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Antonia López Conte, La Hornera


        Manuel Antonio Corvinos Portella nos descubre el antiguo oficio de hornera.  Una historia más de su serie «Oficios Desaparecidos», unos testimonios de extraordinario valor que  Manuel Antonio nos transmite con cercanía y apego: Antonia López Conte, La Hornera.       

                        

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Antonia López Conte

Antonia era esposa de Mariano Laín Susín, nació en Sariñena en 1904 y falleció en su pueblo después de 94 años de dura vida. A edad muy temprana (10 años) se quedó huérfana de madre y aquella desgracia la marcó para siempre, pero al mismo tiempo la hizo espabilar para mitigar la pobreza que rondaba la casa. Por supuesto que aquello de ir a la escuela no fue para ella.

Fueron dos hermanas y un hermano, pero pronto se quedó sin su hermana mayor pues murió muy joven. Según cuenta su hija Maribel más de una vez oyó decir a su madre que debió morir de hambre.

A los 10 años ya se ofrecía en los hornos de las casas para barrer el suelo, buscar agua o lo que fuese menester y por esos trabajos recibía como paga una tajada de pan que repartía con su hermano. Enseguida aprendió el oficio de hornera y se quedó para siempre con ese apelativo.

En un tiempo sin panaderías las horneras eran mujeres a las que se les encargaba la elaboración del pan y la repostería. En el caso que nos ocupa, la “seña” Antonia amasaba la harina, añadía la levadura, vigilaba la fermentación de noche, le daba vueltas y de madrugada  la transportaba en una bacía en la cabeza tapada con un trapo blanco de lino o algodón recio a uno de los hornos que había en la localidad para proceder a su horneado. Terminada la operación lo llevaba a la casa que le había hecho el encargo y cobraba lo estipulado. El cobro solía consistir en un “pizco de pan” y en los céntimos  establecidos.

Estas mujeres tenían una clientela fija que les encargaba el pan para varios días ya que entonces duraba sin secarse mucho tiempo. Cada hornera señalaba con una marca sus productos para que no se confundieran con los de las otras mujeres que se dedicaban a este oficio.

Recuerdan mis vecinas que había, por lo  menos, tres hornos en la villa: uno estaba en una de las calles laterales del antiguo ayuntamiento, otro en el Muro Bajo y el tercero en la calle del Horno.

La repostería de la señora Antonia era muy valorada por muchas familias de Sariñena y cuando ya se generalizaron los hornos industriales solía elaborarla en casa de “El Vidriero”. Famosos eran sus roscones, tortetas de cucharada, farinosos, magdalenas, tortas de fiesta o de bizcocho.

Me cuenta su hija Maribel una anécdota de su madre que, a pesar de lo dura que había sido  la vida para ella, indicaba la sensibilidad personal que tenía. Pues bien…, un día recibió un encargó de Pilar la de Rosendo para que le hiciera algunos productos de repostería. Cuando lo hubo realizado se lo llevó a la tienda y a la hora de cobrar le manifestó que no quería dinero, que sólo deseaba a cambio una fotografía en la que saliera favorecida para que se la pusieran en su tumba el día que muriera.

 Y yo añadiré que de los recuerdos que el que suscribe tiene de ella podrían resumirse en dos palabras que utilizaba a menudo al comienzo o al final de las frases y que dan cuenta de su recio carácter: “Rediós y Copón” (genio y figura).

                                                                             Manuel Antonio Corvinos Portella

Juan Bastida Cascales


Con la llegada de la telefonía fija se crearon centralitas de teléfonos donde la gente podía recibir y realizar llamadas. Se mantuvieron hasta que el teléfono fijo llegó a cada casa, dando paso a una nueva revolución tecnológica que cada día resulta más vertiginosa. De la mano de Juan Bastida Cascales  y de sus recuerdos viajamos a la Sariñena de la centralita de teléfonos de su tía Matilde, del locutorio y de aquellos tiempos tan especiales.

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Juan Bastida Cascales

Juan Bastida Cascales nació en Sariñena en 1948, de casa Cascales, su madre era Rosario Cascales y su padre Francisco Bastida, natural de Murcia. Tenían un monte por la zona de Capdesaso y allí tenían oliveras y almendreras.

Juan recuerda las calles sin asfaltar y de jugar a los pitos, a las canicas, por las calles y a las perras negras, monedas antiguas, “Si tenían buen sonido se cambiaban bien”. Había un juego en el que doblaban las cartas, jugaban al futbol y los domingos iban al cine del Casino. Eran socios del Casino, así que podía ir a ver el cine, era por la tarde y las películas eran en blanco y negro: “Se hacía en el salón de arriba del casino viejo”. Al casino también iba mucha gente a ver la televisión, sobre todo cuando había partidos de futbol, colocaban una televisión enorme en el salón de arriba y se sentaban en las butacas del cine. El cine Victoria era mejor, pero era más caro, “Para las fiestas ponían películas muy buenas”.

Estudió en las nacionales y Juan recuerda a muchos de los maestros como a Mariano Sampietro, Rafael Mendiburo, Blas Casaus, Encarnación… Después fue a las monjas donde preparaban para el bachillerato, luego iban a estudiar a Huesca, al instituto Ramón y Cajal. Juan acabó licenciándose en Derecho por la Universidad de Zaragoza y durante su vida trabajó para la Seguridad Social en Huesca

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Antigua centralita de Matilde.

Su tía Matilde Cascales llevaba la centralita de teléfonos de Sariñena. Matilde era hermana del médico Pedro Cascales y de Rosario Cascales, madre de Juan. Rosario ayudaba a Matilde con la centralita, que estaba en la calle Santamaria, enfrente de la calle del Mercado. Tenían unos paneles donde iban clavando clavijas mientras la gente iba a llamar o recibir llamadas: “Según el tiempo y el lugar se cobraba la llamada”. Su tía iba conectando las diferentes conferencias. La centralita funcionó hasta que llegó el teléfono a las casas.

En las centralitas manuales la distribución de llamadas se hacía con operadoras (casi siempre eran mujeres) que se encargaban de la conexión de las clavijas de la red en las tomas que correspondieran. De este modo, la persona que efectuaba la llamada telefónica realmente estaba contactando primero con la centralita, que enchufaba la clavija en la toma que correspondiera a la persona destinataria de la llamada.

Historia de la centralita telefónica

(http://www.criteriasistemas.com)

La centralita de teléfonos también llegó a estar en casa Sabineta. Después fue Pilar Aparicio quien estuvo encargada de teléfonos, cogió el relevo.  Matilde llevó la centralita a partir de la guerra y llegó a tener varias personas a su cargo trabajando en la centralita, a Silvia y Nuria (La Albalatillera). En casa Sabineta también estuvo Correos y luego se trasladó a la planta baja del ayuntamiento.

Matilde aceptaba la llamada y decía “Aquí Sariñena” y daba aviso de la conferencia. Juan se dedicó a dar avisos por las casas, llevaba el aviso anunciando a que hora se iba a realizar la llamada y el interesado firmaba el aviso confirmando su comunicación.

Su tío Pedro Cascales ejerció de médico por Cataluña y luego vino a Sariñena donde ejerció como titular. También, como médico, estuvo Nicolás Andión. Pedro Cascales no tuvo descendencia y murió en 1996, con 98 años. La consulta estuvo en la plaza san Roque, actual Mayoral Antonio Susín.

El teléfono fue inventado por Antonio Meucci en 1854 y no fue instalado en España hasta 1877. Su implantación fue lenta, en 1924 se creó la Compañía Telefónica Nacional de España y a partir de aquella fecha comenzó su generalización. Gracias a Juan Bastida nos hemos trasladados a aquellos tiempos, con un hilo romántico que abría Sariñena al mundo de las comunicaciones, donde la voz tomaba su momento:  “Aquí Sariñena”.

Y un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

Sariñena, la retirada.


En marzo de 1938 comienza la retirada de las tropas republicanas, cometiéndose en su huida asesinatos y la voladura de los puentes sobre el río Alcanadre y el barranco de Malfaras. El 25 de marzo, la legión Alemana Condor bombardea Sariñena y el Barrio de la Estación para ser finalmente ocupadas por las tropas del general Moscardó el día 26. Sariñena fue duramente golpeada, según José María Maldonado “Sariñena era un lugar citado que había que machacar”. Así, su destrucción llegó a más del 65% de la población, lo que le valió, en el franquismo, su declaración como “localidad adoptada por el caudillo”, debiéndose hacer cargo de su reconstrucción “Regiones devastadas”.  

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Foto aérea del bombardeo del Barrio de la Estación de Sariñena

Artículo enmarcado en la serie sobre la guerra de España en Sariñena

El avance nacional

El 22 de marzo de 1938 se inicia la ofensiva nacional del Cuerpo del Ejército de Aragón, al mando del general José Moscardó Ituarte, rompe y avanza imparable en el frente de Aragón. A su mando las divisiones 51, 53, 54 y 55: «El día 23 de marzo la 53 División llegó a un kilómetro de Sangarrén y la 54 ganó y rebasó Tardienta. Al día siguiente, la División 54 ocupaba Torres de Barbues y Almuniente, y la 54 se situaba en Torralba. El día 25, la 53 ocupó Grañén, la 54 Senén y Robres y la 55 Bujaraloz y La Almolda. El día 26 la División 53 alcanzó Capdesaso, Lalueza y Poleñino, mientras la 54 lo hacía con Alcubierre y Lanaja y la 55 alcanzaba Castejón y Pallaruelo» (Arturo Morera. La guerra del 36).

La retirada

Con la caída del frente de Aragón y el gran avance de las tropas nacionales, se produce la retirada general de milicianos y fuerzas republicanas y el desalojo de la población civil a casetas y masadas del monte, además muchos huyen a Cataluña por miedo a represalias. La retirada es dura, fatigosa y trágica, es una retirada sin orden, a la desesperada, hacia Cataluña.

En Sariñena, la retirada cuenta con algunos hechos trágicos cometiéndose una serie de asesinatos atribuidos a las tropas republicanas durante su retirada. Además se produce la voladura de los dos puentes sobre el río Alcanadre.

Y, a  pesar de una retirada general que prácticamente deja Sariñena desierta, el bando nacional bombardea intensamente y destructivamente Sariñena, «Fue un enseñamiento gratuito y equivocado, porque Sariñena había sido ya totalmente evacuada por las tropas republicanas en la noche anterior. Los daños materiales fueron cuantiosos, muchísimas casas quedaron totalmente destruidas y si sólo hubo dos víctimas, fue debido a que la mitad de la población había huido ya hacía Cataluña, y la otra mitad se encontraba en masadas y en pajares fuera del núcleo urbano» (Arturo Morera. La guerra del 36).

Detonación de los puentes

Los puentes sobre el río Alcanadre, tanto el de ferrocarril como el de la villa de Sariñena, de paso para vehículos y personas, son dinamitados por las fuerzas republicanas en su retirada. 

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Portada del ABC del 22 de mayo de 1938

En aquella retirada, el Comisario de Guerra de Compañía Francesc Roca Matamoros, en sus Memorias de su exilio, narra su paso por Sariñena: “Llegamos a Sariñena y virtualmente estábamos todos desfallecidos, eran tres días de andar, combatir y no dormir, nuestros cuerpos parecían autómatas pues nos movíamos por intuición. La comida no la habíamos probado desde que empezó el ataque y nuestra intendencia funcionaba mal completamente. Un tren militar nos esperaba en Sariñena donde se había dado la orden que la 32 división, fuera a instalarse en unas posiciones que había a 13 Km. A la retaguardia de Sariñena”. La posición que toman es El Tormillo, donde preparan un contrataque. A pesar de dinamitar el puente del tren del ferrocarril sobre el río Alcanadre (El 27 de marzo de 1938), las tropas nacionales avanzan hacia sus posiciones donde tratan de contratacarles con el factor sorpresa. “Empezamos el ataque y sin artillería, sin tanques y sin ametralladoras, el desastre fue grande, pues de 500 soldados, llegamos a nuestras líneas como 300, quedó en poder del enemigo y nuestras filas completamente desorganizadas” (Memòries escrites pel Comisari de Guerra de Companyia Francesc Roca Matamoros durant el seu exili cap a Mèxic – D’Ulldecona a Morelia).

El puente de la vía ferroviaria es rápidamente reconstruido en mayo de 1938 por el Servicio Militar de Ferrocarriles, para continuar su avance de tropas nacionales hacía Lérida. Puentes de guerra, Sariñena. 

Sariñena bombardeada

La ofensiva en el norte de Aragón es apoyada por la aviación alemana nazi de la Legión Condor. Sariñena y su barrio de la estación resultan severamente bombardeadas el 25 de marzo, Arturo Morera apuna que respondían a un escuadrón de Junkers 52 “El escuadrón Junkers 52 actuó bajo las órdenes de Joaquín González Gallarza”, aunque queda claro que son cuatro escuadrillas de tres aviones Heinkel-111 de la Legión Cóndor quienes bombardean de forma «inmisericorde la villa», tal y como recogen diferentes autores como José María Maldonado y Jesús Inglada.

Daniel Grustán Ballarín, en “Guerra, exilio y represión”, recuerda ver como 28 aviones Junkers sobrevolaban Sariñena, dando la vuelta a la altura del barranco Malfaras y, colocándose en fila india, bombardean intensamente Sariñena. Afortunadamente, la población prevenida se había refugiado en las masadas y casetas de los montes cercanos, evitando lo que podría haber sido una gran masacre. Aunque no todos corrieron la misma suerte. A la familia de Jesús Ángel Ariste Justo les alcanza el bombardeo en su casa de la calle Enado número 3;  donde, tras la guerra, está el bar «La Parra». En la casa, que constaba de casa y corral, les pilla por separado. En la casa se encontraba la madre mientras que el padre y los hermanos se hallaban en la parte trasera en una cuadra pequeña. La bomba cae justo en el corral hiriendo gravemente a los hermanos Ángel y Antonio. La madre baja corriendo asustada, embarazada de Jesús Ángel, y rápidamente llevan al Hospital de Sariñena los dos hermanos. Tanto al padre como a una hermana la explosión no les causa ninguna herida. Ángel muere en el Hospital a causa de las heridas, contaba con ocho años. Mientras, con la entrada de las tropas nacionales, el Hospital es desalojado en retirada y la familia se tiene que llevar a Antonio al monte donde se refugian. Antonio acaba de recuperarse en la caseta del monte y hasta años más tarde no termina de ser tratado correctamente con cirugía para reparar la sordera de un oído.

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El Noticiero, 24 de septiembre de 1938.

Celebración adelantada

Daniel Grustán Ballarín (Guerra, Exilio y Represión) cuenta como, en plena retirada republicana, algunos vecinos confundidos salen a recibirles como libertadores portando la bandera monárquica. Por ello resulta muerto el abanderado, apodado «El Zamarro», que trabajaba en Obras Públicas, caminero, y que no se había significado políticamente. Al resto se les manda para casa

Sin embargo, la Causa General de Sariñena (ES.28079.AHN//FC-CAUSA_GENERAL,1412,Exp.1) cita como Antonio Loscertales Labarta El Droguero, labrador de 60 años, su mujer Carmen Tierz Marías, 58 años, y Teodoro Cabellud Blanco El Zumarro, caminero de 58 años, son «Muertos a tiros» en la cocina de su casa el día anterior a la liberación de Sariñena, la noche del 25 al 26. En la misma Causa General de Sariñena aparece la declaración de su hijo Manuel Loscertales Tierz,: «Sus padres Antonio Loscertales y Carmen Tierz fueron fusilados en la cocina de su casa el día anterior a la liberación de Sariñena, suponiéndose que fue por delatarlos alguien de que estaban celebrando la entrada de los nacionales en esta villa». Los cadáveres presentaban heridas de bala y los sospechosos respondían a «Un comisario, un capitán y un teniente rojos cuyos nombres se ignoran».

