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Trinidad Capistros Becana


Su familia, su casa, sus recuerdos y ella, Trini. Una mujer puntal de su familia, cercana y querida por los suyos. Trini ha sido muy feliz y ha querido mucho a su marido, con trabajo nunca les ha faltado de nada. Se ha ganado la vida con sudor, sabiendo que todo tiene su esfuerzo y que al final la felicidad es la satisfacción de haber salido adelante y estar junto a los suyos.

Trini Rostro

Trinidad Capistros

            Hija de labradores, Trinidad nació en Robres el 21 de enero de 1930. Su madre tuvo 14 hijos de los que solamente sobrevivieron cinco chicas, Trinidad y sus cuatro hermanas. Las cinco han vivido en Robres, aunque alguna vez han tenido que salir fuera a ganarse la vida sirviendo en otras casas.

            En casa tenían mucha viña, incluso a veces no tenían suficiente sitio para guardar el vino que producían; además tenían oliveras y campos de secano. A Trinidad nunca le gustó ir a la escuela, fue hasta los catorce años, pero en cuanto podía se iba al campo a ayudar a su padre: a vendimiar, a podar, a recoger fajuelos, a recoger las gavillas, a llevar en bicicleta la comida a la siega…

            En casa, en una pequeña cueva se encontraba la zolleta y durante la guerra la convirtieron en refugio: “era el lugar más seguro”. Cuando sonaban las sirenas corrían a refugiarse a la zolleta y con un colchón tapaban la entrada. En un bombardeo se taponó la entrada y su tío tuvo que abrir una salida al pajar de al lado. En aquel bombardeo, Robres quedó muy destruido: “Esos recuerdos nunca se olvidan, madres que lloraban la marcha de sus hijos, familias en carros que escapaban… el frente estaba muy cerca.”

            Durante su niñez compraban un kilo de naranjas por un kilo de trapos, jugaban al corro de la patata, a escondrijos, a las tabas, a muñecas de trapo y les hacían vestidos. Trinidad recuerda como desde Sariñena acudían a comprar hierro. En Robres cada casa tenía su pozo, el agua la usaban para lavar y para fregar. El agua de boca la iban a buscar a las balsas, principalmente a la balsa buena y a la balsa nueva. Cuando llovía recogían el agua que bajaba por el barranco y llenaban las balsas. En el pueblo había tres carros con cubas grandes que se arrendaban para ir a buscar el agua, la llevaban a la balsa y con cubos la llenaban. Gracias a casa de su madre tenían caballería, dos yeguas y una mula muy nerviosa, con ellas realizaban trabajos agrícolas y acarreaban agua. Una vez en casa llenaban las tinajas y la almacenaban. Cuando la consumían la colaban, colocaban un paño, un ziazo, para que no pasasen los cuquetes: “el agua no se estropeaba nada”. Trinidad aún se acuerda cuando se lavaban en un balde, se aclaraba el pelo con agua con un poco de vinagre y desinfectaba las posibles liendres y piojos… La ropa se lavaba en casa, en el bación, y la aclaraba en el pozo y años más tarde en el abrevadero.  Cuando llegó el agua a Robres pusieron una red de fuentes y con los años ya llegó directamente a las casas.

            A los diecisiete años marchó a servir a Alcubierre, a casa del médico. A Trini le daba mucha pena dejar su familia y su pueblo, siempre ha sido muy familiar, estar con los suyos y, aunque estuvo poco tiempo y cerca, no dejo de enviar cartas a casa para mantener el contacto. Estuvo poco más de dos meses, hacia faenas del hogar y abría la consulta recibiendo a los pacientes. También marchó a servir a Zaragoza, de niñera a cuidar los cuatro hijos de una familia. Aguantó un año y pronto se volvió a Robres, pues por aquellos tiempos ya cortejaba con su futuro marido. Había que marchar a servir, te daban alojamiento, comida y algún dinero, así se quitaba una boca que alimentar en casa.

            La hermana mayor aprendió costura, ejerció de modista y enseñó a Trini a coser: “Antes si se rompía la albarca se cosía con liza y un punzón”. En casa tenían su propio horno donde cocían su pan, hacían aceite y vino, uvas pasas, higos secos y tenían su pequeño huerto. El huerto lo tenían en casa y lo regaban gracias al pozo, con una carrucha sacaban el agua a pozales. Tenían tocinos, ovejas, gallinas, pollos, conejos y cabras que apacentaba un mozo del pueblo con el resto de cabras de Robres: “sólo se bebía leche de cabra, no había otra”. Su tío era muy leñero, recogía ontinas, aliagas, fajuelos de la vid y si podían hacían algún pino si dejaban por Leciñena. En casa vivían ocho personas: las cinco hermanas, los padres y el tío. A su padre le gustaba mucho trabajar en el campo, tenían una caseta de labranza en el campo donde tenían las oliveras y la viña. Trinidad de niña iba a llevar la comida al campo y a dar la gavilla en la siega y a trillar a la era, “¡hacía mucho calor!”.  Por la sierra tenían unas fajas por Pui Ladrón (San Simón/ Las tres Huegas), estaba lejos y tenían que quedarse una semana segando, se quedaban en una caseta que tenían en el monte junto a una balseta. Bajaban ya con el grano, trillaban y aventaban en el mismo monte. Trinidad heredó de su padre las ganas de ir al campo

            Trinidad se casó a los veintiún años con Alberto Tolosana, tras dos años de noviazgo. Como las mujeres de su época, Trini se casó de negro. Alberto era de casa de agricultores, casa a la que fueron tras contraer matrimonio. Allí vivieron con su suegro y una hermana de Alberto, la casa estaba algo vieja y tenían pocos recursos. Era una casa vieja de adoba, con suelos de tierra y abajo tenía una pequeña bodega con las tinajas y toneles. Hacía poco que habían puesto la luz y aún recuerda como en casa de su madre iban con el candil de aceite y la lámpara de carburo.

            En 1945 compraron una vaca y dos terneros, por lo que comenzaron a ir vendiendo leche a algunas casas vecinas. Pronto vendieron los terneros y compraron otra vaca, llegaron a tener ocho vacas y hasta un despacho de leche que vendía a todo el pueblo.

            Su marido Albero aprendió a escribir a máquina a pesar de tener el brazo derecho malo, sabía escribir y leer: “pequeño pero listo y trabajador”. A veces Alberto iba a esquilar con un tío suyo, a tijera, para ganarse algo de dinero. Con el tiempo se compraron un tractor y fue haciendo faenas para otros, mejoraron mucho su situación y pudieron construirse una nueva casa.

            Han viajado mucho, a la montaña y viajes con el Imserso a Mallorca, Canarias, Benidorm…. En Robres iban mucho al hogar del jubilado, Alberto fue presidente de la asociación de la 3ª edad. En verano se salía a tomar la fresca y se hacía hasta alguna cena conjunta. Fruto del matrimonio nacieron Aurora y Ángeles.  Trini siempre ha sido muy familiar y le gusta que le vaya a visitar su familia. Su marido falleció el año pasado y de él guarda muchos recuerdos y cariño. Puro ejemplo de mujer de profundas raíces monegrinas.

       Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Silvia Herrera.

 

Esperanza Pérez Ancho  


La dedicación en los negocios siempre ha implicado a toda la familia y en el mundo de la hostelería la implicación es absoluta. Esperanza trabajó en la taberna de sus padres desde bien chica y esa herencia le ha acabado acompañando toda su vida. Una mujer de esfuerzo y de lucha, de tesón y emprendimiento que nunca nos dejará de sorprender.

Esperanza Pérez

            Esperanza Pérez Ancho nació en Sariñena el 12 de mayo de 1952. De casa Ancho, su abuelo Ramón Ancho fue guardia civil y además llevó una taberna muy pequeña, con una mesa y un banco, a la que se accedía a través de un patio. Fueron los inicios de la “Taberna Casa Ancho” de Sariñena.

             El padre de Esperanza, Casildo Pérez era de Villarroya, un pueblecito cerca de Arnedo, La Rioja, y vino a Sariñena a montar la fábrica de mosaicos Hnos. Pérez. En Sariñena conoció a Paquita Ancho y fruto del matrimonio nacieron Esperanza y Carlos Pérez Ancho. El matrimonio continúo con la taberna casa Ancho, la reformaron y le dieron entrada desde la calle: «la taberna pasó a ser café bar». Estaba la bodega de venta de vinos, cervezas, refrescos etc. Para refrescar al principio traían grandes barras de hielo, más tarde compraron una nevera que después de 40 años seguía funcionando.

