitero.

Parece raro; pero es así; en Sariñena tenemos un gaitero, que no es el de Gijón; pero que toca la gaita con esa meliflua cadencia que es tan necesaria para el ritmo de la danza, que es un viejo rito. Pues no se crea usted que no está solicitado el señor Vicente; desde Zaragoza hasta Graus; desde Huesca hasta Balaguer…

Cuando los primeros cohetes atruenen el espacio y las campanas se lancen al vuelo, apenas dormido el eco, el señor Vicente tomará su gaita, la inflará y soplará luego es melodía que acompañarán los dances de Sariñena al ritmo de sus bastones y sus aceros bruñidos.

Nueva España – 31 de agosto de 1951.

  • Cucalón Palacio, Leandro. Gaitero actual del dance de Sariñena. se inicia a partir de un taller de gaita impartido por los hermanos Plana, descubriendo que su bisabuelo respondía a uno de los mejores gaiteros sariñenenses, Sixto Lana Muro «El Rey». Además de ejercer de gaitero en el dance de Sariñena lo hace en los dances de Castejón de Monegros, Pallaruelo de Monegros y Valfarta.
  • Cucalón Cano, Mario. Gaitero de Sariñena en la década de 1980. Con once años, pasó de volante del dance de Sariñena a Gaitero. Aprendió a tocar la gaita de la mano de Antonio Susín Palacio, con el clarín pues le costaba abrazar el boto. Comenzó con gaita gallega y luego aragonesa, esta última que forró con piel de una culebra que el mismo cogió por la zona de las Barceladas de Sariñena. Ejerció como gaitero del dance de Sariñena entre 1974 y 1981, cuando tuvo que realizar el servicio militar. Eduardo Plana Galindo lo señala por su alto nivel como gaitero, además «Acompañando con su instrumento a la orquesta de Sariñena Los Kents y Rios-Kents Swou. Hecho sin duda de una enorme relevancia en relación a Gaiteros y Gaitas en los Monegros.»

Mario Cucalón. El dance aragonés, Beltrán Martínez, Antonio.

  • Espada, Javier. Gaitero actual del dance de Sariñena.
  • Lana Muro, Sixto. “El Rey”. Natural de Capdesaso, nació en 1856 pero avecindado en Sariñena, falleciendo en 1936. Es recordado por quienes lo oyeron por su maestría y elegancia al tocar. El siñó Sixto enseñó a varios gaiteros, entre otros a Vicente Capitán, a quien cedió la gaita al retirarse. Acudía a tocar a bodas, bautizos y fiestas en numerosos lugares: Castejón de Monegros, Sariñena, Huesca, donde acompañaba a la comparsa de gigantes y cabezudos, o Zaragoza, en cuya catedral de La Seo tocaba «para misa” (La tradición musical en Los Monegros. Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero). En Sariñena trabajó como pastor (La gaita de boto aragonesa).
  • Mir Susín, Juan. Natural de Sariñena falleció en 1996. Fue rebadán del dance de Sariñena hasta que consiguió la gaita aragonesa de El Malo y sustituyó a Capitán en el dance de La Almolda hasta 1968 y en Sariñena hasta 1975. Fue el último gaitero con gaita aragonesa en los años 70, aunque tocaba sin bordón ni bordoneta y usaba pitas gallegas compradas en comercios de Zaragoza.

Murió el 15 de noviembre 1996. “Sucedió a Vicente Capitán. Heredó pocos conocimientos, pues tocaba sin bordón ni bordoneta; sólo usaba el clarín con pitas de gaita gallega” (La gaita de boto aragonesa). “Tuvo el honor de ser el último gaitero aragonés heredero. Por problemas de salud dejó de tocar en público.» (La tradición musical en Los Monegros. Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero).

  • Navarro, José. Gaitero del dance de Sariñena fue conocido como el “Zaragozano”. Acabó emigrando a Barcelona. “Coetáneo de Capitán, se recuerda a otro gaitero, José Navarro, El Zaragozano, que interpretó en varias ocasiones el dance de Sariñena” (La tradición musical en Los Monegros. Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero).
  • Tella Bornao, Teodoro. Hijo del gaitero Tomás Tella Castán “El Malo”, falleció el 24 de noviembre de 1959, a los 60 años (La gaita de boto aragonesa). Heredó gaita y conocimientos, aunque únicamente tocó en Sariñena (La tradición musical en Los Monegros. Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero). Su gaita fue comprada por Juan Mir Susín.
  • Tella Castán, Tomás. “El Malo”.  Natural de Sariñena, falleció en 1934 a los 65 años. Fue también pastor y pertenecía a la familia de Casa el Gaitero y parece ser que construyó su propia gaita. “A pesar de su apodo familiar, los que le oyeron tocar le reconocen como un gran instrumentista, el mejor de su época. Tocó en Sariñena, Pallaruelo, Sena, Castejón, Tardienta, Huesca, Zaragoza o pueblos de Lérida como Almacellas” (La tradición musical en Los Monegros. Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero). “Excelente gaitero que, a juicio de los abuelos de Castejón de Monegros y Pallaruelo de Monegros, fue el mejor gaitero de Sariñena” (La gaita de boto aragonesa).

Gaiteros/as de Sena

Antiguamente hay constancia que acudían gaiteros de Sariñena y Tamarite, a principios del siglo pasado (Siglo XX), La mundanza Arroyuelos a la mar la llamaban “Arrubielos”, porque así la llamaban los gaiteros de Tamarite. En una foto de 1920, de Ricardo del Arco, aparece el gaitero “El Malo”. Mosén Miguel Huget, párroco de Sena, llegó a ejercer de gaitero en la localidad monegrina. 

Primer Curso de Gaita en Sena. Con Daniel Ardanuy, Alberto Uriol, Eduardo Plana, Carlos Plana y Jaime Ramón. Sena 1991. Fondo Eduardo Plana Galindo.

  • Montúll Simón, Nuria. Aprendió de Carlos y Eduardo Plana Galindo y desde el 2013 ejerce de gaitera en el dance de Sena. Nuria está haciendo escuela, desde el 2017 dulzaina y del 2021 de gaita. Cuenta con jóvenes gaiteros y gaiteras que van tocando en el dance de la localidad: Clara Sese Períz, Marian Pellicer Soler, Vera Villafaina Soler, Alejo Villafaina Soler, Héctor Castel Campos y Leo Barrau Robledo.
  • Plana Galindo, Carlos (1965). Gaitero de Sena desde 1978.
  • Plana Galindo, Eduardo (1963). Gaitero de Sena 1978.