Gregorio Lana Capitán declara, en el expediente personal de José Carrera Gavín Consejo de guerra, Procedimiento sumarísimo de urgencia 351-39 (Víctor Pardo Lancina y Raúl Mateo Otal. Todos los nombres): «El día 26 por la mañana, sobre las tres y media de la madrugada del mes de marzo de 1938, el mismo día de la liberación por nuestro glorioso y heroico ejército, desde la casa del declarante oyó una voz que le pareció ser la del encartado José Carrera Gavín que dijo:- ¿Qué hacen aquí estos bandidos?-, y a estas palabras contestó otro -¡Viva Franco!-. Preguntado si el declarante pudo apreciar quién dijo la voz tan elocuente de -¡Viva Franco!- dijo que le pareció ser la del vecino alias Zamarro, por nombre Teodoro Cabellud, y que al poco oyó unas detonaciones que cree que fue cuando mató al citado Cabellud.» 

La ocupación de Sariñena

La ocupación de Sariñena llega por parte de las tropas del cuerpo del ejército del general Moscardó, del ejército de Franco, después del feroz bombardeo: “El 26 de marzo una división de marroquíes dirigidas por el general Moscardo ocuparon Sariñena”.  Sariñena fue ocupada el 26 de marzo por las divisiones 53, 54 y 55 «No todos los efectivos pisaron las calles de la población, pero todos atravesaron sus campos y andaron sus caminos persiguiendo a los republicanos que huían a la desbandada por las planicies del Saso de Miranda, las Almunias Altas, Cachicorba, Cajal o Saso las Fitas» (Arturo Morera. La guerra del 36).

«La División 53 estaba mandada por el general Álvaro Suciro Vilariño y se componía de las siguientes unidades: Tabores 1ª y 3ª de la Mehala de Tetuán (moros); 2ª y 15ª Banderas de la Legión; Tercio de Requetés del Pilar; 2ª y 7ª Banderas de Falange; un grupo de artillería del 75 y otro mixto de montaña; por último, una compañía de zapadores y otra de Transmisiones.

En la División 54 dirigida por el general Ricardo Marzo Pellicer, se integraban los siguientes efectivos: Batallones 283, 286 y 289 de Tiradores de Ifni (moros); 6° Batallón de San Quintín; el 7° de América; el 3º de Palma; el 2°de Bailén el 8º de Vitoria y el «C» de Ceriñola; el Tercio de Requetés Ntra. Sra. de Valvanera y los Batallones de Infantería 131 y 287. Había también un grupo de cañones y otro de obuses ligeros y dos grupos de Ingenieros.

Por último, la División 55 (antes 13rigada Mista de Posición y Etapas) estaba al mando del coronel Enrique Adrados. Disponía de los Batallones 1 al 10 del Regimiento de Carros de combate y de la 1ª y 9ª Banderas de Falange; una Batería del 75, otra del 105 y una sección de antitanques, dos compañías de Zapadores y una de Transmisiones.»

Arturo Morera. La guerra del 36.

La rotura del frente tuvo lugar el día 22 de marzo. Sobre Huesca se operó al Norte y al Sur, en un movimiento de tenaza, que rebasó ampliamente las fortificaciones enemigas que medio asfixiaban la capital. El 23 se liberaba Tardienta. Ei 24 se derrumbaba él campo atrincherado montado alrededor de aquella capital, entregándose muchos milicianos. El 26 las fuerzas de los Generales Solchaga y Moscardó alcanzaban la línea del Alcanadre, quedando ocupado Sariñena.

El Diario de Ávila: periódico independiente.
Año Año LXI Número 18275. 23 de julio de 1958.

Sariñena ocupada y sierra alcubierre rebasada

El Adelanto: Diario político de Salamanca: Año 54 Número 16545 – 1938 marzo 27.

27 de marzo.- Sariñena ya es nacional. Parece que dentro de esta semana empezaremos a avanzar. Se oyen fuertes bombardeos. Por la mañana, por encima de las montañas del norte de Huesca se veían las humaredas de las explosiones de las granadas. Por la tarde nos comunican que los rojos han abandonado las posiciones de Orna y corren rumores de que esta noche avanza este sector.

Diario de guerra. Ramiro C. de Sobregrau i Jubert.

Aquel 27 de marzo de 1938 debió de ser un día tranquilo en Sariñena, Manuel Sánchez Forcada relata lo que parece ser debió de ser una jornada sin avance en el frente: «Salimos de operación por la carretera hasta unos tres kilómetros del pueblo, como no hay nada volvemos al pueblo a la noche.» (Sánchez Forcada, Manuel. Diario de campaña de un requeté pamplonés). Realmente, el 27 de marzo sirvió a las tropas nacionales para su reorganización, la 55.ª División se concentra y a la vez soluciona el paso sobre el río Alcanadre. J. María Pinto de la Rosa, del Grupo Mixto de Ingenieros Nº 4, lo refleja en su diario «En la noche del 27 al 28 las Compañías de Zapadores en unión de la del Grupo n.° 3 restablecieron la comunicación a la salida de Sariñena, permitiendo que al amanecer del 28 pudiesen emprender la marcha las Divisiones 53 y 54, por lo que fueron felicitados los Zapadores Divisionarios.» (Pinto de la Rosa, J. María. El Grupo Mixto de Ingenieros Nº 4).

Las fuerzas nacionales a 50 Kilómetros del Mediterráneo

Paris. En el sector norte de Aragón, se hallaban los nacionalistas, en el mediodía de ayer, a tiro de fusil del pueblo de Sariñena, que tiene una gran importancia estratégica, por ser cruce de carreteras.    

 El Adelanto: Diario político de Salamanca: Año 54 Número 16545 – 1938 marzo 27.

Así, el día 28, las fuerzas nacionales continúan su ofensiva avanzando hacía Sena y Villanueva de Sigena «Se termina la concentración de la División en Sariñena». Pinto de la Rosa continúa su relato «El día 28 se vadeó el río Alcanadre ocupándose los pueblos de Sena, Villanueva de Sigena con su Monasterio, Ontiñena, Ballobar y Chalamera, alcanzando en este último, con alguna resistencia, el río Cinca, día éste en que la Compañía de Transmisiones tuvo una de sus más acertadas actuaciones, dando comunicación desde Sariñena hasta el río Cinca, conforme iban avanzando las columnas.» (Pinto de la Rosa, J. María. El Grupo Mixto de Ingenieros Nº 4).

Sariñena tiene una enorme importancia estratégica. Villa crecida, con sus cinco mil habitantes, cabecera de partido, posee un aeródromo y es centro de comunicaciones, pues parten de ella siete carreteras y tiene estación de ferrocarril de Barcelona a Bilbao.   

El Día de Palencia: defensor de los intereses de Castilla: Año IIIL Época 2ª Número 14834 – 1938 marzo 28.

El testimonio de Peirats

José Peirats, sindicalista cenetista, recoge en sus memorias “De mi paso por la vida. Editorial Flor del Viento”, la retirada del frente de Aragón. José Peirats ya había pasado otras veces por Sariñena, en una ocasión para la inauguración del campo de aviación, a mano del Coronel Felipe Díaz Sandino. También, en sus visitas al frente de Huesca, por medio de “Acracia”, está junto a Manuel Magro (Acracia era la revista de la CNT de Lérida editada durante los últimos años de la Guerra Civil. José Perirats y Manuel Magro son durante un tiempo directores de la revista, además Magro es alcalde de Lérida durante la contienda bélica).

José Peirats recordaba el aeródromo: “Era de tierra y por todo ornamento de un palo colgaba la manga de una camisa que señalaba la dirección del viento. ¡Qué diferencia desde entonces!”. Al divisar Sariñena, aún humeante de los bombardeos, Peirots relata una imagen macabra: “Centenares de soldados estaban echados por el suelo, medio muertos por la fatiga. Debían ser los de Huesca. El espectáculo era horripilante, digno de una escena dantesca”. Peirots se reencontró con algunos camaradas y fue testigo del consejo de guerra contra Sostre. El jefe máximo Bellmonte “impasible como siempre”, nombró como jefe de batallón a Rubi y asesinaron a Sostre. Se encontraban de retirada, en huida hacía Lérida: “Sonó la alarma de aviación, mucha gente se fue a refugiar debajo del puente, pero no hubo bombardeo, se trataba de aviones de reconocimiento”.

Pilar Conte Dueso

El mismo día 25 de marzo de 1938, según la Causa General, asesinan a Pilar Conte Dueso, de 18 años de edad (a veces ha aparecido erróneamente como Pilar Martín Dueso): «En los porches de la plaza del Mercado de esta villa, presentando una herida de arma blanca que le seccionaba la yugular suponiendo autores de estas cuatro muertes a José Carreras (Fallecido) y Francisco Nogués (Huido).» En la misma Causa General de Sariñena encontramos la declaración de Teresa Conte Dueso, en la que manifiesta que su hermana Pilar Conte Dueso fue asesinada sin haber sido detenida: «Su cadáver presentaba heridas de arma de fuego en la cabeza, en la calle las monjas de esta villa». (ES.28079.AHN//FCCAUSA_GENERAL,1412,Exp.1).

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Pilar Conte Dueso. Fotografía familia Conte Dueso. 

Pilar Conte Dueso era de casa humilde, de ideas de izquierdas y  trabajaba cuidando a unos señores mayores. Su sobrina, Isabel Carreras relata que cuando los republicanos desalojaron el pueblo, ante el ataque inminente de la aviación Condor, su tía no quiso irse con su familia «Porque según mi madre, era muy valiente, alegre y echada pa lante y no quería dejar solos a la pareja a la que cuidaba». Cuando la familia vuelve al pueblo, (pasaron el bombardeo en Las Almunias), continua Isabel «La encontraron sus abuelos muerta en la calle, a mi madre no le dejaron verla, era muy pequeña, pero un primo suyo, que era más mayor, “Ignacio Mazuque”, me dijo que la vio y que había muerto en el bombardeo, mi abuela no volvió a pasar nunca más por la calle donde se encontró muerta a su hija.»

Pero testimonios familiares vieron a Pilar Conte Dueso con un corte de navaja que le succionaba la yugular, su cuerpo tirado, en la puerta de casa Portera, en la calle de los Porches y con signos de violencia. Quizá, contar que había fallecido en el bombardeo era menos doloroso que contar que fue brutalmente asesinada por las tropas marroquíes. 

Pilar Conte Dueso está enterrada en el cementerio municipal de Sariñena, en la misma tumba junto a Cosme Mora Pinos. Pilar contaba con tan sólo 20 años de edad. 

Cosme Mora Pinos mure en el bombardeo, según dicta la leyenda de la placa de su enterramiento.

Probablemente, en la misma tumba, pueden haber enterradas otras personas, siendo posiblemente una fosa común. 

Pilar Conte Dueso

Tumba de Pilar Conte Dueso y Cosme Mora Pinos.

Curiosamente, en el archivo municipal las actas de defunción de aquel mes faltan. 

La Causa General atribuye estos hechos a un republicano, al igual que los otros acontecidos en esos días, lo que sin duda responde a una tergiversación de los hechos, nada entrañable debido a la misma naturaleza de las Causas Generales.

Aunque las fuerzas nacionales entran en Sariñena el 26 de marzo de 1938, las fuerzas de avanzada marroquís entran un día antes, el 25, cometiendo asesinatos, violaciones y otras atrocidades. 

Otros sucesos

Aurelio Arizaleta, administrador de casa Bastaras, de Lanaja, es fusilado por republicanos el 25 de marzo de 1938. Al parecer ocurre en extrañas circunstancias, en el monasterio de la Cartuja de las Fuentes, en plena ofensiva del bando nacional.

Teodoro Cabellud Blanco, de profesión caminero de 51 años, el 19 de julio de 1936  «Fue detenido por milicianos rojos en la puerta de su casa y conducido a la cárcel de esta localidad, donde se encontraban ya otros detenidos y permaneció allí durante cuatro y cinco días, puesto en libertad, se le obligó a trabajar en el campo de aviación siendo asesinado en la retirada de los rojos. Sabiéndose que fue fusilado, su cadáver se halló en la calle Fatas de esta localidad». Testimonio de su hija Rosario Cabellud Viñuales, Causa General de Sariñena (ES.28079.AHN//FC-CAUSA_GENERAL,1412,Exp.1).

Víctor Pardo Lancina también recoge el asesinato de José Almerge Peralta, en aquel 25 de marzo antes de la entrada de las tropas nacionales  (A una milla de Huesca, diario de una enfermera australiana en la Guerra Civil española. Autores: Agnes Hodgson, Víctor Pardo Lancina, Judith Keene). También aparece como José Almerge Montel, caminero de 60 años de edad fusilado el 26 de marzo de 1938 (La guerra civil en Sariñena).

Ante el “Hotel Anoro”, sirviendo de dosel unos rótulos inconmensurables de gritos “antifascistas” se encuentra el cadáver de un miliciano. Quedó rezagado en la huida de sus compañeros. Cuando habían llegado las fuerzas nacionales a la plaza, este miliciano quiso defenderse usando granadas de mano. Un certero disparo de pistola le desplomó y quedó con los brazos extendidos y los ojos abiertos.”

Arturo Morera

Refugiados, exiliados y represaliados

La disminución del censo de población de Sariñena es del 8%, antes y después de la guerra,  de 2.857 habitantes en 1930 a los 2.639 en 1940. Muchos se ven obligados a exiliarse y Cataluña acoge a numerosos aragoneses que buscaban su huida hacía Francia, por la Vall de Aran o por la costa. Una de aquellas localidades catalana es Manresa que acoge a numerosos refugiados a lo largo de la guerra, proporcionando alojamiento y manutención hasta su retirada tras el avance de las tropas sublevadas. Entre sus archivos aparecen varios vecinos de Sariñena, algunos integrantes de la misma familia.