            Paquita principalmente llevaba la cocina de la taberna, preparaba callos, caracoles, bacalao, anchoas, sardinas de cubo… Esperanza pronto comenzó a trabajar en la taberna y desde que tuvo fuerzas para coger una botella ya llenaba botellas y botos de vino del tonel. En casa Ancho vendían vino a granel. 

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Los balcones de Paquita, cuadro de Jorge Casasnovas.

 

Casa Ancho lucía rebosante de plantas y flores que colgaban de los balcones. «Paquita era una enamorada de las flores y tenía más de 200 macetas, eran sus amigas.»

 

 

            Con un tocadiscos ponían jotas y a Manolo Escobar, entre mucha música de la época, “entonces la gente cantaba mucho, principalmente jotas”. Se jugaba a las cartas, sobre todo por las noches y a puerta cerrada. También se jugaba al siete y medio y al póquer. Esperanza recuerda la primera televisión que compraron, mucha gente se acercó al bar para la ocasión e incluso pusieron las sillas como si fuese un cine para que la gente viese la televisión. Se bebía en porrón y cuando se podía se discutía de política, siempre en voz baja y callaban cuando la pareja de la guardia civil pasaba por la calle.  A Esperanza le gustaba mucho escuchar a la gente y muchos querían hablar “échame un vaser de vino” y aprovechaban para contarle cosas. Se vivía mucho en la calle, había mucha vida y por las noches la gente salía a las calles para tomar la fresca.

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Esperanza con sus padres en casa Ancho.

            En una libreta se apuntaba lo que consumía la gente que iban a “semanadas”, iban apuntando cada consumición hasta que al final de la semana se pagaba todo, “algunos clientes eran los que iban a fiar, pero eran los menos”. Casildo iba a catar el vino en bicicleta, a Castejón, La Almolda, etc.., después lo iba a buscar con toneles de madera alquilando un camión. En casa lo probaban todos, su madre, su hermano y Esperanza: “Siempre lo compraba seco y recio, porque se guardaba mejor y gustaba más a la gente del campo, se vendía moscatel, vinagre y vino rancio, nuestra madre nos daba novenas (nueve días) de yemas de huevo batido con el vino viejo (o rancio como lo llamábamos entonces) por las mañanas… yo creo que tengo buen color desde entonces..”. Para merendar era normal el pan con vino, o con aceite, o con agua y azúcar y de niña era costumbre cambiar trapos por naranjas a un vendedor que venía desde Valencia.

            Su padre Casildo vendía hortalizas, sardinas de cubo “con un periódico las golpeaban para quitar las escamas”, cecina, bacalao…. Sembraba los cacahuetes y los tostaba en casa, los media con un almud y los vendía.

            A la escuela Esperanza no faltó nunca, comenzó con las monjas y después pasó a las nacionales. Allí les daban leche en polvo y queso como complemento alimenticio. Las clases estaban separadas entre chicos y chicas y a ellas les enseñaban costura y cocina por las tardes. Cuando acabó la escuela, sobre los quince años, se quedó ayudando a Don. Fausto, maestro director de la escuela y marido de Carmen Dueso Pueyo. Aprendió mecanografía y ejerció como ayudante del entonces director de la escuela Don Fausto.

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            Al tiempo, Don fausto le recomendó para trabajar para la Lechera Catalana-Rania, la central lechera que se instaló en Sariñena. Primero tuvo que marchar a Barcelona para formarse y trabajó en el laboratorio donde analizaban la leche. En Sariñena trabajó unos ocho años hasta que cerró, por lo que se volvió a Barcelona donde continuó trabajando cuatro o cinco años más. A Barcelona marchó junto a su marido Luis, quien trabajó como repartidor, y su hijo Sergio, allí nació su hija Sara.

            En Sariñena, en la Rania se recogía la leche de las vaquerías, se enfriaba y se metía en cisternas para llevar la leche a Barcelona. Esperanza se llevaba trabajo a casa, sentía que tenía que estar a la altura y eso le hizo trabajar mucho más de lo que le correspondía.

            Estando en Barcelona compraron un tractor y todos los fines de semana Luis volvía al pueblo a labrar y luego cogieron tierras en arriendo en la montaña. Estuvieron diez años, en la década de los ochenta, en Jabierre de Olsón, pequeña localidad sobrarbense, donde vivían tres familias. Llevaban tierras y hacían mucha leña para nivelar y arreglar los campos. Esperanza cargaba los camiones mientras Luis cosechaba, una vez le llegaron seis camiones para cargar, pero el último se negó a que le cargase una mujer. Esperanza no pudo menos que instarle a que esperase a que Luis terminase de cosechar y ya le cargaría él, pero pasaron unas cuantas horas y el camionero tuvo que aceptar que le cargara Esperanza.

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            Luego volvieron a Sariñena, han trabajado muchísimo, emprendiendo negocios que con enorme esfuerzo han ido sacando adelante. En su casa llegaron a alojar a gente, hasta tres habitaciones llegaron a tener ocupadas y Esperanza les hacia la comida y limpiaba las habitaciones. Construyeron un secadero, granjas, una explotación de terneros mamones, han llevado tierras, han plantado remolacha y cebollas… y regentan dos bares de la localidad. Y aunque los últimos años el trabajo ha sido más de gestión, no ha dejado de realizar faenas agrícolas o de tener que dar leche a los terneros.

            Siempre ha leído mucho y le ha gustado escribir, tiene escritos cantidad de poemas que algún día espera publicar. Hace años participó en un concurso de poesía que celebraba la asociación cultural del Casino de Sariñena, ganó más de un premio como una máquina de escribir o lotes de libros.

            Esperanza lleva once años luchando contra el cáncer, consiguió derrotar un primero tras cuatro años de lucha, pero un segundo le hace librar una dura y larga batalla que afronta con firmeza y serenidad. Ha sido premio Gabardera 2012 a la mujer emprendedora, que concede la Coordinadora de Asociaciones de Mujeres de Los Monegros. Como dijo Margarita Périz, entonces presidenta de la coordinadora, “a su faceta de empresaria hay que sumar el ejemplo vital de superación”.

        Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias Esperanza.

 

Inocencia Salillas Vived


Inocencia es una mujer que ha trabajado toda su vida, activa y dinámica que continúa redescubriendo la vida, creando verdaderas obras de arte con la talla de madera. Ha trabajado en el campo, en el cultivo de la remolacha, cuando la mujer desempeñaba un papel fundamental en la agricultura. El trabajo de la mujer rural fue vital para el desarrollo familiar y social de nuestros pueblos, un pilar que sustentó las precarias economías rurales. De la mano de Inocencia, nos acercamos al esfuerzo, a la dedicación, al trabajo y al cariño por nuestro pequeño mundo que nos rodea.

Inocencia Rostro

 

            Inocencia nació un 28 de agosto de 1938 en Lanaja, aunque su vida ha transcurrido principalmente en la localidad monegrina de Grañén. De casa de “Los Simpato”, su padre Lorenzo Salillas se dedicó a la fabricación de tejas, las hacía a mano y fue hermano del famoso corredor Julián Salillas. Julián Salillas fue un corredor muy conocido en su época por participar y ganar carreras pedestres “corridas de pollo” en los años treinta, el ganador ganaba tres pollos, el segundo dos y el tercero un pollo. Julián también corrió la tradicional y singular carrera del hombre contra el caballo de Lanaja y trabajó de guarda de caza por la sierra de Lanaja.