Carlos y Eduardo Plana Galindo aprendieron y recuperaron la gaita de boto y acompañaron a Jaime Ramón, como gaiteros en Sena. Comenzaron con los cursos para nuevos gaiteros. Los primeros a quienes enseñó Carlos, ya en la década de los 80, fueron Daniel Ardanuy, Alberto Uriol y Miguel Uriol. Los dos primeros fueron Gaiteros titulares de gran nivel en el Dance de Sena durante muchos años y hasta hace poco. En sucesivos cursos y cronológicamente, se iniciaron, Ernesto Montull y Fran Sesé. Ya a partir de 2010, se iniciaron con Carlos y Eduardo: Ramón Plana, Jorge Suelves, Elvira Plana, Belén Plana y Nuria Montull. Igualmente, en esa época lo intentaron, Concha Santamaría y Daniel Nerin. En 2019, comenzó, aprendió y tocó en 2021 la gaita con el dance de Sena, Gonzalo García. (Plana Galindo, Eduardo).

Carlos y Eduardo realizaron varios talleres en Sena, de luthiería y de técnica. Luego, Eduardo hizo dos de luthiería en Zaragoza (1992) y Bujaraloz (1993). En Zaragoza continúan los de técnica de forma estable hasta hoy, en Casa Xixena del Arrabal. Carlos hizo todos los demás: Albalate, Barbastro, Jaca, Poleñino y Huesca, donde luego siguió de forma estable, continuando su legado en la Escuela Municipal de Huesca, donde creo la especialidad con los primeros talleres (Plana galindo, Eduardo).

Primeras Gaiteras de Sena. Con Belén Plana, Elvira Plana y Ramón Plana. Graus 2006. Fondo Eduardo Plana Galindo.

  • Plana Vargas, Ramón. Aprendió de Carlos y Eduardo Plana Galindo y desde el 2013 ejerce de gaitero en el dance de Sena.
  • Ramón Bitrián, Jaime. Natural de Sena, aprendió las mudanzas del dance de su pueblo con mosén Miguel Huguet, párroco de Sena y defensor de la pervivencia del dance. Aunque inicialmente intentó utilizar el viejo instrumento de Vicente Capitán, a quien compró la gaita, tocó el dance de Sena con gaita gallega. Desde 1987 sigue haciéndolo con gaita aragonesa en compañía de los hermanos Carlos y Eduardo Plana.  (La tradición musical en Los Monegros, Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero). En la década de 1980, Antón Corral de la Universidad Popular de Vigo reprodujo las piezas de la gaita conservada en Sena. 
  • Suelves Mur, Jorge. Aprendió de Carlos y Eduardo Plana Galindo y desde el 2013 ejerce de gaitero en el dance de Sena.

Curso 2013 de Gaita en Sena. Con Ramón Plana, Belén Plana, Jorge Suelves, Nuria Montull, Eduardo Plana y Jaime Ramón. Fondo Eduardo Plana Galindo.

Gaiteros de Tardienta

En el dance de Tardienta, la gaita estuvo presente durante muchos años. Hay constancia del gaitero de Robres Mariano Becana o Tomás Tella Castán y Vicente Capitán Inglán de Sariñena, que se acercaban a Tardienta durante las fiestas para la interpretación de sus mudanzas. El dance de Tardienta se perdió hasta su recuperación a finales de los años 70. Sergio Martínez Rui (El dance de Monegros. A partir de un estudio particular del dance de Tardienta y un proyecto de recuperación del dance de Grañén), cita la presencia en 1981 de los gaiteros Elias Abadía Aso y Francisco Peleato Estaún, según información proporcionada por la Agrupación Cultural “Santa Quiteria”. Villa de Tardienta.

  • Abadía Aso, Elías.Tocó, de forma autodidacta, la gaita gallega para acompañar el dance desde 1983 a 1987.” (La tradición musical en Los Monegros. Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero).
  • Peleato Estaún, Francisco. Autodidacta con Elías Aabadía. Ambos, con dos gaitas gallegas comenzaron a acompañar el dance «En solitario en un principio y, posteriormente acompañados por la magnífica Banda «El Guante Blanco» de Tardienta que, desde su formación y hasta la actualidad, se encargan de la parte musical.» (Danzantes de Tardienta).

«En el año 2010 la gaita de boto llegó de nuevo al dance de Tardienta, gracias a la afición de uno de sus danzantes y de José Manuel Barluenga y Álvaro García, únicamente para la interpretación del ofertorio (popularmente llamado «tiroriro») en la misa del 23 de mayo. Actualmente, José Manuel y Alfredo Viñuales, miembro de la banda, se encargan de que el sonido de la gaita este presente en el dance de Tardienta» (Danzantes de Tardienta).

Gaiteros de Valfarta

  • Ballarín, Agustín y Labrador, Daniel tocaron en alguna ocasión las dianas con una antigua gaita gallega en el primer tercio del siglo pasado. (La tradición musical en Los Monegros. Luis Miguel Bajén García y Mario Gros Herrero).

Antonio Blas Samper Gerico, Mayoral de La Almolda


Antonio Blas Samper Gerico nació en Leciñena, el 2 de mayo de 1949, aunque prácticamente ha vivido toda su vida en La Almolda; donde eran naturales sus padres. Mecánico, herrero, mayoral del dance e incluso ha ejercido de alcalde. Con Blas, como le conocen en La Almolda, repasamos su vida y con ella parte de la vida de localidad monegrina. 

Su padre era tratante de cerdos, tristemente falleció al poco de nacer Blas, en octubre del mismo año. Por ello, la familia se trasladó a La Almolda donde Blas se crio con su madre y abuelos maternos. Su madre trabajó en la fábrica de géneros de punto de La Almolda “Hacían tejidos que mandaban a Barcelona donde hacían las ropas”. En la fábrica llegaron a trabajar entre unas 15 a 20 mujeres.

Blas fue a la escuela de La Almolda hasta los 10 años, luego pasó a los pasionistas de Zuera, en San Gabriel, donde estuvo tres años. Por La Almolda solía jugar mucho al boli “Con una vara larga, de unos 80 cm, y otra de 20cm con punta a los dos lados. Con la vara larga había que darle a una punta de la corta y cuando saltaba, una vez en el aire, se le tenía que golpear”.

En La Almolda se ha vivido de la agricultura y la ganadería lanar, principalmente, cuenta Blas. Además, han tenido viñas, almendreras, olivares. El agua era escasa, la recogían de balsas, principalmente de la balsa buena, y la almacenaban en tinajas y aljibes. Para los animales la iban a buscar con cubos y en el pozo de la Val tenía una noria por la que sacaban agua para el ganado y las caballerías. Cuando no había agua tenían que ir a cogerla a los aljibes de Pina de Ebro, sin que les pillase el forestal, pues les hacía vaciar los pozales de agua. Solían ir a buscar agua con cubas de 300 o 400 litros con un par de mulas y, para que no les pillasen, salían por la noche a las tres de la mañana.