  • Grañón Vicente, Mariano. De Sariñena. 48 años, casado. Llegó el  26/03/1938 a  Manresa Ctra. Igualada. Permaneció 5 meses. Observaciones: 5 hijos y 1 pariente. Baja racionamiento 11 de julio de 1938. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».
  • Ibor Cuello, Ezequiel. De Sariñena. 2 años, soltero. Nombre responsable de la casa Antonia Cuello Laín, parentesco Madre (?). Llegó el  5/04/1938 a  Manresa Ctra. Igualada (Torre). Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».
  • Ibor Cuello, María. De Sariñena. 6 años, soltera. Nombre responsable de la casa Antonia Cuello Laín, parentesco Madre (?). Llegó el  5/04/1938 a  Manresa Ctra. Igualada (Torre). Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».
  • Cuello Laín, Pilar. De Sariñena. 32 años, profesión S.S. Llegó el  5/04/1938 con 2 parientes. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».
  • Cuello Laín, Antonia. De Sariñena. 36 años, casada y profesión S.S. Llegó el 28/04/1938 a Manresa Ctra. Igualada con 3 hijos (?). Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-V».
  • Gil Marcuella, Ángeles. De Sariñena. 7 años, soltera. Nombre responsable de la casa Andrés Nolla Gil, parentesco Primo (?). Llegó el 6/10/1938 a Manresa Born, 30, 2n. Observaciones: Posible error en lugar de procedencia: Tarragona?. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».
  • Grañón Rodés, Carmen. De Sariñena. 17 años, soltera. Nombre del padre Mariano y madre Carmen. Nombre responsable de la casa Mariano Grañón Vicente, parentesco padre Llegó el 26/03/1938 a Manresa carretera Igualada. Estancia 5 meses. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».
  • Grañón Rodés, Concha. De Sariñena. 19 años, soltera. Nombre del padre Mariano y madre Carmen. Nombre responsable de la casa Mariano Grañón Vicente, parentesco padre Llegó el 26/03/1938 a Manresa carretera Igualada. Estancia 5 meses. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».
  • Grañón Rodés, Enrique. De Sariñena. 6 años, soltero. Nombre del padre Mariano y madre Carmen. Nombre responsable de la casa Mariano Grañón Vicente, parentesco padre Llegó el 26/03/1938 a Manresa carretera Igualada. Estancia 5 meses. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».
  • Grañón Rodés, Josefina. De Sariñena. 14 años, soltera. Nombre del padre Mariano y madre Carmen. Nombre responsable de la casa Mariano Grañón Vicente, parentesco padre Llegó el 26/03/1938 a Manresa carretera Igualada. Estancia 5 meses. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».
  • Grañón Rodés, Marián. De Sariñena. 7 años, soltero, (Nota: Aparece como género hombre). Nombre del padre Mariano y madre Carmen. Nombre responsable de la casa Mariano Grañón Vicente, parentesco padre. Llegó el 26/03/1938 a Manresa carretera Igualada. Estancia 5 meses. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».
  • Navarro Gelaberte, Domingo. De Sariñena. 0 años, soltero. Nombre responsable de la casa Ramón Gelaberte Grañón, parentesco abuelo. Llegó el 14/04/1938 a Manresa con dirección de destino Fraternitat, 5, 3r. Observaciones: 9 meses. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-I».
  • Novellón Torras, Pilar. De Sariñena. 3 años, soltera. Nombre del responsable de la casa Josefa Torras (Torres) Vitales, parentesco ¿madre?. Llegó el  28/04/1938 a Manresa Ctra. Igualada (Torre) con 2 parientes. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-V».
  • Rodés Fernández, Carmen. De Sariñena. 43 años, casada. Nombre del responsable de la casa Mariano Grañón Vicente, parentesco marido. Llegó el  26/03/1938 a Ctra. Igualada. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».
  • Torres Vitales, Josefa. De Sariñena. 29 años, casada y profesión S.S. Llegó el  5/04/1938 a Manresa Ctra. Igualada (Torre) con 2 parientes. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-V».
  • Varela Cuello, A. De Sariñena. 7 años, soltera. Nombre responsable de la casa Pilar Cuello Laín y parentesco ¿madre?. Llegó el  5/04/1938. Fuente documental de que procede la información: AHB, lligall «Refugiats de guerra (1936-39)-VI».

En la cercana localidad de Fonollosa, a escasos kilómetros de Manresa, van a parar gentes de Sariñena: «Con el estallido de la guerra, estuvieron en Fonollosa diversas familias de refugiados procedentes de Sariñena y de otros lugares de Aragón. Fueron alojados en la ermita del Grau, a cal Xiscano, al Gorg Negre y a Jaumandreu. A la Mongia vivieron unas mujeres que tenían los compañeros luchando en el frente. En el Gorg Negre un grupo de mujeres con un montón de niños. Se las conocía como “las carboneras”, porque este era su oficio. Otros optaron por desertar y esconderse en los bosques. Eran los emboscados, que dormían en escondrijos, cuevas y barracas. Sus familias le suministraban alimentos de forma disimulada. De noche se acercaba a casa y, cuando podían, trabajaban en los campos. Algunos jóvenes fueron a defender la República pero muchos no volvieron.» (En recuerdo de todas las victimas). 

Otra de las poblaciones que sirve de refugio y acogida es La Garriga, en la provincia de Barcelona y allí encontramos un documento interesante y sorprendente: Una relación de refugiados, sin especificar la fecha, que muestra en un momento dado el registro de 56 sariñenenses refugiados en dicha localidad. Además, entre los numerosos aragoneses, los 95 de Vicien, los 35 de Barbastro…, aparecen los 12 monegrinos de Barbués, los 6 de Torralba de Aragón y los 5 de Sangarrén. Gracias a Enric Costa Argemí, del Àrea de Patrimoni del Ajuntament de la Garriga, por su ayuda en la consulta y acceso al documento.

Foto 7.jpg

Arxiu Municipal de la Garriga (AMLG). Fons Ajuntament de la Garriga.

La Garriga tenía poco más de 3.000 habitantes antes de iniciarse la Guerra Civil española, y pasó a tener cerca de 10.000 poco antes de su finalización, acogiendo personas que huían de las zonas del Estado español en la medida  que eran ocupadas por las tropas franquistas y gentes que escapaban de los continuados bombardeos que sufría la ciudad de Barcelona.

Un número muy importante de estos refugiados eran niños, procedentes en su mayoría del País Vasco, de Madrid y de Castilla, a los que se procuraba fueran debidamente escolarizados, bien alimentados y que disfrutaran de sesiones de ocio propias de su edad, conscientes de que habían sido apartados, para su mejor seguridad, de sus entornos familiares, de que habían sufrido las consecuencias de los bombardeos y que habían llegado a la Garriga en unas condiciones de transporte muy penosas.

Joan Vendrell i Campmany

http://vencamp.blogspot.com/

No pocos murieron por el camino, especialmente los ancianos y heridos, en los que se cebaba el agotamiento que producía una caminata interminable. Mi madre fue testigo doloroso de las quejas y lamentaciones de las madres que habían perdido a sus bebés, algunos aún de pecho, por lo general muertos de frío y neumonía después de tantas jornadas bajo la lluvia y la nieve de los Pirineos.

Pinos Barrieras, D., Ni el árbol ni la piedra, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005, p. 79.

Tras la retirada, para los que no se habían exiliado, familias enteras, comienza la represión franquista. La depuración de personas lleva a unos 140 sariñenenses y sariñenesas a la prisión provincial de Huesca. Se inician 86 expedientes por parte del Tribunal de Responsabilidades Políticas de Aragón, afectando a otros tantos vecinos presos, huidos o muertos y a sus familias, con castigos como fuertes multas, incautación de bienes, inhabilitaciones, cárcel y destierro. Así como dos sentencias a pena de muerte dictadas por sendos consejos de guerra sobre los vecinos acusados del delito de “adhesión a la rebelión“; el molinero de 42 años José Carreras Gavín fusilado en Huesca el 14-8-1940 y el camarero de 36 años Francisco Basols Buil, fusilado en Barbastro el 21-7-1942. (Miguel Pardina Pueyo: de Pallaruelo de Monegros a Mauthausen- O Crabero).

IMPRESIONES DE GUERRA

Sariñena ofrece a la vista toda la gama de hechos vandálicos que puede dictar conciencia perturbada y una cabeza en derrota

— Una visita a lo que fue base aérea — Pilarín Basols mantuvo con gran fortaleza su fe cristiana a pesar de la horda. – La población civil, que había huido, regresa. — Desde los primeros momentos funciona el “Auxilio Social”

Tenía el cronista a Sariñena ante la vista. El mando retrasaba su ocupación. Estos jefes espléndidos que llenos de victoria son padres de cada soldado, cuidaban con calor las unidades. Al fin se realizó la entrada. En el más profundo silencio de la horda que huía dejando tras sí una estela de barbarie. Voladura de edificios, incendios, el saqueo más vergonzoso. Toda la gama de hechos vandálicos que puede dictar una conciencia perturbada y una cabeza en derrota, la población civil había desaparecido  completamente. La huida por los montes obligada por la tiranía roja que obligó a no pocos a seguir la aventura del descalabro…, la población desapareció. De algunos edificios asciende el humo y presentes derrumbamientos se observan. La horda, después de desvalijar y destrozaron con estudio la población que tiranizaron, prendió fuego a no pocas viviendas que nuestros soldados van apagando para recuperar lo posible.

Una estela de barbarie

Todos los puentes sobre el río Alcanadre, aparecen volados. Han saltado altos. Aquel magnífico de la vía férrea a Barcelona. De líneas elegantes, de tres tramos, que salva aquella imponente, hondonada por donde se estira el río ha saltado volado por tres puntos.

La Iglesia Parroquial, con aquella fachada catedralicia, esta raspada de todo  tributo y mínimo simbolismo de lugar sagrado. A lo largo de aquellas paredes, ¡Sosales los gritos de una propaganda ..a, pornográfica y revolucionaria, en los carteles multicolores.

La Iglesia fue destinada a taller de reparación de automóviles. En su puerta principal hay un letrero colosal con la inscripción: U.H.P. Hay restos de vehículos, grasas, herramientas Sobre la fachada un gran parapeto de sacos terreros donde se escondían armas antiaéreas.

El edificio del Casino de Sariñena se baila en su interior totalmente transformado. Un gran letrero reza: “Casa del pueblo” «Central de Sindicatos» Sin embargo, en estos momentos, aparecen sus salas destinadas a grados escolares. Hay un gran desbarajuste.

En la plaza de la Iglesia, frente a ella, lo que fue una gran manzana de viviendas es hoy una gran calva. Sucedió que hace unos meses un depósito de trilita, con una cantidad de tres mil kilos, hizo explosión, levantando toda la edificación.

Hemos visitado los locales que ocupaba el Banco de Aragón. Allí está el rastro de la horda. La caja fuerte pudo ser violentada. Allí están las señales de ello.

Sin duda la horda no tuvo tiempo suficiente. Toda la documentación se halla por los suelos y el moblaje aparece destruido.

Obra de perversión

Sariñena, como centro radial de una extensa zona, fue centro de lo que ellos llamaran cultura, pero que es la más desdichada perversión de la inteligencia y del corazón.

Aparte de la estación difusora denominada «Alas rojas» que tiene un edificio construido en la llanura que une la estación del ferrocarril con la villa, por cuya difusora se vertieron tantas patrañas y sandeces, Sariñena contaba con una instalación lujosa de centros culturales (¡!).

Cada grupito tiene su hoja de publicación, su biblioteca y centro cultural Comenzando por el más cándido republicanismo hasta el rabioso concepto libertario.

En la calle de «Dato», encontramos centenares de hojas que declaran las excelencias de aquel papel «Adelante». ¡El radical- socialismo redivivo! Los señores Lana, Estéban y Brunet, elogian el republicanismo con ribete socialista.

En el «Hotel Anoro» tienen su sede las juventudes libertarias: telas rojas con rótulos inmensos, banderas, folletos del peor gusto, colores y colores, Prensa que atosiga, carteles que marean. En la plaza «Enado» tienen la se de las Juventudes Unificadas. Tenían, vamos. Allí está Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N. S.

En este piso espléndido estaba el socialismo instalado. Sería el académico por la elegancia de de la instalación y el perfil de la Enciclopedia Espasa que sostiene un magnífico «bureau».

En una planta baja del mercado vimos la biblioteca más indecente que se pudo coleccionar. ¿Cultura?

¡Perversión! Combinada con aquel cine grosero que ha sido servido a la procacidad de milicianos y milicianas.

Con estos antecedentes no hay nunca victoria sino derrota; no hay ejército fuerte sino horda bestial.

Campo de aviación

Llevados por la popularidad que la la base aérea de Sariñena logró en nuestra provincia, nos dirigimos a aquello que es el cementerio de una base aérea. Nuestras escuadrillas nacionales han pulverizado en excursiones sucesivas este campo que fue destinado a ser una de las primeras bases de Aragón. Sus edificios quedaron aniquilados y la superficie de él convertida en un sistema de fosos que nuestra metralla sucesivamente fue abriendo.

Fue abandonado ante la predilección que nuestras armas aéreas sentía por la base y pericia de nuestros aviadores que machacaron todos los proyectos rojos. En una ocasión los cazas rusos se negaron a elevarse ante la presencia de la aviación nacional. Mientras los jefes anduvieron a tiros, nuestros aparatos destrozaron una regular cantidad de aviones rojos y nuestros cazas ponían fin a las discusiones entre los aviadores en rebelión.

Una mujer fuerte

Pilarín Basols, oficial de la Hacienda de Huésca. Conocida en esta ciudad. La señorita Basols, de la Juventud Católica de Huesca, ha sido la mujer que ha sostenido el rosario y devocionario en sus manos frente y a pesar de la horda

Nunca lo ocultó. En los sucesivos registros se lo arrebataron. Ella siempre tuvo sus libros de rezo y mantuvo altivamente su bandera católica ante los «aguiluchos de la F. A.I. y ante los «Incontrolados» que no es poco.

Hoy la hemos encontrado, aquí esperando a España. Al saludarla la dijimos: ¡Arriba España! Pilarín. Ella nos contesta con sencillez: ¡Arriba España y la paz de Cristo en el reino de Cristo!.

Esta tesis católica ha sostenido como una mujer fuerte esta señorita ante la horda. Sus primeras preguntas fueron: Cómo van nuestras Juventudes Católicas de España y Huesca.

La población civil regresa

Desde las primeras horas del domingo tornan estas gentes a sus viviendas. Vienen con huellas del terror que han padecido Este puede apreciarse en un detalle. Al contemplar la población castigada no lamentan el castigo, sino bendicen la hora en que fue cortado aquel régimen que dicho sea de paso fue ejercido por los peores.

No fue excesivo el derramamiento de sangre, sin embargo el régimen de opresión y tiranía que han padecido, supera al asesinato.

Algunos asesinatos, continuados vejámenes, persecuciones sin cuento por el motivo más fútil, forman el calvario.

Presencia de España

Ya está aquí la Falange con la exaltación de la Patria, en sus carteles simbólicos y el pan de «Auxilio Social». Al atardecer ya habían regresado una buena parte de los vecinos. Ellos recibieron el pan blanco de la España de Franco y cantidad de víveres para tres comidas.

Luego volverán a comer estas gentes en la mano de la Falange. Hoy, lunes, ya funciona el comedor de «Auxilio Social» que está, lo veo, instalando la incipiente Sección Femenina de Falange Española Tradicionalista.

El jabón de «Auxilio Social» alegra a estas mujeres sencillas que tienen hambre de limpieza. No había jabón; y alguien dio, en una ocasión una gallina por un trozo, de él.

Un cadáver, rojo

Ante el «Hotel Anoro», sirviendo de dosel unos rótulos inconmensurables de gritos «antifascistas» se encuentra el cadáver de un miliciano. Quedó rezagado en la huida de sus compañeros.

Cuando habían llegado las fuerzas nacionales a la plaza, este miliciano quiso defenderse usando granadas de mano. Un certero tiro de pistola le desplomó y quedó con los brazos extendidos y los ojos abiertos.

Nosotros le contemplábamos y trajimos a la consideración un simbolismo. Aquel corpachón tendido junto al desfile interminable de banderas, cantos y generales, era todo ese tinglado bélico y revolucionario que está derrotado y tendido por la superficie de Cataluña, sobre la cual va a pasar inmediatamente el triunfo de la guerra como una realidad y la victoria de la paz como una promesa de futura grandeza.