            Su madre Gregoria Vived, de familia de guarnicioneros tuvo un primo muy reconocido por su trabajo de guarnicionero, que ejerció en la localidad monegrina de Huerto. Fueron ocho hermanos, cinco chicos y dos chicas. Inocencia fue muy poco a la escuela, pues tuvo que ayudar en casa y cuidar de sus hermanos. En Lanaja vivió cerca de tres años, pero el trabajo de tejero de su padre los llevó por diferentes lugares. De Lanaja, la familia Salillas-Vived, marchó a Lalueza, luego a Grañén y al poco a Tormos, donde estaban construyendo el embalse de La Sotonera. Cuando llegaron a Tormos, Inocencia contaba con unos siete años y trabajó ayudando a su padre ante la gran demanda de tejas que requería la construcción del nuevo pueblo de colonización de Ontinar de Salz. Inocencia iba a preparar el barro, lo pisaba como las uvas para hacer vino, luego lo cortaba con una enorme cuchilla de más de un metro de larga y más de siete kilos de peso. Las tejas las horneaban, Inocencia iba a buscar leñas para alimentar el horno, quemaban lo que podían: carrizo, coscojo, ontinas, sisallos, paja…

            En Tormos aún fue algo a la escuela, como el trabajo de tejero implicaba vivir a las afueras del pueblo, para Inocencia era una forma de juntarse con amigas y jugar, sobre todo a las tabas. Pero Inocencia no aprendía mucho, del “a e i o u” pasaron al “mi mama me ama y mi mama me ama a mí”. Le mandaban a buscar leñas para la escuela, iban al borde del embalse y recogían aliagas, con el pie las apretaban y las ataban haciendo fajos. Se llevaban más de un pinchazo e Inocencia aún no entiende como algún día no cayeron al embalse, arriesgaban mucho. Las aliagas las llevaban a la escuela donde al final se acababan calentando los niños de las casas ricas, mientras los pobres recogían la leña. Al final, la madre de Inocencia la sacó de la escuela: “para que se calienten los hijos de los ricos, que se calienten tus hermanos”.

IMG-20171104-WA0008            Con la llegada de las cerámicas el trabajo artesanal de tejero desapareció. A los catorce años, Inocencia comenzó a trabajar con la remolacha y a arrancar lino. En Grañén la remolacha fue un cultivo muy importante y ocupó a muchas mujeres. Se cargaba en el tren y se llevaba a la azucarera de Monzón. Inocencia trabajaba plantando la remolacha y la recogía en invierno, hacía mucho frío. Cando se recogía se “escoronaba”, se quitaba la corona de la remolacha. Para calentarse se daban repetidamente palmadas en la espalda, con gran energía para tratar de entrar en calor. A veces hacían alguna pequeña hoguereta, pero no podían estar mucho rato paradas, tenían que trabajar. Les pagaban 25 pts. al día, más medio pan que el sábado se concretaba en tres panes que alimentaban, durante toda la semana, a la familia Salillas-Vived. Para plantar la remolacha, Inocencia se ataba un saco a la cintura donde guardaba la planta que una a una iba plantando. Para la recolección se tenía que inundar de agua el campo, como si fuese arroz, “se arrancaba con el agua hasta las rodillas”. Había dos clases de remolacha, una forrajera, para los animales, y otra para azúcar.

            Jesús y Félix, hermanos de Inocencia recuerdan aquellos años: “entonces si que había crisis, se pasaba mucha hambre, la comida estaba muy racionalizada y había que estirarla para al menos comer un poco cada día”.  Félix marchó muy joven a trabajar de cabrero por la sierra de Alcubierre, vivió un tiempo en Lanaja, pero pronto se volvió para trabajar haciendo tejas con su padre y aunque trabajaba igual que él, ganaba muchísimo menos. Se hacían los pitos, las canicas, de barro y los cocían en el horno con las tejas, también hacían comederos y bebederos para gallinas y pollos. Entonces el colchón era de cascarota del panizo.

            Inocencia trabajó sirviendo en casas de Grañén, limpiando, cocinando, lavando… los cristales los limpiaban con periódicos. También sirvió en una casa de Tramaced, mientras un hermano suyo se dedicó a realizar labores del campo, a Inocencia más de una vez le tocó ir a espigar.

            En tiempos Inocencia fue a huronear, a cazar conejos para comer, en casa siempre han tenido huerto, gallinas, pollos, tocinos y vacas. En 1959 se casó con Julián Gracía, descendiente de Bespén. Han vivido en una torre próxima a Grañén, Torre Bespén. Al principio tuvieron bueyes de labrar y después se pusieron vacas de leche, su marido las ordeñaba a mano. Inocencia fregaba hasta 34 cantaros de leche cada día, hasta que cerró la RAM, “Sacabamos el fiemo a carretillos hasta que nos compramos una pala para el tractor”.  Actualmente la explotación continúa en manos de uno de los dos hijos que tuvieron, dedicándose a la cría de terneros. El otro hijo se dedica a la fabricación de remolques.

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            Inocencia participó en el programa Zarrios de Aragón televisión y siente una gran afición por las antigüedades, gran parte de su tiempo lo dedica a la restauración. Pinta y trabaja la madera con gran maestría, es toda una artista en la talla de madera, laboriosa y perfeccionista crea obras maravillosas llenas de esfuerzo y cariño que dan un valor extraordinario a sus múltiples y variadas creaciones. Una gran mujer por descubrir.

               Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias Inocencia.

Angelines Camón Barrieras


Una vida entre costuras que se desarrolla en un viaje que muestra una mujer avanzada a su tiempo. Una mujer de mundo, trabajadora y libre que ha forjado su vida a puntadas de aguja e hilo. Ejemplo de mujer cuyo trabajo costaba de valorar y, a pesar de ejercer de modista y de trabajar en grandes talleres de costura catalana, parte de su vida laboral no fue reconocida.

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            Angelines nació un 11 de enero de 1934 en Pallaruelo de Monegros, de familia de labradores, fue la menor de siete hermanos. Vivió la guerra muy de jovencita y con su abuela Teodora y su prima Leonor Barrieras se vieron obligadas a refugiarse en la masada del monte. Los mayores subían y bajaban al pueblo y continuaban con los trabajos del campo. Angelines era muy pequeña, pero con solo cuatro años, ya hacía medias y calcetines en la masada, con unas agujas que hacían con punchas de ginestras.

            Después de la guerra, Angelines siempre estaba por las calles y cariñosamente le decían que era una «chandra”. Aprender a coser, además de ser una necesidad, fue una obligación, Angelines fue poco a la escuela “no enseñaban nada, solo labores y coser; nada de cuentas ni lecciones”. Mientras, los chicos aprovechaban las clases gracias a un buen maestro. Años más tarde, llegó una profesora muy buena, pero Angelines ya había dejado la escuela.

            Para la mujer no había muchas salidas: dedicarse a las tareas de la casa, coser, ir a servir a otras casas (en alguna de las dos del pueblo), o emigrar a la ciudad. De sus hermanas, la mayor era la que más trabajaba en casa, iba a buscar agua a la balsa para beber, lavaba la ropa y luego la aclaraba en la balsa de “Concejo”. Pallaruelo de Monegros era todo de secano: “no había mata verde”. Había oliveras, almendreras y vid, se hacía vino y algo se vendía. Se llegó a recoger y hacer sogueta de esparto, algunas mujeres lo hacían y luego lo vendían a Lobateras, que acudía desde Sariñena a Pallaruelo para comprarlo. Se hacía conserva de la matacía y se subía a la siega, donde la mujer trabajaba dando la gavilla. Luego se extendía la parba por la era, se trillaba, se abentaba, cuando hacía aire, y al final se amontonaba en talegas. El grano se llevaba a moler a Sariñena, al molino de la estación.

            Angelines apedazaba/apiazaba la ropa, cosía los descosidos y rotos que la gente le llevaban a casa: “los pantalones de pana eran los más complicados de apedazar bien”. Pero en Pallaruelo tenía poco futuro, quedarse en casa, como muchas mujeres (algunas pocas servían en las casas de Ruata o Pelay), o marchar a servir a Barcelona, donde acababan juntándose entre ellas.

            Sus ganas de viajar pronto le llevaron a Barbastro, con trece años fue a una casa de unas tías donde hizo grandes amigas y aprendió a coser. Después fue a Zaragoza con otros tíos a cuidar de sus hijos, por la mañana limpiaba y por la tarde iba a coser a un taller de una modista: “me pagaban 24 pts a la semana”. Aquellos escasos ingresos le permitieron apuntarse a una academia donde aprendió el arte del corte.

            Por un tiempo volvió a Pallaruelo de Monegros y se instaló de modista. Con diecisiete años hacía la ropa de pueblo, de fiestas y comuniones. También trabajó en el campo, aunque en julio era cuando más trabajo tenía, ya que las fiestas de Pallaruelo son a principios de agosto. Pero una sobrina se puso muy mala en Barcelona y tuvieron que ir a verla. Angelines se quedó en Barcelona para ayudar en sus cuidados, por las mañanas iba al hospital y por las tardes iba con una tía, una gran modista que cosía y hacía muchos trajes para la burguesía catalana. Tenían sus propios diseños y trabajaban con unas telas carísimas. Pronto, Angelines dedicó su tiempo completo a coser en el taller y nada menos que estuvo trece años, sin asegurar y sin cotizar.