Se hacía yeso, aún quedan muchos hornos antiguos por La Almolda, incluso había un molino de yeso. Las piedras de yeso “los chesos” se cocían en hornos de arco, hacían leña con sisallos y luego, una vez cocidas, las piedras se molían obteniendo el yeso. Para construir iban a Albalatillo a buscar gravas.

Hacía Caspe y Batea vendían paja que se cambiaba por aceite “Se aprovechaba para hacer algo de estraperlo que se escondía entre la paja”. La empresa Carreras compraba esparto y lo que no valía, las raíces “peines”, también conocido como “la borra” lo acumulaban y los zagales iban a tirarse y “rebulcarse”. Cuando llovía se ponían a hacer fencejos, que en La Almolda se les conocen como “Vencejos”.

A los 14 años, Blas volvió a La Almolda y bajó a Bujaraloz a aprender mecánica en el taller Tractorauto. Estuvo hasta que tuvo que realizar el servicio militar a los 21 años. Después, estableció en La Almolda su propio taller como mecánico, evolucionando con el tiempo hacía la herrería: Rejas, barandillas, arreglo de aperos agrícolas…

Blas ha sido y es muy activo, fue presidente de la rondalla local Ecos de la Sierra, ha estado en la comisión de fiestas, concejal durante cuatro años y ha ostentado el cargo de alcalde de La Almolda ocho años.

Actualmente ejerce como mayoral del dance de La Almolda tras dejarlo su tío Luis Samper Boned. El dance lo celebran para Santa Quiteria y San Urbez, realizando mudanzas de palos y espadas junto al gaitero. Los días 22 y 23 de mayo realizan las despertaderas y a las seis de la mañana van tocando por todo el pueblo, cantando coplas, principalmente mujeres.

El día 21, a las cinco de la tarde, se danza por las calles por donde hay capillas de santos “Se sale de la plaza de España y se danza ante cada santo”.  Luego, los mayordomos de cada santo invitan a un picoteo, antiguamente dos bizcochos a cada danzante y vino “Ahora sacan de todo”. Suelen acabar a las diez de la noche.

A las siete de la mañana realizan el rosario de la aurora, pero antes hacen la despertadera que va despertando a los danzantes a las seis de la mañana para acudir al rosario. En el el rosario se da una vuelta al pueblo en procesión, los días 22 y 23 a las ocho de la mañana. Luego se baja a casa del mayoral a tomar una copa de anís y unas avellanas.

A las diez de la mañana acuden a la plaza, el primer día de procesión suben a Santa Quiteria, hasta las piscinas (Antigua balsa) danzando y luego andando hasta la ermita. Se hace misa y los danzantes forman dentro de la iglesia. Luego se danza fuera, en la replaceta de Santa Quiteria, y se baja hasta las piscinas para volver a hacer procesión hasta la iglesia, bajando en formación con la banda de música de La Almolda. En la plaza de la iglesia se danza frente al ayuntamiento y luego se procede al vermut a costa de los mayorales de la cofradía.

A las diez de la noche se forma en la plaza para subir con las autoridades a la iglesia y luego a la plaza. Es la noche en que se realizan fuegos artificiales. El segundo día dan vueltas al pueblo en vez de subir a la ermita.

El día 24 hacen una comida todos los danzantes.

El dance actúa tanto con gaitero como con la banda municipal. El antiguo gaitero era Cristóbal Falceto y actualmente ejercen José María Falceto Lascort y Luis Baria Jaria. Mariano Labat Pinos empezó con el clarinete. “El dance de La Almolda tiene que ser rápido, pero no corrido, lo hace el gaitero, de siempre tiene que ser repiquete, se tiene que dar muy rápido, cinco palos en muy poco tiempo”. Danzan siete cuadros “El dance está vivo, aunque es difícil ensayar la gente lo lleva muy adentro y se hace con mucho cariño e ilusión”.  Su abuelo Constantino Samper Jaria también fue mayoral, hasta 1962, y su hijo Máximo Samper Bonet hasta 1982. Blas lleva como mayoral unos diez años, lo lleva en la sangre.

El dance de La Almolda quedó recogido por Ezequiel Zeballos Carreras (1922-1993). Ezquiel fue carpintero y danzante mayor y autor del libro Costumbres Tradicionales y Apuntes Históricos del Dance de La Almolda (1988), donde recopiló todo, mudanzas.

Blas lleva el dance en el corazón, al igual que La Almolda. Atesora recuerdos y sabiduría, un amor a su tierra y a su gente, aunque se lamenta “Por 1940 había unos 1800 habitantes y actualmente escasamente somos unos 350 vecinos viviendo”. Aunque La Almolda aún conserva esa fuerza vibrante de su dance, de su empuje de su gente por su pueblo, de esos ecos de la sierra y voces de jota, de ronda y pasión. La Almolda, alma de Los Monegros.

Barrio de la Estación


Segundo premio.- XXII CERTAMEN DE LITERATURA «MIGUEL ARTIGAS” Monreal del Campo.- Año 2022.

Este relato se basa en una foto que existe en realidad y que fue realizada -posiblemente en 1933- por un fotógrafo desconocido en un barrio rural ferroviario.

El topónimo Parrasernil es ficticio.

Rosalía y Dionisio y sus hijos Lourdes y Esteban en el Barrio de la Estación de Sariñena.

Por Victoria Trigo Bello .

A mi padre.

Barrio de la Estación

Aún pudo ver y verse mi padre en esa foto con las últimas luces de sus ojos. Hija mía, hija mía, sollozaba mi niño anciano y rendido… Esa foto, salvo en el número de personajes, se parece un poco al cartel de la película Los Santos Inocentes. A Delibes le hubiera inspirado una familia tan pobre, la misma que compondría una estampa pintoresca para aquel fotógrafo anónimo que recogía las imágenes de una barriada crecida junto al ferrocarril. A Delibes y a su castellano profundo les habría dictado una novela esa familia con lo mejor de su armario, varada en ese tiempo desde el que miran los muertos, una familia con la sorpresa de ser fotografiada allí, en el Barrio de la Estación de Parrasernil, a pocos metros de donde la vida era un estruendo de ruedas y del fuego que circulaba por los carriles.