 Flecha.

«Serían las doce de la noche cuando llegamos a Zaragoza, habíamos salido a las 11 de la mañana de Guadalajara, pasamos un rato y seguimos dirección a Lérida; amaneció cuando ya habíamos rebasado Tadienta, que nos evocaba muchos recuerdos cuando al principio de la guerra los milicianos de las columnas libertarias estaban por allí, ahora se veía muy destrozada. Luego seguimos por Sariñena que salvo algunos olivos viñas y almendros daba la impresión el terreno de la provincia de Huesca en donde nos habíamos adentrado de ser bastante mísero, ayudando a que esta impresión fuera mas viva el que la presencia de grandes extensiones no existía, seguramente por la falta de brazos y animales de labor; no en balde casi toda la contienda fue frente de guerra.»

16 de abril de 1939, viaje de Guadalajara a Cervera (Lérida). Memorias de la guerra civil Española, desde mitad de febrero de 1938 hasta el día en que me hicieron prisionero de guerra el 2 de abril del mismo año. Josep Caballé Teixidó.

Para muchos la retirada, exilo o represión y para otros la reconstrucción. Una Sariñena muy destruida y arrasada, mostraba sus calles llenas de escombros, impracticables y con casas derruidas e inhabitables. Los vecinos y el Batallón 408 de Orden Público fueron los encargados de realizar las labores de desescombro y limpieza. Luego llega la reconstrucciones de la mano de Regiones Devastadas, como su nombre  indica, Sariñena fue devastada por la aviación alemana Condor, como ejercicios y maniobras antesala de la segunda Guerra Mundial.

Auxilio Social a poblaciones liberadas

Han sido establecidos muchos comedores y cocinas de Hermandad.

Los pueblos últimamente socorridos por “Auxilio Social” fueron, en días pasados, los siguientes: Mequinenza, Barbastro (por segunda vez), Perdiguera, Leciñena, Alcubierre, Lanaja, Sariñena (por segunda vez), Poleñino, Robres, Belchite (por cuarta vez), Mediana y Huesca.

En varios de estos lugares se han acumulado almacenes de víveres para el suministro diario de las personas menesterosas.

El Adelanto: Diario político de Salamanca: Año 54 Número 16553 – 1938 abril 6.

Pan blanco

En Sariñena la alegría del pueblo no tuvo límites al ver que a todos sin excepción se repartían pan blanco a manos llenas.

Azul: órgano de la Falange Española de las JONS: Año II Número 470 – 1938 abril 8.

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Berta Castanera Lascorz y José Bernad Pisa


Berta nació en el barrio de la estación de Sariñena en 1935 y José en Poleñino en 1936, un matrimonio lleno de vida con el que nos sumergimos en el pasado monegrino. Sus memorias y vivencias se plasman, en parte, en el presente artículo, con esas pinceladas de la sabiduría de la experiencia y el sabor de la vida.

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Berta y José

Berta es hija de José Castanera Escaned, conocido maestro que le proporcionó una «Muy buena educación». A los catorce años, cuando se dejaba la escuela, le instruyó en las diversas materias para obtener el bachiller. Berta aprobó el ingreso y el primer año pudo realizar el primer curso, pero ya le advirtieron si no era presencial, el segundo curso no lo podía sacar y así fue, la falta de recursos le hizo desistir: “En el Instituto ramón y Cajal había muchos más chicos que chicas y había que quedarse toda la semana”.

A José le tocó comenzar a trabajar muy de joven “A llevar las mulas”. Su madre tiraba de todos ellos, hacía sogueta en la cuadra de mulas, pues a pronta edad se quedaron sin padre, eran tres hermanos. Durante la guerra la aviación les tiró la casa y tuvieron que ir a casa del abuelo, “Fueron años muy difíciles”. José también hacía algo de sogueta, pero hacía la izquierda y luego no la querían ya que era peor. En Poleñino acarreaba agua con las mulas desde las balsas a las casas. Había pocos años con buenas cosechas y a José le mandaban a hacer líneas para retener el agua “Anda zagal, haz 4 líneas para retener el agua”.  Se pasaron años muy malos, no se cogía ni trigo ni na, se salvó mucho la gente gracias a la huerta, por las patatas, las coles… Una vez, cerca de 20 hombres se dedicaron a verter agua a la acequia para poder regar desde el azud al norte de Grañen. La Isuela se secaba y aquella vez se murieron  muchos barbos. También iban a buscar pozales a La Isuela para lavar y fregar, no paraba, la escuela ni la pisaba. Otra de las muchas faenas que hacían era recoger aliagas.

La madre de Berta era de Boltaña y se bajó con su marido José Castanera a Sariñena. En Sariñena, su padre dio clases de apoyo por las tardes y luego ejerció la docencia en la escuela de la estación. Muchos chicos y chicas iban a recibir clases de José Castanera. Fueron dos chicos y ella, tuvieron una gran educación y el mayor trabajó en la Renfe y el pequeño en un banco en Barcelona. En la estación había mucha vida, recuerda Berta, con 6 o 7 años jugaba con los Anoro y los Porta, había muy buenas fiestas y el baile era en el frontón, en casa Gil por el paso a nivel. Casa Gil y El Gorrión eran fondas. Entonces, en la estación vivían muchos ferroviarios y había mucha amistad y familiaridad con todo el barrio.

A la estación iban a buscar desde Sariñena carbón vegetal, china chana por el camino de los olivares, después de comer, y lo recogían por las vías, donde había carbón que aún servía. Berta se bajaba dos sacos con su madre, con cuidado que no les pillasen los guardias. Iban escondiéndose, algunas por las noches, había dos guardias, uno bueno y otro malo. Berta trabajó en casa Las Marianitas, la tienda de confección y corte enfrente de la Petita, allí bordaba y cosía.

José Berna realizó el servicio militar en Zaragoza y luego vino a Sariñena a trabajar a la finca de Bancels. Su hermano estaba de encargado y José comenzó a trabajar como tractorista, allí iban a la acequia a lavar. Bajaba a Sariñena a bailar, al principio no podía ir al Casino ya que no era socio, pero pronto se hizo socio para poder entrar al baile. Ha sido maquinista y ha trabajado por toda España, también ha trabajado en el campo, ha nivelado, ha trabajado ensanchando la vía férrea de Zaragoza a Barcelona…

Berta y José se conocieron y al tiempo se casaron en la basílica del Pilar de Zaragoza, a Berta le hacía mucha ilusión casarse en el Pilar. De viaje de novios visitaron Madrid, las fallas de Valencia y Barcelona. Han vivido en Sariñena y han tenido tres hijos, una chica y dos chicos. Una vida de trabajo y esfuerzo que han transmitido con gran cariño. Gracias Berta y José. Y un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

Un día de verano de 1966…. Tenía diez años.


Asun Porta Murlanch nos comparte sus recuerdos de infancia con el relato: «Un día de verano de 1966… Tenía diez años». Un relato ameno, entrañable y agradable. Recuerdos de su infancia y del Barrio de la Estación de Sariñena, un barrio pequeño donde gozaban de gran libertad y familiaridad. Gracias Asun por compartir tu valioso y fantástico testimonio.

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Asun Porta Murlanch

Un día de verano de 1966…. Tenía diez años.

 Por Asun Porta Murlanch

Todavía no era hora de levantarse, no teníamos ningún reloj en la habitación, pero no era necesario, intuíamos la hora que era con la misma exactitud que podíamos sentir el sabor de la leche de vaca al desayunar o el sonido del tren cada vez que pasaba por la estación. Seguí dando vueltas en la cama procurando no despertar a mi hermano mientras miraba hipnotizada el movimiento de las motas de polvo iluminadas por los rayos de sol que entraban por las rendijas de la persiana. Por fin mi madre vino a llamarnos.  Después de desayunar había que echar una mano en casa, ir a comprar, barrer las escaleras, fregar el suelo, cuidar a mi hermano pequeño si ella iba a hacer algún recado y mientras hacía esas tareas mi mente ya escapaba imaginando en qué ocuparíamos el día.

Cada día era una aventura, vivir en un pueblo, mejor dicho, en un pequeño barrio en el que había una estación de tren, vías, vagones aparcados esperando ser arreglados o ya  retirados del servicio, una vía por la que pasaban a menudo trenes de viajeros o mercancías, una carretera que atravesaba el barrio por la que circulaban pocos vehículos y cuyo asfalto parcheado  utilizábamos frecuentemente para jugar, una fábrica de harinas, campos que lo rodeaban, corrales, en mi casa una fábrica de gaseosas con almacenes llenos de botellas, cajas, y una fábrica de hielo, grandes silos al lado de grandes explanadas asfaltadas en las que podíamos patinar que otras veces estaban cubiertas por enormes montañas de grano…, salvo en los lugares de trabajo, nos metíamos por todos los sitios. Nunca planeábamos nada con mucha antelación, nuestra desbordante imaginación estimulada por la cantidad de opciones que el barrio nos ofrecía hacía que los juegos aparecieran solos.

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Asun Porta de pequeña

Esa mañana teníamos que llevar con mi hermano el pan a mi tía Asunción, decidimos ir equipados por si nos dejaba bañarnos en el tanque de riego que tenía en el huerto. El tanque lo teníamos medido nadando, cuatro brazadas de largo y dos de ancho, y un agua helada que nos llegaba a algunos al cuello aun estando de puntetas, allí disfrutábamos muchos días del verano dándonos chapuzones y  aguadillas, a veces nos juntábamos cinco o seis amigos del barrio, mi tía nos vigilaba “de oído”, le bastaba oír el griterío y las risas para saber que todo iba bien.

 

Volvíamos a casa cansados, mojados y sobre todo hambrientos, en el camino íbamos pisando con fuerza las “pompollas”, como nosotros las llamábamos, que crecían en el alquitrán de la carretera producidas por el intenso calor de agosto, competíamos para ver cual sonaba con más intensidad al reventarla, gritábamos y nos empujábamos para llegar el primero cuando divisábamos alguna y nos reíamos porque más de una vez se nos quedaban las sandalias pegadas al caliente alquitrán. Al pasar por la puerta del Sr. Pablo a veces llamábamos a su timbre, nos hacía reír el sonido que tenía, un sonido ronco y grave, él salía raudo, palo en mano que siempre guardaba detrás de la puerta, pero al no ver a nadie daba cuatro gritos amenazadores y tras esperar unos minutos a ver si nos veía por algún lado, volvía a sus quehaceres con una sonrisa en la boca.

En mi casa se comía a la una que era la hora que mi padre venía de trabajar y después la siesta si o …¡sï!, nunca entendimos por qué había que dormir otra vez a esas horas pero la verdad es que a veces nos dormíamos y otras con mi hermano hablábamos sin parar planeando, inventando trastadas y riéndonos lo más silenciosamente que podíamos. A veces también tirábamos de la cuerda de la persiana con mucho sigilo para que se enrollara un poco más y nos dejara suficiente luz para leer, nos encantaban los TBO, los del Capitán Trueno, Jabato y a mí me gustaba leer algún libro de “Los cinco” de Enid Blyton cuyas aventuras  todavía estimulaban más mi imaginación.

Nosotras éramos tres amigas: Mª Rosa, Mª José y yo, Mª Asunción, en la década de los 50 pocas nos libramos del María delante de nuestro nombre siguiendo la moda eclesiástica del momento. Esa tarde, después de la obligatoria siesta, nos encontramos con las bicis en la curva del Parador, un nombre muy apropiado para un pequeño bar-hostal que había enfrente de la Estación del tren, nos sentamos en la acera aprovechando la sombra del edificio y sacamos del bolsillo nuestras pequeñas bolsas de tela en las que llevábamos la colección de chapas planas, era todo un ritual, las extendíamos en la acera formando filas o ruedas y las contemplábamos orgullosas, las contábamos una y otra vez, a cada una nos parecía tener la más bonita o eso decíamos para picar a las demás a jugar “al quite” y conseguir un número mayor, las escondíamos debajo de una de las dos palmas de la mano, si acertabas  en cual estaba escondida pasabas a ser la dueña de la chapa. A menudo comentábamos el día que las pusimos en la vía, con cuidado y muy centradas para que el tren al pasarles por encima las dejara lo más planas posible, era toda una habilidad además de la emoción que suponía tumbarnos a unos pocos metros de las traviesas de madera que sujetaban los raíles y mirar de reojo, estremecidas por el peligro al ver el tren tan cerca y oír el tremendo ruido que hacía al pasar, mirábamos como las chapas desaparecían bajo las ruedas, recogerlas tan planas y calientes era el mayor de los logros.

Pasó un rato y nos dimos cuenta que los chicos no aparecían, era raro, el barrio no era tan grande para que dando una vuelta en bici de dos minutos no los encontráramos o los oyéramos en algún rincón, decidimos ir en su busca, seguro que se querían esconder de nosotras, pensamos, la tormenta de verano del día anterior junto con los caminos de tierra arcillosa hizo posible que unas cuantas bicicletas dejaran sus huellas, nos pareció emocionante irlas descubriendo.  La intuición nos decía que esta vez la dirección era la carretera de Huesca, y hacia allí nos dirigimos. Dejamos las últimas casas del barrio detrás, el desvío a Capdesaso a la izquierda y nos dirigimos a la laguneta, llegamos a  la bajada, así la llamábamos, primero pedaleábamos muy rápido para después abrir las piernas a modo de alas y bajar a toda velocidad mientras gritábamos a todo pulmón, era todo un disfrute, una bandada de patos salió volando entre los carrizos, los despedimos entre risas,  esta vez se fueron a un carrascal que había cerca de allí y al que raras veces nos acercábamos,  era un lugar misterioso , un bosque distinto, esos troncos tan gruesos, ese suelo de hojas que crujía al pisarlo, los esqueletos de aves, nos daba miedo, a veces nos quedábamos en silencio cerca pero sin entrar en él pretendiendo escuchar aullidos u otros sonidos, ya habíamos empezado a inventar historias de la existencia de algún fantasma en el lugar.

Seguimos las rodadas de las bicicletas por un camino que iba hacia las huertas y más huellas frescas  por un desvío señalaban el paso de unas cuantas bicicletas no hacía mucho. Estábamos un poco asustadas porque nunca habíamos ido tan lejos, ahora las huellas eran más visibles porque el camino era de tierra, cogimos otro desvío, paramos al perder el rastro convencidas que entre el silencio de las huertas que nos rodeaban oiríamos sus voces, nos comimos unos cuantos alberges que aunque calientes tenían un sabor muy dulce, cuando nos dirigíamos hacia otro albergero que estaba huerta adentro entonces oímos claramente los gritos de los chicos, cogimos las bicis y las voces lejanas nos llevaron  por un estrecho camino entre hierbas muy altas al río Alcanadre a un sitio que no olvidaré nunca, ¡el puente roto!, había restos de un puente pero sólo a cada uno de los lados del río, no habíamos estado nunca allí ni habíamos oído nunca hablar de ese lugar a los mayores y eso que íbamos siempre a pasar los domingos al río toda la familia, a la arboleda de la fuente de Chabarriga, o a la presa de Sena,  mi padre nos había enseñado a nadar en las badinas del puente de la vía. Nos dimos cuenta que estábamos bastante lejos de los sitios que nos eran conocidos.