            Con cerca de cincuenta años se trasladó a Zaragoza, para trabajar en el taller y tienda de confección “Pelegrín y Tardío”, trabajó de modista y también como dependienta. Con contrato y con seguridad social, pudo cotizar 15 años y lograr jubilarse a los 65 años. Primero vivió en un piso de una prima, pero pronto adquirió su propio piso instalándose definitivamente en la capital aragonesa.

            Angelines ha sido muy viajera y a la vez siempre ha estado muy ligada a Pallaruelo de Monegros, siempre que puede se escapa a pasar unos días, a estar con la familia y los vecinos y vecinas. Me ha recibido junto a su hermano Mariano y su cuñada Manuela, a quienes agradezco su acogida y que me han transmitido valores que son dignos de reconocer.

                   Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias Angelines, Manuela y Mariano.

 

María Rebeca Tricas Puyalto


Mujer comprometida por su pueblo: activa, dinámica, concienciada y luchadora. Todo un ejemplo de mujer capaz de articular una intensa actividad asociativa, cultural, artística y conseguir revitalizar la vida de un pueblo que lucha contra la despoblación. Una mujer más de nuestros pueblos, una mujer más y a la vez única, imprescindible para sacar adelante iniciativas titánicas por el bien y el futuro de su pueblo.

Maria Tricas

Mari Tricas

            Mari nació un 15 de abril de 1950 en Huesca y aunque vivió en Peralta de Alcofea, su vida ha transcurrido ligada a San Lorenzo del Flumen. Antes, por un tiempo, vivió en Sodeto, donde contrajo matrimonio. Pero en Sodeto, el joven matrimonio no tuvo suerte, pues no les tocó ni casa ni lote y se vieron obligados a mudarse a San Lorenzo del Flumen. En 1970 consiguieron una casa y un lote en el nuevo pueblo de colonización monegrino. Lamentablemente, el lote era de renuncio y arrastraba una pilma, unas deudas de semillas a la que tuvieron que hacer frente.

            El pueblo de San Lorenzo del Flumen se fundó en 1963 y se construyó en dos fases: la primera fase en 1963 y la segunda en 1968. En la primera casa, los cinco primeros meses los pasaron sin luz, debido a que el transformador se quedó insuficiente para llevar la luz a todas las casas. El lote fue de unas 12 hectáreas y además se complementaba con un huerto y una vaca preñada de la que tenían que devolver una novilla preñada. Compraron una vaca que tuvieron que pagar en tres años y unos años más tarde, por 1971, a un tratante le compraron 2 vacas más.

            Las tierras las tuvieron por la partida de la Mallata, por las Ventas de Ballerías, una huerta vieja, pero con una tierra buenísima. Su marido fue tractorista de colonización y siempre trabajó de tractorista y de albañil. Con el tiempo compraron 26 hectáreas que pusieron en regadío. Al principio se puso mucha remolacha, alfalfa, cebada y maíz, pero luego, en san Lorenzo del Flumen, se plantó mucho pimiento. Desde entonces, en San Lorenzo del Flumen se celebran unas jornadas culturales sobre el pimiento y el arroz, pues el cultivo del arroz fue la única solución para muchas tierras salitrosas.

            Mari siempre sintió un interés especial por un terreno singular, un campo con un bello y característico tozal monegrino, propiedad del marqués de la Venta de Ballerías. Sin dudarlo trató de adquirirlo, a lo que le marques respondió “que, si alguna vez lo vendía, Mari sería la primera”. Al final, el marques cumplió su promesa y el tozal pasó a manos de Mari, quien trabajó su tierra, bordeando el pequeño y gran tozal con numerosos frutales, de oliveras, almendreras y viña.

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Mari con el logo de Ganadería El Tozal.

            Mari pronto comenzó con las vacas, empezó con dos vacas y al año siguiente sumó otras dos más. Después continúo quedándose con las novillas que las vacas parían, mientras vendía los novillos. Al principio inseminaba las vacas en la parada, la casa donde tenían al macho semental, y después, Mari adquirió un buen novillo semental para su ganadería. Fue pionera con la genética, inseminado sus vacas y creando una ganadería selecta de gran valor. Criaba de la raza “frisona” y su ganadería no pudo llamarse de otra manera: “Ganadería el Tozal”. Llegó a contar hasta con 50 vacas, las soltaba por el corral y montó una de las primeras salas de ordeño por estas tierras. Tuvo las vacas prácticamente desde 1971 a 1998 y fue en 1975 cuando adquirió la sala de ordeño: “mucha gente la venía a ver ya que era la única por la zona”. Antes de la sala de ordeño simplemente tenía dos ordeñadoras sencillas de la época.  Cuando se quitó las vacas en 1998, por la vaca Marisa le daban un millón de pesetas, pero Mari prefirió vender todas las vacas juntas a un ganadero de Asturias, por 170.000 pesetas cada una. Mari siempre ha estado dada de alta, a la seguridad social, como agricultora y ganadera.

“Si quieres beber algo natural, bebe leche de la ganadería el Tozal”

            Mari fue a vender a muchos pueblos la leche, se compró un Mehari y con él iba a todas partes, hasta cargaba las pacas en el Mehari. Las pacas y el alfal de los campos era para mantener la vaquería. En el coche cargaba los cantaros y se desplazaba por los pueblos, en Huesca vendía hasta 300 litros de leche. En 1992 Mari vendía en Huesca la leche en una lechería que ella misma montó en la calle Ramón J. Sender. Para llevar la leche se vio obligada a instalar un tanque refrigerador en el Mehari, pero la tienda apenas duró seis meses. Principalmente, la leche se vendía a la RAM de Grañén, donde la vendían la mayoría de ganaderos y ganaderas de vacas de leche, y a la Letosa de Alcolea. En los últimos tiempos, la leche se tuvo que vender a la cooperativa Copla de Pedrola.

            Su vida social y comprometida con el pueblo resulta igualmente intensa. En octubre de 1984 fundaron la asociación de Amas de casa de San Lorenzo del Flumen, cuando desapareció la Sección Femenina. Fue la primera asociación de ese tipo en Los Monegros y la quinta en la provincia de Huesca. Mari ocupó la presidencia de la asociación los primeros años y retomó la presidencia en 1996, cuando comenzaron con el proyecto de levantar una ermita en la localidad. Para tal fin constituyeron la cofradía y con diferentes actividades y la ayuda de vecinos y vecinas lograron financiar y construir una espléndida ermita. Dedicada a Santa Agueda representando a las mujeres, a San Lorenzo en representación del pueblo y a San Isidro en honor al campo. La ermita fue inaugurada en 2005 y su interior alberga un magnífico retablo de cerámica que ellas mismas realizaron. Un trabajo artesanal que les apasionó y que no dudaron de continuar, creando la Asociación Cultural Flumen Monegros de Cerámica Artesana. La ermita la complementaron con la realización de un vía crucis de diferentes cerámicas.

Mari Tricas (6)

            Con la asociación cerámica han acudido a diferentes ferias y mercadillos medievales, llevando como bandera su lugar, San Lorenzo del Flumen. Para el cincuenta aniversario del pueblo elaboraron un impresionante mural cerámico compuesto por unas 220 baldosas.

            Las asociaciones han dinamizado la vida del pueblo, un motor social vital y muy activo que ha ido generando una amplia variedad de cursos, jornadas culturales, café tertulias, charlas, fiestas… Desde el 2011 la nueva Asociación de Vecinos ha puesto en marcha la encomiable iniciativa de crear una residencia de mayores y un centro de día para el pueblo, una Casa-Hogar que con trabajo y tesón seguro que conseguirán.

            El empeño, el esfuerzo y el trabajo, son cualidades muy necesarias para ir sacando adelante nuestros pueblos y nuestras familias. El valor humano es fundamental y en Mari es desbordante, sorprendiendo con su pasión y su sentimiento, su forma de ver la vida que plasma en versos dando forma a su reciente poemario “Poemas de una Colona”. Su amor por esta tierra queda marcado a fuego en sus poemas, al aire, al cielo, a la niebla, al sol, a su gente… a los sentimientos de una colona, por ser colona pues “Colonos los llamaban/ pero nada les importaba:/ ya tenían bastante/ con salir adelante”.