Esa foto hoy comparte escritorio con mi ordenador. Como telón de fondo de la misma, tras el grupo aparece una parcela de planta única, vivienda alquilada por lo poco que pudiera permitirse un sueldo de mozo de tren asignado a esa estación, que llegó con su mujer y con una hija y apenas instalados vio nacer al heredero de su miseria al que tuvieron que meter en agua helada para que rompiera a llorar. Mis abuelos con expresión de estupor, ambos sentados en el centro de la escena. Ella, repeinada, mira con la desconfianza propia de una montañesa que sabe de las soledades de mil senderos de herradura y de la aspereza de una aldea perdida donde vale más un buey que una persona. Tiene a su izquierda a la primogénita, de cinco años y con la falda levantada por una ráfaga que le deja la braga al descubierto. El patriarca, envejecido de todos los peonajes de sol a sol que jalonaron su juventud, luce su chaqueta que huele a alcanfor, la que se pone con el pantalón bueno -el de tela de rayita y que también huele a alcanfor-, y calza los zapatos brillantes de cuando se casó -que le incomodan porque sus pies tratan más con las alpargatas que con el material fino del calcero para señoritos-, sostiene un cigarro de picadura en su mano diestra y con la otra respalda al chaval. Por último, este chaval, una criatura con un triciclo famélico al que una piedra ante la rueda delantera frustra el intento de escapar del posado.

La estación era el arrabal, el Gólgota de los obreros donde el tiempo y la existencia se medían en trenes. Ningún reloj mejor que el péndulo de esos dioses de hierro en sus idas y venidas, la carbonilla como estela, el vapor acolchando la mordedura de bielas y contra bielas. Una iglesia pequeña, suficiente para almas sin otra esperanza que la de marchar. Una cantina en la que algún trago de más y alguna mala racha en los naipes suponía más dificultad en la dificultad. Y los trenes, los trenes cargados de noches gélidas o de soles de brea, espadas que atravesaban ese paisaje de tierra roja, tierra de carne y sangre que adivinaba la proximidad de una guerra y que intuían que con ella todas las desgracias conocidas resultarían, por comparación, penurias aceptables, pecados veniales que con un poco de penitencia serían perdonables y no supondrían nada más grave que un diminuto borrón en un lienzo inmenso.

Esteban Trigo Estúa en la Estación ferroviaria de Sariñena.

El casco urbano de Parrasernil era otra cosa, otro planeta. Parrasernil era el pueblo. Parrasernil era la laguna, el ayuntamiento, las aceras, la escuela, las casas más habitables, el palacete venido a menos –la parte baja eran cuadras- pero con un escudo que hablaba de una lejana hidalguía, los edificios para gente que, aun siendo humilde, no se rozara mucho con el mal. El mal verdadero y mayúsculo se quedaba en el Barrio de la Estación, en sus calles polvorientas, en el paso a nivel que se abría y cerraba como las fauces de un monstruo. El mal era aquel calor que se pegaba amarillo y pajizo a las paredes, el otoño larguísimo como una culebra o una maldición, las lluvias que caían con desgana, hijas de nubes aburridas, los cristales eternamente sucios, las bombillas heridas de melancolía, los gatos apedreados, la jaula de una cardelina muda. El mal era el hambre en la infancia de rodillas huesudas, en las botas de puntera descosida, en la roña tras las orejas. El mal era el aviso de los trenes taladrando el silencio sin cesar, esposados a la vía hasta que se cayeran a pedazos.

Mi padre conservaba esa foto amortajada como un cadáver que no quería enterrar por completo. Era el fósil de su niñez, el único vestigio de su lugar de nacimiento en un verano de moscas que tejían su plaga sobre el cesto en que lo dejaba su madre para irse a lavar la colada de quien pudiera pagarle por la ofrenda de su espalda sacrificada, por sus manos de esparto, con las uñas comidas por la sosa. Esa foto de los cuatro ante la parcela, esa foto de esos pobretones hoy a pocos centímetros de la pantalla donde desfilan cotizaciones de bolsa y valores con los que configuro un sinfín de gráficos e informes, fue rescatada por mí cuando buscaba la póliza de decesos suscrita por mis abuelos en la década de los cuarenta, cuando se puso de moda asegurarse un hueco digno para los restos mortales. Me iba a tocar en breve utilizarla y ya se había interesado gentilmente por ella la directora del geriátrico para saber a quién llamar si usted no estuviera localizable cuando se produzca el óbito.

Esa foto me traslada a las últimas semanas de mi padre, cuando él deambulaba penosamente con el andador por los jardines, todavía saludando a otros residentes entre resoplidos asmáticos, sus paseos de calvario –los médicos, erre que erre en que saliera a tomar el aire- antes de fracturarse la otra cadera y quedar definitivamente encamado. Esa foto en sepia, con sus piernecillas tiernas en tensión, sus músculos aún de leche, pero ya rabiosos sobre los pedales como jinete en un caballo torpe, sus labios apretados tragando aquella frustración, negando una sonrisa al hombre desconocido que se la pediría tras una cámara montada sobre un trípode, marcó un hito en la vida de mi padre. Ese día de la foto, mi padre descubriría que no había camino posible con la barrera de un guijarro cerrándole el paso. Ese día mi padre aprendería a perder, a prensar la ira mandíbula contra mandíbula, a aguantar esa detención, esa brida, porque un fotógrafo daba órdenes y todos le obedecían.

Aún pudo ver y verse mi padre en esa foto con las últimas luces de sus ojos. Hija mía, hija mía, sollozaba mi niño anciano y rendido. Aún pudo sostenerla con sus manos ya abanico de venas secas, archipiélago de manchas, flores de cementerio. Aún pudo sonreír su rostro de mejillas hundidas al chiquillo que se empinaba sobre los pedales de aquel trasto, quizás préstamo de algún amigo un poco menos pobre. Aún pude yo encontrar en las piernas lacias de mi padre moribundo -sus pies presos en las taloneras, con las úlceras ansiosas de graparse a su pellejo- la fragilidad de aquel niño que no podía remontar el dique, la oposición de esa piedra. 

Enmarqué la foto y la coloqué como detalle vintage en mi despacho de ejecutiva. Aunque cercana a mi jubilación, no quiero privarme de esa imagen en el lugar donde desde hace muchos años paso más horas que en mi casa. He pensado también en el regreso que cinco décadas después del disparo de aquel fotógrafo hicimos al Barrio de la Estación con mi padre -entonces ya padre y abuelo-, para rastrear algún vestigio, algún hierro de triciclo oxidado que aún latiera por allí. He pensado en la búsqueda infructuosa que hicimos de alguna brizna de raíz, en nuestro tímido pulsar el timbre de la puerta de una casa –la única que parecía habitada-, en pronunciar el apellido Clavería ante una mujer, aproximadamente de mi edad, que hizo salir a su marido, algo mayor, y en cómo, entre ella y él, los dos a una, apenas pudieron tejer una sombra de lo que fuera aquel ayer tan lejano. Que si la harinera, que si una firma de gaseosas, que sí, que sí, que en una parcela hubo una pareja que venían -¿de dónde dicen ustedes que eran…?- con una chica y pronto les nació un chico, pero que no podían precisar más, porque todo eso era lo que ellos habían oído contar de siempre… De siempre y ya de nunca. Y luego, en aquella visita a Parrasernil, mi padre, cincuentón de buena planta, posó con estilo de actor bajo el cartel que identificaba la estación, jefe onírico de aquellos trenes tan perdidos.