Impresionadas por el descubrimiento del puente comentamos que quizá fue destruido en esa guerra que nuestros padres tanto nombraban, era muy extraño, opinamos, que dónde había algún puente tenía que haber carretera o camino y ¡no!, nosotras habíamos llegado por caminos estrechos entre huertas. Nos gustaba divagar e inventar qué pudo pasar, qué sucedió si encontrábamos algún resto, tanto daba si fuera una lata vieja como las ruinas de un puente, nuestra imaginación siempre se disparaba. Los chicos se sorprendieron al vernos y después de contarles nuestra “hazaña” nos invitaron a jugar, algunos estaban al otro lado del río, habían pasado a la otra orilla saltando entre tres grandes piedras y se escondían en una especie de trincheras que el agua había ido esculpiendo entre los sillares del puente y los restos de piedras y ramas acumuladas durante años, el juego consistía en tirarnos las piedras que allí eran abundantes de un lado al otro y esquivarlas. Nuestra habilidad y destreza para esquivar y la poca para apuntar junto con la distancia que estaba una orilla de la otra hizo que esa tarde no hubiera heridos, ni los hubo las tres o cuatro veces que volvimos a jugar a “guerras” en nuestro secreto puente roto.

Volvimos al barrio emocionadas por todo, hoy nos esperaba una buena regañina en casa pues no habíamos ido a merendar, ya les contaríamos que habíamos comido fruta en las huertas.

Chicos y chicas volvimos juntos al Barrio, en el camino les relatamos cómo los habíamos encontrado, nunca creyeron que había sido siguiendo sus huellas y prefirieron creer que los habíamos seguido de cerca, su ego de chicos no les dejaba pensarlo y decidimos no discutir sin embargo nosotras estábamos emocionadas, hay logros que no se olvidan nunca.

EN LA ESTACIÓN DE SARIÑENA

Asun Porta jugando en el Bario de la Estación.

Después de ir cada uno a su casa a explicar nuestra tardanza para la hora de la merienda, alguien propuso ir a la era de Francisquer, el sitio lo conocíamos todos bien porque estaba cerca de la escuela,  había llovido el día anterior y allí se hacían unos charcos que duraban algún día más que los demás lo que para jugar a hacer canales, puentes, montañetas y desniveles, presas y acequias era idóneo, aprovechábamos trozos de ramas, cañas, tejas, latas, piedras planas que buscábamos por los alrededores y nuestras propias manos. Al acabar entre todos toda aquella estructura que dependiendo de los que jugábamos a veces media varios metros de larga, buscábamos en los alrededores alguna lata vacía, botella o recipiente que nos ayudara a tirar agua en la parte más alta y ver como iba atravesando los canales, pasando por debajo de los puentes, llenando huecos, parando en las presas, y cuando llegaba al final sonaba un gran aplauso acompañado de gritos de alegría por el trabajo realizado.

Chicos y chicas compartíamos a menudo algunos juegos como hacer casetas, tirarnos con las bicis por los barrancos, inspeccionar los alrededores buscando tesoros, restos de no sabíamos qué y que nunca encontramos, el escondite, las canicas, las tabas o “churro media manga y manga entera”; otros juegos y conversaciones ya los realizábamos en el grupo de chicas o de chicos por separado y ahí rara vez se traspasaba la raya.

Estaba ya anocheciendo y era la hora de volver a casa, oímos el silbido de mi padre que nos llamaba y eso significaba que mi madre estaba ya impaciente porque regresáramos cuanto antes y que la mesa estaba ya puesta.

La cena me supo a gloria, una tortilla francesa entre pan y pan untado con tomate y un vaso de leche, estaba hambrienta, había sido una tarde muy emocionante y unos cuantos alberges calientes no eran suficientes para la cantidad de energía física y emocional gastada.   Después venía uno de los momentos más agradables del día: “salir a la fresca”. Era la hora de oír y compartir las historias de los mayores. Cada vecino sacaba su silla y los más críos nos sentábamos en la acera o en el suelo,  hacíamos un corro más o menos grande y oíamos con curiosidad cómo les había ido el día, si había sucedido algo importante no sólo a ellos sino lo que  habían oído de algún vecino del barrio o de algún familiar, también contaban chistes, anécdotas de otros tiempos,  a veces también éramos nosotros los protagonistas  y no sólo nos preguntaban por lo que habíamos hecho sino que también nos advertían de los peligros del tren, de alejarnos mucho del barrio, pensábamos que en el barrio no había problema, nos sentíamos seguros porque todos nos cuidaban a todos y si teníamos algún incidente o accidente podíamos llamar en cualquier casa para que nos ayudaran. El barrio entero era nuestro hogar. Si hacia mucho calor mi padre solía sacar un porrón de cerveza y gaseosa o el botijo con agua fresca y la Sra Simona sacaba alguna fruta recién traída de la huerta, claudias, higos, melocotones, alguna tajada de melón o de sandía … y así hasta la hora de ir a dormir, caíamos rendidos.

Contaba en un programa de radio uno de los colaboradores en una tertulia, era de Madrid, que nunca había jugado en la calle, eso sí era muy deportista y naturalmente muy sociable. A mí me entró una especie de escalofrío interior, me dio algo de pena, y fue entonces cuando me puse a recordar mi infancia, nuestros juegos, la libertad con la que nos movíamos, lo que no significa que nuestros padres no nos advirtieran de los peligros o no hubiera normas, pero era distinto y me sentí muy afortunada, lo que está claro que entonces no había tantos coches por las carreteras y por las calles, que los que había circulaban despacio, cuantas veces ya de adolescentes paseando por la carretera paraba algún coche y nos preguntaba por gente del  barrio o de qué familia éramos, que los trenes también iban a menos velocidad, que hacían más ruido, o lo sentíamos así, lo que era un aviso para estar atentos, que aunque empezábamos a entretenernos con la tele ni los mayores ni nosotros la cambiábamos por todo lo que nos ofrecía la calle y por convivir con todos los habitantes del barrio, que los regalos eran muy escasos lo que nos facilitaba poder imaginar juegos con cualquier papel, lata, cuerda, o trozo de tela. Recuerdo el patio de la escuela, con tierra, piedras, hierbas, barro, trozos de ladrillo, palos y sin vallas como en muchos pueblos pequeños, así que no sólo jugábamos en lo que se suponía que era el patio sino que la temporada del escondite nos alejábamos bastante hasta las casas que había detrás, en la escuela antes de los diez años tampoco había muchos libros ni muchos cuadernos, escribíamos mensajes secretos en las hojas de los gladiolos con los espinas que cogíamos de las acacias. También había temporada de los pitos, de las tabas, del corro, de las muñecas de papel, del pañuelo…

Eran otros tiempos pero no hace tanto y creo que sin intención de comparar me siento afortunada por la infancia que viví, por haber nacido en el Barrio de la Estación, por toda la gente que vivía allí y por mi familia que nos dio esa libertad que siempre nos estimuló para aprender, para leer, para descubrir,  que nos apoyó cuando llegó la hora de decidir, nos enseñó a ser buenas personas y sobre todo nos hizo creer lo valiosos que éramos y que con esfuerzo podríamos conseguir aquello que nos propusiéramos.

Asun Porta Murlanch

 

 

 

 

 

Las Marianitas


El comercio sariñenense de costura y confección de las Marianitas, o el Marianito, como también se conocía al negocio que regentaban Pepe Brunet y Ascensión Latorre, confeccionaba todo tipo de ropa de trabajo, calzoncillos recios, camisas de abuela… “Pepito cortaba la tela y las subía arriba, al granero, donde cosían las mujeres”. Cosían en el granero donde había una gran terraza y también unos balcones que daban a la calle donde descansaban contemplando el bullicio de la calle Eduardo Dato, entonces la arteria principal de Sariñena.

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Pili, Josefina lafita, Josefina Anoro, Maribel y Francisco.

A finales de agosto, en casa de Josefina Anoro nos hemos reunido para recordar el comercio de las Marianitas, nos ha acompañado también Josefina Lafita y se nos han ido uniendo Pili Anoro, Maribel Anoro, Francisco y José Gomez. Fruto de aquel encuentro y con la excusa de Las Marianitas, hemos recorrido parte de los comercios que existieron en la historia reciente de Sariñena. Un gusto y un placer.

Las Marianitas tenían unas siete u ocho máquinas de coser y como había mucho trabajo algunas mujeres cosían desde casa. Las Marianitas se situaban en la calle Eduardo Dato, donde está casa Nogues, era de madera, con un gran mostrador de madera y además también vendían muebles. Trabajaban unas siete a ocho chicas, les pagaban muy poco, entre ellas Pilarin Sanz y Pilarin, La Pepina, la mujer de Mariano Loscertales (Hermana de Antolín). Además, en la tienda, vendían mercería, confección, lana, hilo, tijeras, máquinas de coser… Se vendía tanto en la tienda como por medio de comerciales que iban por los pueblos, tenían viajantes. A Josefina Anoro le ha tocado ir a vender máquinas de coser, de la marca Signa, con su hermana Maribel. Josefina Anoro cosía, atendía la tienda, limpiaba, fregaba… le ha tocado hacer de todo, incluso cambiar los muebles de la casa. También planchaban mucho y como no tenían plancha de vapor, con un cepillo humedecían la ropa para su mejor planchado. En la época de la conservera las mujeres que se casaban iban a las Marianitas y se compraban un baúl, de Caravaca de la cruz, donde metían el ajuar para el casamiento.

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José Brunet Puertas estuvo exiliado en México tras la guerra y volvió porque su madre se estaba muriendo. En su casa, con el tiempo, fue juntándose con amigos con los que hacían tertulias políticas, entre ellos el secretario y el médico Andión.

Josefina Anoro Garces nació en Sariñena en 1939. Su padre trabajó en la harinera, primero en la de Amado Pueyo camino de los Olivares y luego en la nueva que construyeron en el barrio de la estación de Sariñena: “Subía en bicicleta a la estación desde Sariñena con un farol de las procesiones para ver y ser visto, en la harinera iban a turnos”. Su madre trabajaba en casa y además iba a la estación ferroviaria a coger carbón. También tenían almendreras, vid, oliveras… A los 11 años, al salir de la escuela ya iba a coser a las Marianitas. Josefina Lafita Novellón también trabajó en las Marianitas, a los 13 o 14 años abandonó las escuelas para ir a coser. Natural de Ontiñena, Josefina nació en 1943, sus padres vivieron en Villanueva de Sijena y llevaron tierras de casa Blasco.

Cuando terminaban de coser, a la una del mediodía, iban a bañarse al río en verano, recuerda Josefina Lafita. Como hacía calor, bajaban al patio a coser, donde se estaba más fresco. Josefina Lafita se casó con Carlos Vived Conte de Castejón de Monegros, delineante, empleado de banca, pintor y en sus últimos años concejal del ayuntamiento de Sariñena. El hermano de Carlos, Jesús Vived Mairal fue sacerdote que ejerció en Sariñena, después de estar en Almudevar. Jesús fue organista en la SEO de Zaragoza, daba conciertos con sopranos, ahora tiene unos 86 años. Estuvo en la radio con Luis del Olmo, y luego en radio Miramar. Jesús fue amigo de Ramón J. Sender y escribió su biografía y más de cuarenta artículos sobre el escritor de Chalamera.

En Sariñena estaban las sastrerías de Moren, de Juan Lacerda y de Eduardo, que al principio estaba detrás de la iglesia y luego en la calle del medio, donde también fue tienda “Edusan”. También cosía Pilar la Cartujana, era modista y vivía arriba por donde está coaliment, le encargaban vestidos y tenía chicas que le ayudaban.

Han desaparecido casi todos los comercios y tiendas de antes y sin quererlo comenzamos a recordar algunos de ellos. Es el caso de la carnicería Sagarra, la carnicería de Pilarin Latre, primero estaba donde la zapatería de Laín y después en la calle Dato con el callejón del saco donde a las seis de la mañana ya había colas y por la calle Goya y Santamaría tenían unas carnicerías los hermanos Villacampa. La tienda de Laura que vendía vinos y frutas, las zapaterías de Laín, Bretos y la de Julín, enfrente de la de Bretos y donde antes había una posada donde daban comidas. Los Ballarines tenían una ferretería, por el cruce y la mercería en la calle Ugarte, por donde aún está el guarnicionero Ramoner y estaba Rosendo y la pescadería La Perla (Conocida como la pescadería de Gloria). En la calle Ugarte es donde se trasladó Tena, que antes estaba en la calle Soldevila. Por la calle Los Ángeles estaba la tienda de los Escalzo, donde vendían sardinas y frutas, la joyería en la plaza de la iglesia y la tienda de ultramarinos de Virgili en la plaza Villanueva. Ferraz en la plaza del ayuntamiento, donde se compraba a fiar, el joyero, que además vendía armas y munición de caza, y la farmacia de Loste. La tienda de la señora Mercedes que vendía comestibles y periódicos, donde luego estuvo la droguería de Sobella, en el cruce que llevó, popularmente, su nombre.

Las barberías de El Soto, Florentín, el señor José… La pastelería de Graciela, la actual Lamines, vendían pasteles que traían de Huesca, de la pastelería Ascaso: “Tenía un escaparate precioso”. Cerca estaba la Lucieta que vendía periódicos y revistas, por la calle Eduardo Dato. Maribel de joven repartió periódicos por las casas y leche. Los Gascones tenían la carpintería  por la calle del Horno. Las bicicletas de Fernando Alegre, vendía y arreglaba bicicletas por la calle Goya donde actualmente está la frutería del Rincón de Goya.

Bar El Peti y el bar casa Pitera que se encontraba en la plaza Constitución, donde está Charly sport y había futbolines. Se hacía baile en casa Porra, se iba a bailar los domingos por la tarde. El Bori, el Bodegón, donde está el centro Karma, había una pista donde chicos y chicas iban a patinar. Y casa Puchares, de Teresa la Pincheta donde los domingos se iba a comer caracoles, luego se pasó al Central. El Central lo cogió Trallero y montó una discoteca y años más tarde Manolo con el puf “El Cubano”.

El casino daba mucha vida al pueblo, era el centro cultural y recreativo de Sariñena. Trallero y Nones no dejaban entrar si no eras socio o si no ibas bien vestido para el baile. Pili recuerda como llenaban una torre de copas con champan, el casino lo llevaba Raimundo Cerdá. Había cine pero también en el Romea, José Gomez, marido de Josefina Anoro, recuerda como esperaban a entrar con la película empezada y así les cobraban menos y se podían gastar el resto en cacahuetes.  En el cine Victoria había un ambigú donde la Marta vendía de todo. José Gómez es natural de Sariñena, muy conocido en la localidad, ha trabajado en la harinera de Sariñena de 1962 a 1970, de matachín en el matadero de 1970 a 1979 y de conserje del Instituto de Educación Secundaria de Sariñena de 1979 al 2002. José guarda muchos recuerdos, es una enciclopedia viva de Sariñena.

En casa Muguerza se vendía bebidas, hielo y café, por la calle Goya. La Recaña vendía por las calles castañas, llevaba un carrer y debajo de los porches, de la calle Mercado, tenía una caseta donde vendía las castañas y en verano helados. También vendía castañas y helados la tía Mari Cruz, quien al parecer  fue la primera mujer taxista de Barcelona.