Poemario Mari

            Y adelante ha salido su poemario, por una buena causa, para contribuir con la Casa Hogar. Un esfuerzo valiente, de una gran mujer que no deja de sorprendernos. Poemas escritos en 1987 que florecen en este 2017 como flores en primavera, aquellas flores: “como el amor/ te dan una alegre sensación/ están hechas un primor/ que te llega al corazón”. Una mujer más, como todas, indispensable.

               Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas  gracias Mari por abrirme las puertas de tu casa, todo un placer.

Aurora Piqueras Cisuelo


 Una vida dedicada a los demás, a su casa y a su familia, una vida de trabajo y esfuerzo, de dedicación y lucha. Un rostro entrañable que Alberto Lasheras nos relata descubriendo la vida de Aurora Piqueras Cisuelo; transmitiendo el respeto y cariño que Aurora se ha labrado en los secos y áridos monegros, entre Alcubierre y San Juan del Flumen.

Aurora

Aurora Piqueras

      Nació el 2 de junio de 1924, en Alcubierre. Era la novena de diez hermanos: Emilia, Modesta, Juana, Félix, Eusebio, Pilar, Paco, María, Aurora y Luis. Iban creciendo en el pueblo, colaborando en las tareas que sus padres les encomendaban y ayudándose unos a otros.

      Sus padres, María y Félix, trabajaban sin descanso dedicados a la venta ambulante por los pueblos para poder vivir honradamente. Cuando su madre no le podía dar el pecho, lo recibía de Cándida Suñén, que había tenido una hija tan sólo un mes antes. María se ponía en las plazas, en su puesto de mercado, y gritaba con energía y mucha gracia: ¡Naranjas como bombas!” Luego cuando vendían su mercancía regresaban a su casa, con su carro tirado por alguna yegua que habían renovado en el mercado de ganado.

        En 1930 la sequía se acentúa y las ventas se redujeron; malos tiempos se avecinaban. María y Félix deciden irse a Barcelona, allí habría trabajo para los dos. Las tres hijas mayores ya habían emigrado antes y encontrado trabajo. La mayor, en casa de los dueños de una fábrica de harinas, la Harinera de La Asunción, donde empezó Félix a trabajar nada más llegar para sacar adelante a su familia. María vendía helados en la playa de San Adrián del Besós, barrio en el que se instalaron. Félix murió de repente al año de llegar a Barcelona, dejando viuda, nueve huérfanos y a María embarazada.

     Todos se trasladaron a una casita del barrio obrero de Las Corts. Los chicos, adolescentes, trabajaban en el carbón, en la harinera y de botones en un banco. Eran tiempos convulsos de fuertes luchas sindicales con una gran implantación de la CNT y del anarquismo en Barcelona. Aurora cuenta que su hermano Félix era amigo de José Gavín Casaus (Alcubierre 1914-zaragoza 1935 “Otro Gavin de Alcubierre”, Desdemonegros), que a veces le permitió pasar la noche y dormir en su casa de la Colonia Castell, en Las Corts, escondiéndose de la búsqueda de la policía, si bien siempre le decía que “marchase al amanecer, cuanto antes, para no comprometer a su familia”.

     Las chicas, unas se casaron y otras trabajaban. Los tres pequeños (una de ellos Aurora), por mediación de los dueños de la harinera, fueron acogidos en un colegio de protección de la infancia en Pueblo Nuevo, en la calle Batrás. Para ello, la hermana mayor medió para que el dueño de la casa en la que servía ayudase a que admitieran a sus hermanos pequeños en dicho colegio de huérfanos, ya que les habían notificado que no accederían por ser aragoneses. Este señor, se tomó interés y notificó al colegio que si no admitía a los tres hermanos, retiraría su aportación anual a dicha institución. Un coche grande y negro los recogió y Aurora recuerda cómo su madre lloraba porque su economía no le permitía criarlos. Las niñas con las monjas y el chico con los curas. Al hermano, con ocho años, no le gustaba que le obligasen a ir a misa ni que le hiciesen rezar, las veía por una valla del patio y las llamaba por su nombre: “ ¡Marieta, Auroreta,  si os pegan decídmelo a mí! “.  Aurora lo aprendió todo en catalán, y a los siete años la eligieron para leerle unos versos a Lluis Compayns, en una exposición en Barcelona.

    Fue una experiencia dura e inolvidable que les permitió recibir una educación, alimento y disciplina. Salieron con un oficio aprendido: María se hizo modista y Paco tornero mecánico, lo que le permitió más adelante montar un taller con su hermano Eusebio.

       Aurora contaba tan sólo nueve años, cuando su hermana mayor le pidió a su madre que la sacara del colegio, para ayudarle con dos niños pequeños que tenía. La madre accedió y Aurora cuidó de los pequeños, siendo uno de sus cometidos recorrer un kilómetro de ida y otro de vuelta, tres veces al día, con la niña en los brazos que era un bebé y el hermanito de la mano, para que la niña tomara el pecho, ya que la hermana de Aurora tenía  una tienda de comestibles, al frente de la cual trabajaba.

      Aurora vivía con su hermana y su cuñado cuando estalló la guerra en 1936. Conoció el horror, la tristeza, los muertos, las carreras a los refugios en los que se escondían, el silbido de las bombas y el impacto sobre los edificios. Una noche tembló su cama, se agrietó la pared de su habitación y mirando por la ventana vio una bomba clavada en el suelo que no explotó. Pasarían muchos años y ese silbido aterrador le venía a la mente cada vez que alguien cerca de ella comenzaba a silbar.Tres de sus hermanos varones fueron al frente, a la guerra, da igual el bando en el que lucharon, el que les llamó más desde sus ideales de juventud o decidieron las circunstancias. Cuenta Aurora que en la Batalla del Ebro, estaban sus hermanos en diferente bando y Paco le comentó años más tarde: “¡Cómo iba a disparar si mis hermanos estaban en frente y podía darles!”. Al acabar la guerra, sus hermanos vuelven a Barcelona con algunas heridas, procedentes de campos de concentración pero, al fin vivos.

    Contaba Aurora quince años cuando una hermana mayor, Emilia, que vivía en Alcubierre y había perdido una hija de meses, enfermó. Aurora fue a cuidar a su hermana y ayudarla a superar la muerte de su hija. Se lo pidieron y ella obedeció. Tomó el tren y acompañada de una vecina  regresó al pueblo en el que nació. Emilia pidió a su madre que le enviara a su hermano pequeño Luis, para llenar el vacío creado por la muerte de su hija. Así, Luis fue el consuelo de Emilia, al que crió como si fuese su propio hijo.

        En Alcubierre, ayudó mucho a su hermana y su cuñado en la tienda que regentaban. Trabajó con ellos en el campo, con los animales, con unas mulas que tirando de un carro los llevaban a Zaragoza cada semana a buscar género que luego vendían en el pueblo.

       Cumplió 26 años cuando un amigo de la familia le presentó a Pedro Lalana Royo. Con él se casó y recuerda que el coche que llevaba al novio a la boda, pinchó y ella le esperaba escuchando las campanas de la iglesia que ya daban el tercer toque cuando Pedro llegó. Tras un viaje de novios por Zaragoza y Barcelona, a los cinco días, regresó a Monegros a otra casa, a otro pueblo, con otra familia. En Sariñena, vivió unos años y allí nacieron sus cinco hijos; cuatro chicas y un chico. Pedro quería tener un niño para que le ayudara en el campo y continuara  las tareas. Cuando éste nació, le gastó una broma a su marido y puso al recién nacido desnudo en la cama, diciéndole que había sido otra niña. La sorpresa y alegría del padre fue mayúscula al ver que había llegado su deseado varón.

      La vida le deparaba un nuevo destino; habían solicitado en San juan del Flúmen, nuevo pueblo de colonización, una casa y un lote de veinte hectáreas de tierra, a pagar en veinte años y, se lo concedieron. Les llegó una carta comunicándoles que debían vivir allí. Aurora contaba cuarenta y tres años y con su esposo cargó el remolque con sus enseres, sus hijos, un tractor recién comprado, a plazos, y se lanzaron a una aventura, con ilusión hacia un nuevo e incierto futuro.

      Fueron años muy duros, sin muchos medios. Los hijos ayudaban en todo lo que podían. Nueva escuela, tienda, médico, cura y nuevos amigos. Los vecinos se ayudaban y colaboraban  en un proyecto increíble que transformó aquellas casas en acogedoras viviendas y los lotes en fértiles tierras, creando potentes vínculos de amistad entre los nuevos habitantes de San Juan.