Esteban y Victoria Trigo.

He pensado en lo que serían esos amaneceres de somier de paja y sábana basta, con el sueño hecho ojeras, los adultos siempre madrugando para hacer cualquier chapuza para algún amo pasajero, que la nómina del tren daba poco de sí. Lo que usted mande, no se preocupe. O si no me paga ahora, ya me dará algo para mis hijos, que les gustaron mucho los bollos y el chocolate de la semana pasada. He pensado en ese cuarteto de mis abuelos, mi padre y mi tía, ante la novedad de un fotógrafo, en el repetido estate quieto, hijo mío, no seas travieso, que este señor nos va a retratar. He escuchado a mi abuela preguntar si aquello costaría mucho dinero. He escuchado a mi abuelo responderle que no importaba, que así tendrían una foto para enviar a los parientes de Argentina, para que vieran qué majos estaban los chicos. He escuchado a mi tía decir que hacía frío, que se le metía el aire en los ojos, que le daba miedo aquel hombre tan serio que se escondía al otro lado de ese armatoste. He escuchado a mi padre insistir con un quiero marcharme y exprimir un chirrido de aquel cacharro, aquel jamelgo rodante que se negaba a avanzar.

Y también he escuchado la agonía de esas locomotoras cansadas pero a pesar de ello siempre grandiosas con su cargamento larguísimo, diosas descendientes de dinosaurios que evolucionaron del reino animal a un reino metalúrgico en el que latía un infierno. Y los juramentos de algún fogonero si el carbón era de mala calidad y las paladas resultaban insuficientes para alimentar aquel vientre de fuego. Y el silbato del Jefe de Estación que, banderín rojo enrollado, daba la salida a un maquinista que se sentiría, quizás, piloto de un avión que volaba por tierra.

Y junto a ellos, como coro gris e imprescindible decorado de la epopeya ferroviaria, he visto a los viajeros de maleta pobretona y pañuelo paquetero asomados a esas ventanillas para los adioses añadidos. He visto a las mujeres de abrigo raído y medias de muchos inviernos. He visto las lágrimas de todos los nunca jamases, las últimas recomendaciones en el andén. Porque la gente, más que venir se iba. Era raro ver a alguien esperando a quien llegara. Era raro un abrazo de bienvenida. Y, como bastidor del escenario, las traviesas crucificadas bajo aquellos carriles que las convertían en teclas de un piano trágico.

En esa foto de aquella familia ferroviaria está la negación de la esperanza. Y ahora yo, con mi padre ya ceniza a pie de vía, retorno a ese instante ahogado en el océano de trenadas de esa playa parrasernillense hoy casi desierta. Y desde la nostalgia heredada puedo inventar la historia de un crío navegando con un triciclo por los charcos, un crío al que un día cualquiera, un día sin marca alguna en el calendario, llama su padre desde lejos para que vuelva a casa. Allí, en el reducido comedor de aquella parcela, un señor se toma una copita de anís y dice al padre que les hará la foto en cuanto estén los cuatro listos, que mejor que no tarden para aprovechar la luz, que pronto dejará de ser tan buena para impresionar el negativo. Y su padre contesta que enseguida, como usted diga, y lleva al hijo recién entrado de la calle a lavar las manos y la cara con una astilla de jabón que huele a sebo que hay junto a un cubo de cinc que reposa en el pequeño patio interior, bajo los tendedores de alambre, cerca del ponedor donde una gallina vieja ejecuta cada pocos días el milagro de un huevo para alejar un poco la sombra del cuchillo. La madre, que ya ha abrochado a la chica los zapatos de ir a misa el domingo, aguarda a su retoño con una camisita limpia, sacada del paquete de ropa que recibieron de unos primos de Madrid, que les mandan todo lo que ya no sirve a sus hijos.

El fotógrafo comienza a preparar su equipo. Primero sale el padre, con orgullo de cabeza de familia, que pone dos sillas ante la puerta de la casa. Le sigue la madre, con las dudas de qué se le ha perdido allí a ese individuo un tanto atildado, de bigote pelirrojo y manos blanquísimas, que les ha entregado una tarjeta con la dirección de su estudio en Barcelona –la abuela, analfabeta, coge con recelo ese rectángulo de cartulina- y el artista visitante asegura que enviará antes de un mes la fotografía. Mejor dicho, las fotografías, porque serán dos copias, que el señor me ha pedido una para sus parientes, ¿verdad? Tras mi abuela va la chica, vergonzosa, que se arrima a su madre y, a regañadientes, se separa un poco obedeciendo al fotógrafo. Venga, guapa, no te pegues tanto a tu mamá, que llevas un vestido muy bonito y no lo vas a lucir. No, no coja a la chica en brazos, que ya es muy grande, no se la ponga encima. La chica ha de estar de pie y a su derecha, señora. Usted está ahí bien, sentada junto a su esposo. Por último él, mi padre, que no ha consentido en dejar dentro de casa el triciclo. Bueno, no importa, queda bien el niño así, con los pies en los pedales, aclara el fotógrafo. A ver, ahora miren todos aquí sin pestañear… No, no, no, que el chico se mueve. Nuevo intento. Otra vez el crío haciendo mención de largarse. No, hombre de Dios, no le pegue al chico que si se pone a llorar será peor porque perderemos más tiempo. A ver si esto sirve para conseguir que se esté quieto… Y el fotógrafo del bigote pelirrojo y las manos blanquísimas, se agacha, coge una piedra y la coloca allí, en la base de la rueda delantera, como un cepo que la amarrara y la soldara al suelo. Y mi padre callado, impotente ante esa piedra que ha hecho encallar su triciclo.

Ya está. Mire, ya que ha sido usted tan amable de invitarme a esa copita, le hago un descuento y así la mujer se queda más tranquila. Seguro que habrán salido los cuatro estupendamente. Yo conozco bien mi oficio. Antes de un mes pondré en camino la fotografía. Dos fotografías, sí señora, dos. Luego, lo que tarde en llegar, que eso ya no depende de mí. Sí, descuide caballero, que ya he anotado las señas. Sí, le prometo que en letra bien grande pondré Parrasernil y, en letra aún mayor, Barrio de la Estación, para que no se pierda dando vueltas por la localidad. No, si la quieren enmarcada, eso es otro precio, señor mío. Además, hágame caso, aunque costara lo mismo, mejor enviarles solo la foto –dos fotos, señora, dos, duerma tranquila-, porque seguramente les llegaría el cristal roto, que ustedes mejor que nadie sabrán lo mal que tratan los paquetes en estos furgones, que agarran las sacas del correo y las lanzan como si las quisieran despeñar. Luego ya, compren un marco en Lérida o en Zaragoza. O quizás lo haya en Huesca, que para algo es también capital de provincia. La verdad, no creo que en un pueblo tan pequeño como Parrasernil haya alguna tienda de cosas finas así, vamos, me extrañaría mucho. Y gesticulaba como si sus brazos remataran en abanicos en vez de en manos.