Pilarín Cano vendía cochecitos de muñecos y juguetes de niños, entre cestería y artículos de piel y muebles castellanos de bambú y mimbre, La Cestería. Concha “La Severa” tenía una verdulería, en la replaceta, plaza de la Rebolería, también había una pescadería y  otra por donde está el bar La Lifara, calle Justo Comín, la pescadería de la Candela. En la plaza del ayuntamiento estaba la tienda de Teresa, frente al Romea, que vendía petróleo para las estufas y pegado al Hotel Anoro había una de las gasolineras junto a la de Juanillo en la avenida Huesca.

Las tres hermanas, Josefina, Pili y Maribel se casaron en Sariñena. Francisco, el marido de Maribel es de Barcelona y cuando vino a Sariñena de joven, para las fiestas se pifó con el melocotón con vino. Francisco y Maribel han vivido en Barcelona, donde Francisco ha trabajado de cocinero, con él fueron a trabajar cuatro chicos de Sariñena.

En 1965 hubo un incendio en el cerrado de Torres, la guardia civil fue a buscar gente al Romea para que fueran a ayudar. Desde la acequia hicieron una cadena y con pozales fueron apagando las llamas. También hubo un incendio en el solar de la plaza de la Constitución, por donde estaba la Cai, que entonces era zona de huerta. En uno de los incendios murió desgraciadamente un transeúnte. En un incendio la Roser, la Muda, se escondió en la bañera y la sacaron por el tejado a casa Dupla. También estaba la Raquel Pilorda, tenía muchos gatos, era muy conocida y vivía por donde los morenos. Se quedó soltera e iba con los perros por el pueblo.

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Mercería Josefina

En frente de las Marianitas tenían un pequeño almacén donde Josefina Anoro instaló en 1967 la Mercería Josefina. Lleva 15 años jubilada y durante cuarenta y dos años ha regentado su tienda que ahora regenta su hermana Pili. Una Mercería con encanto, de siempre y de mucha identidad y querida por los sariñenenses y comarca.

Son muchos recuerdos, muchas historias que gustaría contar, estas son algunas de las que hemos de estar muy agradecidos a las Josefinas, a Pili, Maribel, Francisco y José por abrir las puertas a sus recuerdos y compartirlos para que no se pierdan en el olvido.

¡¡Muchas gracias!!

Conchita Arilla Campo


Concha Arilla Campo nació el 8 de julio de 1925, en una casilla de vías y obras por la Peña del Agua, entre Poleñino y Grañen. Su madre Fermina trabajaba de guardia barrera en el paso a nivel del tren, tenía que poner una cadena cada vez que pasaba un tren. Una vez había dado paso a un gran ganado que, cuando el tren dio aviso de su paso, casi no le dio tiempo a pasar a la gran cabaña que bajaba en trashumancia desde la montaña.

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Conchita Arilla Campo

Era una casa baja preciosa donde jugaba mucho con su hermano Eusebio Joaquín. Eran cuatro hermanos: Pilar, Vicente, Eusebio y Conchita. Eusebio era el heredero de la casa y en la guerra le tocó ir en la retaguardia, era herrero y fue muy útil para herrar las caballerías. En cambio, Vicente murió en el frente de Extremadura.

Cuando Conchita tenía unos ocho años, su familia se trasladó al puesto de El Tormillo. Allí Conchita pudo ir a la escuela y aún se acuerda cuando su hermano Vicente le regaló un plumier, pinturas y un sacapuntas desde el tren. Consiguió entregárselo cuando, una vez reclutado, de viaje entre Zaragoza y Barcelona se detuvieron por un momento en la estación de El Tormillo y a través de la ventanilla consiguió alcanzarle el regalo. Durante la guerra algunas noches iban a dormir a un refugio por miedo a la aviación: “Se quisieron llevar, gentes de afuera, a algunas personas de la localidad, los montaron en un camión pero el alcalde lo evitó, menos al pobre cura que se lo llevaron”.

La vida en la estación era diferente. Tenían un pase y podían ir en tren a Zaragoza cada 14 días. Les daban carbón, viguetas y boletas, y el pan les llegaba a la casilla desde Grañen por el tren. En El Tormillo Jugaban a muchas cosas, Concha era muy alegre y divertida, era la pequeña y muy traviesa. Jugaban al Cocherito Lere, a la comba..,  a veces tiraban de la cuerda para que perdiese la que estaba saltando. El agua la iba a buscar  a la fuente nueva y también estaba el carruchón, había unas pilas de arena y un pocico donde siempre emanaba algo de agua, allí iban a lavar. A la fuente nueva iban con una burra, con argadas para cuatro cantaros. Les dejaban la burra.

Concha fue a la escuela hasta los catorce años, había buenos profesores, enseñaban de todo, eran clases separadas y al recreo salían por partes: “Primero las chicas y después los chicos”. Por las tardes le enseñaban a hacer labores. Luego fue a una casa donde aprendió el corte y así se hizo modista, llegó a tener hasta tres chicas trabajando para ella.

De joven se enamoró de un chico que era forestal, Juan Antonio. Le llevaba ocho años, pero la cuidaba mucho, la llevaba como a una flor. Pero a la familia no le gustaba y unos primos la quisieron ajuntar con otro chico, Ramón, era muy guapo, pero no le gustaba, era muy soso y no sabía bailar. Su madre siempre preguntaba «¿Con quién ha bailado Conchita?» Y mal le sabía si había bailado con Juan Antonio. A El Tomillo iban músicos para las fiestas, El Mediero o Antolín de Peralta, uno tocaba el violín y el otro la guitarra, no se acuerda quien cada cosa, tocaban pasodobles, vals, rancheras…

Concha se casó con José Loscertales Ulied, natural de El Tormillo. José era muy bailador, lo que le gustaba mucho a Concha, y una gran persona. José se quedó sin padre a edad muy temprana y tuvo que trabajar mucho en Casteflorite para salir adelante. Fue a la escuela hasta los doce años, su madre lo tuvo que sacar para ir a trabajar a pesar que el maestro no quería que abandonase la escuela. José era muy listo, hasta ejerció de maestro aunque cobró muy poco por ello. Trabajó mucho para un tío de Casteflorite, una vez cuidando a dos mulas y un burro, perdió el burro y su tío le dijo que no comería hasta que lo encontrase, al final lo encontró, pero al día siguiente se volvió a El Tormillo.

José encontró trabajo en un taller en Barbastro y se dedicó a arreglar radios, televisiones… la tienda se llamaba “Murillo”.  Cuando se casaron, José se dedicó a llevar las tierras, compraron tractor, semillas, abonos… pero tres años sin llover, de sequía, hicieron unos comienzos durísimos. Concha y José iban a buscar olivas, almendras, vid… “No había huerta, por El Tormillo era todo secano”. Gracias a que Concha cosía y a la tienda de ultramarinos que instalaron pudieron ir tirando. La tienda de comestibles se llamaba “Casa El Peraltes”, Concha se ponía a coser, especialmente en el patio en verano, cuando alguien entraba, dejaba de coser y atendía.

Concha y José tuvieron dos hijos Inmaculada y Carlos, con esfuerzo y trabajo sacaron adelante su familia. Ahora Conchita ha compartido sus recuerdos, con esa sabiduría del paso del tiempo y que es una enseñanza en sí misma, gracias Concha. Y un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de las entrevistas, gracias!!.

Concha Buisán Ballarín


A sus 98 años de edad, Concha goza de una gran salud y una excelente memoria. Ha sido una chica muy vital, divertida y alegre, le llamaban “El risorio” porque no paraba de reír, se reía mucho. Nació en Sariñena en 1920 y durante su vida trabajó en la sastrería que montaron junto a su marido. Su padre fue Melchor Buisán y su madre Concepción Ballarín, “mi madre era muy espabilada”, recuerda Concha.

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Vivían en la zona del castillo bajo. De pequeña en casa tenían ganado, ovejas que sacaban todos los días a apajentar, además tenían dos sasos que cultivaban, uno grande y uno pequeño que estaban bastante cerca entre ellos. Fueron cuatro hermanos, Melchor, Mariano, Josefa y Concha. Fue a la escuela con las monjas y además trabajaba en casa, hacía de todo: fregaba, guisaba, cuidaba de los animales del corral… «¡un sin parar!». El agua la iba a buscar con botijos a la fuente de dos caños, “era un agua muy buena”, de la que también llevaba dos botijos al médico don Nicolás, “le gustaba mucho esa agua”. En verano iba a bañarse al río, iba mucha gente.

De muy joven conoció a Severo, su marido, una gran persona que ha querido toda su vida. Él era catorce años mayor que ella, pero en casa lo acogieron con mucho cariño, con quince años tuvo a su hija y más tarde llegó su segundo hijo.

Concha recuerda que durante la guerra había ametralladoras por los tejados y su madre hacía la comida a altos mandos de las tropas republicanas que se encontraban por Sariñena. Los domingos iban a comer a la caseta del campo, su madre ponía una gran sábana blanca a modo de mantel y comían todos. También se iban a refugiar a la caseta, se sentían más seguros.

Cuando la guerra tuvieron que escapar a Barcelona, se llevaron las cuatro vacas que tenían. Las tenían que ordeñar por el camino y tirar la leche, al final fueron perdiendo las vacas, se las fueron quitando. Llevaron enseres en un carro tirado por dos mulas, con gallinas y pollos, donde también pusieron un colchón para llevar a su hermano que estaba malo, lo habían operado recientemente. También llevaron otro colchón para protegerse por si aparecía la aviación y cubrirse con él. En el carro también llevaba Concha a su hija Paz y la hermana de Concha fue montada sobre una burra de ametralladora. A uno de sus hermanos le dispararon dándole un balazo en el gorro que llevaba, quitándole del balazo el botón rojo que llevaba en la gorra. Concha aún se acuerda de su paso por Sena durante su huida, la pequeña Paz bailó en una era donde se encontraban muchos milicianos. En una ocasión Concha se refugió en una cuneta, se metió por un aliviadero y luego le costó mucho salir una vez pasado el peligro.

Continuaron su viaje a Barcelona, donde tenían una prima que estaba sirviendo en una casa, aquella familia les acogió y convivieron con ellos aquellos angustiosos meses. Estuvieron muy bien, fueron muy bien recibidos y tratados, aunque el señor de la casa era muy serio. “Había unos aucos que al principio no nos dejaban casi ni pasar, luego ya no nos decían nada”. La dueña de la casa, ante los previsibles bombardeos, se refugió en un pueblo cercano donde pensaba que no iba a llegar la aviación, pero la aviación llegó y en uno de esos bombardeos encontró la muerte, a los ocho días. A la hija del señor le hicieron un traje, recuerda Concha con su memoria asombrosa. Al tiempo regresaron a Sariñena donde llegaron sin nada y nada se encontraron.

Como sastres comenzaron trabajando para Moren, pero pronto establecieron su propia sastrería en Sariñena: “La Sastrería de Severo”.  En la sastrería principalmente ella era pantalonera, hacía los pantalones, pero hacían de todo, chaquetas y trajes, hasta llegaron a tener a cuatro chicas trabajando. Les encargaban los trajes, les tomaban las medidas y los confeccionaban. A veces les traían la tela, pero lo normal es que ellos hiciesen todo, tenían dos máquinas de coser.

Con Concha hemos pasado un rato agradable y han quedado muchas cosas que contar. Goza de buena salud, memoria y esa personalidad alegre y divertida, así que gracias Concha por tus gratos recuerdos. Y un agradecimiento a Pilar Guerrero y Aimar Mir de la Residencia de la tercera edad de Sariñena por su colaboración para la realización de la entrevista, gracias!!.

Cristina Lana Villacampa


Cristina Lana Villacampa nació en Triste, municipio perteneciente a Las Peñas de Riglos (Huesca), el 29 de octubre de 1908, a las cuatro y media, y falleció en Madrid el 11 de febrero de 1988. Fue maestra e innovadora pedagógica fundadora del colegio santa Cristina de Madrid. Su historia nos descubre un pasado intenso y una lucha por cumplir su vocación docente y pedagógica. 

Cristina Lana Villacampa

Cristina Lana en el centro junto a su hermana Irene a su derecha.

Su padre Gregorio Lana Capitán y su madre Úrsula Villacampa Puyol eran naturales de Sariñena. Nieta por línea paterna de …….. Lana y Martina Capitán y por línea materna de Manuel Villacampa y Antonia Puyol, fueron siete hermanos, entre ellos las hermanas Irene, Isabel y Cristina y los hermanos Rafael y Silverio. Aunque el matrimonio era de Sariñena, sus tres primeros hijos nacieron en Triste. Gregorio fue capataz, trabajó en la construcción del pantano de San Juan de la Peña, y tras su vida laboral recibió  la medalla por mérito al trabajo de Isabel II. Al acabar su trabajo, en el pantano de San Juan de la Peña, la familia Lana-Villacampa se instaló definitivamente en Sariñena. Así que Cristina era de casa Sabineta, casa ubicada en la calle Santamaría de Sariñena, lugar donde transcurrió su infancia y juventud.

Con quince años, Cristina ingresó en 1923 en la Escuela Normal de Maestras de Huesca, en su expediente  académico aparece tanto el examen de ingreso como las notas de los primeros cursos. Luego marchó a Zaragoza donde estudió magisterio, se especializó en pedagogía. Su padre Gregorio Lana había comprado un piso en Zaragoza para que sus hijas pudrieran ir a estudiar a la capital aragonesa. En 1930 Cristina estuvo designada como opositada en Lechago, con el número 147, (La Asociación, nº 886. Revista de Primera Enseñanza de Teruel) y entre 1934 a 1938 fue directora de las escuelas nacionales de Sariñena, antes y durante la guerra civil. Para Manuel Antonio Corvinos Portella, investigador de la historia local de Sariñena, Cristina fue una excelente pedagoga con ideas renovadoras y que bastantes sariñenenses aún la recordaran.

En mi clase estábamos 30 niñas, aprendíamos mucho porque nuestra profesora doña Cristina Lana Villacampa era muy buena maestra, (la mejor que he conocido). No nos meneábamos y tampoco se nos ocurría hablar, tenía mucha disciplina pero nos quería mucho. Por la mañana de 9 a 12:30 h. aprendíamos a leer, a escribir, verbos, matemáticas, geografía, etc., por la tarde de 3 a 5 h. a bordar, aprender corte para hacer camisones, pijamas, etc. El recreo lo hacíamos en la plaza de la Iglesia.

Dolores Romerales

Manuel Antonio Corvinos, Los Refugios de la guerra.

Cristina Lana Villacampa fue directora de la escuela graduada de Sariñena junto a Nicolás Baldús. De ellos encontramos referencias a su labor en el libro de Salvador Trallero: Sariñena y el Diario de Huesca, destacando la Visita Escolar a Huesca el 3 de mayo de 1935 y su respectiva crónica el  17 de mayo de 1934: Cristina Lana, directora de la Escuela graduada de Sariñena, habla del entusiasmo que siente por hablar en el acto de los niños y de la escuela. Hace un llamamiento a los padres y las madres. Dice que el trabajo de la Escuela única es hacer hombres cultos y ciudadanos del trabajo. Cada generación o época exige una educación; la de la actual es la Escuela única y laica. No enseña la escuela moderna religión, pero tiene cariño, libertad, orden y trabajo. Y en ellas se aprende a amar a los semejantes y a respetar a los extraños. No mira la condición o belleza de los individuos; para ella todos son iguales. La Escuela antigua se caracterizaba por la severidad, la rigidez y la imposición; la de ahora es toda dulzura, libertad y razonamiento. (Trallero, Salvador. Sariñena y el Diario de Huesca (Vol. II)).