      En junio de 1992, su marido sufrió un  fuerte derrame cerebral. Tras siete meses hospitalizado volvió a casa con hemiplejia en el lado izquierdo de su cuerpo. Toda la familia se volcó en atenderlo durante doce años, afrontando con fuerza y cariño la dura situación.

      Hoy vive tranquila, sufrió un ictus en el 2012 del que se recuperó de una forma asombrosa. Con 93 años cumplidos, disfruta de la compañía de sus hijos, nietos y biznietos a los que adora, y a los que sigue transmitiendo amor, valentía, optimismo e ilusión. Siempre ha sido una mujer positiva, alegre y conserva su sonrisa de siempre con la que nos recibe cada vez que la acompañamos.

Con todo afecto y cariño.

Alberto Lasheras Taira

 

      Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias Alberto Lasheras por un relato tan emotivo, escrito desde el corazón, con cariño y respeto.

 

Pilar Escanero Anoro


Los recuerdos de Pilar nos trasladan a nuestro pasado más reciente, con una nostalgia a tiempos difíciles que no dejan de perder una tierna añoranza a un pasado de penurias, pero de fuertes valores humanos, de familiaridad, de amistad y de solidaridad.

 

Pilar Escanero Rostro

Pilar Escanero Anoro.

            Pilar nació en abril de 1925 en la población monegrina de Lanaja. De familia de albañiles, nunca les faltó trabajo en la construcción. De los seis hermanos, todos pudieron ir a la escuela y forjarse una profesión.

            En Los Monegros el agua siempre ha sido un bien escaso y Pilar recuerda el trabajo que costaba ir a recoger el agua de las balsas para llenar los aljibes y tinajas de la casa. Recogían el agua en invierno, cuando llovía, el agua estaba más limpia y además no había bichos; pues a veces había cucos en el agua y tenían que colarla con un paño. Antes, cada gota tenía un gran esfuerzo detrás: “Hubo años malísimos, cuando las balsas se secaban y el agua la tenían que traer en tanquetas. Cuesta entender la escasez cuando ahora, con tan sólo abrir el grifo, podemos disponer de toda el agua que queremos”.

            En Lanaja cada casa contaba con su olivar y elaboraban su propio aceite, con el aceite usado hacían el jabón para lavar. El padre de Pilar tallaba piedras de arenisca para lavar la ropa. También, cada casa tenía un pequeño ganado de cabras y por las mañanas, al toque de la esquila, el cabrero las reunía y las llevaba a pastar: “era muy gracioso ver salir de cada casa las cabras”.

            Eran tiempos de escaseces que se solventaban con la solidaridad y el apoyo entre vecinos. El caso de la familia de Pilar es muy especial, prácticamente unieron su casa con la familia vecina formando una misma casa. La vecina se había quedado viuda y se ayudaban de una manera tan intensa que siempre estaban conviviendo entre las dos casas, hasta el punto que el padre de Pilar acabó abriendo un paso en la pared entre las dos casas. En general, en todos los pueblos los vecinos de la misma calle mantenían unos lazos fuertes que a veces superaban los familiares.

            Había una tienda “Casa Benito”, su madre iba con un gran capazo y compraba verduras, hortalizas, legumbres… Y con la llegada del buen tiempo, tenían la sana costumbre de juntarse todas las noches para tomar la fresca, un acto social muy en desuso con la llegada de la televisión. Antes de la guerra había mucho movimiento en Lanaja, venían muchos trabajadores del canal y se alojaban en las fondas. La sierra estaba llena de vida, con sus campos de secano y sus aldeas, donde el aprovechamiento de leñas fue muy importante para la localidad. Muchas familias trabajaron como jornaleros o sirviendo para casa Bastaras.

            Pilar fue a la escuela antes y después de la guerra del 36. Recuerda con gran cariño a sus maestras Angelita y Victorina. La antigua escuela estaba en los bajos del antiguo ayuntamiento y después de la guerra se construyeron las actuales escuelas; las construyó el padre de Pilar. Durante la guerra se paró la escuela por los continuos bombardeos, especialmente, Pilar recuerda unos tres o cuatro bombardeos muy fuertes en Lanaja: “A mucha gente no les dio tiempo a refugiarse”. Se refugiaban en las cuevas de debajo de la zona del castillo, bodegas que se usaban para el vino. También mucha gente se refugiaba en la sierra.

            Tras la guerra, Pilar aprendió con las monjas a coser, iban de quince a veinte mujeres. Les pagaban para que les enseñasen y las monjas ayudaban a muchas familias. El convento estaba al lado de la iglesia. Luego Pilar trabajó como costurera, como modista. Una hermana bordaba, otra cosía y otra fue peluquera, todas aprendieron un oficio y así se ganaron la vida. Muchas le pagaban con lo que podían, muchas familias pasaban hambre y tenían muy poco. Algunas le pagaban con un almud de trigo o con leña, otras ni siquiera podían pagarle. En la postguerra los mandamases de Lanaja les quitaron dos cerdos y varios pollos, su madre salió a pedirles que no les quitaran los tocinos, tenía seis hijos que alimentar. Con la llegada del canal, algunas mujeres iban a lavar allí, Pilar iba con dos pozales y la piedra de lavar. También se llevaban la comida, pues había buen trecho hasta el canal.

            Pilar participó con “Nuestra Casa”, una iniciativa que albergó el museo etnográfico de Lanaja, un bar social, el hogar del jubilado y donde se hacían multitud de actividades como el bingo. Son muchos los recuerdos, las vivencias acumuladas. Pilar goza de una excelentísima memoria que nos han trasladado a tiempos llenos de familiaridad y solidaridad, lazos que tejían la vida social de nuestros pueblos.

            Gracias Pilar por compartir parte de tus recuerdos.

   Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Pilar Esteban Escanero.

 

 

Concha Bailo Jaso


En Perdiguera, en plena aridez monegrina, la agricultura de secano, el ganado y la viña ocuparon las principales tareas del campo. En este ambiente la mujer no lo tuvo fácil y el duro trabajo fue una constante para sacar hacía adelante sus familias. Concha es un reflejo de aquellas mujeres que trabajaron sin descanso, contribuyendo, en gran medida, a la complicada y delicada economía familiar.

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         Concha nació en 1934 en la localidad monegrina de Perdiguera, en el seno de una familia dedicada a la agricultura de secano, fueron cinco hermanos, cuatro chicas y un chico. Concha fue a la escuela hasta los catorce años y a partir de los diez las lecciones se repetían demasiado, “llevábamos los mismos libros y por las tardes aprendíamos a coser”. Las clases eran separadas, chicos y chicas en diferentes clases.

      Los domingos hacían baile en el bar de casa Felipe, el bar Murillo, era por la tarde, pues por la noche tenían prohibido salir.

         De chica amasaba el pan y lo llevaba al horno para cocer, lavaba a puño duramente en el bazión, preparaba el mondongo en los terrizos, sacaba el agua de los aljibes, gracias a la carrucha, y llenaba los cántaros, entre otras tantas faenas. Entonces, los aljibes los llenaban con cubas los carreteros, pero años atrás eran las mujeres quienes acudían con sus cántaros a buscar el agua a las balsas: “en invierno a la balsa nueva y a la de la villa”. El agua la filtraba con un paño que se volvía rojo debido a unos diminutos crustáceos y unas arañas rojizas que se encontraban en el agua, “otra forma era dejar reposar el agua y después quitar las impurezas posadas en el fondo”.

         Para blanquear la ropa la ponía en agua caliente en un tenajizo, añadía una cuchara de sosa y la dejaba actuar durante un día. Al día siguiente la desinfectaba con un poco de lejía, la aclaraba y la tendía al sol.

         En casa tenían gallinas, ovejas, cabras y tocinos que su madre mataba, hasta cuatro tocinos mataba al año: “¡menudos mondongos hacíamos!”. Con un candil, Concha subía al granero el pienso para los machos, en casa tenían hasta seis mulas: “cuando se moría un mulo era un drama”. Además, en casa tenían una maquina de tejer y de hacer punto: «mientras una hermana hilvanaba la lana, la mayor cosía». Hacían arreglos y jerséis de lana por encargo, sobre todo para gente del pueblo y de Peñaflor.

         Concha recuerda cuando llegó la luz a Perdiguera, era muy cría y la chiquillería iba gritando por las calles “¡ha llegado la luz!”, sería a principios de la década de 1940.