Para la abuela, cada vez que veía pasar al cartero era un interrogante. Que no, mujer, que no hay nada a nombre de ustedes. Joder, qué pesada, todos los días preguntando. ¿Se cree que voy a quedarme para mí algo suyo? Igualmente cada día, bronca con el abuelo. Que si ese fotógrafo les había sacado los dineros y no les iba a enviar nada. Que si a saber si se perdía el sobre. Que si en mala hora le habían pagado por adelantado, que si algo quería ese hombre, que hubiera vuelto con la foto –con las dos fotos-, y entonces, después de ver si merecía la pena el resultado, le pagarían. Y el abuelo, harto de escucharla, le replicaba siempre lo mismo. ¡Qué termita eres, como si fuera el fin del mundo que ese floripondio nos hubiese timado! ¿Para qué iba él a querer la foto de unos pobretones? ¿Te crees que no fotografiará a gente importante y se sacará copia bien grande de militares y actrices, para poner en el escaparate? Y la abuela, vuelta a la carga de que eso de la foto sería una estafa, un sacaperras. Entonces el abuelo, incapaz de hacerla callar, pegaba un golpe en la mesa y se marchaba a la cantina dando un portazo.

Pero el sobre llegó cuando el tema estaba casi olvidado. En papel marrón rígido, con las señas puestas como había dicho el remitente, recibieron la foto –las dos fotos- y quedó atrás la pesadilla de la abuela de haber tirado el dinero y las discusiones con el abuelo. Y era cierto lo anunciado por el fotógrafo: habían salido muy bien. Hasta el vestido de la cría abanicado por el viento les hizo gracia. Fíjate, qué moza se le ve ya, apuntaría la abuela. Y mira el chaval, qué fuerza se le nota en las piernas, añadiría el abuelo satisfecho de la bravura que apuntaba su vástago.

Y, casi al instante, se pondría a buscar papel fino para escribir con bastante soltura a los parientes de Argentina. Queridos todos: os mandamos una foto para que conozcáis a los chicos. Nosotros vamos tirando, gracias a Dios. Ya nos contestaréis y nos diréis si os ha gustado. El crío no se quería estar quieto y el fotógrafo le puso una piedra delante de la rueda, ¿la veis? Ya llevamos dos años aquí en Parrasernil, en el Barrio de la Estación. En cuanto pueda, pediré cambiar a otro destino y a ver si allí encontramos una casa más grande, porque otra vez estamos esperando familia. Nos va mal, pero hay que aceptarlo a ver si trae un pan bajo el brazo. Nos da igual si es chico o chica con tal de que venga bien. ¿Qué tal estáis vosotros? Escribidnos pronto, que nos agradará leer lo que contéis. No sé cuándo os llegará la presente. Aquí termina el verano y ya hay alguna tormenta. Recibid el cariño de vuestros hermanos y sobrinos que no os olvidan.

Aún pudo ver y verse mi padre en esa foto con las últimas luces de sus ojos. Hija mía, hija mía, sollozaba mi niño anciano y rendido.

Los trenes rugían al otro lado, muy cerca. Él ya no podía pedalear.

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Cae agua nieve, matacabras, solían decir las gentes del lugar, por aquí la nieve rara vez cubre la tierra. El invierno suele ser duro, con sus heladas y boiras dorondoneras, las rosadas y sus gotitas de hielo posadas, como frágiles pajarillos, en las finas ramillas, que parecen querer escapar. Las hojas caídas, los árboles desnudos contrastan con los de hoja perenne, aquellos que aparecen inmutables al rigor de las bajas temperaturas, como si el tiempo no fuese con ellos. Antes se helaban las balsas y se recogía el hielo, se guardaba para verano. Antes las chimeneas humeaban el fuego que respiraba las historias y relatos que se contaban a su alrededor. Ya no se cuentan, ya no se sienten.

El abuelo alimenta el fuego, añade troncos que pronto comienzan a prender, atiza el fuelle y brincan las purnas, hay quien pide un deseo en esa noche estrellada, de estrellas fugaces. – ¡Ojalá siempre todo hubiese sido igual! -. Yaya da vueltas al puchero que condimenta con romero y tremoncillo, canturreando una de sus muchas melodías que aún me acompañan las solitarias tardes noches de invierno. Su dulce voz y bravas jotas. La silla coja, aún siento el balanceo, el traqueteo, y el olor a humo, patatas asadas, tostadas con ajo, los abuelos en la cadiera calentándose los pies y manos. Las manos de yaya cogiendo las mías, el gélido aire llamando a la ventana, silbando, y la luz parpadeante del mismo fuego que va consumiendo un tiempo ya agotado.  

El guirlache, el vino rancio del abuelo y yaya con su toquilla y sus patucos de lana, la boina y el viejo bastón de abedul del yayo, con su risueña sonriseta callada, sus gestos y sus manos tan duras que tanto extraño, como sus ojos brillantes que no paraban de mirarme, llenos de complicidad. Se me arremolinan los recuerdos, me hacen un nudo en la garganta y estómago, mientras me seco una lagrimilla que se me escapa, con tu pañuelo blanco de tela con el que me limpiabas mis inocentes legañitas – ¡tanto os echo de menos! -.

Las tostadas con aceite, miel o vino y azúcar, tus arrugas yaya, tus raíces abuelo. Las rosquillas con sabor a anís, el moscatel, las torrijas y los crespillos. El tocino con un piazico de pan. Tus caricias, tus abrazos tan profundos, esos besos que acababan en pedorretas en la tripa, las cosquilletas interminables, las risas y carcajadas, el trote sobre tus rodillas, volverme a fundir en tus abrazos y tremendos achuchones, sentir un amor infinito e inquebrantable, llevarme a encolicas a la cama o con mis brazos recogidos sobre tus hombros, acostarme, un beso en la mejilla, ese – ¡dulces sueños!  y un te quiero-, – ¡Buenas noches mi amor! -. 