Una jovencísima Cristina, muy comprometida socialmente, colaboró con el Hospital Militar de Sariñena, ayudando al doctor Isaac Nogueras Coronas. Especialmente significativa fue su defensa del doctor Nogueras, a quien reclamaba el comité local de Barbastro, “Más de una vez habían intentado capturarlo sin conseguirlo, gracias a la valiente y decidida oposición de la maestra y de otra gente de Sariñena” (Moises Broggí. Memóries d´un Cirurgiá). Así Cristina dedicó parte de su tiempo a ayudar en el Hospital de Sariñena, un gran corazón por los demás, arriesgando su vida por defender al doctor Nogueras en tiempos muy difíciles donde significarse tenía un alto precio.  Cristina debió de ser una persona decidida, valiente, avanzada a su tiempo, debió de ser un soplo de aire fresco en las escuelas y por ello ha sido recordada con enorme cariño en la población monegrina.

“Una de las personas que tenía más influencia en el Comité era la maestra, una chica joven, muy decidida, de ideas avanzadas de tipo colectivista, y que actuaba con entusiasmo y moderación.”

Moises Broggí

Cristina vivió una época intensa en una convulsa Sariñena. Tiempos de revoluciones pedagógicas, dirigiendo una escuela rural que llenó de luz y cariño y que aún recuerdan muchos de aquellos niños y niñas que vivieron aquellos tiempos. En su memoria continúa viva el cariño mutuo que profesaron y hoy en día aún la recuerdan con la impronta que nunca se olvida. Aquella agitada Sariñena de república y luego de guerra, para una jovencísima Cristina debió de ser muy intensa. A Cristina se le atribuye un novio aviador que al parecer la impresionaba sobrevolando el cielo sariñenense y que por ello fue apercibido, quien sabe, quizá fuese verdad. El cercano Aeródromo de “Alas Rojas” y la proximidad del frente hicieron de Sariñena un centro de guerra donde el trasiego de milicianos y soldados fue constante. Al final de la guerra y con la entrada del franquismo el destino le tenía preparada una mala jugada a Cristina, un acontecimiento que cambiaría su vida.

Cristina Lana

Cristina Lana a la derecha de la imagen con familiares.

Tras la guerra, Cristina fue acusada por el primer alcalde franquista de Sariñena. Fue acusada por la alcaldía de Sariñena por pertenecer al Frente Popular, “siendo propagandista de aquellos ideales”, aunque no se le conocía afiliación a partido político alguno. La información, que el alcalde manifestó, acusó que “presto servicios en el hospital rojo de esta villa, como directivo con gran entusiasmo”. Continúa añadiendo “tomó parte en actos públicos del frente popular en el teatro Romea de dicha localidad, enalteciendo los ideales marxistas”. Además arremetió contra su labor docente: “siendo de sumo agrado durante las horas de clase en la escuela obligar a las niñas de personas de orden a trabajos fuera del orden de la enseñanza, dirigiendo todos sus esfuerzos en la enseñanza laica por ser este el concepto religioso que le merece la encartada, creyendo pertenece a la masonería”. Por último se le atribuyó como cierto un supuesto “rumor”: “Durante el Glorioso Movimiento y a título de rumor intervino como dirigente en los saqueos de las casas del Sres. Torres y Castanera pudiéndose afirmar con certeza absoluta que tanto muebles como ropas que precisaron para el hospital de sangre rojo fueron sacados del establecimiento comercial de D. Joaquín Blasco Mirallas teniendo la certeza que todo ello era debido a sus indicaciones”.

“Ampliando informes olvidaba decir, que como la referida lana Villacampa negaba la existencia de Dios con las niñas, reproducía con frecuencia en la clase la frase siguientes: ¡niña!  Llama a Dios, ¿no ves como no contesta? ¡Ahora pide a un caramelo a Dios! ¿No ves como no te lo da? En cambio, pídemelo a mí, y verás cómo te lo doy, lo que demuestra claramente el sentir completamente antirreligioso y de pésimos antecedentes”.

Una joven Cristina se vio de repente acusada y ante un proceso judicial con pocas garantías. Considerada “completamente identificada con aquellas tendencias disolventes marxistas”, de conducta “mala” y perteneciente a “clase baja y muy culta”, la acusada se tuvo que enfrentar a un proceso que ponía en peligro su vida.

Pero los siguientes informes políticos sociales no corroboraron las anteriores acusaciones. Gabriel Portolés, como responsable de Falange en Sariñena, no le inculpó delitos, simplemente reconoció que fue “Algún tiempo administradora del Hospital Militar rojo, cargo que dejó voluntariamente al abrirse las escuelas para dedicarse a su profesión”.

El 4 de marzo de 1940 Cristina compareció ante un juez en Madrid, negando las acusaciones  y manifestando que ya había sido juzgada por los mismos delitos, el 25 de octubre de 1938 ante el auditor de guerra de la quinta región Militar, siendo absuelta “libremente con todos los pronunciamientos favorables”. Aún así, Cristina tuvo que continuar con el proceso y en un acto de apoyo popular, en unos tiempos de tanto miedo y represión, el resultado fue sorprendente.

“A la entrada de las tropas sublevadas fue juzgada en Huesca y absuelta tras una brillante autodefensa”.

 Manuel Antonio Corvinos

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Cristina presentó en su defensa diversos documentos que respaldaron su inocencia, una declaración de familiares de niñas del colegio con catorce firmas, redacción de las niñas con veintinueve firmas, certificado del pueblo de Lechago expedido por la alcaldía, certificado de las catequistas de Sariñena de 1936 (Señoritas Aurora, María y Pilar Basols, María cruz Torres y Matilde Cascales, todas ellas destacados y valiosos elementos de Falange Femenina y profundamente católicas). Declaración de “No Propaganda” firmada por vecinos de la localidad, dos oficios “por mi apercibimiento a mi proceder” por la Comisión Escolar de Barbastro, declaración de D. Crescencio Lacruz y D. Martín Solano Buil, seis declaraciones de madres de niñas de derechas, comunicado del ayuntamiento de Sariñena de 8 de febrero de 1936, el trabajo escolar desde 1934 a 1938, fecha por fecha, sin interrupción y de una misma niña, declaración de D. Ignacio Gabasa, capitán de Regulares, excautivo y combatiente, y la declaración de las religiosas de las carmelitas de la localidad. (8 de marzo de 1941)

Además, Benjamín Portera aportó su testimonio en la defensa a Cristina, a la que definió como “modelo de laboriosidad”, que dio a sus dos hijas una “educación perfecta en todas las asignaturas” e impartiendo “las primeras nociones de catecismo y religión” que recibieron sus hijas: “Jamás tuve una queja por parte de mis hijas por malos tratos recibidos por su maestra a la que todas las discípulas habían de acompañar a su casa y la salida de clase, disputándose todas ellas la mayor proximidad a su maestra, como demostración de más gratitud  y cariño pudiendo afirmar esto el 99 por 100 de los vecinos de esta localidad.”  

Manuel Basols Salaver también declaró en el proceso, manifestando que fue concejal del ayuntamiento de Sariñena del 12 de octubre de 1935 a marzo de 1936 cuando entró el Frente Popular. Durante aquel tiempo tuvo relación con Cristina Lana que trabajó con “empeño” para que la cantina escolar funcionase correctamente, “El trato afable, maternal, que daba a los niños, no solo a los asistidos a las cantinas sí que también a todos en general”. En las diversas inspecciones observó: “el buen trato y cariño que tenía para los pequeños, a los que antes de sentarse en la mesa, les hacía ofrecer la comida y bendecía la mesa”. Además, durante esa época, Cristina trató de llevar a efecto un proyecto de implantación de un jardín infantil y consiguió realizar un Homenaje a la vejez, por lo que Manuel Basols la llegó a definir como “Una verdadera entusiasta de todo lo que fuese cobijar al desvalido y amor a la familia”.

Cristina Lana Villacampa fue familiar de Casimiro Lana Sarrate, un ingeniero químico industrial de gran prestigio, diputado a Cortes por Huesca y que consiguió llevar a Cataluña a Albert Einstein. Casimiro inauguró la cantina escolar de Sariñena el 14 de enero de 1933 y tal y como cita la noticia de entonces “Casimiro Lana Sarrate va siguiendo la táctica del León de Graus”, enarbolando la bandera con el lema “Escuela y Despensa” (Trallero, Salvador. Sariñena y el Diario de Huesca (Vol. II)). En esa línea se debió de mantener Cristina, comprometiéndose con la cantina escolar y satisfaciendo una necesidad muy básica en niños y niñas, de una Sariñena rural muy empobrecida y necesitada. El homenaje a la vejez se llevó a cabo el 30 de mayo de 1935: Tuvo lugar en el teatro Romea la celebración del simpático y humanitario acto de Homenaje a la Vejez, viéndose el teatro completamente lleno. La noticia, que aparece en el libro de Salvador Trallero Sariñena y el Diario de Huesca (Vol. II), matiza que “el acto, lleno de plausible caridad a la vejez desvalida, fue justamente celebrado y aplaudido. El fin de fiesta hecho por la compañía ecuestre Asensio en honor y festejo de los homenajeados, llenó con broche de oro el segundo aniversario de Homenaje a la vejez”.

Efectivamente, Cristina ya había sido juzgada el 25 de octubre de 1938 ante el auditor de guerra de la quinta región Militar, entonces no fueron considerados delito por estar bajo las órdenes del dominio rojo. Aún así, Cristina se enfrentó a un proceso largo, incomprensible, que el mismo expediente de 1940, en la declaración de Manuel Basols, nos da alguna clave de lo que verdaderamente debió de suceder: “No concibe el que suscribe como se ha podido mezclar a esta señorita en hechos que no tomó jamás parte, a no ser que sea debido a envidias y celos por ser la que más y mejor enseñaba a sus discípulos”.

Cristina fue más fuerte de quien quiso acabar con ella, tenía un gran corazón y a pesar de las acusaciones y del expediente de depuración, el cariño que había sembrado dio sus frutos y el pueblo la apoyó, lo que no deja de ser excepcional con el miedo que había en aquella época de postguerra. Como anteriormente se ha dicho, Cristina fue avanzada a su tiempo, de joven debió de revolucionar la escuela, debió de ser un aire fresco y la recuerdan con especial cariño. Pero ello le generó envidias y en la memoria colectiva cuentan que le raparon la cabeza y la pasearon en un tractor por la localidad. Cristina pasó siete meses en la prisión de Zuera, todo tras aquella fatídica denuncia. Tras aquel trágico episodio, Cristina Lana Villacampa emigró a Madrid.

En Madrid Cristina se alojó en casa de su hermana Isabel, que vivía con su marido. Allí adquirió un piso y comenzó a dar clases hasta que gestiono su propio colegio. Cristina ejerció de propietaria y directora del colegio “santa Cristina”, cercano al colegio de Nuestra Señora del Pilar, proporcionando una “Enseñanza de calidad y atención al alumno”. Al principio fue un colegio femenino para más tarde pasar a ser mixto. El colegio estuvo en la calle Castelló, esquina con don Ramón de la Cruz, y a los años se trasladó a la Avenida Comandante Franco N.º 10, probablemente por falta de espacio, compró un edificio construido para ser colegio. El santa Cristina funcionó como colegio de educación infantil hasta que muchos de sus alumnos/as pasaban al colegio Nuestra Señora del Pilar.

«Colegio «Santa Cristina», establecido en la calle de Castelló, número 61, por doña Cristina Lana Villacampa, autorizado provisionalmente en 1 de diciembre de 1960.»

ORDEN de 11 de julio de 1966 por la que se elevan a autorizaciones definitivas las que se hicieron con carácter provisional de los Colegios de Enseñanza Primaria no estatal que se mencionan.
BOE N.º. 189, 9 de agosto de 1966. 

“Era un centro distinto, la metodología de enseñanza no era al uso”, apunta Ricardo Paraled, sobrino de Cristina Lana, Cristina decía que había que explicar las cosas para que lo entendiese al que más le costaba, así lo entendía todo el mundo. Maribel Martínez Lana, hija de Isabel Lana Villacampa y sobrina de Cristina, se licenció en Filosofía y Ciencias de la Educación y ejerció de docente en el santa Cristina. Maribel recuerda que Cristina tuvo una gran vocación de enseñanza, pedagógica, innovadora, disciplinada y desde su despacho dirigía el centro, formaba equipos de maestros de primaria y de profesorado de bachillerato. Practicó una enseñanza seglar, además, su personalidad moderna y avanzada hizo introducir disciplinas de baile, teatro, gimnasia… pronto obligó que las chicas, en vez de llevar esas faldas cogidas, llevasen pantalón y camiseta para hacer gimnasia.

Cristina Lana Villacvampa, El arte de ser

Cristina Lana, El arte de ser. Por Apuleyo Soto.

Cristina fue innovadora en la pedagogía, “fue en demasía, para su tiempo, demasiado encorsetado en una enseñanza a la antigua usanza”, con una filosofía basada en la libertad personal autónoma que Cristina dirigía, supervisaba y protegía. “Cristina Lana Villacampa estaba en todo, desde los alumnos a los profes, a los responsables del comedor y a los/las responsables de la economía general, sus más íntimos/íntimas en la gobernación del colegio, con comedor incluido”, señala Apuleyo Soto, escritor y periodista que ejerció la docencia en el Santa Cristina. No impartía ninguna materia “pero todas por su superioridad fundamental” manifiesta Apuleyo Soto “Era muy mandona. Quería que se hiciera lo que ella mandaba, y no toleraba insolencias de ninguna clase. Todo se hacía como ella demandaba, y sin rechistar, aunque a veces rechistaran  profesores, profesoras, alumnos/alumnas o personal administrativo”.

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Cristina era dulce y fuerte a la vez, porque mandaba y sabía mandar como extraordinaria aragonesa que era de nacimiento, todo el mundo la respetaba, recuerda Apuleyo Soto: “A mí me montó un teatro de más de doscientas butacas en el subterráneo del Colegio, que le costó lo suyo, para que diera clases de expresión corporal a los alumnos/alumnas de primaria y secundaria, entre las que sobresalieron Ana Torrent la protagonista de Víctor Erice en El espíritu de la colmena, hoy todavía en boga cinematográfica, y Rosa María Bule, más tarde directora del Real Ballet de Bélgica  con su marido”.

Cristina lana

Cristina lana con Armstrong, Aldrin y Collins.

Cristina llegaba la primera al centro y cuando llegaban los alumnos los recibía a la entrada al igual que a la salida, se despedía de todos. Dirigía en centro con seriedad y disciplina, había dos grandes pastores alemanes que vigilaban el colegio cuando estaba cerrado y querían tanto a Cristina que la acompañaban por el colegio. Cristina vivió en el centro de Madrid y los veranos los iba a pasar a Valencia, a santa Pola, donde tenía un apartamento y otro por la  isla de Tabarca. Fue viajera y estuvo en Estados unidos con los tres astronautas de la misión Aplolo 11 que pisaron la Luna, Armstrong, Aldrin y Collins. También estuvo en Egipto.