         En 1958 se casó con José Murillo Escuer, de profesión agricultor, con el que tuvo cuatro hijos. Anteriormente hubo una serie de años muy malos de sequías y muchas parejas se vieron obligadas a retrasar su compromiso hasta que llegó un buen año.

          A principios de la década de 1960, Concha adquirió una vaca lechera para abastecer de leche a la familia. Pronto algunos vecinos comenzaron a comprarle la leche sobrante y así empezó la vaquería de Concha, que pronto llegó a contar hasta con veinte vacas lecheras y unos setenta a ochenta terneros. Al principio ordeñaba a mano, se levantaba a las cinco de la mañana, pero con el tiempo adquirió una ordeñadora. Limpiaba el fiemo, ayudaba cuando parían y se encargaba de cuidarlas durante todo el día. Concha montó una tienda, con tan mala suerte, que al año se tuvo que quitar las vacas porque no le dejaban vender la leche en la tienda.

         Por las tardes se juntaban las mujeres en la era para coser, al sol. Llevaban la ropa en unas canastillas y apañaban la ropa, zurcían todos los rotos y descosidos: «¡había que aprovechar mucho la ropa!».

         Concha recuerda cuando su madre subía al monte para hacer la comida durante la siega. Llegaban a Perdiguera segadores de Murcia, Soria, Albacete… pasaban días enteros en el monte sin bajar al pueblo, alguno solamente bajaba cada cuatro días para subir el pan. Cuando subían algún ternasco lo colgaban de un árbol para conservarlo, para que ninguna alimaña lo arramblara. En la sierra hubo resineros, se hacía leña y hubo carboneros. Las leñas y el vino los bajaban a vender a Zaragoza, lo que fue una fuente de ingresos muy importante para Perdiguera. También bajaban los corderos al matadero de Zaragoza y vendían la paja para las papeleras zaragozanas, para la fabricación de papel.

         Tras la guerra de España de 1936 muchas mujeres marcharon a Zaragoza para servir en casas. De la guerra, Concha se acuerda de “El Negus”, un avión que bombardeaba la población, gritaban “¡qué viene el Negus!”, mientras la gente corría a refugiarse.

“¡Pan, pa la zorra!” cuando mataban alguna alimaña, como se suponía que era un bien para el pueblo, la gente necesitada pedía por su contribución, alguna recompensa por las casas del pueblo.

         En épocas duras de sequía las balsas se secaban y tenían que ir a la acequia de Villamayor o a las de San Mateo o Peñaflor a buscar agua. José, el marido de Concha, tuvo que ir más de una vez a buscar agua para la vaquería, pues requerían de abundante agua. El agua corriente, a Perdiguera, no llegó hasta 1977, por lo que el agua fue un bien muy escaso que tuvieron que aprovechar al máximo y reutilizarlo lo máximo posible.

          Concha se casó de negro, como entonces se casaban todas las mujeres. Se casó con una mantilla blanca en la iglesia de Perdiguera y el banquete lo celebraron en la famosa Posada de Las Almas de Zaragoza. Muchos recuerdos y muchas historias continúan vivas en su memoria, Gracias Concha por abrirnos la puerta de tu casa, por enseñarnos nuestra memoria y nuestro pasado, a la vez tan lejana y a la vez tan próxima que indudablemente nos agranda y enternece el corazón con tu extraordinaria y entrañable semblanza. ¡Gracias Concha!

            Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Constantino Escuer Murillo.

 

Carmen Pueyo Dueso


Tiene 90 años en la actualidad y es viuda del que fuera su consorte D. Fausto Gonzalvo Mainar, Director del Grupo Escolar de Sariñena, en las décadas 50 y 60 del pasado siglo. Por Juan Antonio Casamayor Anoro.

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Carmen Pueyo de maestra con el grupo escolar de Sariñena, año 1959. 

      A pesar de su largo trayecto de enseñante en Sariñena, hasta la edad de su jubilación, la maestra reconoce que su vocación de seguir impartiendo clase y formando a los jóvenes no ha disminuido y aún afirma que le gustaría seguir en las aulas formando chicas y chicos como en sus buenos tiempos. Yo me he sentido muy gratificada a lo largo de aquellos ( casi 50 años ), en que estuve ejerciendo, hasta que me tocó optar por la jubilación.

        Su madre de hecho le inculcó el amor por el Magisterio al que se dedicó y más tarde sería ella, la protagonista de este reportaje, quien recogiera la vocación de ésta. Con ella, su progenitora, vivió en la casa de la Travesía del Enado nº 1, y la cuidó hasta su fallecimiento y es en la misma casa familiar donde reside hoy la maestra.

     Cuenta Carmen Pueyo, que tras de cursar Magisterio en las Teresianas de Zaragoza, ejerció en las escuelas rurales de Bubal, en el valle de Tena, en la villa de Tardienta, de Pertusa y después en la localidad próxima al nudo ferroviario de Selgua, Monesma de San Juan, localidad a la que se desplazaba cada lunes en el tren, desde Sariñena y enlazaba después con su bicicleta, la cual guardaba en la estación del ferrocarril. De allí por caminos inhóspitos pedaleaba durante casi una hora hasta la escuela del pueblo, en el que residía durante la semana. El esfuerzo era importante y las condiciones de vida duras, debido a las escasas comodidades existentes en las casas del pueblo en que nuestra maestra impartió la enseñanza durante casi 40 años. Mi vocación por el magisterio me compensaba sin embargo y en ningún momento pensé en abandonar, – cuenta Carmen –  aunque la compensación económica de los maestros era bastante exigua por aquel entonces. Unas 600 ptas. al mes, era lo que percibía y debo admitir que me podía permitir muy pocos ratos de ocio y mucho menos practicar algunas aficiones que estaban entre mis preferencias, desde mis tiempos de enseñante en el Pirineo oscense. Este es el caso del esquí, que siempre  había deseado el practicarlo.

     Y algo que me fue muy difícil de realizar, viajar a las Fiestas del Pilar de Zaragoza, que más tarde realizaría con mi esposo, aunque Fausto no era un hombre de “muchas fiestas”.

      De los años vividos en Momesma de San Juan – resalta la maestra-  lo complicado que era mantener una higiene aceptable dadas las carencias de instalaciones adecuadas en las casas. Los orinales en las habitaciones y los vertidos en el corral de nuestros excrementos eran lo cotidiano y las camas habían de calentarse con elementos muy rudimentarios.

     ¿Quizá hubiera de calentar un ladrillo, o una botella, con los que elevar la temperatura de la ropa de la cama – le preguntamos?

     – Y duda,…. pero nos sonríe al responder,….”El frío en invierno era penoso de soportar y las estufas y los braseros eran elementos casi de lujo”. Todo ello, -refiere- lo viví en primera persona.

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Juan Antonio Casamayor y Carmen Dueso.

     Pero mi deseo más importante era venir a Sariñena, bastante difícil por lo que representaba el acceso a una localidad de importancia, Cabeza de Partido en la Organización Territorial de entonces y la suerte se me acercó, al conocer a quien sería mi esposo, Fausto el Director del Grupo Escolar, en unas jornadas de teatro que se organizarían en la villa de Sariñena. Solicitar la plaza de hecho, lo pude hacer, “por concurso de consorte”, al desposarme con el Director D. Fausto Gonzalvo Mainar, un hombre de recia personalidad, que pesó bastante en mi ánimo de hacerlo mi esposo, en octubre de 1957.

     Dña. Carmen que es una mujer de gran entereza y carácter, con algo de ironía en sus apreciaciones, -no duda en afirmar– como tomó su decisión de desposarse, para poder venir a ejercer la enseñanza en Sariñena. De hecho, tras de su solicitud y aceptación de la misma, obtuvo la plaza en propiedad ( como ella había deseado siempre ) y dedicó el resto de sus años de ejercicio a la docencia, en la Escuela en que había enseñado también su madre, María Dueso.

    Dña. Carmen no tuvo descendencia y ello le permitió una gran dedicación a la profesión que tanto amaba, introduciendo algunas disciplinas deportivas en las clases habituales como la gimnasia, -que reconoce– era muy apreciada por las chicas del Grupo Escolar de Sariñena.

     Muchos son los alumnos y alumnas que esta buena maestra tuvo bajo la batuta de su disciplina y varias las anécdotas que de algunos recuerda, así que,… concluir esta historia para nuestro Blog de Mujeres Monegrinas, con algún recuerdo acerca de anécdotas que vivió a través de sus alumnos, nos gustaría mucho referirlas, si bien deseamos respetar su memoria, y sólo rememorar la entereza de esta maestra singular de Sariñena, Dña. Carmen Pueyo Dueso.