Vuelven aquellas historias que creía de siempre y ya solo son del pasado, de aquel bandolero Cucaracha cabalgando por la sierra, los trabajos en el campo, la siembra y la cosecha, la vieja aldea en el monte donde nacisteis un verano que la tierra ardía y la sed ahogaba… vuelve la tierna mirada de yaya y sus caricias. Vuelven las lágrimas a brotar, a escaparse entre una mirada perdida y un rostro feliz ante una chimenea apagada que hace años no se vuelve a encender. Ya no quedan ni las cenizas de un tiempo remoto del que ni siquiera me despedí.  Solo el frio atusa mi cabello, como solía hacer yaya, y un escalofrió recorre mi cuerpo. Solo el aire susurra como yayo, con sus historietas de siempre, aquellas que aún guarda la vieja casa, con sus ecos perdidos que parecen querer volver a resonar entre sus habitaciones de ausencias. Fríos muros, donde un viejo soplo de aire perdido sigue recorriendo la vacía casa donde hace tiempo no regreso.

La noche está despejada, las estrellas abarrotan el cielo, ya no pido deseos, solo sonrío, una felicidad me sobre encoje al igual que la nostalgia. Creo que sin quererlo encendí de nuevo el viejo hogar, calenté la noche de invierno y fría navidad, con las velas de cera consumiéndose en cada rincón de la casa, los candiles de aceite y esa silla coja en la que me sentaba y me balanceaba a trompicones. Mientras, fuera nevaba y parecía que todo se teñía de blanco.

Hay ausencias que ocupan mucho espacio, demasiado, pero siempre regreso, aunque sea por un momento, siempre regreso.

A mi yaya. A mi amor infinito.

La escuela del Barrio de la Estación en los años sesenta.


A mí me gustaba mucho ir a la escuela; tanto debió ser que le cogí gusto y no dejé de hacerlo en toda mi vida. Dicen que la vocación para dedicarte a la docencia te la suele contagiar alguno de los maestros que has tenido viéndolo disfrutar dando clase; por este motivo les doy las gracias porque de alguna manera decidieron que me dedicara a esta profesión tan bonita, arriesgada y emocionante.

Por Asun Porta Murlanch.

Merendola. Mari Carmen Garcés, Montse Blasco, Asun Porta, María José Villa y María Rosa Sancho, también está Mercedes Pérez en el lado izquierdo

Pero vamos a los años sesenta…

Salíamos de casa con mi hermano cartera en mano ―no se habían inventado las que iban cargadas a la espalda y, si existían, al Barrio de la Estación no habían llegado―.  Íbamos  con unos minutos de antelación porque nos gustaba entretenernos por el camino con cualquier cosa: un hormiguero, un gorrión que se había caído del nido, el perro de Francisquer que lo incordiábamos y nos encorría siempre. La despedida de mi madre era: ¡cuidado con el tren! Cruzábamos las vías varias veces al día: para ir a la escuela, a la iglesia, a comprar, a ver a los amigos… La estación,  el traqueteo de ir y venir de los trenes, su característico pitido, los raíles y las personas que trabajaban allí, así como las familias que en aquella década vivían en el Barrio, formaban parte de nuestra vida.

Mi hermano José Luis  iba a la clase de los chicos y yo a la de las chicas como era normal en aquella época. El número de alumnos variaba de año en año pero entre los dos grupos rara vez bajábamos de los veinte.

La cartera nos pesaba poco, unos llevaban el Catón, el Parvulito o una cartilla para aprender a leer y los cuadernos de caligrafía; otros, los más mayores, llevábamos la enciclopedia Álvarez (que era un libro más grueso donde estaban todas las materias), el cuaderno de dos líneas ―indispensable para seguir haciendo buena letra, cosa que conmigo no funcionó―, el plumier de madera con unas pocas pinturas, las plumillas, la tinta china de colores, el lápiz, la goma de Milán, unas cuantas pinturas y el tajador. Y no faltaba alguna canica, los cromos para cambiar, las chapas aplastadas por el tren que colocábamos con cuidado en los raíles, la goma para jugar y hasta algún tebeo del Capitán Trueno o Jabato que nos encantaban.

Las clases tenían unos enormes ventanales orientados al sur por donde nos entraba el sol. Enfrente de la entrada, una pizarra enorme con su clarión ―que es una palabra preciosa que con el tiempo pasó a ser tiza―, la mesa de la maestra, los pupitres, un armario con libros y en el centro una estufa. Al lado, un cuarto donde se guardaba el carbón, el pozal con el badil para recoger el carbón y llevarlo a la estufa, algo de leña y apoyados en una esquina los mapas enrollados, algún armario, una mesa y algún pupitre viejo.

Los pupitres estaban perfectamente alineados. En la madera estaban las huellas, a modo de muescas o pequeños dibujos que habían labrado en algún momento de rabia o despiste nuestros predecesores y que permanecían con los años. En la parte alta había un surco alargado para dejar el lápiz y  un hueco redondo para poner el tintero y así poder copiar textos a plumilla o pintarlos con la tinta china de colores.

Al entrar, antes de sentarnos, rezábamos o cantábamos alguna canción patriótica, que era lo que en aquellos años dictaban las normas, después corregíamos las cuatro operaciones que nos habían puesto de deberes: una suma de «tres pisos», una resta de llevar, una multiplicación por cuatro cifras y una división enorme. Los más mayores también debíamos hacer un par de problemas de cuatro operaciones, que en nuestro caso servían como punto de encuentro de toda la familia. En mi casa los hacíamos entre todos, mi padre decía que al final se trataba de entenderlos para saber contestar al día siguiente las preguntas de la maestra.

No nos librábamos ningún día del dictado, y si teníamos faltas había que escribirlas decenas y cientos de veces,  hasta que las habíamos interiorizado correctamente. También si nos portábamos mal el castigo más normal, además de algún cachete o quedarnos sin recreo, era el copiar cien veces: me portaré bien. La verdad es que no daba mucho resultado pues el que era travieso y algo movido, pronto se le olvidaba.

Leíamos y copiábamos cuentos, fábulas, vidas de santos, trozos de la historia de España llena de héroes, conquistadores y reyes justos y valientes. Esos trozos de la historia o definiciones gramaticales las debíamos aprender de memoria,  la mayoría de las veces sin entender siquiera qué significaban. Nos sucedía igual con el catecismo, nos lo sabíamos de memoria aunque mucho de lo que allí se explicaba no lo entendiéramos muy bien.

Alguna tarde las chicas dedicábamos un rato a coser porque se suponía que en un futuro necesitaríamos zurcir calcetines, bordar sábanas y mantelerías…, pero sobre todo remendar la ropa que en aquellos tiempos no era muy abundante. Todas teníamos un pañito de batista blanco dónde entrenábamos con finura y paciencia: pasadas, punto atrás, sobrehilar, bodoques, punto al lado, bordado de lagartera, cadeneta… También hacíamos trabajos manuales con granos de arroz, garbanzos o pinzas de madera como los chicos, y dibujábamos. Recuerdo especialmente una técnica que me gustaba mucho: el calcado. Si querías copiar un dibujo del libro, por ejemplo Santiago Apóstol, debías calcarlo en papel de celofán que era traslúcido, le dabas la vuelta y ennegrecerlo con el lápiz, entonces lo colocabas sobre el cuaderno y lo volvías a repasar teniendo mucho cuidado que no se moviera pues le podía quedar algún pie o la cabeza fuera de su sitio al Santo Apóstol.