Cristina se retiró aproximadamente en 1975 (teóricamente se debería haber retirado en 1973), cuando comenzó a crear la Granja escuela y el centro didáctico activo El Sotillo: “Diez hectáreas para el estudio de la naturaleza y el trabajo autosuficiente con huerta, viveros, cultivos, frutales, animales, zonas verdes y piscina”.

Al poco tiempo el santa Cristina cerró sus puertas, diciendo adiós a un proyecto de vida con la impronta de una personalidad fuerte y con una extraordinaria vocación docente y pedagógica meritoria de reconocer y dignificar. En el lugar del santa Cristina, actualmente se encuentra la Facultad de Música y Artes Escénicas de la universidad Alfonso X El Sabio. Cristina murió a los 79 años de edad, en 1988, legando parte de sus bienes a las Hermanitas de la Caridad y a la Universidad Complutense de Madrid.

Aquel mismo año de 1988, la Fundación Universidad Empresa «Recibe el legado de Doña Cristina Lana Villacampa de la Finca “El Sotillo”, con el deseo de que dicha sociedad continúe su labor en los campos de la enseñanza, educación y promoción a favor de la juventud española». (Algunos de nuestros hitos más significativos. https://fundacionuniversidadempresa.es/).

El colegio santa Cristina fue conocido como el «Santa» por sus alumnos/as y así continúa siendo recordado. El colegio se ha considerado como «Uno de los centros con más historia de Madrid y que por sus aulas han pasado políticos, artistas y empresarios, como Eduardo Serra Rexach, exministro de Defensa; Ramón Espinar, diputado actual de Unidos Podemos; el periodista Juan José Millás o el expresidente de la constructora FCC Baldomero Falcones». Además, por el centro pasó el séptimo presidente de la democracia española, Pedro Sanchez estudió en el «santa» y en una de las anteriores fotos se le puede observar tocando la flauta durante una actuación en el santa Cristina (lainformación.com).

Cristina Lana Villacampa dedicó su vida a la docencia, luchando por conquistar sus sueños, su colegio y aquel jardín infantil que se materializó con la finca El Sotillo. Un colegio que formó durante cincuenta años alumnos y alumnas con la impronta de una maestra cuya vida es en sí misma toda una lección. Cristina fue un gran corazón en tiempos de guerra, pero su vocación docente fue más fuerte y superó todas las vicisitudes a la que se vio obligada a enfrentarse.

Muchas gracias Luisa Casañola Andrés a Ricardo, Eva y Fernando Paraled Santos, a Maribel Martínez Lana, a Mónica Enriquez Paraled y Apuleyo Soto Pajares. Gracias por ayudar, contar y participar en recuperar una extraordinaria figura que merece ser recodada, su memoria queda viva.

Carmen Nogués Cáncer


La memoria del pasado se ha transmitido generaciones tras generaciones, pero los nuevos tiempos y la tecnología han ido rompiendo la correa de transmisión. Ellas atesoran la sabiduría, la herencia acumulada durante siglos que permitía sobrevivir con escasos recursos. Ellas guardan la memoria de los usos y técnicas tradicionales, una producción artesanal y casi de autosuficiencia del saber popular completamente ligada a nuestra tierra y a nuestra gente.

Carmen Rostro

            Carmen nació en Alcubierre el 18 de marzo de 1918. Su padre Rafael Nogués Pérez (1880-1966) descendía de una casa pobre y su madre Justa Cáncer Gracieta de casa de labradores. Rafael fue ganadero, llevaba ovejas, pero también fue tratante, gozó de gran inteligencia y ello le permitió prosperar. Además, Rafael fue alcalde y juez de paz de Alcubierre. El padre de Rafael murió cuando este contaba con tan solo tres años, y él y su hermana se vieron obligados al auspicio, desde muy pequeños aprendieron a ganarse la vida. Rafael fue a Madrid en 1929 a reunirse con los diputados liberales Romanones y Portela Valladares. En 1931 Rafael construyó un corral enorme, vendía los corderos y montó dos carnicerías en Alcubierre. Tanto su madre Justa como Carmen trabajaron en las carnicerías. Del matrimonio nacieron dos chicas y dos chicos, aunque el mayor murió a los doce años, quedando Luis, Ascensión y Carmen.

            A la escuela Carmen acudió desde los seis años hasta los catorce, habían construido el ayuntamiento de Alcubierre y a cada lado estaba la escuela. En un lado los chicos y en el otro las chicas. Por las mañanas estudiaban las diferentes materias y por las tardes les enseñaban labor. También se separaban los chicos de las chicas cuando iban a la iglesia, era normal las mujeres delante y los hombres atrás. Entonces eran cuarenta en la escuela, aunque muchos abandonaban la escuela para trabajar de pastoretes o criadetas, a muchas familias les tenían que llamar la atención para que llevasen a sus hijos a la escuela. “Primera, segunda y tercera sección”, también había clases nocturnas para niños que tenían que trabajar. Carmen recuerda llevar una pequeña caldereta, una estufeta, una pequeña caja metálica que llenaban con brasas, normalmente de la panadería, con una rejilla sobre la que ponían los pies para calentarse.

            De pequeña jugaba con muñecas, a saltar a la comba, a marro con la pelota, a hacer casetas… con todo hacían juguetes “¡ah! y los chicos les mandaban papeletes en clase”.  Carmen no era muy atrevida, pero le gustaba ir con las más atrevidas “había mucha hambre y eso hacía que la gente fuese atrevida”. Le gustaba ir a ver los patos nadando en la balsa grande, donde está el molino, iban después de la escuela. También iban hasta el Balsón, a coger moras a una gran morera que había en la balsa.

            Estaba el Plegadero, la plaza donde se juntaban los jornaleros antes y después de enganchar a trabajar. En la plaza había antes una gran balsa que ocupaba casi toda la plaza, la taparon con sarmientos y enrona. También, de cada casa salía una o dos cabras que juntaba el cabrero, a las siete de la mañana tocaba el cuerno y las llevaba al monte, después volvían a casa solas. Rafael, el padre de Carmen dejó un rebaño de 1000 ovejas cuando se jubiló y se lo vendió a los Basilianos.

            Carmen es pura memoria, recuerdos vivos de la historia reciente de Alcubierre. Mucho ha quedado relegado al pasado, al olvido, una forma de vida tradicional y muy arraigada que constituye un patrimonio de incalculable valor. Carmen mantiene vivo el recuerdo de las casas cuando se llenaba todo de polvo blanco de moler el yeso, de los hornos de yesos. Recuerda las rondas de Alcubierre “siempre había rondas”, el Tío Patricio Jordán cantaba acompañado de guitarras y los chicos iban a rondar a las chicas. Se hacían bailes, los jóvenes aprovechaban para festejar, había músicos en el pueblo que tocaban en el baile: la guitarra que tocaba el ciego Lorenzin, Franchón el violín y el tío Pascual Lasheras el piano. También se contaba que había habido dance, Carmen había escuchado de pequeña que antes se decían dichos y motadas, donde salía a relucir todo lo que pasaba en el pueblo y además estaba casa el gaitero, de “Pascuala la gaitera”.

            En aquellas rondas se recitaban preciosas coplas, algunas picantes y otras verdaderas obras de arte. Carmen nos recuerda algunas. En casa Ruata había seis chicas, además muy guapas a las que el Tío Patricio les rondó la siguiente copla: “Estas sí que es casa, casa/ esta sí que son paredes/ donde está el oro y la plata/ y la sal de las mujeres”. A la hermana de Carmen, Ascensión, le cantaron cuando era jovencita: “Capullito, capullito/ ya te vas volviendo rosa/ y la va siendo momento/ de decirte alguna cosa”. Y a otra chica de Alcubierre: “Esta es la calle del aire y el rincón del remolino, donde se remolinea, tu corazón con el mío”.

            Un suceso que causó gran revuelta en Alcubierre fue la irrupción de mosén Pedro en el baile. Entró enfurecido y gritando en el baile mientras la gente se escondía tras las sillas y las mesas, entró con el santo cristo y con dos monaguillos, obligando a que se posasen de rodillas y criticando que se bailase en cuaresma.

            Al acabar la escuela Carmen se puso a trabajar en una de las carnicerías familiares. Llevaban los corderos al matadero municipal y después los llevaban a hombros a la carnicería. La carne tenía que estar sellada por el servicio veterinario y el alguacil pesaba los corderos y se pagaba un porcentaje al ayuntamiento; “y cuando iban a Zaragoza les cobraban por la mercancía que llevaban”. Para llevar bien la cuenta de lo que fiaban en la carnicería, cortaban una caña por la mitad e iban haciendo muescas que tenían que coincidir.

            Cada casa tenía su mote: “píe de burra”, “matalobos”, “chinchetas”, “pifote”… Pifote viene de persona de fácil enfado, de empifotarse: enfadarse por algo banal. Estaba casa la comadre, una mujer que atendía los partos, la gente pagaba lo que podía.

            Su marido Pedro Sos Pérez llegó a Alcubierre como secretario en 1940. Al principio no tenía plaza fija así que también ejerció de secretario en Castejón de Monegros y en Lanaja. Aquello le obligó a tener que ir en bicicleta desde Lanaja a Alcubierre para festejar con Carmen, era muy madrugador y a las 6 de la mañana ya llamaba desde la calle a su amada Carmencita. Al casarse, en 1945, cogieron a una chica para la carnicería y Carmen se quedó trabajando en casa. La nueva carnicera, Carmen Cáncer “Carmen la carnicera” acabó casándose con Luis Nogues, hermano de Carmen Nogues.

            En Alcubierre estaba la posada del Centro, donde se alojaba la gente más pobre, con aquellos burricallos, burros pequeños y enclenques. Desde Sariñena acudía el Tío José Cano a vender hortalizas y verduras, productos de la huerta, “aquí, en Alcubierre, no había hoja verde”. Había muchos males por la mala calidad del agua, se bebía agua de balsa, como en la gran parte de Los Monegros y se producían muchos quistes hidatídicos. Aragón fue una comunidad con gran incidencia de quistes hidatídicos. En cada calle había un pozo público, pero el agua era salina, en invierno en las plazas patinaban. Los patios se limpiaban con excrementos de las caballerías, los cagallones se mantenían algo húmedos y contenían abundante paja, los esparcían por el suelo y al escobar sacaban brillo de los suelos.

            Durante una lifara nocturna en casa de Lorenzin, una vez se halló presente José Gavin Casaus, “El Pajarito”, quien formó parte de una banda de pistoleros. José extendió una gran suma de billetes sobre la mesa, de un atraco en Barcelona, y les dijo a  los presentes: “mira, vosotros sudando sin parar de trabajar y no tenéis un duro y yo en una noche”.

            Algunas mujeres marchaban a servir a casas, se hacían modistas o trabajaban en el campo. Muchas que trabajaban en el campo se ponían unos manguitos en los brazos y un pañuelo sobre la cabeza para que no les tomase el sol, preservar la piel blanca era síntoma buen posicionamiento social. Existían las respigadoras, mujeres que iban detrás de los segadores recogiendo las espigas. Algunas de las criadas de casa Ruata dormían en las cuadras de la casa, con las mulas.

            En Alcubierre había Almendreras, olivares y vid.  En la placeta de las Cuevas, en honor a Enrique de las Cuevas, quien dirigió la repoblación, se juntaba el rebaño de cabras, la vicera (o la vecera).

Muchas que trabajaban en el campo se ponían unos manguitos en los brazos y un pañuelo sobre la cabeza para que no les tomase el sol, preservar la piel blanca era síntoma buen posicionamiento social.

Durante la guerra carmen se fue al monte con su familia. El día de San Juan, el 24 de junio de 1937 a las 10:00 horas ya dijeron por el pueblo que iba a ser un día inolvidable, que iba a haber un bombardeo terrible y así fue. Tropas republicanas habían formado en la plaza de Alcubierre, incomprensiblemente se mandó que mantuviesen la formación y el bombardeo terminó causando un elevadísimo número de bajas. Hay testimonios que narran que una bomba cayó en la balsa del pueblo y las ranas aparecieron estampadas en la torre de la iglesia. Carmen se encontraba en casa Calvo, donde entonces habían instalado la cooperativa de la colectividad, y la pila de lavar salió disparada hasta la balsa. Después apareció un escenario desolador, muertos por las calles, casas derrumbadas, cables caídos… Durante la guerra quemaron el archivo municipal, el archivo parroquial y el retablo de la iglesia, del fuego que hubo se desprendió parte de la bóveda.

Carmen Nogues (7)

Joaquín Ruiz, Alberto Lasheras, Pedro Sos, Carlos Sos y Carmen Nogues.

            Carmen y Pedro tuvieron dos hijos: Carlos y Enrique. Con mucho sacrificio y trabajo lograron que los dos tuviesen estudios universitarios, Pedro tuvo que ejercer por las tardes de secretario en otros pueblos. Carmen siempre le decía a Pedro: “si pides pueblo que tenga huerta”. Pedro era muy culto y muy inteligente, le encantaba la música, su padre “Enrique Sos Bustos” fue compositor y director de la banda de Albacete. Cuando se jubiló, depositó su batuta de plata en el Tesoro del Pilar.

            Hay recuerdos para el tío Migueler, Miguel Puivecino, un hombre ágil y audaz que subió más rápido trepando a la torre de la iglesia de Alcubierre que otro por las escaleras. Migueler era a quién llamaban cuando un pozal se caía al fondo del pozo y de quién decían “Si Migueler no vuelve del otro lado, es que no se puede volver” (Al otro lado se refiere a la muerte).

            A San Caprasio subían con carrozas, subían las cuadrillas del pueblo como ahora. Entonces se tardaba tres horas en subir, arriba se hacía misa y se comía, luego otras tres horas para bajar. Subían también desde Farlete y Perdiguera, desde Alcubierre se hacía una parada en la caseta de los catalanes para almorzar, una caseta de cazadores catalanes antes de empezar la subida a San Caprasio. El 1 de noviembre, la noche de ánimas el sacristán subía al campanario con un barral de vino y chullas de jamón, tocaba toda la noche a muerto. Había un santero, vivía por el barrio del hospital y estaba la casa del rezador que solía llevar la virgen. A las doce del mediodía tocaban el Ángelus, la gente paraba y se descubría la cabeza, se quitaban la gorra o la boina y rezaban. A las dos iban a la escuela y a las cuatro salían, iban a la iglesia, se cubrían con la mantilla y rezaban el rosario, luego ya salían a jugar. El domingo había misa primera, a las seis de la mañana misa rezada para las criadas y jornaleros y a las once la misa mayor, misa cantada para la gente más acomodada. “A perdiz por barba y el otro a patatas”.

            Carmen se fue la primera alcoberreña que se casó abiertamente de blanco en Alcubierre, primero fue una de casa Ruata. Fue en noviembre y generó cierta expectación “mañana no iremos a coger olivas que iremos a ver la boda”. A los zagales y zagalas se les daba peladillas, como obsequio por la boda, cosas sencillas como la vida misma. Recuerdos y testimonios de una forma de vida que dejamos atrás, que forman parte de nuestra esencia y que ahora desterramos como si fueran prescindibles, pero es la vida misma, la vida real, la que ha construido durante generaciones nuestras sociedades rurales, con los pies en la tierra y el sudor en la frente.

            Esta mirada se enmarca dentro de la serie “Rostros”, que va relatando diferentes visiones de mujeres monegrinas y su trabajo en el medio rural de Los Monegros. Muchas gracias a Carlos Sos, Pedro Sos y Alberto Lasheras.