     Los desvelos de esta gran mujer y cuanto hizo conjuntamente con su consorte D. Fausto Gonzalvo, por nuestra formación. La nuestra  y la de muchos otros sariñenenses, quedan implícitos en la personalidad y formación de los autores de esta historia.

Juan Antonio Casamayor Anoro

 

     Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Juan Antonio Casamayor por participar aportando una entrañable y magnifica entrevista, gracias Juan Antonio!.

 

Joaquina Cáncer Bailo


Para muchas mujeres del mundo rural, servir en las casas ricas fue su única salida laboral. Otras muchas mujeres marcharon a servir a Barcelona, Madrid o Zaragoza, donde ganaban más. Ha sido un trabajo escasamente reconocido, por no decir nulo, no se pagó la seguridad social ni repercutió en su pensión. Pero no todo fue malo y Joaquina guarda muy buenos recuerdos de su época en casa Ruata de Alcubierre y así nos transmite sus memorias con una envidiable y entrañable vitalidad.

Juaquina Rostro

Joaquina Cáncer Bailo

            Joaquina Cáncer Bailo nació en Zaragoza el 3 de febrero de 1938, aunque su vida siempre ha transcurrido en Alcubierre y es toda una alcoberreña de pies a la cabeza. De familia de labradores, sus padres Eulalia Bailo y Antonio Cáncer tuvieron cuatro hijos Pilar, Carmen, Pascual y Joaquina.

            Con el inicio de la guerra de España de 1936, su familia marchó a Zaragoza, junto a sus vecinos de la posada de “La Campana”. Primero pasaron unos días en la posada de Leciñena donde encontraron muy buena acogida, pero ante la falta de trabajo se vieron obligados a continuar su viaje hasta Zaragoza. Una vez en Zaragoza, su padre encontró trabajo en la base militar, gracias al coronel Antonio González Gallarza. Allí trabajó de portero en la base y al finalizar, el teniente González le redactó una carta de recomendación, un salvoconducto. El militar González Gallarza (1898-1986) fue pionero en la aviación española y se retiró en 1957 con el grado de Teniente General.

            La familia de Juaquina marchó a Zaragoza sin nada. Gracias a José Lacruz, natural de Alcubierre, que tenía el establecimiento zaragozano de telas “La Palma”, cerca de la plaza del Pilar, pudieron tener sabanas y mantas. La madre de Juaquina fue muy buena costurera y junto a una modista prepararon el ajuar necesario para la ordenación de Vicenta Ruata en la orden religiosa de Santa Ana, de la que llegó a ser superiora. La familia Ruata también se había instalado en Zaragoza durante la guerra. Eulalia pasó muchos días cosiendo los hábitos y poco a poco se fueron apañando y pudieron ir tirando adelante.

            Joaquina nació en Zaragoza, en el Barrio del Arrabal, en la Calle las Ranas. Juliana «La Calderera» (hija de Mariano Gavín Campo, hermano de Cucaracha, por parte de padre), tenía teléfono en casa, y cuando Eulalia Bailo tuviese los primeros síntomas de parto, debía telefonear a Ascensión Rufas (esposa de Agustín Ruata) para poner en marcha la asistencia al difícil parto que se avecinaba. Ascensión preparó todo lo necesario (paños, ropa…) y bajó con el médico al domicilio de Eulalia y Antonio.

            A su vuelta a Alcubierre, la familia encontró la casa familiar desvalijada y gracias a unas pocas gallinas y unos tocinos pudieron ir subsistiendo. Compraban al trueque, huevos por lechugas, hortalizas o verduras.., la moneda más común era la cebada o el trigo. Juaquina fue a la escuela hasta los 14 años, recuerda con gran cariño a la maestra Doña Rosario Rodriguez Román, una maestra toledadana que sufrió la represión franquista y fue desterrada de su tierra para acabar ejerciendo en Alcubierre. Su marido vino con ella y trabajó como practicante. De joven, Joaquina iba a segar, las mujeres daban las mies y los hombres ataban los fajetes, cuando tenían 7 u 8 fajetes los ataban con los fencejos. También iban a coger olivas, recogían grandes olivares de familias ricas y se quedaban con una cuarta parte de lo recolectado.

            En Alcubierre había viñas y almendros y siempre ha habido una excelente miel, en casa Andresa (La Leciñenera), casa Licer y casa Barrios. Para la siega llegaban muchos segadores a Alcubierre y en casa Ruata una vez faltaron dos personas para llegar al centenar de segadores. Se formaba una gran fila a la hora de comer, dormían en las cuadras y venían de Murcia, Soria… A Juaquina le gustaban muchos los higos verdes.

            A los 20 años Joaquina sirvió en casa Ruata, durante cinco años, “estuvo muy bien, aunque carrañaba mucho con la dueña, pero siempre en un tono muy familiar”. Una vez discutieron fuertemente Juaquina y la Tía Ruata, Ascensión Rufas Aguareles, Juaquina no quería bajar a la bodega a coger el agua, tenía miedo a las ranas. Tras la discusión, Juaquina se marchó de la casa, pero enseguida Ascensión la fue a buscar y Juaquina volvió a casa Ruata. Las tinajas las llenaban en invierno y de ella bebían todo el año, también tenían un depósito y cada día, con cantaros, subían el agua necesaria para la casa. Juaquina trabajó muchísimo: lavó, fregó, planchó… vivía en la misma casa y cobraba 825 pesetas al mes. De cocinera estaba Silvestra, de casa Silvano. Recuerda un cumpleaños del amo Agustín Ruata, el 28 de agosto, cuando a Juaquina la llevaron a Zaragoza para uniformarla de sirvienta, fue una ocasión especial.

            Años más tarde Juaquina marchó a servir a casa del Médico y a casa Gavín, las dos a la vez. Cuando algo se rompía o se hacía perder dinero los amos decían “iras al descuento” y descontaban del jornal la parte proporcional.

            Joaquina se casó en 1977 con Alfredo Valero de casa El Molinero. La familia de Alfredo se encargaba del horno de pan, donde la gente del pueblo llevaba su masa, ya preparada, y la cocían en el horno. La familia de Alfredo construyó el molino, María y Cecilio eran hermanos del padre de Alfredo, vinieron de La Zaida (provincia de Zaragoza, en la Ribera Baja del Ebro), y llevaron la corriente eléctrica para mover el molino, (aún sigue en pie el edificio, aunque por dentro está totalmente cambiado). El viejo horno se encontraba en el edificio que el gremio de Los Ganaderos construyó para aquel fin y donde ahora aún podemos encontrar la tradicional panadería familiar Valero.

            En Alcubierre había y siguen estando dos hornos de pan, el de la familia Valero fue construido por el Tío Calvo. Después de la guerra, la gente iba a cocer el pan al horno llevando las masas en una tabla que la llevaban sobre la cabeza. Como combustible usaban aliagas, paja… “entonces los hornos conservaban mucho el calor”. Juaquina comenzó a trabajar en el horno al pronto de casarse con Alfredo, la gente ya no llevaba la masa y el oficio de panadero era como actualmente lo conocemos, “aún hubo un tiempo que la gente traía su propia harina”. Cada día se hacían unos 180 panes de kilo que las familias consumían durante dos semanas, todo se anotaba en una libreta y se contabilizaba todo lo elaborado. También se hacía alguna barra y algún chusco, cuando el pan se hacía duro lo llamaban pan asentado. Antiguamente se cocía un pan que se llamaba la Polla.

            Joaquina y Alfredo continuaron con la panadería, tuvieron dos hijos, chico y chica, que aún continúan con la panadería. Juaquina trabajó haciendo las faenas de la casa y la panadería, sobretodo atendía en el despacho de pan. Juaquina destaca el trato con la gente, cercano y familiar, en un pueblo que a principios del siglo XX contaba con cerca de 1600 habitantes y que actualmente apenas llega a los 500.

            Tortas de almendra, de anís, de coco, farinosos, empanadicos… y torta legañosa, una torta de pan con aceite y azúcar, una larga tradición panadera y repostera de sabores auténticos. Juaquina aún permanece por la panadería, con sus hijos y nietos, con los recuerdos que tanto marcaron a las generaciones pasadas. Vidas pretéritas que permanecen con el sabor de siempre, en nuestra memoria y en nuestros corazones.

  Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Alberto Lasheras Taira.

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