En los primeros años de la década al salir al recreo ya estaba preparada el agua caliente para echarnos los polvos y hacer un vaso de leche. Obligatorio tomarla. Recuerdo el olor a vainilla, el sabor dulzón y como se deshacían los grumos en la boca. A nosotros nos gustaba más la leche de vaca que nos traían de Capdesaso o íbamos a comprar a casa de la Señora Antonia y el señor Feliciano, detrás de la escuela, que también tenían horno de pan y carnecería.

Teníamos un botijo para beber agua fresca colocado a la salida entre las dos clases, de él bebíamos todos. Alguna vez se llenó de bichos y alguno se los tragó con los consiguientes espasmos, arcadas y risas; claro, entonces no sabíamos que pasados los años los venderían como un gran manjar.

Aunque el espacio de recreo estaba limitado por la carretera y un camino, rara vez jugábamos solo allí. Nos movíamos por las casas de alrededor si tocaba esconderse.  En un pueblo que en nuestros ratos libres recorríamos  todos los rincones, poner límites a un espacio abierto es como meter en una jaula de pájaros una mosca. Todo el barrio era nuestra casa y por todo nos movíamos libremente.

En el mes de mayo hacíamos un altar a la Virgen con manteles blancos con puntillas y flores naturales que íbamos trayendo de las que teníamos en casa, del jardín o del huerto. Y todos los días, los diez últimos minutos de clase, rezábamos, recitábamos poesías  y le cantábamos canciones a la Virgen muy devotos, serios y formales.

Un año plantamos cipreses bordeando el recreo, cada uno el suyo para que lo  cuidáramos y estuviéramos orgullosos de verlo crecer.  Hoy, después de casi sesenta años, todavía se conserva alguno.

Hasta los diez años tuve de maestra a Dña. Tere Guillén, la señorita Tere como la llamábamos nosotros, le teníamos mucho cariño y respeto. Recuerdo su voz, su pelo rubio siempre tan bien peinado con esas ondas y sus gafas que a mí me parecían preciosas. En la clase de al lado tuvieron a Don Manuel y Don Ramón Sambía. Cuando faltaba la señorita Tere nos pasaban a todos a la clase de Don Ramón y nos encantaba porque sacaba su microscopio y nos pinchaba el dedo con un alfiler para ver los glóbulos rojos de la sangre, también las células de las hojas de la cebolla y los gránulos de almidón de la patata.

Alguna vez para la primavera solíamos hacer alguna excursión: nos íbamos a caminar un buen rato por algún camino cercano, parábamos a merendar y vuelta.

Cuando cumplí los diez años llegaron al barrio Don Francisco Pons y Dña. Urbana Ruiz que serían los que nos prepararían para examinarnos de bachiller en el Instituto Ramón y Cajal de Huesca, en junio y con una sola prueba por cada asignatura, ahí te lo jugabas todo. Entonces ya teníamos un libro para cada asignatura. Ella nos daba gimnasia y música a las chicas. Yo tenía muy mal oído y no había manera de solfear nada, así que, mi prima Trinita que estudiaba solfeo y piano me grababa en un magnetófono todas las canciones del libro, y todo era cuestión de oírlas cien veces hasta que te la aprendías de memoria: Sol-fa-mi-fa-sol-la-si-do-re-do-si-sol-fa-mi-fa-sol-la-si-do-la-sol… Si las repetías tal cual en el examen, tenías un sobresaliente. Yo no aprendí música pero alguna de aquellas canciones con su sol-fa-mi-,  no se me han olvidado.

D. Francisco me contagió la pasión por las matemáticas y las ciencias, sus explicaciones y ejemplos eran cristalinos y siempre te invitaba a razonar con sus preguntas.  Creo que su forma de explicar y de hacerme pensar fue el detonante de mi vocación de maestra. Para que me aprendiera sin dudar todos los rincones de España ―como así exigía el libro de primero de bachiller―, me hizo construir un gran mapa mudo y fuimos poniendo las cordilleras con chinchetas marrones, las ciudades con rojas, los ríos con azules, las provincias con negras, … y poco a poco aquel mapa se llenó. Llegamos a contar casi quinientas chinchetas por todo el territorio español. Con el tiempo y el esfuerzo bastaba con señalar una para saber qué era y dónde se situaba.

Salvo las matemáticas y el latín, todo lo demás debíamos aprenderlo de memoria, ¡hasta las tablas de gimnasia!: el libro de «pe a pa» porque en junio nos lo jugábamos todo a un solo examen. Lástima que el tiempo y el poco uso de algunas de las cosas que tanto nos costó memorizar se hayan borrado totalmente.

En el recreo jugábamos todos juntos, chicos y chicas: al corro, al chocolate inglés, a cortar el hilo, a la goma, a la comba, al escondite, a las tabas, a las canicas, al pañuelo, a «churro mediamanga y mangaentera», al diábolo, zancos hechos con latas, a hacer caminos en la tierra, puentes con palos…

En el barrio éramos una gran familia en el que la mayoría trabajaban alrededor del tren que en aquellos años funcionaban con máquina de vapor.  Cuando llegó el TAF con su motor de gas oíl todos nos alegramos pero al mismo ritmo que el motor de los trenes se modernizaba, la gente del barrio iba marchando, luego llego el TER, el TALGO, … y después ya prescindieron hasta del jefe de estación.

La escuela se cerró en 1971. Mi hermano pequeño tuvo que ir junto a otros niños del barrio, ya quedaban poquitos, a la escuela de Sariñena. 

El edificio de mi escuela se convirtió con el tiempo en un centro de la Cruz Roja donde mi hermano Jaime  junto con otros jóvenes de Sariñena hicieron la mili. Hoy es un centro social que se abre para las fiestas del Barrio o cuando algún vecino lo solicita. El recreo se ha arreglado como un parque y alguna vez, raramente, se ve algún niño con su madre o su abuela, pero si me acerco y cierro los ojos, aún puedo oír aquellas alegres canciones y el griterío con nuestras voces de niños.

La escuela ha cambiado mucho igual que la sociedad en la que vivimos pero, para cada uno, siempre formará parte de nuestras vidas porque mucho de lo que hoy somos lo empezamos a forjar en la escuela.

Asun Porta.